Escrita en inglés por Friedrich Engels entre el 22 de mayo y el 1 de julio de 1868 para la Fortnightly Review de Londres, con el nombre de Samuel Moore; la revista no la publicó. El original inglés solo está disponible libremente en una transcripción incompleta (sin las notas de Engels) del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org); traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 288-309), sin su aparato editorial, cotejada con esa transcripción, por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas de El capital siguen el texto alemán de Marx. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como de Engels. Texto original en alemán.
Karl Marx sobre el capital1
El señor Thomas Tooke, en sus investigaciones sobre el medio circulante, señala el hecho de que el dinero, en su función de capital, refluye a su punto de partida, mientras que no ocurre así con el dinero que desempeña la función de simple medio de circulación.2 Esta distinción (que, por lo demás, había establecido mucho antes sir James Steuart)3 le sirve al señor Tooke solo como un eslabón de su argumentación contra los «hombres del currency»4 y sus afirmaciones sobre la influencia de la emisión de papel moneda en los precios de las mercancías. Nuestro autor, en cambio, hace de esta distinción el punto de partida de su investigación sobre la naturaleza del capital mismo, y en particular de la pregunta: ¿cómo se transforma en capital el dinero, esta forma autónoma del valor?
Los hombres de negocios de toda clase, dice Turgot,5 tienen en común que compran para vender; sus compras son un adelanto que luego les vuelve.
Comprar para vender: esta es, en efecto, la transacción en la que el dinero funciona como capital y que condiciona su reflujo a su punto de partida, por oposición a vender para comprar, en la que el dinero solo necesita funcionar como medio de circulación. Se ve así que el distinto orden en que se suceden los actos de venta y de compra imprime al dinero dos movimientos de circulación distintos. Para ilustrar estos dos procesos, nuestro autor da las fórmulas siguientes:
Vender para comprar: una mercancía M se cambia por dinero D, que se cambia de nuevo por otra mercancía M; o sea, M - D - M.
Comprar para vender: se cambia dinero por una mercancía, y esta de nuevo por dinero: D - M - D.6
La fórmula M - D - M representa la circulación simple de mercancías, en la que el dinero funciona como medio de circulación, como dinero. Esta fórmula se analiza en el primer capítulo del libro, que contiene una teoría nueva y muy sencilla del valor y del dinero, sumamente interesante desde el punto de vista científico, pero que aquí dejamos de lado porque en conjunto es secundaria para lo que consideramos esencial en las ideas del señor Marx sobre el capital.
La fórmula D - M - D, en cambio, representa aquella forma de la circulación en la que el dinero se transforma en capital.
El proceso de comprar para vender, D - M - D, puede evidentemente reducirse a D - D; es un intercambio indirecto de dinero por dinero. Supongamos que compro algodón por 1.000 libras esterlinas y lo vendo por 1.100; entonces, en definitiva, he cambiado 1.000 libras por 1.100, dinero por dinero.
Si este proceso diera siempre por resultado el reflujo de la misma suma de dinero que he adelantado, sería absurdo. Pero tanto si el comerciante que ha adelantado 1.000 libras realiza 1.100, como si realiza 1.000 o incluso solo 900, su dinero ha descrito un movimiento completamente distinto del de la fórmula M - D - M, fórmula que significa vender para comprar, vender lo que no se necesita para poder comprar lo que se necesita. Comparemos las dos fórmulas.
Cada proceso consta de dos fases o actos, y estos dos actos son los mismos en ambas fórmulas; pero entre los dos procesos mismos hay una gran diferencia. En M - D - M el dinero no es más que el mediador; la mercancía, el valor de uso, constituye el punto de partida y el punto final. En D - M - D la mercancía es el eslabón intermedio, mientras que el dinero es el principio y el fin. En M - D - M el dinero se gasta definitivamente; en D - M - D solo se adelanta, con la intención de recuperarlo. Refluye a su punto de partida, y aquí tenemos la primera diferencia perceptible por los sentidos entre la circulación del dinero como dinero y la del dinero como capital.
En el proceso de vender para comprar, M - D - M, el dinero solo puede refluir a su punto de partida si se repite todo el proceso, si se vende mercancía nueva. El reflujo es, pues, independiente del proceso mismo. En D - M - D, en cambio, este reflujo es una necesidad y se persigue desde el principio; si no se produce, es que en algún punto ha habido un tropiezo, y el proceso queda incompleto.
Vender para comprar tiene por objeto adquirir valor de uso; comprar para vender, adquirir valor de cambio.
En la fórmula M - D - M los dos extremos son, económicamente hablando, idénticos. Ambos son mercancías; son además de la misma magnitud de valor, porque toda la teoría del valor supone que normalmente solo se cambian equivalentes. Al mismo tiempo, estos dos extremos M - M son valores de uso cualitativamente distintos, y precisamente por eso se cambian. En el proceso D - M - D toda la operación parece a primera vista absurda. Cambiar 100 libras por 100 libras, y además dando un rodeo, parece absurdo. Una suma de dinero solo puede distinguirse de otra suma de dinero por su magnitud. D - M - D, por tanto, solo puede tener sentido por la diferencia cuantitativa de sus extremos. Hay que sacar de la circulación más dinero del que se echó en ella. El algodón comprado por 1.000 libras se vende por 1.100 = 1.000 libras + 100 libras; la fórmula que representa este proceso se convierte, pues, en D - M - D', donde D' = D + ΔD, D más un incremento. A este ΔD, a este incremento, el señor Marx lo llama plusvalía.7 El valor adelantado inicialmente no solo se conserva, sino que se añade un incremento, se valoriza, y este proceso transforma el dinero en capital.
En la forma de circulación M - D - M puede haber también, desde luego, una diferencia de valor entre los extremos, pero esa circunstancia es aquí del todo inesencial; la fórmula no se vuelve absurda si ambos extremos son equivalentes. Al contrario, esa es una condición de su carácter normal.
La repetición de M - D - M está limitada por circunstancias completamente ajenas al proceso de intercambio: por las necesidades del consumo. En D - M - D, en cambio, el principio y el fin son, cualitativamente considerados, lo mismo, y precisamente por eso el movimiento es, o puede ser, interminable. Sin duda, D + ΔD es una cantidad distinta de D; pero no deja de ser una suma de dinero limitada. Si se gastara, dejaría de ser capital; si se retirara de la circulación, quedaría inmóvil como tesoro. Una vez dada la necesidad de valorizar el valor, esa necesidad existe tanto para D' como para D; el movimiento del capital se vuelve constante e interminable, porque al final de cada proceso particular su fin sigue tan lejos de alcanzarse como antes. La realización de este proceso interminable convierte al poseedor de dinero en capitalista.
La fórmula D - M - D parece aplicable solo al capital comercial. Pero también el capital industrial es dinero que se cambia por mercancías y se vuelve a cambiar por más dinero. Sin duda, en este caso se interponen entre la compra y la venta una serie de operaciones que quedan fuera de la esfera de la mera circulación; pero no cambian nada en la naturaleza del proceso. Por otra parte, en el capital que rinde interés el mismo proceso se presenta en su forma más abreviada. Aquí la fórmula se reduce a D - D', valor que es, por así decirlo, mayor que él mismo.
¿Pero de dónde procede este incremento de D, esta plusvalía? Nuestras investigaciones anteriores sobre la naturaleza de las mercancías, del valor, del dinero y de la propia circulación no solo dejan sin explicar esta cuestión, sino que parecen excluir incluso toda forma de circulación que dé por resultado algo así como una plusvalía. Toda la diferencia entre la circulación de mercancías (M - D - M) y la circulación del dinero como capital (D - M - D) parece consistir en una simple inversión del proceso. ¿Cómo podría esta inversión producir un resultado tan extraño?
Más aún: esta inversión solo existe para uno de los tres que intervienen en el proceso. Como capitalista, compro mercancía a A y se la vuelvo a vender a B. A y B aparecen solo como simples vendedores y compradores de mercancías. Yo mismo aparezco, al comprar a A, solo como poseedor de dinero y, al vender a B, solo como poseedor de mercancías; pero en ninguna de estas transacciones aparezco como capitalista, como representante de algo que sea más que dinero o mercancía. Para A la transacción empezó con una venta; para B, con una compra. Si desde mi punto de vista hay una inversión de la fórmula M - D - M, desde el suyo no la hay. Además, nada impide a A vender su mercancía a B sin mi mediación, y entonces no habría perspectiva de plusvalía alguna.
Supongamos que A y B se compran directamente el uno al otro lo que necesitan. En lo que toca al valor de uso, ambos pueden ganar. A puede incluso producir más de su mercancía particular de lo que B podría producir en el mismo tiempo, y viceversa, con lo que ambos ganarían. Pero con el valor de cambio es distinto. En este caso se cambian magnitudes de valor iguales, sirva o no el dinero de mediador.
Considerando las cosas en abstracto, es decir, prescindiendo de todas las circunstancias que no se derivan de las leyes inmanentes de la circulación simple de mercancías, en esta circulación simple no se produce, aparte de la sustitución de un valor de uso por otro, más que un cambio de forma de la mercancía. El mismo valor de cambio, la misma cantidad de trabajo social objetivado, queda en manos del poseedor de mercancías, ya sea en la forma de esta misma mercancía, ya en la del dinero por el que se vende, ya en la de la segunda mercancía comprada con el dinero. Este cambio de forma no implica un cambio en la magnitud del valor, como no lo implica cambiar un billete de cinco libras por cinco soberanos. En la medida en que solo se trata de un cambio de forma del valor de cambio, tienen que cambiarse equivalentes, al menos cuando el proceso se desarrolla en su forma pura y en condiciones normales. Las mercancías pueden venderse a precios superiores o inferiores a sus valores, pero solo si se viola la ley del intercambio de mercancías. En su forma pura y normal, por tanto, el intercambio de mercancías no es un medio de crear plusvalía. De ahí el error de todos los economistas que intentan derivar la plusvalía del intercambio de mercancías, como por ejemplo Condillac.8
Pero supongamos que el proceso no se desarrolla en condiciones normales y que se cambian no equivalentes. Supongamos, por ejemplo, que cada vendedor vende su mercancía un diez por ciento por encima de su valor. Ceteris paribus,9 cada uno pierde como comprador lo que ha ganado como vendedor. Sería exactamente lo mismo que si el valor del dinero hubiera bajado un diez por ciento. Lo contrario, pero con el mismo resultado, ocurriría si todos los compradores compraran sus mercancías un diez por ciento por debajo de su valor. No nos acercamos ni un ápice a la solución suponiendo que cada poseedor de mercancías, como productor, vende las mercancías por encima de su valor y, como consumidor, las compra por encima de su valor.
Los representantes consecuentes de la ilusión de que la plusvalía nace de un recargo nominal en el precio de las mercancías suponen siempre la existencia de una clase que compra sin vender nunca, que consume sin producir. En esta fase de nuestra investigación, la existencia de una clase así es todavía inexplicable. Pero supongamos que existe. ¿De dónde saca esta clase el dinero para comprar constantemente? Evidentemente, de los productores de mercancías, en virtud de títulos cualesquiera de derecho o de fuerza, sin intercambio. Vender a una clase así mercancías por encima de su valor no significa otra cosa que recuperar en parte dinero entregado gratis. Así, las ciudades de Asia Menor, cuando pagaban tributo a los romanos, recuperaban una parte del dinero engañando a los romanos en el comercio; pero, con todo, las engañadas eran esas ciudades. No es este, pues, un método de crear plusvalía.
Tomemos el caso del engaño. A vende a B vino por valor de 40 libras a cambio de grano por valor de 50 libras. A ha ganado 10 libras y B ha perdido 10 libras, pero entre los dos no tienen más que 90 libras, como antes. Se ha transferido valor, pero no se ha creado. Toda la clase capitalista de un país no puede aumentar su riqueza total engañándose unos a otros.
En consecuencia: si se cambian equivalentes, no nace plusvalía, y si se cambian no equivalentes, tampoco nace plusvalía. La circulación de mercancías no crea valor nuevo. Por eso las dos formas de capital más antiguas y populares, el capital comercial y el capital que rinde interés, quedan aquí completamente fuera de consideración. Para explicar la plusvalía de que se apropian estas dos formas de capital sin presentarla como resultado de un simple engaño, hacen falta una serie de eslabones intermedios que en esta fase de la investigación todavía faltan. Más adelante veremos que ambas son solo formas derivadas, y estableceremos también por qué ambas aparecen en la historia mucho antes que el capital moderno.
La plusvalía no puede, pues, nacer de la circulación de mercancías. ¿Pero puede nacer fuera de ella? Fuera de la circulación de mercancías, el poseedor de mercancías es simple productor de esa mercancía, cuyo valor está determinado por la cantidad de su propio trabajo contenida en ella, medida según una determinada ley social. Este valor se expresa en dinero de cuenta, digamos en un precio de 10 libras. Pero este precio de 10 libras no es al mismo tiempo un precio de 11 libras; este trabajo contenido en la mercancía crea valor, pero no valor que se valoriza; puede añadir valor nuevo al valor existente, pero solo añadiendo trabajo nuevo. ¿Cómo podría el poseedor de mercancías, fuera de la esfera de la circulación, sin entrar en contacto con otros poseedores de mercancías, cómo podría producir plusvalía o, en otras palabras, transformar mercancía o dinero en capital?
«El capital no puede, pues, nacer de la circulación, y tampoco puede no nacer de la circulación. Tiene que nacer a la vez en ella y no en ella… La transformación del dinero en capital ha de explicarse sobre la base de las leyes inmanentes al intercambio de mercancías, de modo que el intercambio de equivalentes sirva de punto de partida. Nuestro poseedor de dinero, que todavía no existe más que como oruga de capitalista, tiene que comprar las mercancías por su valor, venderlas por su valor y, sin embargo, al final del proceso sacar más valor del que metió. Su despliegue en mariposa tiene que producirse en la esfera de la circulación y no tiene que producirse en la esfera de la circulación. Estas son las condiciones del problema. Hic Rhodus, hic salta!»10
Y ahora, la solución:
«El cambio de valor del dinero que ha de transformarse en capital no puede producirse en este mismo dinero, porque como medio de compra y como medio de pago no hace más que realizar el precio de la mercancía que compra o paga, mientras que, si permanece en su propia forma, se petrifica en una magnitud de valor invariable. Tampoco puede nacer el cambio del segundo acto de la circulación, la reventa de la mercancía, porque este acto se limita a transformar de nuevo la mercancía de su forma natural en la forma de dinero. El cambio tiene que producirse, pues, en la mercancía que se compra en el primer acto, D - M, pero no en su valor, porque se cambian equivalentes: la mercancía se paga por su valor. El cambio solo puede nacer, por tanto, de su valor de uso como tal, es decir, de su consumo. Para sacar valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que tener la suerte de descubrir, dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor, cuyo consumo efectivo fuera, pues, objetivación de trabajo y, por tanto, creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado una mercancía específica de esta clase: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo.
»Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y espirituales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano, y que este pone en movimiento siempre que produce valores de uso de cualquier clase.
»Pero para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía, tienen que cumplirse diversas condiciones. El intercambio de mercancías, en sí y por sí, no implica más relaciones de dependencia que las que nacen de su propia naturaleza. Partiendo de este supuesto, la fuerza de trabajo solo puede aparecer en el mercado como mercancía en la medida en que, y porque, su propio poseedor, la persona de quien es la fuerza de trabajo, la ofrece o la vende como mercancía. Para que su poseedor la venda como mercancía, tiene que poder disponer de ella, es decir, ser propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona. Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y entran en relación como poseedores de mercancías iguales en derechos, que solo se distinguen en que uno es comprador y el otro vendedor. La continuidad de esta relación exige que el propietario de la fuerza de trabajo solo la venda siempre por un tiempo determinado, porque si la vende en bloque, de una vez para siempre, se vende a sí mismo, se transforma de hombre libre en esclavo, de poseedor de mercancías en mercancía… La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía es que su poseedor, en vez de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, tenga que ofrecer más bien como mercancía su propia fuerza de trabajo, que solo existe en su corporeidad viva.
»Para que alguien venda mercancías distintas de su fuerza de trabajo, tiene que poseer naturalmente medios de producción, por ejemplo materias primas, instrumentos de trabajo, etc. No puede hacer botas sin cuero. Necesita además medios de subsistencia. Nadie puede vivir de productos del futuro, ni, por tanto, de valores de uso cuya producción no está terminada, y, como el primer día de su aparición en el escenario de la tierra, el ser humano tiene que consumir todos los días antes de producir y mientras produce. Si los productos se producen como mercancías, tienen que venderse después de producidos, y solo después de la venta pueden satisfacer las necesidades del productor. Al tiempo de producción se añade el tiempo necesario para la venta.
»Para transformar el dinero en capital, el poseedor de dinero tiene que encontrar, pues, en el mercado de mercancías al obrero libre, libre en el doble sentido de que, como persona libre, dispone de su fuerza de trabajo como mercancía suya y de que, por otra parte, no tiene otras mercancías que vender, está suelto y desembarazado, libre de todas las cosas necesarias para realizar su fuerza de trabajo.
»La cuestión de por qué este obrero libre se le presenta en la esfera de la circulación no interesa al poseedor de dinero, que encuentra el mercado de trabajo como una sección particular del mercado de mercancías. Y de momento tampoco nos interesa a nosotros. Nosotros nos atenemos al hecho en la teoría, como el poseedor de dinero en la práctica. Una cosa, sin embargo, está clara. La naturaleza no produce de un lado poseedores de dinero o de mercancías y de otro simples poseedores de sus propias fuerzas de trabajo. Esta relación no es una relación natural, ni tampoco una relación social común a todos los periodos de la historia. Es evidentemente el resultado de un desarrollo histórico anterior, el producto de muchas revoluciones económicas, de la desaparición de toda una serie de formaciones más antiguas de la producción social.
»También las categorías económicas que hemos considerado antes llevan su huella histórica. En la existencia del producto como mercancía están envueltas determinadas condiciones históricas. Para convertirse en mercancía, el producto no debe producirse como medio de subsistencia inmediato para el propio productor. Si hubiéramos seguido investigando en qué circunstancias toman todos los productos, o siquiera la mayoría de ellos, la forma de mercancía, habríamos encontrado que esto solo ocurre sobre la base de un modo de producción muy específico, el capitalista. Pero semejante investigación era ajena al análisis de la mercancía. Puede haber producción y circulación de mercancías aunque la inmensa mayoría de los productos, destinados directamente al consumo propio, no se transforme en mercancía y el proceso social de producción esté, por tanto, todavía muy lejos de estar dominado en toda su amplitud y profundidad por el valor de cambio… Si consideramos el dinero, este supone un cierto nivel del intercambio de mercancías. Las formas particulares del dinero —simple equivalente de las mercancías, o medio de circulación, o medio de pago, tesoro y dinero mundial— remiten, según el distinto alcance y el predominio relativo de una u otra función, a fases muy distintas del proceso social de producción. Sin embargo, la experiencia muestra que una circulación de mercancías relativamente poco desarrollada basta para formar todas estas formas. Otra cosa ocurre con el capital. Sus condiciones históricas de existencia no se dan, ni mucho menos, con la circulación de mercancías y de dinero. Solo nace allí donde el poseedor de medios de producción y de subsistencia encuentra en el mercado al obrero libre como vendedor de su fuerza de trabajo, y esta sola condición histórica encierra una historia universal. Por eso el capital anuncia desde el principio una nueva época del proceso social de producción».
Ahora hay que examinar esta mercancía peculiar, la fuerza de trabajo. Como todas las demás mercancías, posee un valor de cambio; este valor se determina como el de todas las demás mercancías: por el tiempo de trabajo necesario para producirla y, por tanto, también para reproducirla. El valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para mantener a su poseedor en su capacidad normal de trabajo. Estos medios de subsistencia dependen del clima y de otras condiciones naturales, así como de un nivel de vida históricamente dado en cada país. Cambian, pero para un país determinado y una época determinada están dados. Incluyen además los medios de subsistencia de los sustitutos de los obreros desgastados, es decir, de sus hijos, para que esta clase peculiar de poseedores de mercancías pueda perpetuarse. En el trabajo cualificado incluyen, además, los gastos de formación.
El límite mínimo del valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia físicamente indispensables. Si el precio de la fuerza de trabajo baja a ese mínimo, cae por debajo de su valor, porque este supone una calidad normal de la fuerza de trabajo, no una fuerza de trabajo atrofiada.
De la naturaleza del trabajo se sigue que la fuerza de trabajo solo se consume después de cerrada la venta; y en todos los países de modo de producción capitalista el trabajo se paga después de realizado. En todas partes, pues, el obrero da crédito al capitalista. Sobre las consecuencias prácticas de este crédito concedido por el obrero, el señor Marx aduce algunos ejemplos interesantes sacados de documentos parlamentarios; para estos ejemplos remitimos al libro mismo.
Al consumir la fuerza de trabajo, su comprador produce a la vez mercancías y plusvalía; para examinar esto tenemos que abandonar la esfera de la circulación y trasladarnos a la esfera de la producción.
Aquí comprobamos enseguida que el proceso de trabajo tiene un doble carácter. Por una parte, es el simple proceso de producción de valor de uso; como tal, puede y tiene que ser común a todas las formas históricas de existencia de la sociedad; por otra parte, este proceso se desarrolla, como ya se ha dicho, en las condiciones específicas de la producción capitalista. Son estas las que tenemos que examinar ahora.
El proceso de trabajo sobre base capitalista tiene dos peculiaridades. En primer lugar, el obrero trabaja bajo el control del capitalista, que vigila que no se desperdicie nada y que no se emplee en cada producto más que la cantidad de trabajo socialmente necesaria. En segundo lugar, el producto es propiedad del capitalista, ya que el proceso mismo se desarrolla entre dos cosas que le pertenecen: la fuerza de trabajo y los medios de trabajo.
Al capitalista el valor de uso solo le interesa en cuanto encarnación del valor de cambio y, sobre todo, de la plusvalía. Su objetivo es producir una mercancía cuyo valor sea mayor que la suma de valor invertida en su producción. ¿Cómo puede ocurrir esto?
Tomemos una mercancía cualquiera, por ejemplo hilo de algodón, y analicemos la cantidad de trabajo objetivada en ella. Supongamos que para hacer 10 libras de hilo hacen falta 10 libras de algodón por valor de 10 chelines (prescindiendo de los desperdicios). Hacen falta además determinados medios de trabajo: una máquina de vapor, peinadoras y otra maquinaria, carbón, lubricantes, etc. Para simplificar, llamamos a todo eso «husos» y suponemos que el desgaste, el carbón, etc., necesarios para hilar 10 libras de hilo representan 2 chelines. Tenemos así 10 chelines por el algodón y 2 chelines por los husos = 12 chelines. Si 12 chelines representan el producto de 24 horas de trabajo, o dos jornadas de trabajo, el algodón y los husos objetivan en el hilo dos jornadas de trabajo. ¿Cuánto se añade ahora con el hilado?
Supongamos que el valor de la fuerza de trabajo per diem11 es de 3 chelines y que estos 3 chelines representan el trabajo de seis horas. Supongamos además que un obrero necesita seis horas para hilar 10 libras de hilo. En este caso el trabajo ha añadido al producto 3 chelines; el valor de las 10 libras de hilo asciende a 15 chelines, o sea, 1 chelín y 6 peniques la libra.
Este proceso es muy sencillo, pero de él no nace plusvalía alguna. Ni puede darla, porque en la producción capitalista las cosas no ocurren de manera tan sencilla.
«Examinémoslo más de cerca. El valor diario de la fuerza de trabajo era de 3 chelines porque en ella misma está objetivada media jornada de trabajo. Que se necesite media jornada de trabajo para mantener al obrero con vida durante veinticuatro horas no impide en absoluto que este trabaje una jornada entera. El valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso de trabajo son, pues, dos magnitudes distintas. Esta diferencia de valor era la que tenía en vista el capitalista cuando compró la fuerza de trabajo. Su propiedad útil de hacer hilo o botas no era más que una conditio sine qua non, porque el trabajo tiene que gastarse en forma útil para crear valor. Pero lo decisivo era el valor de uso específico de esta mercancía, el de ser fuente de valor, y de más valor del que ella misma tiene. Este es el servicio específico que el capitalista espera de ella. Y al hacerlo procede conforme a las leyes eternas del intercambio de mercancías. En efecto, el vendedor de la fuerza de trabajo, como el vendedor de cualquier otra mercancía, realiza su valor de cambio y enajena su valor de uso. No puede obtener el uno sin desprenderse del otro. El valor de uso de la fuerza de trabajo, el trabajo mismo, pertenece tan poco a su vendedor como el valor de uso del aceite vendido al comerciante de aceite. El poseedor de dinero ha pagado el valor per diem de la fuerza de trabajo; por eso le pertenece su uso durante el día, el trabajo de la jornada entera. La circunstancia de que el mantenimiento diario de la fuerza de trabajo solo cueste media jornada de trabajo, aunque la fuerza de trabajo pueda actuar, trabajar, una jornada entera, y de que, por tanto, el valor que crea su uso durante un día sea el doble de su propio valor diario, es una suerte especial para el comprador, pero en modo alguno una injusticia para el vendedor».
El obrero trabaja, pues, doce horas, hila 20 libras de hilo, que representan 20 chelines de algodón y 4 chelines de husos, etc., y su trabajo cuesta 3 chelines: en total, 27 chelines. Si 10 libras de algodón absorbieron 6 horas de trabajo, 20 libras de algodón han absorbido 12 horas de trabajo, igual a 6 chelines. «En las 20 libras de hilo están objetivadas ahora 5 jornadas de trabajo: 4 en la masa de algodón y de husos consumida, 1 absorbida por el algodón durante el proceso de hilado. Pero la expresión en oro de 5 jornadas de trabajo es 30 chelines. Ese es, pues, el precio de las 20 libras de hilo. La libra de hilo sigue costando 1 chelín y 6 peniques. Pero la suma de valor de las mercancías echadas en el proceso ascendía a 27 chelines. El valor del producto ha crecido en 1/9 por encima del valor adelantado para producirlo. Así, 27 chelines se han transformado en 30. Han arrojado una plusvalía de 3 chelines. Por fin ha salido bien el truco. El dinero se ha transformado en capital.
»Todas las condiciones del problema están resueltas y las leyes del intercambio de mercancías no se han violado en modo alguno. Se ha cambiado equivalente por equivalente. El capitalista, como comprador, pagó cada mercancía por su valor: el algodón, la masa de husos, la fuerza de trabajo. Hizo luego lo que hace cualquier otro comprador de mercancías. Consumió su valor de uso. El proceso de consumo de la fuerza de trabajo, que es a la vez proceso de producción de la mercancía, dio un producto de 20 libras de hilo con un valor de 30 chelines. El capitalista vuelve ahora al mercado y vende mercancía después de haber comprado mercancía. Vende la libra de hilo a 1 chelín y 6 peniques, ni un ápice por encima ni por debajo de su valor. Y, sin embargo, saca de la circulación 3 chelines más de los que echó en ella al principio. Todo este curso, la transformación de su dinero en capital, ocurre en la esfera de la circulación y no ocurre en ella. Por mediación de la circulación, porque está condicionado por la compra de la fuerza de trabajo en el mercado de mercancías. No en la circulación, porque esta no hace más que iniciar el proceso de valorización, que se lleva a cabo en la esfera de la producción. Y así, “todo va del mejor modo en el mejor de los mundos posibles”».12
De la exposición del modo en que se produce la plusvalía, el señor Marx pasa a su análisis. De lo que precede se desprende que solo una parte del capital invertido en una empresa productiva contribuye directamente a la producción de plusvalía, y esa parte es el capital adelantado para comprar fuerza de trabajo. Solo esta parte produce valor nuevo; el capital invertido en maquinaria, materia prima, carbón, etc., reaparece, desde luego, pro tanto13 en el valor del producto, se conserva y se reproduce, pero de él no puede nacer plusvalía. Esto lleva al señor Marx a proponer una nueva división del capital: en capital constante, que solo se reproduce —la parte invertida en maquinaria, materia prima y todos los demás medios necesarios para el proceso de trabajo—, y en capital variable, que no solo se reproduce, sino que es a la vez fuente directa de plusvalía —la parte invertida en la compra de fuerza de trabajo, en salarios—. De ahí resulta claro que el capital constante no contribuye directamente a la producción de plusvalía, por necesario que sea para ella; y además, que la masa de capital constante invertida en una rama de la producción no tiene la menor influencia en la masa de plusvalía producida en esa rama.14 Por eso, al determinar la tasa de plusvalía no puede tenerse en cuenta el capital constante. Esta solo puede determinarse comparando la magnitud de la plusvalía con la magnitud del capital que contribuye directamente a crearla, es decir, con la magnitud del capital variable. Por eso el señor Marx determina la tasa de plusvalía como la proporción entre la plusvalía y el capital variable únicamente: si el precio diario del trabajo es de 3 chelines y la plusvalía creada diariamente es también de 3 chelines, la tasa de plusvalía es del cien por cien. A qué extravagancias puede llevar considerar el capital constante, como se hace habitualmente, factor activo de la producción de plusvalía, puede verse en el ejemplo del señor N. W. Senior,15 «cuando el profesor de Oxford, célebre por su ciencia económica y su bello estilo, fue llamado en 1836 a Manchester para aprender allí economía política (de los hiladores de algodón), en lugar de enseñarla en Oxford».
El tiempo de trabajo durante el cual el obrero reproduce el valor de su fuerza de trabajo lo llama el señor Marx «trabajo necesario»; el tiempo trabajado por encima de él, durante el cual se produce plusvalía, lo llama «plustrabajo». El trabajo necesario y el plustrabajo forman juntos la «jornada de trabajo».
En una jornada de trabajo, el tiempo de trabajo necesario está dado; pero el tiempo empleado en el plustrabajo no lo fija ninguna ley económica: puede ser más largo o más corto dentro de ciertos límites. No puede ser nunca igual a cero, porque entonces desaparecería para el capitalista el aliciente de emplear trabajo. Al mismo tiempo, la duración total de la jornada de trabajo no puede llegar nunca a veinticuatro horas, por razones fisiológicas. Pero entre una jornada de trabajo de, digamos, seis horas y una de veinticuatro hay muchos grados intermedios. Las leyes del intercambio de mercancías exigen que la jornada de trabajo no sea más larga de lo que es compatible con el desgaste normal del obrero. ¿Pero qué es un desgaste normal? ¿Cuántas horas de trabajo diario son compatibles con él? En este punto las opiniones del capitalista y del obrero divergen mucho, y como no hay ninguna autoridad superior, la cuestión se decide por la fuerza. La historia de la reglamentación de la jornada de trabajo es la historia de una lucha por sus límites: una lucha entre el capitalista colectivo y el obrero colectivo, entre la clase de los capitalistas y la clase obrera.
«El capital, como ya se ha observado, no ha inventado el plustrabajo. Dondequiera que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre o no, tiene que añadir al tiempo de trabajo necesario para su propio sustento un tiempo de trabajo sobrante, para producir los medios de subsistencia del propietario de los medios de producción, ya sea este propietario un καλὸς κἀγαθός ateniense, un teócrata etrusco, un civis romanus, un barón normando, un esclavista norteamericano, un boyardo valaco, un landlord moderno o un capitalista».16
Está claro, sin embargo, que en toda formación social en la que el valor de uso del producto importa más que su valor de cambio, el plustrabajo está limitado por un círculo más estrecho o más amplio de necesidades sociales, y que en estas circunstancias no existe necesariamente el deseo de plustrabajo por sí mismo. Así, comprobamos que en la Antigüedad clásica el plustrabajo en su forma más cruda, el trabajar al obrero hasta la muerte, existía casi exclusivamente en las minas de oro y de plata, donde se producía el valor de cambio en su forma autónoma, como dinero.
«Pero en cuanto pueblos cuya producción se mueve todavía en las formas inferiores del trabajo esclavo, del trabajo servil, etc., se ven arrastrados a un mercado mundial dominado por el modo de producción capitalista, que convierte la venta de sus productos en el extranjero en el interés predominante, a los horrores bárbaros de la esclavitud, la servidumbre, etc., se injerta el horror civilizado del exceso de trabajo. Por eso el trabajo de los negros en los estados del sur de la Unión norteamericana conservó un carácter moderadamente patriarcal mientras la producción se dirigía sobre todo a las necesidades propias inmediatas. Pero a medida que la exportación de algodón se convirtió en interés vital de aquellos estados, el exceso de trabajo del negro, y aquí y allá el consumo de su vida en siete años de trabajo, se convirtió en factor de un sistema calculado y calculador… Lo mismo ocurre con la prestación personal, por ejemplo en los Principados del Danubio».
Aquí la comparación con la producción capitalista se vuelve especialmente interesante, porque en la prestación personal el plustrabajo posee una forma autónoma, perceptible por los sentidos.
«Supongamos que la jornada de trabajo consta de seis horas de trabajo necesario y seis horas de plustrabajo. El obrero libre suministra entonces al capitalista 36 horas semanales de plustrabajo. Es lo mismo que si trabajara tres días a la semana para sí y tres días a la semana gratis para el capitalista. Pero esto no se ve. El plustrabajo y el trabajo necesario se confunden el uno con el otro. Por eso puedo expresar la misma relación, por ejemplo, también diciendo que el obrero trabaja en cada minuto treinta segundos para sí y treinta segundos para el capitalista, etc. Otra cosa ocurre con la prestación personal. El trabajo necesario que, por ejemplo, realiza el campesino valaco para su sustento está separado en el espacio de su plustrabajo para el boyardo. Uno lo realiza en su propio campo; el otro, en la finca señorial. Las dos partes del tiempo de trabajo existen, pues, de manera autónoma una junto a otra. En la forma de la prestación personal, el plustrabajo está nítidamente separado del trabajo necesario».
Tenemos que renunciar a citar otros ejemplos interesantes de la historia social moderna de los Principados del Danubio con los que el señor Marx demuestra que los boyardos, apoyados por la intervención rusa, saben exprimir plustrabajo tan bien como cualquier empresario capitalista. Pero lo que el Règlement organique, con el que el general ruso Kiseliov dio a los boyardos un poder casi ilimitado sobre el trabajo de los campesinos, expresa de forma positiva, lo expresan de forma negativa las leyes fabriles inglesas.17
«Estas leyes refrenan el afán del capital de exprimir sin medida la fuerza de trabajo mediante una limitación forzosa de la jornada de trabajo por parte del Estado, y precisamente de un Estado dominado por el capitalista y el landlord. Prescindiendo de un movimiento obrero que crecía cada día de manera más amenazadora, la limitación del trabajo fabril fue dictada por la misma necesidad que derramó el guano sobre los campos ingleses. La misma rapacidad ciega que en un caso agota la tierra había atacado en el otro la fuerza vital de la nación en su raíz. Las epidemias periódicas hablaban aquí tan claro como la talla decreciente de los soldados en Alemania y en Francia».
Para demostrar la tendencia del capital a prolongar la jornada de trabajo más allá de toda medida razonable, el señor Marx cita extensamente los informes de los inspectores de fábricas, de la Comisión de investigación del trabajo infantil, los informes sobre la salud pública y otros documentos parlamentarios, y lo resume en las conclusiones siguientes:
«“¿Qué es una jornada de trabajo?” ¿Cuánto dura el tiempo durante el cual el capital puede consumir la fuerza de trabajo cuyo valor per diem paga? ¿Hasta dónde puede prolongarse la jornada de trabajo más allá del tiempo de trabajo necesario para reproducir la fuerza de trabajo misma? A estas preguntas, ya se ha visto, el capital responde: la jornada de trabajo cuenta cada día veinticuatro horas completas, descontadas las pocas horas de descanso sin las cuales la fuerza de trabajo se niega en absoluto a renovar su servicio. Se entiende ante todo por sí mismo que el obrero, durante toda su vida, no es otra cosa que fuerza de trabajo, y que, por tanto, todo su tiempo disponible es por naturaleza y por derecho tiempo de trabajo, que pertenece, pues, a la autovalorización del capital… Pero en su afán ciego y desmedido de plustrabajo, el capital atropella no solo los límites máximos morales de la jornada de trabajo, sino también los puramente físicos… El capital no pregunta por la duración de la vida de la fuerza de trabajo… La producción capitalista produce el agotamiento prematuro y la extinción de la propia fuerza de trabajo. Prolonga el tiempo de producción del obrero durante un plazo dado acortando su tiempo de vida».
¿Pero no va esto contra el interés del propio capital? ¿No tiene el capital que reponer con el tiempo los costes de este desgaste desmedido? Puede que así sea en teoría. En la práctica, el comercio organizado de esclavos en el interior de los estados del Sur ha elevado a principio económico reconocido el desgaste de la fuerza de trabajo del esclavo en siete años; en la práctica, el capitalista inglés confía en el aporte de obreros de los distritos rurales.
«Lo que la experiencia muestra en general al capitalista es una sobrepoblación constante, es decir, una sobrepoblación en relación con la necesidad momentánea de valorización del capital, aunque forme su corriente con generaciones humanas atrofiadas, de vida breve, que se desplazan rápidamente unas a otras, cosechadas, por así decirlo, antes de madurar. Es cierto que, por otro lado, la experiencia muestra al observador inteligente con qué rapidez y profundidad la producción capitalista, que, históricamente hablando, data apenas de ayer, ha atacado la fuerza del pueblo en la raíz misma de su vida; cómo la degeneración de la población industrial solo se retarda mediante la absorción constante de elementos vitales naturales del campo, y cómo incluso los obreros rurales, pese al aire libre y al principio de la selección natural, que reina entre ellos con tanta omnipotencia y solo deja crecer a los individuos más fuertes, empiezan ya a extinguirse. El capital, que tiene tan “buenas razones” para negar los sufrimientos de la generación obrera que lo rodea, se deja determinar en su movimiento práctico por la perspectiva de una futura putrefacción de la humanidad y de una despoblación, a fin de cuentas incontenible, tan poco y tanto como por la posible caída de la Tierra en el Sol. En toda especulación bursátil todo el mundo sabe que un día ha de estallar la tormenta, pero cada cual espera que caiga sobre la cabeza de su prójimo después de haber recogido él mismo la lluvia de oro y haberla puesto a buen recaudo. Après moi le déluge!18 es el lema de todo capitalista y de toda nación capitalista. Por eso el capital no tiene miramientos con la salud y la duración de la vida del obrero cuando la sociedad no lo obliga a tenerlos. En general, sin embargo, esto tampoco depende de la buena o mala voluntad del capitalista individual. La libre competencia hace valer frente al capitalista individual las leyes inmanentes de la producción capitalista como ley coercitiva exterior».
La fijación de la jornada normal de trabajo es el resultado de una lucha de muchos siglos entre empresario y obrero. Y es interesante observar las dos corrientes opuestas de esta lucha. Al principio las leyes tienen por objeto obligar a los obreros a trabajar más tiempo; desde la primera ley obrera, dictada en el año 23 del reinado de Eduardo III (1349),19 hasta el siglo XVIII, las clases dominantes nunca consiguieron arrancar a los obreros toda la cantidad de trabajo posible. Pero con la introducción del vapor y de la maquinaria moderna la situación dio un vuelco. La introducción del trabajo de las mujeres y los niños derribó tan deprisa todos los límites tradicionales del tiempo de trabajo que el siglo XIX empezó con un sistema de exceso de trabajo sin ejemplo en la historia del mundo, que ya en 1802 obligó a la legislación a fijar limitaciones del tiempo de trabajo.20 El señor Marx da una amplia relación de la historia de la legislación fabril inglesa hasta la ley fabril de 1867 y llega a estas conclusiones:
La maquinaria y el vapor llevan al exceso de trabajo primero en las ramas de la industria en que se aplican, y por eso las limitaciones legales se introducen primero en estas ramas. Pero más adelante comprobamos que este sistema de exceso de trabajo se ha extendido a casi todas las ramas, incluso a aquellas en que no se emplea maquinaria o en que subsisten los modos de producción más primitivos (véanse los informes de la Comisión de investigación del trabajo infantil).
Con la introducción del trabajo de las mujeres y los niños en las fábricas, el obrero «libre» aislado pierde su fuerza de resistencia frente a los abusos del capital y tiene que rendirse sin condiciones. Esto lo obliga a la resistencia colectiva; empieza la lucha de clase contra clase, del obrero colectivo contra el capitalista colectivo.
Si volvemos ahora al momento en que supusimos que nuestro obrero «libre» e «igual» firmaba un contrato con el capitalista, comprobamos que en el proceso de producción han cambiado mucho las cosas. Este contrato no es, por parte del obrero, un contrato libre. El tiempo diario durante el cual es libre de vender su fuerza de trabajo es el tiempo durante el cual está obligado a venderla; y solo la oposición masiva de los obreros impone la introducción de una ley del Estado que les impida venderse a sí mismos y a sus hijos, mediante un contrato «voluntario», a la muerte y a la esclavitud. «En lugar del pomposo catálogo de los “derechos inalienables del hombre” aparece la modesta Magna Charta de una jornada de trabajo limitada por la ley».
A continuación tenemos que analizar la tasa de plusvalía y su relación con la masa de plusvalía producida. Como hasta ahora, en esta investigación suponemos que el valor de la fuerza de trabajo es una magnitud dada y constante.
Con este supuesto, la tasa determina a la vez la masa de plusvalía que el obrero individual suministra al capitalista en un tiempo determinado. Si el valor diario de nuestra fuerza de trabajo es de 3 chelines, que encarnan 6 horas de trabajo, y la tasa de plusvalía es del cien por cien, el capital variable de 3 chelines produce diariamente una plusvalía de 3 chelines, o el obrero suministra diariamente 6 horas de plustrabajo.
Como el capital variable es la expresión en dinero del valor de todas las fuerzas de trabajo empleadas a la vez por un capitalista, la masa de plusvalía producida por las fuerzas de trabajo se obtiene multiplicando el capital variable por la tasa de plusvalía; en otras palabras, está determinada por la relación entre el número de fuerzas de trabajo empleadas a la vez y el grado de explotación. Ambos factores pueden variar, de modo que la disminución de uno puede compensarse con el aumento del otro. Un capital variable necesario para emplear a 100 obreros con una tasa de plusvalía del 50 por ciento (digamos, 3 horas diarias de plustrabajo) no producirá más plusvalía que la mitad de ese capital variable empleando a 50 obreros con una tasa de plusvalía del cien por cien (digamos, 6 horas diarias de plustrabajo). Así, en ciertas circunstancias y dentro de ciertos límites, el aporte de trabajo de que dispone el capital puede hacerse independiente del aporte efectivo de obreros.
Este aumento de la plusvalía mediante el aumento de su tasa tiene, sin embargo, sus límites absolutos. Sea cual sea el valor de la fuerza de trabajo, encarne dos o diez horas de tiempo de trabajo necesario, el valor total que un obrero produce día tras día no puede llegar nunca al valor en que se objetivan 24 horas de trabajo. Para obtener una masa igual de plusvalía, el capital variable solo puede sustituirse dentro de estos límites mediante la prolongación de la jornada de trabajo. Esto será importante más adelante para explicar diversos fenómenos que nacen de las dos tendencias contradictorias del capital: 1) a reducir el número de obreros empleados, es decir, la magnitud del capital variable, y 2) a producir, pese a ello, la mayor masa posible de plustrabajo.
Además: «Las masas de valor y de plusvalía producidas por distintos capitales, dado el valor y siendo igual el grado de explotación de la fuerza de trabajo, están en razón directa de las magnitudes de las partes variables de esos capitales. Esta ley contradice abiertamente toda experiencia fundada en las apariencias. Todo el mundo sabe que un hilador de algodón, que emplea relativamente mucho capital constante y poco variable, no se embolsa por eso una ganancia o plusvalía menor que un panadero, que pone en movimiento relativamente mucho capital variable y poco constante. Para resolver esta contradicción aparente hacen falta todavía muchos eslabones intermedios, como desde el punto de vista del álgebra elemental hacen falta muchos eslabones intermedios para comprender que 0/0 pueda representar una magnitud real».
Para un país dado y una duración dada de la jornada de trabajo, la plusvalía solo puede aumentarse aumentando el número de obreros, es decir, la población; este aumento forma el límite matemático de la producción de plusvalía por el capital total de ese país. Si, por otra parte, el número de obreros está dado, ese límite lo forma la prolongación posible de la jornada de trabajo. Más adelante se verá que esta ley solo vale para la forma de plusvalía analizada hasta aquí.
En esta fase de nuestra investigación comprobamos que no toda suma de dinero puede transformarse en capital; que para ello existe un mínimo determinado: el coste de una sola fuerza de trabajo y de los medios de trabajo necesarios para ponerla en movimiento. Supongamos que la tasa de plusvalía es del 50 por ciento: entonces nuestro capitalista en ciernes tendría que emplear a dos obreros para poder vivir él mismo como un obrero. Pero así no podría ahorrar nada, y el fin de la producción capitalista no es solo la conservación, sino también, y ante todo, el aumento de la riqueza.
«Para vivir solo el doble de bien que un obrero corriente y transformar en capital la mitad de la plusvalía producida, tendría que multiplicar por ocho, a la vez que el número de obreros, el mínimo del capital adelantado. Es cierto que él mismo, como su obrero, puede poner mano directamente en el proceso de producción, pero entonces no es más que algo intermedio entre capitalista y obrero, un “pequeño patrono”. Un cierto grado de desarrollo de la producción capitalista exige que el capitalista pueda emplear todo el tiempo durante el cual funciona como capitalista, es decir, como capital personificado, en la apropiación y, por tanto, en el control del trabajo ajeno y en la venta de los productos de ese trabajo. El sistema gremial de la Edad Media trataba de impedir por la fuerza la transformación del maestro artesano en capitalista limitando a un máximo muy reducido el número de obreros que podía emplear un mismo maestro. El poseedor de dinero o de mercancías solo se transforma realmente en capitalista allí donde la suma mínima adelantada para la producción está muy por encima del máximo medieval. Aquí, como en las ciencias naturales, se confirma la exactitud de la ley descubierta por Hegel en su Lógica, según la cual cambios meramente cuantitativos se convierten, en cierto punto, en diferencias cualitativas».
El mínimo de la suma de valor necesaria para transformar a un poseedor de dinero o de mercancías en capitalista varía en las distintas fases de desarrollo de la producción capitalista y, en una fase de desarrollo dada, en los distintos ramos de negocio.
Durante el proceso de producción tratado detalladamente más arriba, la relación entre el capitalista y el obrero ha cambiado sustancialmente. En primer lugar, el capital se ha convertido en mando sobre el trabajo, es decir, sobre el propio obrero. El capital personificado, el capitalista, vigila que el obrero realice su trabajo con regularidad, con esmero y con el debido grado de intensidad.
«El capital se convirtió además en una relación coercitiva que obliga a la clase obrera a realizar más trabajo del que prescribía el estrecho círculo de sus propias necesidades vitales. Y como productor de laboriosidad ajena, como bomba de plustrabajo y explotador de fuerza de trabajo, supera en energía, desmesura y eficacia a todos los sistemas de producción anteriores, basados en el trabajo forzado directo.
»El capital empieza por someterse el trabajo con las condiciones técnicas en que históricamente lo encuentra. No cambia, pues, directamente el modo de producción. La producción de plusvalía en la forma considerada hasta ahora, mediante la simple prolongación de la jornada de trabajo, aparecía por eso independiente de todo cambio del modo de producción mismo. No era menos eficaz en la panadería a la antigua que en la moderna hilatura de algodón.
»Si considerábamos el proceso de producción desde el punto de vista del proceso de trabajo, el obrero no se comportaba con los medios de producción como con capital, sino como con simples medios y materiales de su actividad productiva orientada a un fin. En una curtiduría, por ejemplo, trata las pieles como simple objeto de su trabajo. No es al capitalista a quien curte la piel. Otra cosa ocurre en cuanto considerábamos el proceso de producción desde el punto de vista del proceso de valorización. Los medios de producción se transformaban enseguida en medios para absorber trabajo ajeno. Ya no es el obrero quien emplea los medios de producción, sino que son los medios de producción los que emplean al obrero. En lugar de ser consumidos por él como elementos materiales de su actividad productiva, lo consumen a él como fermento de su propio proceso vital, y el proceso vital del capital no consiste sino en su movimiento como valor que se valoriza a sí mismo. Los altos hornos y los edificios de trabajo que descansan de noche y no absorben trabajo vivo son “pura pérdida” para el capitalista. Por eso los altos hornos y los edificios de trabajo constituyen un “título sobre el trabajo nocturno” de las fuerzas de trabajo». (Véanse los «Informes de la Comisión de investigación del trabajo infantil», cuarto informe, 1865, páginas 79 a 85.) «La simple transformación del dinero en medios de producción transforma a estos en títulos jurídicos y coercitivos sobre trabajo ajeno y plustrabajo».
Pero hay todavía otra forma de plusvalía. Cuando se ha alcanzado el límite extremo de la jornada de trabajo, al capitalista le queda otro medio de aumentar el plustrabajo: aumentar la fuerza productiva del trabajo, con la consiguiente reducción del valor de la fuerza de trabajo y el acortamiento del tiempo de trabajo necesario. Esta forma de plusvalía se examinará en un segundo artículo.21
(Nota de Engels.) El capital, por Karl Marx. Tomo primero. Hamburgo, Meissner, 1867. ↩
Thomas Tooke (1774-1858), economista inglés, autor de A History of Prices y de An Inquiry into the Currency Principle (1844), crítico de la escuela monetaria. ↩
Sir James Steuart (1712-1780), economista escocés, uno de los últimos representantes del mercantilismo, autor de An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy (1767). ↩
Los partidarios de la currency school o «principio monetario» (Overstone, Norman, Torrens), según la cual los precios dependen de la cantidad de dinero en circulación y la emisión de billetes debía regularse por las reservas de oro del banco; inspiraron la ley bancaria de Peel de 1844. ↩
Anne-Robert-Jacques Turgot (1727-1781), economista fisiócrata y ministro de Hacienda de Luis XVI, autor de las Réflexions sur la formation et la distribution des richesses (1766). ↩
En el original inglés de Engels, C—M—C y M—C—M (commodity, money); en la versión alemana, W—G—W y G—W—G. Usamos las iniciales españolas: M (mercancía) y D (dinero). ↩
(Nota de Engels.) Cuando aquí se emplea «valor» sin más precisión, significa siempre valor de cambio. ↩
Étienne Bonnot de Condillac (1714-1780), filósofo sensualista francés, autor de Le commerce et le gouvernement considérés relativement l'un à l'autre (1776). ↩
«Si lo demás no varía». ↩
«¡Aquí está Rodas, salta aquí!»: de la fábula de Esopo del fanfarrón que presumía de haber dado un gran salto en Rodas; es decir, demuéstralo aquí y ahora. ↩
«Por día». ↩
En francés en el original: tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles, el estribillo del doctor Pangloss en el Cándido de Voltaire. ↩
«En la proporción correspondiente». ↩
(Nota de Engels.) Hemos de señalar aquí que la plusvalía no es en modo alguno idéntica a la ganancia. ↩
Nassau William Senior (1790-1864), economista inglés, profesor en Oxford, que se opuso a la limitación de la jornada de trabajo con el argumento de que toda la ganancia neta del fabricante se producía en la «última hora». ↩
Kalós kagathós, «bello y bueno», el ideal del ciudadano noble ateniense; civis romanus, «ciudadano romano»; landlord, terrateniente inglés. ↩
El Règlement organique, primera constitución de los Principados del Danubio (Valaquia y Moldavia), promulgada en 1831-1832 bajo la ocupación rusa y la administración del general Pável Dmítrievich Kiseliov (1788-1872); regulaba, entre otras cosas, las prestaciones personales de los campesinos a los boyardos. ↩
«¡Después de mí, el diluvio!», frase atribuida a Luis XV o a la marquesa de Pompadour. ↩
El Statute of Labourers de 1349, dictado tras la peste negra, que fijaba salarios máximos y obligaba a trabajar a cambio de ellos. ↩
La ley de 1802 sobre la salud y la moral de los aprendices (Health and Morals of Apprentices Act), que limitó a doce horas la jornada de los aprendices pobres en las fábricas textiles. ↩
La Fortnightly Review no publicó el artículo, y no se conoce la continuación anunciada. ↩