Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 17 de enero de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 20, del 21 de enero de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 451-453), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 17 de enero de 1862

La posición de lord John Russell durante la última crisis fue de lo más enojosa, incluso para un hombre cuya vida parlamentaria entera demuestra que rara vez ha vacilado en sacrificar el poder real a la posición oficial de poder. Nadie olvidaba que lord John Russell había perdido la jefatura del Gobierno a manos de Palmerston, pero nadie parecía recordar que había obtenido de Palmerston el Ministerio de Asuntos Exteriores.1 Todo el mundo toma por axioma evidente que Palmerston dirige el gabinete en su propio nombre y la política exterior bajo el nombre de Russell. A la llegada de la primera noticia de paz desde Nueva York, whigs y tories rivalizaron en toques de clarín para glorificar la sabiduría de Estado de Palmerston, mientras que el ministro de Asuntos Exteriores, lord John Russell, no recibió ni siquiera un accésit de elogio como ayudante. Se le ignoró por completo. Pero apenas estalló el escándalo del despacho norteamericano del 30 de noviembre ocultado, el nombre de Russell resucitó de entre los muertos.

Ataque y defensa descubrieron entonces que el ministro de Asuntos Exteriores responsable se llamaba lord John Russell. Pero ahora también se le acabó a Russell la paciencia. Sin esperar a la apertura del Parlamento, contra toda costumbre ministerial, publicó enseguida en la Gazette oficial del 12 de enero su propia correspondencia con lord Lyons.2 Esa correspondencia demuestra que el señor Adams leyó a lord John Russell el 19 de diciembre el despacho de Seward del 30 de noviembre, que Russell reconoció expresamente ese despacho como una disculpa por el acto del capitán Wilkes, y que el señor Adams, tras lo que Russell le manifestó, daba por segura una salida pacífica de la disputa. ¿Qué queda, tras esta revelación oficial, del Morning Post del 21 de diciembre, que negaba la llegada de cualquier despacho de Seward relativo al caso del Trent; qué del Morning Post del 9 de enero, que acusaba al señor Adams de haber ocultado aquel despacho; qué de todo el estrépito belicista de la prensa palmerstoniana desde el 19 de diciembre de 1861 hasta el 8 de enero de 1862? ¡Más aún! El despacho de lord John Russell a lord Lyons del 19 de diciembre de 1861 demuestra que el gabinete inglés no presentó ningún ultimátum de guerra; que lord Lyons no recibió el encargo de abandonar Washington siete días después de entregar «ese ultimátum»; que Russell ordenó al enviado evitar toda apariencia de amenaza y, por último, que el gabinete inglés había decidido no tomar una resolución definitiva hasta recibir la respuesta norteamericana. Toda la política pregonada a bombo y platillo por la prensa palmerstoniana, que tantos ecos serviles encontró en el continente, es, pues, una pura quimera. Nunca se llevó a la práctica. Lo único que prueba, como declara un periódico londinense de hoy, es que Palmerston «intentó desbaratar la política declarada y vinculante de los consejeros responsables de la Corona».

Que el golpe de mano de lord John Russell cayó sobre la prensa palmerstoniana como un rayo en cielo sereno lo demuestra del modo más contundente un hecho. El Times de ayer ocultó la correspondencia de Russell y no dijo de ella ni una palabra. Solo hoy figura en sus columnas una reproducción de la London Gazette, introducida y prologada por un editorial que esquiva temerosamente la verdadera cuestión litigiosa, la cuestión litigiosa entre el pueblo inglés y el gabinete inglés, y solo la roza con la malhumorada frase de que «lord John Russell se ha esforzado en exceso por leer en el despacho de Seward del 30 de noviembre una disculpa». La cólera del Júpiter tonante de Printing House Square3 se evapora, en cambio, en un segundo editorial en el que se declara indigno de su puesto en el Gobierno al señor Gilpin, miembro del Gobierno, presidente del Board of Trade y partidario de la escuela de Manchester.4 Resulta que Gilpin, antiguo librero, demagogo y apóstol de la templanza, al que nadie tendrá por un héroe, exhortó criminalmente el martes pasado, en un mitin público en Northampton, ciudad a la que representa en el Parlamento, al pueblo inglés a impedir mediante manifestaciones públicas un reconocimiento prematuro de la Confederación del Sur, a la que estigmatizó sin miramientos como engendro de la esclavitud. ¡Como si —exclama indignado el Times—, como si Palmerston y Russell —el Times se acuerda ahora de nuevo de la existencia de lord John Russell— no hubieran combatido la esclavitud toda su vida! Fue, ciertamente, una indiscreción, una indiscreción calculada, del señor Gilpin llamar al pueblo inglés a la lucha contra las veleidades esclavistas de un Gobierno del que él mismo forma parte. Pero el señor Gilpin, como hemos dicho, no es un héroe. Toda su carrera revela poca disposición para el martirio. Su indiscreción se produjo el mismo día en que lord John Russell dio su golpe de mano. Podemos concluir, pues, que el gabinete no es una happy family5 y que sus distintos miembros se han familiarizado ya con la idea del «divorcio».

No menos notable que el epílogo ministerial inglés del drama del Trent es su éxito ruso. Rusia, que durante todo el estrépito se mantuvo en silencio en segundo plano, cruzada de brazos, salta ahora al proscenio, da unas palmaditas en la espalda al señor Seward y declara que ha llegado por fin el momento de regular definitivamente los derechos marítimos de los neutrales. Rusia, como se sabe, se siente llamada a poner en el orden del día de la historia universal las cuestiones urgentes de la civilización en el momento oportuno y en el lugar oportuno. Rusia se vuelve inatacable para las potencias marítimas en cuanto estas, con sus derechos de beligerantes frente a los neutrales, renuncian a su poder sobre el comercio de exportación ruso. La Convención de París del 16 de abril de 1856, que copia en parte literalmente el tratado ruso de neutralidad «armada» de 1780 contra Inglaterra,6 no es todavía ley en Inglaterra. ¡Qué juego del destino si la disputa anglo-norteamericana acabase con que el Parlamento inglés y la Corona inglesa sancionasen una concesión que dos ministros ingleses hicieron a Rusia, por su propia autoridad, al término de la guerra anglo-rusa!

  1. Russell, primer ministro de 1846 a 1852, quedó desplazado por Palmerston, jefe del Gobierno desde 1855; en el segundo gabinete de Palmerston (1859) recibió el Ministerio de Asuntos Exteriores, que Palmerston había dirigido durante largos años. ↩

  2. Richard Bickerton Pemell Lyons (1817-1887), embajador británico en Washington de 1858 a 1865. La London Gazette es el boletín oficial del Gobierno británico. ↩

  3. En Printing House Square estaba la redacción del Times. ↩

  4. Charles Gilpin (1815-1874), editor cuáquero y diputado liberal por Northampton, miembro subalterno del Gobierno de Palmerston; la presidencia del Board of Trade (el Ministerio de Comercio) la ocupaba entonces Thomas Milner Gibson. La escuela de Manchester: los librecambistas de Cobden y Bright. ↩

  5. «Familia feliz»: así se llamaban las jaulas de feria en las que convivían animales enemigos naturales. ↩

  6. La Declaración de París sobre el derecho marítimo, del 16 de abril de 1856, firmada al término de la guerra de Crimea, abolía el corso y establecía que «el pabellón neutral cubre la mercancía enemiga», principio que ya había sentado la Liga de Neutralidad Armada que Catalina II proclamó en 1780 contra Inglaterra. Los dos ministros son Clarendon, que la firmó, y Palmerston, entonces primer ministro. ↩