Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1725, del 24 de agosto de 1870, como entrega XI de su serie «Notes on the War» («Notas sobre la guerra»). Traducido por la Escuela de marxismo, 2026, del original inglés según la transcripción del periódico hecha por Tony Brown para el Marxists Internet Archive, cotejada con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), pp. 61-67. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Aunque todavía no tenemos todos los detalles de las tres terribles batallas libradas la semana pasada en torno a Metz, sabemos ya lo bastante de ellas para poder dar una relación inteligible de lo que realmente ocurrió.
La batalla del domingo 14 de agosto1 la empezaron los alemanes con la intención de retrasar la retirada de los franceses hacia Verdún. El domingo por la tarde se vio a lo que quedaba del cuerpo de Frossard2 cruzar el Mosela en dirección a Longeville; entre las tropas acampadas al este de Metz se advertían señales de movimiento. Se ordenó atacar al I Cuerpo de Ejército (prusiano oriental) y al VII (westfaliano y hannoveriano). Hicieron retroceder a los franceses hasta que ellos mismos quedaron al alcance de los fuertes; pero los franceses, que habían previsto ese movimiento, habían concentrado grandes masas en posiciones resguardadas en el valle del Mosela y en un estrecho barranco por el que corre de este a oeste un arroyo que desemboca en el río principal al norte de Metz. Esas masas cayeron de pronto sobre el flanco derecho de los alemanes, que ya sufrían el fuego de los fuertes, y se dice que los rechazaron en desorden; después de lo cual los franceses debieron de retirarse otra vez, pues es seguro que los alemanes siguieron dueños de la parte del campo de batalla que queda fuera del alcance de los fuertes y que no volvieron a sus vivaques anteriores hasta después del amanecer. Lo sabemos tanto por cartas privadas de hombres que tomaron parte en la batalla como por la carta de un corresponsal desde Metz en el Manchester Guardian del lunes, que visitó el campo de batalla el lunes por la mañana y lo encontró ocupado por los prusianos, que atendían a los heridos franceses que aún quedaban allí. Las dos partes pueden, en cierto sentido, pretender que alcanzaron el objetivo por el que se trabó el combate: los franceses atrajeron a los alemanes a una trampa y les causaron graves pérdidas; los alemanes retrasaron la retirada francesa hasta que el príncipe Federico Carlos3 pudo alcanzar la línea por la que esa retirada había de efectuarse. Del lado alemán entraron en combate dos cuerpos, o sea cuatro divisiones; del lado francés, los cuerpos de Decaen y de Ladmirault y parte de la Guardia, o sea más de siete divisiones4. En esta batalla los franceses tuvieron, pues, una gran superioridad numérica. Se dice además que su posición estaba muy reforzada con pozos de tirador y trincheras, desde los que disparaban con más sangre fría que de costumbre.
La retirada del Ejército del Rin hacia Verdún no empezó en serio hasta el martes 16. Para entonces las cabezas de las columnas del príncipe Federico Carlos —el III Cuerpo de Ejército (brandeburgueses)— llegaban a las cercanías de Mars-la-Tour. Atacaron en el acto y durante seis horas tuvieron en jaque al ejército francés. Reforzados más tarde por el X Cuerpo de Ejército (hannoverianos y westfalianos) y por partes del VIII (renanos) y del IX (de Schleswig-Holstein y de Mecklemburgo), no solo mantuvieron su posición, sino que hicieron retroceder al enemigo y le tomaron dos águilas, siete cañones y más de 2.000 prisioneros5. Las fuerzas que tenían enfrente eran los cuerpos de Decaen, Ladmirault y Frossard, al menos parte del de Canrobert (había llegado a Metz desde Châlons en los últimos días en que la línea férrea por Frouard seguía abierta) y la Guardia, o sea, en total, de catorce a quince divisiones. Las ocho divisiones alemanas tuvieron, pues, enfrente otra vez fuerzas superiores en número, aun cuando, como es probable, no todas las tropas de Bazaine6 entraran en combate. Conviene tenerlo presente mientras los partes franceses siguen explicando todos los reveses por la constante superioridad numérica del enemigo. Que los franceses quedaron efectivamente detenidos en su movimiento de retirada lo muestra el hecho de que ellos mismos hablan de combates de retaguardia librados el 17 cerca de Gravelotte, a más de cinco millas detrás de su propia posición del 16. Al mismo tiempo, el hecho de que el martes solo pudieran llegar cuatro cuerpos alemanes muestra que el éxito que obtuvieron fue incompleto. El capitán Jeannerod7, que el 17 fue de Briey a Conflans, encontró allí a dos regimientos de caballería de la Guardia francesa muy maltrechos, que huían al simple grito de «¡Que vienen los prusianos!». Esto prueba que, aunque la tarde del 16 la carretera de Étain quizá no estuviera de hecho en manos de los alemanes, estos se hallaban tan cerca que hacían imposible retirarse por ella sin otra batalla. Bazaine, sin embargo, parece haber renunciado a toda idea de hacerlo, pues se atrincheró en una posición muy fuerte cerca de Gravelotte y allí esperó el ataque de los alemanes, que se produjo el 188.
La meseta por la que pasa la carretera de Mars-la-Tour a Metz por Gravelotte está cortada por una serie de hondos barrancos formados por arroyos que corren de norte a sur hacia el Mosela. Uno de esos barrancos queda inmediatamente delante (al oeste) de Gravelotte; otros dos corren en líneas paralelas detrás del primero. Cada uno de ellos forma una fuerte posición defensiva, que se había reforzado con obras de tierra y barricando y aspillerando las granjas y aldeas que ocupaban puntos de importancia táctica. Recibir al enemigo en esa fuerte posición atrincherada, dejar que se rompiera la cabeza contra ella, rechazarlo por fin con un poderoso contraataque («retour offensif») y despejar así el camino de Verdún: esta era evidentemente la única esperanza que le quedaba a Bazaine. Pero el ataque se hizo con tales fuerzas y con tal energía que se fue tomando una posición tras otra, y el Ejército del Rin fue rechazado hasta quedar pegado a los cañones de Metz. Contra catorce o quince divisiones francesas entraron efectivamente en combate doce divisiones alemanas, con otras cuatro en reserva. Los efectivos empeñados por las dos partes no estarían lejos de ser iguales, en conjunto algo a favor de los alemanes, pues cuatro de sus seis cuerpos estaban casi intactos; pero esa ligera superioridad numérica de ningún modo compensaría la fuerza de la posición francesa.
La opinión francesa todavía duda en aceptar toda la realidad de la situación en que han quedado Bazaine y su ejército, una situación que es la réplica de aquella a la que el general Bonaparte arrastró a Wurmser en Mantua en 1796 y a Mack en Ulm en 18059. Que el brillante Ejército del Rin, la esperanza y la fuerza de Francia, se vea reducido, tras catorce días de campaña, a elegir entre intentar abrirse paso a través del enemigo en circunstancias desastrosas o capitular es más de lo que los franceses consiguen creer. Buscan todas las explicaciones posibles. Una teoría es que Bazaine, por así decirlo, se está sacrificando para ganar tiempo para MacMahon10 y para París. Mientras Bazaine retenga a dos de los tres ejércitos alemanes delante de Metz, París podrá organizar su defensa y MacMahon tendrá tiempo de crear un ejército nuevo. Así pues, Bazaine se queda en Metz no porque no tenga más remedio, sino porque interesa a Francia que esté allí. Pero ¿dónde están, cabe preguntar, los elementos del nuevo ejército de MacMahon? Su propio cuerpo, que ahora cuenta a lo sumo 15.000 hombres; lo que queda de las tropas de De Failly, desorganizadas y dispersas tras una larga retirada dando un rodeo (se dice que llegó a Vitry-le-François con solo 7.000 u 8.000 hombres); quizá una división del cuerpo de Canrobert; las dos divisiones de Félix Douay, cuyo paradero nadie parece conocer: unos 40.000 hombres, incluida la infantería de marina de la proyectada expedición al Báltico11. En ellos están incluidos todos los batallones y escuadrones de su antiguo ejército que le quedan a Francia fuera de Metz. A ellos se añadirían los cuartos batallones12. Parece que ahora llegan a París en número bastante grande, pero completados en gran parte con reclutas. El conjunto de estas tropas puede llegar a algo así como 130.000 o 150.000 hombres; pero este nuevo ejército no puede compararse en calidad con el antiguo Ejército del Rin. Los regimientos veteranos que hay en él no pueden menos de haber sufrido mucho por la desmoralización. Los nuevos batallones se han formado deprisa, contienen muchos reclutas y no pueden tener tan buenos oficiales como el antiguo ejército. La proporción de caballería y artillería ha de ser realmente muy pequeña; el grueso de la caballería está en Metz, y los pertrechos necesarios para equipar baterías nuevas, los arneses, etc., parecen existir en algunos casos solo sobre el papel. Jeannerod cita un ejemplo en el Temps del domingo. En cuanto a la Guardia Móvil13, después de haberla traído de vuelta de Châlons a Saint-Maur, cerca de París, parece haberse dispersado por completo por falta de víveres. Y para ganar tiempo para fuerzas como estas habría que sacrificar entero el mejor ejército que posee Francia. Y sacrificado está, si es verdad que está encerrado en Metz. Si Bazaine hubiera llevado deliberadamente a su ejército a su situación actual, habría cometido un error al lado del cual todos los errores anteriores de esta guerra no serían nada. En cuanto al rumor de la retirada de Bazaine de Metz y de su unión con MacMahon en Montmédy, la historia que The Standard hizo circular ayer la ha desmentido suficientemente esta mañana el autor de la revista militar del mismo periódico. Aun cuando algunos destacamentos de las fuerzas de Bazaine hayan escapado hacia el norte después de los recientes combates en torno a Mars-la-Tour o en el curso de ellos, el grueso de su ejército sigue encerrado en Metz.
La batalla de Colombey-Nouilly, o de Borny, al este de Metz. Las otras dos son la de Mars-la-Tour o Vionville (16 de agosto) y la de Gravelotte-Saint-Privat (18 de agosto) de que se habla a continuación. ↩
Charles-Auguste Frossard (1807-1875), general francés, mandaba el 2.º Cuerpo del Ejército del Rin, derrotado en Spicheren el 6 de agosto. ↩
Federico Carlos de Prusia (1828-1885), sobrino del rey Guillermo I, mandaba el II Ejército alemán. ↩
Claude-Théodore Decaen (1811-1870), general francés, mandaba el 3.º Cuerpo tras el nombramiento de Bazaine como comandante en jefe y murió de las heridas recibidas en esta batalla; Paul de Ladmirault (1808-1898) mandaba el 4.º Cuerpo. ↩
El águila de bronce que coronaba las banderas de los regimientos franceses desde Napoleón I; tomarla era el mayor trofeo de una batalla. ↩
François-Achille Bazaine (1811-1888), mariscal de Francia, comandante en jefe del Ejército del Rin desde el 12 de agosto de 1870. François Canrobert (1809-1895), mariscal de Francia, mandaba el 6.º Cuerpo. ↩
Georges Jeannerod, antiguo oficial del ejército francés, corresponsal militar del diario parisino Le Temps durante la guerra. ↩
La batalla de Gravelotte-Saint-Privat, la mayor de la guerra. ↩
En la campaña de Italia de 1796-1797 Bonaparte encerró en Mantua al ejército austríaco del general Dagobert Sigmund von Wurmser, que tuvo que capitular en febrero de 1797; en octubre de 1805 el general austríaco Karl Mack von Leiberich, cercado en Ulm, capituló con todo su ejército. ↩
Patrice de MacMahon (1808-1893), mariscal de Francia, derrotado en Wörth (Frœschwiller) el 6 de agosto de 1870; después mandó el ejército que se formó en Châlons. ↩
Pierre-Louis de Failly (1810-1892) mandaba el 5.º Cuerpo francés; Félix Douay (1816-1879), el 7.º. Al empezar la guerra Francia había preparado un desembarco en las costas alemanas del Báltico, que no llegó a hacerse. ↩
Batallones de depósito que se formaban al estallar la guerra con reservistas y reclutas para completar los regimientos. ↩
La Garde nationale mobile, creada por la ley militar de 1868 con los hombres que no servían en el ejército regular; estaba mal instruida y peor equipada. ↩