Escrito en alemán por Karl Marx a finales de junio o comienzos de julio de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 185, del 7 de julio de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 514-516), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Algún tiempo antes de que las mesas empezaran a bailar,1 China, ese fósil viviente, empezó a revolucionarse.2 En sí mismo, el fenómeno no tenía nada de extraordinario, porque los imperios orientales nos muestran constantemente inmovilidad en la infraestructura social y un cambio incesante de las personas y las tribus que se adueñan de la superestructura política. China está dominada por una dinastía extranjera.3 ¿Por qué no iba a surgir al cabo de trescientos años un movimiento para derribar esa dinastía? El movimiento tuvo desde el principio un tinte religioso; pero eso lo tenía en común con todos los movimientos orientales. Las causas inmediatas del estallido del movimiento eran palpables: la injerencia europea, las guerras del opio y, con ellas, la sacudida del Gobierno existente, la salida de la plata al extranjero, la perturbación del equilibrio económico por la importación de mercancías extranjeras, etc. Me pareció paradójico que el opio, en vez de adormecer, despertase.4 Lo original de esta revolución china son, en realidad, solo sus protagonistas. No tienen conciencia de ninguna tarea, aparte del cambio de dinastía. No tienen consignas. Son un horror todavía mayor para la masa del pueblo que para los antiguos gobernantes. Su destino no parece otro que oponer al marasmo conservador la destrucción en formas grotescamente abominables, la destrucción sin germen alguno de formación nueva. Para caracterizar a estos «azotes de Dios» pueden servir los siguientes extractos de una carta del señor Harvey (cónsul inglés en Ningbo) al señor Bruce, embajador inglés en Pekín.5
Desde hace tres meses, escribe el señor Harvey, Ningbo está en manos de los revolucionarios taiping. Aquí, como en todas partes adonde estos bandidos han extendido su dominio, la devastación ha sido el único resultado. ¿Persiguen algún otro fin? El poder de entregarse a un desenfreno sin freno ni límite parece importarles, en efecto, tanto como destruir vidas ajenas. Esta opinión sobre los taiping no coincide, desde luego, con las ilusiones de los misioneros ingleses, que fantaseaban con «la redención de China», el «renacimiento del imperio», la «salvación del pueblo» y la «introducción del cristianismo» por obra de los taiping. Tras diez años de ruidosa actividad aparente, lo han destruido todo y no han producido nada.
Es cierto, dice el señor Harvey, que en el trato oficial con los extranjeros los taiping se distinguen de los mandarines por cierta franqueza en el comportamiento y una enérgica rudeza; pero ese es todo su catálogo de virtudes.
¿Cómo pagan los taiping a sus tropas? No reciben soldada, sino que viven del botín. Si las ciudades conquistadas son ricas, nadan en la abundancia. Si son pobres, el soldado aguanta con una paciencia ejemplar. El señor Harvey preguntó a un soldado taiping bien vestido si le gustaba su oficio. «¿Por qué no iba a gustarme?», respondió. «Pongo la mano en lo que me apetece; si encuentro resistencia, entonces…», y con la mano hizo el gesto de cortar una cabeza. Y esa es su manera de hablar. Una cabeza humana no vale para un taiping más que una cabeza de col.
El ejército revolucionario tiene un núcleo de tropas regulares, viejos partisanos curtidos por muchos años de lucha. El resto se compone de reclutas más jóvenes o de campesinos enrolados a la fuerza en las correrías. Los jefes envían sistemáticamente las tropas reclutadas a la fuerza en una provincia conquistada a otra provincia lejana. Así, en este momento se hablan cuarenta dialectos distintos entre los rebeldes de Ningbo, mientras que el dialecto de Ningbo resuena ahora por primera vez en distritos lejanos. Todos los andrajosos, vagabundos y malas personas de un distrito se les unen voluntariamente. La disciplina se limita a la obediencia en el servicio. El matrimonio, igual que fumar opio, está prohibido a los taiping bajo pena de muerte. No ha de haber bodas hasta «que el imperio esté restablecido». En compensación, durante los tres primeros días tras la toma de una ciudad cuyos habitantes no han huido a tiempo, los taiping reciben carta blanca para cometer contra mujeres y muchachas cualquier infamia imaginable. Pasados los tres días, todas las personas del sexo femenino son expulsadas por la fuerza de las ciudades.
Infundir terror es toda la táctica de los taiping. Su éxito se basa únicamente en el efecto de este resorte. Los medios para producir el terror son, en primer lugar, la enorme masa con que se presentan en un punto dado. Primero envían emisarios a tantear en secreto el camino, sembrar rumores inquietantes y provocar incendios aislados. Si los mandarines prenden y ejecutan a esos emisarios, en seguida les siguen otros pisándoles los talones, hasta que o bien los mandarines huyen con la población de la ciudad, o bien, como ocurrió en Ningbo, la desmoralización que ha cundido facilita mucho la victoria a los insurrectos.
Un medio principal de terror es el abigarrado atuendo de bufón de los taiping. A los europeos les causaría una impresión ridícula. Sobre los chinos actúa como un talismán. Por eso este atuendo de bufón da a los rebeldes en el combate más ventajas que las que les darían los cañones rayados. Añádase a esto su pelo largo, desgreñado, negro o teñido de negro,6 la ferocidad de sus miradas, sus aullidos melancólicos y una afectación de furia y frenesí, y hay bastante para matar de miedo al chino corriente, formalista, manso y trazado con escuadra y compás.
Cuando los emisarios han sembrado el pánico, les siguen aldeanos fugitivos, empujados adrede, que exageran el número, el poder y lo temible del ejército que se acerca. Mientras se levantan las llamas en medio de las ciudades y la guarnición sale quizá a campo abierto bajo la impresión de estas escenas de terror, aparecen a lo lejos, trastornando los sentidos, algunos de esos abigarrados perros del infierno, cuya aparición tiene un efecto magnético. En el momento oportuno se lanzan entonces cien mil taiping, armados de cuchillos, lanzas y escopetas de caza, ferozmente sobre el adversario medio exánime y lo arrollan todo, a menos que, como ocurrió hace poco en Shanghái, encuentren resistencia.7
«Lo taiping», dice el señor Harvey, «es una inmensa masa de nothingness» (nadería).
El taiping representa evidentemente al diablo en persona, tal como tiene que imaginárselo la fantasía china. Pero también es cierto que solo en China era posible esta clase de diablo. Es el engendro de una vida social fosilizada.
Alusión a la moda del espiritismo y de las «mesas giratorias», que se extendió por Europa a partir de 1853. Marx usa la misma imagen en una nota del primer capítulo de El capital. ↩
La rebelión de los Taiping (1850-1864), levantamiento campesino dirigido por Hong Xiuquan, que fundó en 1853 en Nankín un «Reino Celestial de la Gran Paz» (Taiping Tianguo) y fue aplastado por la dinastía Qing con ayuda de las potencias occidentales. ↩
La dinastía manchú de los Qing, que reinaba en China desde 1644. ↩
Véase el artículo de Marx «La revolución en China y en Europa» (New-York Daily Tribune, 14 de junio de 1853). ↩
Frederick Harvey, cónsul británico en Ningbo; Frederick Bruce (1814-1867), embajador británico en Pekín de 1860 a 1865. Ningbo fue tomada por los Taiping en diciembre de 1861 y recuperada en mayo de 1862 por las tropas imperiales con ayuda anglofrancesa. ↩
Los Taiping se dejaban crecer el pelo, en lugar de llevar la cabeza rapada con coleta impuesta por los manchúes; de ahí el nombre de «rebeldes de pelo largo» con que se los conocía. ↩
En la primavera de 1862 las tropas anglofrancesas y el «Ejército Siempre Victorioso» de mercenarios de Frederick Townsend Ward rechazaron a los Taiping ante Shanghái. ↩