Escrito en alemán por Karl Marx y publicado en Die Presse (Viena), núm. 239, del 30 de agosto de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 530-533), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Ya se observó antes en estas páginas1 que el presidente Lincoln, timorato en lo jurídico, conciliador en lo constitucional, ciudadano por nacimiento del estado esclavista fronterizo de Kentucky, solo a duras penas se sustrae al control de los esclavistas «leales», procura evitar toda ruptura abierta con ellos y, precisamente por eso, provoca un conflicto con los partidos del Norte consecuentes en los principios, a los que los acontecimientos empujan cada vez más al primer plano. Como prólogo de ese conflicto puede considerarse el discurso que Wendell Phillips pronunció en Abington, Massachusetts, con ocasión del aniversario de la emancipación de los esclavos en las Indias Occidentales inglesas.2

Wendell Phillips es, junto con Garrison y G. Smith,3 el jefe de los abolicionistas de Nueva Inglaterra. Durante treinta años ha proclamado sin descanso, y con peligro de su vida, la emancipación de los esclavos como grito de guerra, tan indiferente a las burlas de la prensa como a los alaridos de furia de rowdies pagados y a las amonestaciones conciliadoras de amigos preocupados. Hasta sus adversarios lo reconocen como uno de los mayores oradores del Norte, como un carácter de hierro que une una energía violenta y la convicción más pura. El Times de Londres (¿y qué podría caracterizar mejor a ese magnánimo periódico?) denuncia hoy ante el Gobierno de Washington el discurso de Wendell Phillips en Abington. Sería un «abuso» de la libertad de expresión.

«Es imposible», dice el Times, «concebir nada más violentamente desmesurado. Nunca, en tiempos de guerra civil, en ningún país, ningún hombre que estuviese en su sano juicio y estimase en un comino su vida o su libertad ha dicho cosa tan temeraria. Al leer ese discurso, difícilmente se puede evitar la conclusión de que el propósito del orador era forzar al Gobierno a perseguirlo.»

¡Y el Times, a pesar de su odio al Gobierno de la Unión, o quizá a causa de él, no parece en absoluto reacio a asumir el papel de fiscal!

El discurso de Wendell Phillips en Abington tiene, en la situación actual, más importancia que un parte de batalla. Por eso resumimos sus pasajes más contundentes.

«El Gobierno», dice entre otras cosas, «combate por la conservación de la esclavitud, y por eso combate en vano. Lincoln hace una guerra política. Todavía hoy teme más a Kentucky que a todo el Norte. Cree en el Sur. Los negros de los campos de batalla del Sur, cuando se les preguntaba si no les asustaba la lluvia de balas de cañón y de bombas que levantaban la tierra a su alrededor y astillaban los árboles, respondían: “No, amo; sabemos que no son para nosotros”. Lo mismo pueden decir los rebeldes de las bombas de McClellan. Saben que no están destinadas a hacerles daño. No digo que McClellan sea un traidor, pero digo que, si fuese un traidor, tendría que actuar exactamente como ha actuado. No temáis por Richmond: McClellan no la tomará. Si la guerra sigue haciéndose de este modo, sin un fin razonable, es un derroche inútil de sangre y de oro. Más valdría que el Sur fuese hoy independiente que arriesgar una sola vida humana más en una guerra basada en la política actual, abominable. Para seguir haciendo la guerra como hasta ahora hacen falta 125.000 hombres al año y un millón de dólares diarios. Pero no podéis libraros del Sur. Como dijo Jefferson de la esclavitud:

»“Los estados del Sur tienen al lobo cogido por las orejas, pero no pueden ni sujetarlo ni soltarlo”; así tenemos nosotros al Sur cogido por las orejas y no podemos ni sujetarlo ni soltarlo. Reconocedlo mañana y no tendréis paz. Durante ochenta años ha vivido con nosotros, temiéndonos todo el tiempo, odiándonos la mitad del tiempo, siempre inquietándonos y difamándonos. Envalentonado por la concesión de sus pretensiones actuales, no se mantendría ni un año dentro de una línea fronteriza imaginaria; no, en el momento en que hablemos de condiciones de paz, gritará ¡victoria! Nunca tendremos paz mientras no se haya extirpado la esclavitud. Mientras mantengáis a la tortuga actual al frente de nuestro Gobierno, haréis un agujero con una mano para taparlo con la otra. Que la nación entera haga suyas las resoluciones de la Cámara de Comercio de Nueva York,4 y entonces el ejército tendrá algo por lo que valga la pena luchar. Si Jefferson Davis tuviese el poder, no tomaría Washington. Sabe que la bomba que cayese en esa Sodoma despertaría a la nación entera. Todo el Norte tronaría con una sola voz: “¡Abajo la esclavitud, abajo todo lo que se oponga a la salvación de la república!”. Jefferson Davis está completamente satisfecho con sus éxitos. Son mayores de lo que esperaba, ¡mucho mayores! Si puede seguir flotando sobre ellos hasta el 4 de marzo de 1863, Inglaterra, y es lo que corresponde, reconocerá la Confederación del Sur… El presidente no ha aplicado la ley de confiscación.5 Puede que sea honrado, pero ¿qué tiene que ver su honradez con el asunto? No tiene ni inteligencia ni previsión. Cuando estuve en Washington, me cercioré de que Lincoln había redactado hace tres meses la proclamación de una emancipación general de los esclavos, y de que McClellan lo apartó a gritos de su decisión, y de que los representantes de Kentucky lo empujaron a gritos a conservar a McClellan, en quien no tiene confianza. Harán falta años para que Lincoln aprenda a conciliar sus escrúpulos legales de abogado con las exigencias de la guerra civil. Esa es la terrible condición de un gobierno democrático y su mayor mal.

»En Francia, cien hombres convencidos de su buen derecho arrastrarían consigo a la nación; pero para que nuestro Gobierno dé un paso, antes tienen que ponerse en movimiento diecinueve millones. ¡Y a cuántos de esos millones se les ha predicado durante años que la esclavitud es una institución establecida por Dios! ¡Con esos prejuicios, con las manos y los corazones paralizados, pedís al presidente que os salve del negro! Si esa teoría es correcta, solo el despotismo esclavista puede dar una paz temporal… Conozco a Lincoln. Le he tomado la medida en Washington. Es una mediocridad de primera clase (“a first-rate second-rate man”). Espera honradamente, como cualquier otra escoba, a que la nación lo tome en la mano y barra con él la esclavitud… En años pasados, no lejos de la tribuna desde la que ahora hablo, los whigs disparaban petardos para ahogar mi voz, ¿y cuál es el resultado?

»¡Los hijos de esos whigs llenan ahora su propia tumba en los pantanos del Chickahominy!6 ¡Disolved esta Unión, en nombre de Dios, y poned en su lugar otra en cuya piedra angular esté escrito: “Igualdad política para todos los ciudadanos del mundo”!… Durante mi estancia en Chicago pregunté a juristas de Illinois, entre los que Lincoln había ejercido, qué clase de hombre era. ¿Era capaz de decir no? La respuesta fue: “Le falta columna vertebral. Si los norteamericanos hubiesen querido elegir a un hombre absolutamente incapaz de dirigir y de tomar la iniciativa, tenían que elegir a Abraham Lincoln. Nunca nadie le ha oído decir ¡no!”. Pregunté: ¿es McClellan un hombre capaz de decir ¡no!? El director del ferrocarril Central de Chicago,7 en el que había estado empleado McClellan, respondió: “Es incapaz de decidir. Hazle una pregunta y tarda una hora en pensar la respuesta. Mientras tuvo que ver con la administración del ferrocarril Central, nunca resolvió una sola cuestión litigiosa importante”.

»¡Y esos son los dos hombres que ahora, más que ningún otro, tienen en sus manos el destino de la república del Norte! Hombres que conocen a fondo el estado del ejército aseguran que Richmond podría haberse tomado cinco veces si el holgazán que está al frente del ejército del Potomac lo hubiese permitido; pero prefirió cavar barro en los pantanos del Chickahominy para luego abandonar ignominiosamente el lugar y sus terraplenes de barro. Lincoln, por miedo cobarde a los estados esclavistas fronterizos, mantiene a ese hombre en su puesto actual; pero llegará el día en que Lincoln confesará que nunca creyó en McClellan… Esperemos que la guerra dure lo bastante para convertirnos en hombres, y entonces venceremos pronto. Dios ha puesto en nuestras manos el rayo de la emancipación para aplastar esta rebelión…»

  1. Véase «1862 Crítica de los asuntos norteamericanos». ↩

  2. Wendell Phillips (1811-1884), abogado y orador de Boston, uno de los dirigentes del abolicionismo y, más tarde, partidario de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pronunció el discurso el 1 de agosto de 1862, aniversario de la abolición de la esclavitud en las colonias británicas (1834). ↩

  3. William Lloyd Garrison (1805-1879), editor de The Liberator, y Gerrit Smith (1797-1874), filántropo y político abolicionista. ↩

  4. La Cámara de Comercio de Nueva York había adoptado en el verano de 1862 resoluciones en favor de proseguir la guerra con toda energía. ↩

  5. La ley de confiscación del 17 de julio de 1862, que declaraba libres a los esclavos de los rebeldes. ↩

  6. Río de Virginia en cuyas orillas pantanosas combatió el ejército de McClellan en la campaña de la península contra Richmond (mayo-julio de 1862). ↩

  7. El ferrocarril Central de Illinois, del que McClellan fue ingeniero jefe y vicepresidente en 1857-1860. ↩