Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 8 de marzo de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 70, del 12 de marzo de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 482-485), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 8 de marzo de 1862

Parturiunt montes!1 Los amigos ingleses de Secesia2 venían amenazando desde la apertura del Parlamento con una «propuesta» sobre el bloqueo norteamericano. La propuesta se ha presentado por fin en la Cámara de los Comunes, en la forma muy modesta de una moción que invita al Gobierno a «presentar más documentos sobre el estado del bloqueo», y hasta esta insignificante moción ha sido rechazada sin la formalidad de una votación nominal.

El señor Gregory, autor de la moción y diputado por Galway, ya había presentado en la legislatura del año pasado, poco después del estallido de la guerra civil, una moción para el reconocimiento de la Confederación del Sur.3 A su speech de este año no se le puede negar cierta habilidad sofística. Solo que el discurso padece el desdichado inconveniente de dividirse en dos partes, una de las cuales anula a la otra. Una parte describe los funestos efectos del bloqueo sobre la industria algodonera inglesa y exige por tanto que se levante el bloqueo. La otra demuestra, con los papeles presentados por el ministerio, entre ellos dos escritos de los señores Yancey y Mann y uno del señor Mason, que el bloqueo no existe en absoluto, salvo sobre el papel, y que por tanto no hay que seguir reconociéndolo. El señor Gregory sazonó su argumentación con continuas citas del Times. El Times, al que en este momento no le viene nada bien que le recuerden sus oráculos, se lo agradece al señor Gregory con un editorial en el que lo entrega a la risa pública.

La moción del señor Gregory fue apoyada por el señor Bentinck, un ultratory que desde hace dos años se esfuerza en vano por provocar en el campo conservador una secesión contra el señor Disraeli.

Ya era en sí un espectáculo ridículo ver los supuestos intereses de la industria inglesa defendidos por Gregory, representante de Galway, un puerto insignificante del oeste de Irlanda, y por Bentinck, representante de Norfolk, un distrito puramente agrícola.

Contra ambos se levantó el señor Forster, representante de Bradford, uno de los centros de la industria inglesa.4 El discurso de Forster merece examinarse más de cerca, porque demuestra de modo contundente la vaciedad de las frases que los amigos de la secesión han puesto en circulación en Europa sobre el carácter del bloqueo norteamericano. En primer lugar, dijo, los Estados Unidos han cumplido todas las formalidades que exige el derecho internacional. No han declarado en estado de bloqueo ningún puerto sin proclamación previa, sin aviso especial de la fecha en que empezaba y sin fijar los quince días transcurridos los cuales quedarían prohibidas la entrada y la salida a los buques neutrales extranjeros.

Las habladurías sobre la «ineficacia» legal del bloqueo descansan, pues, únicamente en los casos supuestamente frecuentes en que se habría roto. Antes de la apertura del Parlamento se decía que lo habían roto 600 barcos. El señor Gregory reduce ahora la cifra a 400. Sus pruebas se basan en dos listas entregadas al Gobierno, una el 30 de noviembre por los comisionados del Sur Yancey y Mann, la otra, complementaria, por Mason. Según Yancey y Mann, desde la proclamación del bloqueo hasta el 20 de agosto más de 400 barcos rompieron el cerco, ya fuera entrando, ya saliendo. Ahora bien, según los informes oficiales de las aduanas, el total de barcos entrados y salidos fue de solo 322. De ellos, 119 salieron antes de la declaración del bloqueo y 56 antes de que expirase el plazo concedido de quince días. Quedan 147 barcos. De estos 147, 25 eran barcos fluviales que navegaban desde Irlanda5 hasta Nueva Orleans, donde están amarrados sin servicio; 106 eran barcos de cabotaje, todos ellos, con excepción de 3, barcos «quasi-inland» («casi de aguas interiores»), según la expresión del propio señor Mason. De esos 106, 66 navegaban entre Mobile y Nueva Orleans. Todo el que conoce esa costa sabe lo absurdo que es llamar ruptura del bloqueo a la navegación de un barco por detrás de las lagunas, de modo que apenas toca el mar abierto y no hace más que arrastrarse a lo largo de la costa. Lo mismo vale para los barcos entre Savannah y Charleston, que se deslizan entre islas por estrechas lenguas de tierra. Según la declaración del cónsul inglés Bunch,6 esos barcos de poco calado solo aparecieron en mar abierto durante unos pocos días. Descontados los 106 barcos de cabotaje, quedan 16 salidas hacia puertos extranjeros, 15 de ellas hacia puertos americanos, sobre todo de Cuba, y 1 hacia Liverpool. El «barco» que llegó a Liverpool era una goleta, y lo mismo eran todos los demás «barcos», con excepción de una balandra. Se ha hablado mucho, exclamó el señor Forster, de bloqueos ficticios. ¿No es esta lista de los señores Yancey y Mann una lista ficticia? A un análisis semejante sometió la lista complementaria del señor Mason, y mostró además que el número de corsarios que se escaparon no pasa de 3 o 4, mientras que en la última guerra anglo-norteamericana7 no menos de 516 corsarios norteamericanos rompieron el bloqueo inglés e inquietaron las costas de Inglaterra. «Al contrario, el bloqueo ha sido maravillosamente eficaz desde que empezó.»

Más pruebas aportan los informes de los cónsules ingleses, pero sobre todo las listas de precios del Sur. El 11 de enero, el precio del algodón en Nueva Orleans ofrecía una prima del 100 por ciento para la exportación a Inglaterra; la ganancia en la importación de sal era del 1.500 por ciento, y la ganancia en el contrabando de guerra era todavía incomparablemente mayor. A pesar de esta tentadora perspectiva de lucro, era tan imposible embarcar algodón hacia Inglaterra como sal hacia Nueva Orleans o Charleston. En realidad, el señor Gregory no se queja de que el bloqueo sea ineficaz, sino de que lo es demasiado. Nos pide que le pongamos fin, y con él a la parálisis de la industria y del comercio. Una respuesta dice:

«¿Quién pide a esta Cámara que rompa el bloqueo? ¿Los representantes de los distritos que sufren? ¿Se eleva ese grito desde Manchester, donde hay que cerrar las fábricas, o desde Liverpool, donde los barcos están parados en los muelles por falta de carga? Al contrario. Se eleva desde Galway y lo apoya Norfolk.»

Del lado favorable a la secesión se hizo notar todavía el señor Lindsay, gran constructor naval de North Shields.8 Lindsay había ofrecido sus astilleros a la Unión y con ese fin había viajado a Washington, donde tuvo el disgusto de ver rechazadas sus ofertas comerciales. Desde entonces ha volcado sus simpatías en el país de Secesia.

Cerró el debate un extenso discurso de sir R. Palmer, el Solicitor General,9 que habló en nombre del Gobierno. Demostró con rigor de jurista la fuerza y la suficiencia del bloqueo según el derecho internacional. Con ese motivo hizo trizas, en efecto, como le reprochó lord Cecil,10 los «nuevos principios» proclamados en la Convención de París de 1856.11 Entre otras cosas, expresó su asombro de que Gregory y consortes se atreviesen a invocar en un Parlamento británico la autoridad de monsieur de Hautefeuille.12 Se trata, desde luego, de una «autoridad» flamante, inventada en el campo bonapartista. Los artículos de Hautefeuille en la Revue contemporaine sobre los derechos marítimos de los neutrales demuestran la ignorancia más completa o la mauvaise foi (mala fe) por orden superior.

Con el fiasco completo de los amigos parlamentarios de la secesión en la cuestión del bloqueo desaparece toda perspectiva de ruptura entre Inglaterra y los Estados Unidos.

  1. «Parirán los montes» (Horacio, Arte poética, 139: «Parturient montes, nascetur ridiculus mus», «parirán los montes y nacerá un ridículo ratón»). ↩

  2. «Sezessia»: nombre burlesco que Marx da a la Confederación de los estados secesionistas del Sur. ↩

  3. William Henry Gregory (1817-1892), diputado conservador irlandés por el condado de Galway, partidario del reconocimiento de la Confederación. El debate sobre el bloqueo tuvo lugar en los Comunes el 7 de marzo de 1862. ↩

  4. William Edward Forster (1818-1886), fabricante de lana y diputado liberal por Bradford, defensor de la Unión. ↩

  5. Así en la MEW. Que se trate de barcos fluviales llegados desde Irlanda parece improbable; quizá haya un error de transmisión del texto, que no podemos cotejar. ↩

  6. Robert Bunch, cónsul británico en Charleston. ↩

  7. La guerra anglo-norteamericana de 1812 a 1814. ↩

  8. William Schaw Lindsay (1816-1877), armador y constructor naval, diputado liberal por Sunderland, uno de los principales portavoces de la Confederación en Inglaterra. ↩

  9. Roundell Palmer (1812-1895), más tarde lord Selborne, Solicitor General (segundo jurista de la Corona) de 1861 a 1863. ↩

  10. Robert Cecil (1830-1903), entonces diputado conservador, más tarde, como marqués de Salisbury, primer ministro. ↩

  11. La Declaración de París sobre derecho marítimo, firmada el 16 de abril de 1856 al término de la guerra de Crimea: abolía el corso y establecía que el pabellón neutral cubre la mercancía enemiga, salvo el contrabando de guerra, y que los bloqueos, para ser obligatorios, deben ser efectivos. ↩

  12. Laurent-Basile Hautefeuille (1805-1875), jurista francés, autor de obras sobre los derechos y deberes de los neutrales en la guerra marítima. ↩