Escrito en alemán por Karl Marx el 18 de noviembre de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 321, del 23 de noviembre de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 565-566), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026; el título es de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Las elecciones son, en efecto, una derrota para el Gobierno de Washington. Los viejos jefes del Partido Demócrata han explotado hábilmente el descontento por la torpeza financiera y las chapuzas militares, y no cabe duda de que el Estado de Nueva York, oficialmente en manos de los Seymour, los Wood y los Bennett,1 puede convertirse en el centro de intrigas peligrosas. Pero, por otra parte, no hay que exagerar la importancia práctica de esta reacción. La actual Cámara de Representantes republicana sigue reuniéndose, y sus sucesores, elegidos ahora, no ocuparán su lugar hasta diciembre de 1863. Las elecciones, en lo que respecta al Congreso de Washington, son pues por ahora una simple manifestación. No ha habido elección de gobernadores en ningún Estado salvo Nueva York. El Partido Republicano sigue, por tanto, a la cabeza de los distintos Estados. Las victorias electorales de los republicanos en Massachusetts, Iowa, Illinois y Michigan compensan en cierta medida las pérdidas en Nueva York, Pensilvania, Ohio e Indiana.
Un análisis algo más detenido de las ganancias «demócratas» lleva a un resultado muy distinto del que pregonan los periódicos ingleses. La ciudad de Nueva York, fuertemente descompuesta por la chusma irlandesa, activamente implicada hasta hace poco en la trata de esclavos, sede del mercado del dinero norteamericano y llena de acreedores hipotecarios de las plantaciones del Sur, ha sido siempre decididamente «demócrata», igual que Liverpool sigue siendo hoy tory. Los distritos rurales del Estado de Nueva York han votado esta vez, como desde 1856, con los republicanos, aunque no con el mismo fervor que en 1860. Una gran parte de sus hombres con derecho a voto está además en campaña. Sumando la ciudad y los distritos rurales, la mayoría demócrata en el Estado de Nueva York asciende solo a 8.000-10.000 votos.
En Pensilvania, que durante mucho tiempo osciló, primero entre whigs y demócratas y después entre demócratas y republicanos, la mayoría demócrata es de solo 3.500 votos; en Indiana es aún más débil, y en Ohio, donde suma 8.000 votos, jefes demócratas convictos de simpatía con el Sur, como entre otros el famoso Vallandigham,2 han perdido sin embargo sus escaños en el Congreso. El irlandés ve en el negro un competidor peligroso. Los robustos campesinos de Indiana y Ohio odian al negro en segundo lugar, después del esclavista. Para ellos es símbolo de la esclavitud y de la degradación de la clase obrera, y la prensa demócrata los amenaza a diario con una inundación de sus territorios por el nigger. Además, el descontento por la miserable manera de conducir la guerra en Virginia fue más ruidoso en estos Estados, que habían aportado los mayores contingentes de voluntarios.
Pero todo esto no toca lo principal. En tiempos de la elección de Lincoln (1860) no existía la guerra civil, ni la cuestión de la emancipación de los negros estaba en el orden del día. El Partido Republicano, entonces completamente separado del partido de los abolicionistas, no se proponía con su voto en 1860 más que una protesta contra la extensión de la esclavitud a los Territorios, pero proclamaba al mismo tiempo la no injerencia en esa institución en los Estados donde ya existía legalmente. Con la emancipación de los esclavos como consigna de combate, Lincoln habría fracasado entonces sin remedio. Se la rechazaba con decisión.
Muy distinto ha sido el caso en las elecciones que acaban de terminar. Los republicanos hicieron causa común con los abolicionistas. Se declararon enfáticamente a favor de la emancipación inmediata, ya fuera por sí misma, ya como medio para acabar con la rebelión. Si se tiene en cuenta esta circunstancia, resultan igualmente sorprendentes la mayoría gubernamental en Michigan, Illinois, Massachusetts, Iowa y Delaware y la muy considerable minoría que la votó en los Estados de Nueva York, Ohio y Pensilvania. Antes de la guerra, semejante resultado era imposible, incluso en Massachusetts. Solo hace falta la energía del Gobierno y del Congreso, que se reúne el mes próximo, para que los abolicionistas, ahora idénticos a los republicanos, obtengan en todas partes la preponderancia moral y numérica. Los apetitos intervencionistas de Luis Bonaparte les dan un apoyo «exterior».3 El peligro reside únicamente en mantener a generales como McClellan, que, aparte de su incapacidad, son proslavery men (partidarios de la esclavitud) declarados.
Horatio Seymour (1810-1886), demócrata, elegido gobernador de Nueva York en noviembre de 1862; Fernando Wood (1812-1881), antiguo alcalde de Nueva York, y su hermano Benjamin Wood, demócratas partidarios de la paz con el Sur; James Gordon Bennett (1795-1872), editor del New York Herald. ↩
Clement Laird Vallandigham (1820-1871), diputado demócrata por Ohio, jefe de los copperheads, los demócratas del Norte partidarios de una paz negociada con el Sur. ↩
En el otoño de 1862 Napoleón III propuso a Inglaterra y Rusia una mediación conjunta en la guerra civil norteamericana; ambas la rechazaron. ↩