Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 15 de febrero de 1862 y publicado con el título «The Mexican Imbroglio» en el New-York Daily Tribune, núm. 6530, del 10 de marzo de 1862. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de la MEW: Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 472-477), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 15 de febrero de 1862

El libro azul sobre la intervención en México que acaba de publicarse contiene una revelación muy comprometedora de la diplomacia inglesa moderna, con toda su hipocresía santurrona, su furia salvaje frente al débil, su servilismo ante el fuerte y su total desprecio del derecho de gentes. Tengo que reservarme para otro artículo la tarea de aportar, mediante un análisis minucioso de los despachos cruzados entre Downing Street y los representantes británicos en México, la prueba irrefutable de que la confusión actual es de origen inglés, de que Inglaterra tomó la iniciativa para que se produjera la intervención y de que lo hizo con pretextos demasiado débiles y contradictorios para ocultar los motivos reales, aunque inconfesados, de su proceder. Esta vileza en el empleo de medios abominables para emprender la intervención mexicana solo la supera la debilidad senil con la que el Gobierno británico finge sorprenderse y se escabulle de ejecutar la infame empresa que él mismo ha planeado. Trataré primero este último aspecto de la cuestión.

El 13 de diciembre de 1861 el señor Istúriz, embajador español en Londres, presentó a John Russell una nota que contenía las instrucciones enviadas por el capitán general de Cuba a los jefes españoles que estaban al frente de la expedición mexicana.1 John Russell no hizo caso de la nota y se envolvió en el silencio. El 23 de diciembre el señor Istúriz le dirige otra nota en la que explica las razones que habían llevado a la expedición española a salir de Cuba antes de la llegada de las tropas inglesas y francesas. John Russell vuelve a no hacer caso de la nota y sigue callado. El señor Istúriz, deseoso de cerciorarse de si esta reserva silenciosa, tan inusitadamente prolongada en el vástago de la casa de Bedford,2 por lo demás tan locuaz, podía presagiar algo malo, insiste en una entrevista personal, que se le concede y tiene lugar el 7 de enero. John Russell estaba informado desde hacía ya más de un mes de la apertura unilateral de las operaciones de España contra México. Hacía casi un mes que el señor Istúriz le había comunicado oficialmente lo sucedido. A pesar de todo, John Russell no dice en su entrevista personal con el embajador español ni una palabra que dejara entrever el más leve disgusto o asombro por «los pasos precipitados que ha dado el general Serrano»,3 y sus palabras no dejan en el señor Istúriz la menor impresión de que algo marchara mal y de que el Gobierno británico desaprobara la actuación española. El orgullo castellano del señor Istúriz no admite, naturalmente, la idea de que los poderosos aliados de España se limitaran a jugar con él y a hacer de él un simple instrumento. Pero se acercaba la fecha de la reunión del Parlamento, y John Russell tenía que redactar ahora una serie de despachos destinados no a fines internacionales, sino especialmente al uso parlamentario. Así, el 16 de enero escribe un despacho en el que, en tono bastante airado, pide explicaciones sobre la iniciativa unilateral que ha emprendido España. Dudas y escrúpulos que habían dormido en su interior durante más de un mes y que no habían dado ni síntomas de existir durante la entrevista personal con el señor Istúriz el 7 de enero turban de repente el sereno sueño de este estadista confiado, sincero y cándido. El señor Istúriz se queda como fulminado y, en su respuesta fechada el 18 de enero, recuerda con cierta ironía a Su Excelencia las ocasiones que había desaprovechado para dar rienda suelta a su tardío rencor. De hecho, le paga a Su Excelencia con la misma moneda cuando, al justificar la iniciativa tomada por España, adopta el mismo aire de naïveté4 que lord John Russell exhibía al pedir explicaciones. «El capitán general de Cuba», dice el señor Istúriz, «llegó demasiado pronto porque temía llegar demasiado tarde a Veracruz.» «Además», y aquí le lanza a lord John una pulla, «la expedición estaba desde hacía mucho tiempo lista en todos los aspectos», aunque el capitán general, hasta mediados de diciembre, «no conocía los detalles del tratado ni el punto fijado para la reunión de las escuadras». El tratado no se había firmado antes del 20 de noviembre. Por tanto, si el capitán general tenía su expedición «lista en todos los aspectos» mucho antes «de mediados de diciembre», las órdenes que había recibido originalmente de Europa para empezar la expedición no habían esperado al tratado. Dicho de otro modo, el acuerdo original entre las tres potencias y los pasos dados para ejecutarlo no esperaron al tratado y se diferenciaban en sus «detalles» de las disposiciones del tratado, que desde el principio no se concibió como una instrucción para la acción, sino solo como una fórmula decorosa, necesaria para reconciliar a la opinión pública con el infame plan.5 El 23 de enero John Russell responde al señor Istúriz con una nota bastante áspera en la que le da a entender que «el Gobierno británico no está del todo satisfecho con la explicación dada», pero que al mismo tiempo no atribuiría a España la necia insolencia de ser tan temeraria como para actuar contra Inglaterra y Francia. Lord John Russell, que durante un mes entero ha estado tan adormilado, tan inactivo, se pone del todo vivo y despierto cuando se acerca rápidamente la sesión parlamentaria. No hay tiempo que perder. El 17 de enero tiene una entrevista personal con el conde de Flahaut,6 el embajador francés en Londres. Flahaut le trae la mala noticia de que su amo considera necesario «enviar una fuerza adicional a México», de que España ha echado a perder el asunto con su precipitada iniciativa; de que

«los aliados tendrían que avanzar ahora hacia el interior de México, y de que no solo las fuerzas acordadas resultarían insuficientes para la operación, sino que la operación misma adquiriría un carácter tal que Luis Bonaparte no podría permitir que las tropas francesas se vieran en una situación peor que la de los españoles, ni que corrieran el peligro de quedar en evidencia».

Pero la argumentación de Flahaut era cualquier cosa menos convincente. Si España había infringido el tratado, una sola nota de los cuarteles de St. James y de las Tullerías habría bastado para prevenirla contra sus ridículas pretensiones y remitirla al modesto papel que le asignaba la convención. Pero no: porque España ha roto la convención —una ruptura puramente formal y sin consecuencia alguna, pues su llegada prematura a Veracruz no cambia nada del fin y el objeto declarados de la expedición—, porque España se había atrevido a echar el ancla ante Veracruz en ausencia de las tropas inglesas y francesas, a Francia no le quedaba otra salida que seguir los pasos de España, romper también ella la convención y no solo aumentar sus tropas expedicionarias, sino cambiar todo el carácter de la operación. Por supuesto, las potencias aliadas no necesitaban ningún pretexto para sacar el gato del saco y echar por la borda, ya al comienzo de la expedición, los pretextos y los fines por los que supuestamente se había emprendido. Por eso John Russell, aunque «lamenta el paso» dado por Francia, lo aprueba, comunicando al conde de Flahaut que «en nombre del Gobierno de Su Majestad no tiene nada que objetar a la validez del argumento francés». En un despacho del 20 de enero envió a lord Cowley,7 el embajador inglés en París, el relato de esta entrevista suya con el conde de Flahaut. El día antes, el 19 de enero, había redactado un despacho para sir F. Crampton,8 el embajador inglés en Madrid; es una extraña mezcla de hipocresía santurrona, dirigida al Parlamento británico, y de insinuaciones veladas a la corte de Madrid sobre el verdadero valor del lenguaje liberal que se permitía tan abiertamente. «La actuación del mariscal Serrano», dice, «causará probablemente cierto malestar», no solo por la partida prematura de la expedición española de La Habana, sino también «por el tono de la proclama publicada por el Gobierno español». Pero al mismo tiempo el bon homme9 sugiere a la corte de Madrid una excusa verosímil para la evidente ruptura de la convención. Está plenamente convencido de que la corte de Madrid no tiene ninguna mala intención; pero los jefes militares, lejos de Europa, son a veces «imprudentes» y hay que «vigilarlos muy cuidadosamente». Así, el buen Russell ofrece voluntariamente sus servicios para descargar la responsabilidad de la corte de Madrid sobre los hombros de unos imprudentes jefes españoles «en la lejanía», e incluso fuera del alcance de los sermones del buen Russell. No menos extraña es la segunda parte de su despacho. Las fuerzas aliadas no deben impedir a los mexicanos su derecho a «elegirse su propio Gobierno», con lo que da a entender que en México no existe «ningún Gobierno» y que, por el contrario, habría que elegir, bajo la dirección de los invasores aliados, no solo nuevos miembros del Gobierno, sino incluso «una nueva forma de Gobierno». La «constitución de un nuevo Gobierno» «complacería» al Gobierno británico; pero, naturalmente, las fuerzas militares de los invasores no deberían violar el sufragio universal que se proponen recomendar a los mexicanos para instaurar un nuevo Gobierno. Naturalmente, queda al juicio de los jefes de la invasión armada qué forma del nuevo Gobierno es «incompatible con los sentimientos de México» y cuál no. En todo caso, el buen Russell se lava las manos. Envía soldados extranjeros a México para obligar allí al pueblo a «elegir» un nuevo Gobierno; pero espera que los soldados hagan su tarea con suavidad y examinen con mucho cuidado los sentimientos políticos del país que han invadido. ¿Hace falta detenerse siquiera un momento en esta farsa transparente? Lea usted, con independencia de los despachos del buen Russell, el Times y el Morning Post de octubre, seis semanas antes de la firma de la convención ficticia del 30 de noviembre, y encontrará predichos en los periódicos del Gobierno inglés exactamente los mismos acontecimientos enojosos que Russell finge descubrir solo a finales de enero y que atribuye a la «imprudencia» de algunos enviados españoles lejos de Europa.

La segunda parte de la farsa que Russell tenía que representar consistió en poner sobre el tapete, como rey de México, al archiduque Maximiliano de Austria,10 en quien Inglaterra y Francia habían puesto los ojos.

El 24 de enero, unos diez días antes de la apertura del Parlamento, lord Cowley escribe a lord Russell que no solo los chismorreos de París se ocupan extensamente del archiduque, sino que incluso los oficiales que marchan a México con las tropas de refuerzo afirman que la expedición tiene por objeto hacer rey de México al archiduque Maximiliano. Cowley cree necesario interpelar a Thouvenel11 sobre este delicado asunto. Thouvenel le responde que no fue el Gobierno francés, sino unos enviados mexicanos «que habían ido a Viena con ese fin», quienes habían iniciado esas negociaciones con el Gobierno austriaco.

Usted esperará, por fin, que el cándido John Russell, que solo cinco días antes había insistido machaconamente, en un despacho a Madrid, en las condiciones de la convención, y que incluso más tarde, en el discurso de la Corona del 6 de febrero, había anunciado la «reparación» de los agravios que, según afirmaban los súbditos europeos, eran el motivo y el fin exclusivos de la intervención… Usted esperará, por fin, que monte en cólera y eche sapos y culebras ante la mera idea de que se haya jugado una pasada tan inaudita a su bondadosa confianza. ¡Nada de eso! El buen Russell recibe el 26 de enero la cháchara de Cowley y al día siguiente se apresura a redactar un despacho en el que ofrece voluntariamente su protección a la candidatura del archiduque Maximiliano al trono de México.

Informa a sir C. Wyke,12 su representante en México, de que las tropas francesas y españolas marcharán «enseguida» sobre la capital, México; de que el archiduque Maximiliano «es al parecer el ídolo del pueblo mexicano», y de que, si así fuera, «no hay nada en la convención que pudiera impedir su subida al trono en México».

Dos cosas son notables en estas revelaciones diplomáticas: primero, cómo se toma el pelo a España, y segundo, cómo a Russell ni se le pasa por la cabeza que no puede hacer la guerra a México sin una previa declaración de guerra, ni que para esa guerra no puede formar una coalición con potencias extranjeras si no es sobre la base de un tratado que obligue a todas las partes. ¡Y esta es la gente que durante dos meses nos ha fatigado con su hipócrita santurronería sobre la santidad de las estrictas reglas del derecho de gentes y su reverencia ante ellas!

  1. Francisco Javier de Istúriz (1790-1871), embajador de España en Londres. El capitán general de Cuba era Francisco Serrano, cuya expedición desembarcó en Veracruz a mediados de diciembre de 1861, antes de que llegaran las fuerzas británicas y francesas. ↩

  2. Lord John Russell era hijo del sexto duque de Bedford. ↩

  3. Francisco Serrano (1810-1885), entonces capitán general de Cuba, más tarde duque de la Torre y regente de España. ↩

  4. «Ingenuidad», en francés en el original. ↩

  5. La convención entre Inglaterra, Francia y España sobre la intervención en México se firmó en Londres el 31 de octubre de 1861. ↩

  6. Charles de Flahaut (1785-1870), general y diplomático francés, embajador en Londres de 1860 a 1862. La MEW escribe «Flahault». ↩

  7. Henry Richard Charles Wellesley, lord Cowley (1804-1884), embajador británico en París de 1852 a 1867. ↩

  8. John Fiennes Twisleton Crampton (1805-1886), embajador británico en Madrid de 1860 a 1869. ↩

  9. «Buen hombre», en francés en el original. ↩

  10. Fernando Maximiliano de Habsburgo (1832-1867), hermano del emperador Francisco José, emperador de México de 1864 a 1867, fusilado en Querétaro. ↩

  11. Édouard Thouvenel (1818-1866), ministro francés de Asuntos Exteriores de 1860 a 1862. ↩

  12. Charles Lennox Wyke (1815-1897), ministro plenipotenciario británico en México. ↩