Escrito en alemán por Karl Marx en Londres a comienzos de julio de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 189, del 11 de julio de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 517-520), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres se ocupa en este momento de uno de esos escándalos característicos que solo son posibles en un país donde la vieja tradición aristocrática prolifera en medio de la sociedad burguesa más moderna. El corpus delicti es un libro azul de la comisión parlamentaria nombrada para informar sobre el encauzamiento del Támesis y sobre una calle que se ha de construir a lo largo de su orilla, dentro de la ciudad, para unir el puente de Westminster con el de Blackfriars.1 El costosísimo proyecto mata varios pájaros de un tiro: embellecer Londres, sanear el Támesis, crear mejores condiciones de salubridad, un paseo espléndido y, por último, una nueva vía de comunicación que libere el Strand, Fleet Street y las demás calles paralelas al Támesis de su inundación de coches, etc., cada día más peligrosa, una inundación que casi nos recuerda la sátira de Juvenal en la que el romano hace testamento antes de salir a la calle porque tiene todas las probabilidades de ser atropellado o arrollado.2 Ahora bien, en esa parte de la orilla del Támesis que va a sufrir semejante metamorfosis, en la orilla norte, al este del puente de Westminster y al final de Whitehall, se encuentran las residencias urbanas de algunos grandes aristócratas, con sus palacios y sus jardines que llegan hasta el Támesis. Estos señores acogen naturalmente el proyecto en conjunto, porque embellecería a costa del Estado el entorno inmediato de sus mansions y aumentaría su valor. Solo tienen un reparo.
La obra proyectada debe quedar interrumpida en los puntos en que llevaría la vía pública directamente a lo largo de sus propias fincas y los pondría así en contacto con la misera contribuens plebs.3 El retiro olímpico de los fruges consumere nati4 no debe ser turbado ni por la vista, ni por el ruido, ni por el aliento del vulgar mundo de los negocios. A la cabeza de estos nobles sibaritas está el duque de Buccleuch,5 que, como el más rico y poderoso, fue el que más lejos llegó en sus «modestas» exigencias. Y he aquí que la comisión parlamentaria informa en el sentido del… ¡duque de Buccleuch! Las nuevas obras deben quedar interrumpidas allí donde molestarían al duque de Buccleuch. En esa comisión de la Cámara de los Comunes figuran lord Robert Montagu, pariente del duque, y sir John Shelley, diputado por una parte de Londres, por Westminster. Este ya puede ir buscándose un blindaje como protección contra las bombas Armstrong6 de manzanas podridas y de huevos que desprenden ácido sulfhídrico que ya le han anunciado para las próximas elecciones.
Sobre el propio informe de la comisión dice el Times:
«Este libro azul es un laberinto. Consta de 8 líneas de informe. El resto está lleno de un caos de declaraciones de testigos y expertos, en su mayoría sin valor y parciales. No tiene índice, ni análisis, ni argumentación. Vagamos por una interminable riada de chismes de lavandera sin tropezar con hechos que podamos examinar ni con estimaciones en las que podamos confiar. Cuando creemos llegar por fin a una verdadera declaración de experto, la comisión interviene de repente y se niega a oír cualquier declaración que pueda incomodar a los deseos del duque de Buccleuch. El libro es una extensa y pesada suppressio veri (ocultación de la verdad). Es evidente que se ha compilado con el fin de hacer imposible cualquier debate pertinente en el Parlamento. Con ese fin se han suprimido incluso los planos, que solo se publicarán post festum, probablemente después del debate.»
A raíz de este escándalo, el londinense ha planteado dos preguntas. La primera: ¿quién es este duque de Buccleuch, este poderoso cuyos caprichos privados se oponen a los intereses de tres millones de personas? ¿Quién es este gigante que reta a duelo él solo a todo Londres? Nadie recuerda el nombre de este hombre de ninguna batalla parlamentaria. Se sienta en la Cámara de los Lores, pero participa en sus trabajos tan poco como un eunuco en los placeres del serrallo. Las respuestas que dio ante la comisión revelan una carencia del todo anormal de fósforo en la materia cerebral. Así pues, ¿quién es «that man Buccleuch» («ese tal Buccleuch»), como dice el cockney londinense con su manera nada ceremoniosa? Respuesta: un descendiente de los bastardos que el merry monarch (el Monarca Alegre), Carlos II, regaló al mundo con Lucy Parsons,7 la más desvergonzada y famosa de sus amantes. ¡Ese es «that man Buccleuch»! La segunda pregunta que se hizo el londinense fue: ¿cómo llegó este duque de Buccleuch a poseer su mansion a orillas del Támesis? Porque el londinense recuerda que el suelo de esa mansion es bien de la Corona y que hasta hace ocho años lo administraba el Real Ministerio de Lands and Woods (Tierras y Bosques).8
La respuesta a esta segunda pregunta no se hizo esperar. La prensa de aquí no tiene pelos en la lengua en asuntos así. Para caracterizar no solo el asunto en sí, sino la manera en que la prensa inglesa trata materias tan delicadas, cito aquí literalmente del Reynolds's Newspaper del sábado pasado:
«El privilegio del duque de Buccleuch de impedir las mejoras urbanas de Londres no tiene más de siete u ocho años. En 1854 el duque se convirtió en arrendatario de Montague House, junto a Whitehall, mediante una maniobra que a un pobre probablemente le habría llevado al banquillo de los acusados del Old Bailey. Pero el duque tiene una renta anual de 300.000 libras esterlinas y posee además el mérito de descender de Lucy Parsons, la desvergonzada ramera del Monarca Alegre. Montague House era propiedad de la Corona, y en 1854 se sabía perfectamente que el solar en que se levantaba sería necesario para edificios públicos. Por eso el señor Disraeli, entonces ministro de Hacienda, se negó a firmar el contrato de arriendo redactado para el duque. Sin embargo, d'une manière ou d'une autre (de una manera o de otra), el contrato fue firmado. El señor Disraeli se indignó y denunció en la Cámara de los Comunes a su sucesor, Gladstone, por sacrificar el interés del público al interés privado de un duque. El señor Gladstone, con su habitual manera irónica y untuosa, respondió que había estado mal firmar aquel contrato. Pero que, al parecer, tenía que haber razones para dar semejante paso. Siguió una investigación parlamentaria y, ¡qué espanto!, se descubrió que el firmante del contrato no era otro que… el propio señor Disraeli.
»Pero aquí viene la maniobra antes aludida del noble descendiente de Lucy Parsons, que huele al banquillo del Old Bailey. El señor Disraeli declaró que no sabía absolutamente nada de su firma del contrato. Admitió, sin embargo, la autenticidad de la firma. Nadie duda de la veracidad del señor Disraeli. ¿Dónde está, pues, la solución del enigma? El noble descendiente de Lucy Parsons se sirvió de un instrumento o de un amigo para colar el contrato de arriendo de Montague House entre un sinfín de documentos que había que firmar por rutina. ¡Así lo firmó el señor Disraeli sin tener la menor idea del contenido del documento! Y así obtuvo el descendiente de Lucy Parsons el poder de oponer sus caprichos al bienestar de 3 millones de londinenses. La comisión parlamentaria se ha convertido en instrumento servil de su arrogancia. Si en lugar de la mansion obtenida con malas artes del único Buccleuch hubiesen estorbado las viviendas de 1.000 obreros, las habrían arrasado en el acto sin miramientos y habrían echado a la calle a sus moradores sin un penique de indemnización.»
El Victoria Embankment, muelle y avenida a lo largo de la orilla norte del Támesis, construido de 1864 a 1870; encauzaba a la vez el gran colector de la nueva red de alcantarillado de Londres. ↩
Juvenal, Sátiras, III, 268-277; allí el peligro que obliga a hacer testamento antes de salir a cenar son, sobre todo, las vasijas que se arrojan desde las ventanas. ↩
«La mísera plebe contribuyente»: los súbditos sujetos a tributo, por oposición a la nobleza exenta. ↩
«Nacidos para consumir los frutos de la tierra» (Horacio, Epístolas, I, 2, 27). ↩
Walter Francis Montagu Douglas Scott, quinto duque de Buccleuch (1806-1884), uno de los mayores terratenientes de Escocia; su residencia londinense era Montagu House, en Whitehall. ↩
Proyectiles de los cañones rayados de retrocarga de William Armstrong, introducidos en el ejército británico en 1859. ↩
En realidad, la madre de James Scott, duque de Monmouth (1649-1685), hijo natural de Carlos II y marido de la heredera de los Buccleuch, fue Lucy Walter (hacia 1630-1658). ↩
La administración de los bienes de la Corona (Office of Woods, Forests and Land Revenues). ↩