Escrito en alemán por Karl Marx el 24 de noviembre de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 327, del 29 de noviembre de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 567-569), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

¡La destitución de McClellan!1 es la respuesta de Lincoln a las victorias electorales de los demócratas.

Los periódicos demócratas habían declarado con la mayor confianza que la elección de Seymour como gobernador del Estado de Nueva York traería consigo de inmediato la revocación de la proclamación en que Lincoln declara abolida la esclavitud en Secesia a partir del 1 de enero de 1863. Apenas había salido de la prensa su profético papel secante cuando su general favorito —su favorito porque, «después de una gran derrota, lo que más temía era una victoria decisiva»— era despojado de su mando y devuelto a la vida privada.

Se recordará que McClellan respondió a aquella proclamación de Lincoln con una contraproclamación, una orden del día a su ejército en la que, si bien le prohibía toda manifestación contra la medida del presidente, dejaba caer al mismo tiempo estas palabras fatídicas: «Corresponde a los ciudadanos rectificar en las urnas los errores del Gobierno o juzgar sus actos».2 McClellan, a la cabeza del ejército principal de los Estados Unidos, apelaba, pues, del presidente a las elecciones inminentes. Echaba en la balanza el peso de su posición. Salvo un pronunciamiento a la española, no podía manifestar de forma más llamativa su hostilidad a la política del presidente. Tras la victoria electoral demócrata, a Lincoln no le quedaba, por tanto, más elección que rebajarse él mismo a instrumento del partido de compromiso favorable a la esclavitud o, con McClellan, quitarle de debajo de los pies su punto de apoyo en el ejército. La destitución de McClellan en este momento es, por tanto, una manifestación política. Pero era de todos modos inevitable. Halleck, el commander in chief,3 había acusado a McClellan de desobediencia directa en un informe al ministro de la Guerra. Poco después de la derrota de los confederados en Maryland, el 6 de octubre, Halleck había ordenado cruzar el Potomac, sobre todo porque el bajo nivel de las aguas del Potomac y de sus afluentes favorecía entonces las operaciones militares. McClellan, desafiando esta orden, permaneció inmóvil, con el pretexto de que su ejército no podía marchar por falta de provisiones. Halleck demuestra en el informe citado que esto era una vana excusa, que el ejército del Este gozaba en materia de intendencia de grandes privilegios frente al ejército del Oeste y que los suministros que aún faltaban podían recibirse tanto al sur como al norte del Potomac. A este informe de Halleck se añade un segundo informe, en el que la comisión nombrada para investigar la entrega de Harpers Ferry a los confederados4 acusa a McClellan de haber concentrado con una lentitud incomprensible, para socorrerla, a las tropas de la Unión que se hallaban cerca de aquel arsenal: solo las hacía marchar 6 millas inglesas (aproximadamente 1½ millas alemanas) al día. Ambos informes, el de Halleck y el de la comisión, estaban en manos del presidente antes de la victoria electoral de los demócratas.

El mando de McClellan se ha descrito tantas veces en estas páginas que basta recordar cómo intentaba sustituir la decisión táctica por el rodeo estratégico y era incansable en descubrir consideraciones de sabiduría de Estado Mayor que le prohibían ya aprovechar las victorias, ya anticiparse a las derrotas. La breve campaña de Maryland ha puesto una falsa aureola en torno a su cabeza. Pero hay que tener en cuenta que recibió sus órdenes generales de marcha del general Halleck, que también había trazado el plan de la primera campaña de Kentucky, y que la victoria en el campo de batalla se debió exclusivamente a la bravura de los generales subordinados, en particular del caído general Reno y de Hooper,5 aún no restablecido del todo de sus heridas. Napoleón escribió una vez a su hermano José que el peligro en el campo de batalla es igual en todos los puntos y que la manera más segura de caer en sus fauces es intentar esquivarlo. McClellan parece haber comprendido este axioma, pero sin la aplicación práctica que Napoleón insinuaba a su hermano. Durante toda su carrera militar, McClellan nunca ha estado en el campo de batalla, nunca bajo el fuego, peculiaridad que subraya con fuerza el general Kearny en una carta que su hermano publicó después de que Kearny cayera, a las órdenes de Pope, en una de las batallas ante Washington.6

McClellan supo esconder su mediocridad bajo la máscara de una seriedad reservada, un silencio lacónico y un hermetismo lleno de dignidad. Sus mismos defectos le aseguraron la confianza inquebrantable del Partido Demócrata del Norte y el «leal reconocimiento» de los secesionistas. Se ganó partidarios entre los oficiales superiores de su ejército formando un Estado Mayor de dimensiones nunca vistas en los anales de la historia militar. Una parte de los oficiales más antiguos, procedentes del antiguo ejército de la Unión y formados en la academia de West Point, encontró en él un apoyo para su rivalidad con los «generales civiles» surgidos de la noche a la mañana y para sus simpatías secretas con los «camaradas» del campo enemigo. El soldado, por último, solo conocía de oídas sus cualidades militares, mientras que por lo demás le atribuía todos los méritos de la intendencia y sabía contar muchas cosas elogiosas de su afabilidad comedida. Un solo don de general en jefe poseía McClellan: el de asegurarse la popularidad entre su ejército.

El sucesor de McClellan, Burnside,7 es demasiado desconocido para juzgarlo. Pertenece al Partido Republicano. Hooker, en cambio, que asume el mando del cuerpo de ejército que servía directamente a las órdenes de McClellan, es sin discusión uno de los soldados más aguerridos de la Unión. Fighting Joe («José el Pegón»), como le llaman las tropas, tuvo la mayor parte en los éxitos de Maryland. Es abolicionista.

Los mismos periódicos norteamericanos que nos traen la noticia de la destitución de McClellan comunican declaraciones de Lincoln en las que afirma con decisión que no se apartará ni un ápice de su proclamación.

«Lincoln», observa con razón el Morning Star, «se ha mostrado al mundo como un hombre lento pero sólido, que avanza con extraordinaria cautela pero nunca retrocede. Cada paso de su carrera de gobernante ha ido en la dirección correcta y se ha mantenido con energía. Partiendo de la decisión de excluir la esclavitud de los Territorios, ha llegado por fin al objetivo último de todo "movimiento antiesclavista", la extirpación del monstruo del suelo de la Unión, y ocupa ya la gloriosa posición de haber suprimido toda responsabilidad de la Unión en la persistencia de la esclavitud.»

  1. George Brinton McClellan (1826-1885), general en jefe del ejército del Potomac, fue relevado de su mando por Lincoln el 5 de noviembre de 1862. ↩

  2. La orden general núm. 163 de McClellan, del 7 de octubre de 1862. ↩

  3. Henry Wager Halleck (1815-1872), general en jefe de los ejércitos de la Unión desde julio de 1862. ↩

  4. Harpers Ferry, con su guarnición de unos 12.000 hombres, capituló ante Stonewall Jackson el 15 de septiembre de 1862. ↩

  5. Así en la MEW; se trata de Joseph Hooker (1814-1879), herido en Antietam, al que el texto vuelve a citar más abajo. Jesse Lee Reno (1823-1862) cayó el 14 de septiembre de 1862 en la batalla de South Mountain. ↩

  6. Philip Kearny (1815-1862), general de la Unión, cayó en Chantilly el 1 de septiembre de 1862, tras la segunda batalla de Bull Run, perdida por John Pope. ↩

  7. Ambrose Everett Burnside (1824-1881), sucesor de McClellan al frente del ejército del Potomac; fue derrotado en Fredericksburg en diciembre de 1862. ↩