Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1737, del 7 de septiembre de 1870, como entrega XVI de su serie «Notes on the War» («Notas sobre la guerra»). Traducido por la Escuela de marxismo, 2026, del original inglés según la transcripción del periódico hecha por Tony Brown para el Marxists Internet Archive, cotejada con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), pp. 88-91. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
La capitulación de Sedán decide la suerte del último ejército francés en campaña. Decide al mismo tiempo la suerte de Metz y del ejército de Bazaine; descartada ya toda liberación, también ellos tendrán que capitular, quizá esta semana, casi con seguridad no más tarde de la semana que viene.
Queda el colosal campo atrincherado de París, la última esperanza de Francia. Las fortificaciones de París forman el conjunto de obras de ingeniería militar más enorme que se haya construido nunca; todavía no se han puesto a prueba, y por eso las opiniones sobre su valor no solo están divididas, sino que son absolutamente contradictorias. Examinando los hechos reales del caso obtendremos una base segura sobre la que fundar nuestras conclusiones.
Montalembert1, oficial francés de caballería, pero ingeniero militar de un genio poco común y quizá sin igual, fue el primero que propuso y elaboró, en la segunda mitad del siglo XVIII, el plan de rodear las fortalezas de fuertes destacados a una distancia tal que pusieran la plaza misma a salvo del bombardeo. Antes de él las obras exteriores —ciudadelas, lunetas, etc.— estaban más o menos adosadas al recinto o muralla de la plaza, y casi nunca más alejadas de ella que el pie del glacis. Él propuso fuertes lo bastante grandes y sólidos para sostener un sitio por separado, a una distancia de las murallas de la ciudad de seiscientas a mil doscientas yardas, y aun más. Durante años la nueva teoría fue tratada con desprecio en Francia, mientras que en Alemania encontró discípulos dispuestos cuando, después de 1815, hubo que fortificar la línea del Rin. Colonia, Coblenza, Maguncia, y más tarde Ulm, Rastatt y Germersheim se rodearon de fuertes destacados; Aster2 y otros modificaron las propuestas de Montalembert, y así surgió un nuevo sistema de fortificación, conocido con el nombre de escuela alemana. Poco a poco los franceses empezaron a ver la utilidad de los fuertes destacados, y cuando se fortificó París3 se vio en seguida que no valía la pena construir la inmensa línea de murallas que rodea la ciudad si no la cubrían fuertes destacados, pues de lo contrario una brecha abierta en un punto de la muralla traería consigo la caída del conjunto.
La guerra moderna ha mostrado en más de un caso el valor de estos campos atrincherados, formados por un círculo de fuertes destacados con la fortaleza principal como núcleo. Mantua, por su posición, era un campo atrincherado, y también lo era, más o menos, Danzig en 1807, y estas dos fueron las únicas fortalezas que detuvieron alguna vez a Napoleón I. Además, en 1813 Danzig pudo, gracias a sus fuertes destacados —obras de campaña en su mayor parte—, oponer una larga resistencia. Toda la campaña de Radetzky de 1849 en Lombardía giró en torno al campo atrincherado de Verona, núcleo a su vez del célebre Cuadrilátero4, igual que toda la guerra de Crimea dependió de la suerte del campo atrincherado de Sebastopol, que resistió tanto tiempo solo porque los aliados no pudieron cercarlo por todos lados y cortar a los sitiados los víveres y los refuerzos.
El caso de Sebastopol es, para nuestro propósito, el más pertinente, porque la extensión de la plaza fortificada era mayor que en ningún caso anterior. Pero París es mucho mayor todavía que Sebastopol. El perímetro de los fuertes mide unas veinticuatro millas. ¿Aumentará en proporción la fuerza de la plaza?
Las obras en sí son modelos en su género. Son de la máxima sencillez: un simple recinto abaluartado, sin una sola media luna delante de las cortinas; los fuertes, en su mayoría cuadriláteros o pentágonos abaluartados, sin medias lunas ni otras obras exteriores; aquí y allá un hornabeque o una obra coronada para cubrir una altura avanzada. No están construidas tanto para la defensa pasiva como para la activa. Se espera que la guarnición de París salga a campo abierto, use los fuertes como puntos de apoyo para sus flancos y, con salidas constantes en gran escala, haga imposible el sitio en regla de dos o tres fuertes cualesquiera. Así, mientras los fuertes protegen a la guarnición de la ciudad de que el enemigo se acerque demasiado, la guarnición tendrá que proteger a los fuertes de las baterías de sitio; tendrá que destruir constantemente las obras de los sitiadores. Añadamos que la distancia de los fuertes a las murallas excluye la posibilidad de un bombardeo eficaz de la ciudad hasta que se hayan tomado por lo menos dos o tres fuertes. Añadamos además que la posición, en la confluencia del Sena y el Marne, ambos de curso sumamente sinuoso, y con una fuerte cadena de colinas en el frente más expuesto, el del nordeste, ofrece grandes ventajas naturales, que se han aprovechado al máximo al trazar las obras.
Si pueden cumplirse estas condiciones y se puede alimentar con regularidad a los dos millones de personas que hay dentro, París es sin duda una plaza extremadamente fuerte. Procurar víveres a los habitantes no es cosa muy difícil si se emprende a tiempo y se lleva a cabo con método. Que se haya hecho así en este caso es muy dudoso. Lo que ha hecho el gobierno anterior5 parece obra espasmódica y hasta irreflexiva. Acumular ganado vivo sin forraje para él fue un perfecto disparate. Podemos suponer que, si los alemanes actúan con su decisión de costumbre, encontrarán París muy mal abastecido para un sitio largo.
Pero ¿qué hay de la condición principal, la defensa activa, la guarnición que sale a atacar al enemigo en lugar de quedarse detrás de las murallas6? Para mostrar toda la fuerza de sus obras e impedir que el enemigo saque partido de su debilidad, la falta de obras exteriores que protejan los fosos principales, París necesita contar entre sus defensores con un ejército regular. Y esa era la idea fundamental de los hombres que trazaron las obras: que un ejército francés derrotado, una vez demostrado que no podía sostenerse en campaña, se replegara sobre París y tomara parte en la defensa de la capital; ya directamente, como una guarnición bastante fuerte para impedir, con ataques constantes, un sitio en regla y hasta un cerco completo, ya indirectamente, tomando posición detrás del Loira, rehaciendo allí sus fuerzas y cayendo luego, según se presentaran las ocasiones, sobre los puntos débiles que los sitiadores, en su inmensa línea de cerco, no podrían evitar ofrecer.
Ahora bien, toda la conducta de los mandos franceses en esta guerra ha contribuido a privar a París de esta única condición esencial de su defensa. De todo el ejército francés no quedan más que las tropas que se quedaron en París y el cuerpo del general Vinoy (el 13.º, al principio el de Trochu)7; en total, quizá 50.000 hombres, casi todos, si no todos, de cuartos batallones y de la Guardia Móvil. A estos pueden añadirse quizá otros 20.000 o 30.000 hombres de cuartos batallones y un número indeterminado de guardias móviles de las provincias, levas bisoñas totalmente incapaces para la campaña. Hemos visto en Sedán lo poco que sirven tales tropas en una batalla. Sin duda serán más de fiar cuando tengan fuertes en los que replegarse, y unas semanas de instrucción, disciplina y combate las mejorarán ciertamente. Pero la defensa activa de una gran plaza como París supone movimientos de grandes masas a campo abierto, batallas en regla a cierta distancia por delante de los fuertes que las amparan, intentos de romper la línea de cerco o de impedir que se complete. Y para eso, para atacar a un enemigo superior, cuando hacen falta sorpresa y empuje y las tropas tienen que estar para ello perfectamente en la mano, la guarnición actual de París apenas servirá.
Suponemos que los ejércitos alemanes III y IV unidos, con sus buenos 180.000 hombres, aparecerán delante de París en el curso de la semana próxima, la rodearán con columnas volantes de caballería, destruirán las comunicaciones ferroviarias, y con ellas toda posibilidad de abastecimientos en gran escala, y prepararán el cerco en regla, que se completará al llegar el I y el II Ejército tras la caída de Metz, y aún sobrarán hombres para enviarlos más allá del Loira a batir el país e impedir todo intento de formar un nuevo ejército francés. Si París no se rinde, tendrá que empezar el sitio en regla, que, a falta de una defensa activa, avanzará con relativa rapidez. Este sería el curso normal de las cosas si no hubiera más que consideraciones militares; pero los asuntos han llegado ahora a un punto en que estas pueden quedar a un lado ante acontecimientos políticos, y pronosticarlos no nos corresponde aquí.
Marc-René de Montalembert (1714-1800), ingeniero militar francés, propuso un sistema de fortificación «perpendicular» con fuertes destacados y casamatas, que se aplicó sobre todo en Alemania. ↩
Ernst Ludwig von Aster (1778-1855), general e ingeniero militar prusiano, dirigió la fortificación de Coblenza y Ehrenbreitstein y fue inspector general de fortalezas. ↩
Las fortificaciones de París (la muralla de Thiers y los fuertes destacados) se construyeron entre 1841 y 1845, bajo el gobierno de Thiers y de Guizot. ↩
El Cuadrilátero de fortalezas austríacas del norte de Italia: Mantua, Peschiera, Verona y Legnago. ↩
El último gobierno del Segundo Imperio, el del general Cousin-Montauban, conde de Palikao (agosto-septiembre de 1870), derribado por la revolución del 4 de septiembre en París, que proclamó la república. ↩
En la transcripción del periódico se lee «striking behind the ramparts»; traducimos según el sentido, que es también el de la versión alemana de la MEW («hinter den Wällen zu hocken»). ↩
Joseph Vinoy (1800-1880), general francés, consiguió retirar su 13.º Cuerpo a París tras Sedán; Louis-Jules Trochu (1815-1896), general, gobernador de París desde el 17 de agosto de 1870 y, desde el 4 de septiembre, presidente del Gobierno de la Defensa Nacional. ↩