Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 5 de octubre de 1861 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6411, del 21 de octubre de 1861. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del Tribune hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 318-323), por la Escuela de marxismo, 2026. Los puntos suspensivos entre corchetes de la cita de The Economist están en la transcripción inglesa y señalan omisiones de Marx. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 5 de octubre de 1861
«El pueblo inglés participa en el gobierno de su propio país leyendo el periódico The Times.» Este juicio, emitido por un eminente autor inglés sobre lo que se llama autogobierno británico, solo es cierto en lo que se refiere a la política exterior del reino. En cuanto a las medidas de reforma interior, nunca se sacaron adelante con el apoyo del Times; al contrario, el Times no dejó nunca de atacarlas y de oponerse a ellas hasta que se dio cuenta de su total incapacidad para seguir frenando su avance. Tómense, por ejemplo, la emancipación de los católicos, la ley de reforma, la abolición de las leyes de cereales, el impuesto del timbre y el impuesto sobre el papel1. Cuando la victoria se había declarado inequívocamente del lado de los reformadores, el Times daba media vuelta, desertaba del campo reaccionario y se las arreglaba para encontrarse, en el momento decisivo, en el bando vencedor. En todos estos casos el Times no dio la dirección a la opinión pública, sino que se sometió a ella, de mala gana, a regañadientes y tras largos pero frustrados intentos de hacer retroceder las olas crecientes del progreso popular. Su influencia real sobre el espíritu público se limita, por tanto, al campo de la política exterior. En ninguna parte de Europa la masa del pueblo, y en especial la de las clases medias, ignora tan completamente la política exterior de su propio país como en Inglaterra, ignorancia que brota de dos grandes fuentes. Por un lado, desde la gloriosa revolución de 1688 la aristocracia ha monopolizado siempre la dirección de los asuntos exteriores en Inglaterra. Por otro, la división del trabajo, al progresar, ha castrado en cierta medida el intelecto general de los hombres de la clase media, encerrando todas sus energías y facultades mentales en las estrechas esferas de sus ocupaciones mercantiles, industriales y profesionales. Así ocurrió que, mientras la aristocracia actuaba por ellos, la prensa pensaba por ellos en sus asuntos exteriores o internacionales; y ambas partes, la aristocracia y la prensa, descubrieron muy pronto que les interesaba mutuamente unirse. Basta abrir el Political Register de Cobbett2 para convencerse de que, desde comienzos de este siglo, los grandes periódicos de Londres han desempeñado constantemente el papel de procuradores de los gestores, nacidos del cielo, de la política exterior inglesa. Hubo todavía, con todo, que recorrer algunas etapas intermedias antes de llegar al estado de cosas actual. La aristocracia, que había monopolizado la gestión de los asuntos exteriores, se contrajo primero en una oligarquía, representada por un cónclave secreto llamado gabinete, y más tarde el gabinete fue suplantado por un solo hombre, lord Palmerston, que en los últimos treinta años ha usurpado el poder absoluto de manejar las fuerzas nacionales del Imperio británico y de fijar la línea de su política exterior. Al mismo tiempo que se producía esta usurpación, por la ley de la concentración, que actúa en el campo del negocio periodístico aún más deprisa que en el de la hilatura del algodón, el Times de Londres había alcanzado la posición de periódico nacional de Inglaterra, es decir, la de representar el espíritu inglés ante las naciones extranjeras. Si el monopolio de gestionar los asuntos exteriores de la nación había pasado de la aristocracia a un cónclave oligárquico, y de un cónclave oligárquico a un solo hombre, el ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra, a saber, lord Palmerston, el monopolio de pensar y juzgar por la nación acerca de sus propias relaciones exteriores, y de representar el espíritu público respecto de esas relaciones, había pasado de la prensa a un solo órgano de la prensa, al Times. Lord Palmerston, que dirigía los asuntos exteriores del Imperio británico en secreto y por motivos desconocidos para el pueblo en general, para el Parlamento e incluso para sus propios colegas, habría tenido que ser muy estúpido para no intentar adueñarse del único periódico que había usurpado el poder de juzgar públicamente, en nombre del pueblo inglés, sus propios manejos secretos. El Times, en cuyo vocabulario jamás se encontró la palabra virtud, habría tenido que jactarse, por su parte, de una virtud más que espartana para no aliarse con quien, de hecho, gobernaba de manera absoluta el poder nacional del Imperio. De ahí que, desde el golpe de Estado francés, cuando en Inglaterra el gobierno por facciones fue sustituido por el gobierno de la coalición de las facciones3, y Palmerston, por tanto, ya no encontraba rivales que pusieran en peligro su usurpación, el Times se convirtiera en su mero esclavo. Él había tenido cuidado de colar a algunos de sus prohombres en los cargos subalternos del gabinete y de halagar a otros admitiéndolos en su círculo social. Desde entonces todo el negocio del Times, en lo que toca a los asuntos exteriores del Imperio británico, se limita a fabricar una opinión pública conforme con la política exterior de lord Palmerston. Tiene que preparar el espíritu público para lo que él se propone hacer y hacer que acepte lo que ya ha hecho.
El trabajo de esclavo que en el cumplimiento de esta tarea tiene que soportar quedó mejor que nunca de manifiesto durante la última sesión del Parlamento. Aquella sesión resultó cualquier cosa menos favorable para lord Palmerston. Algunos miembros independientes de la Cámara de los Comunes, liberales y conservadores, se rebelaron contra su dictadura usurpada y, sacando a la luz sus fechorías pasadas, trataron de despertar en la nación la conciencia del peligro de dejar ese mismo poder sin control en las mismas manos. El señor Dunlop, que abrió el ataque con una moción para nombrar una comisión especial sobre los documentos de Afganistán que Palmerston había presentado a la Cámara en 1839, demostró que Palmerston había falsificado de hecho esos documentos4. El Times, en su crónica parlamentaria, suprimió todos los pasajes del discurso del señor Dunlop que consideró más perjudiciales para su amo. Más tarde lord Montagu, en una moción para que se publicaran todos los documentos relativos al tratado danés de 1852, acusó a Palmerston de haber sido el principal autor de las maniobras destinadas a alterar la sucesión danesa en interés de una potencia extranjera y de haber engañado a la Cámara de los Comunes con falsedades deliberadas5. Pero Palmerston se había puesto de acuerdo de antemano con el señor Disraeli para hacer fracasar la moción de lord Montagu mediante un count-out de la Cámara6, que de hecho puso fin a todo el procedimiento. Aun así, el discurso de lord Montagu había durado hora y media antes de quedar cortado por el count-out. Como Palmerston había avisado al Times de que iba a producirse el count-out, su redactor encargado especialmente de mutilar y aderezar las crónicas parlamentarias se había tomado el día libre, y así el discurso de lord Montagu apareció sin mutilar en las columnas del Times. Cuando a la mañana siguiente se descubrió el error, se preparó un editorial que explicaba a John Bull que el count-out era una ingeniosa institución para acallar a los pesados, que lord Montagu era un pesado de tomo y lomo y que los asuntos de la nación no podrían despacharse si no se quitaba de en medio a los pesados parlamentarios de la manera más expeditiva. De nuevo tuvo Palmerston que comparecer como acusado en la última sesión, cuando el señor Hennessy pidió que se presentaran los despachos del Foreign Office durante la revolución polaca de 18317. De nuevo recurrió el Times, como en el caso de la moción del señor Dunlop, al sencillo procedimiento de la supresión. Su crónica del discurso del señor Hennessy es toda una edición in usum delphini8. Si se piensa en cuánto esfuerzo debe de costar recorrer las inmensas crónicas parlamentarias la misma noche en que llegan de la Cámara de los Comunes a la redacción del periódico, y en esa misma noche mutilarlas, alterarlas y falsearlas para que no vayan en contra de la pureza política de Palmerston, hay que reconocer que, sean cuales sean los emolumentos y ventajas que el Times obtenga de su servilismo ante el noble vizconde, su tarea no es nada agradable.
Si el Times es capaz, pues, de falsear así la opinión pública, a fuerza de tergiversaciones y supresiones, sobre hechos ocurridos ayer mismo en la Cámara de los Comunes británica, su poder de tergiversar y suprimir respecto de hechos que suceden en tierras lejanas, como en el caso de la guerra americana, ha de ser, naturalmente, ilimitado. Si al tratar los asuntos americanos ha forzado al máximo todas sus energías para exasperar los sentimientos mutuos de británicos y americanos, no lo hizo por simpatía con los lores del algodón británicos ni por consideración a ningún interés inglés real o supuesto. Ejecutaba sencillamente las órdenes de su amo. Del cambio de tono del Times de Londres durante la semana pasada podemos inferir, por tanto, que lord Palmerston está a punto de retroceder de la actitud extremadamente hostil que había adoptado hasta ahora frente a los Estados Unidos. En uno de sus editoriales de hoy, el Times, que durante meses había exaltado la fuerza agresiva de los secesionistas y se había extendido sobre la incapacidad de los Estados Unidos para hacerles frente, se muestra completamente seguro de la superioridad militar del Norte. Que este cambio de tono lo dicta el amo queda bien claro por la circunstancia de que otros periódicos influyentes, de los que se sabe que están ligados a Palmerston, han virado al mismo tiempo. Uno de ellos, The Economist, da a los fabricantes de opinión pública una indirecta bastante clara de que ha llegado el momento de «vigilar con cuidado» sus pretendidos «sentimientos hacia los Estados Unidos». El pasaje de The Economist al que aludo, y que creo que vale la pena citar como prueba de las nuevas órdenes recibidas por los plumíferos de Palmerston, dice así:
«En un punto reconocemos francamente que los nordistas tienen derecho a quejarse, y en un punto también estamos obligados a andar con más cuidado del que quizá hemos tenido siempre. Nuestros principales periódicos se han apresurado demasiado a citar, y a ofenderse con ellos, como si encarnaran los sentimientos y representaran la posición de los Estados Unidos, periódicos notorios en todo tiempo por su carácter vergonzoso y su escasa influencia, y de los que ahora se sospecha con sobrado fundamento que son secesionistas de corazón, que navegan bajo bandera falsa y profesan opiniones nordistas extremas mientras escriben en interés del Sur y probablemente a sueldo suyo. Pocos ingleses pueden, por ejemplo, con un mínimo de equidad, pretender que el New York Herald9 representa el carácter o las opiniones de la sección septentrional de la República. Además, deberíamos cuidar mucho de que nuestra justa crítica de los unionistas no degenere por grados insensibles en aprobación y defensa de los secesionistas. La tendencia al partidismo es muy fuerte en todas las mentes corrientes. [...] Ahora bien, por mucho que nos indignen buena parte de la conducta y del lenguaje del Norte, [...] no debemos olvidar nunca que la secesión del Sur se impuso con designios y se inauguró con actuaciones que merecen nuestra más sincera y arraigada reprobación. Nosotros, desde luego, no podemos sino condenar el arancel proteccionista de la Unión10 como una locura opresiva y oscurantista. [...] Desde luego, compartimos el deseo del Sur de aranceles bajos y comercio sin trabas. Desde luego, deseamos que la prosperidad de unos estados que producen tanta materia prima y necesitan tantos productos manufacturados no sufra interrupción ni retroceso. [...] Pero al mismo tiempo nos es imposible perder de vista el hecho indiscutible de que el verdadero objetivo y el motivo último de la secesión no fue defender su derecho a tener esclavos en su propio territorio (que los nordistas estaban tan dispuestos a reconocerles como ellos a reclamarlo), sino extender la esclavitud a un territorio inmenso e indefinido, hasta ahora libre de esa maldición, pero al que los plantadores se figuraban que más adelante podrían querer extenderse. Este objetivo lo hemos considerado siempre insensato, injusto y aborrecible. El estado de la sociedad que la institución de la servidumbre doméstica ha introducido en los estados del Sur parece a los espíritus ingleses tanto más detestable y deplorable cuanto más saben de él. Y hay que hacer saber a los sudistas que ninguna ventaja pecuniaria o comercial que este país pudiera supuestamente obtener del cultivo ampliado de los suelos vírgenes de los estados de plantación y de los nuevos territorios que reclaman modificará jamás en lo más mínimo nuestras opiniones sobre estos puntos, ni impedirá que las expresemos, ni torcerá ni estorbará nuestra acción cuando la acción resulte obligada u oportuna. [...] Se cree que ellos (los secesionistas) siguen abrigando la extraordinaria idea de que, haciendo pasar hambre a Francia y a Inglaterra —con las pérdidas y los sufrimientos que esperan como consecuencia de la privación total del suministro americano—, obligarán a esos Gobiernos a intervenir en su favor y a forzar a los Estados Unidos a abandonar el bloqueo... No hay la más remota posibilidad de que ninguna de las dos potencias se sienta autorizada, ni por un momento, a proyectar un acto de hostilidad tan declarado e injustificable contra los Estados Unidos... Dependemos menos del Sur que el Sur de nosotros, como no tardarán en empezar a descubrir. [...] Les rogamos, por tanto, que crean que la esclavitud, mientras exista, levantará siempre entre nosotros una barrera moral más o menos alta, y que una aprobación siquiera tácita está tan lejos de nuestro pensamiento como la impertinencia de una intervención abierta; que Lancashire no es Inglaterra; y, dicho sea también en honor y por el temple de nuestra población fabril, que aunque lo fuera, el algodón no sería el rey11.»
Lo único que pretendía mostrar por ahora es que Palmerston, y en consecuencia la prensa londinense que trabaja a sus órdenes, está abandonando su actitud hostil hacia los Estados Unidos. Las causas que han llevado a este revirement, como dicen los franceses, trataré de explicarlas en una próxima carta. Antes de terminar, puedo añadir todavía que el señor Forster, diputado por Bradford12, pronunció el martes pasado en el salón de actos del Instituto de Artesanos de Bradford una conferencia «Sobre la guerra civil en América» en la que expuso el verdadero origen y carácter de esa guerra y refutó victoriosamente las tergiversaciones de la prensa palmerstoniana.
La emancipación de los católicos (1829) les abrió el Parlamento y los cargos públicos; la ley de reforma electoral de 1832 amplió el sufragio a las clases medias; las leyes de cereales, que gravaban el grano importado, se abolieron en 1846; el impuesto del timbre sobre los periódicos se suprimió en 1855 y el impuesto sobre el papel en 1861. ↩
William Cobbett (1763-1835), publicista radical inglés, editor del semanario Political Register (1802-1835), en el que denunció sin descanso la corrupción del sistema político. ↩
Tras el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851, en Inglaterra se sucedieron gobiernos de coalición: el de Aberdeen (1852-1855), con Palmerston en el Ministerio del Interior, y luego los del propio Palmerston. ↩
Alexander Dunlop, diputado liberal, presentó en 1861 una moción sobre los despachos de Alexander Burnes, enviado británico en Kabul, que el Gobierno había publicado en 1839 mutilados para justificar la primera guerra anglo-afgana (1838-1842). ↩
Lord Robert Montagu (1825-1902), diputado conservador. El Tratado de Londres de 1852 regulaba la sucesión al trono danés y la cuestión de Schleswig-Holstein en un sentido favorable a Rusia. ↩
Levantamiento de la sesión de la Cámara de los Comunes por falta de quórum (cuarenta diputados), comprobada a petición de cualquier miembro. ↩
John Pope Hennessy, diputado irlandés conservador, pidió la publicación de la correspondencia diplomática británica de la época del levantamiento polaco de 1830-1831, en la que Palmerston era ministro de Asuntos Exteriores. ↩
«Para uso del delfín»: las ediciones expurgadas de los clásicos preparadas para el hijo de Luis XIV; por extensión, un texto expurgado. ↩
Diario neoyorquino de James Gordon Bennett, de gran tirada, demócrata y simpatizante del Sur antes de la guerra. ↩
El arancel Morrill, proteccionista, aprobado por el Congreso en marzo de 1861. ↩
Alusión a la consigna sudista «Cotton is King» («el algodón es el rey»), según la cual la dependencia europea del algodón del Sur obligaría a Inglaterra y a Francia a intervenir a su favor. ↩
William Edward Forster (1818-1886), fabricante de lanas de Bradford y diputado liberal, partidario de la Unión. ↩