Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 31 de enero de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 34, del 4 de febrero de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 458-460), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 31 de enero de 1862
La grandeza comercial de Liverpool tiene su origen en la trata de esclavos. Las únicas aportaciones con que Liverpool ha enriquecido la literatura poética de Inglaterra son odas a la trata de esclavos. Hace cincuenta años era peligroso para la vida de Wilberforce1 pisar el suelo de Liverpool. Como en el siglo pasado la trata de esclavos, en este siglo el comercio con el producto de la esclavitud —el algodón— formó la base material de la grandeza de Liverpool. No es de extrañar, pues, que Liverpool sea el centro de los amigos ingleses de la secesión. Es, en efecto, la única ciudad del Reino Unido en la que fue posible organizar durante la última crisis un mitin casi público a favor de una guerra con los Estados Unidos. ¿Y qué dice Liverpool ahora? Escuchemos a uno de sus grandes órganos diarios, el Daily Post.
En un editorial titulado «The cute Yankee» (El yanqui astuto), se dice, entre otras cosas:
«Los yanquis, con su habilidad de siempre, han convertido una pérdida aparente en una ganancia real y han puesto a Inglaterra al servicio de su provecho… Gran Bretaña ha desplegado, en efecto, su poder, pero ¿con qué fin? Desde la fundación de los Estados Unidos, los yanquis reclamaron siempre para la bandera neutral el privilegio de que los pasajeros que navegasen bajo ella estuvieran a salvo de toda intromisión y todo ataque de los beligerantes. Nosotros impugnamos ese privilegio hasta el extremo durante la guerra antijacobina, durante la guerra anglo-norteamericana de 1812 a 1814 y todavía recientemente, en 1842, durante las negociaciones entre lord Ashburton y el secretario de Estado Daniel Webster.2 Ahora nuestra oposición tiene que cesar. El principio yanqui ha triunfado. El señor Seward levanta acta del hecho, declara que cedemos en el principio y que, por el caso del Trent, los Estados Unidos obtienen de nosotros una concesión para cuyo logro habían agotado hasta ahora en vano todos los medios de la diplomacia y de la guerra.»
Más importante aún es lo que confiesa el Daily Post sobre el vuelco de la opinión pública, incluso en Liverpool.
«Los confederados», dice, «no han hecho, ciertamente, nada para perder la opinión que hasta ahora les era favorable. ¡Muy al contrario! Han luchado, en efecto, y han hecho enormes sacrificios. Si no obtienen su independencia, todo el mundo tendrá que reconocer que la merecen. Sea como fuere, la corriente de la opinión pública corre ahora en contra de sus pretensiones. Hace cuatro semanas todavía eran unos buenos muchachos (fine fellows). Ahora se les declara una pandilla muy lamentable (a very sorry set)… Se ha producido, en efecto, una reacción. ¡La secta antiesclavista, tan apocada durante la última agitación popular, saca ahora pecho y truena contra la trata de seres humanos y contra los esclavistas rebeldes!… ¿No están incluso las murallas de nuestra ciudad cubiertas de grandes carteles llenos de denuncias e invectivas venenosas contra los señores Mason y Slidell, autores de la maldita ley sobre los esclavos fugitivos?3 … Los confederados han perdido con el asunto del Trent. Debía ser su ganancia, y se ha vuelto su ruina. Las simpatías de este país les han sido retiradas, y tendrán que hacerse cuanto antes a esta extraña situación. Se les ha tratado muy mal, pero así se queda la cosa (there will be no redress).»
Esta confesión del diario de Liverpool amigo de la secesión explica fácilmente el lenguaje cambiado que algunos órganos de peso de Palmerston adoptan ahora de repente, antes de la apertura del Parlamento. Así, el Economist del sábado pasado publica un artículo con el título: «¿Debe respetarse el bloqueo?»
Parte ante todo del axioma de que el bloqueo es un simple bloqueo sobre el papel4 y de que, por tanto, el derecho de gentes permite violarlo. Francia, dice, exige que se lo quite de en medio por la fuerza. La decisión práctica de la cuestión está, pues, en manos de Inglaterra, que tiene grandes y apremiantes motivos para semejante paso. Sobre todo, necesita el algodón norteamericano. Dicho sea de paso, no se ve bien cómo un «simple bloqueo sobre el papel» puede impedir el embarque del algodón.
«Pero, con todo», exclama el Economist, «Inglaterra debe respetar el bloqueo». Tras una serie de razones aparentes que justifican este juicio, llega por fin a la madre del cordero.5
«En tal caso», dice, «el Gobierno tendría que tener detrás al país entero. Pero la gran masa del pueblo inglés no está aún preparada para una intromisión que tuviera siquiera la apariencia de que apoyamos la creación de una república esclavista. El sistema social de la Confederación descansa en la esclavitud; los federales han hecho todo lo posible por convencernos de que la esclavitud es la raíz de la secesión, de que ellos son los enemigos de la esclavitud, y la esclavitud es objeto de nuestra más profunda aversión… En esto reside el verdadero error del sentimiento popular. La disolución, y no el restablecimiento de la Unión, la independencia, y no la derrota del Sur, es el único camino seguro hacia la emancipación de los esclavos. Esperamos aclarárselo a nuestros lectores en alguna ocasión. Pero por ahora no está claro todavía. La mayoría de los ingleses piensa de otro modo. Mientras persista en ese prejuicio, a cualquier intervención de nuestro Gobierno que nos pusiera en oposición activa al Norte y en supuesta alianza con el Sur le faltaría la cordial colaboración de la nación británica.»
En otras palabras: la tentativa de semejante intervención derribaría al Gobierno. Y así se explica también por qué el Times se pronuncia tan decididamente contra toda intervención y a favor de la neutralidad de Inglaterra.
William Wilberforce (1759-1833), el diputado que encabezó en el Parlamento la campaña contra la trata de esclavos, abolida por Gran Bretaña en 1807. ↩
Las negociaciones que condujeron al tratado Webster-Ashburton de 1842, que fijó la frontera entre el Canadá y el estado de Maine; la cuestión del derecho de visita quedó entonces sin resolver. ↩
La ley de 1850 sobre los esclavos fugitivos (Fugitive Slave Act), que obligaba a los estados libres a devolver a sus dueños a los esclavos huidos; Mason fue su autor principal. ↩
Según la Declaración de París de 1856, un bloqueo solo obliga a los neutrales si es efectivo, es decir, si lo mantiene una fuerza suficiente para impedir realmente el acceso a la costa. ↩
En el original, «des Pudels Kern», «el meollo del perro de aguas», del Fausto de Goethe. ↩