Escrita por Friedrich Engels en la primera quincena de enero de 1868 y publicada en la Neue Badische Landeszeitung (Mannheim), núm. 20, del 21 de enero de 1868. Traducida de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 232-234), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, tomo primero, Hamburgo, Meissner, 1867

Tenemos que dejar a otros que se ocupen de la parte teórica y rigurosamente científica de esta obra y que critiquen la nueva concepción que da el autor del origen del capital. Pero no podemos dejar de señalar que nos ofrece aquí al mismo tiempo una gran masa del material histórico y estadístico más valioso, sacado casi sin excepción de los informes oficiales de las comisiones presentados al Parlamento inglés. No sin razón subraya la importancia de tales comisiones de investigación para estudiar las condiciones sociales internas de un país. Son —siempre que se encuentre a las personas adecuadas— el mejor medio para que un pueblo se conozca a sí mismo; y el señor Marx bien puede tener razón cuando dice que investigaciones semejantes, hechas en Alemania, llevarían a resultados que nos espantarían a nosotros mismos.1 ¡Antes de ellas, ningún inglés sabía cómo se vivía entre la clase más pobre de su país!

Por lo demás, se comprende que sin tales investigaciones toda legislación social, como se dice ahora en Baviera, se despachará con conocimiento de causa a medias y a menudo completamente a oscuras. Las llamadas «encuestas» y «averiguaciones» de las autoridades alemanas no tienen ni de lejos el mismo valor. Conocemos demasiado bien el patrón burocrático: se envían formularios y uno se da por contento si vuelven rellenados de algún modo; la información sobre la que se rellenan se busca con demasiada frecuencia precisamente en aquellos a quienes interesa que se encubra la verdad. Compárense en cambio las investigaciones de las comisiones inglesas, por ejemplo sobre las condiciones de trabajo en determinados ramos. Allí se toma declaración no solo a los fabricantes y a los maestros, sino también a los obreros, hasta las niñas pequeñas; y no solo a estos, sino también a médicos, jueces de paz, clérigos, maestros de escuela y, en general, a todo el que pueda informar de algún modo sobre la cuestión. Allí se taquigrafía cada pregunta y cada respuesta, se imprime literalmente, y a todo el material se adjunta el informe de la comisión fundado en él, con sus conclusiones y propuestas. El informe y su material muestran así a la vez, en detalle, si los comisionados han cumplido su deber y cómo lo han cumplido, y dificultan mucho la parcialidad de cualquiera de ellos. Los pormenores, así como una cantidad innumerable de ejemplos, pueden leerse en el propio libro. Aquí solo queremos destacar un punto: que en Inglaterra, al mismo paso que la extensión de la libertad de comercio y de industria, avanza la extensión de la limitación legal del tiempo de trabajo de los niños y las mujeres, y con ella la sujeción de casi todas las industrias a la vigilancia del Gobierno. El señor Marx nos da una exposición histórica detallada de este desarrollo: cómo primero las hilaturas y las tejedurías fueron limitadas de esta manera, desde 1833, a doce horas diarias de trabajo; cómo, tras una larga lucha entre fabricantes y obreros, el tiempo de trabajo quedó fijado por fin en diez horas y media —seis horas y media para los niños—, y cómo desde 1850 una rama industrial tras otra fue sometida a esta ley fabril. Primero las estampaciones de indianas (ya en 1845), luego en 1860 las tintorerías y blanquerías, en 1861 las fábricas de encajes y de medias, en 1863 las alfarerías, las fábricas de papel pintado, etc., y por último en 1867 casi todas las demás ramas industriales de alguna importancia. De la importancia de esta última ley de 1867 puede uno hacerse una idea al saber que pone bajo la protección y el control de la ley el trabajo de nada menos que millón y medio de mujeres y niños. Hemos destacado especialmente este punto porque en esta materia, en Alemania, las cosas están en conjunto bastante mal, por desgracia, y hemos de agradecer al autor que lo haya tratado con tanto detalle y lo haya hecho accesible por primera vez al público alemán. De esta opinión será todo amigo de la humanidad, piense lo que piense de las tesis teóricas del señor Marx.

El espacio no nos permite entrar en otros materiales valiosos de la historia de la industria y de la agricultura, pero somos de la opinión de que nadie que se interese por la economía nacional, la industria, las condiciones obreras, la historia de la cultura y la legislación social, sea cual sea su punto de vista, debe dejar de leer este libro.

  1. En el prólogo a la primera edición de El capital, Marx escribe que, si los Gobiernos y Parlamentos del continente nombraran periódicamente comisiones de investigación como las inglesas, «nos asustaríamos de nosotros mismos». ↩