Escrito en inglés por Karl Marx en Londres en abril y mayo de 1871 como primer borrador del manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores La guerra civil en Francia (véase el texto definitivo). Publicado íntegro por primera vez en su inglés original, con traducción rusa, en Arjiv Marksa i Engelsa, tomo III (VIII), Moscú, 1934. Traducido del original inglés, según la transcripción del Marx-Engels Archive (marxists.org) de la edición de Ediciones en Lenguas Extranjeras (Pekín, 1966), que sigue el texto de 1934, cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 493-571), por la Escuela de marxismo, 2026. Es un manuscrito de trabajo, con frases inacabadas, notas sueltas y extractos de prensa; los pasajes que Marx dejó en francés o en alemán (citas de periódicos y documentos de la Comuna, apuntes para sí mismo) se dan traducidos. Entre corchetes, las palabras que suplieron los editores de 1934. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

El Gobierno de la Defensa

Cuatro meses después de comenzada la guerra, cuando el Gobierno de la Defensa había arrojado un hueso a [la] Guardia Nacional de París permitiéndole mostrar su capacidad de combate en Buzenval,1 el gobierno creyó llegado el momento oportuno para preparar a París para la capitulación. Ante la reunión de los alcaldes2 de París convocada para tratar de la capitulación, Trochu,3 en presencia y con el apoyo de Jules Favre4 y de algunos otros colegas suyos, reveló por fin su «plan». Dijo literalmente:

«La primera pregunta que me dirigieron mis colegas la noche del 4 de septiembre fue esta: ¿puede París resistir, con alguna probabilidad de éxito, un sitio del ejército prusiano? No dudé en responder que no. Algunos de mis colegas aquí presentes pueden dar fe de la verdad de estas palabras mías y de que he mantenido esa opinión. Les dije en estos mismos términos que, tal como estaban las cosas, el intento de París de sostener un sitio frente al ejército prusiano sería una locura. Sin duda, añadí, podría ser una locura heroica, pero no sería otra cosa… Los acontecimientos no han desmentido mi previsión.»

El plan de Trochu, desde el día mismo de la proclamación de la república, era la capitulación de París y de Francia. En realidad, él era el comandante en jefe de los prusianos. En una carta a Gambetta,5 el propio Jules Favre llegó a confesar que el enemigo al que había que abatir no era el soldado prusiano, sino el «demagogo» (revolucionario) de París. Las altisonantes promesas que el Gobierno de la Defensa hacía al pueblo eran, por tanto, otras tantas mentiras deliberadas. El «plan» lo llevaron a cabo sistemáticamente confiando la defensa de París a generales bonapartistas, desorganizando la Guardia Nacional y organizando el hambre bajo la mala administración de Jules Ferry.6 ¡Los intentos de los obreros de París, el 5 de octubre, el 31 de octubre, etc., de sustituir a estos traidores por la Comuna fueron aplastados como conspiraciones con el prusiano!7 Después de la capitulación, la máscara cayó (fue arrojada a un lado). Los capitulards8 se convirtieron en un gobierno por la gracia de Bismarck. Prisioneros suyos, estipularon con él un armisticio general cuyas condiciones desarmaban a Francia y hacían imposible toda resistencia ulterior. Resucitados en Burdeos como Gobierno de la República, estos mismos capitulards, por boca de Thiers, su antiguo embajador, y de Jules Favre, su ministro de Asuntos Exteriores, imploraron fervientemente a Bismarck, en nombre de la mayoría de la llamada Asamblea Nacional y mucho antes del levantamiento de París, que desarmara y ocupara París y aplastara a «su canaille»,9 como el propio Bismarck, a su regreso de Francia a Berlín, contó burlonamente a sus admiradores de Fráncfort. Esta ocupación de París por los prusianos: tal era la última palabra del «plan» del Gobierno de la Defensa. El cinismo descarado con que, desde que se instalaron en Versalles, esos mismos hombres adulan a Prusia y reclaman su intervención armada ha dejado atónita incluso a la prensa venal de Europa. Las hazañas heroicas de la Guardia Nacional de París, desde que ya no combate a las órdenes de los capitulards, sino contra ellos, han obligado incluso a los más escépticos a marcar con la palabra «traidor» la frente de bronce de los Trochu, Jules Favre y compañía. Los documentos incautados por la Comuna han aportado por fin las pruebas jurídicas de su alta traición. Entre esos papeles hay cartas de los sabreurs10 bonapartistas a quienes se había confiado la ejecución del «plan» de Trochu, en las que esos infames miserables hacen chistes y se burlan de su propia «defensa de París» (véase, por ejemplo, la carta de Alphonse Simon Guiod, comandante supremo de la artillería del ejército de defensa de París y gran cruz de la Legión de Honor, a Suzanne, general de división de artillería, publicada por el Journal officiel de la Comuna).11

Es evidente, por tanto, que los hombres que forman hoy el gobierno de Versalles solo pueden librarse de la suerte de traidores convictos mediante la guerra civil, la muerte de la república y una restauración monárquica al amparo de las bayonetas prusianas.

Pero —y esto es de lo más característico de los hombres del Imperio, así como de los hombres que solo en su suelo y en su atmósfera podían crecer hasta convertirse en tribunos de pega del pueblo—, la república victoriosa no solo los marcaría como traidores, sino que tendría que entregarlos como delincuentes comunes a los tribunales penales. ¡Basta con mirar a Jules Favre, Ernest Picard y Jules Ferry, los grandes hombres, a las órdenes de Thiers, del Gobierno de la Defensa!

Una serie de documentos judiciales auténticos, que abarcan unos veinte años y que publicó el señor Millière,12 diputado en la Asamblea Nacional, prueba que Jules Favre, que vivía amancebado con la mujer de un borracho residente en Argel, había logrado, mediante un encadenamiento complicadísimo de audaces falsificaciones, apoderarse en nombre de sus bastardos de una cuantiosa herencia que lo hizo rico, y que solo la connivencia de los tribunales bonapartistas le salvó de quedar al descubierto en un pleito entablado por los herederos legítimos. Así pues, Jules Favre, ese untuoso portavoz de la familia, la religión, la propiedad y el orden, pertenece desde hace mucho tiempo al Code pénal. Los trabajos forzados a perpetuidad serían su suerte inevitable bajo cualquier gobierno honrado.

Ernest Picard, actual ministro del Interior de Versalles, que se nombró a sí mismo el 4 de septiembre ministro del Interior del Gobierno de la Defensa después de haber intentado en vano que lo nombrara Luis Bonaparte,13 este Ernest Picard es hermano de un tal Arthur Picard. Cuando, junto con Jules Favre y compañía, tuvo la desfachatez de proponer a este digno hermano suyo como candidato al Corps législatif en el Sena y Oise, el gobierno imperial publicó dos documentos: un informe de la Prefectura de Policía (13 de julio de 1867) según el cual este Arthur Picard había sido expulsado de la Bourse por «escroc»,14 y otro documento, del 11 de diciembre de 1868, según el cual Arthur había confesado el robo de 300.000 francos, cometido por él como director de una de las sucursales de la Société générale, en el número 5 de la rue Palestro. Ernest no solo hizo de su digno Arthur el redactor jefe de un periódico suyo, L’Électeur libre, fundado bajo el Imperio y que sigue publicándose hasta hoy, un periódico en el que se denuncia a diario a los republicanos como «ladrones, bandidos y partageux»,15 sino que, una vez convertido en ministro del Interior de la «Defensa», empleó a Arthur como intermediario financiero entre el Ministerio del Interior y la Bolsa, para descontar allí los secretos de Estado que se le confiaban.

Toda la correspondencia «financiera» entre Ernest y Arthur ha caído en manos de la Comuna. Como el lacrimoso Jules Favre, Ernest Picard, el Joe Miller16 del gobierno de Versalles, es un hombre que pertenece al Code pénal y a las galeras.

Para completar el trío, Jules Ferry, un pobre abogado sin pan antes del 4 de septiembre, no contento con organizar el hambre de París, se las había arreglado para sacar de esa hambre una fortuna. ¡El día en que tuviera que rendir cuentas de sus malversaciones durante el sitio de París sería el día de su condena!

¡No es de extrañar, pues, que estos hombres, que solo en una monarquía protegida por bayonetas prusianas pueden esperar librarse del presidio, que solo en el torbellino de la guerra civil pueden ganarse su libertad condicional,17 que estos desesperados fueran elegidos en el acto por Thiers y aceptados por los rurales18 como los instrumentos más seguros de la contrarrevolución!

No es de extrañar que, cuando a comienzos de abril los guardias nacionales capturados quedaron expuestos en Versalles a los feroces ultrajes de los «corderos» de Piétri19 y de la chusma versallesa, el señor Ernest Picard, «con las manos en los bolsillos del pantalón, fuera de grupo en grupo haciendo chistes», mientras «en el balcón de la Prefectura la señora Thiers, la señora de Jules Favre y un ramillete de dames semejantes, con un aspecto de excelente salud y de óptimo humor», se regocijaban con aquella escena repugnante. No es de extrañar, pues, que mientras una parte de Francia se retuerce bajo la bota de los conquistadores, mientras París, el corazón y la cabeza de Francia, vierte a diario ríos de su mejor sangre defendiéndose de los traidores de dentro…, los Thiers, los Favre y compañía se entreguen a festejos en el palacio de Luis XIV, como, por ejemplo, la gran fête que dio Thiers en honor de Jules Favre a su regreso de Ruán (adonde se le había enviado a conspirar con (adular a) los prusianos). Es la orgía cínica de unos delincuentes que han escapado a la justicia.

Si el Gobierno de la Defensa hizo primero de Thiers su embajador en el extranjero, que iba mendigando por todas las cortes de Europa para trocar allí un rey para Francia por su intervención contra Prusia; si más tarde lo envió de gira por las provincias francesas para conspirar allí con los châteaux20 y preparar en secreto las elecciones generales que, junto con la capitulación, habían de tomar a Francia por sorpresa, Thiers, por su parte, los hizo a ellos sus ministros y altos funcionarios. Eran hombres seguros.

Hay algo bastante misterioso en el proceder de Thiers: su temeridad al precipitar la revolución de París. No contento con aguijonear a París con las manifestaciones antirrepublicanas de sus rurales, con las amenazas de descabezar y descapitalizar París,21 con la ley de Dufaure (ministro de Justicia de Thiers) del 10 de marzo sobre los échéances,22 los vencimientos de las letras, que amenazaba con la bancarrota al comercio de París, con el nombramiento de embajadores orleanistas, con el traslado de la Assemblée a Versalles, con la imposición de un nuevo impuesto sobre los periódicos, con la supresión de los periódicos republicanos de París, con el restablecimiento del estado de sitio, proclamado primero por Palikao23 y anulado con la caída del gobierno imperial el 4 de septiembre, con el nombramiento de Vinoy, el Décembriseur24 y ex senador, como gobernador de París, de Valentin,25 el gendarme imperialista, como prefecto de policía, y de Aurelle de Paladines,26 el general jesuita, como comandante en jefe de la Guardia Nacional de París, abrió la guerra civil con fuerzas débiles, con el ataque de Vinoy a las alturas de Montmartre, con el intento de quitar primero a los guardias nacionales los cañones que les pertenecían y que el convenio de París les había dejado solo porque eran de su propiedad, y de desarmar así a París.27

¿De dónde ese afán febril d’en finir, de acabar de una vez? Desarmar y aplastar a París era, desde luego, la primera condición de una contrarrevolución monárquica; pero un intrigante astuto como Thiers solo podía arriesgar el porvenir de aquella difícil empresa, emprendiéndola sin la debida preparación y con medios ridículamente insuficientes, bajo el empuje de alguna necesidad abrumadoramente apremiante. El motivo era este. Por mediación de Pouyer-Quertier, su ministro de Hacienda,28 Thiers había concertado un empréstito de dos mil millones, que debían pagarse inmediatamente al contado, al que seguirían otros varios miles de millones en ciertos plazos. En esta operación de préstamo se reservaba un pot de vin, una propina, verdaderamente regio para aquellos grandes ciudadanos: Thiers, Jules Favre, Ernest Picard, Jules Simon,29 Pouyer-Quertier, etc. Pero el negocio tenía una pega. Antes de sellar definitivamente el contrato, los prestamistas querían una garantía: la pacificación de París. De ahí el proceder temerario de Thiers. De ahí el odio salvaje contra los obreros de París, tan perversos como para estorbar aquel buen negocio.

En cuanto a los Jules Favre, los Picard, etc., hemos dicho bastante para probar que son dignos cómplices de semejante chanchullo. En cuanto al propio Thiers, es notorio que durante sus dos ministerios bajo Luis Felipe se embolsó dos millones, y que durante su presidencia del consejo (desde marzo de 1840) se le echaron en cara desde la tribuna de la Cámara de Diputados sus malversaciones en la Bourse, a lo que respondió derramando lágrimas, mercancía de la que dispone con tanta soltura como Jules Favre y el célebre actor Frédérick Lemaître.30 No es menos notorio que la primera medida que tomó el señor Thiers para salvar a Francia de la ruina financiera que la guerra le había echado encima fue asignarse un sueldo anual de tres millones de francos, exactamente la suma que Luis Bonaparte obtuvo en 1850 del señor Thiers y su tropa en la Asamblea Legislativa como compensación por permitirles abolir el sufragio universal.31 Esta dotación de tres millones al señor Thiers fue la primera palabra de «la república económica» cuya perspectiva había abierto a sus electores de París en 1869. En cuanto a Pouyer-Quertier, es un hilandero de algodón de Ruán. En 1869 fue el cabecilla del cónclave de fabricantes que proclamó la necesidad de una rebaja general de los salarios para la «conquista» del mercado inglés, intriga que entonces hizo fracasar la Internacional. Pouyer-Quertier, por lo demás partidario ferviente, e incluso servil, del Imperio, solo le encontró un defecto: su tratado de comercio con Inglaterra,32 perjudicial para los intereses de su propio negocio. Su primer paso como ministro de Hacienda del señor Thiers fue denunciar ese «odioso» tratado y proclamar la necesidad de restablecer los viejos aranceles protectores en beneficio de su propio negocio. Su segundo paso fue el intento patriótico de golpear a Alsacia con los viejos aranceles protectores restablecidos, con el pretexto de que en este caso ningún tratado internacional se oponía a reintroducirlos. Con este golpe maestro, su propio negocio de Ruán se habría librado de la peligrosa competencia de los negocios rivales de Mulhouse.33 Su último paso fue regalar a su yerno, el señor Roche-Lambert, el puesto de receveur général, recaudador general de Hacienda, del Loiret, uno de los ricos botines que caen en el regazo de los burgueses gobernantes, la misma gran prebenda por la que Pouyer-Quertier tanto había censurado a su predecesor imperial, el señor Magne,34 que había dotado con ella a su propio hijo. Este Pouyer-Quertier era, pues, justamente el hombre que hacía falta para perpetrar el chanchullo antes dicho.

30 de marzo. Rappel.35 Jules Ferry, ex alcalde de París, ha prohibido, por una circular del 28 de marzo, a los empleados del octroi36… seguir haciendo cualquier recaudación para la ciudad de París.

Pequeñas bribonadas de Estado, un carácter pequeño… conciencia carcomida… eterno inspirador de intrigas parlamentarias… mezquinos expedientes y artimañas… ensayando sus homilías de liberalismo, de las «libertés nécessaires»…37 ávidamente empeñado en… razones de peso que oponer a las probabilidades de fracaso… argumentos contundentes que sirven de contrapeso… una especie de heroísmo en la bajeza exagerada… afortunadas estratagemas parlamentarias…

El señor E. Picard es un malandrín que durante todo el sitio se dedicó a especular en la Bolsa con las derrotas de nuestros ejércitos.

Matanza, traición, incendio, asesinato, calumnia, mentira.

En su discurso a la reunión de los alcaldes, etc. (25 de abril), el propio Thiers dice que los «asesinos de Clément Thomas y de Lecomte»38 [son] un puñado de criminales, «y aquellos que con razón puedan ser considerados cómplices de esos crímenes por conspiración o ayuda, es decir, un número muy pequeño de individuos».

Dufaure quiere aplastar a París con procesos de prensa en las provincias. Monstruoso: llevar periódicos ante un jurado por predicar la «conciliación».

Dufaure39 desempeña un gran papel en la intriga de Thiers. Con su ley del 10 de marzo soliviantó a todo el comercio endeudado de París. Con su ley sobre los alquileres de París amenazó a todo París. Ambas leyes debían castigar a París por haber salvado el honor de Francia y retrasado seis meses la rendición a Bismarck. Dufaure es orleanista y «liberal» en el sentido parlamentario de la palabra. Por eso ha sido siempre el ministro de la represión y del estado de sitio.

Aceptó su primera cartera el 13 de mayo de 1839, después de la derrota de la dernière prise d’armes, el último alzamiento armado, del partido republicano,40 y fue, por tanto, el ministro de la represión despiadada del gobierno de Julio de aquel tiempo.

El 2 de junio de 1849, Cavaignac,41 obligado en octubre (de 1848) a levantar el estado de sitio, llamó a su ministerio a dos ministros de Luis Felipe (Dufaure, para el Interior, y Vivien).42 Los nombró a petición de la rue [de] Poitiers43 (Thiers), que exigía garantías. Esperaba asegurarse así el apoyo de los dinásticos para la inminente elección presidencial. Dufaure empleó los medios más ilegales para asegurar la candidatura de Cavaignac. Nunca se habían practicado la intimidación y la corrupción electoral en mayor escala. Dufaure inundó Francia de libelos difamatorios contra los demás candidatos, y en especial contra Luis Bonaparte, lo que no le impidió llegar a ser más tarde ministro de Luis Bonaparte. Dufaure volvió a ser el ministro del estado de sitio del 13 de junio de 1849 (contra la manifestación de la Guardia Nacional contra el bombardeo de Roma, etc., por el ejército francés).44 Ahora vuelve a ser el ministro del estado de sitio, proclamado en Versalles (para el departamento de Sena y Oise). Se da a Thiers poder para declarar en estado de sitio cualquier departamento. Dufaure, como en 1839 y en 1849, quiere nuevas leyes represivas, nuevas leyes de prensa, una ley para «abreviar las formalidades de los consejos de guerra». En una circular a los procureurs généraux, los fiscales generales, denuncia el grito de «conciliación» como un delito de prensa que debe perseguirse con severidad. Es característico de la magistratura francesa que un solo procureur général (el de Mayenne) escribiera a Dufaure para

«dimitir… No puedo servir a una administración que me ordena, en plena guerra civil, lanzarme a las luchas de partido y perseguir a ciudadanos a quienes mi conciencia tiene por inocentes por haber pronunciado la palabra conciliación».

En 1847 perteneció a la «Union libérale» que conspiraba contra Guizot,45 como perteneció a la «Union libérale» de 1869 que conspiraba contra Luis Bonaparte.

Respecto a la ley del 10 de marzo y a la ley de alquileres, hay que señalar que los mejores clientes tanto de Dufaure como de Picard (ambos abogados) se encuentran entre los propietarios de casas y las bolsas gordas, reacias a perder nada con el sitio de París.

Ahora, como después de la Revolución de Febrero de 1848, estos hombres le dicen a la república lo que el verdugo a Don Carlos: «Je vais t’assassiner, mais c’est pour ton bien.» (Te asesinaré, pero es por tu bien.)46

Lecomte y Clément Thomas

Después del intento de Vinoy de tomar las alturas de Montmartre (el 18 de marzo; fueron fusilados en los jardines del Château-Rouge, a las 4 de la tarde del 18), el general Lecomte y Clément Thomas fueron hechos prisioneros y fusilados por los mismos soldados enardecidos del 81 de línea. Fue un acto sumario de ley de Lynch, ejecutado pese a los ruegos de algunos delegados del Comité Central.47 Lecomte, un degollador con charreteras, había mandado cuatro veces a sus tropas, en la place Pigalle, cargar contra una aglomeración desarmada de mujeres y niños. En lugar de disparar contra el pueblo, los soldados le dispararon a él. Clément Thomas, un antiguo sargento furriel, «general» improvisado [en] vísperas de las matanzas de junio (1848) por los hombres del National,48 del que había sido gérant, gerente, nunca había mojado su espada en la sangre de otro enemigo que no fuera la clase obrera de París. Fue uno de los siniestros conspiradores que provocaron deliberadamente la insurrección de junio y uno de sus verdugos más atroces. Cuando, el 31 de octubre de 1870, los guardias nacionales proletarios de París sorprendieron al «Gobierno de la Defensa» en el Hôtel de Ville y lo hicieron prisionero, estos hombres, que se habían nombrado a sí mismos, estos gens de paroles, hombres de palabra, como los llamó hace poco uno de ellos, Picard, dieron su palabra de honor de que dejarían el sitio a la Comuna. Dejados así escapar impunes, lanzaron a los bretones de Trochu49 sobre sus demasiado confiados captores. Uno de ellos, sin embargo, el señor Tamisier,50 renunció a su cargo de comandante en jefe de la Guardia Nacional. Se negó a faltar a su palabra de honor. Entonces volvió a sonar la hora de Clément Thomas. Fue nombrado comandante en jefe de la Guardia Nacional en el lugar de Tamisier. Era el hombre adecuado para el «plan» de Trochu. «Nunca hizo la guerra a los prusianos»; hizo la guerra a la Guardia Nacional, a la que desorganizó, dividió y calumnió, depurando a todos sus oficiales hostiles al «plan» de Trochu, enfrentando a unos guardias nacionales con otros y sacrificándolos en «salidas» planeadas de modo que los cubrieran de ridículo. Perseguido por los espectros de sus víctimas de junio, este hombre, sin ningún cargo oficial, tuvo que volver a aparecer en [el] teatro de guerra del 18 de marzo, donde olfateaba otra matanza del pueblo de París. Cayó víctima de la ley de Lynch en el primer momento de exasperación popular. Los hombres que habían entregado París a la tierna misericordia del Décembriseur Vinoy para matar la república y embolsarse los pots de vin estipulados en el contrato de Pouyer-Quertier gritaban ahora: ¡Asesinos, asesinos! Su aullido halló eco en la prensa de Europa, tan ávida de la sangre de los «proletarios». En la Assemblée rural se representó una farsa de «sensibilidad» histérica, y ahora como antes los cadáveres de sus amigos fueron armas bienvenidas contra sus enemigos. Se hizo responsables a París y al Comité Central de un incidente que escapaba a su control. Es sabido cómo en las jornadas de junio de 1848 los «hombres del orden» conmovieron a Europa con su grito de indignación contra los insurrectos por el asesinato del arzobispo de París.51 Ya entonces sabían perfectamente, por el testimonio del señor Jacquemet, vicaire général, vicario general, del arzobispo, que lo había acompañado a las barricadas, que el obispo había sido abatido por las tropas de Cavaignac, y no por los insurrectos; pero su cadáver les venía bien. El señor Darboy,52 actual arzobispo de París, uno de los rehenes que tomó la Comuna en defensa propia contra las salvajes atrocidades del gobierno de Versalles, parece sin embargo tener, según se desprende de su carta a Thiers, el extraño presentimiento [de que] Papa Transnonain53 esté deseando especular con su cadáver como objeto de santa indignación. Apenas pasaba un día sin que los periódicos de Versalles anunciaran su ejecución, a la que las continuas atrocidades y violaciones de las leyes de la guerra por parte del «orden» habrían llevado a cualquier gobierno que no fuera el de la Comuna. Apenas había logrado el gobierno de Versalles un primer éxito militar, cuando Thiers condecoró al capitán Desmarêt, que al frente de sus gendarmes había asesinado al caballeroso Flourens.54 Flourens había salvado la vida a los «hombres de la defensa» el 31 de octubre. Vinoy el desertor (el fugitivo) fue nombrado gran cruz de la Legión de Honor porque había hecho fusilar dentro de los reductos a nuestro valiente compañero Duval55 cuando cayó prisionero, porque, como segundo plazo, había hecho fusilar a varias docenas de soldados de línea prisioneros que se habían unido al pueblo de París, e inaugurado esta guerra civil con los «métodos de diciembre».56 El general Galliffet57 —«el marido de aquella encantadora marquesa cuyos disfraces en los bailes de máscaras eran una de las maravillas del Imperio», como dice delicadamente un plumífero londinense a tanto la línea— «sorprendió» cerca de Rueil a un capitán, un teniente y un soldado de la Guardia Nacional, los hizo fusilar en el acto y publicó inmediatamente una proclama en la que se glorificaba de la hazaña. Estos son unos pocos de los asesinatos que el gobierno de Versalles ha narrado oficialmente y de los que se ha glorificado. Veinticinco soldados del 80 regimiento de línea fusilados como «rebeldes» por el 75.

«Todo hombre con el uniforme del ejército regular que era capturado en las filas de los comunistas era fusilado en el acto sin la menor piedad. Las tropas del gobierno se mostraron absolutamente feroces.»

«El señor Thiers comunicó a la Asamblea los alentadores pormenores de la muerte de Flourens.»

Versalles, 4 de abril. Thiers, ese enano contrahecho, informa sobre los prisioneros llevados a Versalles (en su proclama):

«Nunca habían caído bajo la mirada afligida de la gente honrada semblantes más degradados de una democracia degradada.» (¡Los hombres de Piétri!)

«Vinoy protesta contra cualquier clemencia con los oficiales insurrectos o con los soldados de línea.»

El 6 de abril, decreto de la Comuna sobre las represalias (y los rehenes):58

«Considerando que el gobierno de Versalles pisotea abiertamente las leyes de la humanidad y las de la guerra, y que se ha hecho culpable de horrores con los que ni siquiera los invasores de Francia se han deshonrado… se decreta, etc.» (Siguen los artículos.)

5 de abril, proclama de la Comuna:

«Cada día los bandidos de Versalles degüellan o fusilan a nuestros prisioneros, y cada hora nos enteramos de que se ha cometido un nuevo asesinato… El pueblo, incluso en su cólera, detesta el derramamiento de sangre, como detesta la guerra civil; pero es su deber protegerse contra los salvajes atentados de sus enemigos, y, cueste lo que cueste, será ojo por ojo y diente por diente.»

«Los sergents de ville59 que combaten contra París cobran 10 francos al día.»

Versalles, 11 de abril. Pormenores horribles de fusilamientos a sangre fría de prisioneros, no de desertores, relatados con evidente fruición por oficiales generales y otros testigos oculares.

En su carta a Thiers, Darboy protesta «contra los atroces excesos que añaden horror a nuestra guerra fratricida». En el mismo tono escribe Deguerry (curé de la Madeleine, cura de la Madeleine):60

«Estas ejecuciones despiertan grandes cóleras en París y pueden provocar allí terribles represalias.» «Así, se ha resuelto que por cada nueva ejecución se ordenen dos de entre los numerosos rehenes que se tienen en las manos. Juzgue usted hasta qué punto lo que [yo] le pido como sacerdote es de una necesidad rigurosa y absoluta.»

En medio de estos horrores, Thiers escribe a los prefectos: «La Asamblea sesiona apaciblemente.» (También ella tiene el corazón ligero.)61

Thiers y la commission des quinze62 de sus rurales tuvieron el frío descaro de «desmentir oficialmente» las «pretendidas ejecuciones sumarias y represalias atribuidas a las tropas de Versalles». Pero Papa Transnonain [dijo] en su circular del 16 de abril sobre el bombardeo de París:

«Si se han disparado algunos cañonazos, no ha sido obra del ejército de Versalles, sino de algunos insurrectos que quieren hacer creer que combaten, cuando no se atreven a dar la cara.»

Thiers ha demostrado que supera a su héroe, Napoleón I, al menos en una cosa: en los boletines mentirosos. (¡Naturalmente, París se bombardea a sí mismo para poder calumniar al señor Thiers!)

¡Ante estas atroces provocaciones de los esquiroles bonapartistas, la Comuna se ha limitado a tomar rehenes y a amenazar con represalias, pero sus amenazas se han quedado en letra muerta! ¡Ni siquiera los gendarmes disfrazados de oficiales, ni siquiera los sergents de ville capturados, a los que se han incautado bombas explosivas, han sido llevados ante un consejo de guerra! ¡La Comuna se ha negado a mancharse las manos con la sangre de esos sabuesos!

Pocos días antes del 18 de marzo, Clément Thomas presentó al ministro de la Guerra, Le Flô,63 un plan para desarmar a tres cuartas partes de la Guardia Nacional.

«La flor y nata de la chusma», decía, «se ha concentrado en torno a Montmartre y se entiende con Belleville.»

La Asamblea Nacional

La Asamblea elegida el 8 de febrero bajo la presión del enemigo, en cuyas manos los hombres que gobiernan en Versalles habían puesto todos los fuertes y entregado París sin defensa, la Asamblea de Versalles tenía un objetivo único y claramente determinado por el propio convenio firmado en Versalles el 29 de enero:64 decidir si la guerra podía continuarse o tratar de la paz; y, en este caso, fijar las condiciones de esa paz y asegurar lo antes posible la evacuación del territorio francés.

Chanzy, el arzobispo de París, etc.

La liberación de Chanzy65 tuvo lugar casi al mismo tiempo que la retirada de Saisset.66 Los periodistas realistas habían sido unánimes en decretar la muerte del general. Querían cargar a los rojos ese amable proceder. Tres veces lo habían mandado ejecutar, y ahora sí que iban a fusilarlo de verdad.

Después del asunto de la place Vendôme:67 En Versalles reinaba la consternación. Se esperaba un ataque contra Versalles para el 23 de marzo, pues los dirigentes de la agitación comunal habían anunciado que marcharían sobre Versalles si la Asamblea tomaba alguna medida hostil. La Asamblea no la tomó. Al contrario, votó con carácter de urgencia una propuesta para celebrar elecciones comunales en París, etc. Con estas concesiones la Asamblea reconocía su impotencia. Al mismo tiempo, intrigas realistas en Versalles. Generales bonapartistas y el duque de Aumale.68 Favre confesó haber recibido una carta de Bismarck en la que se anunciaba que, si el orden no se restablecía antes del 26 de marzo, París sería ocupado por las tropas alemanas. Los rojos vieron claramente a través de su pequeño artificio. El asunto de la place Vendôme lo provocó el falsario, ese jesuita infame de J. Favre, que el (¿21 de marzo?) subió a la tribuna de la Asamblea de Versalles para insultar a ese pueblo que lo sacó de la nada y levantar a París contra los departamentos.

30 de marzo, proclama de la Comuna:

«Hoy los criminales, a los que ni siquiera habéis querido perseguir, abusan de vuestra magnanimidad para organizar a las puertas mismas de la ciudad un foco de conspiración monárquica. Invocan la guerra civil, ponen en juego todas las corrupciones, aceptan todas las complicidades, se han atrevido a mendigar hasta el apoyo del extranjero.»

Thiers

El 25 de abril, en su recepción de los alcaldes, tenientes de alcalde y concejales municipales de los municipios del extrarradio del Sena, Thiers dijo:

«La república existe. El jefe del poder ejecutivo no es más que un simple ciudadano.»

El progreso de Francia de 1830 a 1871 consiste, según el señor Thiers, en lo siguiente: en 1830, Luis Felipe era «la mejor de las repúblicas».69 En 1871, el fósil ministerial del reinado de Luis Felipe, el propio Thiers, el hombrecillo, es la mejor de las repúblicas.

El señor Thiers inició su régimen con una usurpación. La Asamblea Nacional lo nombró jefe del ministerio de la Asamblea; él se nombró a sí mismo jefe del poder ejecutivo de Francia.

La Asamblea y la revolución de París

La Asamblea, convocada por imposición del invasor extranjero, solo fue elegida, como se establece claramente en el convenio de Versalles del 29 de enero, para un único fin: decidir la continuación de la guerra o fijar las condiciones de la paz. Al llamar al pueblo francés a las urnas, los propios capitulards de París definieron con claridad esa misión específica de la Asamblea, y eso explica en gran parte su misma composición. Como la continuación de la guerra se había hecho imposible por los términos mismos del armisticio que los capitulards habían aceptado humildemente, la Asamblea no tenía en realidad más que registrar una paz vergonzosa, y para esa tarea específica los peores hombres de Francia eran [los] mejores.

La república no la proclamaron el 4 de septiembre los picapleitos que se instalaron en el Hôtel de Ville como Gobierno de la Defensa, sino el pueblo de París. Fue aclamada en toda Francia sin una sola voz discordante. Conquistó su propia existencia en una guerra de cinco meses cuya piedra angular fue la prolongada resistencia de París. Sin esa guerra, librada por la república y en nombre de la república, Bismarck habría restaurado el Imperio después de la capitulación de Sedán; los picapleitos, con el señor Thiers a la cabeza, habrían tenido que capitular no por París, sino para obtener garantías personales contra un viaje a Cayena,70 y nunca se habría oído hablar de la Asamblea rural. Esta se reunió solo por la gracia de la revolución republicana iniciada en París. Como no era una Asamblea constituyente, según el propio señor Thiers ha repetido hasta la náusea, no habría tenido siquiera derecho a proclamar la destitución de la dinastía de los Bonaparte, si no era como simple cronista de los hechos consumados de la revolución republicana.71 El único poder legítimo en Francia es, por tanto, la revolución misma, que tiene su centro en París. Esa revolución no se hizo contra Napoleón el Pequeño,72 sino contra las condiciones sociales y políticas que engendraron el Segundo Imperio, que bajo su dominación recibieron su último acabado y que, como reveló de manera flagrante la guerra con Prusia, dejarían a Francia convertida en un cadáver si no fueran sustituidas por las fuerzas regeneradoras de la revolución de la clase obrera francesa. Los intentos de la Asamblea rural, que solo tiene un poder de apoderado de la revolución para firmar el desastroso pagaré que su actual «Ejecutivo» entregó al invasor extranjero, su intento de tratar a la revolución como a su propio capitulard, es, por tanto, una usurpación monstruosa. Su guerra contra París no es más que una cobarde chuanería73 al amparo de las bayonetas prusianas. Es una simple conspiración para asesinar a Francia, con el fin de salvar los privilegios, los monopolios y los lujos de las clases degeneradas, decrépitas y podridas que la han arrastrado al abismo del que solo puede salvarla la mano hercúlea de una revolución verdaderamente social.

El mejor ejército de Thiers

Ya antes de convertirse en «estadista», el señor Thiers había demostrado como historiador sus dotes para la mentira. Pero la vanidad, tan característica de los hombres enanos, lo ha arrastrado esta vez a lo sublime del ridículo. Su ejército del orden —la hez de la soldatesca bonapartista recién reimportada, por la gracia de Bismarck, de las cárceles prusianas, los zuavos pontificios,74 los chuanes de Charette, los vendeanos de Cathelineau,75 los «municipales» de Valentin, los ex sergents de ville de Piétri y los gendarmes corsos de Valentin, que bajo L. Bonaparte no eran más que los espías del ejército y bajo el señor Thiers forman su flor guerrera, todo ello bajo la vigilancia de mouchards, soplones, con charreteras y bajo el mando de los fugitivos mariscales decembristas que no tenían honor que perder—, esta tropa abigarrada, desgarbada y patibularia es la que el señor Thiers bautiza como «el mejor ejército que Francia ha tenido nunca». Si permite a los prusianos seguir acantonados en Saint-Denis, es solo para asustarlos con la vista del «mejor ejército» de Versalles.

Thiers

Pequeñas bribonadas de Estado.

Eterno inspirador de intrigas parlamentarias, el señor Thiers nunca fue otra cosa que un periodista «hábil» y un diestro «esgrimidor» de palabras, un maestro de la bribonería parlamentaria, un virtuoso del perjurio, un artesano de todas las pequeñas estratagemas, las viles perfidias y los sutiles artificios de la guerra de partidos parlamentaria. Este gnomo malicioso ha embelesado a la burguesía francesa durante medio siglo porque es la expresión intelectual más fiel de su propia corrupción de clase. Cuando estaba en las filas de la oposición, ensayaba una y otra vez su manida homilía de las «libertés nécessaires», para pisotearlas cuando estaba en el poder. Cuando estaba fuera del gobierno, solía amenazar a Europa con la espada de Francia. ¿Y en qué consistieron en realidad sus hazañas diplomáticas? En tragarse en 1841 la humillación del tratado de Londres,76 en precipitar la guerra con Prusia con sus declamaciones contra la unidad alemana, en comprometer a Francia en 1870 con su gira de mendicante por todas las cortes de Europa, en firmar en 1871 la capitulación de París, en aceptar una «paz a cualquier precio» e implorar de Prusia una concesión: permiso y medios para montar una guerra civil en su propio país pisoteado. A un hombre de su calaña le quedaron siempre desconocidas, naturalmente, las fuerzas subterráneas de la sociedad moderna; pero tampoco supo entender los cambios palpables de su superficie. Por ejemplo, denunciaba como un sacrilegio cualquier desviación del viejo sistema proteccionista francés y, siendo ministro de Luis Felipe, llegó a tratar con desdén la construcción de ferrocarriles como una quimera disparatada; e incluso bajo Luis Bonaparte se opuso con ahínco a toda reforma de la podrida organización del ejército francés. Un hombre sin ideas, sin convicciones y sin valor.

Un «revolucionario» profesional en el sentido de que, en su afán de lucirse, de ejercer el poder y de meter las manos en el Tesoro nacional, nunca tuvo escrúpulos, cuando se veía desterrado a los bancos de la oposición, en atizar las pasiones populares y provocar una catástrofe para desplazar a un rival; es al mismo tiempo el más superficial de los hombres rutinarios, etc. A la clase obrera la vilipendiaba como «la vil multitud». Uno de sus antiguos colegas de las asambleas legislativas, contemporáneo suyo, capitalista y, sin embargo, miembro de la Comuna de París, el señor Beslay,77 se dirige a él así en una carta pública:

«La sujeción (asservissement) del trabajo al capital, ese es el “fondo” de vuestra política, y [desde] el día en que visteis la república del trabajo instalada en el Hôtel de Ville no habéis dejado de gritar a Francia: “¡Son unos criminales!”.»

No es de extrañar que el señor Thiers haya dado orden, por medio de su ministro del Interior, Ernest Picard, de impedir que «la Asociación Internacional» se comunique con París (sesión de la Asamblea, 28 de marzo). Circular de Thiers a los prefectos y subprefectos:

«Los buenos obreros, tan numerosos en comparación con los malos, deben saber que, si el pan vuelve a escapárseles de la boca, se lo deben a los adeptos de la Internacional, que son los tiranos del trabajo del que se pretenden libertadores.»

Sin la Internacional…

(Ahora la historia del dinero.) (Él y Favre han trasladado su dinero a Londres.) Dice el refrán que cuando los pícaros riñen sale a relucir la verdad. No podemos, pues, terminar mejor el retrato de Thiers que con las palabras del Moniteur londinense del amo de sus generales de Versalles. Dice La Situation,78 en su número del 28 de marzo:

«El señor Thiers nunca ha sido ministro sin empujar a los soldados a la matanza del pueblo; él, el parricida, el hombre del incesto, el malversador, el plagiario, el traidor, el ambicioso, el impuissant, el impotente.»

Ducho en astucias y en marrullerías.

Aliado con los republicanos antes de la revolución de Julio, se coló en su primer ministerio bajo Luis Felipe dando de lado a Laffitte,79 su antiguo protector. Su primera hazaña fue meter en la cárcel a su antiguo colaborador Armand Carrel.80 Se congració con Luis Felipe como espía y accoucheur carcelero, partero de carcelería, de la duquesa de Berry;81 pero su actividad culminó en la matanza de los republicanos insurrectos de París en la rue Transnonain y en las leyes de septiembre contra la prensa,82 tras lo cual se le echó a un lado como un instrumento que se había embotado. Tras volver a abrirse paso en el poder a fuerza de intrigas en 1840, proyectó las fortificaciones de París,83 a las que se opuso como a un atentado contra la libertad de París todo el partido democrático, salvo los republicanos burgueses del National. El señor Thiers respondió a su clamor desde la tribuna de la Chambre des députés:

«¡Cómo! ¡Imaginar que unas obras de fortificación, sean las que sean, puedan dañar la libertad!… Eso es situarse fuera de toda realidad. Y, en primer lugar, es calumniar a un gobierno, sea el que sea, suponer que pueda intentar algún día mantenerse bombardeando la capital. ¡Cómo! ¿Después de haber perforado con sus bombas la cúpula de los Inválidos o del Panteón, después de haber inundado con su fuego la morada de vuestras familias, se presentaría ante vosotros para pediros la confirmación de su existencia? Pero sería cien veces más imposible después de la victoria que antes.»

En efecto, ni el gobierno de Luis Felipe ni el de la regencia bonapartista se atrevieron a retirarse de París y bombardearlo.84 Este empleo de las fortificaciones quedó reservado al señor Thiers, su primer urdidor.

Cuando el rey Bomba85 de Nápoles bombardeó Palermo en enero de 1848, el señor Thiers volvió a declarar en la Cámara de Diputados: «Ya sabéis, señores, lo que pasa en Palermo: todos os habéis estremecido de horror al saber que durante cuarenta y ocho horas ha sido bombardeada una gran ciudad. ¿Por quién? ¿Por un enemigo extranjero que ejercía los derechos de la guerra? No, señores, por su propio gobierno. ¿Y por qué? Porque esa ciudad infortunada pedía derechos. ¡Pues bien!, por pedir sus derechos ha tenido cuarenta y ocho horas de bombardeo. Permitidme apelar a la opinión europea. Es prestar un servicio a la humanidad venir a hacer resonar, desde la que quizá sea la mayor tribuna de Europa, algunas palabras de indignación contra tales actos. Señores, cuando hace cincuenta años los austriacos, ejerciendo los derechos de la guerra, quisieron bombardear Lille para ahorrarse las demoras de un sitio; cuando más tarde los ingleses, que también ejercían los derechos de la guerra, bombardearon Copenhague,86 y muy recientemente, cuando el regente Espartero, que había prestado servicios a su país, quiso bombardear Barcelona para reprimir una insurrección,87 en todos los partidos hubo una indignación general.»

Poco más de un año después, Thiers hacía de apologista fogoso del bombardeo de Roma por las tropas de la República francesa88 y ensalzaba a su amigo el general Changarnier89 por haber cargado a sablazos contra los guardias nacionales de París que protestaban contra esa violación de la Constitución francesa.

Pocos días antes de la Revolución de Febrero de 1848, irritado por el largo destierro del poder al que lo había condenado Guizot, [y] olfateando la creciente agitación de las masas, que esperaba le permitiría desbancar a su rival e imponerse a Luis Felipe, Thiers exclamó en la Cámara de Diputados:

«Soy del partido de la revolución, tanto en Francia como en Europa. Deseo que el gobierno de la revolución permanezca en manos de hombres moderados… Pero, aunque ese gobierno pasara a manos de hombres ardientes, aunque fueran radicales, no por eso abandonaría mi causa. Seré siempre del partido de la revolución.»

Aplastar la Revolución de Febrero fue su ocupación exclusiva desde el día en que se proclamó la república hasta el coup d’état.

Los primeros días después del estallido de febrero se escondió con angustia, pero los obreros de París lo despreciaban demasiado para odiarlo. Aun así, con su notoria cobardía, que hizo que Armand Carrel respondiera a su jactancia de que «moriría un día a orillas del Rin»: «Tú morirás en un arroyo», no se atrevió a desempeñar un papel en la escena pública antes de que las fuerzas populares quedaran quebrantadas con la matanza de los insurrectos de junio. Al principio se limitó a dirigir en secreto la conspiración de la réunion de la rue de Poitiers,90 que desembocó en la restauración del Imperio, hasta que la escena estuvo lo bastante despejada para reaparecer en ella públicamente.

Durante el sitio de París, a la pregunta de si París iba a capitular, Jules Favre respondió que, para pronunciar la palabra capitulación, ¡hacía falta el bombardeo de París! Esto explica sus melodramáticas protestas contra el bombardeo prusiano, dando a entender que este era un bombardeo de pega, mientras que el bombardeo de Thiers es una dura realidad.

Saltimbanqui parlamentario.

Lleva cuarenta años en escena. Nunca ha tomado la iniciativa de una sola medida útil en ningún ámbito del Estado o de la vida. Vanidoso, escéptico, epicúreo, nunca ha escrito ni hablado por las cosas mismas. A sus ojos, las cosas no son más que pretextos para lucir su pluma o su lengua. Salvo su sed de cargos, de dinero y de lucimiento, no hay nada real en él, ni siquiera su chovinismo.

En la vena genuina de los periodistas profesionales vulgares, ora se burla en sus boletines [de] la mala cara de sus prisioneros de Versalles, ora comunica que los rurales están «à leur aise», a sus anchas, ora se cubre de ridículo con su boletín sobre la toma de Moulin-Saquet (4 de mayo),91 donde se hicieron 300 prisioneros:

«El resto de los insurrectos huyó a todo correr, dejando 150 muertos y heridos en el campo de batalla», y añade con mordacidad: «Esa es la victoria que la Comuna puede celebrar mañana en sus boletines.» «París se verá pronto liberado de los terribles tiranos que lo oprimen.»

París: el «París» de la masa del pueblo de París que combate contra él no es «París». «París: eso son los ricos, los capitalistas, los ociosos» (¿por qué no el lupanar cosmopolita?). Ese es el París del señor Thiers. El París real, el París que trabaja, piensa y combate, el París del pueblo, el París de la Comuna, es una «vil multitud». Ahí está todo el caso del señor Thiers, no solo respecto a París, sino respecto a Francia. El París que mostró su valor en la «procesión pacífica»92 y en la escapada de Saisset, que se agolpa ahora en Versalles, en Rueil, en Saint-Denis, en Saint-Germain-en-Laye, seguido por las cocottes pegadas al «hombre de la religión, la familia, el orden y la propiedad» (el París de los verdaderamente «peligrosos», de las clases explotadoras y holgazanas) (los «franc-fileurs»)93 y que se divierte mirando con el catalejo la batalla en curso, para el que «la guerra civil no es más que una agradable distracción»: ese es el París del señor Thiers (como la emigración de Coblenza era la Francia del señor de Calonne).94 En su vena de periodista vulgar, ni siquiera sabe guardar una dignidad fingida, sino que asesina a las mujeres, a las muchachas y a los niños encontrados bajo las ruinas de Neuilly95 para no apartarse de la etiqueta de la «legitimidad». Tiene que iluminar las elecciones municipales que ha ordenado en Francia con el incendio de Clamart, quemado con bombas de petróleo. Los historiadores romanos rematan el retrato de Nerón contándonos que el monstruo se jactaba de ser rimador y comediante. Pero encumbrad al poder a un simple periodista profesional y saltimbanqui parlamentario como Thiers, y superará a Nerón en neronismo.

Solo desempeña su papel de instrumento ciego de intereses de clase al permitir a los «generales» bonapartistas vengarse de París; pero desempeña su papel personal en la pequeña comedia accesoria de los boletines, los discursos y las alocuciones, en la que asoman la vanidad, la vulgaridad y el gusto más bajo del periodista.

Se compara con Lincoln y compara a los parisinos con los esclavistas rebeldes del Sur. Los sudistas combatían por la esclavitud del trabajo y por la secesión territorial de los Estados Unidos. ¡París combate por la emancipación del trabajo y por la secesión del poder de los parásitos estatales de Thiers, de los aspirantes a esclavistas de Francia!

En su discurso a los alcaldes:

«¡Se puede contar con mi palabra, a la que nunca he faltado!»

«La Asamblea es una de las más liberales que ha elegido Francia.»

Salvará la república,

«con tal de que el orden y el trabajo no se vean perpetuamente comprometidos por quienes se pretenden los guardianes particulares de la salvación de la república».

En la sesión de la Asamblea del 27 de abril dice: «¡La Asamblea es más liberal que él mismo!»

¡Él, cuyo triunfo retórico fue siempre la denuncia de los tratados de Viena,96 firma el tratado de París, no solo el desmembramiento de una parte de Francia (no solo la ocupación de casi la mitad de ella), sino también los miles de millones de indemnización, sin pedir siquiera a Bismarck que especifique y pruebe sus gastos de guerra!97 ¡Ni siquiera permite a la Asamblea de Burdeos discutir los párrafos de su capitulación!

¡Él, que durante toda su vida reprochó a los Borbones que hubieran vuelto a la zaga de los ejércitos extranjeros y su conducta indigna con los aliados que ocuparon Francia después de concluida la paz, no pide a Bismarck en el tratado más que una concesión: 40.000 soldados para someter a París (como declaró Bismarck en la Dieta)!98 París estaba plenamente asegurado, a todos los efectos de la defensa interior y de las agresiones extranjeras, por su Guardia Nacional armada; pero Thiers añadió en el acto [a] la capitulación de París ante el extranjero el carácter de una capitulación de París ante él mismo y compañía. Esta estipulación era una estipulación para la guerra civil. ¡Y esa guerra la abre no solo con el permiso pasivo de Prusia, sino gracias a las facilidades que ella le presta, gracias a las tropas francesas prisioneras que ella le envía magnánimamente desde las mazmorras alemanas! En sus boletines, en sus discursos y en los de Favre ante la Asamblea, se arrastra por el polvo ante Prusia y amenaza a París cada ocho días con la intervención prusiana, después de no haber logrado obtenerla, como declaró el propio Bismarck. ¡Los Borbones eran la dignidad misma comparados con este saltimbanqui, este gran apóstol del chovinismo!

Tras el hundimiento de Prusia (paz de Tilsit, 1807), su gobierno sintió que solo podía salvarse a sí mismo y salvar el país mediante una gran regeneración social (revolución). Aclimató en Prusia en pequeña escala, dentro de los límites de una monarquía feudal, los resultados de la Revolución francesa. Liberó al campesino, etc.99

Tras la derrota de Crimea, que, por mucho que Rusia hubiera salvado su honor con la defensa de Sebastopol y deslumbrado al extranjero con sus triunfos diplomáticos en París,100 puso al desnudo dentro del país la podredumbre de su sistema social y administrativo, su gobierno emancipó al siervo y [reformó] todo su sistema administrativo y judicial. En ambos países la audaz reforma social quedó trabada y limitada en su carácter porque fue otorgada desde el trono y no (en lugar de ser) conquistada por el pueblo. Aun así, hubo grandes cambios sociales, que acabaron con los peores privilegios de las clases dominantes y cambiaron la base económica de la vieja sociedad. Sintieron que la gran enfermedad solo podía curarse con remedios heroicos. Sintieron que solo podían responder a los vencedores con reformas sociales, dando vida a elementos de regeneración popular. ¡La catástrofe francesa de 1870 no tiene parangón en la historia del mundo moderno! Mostró que la Francia oficial, la Francia de Luis Bonaparte, la Francia de las clases dominantes y de sus parásitos estatales, era un cadáver en putrefacción. ¿Y cuál es el primer intento de los hombres infames que se hicieron con su gobierno sorprendiendo al pueblo y que lo conservan mediante una conspiración con el invasor extranjero, cuál es [su] primer intento? ¡Asesinar, bajo el patrocinio prusiano, con la soldatesca de L. Bonaparte y la policía de Piétri, la gloriosa obra de regeneración popular comenzada en París, convocar a todos los espectros legitimistas derrotados por la revolución de Julio, a los estafadores fósiles de Luis Felipe derrotados por la Revolución de Febrero, y celebrar una orgía de contrarrevolución! ¡Semejante heroísmo en la autodegradación exagerada no tiene precedentes en los anales de la historia! Pero, lo que es más característico, ¡en lugar de suscitar un grito general de indignación en la Europa y la América oficiales, suscita una corriente de simpatía y de feroz denuncia de París! Esto prueba que París, fiel a sus antecedentes históricos, busca la regeneración del pueblo francés haciendo de él el campeón de la regeneración de la vieja sociedad, haciendo de la regeneración social de la humanidad la causa nacional de Francia. Es la emancipación de la clase productora respecto de las clases explotadoras, de sus servidores y de sus parásitos estatales, que prueban la verdad del dicho francés de que «los criados del diablo son peores que el diablo mismo». ¡París ha izado la bandera de la humanidad!

18 de marzo: el gobierno impuso un

«timbre de 2 céntimos sobre cada ejemplar de toda publicación periódica, sea cual sea su naturaleza». «Prohibido fundar nuevos periódicos hasta que se levante el estado de sitio.»

Las distintas fracciones de la burguesía francesa tuvieron sucesivamente sus reinados: los grandes propietarios de tierras bajo la Restauración (los viejos Borbones), los capitalistas bajo la monarquía parlamentaria de Julio (Luis Felipe), mientras sus elementos bonapartistas y republicanos seguían enconándose en segundo plano. Sus querellas e intrigas de partido se llevaban adelante, naturalmente, con pretextos de bien público, y cuando una revolución popular se deshizo de una de estas monarquías, se instaló la otra.

Todo esto cambió con la república (de febrero). Todas las fracciones de la burguesía se coaligaron en el partido del orden, es decir, el partido de los propietarios y de los capitalistas, unidos para mantener la sujeción económica del trabajo y la maquinaria represiva del Estado que la sostiene. En lugar de una monarquía, cuyo mismo nombre significaba el predominio de una fracción burguesa sobre la otra, una victoria para un bando y una derrota para el otro (el triunfo de un bando y la humillación del otro), la república era la sociedad anónima de las fracciones burguesas coaligadas, de todos los exploiteurs del pueblo asociados; y, en efecto, legitimistas, bonapartistas, orleanistas, republicanos burgueses, jesuitas y volterianos se abrazaron, sin ocultarse ya al abrigo de la corona, sin poder ya interesar al pueblo en sus querellas de partido disfrazándolas de luchas por el interés popular, sin subordinarse ya los unos a los otros. Antagonismo directo y confeso de su dominación de clase con la emancipación de las masas productoras: el orden, nombre de las condiciones económicas y políticas de su dominación de clase y de la servidumbre del trabajo; esta forma anónima o republicana del régimen burgués, esta república burguesa, esta república del partido del orden, es el más odioso de todos los regímenes políticos. Su ocupación directa, su única raison d’être, es aplastar al pueblo. Es el terrorismo de la dominación de clase. La cosa se hace así. Después de que el pueblo ha combatido y hecho la revolución, proclamado la república y abierto paso a una Asamblea Nacional, la mayoría de la Asamblea, compuesta por los enemigos vencidos y declarados de la república, empuja al primer plano de la escena a los burgueses cuyas notorias profesiones de fe republicanas son una garantía para su «república». A los republicanos se les encomienda la tarea de empujar al pueblo a la trampa de una insurrección para aplastarlo a sangre y fuego. Este papel lo desempeñó después de la Revolución de Febrero el partido del National, con Cavaignac a la cabeza (con la insurrección de junio). Con su crimen contra las masas, estos republicanos pierden entonces su ascendiente. Han hecho su trabajo y, si se les permite todavía apoyar al partido del orden en su lucha general contra el proletariado, al mismo tiempo se les aparta del gobierno, se les obliga a replegarse a las últimas filas y solo se les tolera «por condescendencia». Los burgueses realistas coaligados se convierten entonces en los padres de la república; empieza la verdadera dominación del «partido del orden». Rotas por el momento las fuerzas materiales del pueblo, comienza pieza a pieza la obra de la reacción: el desmantelamiento de todas las concesiones conquistadas en cuatro revoluciones. Al pueblo lo exasperan hasta la locura no solo los actos del partido del orden, sino el cinismo descarado con que se le trata como al vencido, con que esa ralea lo domina soberanamente en su propio nombre, en nombre de la república. Naturalmente, esa forma espasmódica de despotismo de clase anónimo no puede durar mucho; solo puede ser una fase transitoria. Sabe que está sentado sobre un volcán revolucionario. Por otra parte, si el partido del orden está unido en su guerra contra la clase obrera, en su calidad de partido del orden, el juego de intrigas de sus distintas fracciones, unas contra otras, cada cual por el predominio de su interés particular dentro del viejo orden de la sociedad, cada cual por la restauración de su propio pretendiente y de sus ambiciones personales, se desata con toda su fuerza en cuanto su dominación parece asegurada (garantizada) por la destrucción de las fuerzas materiales revolucionarias. Esta combinación de una guerra común contra el pueblo y de una conspiración común contra la república, unida a las disensiones internas de sus gobernantes y a su juego de intrigas, paraliza la sociedad, asquea y desconcierta a las masas de la clase media y «perturba» los negocios, los mantiene en un estado crónico de inquietud. Bajo este régimen se crean (se han engendrado) todas las condiciones del despotismo, pero de un despotismo sin tranquilidad, de un despotismo encabezado por la anarquía parlamentaria. Suena entonces la hora de un coup d’état, y la ralea incapaz tiene que dejar el sitio a cualquier pretendiente afortunado que ponga fin a la forma anónima de la dominación de clase. Así puso fin Luis Bonaparte a la república burguesa, tras sus cuatro años de existencia. Durante todo ese tiempo Thiers fue el «âme damnée»,101 el instrumento ciego, del partido del orden, que en nombre de la república hizo la guerra a la república, una guerra de clase contra el pueblo, y que en realidad creó el Imperio. Ahora ha desempeñado exactamente el mismo papel que entonces, solo que entonces como intrigante parlamentario y ahora como jefe del poder ejecutivo. Si no lo vence la revolución, será ahora, como entonces, un instrumento burlado. Sea cual sea el gobierno que venga a sustituirlo, su primer acto será echar a un lado al hombre que entregó Francia a Prusia y bombardeó París.

Thiers tenía muchos agravios contra Luis Bonaparte. Este lo había usado como instrumento y como ingenuo. Lo había asustado (le había destrozado los nervios) con su detención tras el coup d’état.102 Lo había anulado al suprimir el régimen parlamentario, el único bajo el que un simple parásito estatal como Thiers, un simple charlatán, puede desempeñar un papel político. Por último, [pero] no menos importante, Thiers, que había sido el limpiabotas histórico de Napoleón, había descrito tanto tiempo sus hazañas que se figuraba haberlas realizado él mismo.103 La caricatura legítima de Napoleón I no era a sus ojos Napoleón el Pequeño, sino el pequeño Thiers. Con todo eso, no hubo infamia cometida por L. Bonaparte que Thiers no respaldara, desde la ocupación de Roma por las tropas francesas hasta la guerra con Prusia.

Solo un hombre de cabeza tan hueca como la suya puede figurarse un instante que una república que lleve su cabeza sobre los hombros, con una Asamblea Nacional mitad legitimista y mitad orleanista y con un ejército a las órdenes de jefes bonapartistas, no lo echará a un lado si sale victoriosa.

No hay nada más grotescamente horrible que un Pulgarcito que se da aires de hacer (que representa el papel [de]) Timur Tamerlán.104 En él los actos de crueldad no son solo cuestión de negocio, sino cosa de exhibición teatral (efecto escénico) de una vanidad fantástica. ¡Escribir «sus» boletines, mostrar «su» severidad, tener «sus» tropas, «su» estrategia, «sus» bombardeos, «sus» bombas de petróleo, ocultar «su» cobardía bajo la sangre fría con que permite a los esquiroles decembristas vengarse de París! ¡Esta especie de heroísmo en la bajeza exagerada! ¡Se regocija del importante papel que desempeña y del ruido que hace en el mundo! Se cree de verdad un gran hombre: ¡y qué gigantesco (titánico) debe de parecer a los ojos del mundo él, el enano, el charlatán parlamentario! ¡En [medio de] las horribles escenas de esta guerra, uno no puede menos de sonreír ante las ridículas cabriolas que hace la vanidad de Thiers! El señor Thiers es un hombre de imaginación viva, por su sangre corre una vena de artista y una vanidad de artista capaz de engañarlo hasta hacerle creer en sus propias mentiras y en su propia grandeza.

Por todos los discursos, boletines, etc., de Thiers corre una vena de vanidad exaltada.

Ese affreux Triboulet.105

Espléndido bombardeo (con bombas de petróleo) desde el Mont-Valérien;106 destruyó una parte de las casas de Les Ternes, dentro de la muralla (?), con un incendio grandioso y un estruendo espantoso de cañones que sacudía todo París. Bombas lanzadas a propósito sobre los barrios de [Les] Ternes y de los Campos Elíseos.

Bombas explosivas, bombas de petróleo.

La Comuna

El glorioso plumífero británico a tanto la línea ha hecho el espléndido descubrimiento de que esto no es lo que nosotros solíamos entender por autogobierno. Desde luego que no lo es. No es la autoadministración de las ciudades por concejales tragones de sopa de tortuga, juntas parroquiales trapisondistas y feroces administradores de los asilos de pobres. No es la autoadministración de los condados por los dueños de anchas tierras, bolsas largas y cabezas vacías. No es la abominación judicial de «los Grandes No Pagados».107 No es el autogobierno político del país por medio de un club oligárquico y de la lectura del periódico The Times. Es el pueblo que actúa por sí mismo y para sí mismo.

¡En medio de esta guerra de caníbales, lo más repugnante: los chillidos «literarios» del horrendo gnomo sentado a la cabeza del gobierno!

¡El trato feroz de los prisioneros en Versalles no se interrumpió un solo momento, y su asesinato a sangre fría se reanudó en cuanto Versalles se convenció de que la Comuna era demasiado humana para ejecutar su decreto de represalias!

¡El Paris-Journal (en Versalles) dice que 13 soldados de línea hechos prisioneros en la estación de ferrocarril de Clamart fueron fusilados en el acto, y que todos los prisioneros con uniforme de línea que lleguen a Versalles serán ejecutados en cuanto se despejen las dudas sobre su identidad!

El señor Alexandre Dumas hijo cuenta que un joven que ejercía las funciones, ya que no tenía el título, de general fue fusilado después de haber marchado (custodiado) unos centenares de metros por un camino.

5 de mayo, Mot d’ordre:108 Según La Liberté, que se publica en Versalles, «todos los soldados del ejército regular que fueron encontrados en Clamart entre los insurrectos han sido fusilados en el acto» (¡por el Lincoln Thiers!) (Lincoln reconoció los derechos de beligerante.)109 «¡Estos son los hombres que denuncian en las paredes de todos los municipios de Francia a los parisinos como asesinos!» ¡Los bandidos!

Desmarêt.

Diputación de [la] Comuna a Bicêtre (27 de abril) para hacer una investigación sobre los cuatro guardias nacionales del 185.º batallón de marcha de la Guardia Nacional; allí visitaron al superviviente (gravemente herido), Scheffer.

«El enfermo ha declarado que el 15 de abril, en la Belle-Épine, cerca de Villejuif, fue sorprendido con tres de sus camaradas por los cazadores a caballo, que les dijeron que se rindieran. Como les era imposible hacer una resistencia útil contra las fuerzas que los rodeaban, arrojaron sus armas al suelo y se rindieron. Los soldados los rodearon y los hicieron prisioneros sin ejercer contra ellos violencia ni amenaza alguna. Llevaban ya unos instantes prisioneros cuando llegó un capitán de los cazadores a caballo y se precipitó sobre ellos, revólver en mano. Disparó contra uno de ellos sin decir una sola palabra y lo dejó tieso en el sitio; luego hizo lo mismo con el guardia Scheffer, que recibió una bala en pleno pecho y cayó al lado de sus camaradas. Los otros dos guardias retrocedieron espantados ante esta infame agresión, pero el feroz capitán se precipitó sobre los dos prisioneros y los mató con otros dos disparos de revólver. Los cazadores, después de estos actos de atroz y feroz cobardía, se retiraron con su jefe, dejando a sus víctimas tendidas en el suelo.»110

La «New York Tribune» supera a los periódicos de Londres.

La «Asamblea Nacional más liberal y más libremente elegida que ha existido nunca en Francia» del señor Thiers hace juego perfectamente con su «mejor ejército que Francia ha tenido nunca». Esta senil Chambre introuvable,111 elegida con un falso pretexto, se compone casi exclusivamente de legitimistas y orleanistas. ¡Las elecciones municipales, celebradas bajo el propio Thiers el 30 de abril,112 muestran cuál es su relación con el pueblo francés! De 700.000 concejales (en números redondos) elegidos por los 35.000 municipios que todavía quedan en la Francia mutilada, 200 son legitimistas, 600 orleanistas, 7.000 bonapartistas declarados, y todos los demás republicanos o comunistas. (Corresponsal en Versalles del Daily News, 5 de mayo.) ¿Hace falta alguna otra prueba de que esta Asamblea, con la momia orleanista Thiers a la cabeza, representa a una minoría usurpadora?

París

El señor Thiers ha presentado una y otra vez a la Comuna como el instrumento de un puñado de «presidiarios» y de «presidiarios en libertad condicional», de la hez de París. ¡Y este «puñado» de desesperados mantiene a raya desde hace más de seis semanas al «mejor ejército que Francia ha tenido nunca», dirigido por el invencible MacMahon113 e inspirado por el genio del propio Thiers!

No solo lo han refutado las hazañas de los parisinos. Han hablado todos los elementos de París.

«No hay que confundir el movimiento de París con la sorpresa de Montmartre, que no fue más que su ocasión y su punto de partida; este movimiento es general y profundo en la conciencia de París; la mayoría de quienes, por una u otra causa, se han mantenido al margen no niegan por ello su legitimidad social.»

¿Quién dice esto? Los delegados de las cámaras sindicales,114 hombres que hablan en nombre de siete u ocho mil comerciantes e industriales. Han ido a decirlo a Versalles… La Liga de la Unión Republicana…,115 la manifestación de los francmasones,116 etc.

La provincia

Les provinciaux espiègles, los pícaros provincianos.

Si Thiers se figurara un momento que las provincias son realmente hostiles al movimiento de París, haría todo lo que estuviera en su mano para dar a las provincias las mayores facilidades posibles para conocer el movimiento y todos «sus horrores». Les pediría que lo miraran en su realidad desnuda, que se convencieran con sus propios ojos y oídos de lo que es. ¡Pues no! Él y sus «hombres de la defensa» tratan de contener a las provincias, de impedir su levantamiento general por París, con un muro de mentiras, como durante el sitio prusiano impedían que llegaran a París las noticias de las provincias. A las provincias solo se les permite mirar a París a través de la camera obscura (el cristal deformante) de Versalles. (Solo las mentiras y las calumnias de los periódicos de Versalles llegan a los departamentos y allí hacen ley.) Saqueos y asesinatos de 20.000 presidiarios en libertad condicional deshonran la capital.

«La Liga se impone como primer deber arrojar luz y restablecer las relaciones normales entre la provincia y París.»

Lo que eran cuando estaban sitiados en París, eso son ahora que lo sitian a su vez.

«La mentira es, como en el pasado, su arma favorita. Suprimen y secuestran los periódicos de la capital, interceptan las comunicaciones, criban las cartas, de manera que la provincia queda reducida a las noticias que a los Jules Favre, Picard y compañía les place darle, sin que sea posible comprobar la exactitud de lo que dicen.»

Los boletines de Thiers, las circulaires de Picard, las de Dufaure… Los carteles en los municipios. La prensa criminal de Versalles y los alemanes. El petit moniteur. El restablecimiento de los pasaportes para viajar de un lugar a otro. Un ejército de mouchards desplegado en todas direcciones. Detenciones (en Ruán, etc., bajo la autoridad prusiana), etc. Los miles de comisarios de policía repartidos por los alrededores de París han recibido del prefecto-gendarme Valentin la orden de incautarse de todos los periódicos que se impriman en la ciudad insurrecta, sea cual sea su matiz, y de quemarlos en la plaza pública como en los mejores tiempos de la Santa Inquisición.

El gobierno de Thiers recurrió primero a las provincias117 para que formaran batallones de guardias nacionales y los enviaran a Versalles contra París. La provincia, como dice el Journal de Limoges, mostró su descontento negándose a dar los batallones de voluntarios que Thiers y sus rurales le pedían. Los pocos idiotas bretones que combaten bajo una bandera blanca, cada uno de ellos con un corazón de Jesús de tela blanca en el pecho y gritando «Vive le roi!»,118 son el único ejército «provincial» reunido en torno a Thiers.

Las elecciones. Vengeur,119 6 de mayo.

La ley de prensa del señor Dufaure (8 de abril). Dirigida declaradamente contra los «excesos» de la prensa de provincias.

Luego, las numerosas detenciones en la provincia. Se la somete a las leyes de sospechosos.120

Bloqueo intelectual y policial de la provincia.

23 de abril, El Havre: El concejo municipal ha enviado a tres de sus miembros a París y a Versalles con instrucciones de ofrecer su mediación, con miras a poner fin a la guerra civil sobre la base del mantenimiento de la república y de la concesión de franquicias municipales a toda Francia… 23 de abril, delegados de Lyon recibidos por Picard y Thiers: «Guerra a cualquier precio», fue su respuesta.

Mensaje de los delegados de Lyon presentado a la Asamblea por Greppo121 [el] 24 de abril.

Los municipios de las ciudades de provincias cometieron la gran desfachatez de enviar sus diputaciones a Versalles para pedir que se concediera lo que París [había] reclamado; ni un solo municipio de Francia ha enviado un mensaje aprobando los actos de Thiers y de los rurales; los periódicos de provincias, como esos concejos municipales, según se queja Dufaure en su circular contra la conciliación al procureur général,

«ponen en la misma línea a la Asamblea salida del sufragio universal y a la pretendida comuna de París, reprochan a la primera que no haya concedido a París sus derechos municipales, etc.»,

y, lo que es peor, estos concejos municipales, por ejemplo el de Auch,

«le piden unánimemente que proponga inmediatamente un armisticio con París» y que la Asamblea elegida el 8 de febrero se disuelva porque su mandato ha expirado. (Dufaure, [ante] la Asamblea de Versalles, 26 de abril.)

Hay que recordar que eran los antiguos concejos municipales, no los elegidos el 30 de abril. Sus delegaciones eran tan numerosas que Thiers decidió no recibirlas ya personalmente y remitirlas a un subalterno de ministerio.

Por último, las elecciones del 30 de abril, el juicio definitivo sobre la Asamblea y sobre la sorpresa electoral de la que había salido. Si las provincias solo han opuesto hasta ahora una resistencia pasiva a Versalles, sin levantarse por París, [eso] se explica por las posiciones fuertes que las viejas autoridades conservan todavía allí y por el sopor en que el Imperio sumió a la provincia y en el que la guerra la mantuvo. Es evidente que lo único que se interpone entre París y las provincias es el ejército de Versalles, su gobierno y [la] muralla china de mentiras. Si ese muro cae, se unirán a París.

Es de lo más característico que los mismos hombres (Thiers y compañía) que en mayo de 1850 abolieron mediante una conspiración parlamentaria el sufragio universal (Bonaparte los ayudó, para hacerlos caer en una trampa, tenerlos a su merced y proclamarse después del coup d’état restaurador del sufragio universal contra el partido del orden y su Asamblea), porque bajo la república todavía podía jugarles malas pasadas, sean ahora sus adeptos fanáticos y hagan de él su título «legítimo» contra París, después de que bajo Bonaparte recibiera una organización tal que lo convirtió en un simple juguete en manos del poder ejecutivo, en una simple máquina de engaño, de sorpresa y de falsificación al servicio del poder ejecutivo. (Congreso de la Liga de las ciudades)122 (Rappel, 6 de mayo.)

Trochu, Jules Favre y Thiers, provincianos

Cabe preguntarse cómo es que estos saltimbanquis e intrigantes parlamentarios caducos, como Thiers, Favre, Dufaure, Garnier-Pagès123 (reforzados solo por unos pocos bribones del mismo cuño), siguen reapareciendo en la superficie después de cada revolución y usurpando el poder ejecutivo: ¿estos hombres que siempre explotan y traicionan la revolución, ametrallan al pueblo que la hizo y secuestran las pocas concesiones liberales arrancadas a los gobiernos anteriores (a las que ellos mismos se opusieron)?

La cosa es muy sencilla. En primer lugar, si son muy impopulares, como Thiers después de la Revolución de Febrero, la magnanimidad popular los perdona. Tras cada levantamiento victorioso del pueblo, el grito de conciliación, lanzado por los enemigos implacables del pueblo, encuentra eco en el pueblo en los primeros momentos del entusiasmo por su propia victoria. Pasado este primer momento, hombres como Thiers y Dufaure se eclipsan mientras el pueblo conserva el poder material y trabajan en la sombra. Reaparecen en cuanto se le desarma, y la burguesía los aclama como sus chefs-de-file, sus cabecillas.

O bien, como Favre, Garnier-Pagès, Jules Simon, etc. (con el refuerzo de unos pocos más jóvenes de parecido cuño), y el propio Thiers después del 4 de septiembre, [eran] la oposición republicana «respetable» bajo Luis Felipe y después la oposición parlamentaria bajo L. Bonaparte. Los regímenes reaccionarios que ellos mismos inauguraron cuando la revolución los elevó al poder, deportando, matando y desterrando a los verdaderos revolucionarios, les aseguran un puesto en las filas de la oposición. El pueblo olvida su pasado, la clase media los mira como a sus hombres, su pasado infame se olvida, y así reaparecen para recomenzar su traición y su obra de infamia.

Noche del 1 al 2 de mayo: el pueblo de Clamart estaba en manos de la tropa, la estación de ferrocarril en las de los insurrectos (esa estación domina el fuerte de Issy). Por sorpresa (habiendo dejado entrar a sus patrouilles, sus patrullas, un soldado de guardia, al que se había traicionado el santo y seña), el 23.º batallón de cazadores124 entró, sorprendió a la guarnición, la mayoría durmiendo en sus camas, hizo solo 60 prisioneros y pasó a la bayoneta a 300 de los insurrectos. Además, soldados de línea [fueron] fusilados después en el acto. Thiers, en su circular a los prefectos y a las autoridades civiles y militares del 2 de mayo, tiene el descaro de decir:

«¡Ella (la Comuna) detiene a generales (¡Cluseret!)125 solo para fusilarlos, e instituye un comité de salvación pública126 que es absolutamente indigno!»

Tropas al mando del general Lacretelle tomaron por un golpe de mano el reducto de Moulin-Saquet, situado entre el fuerte de Issy y Montrouge. La guarnición fue sorprendida por la traición del comandante Gallien, que había vendido el santo y seña a las tropas de Versalles. 150 federados pasados a la bayoneta y más de 300 hechos prisioneros. El señor Thiers, dice el corresponsal del Times, fue débil cuando debía haber sido firme (el cobarde es siempre débil mientras tiene que temer peligro para sí mismo), y firme cuando todo podía ganarse con algunas concesiones. (El canalla es siempre firme y se da grandes aires cuando el empleo de la fuerza material desangra a Francia, pero cuando él, personalmente, está a salvo. En eso consiste toda su habilidad. Thiers es, como diría Antonio, un «hombre honrado».)127

Boletín de Thiers sobre Moulin-Saquet (4 de mayo):

«Liberación de París de los espantosos tiranos que lo oprimen» («los versalleses iban disfrazados de guardias nacionales») («la mayoría de los federados dormían y fueron heridos o capturados en su sueño»).

Picard:

«Nuestra artillería no bombardea: cañonea, es verdad.» (Moniteur des communes, periódico de Picard.)

«Blanqui,128 sepultado moribundo en un calabozo, Flourens, hecho pedazos por los gendarmes, Duval, fusilado por Vinoy, los tuvieron en sus manos el 31 de octubre, y [no] les hicieron nada.»

La Comuna

1. Medidas en favor de la clase obrera

Abolido el trabajo nocturno de los oficiales panaderos (20 de abril).

La jurisdicción privada usurpada por los señores de las fábricas, etc. (fabricantes), (patronos, grandes y pequeños), que eran a la vez jueces, ejecutores, beneficiarios y partes en los litigios, ese derecho a un código penal propio que les permitía robar el salario de los obreros con multas y descuentos a título de castigo, etc., queda abolida en los talleres públicos y privados; se imponen penas a los patronos que infrinjan esta ley; las multas y descuentos arrancados desde el 18 de marzo han de devolverse a los obreros (27 de abril). Suspendida la venta de los objetos empeñados en las casas de empeño (29 de marzo).

Un gran número de talleres y fábricas de París han cerrado porque sus dueños han huido. Es el viejo método de los capitalistas industriales, que se consideran con derecho, «por la acción espontánea de las leyes de la economía política», no solo a sacar provecho del trabajo, como condición del trabajo, sino a pararlo del todo y echar a los obreros a la calle, a provocar una crisis artificial cada vez que una revolución victoriosa amenaza el «orden» de su «sistema». La Comuna, muy sabiamente, ha nombrado una comisión comunal que, en colaboración con delegados elegidos por los distintos oficios, estudiará la manera de entregar los talleres y fábricas abandonados a sociedades cooperativas de obreros, con alguna indemnización para los capitalistas desertores (16 de abril); (esta comisión tiene también que hacer la estadística de los talleres abandonados).

La Comuna ha dado orden a las mairies, las alcaldías de distrito, de no hacer ninguna distinción entre las mujeres llamadas ilegítimas y las madres y viudas de guardias nacionales en lo que se refiere a la indemnización de 75 céntimos.

Las prostitutas públicas, mantenidas hasta ahora en París para los «hombres del orden», pero sometidas, por su «seguridad», a servidumbre personal bajo la arbitrariedad de la policía: la Comuna ha liberado a las prostitutas de esta esclavitud degradante, pero ha barrido el terreno en que florece la prostitución y a los hombres gracias a los cuales florece. Las prostitutas de alto rango, las cocottes, no eran, naturalmente, bajo la dominación del orden, las esclavas, sino las dueñas de la policía y de los gobernantes.

No hubo tiempo, naturalmente, para reorganizar la instrucción pública (la enseñanza); pero, al eliminar de ella el elemento religioso y clerical, la Comuna ha tomado la iniciativa de la emancipación intelectual del pueblo. Ha nombrado una comisión para la organización de l’enseignement, de la enseñanza (primaria (elemental) y profesional) (28 de abril). Ha ordenado que los maestros entreguen gratuitamente todo el material escolar, como libros, mapas, papel, etc., que ellos reciben a su vez de las mairies de las que dependen. A ningún maestro se le permite, con ningún pretexto, pedir a sus alumnos que le paguen este material escolar (28 de abril).

Casas de empeño: todo resguardo del mont-de-piété129 anterior al 25 de abril de 1871 por empeño de prendas de vestir, muebles, ropa blanca, libros, objetos de cama e instrumentos de trabajo de no más de 20 francos podrá desempeñarse gratuitamente a partir del 12 de mayo corriente (7 de mayo).

2. Medidas en favor de [la] clase obrera, pero sobre todo de las clases medias

Condonado por completo el alquiler de los tres últimos trimestres hasta abril: quien haya pagado alguno de estos tres trimestres tendrá derecho a descontar esa suma de futuros pagos. La misma ley rige para los pisos amueblados. Ningún desahucio por parte de los caseros será válido durante los tres próximos meses (29 de marzo).

Échéances (pago de las letras de cambio vencidas) (vencimiento de las letras): suspendidas todas las acciones judiciales por letras de cambio vencidas (12 de abril).

Todos los efectos de comercio de esta clase han de reembolsarse en (con pagos repartidos en) dos años, a partir del próximo 15 de julio, sin que la deuda devengue intereses. El importe total de las sumas adeudadas se divide en 8 fracciones iguales pagaderas por trimestre (el primer trimestre se cuenta a partir del 15 de julio). Solo se permiten acciones judiciales por estos pagos parciales cuando venzan (16 de abril). Las leyes de Dufaure sobre los alquileres y las letras de cambio llevaban a la quiebra a la mayoría de los tenderos respetables de París.

Los notarios, huissiers, alguaciles, subastadores, corchetes y demás funcionarios judiciales que hasta ahora hacían fortuna con sus funciones se convierten en agentes de la Comuna que reciben de ella sueldos fijos como los demás trabajadores.

Como los profesores de la Escuela de Medicina han huido, la Comuna ha nombrado una comisión para la fundación de universidades libres, que ya no sean parásitos del Estado; a los estudiantes que han aprobado sus exámenes se les dan medios para ejercer independientemente de los títulos de doctor (títulos que conferirá la facultad).

Como los jueces del tribunal civil del Sena, igual que los demás magistrados, siempre dispuestos a funcionar bajo cualquier gobierno de clase, han huido, la Comuna ha nombrado a un abogado para despachar los asuntos más urgentes hasta la reorganización de los tribunales sobre la base del sufragio universal (26 de abril).

3. Medidas generales

Abolida la conscripción. En la guerra actual todo hombre válido (guardia nacional) debe servir. Esta medida es excelente para deshacerse de todos los traidores y cobardes escondidos en París (29 de marzo).

Suprimidos los juegos de azar (2 de abril).

La Iglesia, separada del Estado; suprimido el presupuesto de cultos; todos los bienes eclesiásticos declarados propiedad nacional (3 de abril). La Comuna, después de hacer averiguaciones a raíz de informaciones privadas, descubrió que, además de la vieja guillotina, el «gobierno del orden» había encargado la construcción de una nueva (más expeditiva y portátil) y la había pagado por adelantado. La Comuna mandó quemar públicamente la vieja y la nueva guillotina el 6 de abril. ¡Los periódicos de Versalles, con el eco de la prensa del orden de todo el mundo, contaron que el pueblo de París había quemado esas guillotinas como manifestación contra la sed de sangre de los comuneros! (6 de abril.) Todos los presos políticos fueron puestos en libertad inmediatamente después de la revolución del 18 de marzo. Pero la Comuna sabía que bajo el régimen de L. Bonaparte y de su digno sucesor, el Gobierno de la Defensa, mucha gente había sido encarcelada sin acusación alguna, simplemente como sospechosos políticos. En consecuencia, encargó a [uno] de sus miembros, Protot,130 que hiciera averiguaciones. Este puso en libertad a 150 personas que, detenidas desde hacía seis meses, no habían pasado todavía por ningún interrogatorio judicial; muchas de ellas, detenidas ya bajo Bonaparte, llevaban un año en prisión sin acusación ni interrogatorio judicial (9 de abril). Este hecho, tan característico del Gobierno de la Defensa, los enfureció. Afirmaron que la Comuna había liberado a todos los delincuentes. Pero ¿quién liberó a delincuentes convictos? El falsario Jules Favre. Apenas llegado al poder, se apresuró a liberar a Pic y Taillefer, condenados por robo y falsificación en el asunto del Étendard.131 Uno de estos hombres, Taillefer, que se atrevió a volver a París, ha sido reinstalado en su cómoda morada. Pero eso no es todo. El gobierno de Versalles ha soltado en las maisons centrales,132 por toda Francia, a ladrones convictos a condición de que se alisten en el ejército del señor Thiers.

Decreto sobre la demolición de la columna de la place Vendôme, como «monumento de barbarie, símbolo de la fuerza bruta y de la falsa gloria, afirmación del militarismo, negación del derecho internacional» (12 de abril).133

Elección de Frankel134 (miembro alemán de la Internacional) a la Comuna declarada válida: «considerando que la bandera de la Comuna es la de la República universal y que los extranjeros pueden tener asiento en ella» (4 de abril); Frankel fue elegido después miembro del Ejecutivo de la Comuna (21 de abril).

El Journal officiel ha inaugurado la publicidad de las sesiones de la Comuna (15 de abril).

Decreto de Paschal Grousset135 para proteger a los extranjeros contra las requisas. Nunca hubo en París un gobierno tan cortés con los extranjeros (27 de abril).

La Comuna ha abolido los juramentos políticos y profesionales (27 de abril).

Destrucción del monumento llamado «Capilla expiatoria de Luis XVI», rue d’Anjou-Saint-Thérèse (obra de la Chambre introuvable de 1816) (7 de mayo).136

4. Medidas de seguridad pública

Desarme de los guardias nacionales «leales» (30 de marzo); la Comuna declara incompatible un escaño en sus filas con uno en Versalles (29 de marzo).

Decreto de represalias. Nunca ejecutado. Solo fueron detenidos los individuos siguientes: el arzobispo de París y el cura de la Madeleine; todo el personal del colegio de los jesuitas; los titulares de todas las iglesias principales; parte de estos individuos fueron detenidos como rehenes, parte como conspiradores con Versalles, parte porque intentaron salvar los bienes de la Iglesia de las garras de la Comuna (6 de abril).

«Los monárquicos hacen la guerra como salvajes: fusilan a los prisioneros, asesinan a los heridos, disparan contra las ambulancias; las tropas levantan al aire la culata de sus fusiles y luego disparan a traición.» (Proclama de [la] Comuna.)

Respecto a estos decretos de represalias, hay que señalar:

En primer lugar, hombres de todas las capas de la sociedad de París —después del éxodo de los capitalistas, los ociosos y los parásitos— han intercedido en Versalles para detener la guerra civil, excepto el clero de París. El arzobispo y el cura de [la] Madeleine solo han escrito a Thiers por su aversión a «la efusión de su propia sangre», en su calidad de rehenes.

En segundo lugar: después de que la Comuna publicara el decreto de represalias, la toma de rehenes, etc., el trato atroz a los prisioneros en Versalles por parte de los corderos de Piétri y de los gendarmes de Valentin no cesó, pero el asesinato de los soldados de París y de los guardias nacionales capturados se interrumpió, para reanudarse con renovada furia en cuanto el gobierno de Versalles se convenció de que la Comuna era demasiado humana para ejecutar su decreto del 6 de abril. Entonces volvió a empezar el asesinato al por mayor. La Comuna no ejecutó a un solo rehén, a un solo prisionero, ni siquiera a algunos oficiales de gendarmería que, disfrazados de guardias nacionales, habían entrado en París como espías y fueron simplemente detenidos.

Sorpresa del reducto de Clamart (2 de mayo). Estación de ferrocarril en manos de los parisinos: matanza, bayoneta; el 22.º batallón de cazadores (¿Galliffet?) fusila a soldados de línea en el acto sin ninguna formalidad (2 de mayo). El reducto de Moulin-Saquet, situado entre el fuerte de Issy y Montrouge, sorprendido de noche por la traición del comandante Gallien, que había vendido el santo y seña a las tropas de Versalles. Federados sorprendidos dormidos en sus camas y, en gran parte, asesinados. (¿4 de mayo?)

25 de abril. 4 guardias nacionales (esto lo constataron los comisarios enviados a Bicêtre, donde está el único superviviente de los 4 hombres, en la Belle-Épine, cerca de Villejuif. Se llama Scheffer). Rodeados por cazadores a caballo, estos hombres, sin poder resistir, se rindieron a su orden y fueron desarmados; los soldados no les hicieron nada. Pero entonces llega el capitán de los cazadores y los abate uno tras otro con su revólver. Abandonados allí, en el suelo. Scheffer, gravemente herido, sobrevivió.

13 soldados de línea hechos prisioneros en la estación de ferrocarril de Clamart fueron fusilados en el acto, y todos los prisioneros con uniforme de línea que lleguen a Versalles serán ejecutados en cuanto se despejen las dudas sobre su identidad. (Liberté, en Versalles.) Alexandre Dumas hijo, que está ahora en Versalles, cuenta que un joven que ejercía las funciones, ya que no tenía el título, de general fue fusilado por orden de un general bonapartista después de haber marchado custodiado unos centenares de metros por un camino. Tropas parisinas y guardias nacionales cercados en casas por gendarmes, [que] inundan la casa de petróleo y luego le prenden fuego. Algunos cadáveres de guardias nacionales (calcinés, calcinados) han sido transportados por la ambulancia de la prensa de Les Ternes.137 (Mot d’ordre, 20 de abril.) «No tienen derecho a ambulancias.»

Thiers, Blanqui, el arzobispo, el general Chanzy. (Thiers dijo que a sus bonapartistas les habría gustado que los fusilaran.)138

Registros domiciliarios, etc. Casimir Bouis,139 nombrado presidente de una comisión de investigación sobre las actuaciones de los dictadores del 4 de septiembre (14 de abril). Se han invadido casas particulares y se han incautado papeles, pero no se ha llevado ni vendido en subasta ningún mueble (papeles de los individuos del 4 de septiembre, de Thiers, etc., y de policías bonapartistas), por ejemplo, en el palacete de Lafont, inspecteur général des Prisons, inspector general de prisiones (11 de abril). Las casas (propiedades) de Thiers y compañía, como traidores, han sido registradas, pero solo se han confiscado los papeles.

Detenciones entre ellos mismos: esto escandaliza muchísimo al burgués, que quiere ídolos políticos y «grandes hombres».

«Es irritante (Daily News, 6 de mayo, correspondencia de París), sin embargo, y desalentador que, sea cual [sea] la autoridad que posee la Comuna, esté cambiando continuamente de manos, y no sepamos hoy en quién residirá el poder mañana… En todos estos cambios eternos se echa de ver más que nunca la falta de una mano que presida. La Comuna es un concurso de átomos equivalentes, cada uno celoso de los demás y ninguno dotado de un control supremo sobre los otros.»

¡Supresión de periódicos!

5. Medidas financieras

Véase el Daily News, 6 de mayo.

¡El gasto principal, para la guerra!

Solo 8.928 francos de saisies, de embargos, todo ello tomado a eclesiásticos, etc.

Vengeur, 6 de mayo.

La Comuna

El nacimiento de la Comuna y el Comité Central

La Comuna se había proclamado en Lyon, luego en Marsella, Toulouse, etc., después de Sedán. Gambetta hizo todo lo posible por abatirla.140

Los distintos movimientos de París a comienzos de octubre tendían a establecer la Comuna como medida de defensa contra la invasión extranjera, como realización del levantamiento del 4 de septiembre. Su establecimiento por el movimiento del 31 de octubre fracasó solo porque Blanqui, Flourens y los demás dirigentes de entonces del movimiento creyeron a los gens de paroles que habían dado su parole d’honneur, su palabra de honor, de abdicar y dejar el sitio a una Comuna elegida libremente por todos los arrondissements, los distritos, de París. Fracasó porque salvaron la vida de aquellos hombres tan ávidos de asesinar a sus salvadores. Después de dejar escapar a Trochu y a Ferry, estos los sorprendieron con los bretones de Trochu. Hay que recordar que el 31 de octubre el «Gobierno de la Defensa», que se había impuesto a sí mismo, solo existía por tolerancia. Todavía no había pasado siquiera por la farsa de un plebiscito.141 En estas circunstancias, nada era más fácil, naturalmente, que desfigurar el carácter del movimiento, desacreditarlo como una conspiración de traición con los prusianos, aprovechar la dimisión del único de ellos que no quiso faltar a su palabra para reforzar a los bretones de Trochu, que eran para el Gobierno de la Defensa lo que los spadassins, los espadachines corsos, habían sido para L. Bonaparte, con el nombramiento de Clément Thomas como comandante en jefe de la Guardia Nacional; nada era más fácil para estos viejos sembradores de pánico [que] —apelando a los miedos cobardes de la clase media [ante los] bataillons obreros que habían tomado la iniciativa, sembrando la desconfianza y la discordia entre los propios bataillons obreros con un llamamiento al patriotismo— provocar una de esas jornadas de reacción ciega y de malentendidos desastrosos con las que siempre se las han arreglado para mantener su poder usurpado. Como se habían colado en el poder el 4 de septiembre por sorpresa, ahora pudieron darle una sanción de pega con un plebiscito de genuino corte bonapartista en días de terror reaccionario.

El establecimiento victorioso de la Comuna en París a comienzos de noviembre de 1870 (iniciada ya entonces en las grandes ciudades del [país] y segura de ser imitada en toda Francia) no solo habría quitado la defensa de las manos de los traidores e imprimido [en ella] su entusiasmo, como muestra la heroica guerra que libra hoy París: habría cambiado por completo el carácter de la guerra. Esta se habría convertido en la guerra de la Francia republicana, que izaba la bandera de la revolución social del siglo XIX, contra Prusia, abanderada de la conquista y de la contrarrevolución. En lugar de mandar al viejo intrigante gastado a mendigar por todas las cortes de Europa, habría electrizado a las masas productoras del viejo y del nuevo mundo. Con el escamotage, el escamoteo, de la Comuna el 31 de octubre, los Jules Favre y compañía aseguraron la capitulación de Francia ante Prusia e iniciaron la actual guerra civil.

Pero esto al menos está demostrado: la revolución del 4 de septiembre no fue solo el restablecimiento de la república porque el sitio del usurpador había quedado vacante con su capitulación en Sedán; no solo conquistó esa república al invasor extranjero con la prolongada resistencia de París, aunque este combatía bajo la dirección de sus enemigos: esa revolución iba abriéndose camino en el corazón de las clases trabajadoras. La república había dejado de ser el nombre de una cosa del pasado. Estaba preñada de un mundo nuevo. Su tendencia real, velada a los ojos del mundo por los engaños, las mentiras y la vulgarización de una jauría de abogados intrigantes y esgrimidores de palabras, volvía a aflorar una y otra vez en los movimientos espasmódicos de las clases trabajadoras de París (y del sur de Francia), cuya consigna era siempre la misma: ¡la Comuna!

La Comuna —la forma positiva de la revolución contra el Imperio y contra las condiciones de su existencia—, ensayada primero en las ciudades del sur de Francia, proclamada una y otra vez en movimientos espasmódicos durante el sitio de París y escamotée, escamoteada, por los juegos de manos del Gobierno de la Defensa y de los bretones de Trochu, el héroe del «plan de capitulación», se instaló por fin victoriosamente el 26 de marzo;142 pero no había surgido de repente a la vida ese día. Era la meta inalterable de la revolución obrera. La capitulación de París, la conspiración abierta contra la república en Burdeos, el coup d’état iniciado con el ataque nocturno a Montmartre, agruparon en torno a ella a todos los elementos vivos de París, sin permitir ya a los hombres de la defensa reducirla a los esfuerzos aislados de las partes más conscientes y revolucionarias de la clase obrera de París.

Al Gobierno de la Defensa solo se le había soportado como un pis aller, un mal menor, de la primera sorpresa, una necesidad de la guerra. La verdadera respuesta del pueblo de París al Segundo Imperio, al Imperio de la Mentira, fue la Comuna.

Así también, el levantamiento de todo el París vivo —con la excepción de los pilares del bonapartismo y de su oposición oficial, los grandes capitalistas, los especuladores financieros, los fulleros, los holgazanes y los viejos parásitos del Estado— contra el Gobierno de la Defensa no data del 18 de marzo, aunque ese día obtuvo su primera victoria contra la conspiration, la conspiración; data del 31 de enero,143 del día mismo de la capitulación. La Guardia Nacional, es decir, todos los hombres armados de París, se organizó a sí misma y gobernó realmente París desde ese día, con independencia del gobierno usurpador de los capitulards instalado por la gracia de Bismarck. Se negó a entregar sus armas y su artillería, que eran de su propiedad y que solo se le dejaron en la capitulación[?] por ser de su propiedad.144 No fue la magnanimidad de Jules Favre la que salvó esas armas de Bismarck, sino la disposición del París armado a combatir por sus armas contra Jules Favre y contra Bismarck. Ante el invasor extranjero y las negociaciones de paz, París no quería complicar la situación. Temía la guerra civil. Mantuvo una actitud puramente defensiva y se contentó con el autogobierno de hecho de París. Pero se organizó con calma y con firmeza para la resistencia. (Ya en los términos mismos de la capitulación los capitulards habían mostrado inequívocamente su tendencia a hacer de la rendición ante Prusia, al mismo tiempo, el medio de su dominación sobre París. La única concesión de Prusia en la que insistieron —una concesión que Bismarck les habría impuesto como condición si ellos no la hubieran mendigado como concesión— fueron 40.000 soldados para someter a París. Frente a sus 300.000 guardias nacionales, más que suficientes para asegurar París contra un intento del enemigo extranjero y para defender su orden interior, la petición de esos 40.000 hombres —cosa que, además, se reconocía abiertamente— no podía tener otro fin.) Sobre su organización militar existente injertó una federación política según un plan muy sencillo. Era la alianza de toda la Garde nationale, cuyas partes se ponían en relación unas con otras por medio de los delegados de cada compañía, que nombraban a su vez a los delegados de los bataillons, los cuales nombraban a su vez a delegados generales, generales de legión, que habían de representar a un arrondissement y cooperar con los delegados de los otros 19 arrondissements. Esos 20 delegados, elegidos por la mayoría de los bataillons de la Guardia Nacional, componían el Comité Central, que el 18 de marzo inició la mayor revolución de este siglo y sigue ocupando su puesto en la gloriosa lucha actual de París. Nunca hubo elecciones más cribadas, nunca delegados que representaran más plenamente a las masas de las que habían salido. A la objeción de los de fuera de que eran desconocidos —de hecho, solo eran conocidos por las clases trabajadoras, pero no eran viejos zorros de la escena, ni hombres ilustres por las infamias de su pasado, por su caza de dinero y de cargos—, respondieron con orgullo: «También lo eran los doce apóstoles», y respondieron con sus hechos.

El carácter de la Comuna

La maquinaria centralizada del Estado, que con sus órganos militares, burocráticos, clericales y judiciales, omnipresentes y complicados, envuelve (enreda) a la sociedad civil viva como una boa constrictor, se forjó por primera vez en los tiempos de la monarquía absoluta como arma de la naciente sociedad moderna en su lucha por emanciparse del feudalismo. Los privilegios señoriales de los señores, las ciudades y el clero medievales se transformaron en atributos de un poder del Estado unitario, que sustituyó a los dignatarios feudales por funcionarios del Estado asalariados, que pasó las armas de las mesnadas medievales de los señores y de las corporaciones de los vecinos de las ciudades a un ejército permanente, que puso en lugar de la anarquía abigarrada (multicolor) de los poderes medievales en conflicto el plan reglamentado de un poder del Estado con una división del trabajo sistemática y jerárquica. La primera Revolución francesa, con su tarea de fundar la unidad nacional (de crear una nación), tuvo que quebrantar toda independencia local, territorial, urbana y provincial. Se vio obligada, por tanto, a desarrollar lo que había comenzado la monarquía absoluta, la centralización y la organización del poder del Estado, y a ensanchar el perímetro y las atribuciones del poder del Estado, el número de sus instrumentos, su independencia y su dominio sobrenatural sobre la sociedad real, que de hecho ocupó el lugar del cielo sobrenatural medieval con sus santos. Todo interés menor y aislado engendrado por las relaciones de los grupos sociales se separó de la sociedad misma, se fijó y se hizo independiente de ella y se le opuso bajo la forma de interés del Estado, administrado por sacerdotes del Estado con funciones jerárquicas exactamente determinadas.

Esta [excrecencia] parasitaria [sobre la] sociedad civil, que pretendía ser su contrapartida ideal, alcanzó su pleno desarrollo bajo la dominación del primer Bonaparte. La Restauración y la monarquía de Julio no le añadieron nada, salvo una mayor división del trabajo, que crecía en la misma medida en que la división del trabajo dentro de la sociedad civil creaba nuevos grupos de intereses y, por tanto, nueva materia para la acción del Estado. En su lucha contra la revolución de 1848, la república parlamentaria de Francia y los gobiernos de toda la Europa continental se vieron obligados a reforzar, con sus medidas de represión contra el movimiento popular, los medios de acción y la centralización de ese poder gubernamental. Así pues, todas las revoluciones no hicieron más que perfeccionar la maquinaria del Estado en lugar de sacudirse esa pesadilla que lo paraliza todo. Las fracciones y los partidos de las clases dominantes que lucharon alternativamente por la supremacía consideraban la ocupación (el control) (la toma) y la dirección de esta inmensa maquinaria de gobierno como el botín principal del vencedor. Su centro estaba en la creación de inmensos ejércitos permanentes, de una plaga de parásitos del Estado y de enormes deudas nacionales. En tiempos de la monarquía absoluta fue un medio de la lucha de la sociedad moderna contra el feudalismo, coronada por la Revolución francesa; y bajo el primer Bonaparte no solo sirvió para subyugar la revolución y aniquilar todas las libertades populares, sino que fue un instrumento de la Revolución francesa para golpear en el exterior, para crear para Francia en el continente, en lugar de monarquías feudales, Estados más o menos a imagen de Francia. Bajo la Restauración y la monarquía de Julio se convirtió no solo [en] un medio de la dominación de clase violenta de la clase media, sino en un medio de añadir a la explotación económica directa una segunda explotación del pueblo, asegurando a sus familias todos los puestos ricos de la administración del Estado. Durante la lucha revolucionaria de 1848, por último, sirvió de medio para aniquilar aquella revolución y todas las aspiraciones a la emancipación de las masas populares. Pero el parásito estatal solo alcanzó su último desarrollo durante el Segundo Imperio. El poder gubernamental, con su ejército permanente, su burocracia que todo lo dirige, su clero embrutecedor y su servil jerarquía de tribunales, se había hecho tan independiente de la sociedad misma que bastaba para manejarlo un aventurero grotescamente mediocre con una banda hambrienta de desesperados detrás. Ya no necesitaba el pretexto de una coalición armada de la vieja Europa contra el mundo moderno fundado por la revolución de 1789. Ya no aparecía como un medio de la dominación de clase subordinado a su ministerio parlamentario o a su legislativo. Humillando bajo su dominio incluso los intereses de las clases dominantes, cuya farsa parlamentaria sustituyó por Corps législatifs elegidos por él mismo y senados pagados por él mismo; sancionado en su dominio absoluto por el sufragio universal, por la necesidad reconocida de mantener el «orden», es decir, la dominación del terrateniente y del capitalista sobre el productor; encubriendo bajo los harapos de una mascarada del pasado las orgías de la corrupción del presente y la victoria de la fracción más parasitaria, el estafador financiero; con el desenfreno de todas las influencias reaccionarias del pasado sueltas —un pandemónium de infamias—, el poder del Estado había recibido en el Segundo Imperio su expresión última y suprema. Aparentemente la victoria final de este poder gubernamental sobre la sociedad, era en realidad la orgía de todos los elementos corrompidos de esa sociedad. A los ojos del profano solo aparecía como la victoria del Ejecutivo sobre el Legislativo, como la derrota final de la forma de dominación de clase que pretendía ser la autocracia de la sociedad [a manos de] su forma que pretendía ser un poder superior a la sociedad. Pero en realidad no era más que la última forma, degradada y la única posible, de esa dominación de clase, tan humillante para esas mismas clases como para las clases trabajadoras a las que mantenían encadenadas por medio de ella.

El 4 de septiembre fue solo la reivindicación de la République frente al grotesco aventurero que la había asesinado. La verdadera antítesis del Imperio mismo —es decir, del poder del Estado, del ejecutivo centralizado, del que el Segundo Imperio no era más que la fórmula exhaustiva— fue la Comuna. Este poder del Estado es en realidad la creación de la clase media, primero [como] un medio para quebrantar el feudalismo, después [como] un medio para aplastar las aspiraciones emancipadoras de los productores, de la clase obrera. Todas las reacciones y todas las revoluciones solo habían servido para transferir ese poder organizado —esa fuerza organizada de la esclavitud del trabajo— de unas manos a otras, de una fracción de las clases dominantes a otra. Había servido a las clases dominantes como medio de sometimiento y de lucro. Había sacado nuevas fuerzas de cada nuevo cambio. Había servido de instrumento para quebrantar todo levantamiento popular, y había servido para aplastar a las clases trabajadoras después de que estas hubieran combatido y hubieran recibido la orden de asegurar su traspaso de una parte de sus opresores a otra. Esta no fue, por tanto, una revolución contra tal o cual forma —legítima, constitucional, republicana o imperial— del poder del Estado. Fue una revolución contra el Estado mismo, contra este aborto sobrenatural de la sociedad; la recuperación por el pueblo y para el pueblo de su propia vida social. No fue una revolución para transferirlo de una fracción de las clases dominantes a otra, sino una revolución para quebrantar esta horrible maquinaria misma de la dominación de clase. No fue una de esas luchas enanas entre las formas ejecutiva y parlamentaria de la dominación de clase, sino una rebelión contra ambas formas, que se completan una a otra y de las que la forma parlamentaria no era más que el engañoso apéndice del Ejecutivo. El Segundo Imperio fue la forma final de esta usurpación del Estado. La Comuna fue su negación definitiva y, por tanto, el comienzo de la revolución social del siglo XIX. Por eso, sea cual sea su suerte en París, fera le tour du monde, dará la vuelta al mundo. La clase obrera de Europa y de los Estados Unidos la aclamó en el acto como la palabra mágica de la liberación. Las glorias y las hazañas antediluvianas del conquistador prusiano parecían solo alucinaciones de un pasado caducado.

Solo la clase obrera podía formular con la palabra «Comuna», e iniciar con la Comuna combatiente de París, esta nueva aspiración. Incluso la última expresión de ese poder del Estado en el Segundo Imperio, aunque humillante para el orgullo de las clases dominantes y aunque arrojara al viento sus pretensiones parlamentarias de autogobierno, no había sido más que la última forma posible de su dominación de clase. Al tiempo que las desposeía políticamente, era la orgía bajo la que todas las infamias económicas y sociales de su régimen obtenían rienda suelta. La burguesía media y la pequeña clase media estaban excluidas por sus condiciones económicas de vida de la posibilidad de iniciar una nueva revolución, y se veían inducidas a seguir los pasos de las clases dominantes o a hacerse seguidoras de la clase obrera. Los campesinos eran la base económica pasiva del Segundo Imperio, de ese último triunfo de un Estado separado de la sociedad e independiente de ella. Solo los proletarios, animados por una nueva tarea social que habían de cumplir para toda la sociedad, la de acabar con todas las clases y con la dominación de clase, eran los hombres capaces de romper el instrumento de esa dominación de clase: el Estado, el poder gubernamental centralizado y organizado que usurpa el papel de amo de la sociedad en lugar de ser su servidor. En la lucha activa de las clases dominantes contra ellos, sostenidas por la adhesión pasiva del campesinado, se había engendrado el Segundo Imperio, la última coronación y, al mismo tiempo, la prostitución más señalada del Estado, que había ocupado el lugar de la Iglesia medieval. Había surgido a la vida contra ellos. Ellos lo rompieron, no como una forma particular del poder gubernamental (centralizado), sino como su expresión más poderosa, elaborada hasta una aparente independencia respecto de la sociedad y, por tanto, también como su realidad más prostituida, cubierta de infamia de arriba abajo, que había culminado en la corrupción absoluta dentro y en la impotencia absoluta fuera.

Pero esta forma única de dominación de clase solo se había derrumbado para hacer del Ejecutivo, de la maquinaria gubernamental del Estado, el gran y único objetivo del ataque de la revolución.

El parlamentarismo en Francia había llegado a su fin. Su último plazo y su dominio más pleno fue la república parlamentaria, desde mayo de 1848 hasta el coup d’état. El Imperio que lo mató era su propia criatura. Bajo el Imperio, con su Corps législatif y su Senado —y en esta forma se ha reproducido en las monarquías militares de Prusia y Austria—, no había sido más que una farsa, un simple apéndice del despotismo en su forma más cruda. El parlamentarismo estaba, pues, muerto en Francia, y la revolución obrera no iba ciertamente a despertarlo de esa muerte.

La Comuna: la reabsorción del poder del Estado por la sociedad, como sus propias fuerzas vivas, en lugar de fuerzas que la controlan y la someten; por las propias masas populares, que forman su propia fuerza en lugar de la fuerza organizada de su opresión; la forma política de su emancipación social, en lugar de la fuerza artificial (apropiada por sus opresores) (su propia fuerza, opuesta a ellas y organizada contra ellas) de la sociedad, manejada para su opresión por sus enemigos. La forma era sencilla, como todas las cosas grandes. La reacción de las revoluciones anteriores —el tiempo necesario para todos los desarrollos históricos, y en el pasado siempre perdido en todas las revoluciones, en los días mismos del triunfo popular, cada vez que este había entregado sus armas victoriosas para que se volvieran contra él— primero sustituyendo el ejército por la Guardia Nacional.145

«Por primera vez desde el 4 de septiembre, la república se ha liberado del gobierno de sus enemigos… [Da] a la ciudad una milicia nacional que defiende a los ciudadanos contra el poder (el gobierno), en lugar de un ejército permanente que defiende al gobierno contra los ciudadanos.» (Proclama del Comité Central del 22 de marzo.)

(El pueblo no tenía más que organizar esta milicia a escala nacional para haber acabado con los ejércitos permanentes; [esta es] la primera condición económica sine qua [non] de todas las mejoras sociales, que elimina de golpe esta fuente de impuestos y de deuda pública y este peligro constante de usurpación gubernamental de la dominación de clase, de la dominación de clase regular o de un aventurero que pretende salvar a todas las clases); al mismo tiempo, la garantía más segura contra la agresión extranjera, que haría de hecho imposible el costoso aparato militar en todos los demás Estados; la emancipación del campesino del tributo de sangre y [de ser] la fuente más fecunda de todos los impuestos y deudas del Estado. Aquí [está] ya el punto en que la Comuna es una suerte para el campesino, la primera palabra de su emancipación. Con la «policía independiente» abolida y sus rufianes sustituidos por servidores de la Comuna. El sufragio universal, del que hasta ahora se abusaba, ya para la sanción parlamentaria del santo poder del Estado, ya como juguete en manos de las clases dominantes, y que el pueblo solo empleaba para sancionar (elegir los instrumentos de) la dominación de clase parlamentaria una vez cada muchos años, [queda] adaptado a sus verdaderos fines: que las comunas elijan a sus propios funcionarios de administración y de iniciativa. [Se disipa] la ilusión de que la administración y el gobierno político fueran misterios, funciones trascendentes que solo podían confiarse a las manos de una casta adiestrada: parásitos del Estado, sicofantes ricamente pagados y sinecuristas en los puestos más altos, que absorben la inteligencia de las masas y la vuelven contra ellas mismas en los puestos más bajos de la jerarquía. Supresión total de la jerarquía del Estado y sustitución de los altaneros amos del pueblo por servidores revocables en todo momento, de una responsabilidad de pega por una responsabilidad real, puesto que actúan continuamente bajo la vigilancia pública. Pagados como obreros cualificados, 12 libras al mes, sin que el sueldo más alto pase de 240 libras al año, un sueldo que es poco más de la quinta parte de lo que, según una gran autoridad científica, el profesor Huxley,146 basta para contentar a un secretario del Consejo Escolar Metropolitano. Toda la farsa de los misterios del Estado y de las pretensiones del Estado la barrió una Comuna compuesta en su mayoría por simples obreros, que organizaban la defensa de París, hacían la guerra a los pretorianos de Bonaparte, aseguraban el approvisionnement, el abastecimiento, de aquella inmensa ciudad, ocupaban todos los puestos repartidos hasta entonces entre el gobierno, la policía y la prefectura, y hacían su trabajo públicamente, con sencillez, en las circunstancias más difíciles y complicadas, y lo hacían, como Milton escribió El paraíso perdido, por unas pocas libras;147 que actuaban a la luz del día, sin pretensiones de infalibilidad, sin esconderse tras oficinas de circunloquios,148 sin avergonzarse de confesar sus errores corrigiéndolos. Haciendo de golpe de las funciones públicas —militares, administrativas, políticas— verdaderas funciones obreras, en lugar de atributos ocultos de una casta adiestrada; (manteniendo el orden en la turbulencia de la guerra civil y de la revolución) (iniciando medidas de regeneración general). Sean cuales sean los méritos de cada una de las medidas de la Comuna, su medida más grande fue su propia organización, improvisada con el enemigo extranjero a una puerta y el enemigo de clase a la otra, que demostraba con su vida su vitalidad y confirmaba su tesis con su acción. Su aparición fue una victoria sobre los vencedores de Francia. El París cautivo recobró de un solo salto audaz la dirección de Europa, no apoyándose en la fuerza bruta, sino poniéndose a la cabeza del movimiento social, dando cuerpo a las aspiraciones de la clase obrera de todos los países.

Con todas las grandes ciudades organizadas en comunas según el modelo de París, ningún gobierno podría reprimir el movimiento con la sorpresa de una reacción repentina. Ya con este paso preparatorio llegaba el tiempo de incubación, la garantía del movimiento. Toda Francia [quedaría] organizada en comunas que trabajan y se gobiernan por sí mismas; el ejército permanente, sustituido por las milicias populares; el ejército de parásitos del Estado, suprimido; la jerarquía clerical, desplazada por el maestro de escuela; el juez del Estado, transformado en órgano comunal; el sufragio para la representación nacional, no ya un juego de manos de un gobierno todopoderoso, sino la expresión deliberada de las comunas organizadas; las funciones del Estado, reducidas a unas pocas funciones para fines nacionales generales.

Tal es la Comuna, la forma política de la emancipación social, de la liberación del trabajo de las usurpaciones (de la esclavitud) de los monopolistas de los medios de trabajo, creados por los propios trabajadores o que son un don de la naturaleza. Así como la maquinaria del Estado y el parlamentarismo no son la vida real de las clases dominantes, sino solo los órganos generales organizados de su dominación, las garantías, las formas y las expresiones políticas del viejo orden de cosas, así la Comuna no es el movimiento social de la clase obrera ni, por tanto, de una regeneración general de la humanidad, sino su medio de acción organizado. La Comuna no [suprime] las luchas de clases, por medio de las cuales las clases trabajadoras tienden a la abolición de todas las clases y, por tanto, de toda dominación de clase (porque no representa un interés particular, representa la liberación del «trabajo», es decir, de la condición fundamental y natural de la vida individual y social, que solo por usurpación, fraude y artificios puede descargarse de los pocos sobre los muchos), sino que ofrece el medio racional en el que esa lucha de clases puede recorrer sus distintas fases de la manera más racional y humana. Podría provocar reacciones violentas y revoluciones igual de violentas. Comienza la emancipación del trabajo —su gran objetivo— suprimiendo, por un lado, el trabajo improductivo y dañino de los parásitos del Estado, cortando las fuentes que sacrifican una parte inmensa del producto nacional a la alimentación del monstruo estatal, y haciendo, por otro, el trabajo real de la administración, local y nacional, por un salario de obrero. Comienza, por tanto, con un ahorro inmenso, con una reforma económica a la vez que con una transformación política.

Una vez establecida firmemente la organización comunal a escala nacional, las catástrofes que todavía podría tener que sufrir serían insurrecciones esporádicas de esclavistas, que, aun interrumpiendo por un momento la obra del progreso pacífico, no harían más que acelerar el movimiento, poniendo la espada en manos de la revolución social.

La clase obrera sabe que tiene que pasar por distintas fases de la lucha de clases. Sabe que la sustitución de las condiciones económicas de la esclavitud del trabajo por las condiciones del trabajo libre y asociado solo puede ser obra progresiva del tiempo (esa transformación económica); que requiere no solo un cambio de la distribución, sino una nueva organización de la producción, o más bien la liberación (el desembarazo) de las formas sociales de la producción en el trabajo organizado actual (engendradas por la industria actual) de las trabas de la esclavitud, de su actual carácter de clase, y su coordinación armónica nacional e internacional. Sabe que esta obra de regeneración se verá una y otra vez retrasada y entorpecida por la resistencia de los intereses creados y de los egoísmos de clase. Sabe que la actual «acción espontánea de las leyes naturales del capital y de la propiedad territorial» solo puede sustituirse por «la acción espontánea de las leyes de la economía social del trabajo libre y asociado» mediante un largo proceso de desarrollo de nuevas condiciones, como ocurrió con la «acción espontánea de las leyes económicas de la esclavitud» y con la «acción espontánea de las leyes económicas de la servidumbre». Pero sabe al mismo tiempo que con la forma comunal de organización política pueden darse de inmediato grandes pasos, y que ha llegado el momento de empezar ese movimiento por sí misma y por la humanidad.

El campesinado

(Indemnización de guerra.) Ya antes de la instalación de la Comuna, el Comité Central había declarado en su Journal officiel: «La mayor parte de la indemnización de guerra deben pagarla los autores de la guerra.» Esta es la gran «conspiración contra la civilización» que más temen los hombres del orden. Esta [es] la cuestión más práctica. Si vence la Comuna, los autores de la guerra tendrán que pagar su indemnización; si vence Versalles, las masas productoras, que ya han pagado con sangre, con ruina y con contribuciones, tendrán que volver a pagar, y los dignatarios de las finanzas se las arreglarán incluso para sacar provecho de la operación. La liquidación de los costes de la guerra ha de decidirla la guerra civil. La Comuna representa en este punto vital no solo los intereses de la clase obrera, de la pequeña clase media, de hecho de toda la clase media con excepción de la bourgeoisie (los capitalistas ricos) (los grandes terratenientes y sus parásitos estatales). Representa sobre todo el interés del campesinado francés. Sobre él recaerá la mayor parte de los impuestos de guerra si Thiers y sus «Ruraux» salen vencedores. Y hay gente lo bastante necia para repetir el grito de los «Ruraux» de que ellos, los grandes propietarios de tierras, «representan al campesino», quien, naturalmente, en la ingenuidad de su alma, está ansioso por pagar por estos buenos «terratenientes» los miles de millones de la indemnización de guerra, ellos que ya le hicieron pagar los mil millones de indemnización: la indemnización de la revolución.149

Los mismos hombres comprometieron deliberadamente la república de febrero con el impuesto adicional de 45 céntimos sobre el campesino,150 pero eso lo hicieron en nombre de la revolución, en nombre del «gobierno provisional» creado por ella. ¡Ahora es en su propio nombre como hacen una guerra civil contra la república comunal para descargar la indemnización de guerra de sus propios hombros sobre los del campesino! ¡Este, naturalmente, estará encantado!

La Comuna abolirá la conscripción; el partido del orden atará al campesino al tributo de sangre. El partido del orden le echará encima al recaudador de impuestos para pagar una maquinaria del Estado parasitaria y costosa; la Comuna le dará un gobierno barato. El partido del orden seguirá [haciéndolo] triturar por el usurero de la ciudad; la Comuna lo librará de la pesadilla de las hipotecas que pesan sobre su parcela. La Comuna sustituirá el cuerpo judicial parasitario que le devora el corazón de sus ingresos —el notario, el huissier, etc.— [por] agentes comunales que hagan su trabajo por un salario de obrero, en lugar de enriquecerse con el trabajo del campesino. ¡Romperá toda esa telaraña judicial que enreda al campesino francés y que da cobijo, en el tribunal y en las alcaldías, a las arañas burguesas que le chupan la sangre! ¡El partido del orden lo mantendrá bajo la dominación del gendarme; la Comuna le devolverá una vida social y política independiente! ¡La Comuna lo ilustrará con la dominación del maestro de escuela; el partido del orden le impondrá el embrutecimiento con la dominación del cura! ¡Pero el campesino francés es, ante todo, un hombre que hace cuentas! ¡Encontrará sumamente razonable que el pago del clero ya no se lo exija el recaudador de impuestos, sino que se deje a la «acción espontánea» de su instinto religioso!

¡El campesino francés había elegido a Luis Bonaparte presidente de la república, pero fue el partido del orden (durante el régimen anónimo de la república bajo la Asamblea constituante y la législative) el creador del Imperio! ¡Lo que el campesino francés quiere de verdad empezó a mostrarlo en 1849 y 1852,151 oponiendo su maire al prefecto del gobierno, su maestro de escuela al cura del gobierno, y su propia persona al gendarme del gobierno! ¡El núcleo de las leyes reaccionarias del partido del orden en 1849 —y particularmente en enero y febrero de 1850— iba dirigido específicamente contra el campesinado francés!152 Si el campesino francés había hecho presidente de la república a Luis Bonaparte porque en su tradición todos los beneficios que había obtenido de la primera Revolución se habían transferido fantásticamente al primer Napoleón, ¡los levantamientos armados de campesinos en algunos departamentos de Francia y la caza que los gendarmes hicieron de ellos después del coup d’état153 demostraron que esa ilusión se estaba derrumbando rápidamente! El Imperio se fundó en ilusiones alimentadas artificialmente hasta convertirlas en poder y [en] prejuicios tradicionales; la Comuna se fundaría en sus intereses vivos y en sus necesidades reales.

El odio del campesino francés se concentra en los «rurales», los hombres del château, los hombres de los mil millones de indemnización, y en el capitalista de la ciudad disfrazado de propietario de tierras, cuyas usurpaciones a su costa nunca avanzaron tan deprisa como bajo el Segundo Imperio, en parte fomentadas por medios artificiales del Estado, en parte surgidas naturalmente del desarrollo mismo de la agricultura moderna. Los «rurales» saben que tres meses de dominio de la república comunal154 en Francia serían la señal del levantamiento del campesinado y del proletariado agrícola contra ellos. ¡De ahí su odio feroz a la Comuna! Lo que temen aún más que la emancipación del proletariado de las ciudades es la emancipación de los campesinos. Los campesinos aclamarían pronto al proletariado de las ciudades como a sus propios guías y mayores. Existe, naturalmente, en Francia, como en la mayoría de los países del continente, un profundo antagonismo entre los productores de la ciudad y los del campo, entre el proletariado industrial y el campesinado. Las aspiraciones del proletariado, la base material de su movimiento, es el trabajo organizado en gran escala, aunque ahora esté organizado despóticamente, y los medios de producción centralizados, aunque ahora estén centralizados en manos del monopolista, no solo como medios de producción, sino como medios de explotación y esclavización del producteur. Lo que el proletariado tiene que hacer es transformar el actual carácter capitalista de ese trabajo organizado y de esos medios de trabajo centralizados, transformarlos de medios de dominación de clase y de explotación de clase en formas de trabajo libre asociado y en medios sociales de producción. Por otro lado, el trabajo del campesino está aislado y los medios de producción están parcelados, dispersos. Sobre estas diferencias económicas se levanta como superestructura todo un mundo de concepciones sociales y políticas diferentes. Pero esta propiedad campesina hace tiempo que ha rebasado su fase normal, es decir, la fase en que era una realidad, un modo de producción y una forma de propiedad que respondía a las necesidades económicas de la sociedad y ponía a los propios productores rurales en condiciones normales de vida. Ha entrado en su período de decadencia. Por un lado, de ella ha salido un gran prolétariat foncier (proletariado rural) cuyos intereses son idénticos a los de los asalariados de las ciudades. El propio modo de producción ha quedado anticuado por el progreso moderno de la agronomía. Por último, la propia propiedad campesina se ha vuelto nominal: deja al campesino la ilusión de la propiedad y lo expropia de los frutos de su propio trabajo. La competencia de los grandes productores agrícolas, el tributo de sangre, el impuesto del Estado, la usura del acreedor hipotecario de la ciudad y las múltiples raterías del sistema judicial tendido a su alrededor lo han degradado a la condición de un ryot hindú,155 mientras que la expropiación —incluso la expropiación de su propiedad nominal— y su degradación a proletario rural son un hecho cotidiano. Lo que separa al campesino del proletario no es, por tanto, su interés real, sino su prejuicio ilusorio. Si la Comuna, como hemos mostrado, es el único poder que puede darle de inmediato grandes beneficios156 incluso en sus actuales condiciones económicas, es la única forma de gobierno que puede asegurarle la transformación de sus actuales condiciones económicas: rescatarlo, por un lado, de la expropiación por el terrateniente; salvarlo, por otro, de la opresión, la fatiga y la miseria con el pretexto de la propiedad; convertir su propiedad nominal de la tierra en propiedad real de los frutos de su trabajo; combinar para él los beneficios de la agronomía moderna, dictados por las necesidades sociales y que hoy lo invaden cada día como una fuerza hostil, sin destruir su posición de productor realmente independiente. Como la república comunal lo beneficiaría de inmediato, pronto confiaría en ella.

La Unión (Liga) Republicana

El partido del desorden, cuyo régimen llegó a su cumbre bajo la corrupción del Segundo Imperio, ha abandonado París (éxodo de París), seguido por sus accesorios, sus servidores, sus lacayos, sus parásitos estatales, sus mouchards, sus cocottes y toda la banda de la bohème baja (los delincuentes comunes) que forma el complemento de esa bohème de calidad. Pero los verdaderos elementos vitales de las clases medias, liberados por la revolución obrera de sus falsos représentants, se han separado por primera vez en la historia de las revoluciones francesas de ese partido y han mostrado sus verdaderos colores. Es la «Liga de la Libertad Republicana»,157 que hace de intermediaria entre París y las provincias, desautoriza a Versalles y marcha bajo las banderas de la Comuna.

La revolución comunal como representante de todas las clases de la sociedad que no viven del trabajo ajeno

Hemos visto que el proletario de París combate por el campesino francés y Versalles contra él; que la mayor angustia de los Ruraux es que el campesino oiga a París y no esté ya separado de él por el bloqueo; que en el fondo de su guerra contra París está el intento de mantener al campesinado como su siervo y tratarlo como antes como su matière «taillable à merci et miséricorde», su materia pechable a merced.158

¡Por primera vez en la historia, la pequeña y moyenne, mediana, clase media se ha agrupado abiertamente en torno a la revolución obrera y la ha proclamado el único medio de su propia salvación y de la de Francia! ¡Forma con los obreros el grueso de la Guardia Nacional, se sienta con ellos en la Comuna, media por ellos en la Union républicaine!

¡Las principales medidas que ha tomado la Comuna son medidas para salvar a la clase media, a la clase deudora de París frente a la clase acreedora! Esa clase media se había agrupado en la insurrección de junio (1848) contra el proletariado bajo las banderas de la clase capitalista, de sus generales y de sus parásitos estatales. Fue castigada en el acto, el 19 de septiembre de 1848, con el rechazo de los «concordats à l’amiable».159 La victoria sobre la insurrección de junio se mostró en el acto como la victoria del acreedor, del capitalista rico, sobre el deudor, la clase media. Exigió sin piedad su libra de carne.160 ¡El 13 de junio de 1849, la Guardia Nacional de esa clase media fue desarmada y acuchillada por el ejército de la burguesía!

Durante el Imperio, [a consecuencia de] la dilapidación de los recursos del Estado, de la que se alimentaba el capitalista rico, esta clase media fue entregada al saqueo de los especuladores de bolsa, de los reyes del ferrocarril, de las asociaciones estafadoras del Crédit mobilier,161 etc., y expropiada por la asociación capitalista (la sociedad anónima). Rebajada en su posición política, atacada en sus intereses económicos, se sublevaba moralmente ante las orgías de aquel régimen. Las infamias de la guerra le dieron la última sacudida y despertaron sus sentimientos de franceses. [Considerando] los desastres que esa guerra ha traído sobre Francia, su crisis de derrumbe nacional y su ruina financiera, esta clase media siente que no es la clase corrompida de los aspirantes a esclavistas de Francia, sino solo las aspiraciones viriles y la fuerza hercúlea de la clase obrera, lo que puede acudir en su socorro.

¡Siente que solo la clase obrera puede emanciparla de la dominación de los curas, convertir la ciencia de instrumento de la dominación de clase en fuerza popular, convertir a los propios hombres de ciencia de alcahuetes de los prejuicios de clase, parásitos del Estado a la caza de cargos y aliados del capital en agentes libres del pensamiento! La ciencia solo puede desempeñar su verdadero papel en la república del trabajo.

La república solo es posible como república declaradamente social

Esta guerra civil ha destruido las últimas ilusiones sobre [la] «república», como el Imperio destruyó la ilusión del «sufragio universal» inorgánico en manos del gendarme del Estado y del cura. Todos los elementos vitales de Francia reconocen que una república solo es posible en Francia y en Europa como «república social», es decir, una república que despoja a la clase de los capitalistas y terratenientes de la maquinaria del Estado para sustituirla por la Comuna, que confiesa francamente la «emancipación social» como la gran meta de la república y garantiza así esa transformación social mediante la organización comunal. La otra república no puede ser más que el terrorismo anónimo de todas las fracciones monárquicas, de los legitimistas, orleanistas y bonapartistas coaligados, para desembocar como meta final en un Imperio quelconque, cualquiera; ¡el terror anónimo de la dominación de clase que, una vez hecho su trabajo sucio, siempre estallará en un Imperio!

Los republicanos profesionales de la Asamblea rural son hombres que de verdad creen, pese a las experiencias de 1848-1851, pese a la guerra civil contra París, que la forma republicana del despotismo de clase es una forma posible y duradera, mientras que el «partido del orden» solo la reclama como forma de conspiración para combatir a la república y reintroducir su única forma adecuada, la monarquía o, más bien, el imperialismo,162 como forma del despotismo de clase. En 1848 estos ingenuos voluntarios fueron empujados al primer plano hasta que, con la insurrección de junio, hubieron allanado el camino para la dominación anónima de todas las fracciones de los aspirantes a esclavistas de Francia. ¡En 1871, en Versalles, se les empuja desde [el] principio a segundo plano, para figurar allí como la decoración «republicana» del gobierno de Thiers y sancionar con su presencia la guerra de los generales bonapartistas contra París! ¡En una autoironía inconsciente, estos miserables celebran sus reuniones de partido en la Salle des Paume, la sala del Juego de Pelota,163 para mostrar cuánto han degenerado respecto a sus predecesores de 1789! ¡Por medio de sus Schœlcher,164 etc., intentaron engatusar a París para que entregara sus armas a Thiers y obligarlo a desarmarse por medio de la Guardia Nacional del «orden» a las órdenes de Saisset! No hablamos de los llamados diputados socialistas de París, como Louis Blanc.165 ¡Soportan mansamente los insultos de un Dufaure y de los Ruraux, chochean con los derechos «legales» de Thiers y, gimoteando en [la] presencia de los bandidos, se cubren de infamia!

Los obreros y Comte

Si los obreros han dejado atrás la época del sectarismo socialista, no hay que olvidar que nunca han estado a remolque del comtismo.166 Esta secta no ha dado a la Internacional más que una sección de una media docena de hombres, cuyo programa rechazó el Consejo General. Los obreros de París conocen a Comte como el profeta, en política, del imperialismo (de la dictadura personal); en economía política, de la dominación capitalista; de la jerarquía en todas las esferas de la acción humana, incluso en la esfera de la ciencia; y como el autor de un nuevo catecismo con un nuevo papa y nuevos santos en lugar de los viejos.

Si sus seguidores en Inglaterra desempeñan un papel más popular que los de Francia, no es predicando sus doctrinas sectarias, sino por su valor personal y por la aceptación [… ? …] de las formas de la lucha de clase obrera creadas sin ellos, como, por ejemplo, los sindicatos y las huelgas en Inglaterra, que, dicho sea de paso, sus correligionarios de París denuncian como herejía.167

La Comuna (medidas sociales)

Que los obreros de París hayan tomado la iniciativa de la revolución actual y soporten con heroico sacrificio el peso de esta batalla no es nada nuevo. ¡Es el hecho más llamativo de todas las revoluciones francesas! ¡No es más que una repetición del pasado! Que la revolución se haga en nombre de las masas populares, es decir, de las masas productoras, y declaradamente para ellas es un rasgo que esta revolución tiene en común con todas sus predecesoras. El rasgo nuevo es que el pueblo, después del primer levantamiento, no se ha desarmado ni ha entregado su poder en manos de los saltimbanquis republicanos de las clases dominantes; que, con la constitución de la Comuna, ha tomado en sus propias manos la dirección efectiva de su revolución y ha encontrado al mismo tiempo, en caso de éxito, el medio de mantenerla en manos del pueblo mismo, desplazando la maquinaria del Estado, la maquinaria gubernamental de las clases dominantes, por una maquinaria gubernamental propia. ¡Ese es su crimen inefable! ¡Obreros que atentan contra el privilegio gubernamental de los diez mil de arriba y proclaman su voluntad de romper la base económica de ese despotismo de clase que manejaba en su propio provecho la fuerza organizada del Estado de la sociedad! ¡Eso es lo que ha arrojado a las clases respetables de Europa y de los Estados Unidos a un paroxismo de convulsiones y lo que explica sus chillidos de horror [de que] es una blasfemia, [y] sus feroces llamamientos al asesinato del pueblo y la sarta de improperios y calumnias de sus tribunas parlamentarias y de su cuarto de criados periodístico!

¡La mayor medida de la Comuna es su propia existencia, su trabajo, su acción en circunstancias de una dificultad inaudita! ¡La bandera roja izada por la Comuna de París corona en realidad solo el gobierno de los obreros de París! ¡Han proclamado clara y conscientemente como su meta la emancipación del trabajo y la transformación de la sociedad! Pero el carácter «social» efectivo de su república consiste solo en esto: en que los obreros gobiernan la Comuna de París. ¡En cuanto a sus medidas, por la naturaleza de las cosas tienen que limitarse principalmente a la defensa militar de París y a su approvisionnement!

Algunos amigos condescendientes de la clase obrera, aunque apenas disimulan su asco incluso ante las pocas medidas que consideran «socialistas», a pesar de que no tienen nada de socialista salvo su tendencia, expresan su satisfacción y tratan de atraer simpatías distinguidas hacia la Comuna de París con el gran descubrimiento de que, a fin de cuentas, los obreros son hombres racionales y, siempre que llegan al poder, vuelven resueltamente la espalda a las empresas socialistas. En efecto, no intentan establecer en París ni un phalanstère ni una Icarie.168 ¡Sabios de su generación! Estos benévolos protectores, profundamente ignorantes de las aspiraciones reales y del movimiento real de las clases trabajadoras, olvidan una cosa. Todos los fundadores socialistas de sectas pertenecen a un período en que ni la propia clase obrera estaba suficientemente adiestrada y organizada por la marcha misma de la sociedad capitalista para entrar como agente histórico en la escena del mundo, ni las condiciones materiales de su emancipación estaban suficientemente maduras en el seno del viejo mundo. Su miseria existía, pero las condiciones de su propio movimiento todavía no existían. Los fundadores utópicos de sectas, aunque en su crítica de la sociedad actual describían con claridad la meta del movimiento social, la supresión del sistema del salariado con todas sus condiciones económicas de dominación de clase, no encontraban ni en la sociedad misma las condiciones materiales de su transformación ni en la clase obrera la fuerza organizada y la conscience, la conciencia, del movimiento. Intentaban compensar las condiciones históricas del movimiento con cuadros y planes fantásticos de una nueva sociedad, en cuya propaganda veían el verdadero medio de salvación. Desde el momento en que el movimiento de la clase obrera se hizo real, las utopías fantásticas se desvanecieron, no porque la clase obrera hubiera renunciado al fin perseguido por estos utopistas, sino porque había encontrado los medios reales de realizarlo; y en su lugar vinieron una comprensión real de las condiciones históricas del movimiento y una fuerza cada vez mayor de la organización de combate de la clase obrera. Pero los dos fines últimos del movimiento proclamados por los utópicos son los fines últimos proclamados por la revolución de París y por la Internacional. Solo los medios son distintos, y las condiciones reales del movimiento ya no están envueltas en fábulas utópicas. Estos amigos condescendientes del proletariado, al disimular las tendencias socialistas de esta revolución, proclamadas a voz en grito, no son, por tanto, más que los engañados de su propia ignorancia. No es culpa del proletariado de París si para ellos las creaciones utópicas de los profetas del movimiento obrero siguen siendo la «revolución social», es decir, si la revolución social sigue siendo para ellos «utópica».

Journal officiel del Comité Central, 20 de marzo:

«Los proletarios de la capital, en [medio de] los fracasos y las traiciones de las clases gobernantes (dominantes), han comprendido (compris) que ha llegado para ellos la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección (la gestión) de los asuntos públicos (los asuntos del Estado).»

Denuncian «la incapacidad política y la decrepitud moral de la burguesía» como la fuente de «las desgracias de Francia».

«Los obreros, que lo producen todo y no disfrutan de nada, que padecen la miseria en medio de los productos acumulados, fruto de su trabajo y de su sudor…, ¿nunca se les permitirá trabajar por su emancipación?… El proletariado, ante la amenaza permanente contra sus derechos, ante la negación absoluta de todas sus aspiraciones legítimas, ante la ruina del país y de todas sus esperanzas, ha comprendido que era su deber imperioso y su derecho absoluto tomar en sus manos sus propios destinos y asegurar su triunfo adueñándose del poder del Estado (en s’emparant du pouvoir).»

Aquí se dice claramente que el gobierno de la clase obrera es, en primer lugar, necesario para salvar a Francia de las ruinas y de la corrupción que las clases dominantes le han echado encima; que desalojar del poder a estas clases (a estas clases que han perdido la capacidad de gobernar Francia) es una necesidad de salvación nacional.

Pero no se dice con menos claridad que el gobierno de la clase obrera solo puede salvar a Francia y hacer la obra nacional trabajando por su propia emancipación, pues las condiciones de esa emancipación son al mismo tiempo las condiciones de la regeneración de Francia.

Se proclama como una guerra del trabajo contra los monopolistas de los medios de trabajo, contra el capital.

El chovinismo de la burguesía no es más que una vanidad que da un manto nacional a todas sus propias pretensiones. Es un medio de perpetuar, con los ejércitos permanentes, las luchas internacionales, de someter en cada país a los productores lanzándolos contra sus hermanos de cada uno de los demás países, un medio de impedir la cooperación internacional de las clases trabajadoras, primera condición de su emancipación. ¡El verdadero carácter de ese chovinismo (convertido hace tiempo en una simple frase) salió a la luz durante la guerra de defensa después de Sedán, paralizada en todas partes por la burguesía chovinista; en la capitulación de Francia; en la guerra civil llevada adelante, con la tolerancia de Bismarck, a las órdenes de ese sumo sacerdote del chovinismo que es Thiers! Salió a la luz en la mezquina intriga policíaca de la Liga Antialemana,169 [en la] caza de extranjeros en París después de la capitulación. ¡Se esperaba que el pueblo de París (y el pueblo francés) pudiera quedar embrutecido por la pasión del odio nacional y olvidar, con ultrajes artificiales al extranjero, su aspiración real y a los traidores de dentro!

¡Cómo se ha desvanecido (esfumado) este movimiento artificial ante el aliento del París revolucionario! Proclamando a voz en grito sus tendencias internacionales —porque la causa del productor es en todas [partes] la misma y su enemigo en todas partes el mismo, sea cual sea su nacionalidad (¿con cualquier disfraz nacional?)—, proclamó como principio la admisión de los extranjeros en la Comuna; eligió incluso a un obrero extranjero (miembro de la Internacional) para su Ejecutivo; decretó [la destrucción del] símbolo del chovinismo francés: ¡la columna Vendôme!

¡Y mientras sus chauvins burgueses han desmembrado Francia y actúan bajo la dictadura de la invasión extranjera, los obreros de París han batido al enemigo extranjero golpeando a sus propios amos de clase, han abolido las fronteras170 conquistando el puesto de vanguardia de los obreros de todas las naciones!

El auténtico patriotismo de la burguesía —tan natural en los verdaderos propietarios de las distintas haciendas «nacionales»— se ha desvanecido en una simple farsa a consecuencia del carácter cosmopolita impreso a sus empresas financieras, comerciales e industriales. En circunstancias parecidas estallaría en todos los países como estalló en Francia.

La descentralización de los Ruraux y la Comuna

Se ha dicho que París, y con él las demás ciudades francesas, estaban oprimidos por la dominación de los campesinos, ¡y que su lucha actual es por emanciparse de la dominación del campesinado! ¡Nunca se dijo mentira más necia!

París, como sede central y baluarte de la maquinaria centralizada del gobierno, sometía al campesinado a la dominación del gendarme, del recaudador de impuestos, del prefecto, del cura y de los magnates rurales, es decir, al despotismo de sus enemigos, y lo privaba de toda vida (le quitaba la vida). Reprimía todos los órganos de vida independiente en los distritos rurales. Por otro lado, el gobierno, el magnate rural, el gendarme y el cura, en cuyas manos ponía así la maquinaria centralizada del Estado, con su centro en París, toda la influencia de las provincias, hacían valer esa influencia en favor del gobierno y de las clases cuyo gobierno era, no contra el París del gobierno, del parásito, del capitalista, del ocioso, del lupanar cosmopolita, sino contra el París del obrero y del pensador. De este modo, gracias a la centralización gubernamental con París como base, el París del gobierno y del capitalista oprimía a los campesinos, y el poder provincial puesto en manos de los enemigos de los campesinos oprimía al París de los obreros.

El Moniteur de Versalles (29 de marzo) declara «que París no puede ser una ciudad libre porque es la capital». Esto es lo cierto. París, capital de las clases dominantes y de su gobierno, no puede ser una «ciudad libre», ni las provincias pueden ser «libres», porque semejante París es la capital. Las provincias solo pueden ser libres con la Comuna en París. El partido del orden está aún más enfurecido contra París porque ha proclamado su propia emancipación de ellos y de su gobierno que porque, al hacerlo, ha dado la señal de alarma para la emancipación del campesino y de las provincias de su dominación.

Journal officiel de la Comuna, 1 de abril:

«La revolución del 18 de marzo no tenía por único objeto asegurar a París una representación comunal elegida, pero sometida a la tutela despótica de un poder nacional fuertemente centralizado. Se trata de conquistar y asegurar la independencia de todos los municipios de Francia, y también de todos los grupos superiores, departamentos y provincias, unidos entre sí para su interés común por un pacto verdaderamente nacional; se trata de garantizar y perpetuar la república… París ha renunciado a su aparente omnipotencia, que es lo mismo que su decadencia; no ha renunciado a ese poder moral, a esa influencia intelectual que tantas veces lo ha hecho victorioso en Francia y en Europa en su propaganda.»

«Esta vez también París trabaja y sufre por toda Francia, cuya regeneración intelectual, moral, administrativa y económica, cuya gloria y prosperidad prepara con sus combates y sus sacrificios.» (Programa de la Comuna de París enviado en globo.)

El señor Thiers, en su gira por las provincias, manejó las elecciones y, sobre todo, sus propias elecciones múltiples.171 Pero había una dificultad. Los provincianos bonapartistas se habían vuelto imposibles por el momento. (Además, él no los quería, ni ellos lo querían a él.) Muchos de los viejos zorros orleanistas se habían fundido con la ralea bonapartista. Era necesario, por tanto, recurrir a los terratenientes legitimistas retirados en el campo, que se habían mantenido completamente al margen de la política y eran justamente los hombres a los que se podía embaucar. Ellos han dado a la Asamblea de Versalles su carácter aparente, su carácter de «Chambre introuvable» de Luis XVIII, su carácter «rural». En su vanidad creyeron, naturalmente, que por fin había llegado su hora con la caída del Segundo Imperio bonapartista y al amparo de la invasión extranjera, como había llegado en 1814 y 1815. Pero no son más que engañados. En la medida en que actúan, solo pueden actuar como elementos del «partido del orden» y de su terrorismo «anónimo», como en 1848-1851. Sus propias efusiones de partido no hacen más que dar un carácter cómico a esa asociación. Se ven obligados, por tanto, a soportar como presidente al partero carcelero de la duquesa de Berry y como ministros a los seudorrepublicanos del Gobierno de la Defensa. Se les echará a un lado en cuanto hayan prestado su servicio. Pero —ironía de la historia— por esta curiosa combinación de circunstancias se ven obligados a atacar a París por sublevarse contra «la République une et indivisible», la república una e indivisible (así lo expresa Louis Blanc; Thiers lo llama unidad de Francia), cuando su primera hazaña fue sublevarse contra la unidad declarándose por la «decapitación y descapitalización» de París y queriendo que la Asamblea tuviera su trono en una ciudad de provincias. Lo que de verdad quieren es volver a lo que precedió a la maquinaria centralizada del Estado, hacerse más o menos independientes de sus prefectos y de sus ministros y poner en su lugar la influencia provincial y local, de dominio señorial, de los châteaux. Quieren una descentralización reaccionaria de Francia. Lo que París quiere es sustituir esa centralización, que prestó su servicio contra el feudalismo pero se ha convertido en la simple unidad de un cuerpo artificial que descansa en los gendarmes y en los ejércitos rojo y negro,172 que reprime la vida de la sociedad real y pesa sobre ella como una pesadilla, que da a París una «aparente omnipotencia» encerrándolo y dejando fuera a las provincias; sustituir esta Francia unitaria, que existe al lado de la sociedad francesa, por la unión política de la propia sociedad francesa mediante la organización comunal.

Los verdaderos partidarios de romper la unidad de Francia son, por tanto, los rurales, opuestos a la maquinaria unificada del Estado en la medida en que estorba su propia importancia local (los derechos señoriales), en la medida en que es la antagonista del feudalismo.

Lo que París quiere es romper ese sistema unitario artificial en la medida en que es el antagonista de la unión viva y real de Francia y un simple medio de dominación de clase.

Opiniones comtistas

Los hombres completamente ignorantes del sistema económico existente son, naturalmente, todavía menos capaces de comprender la negación de ese sistema por los obreros. No pueden comprender, naturalmente, que la transformación social a la que aspira la clase obrera es el producto necesario, histórico, inevitable del propio sistema actual. Hablan en tono de reproche de la amenaza de abolir la «propiedad», porque a sus ojos su actual forma de clase de la propiedad —una forma histórica transitoria— es la propiedad misma, y la abolición de esa forma sería, por tanto, la abolición de la propiedad. Así como ahora defienden la «caridad» de la dominación del capital y el sistema del salariado, si hubieran vivido en tiempos feudales o en tiempos de esclavitud habrían defendido el sistema feudal y el sistema esclavista como fundados en la naturaleza de las cosas, como un brote espontáneo [?] que nace de la naturaleza; [habrían] declamado ferozmente contra sus «abusos», pero al mismo tiempo, desde lo alto de su ignorancia, habrían respondido a las profecías de su abolición con el dogma de su «caridad», contrapesada por «frenos morales» («constricciones»).

Tienen tanta razón en su apreciación de los fines de las clases trabajadoras de París como el señor Bismarck al declarar que lo que quiere la Comuna es la propiedad social que hace de la propiedad el atributo del trabajo; lejos de crear «constricciones morales» individuales, [ella] emancipará la «moral» del individuo de sus constricciones de clase.173

¡Pobre gente! Ni siquiera saben que toda forma social de la propiedad tiene su propia «moral», y que la forma de [… …]

¡Cómo ha cambiado París el aliento de la revolución popular! A la Revolución de Febrero se la llamó la revolución del desprecio moral. La proclamaron los gritos del pueblo: «À bas les grands voleurs! À bas les assassins!», ¡abajo los grandes ladrones!, ¡abajo los asesinos! Tal era el sentimiento del pueblo. ¡Pero la burguesía quería un campo más amplio para la corrupción! Lo obtuvo bajo el reinado de Luis Bonaparte (Napoleón el Pequeño). ¡París, la ciudad gigantesca, la ciudad de la iniciativa histórica, se transformó en la maison dorée174 de todos los ociosos y estafadores del mundo, en un lupanar cosmopolita! ¡Tras el éxodo de la «gente de bien», reapareció el París de la clase obrera, heroico, abnegado, entusiasta en el sentimiento de su tarea hercúlea! Ningún cadáver en la morgue, ninguna inseguridad en las calles. París nunca estuvo más tranquilo por dentro. ¡En lugar de las cocottes, las heroicas mujeres de París! ¡El París viril, austero, combatiente, trabajador, pensante! ¡El París magnánimo! ¡Ante el canibalismo de sus enemigos, se limita a dejar a sus prisioneros sin capacidad de hacer daño!175 … Lo que París ya no está dispuesto a soportar es la existencia de las cocottes y los cocodès, los petimetres. Lo que está resuelto a expulsar o transformar es esa raza inútil, escéptica y egoísta que se ha adueñado de la ciudad gigantesca para usarla como cosa propia. Ninguna celebridad del Imperio tendrá derecho a decir: «París es muy agradable en los mejores barrios, pero en los otros hay demasiados pobres». (Vérité, 23 de abril):

«Los delitos comunes han disminuido de manera asombrosa en París. Ausencia de ladrones y de cocottes, de asesinatos y de atracos en la calle: ¡todos los conservateurs han huido a Versalles!»

«No se ha señalado un solo ataque nocturno, ni siquiera en los barrios más alejados y menos frecuentados, desde que los ciudadanos hacen ellos mismos el trabajo de la policía.»

[Fragmentos]

Thiers sobre los rurales

Este partido «solo sabe emplear tres medios: la invasión extranjera, la guerra civil y la anarquía… Semejante gobierno nunca será el de Francia». (Chambre des députés, 5 de enero de 1833.)

El Gobierno de la Defensa

Y este mismo Trochu dijo en su famoso programa: «El gobernador de París no capitulará jamás», y Jules Favre en su circular: «Ni una piedra de nuestras fortalezas ni un palmo de nuestros territorios»; lo mismo que Ducrot:176 «No volveré a París sino muerto o victorioso». Después descubrió en Burdeos que su vida era necesaria para tener a raya a los «rebeldes» de París. (Estos miserables saben que en su huida a Versalles han dejado tras de sí las pruebas de sus crímenes, y para destruir esas pruebas no retrocederían ante la idea de convertir París en una montaña de ruinas bañada en un mar de sangre.) (Manifiesto a la provincia, enviado en globo.)

«La unidad que nos han impuesto hasta hoy el Imperio, la monarquía y el gobierno parlamentario no es más que la centralización despótica, ininteligente, arbitraria y onerosa. La unidad política tal como la quiere París es la asociación voluntaria de todas las iniciativas locales»…, una delegación central de las comunas federadas. «El fin del viejo mundo gubernamental y clerical, del militarismo y de la burocracia, de los chanchullos con los monopolios y privilegios a los que el proletariado debía su servidumbre y la patria sus desgracias y sus desastres.» (Proclama de la Comuna, 19 de abril.)177

Gendarmes y policías

20.000 gendarmes (traídos a Versalles de toda Francia; en total, 30.000 bajo el Imperio) y 12.000 agentes de la policía de París: la base del mejor ejército que Francia ha tenido nunca.

Los diputados republicanos de París

Los diputados republicanos de París «no han protestado ni contra el bombardeo de París, ni contra las ejecuciones sumarias de los prisioneros, ni contra las calumnias contra el pueblo de París. Al contrario, con su presencia en la Asamblea y su mutisme, su mutismo, han dado una consagración a todos estos actos, respaldada por la notoriedad que el partido republicano ha dado a esos hombres. Se han convertido en aliados y cómplices conscientes del partido monárquico. Los declara traidores a su mandato y a la república». (Association générale des défenseurs de la République.) (9 de mayo.)

«La centralización produce la apoplejía en París y la ausencia de vida en todas las demás partes.» (Lamennais.)178

«Hoy todo se refiere a un centro, y ese centro es, por así decirlo, el Estado mismo.» (Montesquieu.)

El asunto de la place Vendôme, etc.

El Comité Central de la Guardia Nacional, constituido con el nombramiento de un delegado por cada compañía, trasladó a Montmartre, Belleville y La Villette, al entrar los prusianos en París,179 los cañones y las mitrailleuses, las ametralladoras, fundidos con la suscripción de los propios guardias nacionales, cañones y mitrailleuses que el Gobierno de la Defensa Nacional había abandonado incluso en los barrios que iban a ocupar los prusianos.

En la mañana del 18 de marzo el gobierno hizo un llamamiento enérgico a la Guardia Nacional, pero de 400.000 guardias nacionales solo respondieron 300 hombres.

El 18 de marzo, a las tres de la madrugada, los agentes de policía y algunos bataillons de línea se presentaron en Montmartre, Belleville y La Villette para sorprender a los guardianes de la artillería y llevársela por la fuerza.

La Guardia Nacional resistió; los soldados de línea levantaron la culata al aire, pese a las amenazas y las órdenes del general Lecomte, fusilado ese mismo día por sus soldados al mismo tiempo que Clément Thomas. («Las tropas de línea levantaron al aire la culata de sus fusiles y confraternizaron con los insurrectos.»)

El boletín de victoria de Aurelle de Paladines estaba ya impreso; se encontraron también papeles sobre la descentralización de París.

El 19 de marzo el Comité Central declaró levantado el estado de sitio en París; el 20, Picard lo proclamó para el departamento de Sena y Oise.

18 de marzo (por la mañana, cuando todavía creía en su victoria), proclama de Thiers, fijada en las paredes:

«El gobierno ha resuelto actuar. Los criminales que pretenden instituir un gobierno deben ser entregados a la justicia ordinaria, y los cañones sustraídos deben devolverse a los arsenales.»

A última hora de la tarde, fracasada la sorpresa nocturna, apela a los guardias nacionales:

«El gobierno no prepara un coup d’état. El gobierno de la república no tiene ni puede tener otro objetivo que la salvación de la república.»

Solo quiere «acabar con el comité insurrecto»… «casi todos desconocidos para la población».

Ya entrada la noche, una tercera proclama a la Guardia Nacional, firmada por Picard y Aurelle:

«Algunos hombres extraviados… se resisten abiertamente a la Guardia Nacional y al ejército… El gobierno ha querido que se os dejen vuestras armas. Empuñadlas con resolución para establecer el imperio de la ley y salvar a la república de la anarquía.»

(El 17, Schœlcher intenta engatusarlos para que se desarmen.)

Proclama del Comité Central del 19 de marzo: «Se levanta el estado de sitio. Se convoca al pueblo de París a sus elecciones comunales.»

Id. a los guardias nacionales:

«Nos encargasteis organizar la defensa de París y de vuestros derechos… En este momento nuestro mandato ha expirado; os lo devolvemos; no queremos ocupar el lugar de aquellos a quienes el aliento popular vient de renverser, acaba de derribar.»

Dejaron que los miembros del gobierno se retiraran tranquilamente a Versalles (incluso a los que tenían en sus manos, como Ferry).

Las elecciones comunales, convocadas para el 22 de marzo, se aplazaron al 26 de marzo a causa de la manifestación del partido del orden.

21 de marzo. Rugidos frenéticos de protesta en la Asamblea contra las palabras «Vive la République» al final de una proclama «a los ciudadanos y al ejército (a los soldados)». Thiers: «Podría ser una propuesta muy legítima, etc.» (Protestas de los rurales.) Jules Favre arengó contra la doctrina de que la república está por encima del sufragio universal, aduló a la mayoría rural, amenazó a los parisinos con la intervención prusiana y provocó la manifestación del partido del orden. Thiers: «Pasara lo que pasara, no enviaría una fuerza armada a atacar París.» (Todavía no tenía tropas para hacerlo.)

El Comité Central estaba tan poco seguro de su victoria que aceptó con premura la mediación de los alcaldes y de los diputados de París… La obstinación de Thiers le permitió (al Comité) vivir uno o dos días: entonces tomó conciencia de sus fuerzas. Faltas sin número de los revolucionarios. En lugar de poner a los sergents de ville fuera de estado de hacer daño, se les abrieron las puertas; se fueron a Versalles, donde fueron recibidos como salvadores; se dejó partir al 43 de línea; se mandó a sus casas a todos los soldados que habían confraternizado con el pueblo; se permitió a la reacción organizarse en el centro mismo de París; se dejó tranquilo a Versalles. Tridon, Jaclard, Varlin y Vaillant180 querían que se fuera inmediatamente a desalojar a los realistas… Favre y Thiers hacían gestiones apremiantes ante las autoridades prusianas con el fin de obtener su concurso… para reprimir el movimiento insurreccional de París.

La ocupación constante de Trochu y de Clément Thomas en estorbar todos los intentos de armamento y de organización de la Guardia Nacional. La marcha sobre Versalles la decidió, preparó y emprendió el Comité Central sin que lo supiera la Comuna, e incluso en oposición directa a su voluntad claramente manifestada…181

Bergeret…,182 en lugar de volar el puente de Neuilly, que los federados no podían guardar a causa del Mont-Valérien y de las baterías instaladas en Courbevoie, dejó que los realistas se apoderaran de él, se atrincheraran allí con fuerza y se aseguraran así una vía de comunicación con París…

Como dijo el señor Littré183 en una carta (Daily News, 20 de abril):

«Desarmado París, maniatado París por los Vinoy, los Valentin, los Paladines, la república estaba perdida. Así lo entendieron los parisinos. Ante la alternativa de sucumbir sin luchar o arriesgarse a una lucha terrible de resultado incierto, eligieron luchar; y no puedo sino elogiarlos por ello.»

La expedición a Roma, obra de Cavaignac, Jules Favre y Thiers.

«Un gobierno que tiene todas las ventajas interiores del gobierno republicano y la fuerza ex[terior] del go[bierno] mo[nárquico]. Ha[blo] de la república federativa… Es una sociedad de sociedades, que forman una nueva, que puede crecer con nuevos asociados hasta que su poder baste para la seguridad de los que se han unido. Esta clase de república… puede mantenerse en su grandeza sin que el interior se corrompa. La forma de esta sociedad previene todos los inconvenientes.» (Montesquieu, Del espíritu de las leyes, libro IX, cap. I.)184

Constitución de 1793:185

§78) Hay en cada municipio de la República una administración municipal; en cada distrito, una administración intermedia; en cada departamento, una administración central. §79) Los funcionarios municipales son elegidos por las asambleas del municipio. §80) Los administradores son nombrados por las asambleas electorales de departamento y de distrito. §81) Las municipalidades y las administraciones se renuevan por mitad todos los años.

Consejo ejecutivo. §62) Se compone de 24 miembros. §63) La asamblea electoral de cada departamento nombra un candidato. El cuerpo legislativo elige de la lista general a los miembros del consejo. §64) Se renueva por mitad en cada legislatura, en el último mes de su sesión. §65) El consejo está encargado de la dirección y de la vigilancia de la [administración] general. §66) Nombra, fuera de su seno, a los agentes en jefe de la administración general de la república. §68) Estos agentes no forman un consejo; están separados, sin relaciones inmediatas entre sí, y no ejercen ninguna autoridad personal. §73) El consejo revoca y sustituye a los agentes de su nombramiento.

Excitado, por un lado, por el llamamiento de Jules Favre a la guerra civil en la Asamblea —dijo que los prusianos habían amenazado con intervenir si los parisinos no cedían en el acto— y alentado, por otro, por la tolerancia del pueblo y la actitud pasiva del Comité Central hacia él, el «partido del orden» de París decidió un coup de main, un golpe de mano, que se dio el 22 de marzo bajo la etiqueta de una procesión pacífica, una manifestación pacífica contra el gobierno revolucionario. Y fue una manifestación pacífica de un carácter muy particular. «Todo el movimiento pareció una sorpresa. No había ningún preparativo para hacerle frente.» «Una turba alborotadora de caballeros», en cuya primera fila iban los asiduos del Imperio, los Heeckeren, Coëtlogon y H. de Pène,186 etc., maltrata y desarma a los guardias nacionales destacados de los puestos avanzados (centinelas), que huyen a la place Vendôme, desde donde los guardias nacionales marchan en el acto a la rue Neuve-des-Petits-Champs. Al encontrarse con los alborotadores, reciben orden de no disparar, pero los alborotadores avanzan al grito de «¡Abajo los asesinos! ¡Abajo el Comité!», insultan a los guardias, tratan de arrebatarles los fusiles, disparan con un revólver contra el ciudadano Maljournal (teniente del estado mayor de la plaza) (miembro del Comité Central). El general Bergeret los exhorta a retirarse (a disolverse) (a irse). Durante unos cinco minutos se baten los tambores y se hacen las sommations, las intimaciones legales (que sustituyen a la lectura inglesa de la Riot Act).187 Responden con gritos e insultos. Dos guardias nacionales caen gravemente heridos. Entretanto sus camaradas vacilan y disparan al aire. Los alborotadores intentan romper por la fuerza las filas y desarmarlos. Bergeret manda hacer fuego y los cobardes huyen. La émeute, el motín, queda dispersada en el acto y el fuego cesa. Desde las casas se dispara contra los guardias nacionales. Dos de ellos, Wahlin y François, mueren; ocho quedan heridos. Las calles por las que se dispersan los «pacíficos» quedan sembradas de revólveres y bastones de estoque (muchos de ellos recogidos en la rue de la Paix). Al vizconde de Molinet, muerto por la espalda (por los suyos), [se le] encuentra con un puñal sujeto con una cadena.

Se tocó llamada. En las calles por las que había pasado la manifestación «desarmada» quedaron gran número de bastones de estoque, revólveres y puñales. Se dispararon tiros de pistola antes de que los insurrectos recibieran la orden de hacer fuego contra la multitud. Los manifestantes fueron los agresores (lo atestiguó el general Sheridan desde una ventana).188

Fue, pues, simplemente un intento de los reaccionarios de París, armados de revólveres, bastones de estoque y puñales, de hacer lo que Vinoy no había logrado hacer con sus sergents de ville, sus soldados, sus cañones y sus mitrailleuses. ¡Que las «clases bajas» de París no se dejaran desarmar ni siquiera por los «caballeros» de París era realmente demasiado!

Cuando el 13 de junio de 1849 los guardias nacionales de París hicieron una procesión realmente «desarmada» y «pacífica» para protestar contra un crimen, el ataque a Roma por las tropas francesas, su íntimo Thiers elogió al general Changarnier por acuchillarlos y ametrallarlos. ¡Se declaró el estado de sitio, nuevas leyes de represión, nuevas proscripciones, un nuevo reinado del terror! En lugar de todo eso, el Comité Central y los obreros de París se mantuvieron estrictamente a la defensiva durante el propio choque, dejaron que los asaltantes (los caballeros del puñal) volvieran tranquilamente a sus casas y, con su indulgencia, al no pedirles cuentas de aquella osada empresa, los envalentonaron tanto que dos días después, a las órdenes del almirante Saisset, enviado desde Versalles, [volvieron] a reunirse y probaron otra vez suerte en la guerra civil.

Y este asunto de la place Vendôme suscitó en Versalles un grito de «asesinato de ciudadanos desarmados» que resonó en el mundo entero. Hay que señalar que ni siquiera Thiers, que repite eternamente el asesinato de los dos generales, se ha atrevido una sola vez a recordar al mundo este «asesinato de ciudadanos desarmados».

Como en los tiempos medievales, el caballero puede usar cualquier arma contra el plebeyo, pero este no debe atreverse siquiera a defenderse.

(27 de marzo, Versalles. Thiers:

«Desmiento formalmente a quienes me acusan de preparar el camino a una solución monárquica. He encontrado la república como un hecho consumado. Ante Dios y ante los hombres declaro que no la traicionaré.»)

Después del segundo levantamiento del partido del orden, el pueblo de París no tomó represalia alguna. El Comité Central cometió incluso el gran error, contra el consejo de sus miembros más enérgicos, de no marchar en el acto sobre Versalles, donde, tras la huida del almirante Saisset y el ridículo derrumbe de la Guardia Nacional del orden, reinaba una consternación absoluta y no había todavía organizada ninguna fuerza de resistencia.

Después de la elección de la Comuna, el partido del orden volvió a probar sus fuerzas en las urnas y, derrotado de nuevo, emprendió su éxodo de París. Durante las elecciones, apretones de manos y confraternización de los burgueses (en los patios de las alcaldías) con los guardias nacionales insurrectos, mientras entre ellos no hablaban más que de «décimation en masse», de diezmarlos en masa, de «mitraille», de metralla, de «freírlos en Cayena», de «fusilamientos al por mayor».

«Los fugitivos de ayer creen hoy, adulando a los hombres del Hôtel de Ville, tenerlos tranquilos hasta que los rurales y los generales bonapartistas que se están reuniendo en Versalles estén en condiciones de disparar contra ellos.»

Thiers inició por segunda vez el ataque armado contra la Guardia Nacional en [el] asunto del 2 de abril. Combates entre Courbevoie y Neuilly, junto a París. Guardias nacionales batidos, el puente de Neuilly ocupado por los soldados de Thiers. Varios miles de guardias nacionales que habían salido de París y ocupado Courbevoie y Puteaux y el puente de Neuilly, desbaratados. Muchos prisioneros. Muchos de los insurrectos fusilados inmediatamente como rebeldes. Las tropas de Versalles abrieron el fuego.

La Comuna:

«El gobierno de Versalles nos ha atacado. No pudiendo contar con el ejército, ha enviado a los zuavos pontificios de Charette, a los bretones de Trochu y a los gendarmes de Valentin para bombardear Neuilly.»

El 2 de abril el gobierno de Versalles había enviado por delante una división compuesta principalmente de gendarmes, infantería de marina, guardas forestales y policía. Vinoy, con dos brigadas de infantería, y Galliffet, al frente de una brigada de caballería y de una batería de artillería, avanzaron sobre Courbevoie.

París, 4 de abril. Millière (declaración):

«El pueblo de París no [hacía] ninguna tentativa de agresión… cuando el gobierno ordenó atacarlo con los antiguos soldados del Imperio, organizados como tropas pretorianas, a las órdenes de antiguos senadores.»

  1. La salida de Buzenval, al oeste de París, del 19 de enero de 1871, último intento del ejército de París y de la Guardia Nacional de romper el cerco prusiano; fracasó con grandes pérdidas, y nueve días después se firmó el armisticio. ↩

  2. Los alcaldes (maires) de los veinte distritos de París. ↩

  3. Louis Jules Trochu (1815-1896), general francés, gobernador militar de París y presidente del Gobierno de la Defensa Nacional desde el 4 de septiembre de 1870 hasta enero de 1871. ↩

  4. Jules Favre (1809-1880), abogado y diputado republicano moderado, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de la Defensa Nacional y luego de Thiers; negoció el armisticio de enero y la paz de mayo de 1871. ↩

  5. Léon Gambetta (1838-1882), abogado y diputado republicano, ministro del Interior del Gobierno de la Defensa Nacional; salió de París en globo en octubre de 1870 para organizar la resistencia en las provincias. ↩

  6. Jules Ferry (1832-1893), abogado y diputado republicano, alcalde de París durante el sitio; los parisinos lo apodaban «Ferry el Hambriento» por el racionamiento. ↩

  7. El 5 de octubre de 1870, batallones de la Guardia Nacional de Belleville, mandados por Gustave Flourens, se manifestaron ante el Hôtel de Ville para pedir armas y elecciones municipales. El 31 de octubre, al conocerse la capitulación de Metz y las negociaciones de armisticio, los batallones obreros y los blanquistas ocuparon el Hôtel de Ville y retuvieron a miembros del gobierno, que prometieron elecciones a una comuna; la promesa no se cumplió y los dirigentes del movimiento fueron perseguidos. ↩

  8. «Capituladores»: nombre que el pueblo de París daba a los partidarios de la capitulación durante el sitio. ↩

  9. «Chusma». ↩

  10. «Matasietes», militares brutales. ↩

  11. El Journal officiel de la République française, diario oficial que la Comuna siguió publicando en París mientras el gobierno de Versalles editaba el suyo. ↩

  12. Jean-Baptiste Millière (1817-1871), periodista socialista y diputado por París en la Asamblea Nacional de 1871; fue fusilado por las tropas de Versalles el 26 de mayo de 1871. ↩

  13. Ernest Picard (1821-1877), abogado y diputado republicano moderado, fue en realidad ministro de Hacienda del Gobierno de la Defensa Nacional y pasó a ser ministro del Interior con Thiers en febrero de 1871; en el texto definitivo Marx lo corrigió. ↩

  14. «Estafador». ↩

  15. «Repartidores»: mote despectivo que se daba a los socialistas, a quienes se acusaba de querer repartir los bienes. ↩

  16. Joe Miller (1684-1738), actor inglés cuyo nombre se dio a una famosa colección de chistes publicada tras su muerte; aquí, el chistoso del gobierno. ↩

  17. Ticket of leave: en Inglaterra, el permiso con que se liberaba a los condenados antes de cumplir la pena, bajo vigilancia de la policía. ↩

  18. Mote de la Asamblea Nacional elegida el 8 de febrero de 1871, con mayoría monárquica de terratenientes y notables del campo. ↩

  19. Joseph Marie Piétri (1820-1902), prefecto de policía de París de 1866 a 1870; sus «corderos» eran los agentes de su policía. ↩

  20. Los «castillos», es decir, la nobleza terrateniente de provincias. ↩

  21. Los monárquicos de la Asamblea Nacional querían quitar a París la condición de capital; la Asamblea, reunida en Burdeos, decidió el 10 de marzo de 1871 trasladarse a Versalles. ↩

  22. La ley del 10 de marzo de 1871 exigía el pago, en plazos muy cortos, de los efectos de comercio vencidos durante la guerra, y la Asamblea se negó a aplazar los alquileres atrasados; muchos pequeños comerciantes y artesanos de París quedaron abocados a la quiebra. ↩

  23. Charles Cousin-Montauban, conde de Palikao (1796-1878), general y último jefe de gobierno del Segundo Imperio, en agosto de 1870. ↩

  24. Joseph Vinoy (1800-1880), general bonapartista que había participado en el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851; de ahí Décembriseur, «decembrista». ↩

  25. Louis Valentin, general bonapartista, prefecto de policía de París en marzo de 1871. ↩

  26. Louis d’Aurelle de Paladines (1804-1877), general clerical y monárquico, nombrado comandante de la Guardia Nacional de París en marzo de 1871. ↩

  27. En la madrugada del 18 de marzo de 1871, las tropas enviadas por Thiers intentaron llevarse los cañones de la Guardia Nacional concentrados en Montmartre, que se habían costeado por suscripción. La población del barrio y los guardias nacionales se lo impidieron, los soldados confraternizaron con ellos y el gobierno huyó a Versalles. Es el comienzo de la revolución que dio paso a la Comuna. ↩

  28. Augustin Pouyer-Quertier (1820-1891), industrial algodonero de Ruán y proteccionista, ministro de Hacienda de Thiers en 1871. ↩

  29. Jules Simon (1814-1896), filósofo y político republicano moderado, ministro de Instrucción Pública del Gobierno de la Defensa Nacional y de Thiers. ↩

  30. Frédérick Lemaître (1800-1876), actor francés, el más célebre de los teatros de bulevar de su tiempo. ↩

  31. La ley electoral del 31 de mayo de 1850, votada por la mayoría monárquica de la Asamblea Legislativa, privó del voto a unos tres millones de electores; poco después la Asamblea concedió al presidente Luis Bonaparte un aumento de su dotación. ↩

  32. El tratado de comercio anglo-francés de 1860 (tratado Cobden-Chevalier), que rebajó los aranceles entre los dos países. ↩

  33. Mulhouse, centro de la industria textil de Alsacia, anexionada por Alemania en 1871. ↩

  34. Pierre Magne (1806-1879), ministro de Hacienda de Napoleón III. ↩

  35. Le Rappel, diario republicano de París fundado en 1869 por el círculo de Victor Hugo. ↩

  36. Impuesto municipal de consumos que se cobraba a la entrada de las mercancías en la ciudad. ↩

  37. «Libertades necesarias»: fórmula de Thiers en su discurso de 1864 ante el Cuerpo Legislativo. ↩

  38. Los generales Claude-Martin Lecomte (1817-1871), que mandaba las tropas enviadas a Montmartre, y Jacques Léon Clément-Thomas (1809-1871), antiguo jefe de la Guardia Nacional de París, fusilados el 18 de marzo de 1871 por sus soldados y la multitud. ↩

  39. Jules Dufaure (1798-1881), abogado y político orleanista, ministro de Obras Públicas en 1839-1840, del Interior en 1848-1849 y ministro de Justicia de Thiers de 1871 a 1873. ↩

  40. La insurrección de la Société des Saisons, dirigida por Blanqui y Barbès, del 12 de mayo de 1839, aplastada en un día. ↩

  41. Louis Eugène Cavaignac (1802-1857), general, ministro de la Guerra en 1848, aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 y fue jefe del poder ejecutivo hasta diciembre de ese año; fue derrotado por Luis Bonaparte en la elección presidencial del 10 de diciembre de 1848. ↩

  42. Dufaure fue ministro del Interior de Cavaignac desde el 13 de octubre de 1848; el 2 de junio de 1849 volvió a serlo en el segundo gobierno de Odilon Barrot, ya bajo la presidencia de Luis Bonaparte. Alexandre Vivien (1799-1854), jurista orleanista, fue ministro de Obras Públicas de Cavaignac. ↩

  43. El comité de la rue de Poitiers, centro dirigente del partido del orden, la coalición de orleanistas y legitimistas, en 1848-1849. ↩

  44. El 13 de junio de 1849, la Montaña pequeñoburguesa convocó en París una manifestación pacífica contra la expedición francesa que había ido a derribar la República romana; fue dispersada por la tropa y sirvió de pretexto para declarar el estado de sitio y para una nueva ola de represión. ↩

  45. François Guizot (1787-1874), historiador y jefe del gobierno de Luis Felipe de 1840 a 1848. ↩

  46. Alusión a Don Carlos (1787), drama de Friedrich Schiller sobre el infante don Carlos, hijo de Felipe II. ↩

  47. El Comité Central de la Guardia Nacional, formado en febrero y marzo de 1871 con delegados elegidos por los batallones de la Guardia Nacional de París, federados entre sí. Tras el 18 de marzo ejerció el poder en París hasta la elección de la Comuna. ↩

  48. Le National, diario parisiense de los republicanos burgueses moderados, fundado en 1830; sus hombres formaron parte del gobierno provisional de 1848. ↩

  49. Los guardias móviles de Bretaña que Trochu, bretón él mismo, empleó como fuerza de orden en París. ↩

  50. Alphonse Tamisier (1809-1880), general republicano, comandante en jefe de la Guardia Nacional de París desde septiembre de 1870; dimitió tras el 31 de octubre. ↩

  51. Denis Auguste Affre (1793-1848), arzobispo de París, herido de muerte el 25 de junio de 1848 en una barricada del arrabal de Saint-Antoine, adonde había ido a pedir el fin de los combates. ↩

  52. Georges Darboy (1813-1871), arzobispo de París, tomado como rehén por la Comuna y fusilado el 24 de mayo de 1871. ↩

  53. Es decir, Thiers, ministro del Interior en abril de 1834, cuando, en la represión de la insurrección republicana de París, las tropas mataron a los habitantes de una casa de la rue Transnonain. ↩

  54. Gustave Flourens (1838-1871), naturalista y revolucionario, jefe de batallón de la Guardia Nacional y miembro de la Comuna; capturado en Rueil el 3 de abril de 1871, fue muerto a sablazos por el capitán de gendarmería Desmarêt. ↩

  55. Émile-Victor Duval (1840-1871), fundidor, miembro de la Internacional y de la Comuna; capturado en la salida del 4 de abril de 1871, fue fusilado sin juicio por orden del general Vinoy. ↩

  56. Alusión al golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851 y a la represión que lo siguió. ↩

  57. Gaston de Galliffet (1830-1909), general de caballería, célebre por su crueldad en la represión de la Comuna. ↩

  58. El decreto de la Comuna sobre los rehenes, adoptado el 5 de abril de 1871, disponía que los cómplices de Versalles quedaran como rehenes y que a cada ejecución de un prisionero de la Comuna respondiera la de rehenes. ↩

  59. Agentes de la policía municipal de París. ↩

  60. Gaspard Deguerry (1797-1871), cura de la iglesia de la Madeleine, rehén de la Comuna, fusilado el 24 de mayo de 1871. ↩

  61. Alusión a la frase de Émile Ollivier, jefe del gobierno imperial, que el 15 de julio de 1870 dijo aceptar la responsabilidad de la guerra contra Prusia «con el corazón ligero». ↩

  62. «La comisión de los quince»: comisión de diputados elegida por la Asamblea Nacional en marzo de 1871 para asistir a Thiers en la lucha contra París. ↩

  63. Adolphe Le Flô (1804-1887), general, ministro de la Guerra del Gobierno de la Defensa Nacional y del gobierno de Thiers hasta junio de 1871. ↩

  64. El armisticio se firmó en Versalles el 28 de enero de 1871. ↩

  65. Antoine Chanzy (1823-1883), general que había mandado el ejército del Loira y diputado monárquico; detenido en París el 18 de marzo de 1871, fue puesto en libertad poco después. ↩

  66. Jean Saisset (1810-1879), almirante, nombrado jefe de la Guardia Nacional de París por el gobierno de Versalles el 20 de marzo de 1871; intentó organizar a los batallones de los barrios burgueses contra el Comité Central y abandonó París a los pocos días. ↩

  67. El 22 de marzo de 1871, una manifestación armada de «los amigos del orden» marchó por la rue de la Paix hacia el cuartel general de la Guardia Nacional en la place Vendôme y disparó contra los guardias nacionales, que respondieron al fuego. Marx lo cuenta más abajo, en el apartado «El asunto de la place Vendôme, etc.». ↩

  68. Enrique de Orleans, duque de Aumale (1822-1897), hijo de Luis Felipe, general y pretendiente orleanista, elegido diputado en febrero de 1871. ↩

  69. Frase atribuida a La Fayette, que en julio de 1830 presentó al duque de Orleans, el futuro Luis Felipe, como «la mejor de las repúblicas». ↩

  70. Cayena, en la Guayana Francesa, era lugar de presidio y de deportación de condenados políticos. ↩

  71. El 1 de marzo de 1871 la Asamblea Nacional votó la destitución de Napoleón III y de su dinastía. ↩

  72. Mote de Luis Bonaparte, por el título del panfleto de Victor Hugo Napoléon le Petit (1852). ↩

  73. Los chuanes fueron los campesinos realistas que se sublevaron contra la Revolución en el oeste de Francia en la década de 1790. El nombre se aplicó por analogía a los voluntarios bretones y vendeanos de convicciones legitimistas que se unieron al ejército de Versalles. ↩

  74. Cuerpo de voluntarios católicos formado en 1860-1861 para defender los Estados Pontificios. Tras la toma de Roma por Italia en 1870, muchos de sus miembros combatieron en Francia. ↩

  75. Athanase de Charette (1832-1911), antiguo jefe de los zuavos pontificios, y Henri de Cathelineau (1813-1891), legitimistas, mandaron en 1870-1871 cuerpos de voluntarios del oeste de Francia. ↩

  76. El 15 de julio de 1840 Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria firmaron en Londres, sin Francia, un convenio en apoyo del sultán contra Mehmet Alí de Egipto, aliado de Francia; el gobierno de Thiers, tras amenazar con la guerra, tuvo que ceder y dimitió. En julio de 1841 Francia se sumó al convenio de los Estrechos firmado en Londres. ↩

  77. Charles Beslay (1795-1878), diputado en 1830, industrial y proudhoniano, miembro de la Comuna y su delegado ante el Banco de Francia. ↩

  78. Periódico bonapartista que se publicaba en Londres en 1871; de ahí que Marx lo llame el Moniteur (el diario oficial) del amo de los generales de Versalles, Napoleón III. ↩

  79. Jacques Laffitte (1767-1844), banquero y político liberal, jefe de gobierno en 1830-1831 y protector de Thiers en sus comienzos. ↩

  80. Armand Carrel (1800-1836), periodista republicano, fundador con Thiers y Mignet del National en 1830 y luego su director; murió en un duelo. ↩

  81. Thiers, ministro del Interior en 1832, hizo detener a la duquesa de Berry, madre del pretendiente legitimista, tras su intento de sublevar la Vendée; en prisión se hizo vigilar su embarazo y su parto para desacreditarla políticamente. ↩

  82. El 14 de abril de 1834, durante la represión de la insurrección republicana de París, las tropas mataron a los habitantes de una casa de la rue Transnonain. Las leyes de septiembre de 1835 endurecieron las penas por delitos de prensa y restringieron el derecho de asociación. ↩

  83. El proyecto de Thiers de rodear París de una muralla y de fuertes destacados se aprobó en 1841; los republicanos veían en él un instrumento contra el propio París. ↩

  84. Ni Luis Felipe en febrero de 1848 ni la regencia de la emperatriz Eugenia en septiembre de 1870 intentaron recuperar París desde fuera. ↩

  85. Fernando II de las Dos Sicilias (1810-1859), llamado el rey Bomba por el bombardeo de Palermo en enero de 1848 y de Mesina en septiembre del mismo año. ↩

  86. Los austriacos bombardearon Lille en 1792; la flota británica bombardeó Copenhague en 1807. ↩

  87. En diciembre de 1842 el regente Baldomero Espartero hizo bombardear Barcelona, sublevada contra su gobierno, desde el castillo de Montjuïc. ↩

  88. En 1849 un cuerpo expedicionario francés sitió y bombardeó Roma para derribar la República romana y restablecer el poder temporal del papa. ↩

  89. Nicolas Changarnier (1793-1877), general monárquico, jefe de la guarnición y de la Guardia Nacional de París en 1848-1851; dispersó la manifestación del 13 de junio de 1849. ↩

  90. El comité de la rue de Poitiers, centro dirigente del partido del orden en 1848-1849. ↩

  91. En el reducto de Moulin-Saquet, cerca de Vitry, los versalleses sorprendieron de noche y pasaron a la bayoneta a guardias nacionales en la noche del 3 al 4 de mayo de 1871. ↩

  92. La manifestación de «los amigos del orden» del 22 de marzo de 1871 en la rue de la Paix; véase más abajo el apartado «El asunto de la place Vendôme, etc.». ↩

  93. «Los que se escabullen»: juego de palabras con francs-tireurs, los francotiradores voluntarios; así se llamó a los burgueses que huyeron de París durante el sitio. ↩

  94. Coblenza fue durante la Revolución francesa el centro de la emigración contrarrevolucionaria de la nobleza; Charles Alexandre de Calonne (1734-1802), antiguo ministro de Hacienda de Luis XVI, fue uno de sus dirigentes. ↩

  95. Neuilly, al oeste de París, junto al puente sobre el Sena que daba acceso a la ciudad, fue escenario de duros combates y de bombardeos de los versalleses en abril y mayo de 1871. ↩

  96. Los tratados del Congreso de Viena de 1815, que fijaron las fronteras de la Francia de la Restauración. ↩

  97. Los preliminares de paz de Versalles, del 26 de febrero de 1871, impusieron a Francia, además de la cesión de Alsacia y parte de Lorena, una indemnización de guerra de cinco mil millones de francos; la Asamblea Nacional los ratificó en Burdeos el 1 de marzo tras un debate de un solo día. ↩

  98. Los preliminares de paz permitían a Francia mantener en París una guarnición de 40.000 hombres. La «Dieta» es el Reichstag alemán. ↩

  99. Tras la derrota ante Napoleón y la paz de Tilsit (1807), los ministros Stein y Hardenberg emprendieron en Prusia reformas desde arriba: abolición de la servidumbre personal de los campesinos (1807), ordenanza municipal (1808), reforma del ejército. ↩

  100. El Congreso de París de 1856 puso fin a la guerra de Crimea. En 1861 el zar Alejandro II abolió la servidumbre, y en los años siguientes se reformaron la administración local y la justicia. ↩

  101. «Alma condenada»: instrumento ciego y servil de otro. ↩

  102. Thiers fue detenido en la noche del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 y expulsado temporalmente de Francia. ↩

  103. Thiers escribió una Historia del Consulado y del Imperio en veinte tomos (1845-1862). ↩

  104. Pulgarcito (Tom Pouce), personaje del cuento popular, de tamaño diminuto. Tamerlán (Timur, 1336-1405), conquistador de Asia central, proverbial por su crueldad. ↩

  105. «Ese espantoso Triboulet»: bufón contrahecho de Francisco I, protagonista del drama de Victor Hugo Le roi s’amuse (1832). ↩

  106. Fortaleza al oeste de París que quedó en manos del ejército de Versalles y desde la que se bombardeó la ciudad. ↩

  107. The Great Unpaid: los jueces de paz ingleses, terratenientes que ejercían el cargo sin sueldo y sin formación jurídica. ↩

  108. Le Mot d’ordre, diario fundado en febrero de 1871 por Henri Rochefort, favorable a la Comuna. ↩

  109. En la guerra de Secesión, el gobierno de Lincoln trató a los soldados confederados capturados como prisioneros de guerra. ↩

  110. Así en el texto inglés; la versión alemana de la MEW lee «el 25 de abril», fecha que Marx da también más abajo («Medidas de seguridad pública»). ↩

  111. Nombre que se dio a la Cámara de Diputados ultrarrealista elegida en 1815, tras la segunda Restauración, y disuelta en 1816. ↩

  112. Las elecciones municipales del 30 de abril de 1871, celebradas con la nueva ley municipal, dieron en la mayor parte de las ciudades la victoria a los republicanos. ↩

  113. Patrice de Mac-Mahon (1808-1893), mariscal bonapartista, derrotado y hecho prisionero en Sedán; desde abril de 1871 mandó el ejército de Versalles contra la Comuna. ↩

  114. Las asociaciones de patronos (cámaras sindicales) del comercio y la industria de París, que en abril de 1871 enviaron delegaciones a Versalles para pedir la conciliación. ↩

  115. La Ligue d’union républicaine des droits de Paris, formada a comienzos de abril de 1871 por republicanos burgueses de París, que intentó mediar entre la Comuna y Versalles sobre la base del reconocimiento de la república y de las franquicias municipales. ↩

  116. El 29 de abril de 1871 las logias masónicas de París desfilaron hasta las murallas y plantaron en ellas sus estandartes; tras ser alcanzados por los obuses de Versalles, se pronunciaron por la Comuna. ↩

  117. En el manuscrito, encima de las palabras «recurrió primero a las provincias», se lee: «se dirigió a las provincias con un llamamiento angustioso antes de haber obtenido de Bismarck un ejército de prisioneros». ↩

  118. «¡Viva el rey!». ↩

  119. Le Vengeur, diario de Félix Pyat, miembro de la Comuna, que se publicó en París en febrero y de marzo a mayo de 1871. ↩

  120. Alusión a la ley de sospechosos de 1793, durante el Terror, y a la ley de seguridad general de 1858, bajo el Segundo Imperio, que permitía internar o deportar sin juicio a los antiguos condenados políticos. ↩

  121. Jean-Louis Greppo (1810-1888), antiguo obrero sedero de Lyon, diputado republicano en 1848-1851 y de nuevo en la Asamblea Nacional de 1871. ↩

  122. Congreso de delegados de los municipios de Francia que se quiso reunir en Burdeos en mayo de 1871 para mediar entre París y Versalles; el gobierno de Thiers lo prohibió. ↩

  123. Louis-Antoine Garnier-Pagès (1803-1878), republicano moderado, miembro del Gobierno provisional de 1848 y del Gobierno de la Defensa Nacional. ↩

  124. Se trataba en realidad del 22.º batallón de cazadores. ↩

  125. Gustave Paul Cluseret (1823-1900), antiguo oficial, miembro de la Internacional, delegado de la Comuna para la Guerra en abril de 1871; la Comuna lo destituyó y lo detuvo el 30 de abril tras la pérdida momentánea del fuerte de Issy. ↩

  126. El Comité de Salvación Pública, creado por la Comuna el 1 de mayo de 1871 a imitación del de 1793. ↩

  127. Alusión al discurso de Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare (acto III, escena 2), que repite con ironía que «Bruto es un hombre honrado». ↩

  128. Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés que pasó más de treinta años en prisión; condenado a muerte en rebeldía por el levantamiento del 31 de octubre de 1870, fue detenido el 17 de marzo de 1871 y no pudo participar en la Comuna, que lo eligió miembro. ↩

  129. El monte de piedad de París, establecimiento público de préstamos sobre prendas. ↩

  130. Eugène Protot (1839-1921), abogado blanquista, miembro de la Comuna y su delegado de Justicia. ↩

  131. Pic y Taillefer, directores del periódico bonapartista L’Étendard, fueron condenados bajo el Segundo Imperio por estafas y falsificaciones ligadas a ese periódico. ↩

  132. Las prisiones centrales, donde cumplían condena los sentenciados a penas largas. ↩

  133. La columna de la place Vendôme, levantada entre 1806 y 1810 con el bronce de cañones tomados al enemigo para glorificar las victorias napoleónicas, fue derribada el 16 de mayo de 1871 en cumplimiento de este decreto. ↩

  134. Leó Frankel (1844-1896), joyero húngaro que había trabajado en Alemania, miembro de la Internacional, elegido a la Comuna y delegado en la comisión de Trabajo, Industria e Intercambio. ↩

  135. Paschal Grousset (1844-1909), periodista, miembro de la Comuna y su delegado de Relaciones Exteriores. ↩

  136. Capilla levantada en 1815-1826 en el lugar donde se habían enterrado los restos de Luis XVI y María Antonieta. La Comuna decretó su demolición, que no llegó a ejecutarse. ↩

  137. La ambulancia de la Prensa era un servicio sanitario de voluntarios organizado por los periodistas de París durante el sitio. Les Ternes era entonces un barrio del oeste de París. ↩

  138. La Comuna propuso canjear al arzobispo Darboy y a otros rehenes por Blanqui, preso en manos de Versalles; Thiers se negó. ↩

  139. Casimir Bouis (1843-1916), periodista, miembro de la comisión de investigación nombrada por la Comuna. ↩

  140. En Lyon y en Marsella se proclamó la Comuna en septiembre de 1870, al conocerse la caída del Imperio, y de nuevo en marzo de 1871, en Lyon el 22 y en Marsella el 23; hubo intentos parecidos en Toulouse, Saint-Étienne, Narbona y Le Creusot. Todos fueron sofocados. ↩

  141. El plebiscito del 3 de noviembre de 1870, en el que los parisinos, tras el fracaso del 31 de octubre, confirmaron al Gobierno de la Defensa Nacional. ↩

  142. Día de las elecciones municipales convocadas por el Comité Central, de las que salió el Consejo de la Comuna, proclamado el 28 de marzo. ↩

  143. El armisticio se firmó el 28 de enero de 1871. ↩

  144. La versión alemana de la MEW entiende así el final de la frase: «que eran de su propiedad, que en la capitulación se le habían reconocido oficialmente como tales y que por eso se le habían dejado». ↩

  145. La frase está incompleta en el manuscrito. La versión alemana de la MEW la entiende así: «Frente a las revoluciones anteriores —en las que siempre se perdía el tiempo necesario para todo desarrollo histórico y en las que, en los primeros días del triunfo popular, en cuanto el pueblo había depuesto sus armas victoriosas, estas se volvían contra él—, la Comuna sustituyó ante todo el ejército por la Guardia Nacional». ↩

  146. El naturalista Thomas Henry Huxley (1825-1895), miembro del primer School Board (consejo escolar) de Londres, elegido en 1870. ↩

  147. John Milton vendió en 1667 los derechos de El paraíso perdido a un impresor por cinco libras, más otras cinco por cada nueva tirada. ↩

  148. Circumlocution Office, «Oficina de los Circunloquios»: sátira de la burocracia inglesa en la novela de Dickens La pequeña Dorrit (1855-1857). ↩

  149. El llamado «milliard des émigrés»: la ley del 27 de abril de 1825 concedió unos mil millones de francos de indemnización a los antiguos emigrados cuyas tierras habían sido confiscadas y vendidas durante la Revolución. ↩

  150. En marzo de 1848 el Gobierno provisional aumentó en 45 céntimos por franco, es decir, en un 45 %, las cuatro contribuciones directas; el recargo recayó sobre todo en los campesinos y les hizo hostiles a la república. ↩

  151. Así en el texto inglés; en el texto definitivo de La guerra civil en Francia Marx habla de 1849 y 1850. ↩

  152. Alusión, entre otras, a la ley de enero de 1850 que sometió a los maestros de escuela a la autoridad de los prefectos, a la ley de enseñanza de Falloux (marzo de 1850), que dio al clero el control de las escuelas, y a la restricción del sufragio de mayo de 1850. ↩

  153. Tras el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 hubo levantamientos armados, sobre todo campesinos, en una veintena de departamentos del centro y del sur de Francia, duramente reprimidos. ↩

  154. El texto inglés dice «Republican Empire», sin duda por error; la versión alemana de la MEW lee «república de la Comuna». ↩

  155. Campesino de la India sometido al pago de la renta de la tierra al Estado o al terrateniente. ↩

  156. El texto inglés dice «loans» (préstamos), sin duda por «boons» (beneficios); así entiende también la versión alemana de la MEW. ↩

  157. La Ligue d’union républicaine des droits de Paris, de la que se habla más arriba («La provincia»). ↩

  158. Fórmula feudal que designaba a los siervos sujetos a la talla y a las prestaciones a voluntad del señor. ↩

  159. Proyecto de ley que permitía arreglos amistosos entre deudores y acreedores con aplazamiento de los pagos; la Asamblea Constituyente lo rechazó en agosto de 1848, lo que arruinó a buena parte de la pequeña burguesía de París. ↩

  160. Alusión a El mercader de Venecia de Shakespeare, en el que el usurero Shylock exige una libra de carne de su deudor. ↩

  161. Société générale de Crédit mobilier, banco por acciones fundado en 1852 por los hermanos Pereire, símbolo de la especulación bajo el Segundo Imperio; quebró en 1867. ↩

  162. Aquí, el régimen imperial al estilo del Segundo Imperio. ↩

  163. La sala del Juego de Pelota de Versalles, donde los diputados del Tercer Estado juraron el 20 de junio de 1789 no separarse hasta dar una constitución a Francia. ↩

  164. Victor Schœlcher (1804-1893), republicano, promotor de la abolición de la esclavitud en las colonias francesas en 1848, diputado por París en 1871; jefe de la artillería de la Guardia Nacional durante el sitio. ↩

  165. Louis Blanc (1811-1882), socialista reformista, miembro del Gobierno provisional de 1848, diputado por París en la Asamblea Nacional de 1871, donde condenó la Comuna. ↩

  166. Doctrina de Auguste Comte (1798-1857), fundador del positivismo, que en sus últimas obras propuso una «religión de la humanidad» con su propio culto y sacerdocio. ↩

  167. Los positivistas ingleses Edward Spencer Beesly y Frederic Harrison defendieron públicamente a los sindicatos y, en 1871, a la Comuna. ↩

  168. El falansterio, comunidad de producción y de vida proyectada por Charles Fourier, e Icaria, la comunidad comunista imaginada por Étienne Cabet en su Viaje a Icaria (1840) y que sus seguidores intentaron fundar en los Estados Unidos. ↩

  169. Liga formada en París durante el sitio para expulsar a los alemanes y boicotear sus negocios. ↩

  170. El texto inglés dice «fractions»; leemos «frontiers», como la versión alemana de la MEW («Grenzen»). ↩

  171. En las elecciones del 8 de febrero de 1871 Thiers fue elegido diputado en veintiséis departamentos. ↩

  172. El ejército y el clero. ↩

  173. El texto inglés está aquí mutilado. La versión alemana de la MEW da dos párrafos completos: «Tienen en su apreciación de los fines de las clases trabajadoras de París tanta razón como el señor Bismarck al declarar que lo que quiere la Comuna es la ordenanza municipal prusiana» y «¡Pobre gente! Ni siquiera saben que toda forma social de la propiedad tiene su propia “moral”, y que la forma de la propiedad social que hace de la propiedad el atributo del trabajo, lejos de crear “constricciones morales” individuales, emancipará la “moral” del individuo de sus trabas de clase». ↩

  174. «Casa dorada»: la Maison Dorée era un célebre restaurante de lujo del bulevar de los Italianos; aquí, casa de lujo y de placer. ↩

  175. La versión alemana de la MEW entiende: «Ante el canibalismo de sus enemigos, tomó medidas para que sus prisioneros no pudieran ya ser un peligro para él». ↩

  176. Auguste-Alexandre Ducrot (1817-1882), general monárquico; antes de la gran salida de Champigny, a finales de noviembre de 1870, juró no volver a París «sino muerto o victorioso». Volvió vivo y derrotado, y fue elegido diputado a la Asamblea de Burdeos. ↩

  177. La «Declaración al pueblo francés» aprobada por la Comuna el 19 de abril de 1871, que exponía el programa de autonomía de las comunas y de su federación. ↩

  178. Félicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote y escritor, primero ultramontano y después socialista cristiano. ↩

  179. Las tropas alemanas entraron en una parte de los barrios del oeste de París el 1 de marzo de 1871 y se retiraron el 3. ↩

  180. Gustave Tridon (1841-1871), Victor Jaclard (1840-1903) y Édouard Vaillant (1840-1915), blanquistas, y Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador y dirigente de la Internacional en París, todos ellos activos en la Comuna. ↩

  181. La salida hacia Versalles del 3 de abril de 1871, que terminó en derrota y en la que murieron Flourens y Duval. ↩

  182. Jules Bergeret (1830-1905), miembro del Comité Central y de la Comuna, uno de los jefes de la salida del 3 de abril. ↩

  183. Émile Littré (1801-1881), lexicógrafo y filósofo positivista, diputado en la Asamblea Nacional de 1871. ↩

  184. Marx copió el pasaje abreviando algunas palabras, que completamos entre corchetes. ↩

  185. La Constitución jacobina del 24 de junio de 1793, que no llegó a aplicarse. ↩

  186. Georges-Charles d’Anthès, barón de Heeckeren, el conde de Coëtlogon y el periodista Henri de Pène, bonapartistas notorios. ↩

  187. Sommations: intimaciones legales a dispersarse que la autoridad tenía que repetir antes de emplear la fuerza contra una aglomeración. La Riot Act inglesa (1714) obligaba a leer en voz alta una proclama con el mismo fin. ↩

  188. Philip Sheridan (1831-1888), general norteamericano que seguía la guerra franco-prusiana como observador. ↩