Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1869, del 8 de febrero de 1871. Traducimos del original inglés, según la transcripción de Tony Brown del texto del periódico en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 257-260), que lo titula «Die militärische Lage Frankreichs» («La situación militar de Francia»), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Si la serie de desastres de las armas francesas que marcan la campaña de enero (las derrotas de Faidherbe1 y Chanzy,2 la caída de París, la derrota de Bourbaki3 y su rendición a los suizos), si todos estos acontecimientos aplastantes, concentrados en el breve plazo de tres semanas, pueden muy bien considerarse como el quebranto del espíritu de resistencia en Francia, ahora no parece improbable que los alemanes, con sus exigencias desmesuradas, vuelvan a despertar ese espíritu. Si el país ha de quedar completamente arruinado tanto por la paz como por la guerra, ¿para qué hacer la paz? Las clases propietarias, la clase media de las ciudades y los grandes terratenientes, con una parte del pequeño campesinado, formaban hasta ahora el partido de la paz; se podía contar con que eligieran diputados de la paz para la Asamblea Nacional; pero si se insiste en exigencias tan inauditas, el grito de guerra a muerte puede alzarse de sus filas igual que de las de los obreros de las grandes ciudades. En todo caso, conviene no desdeñar ninguna posibilidad de que la guerra se reanude después del 19 de febrero…;4 tanto más cuanto que los propios alemanes, si hemos de fiarnos del Daily News de hoy, no están tan satisfechos del cariz de las cosas como para abstenerse de preparativos serios para reanudar las hostilidades. Echemos, pues, otra ojeada al aspecto militar de la situación.
Los veintisiete departamentos de Francia ocupados ahora por los prusianos abarcan una superficie de 15.800.000 hectáreas, con una población (descontadas las fortalezas que todavía no se han rendido) de algo menos de 12.500.000 habitantes. La extensión de toda Francia es de 54.240.000 hectáreas, y su población, de 37.382.000. Resulta, pues, que, en números redondos, treinta y ocho millones y medio de hectáreas, con una población de 25.000.000, siguen sin conquistar: dos tercios largos de la población y bastante más de dos tercios del suelo. París y Metz, cuya resistencia retrasó tanto tiempo el avance enemigo, han caído, desde luego. En el interior del país no conquistado no hay otro campo atrincherado (salvo Lyon) capaz de desempeñar el papel que han desempeñado esas dos fortalezas. Algo menos de 700.000 franceses (sin contar la Guardia Nacional de París) están prisioneros de guerra o internados en Suiza. Pero hay otras circunstancias que pueden compensar esa falta, aun cuando el armisticio de tres semanas no se aproveche para crear nuevos campos rodeados de obras de campaña, para lo cual hay tiempo de sobra.
La gran masa de la Francia no conquistada se halla al sur de la línea Nantes-Besanzón; forma un bloque compacto, cubierto por tres lados por el mar o por fronteras neutrales, y abierto al ataque enemigo solo por su línea de límite septentrional. Aquí está la fuerza de la resistencia nacional; aquí se encuentran los hombres y el material para continuar la guerra si se reanuda. Para conquistar y ocupar este inmenso rectángulo de 450 millas por 250, frente a una resistencia desesperada, regular e irregular, de sus habitantes, no bastarían las fuerzas actuales de los prusianos. La rendición de París, dejando cuatro cuerpos de guarnición en la capital, dejará libres nueve divisiones; la rendición de Bourbaki deja libres las seis divisiones de línea de Manteuffel;5 en total, quince divisiones, o de 150.000 a 170.000 soldados más para operaciones en campaña, que se suman a las cuatro divisiones de Goeben6 y a las ocho de Federico Carlos.7 Pero Goeben tiene trabajo de sobra en el norte, y Federico Carlos ha mostrado, al detenerse en Tours y en Le Mans, que su capacidad ofensiva está agotada del todo, de modo que para la conquista del sur no quedan más que las quince divisiones citadas; y durante unos meses no pueden llegar más refuerzos.
A esas quince divisiones tendrán que oponer los franceses, al principio, sobre todo formaciones nuevas. En torno a Nevers y Bourges estaban los cuerpos 15.º y 25.º; en la misma zona tiene que haber estado el 19.º Cuerpo, del que no sabemos nada desde principios de diciembre. Está además el 24.º Cuerpo, que escapó del naufragio de Bourbaki, y las tropas de Garibaldi,8 reforzadas hace poco hasta 50.000 hombres, aunque no sabemos con qué unidades ni de dónde. El conjunto suma unas trece o catorce divisiones, quizá incluso dieciséis, pero del todo insuficientes en cantidad y calidad para detener el avance de los nuevos ejércitos que seguramente se lanzarán contra ellas si el armisticio expira sin haberse hecho la paz. Pero el armisticio de tres semanas no solo dará a esas divisiones francesas tiempo para consolidarse; permitirá también a las reclutas más o menos bisoñas que están ahora en los campamentos de instrucción, y que Gambetta9 calcula en 250.000 hombres, transformar al menos sus mejores batallones en cuerpos útiles, capaces de hacer frente al enemigo; y así, si se reanudara la guerra, los franceses podrían estar en condiciones de rechazar toda invasión seria del sur, quizá no en la línea de límite del Loira ni mucho más al norte de Lyon, pero sí en puntos donde la presencia del enemigo no menoscabe de manera efectiva su fuerza de resistencia.
Como es natural, el armisticio da tiempo de sobra para restablecer el equipo, la disciplina y la moral de los ejércitos de Faidherbe y de Chanzy, así como de todas las demás tropas de Cherburgo, El Havre, etc. La cuestión es si el tiempo se empleará así. Mientras la fuerza de los franceses aumentará de este modo considerablemente, tanto en número como en calidad, la de los alemanes apenas recibirá incremento alguno. En esto, el armisticio será una bendición para el lado francés.
Pero, además del bloque compacto de la Francia meridional, quedan sin conquistar las dos penínsulas de Bretaña, con Brest, y del Cotentin, con Cherburgo, y además los dos departamentos del norte con sus fortalezas. También El Havre forma en la costa un punto bien fortificado y no conquistado. Cada uno de estos cuatro distritos tiene por lo menos una plaza bien fortificada en la costa donde puede ponerse a salvo un ejército en retirada; de modo que la flota, que en este momento no tiene nada, absolutamente nada más que hacer, puede mantener las comunicaciones entre el sur y todos ellos, transportar tropas de un sitio a otro según lo pida el caso y permitir así, de repente, a un ejército derrotado reanudar la ofensiva con fuerzas superiores. Así, mientras estos cuatro distritos del oeste y del norte son en cierta medida inatacables, forman otros tantos puntos débiles en los flancos de los prusianos. La línea de peligro real para los franceses se extiende de Angers a Besanzón; para los alemanes se extiende además de Angers, por Le Mans, Ruan y Amiens, hasta la frontera belga. Las ventajas obtenidas sobre los franceses en esta última línea nunca pueden llegar a ser decisivas si ellos usan un sentido común moderado; pero las obtenidas sobre los alemanes pueden, en ciertas condiciones, llegar a serlo.
Tal es la situación estratégica. Usando con provecho la flota, los franceses podrían mover sus hombres en el oeste y en el norte de manera que obligaran a los alemanes a mantener en esa zona fuerzas muy superiores y a debilitar las fuerzas enviadas a la conquista del sur, cosa que impedir sería su objetivo principal. Concentrando sus ejércitos más de lo que lo han hecho hasta ahora y, por otro lado, enviando partidas guerrilleras pequeñas más numerosas, podrían aumentar el efecto que cabe obtener de las fuerzas disponibles. En Cherburgo y en El Havre parece haber habido muchas más tropas de las necesarias para la defensa; y la destrucción, bien ejecutada, del puente de Fontenoy, cerca de Toul, en el centro del país ocupado por los conquistadores, muestra lo que pueden hacer unos guerrilleros audaces. Porque, si la guerra ha de reanudarse después del 19 de febrero, tiene que ser realmente una guerra a muerte, una guerra como la de España contra Napoleón; una guerra en la que ninguna cantidad de fusilamientos e incendios baste para quebrantar el espíritu de resistencia.
Louis Faidherbe (1818-1889), general francés, jefe del Ejército del Norte, derrotado en San Quintín el 19 de enero de 1871. ↩
Antoine Chanzy (1823-1883), general francés, jefe del 2.º Ejército del Loira, derrotado en Le Mans (10-12 de enero de 1871). ↩
Charles-Denis Bourbaki (1816-1897), general francés, jefe del Ejército del Este, que pasó a Suiza y fue internado allí el 1 de febrero de 1871. ↩
El armisticio firmado en Versalles el 28 de enero de 1871 expiraba el 19 de febrero; luego se prorrogó. ↩
Edwin von Manteuffel (1809-1885), general prusiano, jefe del Ejército del Sur. ↩
August Karl von Goeben (1816-1880), general prusiano, jefe del I Ejército alemán. ↩
Federico Carlos de Prusia (1828-1885), sobrino del rey Guillermo I, jefe del II Ejército alemán. ↩
Giuseppe Garibaldi (1807-1882) mandaba el Ejército de los Vosgos, formado por voluntarios franceses y extranjeros. ↩
Léon Gambetta (1838-1882), ministro del Interior y de la Guerra del Gobierno de la Defensa Nacional; dimitió el 6 de febrero de 1871. ↩