Escrito por Karl Marx en inglés, en Londres, en abril y mayo de 1871, como borrador del manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la Comuna de París; véanse el texto definitivo, La guerra civil en Francia, y el primer borrador. El manuscrito se publicó íntegro por primera vez en el Arjiv Marksa i Engelsa (tomo III [VIII], Moscú, 1934). Traducido del texto inglés del manuscrito, según la edición de Pekín (The Civil War in France, Foreign Languages Press, 1966), que sigue a la de 1934, y cotejado con la versión alemana de la MEW (tomo 17), por la Escuela de marxismo, 2026. Las palabras entre corchetes son añadidos de los editores de 1934 para completar el manuscrito; las que van entre paréntesis son de Marx, a menudo variantes que anotó junto a su primera redacción. Las citas francesas que Marx deja en su lengua se traducen en el texto y se dan en nota. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

1) El Gobierno de la Defensa. Trochu, Favre, Picard y Ferry, como diputados de París

La república proclamada el 4 de septiembre por los obreros de París fue aclamada en toda Francia sin una sola voz discordante. Su derecho a la vida se conquistó en una guerra defensiva de cinco meses (centrada en) basada en la resistencia de París. Sin esa guerra de defensa librada en nombre de la república, Guillermo el Conquistador1 habría restaurado el Imperio de su «buen hermano» Luis Bonaparte. La camarilla de abogados, con Thiers como estadista y Trochu2 como general, se instaló en el Hôtel de Ville3 en un momento de sorpresa, cuando los verdaderos dirigentes de la clase obrera de París estaban todavía encerrados en las cárceles bonapartistas y el ejército prusiano marchaba ya sobre París. Tan hondamente imbuidos estaban entonces los Thiers, los Jules Favre, los Picard de la fe en la dirección histórica de París que fundaron su título de Gobierno de la Defensa Nacional en el hecho de haber sido elegidos en las elecciones de 1869 al Corps législatif.4

En nuestro segundo manifiesto sobre la pasada guerra, cinco días después del advenimiento de esos hombres, os dijimos quiénes eran.5 Si ellos se habían adueñado del gobierno sin consultar a París, París había proclamado la república a pesar de su resistencia. Y su primer paso fue enviar a Thiers a mendigar por todas las cortes de Europa para comprar allí, si era posible, una mediación extranjera, trocando la república por un rey. París toleró su régime (su toma del poder) porque prometieron solemnemente, con gran aparato, que solo ejercerían ese poder con el único fin de la defensa nacional. Pero París no podía defenderse en serio (no había manera de defenderlo) sin armar a la clase obrera, organizarla en Guardia Nacional y adiestrarla en la guerra misma. Y París armado era la revolución social armada. La victoria de París sobre los prusianos habría sido una victoria de la república sobre la dominación de clase en Francia. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el Gobierno de la Defensa Nacional no vaciló un instante en convertirse en un Gobierno de la Defección Nacional. En una carta a Gambetta,6 Jules Favre7 confesó que de lo que Trochu se defendía no era del soldado prusiano, sino del obrero de París. Cuatro meses después de comenzado el sitio, cuando creyeron llegado el momento oportuno para soltar la primera palabra de capitulación, Trochu, en presencia de Jules Favre y de otros colegas suyos, se dirige a la reunión de los alcaldes8 de París en estos términos:

«La primera pregunta que me hicieron mis colegas la misma noche del 4 de septiembre fue esta: ¿puede París, con alguna probabilidad de éxito, resistir un sitio del ejército prusiano? No dudé en responder que no. Algunos de mis colegas aquí presentes darán fe de la verdad de mis palabras y de la persistencia de mi opinión. Les dije, en estos mismos términos, que, tal como estaban las cosas, el intento de París de sostener un sitio frente al ejército prusiano sería una locura. Sin duda, añadí, podría ser una locura heroica, pero no sería nada más… Los acontecimientos (dirigidos por él mismo) no han desmentido mi previsión».

(Este discursito de Trochu lo publicó después del armisticio el señor Corbon,9 uno de los alcaldes presentes. Así pues, la misma noche de la proclamación de la república, el «plan» de Trochu, conocido por sus colegas, no era otra cosa que la capitulación de París y de Francia. Para curar a París de su «locura heroica», había que someterlo a un tratamiento de diezmamiento y de hambre lo bastante largo para poner a salvo a los usurpadores del 4 de septiembre de la venganza de los hombres de diciembre.10 Si la defensa nacional hubiera sido algo más que un falso pretexto para «gobernar», sus miembros autodesignados habrían dimitido el 5 de septiembre, habrían revelado públicamente el «plan» de Trochu y habrían llamado al pueblo de París a rendirse en el acto al vencedor o a tomar en sus propias manos la obra de la defensa. En lugar de eso, los impostores publicaron manifiestos altisonantes en los que Trochu proclamaba que «el gobernador no capitulará jamás», y Jules Favre, el ministro de Asuntos Exteriores, que no cedería «ni una piedra de nuestras fortalezas ni una pulgada de nuestro territorio». Durante todo el sitio, el plan de Trochu se ejecutó sistemáticamente. De hecho, los viles matones bonapartistas a quienes confiaron el mando militar de París intercambiaban en su correspondencia íntima chistes groseros sobre aquella farsa de defensa, que todos entendían muy bien. (Véase, por ejemplo, la correspondencia de Alphonse Simon Guiod, comandante supremo de la artillería del ejército de defensa de París y gran cruz de la Legión de Honor, con Suzanne, general de división de artillería, publicada por el Journal officiel de la Comuna.)11 La máscara de la impostura cayó con la capitulación de París.12 El «Gobierno de la Defensa Nacional» se desenmascaró (resurgió) como el «gobierno de Francia formado por prisioneros de Bismarck», un papel que el propio Luis Bonaparte, en Sedán, había considerado demasiado infame incluso para un hombre de su calaña. En su huida desenfrenada a Versalles, después de los sucesos del 18 de marzo, los capitulards13 dejaron en manos de París las pruebas documentales de su traición, y para destruirlas, como dice la Comuna en su Manifiesto a las provincias, «no retrocederían ante la idea de convertir París en un montón de escombros bañado por un mar de sangre».

Algunos de los miembros más influyentes del Gobierno de la Defensa tenían, además, razones particulares muy apremiantes para desear apasionadamente semejante desenlace. ¡Basta con fijarse en Jules Favre, Ernest Picard y Jules Ferry!

Poco después de concluido el armisticio, el señor Millière,14 uno de los diputados de París en la Asamblea Nacional, publicó una serie de documentos jurídicos auténticos que probaban que Jules Favre, que vivía amancebado con la mujer de un borracho residente en Argel, había logrado, mediante una audacísima trama de falsificaciones prolongada durante muchos años, apoderarse, en nombre de los hijos de su adulterio, de una cuantiosa herencia que lo hizo rico, y que en el pleito entablado por los herederos legítimos solo se libró de quedar al descubierto gracias a la connivencia de los tribunales bonapartistas. Como de estos áridos documentos jurídicos no había manera de librarse ni con toda la fuerza de su retórica, Jules Favre, con el mismo heroísmo de la abyección, se mordió la lengua por una vez, hasta que el tumulto de la guerra civil le permitió estigmatizar al pueblo de París, en la Asamblea de Versalles, como una banda de «presidiarios evadidos» en abierta rebelión contra la familia, la religión, el orden y la propiedad.

([El] asunto Pic.) Apenas llegó al poder, este mismo falsario se apresuró compasivamente a poner en libertad a dos colegas falsarios, Pic y Taillefer, que habían sido condenados a presidio por robo y falsificación bajo el propio Imperio.15 Uno de ellos, Taillefer, que se atrevió a volver a París después de instalada la Comuna, fue devuelto en el acto a un alojamiento adecuado; ¡y entonces Jules Favre contó a toda Europa que París estaba poniendo en libertad a todos los criminales de sus cárceles!

Ernest Picard,16 que el 4 de septiembre se nombró a sí mismo ministro del Interior de la República Francesa después de haber intentado en vano ser ministro del Interior de Luis Bonaparte, es hermano de un tal Arthur Picard, individuo expulsado de la Bourse de París por fullero (informe de la Prefectura de Policía de 13 de julio de 1867) y condenado, por confesión propia, por el robo de 300.000 francos cuando era director de una de las sucursales de la Société générale (véase el informe de la Prefectura de Policía de 11 de diciembre de 1868). Los dos informes se publicaron ya en tiempos del Imperio. Ernest Picard hizo a este Arthur Picard redactor jefe de su Électeur libre, para que durante todo el sitio le sirviera de intermediario financiero, descontando en la Bourse los secretos de Estado confiados a Ernest y especulando sin riesgo sobre los desastres del ejército francés, mientras el común de los especuladores se dejaba extraviar por las noticias falsas y las mentiras oficiales que publicaba el Électeur libre, órgano del ministro del Interior. Toda la correspondencia financiera de esta digna pareja de hermanos ha caído en manos de la Comuna. No es de extrañar que Ernest Picard, el Joe Miller17 del gobierno de Versalles, «con las manos en los bolsillos del pantalón, fuera de grupo en grupo soltando chistes» ante la primera remesa de guardias nacionales de París hechos prisioneros y expuestos a los ultrajes feroces de los corderitos de Piétri.18

Jules Ferry,19 un abogado sin un céntimo antes del 4 de septiembre, se las arregló, como alcalde de París, para amasar durante el sitio una fortuna a costa del hambre, que era en gran parte obra de su mala administración. Las pruebas documentales están en manos de la Comuna. El día en que tuviera que rendir cuentas de su mala administración sería el día de su juicio.

Así pues, estos hombres son los enemigos mortales del París obrero, no solo como parásitos de las clases dominantes, no solo como traidores a París durante el sitio, sino ante todo como delincuentes comunes que solo en las ruinas de París, ese baluarte de la Revolución francesa, pueden esperar encontrar su libertad condicional.20 Estos desesperados eran justamente los hombres que hacían falta para ministros de Thiers.

2) Thiers, Dufaure, Pouyer-Quertier21

En el «sentido parlamentario», las cosas no son más que un pretexto para palabras que sirven de trampa para el adversario, de emboscada para el pueblo o de motivo de lucimiento artístico para el propio orador.

Su maestro, el señor Thiers, ese gnomo malicioso, ha fascinado a la burguesía francesa durante casi medio siglo porque es la expresión intelectual más acabada de su propia corrupción de clase. Antes incluso de ser estadista, había demostrado ya sus dotes para la mentira como historiador. Ávido de lucirse, como todos los hombres enanos; codicioso de cargos y de dinero; de intelecto estéril pero fantasía viva; epicúreo, escéptico, con una facilidad enciclopédica para dominar (aprender) la superficie de las cosas y convertirlas en mero pretexto para hablar; esgrimidor de palabras de rara habilidad en la conversación; escritor de una superficialidad lúcida; maestro en pequeñas bribonadas de Estado, virtuoso del perjurio, artesano de todas las mezquinas estratagemas, las astucias arteras y las viles perfidias de la guerra parlamentaria de partidos; con prejuicios nacionales y de clase en lugar de ideas y vanidad en lugar de conciencia; para desplazar a un rival y para fusilar[?] al pueblo, para ahogar la revolución; dañino en la oposición, odioso en el poder, sin escrúpulos jamás para provocar revoluciones: la historia de su vida pública es la crónica de las desgracias de su país. Aficionado a blandir con sus bracitos de enano, ante la cara de Europa, la espada del primer Napoleón, de quien se había hecho limpiabotas histórico, su política exterior culminó siempre en la humillación más completa de Francia, desde el convenio de Londres de 184122 hasta la capitulación de París de 1871 y la actual guerra civil, que libra al amparo de la invasión prusiana. Huelga decir que las corrientes profundas de la sociedad moderna fueron siempre para semejante hombre un libro cerrado; pero incluso los cambios más palpables de su superficie repugnaban a un cerebro cuya vitalidad entera se le había ido a la lengua. Así, nunca se cansó de denunciar como un sacrilegio cualquier desviación del viejo sistema proteccionista francés; siendo ministro de Luis Felipe, se burló con desdén de los ferrocarriles como de una quimera disparatada, y bajo Luis Bonaparte tachó de profanación toda reforma del podrido sistema militar francés. Con toda la versatilidad de su talento y la volubilidad de sus propósitos, estuvo siempre casado con las tradiciones de una rutina fosilizada, y nunca, en su larga carrera oficial, se hizo culpable de una sola medida de utilidad práctica, ni siquiera de la más pequeña. Solo el edificio del viejo mundo puede enorgullecerse de estar coronado por dos hombres como Napoleón el Pequeño y el pequeño Thiers. Los llamados refinamientos de la cultura aparecen en un hombre así solo como el refinamiento del libertinaje y el … del egoísmo.

Aliado con los republicanos bajo la Restauración, Thiers se congració con Luis Felipe haciendo de espía y de partero carcelero de la duquesa de Berry,23 pero su actividad, cuando se coló por primera vez en un ministerio (1834-1835), se centró en la matanza de los republicanos insurrectos en la rue Transnonain24 y en la incubación de las atroces leyes de septiembre contra la prensa.25

Al reaparecer como jefe del gabinete en marzo de 1840, salió con la trama de las fortificaciones de París.26 A la [protesta] del partido republicano contra aquel siniestro atentado a la libertad de París, respondió:

«¡Cómo! ¡Imaginar que unas obras de fortificación puedan poner en peligro la libertad! Y, en primer lugar, calumniáis a cualquier gobierno posible al suponer que pueda intentar algún día sostenerse bombardeando la capital… Pero sería cien veces más imposible después de su victoria que antes».

En efecto, ¡ningún gobierno francés, salvo el del propio señor Thiers, con sus ministros en libertad condicional y sus rumiantes rurales, se habría atrevido a semejante hazaña! Y eso, además, en la forma más clásica: con una parte de sus fortificaciones en manos de sus conquistadores y protectores prusianos.

Cuando el rey Bomba27 probó la mano en Palermo, en enero de 1848, Thiers se levantó en la Cámara de Diputados:

«Ya sabéis, señores, lo que está pasando en Palermo: todos vosotros os estremecéis de horror» (en el sentido «parlamentario») «al saber que durante cuarenta y ocho horas ha sido bombardeada una gran ciudad. ¿Por quién? ¿Por un enemigo extranjero que ejercía los derechos de la guerra? No, señores, por su propio gobierno».

(Si hubiera sido por su propio gobierno, bajo los ojos y con la venia del enemigo extranjero, todo habría estado en regla, por supuesto.)

«¿Y por qué? Porque esa infortunada ciudad (urbe) reclamaba sus derechos. Pues bien, por reclamar sus derechos ha recibido cuarenta y ocho horas de bombardeo».

(Si el bombardeo hubiera durado cuatro semanas o más, todo habría estado en regla.)

«Permitidme apelar a la opinión de Europa. Es prestar un servicio a la humanidad venir a hacer resonar, desde la que quizá sea la mayor tribuna de Europa, algunas palabras de indignación (¡en efecto, palabras!) contra tales actos… Cuando el regente Espartero, que había prestado servicios a su país (cosa que Thiers no ha hecho nunca), quiso, para sofocar una insurrección, bombardear Barcelona,28 se levantó en todas partes del mundo un clamor general de indignación».

Pues bien, aproximadamente un año después, este hombre de alma tan delicada se convirtió en el siniestro inspirador y el más feroz defensor (apologista) del bombardeo de Roma por las tropas de la República Francesa al mando del legitimista Oudinot.29

Pocos días antes de la Revolución de Febrero, irritado por el largo destierro del poder a que lo había condenado Guizot,30 y olfateando en el aire la conmoción, Thiers exclamó de nuevo en la Cámara de Diputados:

«Soy del partido de la revolución, no solo en Francia, sino en Europa. Deseo que el gobierno de la revolución permanezca en manos de hombres moderados. Pero, aunque ese gobierno pasara a manos de hombres ardientes, incluso de los radicales, no por eso desertaría de (abandonaría) mi causa. Seré siempre del partido de la revolución».

Llegó la Revolución de Febrero. En lugar de sustituir el gabinete [de] Guizot por el gabinete [de] Thiers, como había soñado el hombrecillo, sustituyó a Luis Felipe por la república. Desde la proclamación de la república hasta el coup d’état,31 aplastar esa revolución fue el negocio exclusivo del señor Thiers. El primer día de la victoria popular se escondió angustiado, olvidando que el desprecio del pueblo lo ponía a salvo de su odio. Aun así, con su legendario valor, siguió esquivando la escena pública hasta después de que Cavaignac, el republicano burgués, desbaratara sangrientamente las fuerzas materiales del proletariado de París.32 Entonces quedó despejada la escena para su tipo de acción. Había vuelto a sonar su hora. Se convirtió en la cabeza pensante del «partido del orden»33 y de su «república parlamentaria», aquel reinado anónimo en el que todas las facciones rivales de las clases dominantes conspiraban juntas para aplastar a la clase obrera y conspiraban unas contra otras, cada una para restaurar su propia monarquía.

(La Restauración había sido el reinado de los terratenientes aristocráticos; la Monarquía de Julio, el reinado del capitalista; la república de Cavaignac, el reinado de la fracción «republicana» de la burguesía, mientras que durante todos esos reinados la banda de aventureros hambrientos que formaba el partido bonapartista había suspirado en vano por el saqueo de Francia, que había de acreditarlos como salvadores del «orden y la propiedad, la familia y la religión».

Aquella república fue el reinado anónimo de los legitimistas, orleanistas y bonapartistas coaligados, con los republicanos burgueses como cola.)

3) La Asamblea rural

Si esta Asamblea rural, reunida en Burdeos, hizo este gobierno, los «hombres del Gobierno de la Defensa» se habían cuidado bien de antemano de hacer esa Asamblea. Con ese fin habían enviado a Thiers de gira por las provincias, para preparar allí los acontecimientos venideros y disponer la sorpresa de las elecciones generales. Thiers tenía que vencer una dificultad. Aparte de que se habían convertido en una abominación para el pueblo francés, los bonapartistas, de haber salido elegidos en gran número, habrían restaurado en el acto el Imperio y embalado al señor Thiers y compañía para un viaje a Cayena.34 Los orleanistas estaban demasiado dispersos para ocupar sus propios puestos y los que dejaban vacantes los bonapartistas. Era, pues, inevitable galvanizar al partido legitimista.35 Thiers no temía su tarea. [Los legitimistas eran] imposibles como gobierno de la Francia moderna y, por tanto, despreciables como rivales en la caza de cargos y de dinero; ¿quién podía prestarse mejor a que lo manejaran como instrumento ciego de la contrarrevolución que el partido cuya acción, según palabras de Thiers, se había limitado siempre a los tres recursos de «la invasión extranjera, la guerra civil y la anarquía»? (Discurso de Thiers en la Cámara de Diputados del 5 de enero de 1833.) Un grupo selecto de legitimistas, expropiados por la Revolución de 1789, había recuperado sus fincas alistándose en la servidumbre del primer Napoleón, [pero] el grueso de ellos, gracias a los mil millones de la indemnización36 y a las donaciones privadas de la Restauración. Incluso su exclusión de la política activa bajo los reinados sucesivos de Luis Felipe y de Napoleón el Pequeño les sirvió de palanca para restablecer su riqueza como terratenientes. Libres de los gastos de corte y de representación en París, no tenían más que recoger, desde los mismos rincones de la Francia provinciana, las manzanas de oro que el árbol de la industria moderna dejaba caer en sus châteaux: los ferrocarriles aumentaban el precio de sus tierras, los arrendatarios capitalistas aplicaban a ellas la agronomía y acrecentaban su producto, y la demanda inagotable de una población urbana que crecía con rapidez aseguraba a ese producto mercados cada vez mayores. Los mismos agentes sociales que reconstituyeron su riqueza material y les devolvieron su importancia como socios de esa sociedad anónima de los esclavistas modernos los preservaron del contagio de las ideas modernas y les permitieron, en su rústica inocencia, no olvidar nada y no aprender nada.37 Semejante gente no era más que el material pasivo con el que trabajaba un hombre como Thiers. Mientras ejecutaba la misión que le había confiado el Gobierno de la Defensa, el duendecillo malicioso engañó a sus mandantes asegurándose esa multitud de elecciones38 que había de convertir a los hombres de la Defensa, de amos y adversarios suyos, en sus servidores declarados.

Tendidas así las trampas electorales, los capitulards de París convocaron de pronto al pueblo francés a elegir en ocho días una Asamblea Nacional que, en virtud de los términos de la convención del 31 de enero39 dictada por Bismarck, tendría la tarea exclusiva de decidir sobre la guerra o la paz. Aparte de las circunstancias extraordinarias en que se celebraron esas elecciones —sin tiempo para deliberar, con una mitad de Francia bajo el dominio de las bayonetas prusianas y la otra mitad trabajada en secreto por las intrigas del gobierno, con París aislado de las provincias—, el pueblo francés sintió instintivamente que los términos mismos del armisticio que habían aceptado los capitulards no dejaban a Francia más elección (alternativa) que una paz a ultranza, y que para sancionarla los peores hombres de Francia serían los mejores. De ahí la Asamblea rural surgida en Burdeos.

Sin embargo, hay que distinguir entre las orgías del viejo régime y la verdadera tarea histórica de los rurales.40 Asombrados de encontrarse convertidos en la fracción más fuerte de una mayoría inmensa formada por ellos mismos y por los orleanistas, con un contingente de republicanos burgueses y un puñado de bonapartistas, creyeron vanamente en el advenimiento, tanto tiempo esperado, de su milenio retrospectivo. Ahí estaban los talones de la invasión extranjera pisoteando Francia; ahí estaban la caída del Imperio y el cautiverio de un Bonaparte; y ahí estaban ellos mismos. La rueda de la historia había girado evidentemente para detenerse en la Chambre introuvable de 1816,41 con sus maldiciones profundas y apasionadas contra el diluvio revolucionario y sus abominaciones, con su «descabezamiento y descapitalización de París», su «descentralización», que rompía la red del dominio del Estado mediante las influencias locales de los châteaux, y sus homilías religiosas y sus principios de política antediluviana, con [su] gentilhommerie,42 su ligereza, su rencor genealógico contra las masas que se afanan en el trabajo y su visión del mundo desde el Oeil-de-Boeuf.43 Pero, de hecho, no tenían más que desempeñar su papel de accionistas del «partido del orden», de monopolistas de los medios de producción. De 1848 a 1851 no habían tenido que formar más que una fracción del interregno de la «república parlamentaria», con la diferencia de que entonces los representaban sus campeones parlamentarios, instruidos y adiestrados, los Berryer, los Falloux, los Larochejaquelein,44 mientras que ahora tenían que recurrir a su tropa rústica, con lo que daban a la Asamblea un tono y una tonada distintos y disfrazaban su realidad burguesa con colores feudales. Sus exageraciones grotescas (mentiras [?]) solo sirven para realzar el liberalismo de su gobierno de bandidos. Atrapados en una usurpación de poderes que excede sus mandatos electorales, viven solo de la tolerancia de los gobernantes que ellos mismos se han dado. Como la invasión extranjera de 1814 y 1815 había sido el arma mortal que blandieron contra ellos los advenedizos burgueses, han cargado sobre sí, en su ceguera insensata, con la responsabilidad de esta entrega sin precedentes de Francia al extranjero por sus enemigos burgueses. El pueblo francés, asombrado e insultado por la reaparición de todos los nobles Pourceaugnac45 que creía enterrados hacía mucho tiempo, ha caído en la cuenta de que, además de hacer la revolución del siglo XIX, tiene que rematar la Revolución de 1789 llevando a los [… ? …] a la meta final de todos los criminales rústicos: el matadero.

5) Comienzo de la guerra civil. [La] revolución del 18 de marzo. Clément Thomas. Lecomte. El asunto de la plaza Vendôme46

El desarme de París, como mera necesidad de la conjura contrarrevolucionaria, habría podido emprenderse de un modo más contemporizador y circunspecto; pero, como cláusula del apremiante tratado financiero, con sus fascinaciones irresistibles, no admitía demora. Thiers tuvo, pues, que probar la mano en un coup d’état. Abrió la guerra civil enviando a Vinoy, el Décembriseur,47 al frente de una multitud de sergents de ville48 y de algunos regimientos de línea, a la expedición nocturna contra las alturas de Montmartre. Fracasado su criminal intento ante la resistencia de los guardias nacionales y su confraternización con los soldados, al día siguiente, en un manifiesto pegado en los muros de París, Thiers comunicó a los guardias nacionales su magnánima resolución de dejarles sus armas, con las que, decía, estaba seguro de que se apresurarían a agruparse en torno al gobierno contra «los rebeldes». De 300.000 guardias nacionales, solo 300 respondieron a su llamamiento. La gloriosa revolución obrera del 18 de marzo se había adueñado (se había hecho dueña) de París sin disputa.

El Comité Central, que dirigió la defensa de Montmartre y surgió al amanecer del 18 de marzo como dirigente de la revolución, no era ni un expediente del momento ni el fruto de una conspiración secreta. Desde el mismo día de la capitulación, por la que el Gobierno de la Defensa Nacional había desarmado a Francia, pero se había reservado una guardia personal de 40.000 soldados para intimidar a París, París se mantuvo vigilante. La Guardia Nacional reformó su organización y confió su dirección suprema a un Comité Central formado por los delegados de cada una de las compañías, obreros en su mayoría, que tenía su fuerza principal en los arrabales obreros, pero que pronto fue aceptado por todo el cuerpo, salvo sus viejas formaciones bonapartistas.49 En vísperas de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y las ametralladoras que los capitulards habían abandonado traicioneramente incluso en los mismos barrios que los prusianos iban a ocupar. Puso así a salvo la artillería costeada por suscripción de la Guardia Nacional, reconocida oficialmente como propiedad privada suya en la convención del 31 de enero y exceptuada, por ese mismo título, de la entrega general de las armas. Durante todo el intervalo que va de la reunión de la Asamblea Nacional en Burdeos al 18 de marzo, el Comité Central había sido el gobierno popular de la capital, lo bastante fuerte para mantenerse en su firme actitud defensiva a pesar de las provocaciones de la Asamblea, de las medidas de violencia del poder ejecutivo y de la amenazadora concentración de tropas.

(La revolución del 4 de septiembre había restaurado la república. La tenaz resistencia de París durante el sitio, que sirvió de base a una guerra de defensa en las provincias, había arrancado al invasor extranjero el reconocimiento de la república. Su verdadero sentido y su verdadera finalidad solo se revelaron con la revolución del 18 de marzo, y esa revelación fue una revolución. Esta había de sustituir las condiciones sociales y políticas de la dominación de clase que habían engendrado el Segundo Imperio y que, a su vez, habían madurado bajo su tutela hasta la podredumbre. Europa se estremeció como bajo una descarga eléctrica. Pareció dudar por un momento de si sus recientes y sensacionales hazañas de Estado y de guerra tenían alguna realidad, o si no eran más que la alucinación de un pasado remoto sobre el que descansa el sistema del viejo mundo.)

La derrota de Vinoy a manos de la Guardia Nacional no fue más que un revés para la contrarrevolución tramada por las clases dominantes, pero el pueblo de París convirtió en el acto ese incidente de su legítima defensa en el primer acto de una revolución social. La revolución del 4 de septiembre había restaurado la república después de que quedara vacante el trono del usurpador. La tenaz resistencia de París durante su sitio, que sirvió de base a la guerra defensiva en las provincias, había arrancado al invasor extranjero el reconocimiento de esa república, pero su verdadero sentido y su verdadera finalidad solo se revelaron el 18 de marzo. Había de sustituir las condiciones sociales y políticas de la dominación de clase, sobre las que descansa el sistema del viejo mundo, que habían engendrado el Segundo Imperio y que, bajo su tutela, habían madurado hasta la podredumbre. Europa se estremeció como bajo una descarga eléctrica. Pareció dudar por un momento de si sus últimas y sensacionales hazañas de Estado y de guerra tenían alguna realidad o no eran más que los sueños sanguinarios de un pasado remoto. Con las huellas del hambre tanto tiempo soportada todavía en el rostro, y bajo los ojos mismos de las bayonetas prusianas, la clase obrera de París conquistó de un salto la vanguardia del progreso, etc.

En el entusiasmo sublime de su iniciativa histórica, la revolución de los obreros de París puso su honor en mantener al proletario limpio de los crímenes en que abundan la revolución y, más aún, la contrarrevolución de sus superiores naturales (sus mejores).

Clément Thomas, Lecomte, etc.

¿Y las horribles «atrocidades» que han manchado esta revolución?

En la medida en que esas atrocidades que les imputan sus enemigos no son la calumnia deliberada de Versalles o el horrible engendro del cerebro de los gacetilleros a tanto la línea, se refieren solo a dos hechos —la ejecución de los generales Lecomte y Clément Thomas y el asunto de la plaza Vendôme—, de los que daremos cuenta en pocas palabras.

Uno de los matones a sueldo elegidos para la (criminal faena) ejecución del coup de main nocturno contra Montmartre, el general Lecomte,50 había ordenado por cuatro veces, en la plaza Pigalle, a sus tropas del 81.º de línea que cargaran contra una aglomeración desarmada y, ante su negativa, las insultó furiosamente. En lugar de disparar contra mujeres y niños, algunos de sus propios hombres lo fusilaron a él, cuando fue hecho prisionero en la tarde del 18 de marzo, en los jardines del Château-Rouge. Los hábitos inveterados que adquiere la soldatesca francesa bajo la instrucción de los enemigos de la clase obrera no van a cambiar, por supuesto, en el mismo momento en que esos soldados se cambian de bando. Los mismos soldados ejecutaron a Clément Thomas.

El «general» Clément Thomas,51 un antiguo sargento furriel descontento, se había enrolado en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe en el periódico «republicano» National,52 para servir allí en la doble calidad de testaferro (gérant responsable) y de matón. Los hombres del National, después de abusar de la Revolución de Febrero para colarse en el poder, metamorfosearon a su antiguo sargento furriel en «general» en vísperas de la carnicería de junio, de la que él fue, como Jules Favre, uno de los siniestros conspiradores y uno de los verdugos más despiadados. Luego su generalato tuvo un final repentino. Desapareció, para volver a salir a la superficie el 1 de noviembre de 1870. La víspera, el Gobierno de la Defensa, atrapado en el Hôtel de Ville, se había comprometido solemnemente, bajo palabra de honor, ante Blanqui, Flourens y los demás representantes de la clase obrera, a abdicar su poder usurpado en manos de una comuna que París elegiría libremente.53 Naturalmente, faltaron a su palabra de honor y soltaron a los bretones de Trochu, que habían ocupado el lugar de los corsos de Luis Bonaparte,54 contra el pueblo culpable de haber creído en su honor. Como solo el señor Tamisier55 se negó a manchar su nombre con semejante quebrantamiento de la palabra dada y presentó en el acto su dimisión del mando supremo de la Guardia Nacional, se colocó en su puesto al «general» Clément Thomas. Durante todo su mandato hizo la guerra no a los prusianos, sino a la Guardia Nacional de París, y se mostró inagotable en pretextos para impedir su armamento general, en artimañas de desorganización —enfrentando sus elementos burgueses a sus elementos obreros—, en depurar a los oficiales hostiles al «plan» de Trochu y en disolver, con el estigma de la cobardía, aquellos mismos bataillons proletarios cuyo heroísmo asombra ahora a sus enemigos más encarnizados. Clément Thomas se sentía orgulloso de haber reconquistado su preeminencia de junio como enemigo personal de la clase obrera de París. Solo unos días antes del 18 de marzo presentó al ministro de la Guerra, Le Flô,56 un plan de su cosecha para acabar con «la fine fleur (la flor y nata) de la canaille de París». ¡Como si lo persiguieran los espectros de junio, tuvo que presentarse en el escenario de la acción, después de la derrota de Vinoy, en calidad de detective aficionado!

El Comité Central57 intentó en vano salvar a estos dos criminales, Lecomte y Clément Thomas, de la justicia salvaje de Lynch de los soldados, de la que ellos mismos y los obreros de París fueron tan culpables como la princesa Alejandra de las personas que murieron aplastadas el día de su entrada en Londres.58 Jules Favre, con su patetismo falsificado, lanzó sus maldiciones contra París, guarida de asesinos. La Asamblea rural imitó las contorsiones histéricas de la sensiblerie. Estos hombres nunca derraman sus lágrimas de cocodrilo más que como pretexto para derramar la sangre del pueblo. Manejar cadáveres respetables como armas de guerra civil ha sido siempre uno de los trucos favoritos del partido del orden. ¡Cómo resonó Europa en 1848 con sus gritos de horror por el asesinato del arzobispo de París a manos de los insurrectos de junio, cuando sabían perfectamente, por el testimonio de un testigo presencial, el señor Jaquemet, vicario del arzobispo, que al obispo lo habían matado los propios soldados de Cavaignac!59 ¡A través de las cartas a Thiers del actual arzobispo de París,60 hombre que no tiene nada de mártir, corre la astuta sospecha de que sus amigos de Versalles eran muy capaces de consolarse de su posible ejecución con el violento deseo de cargar ese amable procedimiento a la cuenta de la Comuna! Sin embargo, cuando el grito de «asesinos» hubo cumplido su función, Thiers se deshizo de él tranquilamente declarando desde la tribuna de la Asamblea Nacional que el «asesinato» era obra privada de «muy pocos» individuos oscuros.

Los «hombres del orden», los reaccionarios de París, que temblaban ante la victoria del pueblo como señal del castigo, quedaron muy asombrados ante unos procedimientos tan extrañamente opuestos a sus propios métodos tradicionales de celebrar una derrota del pueblo. Incluso a los sergents de ville, en lugar de desarmarlos y encerrarlos, se les abrieron de par en par las puertas de París para que se retiraran a salvo a Versalles, mientras que a los «hombres del orden» no solo se los dejó indemnes, sino que se les permitió reagruparse tranquilamente [y] apoderarse de puntos fuertes en el mismo centro de París. Interpretaron, naturalmente, la indulgencia del Comité Central y la magnanimidad de los obreros armados como simples síntomas de una debilidad consciente. De ahí su plan de intentar, bajo la máscara de una manifestación «desarmada», la obra en la que cuatro días antes habían fracasado los cañones y las ametralladoras de Vinoy. Partiendo de los barrios del lujo, una turba alborotadora de «caballeros», con todos los petits crevés61 en sus filas y a su cabeza los familiares del Imperio, los Heeckeren, Coëtlogon, H. de Pène, etc.,62 se puso en orden de marcha a los gritos de «¡Abajo los asesinos! ¡Abajo el Comité Central! ¡Viva la Asamblea Nacional!», maltratando y desarmando a los puestos aislados de guardias nacionales que encontraban a su paso. Cuando por fin desembocaron en la plaza Vendôme, intentaron, entre gritos de insultos groseros, desalojar a los guardias nacionales de su cuartel general y romper por la fuerza sus líneas. En respuesta a sus pistoletazos se hicieron las sommations reglamentarias (el equivalente francés de la lectura de la Riot Act inglesa),63 pero resultaron ineficaces para detener a los agresores. Entonces el general de la Guardia Nacional ordenó abrir fuego, y los alborotadores se dispersaron en desbandada. Dos guardias nacionales muertos, ocho heridos de gravedad y las calles por las que [los alborotadores] huyeron sembradas de revólveres, puñales y bastones de estoque dieron clara prueba del carácter «desarmado» de su manifestación «pacífica». Cuando, el 13 de junio de 1849, los guardias nacionales de París hicieron una manifestación de protesta realmente «desarmada» contra el criminal asalto de las tropas francesas a Roma, Changarnier,64 el general del «partido del orden», hizo acuchillar sus filas, pisotearlas con la caballería y fusilarlas.65 Se proclamó en el acto el estado de sitio; empezaron nuevas detenciones, nuevas proscripciones, un nuevo reinado del terror. Pero las «clases bajas» arreglan estas cosas de otro modo. Los fugitivos del 22 de marzo, a los que nadie persiguió ni hostigó en su huida, ni llamó después a rendir cuentas ante el juez de instrucción (juge d’instruction), pudieron reunir de nuevo dos días después una manifestación «armada» a las órdenes del almirante Saisset.66 Incluso después del grotesco fracaso de este segundo levantamiento suyo se les permitió, como a todos los demás ciudadanos de París, probar suerte en las urnas en la elección de la Comuna. Vencidos en esta batalla incruenta, acabaron por purgar a París de su presencia con un éxodo que nadie estorbó, arrastrando consigo a las cocottes, los lazzaroni67 y las demás clases peligrosas de la capital. El asesinato de los «ciudadanos desarmados» el 22 de marzo es un mito sobre el que ni siquiera Thiers y sus rurales se han atrevido nunca a insistir, y cuya propagación confiaron exclusivamente a la servidumbre del periodismo europeo.

Si algo hay que reprochar a la conducta del Comité Central y de los obreros de París con esos «hombres del orden», desde el 18 de marzo hasta el momento de su éxodo, es un exceso de moderación que rayaba en la debilidad.


¡Mirad ahora el reverso de la medalla!

Tras el fracaso de su sorpresa nocturna de Montmartre, el partido del orden empezó a comienzos de abril su campaña en regla contra París. ¡Por haber inaugurado la guerra civil con los métodos de diciembre —la matanza a sangre fría de los soldados de línea capturados y el infame asesinato de nuestro valiente amigo Duval—,68 Thiers nombra a Vinoy, el fugitivo, gran cruz de la Legión de Honor! Galliffet,69 el mantenido de aquella mujer tan célebre por sus desvergonzadas mascaradas en las orgías del Segundo Imperio, se jacta en un manifiesto oficial del cobarde asesinato de guardias nacionales de París, con su teniente y su capitán, sorprendidos a traición. Desmarêt, el gendarme, es condecorado por haber despedazado como un carnicero al magnánimo y caballeroso Flourens,70 los alentadores detalles de cuya muerte se comunican triunfalmente a la Asamblea de Thiers. Con el regocijo horriblemente grotesco de un Tom Pouce71 que representa el papel de Timur Tamerlán, Thiers niega a los «rebeldes» contra su pequeñez todos los derechos y usos de la guerra civilizada, hasta el derecho a las «ambulancias».

Cuando la Comuna publicó el 7 de abril el decreto de represalias,72 en el que declaraba que era su deber protegerse contra las hazañas caníbales de los bandidos de Versalles y exigir ojo por ojo y diente por diente, no cesó el trato atroz de los prisioneros de Versalles, de los que Thiers dice en uno de sus partes que «nunca rostros más degradados de una democracia degradada se habían ofrecido a las miradas afligidas de las personas honradas», pero se suspendieron los fusilamientos de los prisioneros. Sin embargo, apenas se dieron cuenta él y su general decembrista de que el decreto de la Comuna no era más que una amenaza vana, de que se respetaba incluso a sus gendarmes espías capturados en París disfrazados de guardias nacionales, e incluso a sus sergents de ville sorprendidos con bombas explosivas encima, cuando el viejo régime volvió a imponerse en el acto y en masa, y ha continuado hasta hoy. Los guardias nacionales que se habían rendido en Belle-Épine a una fuerza abrumadora de cazadores fueron abatidos después uno tras otro por el capitán del pelotón a caballo; las casas en las que se habían refugiado tropas parisienses y guardias nacionales [fueron] rodeadas por gendarmes, inundadas de petróleo y después incendiadas, y los cadáveres calcinados los transportó luego la ambulancia de París; la matanza a bayonetazos de los guardias nacionales sorprendidos a traición en sus camas en el reducto de Moulin-Saquet (los federados, sorprendidos dormidos en sus camas), la matanza (fusilamiento) de Clamart,73 los prisioneros con uniforme de línea fusilados sin más: ¡todas estas altas hazañas, narradas con ligereza en el parte de Thiers, no son más que algunos incidentes de esta rebelión de esclavistas! Pero ¿no sería ridículo citar hechos aislados de ferocidad ante esta guerra civil fomentada entre las ruinas de Francia por los conspiradores de Versalles, por los motivos más bajos del interés de clase, y [ante] el bombardeo de París bajo el patrocinio de Bismarck, a la vista de sus soldados? La ligereza con que Thiers informa de estas cosas en el parte ha alterado incluso los nervios, no demasiado sensibles, del Times. Todo esto es, sin embargo, «de regla», como dicen los españoles. Las luchas de las clases dominantes contra las clases productoras que amenazan sus privilegios están llenas de los mismos horrores, aunque ninguna muestra tal exceso de tenacidad por parte de los oprimidos ni tal abyección… Siempre ha sido de ellos el viejo axioma de la caballería andante según el cual toda arma es buena si se emplea contra el plebeyo.

«La Asamblea sigue reunida en paz»,74 escribe Thiers a los prefectos.

[El] asunto de Belle-Épine

El asunto de Belle-Épine, cerca de Villejuif, [fue así]: el 25 de abril, cuatro guardias nacionales [fueron] rodeados por una tropa de cazadores a caballo, que les intimó a rendirse y deponer las armas. Sin posibilidad de resistir, obedecieron, y los cazadores los dejaron indemnes. Algún tiempo después llegó al galope su capitán, digno oficial de Galliffet, abatió a los prisioneros con su revólver, uno tras otro, y luego se alejó al trote con su tropa. Tres de los guardias murieron; uno, llamado Scheffer, gravemente herido, sobrevivió y fue llevado después al hospital de Bicêtre. Allí envió la Comuna una comisión para recoger la declaración del moribundo, que publicó en su informe. Cuando uno de los miembros parisienses de la Assemblée interpeló al ministro de la Guerra sobre ese informe,75 los rurales ahogaron la voz del diputado y prohibieron al ministro responder. Sería un insulto a su «glorioso» ejército, no cometer asesinatos, sino hablar de ellos.

La tranquilidad de espíritu con que esa Asamblea soporta los horrores de la guerra civil la cuenta uno de los partes de Thiers a sus prefectos: «La Asamblea sigue reunida en paz» (tiene el corazón ligero, como Ollivier),76 y el poder ejecutivo, con sus presidiarios en libertad condicional, demuestra con sus hazañas gastronómicas, ofrecidas por Thiers y a la mesa de príncipes alemanes, que su digestión no se altera ni siquiera por los espectros de Lecomte y Clément Thomas.

6) La Comuna

Después de Sedán, los obreros de Lyon, Marsella y Toulouse habían proclamado la Comuna. Gambetta hizo cuanto pudo por destruirla. Durante el sitio de París, las conmociones obreras que se repetían sin cesar, aplastadas una y otra vez con falsos pretextos por los bretones de Trochu, dignos sustitutos de los corsos de Luis Bonaparte, fueron otros tantos intentos de desalojar con la Comuna al gobierno de los impostores. La Comuna, que entonces se elaboraba en silencio, era el verdadero secreto de la revolución del 4 de septiembre. Por eso, al amanecer mismo del 18 de marzo, tras la derrota de la contrarrevolución, la Europa adormilada despertó sobresaltada de sus sueños bajo el estruendo parisiense de «Vive la Commune!».

¿Qué es la Comuna, esa esfinge que tanto atormenta al entendimiento burgués?

En su concepción más simple, [es] la forma bajo la cual la clase obrera asume el poder político en sus baluartes sociales, París y los demás centros de la industria.

«Los proletarios de la capital», decía el Comité Central en su proclama del 20 de marzo,77 «en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, han comprendido que había sonado para ellos la hora de salvar la situación tomando en sus propias manos la dirección de los asuntos públicos… Han comprendido que era su deber imperioso y su derecho absoluto tomar en sus propias manos su propio destino adueñándose del poder político (del poder del Estado)».

Pero el proletariado no puede, como han hecho las clases dominantes y sus diferentes fracciones rivales en las sucesivas horas de su triunfo, limitarse a tomar posesión del cuerpo del Estado existente y servirse de ese instrumento ya hecho para sus propios fines. La primera condición para conservar el poder político es transformar [la] maquinaria en funcionamiento y destruirla, como instrumento de dominación de clase que es. Esa enorme maquinaria gubernamental, que aprisiona como una boa constrictor el cuerpo social real en las mallas omnipresentes de un ejército permanente, una burocracia jerárquica, una policía obediente, un clero y una magistratura serviles, se forjó por primera vez en los tiempos de la monarquía absoluta como arma de la naciente sociedad burguesa en sus luchas por emanciparse del feudalismo. La primera Revolución francesa, con su tarea de dar pleno margen al libre desarrollo de la sociedad burguesa moderna, tuvo que barrer todos los baluartes locales, territoriales, urbanos y provinciales del feudalismo, y preparó el suelo social para la superestructura de un poder del Estado centralizado, con órganos omnipresentes ramificados según el plan de una división del trabajo sistemática y jerárquica.

Pero la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado ya hecha y servirse de ella para sus propios fines. El instrumento político de su esclavización no puede servir de instrumento político de su emancipación.

El Estado burgués moderno se encarna en dos grandes órganos: el parlamento y el gobierno. La omnipotencia parlamentaria había engendrado, durante el período de la república del partido del orden, de 1848 a 1851, su propia negación, el Segundo Imperio, y el imperialismo,78 con su mera parodia de parlamento, es el régime que florece hoy en la mayoría de los grandes Estados militares del continente. Aunque a primera vista parece la dictadura usurpadora del cuerpo gubernamental sobre la propia sociedad, que se eleva por igual por encima de todas las clases y las humilla a todas por igual, de hecho se ha convertido, al menos en el continente europeo, en la única forma de Estado posible en la que la clase apropiadora puede seguir dominando a la clase productora. La asamblea de los fantasmas de todos los difuntos parlamentos franceses que todavía ronda por Versalles no dispone de más fuerza real que la maquinaria gubernamental tal como la modeló el Segundo Imperio. El enorme parásito gubernamental, que aprisiona como una boa constrictor el cuerpo social en las mallas omnipresentes de su burocracia, su policía, su ejército permanente, su clero y su magistratura, nació en los tiempos de la monarquía absoluta. El poder del Estado centralizado tuvo que servir entonces a la naciente sociedad burguesa como arma poderosa en sus luchas por emanciparse del feudalismo. La Revolución francesa del siglo XVIII, con su tarea de barrer los escombros medievales de los privilegios señoriales, locales, urbanos y provinciales, no podía dejar de limpiar al mismo tiempo el suelo social de los últimos obstáculos que entorpecían el pleno desarrollo de un poder del Estado centralizado, con órganos omnipresentes labrados según el plan de una división del trabajo sistemática y jerárquica. Así irrumpió en la vida bajo el Primer Imperio, fruto a su vez de las guerras de coalición de la vieja Europa semifeudal contra la Francia moderna. Durante los regímenes parlamentarios siguientes, la Restauración, la Monarquía de Julio y la república del partido del orden, la dirección suprema de esa máquina del Estado, con sus irresistibles atractivos de cargos, dinero y favores, no solo se convirtió en el blanco de la disputa entre las fracciones rivales de la clase dominante, sino que, en la misma medida en que el progreso económico de la sociedad moderna engrosaba las filas de la clase obrera, acumulaba sus miserias, organizaba su resistencia y desarrollaba sus tendencias a la emancipación —en una palabra, en la medida en que la lucha moderna de clases, la lucha entre el trabajo y el capital, tomaba cuerpo y forma—, la fisonomía y el carácter del poder del Estado sufrieron un cambio llamativo. Siempre había sido el poder encargado de mantener el orden, es decir, el orden existente de la sociedad y, por tanto, la subordinación y la explotación de la clase productora por la clase apropiadora. Pero, mientras ese orden se aceptó como una necesidad indiscutible y no discutida, el poder del Estado pudo adoptar un aspecto de imparcialidad. Mantenía la subordinación existente de las masas, que era el orden inalterable de las cosas y un hecho social que las masas soportaban sin discutirlo, y que sus «superiores naturales» ejercían sin preocupación. Con la entrada de la sociedad misma en una nueva fase, la fase de la lucha de clases, el carácter de su fuerza pública organizada, el poder del Estado, no podía dejar de cambiar también (no podía dejar de sufrir también un cambio marcado) y de desarrollar cada vez más su carácter de instrumento del despotismo de clase, de máquina política que perpetúa por la fuerza la esclavización social de los productores de la riqueza por sus apropiadores, el dominio económico del capital sobre el trabajo. Después de cada nueva revolución popular, que traía consigo el paso de la dirección de la máquina del Estado de un sector de las clases dominantes a otro, el carácter represivo del poder del Estado se desarrollaba más plenamente y se empleaba con menos piedad, porque las promesas hechas por la revolución, y aparentemente aseguradas por ella, solo podían romperse con el empleo de la fuerza. Además, el cambio operado por las sucesivas revoluciones no hacía más que sancionar políticamente el hecho social, el creciente poder del capital, y por eso transfería el poder del Estado mismo cada vez más directamente a manos de los antagonistas directos de la clase obrera. Así, la Revolución de Julio transfirió el poder de manos de los terratenientes a las de los grandes fabricantes (los grandes capitalistas), y la Revolución de Febrero, a las de las fracciones unidas de la clase dominante, unidas en su antagonismo con la clase obrera, unidas como «partido del orden», el orden de su propia dominación de clase. Durante el período de la república parlamentaria, el poder del Estado se convirtió por fin en el instrumento declarado de la guerra que la clase apropiadora libraba contra la masa productora del pueblo. Pero, como instrumento declarado de guerra civil, solo podía manejarse en tiempos de guerra civil, y la condición de vida de la república parlamentaria era, por tanto, la continuación de la guerra civil abiertamente declarada, la negación de aquel mismo «orden» en cuyo nombre se libraba la guerra civil. Esto solo podía ser un estado de cosas espasmódico, excepcional. Era imposible como forma política normal de la sociedad, insoportable incluso para la masa de las clases medias. Por eso, cuando se hubieron quebrado todos los elementos de resistencia popular, la república parlamentaria tuvo que desaparecer ante (ceder el paso a) el Segundo Imperio.

El Imperio, que pretendía apoyarse en la mayoría productora de la nación, los campesinos, [que permanecían] aparentemente fuera del alcance de la lucha de clases entre el capital y el trabajo (indiferentes y hostiles a los dos poderes sociales en pugna); que manejaba el poder del Estado como una fuerza superior a las clases dominantes y a las dominadas; que imponía a ambas un armisticio (acallando la forma política, y por tanto revolucionaria, de la lucha de clases); que despojaba al poder del Estado de su forma directa de despotismo de clase quebrando el poder parlamentario, y por tanto directamente político, de las clases apropiadoras, era la única forma de Estado posible para asegurar al viejo orden social una prórroga de vida. Por eso fue aclamado en el mundo entero como «salvador del orden» y fue durante veinte años objeto de admiración de los aspirantes a esclavistas de todo el mundo. Bajo su dominio, coincidiendo con el cambio que trajeron al mercado mundial California, Australia y el prodigioso desarrollo de los Estados Unidos, se abrió un período de actividad industrial sin igual, una orgía de especulación bursátil, estafas financieras y aventuras de sociedades anónimas, que llevaron todas a una rápida centralización del capital mediante la expropiación de la clase media y ensancharon el abismo entre la clase capitalista y la clase obrera. Toda la vileza del régime capitalista, con libre curso para su tendencia innata, se desató sin trabas. Al mismo tiempo, una orgía de lujo y libertinaje, de esplendor de oropel, un pandemónium de todas las bajas pasiones de las clases altas. Esta forma última del poder gubernamental era a la vez la más prostituida: saqueo desvergonzado de los recursos del Estado por una banda de aventureros, vivero de enormes deudas públicas, gloria de la prostitución, vida ficticia de falsas apariencias. El poder gubernamental, con todo su oropel, hundido en el fango de arriba abajo. La podredumbre madura de la máquina del Estado misma y la putrefacción de todo el cuerpo social que florecía bajo ella quedaron al desnudo por las bayonetas de Prusia, que solo ansiaba trasladar de París a Berlín la sede europea de ese régime de oro, sangre y fango.

Este era el poder del Estado en su forma última y más prostituida, en su realidad suprema y más vil, que la clase obrera de París tenía que vencer y del que solo esta clase podía librar a la sociedad. En cuanto al parlamentarismo, lo habían matado sus propias cargas79 y el Imperio. Todo lo que la clase obrera tenía que hacer era no resucitarlo.

Lo que los obreros tenían que derribar no era una forma más o menos incompleta del poder gubernamental de la vieja sociedad; era ese mismo poder en su forma última y agotada, el Imperio. La antítesis directa del Imperio era la Comuna.

En su concepción más simple, la Comuna significaba la destrucción preliminar de la vieja maquinaria gubernamental en sus sedes centrales, París y las demás grandes ciudades de Francia, y su sustitución por un verdadero autogobierno que, en París y en las grandes ciudades, baluartes sociales de la clase obrera, era el gobierno de la clase obrera. Con el sitio, París se había librado del ejército, que había sido sustituido por una Guardia Nacional cuyo grueso formaban los obreros de París. Solo gracias a este estado de cosas había sido posible el levantamiento del 18 de marzo. Este hecho había de convertirse en institución, y la Guardia Nacional de las grandes ciudades, el pueblo armado contra la usurpación gubernamental, había de suplantar al ejército permanente que defendía al gobierno contra el pueblo. La Comuna [había] de estar formada por los consejeros municipales de los diferentes distritos (como París fue el iniciador y el modelo, tenemos que referirnos a él), elegidos por sufragio de todos los ciudadanos, responsables y revocables en plazos cortos. La mayoría de ese cuerpo estaría formada, naturalmente, por obreros o por representantes reconocidos de la clase obrera. Había de ser un cuerpo de trabajo, no parlamentario, ejecutivo y legislativo a la vez. Los agentes de policía, en lugar de ser agentes de un gobierno central, habían de ser servidores de la Comuna, nombrados por ella y revocables en todo momento, como los funcionarios de todos los demás ramos de la administración; todos los funcionarios, como los propios miembros de la Comuna, habían de desempeñar su trabajo por salarios de obrero. También los jueces habían de ser elegidos, revocables y responsables. La iniciativa en todos los asuntos de la vida social quedaría reservada a la Comuna. En una palabra, todas las funciones públicas, incluso las pocas que corresponderían al gobierno central, habían de ejercerlas agentes comunales y, por tanto, bajo el control de la Comuna. Es uno de tantos absurdos decir que las funciones centrales —no las de la autoridad gubernamental sobre el pueblo, sino las que exigen las necesidades generales y comunes del país— se harían imposibles. Esas funciones seguirían existiendo, pero los funcionarios mismos no podrían, como en la vieja maquinaria gubernamental, elevarse por encima de la sociedad real, porque las funciones habían de ejercerlas agentes comunales y, por tanto, siempre bajo un control real. Las funciones públicas dejarían de ser una propiedad privada que un gobierno central otorga a sus instrumentos. Con el ejército permanente y la policía gubernamental había de quebrarse la fuerza física de la represión. Con la separación del Estado de todas las Iglesias en cuanto corporaciones poseedoras y el destierro de la enseñanza religiosa de todas las escuelas públicas (junto con [la implantación de] la enseñanza gratuita) a la intimidad de la vida privada, para vivir allí de las limosnas de los fieles, [y con] la liberación de todos los establecimientos de enseñanza del patronazgo y la servidumbre gubernamentales, había de quebrarse la fuerza espiritual de la represión, [y] la ciencia no solo se haría accesible a todos, sino que se liberaría de las trabas de la presión gubernamental y de los prejuicios de clase. Los impuestos municipales los fijaría y recaudaría la Comuna; los impuestos para los fines generales del Estado los recaudarían funcionarios comunales y los desembolsaría la propia Comuna para los fines generales (su desembolso para los fines generales lo supervisaría la propia Comuna).

La fuerza gubernamental de represión y de autoridad sobre la sociedad había de quebrarse así en sus órganos meramente represivos, y, allí donde tuviera funciones legítimas que cumplir, esas funciones no habían de ejercerlas un cuerpo superior a la sociedad, sino los agentes responsables de la sociedad misma.

7) Schluss80

Al París que lucha, que trabaja, que piensa, electrizado por el entusiasmo de la iniciativa histórica, lleno de realidad heroica, la nueva sociedad en sus dolores de parto, se opone en Versalles la vieja sociedad, un mundo de imposturas anticuadas y de mentiras acumuladas. Su verdadera representación es esa Asamblea rural, poblada por los espectros farfullantes de todos los régimes difuntos en que la dominación de clase se ha encarnado sucesivamente en Francia, con un charlatán senil del parlamentarismo a su cabeza y su espada en manos de los capitulards imperialistas, que bombardean París bajo los ojos de sus conquistadores prusianos.

Las ruinas inmensas que el Segundo Imperio, en su caída, ha amontonado sobre Francia no son para ellos más que una ocasión para desenterrar y sacar a la superficie los escombros de ruinas anteriores, de la legitimidad o del orleanismo.

La llama de la vida ha de arder en una atmósfera de exhalaciones sepulcrales de todas las emigraciones pasadas. (El aire mismo que respiran es la exhalación sepulcral de todas las emigraciones pasadas.)

No hay en ellos nada real, salvo su conspiración común contra la vida, su egoísmo de interés de clase, su deseo de alimentarse de la carroña de la sociedad francesa, sus intereses comunes de esclavistas, su odio al presente y su guerra contra París.

Todo en ellos es caricatura, desde ese viejo fósil del régime de Luis Felipe, el conde Jaubert,81 que exclama en la Asamblea Nacional, en el palacio de Luis XIV: «Nosotros somos el Estado» («El Estado, eso somos nosotros») (en realidad, son el espectro del Estado en su separación de la sociedad), hasta los republicanos aduladores de Thiers, que celebran sus reuniones en el Jeu de Paume (el Juego de Pelota)82 para mostrar cuánto han degenerado respecto de sus predecesores de 1789.

Thiers a la cabeza, el grueso de la mayoría dividido en esos dos grupos de legitimistas y orleanistas, y a la cola los republicanos del «viejo estilo». Cada una de estas fracciones intriga por su propia restauración; los republicanos, por la de la república parlamentaria, fundando sus esperanzas en la vanidad senil de Thiers, sirviendo mientras tanto de decoración republicana de su dominio y sancionando con su presencia la guerra de los generales bonapartistas contra París, ¡después de haber intentado atraerlo con halagos a los brazos de Thiers y desarmarlo a las órdenes de Saisset! Caballeros de la triste figura, las humillaciones que soportan de buen grado [muestran] a qué ha quedado reducido el republicanismo como forma especial de dominación de clase. Pensando en ellos dijo Thiers a los alcaldes del Sena y Oise reunidos: ¿qué más podían querer? «¿No estaba él, un simple ciudadano, a la cabeza del Estado?». El progreso de 1830 a 1870 [muestra] que entonces Luis Felipe era la mejor de las repúblicas83 y que ahora el ministro de Luis Felipe, el propio pequeño Thiers, es la mejor de las repúblicas.

Obligados a hacer su verdadero trabajo —la guerra contra París— por medio de los soldados, los gendarmes y la policía imperialistas, bajo el mando de los generales bonapartistas retirados, tiemblan de miedo ante la sospecha de que —como durante su régimen de 1848-1851— no están haciendo más que forjar el instrumento de una segunda restauración del Imperio. Los zuavos pontificios,84 los vendéens de Cathelineau y los bretones de Charette85 son de hecho su ejército «parlamentario», meros fantasmas de un ejército comparados con la realidad imperial. Mientras echan espumarajos de rabia ante el solo nombre de la república, aceptan en su nombre los dictados de Bismarck, derrochan en su nombre en la guerra civil lo que queda de la riqueza francesa, denuncian en su nombre a París, forjan en su nombre leyes de proscripción futura contra los rebeldes y usurpan en su nombre la dictadura sobre Francia.

Su título [es] el sufragio universal, al que se habían opuesto siempre durante sus propios regímenes de 1815 a 1848, [y que] abolieron en mayo de 1850,86 después de que la república lo hubiera establecido contra ellos, y que ahora aceptan como la prostituta del Imperio, ¡olvidando que con él aceptan el Imperio de los plebiscitos! Ellos mismos son imposibles incluso con el sufragio universal.

Reprochan a París que se rebele contra la unidad nacional, y su primera palabra fue la decapitación de esa unidad mediante la descapitalización de París. París ha hecho lo que ellos fingían querer, pero lo ha hecho no como ellos lo querían, como un sueño reaccionario del pasado, sino como la reivindicación revolucionaria del futuro. Thiers, ese Chauvin,87 amenaza a París desde el 18 de marzo con la «intervención de Prusia», abogó en Burdeos por la «intervención de Prusia» y, de hecho, solo actúa contra París con los medios que Prusia le concede. Los Borbones eran la dignidad misma comparados con este charlatán del chovinismo.

Sea cual sea el nombre de su restauración —si salen vencedores—, con el pretendiente afortunado que sea a su cabeza, su realidad solo puede ser el Imperio, la forma política última e indispensable del dominio de sus clases podridas. Si logran restaurarlo, y tienen que restaurarlo si sale adelante cualquiera de sus planes de restauración, solo lograrán acelerar la putrefacción de la vieja sociedad que representan y la maduración de la nueva que combaten. Sus ojos apagados solo ven las obras exteriores políticas de los régimes difuntos y sueñan con resucitarlos poniendo a su cabeza a un Enrique V o al conde de París.88 No ven que los cuerpos sociales que sostenían esas superestructuras políticas se han marchitado, que esos régimes solo eran posibles en condiciones ya superadas y en fases pasadas de la sociedad francesa, y que esta ya solo puede soportar el imperialismo, en su estado de putrefacción, y la república del trabajo, en su estado de regeneración. No ven que los ciclos de las formas políticas no eran más que la expresión política de los cambios reales que sufría la sociedad.

Los prusianos, que en su grosero regocijo guerrero de triunfo contemplan la agonía de la sociedad francesa y la explotan con el cálculo sórdido de un Shylock y la grosería frívola de los [… ? …], están ya castigados con el trasplante del Imperio al suelo alemán. Ellos mismos están condenados a liberar en Francia las fuerzas subterráneas que los engullirán junto con el viejo orden de cosas. La Comuna de París puede caer, pero la revolución social que ha iniciado triunfará. Su cuna está en todas partes.

[Fragmentos]

Las mentiras de los partes de Thiers

La inmensa impostura de aquel Versalles, su carácter mentiroso, no podían encarnarse ni resumirse mejor que en Thiers, el mentiroso profesional, para quien la «realidad de las cosas» solo existe en su «sentido parlamentario», es decir, como mentira.

En su respuesta a la carta del arzobispo89 niega fríamente «las supuestas ejecuciones y represalias (!) atribuidas a las tropas de Versalles», y hace confirmar esta mentira descarada por una comisión que sus rurales nombran con ese mismo fin. Él conoce, naturalmente, las proclamas triunfales de los propios generales bonapartistas. Pero en el «sentido parlamentario» de la palabra no existen.

En su circular del 16 de abril sobre el bombardeo de París:

«Si se han disparado algunos cañonazos, no ha sido obra del ejército de Versalles, sino de algunos insurrectos que quieren hacer creer que combaten, cuando no se atreven a dejarse ver».

¡Naturalmente, París se bombardea a sí mismo para hacer creer al mundo que combate!

Más tarde: «Nuestra artillería no bombardea; cañonea, es verdad».90

Parte de Thiers sobre Moulin-Saquet (4 de mayo): «Liberación de París de los espantosos tiranos que lo oprimen»91 (matando dormidos a los guardias nacionales de París).

Al abigarrado montón de ejército —la hez de la soldatesca bonapartista, liberada de su cautiverio por la gracia de Bismarck, con los gendarmes de Valentin92 y los sergents de ville de Piétri como núcleo, realzada por los zuavos pontificios, los chuanes de Charette y los vendéens de Cathelineau,93 y todo ello a las órdenes de los generales decembristas fugitivos de la capitulación— lo bautiza como «el mejor ejército que Francia haya tenido jamás». Naturalmente, si los prusianos siguen acuartelados en Saint-Denis, es porque Thiers quiere asustarlos con la vista de ese «mejor de los mejores ejércitos».

Si ese es el «mejor ejército», el anacronismo de Versalles es «la asamblea más liberal y más libremente elegida que haya existido nunca en Francia». Thiers corona su extravagancia diciendo a los alcaldes, etc., que «es un hombre que nunca ha faltado a su palabra», naturalmente en el sentido parlamentario de cumplir la palabra.

Es el más auténtico de los republicanos y (sesión del 27 de abril): «La asamblea es más liberal que él mismo».94

A los alcaldes: «Pueden contar con mi palabra, a la que nunca he faltado»,95 en un sentido no parlamentario, que nunca he cumplido.

«La asamblea es una de las más liberales que haya elegido Francia».96

Se compara con Lincoln, y a los parisienses, con los esclavistas rebeldes del Sur. Los sudistas querían la secesión territorial de los Estados Unidos para la esclavitud del trabajo. París quiere que se separen del poder el propio señor Thiers y los intereses que representa, para la emancipación del trabajo.

La venganza que los generales bonapartistas, los gendarmes y los chuanes se toman sobre París es una necesidad de la guerra de clases contra el trabajo, pero en la pequeña comedia de sus partes Thiers la convierte en pretexto para caricaturizar a su ídolo, el primer Napoleón, y se pone en ridículo ante Europa afirmando con audacia que el ejército francés, con su guerra contra los parisienses, ha recobrado la gloria que había perdido en la guerra contra los prusianos. Toda la guerra aparece así como un mero juego de niños para dar rienda suelta a la vanidad infantil de un enano, exaltado por tener que describir sus propias batallas, libradas por su propio ejército, bajo su propio mando supremo secreto.

Y sus mentiras culminan en lo que se refiere a París y a la provincia.

París, que en realidad mantiene en jaque desde hace dos meses al mejor ejército que Francia haya tenido jamás, a pesar de la ayuda secreta de los prusianos, en realidad solo ansía que Thiers lo libere de sus «tiranos atroces», y por eso combate contra él, aunque no es más que un puñado de criminales.

No se cansa de presentar a la Comuna como un puñado de presidiarios, de presidiarios en libertad condicional, de escoria. París combate contra él porque quiere que él lo libere de «los tiranos espantosos97 que lo oprimen». ¡Y ese «puñado» de desesperados mantiene en jaque desde hace dos meses al «mejor ejército que Francia haya tenido jamás», dirigido por el invencible MacMahon98 e inspirado por el genio napoleónico del propio Thiers!

La resistencia de París no es una realidad, pero las mentiras de Thiers sobre París sí lo son.

No contentos con refutarlo con sus hazañas, todos los elementos vivos de París le han hablado, aunque en vano, para sacarlo de su mundo de mentiras.

«No hay que confundir el movimiento de París con la sorpresa de Montmartre, que no fue más que su ocasión y su punto de partida: este movimiento es general y profundo en la conciencia de París; incluso la mayoría de los que por una u otra razón se mantienen al margen (se apartan) no niegan por ello su legitimidad social».

¿Quién se lo dijo? Los delegados de las Cámaras Sindicales, que hablaban en nombre de siete u ocho mil comerciantes e industriales. Fueron a decírselo en persona a Versalles. Lo mismo la Liga de la Unión Republicana;99 lo mismo las logias masónicas,100 con sus delegados y sus manifestaciones. Pero él se aferra a lo suyo.

En sus partes de Moulin-Saquet (4 de mayo):

«300 prisioneros… el resto de los insurrectos ha huido a todo correr, dejando 150 muertos y heridos en el campo de batalla… He ahí la victoria que la Comuna puede celebrar en sus partes. París se verá pronto libre de los terribles tiranos que lo oprimen».101

Pero el París que combate, el París real, no es su París. Su París es ya de por sí una mentira parlamentaria. «El París rico, ocioso, capitalista», la mancebía cosmopolita: ese es su París. Ese es el París que quiere que se lo devuelvan; el París real es el París de la «vil muchedumbre».102 El París que demostró su valor en la «procesión pacífica» y en la desbandada de Saisset, que se agolpa ahora en Versalles, en Rueil, en Saint-Denis, en Saint-Germain-en-Laye, seguido de las cocottes, aferrado al «hombre de la familia, la religión, el orden» y, sobre todo, «de la propiedad», el París de las clases ociosas, el París de los francs-fileurs,103 que se divierte mirando con catalejos las batallas en curso y que trata la guerra civil [como] una agradable distracción: ese es el París del señor Thiers, como la emigración de Coblenza era la Francia del señor de Calonne104 y como la emigración de Versalles es la Francia del señor Thiers.

Si el París que quiere que Thiers, sus rurales, sus décembriseurs y sus gendarmes lo liberen de la Comuna es una mentira, también lo es su «provincia», que quiere que él y sus rurales la liberen de París.

Antes de la conclusión definitiva del tratado de paz en Fráncfort,105 llamó a las provincias a enviar a Versalles sus bataillons de guardias nacionales y de voluntarios para combatir contra París. Las provincias se negaron en redondo. Solo Bretaña envió un puñado de chuanes «que combatían bajo una bandera blanca, cada uno de ellos con un corazón de Jesús de tela blanca en el pecho y gritando: “¡Viva el rey!”». Así escucha la Francia provinciana su llamamiento, de modo que se vio obligado a hacer venir de Bismarck tropas francesas cautivas, echar mano de los zuavos pontificios (los verdaderos representantes armados de su Francia provinciana) y hacer de 20.000 gendarmes y 12.000 sergents de ville el núcleo de su ejército.

A pesar del muro de mentiras, del bloqueo intelectual y policial con que intentó aislar (cerrar el paso a) París de las provincias, las provincias, en lugar de enviarle bataillons para hacer la guerra a París, lo inundaron con tantas delegaciones que insistían en la paz con París que se negó a seguir recibiéndolas en persona. El tono de los mensajes enviados desde las provincias, que en su mayoría proponían la conclusión inmediata de un armisticio con París, la disolución de la Asamblea, «porque su mandato había expirado», y la concesión de los derechos municipales que París reclamaba, era tan ofensivo que Dufaure106 los denuncia a los prefectos en su «circular contra la conciliación». En cambio, la Asamblea rural y Thiers no recibieron de las provincias ni un solo mensaje de aprobación.

Pero el gran desafío que las provincias lanzaron a la «mentira» de Thiers sobre las provincias fueron las elecciones municipales del 30 de abril,107 celebradas bajo su gobierno, sobre la base de una ley de su Asamblea. ¡De los 700.000 concejales (en números redondos) elegidos por los 30.000 municipios que quedan en la Francia mutilada, los legitimistas, orleanistas y bonapartistas unidos no sacaron ni 8.000! ¡Las elecciones complementarias, más hostiles todavía! Esto mostró claramente hasta qué punto la Asamblea Nacional, elegida por sorpresa y con falsos pretextos, representa a Francia, a la Francia provinciana, a Francia menos París.

Pero el proyecto de una asamblea de los delegados municipales de las grandes ciudades de provincias en Burdeos, que Thiers prohibió invocando su ley de 1834 y otra imperialista de 1855,108 lo obligó a confesar que sus «provincias» son una mentira, como lo es «su» París. Les reprocha parecerse al «falso» París, estar empeñadas en «sentar las bases del comunismo y de la rebelión». También en esto le ha respondido la reciente resolución de los consejos municipales de Nantes, Vienne, Chambéry, Limoux, Carcasona, Angers, Carpentras, Montpellier, Privas, Grenoble, etc., que piden, que insisten en la paz con París,

«la afirmación absoluta de la república, el reconocimiento del derecho comunal», que, como dice el consejo municipal de Vienne, «los elegidos del 8 de febrero prometieron en su circular cuando eran candidatos. Para poner fin a la guerra extranjera, ella (la Asamblea Nacional) ha cedido dos provincias y prometido cinco mil millones a Prusia. ¿Qué no debe hacer para poner fin a la guerra civil?».109

(Justo lo contrario. Las dos provincias no son propiedad «privada» suya, y en cuanto al pagaré de los cinco mil millones, de lo que se trata precisamente es de que lo pague el pueblo francés y no ellos.)

Así pues, si París puede quejarse con razón de las provincias porque se limitan a manifestaciones pacíficas y lo dejan sin ayuda frente a todas las fuerzas del Estado…, la provincia ha desmentido en los términos más inequívocos a Thiers y a la Asamblea que pretende representarla allí, y ha declarado que su provincia es una mentira, como lo es toda su existencia, una impostura, un falso pretexto.


El Consejo General está orgulloso del papel destacado que las secciones parisienses de la Internacional han desempeñado en la gloriosa revolución de París. No, como se imaginan los imbéciles, porque la sección de París o cualquier otra sección de la Internacional recibiera su consigna de un centro. Sino porque, como la flor y nata de la clase obrera de todos los países civilizados pertenece a la Internacional y está imbuida de sus ideas, es seguro que en todas partes se pondrá a la cabeza de los movimientos de la clase obrera.


Desde el mismo día de la capitulación, por la que el gobierno de los prisioneros de Bismarck había firmado la rendición de Francia, pero había obtenido a cambio permiso para conservar una guardia personal con el propósito expreso de intimidar a París, París se mantuvo vigilante. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su dirección suprema a un Comité Central elegido por todas las compañías, batallones y baterías de la capital, salvo algunos restos de las viejas formaciones bonapartistas. En vísperas de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y las ametralladoras que los capitulards habían abandonado traicioneramente en los mismos barrios que los prusianos iban a ocupar.


El París armado era el único obstáculo serio en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. Había, por tanto, que desarmar París. En este punto, la Asamblea de Burdeos fue la sinceridad misma. Si las vociferaciones de sus rurales no hubieran sido bastante audibles, la entrega de París por Thiers a la tierna merced del triunvirato formado por Vinoy, el Décembriseur, Valentin, el gendarme bonapartista, y Aurelle de Paladines, el general jesuita,110 habría cortado hasta el último subterfugio de la duda sobre el fin último del desarme de París. Pero, si su propósito se confesaba abiertamente, el pretexto con que estos atroces criminales iniciaron la guerra civil era la más desvergonzada, la más descarada (flagrante) de las mentiras. La artillería de la Guardia Nacional de París, decía Thiers, pertenecía al Estado, y al Estado debía devolverse. Los hechos eran estos. Desde el mismo día de la capitulación, por la que los prisioneros de Bismarck habían firmado la rendición de Francia, pero se habían reservado una numerosa guardia personal con el propósito expreso de intimidar a París, París se mantuvo vigilante. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su dirección suprema a un Comité Central elegido por todo el cuerpo, salvo algunos restos de las viejas formaciones bonapartistas. En vísperas de la entrada de los prusianos en París, su Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y las ametralladoras que los capitulards habían abandonado traicioneramente en los mismos barrios que los prusianos iban a ocupar. Esa artillería se había costeado por suscripción de la Guardia Nacional. Como propiedad privada suya había sido reconocida oficialmente en la convención del 28 de enero y, por ese mismo título, exceptuada de la entrega general al vencedor de las armas pertenecientes al gobierno. ¡Y Thiers se atrevió a iniciar la guerra civil con el pretexto mentiroso de que la artillería de la Guardia Nacional era propiedad del Estado!

La incautación de esa artillería solo debía servir, evidentemente, como medida preparatoria del desarme general de la Guardia Nacional de París y, por tanto, de la revolución del 4 de septiembre. Pero esa revolución se había convertido en el estatuto legal de Francia. Su república había sido reconocida por el vencedor en los términos mismos de la capitulación; después de la capitulación la reconocieron las potencias extranjeras, y en su nombre se había convocado la Asamblea Nacional. La revolución de los obreros de París del 4 de septiembre era el único título legal de la Asamblea Nacional reunida en Burdeos y de su poder ejecutivo. Sin ella, la Asamblea Nacional habría tenido que ceder inmediatamente el sitio al Corps législatif, elegido por sufragio universal y dispersado por el brazo de la revolución. Thiers y sus presidiarios en libertad condicional habrían tenido que capitular para obtener salvoconductos y garantías contra un viaje a Cayena. La Asamblea Nacional, con su poder de apoderado para negociar las condiciones de paz con Prusia, no era más que un incidente de la revolución. Su verdadera encarnación era el París armado, que había iniciado la revolución, [y] había soportado por ella cinco meses de sitio con sus horrores de hambre, y que había hecho de su prolongada resistencia, a pesar del «plan» de Trochu, la base de una formidable guerra de defensa en las provincias. Y ahora los esclavistas rebeldes de Burdeos intimaban a París, con insultos groseros, a deponer las armas y reconocer que la revolución popular del 4 de septiembre no había tenido otro fin que el simple traspaso del poder de manos de Luis Bonaparte y sus secuaces a las de sus rivales monárquicos; o bien París tenía que erguirse como campeón abnegado de Francia, que solo podía salvarse de la ruina y regenerarse mediante el derrocamiento revolucionario de las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Imperio y que, bajo su solícito cuidado, habían madurado hasta la podredumbre completa. París, extenuado por cinco meses de hambre, no vaciló un momento. Resolvió heroicamente correr todos los riesgos de una resistencia contra los conspiradores franceses bajo los ojos mismos del ejército prusiano acuartelado ante sus puertas. Pero, en su aborrecimiento absoluto de la guerra civil, el gobierno popular de París, el Comité Central de la Guardia Nacional, siguió aferrado a su actitud meramente defensiva, a pesar de las provocaciones de la Asamblea, de las usurpaciones del poder ejecutivo y de la amenazadora concentración de tropas en París y sus alrededores.

Al amanecer del 18 de marzo, París se levantó bajo un estallido atronador de «Vive la Commune!». ¿Qué es la Comuna, esa esfinge que tanto atormenta al entendimiento burgués?

«Los proletarios de la capital», decía el Comité Central en su manifiesto del 18 de marzo, «en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, han comprendido que ha sonado para ellos la hora de salvar la situación tomando en sus propias manos la dirección de los asuntos públicos… Han comprendido que es su deber imperioso y su derecho absoluto tomar en sus propias manos sus propios destinos adueñándose del poder político».

Pero la clase obrera no puede, como han hecho las facciones rivales de la clase apropiadora en sus horas de triunfo, limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado ya hecha y servirse de ella para sus propios fines.

El poder centralizado del Estado, con sus órganos omnipresentes —ejército permanente, policía, burocracia, clero y magistratura—, órganos labrados según el plan de una división del trabajo sistemática y jerárquica, data de los tiempos de la monarquía absoluta, cuando sirvió a la naciente sociedad burguesa como arma poderosa en sus luchas por emanciparse del feudalismo. La Revolución francesa del siglo XVIII barrió los escombros de los privilegios señoriales, locales, urbanos y provinciales, y limpió así el suelo social de sus últimos obstáculos medievales para la superestructura definitiva del Estado. Este recibió su forma definitiva bajo el Primer Imperio, fruto de las guerras de coalición de la vieja Europa semifeudal contra la Francia moderna. Bajo los régimes parlamentarios siguientes, la posesión del poder gubernamental, con sus irresistibles atractivos de cargos, dinero y favores, no solo se convirtió en la manzana de la discordia entre las facciones rivales de las clases dominantes. Su carácter político cambió a la par que los cambios económicos de la sociedad. Al mismo ritmo con que el progreso de la industria desarrollaba, ensanchaba e intensificaba el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder gubernamental fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza política organizada para imponer la esclavización social, de mera máquina del despotismo de clase. Tras cada revolución popular que señala una nueva fase progresiva en la marcha (el desarrollo) (el curso) de la lucha de clases, el carácter represivo del poder del Estado se manifiesta más despiadado y más despojado de disfraces. La Revolución de Julio, al transferir la dirección de la máquina del Estado del terrateniente al capitalista, la transfiere del antagonista lejano de los obreros a su antagonista inmediato. Por eso el poder del Estado adopta una actitud más claramente definida de hostilidad y represión respecto de la clase obrera. La Revolución de Febrero iza los colores de la «república social», y demuestra así, desde su comienzo, que se ha revelado el verdadero sentido del poder del Estado; que ha estallado su pretensión de ser la fuerza armada del bienestar público, la encarnación de los intereses generales de la sociedad, que se eleva por encima de los intereses privados en lucha y los mantiene en sus esferas respectivas; que ha quedado al descubierto su secreto de instrumento del despotismo de clase; que los obreros quieren la república, no ya como una modificación política del viejo sistema de dominación de clase, sino como el medio revolucionario de derribar la dominación de clase misma. Ante las amenazas de la «república social», la clase dominante siente instintivamente que el reinado anónimo de la república parlamentaria puede convertirse en una sociedad anónima de sus facciones en pugna, mientras que las monarquías pasadas significan, por su mismo título, la victoria de una facción y la derrota de la otra, el predominio del interés de un sector de esa clase sobre el del otro, de la tierra sobre el capital o del capital sobre la tierra. Frente a la clase obrera, la clase dominante hasta entonces, cualesquiera que sean las formas específicas en que se apropie del trabajo de las masas, tiene un solo y mismo interés económico: mantener la esclavización del trabajo y recoger sus frutos, directamente como terrateniente y capitalista, indirectamente como parásitos estatales del terrateniente y del capitalista; imponer ese «orden» de cosas que hace de la multitud productora una «vil muchedumbre» que no sirve más que de fuente de riqueza y de dominio para sus superiores. De ahí que legitimistas, orleanistas, republicanos burgueses y los aventureros bonapartistas, deseosos de acreditarse como defensores de la propiedad empezando por saquearla, se coaliguen y se fundan en el «partido del orden», resultado práctico de aquella revolución que el proletariado hizo entre gritos entusiastas de «república social». La república parlamentaria del partido del orden no es solo el reinado del terror de la clase dominante. El poder del Estado se convierte en sus manos en el instrumento declarado de la guerra civil en [la] mano del capitalista y del terrateniente, y de sus parásitos estatales, contra [las] aspiraciones revolucionarias del productor.

Bajo los régimes monárquicos, las medidas represivas y los principios confesados del gobierno de turno los denuncian ante el pueblo las fracciones de las clases dominantes que están fuera del poder; las filas de la oposición de la clase dominante interesan al pueblo en sus querellas de partido apelando a los propios intereses de este, adoptando actitudes de tribunos del pueblo, reivindicando las libertades populares. Pero en el reinado anónimo de la república, mientras amalgaman los modos de represión de los viejos régimes pasados (sacando de los arsenales de todos los régimes pasados las armas de la represión) y los manejan sin piedad, las diferentes fracciones de la clase dominante celebran una orgía de apostasía. Con cínica desfachatez reniegan de las profesiones de fe de su pasado, pisotean sus «llamados» principios, maldicen las revoluciones que han provocado en su nombre y maldicen el nombre mismo de la república, aunque solo su reinado anónimo es lo bastante amplio para admitirlas a todas en una cruzada común contra el pueblo.

Así pues, esta forma de dominación de clase, la más cruel, es al mismo tiempo la más odiosa y repugnante. Como maneja el poder del Estado solo como instrumento de guerra civil, solo puede conservarlo perpetuando la guerra civil. Con la anarquía parlamentaria a la cabeza, coronada por las intrigas ininterrumpidas de cada una de las fracciones del partido del «orden» por la restauración de su propio régime predilecto, [y] en guerra abierta contra todo el cuerpo de la sociedad fuera de su propio círculo estrecho, el dominio del partido del orden se convierte en el más intolerable dominio del desorden. Después de haber quebrado, en su guerra contra la masa del pueblo, todos sus medios de resistencia y de haberla dejado indefensa bajo la espada del poder ejecutivo, el propio partido del orden y su régime parlamentario son expulsados de la escena por la espada del poder ejecutivo. Aquella república parlamentaria del partido del orden no puede ser, por tanto, más que un interregno. Su resultado natural es el imperialismo, sea cual sea el número del Imperio. Bajo la forma del imperialismo, el poder del Estado, con la espada por cetro, pretende apoyarse en el campesinado, esa gran masa de productores aparentemente al margen de la lucha de clases entre el trabajo y el capital; pretende salvar a la clase obrera quebrando el parlamentarismo y, con él, la sumisión directa del poder del Estado a las clases dominantes; pretende salvar a las propias clases dominantes sometiendo a las clases obreras sin insultarlas; pretende ofrecer, si no el bienestar público, al menos la gloria nacional. Por eso se lo proclama «salvador del orden». Por mucho que hiera el orgullo político de la clase dominante y de sus parásitos estatales, demuestra ser el régime verdaderamente adecuado del «orden» burgués, al dar libre curso a todas las orgías de su industria, a las infamias de su especulación y a todos los esplendores de oropel de su vida. El Estado, aparentemente elevado así por encima de la sociedad civil, se convierte al mismo tiempo en el vivero de todas las corrupciones de esa sociedad. Su propia podredumbre completa, y la podredumbre de la sociedad que había de salvar, quedaron al desnudo por la bayoneta de Prusia; pero hasta tal punto es este imperialismo la forma política inevitable del «orden», es decir, del «orden» de la sociedad burguesa, que la propia Prusia solo pareció derribar su sede central en París para trasladarla a Berlín.


El Imperio no es, como sus predecesores —la monarquía legítima, la monarquía constitucional y la república parlamentaria—, una de las formas políticas de la sociedad burguesa: es al mismo tiempo su forma política más prostituida, más acabada y última. Es el poder del Estado de la moderna dominación de clase, al menos en el continente europeo.

  1. Guillermo I (1797-1888), rey de Prusia desde 1861 y emperador alemán desde el 18 de enero de 1871. El apodo alude a Guillermo el Conquistador, el duque normando que conquistó Inglaterra en 1066. ↩

  2. Louis Jules Trochu (1815-1896), general francés, gobernador militar de París y presidente del Gobierno de la Defensa Nacional desde el 4 de septiembre de 1870 hasta enero de 1871. ↩

  3. El ayuntamiento de París, sede tradicional de los gobiernos revolucionarios de la ciudad y, en 1871, de la Comuna. ↩

  4. El Cuerpo Legislativo, cámara baja del Segundo Imperio. En las elecciones de mayo-junio de 1869, París votó a los candidatos de la oposición republicana. ↩

  5. El segundo manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la guerra franco-prusiana, del 9 de septiembre de 1870, que precede al texto definitivo en La guerra civil en Francia. ↩

  6. Léon Gambetta (1838-1882), abogado y diputado republicano, ministro del Interior del Gobierno de la Defensa Nacional; salió de París en globo en octubre de 1870 para organizar la resistencia en las provincias desde Tours y Burdeos. ↩

  7. Jules Favre (1809-1880), abogado y diputado republicano moderado, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de la Defensa Nacional y luego de Thiers; negoció el armisticio de enero y la paz de Fráncfort de mayo de 1871. ↩

  8. Los alcaldes (maires) de los distritos de París. ↩

  9. Claude Anthime Corbon (1808-1891), obrero y publicista republicano, alcalde del distrito XV de París durante el sitio. ↩

  10. Los bonapartistas, autores del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  11. El Journal officiel de la République française, diario oficial que la Comuna siguió publicando en París mientras el gobierno de Versalles editaba el suyo. ↩

  12. El armisticio firmado con Bismarck el 28 de enero de 1871, que entregaba los fuertes de París y desarmaba al ejército regular. ↩

  13. «Capituladores»: nombre que el pueblo de París daba a los partidarios de la capitulación durante el sitio. ↩

  14. Jean-Baptiste Millière (1817-1871), periodista socialista y diputado por París en la Asamblea Nacional de 1871; fue fusilado por las tropas de Versalles el 26 de mayo de 1871, después de escrito este borrador. ↩

  15. Pic y Taillefer, directores del periódico bonapartista L’Étendard, fueron condenados bajo el Segundo Imperio por estafas y falsificaciones ligadas a ese periódico. ↩

  16. Ernest Picard (1821-1877), abogado y diputado republicano moderado, ministro de Hacienda del Gobierno de la Defensa Nacional y ministro del Interior con Thiers en 1871. Aquí Marx lo hace ministro del Interior desde el 4 de septiembre; en el texto definitivo lo corrige: ministro de Hacienda. ↩

  17. Joe Miller (1684-1738), actor inglés cuyo nombre se dio a una famosa colección de chistes publicada tras su muerte; aquí, el bufón del gobierno. ↩

  18. Joseph Marie Piétri (1820-1902), prefecto de policía de París de 1866 a 1870. Sus «corderitos» son los agentes de policía (sergents de ville) del Imperio. ↩

  19. Jules Ferry (1832-1893), abogado y diputado republicano, alcalde de París durante el sitio; los parisinos lo apodaban «Ferry el Hambriento» por el racionamiento. ↩

  20. En el original, tickets of leave: en Inglaterra, el permiso con el que se dejaba salir a un condenado antes de cumplir la pena, bajo vigilancia de la policía. ↩

  21. Jules Dufaure (1798-1881), ministro de Justicia, y Augustin Pouyer-Quertier (1820-1891), industrial algodonero de Ruan, ministro de Hacienda, ambos del gobierno de Thiers en 1871. El apartado solo trata de Thiers. ↩

  22. Probablemente el convenio firmado en Londres el 15 de julio de 1840 por Inglaterra, Rusia, Prusia, Austria y Turquía, sin Francia, en apoyo del sultán contra Mehmet Alí de Egipto, aliado de Francia; el gobierno de Thiers, tras amenazar con la guerra, tuvo que ceder. El texto definitivo dice «1840». El 13 de julio de 1841 se firmó en Londres, ya con Francia, la convención de los Estrechos. ↩

  23. Thiers, ministro del Interior en 1832, hizo detener a la duquesa de Berry, madre del pretendiente legitimista, tras su intento de sublevar la Vendée; en prisión se hizo vigilar su embarazo y su parto para desacreditarla políticamente. ↩

  24. El 14 de abril de 1834, durante la represión de la insurrección republicana de París, las tropas mataron a todos los habitantes de una casa de la rue Transnonain. ↩

  25. Leyes de septiembre de 1835, que endurecieron las penas por delitos de prensa y restringieron el derecho de asociación y los juicios con jurado. ↩

  26. El proyecto de Thiers de rodear París de una muralla y de fuertes destacados se aprobó en 1841; los republicanos veían en él un instrumento contra el propio París. ↩

  27. Fernando II de las Dos Sicilias (1810-1859), llamado el rey Bomba por el bombardeo de Palermo en enero de 1848 y de Mesina en septiembre del mismo año. ↩

  28. En diciembre de 1842 el regente Baldomero Espartero hizo bombardear Barcelona, sublevada contra su gobierno, desde el castillo de Montjuïc. ↩

  29. En 1849 un cuerpo expedicionario francés al mando del general Nicolas Charles Victor Oudinot (1791-1863) sitió y bombardeó Roma para derribar la República romana y restablecer el poder temporal del papa. ↩

  30. François Guizot (1787-1874), historiador y jefe del gobierno de Luis Felipe de 1840 a 1848, rival de Thiers. ↩

  31. El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩

  32. Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general republicano, ministro de la Guerra en 1848; dirigió con plenos poderes la represión de la insurrección obrera de junio de 1848. ↩

  33. Coalición conservadora de orleanistas y legitimistas que dominó la Segunda República tras las jornadas de junio de 1848. ↩

  34. Cayena, en la Guayana Francesa, era lugar de presidio y de deportación de condenados políticos. ↩

  35. Partidarios de la rama primogénita de los Borbones, derrocada en 1830; en 1871 apoyaban al conde de Chambord. ↩

  36. El llamado «milliard des émigrés»: la ley del 27 de abril de 1825 concedió unos mil millones de francos de indemnización a los antiguos emigrados cuyas tierras habían sido confiscadas y vendidas durante la Revolución. ↩

  37. Alusión a la frase que se atribuye a Talleyrand sobre los Borbones restaurados: «No han aprendido nada ni olvidado nada». ↩

  38. En las elecciones del 8 de febrero de 1871 Thiers salió elegido en veintiséis departamentos. ↩

  39. El armisticio, firmado el 28 de enero de 1871, disponía la elección de una Asamblea Nacional que había de decidir sobre la continuación de la guerra o la paz. Marx lo fecha aquí el 31 de enero. ↩

  40. La Asamblea Nacional elegida el 8 de febrero de 1871 y reunida en Burdeos, con mayoría monárquica de terratenientes y notables rurales; de ahí el apodo de «rurales» que les dio París. ↩

  41. Nombre que se dio a la Cámara de Diputados ultrarrealista elegida en 1815, tras la segunda Restauración, y disuelta en 1816. ↩

  42. «Hidalguía»: en francés en el original. ↩

  43. El salón del Oeil-de-Boeuf, antecámara de los aposentos del rey en Versalles, donde esperaban los cortesanos; por extensión, la corte del Antiguo Régimen. ↩

  44. Pierre-Antoine Berryer (1790-1868), Frédéric-Alfred de Falloux (1811-1886) y Henri de La Rochejaquelein (1805-1867), dirigentes parlamentarios legitimistas en la Segunda República. ↩

  45. El señor de Pourceaugnac, hidalgo provinciano necio y ridículo de la comedia homónima de Molière (1669). ↩

  46. En el manuscrito no hay apartado 4. ↩

  47. Joseph Vinoy (1800-1880), general bonapartista que había participado en el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851; de ahí Décembriseur, «decembrista». En marzo de 1871 era gobernador de París. ↩

  48. Los agentes de la policía municipal de París. ↩

  49. El Comité Central de la Guardia Nacional se formó en febrero y marzo de 1871 con delegados elegidos por los batallones de la Guardia Nacional de París, federados entre sí; de ahí el nombre de «federados» que se dio a sus combatientes. Tras el 18 de marzo ejerció el poder en París hasta la elección de la Comuna. ↩

  50. Claude-Martin Lecomte (1817-1871), general que mandaba las tropas enviadas a Montmartre el 18 de marzo; fue fusilado ese mismo día por sus soldados y la multitud. ↩

  51. Jacques Léon Clément-Thomas (1809-1871), republicano moderado, general en 1848 y jefe de la Guardia Nacional de París en noviembre de 1870-febrero de 1871; fue reconocido y fusilado el 18 de marzo en Montmartre. ↩

  52. Le National, diario parisiense de los republicanos burgueses moderados, fundado en 1830; sus hombres formaron parte del gobierno provisional de 1848. ↩

  53. El 31 de octubre de 1870, al conocerse la capitulación de Metz y las negociaciones de armisticio, los batallones obreros y los blanquistas ocuparon el Hôtel de Ville y retuvieron a miembros del gobierno, que prometieron elecciones a una comuna; la promesa no se cumplió y los dirigentes del movimiento fueron perseguidos. Louis-Auguste Blanqui (1805-1881) y Gustave Flourens (1838-1871) estaban entre ellos. ↩

  54. Los «bretones» eran los guardias móviles de Bretaña que Trochu, bretón él mismo, empleó como fuerza de orden en París; los corsos formaban una parte considerable de la gendarmería y de la policía del Segundo Imperio. ↩

  55. Alphonse Tamisier (1809-1880), general republicano, comandante en jefe de la Guardia Nacional de París desde septiembre de 1870; dimitió tras el 31 de octubre. ↩

  56. Adolphe Le Flô (1804-1887), general, ministro de la Guerra del Gobierno de la Defensa Nacional y del gobierno de Thiers hasta junio de 1871. ↩

  57. En el texto inglés, «Central Commune» (la Comuna Central); la versión alemana de la MEW lee «Zentralkomitee» (Comité Central). ↩

  58. En la entrada en Londres de la princesa Alejandra de Dinamarca, prometida del príncipe de Gales, el 7 de marzo de 1863, varias personas murieron aplastadas por la multitud. ↩

  59. Denis Affre (1793-1848), arzobispo de París, fue herido de muerte el 25 de junio de 1848 en una barricada del arrabal de Saint-Antoine, adonde había acudido para mediar. Jacquemet (Marx escribe «Jaquemet») era su vicario general. ↩

  60. Georges Darboy (1813-1871), arzobispo de París, tomado como rehén por la Comuna en abril de 1871; fue fusilado el 24 de mayo, después de escrito este borrador. ↩

  61. Petits crevés: nombre que se daba en el Segundo Imperio a los jóvenes ociosos y afectados de la buena sociedad. ↩

  62. Georges-Charles d’Anthès, barón de Heeckeren, el conde de Coëtlogon y el periodista Henri de Pène, bonapartistas notorios, figuraban entre los organizadores de la manifestación de «los amigos del orden» del 22 de marzo de 1871 en la rue de la Paix. ↩

  63. Sommations: intimaciones legales a dispersarse que la autoridad tenía que repetir antes de emplear la fuerza contra una aglomeración. La Riot Act inglesa (1714) obligaba a leer en voz alta una proclama con el mismo fin. ↩

  64. Nicolas Changarnier (1793-1877), general monárquico, jefe de la guarnición y de la Guardia Nacional de París en 1848-1851. ↩

  65. El 13 de junio de 1849, la Montaña pequeñoburguesa convocó en París una manifestación pacífica contra la expedición francesa que había ido a derribar la República romana; fue dispersada por la tropa y sirvió de pretexto para una nueva ola de represión. ↩

  66. Jean Saisset (1810-1879), almirante, nombrado jefe de la Guardia Nacional de París por el gobierno de Versalles el 20 de marzo de 1871; intentó organizar a los batallones de los barrios burgueses contra el Comité Central y abandonó París a los pocos días. ↩

  67. Nombre que se daba en Nápoles al proletariado andrajoso; aquí, el lumpenproletariado. ↩

  68. Émile-Victor Duval (1840-1871), fundidor, miembro de la Internacional y de la Comuna; capturado en la salida del 4 de abril de 1871, fue fusilado sin juicio por orden del general Vinoy. ↩

  69. Gaston de Galliffet (1830-1909), general de caballería, célebre por su crueldad en la represión de la Comuna. Su mujer, la marquesa de Galliffet, era una de las figuras de las fiestas de la corte del Segundo Imperio. ↩

  70. Gustave Flourens (1838-1871), naturalista y revolucionario, miembro de la Comuna, fue capturado en Rueil el 3 de abril de 1871 y muerto a sablazos por el capitán de gendarmería Desmarêt. ↩

  71. Tom Pouce: nombre francés de Tom Thumb, Pulgarcito, el personaje diminuto del cuento popular inglés. Tamerlán (Timur, 1336-1405), conquistador de Asia central, proverbial por su crueldad. ↩

  72. El decreto de la Comuna sobre los rehenes, adoptado el 5 de abril de 1871 y publicado en la prensa inglesa con fecha del 7, disponía que los cómplices de Versalles quedaran como rehenes y que a cada ejecución de un prisionero de la Comuna respondiera la de rehenes. ↩

  73. En el reducto de Moulin-Saquet, cerca de Vitry, los versalleses sorprendieron de noche y pasaron a la bayoneta a guardias nacionales el 4 de mayo de 1871; en Clamart, al sur de París, fusilaron en masa a prisioneros a comienzos de mayo. ↩

  74. «L’Assemblée siège paisiblement». ↩

  75. Henri Tolain (1828-1897), cincelador, uno de los fundadores de la Internacional en Francia y diputado por París en la Asamblea Nacional. El ministro de la Guerra era el general Le Flô. ↩

  76. Émile Ollivier (1825-1913), jefe del gobierno de Napoleón III en 1870, declaró ante el Cuerpo Legislativo, el 15 de julio de 1870, que aceptaba la responsabilidad de la guerra contra Prusia «con el corazón ligero» (le cœur léger). ↩

  77. Manifiesto del Comité Central de la Guardia Nacional fechado el 18 de marzo de 1871 y publicado el 21 de marzo en el Journal officiel que editaba en París la Comuna. Marx lo fecha aquí el 20 de marzo y más abajo, en los fragmentos, el 18. ↩

  78. «Imperialism»: aquí, el régimen del Segundo Imperio de Napoleón III, no el imperialismo en el sentido que la palabra tomó a finales del siglo XIX. ↩

  79. «Charges» en el texto inglés de 1934; la versión alemana de la MEW lee «Triumph» (triunfo). ↩

  80. «Conclusión»: en alemán en el manuscrito. ↩

  81. Hippolyte-François Jaubert (1798-1874), conde, político conservador, ministro de Obras Públicas en el gabinete de Thiers de 1840 y diputado en la Asamblea Nacional de 1871. ↩

  82. La sala del Juego de Pelota de Versalles, donde los diputados del Tercer Estado juraron el 20 de junio de 1789 no separarse hasta dar una constitución a Francia. ↩

  83. Alusión a la frase atribuida a La Fayette en julio de 1830, al presentar a Luis Felipe de Orleans al pueblo de París: «Es la mejor de las repúblicas». ↩

  84. Cuerpo de voluntarios católicos formado en 1860-1861 para defender los Estados Pontificios. Tras la toma de Roma por Italia en 1870, muchos de sus miembros combatieron en Francia. ↩

  85. Henri de Cathelineau y Athanase de Charette, descendientes de jefes de la sublevación realista de la Vendée de 1793, mandaban en 1870-1871 cuerpos de voluntarios legitimistas de la Vendée y de Bretaña que combatieron en el ejército de Versalles. ↩

  86. La ley electoral del 31 de mayo de 1850, votada por la mayoría del partido del orden, exigía tres años de residencia en el mismo municipio y privó del voto a cerca de tres millones de electores, sobre todo obreros. ↩

  87. Nicolas Chauvin, soldado legendario de los ejércitos napoleónicos, de patriotismo fanático y ciego, del que viene la palabra «chovinismo». ↩

  88. Enrique, conde de Chambord (1820-1883), pretendiente legitimista con el nombre de Enrique V, y Felipe de Orleans, conde de París (1838-1894), nieto de Luis Felipe y pretendiente orleanista. ↩

  89. El arzobispo de París, Georges Darboy, rehén de la Comuna, escribió a Thiers el 8 de abril de 1871 pidiéndole que pusiera fin a los fusilamientos de prisioneros, que provocaban las represalias de la Comuna. Thiers le respondió negando esos fusilamientos. ↩

  90. «Notre artillerie ne bombarde pas: elle canonne, il est vrai.» ↩

  91. «Délivrance de Paris des affreux tyrans qui l’oppriment.» ↩

  92. Louis Valentin, general bonapartista, prefecto de policía de París en marzo de 1871. ↩

  93. Los chuanes fueron los campesinos realistas que se sublevaron contra la Revolución en el oeste de Francia en la década de 1790; el nombre se aplicó por analogía a los voluntarios legitimistas de Bretaña y de la Vendée que mandaban Charette y Cathelineau en el ejército de Versalles. ↩

  94. «L’assemblée est plus libérale que lui-même.» Marx escribe «Séance vom 27 April», mezclando francés y alemán. ↩

  95. «On peut compter sur ma parole à laquelle je n’ai jamais manqué.» ↩

  96. «L’assemblée est une des plus libérales qu’ait nommée la France.» ↩

  97. En francés en el original: affreux. ↩

  98. Patrice de MacMahon (1808-1893), mariscal de Francia, vencido y hecho prisionero en Sedán; mandaba el ejército de Versalles contra la Comuna. ↩

  99. La Ligue d’union républicaine des droits de Paris, formada en abril de 1871 por republicanos burgueses de París que intentaron mediar entre la Comuna y Versalles. ↩

  100. Las logias masónicas de París enviaron delegaciones a Versalles para pedir una tregua y, a finales de abril de 1871, se manifestaron en apoyo de la Comuna plantando sus estandartes en las murallas. ↩

  101. En el original, la cita sigue en francés desde «à toutes jambes»: «… à toutes jambes, laissant 150 morts et blessés sur le champ de bataille… Voilà la victoire que la Commune peut célébrer dans ses bulletins. Paris sera sous peu délivré de ses terribles tyrans qui l’oppriment». ↩

  102. «Vil multitude»: expresión de Thiers en la Asamblea Legislativa, en mayo de 1850, durante el debate de la ley electoral que restringió el sufragio universal. ↩

  103. «Los que se escabullen»: juego de palabras con francs-tireurs, los francotiradores voluntarios; así se llamó a los burgueses que huyeron de París durante el asedio. ↩

  104. Coblenza fue durante la Revolución francesa el centro de la emigración contrarrevolucionaria de la nobleza; Charles Alexandre de Calonne (1734-1802), antiguo ministro de Hacienda de Luis XVI, fue uno de sus dirigentes. ↩

  105. El tratado de paz definitivo entre Francia y Alemania se firmó en Fráncfort el 10 de mayo de 1871. ↩

  106. Jules Dufaure (1798-1881), abogado y político orleanista, ministro de Justicia de Thiers de 1871 a 1873. Su circular del 23 de abril de 1871 ordenaba perseguir como delito los llamamientos a la conciliación con París. ↩

  107. Las elecciones municipales del 30 de abril de 1871, celebradas con la nueva ley municipal de abril, dieron en la mayor parte de las ciudades la victoria a los republicanos. ↩

  108. Varios consejos municipales republicanos proyectaron reunir en Burdeos, en mayo de 1871, un congreso de delegados de las ciudades para mediar entre París y Versalles; el gobierno lo prohibió invocando la ley de 1834 sobre las asociaciones y la ley municipal de 1855, que prohibía a los consejos municipales comunicarse entre sí. ↩

  109. Vienne, ciudad del departamento de Isère. Desde «en su circular», Marx copia la cita en francés. ↩

  110. Louis d’Aurelle de Paladines (1804-1877), general clerical y monárquico, nombrado comandante de la Guardia Nacional de París en marzo de 1871. ↩