Escrita por Friedrich Engels entre el 2 y el 13 de marzo de 1868 y publicada en dos entregas en el Demokratisches Wochenblatt (Leipzig), el semanario de Wilhelm Liebknecht, núms. 12 y 13, del 21 y el 28 de marzo de 1868. Traducida de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 235-242), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la señalada como de Engels. Texto original en alemán.

«El capital» de Marx1

I

Demokratisches Wochenblatt, núm. 12, del 21 de marzo de 1868

Desde que hay capitalistas y obreros en el mundo, no ha aparecido un libro que tenga para los obreros tanta importancia como el presente. La relación entre el capital y el trabajo, el eje en torno al cual gira todo nuestro sistema social actual, se desarrolla aquí científicamente por primera vez, y con una profundidad y una agudeza que solo estaban al alcance de un alemán. Por valiosos que sean y sigan siendo los escritos de un Owen, de un Saint-Simon, de un Fourier, estaba reservado a un alemán escalar la altura desde la que todo el campo de las relaciones sociales modernas se extiende claro y abarcable, como los paisajes de montaña más bajos ante el espectador que está en la cumbre más alta.

La economía política anterior nos enseña que el trabajo es la fuente de toda riqueza y la medida de todos los valores, de modo que dos objetos cuya producción ha costado el mismo tiempo de trabajo poseen también el mismo valor y, como por término medio solo pueden cambiarse entre sí valores iguales, tienen que cambiarse también el uno por el otro. Pero al mismo tiempo nos enseña que existe una especie de trabajo acumulado, al que llama capital; que este capital, gracias a los recursos que contiene, multiplica por cien y por mil la productividad del trabajo vivo y reclama por ello una cierta retribución, que se llama ganancia o beneficio. Como todos sabemos, en la realidad esto se presenta así: las ganancias del trabajo acumulado, muerto, se hacen cada vez más masivas y los capitales de los capitalistas cada vez más colosales, mientras que el salario del trabajo vivo se hace cada vez más exiguo y la masa de los obreros que viven solo del salario cada vez más numerosa y más pobre. ¿Cómo se resuelve esta contradicción? ¿Cómo puede quedarle una ganancia al capitalista si al obrero se le reembolsa el valor íntegro del trabajo que añade a su producto? Y, puesto que solo se cambian valores iguales, así debería ser. Por otra parte, ¿cómo pueden cambiarse valores iguales, cómo puede recibir el obrero el valor íntegro de su producto si, como admiten muchos economistas, ese producto se reparte entre él y el capitalista? La economía anterior se queda perpleja ante esta contradicción, escribe o balbucea frases embarazadas y vacías. Ni siquiera los críticos socialistas de la economía han sido capaces hasta ahora de hacer otra cosa que poner de relieve la contradicción; nadie la ha resuelto, hasta que ahora, por fin, Marx ha seguido el proceso de formación de esta ganancia hasta su lugar de nacimiento y con ello lo ha aclarado todo.

Para desarrollar el capital, Marx parte del hecho sencillo y notorio de que los capitalistas valorizan su capital mediante el intercambio: compran mercancía con su dinero y luego la venden por más dinero del que les ha costado. Por ejemplo, un capitalista compra algodón por 1.000 táleros y lo vuelve a vender por 1.100, es decir, «gana» 100 táleros. Este excedente de 100 táleros sobre el capital inicial lo llama Marx plusvalía. ¿De dónde nace esta plusvalía? Según el supuesto de los economistas, solo se cambian valores iguales, y en el terreno de la teoría abstracta eso es cierto. La compra de algodón y su reventa no pueden, pues, proporcionar plusvalía, como tampoco la proporciona cambiar un tálero de plata por treinta groschen de plata y volver a cambiar la calderilla por el tálero, operación con la que uno no se hace ni más rico ni más pobre. Pero la plusvalía tampoco puede nacer de que los vendedores vendan las mercancías por encima de su valor o de que los compradores las compren por debajo de su valor, porque cada uno es alternativamente comprador y vendedor, y así se compensaría. Tampoco puede venir de que compradores y vendedores se engañen mutuamente, porque eso no crearía ningún valor nuevo o plusvalía, sino que solo repartiría de otro modo entre los capitalistas el capital existente. Aunque el capitalista compra las mercancías por su valor y las vende por su valor, saca más valor del que metió. ¿Cómo ocurre esto?

En las condiciones sociales actuales, el capitalista encuentra en el mercado de mercancías una mercancía que tiene la peculiar propiedad de que su consumo es fuente de valor nuevo, creación de valor nuevo, y esa mercancía es la fuerza de trabajo.

¿Cuál es el valor de la fuerza de trabajo? El valor de toda mercancía se mide por el trabajo necesario para producirla. La fuerza de trabajo existe en la forma del obrero vivo, que necesita una determinada suma de medios de subsistencia para su existencia y para mantener a su familia, que asegura la continuidad de la fuerza de trabajo también después de su muerte. El tiempo de trabajo necesario para producir estos medios de subsistencia representa, pues, el valor de la fuerza de trabajo. El capitalista lo paga semanalmente y compra con él el uso del trabajo semanal del obrero. Hasta aquí, los señores economistas estarán poco más o menos de acuerdo con nosotros sobre el valor de la fuerza de trabajo.

El capitalista pone entonces a trabajar a su obrero. En un tiempo determinado, el obrero habrá suministrado tanto trabajo como el que estaba representado en su salario semanal. Supongamos que el salario semanal de un obrero representa tres días de trabajo; entonces el obrero que empieza el lunes habrá repuesto al capitalista, el miércoles por la noche, el valor íntegro del salario pagado. ¿Pero deja entonces de trabajar? En absoluto. El capitalista ha comprado su trabajo de la semana, y el obrero tiene que trabajar también los tres últimos días de la semana. Este plustrabajo del obrero, más allá del tiempo necesario para reponer su salario, es la fuente de la plusvalía, de la ganancia, del engrosamiento siempre creciente del capital.

Que no se diga que es un supuesto arbitrario que el obrero reponga en tres días con su trabajo el salario que ha recibido y trabaje los tres días restantes para el capitalista. Que necesite exactamente tres días para reponer el salario, o dos, o cuatro, es aquí, desde luego, del todo indiferente, y además varía según las circunstancias; pero lo principal es que el capitalista, junto al trabajo que paga, saca también trabajo que no paga, y esto no es ningún supuesto arbitrario, porque el día en que el capitalista, a la larga, no sacara del obrero más trabajo que el que le paga en el salario, ese día cerraría su taller, ya que se le iría a pique toda su ganancia.

Aquí tenemos la solución de todas aquellas contradicciones. El origen de la plusvalía (de la que la ganancia del capitalista forma una parte considerable) es ahora del todo claro y natural. Se paga el valor de la fuerza de trabajo, pero este valor es mucho menor que el que el capitalista sabe sacar de la fuerza de trabajo, y la diferencia, el trabajo no pagado, constituye precisamente la parte del capitalista o, hablando con más exactitud, de la clase capitalista. Porque incluso la ganancia que en el ejemplo anterior sacó de su algodón el comerciante tiene que consistir, si los precios del algodón no habían subido, en trabajo no pagado. El comerciante tiene que haber vendido a un fabricante de algodón que, además de aquellos 100 táleros, puede sacar de su producto una ganancia para sí y que, por tanto, comparte con él el trabajo no pagado que se ha embolsado. Es este trabajo no pagado, en general, el que mantiene a todos los miembros no trabajadores de la sociedad. De él se pagan los impuestos del Estado y de los municipios, en la medida en que recaen sobre la clase capitalista, las rentas de la tierra de los terratenientes, etc. En él descansa todo el estado social existente.

Por otra parte, sería absurdo suponer que el trabajo no pagado ha surgido solo en las condiciones actuales, en las que la producción la llevan a cabo, de un lado, los capitalistas y, de otro, los asalariados. Al contrario. La clase oprimida ha tenido que realizar en todas las épocas trabajo no pagado. Durante todo el largo tiempo en que la esclavitud fue la forma dominante de organización del trabajo, los esclavos tuvieron que trabajar mucho más de lo que se les reponía en forma de medios de subsistencia. Bajo el dominio de la servidumbre y hasta la abolición de las prestaciones personales de los campesinos, ocurría lo mismo; aquí la diferencia entre el tiempo que el campesino trabaja para su propio sustento y el plustrabajo para el señor salta incluso a la vista, precisamente porque este último se realiza por separado del primero. La forma ha cambiado ahora, pero la cosa sigue siendo la misma, y mientras «una parte de la sociedad posea el monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre o no, tiene que añadir al tiempo de trabajo necesario para su propio sustento un tiempo de trabajo sobrante, para producir los medios de subsistencia de los propietarios de los medios de producción» (Marx, p. 202).

II

Demokratisches Wochenblatt, núm. 13, del 28 de marzo de 1868

En el artículo anterior vimos que todo obrero empleado por el capitalista realiza un doble trabajo. Durante una parte de su tiempo de trabajo repone el salario que le ha adelantado el capitalista, y a esta parte del trabajo la llama Marx trabajo necesario. Pero después tiene que seguir trabajando, y durante este tiempo produce la plusvalía para el capitalista, de la que la ganancia constituye una parte considerable. Esta parte del trabajo se llama plustrabajo.

Supongamos que el obrero trabaja tres días de la semana para reponer su salario y tres días para producir plusvalía para el capitalista. Dicho de otro modo: con un trabajo de doce horas diarias, trabaja seis horas al día para su salario y seis horas para producir plusvalía. De la semana solo pueden sacarse seis días, siete incluso contando el domingo, pero de cada día pueden sacarse seis, ocho, diez, doce, quince y hasta más horas de trabajo. El obrero ha vendido al capitalista, por su jornal, una jornada de trabajo. Pero ¿qué es una jornada de trabajo? ¿Ocho horas o dieciocho?

Al capitalista le interesa que la jornada de trabajo sea lo más larga posible. Cuanto más larga es, más plusvalía produce. El obrero tiene la justa sensación de que cada hora de trabajo que trabaja más allá de la reposición del salario se le arrebata injustamente; tiene que sufrir en su propio cuerpo lo que significa trabajar un tiempo excesivo. El capitalista lucha por su ganancia; el obrero, por su salud, por unas cuantas horas de descanso diario, para poder actuar también como ser humano además de trabajar, dormir y comer. Dicho sea de paso, no depende en absoluto de la buena voluntad de cada capitalista entrar o no en esta lucha, porque la competencia obliga incluso al más filantrópico de ellos a unirse a sus colegas y a imponer como regla un tiempo de trabajo tan largo como el de ellos.

La lucha por fijar la jornada de trabajo dura desde la primera aparición histórica de obreros libres hasta el día de hoy. En los distintos oficios rigen distintas jornadas tradicionales, pero en la realidad rara vez se respetan. Solo allí donde la ley fija la jornada de trabajo y vigila su cumplimiento, solo allí puede decirse de verdad que existe una jornada normal de trabajo. Y hasta ahora esto ocurre casi únicamente en los distritos fabriles de Inglaterra. Allí está fijada la jornada de diez horas (diez horas y media durante cinco días, siete horas y media el sábado) para todas las mujeres y para los muchachos de trece a dieciocho años, y como los hombres no pueden trabajar sin ellos, también ellos quedan sujetos a la jornada de diez horas. Esta ley la han conquistado los obreros fabriles ingleses con años de perseverancia, con la lucha más tenaz y obstinada contra los fabricantes, mediante la libertad de prensa, el derecho de coalición y de reunión, y aprovechando con habilidad las divisiones dentro de la propia clase dominante. Se ha convertido en el paladión de los obreros de Inglaterra; poco a poco se ha extendido a todas las grandes ramas de la industria y, el año pasado, a casi todos los oficios, por lo menos a todos aquellos en que se emplea a mujeres y niños. Sobre la historia de esta regulación legal de la jornada de trabajo en Inglaterra, la presente obra contiene un material sumamente detallado. El próximo «Reichstag de Alemania del Norte» tendrá que deliberar también sobre un reglamento industrial2 y, con él, sobre la regulación del trabajo fabril. Esperamos que ninguno de los diputados que han sido elegidos por obreros alemanes vaya a deliberar sobre esta ley sin haberse familiarizado antes por completo con el libro de Marx. Hay mucho que conseguir ahí. Las divisiones en las clases dominantes son más favorables a los obreros de lo que nunca lo fueron en Inglaterra, porque el sufragio universal obliga a las clases dominantes a cortejar el favor de los obreros. En estas circunstancias, cuatro o cinco representantes del proletariado son una potencia si saben aprovechar su posición, si saben, ante todo, de qué se trata, cosa que los burgueses no saben. Y para ello el libro de Marx les pone en la mano todo el material ya preparado.

Pasamos por alto una serie de investigaciones muy hermosas, de interés más teórico, y solo nos detenemos ya en el capítulo final, que trata de la acumulación o amontonamiento del capital. Aquí se demuestra primero que el método de producción capitalista, es decir, el que llevan a cabo capitalistas por un lado y asalariados por otro, no solo reproduce constantemente para el capitalista su capital, sino que reproduce también al mismo tiempo, una y otra vez, la pobreza de los obreros; de manera que queda asegurado que siempre vuelvan a existir, de un lado, capitalistas, propietarios de todos los medios de subsistencia, de todas las materias primas y de todos los instrumentos de trabajo, y, de otro, la gran masa de los obreros, obligada a vender su fuerza de trabajo a esos capitalistas por una cantidad de medios de subsistencia que en el mejor de los casos basta justo para mantenerlos en estado de trabajar y para criar una nueva generación de proletarios aptos para el trabajo. Pero el capital no se reproduce simplemente: se aumenta y se agranda sin cesar, y con él su poder sobre la clase desposeída de los obreros. Y así como él mismo se reproduce en una escala cada vez mayor, el modo de producción capitalista moderno reproduce igualmente, en una escala cada vez mayor y en número siempre creciente, la clase de los obreros sin propiedad. «La acumulación del capital reproduce la relación capitalista en escala ampliada: más capitalistas o capitalistas más grandes en este polo, más asalariados en aquel… La acumulación del capital es, pues, multiplicación del proletariado» (p. 600). Pero como, gracias al progreso de la maquinaria, a la mejora de la agricultura, etc., se necesitan cada vez menos obreros para obtener la misma cantidad de productos, y como este perfeccionamiento, es decir, esta conversión de obreros en sobrantes, crece más deprisa incluso que el capital creciente, ¿qué será de este número siempre en aumento de obreros? Forman un ejército industrial de reserva que en las épocas de negocios malas o mediocres se paga por debajo del valor de su trabajo y se emplea de forma irregular, o queda a cargo de la beneficencia pública, pero que es indispensable a la clase capitalista en las épocas de negocios especialmente animados, como se ve palpablemente en Inglaterra; y que, en cualquier circunstancia, sirve para quebrar la fuerza de resistencia de los obreros empleados con regularidad y para mantener bajos sus salarios. «Cuanto mayor es la riqueza social…, mayor es la sobrepoblación relativa» (población sobrante) «o ejército industrial de reserva. Pero cuanto mayor es este ejército de reserva en proporción al ejército obrero activo» (empleado con regularidad), «más masiva es la sobrepoblación consolidada» (permanente), «o las capas obreras cuya miseria está en razón inversa de su tormento de trabajo. Por último, cuanto mayor es la capa de Lázaros de la clase obrera y el ejército industrial de reserva, mayor es el pauperismo oficial. Esta es la ley absoluta, general, de la acumulación capitalista» (p. 631).

Estas son, demostradas con todo rigor científico —y los economistas oficiales se guardan muy bien de intentar siquiera refutarlas—, algunas de las leyes principales del sistema social moderno, capitalista. ¿Pero está todo dicho con esto? De ningún modo. Con la misma agudeza con que Marx pone de relieve los lados malos de la producción capitalista, demuestra con igual claridad que esta forma social era necesaria para desarrollar las fuerzas productivas de la sociedad hasta un grado que hará posible un desarrollo igual y digno del ser humano para todos los miembros de la sociedad. Para eso todas las formas sociales anteriores eran demasiado pobres. Solo la producción capitalista crea las riquezas y las fuerzas productivas necesarias para ello, pero crea también al mismo tiempo, en la masa de obreros oprimidos, la clase social que se ve cada vez más obligada a reclamar el aprovechamiento de esas riquezas y fuerzas productivas para toda la sociedad, en lugar de para una clase monopolista, como hoy.

  1. (Nota de Engels.) El capital. Crítica de la economía política, por Karl Marx. Tomo primero: El proceso de producción del capital. Hamburgo, O. Meissner, 1867. ↩

  2. La Gewerbeordnung (ordenanza industrial) de la Confederación de Alemania del Norte, que se discutió en el Reichstag en 1868 y 1869 y se aprobó en junio de 1869. ↩