Escrito el 5 de mayo de 1871 y publicado en Der Volksstaat (Leipzig), núm. 38, del 10 de mayo de 1871. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 306-312), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Desde la campaña de Augsburgo de 1859,1 que le valió una paliza tan formidable, el señor Vogt2 parecía haberse hartado de la política. Se dedicó con toda su energía a las ciencias naturales, en las que ya antes, como él mismo dice, había hecho descubrimientos tan «asombrosos». Así, al mismo tiempo que Küchenmeister y Leuckart3 demostraban la complicadísima historia del desarrollo de los gusanos intestinales y daban con ello un paso adelante verdaderamente grande para la ciencia, él había hecho el asombroso descubrimiento de que los gusanos intestinales se dividen en dos clases: los gusanos redondos, que son redondos, y los gusanos planos, que son planos. Ahora puso al lado de esta formidable conquista otra mayor todavía. El hallazgo de muchos huesos humanos fósiles de tiempos prehistóricos había puesto de moda el estudio comparado de los cráneos de las distintas razas humanas. Se medían los cráneos en todas direcciones, se comparaba, se discutía, no se llegaba a ningún resultado, hasta que Vogt, por fin, con su acostumbrada seguridad de vencedor, anunció la solución del enigma: todos los cráneos humanos se dividen en dos clases, los alargados (cabezas largas, dolicocéfalos) y los redondeados (cabezas cortas, braquicéfalos). Lo que los observadores más exactos y diligentes no habían conseguido con un trabajo laborioso de muchos años, Vogt lo logró con la simple aplicación de su principio de los gusanos. Si a estos asombrosos descubrimientos añadimos además el descubrimiento de una nueva especie en el campo de la zoología política, a saber, el descubrimiento de la Banda del Azufre,4 hasta el menos modesto tendrá que reconocer que Vogt había hecho bastante para una vida humana.

Pero el gran espíritu de nuestro Vogt no tenía sosiego. La política conservaba sus atractivos irresistibles para el hombre que también en el banco de la cervecería hacía cosas tan grandes. La paliza del año sesenta se había curado felizmente; el Herr Vogt de Marx5 ya no se encontraba en las librerías; sobre todas aquellas historias podridas había vuelto a crecer, una y otra vez, la hierba; nuestro Vogt había hecho giras de conferencias entre los aplausos del filisteo alemán, se había hecho notar en todas las reuniones de naturalistas y en todos los congresos etnográficos y de antigüedades y se había arrimado a las verdaderas eminencias científicas; podía, pues, volver a sentirse más o menos «decente» y creerse llamado a adoctrinar también en política al filisteo alemán al que había adoctrinado en ciencias naturales. Estaban pasando grandes cosas: Napoleón el Pequeño había capitulado en Sedan, los prusianos estaban ante París, Bismarck exigía Alsacia y Lorena. Era ya más que hora de que Vogt dijera su palabra de peso.

Esa palabra se llama Carl Vogt's Politische Briefe an Friedrich Kolb (Cartas políticas de Carl Vogt a Friedrich Kolb),6 Biel, 1870; contiene doce cartas, que aparecieron primero en la Tages-Presse de Viena y se reprodujeron además en el Moniteur de Vogt, el Bieler Handels-Courier. Vogt se declara contra la anexión y contra la prusianización de Alemania, y le irrita lo indecible aparecer en esto como simple seguidor de los odiados socialdemócratas, es decir, de la «Banda del Azufre». Sería superfluo entrar en el contenido general del panfleto, ya que da exactamente igual lo que piense un Vogt sobre esas cosas. Además, los argumentos que aduce no son más que los de la más vulgar politiquería de filisteo de cervecería, solo que esta vez Vogt no refleja al filisteo alemán, sino al suizo. A nosotros solo nos interesa la amable personalidad del propio señor Vogt, tal como se abre paso serpenteando por sus diversos giros y mudanzas.

Tomamos, pues, el folletito y ponemos a su lado el libro de la desgracia de Vogt, los Studien zur gegenwärtigen Lage Europas (Estudios sobre la situación actual de Europa), de 1859,7 cuyas secuelas tan dura y tan largamente ha padecido. Y encontramos, con toda la afinidad de espíritu, con el mismo desaliño de estilo (en la página 10 Vogt adquiere sus «intuiciones» «con sus propios oídos», que desde luego tienen que ser unos oídos muy propios), encontramos, decimos, que hoy el señor Vogt dice exactamente lo contrario de lo que predicaba hace once años. Los «Estudios» tenían por objeto persuadir al filisteo alemán de que Alemania no tenía ningún interés en meterse en la guerra que Luis Bonaparte proyectaba entonces contra Austria. Con ese fin había que presentar a Luis Bonaparte como un «hombre del destino» libertador de pueblos, había que defenderlo de los ataques corrientes de los republicanos y aun de algunos liberales burgueses. Y el pretendido republicano Vogt se prestó a ello; con cara bastante agridulce, por cierto, y no sin que se le notaran ciertos retortijones, pero lo hizo. Malas lenguas y gente de la «Banda del Azufre» querían sostener que el buen Vogt se sometía a todas esas molestias y muecas solo porque había recibido del lado bonapartista lo que los ingleses llaman consideration, a saber, dinero contante. Habían ocurrido también toda clase de cosas sospechosas. Vogt había ofrecido dinero a diversas personas para que actuaran en la prensa en su sentido, es decir, ensalzando los propósitos libertadores de pueblos de Luis Bonaparte. El señor Brass,8 cuya virtud está, como se sabe, por encima de toda sospecha desde que dirige la Norddeutsche Allgemeine Zeitung, hasta el señor Brass rechazó públicamente «el pesebre francés que Vogt quería ponerle delante». Pero no queremos hablar más de estas desagradables historias, y supondremos por ahora que los retortijones y las muecas de Vogt le pertenecían en propiedad. Pues bien, desde entonces ha ocurrido la desgracia de Sedan, y con ella todo cambia también para el señor Vogt. Al propio emperador de los franceses libertador de pueblos se lo trata todavía con cierta reserva; de él se dice solamente que

«la revolución le pisaba ya los talones. Aun sin la guerra, el Imperio no habría visto el Año Nuevo de 1871 en las Tullerías». (P. 1.)

¡Pero su mujer! Escuchemos:

«Desde luego, si hubiera vencido Eugenia (pues ella está, o más bien estaba, esa española inculta que ni siquiera sabe escribir con ortografía, en campaña con toda la cola de dragón de curas fanáticos y población campesina detrás), si hubiera vencido Eugenia, la situación habría sido de momento todavía más terrible» que tras las victorias prusianas, etc.

Así pues: si los franceses vencían en 1859 a los austriacos, vencía el Bonaparte libertador de pueblos; si vencían en 1870 a los prusianos, vencía la inculta Eugenia con su cola de dragón. Se ve el progreso.

Peor todavía le va a la cola de dragón de Luis Bonaparte, porque ahora resulta que él también tiene una. Ya en la p. 2 se habla de «los espantosos despilfarros del Imperio», y en la p. 16 de la «chusma que estaba a la cabeza del ejército y de la administración imperiales». Esos despilfarros y esa chusma estaban ya en plena flor en 1859 y mucho antes; Vogt, que entonces no tenía ojos para ellos, los ve ahora con toda claridad. Otro progreso. Y no basta con eso. Aunque Vogt no llegue a insultar directamente a su antiguo libertador, no puede dejar de citar la carta de un sabio francés que dice:

«Si tiene usted alguna influencia, procure librarnos de la peor deshonra, celle de ramener l'infâme» (la de traer de vuelta al infame, Luis Bonaparte). «Antes Enrique V, los Orleans, un Hohenzollern, antes cualquier cosa que este Troppmann coronado, que envenenaba todo lo que tocaba.»9 (P. 13.)

Pero, por malos que sean el exemperador y su inculta esposa, junto con sus respectivas colas de dragón, Vogt nos consuela con que todavía hay uno en la familia que es una excepción: el príncipe Napoleón, más conocido por el nombre de Plon-Plon.10 De él dice Vogt, en la p. 33, que Plon-Plon le dijo al propio Vogt que «no tendría ningún respeto por los alemanes del sur si obraran de otro modo» (es decir, si no marcharan con los demás contra los franceses); y que además estaba convencido del desgraciado desenlace de la guerra y no lo ocultaba. ¿Quién acusará ahora a Vogt de ingratitud? ¿No es conmovedor ver cómo él, el «republicano», tiende al «príncipe» la mano fraterna aun en la desgracia y le extiende un certificado que este podrá invocar si llega a convocarse el gran concurso para un sustituto del «infame»?

En los «Estudios» se elogia de cabo a rabo a Rusia y la política rusa: ese imperio, desde la abolición de la servidumbre, sería «más bien un compañero que un adversario del movimiento liberal»; Polonia estaría en el mejor camino de fundirse con Rusia (¡como demostró la insurrección de 1863!),11 y a Vogt le parece de lo más natural que Rusia

«forme el punto fijo en torno al cual las nacionalidades eslavas aspiran cada vez más a agruparse».

Y que entonces, en 1859, la política rusa fuera de la mano de Luis Napoleón era, naturalmente, a ojos de Vogt, un mérito enorme. Ahora todo eso es distinto; ahora se dice:

«No dudo ni un instante de que se avecina un conflicto entre el mundo eslavo y el germánico […] y de que en él Rusia asumirá la dirección de uno de los bandos.» (Pp. 30 y 31.)

Y a continuación se demuestra que, tras la anexión de Alsacia, Francia se pondrá en ese conflicto de inmediato al lado de los eslavos, y hasta acelerará cuanto pueda su estallido para recuperar Alsacia, de modo que la misma alianza ruso-francesa que en 1859 habría sido una dicha para Alemania se le presenta ahora como coco y espantajo. Pero Vogt conoce a su filisteo alemán. Sabe que puede ofrecérselo todo y contradecirse diez veces. Y nos preguntamos sin querer: ¿cómo pudo Vogt tener hace once años la desvergüenza de pregonar a bombo y platillo una alianza entre Rusia y la Francia bonapartista como la mejor garantía del desarrollo liberal de Alemania y de Europa?

¡Y no digamos Prusia! En los «Estudios» se da claramente a entender a Prusia que apoye indirectamente los planes de Luis Napoleón contra Austria, que se limite a defender el territorio de la Confederación Germánica y que entonces «recibirá su recompensa en las llanuras del norte de Alemania en las futuras negociaciones de paz». Las fronteras de la futura Confederación del Norte (los Montes Metálicos, el Main y el mar) se le ponen ya entonces a Prusia como cebo. Y en el epílogo a la segunda edición, que apareció durante la guerra de Italia, cuando a los bonapartistas el fuego les quemaba ya las uñas y no había tiempo que perder con rodeos y frases, Vogt suelta también la lengua sin más, invita a Prusia a empezar una guerra civil en Alemania para fundar un poder central unitario, para incorporar Alemania a Prusia: esa unificación de Alemania no costaría tantas semanas como meses la guerra de Italia. Pues bien. Exactamente siete años después, y también de acuerdo con Luis Napoleón, Prusia obra exactamente según las insinuaciones bonapartistas repetidas como un loro por Vogt; se lanza a una guerra civil, se cobra de momento su recompensa en las llanuras del norte de Alemania, crea al menos para el norte un poder central unitario.12 ¿Y el señor Vogt? El señor Vogt viene ahora de repente a lamentarse ante nosotros de que «la guerra de 1870 fue la consecuencia necesaria e inevitable de la de 1866». (P. 1.) Se queja de la insaciable política de conquista de Prusia, que siempre «ha picado ante una conquista ofrecida como el tiburón ante un pedazo de tocino» (p. 20).

«Nunca ni en ninguna parte he visto un Estado y un pueblo que merecieran mejor ese nombre» (Estado de rapiña) «que Prusia.» (P. 35.)

Lamenta la incorporación de Alemania a Prusia como la mayor desgracia que podía ocurrirles a Alemania y a Europa (cartas octava y novena). Eso le pasa a Bismarck por seguir el consejo de Vogt, y eso le pasa a Vogt por darle un consejo a Bismarck.

Hasta aquí, sin embargo, todo parecía ir todavía bien para nuestro Vogt. Las viejas historias sospechosas estaban de verdad olvidadas por el filisteo, los «Estudios» habían desaparecido por completo, Vogt podía hacerse pasar otra vez por un ciudadano decente y un demócrata pasable y presumir de que estas «Cartas políticas» suyas se oponían a la banal corriente filistea de Alemania. Hasta la fatal coincidencia con los socialdemócratas en la cuestión de la anexión no podía sino honrarlo: ¡como Vogt no se había pasado a la Banda del Azufre, la Banda del Azufre tenía que haberse convertido necesariamente a Vogt! Y de pronto la mirada cae sobre una línea estrecha y delgada de las listas, publicadas recientemente, de los gastos de los fondos secretos de Luis Napoleón:

«Vogt il lui a été remis en Août 1859 … frs. 40.000.» «Vogt: se le entregaron en agosto de 1859 40.000 francos.»13

¿Vogt? ¿Quién es Vogt? ¡Qué desgracia para Vogt que no figure ninguna indicación más precisa! Sí, si dijera «el profesor Carl Vogt, de Ginebra», con calle y número, Vogt podría decir: ese no soy yo, es mi hermano, mi mujer, mi hijo mayor, cualquiera menos yo. ¡Pero así! Vogt a secas, sin señas, sin nombre de pila, sin dirección: ese solo puede ser el único Vogt, el famosísimo sabio, el gran descubridor de los gusanos redondos y los gusanos planos, de los cráneos largos y los cráneos cortos y de la Banda del Azufre, el hombre cuya fama es tan conocida hasta entre los policías de los fondos secretos que cualquier indicación más precisa estaría de más. Y además, ¿hay otro Vogt que en 1859 prestara al Gobierno bonapartista servicios tales que este se los pagara en agosto de aquel año (y Vogt estaba precisamente entonces en París) con 40.000 francos? Que usted prestó esos servicios, señor Vogt, es notorio; sus «Estudios» son la prueba; esos «Estudios» salieron en primera edición en la primavera y en segunda en el verano; que desde el 1 de abril de 1859 hasta bien entrado el verano invitó usted a una persona tras otra a trabajar, pagadas por usted, en interés bonapartista, lo ha reconocido usted mismo; en agosto de 1859, terminada la guerra, estaba usted en París; ¿y ahora hemos de creer que el Vogt a secas al que Bonaparte hizo pagar en agosto de 1859 los 40.000 francos es otro Vogt completamente desconocido? Imposible. Lo juramos por todos los gusanos redondos y planos: mientras no nos demuestre lo contrario, tenemos que suponer que usted es el Vogt en cuestión.

Pero, dirá usted quizá, esa es una afirmación que no se basa más que en la palabra del actual gobierno francés, es decir, de los comunalistas o, lo que es lo mismo, comunistas, a los que también se llama Banda del Azufre; ¿quién va a creer a semejante gente? A eso habría que responder que la publicación de la Correspondance et papiers de la famille impériale (Correspondencia y papeles de la familia imperial) la hizo el «Gobierno de la Defensa Nacional», del que es un acto oficial y que responde de ella. ¿Y qué pensaba usted de ese gobierno, de Jules Favre, Trochu, etc.?14

«Los hombres que han sido lanzados ahora a la cabeza no le van a la zaga a nadie en inteligencia, energía y probada convicción; pero lo imposible no pueden hacerlo.»

Eso dice usted de ellos en la p. 52. No, señor Vogt, lo imposible no pueden hacerlo; pero al menos habrían podido suprimir su nombre, en agradecimiento por ese caluroso reconocimiento que tan rara vez se les ha dispensado.

Sin embargo, como dice usted mismo, señor Vogt, «el dinero es, en definitiva, el equivalente del daño que el individuo sufre en su persona» (p. 24); y si su apreciada persona ha sufrido algún «daño», esperemos que solo moral, por sus saltos políticos de 1859, consuélese usted, por favor, con el «equivalente».

Cuando estalló el estruendo de la guerra el verano pasado, estaba usted

«convencido de que todo el espectáculo del gobierno francés no tenía más fin que tapar, con armamentos aparentes, los espantosos despilfarros del Imperio. Bajo Luis Felipe, de eso se encargaba la carcoma: los gastos secretos que excedían del presupuesto se cargaban a la cuenta de maderas de la Marina; bajo el Imperio no habría bastado toda la carcoma de la tierra para tapar los descubiertos». (P. 4.)15

Ya estamos, pues, otra vez en los gusanos favoritos, y precisamente en los de la madera. ¿A qué clase pertenecen estos, a los gusanos redondos o a los planos? ¿Quién podría decidirlo? Solo usted, señor Vogt, y usted lo decide en realidad. Según la Correspondance, etc., usted mismo pertenece a la «carcoma» y se ha comido, junto con otros, «los gastos secretos que excedían del presupuesto», hasta la suma de 40.000 francos. Y que usted es un «gusano redondo»16 lo sabe todo el que lo conoce.

  1. El proceso que Vogt entabló en 1859 contra la Allgemeine Zeitung de Augsburgo, que había reproducido la acusación de que era un agente pagado por Luis Bonaparte; Vogt perdió el pleito. Véase «Sobre el proceso de Karl Vogt contra la Allgemeine Zeitung de Augsburgo». ↩

  2. Carl Vogt (1817-1895), naturalista alemán, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional de Fráncfort de 1848-1849, emigrado y profesor en Ginebra. ↩

  3. Friedrich Küchenmeister (1821-1890) y Rudolf Leuckart (1822-1898), zoólogos y médicos alemanes, que establecieron el ciclo vital de las tenias y otros parásitos intestinales. ↩

  4. «Banda del Azufre» (Schwefelbande): nombre con el que Vogt, en 1859, presentó a Marx y a sus amigos como una banda de conspiradores; Marx lo refutó en El señor Vogt. ↩

  5. Véase El señor Vogt, el libro de Marx de 1860. ↩

  6. Georg Friedrich Kolb (1808-1884), publicista y político demócrata del Palatinado. ↩

  7. Studien zur gegenwärtigen Lage Europas, Ginebra y Berna, 1859, el folleto bonapartista de Vogt sobre la guerra de Italia. ↩

  8. August Brass (1818-1876), demócrata en 1848, director desde 1861 de la Norddeutsche Allgemeine Zeitung, órgano de Bismarck. ↩

  9. Enrique V era el pretendiente legitimista, el conde de Chambord; los Orleans, la rama de Luis Felipe; Jean-Baptiste Troppmann, asesino de una familia de ocho personas, ejecutado en París en enero de 1870. ↩

  10. Jérôme Napoleón Bonaparte (1822-1891), primo de Napoleón III. ↩

  11. La insurrección polaca de 1863-1864 contra la dominación rusa. ↩

  12. La guerra de Prusia contra Austria y los Estados alemanes aliados de esta en 1866, tras la cual Prusia se anexionó Hannover, Hesse-Kassel, Nassau y Fráncfort y fundó la Confederación de Alemania del Norte. ↩

  13. Las listas de pagos con cargo a los fondos secretos del Imperio se publicaron en Papiers et correspondance de la famille impériale, editados por el Gobierno de la Defensa Nacional a partir de los papeles encontrados en las Tullerías (París, 1870-1871). ↩

  14. Jules Favre (1809-1880), ministro de Asuntos Exteriores, y Louis-Jules Trochu (1815-1896), presidente del Gobierno de la Defensa Nacional. ↩

  15. Juego con la palabra alemana Holzwurm, «carcoma», literalmente «gusano de la madera». ↩

  16. Alusión burlona a la corpulencia de Vogt. ↩