Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1739, del 9 de septiembre de 1870, como entrega XVII de su serie «Notes on the War» («Notas sobre la guerra»). Traducido por la Escuela de marxismo, 2026, del original inglés según la transcripción del periódico hecha por Tony Brown para el Marxists Internet Archive, cotejada con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), pp. 92-95. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

El tiempo que les llevará a los ejércitos alemanes marchar sobre París y abrir allí una nueva fase de la guerra nos da ocasión de echar una mirada atrás a lo que ha venido ocurriendo a espaldas del frente de las tropas en campaña, delante de las fortalezas.

Dejando aparte Sedán, que entró como corolario en la capitulación del ejército de MacMahon, los alemanes han tomado cuatro fortalezas: La Petite-Pierre y Vitry sin dar un golpe; Lichtenberg y Marsal tras un breve bombardeo. A Bitche se han limitado a bloquearla; están sitiando Estrasburgo; han bombardeado, hasta ahora sin resultado, Phalsbourg, Toul y Montmédy; y se proponen empezar dentro de unos días los sitios en regla de Toul y de Metz.

Con excepción de Metz, protegida por fuertes destacados muy adelantados respecto de la ciudad, todas las demás fortalezas que resistieron han sido sometidas a bombardeo. Este procedimiento ha formado parte en todos los tiempos de las operaciones de un sitio en regla; al principio se pretendía con él sobre todo destruir los depósitos de víveres y municiones de los sitiados, pero desde que se ha hecho costumbre ponerlos a salvo en bóvedas a prueba de bomba construidas con ese fin, el bombardeo se ha usado cada vez más para incendiar y destruir el mayor número posible de edificios dentro de la fortaleza. La destrucción de los bienes y de las provisiones de los habitantes de la plaza se convirtió en un medio de presión sobre ellos y, a través de ellos, sobre la guarnición y el comandante. En los casos en que la guarnición era débil, indisciplinada y estaba desmoralizada, y el comandante carecía de energía, a menudo bastaba un bombardeo para conseguir la rendición de una fortaleza. Así ocurrió sobre todo en 1815, después de Waterloo, cuando toda una serie de fortalezas, guarnecidas sobre todo por guardias nacionales, se rindieron tras un breve bombardeo sin esperar a un sitio en regla. Avesnes, Guise, Maubeuge, Landrecies, Marienbourg, Philippeville, etc., cayeron todas tras unas horas, o a lo sumo unos días, de cañoneo. Sin duda fue el recuerdo de esos éxitos, y el saber que la mayoría de las plazas fronterizas estaban guarnecidas sobre todo por guardias móviles y por la Guardia Nacional sedentaria1, lo que llevó a los alemanes a probar otra vez el mismo plan. Además, como la introducción de la artillería rayada ha hecho de las granadas los proyectiles casi exclusivos incluso de la artillería de campaña, ahora es relativamente fácil bombardear una plaza e incendiar sus edificios con los cañones de campaña ordinarios de un cuerpo de ejército, sin esperar, como antes, la llegada de los morteros y de los obuses pesados de sitio.

Aunque esté admitido en la guerra moderna, no hay que olvidar que el bombardeo de las casas particulares de una fortaleza es siempre una medida muy dura y cruel, a la que no debería recurrirse sin una esperanza razonable, por lo menos, de forzar la rendición, ni sin cierto grado de necesidad. Si se bombardean plazas como Phalsbourg, Lichtenberg y Toul, puede justificarse alegando que cierran pasos de montaña y ferrocarriles cuya posesión inmediata es de la mayor importancia para el invasor y que razonablemente cabía esperar conseguir con unos días de cañoneo. Si dos de esas plazas han resistido hasta ahora, tanto más honor para la guarnición y para los habitantes. Pero con el bombardeo de Estrasburgo, que precedió al sitio en regla, el caso es muy distinto.

Estrasburgo, una ciudad de más de 80.000 habitantes, rodeada de fortificaciones a la anticuada manera del siglo XVI, fue reforzada por Vauban2, que construyó fuera de la ciudad, más cerca del Rin, una ciudadela y la unió con las murallas de la ciudad mediante las líneas continuas de lo que entonces se llamaba un campo atrincherado. Como la ciudadela domina la ciudad y puede defenderse por sí sola después de que la ciudad haya capitulado, el modo más sencillo de tomar las dos sería atacar en seguida la ciudadela para no tener que pasar por dos sitios sucesivos; pero las obras de la ciudadela son mucho más fuertes, y su situación en las tierras bajas y pantanosas cercanas al Rin hace tanto más difícil abrir trincheras, que las circunstancias pueden aconsejar, y por lo general aconsejarán, atacar antes la ciudad, con cuya caída la defensa ulterior de la ciudadela sola perdería, a ojos de un comandante débil, gran parte de su objeto, salvo en la medida en que pudiera asegurar mejores condiciones de rendición. Pero, en todo caso, si solo se toma la ciudad, queda por reducir la ciudadela, y un comandante tenaz puede seguir resistiendo y mantener bajo su fuego la ciudad y las instalaciones que el sitiador tenga en ella.

En estas circunstancias, ¿de qué podía servir bombardear la ciudad? Si todo salía bien, los habitantes podrían desmoralizar a la mayor parte de la guarnición y obligar al comandante a abandonar la ciudad y meterse con lo más escogido de sus soldados, de 3.000 a 5.000 hombres, en la ciudadela, y continuar allí la defensa teniendo la ciudad bajo su fuego. Y el carácter del general Uhrich3 (pues ese, y no Ulrich, es el nombre del valiente viejo soldado) era lo bastante conocido para que nadie supusiera que se dejaría intimidar hasta rendir la ciudad y la ciudadela por muchas granadas que se arrojaran sobre ellas. Bombardear una plaza dominada por una ciudadela independiente es de por sí un absurdo y una crueldad inútil. Desde luego, las granadas perdidas o el cañoneo lento de un sitio siempre harán daño en una ciudad sitiada; pero eso no es nada comparado con la destrucción y el sacrificio de vidas civiles en un bombardeo regular y sistemático de seis días como el que se ha infligido a la desdichada ciudad.

Los alemanes dicen que necesitan tener pronto la ciudad, por razones políticas. Se proponen quedársela en la paz. Si es así, el bombardeo, de una dureza sin igual, no solo fue un crimen, sino también un error. ¡Excelente manera, en verdad, de ganarse las simpatías de una ciudad condenada a la anexión, incendiándola y matando a buen número de sus habitantes con la explosión de las granadas! ¿Y ha adelantado el bombardeo la rendición en un solo día? No, que nosotros veamos. Si los alemanes quieren anexionarse la ciudad y quebrar las simpatías francesas de sus habitantes, su plan debería haber sido tomar la ciudad con un sitio en regla lo más corto posible, sitiar luego la ciudadela y poner al comandante ante el dilema de renunciar a alguno de los medios de defensa de que dispone o de disparar contra la ciudad.

Tal como están las cosas, las inmensas cantidades de granadas arrojadas sobre Estrasburgo no han hecho innecesario un sitio en regla. El 29 de agosto hubo que abrir la primera paralela por el lado noroeste de la fortaleza, cerca de Schiltigheim, a una distancia de 500 a 650 yardas de las obras. El 3 de septiembre se abrió la segunda paralela (algunos corresponsales la llaman por error la tercera) a 330 yardas; el inútil bombardeo se ha suspendido por orden del rey de Prusia, y puede que se tarde hasta el 17 o el 20 en abrir una brecha practicable en las murallas. Pero en este caso todos los cálculos son aventurados. Es el primer sitio en que se emplean contra la mampostería las granadas de percusión de la moderna artillería rayada. En sus pruebas durante el desmantelamiento de Jülich4 los prusianos obtuvieron resultados extraordinarios; se abrieron brechas en la mampostería y se demolieron blocaos a grandes distancias, y con tiro indirecto (es decir, desde baterías desde las que no se veía el objetivo); pero aquello fue solo un experimento en tiempo de paz y tendrá que confirmarse en la guerra real. Estrasburgo servirá para darnos una idea bastante buena del efecto de la moderna artillería rayada pesada en las operaciones de sitio, y por eso merece la pena seguir su sitio con especial interés.

  1. La Garde nationale sédentaire, milicia ciudadana que servía en su localidad, a diferencia de la Guardia Móvil, que podía movilizarse fuera de ella. ↩

  2. Sébastien Le Prestre de Vauban (1633-1707), mariscal de Francia, el más célebre ingeniero militar de su tiempo; fortificó Estrasburgo tras su anexión a Francia en 1681. ↩

  3. Jean-Jacques-Alexis Uhrich (1802-1886), general francés, defendió Estrasburgo hasta su capitulación el 28 de septiembre de 1870. ↩

  4. La fortaleza prusiana de Jülich, en Renania, abandonada como plaza fuerte hacia 1860; antes de demolerlas, los prusianos usaron sus obras para ensayos de tiro con la nueva artillería rayada. ↩