Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1852, del 19 de enero de 1871, como una de sus «Notas sobre la guerra» («Notes on the War»). Traducimos del original inglés, según la transcripción de Tony Brown del texto del periódico en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 237-242), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Desde que, después de Sedan,1 París se vio amenazado por primera vez en serio por un ataque enemigo, hemos insistido en la gran fuerza de una capital fortificada como París; pero nunca hemos dejado de añadir que, para que desplegara por completo su capacidad defensiva, necesitaba un gran ejército regular que la defendiera; un ejército demasiado poderoso para que se lo pudiera encerrar en las obras de la plaza o impedirle maniobrar en campo abierto alrededor de la fortaleza, que le serviría de pivote y, en parte, de base de operaciones.
En condiciones normales, ese ejército estaría casi siempre a mano, como cosa natural. Los ejércitos franceses, derrotados cerca de la frontera, se replegarían sobre París como su último y principal baluarte; en circunstancias ordinarias llegarían allí con fuerza suficiente y encontrarían refuerzos suficientes para poder cumplir la tarea que se les asignara. Pero esta vez la estrategia del Segundo Imperio había hecho desaparecer del campo de batalla todos los ejércitos franceses. A uno había conseguido dejarlo encerrado, a todas luces sin remedio, en Metz; el otro acababa de capitular en Sedan. Cuando los prusianos llegaron ante París, unos cuantos depósitos a medio llenar, cierto número de móviles de provincias (recién reclutados) y la Guardia Nacional del lugar (sin formar siquiera a medias) eran todas las fuerzas dispuestas para su defensa.
Aun en esas circunstancias, la fuerza intrínseca de la plaza resultó tan formidable para los invasores, y la tarea de atacar lege artis2 esta inmensa ciudad y sus obras exteriores les pareció tan gigantesca, que renunciaron a ella en el acto y optaron por rendir la plaza por hambre. Por entonces Henri Rochefort3 y otros formaron una «Comisión de Barricadas», encargada de construir una tercera línea interior de defensa que preparase el terreno para esa forma de lucha tan propiamente parisina: la defensa de barricadas y el combate casa por casa. La prensa de aquellos días se burló mucho de esa comisión; pero las publicaciones oficiosas del Estado Mayor prusiano no dejan ninguna duda de que fue sobre todo la certeza de tener que afrontar una lucha encarnizada en las barricadas lo que les hizo decidirse por rendir la plaza por hambre. Los prusianos sabían muy bien que los fuertes, y después de ellos el recinto, si solo los defendía la artillería, tenían que caer en un plazo determinado; pero entonces llegaría una fase de la lucha en la que las tropas recién reclutadas, y hasta los civiles, podrían medirse con los veteranos; en la que habría que conquistar casa tras casa y calle tras calle, y, dado el gran número de los defensores, con la certeza de una inmensa pérdida de vidas. Quien consulte los artículos del Staats-Anzeiger4 prusiano sobre el asunto encontrará que esa es la razón que se da como decisiva contra un sitio en regla.
El cerco empezó el 19 de septiembre, hoy hace exactamente cuatro meses. Al día siguiente, el general Ducrot,5 que mandaba las tropas regulares de París, hizo una salida con tres divisiones en dirección a Clamart y perdió siete cañones y 3.000 prisioneros. Siguieron salidas parecidas el 23 y el 30 de septiembre y el 13 y el 21 de octubre, que acabaron todas con pérdidas considerables para los franceses, sin más ventaja que, quizá, acostumbrar a las tropas jóvenes al fuego enemigo. El 28 se hizo otra salida, con mejor fortuna, contra Le Bourget: se tomó el pueblo y se sostuvo durante dos días; pero el 30, la 2.ª División de la Guardia prusiana (trece batallones, por entonces menos de 10.000 hombres) lo reconquistó. Era evidente que los franceses habían aprovechado muy mal esos dos días, durante los cuales podrían haber convertido en una fortaleza el pueblo, de sólida construcción, y que habían descuidado tener reservas a mano para socorrer a tiempo a los defensores; de otro modo, una fuerza tan modesta no habría podido arrebatarles la posición.
Tras ese esfuerzo siguió un mes de calma. Trochu6 se proponía evidentemente mejorar la instrucción y la disciplina de sus hombres antes de arriesgar de nuevo grandes salidas, y con mucha razón. Pero al mismo tiempo descuidó llevar adelante esa guerra de puestos avanzados, de reconocimientos y patrullas, de emboscadas y sorpresas, que es hoy la ocupación habitual de los hombres en el frente francés alrededor de París: un género de guerra como ningún otro para dar a las tropas jóvenes confianza en sus oficiales y en sí mismas, y la costumbre de hacer frente al enemigo con serenidad. Las tropas que han descubierto que en pequeños grupos, en secciones sueltas, medias compañías o compañías, pueden sorprender, derrotar o capturar a grupos parecidos del enemigo aprenderán pronto a hacerle frente batallón contra batallón. Además, así aprenderán lo que es de verdad el servicio de puestos avanzados, que muchos de ellos parecían ignorar todavía en diciembre.
El 28 de noviembre, por fin, se inauguró la serie de salidas que culminó en la gran salida del 30 de noviembre a través del Marne y en el avance de todo el frente oriental de París. El 2 de diciembre los alemanes volvieron a tomar Brie y parte de Champigny, y al día siguiente los franceses repasaron el Marne. Como intento de romper las líneas atrincheradas de circunvalación que habían levantado los sitiadores, el ataque fracasó por completo: se había llevado a cabo sin la energía necesaria. Pero dejó en manos de los franceses una parte considerable del terreno, hasta entonces disputado, que tenían delante de sus líneas. Pasó a su poder una franja de terreno de unas dos millas de ancho, desde Drancy hasta el Marne, cerca de Neuilly: un terreno dominado por completo por el fuego de los fuertes, cubierto de pueblos de sólida construcción, fáciles de defender, y que tenía en la meseta de Avron una nueva posición dominante. Aquí había, pues, una ocasión de ensanchar de manera permanente el círculo de la defensa; desde ese terreno, una vez bien asegurado, podría haberse intentado un nuevo avance, y, o bien la línea de los sitiadores se habría «abombado» hacia dentro hasta el punto de hacer posible un ataque victorioso contra sus líneas, o bien, concentrando aquí una fuerza poderosa, se los habría obligado a debilitar su línea en otros puntos y se habría facilitado así un ataque francés. Pues bien, ese terreno siguió en manos de los franceses un mes entero. Los alemanes se vieron obligados a levantar baterías de sitio contra Avron, y aun así dos días de fuego de esas baterías bastaron para desalojar de allí a los franceses; y, perdido Avron, se abandonaron también las demás posiciones. Es cierto que el 21 se habían hecho nuevos ataques en todo el frente nordeste y este; Le Bourget quedó medio tomado, y se tomaron Maison Blanche y Ville-Evrard; pero todo ese terreno ganado volvió a perderse aquella misma noche. Se dejó a las tropas en el terreno, fuera de los fuertes, vivaqueando a temperaturas de entre nueve y veintiún grados por debajo del punto de congelación, y por fin se las retiró a cubierto porque, como era natural, no podían soportar la intemperie. Todo este episodio es más característico que ningún otro de la falta de decisión y de energía (la mollesse,7 casi diríamos la somnolencia) con que se lleva esta defensa de París.
El incidente de Avron indujo por fin a los prusianos a convertir el cerco en un verdadero sitio y a servirse de la artillería de sitio que se había traído por si surgían imprevistos. El 30 de diciembre comenzó el bombardeo en regla de los fuertes del nordeste y del este; el 5 de enero, el de los fuertes del sur. Ambos han continuado sin interrupción y, últimamente, los ha acompañado un bombardeo de la propia ciudad, que es una crueldad gratuita. Nadie sabe mejor que el Estado Mayor de Versalles, y nadie ha hecho afirmar más veces en la prensa, que el bombardeo de una ciudad tan extensa como París no puede adelantar su rendición ni un instante. Al cañoneo de los fuertes le sigue la apertura de paralelas en regla, al menos contra Issy; oímos que los cañones se trasladan a baterías más cercanas a los fuertes, y, a menos que la defensa pase a la ofensiva con menos titubeos que hasta ahora, pronto podemos tener noticia de daños reales en uno o varios fuertes.
Trochu, sin embargo, sigue en su inactividad, magistral o no.8 Las pocas salidas de los últimos días parecen haber sido demasiado «platónicas», como llama a todas ellas el acusador de Trochu en Le Siècle.9 Se nos dice que los soldados se negaron a seguir a sus oficiales. Si es así, eso no prueba más que una cosa: que han perdido toda confianza en la dirección suprema. Y, en efecto, no podemos dejar de concluir que un cambio en el mando supremo de París se ha vuelto una necesidad. Hay en todas las operaciones de esta defensa una indecisión, un letargo, una falta de energía sostenida que no pueden achacarse por entero a la calidad de las tropas. Que las posiciones mantenidas durante un mes, en el que solo hubo unos diez días de helada fuerte, no se atrincheraran como es debido no puede reprochársele a nadie más que a Trochu, a quien correspondía cuidar de que se hiciera. Y ese mes fue además el período crítico del sitio; al terminar, había de decidirse cuál de las dos partes, sitiadores o sitiados, ganaría terreno. La inactividad y la indecisión, no de las tropas, sino del general en jefe, han inclinado la balanza contra los sitiados.
¿Y por qué siguen todavía hoy esa inactividad y esa indecisión? Los fuertes están bajo el fuego enemigo, las baterías de los sitiadores se acercan cada vez más; la artillería francesa, como el propio Trochu reconoce, es inferior a la del atacante. Si solo los defiende la artillería, puede calcularse el día exacto en que, en estas circunstancias, las murallas de los fuertes, con mampostería y todo, cederán. La inactividad y la indecisión no pueden salvarlos. Hay que hacer algo; y si Trochu no puede hacerlo, más le valdría dejar que lo intente otro.
Kinglake10 ha conservado un episodio en el que el carácter de Trochu aparece a la misma luz que en esta defensa de París. Cuando lord Raglan y Saint-Arnaud11 habían resuelto ya el avance sobre Varna, y la División Ligera británica había sido enviada ya, el coronel Trochu, «hombre cauto y reflexivo, muy versado en la ciencia estratégica», del que
«se suponía que parte de su misión era frenar cualquier cosa que pareciera temeraria en los movimientos del mariscal francés»,
el coronel Trochu, decimos, fue a ver a lord Raglan y entabló unas negociaciones cuyo resultado fue que Saint-Arnaud declaró que había resuelto enviar
«a Varna una sola división y situar el resto de su ejército en posición, no en vanguardia, sino a retaguardia de la cordillera de los Balcanes»,
e invitó a lord Raglan a seguir su ejemplo. ¡Y eso en un momento en que los turcos estaban a punto de vencer en el Danubio sin ayuda extranjera!
Puede decirse que las tropas de París se han desanimado y ya no sirven para grandes salidas, que es demasiado tarde para salir contra las obras de sitio prusianas, que Trochu quizá reserva sus tropas para un gran esfuerzo en el último momento, etcétera. Pero si los 500.000 hombres armados de París han de rendirse a un enemigo que no llega a la mitad de su número y que, además, está situado en una posición de lo más desfavorable para la defensa, seguro que no lo harán hasta que su inferioridad quede demostrada a todo el mundo y a ellos mismos. ¡No van a sentarse, comerse la última ración de sus víveres y rendirse después! Y si se han desanimado, ¿es porque se reconocen derrotados sin remedio o porque ya no tienen ninguna confianza en Trochu? Si ahora es demasiado tarde para hacer salidas, dentro de un mes serán aún más impracticables. Y en cuanto al gran final de Trochu, cuanto antes se haga, mejor; hoy los hombres están todavía tolerablemente alimentados y fuertes, y nadie sabe cómo estarán en febrero.
En Sedan capituló el 2 de septiembre de 1870 el ejército de Mac-Mahon, con Napoleón III; el cerco alemán de París empezó el 19 de septiembre. ↩
«Según las reglas del arte». ↩
Henri Rochefort (1831-1913), periodista republicano, miembro del Gobierno de la Defensa Nacional hasta el 31 de octubre de 1870 y presidente de la Comisión de Barricadas. ↩
El Königlich Preußischer Staats-Anzeiger, boletín oficial del Gobierno prusiano. ↩
Auguste-Alexandre Ducrot (1817-1882), general francés, jefe del 14.º Cuerpo y luego del 2.º Ejército de París. ↩
Louis-Jules Trochu (1815-1896), general francés, gobernador militar de París y presidente del Gobierno de la Defensa Nacional. ↩
«Blandura», «flojedad». ↩
Alusión a la expresión inglesa masterly inactivity, «inactividad magistral». ↩
El diario republicano parisino Le Siècle. ↩
Alexander William Kinglake (1809-1891), historiador inglés, autor de The Invasion of the Crimea (1863-1887), historia de la guerra de Crimea. ↩
FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), jefe del ejército británico en la guerra de Crimea; Armand-Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal de Francia, jefe del ejército francés en Oriente en 1854. ↩