Escrito en alemán por Friedrich Engels a comienzos de 1864 para la Allgemeine Militär-Zeitung (Darmstadt); el manuscrito, que queda interrumpido, no llegó a publicarse en vida de Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 605-620), que sigue el manuscrito, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La Allg[emeine] Mil[itär] Z[ei]t[un]g ha descrito hace poco, en una extensa reseña del librito de Petrie y James,1 la organización del ejército inglés y, desde entonces, en otro artículo, la posición de este ejército en el Estado inglés. Queda ahora por examinar este ejército mismo en su evolución histórica de los últimos setenta años, en su aspecto actual, su material, su régimen interior de servicio, su instrucción táctica y sus formas de combate peculiares. Tal es el objeto de las presentes líneas.
El ejército inglés ofrece un interés muy especial para el observador militar. Es el único del mundo que todavía se aferra rígida y obstinadamente a la vieja táctica lineal, al menos en el sentido de que nunca ha conocido columnas dentro del alcance del fuego de la infantería (salvo en el combate de desfiladeros). No solo hace fuego en línea; también ataca a la bayoneta solo en línea. A pesar de ello —o quizá precisamente por ello— es innegablemente el ejército que menos derrotas ha sufrido. En todo caso, vale la pena examinar más de cerca la manera de combatir de semejante ejército, sobre todo ahora, cuando, para asombro del mundo entero, se hace posible lo que se creía imposible: que Inglaterra amenace con la guerra a los alemanes.2
I
Empezamos, naturalmente, por la infantería. La flor de la infantería (robur peditum) es la fuerza principal y el principal orgullo del ejército inglés. Desde William Napier3 se ha convertido en artículo de fe en toda Inglaterra que el fuego en masa de una línea inglesa es superior al de cualquier otra tropa y que la bayoneta británica es irresistible, y es verdad que los ingleses, como desde luego también otros, deben sus victorias sobre todo a la infantería.
La infantería inglesa tiene 3 regimientos de la Guardia con 7 batallones y 109 regimientos de línea, de los cuales los núms. 1 a 25 tienen dos batallones, el núm. 60 (cazadores) 4 batallones y los demás un solo batallón cada uno. A ello se suma la Brigada de Cazadores (Rifle Brigade) con 4 batallones; en total, 141 batallones. El número de batallones del regimiento de línea, uno o dos, depende únicamente de las necesidades; en cuanto las circunstancias lo permitan, los segundos batallones de los 25 primeros regimientos se disolverán de nuevo con seguridad. El ascenso de los oficiales se hace también dentro del regimiento, de lo que resultan a menudo trastornos fatales cuando, por ejemplo, como ahora en el 13.º regimiento, el primer batallón está en Jamaica y el otro en Nueva Zelanda.
Como tropas de reserva y de élite se consideran sobre todo las Guardias y los ocho regimientos de Highlanders, que siempre han hecho honor a su fama. Como infantería ligera se consideran 9 regimientos llamados «ligeros» y 5 de «fusileros», pero solo se distinguen de la línea por unos pocos distintivos, y únicamente los 8 batallones de cazadores son verdadera infantería ligera. Los regimientos núms. 101 a 109, antiguos regimientos europeos de la Compañía de las Indias Orientales, solo sirven en la India.
Además de estos 141 batallones de infantería británica, hay todavía en el interior diversos cuerpos, sobre los que volveremos más adelante, y en las colonias:
| En Norteamérica: 1 batallón y 2 compañías de tropas británicas | 1.350 hombres |
|---|---|
| en las Indias Occidentales: 4 batallones de negros y mulatos | 3.700 hombres |
| En Santa Elena: 1 batallón británico | 560 hombres |
| En Malta: artillería de plaza indígena | 560 hombres |
| En el Cabo de Buena Esperanza: cazadores a caballo, 5/6 hotentotes, 1/6 europeos, en su mayoría alemanes y suizos | 900 hombres |
| En Ceilán: 3 batallones de cazadores indígenas | 1.460 hombres |
| 8.610 hombres |
Por último, en la India, el ejército indígena: 151 batallones con un total de unos 110.000 hombres. Estas tropas, con pocas excepciones, están mandadas por oficiales británicos y en toda su organización se parecen mucho a la línea inglesa. Solo el ejército indio conserva todavía algunas peculiaridades de la época de la Compañía de las Indias Orientales; no conoce, por ejemplo, la compra de grados, al menos no oficialmente, aunque indirectamente también se dan allí cosas parecidas.
De la infantería inglesa había el 5 de febrero de este año 58 batallones en la India, 3 en China, 2 en Mauricio (Isle-de-France), 4 en el Cabo, 12 en Canadá y las demás posesiones norteamericanas, 1 en las Bermudas, 2 en las Indias Occidentales, 10 en Nueva Zelanda (por la guerra con los indígenas),4 5 en Gibraltar, 4 en las islas Jónicas,5 5 en Malta y 42 en Inglaterra o en viaje de regreso. De estos últimos, 6 estaban en Londres, 9 en el campamento de Aldershot, 10 en Portsmouth, Plymouth y Dover, 1 en Jersey, 2 en el interior de Inglaterra, 2 en Escocia, 10 en Irlanda y 2 en viaje de regreso. Se ve aquí la poderosa ayuda que la flota presta al ejército; sin su protección y los rápidos medios de transporte que proporciona, estas débiles guarniciones no bastarían ni de lejos. Pero donde la flota solo puede dar poca protección, como en la India y en Canadá, encontramos fuertes guarniciones, y lo mismo en las posiciones estratégicas del Mediterráneo, donde hay que estar preparado para combatir con tropas europeas.
Antes era regla enviar las Guardias fuera del país solo en caso de guerra; ahora, sin embargo, hay dos batallones en Canadá.
La fuerza total de la infantería activa asciende ahora a 133.500 hombres; es decir, 884 hombres por término medio por batallón, divididos en 10 compañías, cada una con un capitán, un teniente y un alférez (ensign, equivalente a nuestro subteniente). Además, cada batallón, salvo las Guardias, tiene dos compañías de depósito para la instrucción de los reclutas; de 6 a 8 de estos depósitos se reúnen en un batallón de depósito, de los que hay 23, con una fuerza total de unos 18.000 hombres. Todos estos depósitos están en el interior, en su mayoría junto al mar o cerca de él. La fuerza total de la infantería inglesa es, pues, de algo más de 150.000 hombres.
II
Los oficiales se reclutan entre todas las clases cultas de la nación. A los aspirantes no se les exige mucha formación escolar teórica; los exámenes prescritos plantean exigencias que harían sonreír a un alférez portaespada prusiano. Sin embargo, se procura cada vez más llevar al ejército a jóvenes de la escuela militar de Sandhurst, sobre todo concediendo a los que hacen el mejor examen plazas de alférez sin compra. Se exigen pocos conocimientos de idiomas, y además se deja al aspirante una gran libertad para elegir entre varias lenguas europeas e indias; las exigencias matemáticas son bajísimas; en cambio, se presta mucha más atención que entre nosotros a una forma de expresarse buena, clara y sencilla en redacciones inglesas de carácter práctico, mientras que aquí casi cada ejército alemán escribe su alemán particular, y no siempre el alemán del sentido común. Que no se pregunte por las opiniones políticas se entiende por sí mismo en un país donde los dos partidos principales están casi igualmente representados en la aristocracia; la mayor familia de soldados de Inglaterra, los Napier, se componía y se compone casi solo de radicales. En general se mira más el carácter viril que los conocimientos, y como el oficial inglés puede contar con seguridad con que lo destinarán a todos los rincones del mundo y lo llevarán pronto al fuego, bien se puede pensar que el ejército inglés no llega a ser, en el grado en que lo son algunos otros, un asilo para gente a la que faltan casi todas las cualidades físicas y morales del soldado. Esto último es también, por otra parte, la principal garantía de un buen cuerpo de oficiales; porque, a pesar de todas las hermosas reglas anteriores, en ninguna parte hay más nepotismo y favoritismo familiar que en el ejército inglés. Sin relaciones influyentes nadie entra en el cuerpo de oficiales, y sin dinero nadie asciende, a no ser que tenga la suerte de que maten en combate a su superior inmediato. Hay, desde luego, honrosas excepciones; cierto hijo de un zapatero de Glasgow murió el año pasado como mariscal de campo lord Clyde, después de haber reconquistado la India perdida; pero, para eso, el pobre Colin Campbell había tenido que hacer ya en 1807 como oficial la campaña contra Buenos Aires6 y en 1854, cuando partió para Crimea, todavía no era más que coronel. Y sin un pariente lejano que mandaba un regimiento nunca habría llegado a oficial.
Los oficiales ingleses forman, sobre todo en el propio país, un cuerpo muy exclusivo. Tienen incluso, como en Prusia, un dialecto propio, o más bien un acento, y tratan muy poco con los vecinos de sus ciudades de guarnición. A este aislamiento contribuye que los oficiales solteros tienen que vivir en el cuartel (es decir, en un edificio anexo separado dentro del patio del cuartel) y participar en la mesa común de oficiales. En un país donde el ejército está sometido a la jurisdicción civil en todos los asuntos penales que no son de naturaleza estrictamente militar, esta convivencia en el cuartel es una necesidad. A los oficiales jóvenes se les castiga severamente por las calaveradas fuera, en la ciudad, que pudieran ponerlos en conflicto con las autoridades civiles; pero, a cambio, reina una libertad bastante grande en el propio cuartel. Visitas femeninas de toda clase entran y salen, se bebe y se juega de lo lindo, y los jóvenes señores se gastan entre sí las bromas más pesadas. Si un mojigato se extravía entre ellos, peor para él. Hace algunos años estas practical jokes (bromas pesadas), llevadas al exceso en algunos regimientos, dieron lugar a escandalosos consejos de guerra, y desde entonces se han dictado severas ordenanzas contra ellas; pero en la realidad tales bromas se ven por lo general con muy buenos ojos; solo hay que evitar el escándalo público. A la mesa de oficiales contribuye el Gobierno con 25 libras esterlinas al año por compañía; debe mantenerse decorosa pero económica y no poner nunca a los oficiales sin recursos en el caso de hacer gastos por encima de sus posibilidades. Pero, a pesar de ello, hay ocasión de sobra para gastar dinero, y los usureros judíos llevan aquí a la ruina con letras y pagarés de honor a tantos oficiales jóvenes como en otras partes.
Este modo de vida imprime su sello a la presencia exterior del oficial inglés. Frente a los civiles —aunque fuera de servicio casi siempre viste de paisano— es por lo general de una reserva distinguida; un comportamiento arrogante y descarado con los paisanos se da como excepción, si acaso, en ciudades de guarnición como Portsmouth o en escuelas de tiro, donde se juntan muchos oficiales y marcan el tono. En general, el oficial tiene que demostrar que es «un oficial y un caballero»; en cualquier momento puede ser llevado ante un consejo de guerra, separado del servicio e incluso expulsado «por una conducta impropia de un oficial y caballero», y esto ocurre sin piedad alguna en cuanto un oficial ha provocado un escándalo con su conducta pública, a menos que antes pida voluntariamente la baja. Encubrir historias de escándalos públicos, como, que sepamos, ha ocurrido en Alemania, no es posible en Inglaterra, y el espíritu del ejército no puede sino ganar con ello.
El derecho de los oficiales a vestir de paisano fuera de servicio, por insólito que nos resulte a los alemanes, tiene sin embargo sus muy buenos aspectos, e Inglaterra demuestra sobradamente que no influye en absoluto desfavorablemente en el espíritu militar de los oficiales. Por lo demás, hay que observar que en las principales plazas de guarnición, como Chatham, Portsmouth, etc., donde hay mucho servicio, los oficiales también aparecen menos de paisano. El duelo ha desaparecido por completo del ejército inglés. El último duelo entre dos oficiales tuvo lugar hace veinte años entre dos cuñados, un mayor y un teniente; el mayor cayó, y el teniente fue absuelto por el jurado a causa de la inaudita provocación previa. Las ideas del honor que se han impuesto en el cuerpo de oficiales inglés —y nadie con más celo que el propio Wellington— descansan en la concepción fundamental de que quien ofende a otro sin motivo se deshonra a sí mismo, y no al ofendido, y de que solo puede restablecer su honor reparando su agravio en la medida de sus fuerzas. Quien, por tanto, insulta primero a un camarada cae con ello bajo la acusación de conducta indigna de un caballero si no repara su agravio, o si el insulto es de tal clase que no puede repararse; un consejo de guerra pone pronto las cosas en orden. Esta manera de ver puede parecer bastante extraña en ciertos círculos, sobre todo del ejército prusiano, pero tiene sin duda más de su parte el sentido común que el point d'honneur del duelo, fantásticamente exagerado, de algunos. Que el sentimiento militar del honor puede subsistir muy bien así lo demuestran los propios oficiales ingleses, que en este aspecto no tienen que temer comparación alguna.
El ascenso se hace en el regimiento siempre por antigüedad, unida a la compra de grados, del siguiente modo: en cuanto se produce una vacante, el oficial más antiguo del grado inmediato inferior puede elegir si quiere comprarla o no; si la rechaza, lo que solo ocurre por falta de medios económicos, le llega el turno al segundo más antiguo, etc. Esta compra de grados es sin duda una de las peores instituciones del ejército inglés, un punto con el que los soldados extranjeros nunca se reconciliarán. El asunto sigue siendo absurdo y reprobable aunque se admitan todas las atenuantes que los ingleses aducen en su defensa: que así los oficiales jóvenes llegan más deprisa a puestos superiores, que es una institución heredada de antiguo y difícil de abolir, etc. Es y sigue siendo una vergüenza para el ejército inglés no haber podido superar este sistema, y daña sin duda en grado sumo al espíritu del cuerpo de oficiales que oficiales capaces tengan que pudrirse en los grados inferiores porque no tienen más que su sueldo y ningún capital.
El precio de un despacho de alférez (es decir, de subteniente) en la infantería de línea es de 450 libras esterlinas (3.000 táleros); si el alférez quiere ascender a teniente, tiene que pagar otras 250 libras (1.700 táleros); por el despacho de capitán, otras 1.100 libras (7.030 táleros); por el de mayor, otras 1.400 libras (9.030 táleros); por el de teniente coronel, todavía 1.300 libras (8.700 táleros). Este despacho vale, pues, en suma 4.540 libras esterlinas, o más de 30.000 táleros, que el titular recupera también de su sucesor en cuanto asciende a coronel. En la Guardia y en la caballería los precios son todavía mucho más altos; en la artillería y en los ingenieros no hay compra de grados. Si el oficial muere, se pierde todo el capital invertido, y el siguiente en antigüedad ocupa su puesto sin compra. A partir de coronel ya no hay compra; todo teniente coronel que haya estado 3 años en servicio activo como tal pasa a ser coronel por derecho. Está prohibido, so pena de expulsión, pagar por un puesto de oficial más del precio fijado, pero se hace siempre.
Por lo demás, como las exigencias del examen de alférez no incluyen conocimiento militar alguno, antes de ascender a teniente y a capitán hay todavía un examen especial, que se limita al servicio práctico, los reglamentos, la legislación militar y la instrucción. No se exigen conocimientos teóricos de táctica.
Los oficiales de la Guardia tienen un rango superior: el alférez, el de teniente; el teniente, el de capitán; el capitán, el de teniente coronel. Esto provoca mucho enojo en la línea.
El ascenso de suboficiales a oficiales solo se da en casos excepcionales. En cada batallón, el trabajo rutinario principal recae en tres oficiales: el ayudante, el oficial de intendencia y el pagador. Para estos puestos se toma por eso a menudo a viejos suboficiales de confianza, que luego nunca pasan del rango de teniente que se les ha concedido gratis. Por lo demás, el ascenso a oficial solo se concede en raros casos, por una distinción especial ante el enemigo. El carácter del ejército inglés de enganche, que implica una fortísima mezcla de elementos bajos y toscos, el tono que de ello depende entre la tropa y el tipo de disciplina que eso hace necesario obligan a que los oficiales pertenezcan de entrada a una clase social superior a la de los soldados. La distancia entre oficial y soldado es por ello mayor en Inglaterra que en ninguna otra parte. De ahí que el ascenso desde abajo esté aquí muy dificultado y que, mientras duren por un lado la compra de grados y por otro el sistema de enganche, siga siendo siempre una rara excepción. Que jóvenes cultos entren en el ejército como voluntarios para servir con vistas al ascenso, como ocurre tan a menudo en Prusia y en Francia, no puede darse en Inglaterra; el carácter de la tropa es tal que todo el mundo creería que el joven ha abrazado el oficio de soldado por motivos muy distintos, que prefiere callar. Se comprende, pues, perfectamente que el cuerpo de oficiales inglés se componga casi exclusivamente de gente educada como gentlemen y que la masa de los soldados tenga más respeto a unos oficiales que ya de entrada son sus «superiores naturales», como se dice en Inglaterra.
En consonancia con ello, también el tono que reina entre oficiales y soldados es frío y profesional. Las dos clases solo están unidas por la relación de mando y obediencia. No se dan ni confianzas ni bromas, ni estallidos de pasión. Los oficiales rara vez alaban o reprenden directamente a los soldados, y cuando lo hacen, siempre con la misma voz tranquila y profesional. Esto se refiere, naturalmente, solo a la relación de servicio en la instrucción, etc.; por lo bajo, los oficiales ingleses saben jurar..., de lo que sus asistentes podrían contar bastante.
Una institución completamente peculiar del ejército inglés es la que permite a un oficial tener dos rangos: uno inferior en su regimiento y otro superior en el ejército. Este segundo rango, cuando se concede de modo permanente e incondicional, se llama rango de brevet. Así, un capitán puede ser en el ejército mayor brevet o teniente coronel brevet; incluso ha ocurrido (sobre todo con jefes de tropas irregulares indias) que en su regimiento solo eran tenientes y en el ejército, en cambio, mayores. Un capitán y mayor brevet de esta clase hace en su regimiento servicio de capitán, pero para el servicio en la guarnición o en el campamento cuenta como oficial de Estado Mayor. Este rango superior puede concederse también solo por cierto tiempo o para cierta colonia o teatro de guerra. Así, en los últimos 10 años algunos coroneles fueron nombrados «generales de brigada» o incluso «generales de división» por la duración de la guerra de Crimea o de su estancia en Levante, y lo mismo en la India. Este sistema es un medio de llevar a puestos superiores, a pesar de la antigüedad, a algunos favorecidos o a hombres especialmente útiles; pero, como salta a la vista, trae consigo muchos inconvenientes y confusiones. A los franceses en Crimea los ingleses nunca pudieron hacerles comprender que un hombre pudiera ser al mismo tiempo capitán y mayor. En el ascenso rige la regla de que nadie puede llegar a capitán sin haber prestado al menos dos años de servicio completo como alférez y teniente, ni a mayor sin haber sido seis años oficial.
La instrucción militar de los oficiales que no proceden de la escuela de Sandhurst se hace en la escuela de pelotón y de compañía exactamente igual que la de los soldados; solo tras un examen ante el jefe del batallón quedan dispensados de la instrucción y admitidos al servicio como oficiales. Todos los oficiales subalternos de un batallón se reúnen una vez al año, antes de que empiece el curso de instrucción de primavera del batallón, en una sección a las órdenes de un oficial de Estado Mayor y tienen que hacer completa en esta forma, con el fusil en la mano, la escuela del soldado, del pelotón y de la compañía. Aunque probablemente esto se hará casi siempre de forma muy superficial.
III
Los suboficiales y soldados se reclutan, como es sabido, por enganche, y exclusivamente en Gran Bretaña e Irlanda. Solo el 100.º regimiento recluta en Canadá. El servicio de enganche depende del ayudante general del ejército y se lleva a cabo de dos maneras: primero, los distintos regimientos y batallones de depósito pueden reclutar en sus propias guarniciones. Segundo, existe independientemente de esto un servicio de enganche organizado en todo el país, que para este fin se divide en nueve distritos de reclutamiento (4 en Inglaterra, 2 en Escocia, 3 en Irlanda). Cada distrito está a cargo de un oficial de Estado Mayor inspector (normalmente coronel brevet) y, si es necesario, se divide en circunscripciones menores a cargo de tenientes o capitanes. En total se emplean para este servicio: 8 oficiales de Estado Mayor, 9 ayudantes, 9 pagadores, 9 médicos, 11 oficiales subalternos reclutadores (a media paga), 8 sargentos mayores, 48 sargentos y un número adecuado de soldados. Además, la Guardia recluta exclusivamente para su propio reemplazo. Cada recluta tiene derecho a elegir el cuerpo en el que quiere ingresar. Se expresa el piadoso deseo de que cada cuerpo se reemplace en lo posible en el condado cuyo nombre lleva. Los extranjeros solo deben admitirse con permiso especial, por lo que a menudo se les hace pasar por «escoceses».
En tiempo de guerra la milicia tiene que servir principalmente como semillero de la línea; por cada número de hombres, que se fija en cada caso, que pasan de la milicia a la línea, un oficial del regimiento de milicia correspondiente recibe un despacho en la línea. Durante la rebelión india de 1857 se llegó incluso a dar el despacho de teniente coronel a todo oficial de Estado Mayor en activo o retirado que reuniera 1.000 reclutas.
Cada recluta o reenganchado recibe gratis su equipo completo y una prima de enganche que varía según la necesidad de reclutas, pero que nunca baja de 1 libra y muy rara vez pasa de 10 libras esterlinas (67 táleros). A menudo varía también según las distintas armas; por los ingenieros se paga más, porque allí solo sirven los mejores hombres. La prima se paga en parte al hacer la atestación, pero en su mayor parte solo al ingresar en el regimiento y tras ser aceptado el recluta por su jefe. Esta atestación consiste en que el recluta, no antes de 24 horas después del enganche, es llevado ante el juez de policía y declara aquí bajo juramento que ha ingresado voluntariamente y que no se opone a su ingreso en el ejército ningún impedimento legal.
Para la caballería, los conductores de artillería, los ingenieros, el tren y la infantería destinada en la India, China, Australia y Santa Elena se admiten reclutas de 18 a 25 años; para el resto de la artillería y la infantería, de 17 a 25 años. La talla está fijada como sigue:
| Caballería; | Coraceros de la Guardia: 5'10" a 6'. |
|---|---|
| Regimientos de dragones pesados: 5'8" a 5'11". | |
| Dragones medios y lanceros: 5'7" a 5'9". | |
| Húsares: 5'6" a 5'8". | |
| Artillería; | Artilleros: mínimo 5'7"; si tienen menos de 18 años, 5'6". |
| Conductores: 5'4" a 5'6". | |
| Artesanos: mínimo 5'6". | |
| Infantería; | Mínimo Guardia: 5'8½", línea 5'6". |
| ' = pies, '' = pulgadas |
Pero este mínimo es muy variable; todo peligro serio de guerra obliga enseguida al Gobierno a rebajarlo, e incluso la circunstancia de que, por la reducción del tiempo de servicio de 12 a 10 años, van a quedar libres próximamente muchísimos soldados bastó hace pocas semanas para que el Gobierno redujera a 5'5" el mínimo para la infantería. En general, también aquí, como en otras partes, la talla se rebaja cada vez más, aunque, como se comprende, con un ejército de enganche todavía pueden conseguirse por término medio soldados más altos que con el servicio militar general o la conscripción. Que así ocurre también en Inglaterra se ve por las cifras anteriores, que pueden reducirse fácilmente a medida renana restando 2¼ pulgadas de 5' a 5'6" y 2½" de 5'7" a 6', lo que es suficientemente exacto.
Además de la talla, se fija también el mínimo del perímetro torácico, que es de 33 pulgadas de 5'6" a 5'8"; de 34 pulgadas de [5']8" a [5']10", y de 35 pulgadas por encima de 5'10". Los conductores de artillería, los soldados del tren y los cazadores tienen que tener en todo caso 34" de perímetro torácico. Pero a los conductores de artillería se los admite aunque no cumplan del todo estas condiciones, si en cambio están acostumbrados a manejar caballos.
Como tambores y cornetas se enganchan muchachos de al menos 14 años con el consentimiento de sus padres. No reciben prima de enganche.
El tiempo de servicio es de 10 años para la infantería y de 12 para la caballería, la artillería, los ingenieros y el tren; al terminar, el que sale, si todavía se le considera apto, puede reengancharse por otros 11 años en la infantería y 9 años en las demás armas. Al terminar este segundo enganche, puede seguir sirviendo con preaviso de tres meses. Si al terminar el tiempo de servicio el cuerpo se encuentra en el extranjero, el oficial que manda la estación tiene derecho a prolongarlo hasta dos años.
Todo soldado de buena conducta recibe por regla general permiso para redimirse pagando. La suma de redención depende del tiempo de servicio ya cumplido y del que queda por cumplir, de la conducta, etc., y asciende como máximo a 30 libras en la caballería, 20 libras en la infantería y 12 libras para los soldados de color de los cuerpos coloniales.
Tras 21 años de servicio, todo soldado tiene derecho a pensión. El importe de la pensión depende del tiempo de servicio, de la conducta y de las lesiones físicas sufridas durante el servicio; para soldados y suboficiales es de al menos 8 peniques (6 Silbergroschen 8 Pfennig) y como máximo de 3 chelines 6 peniques (1 tálero 5 Silbergroschen) diarios. En ciertas circunstancias se concede pensión también con un tiempo de servicio más corto.
Los sargentos de enganche, con los soldados que se les asignan, se instalan casi siempre en los barrios peores de las grandes ciudades y vigilan sobre todo las tabernas. A menudo también recorren las calles en procesión, con cintas en la gorra, acompañados de algunos tambores y pífanos, atraen así a una multitud y tratan de pescar en ella. Si entre ella se encuentra la presa buscada, se la atrae lo antes posible a la taberna, donde se emplean todas las artes para moverla a aceptar el chelín simbólico que sella el contrato. Una vez que el nuevo candidato a la gloria ha tomado ese chelín, puede volver a librarse ante el juez de policía pagando una «indemnización» (smart-money) de una libra esterlina. La ley prescribe, desde luego, que el futuro héroe, transcurridas al menos 24 horas desde el enganche, tiene que declarar ante este juez que ingresa voluntariamente y que se mantiene en su decisión. La ley supone en esto, con toda razón, que por regla general el enganchado no está sobrio cuando toma el chelín, y trata así de darle ocasión de volver a estarlo. Pero tendría que ser un mal sargento de enganche el que dejara escapar tan fácilmente a su presa. Él y sus hombres no pierden de vista al recluta, y antes de que llegue ante el juez, el aguardiente y la cerveza ya han vuelto a hacer suficientemente su efecto. Lo mejor del caso es que gran parte de la cuenta suele pagarla el propio recluta, al que el sargento adelanta generosamente a cuenta de la prima. En estas circunstancias es ingenuo, pero acertado, que se prescriba expresamente: para el servicio de reclutamiento solo deben tomarse soldados y tambores solteros, y solo en caso de extrema necesidad sargentos casados, pero en todo caso únicamente hombres sanos y robustos. Quien no aguanta bien la bebida no vale para este servicio.
Uno se cree formalmente trasladado al siglo XVIII viendo este enganche. A pesar de las formalidades protectoras con que la ley ha limitado esta práctica, es indudable que la mayor parte, con mucho, del «ejército inglés compuesto enteramente de voluntarios» entra en esta institución de manera muy involuntaria; si es por término medio para su propio bien final, es otra cuestión.
Qué elementos de la nación llegan de este modo al ejército es bastante evidente. El ejército sigue siendo en gran medida, como nuestros antiguos ejércitos de enganche, un refugium peccatorum, en el que se reúne la parte mayor y mejor de todos los elementos aventureros del pueblo, para ser domada aquí con un duro curso de instrucción y una disciplina muy severa. Por eso el ejército inglés está también, en cuanto a su carácter moral e intelectual, muy por debajo de todos los que se forman por conscripción (incluso con sustitución) o, más aún, por el servicio militar general sin sustitución. Solo la Legión Extranjera francesa y los cuerpos franceses formados por lo demás principalmente por sustitutos, como los zuavos, pueden ponerse en una línea semejante; aunque no puede negarse que todo el ejército francés, por el creciente favor a los soldados profesionales en las filas, se acerca cada vez más al carácter del inglés. Pero incluso el remplaçant francés está, en cultura social y exterior, muy por encima de los mozos toscos y salvajes de la hez de las grandes ciudades que dan el tono en los cuarteles ingleses. En el ejército francés todavía puede ingresar como voluntario un joven culto para servir con vistas al ascenso sin que el periodo de prueba como soldado raso le resulte demasiado insoportable; en Inglaterra habría que estar loco para dar ese paso. Por orgulloso que esté el inglés de su ejército en conjunto, el soldado raso individual sigue siendo despreciado; incluso en las capas bajas del pueblo se sigue considerando algo deshonroso engancharse o tener a un soldado por pariente. Por lo demás, el carácter de los enganchados ha mejorado innegablemente mucho en los últimos diez años. Se procura obtener la mayor información posible sobre los antecedentes de los reclutas y apartar a los sujetos decididamente malos. Los fuertes enganches que hicieron necesarios la guerra de Crimea y la rebelión india agotaron pronto la clase degradada de la que el ejército se había reemplazado por regla general durante el largo periodo de paz. Hubo que rebajar no solo la talla (una vez hasta 5'3" para la infantería), sino también hacer más atractiva la vida del soldado y procurar elevar el tono en los cuarteles, para que también la clase obrera más sólida pudiera entrar en el radio del enganche. A esto se añadía la falta de sujetos aptos para los muchos nuevos puestos de suboficial (en la guerra de Crimea los batallones se pusieron casi al doble de su fuerza). Se comprendió también que una manera de hacer la guerra como la de Wellington en España, con el obligado saqueo de todas las fortalezas tomadas al asalto, ya no era de recibo en la Europa de hoy. La prensa tomó partido por los soldados, y pronto se puso de moda entre los oficiales superiores extender la filantropía a las tropas. Se procuró hacer más agradable la vida de los soldados, proporcionarles para sus horas libres medios de distracción y de ocupación en el cuartel o en el campamento y apartarlos de las tabernas. Así surgieron, sobre todo en los últimos siete años, en su mayoría por suscripción privada, bibliotecas, salas de lectura, salas de reunión con toda clase de juegos, clubes de soldados, etc. En los campamentos, siguiendo el modelo francés, se asignó a los soldados, donde era posible, algo de tierra para huerto, se hicieron ensayos con representaciones teatrales y conferencias y de vez en cuando se organizaron exposiciones de toda clase de pequeños objetos de arte fabricados por ellos, etc. Todas estas cosas están todavía en su infancia, pero se generalizan cada vez más. Y son absolutamente necesarias. Los reclutas durante las campañas de Crimea y de la India estaban sin duda a un nivel mucho más alto que los anteriores, ya que las dos guerras eran muy populares entre las masas. Han mejorado mucho el tono en el ejército. El contacto con los soldados franceses en Crimea hizo también lo suyo. Se trata ahora de conservar este espíritu, para obtener reclutas mejores semejantes también durante un periodo de paz más largo y no volver a depender exclusivamente de los elementos vagabundos de la población, que en tiempo de paz son siempre los primeros en ofrecerse.
A pesar de ello, estos últimos siguen formando la mayor parte de la tropa, y todas las instituciones están dispuestas en consecuencia. Un cuartel inglés, con sus dependencias y su patio, está rodeado por todos lados de altos muros que por regla general solo tienen una puerta. Un edificio separado contiene las viviendas de los oficiales; otro u otros, las de los soldados. Donde el alojamiento de la tropa tiene ventanas a la calle, en las construcciones más recientes esta parte del edificio se cierra casi siempre con un foso profundo y una fuerte verja de hierro en el borde exterior del foso. En las grandes ciudades se encuentra, sobre todo en los cuarteles de la milicia que contienen un arsenal (la milicia solo se reúne 4 semanas al año), toda la fachada del edificio a la calle provista de aspilleras en lugar de ventanas, y las esquinas de las alas, de torrecillas dispuestas para flanquear con fuego de fusil: prueba de que, después de todo, no se consideran tan imposibles los levantamientos obreros. En esta gran prisión cuartelera pasa el soldado su vida, salvo sus horas libres. El acceso de los paisanos se vigila estrictamente, y todo el edificio está en lo posible desenfilado de las miradas del exterior, de modo que el soldado se mantenga en lo posible bajo control y separado de los civiles. El trato cordial entre vecinos y soldados, tan general en Alemania, y la facilidad de acceso de cualquiera al cuartel faltan aquí por completo, y para que no puedan trabarse relaciones duraderas, las guarniciones cambian por regla general cada año.
Las faltas disciplinarias más corrientes se adivinan fácilmente por el carácter del ejército. Son la embriaguez, la ausencia sin permiso después del toque de retreta, el robo a los compañeros, las riñas, la insubordinación y la agresión a los superiores. Las faltas leves las castiga sumariamente el jefe del batallón. Él tiene la potestad disciplinaria exclusiva, pero puede delegar en los capitanes de compañía la de imponer hasta tres días de arresto en el cuartel. Su propia potestad disciplinaria comprende: 1.º Prisión hasta 7 días, con o sin aislamiento, con o sin trabajos de castigo. Los soldados condenados a ello tienen derecho a apelar del jefe del batallón a un consejo de guerra. 2.º Encierro en celda oscura (black-hole) hasta 48 horas. 3.º Arresto en el cuartel hasta un mes, durante el cual el arrestado tiene que hacer todo el servicio y además todos los trabajos extraordinarios que le encargue el jefe. Además, todo arresto en el cuartel lleva consigo hasta 14 días de instrucción de castigo con el equipo completo. La instrucción de castigo no debe durar nunca más de una hora seguida, pero puede repetirse hasta cuatro veces al día. En los casos 2.º y 3.º el jefe puede permitir la apelación a un consejo de guerra. El encierro en solitario o a oscuras debe reservarse en lo posible para los casos de embriaguez, riña e insolencia con los superiores, y en los casos graves puede combinarse con el arresto en el cuartel de manera que todo el periodo de arresto no pase de un mes.
Como se ve, un jefe de batallón inglés tiene en sus manos medios de sobra para mantener el orden entre sus mozos salvajes. Si estos medios no bastan, un consejo de guerra pone remedio, y entonces, en última instancia, al rebelde le espera el gato de nueve colas. Es uno de los instrumentos de castigo más bárbaros que existen: un látigo de mango corto con nueve cuerdas largas, duras y llenas de nudos. El condenado, desnudo hasta las caderas, es atado a un armazón triangular y los azotes se dan con la mayor fuerza. Ya el primer azote desgarra la piel y hace brotar la sangre. Al cabo de pocos azotes se cambia de látigo y de verdugo, para que no se le ahorre nada al delincuente. El médico, naturalmente, está siempre presente. Cincuenta de estos azotes hacen siempre necesaria una larga cura en el hospital. Y, sin embargo, a menudo hay hombres que soportan los cincuenta sin un quejido, porque se considera una vergüenza mayor mostrar el dolor que recibir los azotes.
Hasta hace doce años el gato se empleaba muy a menudo, y se permitían hasta 150 azotes. Si no me equivoco, también hasta esa misma época el jefe del regimiento podía mandar dar sumariamente cierto número de azotes. Después se limitó el número a 50 azotes y la facultad de imponerlos se reservó exclusivamente a los consejos de guerra. Por último, después de la guerra de Crimea, sobre todo a instancias del príncipe Alberto,7 se introdujo la división prusiana de los soldados en dos clases y se dispuso que solo podrían ser castigados corporalmente por una nueva falta los soldados que ya hubieran sido pasados a la segunda clase por faltas anteriores y no hubieran vuelto a subir a la primera con un año de servicio intachable. Pero esta distinción cesa ante el enemigo; aquí todo soldado raso vuelve a estar sometido al látigo. En el año 1862 fueron castigados corporalmente en el ejército 126 hombres, de los cuales 114 recibieron el número máximo legal de 50 azotes.
En general se ve que tanto la necesidad como las ganas de emplear el látigo han disminuido mucho, y como las mismas causas siguen actuando en el ejército, cabe suponer que así seguirá siendo y que el gato se considerará cada vez más un medio de intimidación excepcional y extremo, que se reserva para los casos graves ante el enemigo. Se ha visto, en efecto, que la apelación al sentimiento del honor de los soldados sirve más que los castigos infamantes, y en todo el ejército inglés no hay más que una opinión: que un soldado azotado ya no vale nunca nada después. A pesar de ello, en Inglaterra no se llegará tan pronto a la abolición completa del gato. Todos sabemos cuán fuertes han sido, y en parte siguen siendo, los prejuicios a favor de los castigos corporales, incluso en ejércitos compuestos de elementos sociales mucho mejores que el inglés; y en un ejército de enganche es donde un instrumento de intimidación extremo como este tiene todavía más disculpa. Pero en una cosa los ingleses tienen sin duda razón, si ha de haber castigo corporal: en emplearlo solo como medio extremo, pero entonces muy en serio. El eterno apaleamiento en pequeña escala, tal como se da todavía en algunos ejércitos, y por desgracia también alemanes, y que solo puede servir para debilitar el miedo a este castigo...
Martin Petrie y Henry James, Organization, Composition, and Strength of the Army of Great Britain (Londres, 1863). ↩
Alusión a la amenaza británica de intervenir en favor de Dinamarca en la guerra de los Ducados de 1864. ↩
William Francis Patrick Napier (1785-1860), general británico, autor de una célebre History of the War in the Peninsula (1828-1840) sobre la guerra contra Napoleón en España y Portugal. ↩
Las guerras contra los maoríes de Nueva Zelanda, reanudadas en 1863. ↩
Las islas Jónicas, protectorado británico desde 1815, fueron cedidas a Grecia en 1864. ↩
Colin Campbell, lord Clyde (1792-1863), sofocó la insurrección india de 1857-1859 como general en jefe. Las expediciones británicas contra el Río de la Plata fracasaron en 1806 y en 1807, cuando el ataque a Buenos Aires terminó con la capitulación del general Whitelocke. ↩
Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861), esposo de la reina Victoria. ↩