Escrito en inglés por Friedrich Engels entre junio y noviembre de 1861 y publicado en cuatro entregas en The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núms. 42, 44, 46 y 62, del 22 de junio, el 6 y el 20 de julio y el 8 de noviembre de 1861. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de la MEW: Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 289-300), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las citas del libro de Waldersee, que Engels traducía al inglés, se traducen también de esa versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

The Volunteer Journal, núm. 42, 22 de junio de 1861

Hace poco se publicó en Berlín el libro Die französische Armee auf dem Exercirplatze und im Felde,1 que causó gran sensación y tuvo rápidamente varias ediciones. Aunque el autor solo se llama a sí mismo «un viejo oficial», no es ningún secreto que el libro lo escribió el general conde de Waldersee,2 antiguo ministro de la Guerra de Prusia. Es un hombre que goza de muy alta consideración en el ejército prusiano y que se ha distinguido especialmente por revolucionar el viejo sistema pedante, procurando que los soldados aprendan a combatir como tiradores, a patrullar, a estar de avanzada y, en general, el servicio de la infantería ligera. Su nuevo método, sobre el que volveremos en otra ocasión, está ya implantado en el ejército prusiano. Es notable porque elimina toda pedantería formal y apela exclusivamente a las facultades intelectuales del soldado, ya que todo servicio solo puede desempeñarse bien mediante la colaboración inteligente y armónica de cierto número de hombres. Un oficial que pone tanto empeño en la formación intelectual de cada soldado tenía que sentir, naturalmente, en todo tiempo un gran interés por el ejército francés, como aquel que más se distingue por la inteligencia militar personal de sus hombres. No ha de extrañarnos, pues, comprobar que este oficial ha hecho de ese ejército objeto especial de sus estudios y que tiene en sus filas muchos amigos y conocidos por los que puede obtener información valiosa. Tras los éxitos de los franceses contra uno de los mejores y más valientes ejércitos europeos en la campaña de Italia de 1859, se convirtió en cuestión de interés europeo saber a qué circunstancias se debían victorias tan extraordinarias y constantes; y en la publicación mencionada, el general Waldersee da lo que considera una explicación de la cuestión.

Lo que sigue está tomado de una exposición sobre el carácter general del ejército francés:

«Comparte todas las buenas cualidades, pero también todos los defectos y debilidades del carácter francés. Animado de un espíritu auténticamente guerrero, está lleno de ardor combativo, de afán de acción y de sed de gloria; es valiente y bravo, como lo ha demostrado en todos los tiempos y todavía recientemente en los campos de batalla de Argelia, de Crimea y de Italia. En todas partes ha habido ocasiones en que tanto oficiales como soldados, sobre todo en las tropas de élite, han hecho prodigios de valor, y en general lo que han hecho los soldados franceses en estas guerras merece el mayor respeto.

»De gran agilidad física y mental (que, sin embargo, con harta frecuencia se convierte en un desasosiego continuo), el soldado francés es infatigable y resistente, tanto en el combate como en esfuerzos de toda clase.

»Seguro de sí en el más alto grado, lleno de ambición y de vanidad, cada soldado tiene un solo deseo: marchar contra el enemigo. No conoce dificultades; se guía por el viejo proverbio francés: “Si la cosa es posible, está como hecha; si es imposible, se hará de algún modo”. Sin pensarlo mucho, y no pocas veces con gran ligereza, se lanza adelante convencido de que no hay dificultad que no pueda vencer. Así, con el brío y la impetuosidad propios de su nación, empuja siempre al ataque, en el que reside su mayor fuerza. Al mismo tiempo, el soldado francés es precavido, hábil, especialmente diestro en el combate individual y acostumbrado a obrar bajo su propia responsabilidad. Es ingenioso y sabe salir de situaciones confusas. Tiene una habilidad especial para acomodarse en el vivac, para improvisar puentes, etc., en pleno combate, para preparar en un abrir y cerrar de ojos casas y aldeas para la defensa y defenderlas después con la mayor tenacidad.

»La guerra es el elemento de un ejército. El gobierno francés, muy sabiamente, considera la guerra el estado normal de las tropas y las trata en todo tiempo y en todas las circunstancias con la misma seriedad y el mismo rigor que en estado de guerra. Los regimientos se concentran en campamentos tan a menudo como es posible y además cambian constantemente de guarnición, de modo que no pueden surgir entre ellos hábitos de paz de ninguna clase. Con el mismo espíritu, la instrucción de los hombres está calculada únicamente para la guerra, y para la parada no se hace absolutamente nada. Ningún cuerpo se juzga nunca por el desfile, y por eso al oficial extranjero le llama extraordinariamente la atención ver desfilar a batallones franceses, incluso ante el emperador, con porte descuidado, en líneas torcidas, los soldados sin llevar el paso y cada uno a su aire, con el fusil al hombro derecho.

»Pero el cuadro tiene sus luces y sus sombras. Las muchas buenas cualidades militares que empujan impetuosamente adelante al soldado francés muestran su brillante efecto solo mientras se le permite avanzar. El sentiment individuel3 que está en el fondo de toda su aptitud para el ataque tiene también grandes inconvenientes. El soldado, ocupado sobre todo de sí mismo, va con la masa mientras esta avanza victoriosa; pero cuando esa masa se ve obligada a retroceder por la fuerza, y quizá de improviso, su cohesión, el vínculo de cada uno con su compañero, se deshace pronto, tanto más cuanto que en tal caso la descuidada instrucción táctica de las tropas (de la que se tratará más en detalle después) hace imposible toda firmeza y lleva al desorden y a la disolución exterior.

»A esto se añade que los franceses son envidiosos por naturaleza y, con toda su ligereza nacional, propensos a la desconfianza en los momentos graves. El soldado francés sigue a sus oficiales en el combate de buena gana y con confianza, pero solo mientras esos oficiales van delante de él y lo llevan literalmente adelante. Eso es lo que exigen los soldados, y al avanzar en el combate lo dicen en voz alta con el grito: “¡Las charreteras al frente!”. Así, los oficiales superiores y los generales tienen que ponerse siempre en el combate a la cabeza de sus tropas (el sitio adecuado para un general, desde luego), y eso explica las grandes pérdidas de oficiales que han sufrido los franceses en todos los tiempos. Pero cuando una retirada se hace inevitable, la confianza en los oficiales desaparece muy pronto y, en el caso extremo, deja paso a la desobediencia abierta. Por estas razones, una retirada impuesta con fuerza a los franceses ha sido siempre para ellos del mayor peligro y lo seguirá siendo.»

El general Waldersee habría podido añadir mucho más sobre la facilidad con que la confianza de los soldados franceses en sus oficiales se derrite en circunstancias adversas. La confianza de los hombres en sus superiores inmediatos, aun después de repetidos reveses, es la mejor medida de la disciplina. Medidos con ella, los franceses no son mucho mejores que reclutas sin ninguna disciplina. Para ellos es cosa segura que nunca pueden ser vencidos, como no sea por «traición»; y siempre que perdían una batalla y tenían que retirarse más de unos cientos de yardas, siempre que el enemigo los sorprendía con un movimiento inesperado, alzaban invariablemente el grito: «¡Nos han traicionado!». Hasta tal punto forma esto parte del carácter nacional que Napoleón, en sus memorias (escritas en Santa Elena, mucho después de los hechos), pudo imputar con insinuaciones a la mayoría de sus generales alguna acción traidora, y los historiadores franceses, militares o no, pudieron inflar esas insinuaciones hasta convertirlas en las fábulas más asombrosas. Lo que la nación piensa de los generales lo piensa el soldado de los oficiales de su regimiento y de su compañía. Unos cuantos golpes duros, y se acabó por completo la disciplina; de ahí que, de todos los ejércitos, sean los franceses los que han hecho las retiradas más desastrosas.

II

The Volunteer Journal, núm. 44, 6 de julio de 1861

Sobre el modo de reclutar soldados y oficiales, Waldersee da la siguiente información:

«El soldado francés se destina al servicio por sorteo entre los jóvenes; pero todo el mundo tiene derecho a pagar una suma fijada por el gobierno para tener un sustituto. Esta suma va a parar a una caja administrada por el gobierno, de la que el sustituto recibe una pequeña cantidad como prima de enganche y el resto al terminar su tiempo; durante el servicio se le pagan los intereses. Pero la suma que se le debe puede retirársele en parte o del todo por faltas o mala conducta. Así, el gobierno tiene por completo en su mano la selección de los sustitutos, y en lo posible solo alista a hombres que ya han servido siete años, que han demostrado ser de fiar y se han portado bien. De este modo se asegura al ejército un gran número de soldados instruidos, que constituyen un material excelente para suboficiales. El tiempo de servicio es de siete años; pero durante ese tiempo la mayoría de los hombres solo está de verdad en filas cuatro o cinco años, y el resto lo pasa con licencia.

»Los suboficiales se eligen con especial cuidado, y sus superiores los tratan con gran consideración y respeto. Por lo general se distinguen muy ventajosamente no solo por su notable competencia y su conocimiento a fondo del servicio de detalle, sino también por su inteligencia, su independencia, su buen porte militar y una gran seriedad, sobre todo con la tropa, ante la que saben mantener muy bien la gran autoridad que les concede el reglamento. Como todo suboficial puede ascender a oficial, procuran mantener a los soldados a una distancia respetuosa, mientras que por otra parte hacen todo lo posible por distinguirse y dar buen ejemplo a sus subordinados.

»La mayor parte de los suboficiales está compuesta hoy por sustitutos. Solo unos pocos llegan a cabos y sargentos durante su primer periodo de servicio, y entre ellos sobre todo jóvenes que tienen una buena educación, pero que, por la gran afluencia de aspirantes a las escuelas militares, no han encontrado plaza en ellas y entran voluntarios en el ejército para intentar conseguir allí un empleo de oficial. Estos jóvenes ascienden muy pronto a suboficiales y, después de aprobar el examen de servicio prescrito para los suboficiales y obtener con él el certificado de aptitud para subteniente, no pocas veces son ascendidos a oficiales al cabo de solo dos a cuatro años.

»La mayoría de los suboficiales ascendidos a oficiales recibe el despacho de oficial después de 9 a 12 años de servicio, y a menudo solo después de 15 a 20. De 170 de estos oficiales tomados al azar, 16 fueron ascendidos a oficiales después de 2 a 4 años de servicio, 62 después de 5 a 8, 62 después de 9 a 12 y 30 después de 13 a 20. Los 16 primeros pertenecían a la clase de los jóvenes con educación; los 62 que obtuvieron el despacho de oficial después de 5 a 8 años fueron ascendidos por distinguirse ante el enemigo. Así, en tiempo de paz, incluso en Francia, el ascenso desde las filas de la tropa es lento.

»Los oficiales proceden, como se ha dicho, en parte de los suboficiales y en parte (en tiempo de paz, principalmente) de los alumnos de las escuelas militares, donde permanecen dos años y, tras aprobar un examen riguroso, ingresan directamente en el ejército como oficiales. Estas dos categorías de oficiales se mantienen muy distantes entre sí; los alumnos de las escuelas militares y los jóvenes con educación ascendidos desde la tropa al cabo de 2 a 4 años miran con desdén a los viejos subtenientes y tenientes que han ganado sus charreteras con largos años de servicio. Los oficiales, incluso los de un mismo batallón, forman cualquier cosa menos ese cuerpo compacto que constituyen en casi todos los demás ejércitos. Sin embargo, los oficiales salidos de las filas de la tropa, relativamente menos instruida (que, sobre todo después de las grandes pérdidas de Crimea y de Italia, constituyen hoy seguramente más de la mitad de los oficiales subalternos), son muy útiles a su manera. Aunque muy a menudo sumamente ignorantes, a veces incluso toscos, y en su modo de pensar no muy distintos de la masa de los suboficiales en general, conocen con exactitud todos los detalles del servicio y desempeñan su cometido a conciencia, con seriedad, rigor y puntualidad. Saben perfectamente cómo hay que tratar a los soldados, cómo hay que cuidarlos, cómo hay que darles siempre ejemplo en la vida de guarnición y, sobre todo, en el combate. Además, la mayoría tiene ya una buena experiencia de la vida de campamento, de la marcha y del combate.

»En general, el oficial francés es inteligente y combativo. Sabe desenvolverse, sobre todo en el combate, donde obra bajo su propia responsabilidad y con su valor da siempre buen ejemplo a los soldados. Si se añade, en la mayoría de ellos, una buena dosis de experiencia de guerra y de combate, hemos de decir que poseen cualidades que los hacen muy aptos para su oficio.

»El ascenso se hace por antigüedad o por elección. En tiempo de paz se cuentan, de cada tres ascensos, dos por antigüedad y uno por elección; en tiempo de guerra, al revés. Pero la elección se limita por lo general a la categoría de los oficiales con estudios, mientras que la masa de los que han subido desde la tropa solo asciende por antigüedad y, así, no llega al grado de capitán hasta una edad ya algo avanzada. Este es más o menos el escalón más alto que pueden alcanzar, y en general se dan por muy contentos con poder retirarse con la pensión de capitán.

»Por eso en el ejército francés se ven entre los oficiales subalternos muchos hombres de 30 a 40 años, e incluso entre los capitanes muchos de cerca de 50; en cambio, entre los jefes y los generales, toda una serie de hombres más jóvenes. Es sin duda una gran ventaja; y las continuas guerras de África, Crimea e Italia, que trajeron ascensos relativamente rápidos, han llevado a todavía más hombres jóvenes a mandos superiores.

»Para hacerse una idea de la proporción de ascensos entre las dos categorías de oficiales se leerá con interés la siguiente estadística de los oficiales muertos y heridos en Italia o empleados en mandos superiores: de las escuelas militares, 34 generales, 25 jefes de regimiento, 38 jefes de otros grados, 24 capitanes, 33 tenientes y subtenientes. De la tropa: 3 generales, ningún coronel con mando, 8 jefes, 66 capitanes, 95 oficiales subalternos.

»Los generales salen menos del estado mayor y de los cuerpos facultativos o de élite que de los oficiales de tropa. Por eso suele faltarles la instrucción militar superior, y pocos de ellos tienen les vues larges.4 Bastante ajenos a las doctrinas estratégicas, son a menudo torpes en el mando de grandes cuerpos de tropas y necesitan por eso a menudo de una dirección superior o de apoyo técnico, de modo que no pocas veces reciben, tanto en campaña como en el campo de instrucción, un auténtico programa de los movimientos que han de ejecutar en el desarrollo de una acción. Por otra parte, están llenos de sentido común y son hábiles para encontrar salidas, tienen un buen conocimiento del servicio, celo, seriedad y entrega al servicio. La independencia que les es propia les da la fuerza necesaria para actuar. No conocen dificultades; por eso actúan por regla general sin esperar órdenes ni preguntar mucho, no rehúyen ninguna responsabilidad y, valientes como el francés en general, van siempre en persona a la cabeza de sus tropas.

»La mayor parte de los generales ha hecho las guerras de Argelia, Crimea e Italia y tiene, por tanto, una buena y a menudo rica experiencia de guerra. De los generales que combatieron en Italia en 1859, 28 eran viejos africanos y 18 de ellos habían combatido además en Crimea. Solo un general (Partouneaux) hizo en Italia su primera campaña.

»Esta lucha continuada ha dado al ejército francés un generalato más joven del que puede preciarse ningún otro ejército. Para que no envejezca tampoco en tiempo de paz, los generales de división pasan a la reserva con media paga a los 65 años y los generales de brigada a los 60.

»En suma, los generales franceses pueden calificarse de relativamente jóvenes y vigorosos, precavidos, enérgicos, experimentados y aptos para la guerra, aunque hasta ahora pocos de ellos se hayan señalado como especialmente dotados y versados en la alta conducción de la guerra, y aunque ni en la guerra de Crimea ni en la de Italia se hayan revelado talentos especiales de caudillo.»

III

The Volunteer Journal, núm. 46, 20 de julio de 1861

Nuestro autor pasa ahora a la práctica de la instrucción de los franceses y dice:

«El recluta, torpe y pesado como es al entrar en su regimiento, no pocas veces hace ya al cabo de quince días (a veces sin estar todavía del todo uniformado) el servicio de guardia con la seriedad y la autoridad del soldado veterano, y se desarrolla con especial rapidez gracias a la cuidadosa instrucción individual, en la que se pone el acento principal. Mientras que la instrucción de compañía y de batallón deja mucho que desear, al soldado se lo instruye a fondo en la gimnasia, en la esgrima de florete y de bayoneta y en la carrera continuada a paso de carga.

»En el campo de instrucción, la infantería no tiene en general un porte firme; es floja y, por eso mismo, tanto más pesada; tanto más ágil en la marcha, está también excelentemente entrenada para marchar y recorre trechos de millas a la carrera, que muy a menudo emplea en el combate con no poca ventaja. Por eso en el ejército francés el valor de una tropa se juzga sobre todo por estas prestaciones, no por las que da en la instrucción, y menos aún en el desfile. Pero los franceses tampoco saben hacer un desfile bueno y correcto, porque les falta la formación de detalle que para ello hace falta y que es necesaria a toda buena tropa.»

Al tratar de la instrucción, nuestro autor cuenta la siguiente anécdota sobre Napoleón I:

«Napoleón conocía bien los inconvenientes de este sistema de instrucción relajado e hizo todo lo que pudo por remediarlos. Bajo su férula de hierro, las formas tácticas se ejecutaban con toda la corrección de que los franceses son capaces, aunque él personalmente no era un buen instructor. Un día de 1809, en Schönbrunn,5 se le ocurrió instruir él mismo, con la espada desenvainada, a un batallón de su guardia, para hacerle faire la théorie,6 como dicen los franceses. Pero tras unas pocas voces de mando había embrollado tan por completo a su batallón que, envainando la espada, le gritó a un general: “¡Al diablo vuestra condenada teoría! ¡Arreglad esta porquería!” (Que le diable emporte votre f... théorie! Redressez cette cochonnerie!)»

Sobre los turcos,7 las tropas indígenas argelinas, encontramos la siguiente observación notable:

«Según lo que cuentan oficiales franceses, a los turcos les resultaba muy desagradable sobre todo el combate contra los cazadores austriacos, hasta el punto de que, cuando se enteraban de su presencia, no solo se negaban a avanzar al ataque, sino que incluso se tiraban al suelo y, como los animales del desierto, los camellos, no había amenazas ni golpes que los hicieran levantarse y avanzar.»

Sobre el campo de instrucción de un regimiento de infantería:

«A pesar del rigor pedante con que se ejercitan las formas, esto se hace por lo general al mismo tiempo de manera superficial; se presta poca atención al porte de cada hombre, y así el reglamento (en la instrucción de compañía y de batallón) se ejecuta francamente de cualquier manera. No se cuida de que se esté quieto en la fila, de la alineación exacta, de formar y marchar codo con codo, del estado del vestuario, ni siquiera de que se lleve el paso. Basta con que los hombres estén ahí y lleguen juntos. En un ejército acostumbrado a un modo de instrucción tan descuidado, estos grandes defectos tienen, desde luego, menos inconvenientes mientras sigue avanzando. Pero este sistema tiene que ejercer una influencia muy mala sobre la disciplina y el orden de combate, y trae consigo muy especialmente las consecuencias más perjudiciales cuando se retrocede en el combate. Esta es también la razón de que el intento de retirarse en buen orden en una retirada impuesta por la fuerza haya resultado tan a menudo peligroso para los franceses, y de que una retirada frente a tropas sólidas y bien instruidas vaya a ser siempre de lo más desastroso.»

Despachada la instrucción, el general Waldersee da un resumen de los principios de combate del mariscal Bugeaud8 (los mismos que en gran parte hemos traducido en números anteriores del Volunteer Journal con el título «On the moral elements in fighting»).9 Waldersee está plenamente de acuerdo con esos principios e intenta al mismo tiempo demostrar, y no sin éxito, que la mayoría de ellos son viejas reglas prácticas que ya se encuentran en las instrucciones de Federico el Grande. Pasamos por alto esto, así como una larga crítica estratégica de la campaña de Italia de 1859 (en la que se señalan nada menos que dieciocho errores manifiestos del general Gyulay),10 para llegar a las observaciones sobre el modo de combatir de los franceses en aquella campaña.

«Los principios más esenciales de este método son: 1) proceder siempre que sea posible solo a la ofensiva; 2) despreciando el combate de fuego, pasar lo antes y lo más rápidamente posible, al trote, al combate a la bayoneta. Una vez que esto se supo, se dedujo con toda generalidad que los franceses se habían lanzado siempre y en todas partes contra los austriacos sin cuidarse de ninguna forma y que los habían arrollado o puesto en fuga en el acto y sin más. Pero la historia de la campaña demuestra que no fue ni mucho menos así. Al contrario, muestra: 1) que los franceses, por regla general, aunque no siempre, se lanzaron al trote con violencia contra sus adversarios, pero que casi nunca los vencieron al primer empuje. En general, no solo no lo lograron, sino que en la mayoría de los casos fueron rechazados varias veces seguidas con pérdidas, de modo que en cada combate retrocedieron casi tantas veces como avanzaron; 2) que muchas veces atacaron sin disparar, pero que, rechazados por los austriacos, se vieron obligados a proseguir el combate como combate de fuego, y no pocas veces de larga duración, aunque interrumpido por repetidos ataques a la bayoneta. En Magenta y en Solferino,11 estos combates de fuego duraron varias horas.»

El autor da luego, según los informes que ha recibido de oficiales franceses y austriacos, una exposición de las formaciones tácticas empleadas por los franceses durante la campaña de Italia. Con extractos de esa exposición terminaremos este artículo.

IV

The Volunteer Journal, núm. 62, 8 de noviembre de 1861

Nuestro autor, después de describir el carácter general y los principios de combate del ejército francés, pasa a dar cuenta de las formaciones tácticas que empleó en la campaña de Italia de 1859.

«Una división francesa se compone de dos brigadas, la primera de las cuales consta de un batallón de cazadores y dos regimientos de infantería (de tres batallones cada uno), mientras que la segunda tiene solo dos regimientos de infantería (es decir, seis batallones). Cada batallón tiene seis compañías.

»En la línea de combate, la primera brigada forma la primera línea, con los batallones en columnas a media distancia y separados entre sí por la distancia completa de despliegue, cubiertos por una línea de tiradores. La segunda brigada está en la segunda línea, 250 yardas detrás, con los batallones también en columnas a media distancia, pero separados solo por la mitad de la distancia de despliegue; por regla general se colocan detrás de una de las alas de la primera línea.

»La formación en columna empleada generalmente en la guerra de Italia la llaman los franceses columna de división. Llaman división a dos compañías. Las seis compañías se disponen dos delante, dos a media distancia detrás de ellas y otras dos compañías a media distancia detrás del segundo par. Esta columna puede formarse sobre las dos compañías del centro o sobre las dos compañías exteriores de cualquiera de las alas. En la guardia, que se compone solo de hombres escogidos, se formaba siempre sobre las dos compañías del centro, y con ello (exactamente igual que con la doble columna inglesa sobre las dos subdivisiones del centro) se reducía a la mitad el tiempo tanto para formar la columna como para desplegarla; pero en la línea se formaba por lo general sobre las dos compañías de la derecha. La razón era que de este modo la compañía de “granaderos” (núm. 1) quedaba a la cabeza de la columna y la compañía ligera o de “voltigeurs” (núm. 6) a la cola. Así, estas dos compañías, compuestas de hombres escogidos, formaban por así decir un marco en el que quedaban encerradas las cuatro “compañías del centro”, menos de fiar. Además, si las dos compañías de cola recibían orden de desplegarse en tiradores, la compañía ligera era una de ellas, mientras que la de granaderos permanecía unida en primera línea, a menos que todo el batallón tuviera que desplegarse en tiradores.

»Para un ejército que no combate principalmente en línea, sino en una combinación de tiradores y columnas, esta formación ofrece grandes ventajas. Un tercio de los soldados (las dos compañías de cabeza) está siempre en condiciones de hacer uso de sus armas de fuego, y al mismo tiempo el despliegue es sencillo y puede hacerse muy deprisa. La gran distancia entre las partes de la columna (media distancia de compañía, o unas 40 yardas) es muy adecuada para atenuar los estragos que la artillería causa en columnas más densas; y si se tiene en cuenta que por regla general se despliegan en tiradores dos compañías, de modo que toda la columna consta de dos compañías delante y dos 40 yardas detrás, se verá que esta formación se aproxima a la línea todo lo posible. Las dos compañías de cola actúan más como reserva o segunda línea de las dos de cabeza que como el apoyo inmediato que, en las columnas de ataque del continente, han de dar por lo general los hombres situados detrás de la primera fila. Además, aunque en la campaña de Italia hubo aquí y allá despliegues en línea, el terreno de Lombardía es tal que el combate en línea resulta absolutamente imposible. En esas pequeñas parcelas, cortadas por setos, zanjas y tapias de piedra y cubiertas, junto al cereal, de moreras unidas entre sí por parras; en un país donde los caminos, cerrados por altas tapias, son tan estrechos que apenas pueden cruzarse dos carros, en un país así cesa a menudo toda formación regular en cuanto las tropas se acercan al enemigo. Lo único necesario es tener delante un enjambre de tiradores y lanzarse en masa compacta sobre los puntos más importantes. Para este fin no podría haber formación mejor que la elegida por los franceses. Un tercio del batallón, en tiradores; sin segunda línea; la columna a 100 yardas detrás, como apoyo suficiente; avance rápido del conjunto; en cuanto se está lo bastante cerca del adversario, los tiradores despejan el frente del batallón hacia los flancos; la primera línea da una descarga y carga; la segunda línea sigue 40 yardas detrás como reserva y en tan buen orden como lo permita el terreno. Hemos de reconocer que este método parece muy adecuado para todos los fines del ataque en semejante terreno y mantiene a los soldados todo lo juntos y bajo el control de sus oficiales que es posible.

»Allí donde el terreno era lo bastante abierto para permitir movimientos regulares, el ataque se hacía así: los tiradores entretenían al enemigo hasta que se daba a la columna la orden de avanzar; las reservas (si las había) se formaban en los flancos de la línea de tiradores y se desplegaban contra los flancos del adversario para envolver al enemigo que avanzaba y cogerlo entre dos fuegos. Cuando la columna llegaba a la línea de tiradores, estos llenaban los intervalos entre los batallones y avanzaban en línea con la cabeza de la columna; a veinte yardas del enemigo, la cabeza de la columna hacía una descarga y atacaba a paso de carga. Cuando el terreno estaba muy cubierto, se desplegaban en tiradores tres o cuatro compañías de un batallón, y se citan casos (los turcos en Magenta) en que batallones enteros se desplegaron en tiradores.

»Contra un ataque austriaco a la bayoneta se empleó a veces un método parecido al que prescriben los reglamentos británicos para el fuego en las calles (instrucción de batallón, apartado 62). Las compañías de cabeza de la columna hacían una descarga, giraban hacia fuera y marchaban a retaguardia, donde volvían a formarse; las compañías siguientes hacían lo mismo, hasta que, después de que las compañías de cola hubieran hecho su descarga y despejado el frente, todo el batallón cargaba contra el enemigo.

»En los momentos decisivos se ordenaba a los soldados dejar las mochilas en el suelo, pero llevarse toda la munición que hubiera en ellas y un poco de pan, que se guardaban como podían. Ese es el origen de las fábulas de “que los zuavos llevaban de ordinario los cartuchos en los bolsillos del pantalón”.

»En Magenta, los zuavos y el primer regimiento de granaderos de la guardia se desplegaron en línea e hicieron durante un rato fuego por filas. En Solferino, la división de voltigeurs de la guardia (12 batallones) se desplegó en una sola línea antes de entrar en acción; pero cuando entraron de verdad en combate parece que estaban formados en la columna habitual. Como estos dos despliegues se ejecutaron bajo el mando directo y en presencia de Luis Napoleón, apenas cabe duda de que los ordenó recordando las maniobras en línea inglesas; pero en ambos casos parece que la predilección de los oficiales franceses por su propio modo nacional de combatir y el estado del terreno se impusieron en cuanto la cosa se puso seria.

»En el ataque a una aldea se lanzaban varias columnas precedidas de fuertes enjambres de tiradores; la columna más débil, destinada a atacar el propio lugar, se retenía hasta el final, mientras columnas más fuertes rodeaban los flancos de la aldea. Las tropas que tomaban el lugar lo ocupaban y fortificaban en seguida, mientras las reservas perseguían al enemigo. La defensa de una aldea los franceses preferían dejarla a las reservas situadas detrás o al lado de ella antes que a una fuerte guarnición en las casas mismas.»

Con este extracto sobre las formaciones tácticas del ejército francés en Italia en 1859 dejamos la obra del conde Waldersee. Aunque Inglaterra es un terreno de combate mucho más llano que Lombardía, sus numerosos cercados, zanjas, bosquecillos y matorrales, junto con lo ondulado del terreno y los profundos barrancos boscosos que lo surcan, hacen de ella un campo de batalla mucho más difícil que las grandes llanuras despejadas del norte de Francia, de Bélgica y de Alemania. Si un ejército francés intentara alguna vez un desembarco en suelo inglés, cabe poca duda de que sus formaciones de infantería serían muy parecidas a las empleadas en Italia. Esa es la razón por la que consideramos que estas formaciones no carecen de interés para los voluntarios ingleses.

F. E.

  1. «El ejército francés en el campo de instrucción y en campaña». ↩

  2. Friedrich Heinrich Franz Georg, conde de Waldersee (1795-1864), general prusiano, ministro de la Guerra de Prusia de 1854 a 1858 y autor de obras sobre la instrucción de la infantería. ↩

  3. En francés: «sentimiento individual». ↩

  4. En francés: «las miras amplias». ↩

  5. Palacio imperial de las afueras de Viena, cuartel general de Napoleón durante la campaña de 1809 contra Austria. ↩

  6. En francés: «hacer la teoría», es decir, ejecutar los ejercicios según el reglamento. ↩

  7. Los turcos (en francés turcos o tirailleurs algériens): tiradores argelinos, infantería indígena del ejército francés, que combatió en Crimea y en Italia. ↩

  8. Thomas-Robert Bugeaud (1784-1849), mariscal de Francia, jefe de la conquista de Argelia en los años cuarenta. ↩

  9. «Sobre los elementos morales en el combate»: traducción de las instrucciones de Bugeaud a los oficiales de su regimiento, publicada por Engels en The Volunteer Journal en febrero y marzo de 1861; la MEW la recoge en este mismo tomo con el título Marschall Bugeaud über den moralischen Faktor im Kampf. Publicada en este archivo: El mariscal Bugeaud sobre el factor moral en el combate. ↩

  10. Ferenc Gyulay (1798-1868), general austriaco, jefe del ejército austriaco en Italia en 1859 hasta la derrota de Magenta. ↩

  11. Batallas de Magenta (4 de junio de 1859) y de Solferino (24 de junio de 1859), victorias franco-piamontesas sobre los austriacos. ↩