Escrito por Friedrich Engels en Londres el 4 de noviembre de 1871. Publicado en Der Volksstaat (Leipzig), n.º 91, 11 de noviembre de 1871. El título es de los editores de la MEW. Traducido del alemán, según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 458-460), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 4 de noviembre. Estamos aquí en plena euforia de prosperidad y de negocios boyantes; «estamos», es decir, la Inglaterra oficial, los grandes capitalistas. En el mercado sobra capital, que busca por todas partes una colocación rentable; las sociedades fraudulentas para hacer feliz a la humanidad y enriquecer a sus promotores brotan como setas. Lo que parece estar ahora más de moda son las minas, los yacimientos de asfalto, los tranvías de caballos para las grandes ciudades y las fundiciones de hierro; se ofrecen minas en el Volga y en Nuevo México; se han comprado yacimientos de asfalto en Saboya, en el Jura y en Hannover; Lisboa y Buenos Aires van a tener tranvías de caballos, etc. Todas estas sociedades anónimas no tienen, naturalmente, más objeto que hacer subir las acciones por el momento para que los promotores puedan deshacerse con ganancia de su parte; lo que luego sea de los accionistas ya no les importa: «¡Después de nosotros, el diluvio!». Dentro de tres o cuatro años, cinco sextas partes de estas sociedades fraudulentas habrán seguido el camino de toda carne, y con ellas el dinero de los accionistas que se quedaron pegados en la liga. Serán, como siempre, sobre todo gente modesta, que invierte sus ahorros en estas empresas «sumamente sólidas y ventajosas» precisamente cuando el fraude ha llevado las acciones a su punto más alto; y les está bien empleado. La especulación con acciones es uno de los medios más eficaces para hacer pasar a los bolsillos de los grandes capitalistas el patrimonio, supuestamente y en parte quizá realmente adquirido por ellos mismos, de la pequeña gente, para que hasta el más tonto vea claro que en el orden social actual no es posible un capital «ganado con el propio trabajo», y que todo el capital existente no es más que el producto del trabajo ajeno apropiado sin pagarlo. Y si este fraude de las fundaciones se ha puesto en pleno auge en los últimos tiempos también en Alemania y en Austria, si príncipes y judíos, cancilleres del Imperio y curitas1 dan caza juntos a los ahorros de la pequeña gente, no podemos sino alegrarnos.
Pero esta sobreabundancia de capitales en el mercado de dinero no es más que el reflejo del florecimiento de la gran industria. En casi todas las ramas de la producción se trabaja con un brío como no se había visto en años. Sobre todo en las dos industrias principales de Inglaterra, las que tienen por materia prima el hierro y el algodón.
Los hiladores de Lancashire vuelven por fin a tener algodón suficiente para ampliar en masa sus fábricas,2 y no dejan escapar la ocasión. Solo en la pequeña Oldham se están construyendo quince nuevas hilaturas, de cincuenta mil husos por término medio: en total, 750.000 husos, ¡casi tantos como tiene todo el Zollverein (sin Alsacia)!3 A eso hay que añadir los telares correspondientes, y lo mismo ocurre en las demás ciudades de Lancashire. Las fábricas de maquinaria tienen pedidos para meses, algunas para un año, y se les paga cualquier precio con tal de que puedan entregar. En una palabra, todo vuelve a parecerse a 1844, tras la apertura del mercado chino, cuando los fabricantes solo temían no poder suministrar bastante: ¡como ellos decían, tenían que vestir a 300 millones de personas!4 Entonces llegó el revés de 1845 y 1847, cuando de pronto resultó que los 300 millones de chinos se habían hecho hasta entonces sus vestidos ellos mismos, muy amablemente, y las mercancías inglesas sobreproducidas se amontonaban invendibles en todos los mercados, mientras fabricantes y especuladores quebraban por centenares. Y así volverá a suceder ahora; esta gente no aprende nada, y aunque aprendiera algo, la ley interna de la producción capitalista la obliga a repetir una y otra vez el viejo y conocido ciclo de auge de los negocios, sobreproducción y crisis, a repetirlo en una escala cada vez mayor, hasta que finalmente el levantamiento del proletariado libere a la sociedad de la necesidad de ese ciclo absurdo.
Un tal señor Schwitzguébel pide en el Volksstaat, en nombre de un Comité Federal de la Suiza romanda que yo desconozco, aclaraciones más precisas sobre lo que publiqué en el Volksstaat acerca del señor Elpidin.5 Yo no tengo nada que ver con el señor Schwitzguébel y en este asunto no tengo por qué rendir cuentas a un tercero cualquiera. Pero si el propio señor Elpidin se dirigiera a la redacción por este asunto, quedo a su disposición y ruego a la redacción del Volksstaat que en ese caso comunique mi dirección al señor Elpidin, para que pueda dirigirse directamente a mí.
Pfäfflein: diminutivo despectivo de Pfaffe, «cura». La fiebre de fundaciones de sociedades por acciones (Gründungsschwindel) que siguió en Alemania y Austria a la guerra de 1870-1871 y a la indemnización de guerra francesa terminó en el crac bursátil de 1873. ↩
Durante la guerra de Secesión norteamericana (1861-1865) el bloqueo de los puertos del Sur cortó el suministro de algodón y provocó la llamada hambre del algodón en la industria de Lancashire. ↩
Zollverein: la unión aduanera alemana. Alsacia, con su importante industria algodonera, acababa de ser anexionada por el Imperio alemán en mayo de 1871. ↩
El tratado de Nankín (1842), que puso fin a la primera guerra del opio, abrió al comercio británico cinco puertos chinos. ↩
Adhémar Schwitzguébel (1844-1895), grabador, bakuninista, uno de los dirigentes de la Federación del Jura. Mijaíl Elpidin (1835-1908), emigrado ruso en Ginebra, editor; Engels se había referido a él en una nota publicada en Der Volksstaat poco antes. El Comité Federal romando que firmaba Schwitzguébel era el de los partidarios de Bakunin, distinto del Comité Federal de Ginebra reconocido por el Consejo General. ↩