Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 31 de diciembre de 1861 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 4, del 4 de enero de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 434-435), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 31 de diciembre de 1861
La fe en los milagros parece retirarse de una esfera solo para instalarse en otra. Si se la expulsa de la naturaleza, resucita ahora en la política. Esa es al menos la opinión de los periódicos de París y de sus aliados en la telegrafía y en las agencias de correspondencia periodística. Así, los diarios de la tarde de París de ayer anuncian que lord Lyons declaró al señor Seward que esperaría hasta la noche del 20 de diciembre, pero que luego partiría para Londres si el gabinete de Washington se negaba a entregar a los prisioneros.1 Los periódicos de París conocían, pues, ayer los pasos que dio lord Lyons después de recibir los despachos que se le enviaron con el Europa. Sin embargo, hasta hoy no ha llegado a Europa la noticia de la llegada del Europa a Nueva York. La Patrie y consortes, antes de estar informados de la llegada del Europa a América, publican en Europa noticias de los acontecimientos que siguieron inmediatamente a la llegada del Europa a los Estados Unidos. La Patrie y consortes creen, por lo visto, que la velocidad no es brujería. Un periódico de aquí observa en su artículo de Bolsa que estas invenciones de París, exactamente igual que los artículos incendiarios de algunos periódicos ingleses, no solo sirven a las especulaciones políticas de ciertos poderosos, sino también a las especulaciones de Bolsa de ciertos particulares.
El Economist, hasta ahora uno de los voceros más descarados del partido de la guerra, publica en su último número la carta de un comerciante de Liverpool y un artículo de fondo en los que se advierte al público inglés que no subestime en modo alguno los peligros de una guerra con los Estados Unidos. Inglaterra importó durante el año 1861 cereales por valor de 15.380.901 libras esterlinas, de cuya suma total correspondieron a los Estados Unidos casi 6 millones de libras esterlinas. Inglaterra sufriría más por no poder comprar el cereal norteamericano que los Estados Unidos por no poder venderlo. Los Estados Unidos tendrían la ventaja de la información más rápida. Si se decidieran por la guerra, los telegramas volarían al instante de Washington a San Francisco, y los barcos norteamericanos del océano Pacífico y de las aguas de China empezarían las operaciones de guerra muchas semanas antes de que Inglaterra pudiera llevar la noticia de la guerra a la India.
Desde el estallido de la guerra civil, el comercio entre Norteamérica y China, lo mismo que el comercio entre Norteamérica y Australia, ha disminuido en proporciones enormes. Pero en la medida en que todavía se hace, compra sus cargamentos sobre todo con cartas de crédito inglesas, es decir, con capital inglés. Por el contrario, el comercio inglés con la India, China y Australia, siempre muy importante, ha crecido aún más desde la interrupción del comercio con los Estados Unidos. Los corsarios norteamericanos tendrían, pues, un gran campo para el corso; los ingleses, uno relativamente insignificante. Las inversiones de capital inglés en los Estados Unidos son mayores que todo el capital invertido en la industria algodonera inglesa. Las inversiones de capital norteamericano en Inglaterra son nulas. La marina inglesa eclipsa a la norteamericana, pero ni de lejos en la proporción en que lo hacía durante la guerra de 1812-1814.
Si ya entonces los corsarios norteamericanos se mostraron muy superiores a los ingleses, ¿qué no ocurriría ahora? Un bloqueo efectivo de los puertos norteamericanos, sobre todo en invierno, está completamente descartado. En las aguas interiores entre el Canadá y los Estados Unidos —y la superioridad en ellas es decisiva para la guerra terrestre en el Canadá— los Estados Unidos tendrían, al comenzar la guerra, el dominio absoluto y exclusivo.
En suma, el comerciante de Liverpool llega a la conclusión siguiente:
«Nadie en Inglaterra se atreve a recomendar la guerra solo por el algodón. Nos saldría más barato alimentar por cuenta del Estado a todos los distritos algodoneros durante tres años que hacer por ellos un año de guerra con los Estados Unidos.»
Ceterum censeo2 que el caso del Trent no llevará a la guerra.
Las instrucciones del Gobierno británico, enviadas a Washington a comienzos de diciembre de 1861, ordenaban a su embajador, lord Lyons, pedir la liberación de los comisionados confederados Mason y Slidell y una disculpa, y abandonar Washington si no se le daba satisfacción en siete días. El 26 de diciembre el gabinete de Lincoln accedió a entregar a los prisioneros, que fueron puestos en libertad el 1 de enero de 1862. ↩
«Por lo demás, opino»: comienzo de la fórmula con que Catón el Viejo cerraba, según la tradición, todos sus discursos en el Senado romano («…que Cartago debe ser destruida»). ↩