Escrito por Karl Marx en Londres entre febrero y noviembre de 1860. Publicado por primera vez como libro: Herr Vogt, Londres, A. Petsch & Co., diciembre de 1860. Traducido de Marx-Engels-Werke, t. 14 (Berlín, 1961), pp. 381-686, y cotejado con la primera edición de Londres, A. Petsch & Co., 1860 (libre en archive.org: 10067670bsb y bub_gb_d0M6AAAAcAAJ), por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas y documentos en inglés, francés, italiano, latín y otras lenguas van en el original como en 1860, en su lengua; aquí los damos traducidos. Dos notas de Marx al apéndice 4 proceden de la reedición de 1875 de las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, que incluía ese apéndice. Las notas de Marx van señaladas como tales; las demás son nuestras. Texto original en alemán.
Prólogo
Con fecha «Londres, 6 de febrero de 1860» publiqué en la Volks-Zeitung de Berlín, en la Reform de Hamburgo y en otros periódicos alemanes una declaración que empieza con las siguientes palabras:
«Por la presente hago saber que he dado los pasos preparatorios para interponer una querella por difamación contra la National-Zeitung de Berlín a causa de los editoriales n.º 37 y n.º 41 sobre el panfleto de Vogt Mi proceso contra la Allgemeine Zeitung. Me reservo para más adelante una respuesta literaria a Vogt».1
Por qué decidí responder a Karl Vogt literariamente y a la National-Zeitung, en cambio, ante los tribunales, se verá en el presente escrito.
En el curso del mes de febrero de 1860 interpuse la querella por difamación contra la National-Zeitung. Después de que el proceso hubiera recorrido cuatro instancias preliminares, recibí el 23 de octubre del corriente año la resolución del Real Tribunal Supremo prusiano que me cerraba el derecho de querella en última instancia y, por tanto, sobreseía el proceso antes de que llegara a la vista pública. Si esta se hubiera celebrado de verdad, como yo tenía derecho a esperar, me habría ahorrado el primer tercio del presente escrito. Habría bastado la simple reproducción de una versión taquigráfica de las vistas, y me habría librado así del trabajo sumamente repugnante de tener que responder a acusaciones contra mi persona, es decir, de tener que hablar de mí mismo. Siempre lo he evitado con tanto cuidado que Vogt podía esperar algún éxito de sus cuentos mentirosos. Pero hay, en fin, ciertos límites.2 El engendro de Vogt, resumido a su manera por la National-Zeitung, me imputaba una serie de actos infamantes que ahora, cuando se me ha cerrado definitivamente la refutación judicial pública, exigen una refutación literaria. Pero, aparte de esta consideración, que no dejaba elección, tenía otros motivos para ocuparme con más detalle de los cuentos de cazador de Vogt sobre mí y mis compañeros de partido, ya que de todos modos tenía que entrar en ellos. Por un lado, el griterío triunfal casi unánime con que la llamada prensa «liberal» alemana saludó sus supuestas revelaciones. Por otro, la ocasión que el análisis del engendro ofrecía para caracterizar a ese individuo que representa a toda una tendencia.
La respuesta a Vogt me obligó a poner al descubierto aquí y allá una partie honteuse3 de la historia de la emigración. En esto no hago más que usar del derecho de «legítima defensa». Por lo demás, a la emigración, exceptuadas unas pocas personas, no se le puede reprochar nada más que ilusiones, más o menos justificadas por las circunstancias de la época, y necedades que brotaban necesariamente de las circunstancias extraordinarias en que se encontró de improviso. Hablo aquí, naturalmente, solo de los primeros años de la emigración. Una comparación de la historia de los gobiernos y de la sociedad burguesa, más o menos de 1849 a 1859, con la historia contemporánea de la emigración sería la apología más brillante que podría escribirse de esta última.
Sé de antemano que los mismos hombres avezados que, al aparecer el engendro de Vogt, meneaban la cabeza con preocupación ante la importancia de sus «revelaciones» no comprenderán ahora en absoluto cómo he podido perder el tiempo refutando semejantes chiquilladas, mientras que los plumíferos «liberales» que, con prisa maliciosa, hicieron circular por la prensa alemana, suiza, francesa y norteamericana las vulgaridades chatas y las mentiras ruines de Vogt encontrarán sacrílegamente escandalosa mi manera de despachar a ellos y a su héroe. ¡Pero no importa!4
La parte política y la parte jurídica de este escrito no necesitan prólogo propio. Para evitar posibles malentendidos, solo advierto una cosa: hombres que ya antes de 1848 coincidían en defender la independencia de Polonia, Hungría e Italia no solo como un derecho de estos países, sino como interés de Alemania y de Europa, sostuvieron opiniones del todo opuestas sobre la táctica que Alemania debía seguir frente a Luis Bonaparte con ocasión de la guerra italiana de 1859.5 Esta oposición de opiniones nacía de juicios opuestos sobre supuestos de hecho cuya decisión queda reservada a un tiempo posterior. Por mi parte, en este escrito solo me ocupo de las opiniones de Vogt y de su camarilla. Incluso la opinión que pretendía defender, y que defendía en la imaginación de una multitud sin criterio, queda en realidad fuera de los límites de mi crítica. Trato las opiniones que defendía de verdad.
Por último, expreso mi cordial agradecimiento por la ayuda solícita que he recibido al redactar este escrito, no solo de viejos amigos de partido, sino de muchos miembros de la emigración en Suiza, Francia e Inglaterra que antes me eran ajenos y a algunos de los cuales todavía hoy no conozco personalmente.
Londres, 17 de noviembre de 1860.
Karl Marx.
I. La Banda del Azufre
Clarín: Malas pastillas gasta; ---
----- hase untado
con ungüento de azufre.
(Calderón)
La «naturaleza redondeada»,6 como el abogado Hermann caracterizó con delicadeza, ante el tribunal de distrito de Augsburgo, a su cliente rollizo como una bola, el Vogt hereditario de Nichilburgo,7 la «naturaleza redondeada» empieza su monstruosa y caprichosa chapucería histórica8 de la siguiente manera:
«Con el nombre de la Banda del Azufre,9 o también con el no menos característico de los Bürstenheimer, era conocido entre los refugiados de 1849 un grupo de gente que, dispersa al principio por Suiza, Francia e Inglaterra, se fue reuniendo poco a poco en Londres y veneraba allí como su jefe visible al señor Marx. El principio político de estos compadres era la dictadura del proletariado, etc.» (p. 136, Mi proceso contra la Allgemeine Zeitung, de Karl Vogt, Ginebra, diciembre de 1859).
El «Libro mayor»,10 en el que se desliza esta importante comunicación, apareció en diciembre de 1859. Ocho meses antes, en mayo de 1859, la «naturaleza redondeada» había publicado sin embargo en el Handels-Courier de Biel un artículo que hay que considerar el esbozo de esta chapucería histórica más prolija. Escuchemos el texto original:
«Desde el vuelco de la revolución de 1849», fanfarronea el commis voyageur11 de Biel, «se ha ido reuniendo poco a poco en Londres una camarilla de refugiados cuyos miembros eran conocidos en su (!) tiempo, entre la emigración suiza, con el nombre de “Bürstenheimer” o de “Banda del Azufre”. Su jefe es Marx, el antiguo redactor de la Rheinische Zeitung de Colonia; su consigna, “República social, dictadura obrera”; su ocupación, tramar relaciones y conspiraciones». (Reimpreso en el «Libro mayor», sección tercera, Documentos, n.º 7, pp. 31-32.)
La camarilla de refugiados que era conocida «entre la emigración suiza» como «Banda del Azufre» se transforma ocho meses después, ante un público más amplio, en una masa «dispersa por Suiza, Francia e Inglaterra» que era conocida «entre los refugiados» en general como «Banda del Azufre». Es la vieja historia de los hombres de bocací vestidos de verde de Kendal, tan alegremente contada por el prototipo de Karl Vogt, el inmortal sir John Falstaff,12 que en su reencarnación zoológica no ha perdido en modo alguno materia. Del texto original del commis voyageur de Biel se desprende que la «Banda del Azufre», como los «Bürstenheimer», eran plantas locales suizas. Busquemos su historia natural.
Informado por unos amigos de que en los años 1849-1850 había florecido en efecto en Ginebra una sociedad de refugiados con el nombre de «Banda del Azufre», y de que el señor S. L. Borkheim, comerciante bien establecido en la City de Londres, podía dar información más precisa sobre el origen, el crecimiento y la decadencia de aquella genial sociedad, me dirigí por escrito, en febrero de 1860, a este señor, que entonces no conocía, y, en efecto, después de una entrevista personal, recibí el siguiente esbozo, que hago imprimir sin cambios.
«Londres, 12 de febrero de 1860
18, Union Grove, Wandsworth Road
Distinguido señor:
Aunque, pese a haber vivido nueve años en el mismo país y casi siempre en la misma ciudad, no nos conocíamos personalmente hasta hace tres días, no se equivocó usted al suponer que yo no le negaría, como compañero de exilio, la información deseada.
Vamos, pues, a la “Banda del Azufre”.
En 1849, poco después de que a nosotros, los insurrectos, nos hubieran echado a cañonazos de Baden,13 se reunieron en Ginebra, en parte enviados allí por las autoridades suizas, en parte por libre elección de residencia, varios jóvenes —estudiantes, soldados o comerciantes— que ya eran amigos en Alemania antes de 1848 o se habían conocido durante la revolución.
El ánimo entre los refugiados no era de color de rosa. Los llamados jefes políticos se echaban unos a otros la culpa del fracaso, los jefes militares se criticaban mutuamente los movimientos ofensivos en retroceso, las marchas de flanco y las retiradas ofensivas; empezaban a insultarse unos a otros de republicanos burgueses, socialistas y comunistas; llovían folletos que no tranquilizaban en absoluto; por todas partes se olfateaban espías; y, para colmo, la ropa de la mayoría se volvía harapos, y en la cara de muchos se leía el hambre. En semejante tribulación, los jóvenes ya mencionados se mantenían unidos en amistad. Eran:
Eduard Rosenblum, nacido en Odesa, hijo de padres alemanes; había estudiado medicina en Leipzig, Berlín y París.
Max Cohnheim, de Fraustadt; había sido dependiente de comercio y, al estallar la revolución, voluntario de un año en la artillería de la Guardia.
Korn, químico y boticario de Berlín.
Beccker, ingeniero de Renania,
y yo mismo, que, después de aprobar en 1844 el examen de bachillerato en el Gymnasium Werder de Berlín, había residido por estudios en Breslau, Greifswald y Berlín, y a quien la revolución del 48 encontró de artillero en su ciudad natal (Glogau).
Ninguno de nosotros pasaba, creo, de los 24 años. Vivíamos cerca unos de otros, e incluso durante una temporada todos en la misma casa, en el Grand Pré. Nuestra ocupación principal era no dejarnos abatir ni desmoralizar, en aquel pequeño país que tan pocas ocasiones ofrecía de ganarse el pan, por la miseria general de los refugiados y la resaca política. El clima, la naturaleza eran espléndidos; no renegábamos de nuestros antecedentes de la Marca y encontrábamos la comarca divina.14 Lo que tenía uno lo tenía el otro, y cuando ninguno tenía nada, encontrábamos taberneros bonachones u otras buenas personas que se complacían en fiarnos algo a la vista de nuestras caras jóvenes y alegres. ¡Debíamos de tener todos un aspecto muy honrado y muy loco! Mencionaré aquí con gratitud al cafetero Bertin (Café de l'Europe), que, no solo a nosotros, sino a muchos otros refugiados alemanes y franceses, nos «fió» sin descanso, en el sentido literal de la palabra. En 1856, tras seis años de ausencia, visité Ginebra a mi regreso de Crimea, únicamente para pagar mis deudas con la piedad de un «vago» bienintencionado. El bueno de Bertin, redondo y gordo, se quedó asombrado; me aseguró que yo era el primero que le daba esa alegría, pero que no lamentaba en absoluto tener pendientes de cobro entre 10.000 y 20.000 francos de refugiados que hacía tiempo que andaban dispersos por todo el mundo. Me preguntó, al margen de las deudas, con especial cariño por mis amigos más cercanos. Por desgracia, poco pude decirle.
Después de este inciso vuelvo ahora al año 1849.
Bebíamos alegremente y cantábamos con buen humor. Recuerdo haber visto en nuestra mesa a refugiados de todos los matices políticos, también franceses e italianos. Las veladas alegres pasadas en semejante dulci jubilo15 parecían a todos oasis en el desierto, por lo demás realmente lamentable, de la vida del refugiado. También amigos que entonces eran miembros del Gran Consejo de Ginebra, o que lo fueron después, se presentaban a veces en nuestras francachelas para distraerse.
Liebknecht16, que está ahora aquí y al que en nueve años solo he visto tres o cuatro veces, porque siempre me lo he encontrado por casualidad en la calle, formaba parte no pocas veces de la compañía. Estudiantes, doctores, antiguos amigos del Gymnasium y de la universidad, de viaje de vacaciones, se bebían a menudo con nosotros muchos vasos de cerveza y más de una botella del bueno y barato mâcon. A veces nos pasábamos días, e incluso semanas enteras, navegando por el lago de Ginebra sin pisar tierra, cantábamos canciones de trovador y, guitarra en mano, «hacíamos la corte» bajo las ventanas de las villas de la orilla saboyana y de la suiza.
No me avergüenza contar aquí que nuestra sangre estudiantil se desahogaba a veces en saltos contrarios a los reglamentos de policía. El tan querido y ya fallecido Albert Galeer, adversario político nada desdeñable de Fazy17 entre la ciudadanía ginebrina, solía entonces predicarnos moral en el tono más amable. «Sois unos locos», decía, «pero lo cierto es que, para tener semejante humor en vuestra miseria de refugiados, no hay que ser un debilucho ni de cuerpo ni de espíritu: hace falta elasticidad». Al buen hombre le costaba tratarnos con más dureza. Era miembro del Gran Consejo del cantón de Ginebra.
De duelos, que yo sepa, solo hubo entonces uno, y además a pistola, entre un tal señor R...n y yo. Pero el motivo no era en absoluto de naturaleza política. Mi padrino era un artillero ginebrino que solo hablaba francés, y el juez de campo era el joven Oskar Galeer, hermano del miembro del Gran Consejo, al que más tarde, siendo estudiante en Múnich, se llevó por desgracia demasiado pronto una fiebre nerviosa. Un segundo duelo, cuyo motivo tampoco era de naturaleza política, iba a celebrarse entre Rosenblum y un teniente badense huido, v. F...g, que poco después regresó a la patria y, creo, volvió a entrar en el regenerado ejército de Baden. La disputa se zanjó amistosamente, sin llegar a mayores, la mañana del día del combate, por mediación del señor Engels —supongo que era el mismo que ahora debe de estar en Manchester y al que no he vuelto a ver desde entonces—. Este señor Engels estaba en Ginebra de paso, y nos bebimos no pocas botellas de vino en su divertida compañía. El encuentro con él nos resultó, si no recuerdo mal, especialmente grato porque podíamos permitir que su bolsa llevara el mando.
No nos adheríamos ni a los llamados jefes de partido republicanos azules ni a los rojos, ni a los socialistas ni a los comunistas. Nos permitíamos juzgar libre e independientemente —no pretendo que siempre con acierto— las andanzas políticas de regentes del Imperio, miembros del Parlamento de Fráncfort y de otras salas de charla, generales o cabos de la revolución o dalái lamas del comunismo, e incluso fundamos para este y otros fines que nos divertían un semanario titulado:
«RUMMELTIPUFF»
Órgano de la pilletocracia18
Este periódico solo llegó a dos números. Cuando más tarde me detuvieron en Francia para enviarme aquí, la policía francesa me confiscó los papeles y los diarios, y ya no recuerdo con exactitud si el periódico fue enterrado por una prohibición de la autoridad o por pobreza.
Los «filisteos» —pertenecían a los llamados republicanos burgueses y también a las filas de los llamados obreros comunistas— nos designaban con el nombre de «Banda del Azufre». A veces me parece que nos dimos nosotros mismos ese nombre. En cualquier caso, se le pegó al grupo únicamente en el sentido campechano alemán de la palabra.19 Me encuentro de la manera más amistosa con compañeros de destierro que son amigos del señor Vogt, y con otros que fueron amigos de usted y probablemente lo siguen siendo. Pero me alegra no haber encontrado nunca en ningún lado que se hablara con desprecio, ni en lo político ni en lo privado, de los miembros de la «Banda del Azufre» que he designado.
Esta «Banda del Azufre» es la única cuya existencia conozco. Existió de 1849 a 1850 en Ginebra. A mediados de 1850, los pocos miembros de esta peligrosa sociedad, como pertenecían a las categorías de refugiados que había que expulsar, se vieron obligados a abandonar Suiza, con excepción de Korn. Con ello la vida de esta «Banda del Azufre» había llegado a su fin. De otras «Bandas del Azufre», de si existieron en otros lugares, y dónde, y con qué fin, no sé nada.
Korn se quedó, creo, en Suiza, y dicen que está establecido allí como boticario. Cohnheim y Rosenblum se fueron a Holstein antes de la batalla de Idstedt.20 Creo que los dos tomaron parte en ella. Más tarde, en 1851, se embarcaron para América. Rosenblum volvió a Inglaterra a finales de ese mismo año y en 1852 se fue a Australia, desde donde no he vuelto a saber de él desde 1855. Cohnheim es, según dicen, redactor desde hace algún tiempo del New-Yorker Humorist. Becker se marchó ya entonces, en 1850, a América. Qué ha sido de él, por desgracia no puedo decirlo con certeza.
Yo mismo pasé el invierno de 1850-1851 en París y Estrasburgo y, como ya he indicado antes, en febrero de 1851 la policía francesa me envió por la fuerza a Inglaterra: durante tres meses me arrastraron por 25 cárceles, y casi siempre, durante la marcha, con pesadas cadenas de hierro. Aquí vivo, después de haber dedicado el primer año a la conquista de la lengua, consagrado a los negocios, no sin un interés constante y vivo por los acontecimientos políticos de mi patria, pero siempre libre de cualquier trajín de camarillas de refugiados políticos. Me va ahora razonablemente bien, o, como dice el inglés: very well, sir, thank you.21 Es culpa suya si tiene que vadear esta historia larga y, en todo caso, no muy importante.
Con todo respeto quedo de usted muy atentamente,
Sigismund L. Borkheim»
Hasta aquí la carta del señor Borkheim. Presintiendo su importancia histórica, la «Banda del Azufre» tomó la precaución de encajar su propio registro civil, con grabados en madera, en el libro de la historia. El primer número del Rummeltipuff está adornado, en efecto, con los retratos de sus fundadores.
Los geniales señores de la «Banda del Azufre» habían tomado parte en el golpe republicano de Struve de septiembre de 1848,22 habían estado luego presos en la cárcel de Bruchsal hasta mayo de 1849 y, por último, habían combatido como soldados en la campaña por la Constitución del Imperio, que los arrojó al otro lado de la frontera suiza. En el curso del año 1850 llegaron a Londres dos de sus matadores, Cohnheim y Rosenblum, donde «se reunieron» en torno al señor Gustav Struve. No tuve el honor de conocerlos personalmente. Políticamente se relacionaron conmigo intentando formar, bajo la dirección de Struve, un contracomité frente al Comité de Refugiados de Londres, dirigido entonces por mí, Engels, Willich23 y otros;24 el pronunciamiento de ese contracomité, hostil a nosotros y firmado por Struve, Rosenblum, Cohnheim, Bobzin, Grunich y Oswald, apareció, entre otros sitios, en la Abend-Post de Berlín.
En la época de esplendor de la Santa Alianza, la Banda del Carbón (los carbonarios) fue un filón generoso para la actividad policial y la fantasía aristocrática. ¿Pensaba nuestro Gorgellantua del Imperio25 explotar la «Banda del Azufre» a la manera de la Banda del Carbón, para provecho y edificación de la burguesía teutona? La Banda del Salitre completaría la trinidad policial.26 Quizá también Karl Vogt le tiene manía al azufre porque no puede oler la pólvora. ¿O es que, como otros enfermos, odia su remedio específico? Como es sabido, el médico consejero Rademacher27 clasifica las enfermedades según sus remedios. Bajo la enfermedad del azufre entraría entonces lo que el abogado Hermann, ante el tribunal de distrito de Augsburgo, llamó «la naturaleza redondeada» de su cliente, lo que Rademacher llama un «peritoneo tenso como un tambor» y el doctor Fischart, todavía más grande, «la panza abovedada de Francia».28 Así, todas las naturalezas falstaffianas padecerían, en más de un sentido, la enfermedad del azufre. ¿O le habrá recordado a Vogt su conciencia zoológica que el azufre es la muerte del ácaro de la sarna y, por tanto, del todo contrario a los ácaros de la sarna que han mudado varias veces la piel? Pues, como han demostrado investigaciones recientes, solo el ácaro de la sarna que ha mudado es capaz de engendrar y, por consiguiente, ha llegado a la autoconciencia. ¡Bonito contraste: de un lado, el azufre; del otro, el ácaro de la sarna consciente de sí mismo! En cualquier caso, Vogt le debía a su «emperador» y al liberal burgués teutón la prueba de que toda la desgracia «desde el vuelco de la revolución de 1849» procede de la Banda del Azufre de Ginebra y no de la Banda de Diciembre de París.29 A mí personalmente tenía que elevarme a jefe de la Banda del Azufre, que él injuriaba y que yo desconocía hasta la aparición del «Libro mayor», como castigo por mis desafueros, continuados durante años, contra la cabeza y los miembros de la «Banda del 10 de Diciembre». Para hacer comprensible el justo rencor del «agradable compañero»,30 cito aquí algunos pasajes de mi escrito El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Nueva York, 1852, que se refieren a la «Banda de Diciembre». (Véanse allí las pp. 31-32 y 61-62.)
«Esta banda data del año 1849. Con el pretexto de fundar una sociedad de beneficencia, se había organizado el lumpenproletariado de París en secciones secretas, cada una dirigida por agentes bonapartistas, con un general bonapartista a la cabeza del conjunto. Junto a roués arruinados de la aristocracia, con medios de vida dudosos y de origen dudoso, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, soldados licenciados, presidiarios liberados, forzados de galeras evadidos, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas, prestidigitadores, jugadores, maquereaux,31 dueños de burdeles, mozos de cuerda, jornaleros, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos; en una palabra, toda la masa confusa, descompuesta, zarandeada de un lado a otro, que los franceses llaman la bohème: con estos elementos afines a él formó Bonaparte el núcleo de la Banda del 10 de Diciembre. “Sociedad de beneficencia”, en la medida en que todos sus miembros, como Bonaparte, sentían la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora.
Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpenproletariado, que solo aquí encuentra en forma masiva los intereses que persigue personalmente, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases la única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el verdadero Bonaparte, el Bonaparte sans phrase,32 reconocible incluso después, cuando, ya todopoderoso, salda su deuda con una parte de sus antiguos compañeros de conspiración deportándolos a Cayena junto con los revolucionarios. Viejo roué astuto, concibe la vida histórica de los pueblos y sus grandes acciones de Estado como una comedia en el sentido más vulgar, como una mascarada en la que los grandes trajes, las grandes palabras y las grandes posturas solo sirven de disfraz a la más mezquina bellaquería. Así en su expedición a Estrasburgo, donde un buitre suizo amaestrado representaba al águila napoleónica. Para su desembarco en Boulogne viste a unos cuantos lacayos londinenses con uniforme francés. Ellos representan al ejército. En su Banda del 10 de Diciembre reúne a 10.000 granujas que tienen que representar al pueblo, como Nick Bottom al león...33
Lo que para los obreros socialistas fueron los Talleres Nacionales y para los republicanos burgueses las Gardes mobiles, eso fue para Bonaparte la Banda del 10 de Diciembre: la fuerza de combate de partido que le era propia. En sus viajes, las secciones de esa banda, embaladas en el ferrocarril, tenían que improvisarle un público, representar el entusiasmo público, aullar vive l'Empereur!,34 insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París tenían que formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones o dispersarlas. La Banda del 10 de Diciembre le pertenecía, era su obra, su idea más propia. Lo que por lo demás se apropia, se lo entrega la fuerza de las circunstancias; lo que por lo demás hace, lo hacen las circunstancias por él o se contenta con copiarlo de los hechos de otros; pero él, públicamente ante los ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la religión, la familia y la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los Schufterle y los Spiegelberg,35 la sociedad del desorden, de la prostitución y del robo: ese es Bonaparte mismo como autor original, y la historia de la Banda del 10 de Diciembre es su propia historia...
Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar a ninguna sin quitar a la otra. Así como en tiempos de la Fronda se decía del duque de Guisa que era el hombre más obligeant36 de Francia porque había convertido todos sus bienes en obligaciones de sus partidarios para con él, así Bonaparte quisiera ser el hombre más obligeant de Francia y convertir toda la propiedad, todo el trabajo de Francia en una obligación personal para con él. Quisiera robar toda Francia para regalársela a Francia, o más bien para poder volver a comprar Francia con dinero francés, pues como jefe de la Banda del 10 de Diciembre tiene que comprar lo que ha de pertenecerle. Y en instituciones de compra se convierten todas las instituciones del Estado: el Senado, el Consejo de Estado, el cuerpo legislativo, los tribunales, la Legión de Honor, la medalla militar, los lavaderos, las obras públicas, los ferrocarriles, el état major de la Guardia Nacional sin soldados rasos, los bienes confiscados de la casa de Orleans. Todo puesto en el ejército y en la máquina de gobierno se convierte en medio de compra.
Pero lo más importante en este proceso, en el que se toma Francia para dársela, son los porcentajes que durante la operación caen en manos de la cabeza y de los miembros de la Banda del 10 de Diciembre. La ocurrencia con que la condesa L., la amante del señor de Morny, caracterizó la confiscación de los bienes de los Orleans, «C'est le premier vol de l'aigle»,37 vale para cada vuelo de esta águila, que es más bien un cuervo. Él mismo y sus partidarios se dicen cada día, como aquel cartujo italiano al avaro que enumeraba ostentosamente los bienes de los que aún tenía para vivir muchos años: «Echas la cuenta de tus bienes. Mejor sería echar primero la cuenta de tus años».38 Para no equivocarse con los años, cuentan por minutos.
En la corte, en los ministerios, a la cabeza de la administración y del ejército se agolpa una caterva de tipos de los que del mejor puede decirse que no se sabe de dónde viene, una bohème ruidosa, de mala fama, ávida de saqueo, que se mete en casacas galoneadas con la misma dignidad grotesca que los grandes dignatarios de Soulouque.39 Uno puede hacerse una idea de esta capa superior de la Banda del 10 de Diciembre si considera que Véron-Crevel es su predicador de moral y Granier de Cassagnac, su pensador.40 Cuando Guizot, en la época de su ministerio, empleaba a este Granier en un periodicucho contra la oposición dinástica, solía elogiarlo con este giro: «C'est le roi des drôles», «es el rey de los bufones». Sería un error recordar, a propósito de la corte y del clan de Luis Bonaparte, la Regencia o a Luis XV. Pues «Francia ha conocido ya a menudo un gobierno de amantes, pero nunca todavía un gobierno de hommes entretenus»...41
Acosado por las exigencias contradictorias de su situación, obligado al mismo tiempo, como un prestidigitador, a mantener fijos en él, como sustituto de Napoleón, los ojos del público mediante sorpresas constantes, y por tanto a ejecutar cada día un golpe de Estado en miniature, Bonaparte siembra la confusión en toda la economía burguesa, toca todo lo que a la revolución de 1848 le parecía intocable, hace a unos pacientes con la revolución y a otros deseosos de revolución, y engendra la anarquía misma en nombre del orden, mientras despoja a la vez a toda la máquina del Estado de su aureola, la profana, la vuelve a la vez repugnante y ridícula. El culto a la Santa Túnica de Tréveris lo repite en París con el culto al manto imperial napoleónico. Pero cuando el manto imperial caiga por fin sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se desplomará desde lo alto de la columna Vendôme».
II. Los Bürstenheimer
«Pero, bribón, en ese pecho tuyo no hay sitio para la fe,
la verdad ni la honradez; está todo
relleno de tripas y de diafragma».
(Shakespeare)42
«Bürstenheimer» o «Banda del Azufre», se dice en el protoevangelio de Biel (p. 31 del «Libro mayor», Documentos). «Banda del Azufre» o también «Bürstenheimer», se dice en el «Libro mayor» (p. 136).
Según ambas lecciones, la «Banda del Azufre» y los «Bürstenheimer» son una y la misma banda idéntica. La «Banda del Azufre», como hemos visto, estaba muerta y enterrada a mediados de 1850. ¿Así que también los «Bürstenheimer»? La «naturaleza redondeada» es un civilizador adscrito a la Banda de Diciembre, y la civilización, como dice Fourier, se distingue de la barbarie en que sustituye la mentira simple por la mentira compuesta.43
El Falstaff «compuesto» del Imperio nos cuenta (p. 198 del «Libro mayor») que un tal Abt es «el más vil de los viles». Admirable modestia, con la que Vogt se pone a sí mismo en el grado positivo y a su Abt en el superlativo, nombrándolo en cierto modo su mariscal Ney.44 Cuando apareció el protoevangelio de Vogt en el commis voyageur de Biel, pedí a la redacción de Das Volk45 que reprodujera el papelucho original sin más comentario. La redacción añadió sin embargo, tras la reproducción, la siguiente observación:
«El papelucho anterior procede de un sujeto perdido llamado Abt, al que hace ocho años un tribunal de honor de refugiados alemanes declaró en Ginebra, por unanimidad, culpable de diversos actos deshonrosos». (N.º 6 de Das Volk, del 11 de junio de 1859.)
La redacción de Das Volk tomó a Abt por el autor del papelucho original de Vogt; olvidó que Suiza tenía dos Richmonds en el campo,46 junto a un Abt, un Vogt.
Así pues, «el más vil de los viles» inventó en la primavera de 1851 a los «Bürstenheimer», que Vogt le birla a su mariscal en el otoño de 1859. La dulce costumbre del plagio lo persigue instintivamente desde la fabricación de libros de historia natural hasta la de libros para la policía. La Asociación Obrera de Ginebra estuvo presidida durante un tiempo por el cepillero Sauernheimer. Abt parte por la mitad el oficio y el nombre de Sauernheimer, el uno por delante y el otro por detrás, y con las dos mitades compuso ingeniosamente el «Bürstenheimer» entero.47 Con este título designaba al principio, además de a Sauernheimer, a su círculo más cercano: Kamm, de Bonn, cepillero de oficio, y Ranickel, de Bingen, oficial de encuadernador. A Sauernheimer lo nombró general; a Ranickel, ayudante de campo de los Bürstenheimer, y a Kamm, Bürstenheimer sans phrase. Más tarde, cuando dos refugiados que pertenecían a la Asociación Obrera de Ginebra, Imandt (ahora profesor en el seminario de Dundee) y Schily48 (antes abogado en Tréveris, ahora en París), consiguieron la expulsión de Abt ante un tribunal de honor de la asociación, Abt publicó un panfleto injurioso en el que elevaba a toda la Asociación Obrera de Ginebra a la categoría de «Bürstenheimer». Se ve, pues, que había Bürstenheimer en general y Bürstenheimer en particular. Los «Bürstenheimer» en general comprendían la Asociación Obrera de Ginebra, la misma asociación de la que Vogt, acorralado, obtuvo con malas artes un testimonium paupertatis49 publicado en la Allgemeine Zeitung, y ante la que se arrastró a cuatro patas en la fiesta de Schiller y en la de Robert Blum (1859).50 Los «Bürstenheimer» en particular eran, como se ha dicho, Sauernheimer, al que no conozco en absoluto y que nunca ha venido a Londres; Kamm, que, expulsado de Ginebra, viajó a los Estados Unidos pasando por Londres, donde no me buscó a mí, sino a Kinkel;51 y, por último, el Ranickel, o más bien lo Ranickel,52 que se quedó en Ginebra como ayudante de campo de los Bürstenheimer, donde «se reunió» en torno a la «naturaleza redondeada». En efecto, representa en su propia persona al proletariado de Vogt. Como más adelante tendré que volver sobre lo Ranickel, adelanto aquí algo sobre ese monstruo. Ranickel pertenecía al cuartel de refugiados de Besanzón que mandaba Willich después del desgraciado intento de Hecker.53 Hizo con él la campaña por la Constitución del Imperio y huyó luego con él a Suiza. Willich era su Mahoma comunista, que había de fundar el milenio a sangre y fuego. Melodramático vanidoso, charlatán y presumido, lo Ranickel superaba en tiranía al tirano.54 En Ginebra bramaba con furia roja contra los «parlamentarios»55 en general y amenazaba en particular, como otro Tell, con «estrangular al Land-Vogt».56 Pero, cuando Wallot, refugiado de los años treinta y amigo de juventud de Vogt, lo presentó a este último, la mentalidad sanguinaria de Ranickel se cuajó en la leche de la ternura humana.57 «El muchacho era del Vogt», como dice Schiller.58
El ayudante de campo de los Bürstenheimer se convirtió en ayudante de campo del general Vogt, cuya gloria militar solo ha quedado en nada porque Plon-Plon,59 para la tarea que su Corps de Touristes60 tenía que cumplir en la campaña de Italia, consideró lo bastante malo al capitán napolitano Ulloa (general también by courtesy),61 mientras reserva a su Parolles para la gran aventura del «tambor perdido», que se representará en el Rin.62 En 1859 Vogt trasladó a su Ranickel del estado proletario al estado burgués, le procuró un negocio (objetos de arte, encuadernación, artículos de escritorio) y, por si fuera poco, le consiguió la clientela del gobierno de Ginebra. El ayudante de campo de los Bürstenheimer se convirtió en la maid of all work63 de Vogt, en su chichisbeo, amigo de la casa, Leporello, confidente, corresponsal, recadero, soplón y, sobre todo, desde el pecado original del gordo Jack,64 en su escucha y en su agente de reclutamiento bonapartista entre los obreros. Un periódico suizo anunciaba hace algún tiempo el descubrimiento de una tercera especie de erizo, el erizo Ran o erizo del Rin, que uniría la naturaleza del erizo-perro y la del erizo-cerdo65 y que se habría encontrado en un nido a orillas del Arve, la residencia campestre de Humboldt-Vogt.66 ¿Iba ese erizo Ran por nuestro Ranickel?
Nota bene: el único refugiado de Ginebra con el que yo estaba en relación, el doctor Ernst Dronke67, antiguo corredactor de la Neue Rheinische Zeitung y ahora comerciante en Liverpool, se mantuvo opuesto a la «bürstenheimería».
A las siguientes cartas de Imandt y de Schily solo quiero anteponer que Imandt, al estallar la revolución, dejó la universidad para tomar parte como francotirador en la guerra de Schleswig-Holstein. En 1849, Schily e Imandt dirigieron el asalto al arsenal de Prüm, desde donde ambos, con las armas capturadas y su tropa, se abrieron camino hasta el Palatinado para entrar allí en las filas del ejército de la Constitución del Imperio. Expulsados de Suiza a principios del verano de 1852, llegaron a Londres.
«Dundee, 5 de febrero de 1860
Querido Marx:
No comprendo cómo Vogt puede relacionarte con los asuntos de Ginebra. Entre los refugiados de allí era sabido que, de todos nosotros, solo Dronke estaba en relación contigo. La Banda del Azufre existió antes de mi época, y el único nombre de sus miembros que recuerdo es el de Borkheim. Los Bürstenheimer eran la Asociación Obrera de Ginebra. El nombre debe su origen a Abt. La asociación era entonces un semillero de la sociedad secreta de Willich, de la que yo era presidente. Cuando, a propuesta mía, la Asociación Obrera, a la que pertenecían muchos refugiados, declaró a Abt infame e indigno del trato con los refugiados y con los obreros, este publicó poco después un libelo en el que nos acusaba a Schily y a mí de los crímenes más absurdos. Entonces volvimos a plantear todo el asunto en otro local y ante personas completamente distintas. Requerido para que probara las calumnias que había escrito, rechazó nuestra exigencia y, sin que Schily ni yo tuviéramos necesidad de decir nada en nuestra defensa, Dentzer propuso declarar a Abt calumniador infame. La propuesta se aprobó por segunda vez por unanimidad, esta vez en una asamblea de refugiados compuesta casi exclusivamente por parlamentarios. Siento que mi informe sea tan sumamente pobre, pero es la primera vez en ocho años que vuelvo a pensar en esa porquería. No quisiera verme condenado a escribir sobre ella, y me asombraría muchísimo que te fuera posible meter la mano en semejante salsa.
Adiós
Tu Imandt»
Un conocido escritor ruso, muy amigo del señor Vogt durante su estancia en Ginebra, me escribió en el sentido de las últimas líneas de la carta anterior:68
«París, 10 de mayo de 1860
Mi querido Marx:
Me he enterado con la más viva indignación de las calumnias que se han difundido sobre usted y de las que he tenido conocimiento por un artículo de la Revue contemporaine firmado por Edouard Simon. Lo que más me ha asombrado es que Vogt, al que no creía ni tonto ni malvado, haya podido caer en el envilecimiento moral que revela su folleto. No necesitaba ningún testimonio para estar seguro de que usted era incapaz de intrigas bajas y sucias, y me ha resultado tanto más penoso leer esas difamaciones cuanto que, en el momento mismo en que se imprimían, usted daba al mundo sabio la primera parte de la hermosa obra que ha de renovar la ciencia económica y asentarla sobre bases nuevas y más sólidas...69 Mi querido Marx, no se ocupe más de todas esas miserias; todos los hombres serios, todos los hombres concienzudos están con usted, pero esperan de usted otra cosa que polémicas estériles; querrían poder estudiar lo antes posible la continuación de su hermosa obra. Su éxito es inmenso entre los hombres que piensan, y, si le puede ser grato saber el eco que sus doctrinas encuentran en Rusia, le diré que a comienzos de este año el profesor —70 ha dado en Moscú un curso público de economía política cuya primera lección no fue otra cosa que la paráfrasis de su reciente publicación. Le envío un número de la Gazette du Nord, donde verá cuánto se estima su nombre en mi país. Adiós, mi querido Marx, cuídese y siga trabajando como hasta ahora en iluminar el mundo, sin preocuparse de las pequeñas tonterías ni de las pequeñas cobardías. Crea en la amistad de su devoto...»
También Szemere, el exministro húngaro,71 me escribió: «¿Vale la pena que usted se ocupe de todas esas habladurías?».
Por qué, pese a estas y otras exhortaciones parecidas, he metido la mano —por hablar con el lenguaje enérgico de Imandt— en la salsa de Vogt, se encontrará indicado brevemente en el prólogo.
Volvamos, pues, a los Bürstenheimer. La siguiente carta de Schily la reproduzco literalmente, incluso lo que no se refiere al «carnero».72 He abreviado, sin embargo, las informaciones sobre la Banda del Azufre ya adelantadas en la carta de Borkheim, y he guardado otros pasajes para un lugar posterior, porque tengo que tratar «mi agradable objeto» con cierto arte y no puedo, por tanto, divulgar todos los secretos de una vez.
«París, 8 de febrero de 1860
46, rue Lafayette
Querido Marx:
Me ha sido muy grato recibir con tu carta del 31 del mes pasado una señal de vida directa tuya, y me encuentras tanto más dispuesto a darte la información pedida sobre los asuntos ginebrinos en cuestión cuanto que pensaba escribirte sobre ello proprio motu.73 Que Vogt, como me escribes, te confunda con gente que te es del todo desconocida fue, en efecto, la primera consideración, no solo mía, sino de todos los conocidos ginebrinos de aquí, cuando hablamos ocasionalmente de ello, y así me encargué, en aras de la verdad, de comunicarte lo conveniente sobre los «Bürstenheimer», la «Banda del Azufre», etc. Comprenderás, pues, que tus dos preguntas —«1. ¿Quiénes eran los Bürstenheimer y qué hacían? 2. ¿Quién era la Banda del Azufre, de qué elementos se componía y qué hacía?»— me vinieron de perlas. Pero antes tengo que reprocharte una infracción del orden cronológico, porque según este la prioridad corresponde a la Banda del Azufre. Si Vogt quería pintarle el diablo en la pared al filisteo alemán, o hasta quemarle la cabeza con azufre, y de paso «echarse unas risas», habría debido tomar como tipos figuras más diabólicas que aquellos genios de taberna inofensivos y joviales a los que nosotros, los decanos de la emigración en Ginebra, comprendíamos en broma y sin ninguna segunda intención desagradable bajo el nombre de Banda del Azufre, y que aceptaron esa designación con la misma candidez. Eran alegres hijos de las musas que habían hecho sus examina y sus exercitia practica74 en los diversos golpes del sur de Alemania, y por último en la campaña del Imperio, y que ahora, tras el suspenso sufrido, se fortalecían en Ginebra con el vino tinto, junto a sus examinadores e instructores, para reanudar más tarde el negocio... Naturalmente, queda excluido de la banda todo el que no llegó a Ginebra o llegó solo después de su disolución. Pues era la más pura flor local y de un día (habría que llamar a ese sublimado, en realidad, flor de azufre), pero, probablemente por su Rummeltipuff con perfume de revolución, de olor demasiado fuerte para los nervios federales de la Confederación, y así Druey75 sopló y la flor voló a los cuatro vientos. Solo bastante tiempo después llegó Abt a Ginebra, y varios años más tarde Cherval; allí despidieron su olor «cada uno según su especie», pero de ningún modo, como afirma Vogt, en aquel ramillete hace tiempo deshecho, hace tiempo evaporado, hace tiempo olvidado.
La actividad de la banda se resume más o menos en estas palabras: trabajar en la viña del Señor. Además se dedicaban a redactar el Rummeltipuff, con el lema «Quédate en tu tierra y vive rojamente»,76 en el que se burlaban con ingenio y humor de Dios y del mundo, señalaban a los falsos profetas, flagelaban a los parlamentarios (inde irae)77 y, de paso, no se perdonaban a sí mismos ni a nosotros, los oyentes, sino que caricaturizaban a todos y a todo, amigo y enemigo, con una escrupulosidad y una imparcialidad dignas de reconocimiento.
Que no estaban en relación contigo, que no llevaban tu Bundschuh,78 no necesito decírtelo. Pero tampoco puedo ocultarte que ese calzado no habría sido de su gusto. Lansquenetes de la revolución, se paseaban entretanto en las pantuflas del armisticio, hasta que la revolución los reactivara y los volviera a equipar con su propio coturno (las botas de siete leguas del progreso decidido); y mal le habría ido a quien hubiera querido turbarles la siesta con la economía política de Marx, con la dictadura obrera, etc. ¡Dios mío! El trabajo que aquellos hacían requería a lo sumo un presidente de taberna, y sus estudios económicos giraban en torno al pot79 y a su contenido rojizo. «El derecho al trabajo», opinó una vez el oyente Backfisch, un honrado herrador del Odenwald, «está muy bien, pero que no le vinieran con el deber de trabajar»...
Dejemos, pues, caer de nuevo la losa sepulcral de la Banda del Azufre, tan sacrílegamente levantada. En realidad, un Hafiz80 tendría que cantar el Requiescat in pace para conjurar toda nueva profanación de la tumba de la banda. A falta de él, reciba con la presente, pro viatico et epitaphio,81 esta necrología: «Todos ellos olieron la pólvora», mientras que su sacrílego historiógrafo solo ha llegado a olfatear azufre.
Los Bürstenheimer solo aparecieron cuando los bandidos del azufre ya no vivían más que en la leyenda, en los registros de los filisteos ginebrinos y en los corazones de las bellas ginebrinas, como tradición. Los cepilleros y encuadernadores Sauernheimer, Kamm, Ranickel, etc., entraron en disputa con Abt; Imandt, yo y otros, que tomamos vivamente partido por aquellos, fuimos también atacados por este. En consecuencia, Abt fue citado ante una asamblea general en la que refugiados y Asociación Obrera se habían reunido como cour des pairs, o más bien como haute cour de justice;82 se presentó, en efecto, y no solo no mantuvo las acusaciones que había lanzado contra este y aquel, sino que declaró sin rodeos que se las había sacado de la manga, como represalia contra las acusaciones de sus adversarios, constituidas del mismo elemento: «¡Salchicha contra salchicha, las represalias mantienen unido el mundo!»,83 opinó. Después de que hubo defendido valientemente este sistema de la salchicha y convencido a fondo a los altos pares de su valor práctico, y después de que se aportaron pruebas sobre las acusaciones dirigidas contra él, se le declaró confeso de calumnia maliciosa y convicto de las demás fechorías que se le imputaban, y en consecuencia se le puso fuera de la ley. En revanche,84 llamó entonces a los altos pares, al principio solo a los compañeros de gremio antes mencionados, «Bürstenheimer», como ves, una combinación feliz del nombre y del oficio del primero de ellos, al que tienes que venerar, pues, como antepasado de los de Bürstenheim, pero sin que te sea permitido incorporarte, ni siquiera alinearte, en ese linaje, ya comprenda el gremio o la nobleza; porque has de saber que aquellos de ellos que se ocupaban de la «organización de la revolución» no lo hacían como partidarios tuyos, sino como adversarios tuyos, pues veneraban a Willich como su Dios Padre o al menos como su papa, y a ti, en cambio, te anatematizaban como su anticristo o antipapa, de modo que a Dronke, que pasaba por tu único partidario y legatus a latere85 en la sede diocesana de Ginebra, se le mantenía apartado de todos los concilios, con excepción de los enológicos, en los que era primus inter pares.86 Pero también la bürstenheimería fue, como la Banda del Azufre, la más pura efímera y se disipó ante el aliento poderoso de Druey.
Que un discípulo de Agassiz87 haya podido extraviarse entre estos fósiles ginebrinos de la emigración y sacar de ellos historietas naturales tan fabulosas como las que sirve en su folleto tiene que sorprender tanto más, por lo que se refiere a la species Bürstenheimerana, cuanto que tiene a su disposición en su gabinete zoológico precisamente un espécimen magnífico de ella, en forma de un mastodonte del orden de los rumiantes, en la persona del Bürstenheimer primitivo Ranickel. Por lo visto la rumia no se ha producido como es debido o el citado discípulo no la ha estudiado como es debido...
Ahí tienes, pues, todo lo que me has pedido, et au delà.88 Pero ahora quisiera pedirte yo también algo, a saber, tu opinión sobre la implantación de una cuota hereditaria pro patria, vulgo el Estado, como principal fuente de ingresos, con supresión de los impuestos que pesan sobre las clases sin recursos y, naturalmente, dirigida solo contra las sucesiones importantes... Además de esta cuota hereditaria, me ocupan otras dos instituciones alemanas, la «concentración parcelaria» y el «seguro hipotecario», que quisiera hacer comprender en este país, donde falta por completo esa comprensión, como en general los franceses, con pocas excepciones, no ven al otro lado del Rin más que nebulosas y chucrut. Una excepción la hizo hace algún tiempo L'Univers, cuando, lamentándose de la fragmentación excesiva de la propiedad de la tierra, añadía con razón: «Sería de desear que se aplicaran inmediatamente los remedios enérgicos de los que una parte de Alemania se ha servido con provecho: la reordenación obligatoria de las propiedades allí donde los 7/10 de los propietarios de un municipio reclamen esta medida. El nuevo reparto facilitará el drenaje, el riego, el cultivo racional y los caminos de las propiedades». A esto acude ahora Le Siècle, ya algo corto de vista en general, pero en la consideración de las cosas alemanas, en particular, completamente cegato,89 en virtud de su chovinismo exhibido con complacencia, à la Diógenes con el manto agujereado, papilla que recalienta a diario a sus abonados como patriotismo;90 y el tal Chauvin,91 después de haber dado a L'Univers, su bête noire, el obligado saludo matinal, dice: «¡Propietarios rurales, seguid este consejo! Apresuraos a reclamar la reordenación obligatoria de las propiedades; despojad a los pequeños en provecho de los grandes. O fortunatos nimium agricolas —demasiado dichosos habitantes del campo— sua si bona: si conocieran la ventaja de reordenar obligatoriamente la propiedad».92 ¡Como si en una votación de los propietarios por cabezas los grandes prevalecieran sobre los pequeños!
Por lo demás, dejo que el agua de Dios corra sobre la tierra de Dios, doy al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, e incluso «la parte del diablo»,93 y quedo, pues, con la amistad de siempre,
Tu Schily»
De las comunicaciones anteriores se desprende que, si en Ginebra existieron en 1849-1850 una «Banda del Azufre» y en 1851-1852 unos «Bürstenheimer», dos sociedades que no tenían nada en común entre sí ni nada conmigo, la existencia de la «Banda del Azufre o Bürstenheimer», revelada por nuestro payaso del Parlamento, es en cambio materia de su materia, una mentira elevada a la cuarta potencia, «gorda como una montaña, como el padre que la engendró».94 Imagínese un historiador que tuviera la desvergüenza de contar: en tiempos de la primera revolución francesa, un grupo de gente era conocido con el nombre de «Cercle social» o también con el no menos característico de «jacobinos».95
Por lo que se refiere a la vida y hechos de la «Banda del Azufre o Bürstenheimer» compuesta por él, nuestro hermano Lustig96 evitó todo gasto en costes de producción. Citaré un único ejemplo:
«Una de las ocupaciones principales de la Banda del Azufre», cuenta el Redondeado a su asombrado público de filisteos, «era comprometer a gente de la patria de tal modo que no pudieran resistir ya los intentos de explotación y tuvieran que pagar dinero» (también un bonito estilo: «tenían que no poder resistir ya los intentos de explotación»), «para que la banda guardara el secreto de su compromiso. No una, cientos de cartas escribieron estos hombres» (es decir, los homunculi de Vogt) «a Alemania, con la amenaza sin disimulo de que denunciarían la participación en este o aquel acto de la revolución si en un plazo determinado no llegaba a una dirección indicada una suma determinada». (P. 139 del «Libro mayor».)
¿Por qué no hizo imprimir Vogt «una» de esas cartas? Porque la «Banda del Azufre» escribió «cientos». Si las cartas amenazadoras fueran tan baratas como las moras, Vogt juraría que no hemos de tener ni una carta amenazadora.97 Si mañana lo citaran ante un tribunal de honor de la Sociedad del Grütli98 para que diera explicaciones sobre los «cientos» de «cartas amenazadoras», en lugar de una carta sacaría del cinto una botella de vino, chasquearía la lengua, haría una higa y, con la risa de Sileno que le sacude la barriga, exclamaría con su Abt: «Salchicha contra salchicha, las represalias mantienen unido el mundo».
III. Cosas de policía
«¡Qué cosa nueva, inaudita, ha tramado
el Vogt!». (Schiller)99
«Lo digo sin rodeos», dice Vogt, adoptando su más seria pose de bufón, «lo digo sin rodeos: todo el que se mete de algún modo en intrigas políticas con Marx y sus compañeros cae tarde o temprano en manos de la policía; esas intrigas son traicionadas desde el principio a la policía secreta, que las conoce y las incuba» (las intrigas, por lo visto, son huevos, y la policía es la gallina clueca que los incuba) «cuando le parece oportuno. Los instigadores, Marx y compañía, están naturalmente sentados en Londres, fuera de alcance» (mientras la policía está sentada sobre los huevos). «Para probar esta afirmación no me veo apurado». (Pp. 166-167 del «Libro mayor».)
Vogt no está «apurado»; Falstaff nunca estuvo «apurado». «Embustero», todo lo que queráis, pero ¿«apurado»?100 Así que tus «pruebas», Jack, tus «pruebas».
1. Confesión propia
«Marx dice él mismo en su folleto publicado en 1853, Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, p. 77: “Al partido proletario no le quedaba abierto, después de 1849 como antes de 1848, más que un camino: el camino de la asociación secreta. Por eso, desde 1849, toda una serie de asociaciones proletarias secretas en el continente, descubiertas por la policía, condenadas por los tribunales, interrumpidas por las cárceles, restablecidas siempre de nuevo por las circunstancias”. Eufemísticamente» (dice Vogt) «Marx se llama aquí a sí mismo “circunstancia”». (P. 167 del «Libro mayor».)
Marx dice, pues, que «la policía había descubierto desde 1849 toda una serie de asociaciones secretas» que las circunstancias habían restablecido. Vogt dice que fue Marx, y no las «circunstancias», quien «restableció las asociaciones secretas». Vogt ha aportado así la prueba de que, cada vez que la policía de Badinguet101 descubría la Marianne,102 Marx volvía a tejerla de acuerdo con Pietri.103
«¡Marx dice él mismo!». Voy a citar ahora en su contexto lo que Marx dice él mismo:
«Desde la derrota de la revolución de 1848-1849, el partido proletario perdió en el continente lo que había tenido excepcionalmente durante aquella breve época: prensa, libertad de palabra y derecho de asociación, es decir, los medios legales de la organización de partido. El partido liberal burgués, como el partido democrático pequeñoburgués, encontraron, a pesar de la reacción, en la posición social de las clases que representan, las condiciones para mantenerse unidos bajo una forma u otra y para hacer valer más o menos sus intereses comunes. Al partido proletario no le quedaba abierto, después de 1849 como antes de 1848, más que un camino: el camino de la asociación secreta. Por eso, desde 1849, toda una serie de asociaciones proletarias secretas en el continente, descubiertas por la policía, condenadas por los tribunales, interrumpidas por las cárceles, restablecidas siempre de nuevo por las circunstancias. Una parte de estas sociedades secretas tenía como fin directo derribar el poder del Estado existente. Eso estaba justificado en Francia... Otra parte de las sociedades secretas tenía como fin la formación del proletariado en partido, sin preocuparse de los gobiernos existentes. Eso era necesario en países como Alemania... No hay duda de que también aquí los miembros del partido proletario volverían a participar en una revolución contra el statu quo, pero no formaba parte de su tarea preparar esa revolución, hacer agitación por ella, conspirar, urdir complots... La “Liga de los Comunistas” no era, por tanto, una sociedad conspirativa...» (Pp. 62-63 de las Revelaciones, etc., edición de Boston.)104
Pero el cruel Land-Vogt convierte en delito incluso la mera «propaganda», con excepción, naturalmente, de la propaganda dirigida por Pietri y Laity.105 «Agitar, conspirar, urdir complots» lo permite incluso el Land-Vogt, pero solo si su sede central está en el Palais Royal, en casa del Enrique del corazón, el Heliogábalo Plon-Plon.106 ¡Pero «propaganda» entre los proletarios! ¡Qué vergüenza!
En las Revelaciones continúo, después del pasaje citado más arriba y tan ingeniosamente mutilado por el juez de instrucción Vogt, de la siguiente manera:
«Se comprende que una sociedad secreta de este tipo» (como la Liga de los Comunistas) «pudiera ofrecer pocos atractivos a individuos que, por una parte, quieren pavonear su insignificancia personal bajo la capa teatral de las conspiraciones y, por otra, satisfacer su ambición de cortos vuelos el día de la próxima revolución, y que, sobre todo, quieren parecer importantes en el momento, participar en el botín de la demagogia y ser bien recibidos por los charlatanes demócratas. Por eso se separó de la Liga de los Comunistas una fracción, o fue separada una fracción, como se quiera, que exigía, si no conspiraciones reales, sí la apariencia de la conspiración y, por tanto, la alianza directa con los héroes del día de la democracia: la fracción Willich-Schapper107. Es característico de ella que Willich figure, con Kinkel y junto a él, como entrepreneur del negocio del empréstito revolucionario germano-americano». (Pp. 63-64.)108
¿Y cómo traduce Vogt este pasaje a su jerga policial «eufemística»? Escuchad:
«Mientras ambos (partidos) actuaron en común, trabajaron, como Marx mismo dice, en la fundación de sociedades secretas y en comprometer a sociedades y a individuos en el continente». (P. 171.)
Solo que el gordo granuja olvida citar la página de las «Revelaciones» donde Marx «mismo dice» eso. «Es mentiroso y padre de la mentira».109
2. La jornada revolucionaria de Murten
«Carlos el Temerario», el «temerario Carlos», vulgo Karl Vogt, nos ofrece ahora la derrota de Murten.110
«Obreros y refugiados en gran número fueron engatusados y trabajados hasta tal punto» —por Liebknecht, se entiende—, «que finalmente se convocó en Murten una jornada revolucionaria. Allí debían acudir en secreto los delegados de las asociaciones filiales; allí se quería deliberar sobre la organización final de la Liga y sobre el momento definitivo del alzamiento. Todos los preparativos se habían mantenido sumamente en secreto; las convocatorias se habían hecho solo por medio de hombres de confianza del señor Liebknecht y de corresponsales suyos. Los delegados acudieron a Murten de todas partes, a pie, en barco y en coche, y fueron recibidos al instante por gendarmes que sabían de antemano qué, de dónde y de qué modo. Toda la compañía, detenida de este modo, estuvo encerrada una temporada en el convento de los agustinos de Friburgo y luego fue transportada a Inglaterra y a América. Al señor Liebknecht se le trató con miramientos muy especiales». (P. 168 del «Libro mayor».)
El «señor Liebknecht» había tomado parte en el golpe de septiembre de Struve de 1848, estuvo luego en cárceles badenses hasta después de mediados de mayo de 1849, salió libre a consecuencia de la insurrección militar badense, entró como soldado raso en la artillería popular de Baden, fue arrojado de nuevo como rebelde a las casamatas de Rastatt por Brentano, el amigo de Vogt,111 y, liberado otra vez, se unió durante la campaña por la Constitución del Imperio a la división que mandaba Johann Philipp Becker y cruzó por último, con Struve, Cohnheim, Korn y Rosenblum, la frontera francesa, desde donde pasaron a Suiza. El «señor Liebknecht» y sus «jornadas revolucionarias» suizas me eran entonces todavía más desconocidos que las jornadas de taberna en casa del tabernero Benz, en la Kesslerstrasse de Berna, donde los parlamentarios, como caballeros de la Tabla Redonda, se recitaban una vez más, con mucho gusto, los discursos que ellos mismos habían pronunciado en la Paulskirche,112 se repartían numerados los futuros cargos del Imperio y se acortaban la dura noche del exilio con las mentiras, las farsas, las obscenidades y las fanfarronadas de Carlos el Temerario, quien, no sin un asomo de humor y aludiendo a una vieja fábula alemana, se extendió entonces de su puño y letra la patente de «Borrachín de vino del Imperio». La «fábula» empieza con estas palabras:113
«Lo que he visto beber hasta hoy
no fue más que cosa de niños:
he visto a un borrachín
al que he de reconocer la maestría.No le bastaban los vasos,
no quería escudillas ni copas,
bebía de grandes jarras.
Es entre todos los hombres
el primero de los borrachines;
de uros y de alces
nunca se vio semejante trago».
Pero volvamos a la «jornada revolucionaria» de Murten. ¡«Jornada revolucionaria»! ¡«Organización final de la Liga»! ¡«Momento del alzamiento»! ¡«Preparativos mantenidos sumamente en secreto»! ¡«Reunión completamente secreta, de todas partes, a pie, en barco, en coche»! El «temerario Carlos» no ha estudiado en vano, por lo visto, el método Stieber114 puesto al desnudo en mis Revelaciones.
Los hechos son sencillamente estos: Liebknecht era —a principios de 1850— presidente de la Asociación Obrera de Ginebra. Propuso una unión entre las asociaciones obreras alemanas de Suiza, que entonces carecían de toda conexión. La propuesta se aprobó. Se decidió entonces enviar a 24 asociaciones obreras distintas una circular que las invitaba a Murten para discutir allí la organización perseguida y la fundación de un órgano de prensa común. Los debates en la Asociación Obrera de Ginebra, la circular, las discusiones sobre ella en las otras 24 asociaciones obreras: todo se trató públicamente, y el congreso de Murten se convocó públicamente. Si las autoridades suizas querían prohibirlo, podían hacerlo cuatro semanas antes de su celebración. Pero un golpe de efecto policial entraba en los planes del liberal señor Druey, que buscaba a quién devorar para apaciguar a la Santa Alianza, entonces amenazante. Liebknecht, que, como presidente de la Asociación Obrera, había firmado la convocatoria del congreso, gozó de los honores de cabecilla principal. Separado de los demás delegados, recibió alojamiento gratuito en el mirador más alto de la torre de Friburgo, disfrutó de una amplia vista al aire libre e incluso tuvo el privilegio de pasear a diario una hora por las almenas de la torre. Lo único original de su trato fue el aislamiento. Su petición, repetida, de que lo encerraran con los demás le fue denegada repetidamente. Pero Vogt sabe que la policía no aísla a sus moutons,115 sino que, al contrario, los mezcla con el gros116 como «agradables compañeros».
Dos meses después, el director de policía de Friburgo despachó a Liebknecht, con un tal Gebert, a Besanzón, donde recibió, como su compañero, un pasaporte forzoso francés para Londres con la advertencia de que, si se apartaban de la ruta prescrita, se les deportaría a Argelia. A consecuencia de este viaje imprevisto, Liebknecht perdió la mayor parte de los efectos que tenía en Ginebra. Por lo demás, a los señores Castella, Schaller y los demás miembros del gobierno de Friburgo de entonces se les debe la observación de que Liebknecht, no menos que todos los presos de Murten, fue tratado de forma completamente humana. Aquellos señores recordaban que pocos años antes ellos mismos habían estado presos o huidos, y manifestaban abiertamente su repugnancia por el servicio de esbirros que les imponía el Gran Copto Druey.117 Los refugiados presos no fueron tratados como los «parlamentarios» huidos habían esperado. Un sujeto que todavía está en Suiza, un tal H., compañero de los parlamentarios, se creyó por eso obligado a publicar un panfleto en el que denunciaba a los presos en general y al preso Liebknecht en particular por ideas «revolucionarias» que iban más allá de los límites de la razón parlamentaria. Y «Carlos el Temerario» parece seguir desconsolado por los «miramientos muy especiales» con que se trató a Liebknecht.
El plagio caracteriza a nuestro «Temerario» en toda su fabricación de libros. Así también aquí. Los liberales suizos solían, en efecto, «liberalizar» invariablemente sus patadas de expulsión con la acusación de moucharderie118 contra sus víctimas. Después de expulsar a Struve, Fazy lo denunció públicamente como «espía ruso». Así Druey a Boichot119 como mouchard francés. Lo mismo Tourte120 contra Schily, después de haberlo hecho prender de repente en plena calle de Ginebra para despacharlo a la Tour des Prisons de Berna. «El comisario federal, el señor Kern, exige su expulsión»,121 respondió el todopoderoso Tourte a la pregunta de Schily por la causa de la brutalidad cometida contra él. Schily: «Entonces póngame en presencia del señor Kern».122 Tourte: «No, no queremos que el señor comisario federal haga de policía en Ginebra».123 La lógica de esta respuesta era del todo digna de la agudeza con que el mismo Tourte, como enviado suizo en Turín, en un momento en que la cesión de Saboya y de Niza era ya fait accompli, escribía a su presidente de la Confederación que Cavour trabajaba con pies y manos contra esa cesión.124 Aunque quizá ciertas relaciones ferroviarias diplomáticas habían menoscabado entonces la medida normal de agudeza de Tourte. Apenas estaba Schily en el más riguroso secret125 en Berna cuando Tourte empezó a «liberalizar» su brutalidad policial susurrando al oído de refugiados alemanes, por ejemplo del doctor Fink, que «Schily había estado en relación secreta con Kern y le había denunciado a refugiados de Ginebra, etc.». El Indépendant de Ginebra contaba entonces él mismo entre los pecados notorios del gobierno ginebrino «la calumnia sistemática de los refugiados, elevada a máxima de Estado». (Véase el apéndice 1.)
Ya a las primeras reclamaciones de la policía alemana, el liberalismo suizo violó el derecho de asilo —y había prometido el derecho de asilo a condición de que el resto del ejército revolucionario no librara una última batalla en suelo badense— expulsando a los llamados «jefes». Más tarde les llegó el turno a los «seducidos». Miles de soldados badenses recibieron, con falsos pretextos, pasaportes para su tierra, donde fueron recibidos en el acto por gendarmes que sabían de antemano «qué, de dónde y de qué modo». Luego vinieron las amenazas de la Santa Alianza, y con ellas la farsa policial de Murten. Pero el «liberal» Consejo Federal no se atrevió a ir tan lejos como el «temerario Carlos». Nada de «jornada revolucionaria», de «organización final de la Liga», de «momento definitivo del alzamiento». La instrucción que por decoro se había tenido que abrir se había disipado en el vacío.
«Amenazas de guerra» del extranjero y «tendencias político-propagandísticas»: eso fue todo lo que el «apurado» Consejo Federal balbuceó en un documento oficial para disculparse. (Véase el apéndice 2.) Las grandes hazañas policiales del «liberalismo suizo» no terminaron en modo alguno con la «jornada revolucionaria de Murten». El 25 de enero de 1851 me escribía desde Zúrich mi amigo Wilhelm Wolff (el «Lobo del Parlamento», como lo bautizaron las «ovejas del Parlamento»):126
«Con sus medidas hasta ahora, el Consejo Federal ha reducido el número de refugiados de 11.000 a 500, y no descansará hasta haber echado a fuerza de vejaciones a todos los que no posean una fortuna considerable o relaciones especiales».
Los refugiados que habían actuado por la revolución se oponían, como era natural, a los de la Paulskirche, que la habían matado a fuerza de charla. Estos últimos no tuvieron reparo en poner a sus adversarios en manos de la policía suiza.
El fiel de Vogt, el monstruo Ranickel, escribió él mismo a Schily, después de la llegada de este a Londres:
«Procure tener abiertas algunas columnas en un periódico belga para hacer declaraciones, y no deje de amargarles la estancia en América a los malos perros alemanes (los parlamentarios) que se han vendido como instrumentos al diplomático del bocio (Druey)».
Ahora se entiende lo que quiere decir «Carlos el Temerario» con la frase:
«Trabajé con todas mis fuerzas para limitar la holgazanería revolucionaria y procurar a los refugiados un acomodo, fuera en el continente, fuera al otro lado del mar».
Ya en el n.º 257 de la Neue Rheinische Zeitung se lee, con la fecha:
«Heidelberg, 23 de marzo de 1849: Nuestro amigo Vogt, “adalid” de la izquierda, humorista del Imperio del presente, Barrot del Imperio del futuro,127 el “fiel admonitor” contra la revolución, se une con... ¿algunos correligionarios? ¡Qué va! Con algunos reaccionarios de la más pura especie... ¿Y con qué fin? Para enviar a América, o mejor dicho para deportar, a las “figuras” que se encuentran en Estrasburgo, Besanzón y otros lugares de la frontera alemana... Lo que el régimen del sable de Cavaignac128 impone como castigo, estos señores lo quieren en nombre del amor cristiano... ¡La amnistía ha muerto, viva la deportación! Naturalmente, no podía faltar en ello la pia fraus,129 como si los propios refugiados hubieran expresado el deseo de emigrar, etc. Pero ahora escriben desde Estrasburgo a los Seeblätter que esas ganas de deportación han provocado entre todos los refugiados una verdadera tormenta de indignación, etc. Todos esperan volver pronto a Alemania, aunque sea con el peligro (como observa el señor Vogt de manera tan conmovedora) de tener que sumarse a una “empresa temeraria”».
Pero basta ya de la jornada revolucionaria de Murten de «Carlos el Temerario».
3. Cherval
«Lo mejor de esta broma serán las mentiras
desmesuradas que este mismo gordo bribón
nos va a contar».130
En mis Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia hay un capítulo propio dedicado al complot Cherval. Muestro en él cómo Stieber, con Cherval (seudónimo de Crämer) como instrumento y con Carlier, Greif y Fleury como comadronas,131 trajo al mundo en París el llamado complot franco-alemán de septiembre,132 para remediar la falta de un «hecho objetivo de delito» en la acusación contra los detenidos de Colonia, que había censurado la «Sala de Acusación de Colonia».
Tan contundentes eran las pruebas que, durante el proceso de Colonia, proporcioné a la defensa sobre la total falta de conexión entre Cherval, por un lado, y yo y los acusados de Colonia, por otro, que el mismo Stieber que todavía el 18 de octubre (de 1852) nos había endosado bajo juramento a su Cherval renegó de él bajo juramento el 23 de octubre de 1852 (p. 29 de las Revelaciones). Acorralado, abandonó el intento de identificar a Cherval y su complot con nosotros. Stieber era Stieber, pero Stieber todavía no era Vogt.
Considero del todo inútil repetir aquí las aclaraciones que di en las Revelaciones sobre el llamado complot de septiembre. A principios de mayo de 1852, Cherval volvió a Londres, desde donde se había trasladado a París a principios del verano de 1850 por motivos de negocios. La policía de París lo dejó escapar pocos meses después de su condena, en febrero de 1852. En Londres lo recibió al principio como mártir político la Asociación Cultural Obrera Alemana, de la que yo y mis amigos nos habíamos retirado ya desde mediados de septiembre de 1850. Pero este engaño no duró mucho. Sus hazañas de París se aclararon pronto, y en el curso de ese mismo mes de mayo de 1852 se le expulsó como infame de la asociación en sesión pública. Los acusados de Colonia, encarcelados desde principios de mayo de 1851, seguían en prisión preventiva. Por una noticia que el espía Beckmann había enviado desde París a su órgano, la Kölnische Zeitung, me enteré de que la policía prusiana intentaba forjar a posteriori una conexión entre Cherval, su complot y los acusados de Colonia. Busqué, pues, noticias sobre Cherval. Dio la casualidad de que este se había ofrecido en julio de 1852 al señor de R.,133 antiguo ministro de Luis Felipe y conocido filósofo ecléctico, como agente de los orleanistas. Las relaciones que el señor de R. mantenía con la prefectura de policía de París le permitieron obtener de allí extractos del dossier Cherval. En el informe de la policía francesa se designaba a Cherval como «Cherval, llamado Frank, cuyo verdadero nombre es Crämer».134 Había funcionado durante mucho tiempo como agente del príncipe Hatzfeldt, el enviado prusiano en París; era el traidor en el complot franco-allemand135 y ahora, al mismo tiempo, espía francés, etc. Durante las vistas del proceso de Colonia comuniqué estas noticias a uno de los defensores, el abogado Schneider II, y lo autoricé a nombrar mi fuente en caso necesario. Cuando Stieber juró en la sesión del 18 de octubre que el irlandés Cherval, que, según él mismo dijo, había estado preso en Aquisgrán en 1845 por falsificación de letras de cambio, seguía todavía en prisión en París, informé al señor Schneider II, a vuelta de correo, de que el renano prusiano Crämer, bajo el seudónimo de Cherval, «seguía todavía» en Londres, trataba a diario con el teniente de policía prusiano Greif y, como delincuente prusiano condenado, sería extraditado en el acto por Inglaterra si el gobierno prusiano lo reclamaba. Su traslado a Colonia como testigo habría echado por tierra todo el sistema Stieber.
Apretado por Schneider II, Stieber creyó por fin haber oído el 23 de octubre que Cherval se había fugado de París, pero juró y perjuró desconocer el paradero del irlandés y su alianza con la policía prusiana. Cherval estaba en realidad agregado entonces a Greif en Londres con un sueldo semanal fijo. Los debates sobre el «misterio Cherval» provocados en el tribunal de jurados de Colonia por mis noticias lo echaron de Londres. Oí decir que había emprendido un viaje en misión policial a Jersey. Le había perdido la pista hacía tiempo cuando, por una correspondencia de Ginebra de la Republik der Arbeiter, que se publica en Nueva York, me enteré por casualidad de que Cherval había aparecido de un salto en Ginebra en marzo de 1853 con el nombre de Nugent y que en el verano de 1854 había vuelto a esfumarse de allí. Llegó, pues, a Ginebra, a casa de Vogt, pocas semanas después de que aparecieran en Basilea, en casa de Schabelitz, mis Revelaciones, que lo comprometían.
Volvamos ahora a la chapucería histórica falstaffiana.
Vogt hace llegar a su Cherval inmediatamente a Ginebra tras la fuga simulada de París, después de haberlo hecho «enviar» desde Londres a París por la sociedad secreta comunista «pocos meses» antes del descubrimiento del complot de septiembre (p. 172, ob. cit.). Si el intervalo entre mayo de 1852 y marzo de 1853 desaparece así por completo, el intervalo entre junio de 1850 y septiembre de 1851 se encoge en «pocos meses». ¡Qué no habría dado Stieber por un Vogt que le hubiera jurado ante el jurado de Colonia que la «sociedad secreta comunista de Londres» había enviado a Cherval a París en junio de 1850, y qué no habría dado yo por ver sudar a Vogt en el banquillo de los testigos junto a su Stieber! Agradable compañía: el Stieber jurador, con su grifo Greif, su Wermuth, su grillito Goldheim y su... Bettelvogt.136 A Ginebra el Cherval de Vogt llevó «recomendaciones para todos los conocidos de Marx y compañía, de los que el señor Nugent pronto fue inseparable» (p. 173). Fija «su domicilio en casa de la familia de un corresponsal de la Allgemeine Zeitung» y, probablemente gracias a las recomendaciones recibidas de mí (las Revelaciones), consigue acceso a Vogt, que lo emplea como litógrafo (p. 173, ob. cit.) y entra con él, en cierto modo, como antes con el archiduque Juan y más tarde con Plon-Plon, en «relación científica». Un día, ocupado en el «gabinete» del regente del Imperio, «Nugent» es reconocido como Cherval por un «conocido» y señalado como «agente provocador». En efecto, en Ginebra Nugent no solo se ocupaba de Vogt, sino también de «fundar una sociedad secreta».
«Cherval-Nugent presidía, llevaba las actas y la correspondencia con Londres» (p. 175, ob. cit.). Había «hecho confidentes a algunos obreros menos perspicaces, por lo demás honrados» (ib.), pero «entre los miembros se encontraba además un afiliado de la camarilla de Marx, al que todo el mundo señalaba como sospechoso emisario de policías alemanas» (ob. cit.).
«Todos los conocidos» de Marx, de los que Cherval-Nugent «fue inseparable», se transforman de repente en «un afiliado», el cual un afiliado se descompone a su vez en «los afiliados de Marx que se quedaron en Ginebra» (p. 176), con los que Nugent más tarde no solo «siguió manteniendo correspondencia desde París», sino a los que también, como un imán, «atrajo» de nuevo a París (ob. cit.).
¡Así que otra vez el célebre «cambio de forma» de la «materia» de bocací de Kendal!
Lo que Cherval-Nugent perseguía con su sociedad era
«la fabricación en masa de billetes de banco y de bonos del Tesoro falsos, con cuya emisión se había de socavar el crédito de los déspotas y arruinar sus finanzas» (p. 175, ob. cit.).
Cherval, por lo visto, emulaba al célebre Pitt, que, como es sabido, durante la guerra antijacobina había instalado no lejos de Londres una fábrica de asignados franceses falsos.
«Ya había grabado el propio Nugent con este fin varias planchas de piedra y de cobre, ya estaban designados los crédulos miembros de la sociedad secreta que debían ir a Francia, a Suiza y a Alemania con paquetes de estos» —¿planchas de piedra y de cobre?—, no: «de estos billetes de banco falsos» —(los billetes de banco, naturalmente, se empaquetaron antes de fabricarlos)— (p. 175),
pero ya estaba también Cicerón-Vogt, con la espada desenvainada, detrás de Cherval-Catilina. Es rasgo propio de las naturalezas falstaffianas que no solo son gordas, sino que se dan importancia. Véase cómo nuestro Gargantagrande,137 que ya había limitado la «holgazanería revolucionaria» en Suiza y había procurado a cargamentos enteros de refugiados un medio de vida al otro lado del mar, véase cómo se pone en escena, cómo se melodramatiza, cómo hace infinita la aventura del pugilato de Stieber en París con Cherval (véanse las Revelaciones). ¡Así se ponía en guardia, así manejaba la espada!138
«El plan de toda esta conspiración (p. 176, ob. cit.) estaba urdido de la manera más odiosa». «El proyecto de Cherval, en efecto, había de achacarse a todas las asociaciones obreras». Ya se habían hecho también «consultas confidenciales por parte de legaciones extranjeras»; ya se quería «comprometer a Suiza, en particular al cantón de Ginebra».
Pero el Land-Vogt velaba. Realizó su primer salvamento de Suiza, un experimento que después ha repetido varias veces y con éxito siempre creciente.
«Yo no niego», exclama el hombre de peso, «yo no niego que contribuí con mi parte esencial139 a frustrar estas diabluras; no niego que para este fin recurrí a la policía de la República de Ginebra; lamento todavía hoy» (Cicerón inconsolable) «que el celo de algunos engañados sirviera de advertencia al astuto instigador, de modo que pudo poner pies en polvorosa antes de su detención».
En cualquier caso, Cicerón-Vogt había «frustrado» la conjuración catilinaria, había salvado a Suiza y había «contribuido» con su parte esencial, dondequiera que la lleve. Al cabo de pocas semanas, según cuenta, Cherval reapareció en París, «donde no se escondía en absoluto, sino que vivía públicamente como cualquier ciudadano» (p. 176, ob. cit.). Ya se sabe cuán públicamente viven los ciudadanos (citoyens) de París del empire falsificado.
¡Mientras el Cherval anda así «públicamente» por París, el poor140 Vogt tiene que esconderse cada vez que visita París: en el Palais Royal, debajo de la mesa de Plon-Plon!
Lamento en verdad tener que poner, tras la formidable zachariada141 de Vogt, la siguiente carta de Johann Philipp Becker.142 La actividad revolucionaria de Johann Philipp Becker, veterano de la emigración alemana, desde la fiesta de Hambach143 hasta la campaña por la Constitución del Imperio, en la que combatió como jefe de la V división del ejército (una voz que no es ciertamente parcial, la del Militär-Wochenschrift de Berlín, contiene un testimonio sobre su actuación militar), es demasiado conocida para que yo tenga que decir una palabra sobre el autor de la carta. Solo observo, pues, que su escrito iba dirigido al señor R.,144 comerciante alemán de Londres amigo mío; que J. P. Becker no me conoce personalmente y nunca ha estado en relación política conmigo, y, por último, que omito el comienzo de la carta, que trata de negocios, así como la mayor parte de lo referente a la «Banda del Azufre» y a los «Bürstenheimer», que ya se conoce por las comunicaciones anteriores. (El original de la carta está entre los autos de mi proceso en Berlín.)
«París, 20 de marzo de 1860
... Estos días ha caído en mis manos el folleto de Vogt contra Marx. Este escrito me ha afligido tanto más cuanto que veo la historia de la llamada Banda del Azufre y del famoso Cherval, que conozco con toda exactitud por mi estancia de entonces en Ginebra, completamente desfigurada y puesta, con total injusticia, en relación con la actividad política del economista Marx. No conozco personalmente a este señor Marx ni he tenido nunca trato alguno con él; en cambio, conozco al señor Vogt y a su familia desde hace más de veinte años y, por tanto, en lo afectivo estoy mucho más cerca de este último; tengo que lamentar amargamente y reprobar del modo más rotundo la ligereza y la falta de conciencia con que Vogt va a esta lucha. Presentar hechos desfigurados o incluso inventados como armas de combate es indigno de un hombre. Da verdadera pena ver cómo Vogt, en su ligereza, destruye casi suicidamente una actividad más hermosa y pone en ridículo y compromete su posición y su prestigio, y ello aun en el caso de que hubiera de quedar del todo absuelto de las acusaciones de estar al servicio de Napoleón. ¡Con qué gusto le habría concedido, en cambio, todos los medios honrados para librarse brillantemente de acusaciones tan graves! A la vista de lo que ha hecho hasta ahora en esta historia poco edificante, siento verdadera necesidad de comunicarle a usted de una vez lo que hay de cierto en la llamada Banda del Azufre y en el limpio señor Cherval, para que pueda usted mismo juzgar hasta qué punto puede Marx tener alguna responsabilidad en su existencia y en su actividad.
Así pues, una palabra sobre el nacimiento y la muerte de la Banda del Azufre, sobre la cual difícilmente puede nadie informar mejor que yo. Durante mi estancia de entonces en Ginebra, no solo tuve desde el principio, por mi posición, toda ocasión de observar los hechos y dichos de la emigración, sino que, con la causa general a la vista, tenía también, como hombre de más edad, el interés especial de seguir con atención todos sus movimientos, para prevenir e impedir, llegado el caso, empresas descabelladas, tan disculpables en el estado de ánimo tan irritado y a menudo desesperado por la desgracia. Pues sabía por treinta años de experiencia lo generosamente que la dote de toda emigración viene provista de ilusiones».
(Lo que sigue aquí está anticipado en lo esencial en las cartas de Borkheim y de Schily.)
«... En broma y por burla se llamó entonces a esta sociedad, esencialmente de juerguistas, la Banda del Azufre. Era una asociación de compadres reunidos al azar, improvisada, sin presidente ni programa, sin estatutos ni dogma. No se pensaba en conspiraciones secretas ni, en general, en ningún fin político o de otro tipo que hubiera que perseguir sistemáticamente; solo en público, y con una franqueza y una sinceridad desbordantes, buscaban el efecto hasta el exceso. Menos aún estaban en relación alguna con Marx, que por su parte no podía saber con toda seguridad nada de su existencia y del que además, por entonces, discrepaban mucho en sus concepciones político-sociales. Además, en aquella época estos muchachos mostraban un afán de independencia que llegaba a la presunción, de modo que difícilmente se habrían subordinado a ninguna autoridad ni en la teoría ni en la práctica; se habrían reído de las amonestaciones paternales de Vogt igual que se habrían burlado de las instrucciones tendenciosas de Marx. Yo estaba tanto más exactamente informado de todo lo que pasaba en su círculo cuanto que mi hijo mayor trataba a diario con los cabecillas de la banda... En general, toda la travesura de la banda sin banda apenas duró más allá de los días del invierno de 1849 a 1850; la fuerza de las circunstancias dispersó a nuestros héroes a los cuatro vientos.
¿Quién habría podido sospechar que la Banda del Azufre, caída hacía tiempo en el olvido, sería encendida de nuevo tras diez años de sueño por el señor profesor Vogt para esparcir un mal olor contra presuntos agresores, que luego unos periodistas complacientes, como conductores eléctrico-magnético-simpáticos, siguieron propagando con fruición? Si hasta el señor von Vincke, liberal par excellence,145 con ocasión de la cuestión italiana, se ha llenado la boca con la Banda del Azufre y ha ilustrado con ella a la modesta Cámara prusiana. Y la burguesía de Breslau, que por lo demás goza de tan buen olor, ha organizado in sancta simplicitas,146 en honor de la Banda del Azufre, una mascarada de carnaval y ha sahumado la ciudad con mechas de azufre como símbolo de su sólida mentalidad.
¡Pobre, inocente Banda del Azufre! ¿Tenías que crecer, después de tu bienaventurado fin, nolens volens,147 hasta convertirte en un verdadero volcán, asustar como un coco a súbditos tímidos y acoquinarlos ante la policía, volcanizar a los mentecatos del mundo entero, carbonizar hasta el muñón todo cerebro quemado..., igual que Vogt mismo, a mi parecer, se ha quemado con ello la boca para siempre?
Vamos, pues, a Crämer, vulgo Cherval. Este granuja político-social y común llegó en 1853 a Ginebra, y además con el nombre de Nugent, como inglés. Era el apellido de su supuesta mujer, que lo acompañaba y es una inglesa de verdad. Habla inglés con soltura, igual que francés, y evitó durante mucho tiempo hablar alemán, porque parecía importarle sobre todo que lo tomaran por un inglés de pura cepa. Como hábil litógrafo y cromógrafo, introdujo, según se jactaba, este último arte en Ginebra. En el trato es desenvuelto, sabe hacerse valer y presentarse con ventaja. Pronto encontró ocupación suficiente entre profesores de la Academia dibujando objetos de historia natural y antigüedades. Al principio vivió muy retirado; más tarde buscó su trato casi exclusivamente en el círculo de los refugiados franceses e italianos. Yo fundé entonces un office de renseignements148 y un diario, Le Messager du Léman, y tenía como colaborador a un refugiado badense llamado Stecher, antes director de una escuela de enseñanza práctica. Este tenía un talento especial para el dibujo y, para abrirse mejor camino, procuraba formarse en la cromografía; encontró su maestro en el inglés Nugent. Stecher me contaba muy a menudo las cosas más bonitas del inglés hábil, amable y generoso y de la inglesa agradable y graciosa. Stecher era además profesor de canto en la Asociación Cultural Obrera, llevó ocasionalmente allí a su maestro Nugent, donde tuve el gusto de conocerlo por primera vez y donde se dignó hablar alemán, y además con tanta soltura en dialecto del Bajo Rin que le dije: “Usted no ha sido inglés en su vida”. Él insistió, sin embargo, explicando que sus padres lo habían puesto de muy niño en un internado de Bonn, donde había permanecido hasta los dieciocho años y se le había pegado el dialecto de allí. Stecher, que hasta el final estuvo encantado con el “simpático” hombre, le ayudó aún a hacer creer lo del inglés. A mí, en cambio, este episodio me hizo desconfiar mucho del supuesto hijo de Albión, y en el círculo de la asociación aconsejé prudencia. Más tarde me encontré al inglés en compañía de refugiados franceses y llegué justo cuando se jactaba de sus hazañas en levantamientos de París. Era la primera vez que veía que se ocupaba también de política. Esto me lo hizo aún más sospechoso; me burlé de su “valor de león”, con el que pretendía haber combatido, para darle ocasión de sostenerlo ahora también frente a mí en presencia de los franceses; pero como aguantó mi mordaz burla con un valor de perro, desde entonces me resultó también despreciable.
A partir de entonces me evitó por completo siempre que pudo. Entretanto organizó, con la ayuda de Stecher, veladas de baile en el seno de la Asociación Obrera alemana, para las que añadieron gratuitamente algunas fuerzas musicales más, un italiano, un suizo y un francés. En esos bailes volví a encontrar al inglés como verdadero maître de plaisir149 y completamente en su elemento, pues divertirse a lo loco y agradar a las damas le sentaba mejor que su valor de león. En la Asociación Obrera, sin embargo, no hacía política; allí solo saltaba y brincaba, reía, bebía y cantaba. Pero entretanto supe por el orfebre Fritz, de Wurtemberg, que “el inglés radicalmente revolucionario” había fundado una liga compuesta por él (Fritz), otro alemán y varios italianos y franceses, en total unos siete miembros. Conjuré a Fritz a que no se metiera en nada serio con aquel equilibrista político, a que se saliera en el acto y a que moviera a sus compañeros a hacer lo mismo. Algún tiempo después, mi librero me envió un folleto de Marx sobre el proceso de los comunistas en Colonia, en el que se retrataba con dureza a Cherval como Crämer y se le trataba sin miramientos como granuja y traidor. Enseguida sospeché que Nugent podía ser el Cherval, sobre todo porque, según aquel escrito, era del Rin, lo que correspondía a su dialecto, y vivía con una inglesa, lo que también coincidía. Comuniqué en el acto mi sospecha a Stecher, a Fritz y a otros e hice circular el folleto con ese fin. La desconfianza contra Nugent se extendió rápidamente; el escrito de Marx surtió su efecto. Fritz vino enseguida a verme y me explicó que se había salido de la “ligita” y que los demás seguirían su ejemplo. Me reveló también el fin secreto de esta. El “inglés” quería destruir el crédito de los Estados reproduciendo títulos de la deuda pública y poner en marcha con el dinero que así se ganara una revolución europea, etc. Por la misma época, un tal señor Laya, refugiado francés, antes abogado en París, daba conferencias sobre el socialismo. Nugent asistía a ellas; Laya, que había sido su defensor en su proceso de París, lo reconoció como Cherval, y así se lo declaró a él mismo. Nugent le rogó encarecidamente que no lo delatara. Supe este hecho por un refugiado francés, amigo de Laya, y en el acto lo comuniqué por todas partes. Nugent tuvo la desfachatez de volver a la Asociación Obrera, donde fue desenmascarado y echado como el alemán Crämer y el francés Cherval. Ranickel, de Bingen, fue, según dicen, el que con más violencia se le echó encima en este asunto. La policía de Ginebra quiso entonces, por si fuera poco, apretarle las clavijas a causa de la ligita, pero el fabricante de títulos de deuda había desaparecido sin dejar rastro.
En París se dedica a la decoración de porcelana, y como yo me dedicaba aquí también a ese ramo, nos encontramos por los caminos de los negocios. Pero encontré en él al mismo fanfarrón ligero e incorregible.
Cómo ha podido atreverse Vogt a poner en relación a este bribón, en su actividad de Ginebra, con los esfuerzos de un Marx, a presentarlo como compañero o instrumento suyo, es para mí verdaderamente incomprensible, tanto más cuanto que lo refiere a un momento en que Marx atacaba tan resueltamente a ese sujeto en dicho escrito. Pues fue precisamente Marx quien lo desenmascaró y lo echó de Ginebra, donde según Vogt habría actuado por cuenta de Marx.
Cuando pienso cómo ha sido posible que el naturalista Vogt se haya extraviado por tales caminos, se me para el entendimiento. ¿No es lamentable ver destruida con tanta ligereza, de manera tan estéril y tan derrochadora de sí misma, la hermosa influencia que Vogt había reunido en su persona por un concurso casual de circunstancias? ¿Sería de extrañar que, después de tales observaciones, todo el mundo acogiera las investigaciones científico-naturales de Vogt solo con desconfianza y las mirara con recelo, como si sus conclusiones científicas pudieran basarse, con la misma ligereza y la misma falta de escrúpulos, en representaciones falsas en lugar de en hechos positivos y estudiados a fondo?
Para ser hombre de Estado y sabio hace falta algo más que ambición; si no, hasta Crämer podría ser ambas cosas. Por desgracia, Vogt, con su Banda del Azufre y su Cherval, ha descendido él mismo a una especie de Cherval. Y en efecto, ambos tienen un parecido interno por una necesidad fuertemente marcada de comodidad en la vida, de seguridad del cuerpo, de alegría en la compañía y de bromas ligeras en las cosas serias... Esperando sus prontas y amables noticias, le saluda con cordial afecto
Su J. Ph. Becker
P. S. Acabo de mirar otra vez el escrito de Vogt y he encontrado, para mi mayor asombro, que también se hace todo el honor a los “Bürstenheimer”. En breve sabrá usted también lo que hay de cierto en esta banda... Además he visto en el escrito que afirma que Nugent-Cherval-Crämer vino a Ginebra por encargo de Marx. Por eso tengo que añadir que este, que hasta el último momento de su estancia en Ginebra mantuvo el papel del inglés, nunca dejó traslucir ni remotamente que hubiera estado jamás ni en ninguna parte en contacto con un refugiado alemán, como por lo demás tampoco le habría convenido en absoluto para su incógnito. Incluso todavía ahora, aquí, donde debería importarle menos que entonces allí, no quiere pasar por tal y niega todo trato con alemanes de otros tiempos. Hasta ahora seguía creyendo que Vogt se había dejado simplemente mistificar por otros con ligereza, pero ahora su conducta me parece cada vez más una perfidia malintencionada. Por él ya lo siento menos, y solo me da pena su buen, honrado y anciano padre, al que esta historia dará seguramente todavía más de un mal rato. No solo le permito, sino que le ruego por la presente, en interés de la verdad y de la buena causa, que haga uso de mis comunicaciones en el círculo de sus conocidos.
Así pues, cordialmente suyo,
J. Philipp B.» (Véase el apéndice 3.)
4. El proceso de los comunistas en Colonia
Del «gabinete» del regente del Imperio en Ginebra al Real tribunal de jurados prusiano de Colonia.
«En el proceso de Colonia, Marx desempeñó un papel destacado». Sin duda.
«En Colonia se juzgó a sus aliados». Reconocidamente.
La prisión preventiva de los acusados de Colonia había durado año y medio.
La policía y la legación prusianas, Hinckeldey150 con toda su parentela, correos y magistratura, los ministerios del Interior y de Justicia, todos habían hecho durante ese año y medio los esfuerzos más enormes para alumbrar un corpus delicti.
Aquí, pues, en su investigación sobre mis «andanzas», Vogt disponía en cierto modo de los recursos del Estado prusiano, y poseía incluso material auténtico en mis Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, Basilea, 1853, de las que encontró un ejemplar en la Asociación Obrera de Ginebra, lo tomó prestado y lo «estudió». Esta vez, pues, el muchacho Karl no dejará de volverse terrible para mí.151 ¡Pues no! Esta vez Vogt se ve «apurado», suelta un par de sus naturales bombas de humo y de hedor152 y balbucea luego, deseoso de batirse en retirada:
«El proceso de Colonia no tiene para nosotros ninguna importancia especial». (P. 172 del «Libro mayor».)
En las Revelaciones no pude evitar atacar, entre otros, al señor A. Willich. Willich, en la New-Yorker Criminal-Zeitung del 28 de octubre de 1853,153 empieza su autodefensa caracterizando mi escrito como «una crítica magistral del horrible procedimiento de la policía central de la Confederación Germánica». J. Schabelitz hijo, el editor del escrito, me escribía tras recibir el manuscrito, con fecha de Basilea, 11 de diciembre de 1852:
«Su desenmascaramiento de las infamias policiales es insuperable. Ha erigido usted al actual régime de Prusia un monumento duradero».
Añade que su juicio lo comparten personas entendidas, y a la cabeza de estas «personas entendidas» estaba un actual amigo ginebrino del señor Karl Vogt.
Siete años después de su publicación, el mismo escrito llevó al señor Eichhoff, de Berlín,154 al que no conozco en absoluto —Eichhoff, como es sabido, compareció ante los tribunales acusado de calumnias contra Stieber—, a hacer durante las vistas la siguiente declaración:
«Había hecho estudios detenidos sobre el proceso de los comunistas de Colonia y no solo tenía que mantener plenamente su afirmación original de que Stieber había cometido perjurio, sino que tenía que extenderla aún en el sentido de que toda la declaración de Stieber en aquel proceso era falsa... La condena de los acusados de Colonia se había producido únicamente sobre la base de las declaraciones de Stieber... Toda la declaración de Stieber era un perjurio llevado a cabo con coherencia». (Primer suplemento de la Vossische Zeitung de Berlín del 9 de mayo de 1860.)
Vogt mismo confiesa:
«Él (Marx) se tomó todas las molestias imaginables para hacer llegar a los defensores de los acusados material e instrucciones para la conducción del proceso...
Como es sabido, allí» (en Colonia) «los agentes», Stieber, Fleury, etc., «presentaron como “pruebas” documentos falsos forjados por ellos mismos y, en general, se descubrió entre esa chusma policial un abismo de depravación que hace estremecer». (Pp. 169-170 del «Libro mayor».)
Si Vogt demuestra su odio al golpe de Estado haciendo propaganda del bonapartismo, ¿por qué no iba yo a demostrar «mi connivencia» con la policía secreta descubriendo su depravación sin fondo? Si la policía hubiera poseído pruebas auténticas, ¿para qué forjar falsas? Pero, sentencia el profesor Vogt,
«a pesar de todo, el golpe alcanzó solo a los miembros de la Liga de Marx en Colonia, solo al partido de Marx».
¡En efecto, Polonio!155 ¿No había alcanzado antes el golpe a otro partido en París, no volvió a alcanzar después a otro partido en Berlín (el proceso de Ladendorf),156 a otro en Bremen (la Liga de la Muerte),157 etc., etc.?
Por lo que se refiere a la condena de los acusados de Colonia, quiero citar un pasaje al respecto de mis «Revelaciones»:
«Al principio, la intervención milagrosa de la policía había sido necesaria para ocultar el carácter de puro proceso de tendencia.158 Las próximas revelaciones —así abrió» (el fiscal) «Saedt las vistas— les probarán a ustedes, señores del jurado, que este proceso no es un proceso de tendencia. Ahora» (al final de las vistas) «subraya el carácter de tendencia para hacer olvidar las revelaciones policiales. Después de año y medio de instrucción, los jurados necesitaban un hecho objetivo de delito para justificarse ante la opinión pública.
Después de la comedia policial de cinco semanas, necesitaban la “pura tendencia” para salvarse de la porquería de los hechos. Por eso Saedt no se limita al material que había llevado a la Sala de Acusación a resolver que “no existe ningún hecho objetivo de delito”. Va más allá. Intenta demostrar que la ley contra el complot no exige en absoluto ningún hecho de delito, sino que es una pura ley de tendencia, y que la categoría de complot no es, por tanto, más que un pretexto para quemar a los herejes políticos en debida forma jurídica. Su intento prometía mayor éxito con la aplicación del nuevo Código penal promulgado después de la detención de los acusados. Con el pretexto de que este código contenía disposiciones más benignas, el servil tribunal pudo admitir su aplicación retroactiva. Pero si el proceso era un puro proceso de tendencia, ¿para qué el año y medio de instrucción? Por tendencia». (Pp. 71-72, ob. cit.)
«Con la revelación del libro de actas» forjado y colado por la propia policía prusiana «el proceso había entrado en una nueva fase. Los jurados ya no tenían libertad para declarar a los acusados culpables o no culpables; ahora tenían que declarar culpables a los acusados... o al Gobierno.
Absolver a los acusados significaba condenar al Gobierno». (P. 70, ob. cit.)
Que el gobierno prusiano de entonces concebía la situación de manera muy parecida lo demostró un escrito de Hinckeldey que, durante las vistas de Colonia, dirigió a la legación prusiana en Londres y en el que se decía que «de la decisión de este proceso dependía toda la existencia de la policía política». Por eso requería una persona que representara ante el tribunal al testigo H.,159 que se había fugado, y que recibiría por la actuación 1.000 táleros de paga. La persona estaba, en efecto, ya encontrada cuando llegó un nuevo escrito de Hinckeldey: «El fiscal esperaba, dada la feliz composición del jurado, obtener el veredicto de culpabilidad aun sin más medidas extraordinarias, y él (Hinckeldey) rogaba, por tanto, que no se hicieran más esfuerzos». (Véase el apéndice 4.)
Fue, en efecto, esta feliz composición del jurado de Colonia la que inauguró en Prusia el régimen Hinckeldey-Stieber. «En Berlín se daría un golpe cuando los de Colonia fueran condenados»: eso lo sabía ya en octubre de 1852 la chusma policial agregada a la legación prusiana en Londres, aunque la mina policial de Berlín (la conspiración de Ladendorf) no estalló hasta finales de marzo de 1853. (Véase el apéndice 4.)
El aullido liberal a posteriori contra una época de reacción es siempre tanto más fuerte cuanto más desmedida fue la cobardía liberal que dejó a la reacción el campo libre y sin disputa durante años. Así, en la época del proceso de Colonia fracasaron todos mis intentos de poner al descubierto en la prensa liberal prusiana el sistema de engaños de Stieber. Esta había escrito en su bandera con grandes letras: la seguridad es el primer deber del ciudadano, y bajo este signo... vivirás.160
5. Fiesta central de las asociaciones culturales obreras alemanas en Lausana (26 y 27 de junio de 1859)
Nuestro héroe huye, con un placer siempre renovado, de vuelta a... la Arcadia. Lo volvemos a encontrar en un «rincón apartado de Suiza», en Lausana, en la «fiesta central» de cierto número de asociaciones culturales obreras alemanas que se celebró a finales de junio. Aquí realizó Karl Vogt su segundo salvamento de Suiza. Mientras Catilina está sentado en Londres, el Cicerón de la chaqueta abigarrada161 truena en Lausana:
«Ya, ya comprendes que yo velo con más ardor por la salvación de la república que tú por su ruina».162
Por casualidad existe un informe auténtico sobre dicha «fiesta central» y sobre la hazaña llevada a cabo durante ella por la «naturaleza redondeada». El título del informe, redactado por el señor G. Lommel con la colaboración de Vogt, es Das Centralfest der deutschen Arbeiterbildungsvereine in der Westschweiz (Lausanne 1859),163 Ginebra, 1859, Markus Vaney, rue de la Croix d'or. Comparemos el informe auténtico con el «Libro mayor», aparecido cinco meses después. El informe contiene el discurso «pronunciado por él mismo» de Cicerón-Vogt, en cuyo exordio revela el secreto de su aparición en aquella ocasión. Aparece entre los obreros, los arenga, porque
«en los últimos tiempos se han levantado contra él graves acusaciones que, si fueran ciertas, tendrían que quebrantar por completo la confianza en él y socavar por completo su actividad política». «Vengo», continúa, «vengo por eso aquí, para decir una palabra franca contra (la susodicha) intriga solapada». (Pp. 6-7 del informe.)
Está acusado de manejos bonapartistas, tiene que salvar su actividad política y, según su costumbre, defiende su pellejo con la lengua. Después de hora y media de palabrería hueca, se acuerda de la advertencia de Demóstenes de que «la acción, la acción y otra vez la acción es el alma de la elocuencia».
Pero ¿qué es la acción? En América hay un animalito llamado skunk,164 que en el momento del mayor peligro solo posee una defensa: su olor ofensivo. Cuando lo atacan, lanza por ciertas partes de su cuerpo una materia cuyo líquido condena sin remedio vuestras prendas de vestir a la hoguera y, si os alcanza la piel, os destierra por algún tiempo de la compañía de todo ser humano. Tan horriblemente ofensivo es el olor que los cazadores, en cuanto sus perros levantan por casualidad un «skunk», ponen pies en polvorosa con una prisa más atropellada y un susto mayor que si los vinieran persiguiendo lobos o tigres. Contra el lobo y el tigre protegen la pólvora y el plomo, pero contra el a posteriori del «skunk» no hay remedio que valga.
Eso es acción, se dice el orador naturalizado en el «Estado animal»,165 y rocía a sus supuestos perseguidores con la siguiente sustancia de mofeta:
«Pero contra una cosa os advierto con la mayor insistencia: contra las intrigas de un pequeño puñado de hombres depravados cuyo único afán y empeño es apartar al obrero de su oficio, enredarlo en conspiraciones e intrigas comunistas y, por último, después de haber vivido de su sudor, precipitarlo fríamente» (después de que haya terminado de sudar, se entiende) «en la perdición. También ahora busca otra vez este puñadito por todos los medios posibles» (lo más general posible, nada más) «atraer de nuevo a las asociaciones obreras a sus redes engañosas. Digan lo que digan» (sobre los manejos bonapartistas de Vogt), «estad convencidos de que solo buscan explotar al obrero para sus fines egoístas y abandonarlo finalmente a su suerte». (P. 18 del informe. Véase el apéndice.)
La desvergüenza del «skunk» al hacer «vivir del sudor de los obreros» a mí y a mis amigos, que siempre hemos defendido gratis y con sacrificio de nuestros intereses privados los intereses de la clase obrera, no es ni siquiera original. No solo los mouchards decembristas han aullado contra Louis Blanc, Blanqui, Raspail, etc., calumnias parecidas, sino que en todos los tiempos y en todos los lugares los sicofantes de la clase dominante han calumniado siempre de esta infame manera a los adalides literarios y políticos de las clases oprimidas. (Véase el apéndice 5.)
Después de esta acción, por lo demás, nuestra «naturaleza redondeada» ya no es capaz de mantener su sérieux.166 El bufón compara ahora a sus «perseguidores», que andan sueltos, con los «rusos apresados en Zorndorf» y a sí mismo —¡adivinad!— con Federico el Grande.167 Falstaff Vogt se acordó de que Federico el Grande huyó en la primera batalla a la que asistió. ¡Cuánto más grande no será él, que huyó sin asistir a ninguna batalla!168169
Hasta aquí la aventura de la fiesta central de Lausana según el informe auténtico. Y «mire luego cualquiera» (por hablar con Fischart) «a ese cocinero chapucero pegajoso, gorrón y zafio, a ese pinche de pasteles», qué papilla eulenspiegelesco-policíaca170 le sirve cinco meses después al filisteísmo alemán.
«Se quería a toda costa provocar una complicación en Suiza; la política de neutralidad... tenía que recibir a toda costa un golpe. Se me informó de que se quería aprovechar la fiesta central de las asociaciones culturales obreras para llevar a los obreros por caminos que ellos se habían negado rotundamente a pisar. Se esperaba poder aprovechar la hermosa fiesta para formar un comité secreto que había de entrar en relación con correligionarios de Alemania y adoptar Dios sabe» (Vogt, aunque informado, no lo sabe) «qué medidas. Corrían rumores sordos y comunicaciones misteriosas sobre una intervención activa de los obreros en la política patriótica alemana. Decidí al instante oponerme a estas intrigas para volver a encarecer a los obreros que no prestaran oído a ninguna propuesta de este tipo. Pronuncié públicamente, al final de mi discurso antes mencionado, la advertencia, etc.». (P. 180 del «Libro mayor».)
Cicerón-Vogt olvida que al comienzo de su discurso había soltado públicamente lo que lo había empujado a la fiesta central: no la neutralidad de Suiza, sino la salvación de su propio pellejo. Ni una sílaba en su discurso del atentado proyectado contra Suiza, de los apetitos conspirativos sobre la fiesta central, de un comité secreto, de la intervención activa de los obreros en la política alemana, de propuestas de «este» o de cualquier otro «tipo». Nada de todas estas stieberiadas. Su advertencia final fue simplemente la advertencia del hombre de honor Sykes, que en la sala del tribunal de Old Bailey advertía a los jurados que no prestaran ningún oído a los «depravados» detectives que habían descubierto su robo.
«Los acontecimientos que siguieron inmediatamente», dice Falstaff-Vogt (p. 181 del «Libro mayor»), «confirmaron mis presentimientos». ¡Cómo! ¡Presentimientos! Pero Falstaff vuelve a olvidar que pocas líneas antes no había «presentido», sino que había sido «informado», informado de los planes de los conspiradores, ¡e informado con todo detalle! Y ¿cuáles fueron, ángel lleno de presentimientos,171 los acontecimientos que siguieron inmediatamente?
«Un artículo de la Allgemeine Zeitung atribuyó a la fiesta y a la vida de los obreros tendencias en las que estas» (es decir, la fiesta y la vida) «no pensaban ni remotamente». (Exactamente como Vogt se las atribuye al congreso de Murten y a las asociaciones obreras en general.) «Sobre la base de este artículo y de su reproducción en el Frankfurter Journal se produjo una consulta confidencial del enviado de un Estado del sur de Alemania, en la que se daba a la fiesta la importancia» —que le «atribuían» el artículo de la Allgemeine Zeitung y la reproducción del Frankfurter Journal... ¡de ningún modo!— «que habría debido tener según las intenciones frustradas de la Banda del Azufre».
¡Pues sí! ¡Habría debido tener!
Aunque la comparación más superficial entre el «Libro mayor» y el informe auténtico sobre la fiesta central basta para descubrir el secreto del segundo salvamento de Suiza de Cicerón-Vogt, quise asegurarme, con todo, de que no le había proporcionado la materia para su despliegue de fuerza algún hecho, por deformado que estuviera. Me dirigí, pues, por escrito al redactor del informe auténtico, el señor G. Lommel, de Ginebra. El señor Lommel debe de haber mantenido un trato amistoso con Vogt, ya que no solo redactó con su ayuda el informe sobre la fiesta central de Lausana, sino que en un folleto posterior sobre la fiesta de Schiller y de Robert Blum en Ginebra disimuló el fiasco que Vogt hizo allí. En una carta de respuesta del 13 de abril de 1860, el señor Lommel, al que no conozco personalmente, declara:
«El relato de Vogt de que en Lausana frustró una conspiración peligrosa es la más pura fábula o mentira; en Lausana solo buscaba un local para poder hablar y hacer imprimir después ese discurso. En ese discurso de hora y media se defendió del reproche de ser un bonapartista a sueldo. El manuscrito lo tengo bien guardado».
Un francés que vive en Ginebra, preguntado por la misma conspiración de Vogt, respondió brevemente:
«Hay que conocer a ese individuo» (es decir, a Vogt), «sobre todo el intrigante,172 el hombre importante, siempre fuera de la naturaleza y de la verdad».
Vogt mismo dice en la p. 99 de sus llamados Estudios173 que «nunca se ha jactado de dotes proféticas». Pero se sabe por el Antiguo Testamento que la burra vio lo que el profeta no había visto.174 Y así se explica que Vogt viera la conspiración que en noviembre de 1859 presintió haber «frustrado» en junio de 1859.
6. Miscelánea
«Si no me engaña la memoria», dice el payaso del Parlamento, «la circular» (es decir, una supuesta circular de Londres a los proletarios, fechada en 1850) «fue redactada en efecto por un partidario de Marx, el llamado Lobo del Parlamento, y fue puesta en manos de la policía de Hannover. También ahora aparece de nuevo este canal en la historia de la circular “de los amigos de la patria a los de Gotha”». (P. 144 del «Libro mayor».)175
¡Aparece un canal! ¿Un prolapsus ani,176 acaso, bromista de la historia natural?
Por lo que se refiere al «Lobo del Parlamento» —y más adelante oiremos por qué el Lobo del Parlamento pesa como una pesadilla sobre la memoria del payaso del Parlamento—, ha publicado en la Volks-Zeitung de Berlín, en la Allgemeine Zeitung y en la Reform de Hamburgo la siguiente declaración:
«Declaración. Manchester, 6 de febrero de 1860: Por la carta de un amigo veo que la National-Zeitung (n.º 41 del presente año), en un editorial basado en un folleto de Vogt, ha llevado ante el público el siguiente pasaje:
“En 1850, otro despacho circular de Londres, redactado, según cree recordar Vogt, por el Lobo del Parlamento, alias Lobo de las Casamatas,177 se envió a los proletarios de Alemania y al mismo tiempo se puso en manos de la policía de Hannover”. No he llegado a ver ni ese número de la National-Zeitung ni el folleto de Vogt y, por tanto, respondo únicamente en lo que se refiere al pasaje citado:
- En 1850 yo vivía en Zúrich y no en Londres, adonde no me trasladé hasta el verano de 1851.
- En toda mi vida no he redactado nunca un despacho circular, ni a los «proletarios» ni a otros.
- Por lo que se refiere a la insinuación relativa a la policía de Hannover, devuelvo por la presente con desprecio a su autor esta acusación desvergonzadamente inventada. Si el resto del panfleto de Vogt es tan falso y embustero como lo que se refiere a mí, puede figurar dignamente al lado de los engendros de un Chenu, de un De la Hodde178 y consortes. W. Wolf».
Se ve: como Cuvier reconstruía la estructura entera de un animal a partir de un solo hueso, Wolff había reconstruido correctamente, a partir de una cita arrancada, todo el engendro de Vogt. En efecto, Karl Vogt aparece junto a Chenu y De la Hodde como primus inter pares.
La última «prueba» del «nada apurado» Vogt de mi entente cordiale179 con la policía secreta en general y de «mis relaciones con el partido de la Kreuzzeitung180 en particular» consiste en que mi mujer es hermana del ministro prusiano retirado señor von Westphalen. (P. 194 del «Libro mayor».)181 ¿Cómo parar ahora la cobarde finta del gordo Falstaff? Quizá el payaso perdone a mi mujer el ministro prusiano cognado cuando sepa que uno de sus agnados escoceses fue decapitado como rebelde en la plaza del mercado de Edimburgo en la lucha por la libertad contra Jacobo II.182 Vogt mismo, como es sabido, solo por un descuido sigue llevando su propia cabeza encima. En la fiesta de Robert Blum de la Asociación Cultural Obrera Alemana de Ginebra (13 de noviembre de 1859) contó, en efecto,
«cómo la izquierda del Parlamento de Fráncfort estuvo mucho tiempo indecisa sobre a quién enviar a Viena, si a Blum o a él. Por fin la suerte, una pajita sacada, había decidido a favor, o más bien en contra, de Blum». (Pp. 28-29 de Die Schillerfeier in Genf usw., Ginebra, 1859.)183
El 13 de octubre Robert Blum viajó de Fráncfort a Viena. El 23 o el 24 de octubre llegó a Colonia una diputación de la extrema izquierda de Fráncfort, de paso hacia el congreso demócrata de Berlín. Vi a aquellos señores, entre los que había algunos parlamentarios ligados más estrechamente a la Neue Rheinische Zeitung. Estos últimos —de los que uno fue fusilado por consejo de guerra durante la campaña por la Constitución del Imperio, otro murió en el exilio y el tercero vive todavía— me susurraron al oído historias inquietantemente extrañas sobre los manejos de Vogt en relación con la misión de Robert Blum en Viena.
Sin embargo,
No me mandes hablar, mándame callar,
pues el secreto es mi deber.184
La fiesta de Robert Blum antes mencionada (noviembre de 1859) en Ginebra le fue adversa a la «naturaleza redondeada». Cuando entró en el local de la fiesta, contoneándose a lo Sileno, servil y obsequioso, en torno a su patrón James Fazy, un obrero gritó: ahí va el Enrique y detrás de él el Falstaff.185 Cuando, con su graciosa anécdota, se dio a conocer como alter ego de Robert Blum, solo a duras penas se consiguió impedir que algunos obreros acalorados asaltaran la tribuna. Cuando, por último, olvidando cómo todavía en junio había frustrado la revolución, «llamó él mismo una vez más a las barricadas» (p. 29 de la Fiesta de Schiller), un eco burlón repitió: «¡Barricadas! ¡Bobadas!».186 Tan bien saben apreciar, sin embargo, en el extranjero los arrebatos revolucionarios de Vogt que esta vez se omitió la «consulta confidencial de un enviado del sur de Alemania», por lo demás inevitable, y no apareció ningún artículo en la Allgemeine Zeitung.
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La stieberiada completa de Vogt, desde la «Banda del Azufre» hasta el «ministro retirado», delata la clase de maestro cantor de la que se dice en Dante:
IV. La carta de Techow
¿Qué más saca ahora la «naturaleza redondeada» del
«tristo sacco
Che merda fa di quel, che si trangugia»?189
(Dante)
Una carta de Techow fechada en Londres el 26 de agosto de 1850:
«Para caracterizar estos manejos» (los de la «Banda del Azufre») «no puedo hacer nada mejor que dar a conocer aquí una carta de un hombre a quien todo el que, quien (!) le haya conocido algo reconocerá como hombre de honor, y que por eso puedo permitirme publicar, porque él» (¿el hombre de honor o la carta?) «estaba destinado expresamente a ser comunicado» (¿a quién?) «y ya no existen las consideraciones» (¿por parte de quién?) «que antes se oponían a su publicación». (P. 141 del «Libro mayor».)
Techow190 llegó de Suiza a Londres a finales de agosto de 1850. Su carta va dirigida al antiguo teniente prusiano Schimmelpfennig (entonces en Berna) «para comunicarla a los amigos», es decir, a los miembros de la «Centralización», una sociedad secreta que murió hace casi un decenio, fundada por refugiados alemanes en Suiza, de composición abigarrada y muy mezclada con elementos parlamentarios. Techow pertenecía a esa sociedad; Vogt y sus amigos, no. ¿Cómo llegó, pues, la carta de Techow a manos de Vogt, y quién le dio autorización para publicarla?
El propio Techow me escribe desde Australia, el 17 de abril de 1860:
«En todo caso, yo nunca he tenido ocasión de dar al señor Karl Vogt ninguna autorización en este asunto».
De los «amigos» de Techow a quienes había que comunicar la carta, solo quedan dos en Suiza. Que hablen ellos mismos:
E. a Schily, 29 de abril de 1860, Alta Engadina, cantón de los Grisones:191
«Cuando apareció el folleto de Vogt Mi proceso contra la Allgemeine Zeitung, en el que está impresa una carta de Techow a sus amigos de Suiza fechada el 26 de agosto de 1850, decidimos los amigos de Techow que todavía estamos en Suiza expresar a Vogt por carta nuestra desaprobación de la publicación no autorizada de esa carta. La carta de Techow iba dirigida a Schimmelpfennig, en Berna, y debía comunicarse en copia a los amigos... Me alegro de que no nos equivocáramos al pensar que ninguno de los amigos de Techow, ninguno de los que tienen derecho a su carta del 26 de agosto, habría hecho de ella el uso que ha hecho su poseedor accidental. El 22 de enero se escribió a Vogt desaprobando la publicación no autorizada de la carta de Techow, protestando contra todo nuevo abuso de ella y reclamando su devolución. El 27 de enero del corriente contestó Vogt: “Que la carta de Techow estaba destinada a comunicarse a los amigos, que el amigo que la había tenido en sus manos se la había entregado expresamente para publicarla... y que solo devolvería la carta a quien él la había recibido”».
B. a Schily, Zúrich, 1 de mayo de 1860:
«La carta a Vogt la escribí yo, de acuerdo previamente con E.... R. no estaba entre los “amigos” a quienes iba destinada para su comunicación la carta de Techow; por el contenido de la carta, en cambio, Vogt sabía que también iba dirigida a mí, pero se guardó muy bien de pedir mi consentimiento para publicarla».
Para resolver el enigma me he reservado un pasaje de la carta de Schily reproducida más arriba. Dice así:
«De ese Ranickel tengo que hablar aquí, porque por su conducto debió de pasar la carta de Techow a manos de Vogt, un punto de tu pregunta que casi se me pasa por alto. Esa carta la había dirigido Techow a sus amigos, con los que había vivido en Zúrich: Schimmelpfennig, B., E. Como amigo de esos amigos y de Techow, también la recibí yo más tarde. Con mi expulsión brutal y sumaria de Suiza (me prendieron en las calles de Ginebra sin ninguna orden de expulsión previa y me llevaron a rastras en el acto) no se me permitió volver a entrar en mi casa para ordenar mis cosas. Desde la cárcel de Berna escribí, por eso, a un hombre de confianza de Ginebra, el maestro zapatero Thum, para que hiciera que alguno de mis amigos que siguieran allí (no sabía quién de ellos habría sido expulsado al mismo tiempo que yo) empaquetara mis cosas y me enviara a Berna lo mejor, y tomara el resto en depósito provisional, recomendándole que revisara con cuidado mis papeles para que no se añadiera al envío nada que no pudiera aguantar el tránsito por Francia. Así se hizo, y la carta de Techow no se añadió. Entre aquellos papeles había varios escritos relativos al motín de los parlamentarios de entonces contra el comité local de Ginebra para el reparto de los fondos de los refugiados (el comité lo formaban tres ciudadanos de Ginebra, entre ellos Thum, y dos refugiados, Becker y yo), que Ranickel, por haber tomado partido por el comité contra los parlamentarios, conocía bien. Así que yo había pedido a Thum, como cajero y archivero del comité, que hiciera buscar esos papeles entre los míos a Ranickel. Haya llegado este, autorizado así a ayudar en la revisión de mis papeles, a tener en sus manos la carta de Techow de un modo u otro, por ejemplo porque se la pasara alguno de los que los revisaban: en ningún caso impugno la transmisión de la posesión, que hay que distinguir de la transmisión de la propiedad, de mí a él, y hasta la afirmo con toda seguridad. Luego, desde Londres, escribí pronto a Ranickel que me mandara la carta. Pero no lo hizo; de ahí data, pues, su culpa manifesta, al principio solo levis, sin duda, y luego, según el grado de su complicidad en la publicación no autorizada de la carta, agravándose hasta culpa magna o maxima, o incluso hasta dolus.192 Que esta publicación fue no autorizada, que no la autorizó ninguno de los destinatarios, no lo dudo un instante, y además, por si hiciera falta, escribiré sobre ello a E. Que Ranickel echó una mano a la publicación tampoco puede dudarse, dada su notoria intimidad con Vogt, y aunque no quiero criticar en lo más mínimo esa intimidad como tal, no puedo dejar de señalar aquí su contraste con lo de antes. Porque Ranickel no solo era uno de los mayores comeparlamentarios en general, sino que en relación con el regente del Imperio en particular manifestaba los deseos más sanguinarios: “Tengo que estrangular a ese tipo”, gritaba, “aunque tenga que ir hasta Berna para eso”, y hubo que ponerle, por así decir, la camisa de fuerza para disuadirle de ese propósito regicida. Pero ahora que parece que se le han caído las escamas de los ojos y que Saulo se ha convertido en Pablo, tengo curiosidad por ver cómo sale del paso en otro aspecto, a saber, como vengador de Europa. “He librado un duro combate”, decía en aquellos días en que dudaba entre América y Europa, “pero ya ha pasado, por suerte; me quedo... ¡¡y me vengo!! Tiembla, Bizancia”».
Hasta aquí la carta de Schily.
Así pues, el Ranickel desentierra la carta de Techow de los papeles que dejó el refugiado Schily. A pesar de la reclamación de Schily desde Londres, la retiene. La carta así sustraída la entrega el «amigo» Ranickel al «amigo» Vogt, y el «amigo» Vogt, con la delicadeza de conciencia que le es propia, se declara autorizado a imprimirla, porque Vogt y Ranickel son «amigos». Quien escribe una carta para «comunicarla» a los «amigos» la escribe, pues, necesariamente para los «amigos» Vogt y Ranickel, arcades ambo.193
Lamento que esta peculiar jurisprudencia me obligue a volver a historias medio olvidadas y desaparecidas hace tiempo; pero Ranickel ha empezado, y yo tengo que seguirle.
La «Liga de los Comunistas» se fundó en París en 1836, al principio con otro nombre.194 La organización, tal como se fue formando poco a poco, era esta: cierto número de miembros formaba una «comuna»; varias comunas de la misma ciudad, un «círculo»; un número mayor o menor de círculos se agrupaba en torno a un «círculo dirigente»; a la cabeza de todo estaba el «Comité Central», elegido en un congreso de diputados de todos los círculos, pero con derecho a completarse por cooptación y, en casos urgentes, a nombrar provisionalmente a su sucesor. El Comité Central residió primero en París y de 1840 a principios de 1848 en Londres. Los presidentes de las comunas y de los círculos, como el propio Comité Central, se nombraban todos por elección. Esta constitución democrática, del todo inadecuada para sociedades secretas conspirativas, no era al menos incompatible con la tarea de una sociedad de propaganda. La actividad de la «Liga» consistía ante todo en fundar asociaciones culturales obreras alemanas públicas, y la mayor parte de las asociaciones de este tipo que todavía existen en Suiza, Inglaterra, Bélgica y los Estados Unidos las fundó directamente la «Liga» o las crearon antiguos miembros suyos. Por eso la constitución de estas asociaciones obreras es en todas partes la misma. Un día a la semana se destinaba a la discusión y otro al esparcimiento en común (canto, declamación, etc.). En todas partes se fundaron bibliotecas de la asociación y, donde era factible, se organizaron clases para enseñar a los obreros conocimientos elementales. La «Liga», que estaba detrás de las asociaciones obreras públicas y las dirigía, encontraba en ellas tanto el campo más inmediato para la propaganda pública como el medio de completarse y ampliarse con sus miembros más útiles. Dada la vida errante de los artesanos alemanes, el Comité Central solo en raros casos necesitaba enviar emisarios especiales.
En cuanto a la doctrina secreta de la propia «Liga», pasó por todas las transformaciones del socialismo y el comunismo franceses e ingleses, así como por sus variantes alemanas (las fantasías de Weitling, por ejemplo).195 Desde 1839, como se ve ya por el informe Bluntschli,196 la cuestión religiosa desempeñó, junto a la social, el papel más importante. Las diferentes fases que recorrió la filosofía alemana de 1839 a 1846 se siguieron en el seno de estas sociedades obreras con el más ardiente partidismo. La forma secreta de la sociedad debía su origen a París. El fin principal de la Liga, la propaganda entre los obreros de Alemania, impuso luego que se mantuviera esa forma. Durante mi primera estancia en París mantuve trato personal con los dirigentes de la «Liga» que había allí, así como con los jefes de la mayoría de las sociedades obreras secretas francesas, pero sin ingresar en ninguna de ellas. En Bruselas, adonde me había expulsado Guizot, fundé con Engels, W. Wolff y otros la Asociación Cultural Obrera Alemana, que todavía existe. Publicamos al mismo tiempo una serie de folletos, impresos unos y litografiados otros, en los que sometíamos a una crítica despiadada la mezcla de socialismo o comunismo franco-inglés y de filosofía alemana que constituía entonces la doctrina secreta de la «Liga», establecíamos en su lugar el conocimiento científico de la estructura económica de la sociedad burguesa como única base teórica sostenible y, por último, explicábamos en forma popular que no se trataba de llevar a la práctica ningún sistema utópico, sino de participar conscientemente en el proceso histórico de transformación de la sociedad que se estaba produciendo ante nuestros ojos. A consecuencia de esta actividad, el Comité Central de Londres entró en correspondencia con nosotros y a finales de 1846 envió a Bruselas a uno de sus miembros, el relojero Joseph Moll, que más tarde cayó como soldado de la revolución en el campo de batalla de Baden,197 para invitarnos a ingresar en la «Liga». Las objeciones que oponíamos a esta propuesta las desarmó Moll comunicándonos que el Comité Central se proponía convocar en Londres un congreso de la Liga, donde las ideas críticas que nosotros habíamos hecho valer se establecerían como doctrina de la Liga en un manifiesto público, pero que, frente a los elementos anticuados y reacios, era indispensable nuestra colaboración personal, y esta estaba ligada a nuestro ingreso en la «Liga». Así pues, ingresamos. El congreso, en el que estuvieron representados los miembros de la Liga de Suiza, Francia, Bélgica, Alemania e Inglaterra, se celebró, y tras violentos debates que duraron varias semanas se aprobó el Manifiesto del Partido Comunista, redactado por Engels y por mí, que apareció impreso a principios de 1848 y más tarde en traducción inglesa, francesa, danesa e italiana.198 Al estallar la revolución de Febrero, el Comité Central de Londres me confió la dirección superior de la «Liga». Durante el periodo revolucionario en Alemania su actividad se extinguió por sí sola, porque entonces había vías más eficaces abiertas para hacer valer sus fines. Cuando llegué a Londres a finales del verano de 1849, tras mi nueva expulsión de Francia, encontré los restos del Comité Central de allí reconstituidos y renovado el contacto con los círculos de la Liga restablecidos en Alemania. Willich llegó a Londres unos meses después y, a propuesta mía, fue admitido en el Comité Central. Me lo había recomendado Engels, que había participado como ayudante suyo en la campaña por la Constitución del Imperio. Para completar la historia de la Liga añadiré lo siguiente: el 15 de septiembre de 1850 se produjo una escisión en el seno del Comité Central. Su mayoría, con Engels y conmigo, trasladó la sede del Comité Central a Colonia, donde existía desde hacía tiempo el «círculo dirigente» para Alemania central y meridional y se encontraba, después de Londres, el centro más importante de fuerzas intelectuales.
Al mismo tiempo nos dimos de baja de la Asociación Cultural Obrera Alemana de Londres.199 La minoría del Comité Central, con Willich y Schapper, fundó en cambio un Sonderbund, una liga aparte,200 que mantuvo el contacto con la Asociación Cultural Obrera Alemana y reanudó las relaciones con Suiza y Francia, interrumpidas desde 1848. El 12 de noviembre de 1852 se dictó la condena de los acusados de Colonia. Unos días después, a propuesta mía, la Liga se declaró disuelta. Un documento relativo a esa disolución, fechado en noviembre de 1852, lo he adjuntado a los autos de mi proceso contra la National-Zeitung. En él se menciona como motivo de la disolución que desde las detenciones en Alemania, es decir, ya desde la primavera de 1851, había cesado de todos modos toda relación con el continente y que, por lo demás, una sociedad de propaganda de este tipo ya no respondía a las necesidades del momento. Pocos meses después, a principios de 1853, se durmió también para siempre la liga aparte de Willich y Schapper.
Las razones de principio de la escisión que acabo de mencionar se encuentran en mis Revelaciones sobre el proceso de los comunistas, donde se reproduce un extracto del acta de la sesión del Comité Central del 15 de septiembre de 1850.201 El motivo práctico inmediato lo dio el empeño de Willich en enredar a la «Liga» en los juegos revolucionarios de la emigración democrática alemana. Una concepción completamente opuesta de la situación política agudizó aún más la discordia. Voy a citar un solo ejemplo. Willich se imaginaba, por ejemplo, que la disputa entre Prusia y Austria con ocasión de la cuestión de Hesse electoral y de la cuestión de la Confederación202 conduciría a conflictos serios y ofrecía un asidero para la intervención práctica del partido revolucionario. El 10 de noviembre de 1850, poco después de la escisión de la «Liga», publicó en este sentido una proclama, «A los demócratas de todas las naciones»,203 firmada por el Comité Central de la «liga aparte» y por refugiados franceses, húngaros y polacos. Engels y yo, en cambio, como puede leerse en las pp. 174 y 175 de la Revue de la Neue Rheinische Zeitung (número doble de mayo a octubre de 1850, Hamburgo), sosteníamos lo contrario: «Todo este ruido no llevará a nada... Sin que se haya derramado una gota de sangre, las partes», Austria y Prusia, «se reunirán» en Fráncfort «en los sillones de la Dieta federal, sin que por ello sufran el menor menoscabo ni sus celos mutuos, ni sus disputas con sus súbditos, ni su despecho contra la soberanía rusa».204
Si la individualidad de Willich, cuya valía, por lo demás, no se pretende discutir, y sus recuerdos de Besanzón, todavía frescos entonces (1850), le capacitaban precisamente a él para tomarse de manera «impersonal» unos conflictos que la oposición de las ideas había hecho inevitables y que se renovaban a diario, júzguese por el documento siguiente:205
«La Columna Alemana de Nancy
al
ciudadano Joh. Philipp Becker, en Biel,
presidente de la Asociación Alemana de Armas “¡Ayúdate!”
¡Ciudadano!
A ti, como representante elegido de todos los republicanos alemanes refugiados, te comunicamos por la presente que en Nancy se ha formado una columna de refugiados alemanes que lleva el nombre de “Columna Alemana de Nancy”. Los refugiados que forman la columna de aquí son en parte los que antes formaron la columna de Vesoul y en parte, los refugiados de aquí, formaron parte de la columna de Besanzón; la salida de estos de Besanzón obedece a causas puramente democráticas. Y es que Willich, en todo lo que hacía, muy rara vez pedía consejo a la columna; así, las leyes fundamentales de la columna de Besanzón no se deliberaron ni se acordaron en común, sino que Willich las dio a priori y las puso en práctica sin el asentimiento de la columna. Además, Willich nos dio también a posteriori pruebas de su carácter despótico con una serie de órdenes dignas de un Jellachich o un Windischgrätz,206 pero no de un republicano. Willich dio orden de quitar de los pies a un miembro que dejaba la columna, llamado Schön, los zapatos nuevos que se le habían comprado con los ahorros de la columna, sin tener en cuenta que también Schön tenía parte en esos ahorros, puesto que procedían sobre todo de los 10 sueldos por hombre que Francia paga diariamente como subsidio... él quería llevarse sus zapatos, pero Willich se los hizo quitar.
Willich echó de Besanzón a varios miembros valiosos de la columna por pequeñeces, como faltar a la lista o a la instrucción, llegar tarde (por la noche) o pequeñas riñas, sin consultar a la columna, con la observación de que podían irse a África, porque en Francia no podían quedarse ya, y que, si no se iban a África, los haría entregar, y además a Alemania, porque para eso tenía poderes del Gobierno francés, cosa que luego, al preguntarse, la prefectura de Besanzón declaró falsa. Willich declaraba casi a diario al pasar lista: al que no le gustara, que se fuera si quería, cuanto antes mejor, que se podía ir a África, etc.; además, una vez lanzó la amenaza general de que quien se resistiera a sus órdenes o se iba a África o él lo haría entregar a Alemania, lo que dio lugar a la mencionada consulta a la prefectura. Con estas amenazas diarias mucha gente se hartó de la vida en Besanzón, donde, como decían, cada día le echaban a uno los bártulos a los pies; si queremos ser esclavos, decían, podemos irnos a Rusia, o no habría hecho falta empezar en Alemania. En fin, en Besanzón declararon que por nada del mundo podían aguantar más sin entrar en grave conflicto con Willich; así que se fueron, pero como no había entonces en ningún otro sitio una columna que pudiera acogerlos, y con 10 sueldos solos no podían vivir, no les quedó más remedio que engancharse para África, que es lo que hicieron. Así, Willich ha llevado a la desesperación a 30 buenos ciudadanos y tiene la culpa de que esas fuerzas se hayan perdido para siempre para la patria.
Además, Willich tuvo la imprudencia de elogiar siempre al pasar lista a su gente antigua y rebajar a la nueva, lo que provocaba constantes disputas; Willich llegó a declarar una vez, al pasar lista, que los prusianos eran muy superiores a los alemanes del sur en cabeza, corazón y cuerpo o, como él se expresó, en fuerzas físicas, morales e intelectuales. Los alemanes del sur tenían en cambio la Gemütlichkeit, la bonachonería; quería decir estupidez, pero no se atrevió del todo. Con eso Willich ha enfurecido terriblemente a todos los alemanes del sur, que son con mucho la mayoría. Por último, lo más grave.
Cuando hace 14 días la 7.ª compañía prometió alojamiento por una noche en su cuarto a un miembro al que Willich había expulsado arbitrariamente del cuartel, llamado Baroggio, y a pesar de la prohibición de Willich lo retuvo en su cuarto, que defendió contra los partidarios de Willich, unos sastres fanatizados, Willich ordenó traer cuerdas y atar a los rebeldes. Y las cuerdas se trajeron de verdad. Pero para hacer cumplir la orden del todo, la voluntad de Willich alcanzaba, pero su poder no... Estas son las razones de su salida.
No hemos escrito esto para acusar a Willich. Porque el carácter y la voluntad de Willich son buenos, y muchos de nosotros lo respetamos, pero la manera como intenta alcanzar su fin y los medios que emplea no nos gustaban a todos. Willich tiene buena intención. Pero se tiene a sí mismo por la sabiduría y la ultima ratio, y a todo el que le contradice, aunque sea en pequeñeces, lo tiene por tonto o por traidor. En una palabra, Willich no reconoce más opinión que la suya. Es un aristócrata del espíritu y un déspota; cuando le parece buena una cosa, no se arredra fácilmente ante ningún medio. Pero basta de esto: ya conocemos a Willich. Conocemos sus puntos fuertes y débiles, y por eso ya no estamos en Besanzón. Por lo demás, todos declararon al marcharse de Besanzón que se separaban de Willich, pero no se daban de baja de la Asociación Alemana de Armas “¡Ayúdate!”.
Lo mismo los de Vesoul...
Con la seguridad de nuestra consideración, terminamos con un saludo fraternal y un apretón de manos de la Columna de Nancy.
Aprobado en la asamblea general del 13 de noviembre de 1848.
Nancy, 14 de noviembre de 1848
En nombre y por encargo de la columna,
El secretario B...»
Volvamos ahora a la carta de Techow. El veneno de su carta, como el de otros reptiles, está en la cola, es decir, en la posdata del 3 de septiembre (de 1850). Trata de un duelo de mi amigo Konrad Schramm,207 muerto demasiado pronto, con el señor Willich. En ese duelo, que tuvo lugar en Amberes a principios de septiembre de 1850, figuraron Techow y el francés Barthélemy208 como padrinos de Willich. Techow escribe a Schimmelpfennig «para comunicarlo a los amigos»: «Aquellos» (Marx y los suyos) «han soltado contra Willich a su campeón Schramm, que le» (Techow quiere decir: al que) «atacó con los insultos más groseros y acabó retándolo a duelo». (Pp. 156-157 del «Libro mayor».)
Mi refutación de este necio chisme está impresa desde hace 7 años en el folleto citado antes, El caballero de la noble conciencia, Nueva York, 1853.209
Entonces Schramm vivía aún. Él, como Willich, se encontraba en los Estados Unidos.
Barthélemy, el padrino de Willich, no había sido ahorcado todavía; el padrino de Schramm, el valiente oficial polaco Miskowsky, no había muerto quemado todavía,210 y el señor Techow no podía haber olvidado aún su circular «para comunicarla a los amigos».
En el citado folleto hay una carta de mi amigo Friedrich Engels, fechada en Manchester el 23 de noviembre de 1853, que al final dice:
«En la sesión del Comité Central en la que Schramm y Willich llegaron al desafío, yo (Engels) habría cometido (según Willich) el crimen de “salir de la habitación” con Schramm poco antes de la escena, es decir, de haber preparado toda la escena. Antes era Marx (según Willich) quien supuestamente había “azuzado” a Schramm; ahora, para variar, soy yo. Un duelo entre un viejo teniente prusiano bien ejercitado en la pistola y un comerciante que quizá no había tenido nunca una pistola en la mano era, en verdad, una medida estupenda para “quitar de en medio” al teniente. Y sin embargo, el amigo Willich contaba en todas partes, de palabra y por escrito, que habíamos querido hacerlo matar de un tiro... Schramm estaba sencillamente furioso por la desvergonzada actitud de Willich y, para gran sorpresa de todos nosotros, lo obligó a batirse en duelo. El propio Schramm no tenía idea, unos minutos antes, de que se fuera a llegar a eso. Nunca hubo acto más espontáneo... Schramm se retiró (del local de la sesión) solo por la persuasión personal de Marx, que quería evitar más escándalo.
Fr. Engels». (P. 7 de El caballero, etc.)
Hasta qué punto estaba yo, por mi parte, lejos de sospechar que Techow se prestaría a servir de vehículo de este necio chisme, se ve por el siguiente pasaje del mismo folleto:
«Al principio, como el propio Techow nos contó a mí y a Engels a su regreso a Londres, Willich estaba firmemente convencido de que yo me proponía quitar de en medio al noble por mediación de Schramm, y escribió esta idea a todo el mundo. Pensándolo mejor, sin embargo, encontró que a un táctico diabólico como yo no podía ocurrírsele eliminarlo mediante un duelo con Schramm». (P. 9, ob. cit.)
Lo que Techow le chismorrea al señor Schimmelpfennig «para comunicarlo a los amigos», lo repite de oídas. Karl Schapper, que en la escisión posterior de la Liga tomó partido por Willich y fue testigo de la escena del desafío, me escribe sobre ello:
«5, Percy Street, Bedford Square,
27 de septiembre de 1860
¡Querido Marx!
En cuanto al escándalo entre Schramm y Willich, lo siguiente:
Ocurrió en una sesión del Comité Central, a raíz de una violenta disputa que surgió entre los dos por casualidad durante la discusión. Recuerdo todavía muy bien que tú hiciste todo lo posible por restablecer la calma y arreglar el asunto, y que parecías tan sorprendido de esa explosión repentina como yo mismo y los demás miembros presentes.
Salud,
tu Karl Schapper»
Por último, quiero mencionar todavía que el propio Schramm, unas semanas después del duelo, me acusaba en una carta del 31 de diciembre de 1850 de parcialidad a favor de Willich. La desaprobación que Engels y yo le habíamos expresado abiertamente antes y después del duelo lo tenía momentáneamente disgustado. Esa carta suya y otros papeles suyos y de Miskowsky sobre el duelo que llegaron a mis manos están a disposición de sus familiares. No son para el público.
Cuando Konrad Schramm, a su vuelta de los Estados Unidos, vino a verme otra vez a Londres a mediados de julio de 1857, la figura juvenil, audaz y espigada se había derrumbado bajo una tisis incurable, que, sin embargo, no había hecho más que transfigurar su hermosa cabeza, llena de carácter. Con el humor peculiar que no le abandonó un momento, lo primero que me contó riendo fue su propia esquela, que un amigo indiscreto, fiándose de un rumor, había publicado ya en un periódico alemán de Nueva York. Por consejo médico, Schramm se fue a Saint Helier, en Jersey, donde Engels y yo lo vimos por última vez. Schramm murió el 16 de enero de 1858. En su entierro, al que siguieron toda la ciudadanía liberal de Saint Helier y toda la emigración allí residente, pronunció la oración fúnebre G. Julian Harney,211 uno de los mejores oradores populares ingleses, conocido antes como dirigente cartista y amigo de Schramm durante la estancia de este en Londres. La naturaleza fogosa de Schramm, impetuosa y audaz en la acción, que nunca se dejó atar por los intereses cotidianos, estaba impregnada de inteligencia crítica, de pensamiento original, de humor irónico y de una cordialidad ingenua. Era el Percy Hotspur de nuestro partido.212
Volvamos a la carta del señor Techow. Pocos días después de llegar a Londres tuvo con nosotros, ya entrada la noche, una cita bastante larga en una taberna donde Engels, Schramm y yo lo invitamos. Esta cita la describe en su carta a Schimmelpfennig del 26 de agosto de 1850, «para comunicarla a los amigos». Yo no lo había visto nunca antes y después lo vi quizá dos veces más, pero solo muy de pasada. Aun así, nos caló en el acto a mí y a mis amigos la cabeza, el corazón y las entrañas, y se apresura a enviar a Suiza, a nuestras espaldas, unas señas psicológicas de busca y captura cuya reproducción y difusión secretas recomienda con todo cuidado a los «amigos».
Techow se ocupa mucho de mi «corazón». Generosamente, no le sigo a ese terreno. «No hablemos de moral»,213 como dice la grisette de París cuando su amigo habla de política.
Detengámonos un momento en el destinatario de la carta del 26 de agosto, el antiguo teniente prusiano Schimmelpfennig.214 No conozco personalmente a ese señor, no lo he visto nunca. Lo caracterizo a partir de dos cartas. La primera, que solo doy en extracto, me la dirigió mi amigo W. Steffen,215 antiguo teniente prusiano y profesor de la escuela divisionaria, y está fechada en Chester el 23 de noviembre de 1853. Dice en ella:
«Willich había enviado una vez allá» (a Colonia) «a un ayudante suyo llamado Schimmelpfennig. Este me hizo el honor de mandarme llamar y estaba firmemente convencido de que él podía juzgar todas las circunstancias de antemano mejor que nadie que tuviera los hechos ante los ojos día tras día. Así que se formó muy pobre opinión de mí cuando le comuniqué que los oficiales del ejército prusiano no se tendrían por dichosos de combatir bajo su bandera y la de Willich y no estaban en absoluto dispuestos a proclamar citissime216 la república de Willich. Se enfadó todavía más cuando nadie fue lo bastante insensato para querer reproducir el llamamiento que traía hecho a los oficiales para que se declararan en el acto por “Eso” que él llamaba la democracia.
Furioso, dejó “la Colonia sojuzgada por Marx”, como me escribió, e hizo reproducir esa sandez en otro lugar, la envió a un montón de oficiales, y así fue como el casto secreto de este astuto método de convertir en republicanos a los oficiales prusianos lo prostituyó el “Zuschauer” de la Kreuzzeitung».217
En la época de esta aventura, Steffen, que no vino a Inglaterra hasta 1853, me era aún completamente desconocido. Más contundente todavía es el retrato que hace Schimmelpfennig de sí mismo en la siguiente carta al mismo Hörfel218 que más tarde fue desenmascarado como agente de la policía francesa y que era el alma del comité revolucionario fundado en París a finales de 1850 por Schimmelpfennig, Schurz,219 Häfner y otros amigos de entonces de Kinkel y el confidente más íntimo de los dos matadores, Schurz y Schimmelpfennig.
Schimmelpfennig a Hörfel (en París, 1851):
«Aquí» (en Londres) «ha pasado ahora lo siguiente... Hemos escrito allá» (a América) «a todos nuestros conocidos influyentes para que preparen el empréstito» (el empréstito de Kinkel) «hablando por de pronto durante algún tiempo, en persona y en la prensa, del poder de la conspiración, y señalando que fuerzas valiosas, ni del lado alemán, francés ni italiano, no abandonarán nunca el campo de batalla». (¿La historia no tiene ninguna fecha no?)220 «... Nuestro trabajo marcha ahora bien. En cuanto uno deja caer a las personas demasiado testarudas, se presentan luego y aceptan de buen grado las condiciones puestas. Mañana, ahora que el trabajo está firme y asegurado, voy a tratar con Ruge y Haug...221 Mi situación social es, como la tuya, muy apurada. Hace falta que nuestro negocio se ponga pronto mejor en marcha». (Es decir, el negocio del empréstito revolucionario de Kinkel.)
Tu Schimmelpfennig»
Esta carta de Schimmelpfennig se encuentra en las «Revelaciones» publicadas por A. Ruge en el Herold des Westens, de Louisville, el 11 de septiembre de 1853. Schimmelpfennig, que ya estaba en los Estados Unidos cuando se publicó, nunca ha impugnado la autenticidad de la carta. Las «Revelaciones» de Ruge son la reproducción de un documento «De los archivos de la Jefatura de Policía de Berlín». El documento consta de glosas marginales de Hinckeldey y de papeles que o bien incautó la policía francesa a Schimmelpfennig y Hörfel en París, o bien se desenterraron en casa del pastor Dulon,222 en Bremen, o bien, por último, confiaron a la prensa germano-americana los propios hermanos enemigos durante la batracomiomaquia223 entre la Asociación de Agitación de Ruge y la Asociación de la Emigración de Kinkel. Es característica la ironía con que dice Hinckeldey de Schimmelpfennig que interrumpió bruscamente su viaje de misión por Prusia al servicio del empréstito revolucionario de Kinkel porque «se creía perseguido por la policía». En las mismas «Revelaciones» hay una carta de Karl Schurz, «el representante del comité de París (es decir, de Hörfel, Häfner, Schimmelpfennig, etc.) en Londres», en la que se dice:
«Ayer se decidió admitir en las deliberaciones, de entre la emigración presente aquí, a Bucher224, al doctor Frank, a Redz, de Viena, y a Techow, que estará pronto aquí. NB. A Techow no hay que comunicarle por ahora nada de esta decisión, ni de palabra ni por escrito, hasta que esté aquí». (K. Schurz a la «buena gente» de París, Londres, 16 de abril de 1851.)
A una de esas «buenas gentes», al señor Schimmelpfennig, dirige Techow su carta del 26 de agosto de 1850 «para comunicarla a los amigos». Lo primero que comunica al «buen hombre» son unas teorías mías completamente secretas, que sin embargo me sonsaca al instante en nuestro único encuentro gracias al proverbio in vino veritas.
«Yo», cuenta el señor Techow al señor Schimmelpfennig «para comunicarlo a los amigos», «yo... declaré por último que siempre los» (a Marx, Engels, etc.) «había imaginado por encima del disparate de un establo de la felicidad comunista à la Cabet», etc. (P. 150 del «Libro mayor».)
¡Imaginado! Techow, pues, no sabía ni el abecé de nuestras ideas, pero era lo bastante generoso y condescendiente para no imaginárselas precisamente como un «disparate».
Por no hablar de trabajos científicos, si hubiera leído aunque fuera el Manifiesto del Partido Comunista, que más tarde califica de «catecismo proletario» mío, habría encontrado en él un extenso apartado titulado «Literatura socialista y comunista» y, al final de ese apartado, un parágrafo, «El socialismo y el comunismo crítico-utópicos», que dice:
«Los sistemas propiamente socialistas y comunistas, los sistemas de Saint-Simon, Fourier, Owen, etc., surgen en el primer periodo, aún no desarrollado, de la lucha entre proletariado y burguesía que hemos descrito más arriba... Los inventores de estos sistemas ven, es cierto, el antagonismo de las clases, así como la acción de los elementos disolventes dentro de la propia sociedad dominante. Pero no ven en el proletariado ninguna iniciativa histórica propia, ningún movimiento político que le sea propio. Como el desarrollo del antagonismo de clases va al mismo paso que el desarrollo de la industria, tampoco encuentran las condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y buscan una ciencia social, unas leyes sociales, para crear esas condiciones. En lugar de la actividad social tiene que entrar su actividad inventiva personal; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, una organización de la sociedad urdida expresamente. La historia universal futura se reduce para ellos a la propaganda y la ejecución práctica de sus planes sociales... La importancia del socialismo y del comunismo crítico-utópicos está en razón inversa del desarrollo histórico... Por eso, aunque los autores de estos sistemas fueron revolucionarios en muchos aspectos, sus discípulos forman siempre sectas reaccionarias y siguen soñando con la realización experimental de sus utopías sociales, con la fundación de falansterios aislados, de colonias interiores, con el establecimiento de una pequeña Icaria, edición en miniatura de la nueva Jerusalén...».225 (Manifiesto del Partido Comunista, 1848, pp. 21-22.)
En estas últimas palabras, la Icaria de Cabet226 o, como la llama Techow, el «establo de la felicidad» se califica expresamente de «edición en miniatura de la nueva Jerusalén».
La ignorancia completa, reconocida por él mismo, de las ideas que Engels y yo habíamos dado a conocer por la imprenta años antes de nuestro encuentro con él es una circunstancia que explica del todo su malentendido. Para caracterizar a Techow mismo, algunos ejemplos:
«Él» (Marx) «se ríe de los necios que repiten como loros su catecismo proletario, igual que de los comunistas à la Willich, igual que de los burgueses. Los únicos a los que respeta son los aristócratas, los puros y que lo son con conciencia. Para desalojarlos del poder necesita una fuerza que solo encuentra en el proletariado; por eso ha cortado su sistema a la medida de este». (P. 152 del «Libro mayor».)
Techow, pues, «se imagina» que yo he redactado un «catecismo proletario». Se refiere al Manifiesto, en el que se critica y, si Techow quiere, se «ridiculiza» el utopismo socialista y crítico de todas clases. Solo que este «ridiculizar» no era tan sencillo como él «se imagina», sino que exigía un buen trabajo, como podía haber visto en mi escrito contra Proudhon, Misère de la philosophie (1847). Techow «se imagina» además que yo he «cortado a la medida» un «sistema», cuando, al contrario, también en el Manifiesto, destinado directamente a los obreros, rechacé todos los sistemas y puse en su lugar «la comprensión crítica de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento social real». Pero esa «comprensión» ni se puede repetir como un loro ni «cortar a la medida» como una cartuchera. De una ingenuidad singular es la manera de concebir la relación entre aristocracia, burguesía y proletariado tal como Techow «se la imagina» y me la atribuye.
A la aristocracia la «respeto», de la burguesía me «río» y para los proletarios «corto a la medida un sistema», para «desalojar del poder» por medio de ellos a la aristocracia. En el primer apartado del Manifiesto, titulado «Burgueses y proletarios» (véase el Manifiesto, p. 11), se expone con detalle que el dominio económico y, por tanto, en una u otra forma, también el político de la burguesía es la condición fundamental tanto de la existencia del proletariado moderno como de la creación de las «condiciones materiales de su emancipación». El «desarrollo del proletariado moderno» (véase la Revue de la Neue Rheinische Zeitung, enero de 1850, p. 15) «está condicionado en general por el desarrollo de la burguesía industrial. Bajo su dominación adquiere la amplia existencia nacional que puede elevar su revolución a revolución nacional, crea él mismo los modernos medios de producción, que se convierten en otros tantos medios de su liberación revolucionaria. Su dominación arranca las raíces materiales de la sociedad feudal y allana el terreno sobre el que únicamente es posible una revolución proletaria».227 Por eso declaro en la misma Revue que todo movimiento proletario en el que no participe Inglaterra es una «tempestad en un vaso de agua». Engels había expuesto ya la misma idea en 1845 en su La situación de la clase obrera en Inglaterra.228 En los países, por tanto, donde la aristocracia en el sentido continental (y así entendía Techow «la aristocracia») aún tiene que ser «desalojada del poder», falta en mi opinión el primer presupuesto de una revolución proletaria, a saber, un proletariado industrial a escala nacional.
Mi opinión sobre la posición que adoptaban en particular los obreros alemanes respecto del movimiento burgués la encontraba Techow expresada de manera muy precisa en el Manifiesto:
«En Alemania, el partido comunista lucha junto con la burguesía, en cuanto esta actúa de forma revolucionaria, contra la monarquía absoluta, la propiedad feudal de la tierra y la pequeña burguesía. Pero no deja ni un instante de inculcar a los obreros la conciencia más clara posible del antagonismo hostil entre burguesía y proletariado», etc. (Manifiesto, p. 23.)
Cuando comparecí acusado de «rebelión» ante un jurado burgués en Colonia, declaré en el mismo sentido: «En la sociedad burguesa moderna sigue habiendo clases, pero ya no estamentos. Su desarrollo consiste en la lucha de esas clases, pero estas están unidas frente a los estamentos y su monarquía por la gracia de Dios». (P. 59 de Zwei politische Prozesse, verhandelt vor den Februar-Assisen zu Köln 1849.)229
¿Qué otra cosa hacía la burguesía liberal, en sus llamamientos al proletariado de 1688 a 1848, que «cortar a la medida sistemas y frases» para desalojar del poder a la aristocracia por medio de la fuerza de este? ¡El quid de la cuestión230 que el señor Techow saca de mi teoría secreta sería entonces el liberalismo burgués más ordinario! ¡Tanto ruido por una tortilla!231 Pero como Techow, por otra parte, sabía que «Marx» no era un liberal burgués, no le quedó otro remedio que «llevarse la impresión de que el fin de todos sus manejos es su dominio personal». «Todos mis manejos»: ¡qué expresión tan moderada para mi única conversación con el señor Techow!
Techow confía además a su Schimmelpfennig, «para comunicarla a los amigos», la monstruosa opinión que yo habría expresado:
«Al fin y al cabo, daba lo mismo que esta miserable Europa se hundiera, cosa que sin la revolución social tendría que ocurrir en breve, y que luego América explotara el viejo sistema a costa de Europa». (P. 148 del «Libro mayor».)
Mi conversación con Techow tuvo lugar a finales de agosto de 1850. En el número de febrero de 1850 de la Revue de la Neue Rheinische Zeitung, es decir, ocho meses antes de que Techow me sonsacara este secreto, revelé al público alemán lo siguiente:
«Pasemos ahora a América. El hecho más importante ocurrido aquí, más importante aún que la revolución de Febrero, es el descubrimiento de las minas de oro de California. Ya ahora, apenas dieciocho meses después, puede preverse que este descubrimiento tendrá resultados mucho más grandiosos que el propio descubrimiento de América... Por segunda vez el comercio mundial toma una nueva dirección... Entonces el océano Pacífico desempeñará el mismo papel que ahora el Atlántico y en la Antigüedad y la Edad Media el Mediterráneo: el papel de la gran vía acuática del tráfico mundial; y el océano Atlántico quedará rebajado al papel de un mar interior, como el que ahora desempeña el Mediterráneo. La única posibilidad de que los países civilizados de Europa no caigan entonces en la misma dependencia industrial, comercial y política en que se encuentran ahora Italia, España y Portugal está en una revolución social», etc. (P. 77 de la Revue, segundo número, febrero de 1850.)232
Solo que al señor Techow le pertenece el «hundirse en breve» de la vieja Europa y la subida al trono de América, que tendría lugar a la mañana siguiente. Lo claro que tenía yo entonces el futuro inmediato de América se ve por el siguiente pasaje de la misma Revue: «La sobreespeculación se desarrollará muy pronto, y aunque el capital inglés entre en masa, esta vez Nueva York seguirá siendo el centro de toda la estafa y, como en 1836, será la primera en sufrir su derrumbe». (P. 149 del número doble de la Revue, mayo a octubre de 1850.) Este pronóstico, que yo había hecho a América en el año 1850, iba a cumplirse al pie de la letra en la gran crisis comercial de 1857. De la «vieja Europa», en cambio, tras describir su auge económico, digo: «Con esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con toda la exuberancia..., no puede hablarse de una verdadera revolución... Las distintas riñas en que se enzarzan ahora los representantes de las diversas fracciones del partido del orden continental, y con las que se comprometen unos a otros, lejos de dar ocasión a una revolución, solo son posibles, por el contrario, porque la base de las relaciones es de momento tan segura y, cosa que la reacción no sabe, tan burguesa. En ella se estrellarán todos los intentos de la reacción por frenar el desarrollo burgués, igual que toda la indignación moral y todas las entusiastas proclamas de los demócratas. Una nueva revolución solo es posible como consecuencia de una crisis». (P. 153, ob. cit.)
En efecto, la historia europea no volvió a tomar un carácter agudo y, si se quiere, revolucionario hasta la crisis de 1857-1858. En efecto, precisamente durante la época de reacción de 1849 a 1859 la industria y el comercio se desarrollaron en el continente en una escala hasta entonces insospechada, y con ellos la base material del dominio político de la burguesía. En efecto, durante esa época, «toda la indignación moral y todas las entusiastas proclamas de la democracia» se estrellaron contra las relaciones económicas.
Si Techow se tomó en broma lo serio de nuestra conversación, se tomó en cambio tanto más en serio lo que tenía de broma. Con la más solemne cara de plañidero informa a su Schimmelpfennig «para comunicarlo a los amigos»:
«Además, Marx: los oficiales son siempre los más peligrosos en las revoluciones; de Lafayette a Napoleón, una cadena de traidores y traiciones. Siempre hay que tener preparados para ellos el puñal y el veneno». (P. 153 del «Libro mayor».)
El lugar común sobre las traiciones de los «señores militares» no querrá imponérmelo ni el propio Techow como idea original. Lo original estaría en el «puñal y el veneno» que siempre hay que tener a punto. ¿No sabía Techow ya entonces que gobiernos realmente revolucionarios, como, por ejemplo, el Comité de Salvación Pública,233 tenían preparados para los «señores militares» medios muy drásticos, sí, pero menos melodramáticos? El puñal y el veneno, a lo sumo, cuadraban con los tejemanejes de una oligarquía veneciana. Si Techow vuelve a estudiar su propia carta, leerá a posteriori la ironía de lo del «puñal y el veneno». El compinche de Vogt, el notorio mouchard bonapartista Edouard Simon, traduce en la Revue contemporaine (XIII, París, 1860, p. 528, en su «Le procès de M. Vogt», etc.) el último pasaje de la carta de Techow con una glosa al margen:
«Marx no es muy amigo de ver oficiales en su banda. Los oficiales son demasiado peligrosos en las revoluciones.
¡Siempre hay que tenerles preparados el puñal y el veneno!
Techow, que es oficial, se da por enterado; vuelve a embarcarse y regresa a Suiza».234
Edouard Simon hace que el pobre Techow se asuste tanto del «puñal y el veneno» que yo le tenía preparados que sale disparado, se embarca y vuelve a Suiza. El Vogt del Imperio235 imprime el pasaje del «puñal y el veneno» en negrita para meter miedo al filisteísmo alemán. Pero el mismo gracioso escribe en sus llamados Estudios:
«El cuchillo y el veneno del español brillan hoy con un resplandor glorioso»: se trataba, claro está, de la independencia de la nación. (P. 79, ob. cit.)
Dicho sea de paso: las fuentes históricas españolas e inglesas sobre el periodo de 1807 a 1814 han refutado hace tiempo las fábulas de envenenamientos inventadas por los franceses. Pero para la politiquería de café236 siguen existiendo, naturalmente, sin que nada las turbe.
Llego por fin a los «chismes» de la carta de Techow, y voy a demostrar con algunos ejemplos su imparcialidad histórica:
«Primero se habló de la competencia entre ellos y nosotros, entre Suiza y Londres. Ellos habían tenido que defender los derechos de la antigua Liga, que, naturalmente, por su posición de partido determinada, no habría podido tolerar amistosamente a su lado a otra en el mismo terreno» (el proletariado). (P. 143 del «Libro mayor».)
La sociedad competidora de Suiza de la que habla aquí Techow, y como representante de la cual se presentó en cierto modo ante nosotros, era la ya mencionada «Centralización Revolucionaria». Su comité central residía en Zúrich y tenía a la cabeza, como presidente, a un abogado, antiguo vicepresidente de uno de los parlamentos de opereta de 1848 y miembro de uno de los gobiernos provisionales alemanes de 1849. En julio de 1850 llegó a Zúrich Dronke, a quien, como miembro de la «Liga» de Londres, el señor abogado presentó una especie de contrato notarial «para comunicármelo». Dice literalmente:
«Entre la Unión Comunista y la Centralización Revolucionaria, en consideración de la necesidad de unir a todos los elementos verdaderamente revolucionarios, y después de que todos los miembros del comité central revolucionario han reconocido el carácter proletario de la próxima revolución, aunque no todos estuvieran en condiciones de adherirse sin reservas al programa establecido desde Londres (el Manifiesto de 1848), se ha convenido en los puntos siguientes:
- Ambas partes están de acuerdo en seguir trabajando una junto a otra: la Centralización Revolucionaria procurando preparar la próxima revolución mediante la unión de todos los elementos revolucionarios; la sociedad de Londres, procurando preparar el dominio del proletariado mediante la organización de los elementos preferentemente proletarios;
- la Centralización Revolucionaria instruye a sus agentes y emisarios para que, al formar secciones en Alemania, señalen a los miembros que parezcan aptos para ingresar en la Unión Comunista la existencia de una organización establecida preferentemente en interés del proletariado;
- y 4., que la dirección para Suiza se deje solo a verdaderos partidarios del Manifiesto de Londres en el “comité central revolucionario” y que se rinda cuentas recíprocamente».
Por este documento, que sigue en mi poder, se ve que no se trataba de dos sociedades secretas «en el mismo terreno» (el proletariado), sino de la alianza de dos sociedades en terrenos diferentes y con tendencias diferentes. Se ve además que la «Centralización Revolucionaria» se declaraba dispuesta, sin dejar de perseguir sus propios fines, a constituir una especie de sucursal de la «Liga de los Comunistas».
La propuesta fue rechazada porque su aceptación era incompatible con el carácter «de principio» de la «Liga».
«Luego le tocó el turno a Kinkel... A eso respondieron... Nunca habían buscado una popularidad barata, ¡al contrario! En cuanto a Kinkel, le habrían dejado de buen grado su popularidad barata si se hubiera estado quieto. Pero después de que publicó aquel discurso de Rastatt en la Abend-Post de Berlín, la paz no fue posible. Que todo el mundo iba a gritar, ya lo sabían; que con ello se jugaban la existencia de su periódico actual» (la Revue de la Rheinische Zeitung) «se lo habían predicho claramente. Y su temor se había cumplido. Se habían hundido con el asunto, habían perdido todos sus suscriptores en la provincia renana y ahora tenían que dejar morir el periódico. Pero eso no les importaba nada». (Pp. 146-148, ob. cit.)
Primero, una rectificación de los hechos: ni la Revue se había hundido entonces, puesto que todavía tres meses más tarde apareció un nuevo número doble, ni habíamos perdido un solo suscriptor en la provincia renana, como puede atestiguar mi viejo amigo J. Weydemeyer,237 antiguo teniente de artillería prusiano y entonces redactor de la Neue Deutsche Zeitung de Fráncfort, que tuvo la amabilidad de cobrar por nosotros el importe de las suscripciones. Por lo demás, Techow, que solo conocía de oídas lo que Engels y yo escribíamos, tenía que haber leído al menos nuestra crítica del discurso de Kinkel, que él mismo critica. ¿A qué venía, pues, su comunicación confidencial a la «buena gente» de Suiza? ¿Por qué «revelarles» lo que nosotros mismos habíamos revelado al público cinco meses antes? En la crítica mencionada se dice literalmente:
«Sabemos de antemano que, al denunciar ante nuestro partido este discurso del “prisionero” Kinkel, provocaremos la indignación general de los embaucadores sentimentales y de los declamadores demócratas. Nos es completamente indiferente. Nuestra tarea es la crítica implacable... y al mantener esta posición nuestra, renunciamos con gusto a la barata popularidad democrática. Con nuestro ataque no empeoramos en absoluto la situación del señor Kinkel: lo recomendamos a la amnistía al confirmar su confesión de que no es el hombre por el que se pretende hacerlo pasar, al declarar que es digno no solo de ser amnistiado, sino incluso de entrar al servicio del Estado prusiano. Además, el discurso ya está publicado». (Pp. 70-71 de la Revue de la Neue Rheinische Zeitung, abril de 1850.)238
Techow habla de que «comprometimos» a los «pequeños grandes hombres»239 de la revolución. Pero no entiende ese «comprometer» en el sentido policial del señor Vogt. Se refiere, al contrario, a la operación con la que quitamos a unas ovejas que se habían disfrazado con pieles de lobo revolucionarias su chocante envoltura, preservándolas así del destino de aquel famoso trovador provenzal al que despedazaron los perros porque creyeron en la piel de lobo con la que iba de caza.240
Como ejemplo de la manera chocante de nuestros ataques, Techow señala en particular la glosa ocasional sobre el general Sigel241 en la exposición de Engels sobre la «campaña por la Constitución del Imperio». (Véase la Revue, marzo de 1850, pp. 70-78.)
Compárese ahora la crítica de Engels, documentada con pruebas, con la siguiente palabrería malintencionada y superficial que la «Asociación de la Emigración» de Londres, dirigida por Techow, Kinkel, Willich, Schimmelpfennig, Schurz, H. B. Oppenheim, Eduard Meyen,242 etc., hizo imprimir contra el mismo general Sigel aproximadamente un año después de nuestro encuentro con Techow, y ello por ningún otro motivo que porque Sigel estaba con la «Asociación de Agitación» de Ruge en vez de con la «Asociación de la Emigración» de Kinkel.
El 3 de diciembre de 1851, bajo el título «La Asociación de Agitación de Londres», el Baltimore Correspondent, por entonces una especie de Moniteur de Kinkel, publicaba la siguiente caracterización de Sigel:
«Veamos además quiénes son esos hombres de peso a los que todos los demás les parecen “políticos inmaduros”. El general en jefe Sigel. Si un día se pregunta a la musa de la historia cómo llegó esta pálida insignificancia al mando supremo, se verá en mayor apuro que con el engendro que es Napoleón. Este es al menos el “sobrino del tío”; pero Sigel no es más que el “hermano de su hermano”. Su hermano se había convertido en un oficial popular por unas manifestaciones contra el Gobierno provocadas por los frecuentes arrestos que había tenido que sufrir por vulgar libertinaje. El joven Sigel creyó que esa era razón suficiente para proclamarse general en jefe y ministro de la Guerra en la primera confusión del alzamiento revolucionario. La artillería de Baden, que había demostrado a menudo su excelencia, tenía bastantes oficiales veteranos y de peso ante los que el joven, colegial teniente Sigel debía hacerse a un lado, y que estaban no poco indignados de tener que obedecer a un individuo joven e insignificante, tan inexperto como falto de talento. Pero allí estaba Brentano, tan débil de cabeza y tan traidor que dejaba hacer todo lo que tenía que arruinar la revolución. Sí, es un hecho ridículo, pero es un hecho, que Sigel se nombró a sí mismo general en jefe y Brentano lo reconoció a posteriori... Notable es, en todo caso, el rasgo de carácter de que Sigel dejara en la estacada, en la lucha desesperada y sin esperanza de Rastatt y de la Selva Negra, sin las tropas de socorro prometidas, a los soldados más valientes del ejército republicano, mientras él se paseaba por Zúrich con charreteras y en el cabriolé del príncipe de Fürstenberg, luciéndose como interesante y desdichado general en jefe. Esa es la conocida grandeza del político maduro que, con el “legítimo sentimiento de su valía” por sus anteriores hazañas, se impuso por segunda vez como general en jefe en la Asociación de Agitación. Ese es el gran Conocido, el “hermano de su hermano”».243
La imparcialidad exige que oigamos también un momento a la «Asociación de Agitación» de Ruge en la persona de su portavoz, Tausenau.244 Tausenau, en una carta abierta fechada en Londres el 14 de noviembre de 1851, «Al ciudadano Seidensticker», observa, entre otras cosas, refiriéndose a la «Asociación de la Emigración» dirigida por Kinkel, Techow, etc.:
«... Usted expresa la convicción de que la unión de todos es, en interés de la revolución, un deber patriótico y una urgencia. La Asociación Alemana de Agitación comparte esta convicción, y sus miembros la han puesto en práctica en interminables intentos de unión con Kinkel y sus partidarios. Pero toda base de una cooperación política se desvanecía en cuanto parecía ganada, y a los viejos desengaños seguían otros nuevos. Arbitrariedades contra acuerdos anteriores, intereses particulares bajo la máscara de la conciliación, mayorías arrancadas sistemáticamente con artimañas, la aparición de magnitudes desconocidas como jefes de partido organizadores, intentos de imponer un comité financiero secreto, y como quieran llamarse todas esas maniobras de rincón y de tablero de ajedrez con las que los políticos inmaduros han creído siempre dirigir desde el exilio los destinos de su país, mientras que el primer calor al rojo de las revoluciones volatiliza tales vanidades en vapor vacío... Los partidarios de Kinkel nos denunciaron pública y oficialmente; la prensa alemana reaccionaria, inaccesible para nosotros, hierve de correspondencias desfavorables para nosotros y favorables a Kinkel, y por último Kinkel se fue a los Estados Unidos para dictarnos, con el llamado empréstito alemán que ha emprendido allí, una unión o, mejor dicho, una subordinación y dependencia como la que se propone todo promotor de fusiones financieras de partidos. La partida de Kinkel se mantuvo tan cuidadosamente en secreto que no nos enteramos de ella hasta la noticia de su llegada a Nueva York por los periódicos americanos... Todo esto y más eran, para revolucionarios serios que no se sobreestimaban, pero que, con la conciencia de sus servicios anteriores, pueden decir con legítimo orgullo que tienen detrás por lo menos partes bien delimitadas del pueblo, motivos imperiosos para entrar en una asociación que, a su manera, procura promover los intereses de la revolución».
Se acusa además a Kinkel de que los fondos que recaudaba debían servir a «una camarilla», como «muestra toda su conducta aquí» (en Londres) «y en América», y no menos «la mayoría de los garantes nombrados por el propio Kinkel».
Al final se dice:
«No prometemos a nuestros amigos ni intereses ni la devolución de sus donativos patrióticos, pero sabemos que justificaremos su confianza con servicios positivos» (¿un servicio real?) «y con una rendición de cuentas escrupulosa, y que algún día, con la publicación de sus nombres por nuestra parte, les aguarda la gratitud de la patria». (Baltimore Wecker del 29 de noviembre de 1851.)
Esa era la clase de «actividad literaria» que los héroes demócratas de la «Asociación de Agitación» y de la «Asociación de la Emigración», a los que se sumó más tarde la «Liga Revolucionaria de los Dos Mundos» fundada por Goegg,245 desplegaron en la prensa germano-americana durante tres años. (Véase el apéndice 6.)
Por lo demás, el escándalo de los refugiados en la prensa americana lo había inaugurado un torneo de papel entre los parlamentarios Zitz y Roesler de Oels.246
Un hecho más, característico de la «buena gente» de Techow.
Schimmelpfennig, el destinatario de la carta de Techow «para comunicarla a los amigos», había creado en París a finales de 1850 (como ya se ha dicho) un llamado comité revolucionario, con Hörfel, Häfner, Goegg y otros (K. Schurz se sumó más tarde).
Hace varios años se me entregó, para que hiciera de ella el uso que quisiera, una carta de un antiguo miembro de ese comité a un refugiado político de aquí. El papel sigue en mi poder.
Dice en ella, entre otras cosas:
«Schurz y Schimmelpfennig formaban todo el comité. Los que se agregaban todavía como una especie de vocales estaban solo para figurar. Aquellos dos señores creían entonces que podrían poner pronto a su Kinkel, al que literalmente habían expropiado para sí, a la cabeza de los asuntos en Alemania. Odiaban sobre todo los sarcasmos de Ruge, así como la crítica y los manejos demoníacos de Marx. En una reunión de aquellos señores con sus vocales nos hicieron de Marx una descripción realmente interesante y nos dieron una idea exagerada de su peligrosidad pandemoníaca... Schurz-Schimmelpfennig presentó una moción para aniquilar a Marx; se recomendaron como medios la sospecha y la intriga, las calumnias más desvergonzadas. Hubo una votación afirmativa y un acuerdo, si quiere usted llamar así a ese juego infantil. El paso siguiente para ponerlo en práctica fue la semblanza de Marx que publicó L. Häfner, a partir de la descripción de Schurz y Schimmelpfennig antes mencionada, en el folletín del Hamburger Nachrichten247 a principios de 1851».
En todo caso, entre el folletín de Häfner y el escrito de Techow existe la más llamativa afinidad electiva, aunque ni el uno ni el otro alcanzan a la Lausiade de Vogt. No hay que confundir la Lausiade con Os Lusíadas de Camões. La Lousiad original es más bien una epopeya heroico-cómica de Peter Pindar.248
V. Regente del Imperio y conde palatino
Vidi un col capo si di merda lordo,
Che non parea, s'era laico, o cherco.
Quei mi sgridò: Perchè se' tu si 'ngordo
Di riguardar più me, che gli altri brutti.
(Dante)249
El Vogt bien cepillado250 siente una enorme necesidad de demostrar por qué precisamente él, como bête noire,251 atrajo las miradas de la «Banda del Azufre». Cherval y la «conspiración frustrada» en la fiesta central de Lausana252 se completan por eso con una aventura, no menos sucedida en la realidad, con el «regente fugitivo del Imperio». Porque Vogt, no hay que olvidarlo, fue en su día gobernador de la ínsula parlamentaria Barataria.253 Cuenta:
«Con el comienzo del año 1850 apareció la Deutsche Monatsschrift de Kolatschek.254 Inmediatamente después de la aparición del primer número, la Banda del Azufre lanzó por medio de uno de sus compañeros, que partió en seguida para América, un panfleto titulado “El regente fugitivo del Imperio, Vogt, con su séquito, y la Deutsche Monatsschrift de Adolph Kolatschek”, que también mencionó la Allgemeine Zeitung... Todo el sistema de la Banda del Azufre se muestra de nuevo en este panfleto». (P. 163, ob. cit.)
Se cuenta luego por extenso cómo en dicho panfleto se «atribuyó» al regente fugitivo del Imperio, Vogt, un artículo anónimo sobre Gagern255 escrito por el profesor Hagen,256 y ello porque
«la Banda del Azufre sabía» que Hagen «vivía entonces en Alemania, la policía de Baden lo tenía sometido a medidas disciplinarias y en aquel momento no se le podía nombrar sin exponerlo a las vejaciones más graves». (P. 163.)
Schily, en su carta fechada en París el 8 de febrero,257 me escribe:
«Que a Greiner, el cual, que yo sepa, no ha estado nunca en Ginebra, lo metieran también en la Banda del Azufre se lo debe a su necrología del “regente fugitivo del Imperio”, de la que los parlamentarios tuvieron por autor a d'Ester,258 que como tal fue proscrito, hasta que yo, correspondendo,259 saqué de su error sobre ese punto a un amigo y colega de Vogt».
Greiner260 era miembro del gobierno provisional del Palatinado. El dominio de Greiner fue «un horror» (véanse los Estudios de Vogt, p. 28), a saber, para mi amigo Engels, al que hizo detener en Kirchheim con falsos pretextos. Todo este suceso tragicómico lo ha contado con detalle el propio Engels en la Revue de la Neue Rheinische Zeitung (pp. 53-55, número de febrero de 1850).261 Y eso es todo lo que sé del señor Greiner. Que el regente fugitivo del Imperio me meta a fuerza de mentiras en su conflicto con el «conde palatino» muestra «de nuevo» todo el «sistema» con el que el Fecundo en Invenciones262 ha compuesto la vida y los hechos «de la Banda del Azufre».
Lo que me reconcilia, sin embargo, es el auténtico humor de Falstaff con que hace partir al conde palatino «en seguida» para América. Después de que el conde palatino hubo disparado el panfleto contra el «regente fugitivo del Imperio» como una flecha de los partos, a Greiner le recorrió un escalofrío de horror. Huyó de Suiza a Francia, de Francia a Inglaterra. No sintiéndose bastante a cubierto ni con el canal de por medio, siguió huyendo hasta Liverpool, a un vapor de la Cunard, donde gritó sin aliento al capitán del barco: «¡Lejos, al otro lado del Atlántico!». Y el «rudo marinero»263 respondió:
«Del poder del Vogt bien puedo salvaros;
de los apuros de la tormenta habrá de ayudaros otro».264
VI. Vogt y la «Neue Rheinische Zeitung»
«Sîn kumber was manecvalt».265
Vogt declara él mismo que en el «Libro mayor» lo que le «importa» (ob. cit., p. 162) es «el desarrollo de su posición personal frente a esa camarilla» (Marx y consortes). Curiosamente, solo cuenta conflictos que nunca ha vivido y solo ha vivido conflictos que nunca cuenta. A sus historias de cazador tengo que oponer, pues, un trozo de historia real. Si se hojea la colección de la Neue Rheinische Zeitung (del 1 de junio de 1848 al 19 de mayo de 1849), se verá que durante el año 1848 el nombre de Vogt, con una sola excepción, no figura ni en los editoriales ni en las correspondencias de la Neue Rheinische Zeitung. Solo aparece en las crónicas diarias de los debates del Parlamento, y el corresponsal de Fráncfort no dejaba nunca de registrar concienzudamente, para gran satisfacción del señor Vogt, los «aplausos» cazados por «los discursos pronunciados por él mismo». Veíamos que, mientras la derecha disponía en Fráncfort de las fuerzas reunidas de un arlequín como Lichnowski266 y un clown como Vincke, la izquierda estaba reducida a las bufonadas aisladas del único Vogt. Comprendíamos que necesitaba ánimos
«ese tipo importante, la maravilla de los niños, el signor Polichinela»,267
y por eso dejábamos hacer tranquilamente al corresponsal de Fráncfort. Un cambio en el tono de las crónicas se produce después de mediados de septiembre de 1848. Vogt, que en los debates sobre el armisticio de Malmö268 había incitado a la insurrección con fanfarronadas revolucionarias, saboteó en cuanto pudo, en el momento decisivo, la aprobación de los acuerdos tomados por la asamblea popular en la Pfingstweide y aprobados por una parte de la extrema izquierda. Cuando la lucha de barricadas había sido aplastada, Fráncfort convertido en un campamento militar y proclamado el estado de sitio, el 19 de septiembre, el mismo Vogt se declaró a favor de la urgencia de la moción de Zachariä269 para aprobar las medidas tomadas hasta entonces por el ministerio del Imperio y dar las gracias a las tropas del Imperio. Antes de que Vogt subiera a la tribuna, hasta Venedey se había opuesto a la «urgencia» de aquellas mociones y había declarado que semejante discusión, en semejante momento, iba contra la dignidad de la asamblea. Pero Vogt estaba por debajo de Venedey. Como castigo, en la crónica parlamentaria puse detrás de la palabra «Vogt» la palabra «charlatán», una indicación lacónica para el corresponsal de Fráncfort.
En el mes de octubre siguiente, Vogt no solo dejó de hacer lo que era propio de su cargo, blandir el palo de bufón sobre las cabezas de la mayoría, entonces arrogante y rabiosamente reaccionaria. Ni siquiera se atrevió a firmar la protesta que Zimmermann, de Spandau,270 presentó el 10 de octubre en nombre de unos cuarenta diputados contra la ley de protección de la Asamblea Nacional. Esta ley, como subrayó con razón Zimmermann, era el ataque más desvergonzado a los derechos del pueblo conquistados por la revolución de Marzo: el derecho de reunión, la libertad de palabra y la libertad de prensa. Hasta Eisenmann271 presentó una protesta parecida. Pero Vogt estaba por debajo de Eisenmann. Cuando más tarde volvió a darse importancia con la fundación de la «Asociación Central de Marzo», su nombre aparece por fin en un artículo de la Neue Rheinische Zeitung (número del 29 de diciembre de 1848),272 en el que se pinta a la «Asociación de Marzo» como «instrumento inconsciente de la contrarrevolución», se hace trizas críticamente su programa y se presenta a Vogt como una mitad de una figura doble cuya otra mitad sería Vincke. Más de un decenio después, ambos «ministros del futuro» han reconocido que se pertenecen el uno al otro y han hecho de la división de Alemania el lema de su unión.273
Que entendimos bien a la «Asociación de Marzo» no solo lo ha mostrado su «desarrollo» posterior. La «Liga Popular» de Heidelberg, la «Asociación Democrática» de Breslau, la «Asociación Democrática» de Jena, etc., rechazaron con burla sus insistentes requiebros, y los miembros de la extrema izquierda que se habían adherido a ella confirmaron con su declaración de baja del 20 de abril de 1849 nuestra crítica del 29 de diciembre de 1848. Vogt, sin embargo, con callada grandeza de alma, amontonaba ascuas sobre nuestra cabeza, como se verá por la siguiente cita: «Número 243 de la Neue Rheinische Zeitung, Colonia, 10 de marzo de 1849.274 “La llamada Asociación de Marzo” de la llamada “Asamblea del Imperio” de Fráncfort tiene la desvergüenza de enviarnos la siguiente carta litografiada:
“La Asociación de Marzo ha decidido que se haga una lista de todos los periódicos que nos han abierto sus columnas y se comunique a todas las asociaciones con las que estamos en relación, para que dichas asociaciones procuren que los periódicos señalados sean preferidos para los anuncios que vengan al caso. Al comunicarles por la presente la lista elaborada, creemos que no hace falta llamar su atención sobre la importancia de los anuncios pagados de un periódico como principal fuente de sustento de toda la empresa. Fráncfort, finales de febrero de 1849.
La Junta de la Asociación Central de Marzo”
En la lista adjunta de esos periódicos que han abierto sus columnas a la Asociación de Marzo y que los partidarios de la Asociación de Marzo deben preferir para los “anuncios que vengan al caso” figura, provista además de una honrosa estrella, también la Neue Rheinische Zeitung. Declaramos por la presente que a la llamada Asociación de Marzo nunca se le han abierto las columnas de nuestro periódico... Si la Asociación de Marzo, por tanto, designa en su informe litografiado, junto a los periódicos que realmente le han abierto sus columnas, a nuestro periódico como uno de sus órganos, eso es una simple calumnia contra la Neue Rheinische Zeitung y una insulsa fanfarronada de la Asociación de Marzo...
A la sucia observación de los patriotas ávidos de ganancias y acosados por la competencia sobre la importancia de los anuncios pagados de un periódico como fuente de sustento de toda la empresa no tenemos, naturalmente, ninguna respuesta. La Neue Rheinische Zeitung se ha distinguido siempre de los patriotas, también en esto como en general, en que nunca ha considerado el movimiento político como una rama de la industria de caballeros de fortuna ni como una fuente de sustento».
Poco después de este rudo rechazo de la fuente de sustento ofrecida por Vogt y consortes, en una reunión de la Asociación Central del Comercio275 se recordó con lágrimas a la Neue Rheinische Zeitung como modelo de «discordia genuinamente alemana». Al final de nuestra réplica a la jeremiada (número 248 de la Neue Rheinische Zeitung) se califica a Vogt de «fanfarrón cervecero de universidad de provincias y Barrot fallido del Imperio». Es verdad que entonces (15 de marzo) todavía no se había comido el ajo en la cuestión del emperador.276 Pero nosotros teníamos claro de una vez por todas quién era el señor Vogt y podíamos tratar por eso su futura traición, que ni él mismo tenía clara todavía, como un hecho consumado.
A partir de entonces, por lo demás, dejamos a Vogt y consortes en manos del joven Schlöffel,277 tan ingenioso como audaz, que había llegado de Hungría a Fráncfort a principios de marzo y desde entonces nos informaba de las tormentas en la charca de ranas del Imperio.
Vogt había caído entretanto tan bajo (él mismo, naturalmente, había contribuido a esa caída más que la Neue Rheinische Zeitung) que hasta Bassermann278 pudo atreverse a marcarlo, en la sesión del 25 de abril de 1849,279 como «apóstata y renegado».
A consecuencia de su participación en la insurrección de Elberfeld,280 un redactor de la Neue Rheinische Zeitung, F. Engels, tuvo que huir, y yo mismo fui expulsado de Prusia poco después, una vez que los repetidos intentos de hacerme callar con procesos se habían estrellado ante los jurados y que el órgano del ministerio del golpe de Estado, la Neue Preußische Zeitung, había denunciado repetidamente «la insolencia del tamaño del Chimborazo de la Neue Rheinische Zeitung, al lado de la cual el Moniteur de 1793 parecería pálido» (véase el número 299 de la Neue Rheinische Zeitung). Semejante «insolencia del tamaño del Chimborazo» estaba en su sitio en una ciudad fortaleza prusiana y en una época en que la contrarrevolución victoriosa trataba de imponerse con una brutalidad desvergonzada.
El 19 de mayo de 1849 apareció el último número de la Neue Rheinische Zeitung (el número rojo). Mientras existió la Neue Rheinische Zeitung, Vogt había aguantado y callado. Cuando algún parlamentario reclamaba, lo hacía siempre de manera modesta, más o menos así:
«¡Señor mío! Aprecio en su periódico la crítica aguda no menos porque vigile con igual rigor a todos los partidos y a todas las personas». (Véase el número 219, del 11 de febrero de 1849, reclamación de Wesendonck.)281
Una semana después del final de la Neue Rheinische Zeitung, Vogt creyó por fin poder agarrar por los pelos, al amparo de la inviolabilidad parlamentaria, la ocasión tanto tiempo echada de menos y desarrollar en «fuerza» la «materia» acumulada durante tanto tiempo en lo más hondo de su corazón.282 Es que un redactor de la Neue Rheinische Zeitung, Wilhelm Wolff, había entrado en la asamblea de Fráncfort, «en proceso de disolución progresiva», como suplente de un parlamentario silesio que se había esfumado.
Para entender la escena siguiente, en la sesión del Parlamento del 26 de mayo de 1849, hay que recordar que entonces la insurrección de Dresde y los movimientos parciales de la provincia renana ya habían sido aplastados, que era inminente la intervención del Imperio en Baden y el Palatinado, que el grueso del ejército ruso marchaba sobre Hungría y, por último, que el ministerio del Imperio había anulado sin más acuerdos tomados por la asamblea. En el orden del día figuraban dos «proclamas al pueblo alemán»: la primera, redactada por Uhland283 y procedente de la mayoría; la otra, de miembros de una comisión de treinta pertenecientes al centro. Presidía el darmstadtiano Reh,284 que después se volvió liebre y se «separó» también de la asamblea «en plena disolución». Cito por el acta taquigráfica oficial, número 229, sesión 228 en la Paulskirche.
Wolff, de Breslau: «¡Señores! Me he inscrito en contra de la proclama al pueblo, de la proclama redactada por la mayoría y leída aquí, porque la considero completamente inadecuada a la situación actual, porque la encuentro demasiado débil, apta solo para aparecer como artículo en los diarios que representan al partido del que ha salido esta proclama, pero no como proclama al pueblo alemán. Y como ahora se ha leído una segunda, solo quiero observar de pasada que contra esta me declararía todavía mucho más, por razones que no necesito exponer aquí». (Una voz del centro: «¿Por qué no?») «Hablo solo de la proclama de la mayoría; es, desde luego, tan moderada que ni siquiera el señor Buß285 ha podido decir gran cosa contra ella, y esa es, sin duda, la peor recomendación para una proclama. No, señores, si quieren ustedes tener todavía alguna influencia sobre el pueblo, no deben hablarle como se hace en la proclama; no pueden hablar de legalidad, de terreno legal y cosas parecidas, sino de ilegalidad, igual que los gobiernos, igual que los rusos, y entiendo por rusos a los prusianos, los austriacos, los bávaros, los hannoverianos». (Inquietud y risas.) «Todos estos quedan comprendidos bajo el nombre común de rusos». (Gran hilaridad.) «Sí, señores, también en esta asamblea están representados los rusos. Tienen que decirles: “Igual que vosotros os ponéis en el terreno legal, también nos ponemos nosotros”. Es el terreno de la fuerza; y expliquen entre paréntesis la legalidad en el sentido de que oponen a los cañones de los rusos la fuerza, columnas de asalto bien organizadas. Si es que hay que lanzar una proclama, lancen una en la que de entrada declaren fuera de la ley al primer traidor al pueblo, al regente del Imperio». (Voces: «¡Al orden!». Vivos aplausos en las tribunas.) «Y lo mismo a todos los ministros». (Nueva inquietud.) «Oh, no me dejo perturbar; él es el primer traidor al pueblo».
Presidente: «Creo que el señor Wolff ha sobrepasado y vulnerado toda consideración. No puede llamar traidor al pueblo al archiduque regente del Imperio ante esta Cámara, y tengo que llamarle al orden por ello. Invito al mismo tiempo a las tribunas, por última vez, a no participar en el debate de la manera en que lo han hecho».
Wolff: «Por mi parte, acepto la llamada al orden y declaro que he querido sobrepasar el orden, que él y sus ministros son traidores». (Desde todos los lados de la Cámara la voz: «¡Al orden, eso es plebeyo!».)
Presidente: «Tengo que retirarle la palabra».
Wolff: «Bien, protesto; he querido hablar aquí en nombre del pueblo y decir lo que se piensa en el pueblo. Protesto contra toda proclama redactada en este sentido». (Gran agitación.)
Presidente: «Señores, ¿quieren concederme la palabra un momento? Señores, el incidente que acaba de producirse es, puedo decirlo, el primero desde que el Parlamento se reúne aquí». (Fue, en efecto, el primero y el único incidente en este club de debate.) «Ningún orador ha declarado aquí todavía que haya querido vulnerar intencionadamente el orden, la base de esta Cámara». (Schlöffel, ante una llamada al orden parecida, en la sesión del 25 de abril, había dicho: «Acepto la llamada al orden, y lo hago con tanto más gusto cuanto que espero que pronto llegue el tiempo en que esta asamblea sea llamada al orden de otra manera».)
«Señores, tengo que lamentar profundamente que el señor Wolff, que acaba de entrar a formar parte de la Cámara, debute de esta manera» (Reh mira el asunto desde el punto de vista de la comedia). «¡Señores! He pronunciado contra él la llamada al orden por la grave vulneración que se ha permitido en lo que respecta al respeto y la consideración que debemos a la persona del regente del Imperio».
La sesión sigue su curso. Hagen y Zachariä pronuncian largos discursos, el uno a favor y el otro en contra de la proclama de la mayoría. Por fin se levanta
Vogt, de Giessen: «¡Señores! Permítanme algunas palabras; no quiero cansarles. Que el Parlamento ya no es como era cuando se reunió el año pasado, señores, es completamente cierto, y damos gracias al cielo» (¡el Vogt de la «fe del carbonero»286 da gracias al cielo!) «por que así haya devenido será»287 (¡eso, haya devenido será!) «y por que los que desesperaban de su pueblo y traicionaron la causa del pueblo en el momento decisivo se hayan separado de la asamblea! Señores, he pedido la palabra» (así que la acción de gracias de antes era solo un camelo) «para defender la corriente cristalina que desde un alma de poeta» (Vogt se pone todo alma) «ha fluido a esta proclama» (defensa de una corriente) «contra la suciedad indigna que se ha arrojado en ella o lanzado contra ella» (la corriente ya la había absorbido la proclama), «para defender estas palabras» (la corriente se convierte, como todo lo demás en Vogt, en palabras) «contra la basura que se ha amontonado en este último movimiento y amenaza con inundarlo todo y ensuciarlo todo allí. ¡Sí, señores! Eso» (la basura, se entiende) «es una basura y es una suciedad» (¡la basura es una suciedad!) «que de esta manera» (¿qué manera?) «se arroja contra todo lo que de puro se pueda pensar, y expreso mi más profunda indignación» (¡Vogt en su más profunda indignación, qué cuadro!)288 «por que algo así» (¿qué?) «haya podido ocurrir».
Y lo que dice es... basura.
Wolff no había dicho ni una sílaba sobre la redacción de Uhland de la proclama. Había sido llamado al orden, como declaró repetidamente el presidente, había desatado toda la tormenta, porque había declarado traidores al pueblo al regente del Imperio y a todos sus ministros y había pedido al Parlamento que los declarara traidores al pueblo. Pero el «archiduque regente del Imperio», el «gastado Habsburgo» (Estudios de Vogt, p. 28), y «todos sus ministros» son para Vogt «todo lo que de puro se pueda pensar». Cantaba con Walther von der Vogelweide:289
«des fürsten milte ûz ôsterrîche
fröit dem süezen rëgen gelîche
beidiu liute und ouch daz lant».
¿Mantenía ya entonces Vogt las «relaciones científicas» con el archiduque Juan que más tarde confesó? (Véase la p. 25 de los documentos del «Libro mayor».)
Diez años después, el mismo Vogt declaraba en los Estudios, p. 27:
«Lo que por lo menos es seguro es que la Asamblea Nacional de Francia y sus jefes subestimaron en su momento las capacidades de Luis Napoleón igual que los jefes de la Asamblea Nacional de Fráncfort las del archiduque Juan, y que cada uno de los dos cucos, en su esfera, les hizo pagar con creces el error cometido. No queremos con ello, ni mucho menos, poner a los dos en la misma línea. La terrible falta de escrúpulos, etc., etc. (de Luis Bonaparte). Todo esto le hace aparecer muy superior al Habsburgo, ya viejo y gastado».
En la misma sesión, Wolff hizo retar a Vogt a pistola por medio del diputado Würth, de Sigmaringen, y, cuando dicho Vogt resolvió conservar su pellejo para el Imperio,290 le amenazó con un castigo corporal. Pero cuando Wolff, al salir de la Paulskirche, encontró a Carlos el Temerario291 flanqueado por dos damas, soltó una carcajada y lo abandonó a su suerte. Aunque es un lobo de dientes y corazón lobunos, Wolff es un cordero con el bello sexo. La única venganza, muy inofensiva, que se tomó fue un artículo en la Revue de la Neue Rheinische Zeitung (número de abril de 1850, p. 73), titulado «Notas tardías sobre el Imperio», donde, a propósito del ex regente del Imperio, se lee:
«En estos días críticos, el centralmarcismo estuvo muy activo. Antes de la retirada de Fráncfort ya había gritado a las asociaciones de marzo y al pueblo alemán en un llamamiento: “¡Conciudadanos! ¡Ha sonado la hora undécima!”. Para reunir un ejército popular lanzó ahora desde Stuttgart una nueva proclama “al pueblo alemán”, y he aquí que la aguja del reloj central de marzo seguía en el mismo sitio, o se le había caído, como al reloj de la catedral de Friburgo, el número XII. En fin, en la proclama se dice otra vez: “¡Conciudadanos! ¡Ha sonado la hora undécima!”. Ojalá hubiera sonado antes, y por lo menos entonces, cuando el héroe central de marzo, Karl Vogt, para satisfacción suya y de los Heuler292 que lo festejaban, apaciguó en Núremberg la revolución de Franconia,293 ¡ojalá hubiera sonado y os hubiera atravesado a la vez la cabeza!... En el edificio del gobierno de Friburgo instaló la regencia sus oficinas. El regente Karl Vogt, a la vez ministro de Asuntos Exteriores y titular de otros muchos ministerios, se tomó también aquí muy a pecho el bien del pueblo alemán. Tras largos estudios de día y de noche había conseguido un invento muy oportuno: los “pasaportes de la regencia del Imperio”. Los pasaportes eran sencillos; ya venían litografiados y se tenían gratis, tantos como pidiera el corazón. Solo tenían el pequeño defecto de que únicamente eran válidos y respetados en la cancillería de Vogt. Quizá algún ejemplar encuentre más tarde su sitio en la colección de curiosidades de algún inglés».
Wolff no siguió el ejemplo de Greiner. En vez de «partir en seguida para América» «tras la aparición» de la Revue, esperó todavía un año en Suiza la venganza del Land-Vogt.294
VII. La campaña de Augsburgo
Poco después de que el ciudadano del cantón de Turgovia hubo terminado su guerra italiana, el ciudadano del cantón de Berna abrió su campaña de Augsburgo.295
«Allí» (en Londres) «era desde siempre la camarilla de Marx la que se encargaba de la mayor parte de las correspondencias» (de la Allgemeine Zeitung) «y estaba ininterrumpidamente en relación con la Allgemeine Zeitung desde el año 1849». (P. 194 del «Libro mayor».)
Aunque el propio Marx no vive en Londres más que desde finales de 1849, es decir, desde su segunda expulsión de Francia, la «camarilla de Marx» parece haber vivido en Londres desde siempre; y aunque la camarilla de Marx «se ha encargado desde siempre de la mayor parte de las correspondencias de la Allgemeine Zeitung», no estuvo, sin embargo, «en relación» con la Allgemeine Zeitung «ininterrumpidamente» más que «desde el año 1849». En todo caso, la cronología de Vogt (y no hay que extrañarse, puesto que el hombre «todavía no pensaba en ocuparse de política» antes de 1848, p. 225, ob. cit.) se divide en dos grandes periodos, a saber, el periodo «desde siempre» hasta 1849 y el periodo de 1849 hasta «este» año.
De 1842 a 1843 dirigí la antigua Rheinische Zeitung, que hizo a la Allgemeine Zeitung una guerra a vida o muerte.296 De 1848 a 1849, la Neue Rheinische Zeitung reanudó la polémica. ¿Qué queda, pues, para el periodo «desde siempre hasta 1849», aparte del hecho de que Marx combatió «desde siempre» a la Allgemeine Zeitung, mientras que Vogt fue, de 1844 a 1847, su «colaborador fijo»? (Véase la p. 225 del «Libro mayor».)
Pasemos ahora al segundo periodo de la historia universal de Vogt.
Yo estaba desde Londres «ininterrumpidamente en relación con la Allgemeine Zeitung», «ininterrumpidamente desde el año 1849», porque «desde el año 1852» un tal Ohly era corresponsal principal en Londres de la Allgemeine Zeitung. Es verdad que Ohly no estuvo en ninguna relación conmigo, ni antes ni después de 1852. Nunca le he visto en mi vida. En la medida en que figuró en la emigración londinense, lo hizo como miembro de la Asociación de la Emigración de Kinkel. Pero eso no cambia nada, porque:
«El antiguo oráculo del bávaro de pura cepa Altenhöfer, que ha aprendido inglés, era mi» (de Vogt) «paisano más cercano, el rubio Ohly, que desde una base comunista intentaba alcanzar puntos de vista poéticos superiores en política y literatura y que, primero en Zúrich y desde el año 1852 en Londres, fue corresponsal principal de la Allgemeine Zeitung hasta que acabó por fin en el manicomio». (P. 195 del «Libro mayor».)297
El mouchard Edouard Simon afrancesa esta vogtiada como sigue:
«Aquí tenemos primero a uno que, desde su punto de partida comunista, había intentado elevarse a las más altas concepciones de la política». («Puntos de vista poéticos superiores en política» superaban las fuerzas hasta de un Edouard Simon.) «Si se cree al señor Vogt, este adepto fue el oráculo de la Gaceta de Augsburgo hasta 1852, época en que murió en un manicomio». (P. 529, Revue contemporaine, tomo XIII, París, 1860.)298
Operam et oleum perdidi,299 puede exclamar Vogt de su «Libro mayor» y de su Ohly. Mientras él hace a su «paisano más cercano» mantener correspondencia desde Londres con la Allgemeine Zeitung a partir de 1852, hasta que «acaba por fin en el manicomio», Edouard Simon dice que, «si se cree a Vogt, Ohly fue el oráculo de la Allgemeine Zeitung hasta 1852, época en que» (dicho sea de paso, todavía vive) «murió en un manicomio». Pero Edouard Simon conoce a su Karl Vogt; Edouard sabe que, una vez que uno se decide a «creer» a su Karl, da exactamente igual qué se le crea, lo que dice o lo contrario de lo que dice.
«El señor Liebknecht», dice Karl Vogt, «lo sustituyó», es decir, a Ohly, «como corresponsal en la Allgemeine Zeitung». «Solo desde que Liebknecht fue proclamado públicamente miembro del partido de Marx lo admitió la Allgemeine Zeitung como corresponsal». (P. 169, ob. cit.)
Aquella proclamación tuvo lugar durante el proceso de los comunistas de Colonia, es decir, a finales de 1852.
En realidad, Liebknecht empezó a colaborar en la primavera de 1851 en el Morgenblatt, donde informaba sobre la Exposición Industrial de Londres. Por mediación del Morgenblatt obtuvo en septiembre de 1855 la corresponsalía de la Allgemeine Zeitung.
«Sus» (de Marx) «compañeros no escriben una línea sin que él esté informado de antemano». (P. 194, ob. cit.)
La prueba es sencilla: «Él» (Marx) «domina a su gente sin condiciones» (p. 195), mientras que Vogt obedece sin condiciones a su Fazy y consortes. Tropezamos aquí con una peculiaridad de la formación de mitos de Vogt. Por todas partes, la escala enana de Giessen o de Ginebra, el marco de ciudad pequeña y el olor de taberna suiza. Trasladando ingenuamente de Ginebra a la metrópoli de Londres el compadreo de camarilla, tan cómodo en su rincón, hace que Liebknecht no escriba en el West End «una línea» de la que yo, en Hampstead, a cuatro millas, «no esté informado de antemano». Y ese mismo servicio a lo La Guéronnière300 lo presto a diario a una multitud de otros «compañeros» dispersos por todo Londres y que mantienen correspondencia con todo el mundo. ¡Qué ocupación tan reconfortante y... qué lucrativa!
El mentor de Vogt, Edouard Simon, familiarizado, si no con las circunstancias de Londres, al menos con las de París, da con inconfundible tacto de artista un impulso de gran ciudad al dibujo de su torpe «amigo del campo»:
«Marx, comme chef de la société, ne tient pas lui-même la plume, mais ses fidèles n'écrivent pas une ligne sans l'avoir consulté: La Gazette d'Augsbourg sera d'autant mieux servie». (P. 529, ob. cit.) Es decir: «Marx, como jefe de la sociedad, no escribe él mismo, pero sus fieles no escriben una línea sin consultarle antes. La Gaceta de Augsburgo estará tanto mejor servida».
¿Percibe Vogt toda la finura de esta corrección? Yo tenía que ver con la correspondencia de Liebknecht desde Londres en la Allgemeine Zeitung exactamente lo mismo que con la correspondencia de Vogt desde París en la Allgemeine Zeitung. Por lo demás, la correspondencia de Liebknecht era del todo encomiable: una exposición crítica de la política inglesa, que describía en la Allgemeine Zeitung exactamente igual que en las correspondencias que escribía al mismo tiempo para periódicos germano-americanos radicales. El propio Vogt, que ha registrado con ansiedad colecciones enteras de la Allgemeine Zeitung en busca de algo comprometedor en las cartas de Liebknecht, limita su crítica del contenido a que el signo de corresponsal de Liebknecht eran «dos rayitas delgadas inclinadas». (P. 196 del «Libro mayor».)
Lo inclinado de las rayas probaba, desde luego, que la correspondencia andaba torcida, ¡y no digamos lo «delgado»! ¡Si al menos Liebknecht, en vez de dos «rayas delgadas», hubiera pintado en su blasón de corresponsal dos redondos ojos de grasa!301 Pero si la correspondencia no tiene más tacha que «dos rayitas delgadas inclinadas», queda el reparo de que apareciera en la Allgemeine Zeitung. ¿Y por qué no en la Allgemeine Zeitung? La Allgemeine Zeitung, como es sabido, da la palabra a los puntos de vista más diversos, al menos en terrenos neutrales como el de la política inglesa, y además pasa en el extranjero por el único órgano alemán de importancia más que local. Liebknecht podía escribir tranquilamente cartas de Londres en el mismo periódico en que Heine escribió sus «Cartas de París» y Fallmerayer sus «Cartas de Oriente».302 Vogt cuenta que en la Allgemeine Zeitung colaboran también personas indecentes. Él mismo fue, como es sabido, colaborador suyo de 1844 a 1847.
En cuanto a mí mismo y a Friedrich Engels (menciono a Engels porque los dos trabajamos según un plan común y de acuerdo previo), es verdad que en 1859 entramos en cierto modo «en relación» con la Allgemeine Zeitung. Durante los meses de enero, febrero y marzo de 1859 publiqué una serie de editoriales en el New York Tribune en los que, entre otras cosas, se sometía a una crítica detallada «la teoría de la gran potencia centroeuropea» de la Allgemeine Zeitung y su afirmación de que la continuidad del dominio austriaco en Italia era un interés alemán. Engels, poco antes del estallido de la guerra y de acuerdo conmigo, publicó El Po y el Rin, Berlín, 1859, un folleto dirigido especialmente contra la Allgemeine Zeitung, que, por decirlo con palabras de Engels (p. 4 de su folleto Saboya, Niza y el Rin, Berlín, 1860),303 demostraba con argumentos de ciencia militar «que Alemania no necesitaba ningún trozo de Italia para su defensa y que Francia, si solo hubieran de valer razones militares, tendría en todo caso pretensiones mucho más fuertes sobre el Rin que Alemania sobre el Mincio». Pero en nosotros esta polémica contra la Allgemeine Zeitung y su teoría de la necesidad del dominio violento de Austria en Italia iba de la mano de la polémica contra la propaganda bonapartista. Así, por ejemplo, demostré con detalle en el Tribune (véase, por ejemplo, febrero de 1859) que la situación financiera y política interior del bas empire304 había llegado a un punto crítico en el que solo una guerra exterior podía prolongar el dominio del golpe de Estado en Francia y, con él, el de la contrarrevolución en Europa. Demostré que la liberación bonapartista de Italia no era más que un pretexto para mantener sojuzgada a Francia, someter Italia al golpe de Estado, desplazar hacia Alemania las «fronteras naturales» de Francia, convertir a Austria en un instrumento ruso y arrastrar a los pueblos a una guerra de la contrarrevolución legítima contra la ilegítima. Todo esto ocurrió antes de que el ex Vogt del Imperio tocara la trompeta desde Ginebra.
Desde el artículo de Wolff en la Revue de la Neue Rheinische Zeitung (1850) había olvidado por completo a la «naturaleza redondeada». Me acordé de nuevo del alegre compadre en la primavera de 1859, una tarde de abril, cuando Freiligrath305 me dio a leer una carta de Vogt con un «Programa» político adjunto. No era una indiscreción, porque la misiva de Vogt estaba destinada «a comunicarse» a los amigos, no de Vogt, sino del destinatario.
A la pregunta de qué me parecía el «Programa», respondí: «Politiquería de café». Reconocí en el acto al viejo bromista en su ruego a Freiligrath de que ganara al señor Bucher como corresponsal político para el periódico de propaganda que se proyectaba en Ginebra. La carta de Vogt estaba fechada el 1 de abril de 1859. Como es sabido, Bucher había sostenido desde enero de 1859, en su correspondencia de Londres para la National-Zeitung de Berlín, opiniones absolutamente contrarias al programa de Vogt; pero al hombre de la «inmediatez crítica»306 todas las vacas le parecen pardas.
Después de este suceso, que me pareció demasiado insignificante para hablar de él a nadie, recibí los Estudios sobre la situación actual de Europa de Vogt, un escrito lamentable que no me dejó ninguna duda sobre su conexión con la propaganda bonapartista.
La tarde del 9 de mayo de 1859 me encontraba en la tribuna de un mitin público que David Urquhart307 celebraba con motivo de la guerra italiana. Antes aún de abrirse el mitin, una figura grave se me acercó con aire solemne. Por la expresión hamletiana de su fisonomía reconocí en el acto que «algo está podrido en el Estado de Dinamarca». Era el homme d'état308 Karl Blind.309 Tras algunas frases preliminares, pasó a hablar de las «maquinaciones» de Vogt y me aseguró, meneando la cabeza con énfasis, que Vogt recibía subsidios bonapartistas para su propaganda; que a un escritor del sur de Alemania, al que «por desgracia» no podía nombrarme, le habían ofrecido 30.000 florines para sobornar a Vogt (no acababa yo de ver qué escritor del sur de Alemania valía 30.000 florines); que había habido intentos de soborno en Londres; que ya en 1858, en una reunión en Ginebra entre Plon-Plon, Fazy y consortes, se había deliberado sobre la guerra italiana y se había designado al gran duque ruso Constantino como futuro rey de Hungría; que Vogt le había invitado también a él (a Blind) a colaborar en su propaganda; que él tenía pruebas de las maquinaciones de alta traición de Vogt. Blind volvió a su asiento, en el otro extremo de la tribuna, junto a su amigo J. Fröbel;310 el mitin empezó, y D. Urquhart trató de presentar en un largo discurso la guerra italiana como fruto de la intriga ruso-francesa.311
Hacia el final del mitin se me acercó el doctor Faucher,312 redactor de internacional del Morning Star (órgano de la escuela de Manchester), y me contó que acababa de aparecer en Londres un nuevo semanario alemán, Das Volk. El periódico obrero Die Neue Zeit, editado por el señor A. Scherzer313 y dirigido por Edgar Bauer,314 había desaparecido a consecuencia de una intriga de Kinkel, el editor del Hermann. Enterado de ello, Biscamp,315 hasta entonces corresponsal de Die Neue Zeit, había dejado su puesto de profesor en el sur de Inglaterra para oponer en Londres Das Volk al Hermann. La Asociación Cultural Obrera Alemana y algunas otras asociaciones de Londres apoyaban al periódico, que, naturalmente, como todos los periódicos obreros parecidos, se redactaba y escribía gratis. Él mismo, Faucher, aunque como free-trader316 era ajeno a la tendencia de Das Volk, no quería tolerar ningún monopolio en la prensa alemana de Londres y había fundado por eso, con otros conocidos de Londres, un comité financiero para apoyar al periódico. Biscamp se había dirigido ya por escrito a Liebknecht, a quien no conocía, pidiéndole colaboraciones literarias, etc. Por último, Faucher me pidió que participara en Das Volk.
Aunque Biscamp vivía en Inglaterra desde 1852, hasta entonces no nos conocíamos. Un día después del mitin de Urquhart, Liebknecht lo trajo a mi casa. No pude atender de momento, por falta de tiempo, la invitación a escribir para Das Volk, pero prometí pedir a mis amigos alemanes de Inglaterra que se suscribieran, aportaran dinero y enviaran colaboraciones literarias. En el curso de la conversación llegamos a hablar del mitin de Urquhart, lo que nos llevó a Vogt, cuyos Estudios conocía ya Biscamp y juzgaba como es debido. Le comuniqué a él y a Liebknecht el contenido del «Programa» de Vogt y de las revelaciones de Blind, pero observé, a propósito de estas últimas, que era costumbre del sur de Alemania cargar las tintas. Para sorpresa mía, el número 2 de Das Volk (14 de mayo) traía un artículo titulado «El regente del Imperio como traidor al Imperio» (véase el «Libro mayor», documentos, pp. 17-18), en el que Biscamp mencionaba dos de los hechos aducidos por Blind: los 30.000 florines, que sin embargo rebajaba a 4.000, y el origen bonapartista de los fondos de operaciones de Vogt. Por lo demás, su artículo consistía en chistes a la manera de Die Hornisse, que había dirigido en 1848-1849 junto con Heise en Kassel.317 La Asociación Cultural Obrera Alemana de Londres, como supe mucho después de que apareciera el «Libro mayor» (véase el apéndice 8), había encargado entretanto a uno de sus dirigentes, el señor Scherzer, que pidiera a las asociaciones culturales obreras de Suiza, Bélgica y los Estados Unidos que apoyaran a Das Volk y lucharan contra la propaganda bonapartista. El citado artículo de Das Volk del 14 de mayo de 1859 se lo envió por correo a Vogt el propio Biscamp, y Vogt recibió al mismo tiempo la circular del señor A. Scherzer por medio de su propio Ranickel.
Vogt, con su conocida «inmediatez crítica», me metió en el acto, con la imaginación, como demiurgo en la trama que le resultaba adversa. Sin más, publicó por eso el esbozo de su posterior chapucería histórica en el tantas veces citado «Suplemento extraordinario al número 150 del Schweizer Handels-Courier». Este evangelio primitivo, en el que se revelaron por primera vez los misterios de la Banda del Azufre, de los Bürstenheimer, de Cherval, etc., con fecha en Berna el 23 de mayo de 1859318 (y por tanto de fecha más reciente que el evangelio de los mormones), llevaba el título «Para advertencia» («Zur Warnung») y seguía, como correspondía, a un fragmento de traducción de un folleto del notorio E. About.319320
El evangelio primitivo anónimo de Vogt, «Para advertencia», se reprodujo, como ya se ha dicho antes, en Das Volk a petición mía.
A principios de junio salí de Londres para visitar a Engels en Manchester, donde se reunió para Das Volk una suscripción de unas 25 libras esterlinas. Fr. Engels, W. Wolff, yo y, por último, tres médicos alemanes residentes en Manchester, cuyos nombres figuran en un documento judicial que envié a Berlín, aportamos esa ayuda, cuya «naturaleza» lleva al «curioso» Vogt a echar «una mirada al otro lado del canal» hacia Augsburgo y Viena (p. 212 del «Libro mayor»). Sobre las colectas del comité financiero original en Londres, que se informe Vogt con el doctor Faucher.
Vogt enseña en la p. 225 del «Libro mayor»:
«Pero ha sido desde siempre un artificio de la reacción exigir a los demócratas que lo hagan todo gratis, mientras que ella misma» (es decir, no los demócratas, sino la reacción) «reclama para sí el privilegio de hacerse pagar y de ser pagada».
¡Qué artificio reaccionario de Das Volk, pues, no solo ser redactado y escrito gratis, sino además hacer pagar encima a sus colaboradores! Si eso no es una prueba de la conexión entre Das Volk y la reacción, a Karl Vogt se le para el entendimiento.
Durante mi estancia en Manchester ocurrió en Londres un suceso de importancia decisiva. Liebknecht encontró en la imprenta de Hollinger (impresor de Das Volk) la prueba de imprenta de la hoja volante anónima dirigida contra Vogt, «Para advertencia»; la leyó por encima, reconoció en el acto las revelaciones de Blind y supo además, por si fuera poco, por el cajista A. Vögele, que Blind había entregado a Hollinger, para que lo imprimiera, el manuscrito escrito de su puño y letra. Las correcciones que había en la prueba eran también de mano de Blind. Dos días después Liebknecht recibió de Hollinger la prueba, que envió a la Allgemeine Zeitung. La composición de la hoja volante se conservó y sirvió más tarde para reimprimirla en el número 7 de Das Volk (del 18 de junio de 1859).321
Con la publicación de la «Advertencia» por la Allgemeine Zeitung empieza la campaña de Augsburgo del ex Vogt del Imperio. Demandó a la Allgemeine Zeitung por reproducir la hoja volante.
En el «Libro mayor» (pp. 227-228), Vogt hace una parodia del «¡Soy yo, soy yo, soy el bandido Jaromir!» de Müllner.322 Solo que lo traduce del ser al haber.
«He demandado porque sabía de antemano que toda la vacuidad, la nulidad y la miseria de esa redacción que pretende ser “representante de la alta cultura alemana” tenían que salir a la luz; he demandado porque sabía de antemano que la conexión de esa loable redacción, y de la política austriaca que ella pone por las nubes, con la Banda del Azufre y la escoria de la revolución tenía que hacerse pública»,
y otros cuatro «he demandado» a continuación. El Vogt que ha demandado se vuelve sublime, o Longino tiene razón al opinar que no hay nada más seco en el mundo que un hidrópico.323
«La consideración personal», exclama la «naturaleza redondeada», «fue el menor de los motivos de mi demanda».
En la realidad, sin embargo, las cosas ocurrieron de otro modo. Ningún ternero pudo resistirse con más miedo al matadero que Karl Vogt al banquillo de los acusados. Mientras sus amigos «más cercanos», el Ranickel, Reinach (antes la chronique scandaleuse ambulante sobre Vogt) y el parlamentario rabadilla Mayer, de Esslingen, charlatán y prolijo,324 le confirmaban en su miedo al banquillo, recibía de Zúrich apremiantes exhortaciones a proceder con la «demanda». En la fiesta obrera de Lausana, el peletero Roos le declaró ante testigos que ya no podría respetarle si no pleiteaba. Pero Vogt se obstinaba: le importaban un bledo la Banda del Azufre de Augsburgo y la de Londres, y callaría. De pronto, sin embargo, habló. Varios periódicos anunciaron su proceso, y el Ranickel manifestó:
«Los de Stuttgart» (a Vogt) «le habrían dejado en paz. Él» (Ranickel) «no había dado su aprobación».
Por lo demás, puesto que el «redondeado» se encontraba en un aprieto, una demanda contra la Allgemeine Zeitung parecía sin duda la maniobra más prometedora. La autoapología de Vogt contra un ataque de J. Venedey, que le había acusado de maquinaciones bonapartistas, vio la luz en el Handels-Courier de Biel del 16 de junio de 1859, y llegó por tanto a Londres después de la aparición de la hoja volante anónima, que terminaba con la amenaza:
«Pero si Vogt, cosa que difícilmente puede atreverse a hacer, quisiera negarlo, a esta revelación seguirá un número 2».
Vogt lo había negado, y lo que no siguió fue la revelación número 2. Asegurado así por este lado, solo podía amenazarle ya alguna desgracia de parte de los queridos conocidos, a los que conocía lo bastante para contar con sus cobardes miramientos. Cuanto más se exponía públicamente con una demanda, con tanta más seguridad podía girar letras contra su discreción, porque en el «regente fugitivo del Imperio» estaba en cierto modo en la picota todo el Parlamento rabadilla.
El parlamentario Jacob Venedey se va de la lengua en las pp. 27-28 de su Pro domo und Pro patria gegen Karl Vogt, Hannover, 1860, de este modo:
«Además de las cartas publicadas en la exposición de su proceso por Vogt, he leído otra carta de Vogt que ponía de manifiesto, mucho más claramente que aquella dirigida al doctor Loening, la posición de Vogt como ayudante de quienes no reparaban en gastos para localizar la guerra en Italia. He copiado de esa carta, para mi convicción, un par de pasajes que por desgracia no puedo publicar aquí, porque la persona a la que iba dirigida la carta me los comunicó con la promesa de no publicarlos. Consideraciones personales y de partido han tratado de encubrir los manejos de Vogt en este asunto de una manera que no me parece justificada ni ante el partido ni ante el deber viril para con la patria. Esta reserva de muchas partes es la causa de que Vogt siga atreviéndose a presentarse con descaro como jefe de partido alemán. A mí, en cambio, me parece que precisamente por eso el partido al que pertenecía Vogt se vuelve medio corresponsable de sus manejos».325
Así pues, si el riesgo de un proceso contra la Allgemeine Zeitung no era en absoluto excesivo, una ofensiva en esa dirección ofrecía, por otra parte, al general Vogt la base de operaciones más favorable. Era Austria la que difamaba al Vogt del Imperio por medio de la Allgemeine Zeitung, ¡y Austria aliada con los comunistas! Así, el Vogt del Imperio aparecía como víctima interesante de una monstruosa coalición entre los enemigos del liberalismo burgués. ¡Y la prensa de la Pequeña Alemania,326 ya bien dispuesta hacia el Vogt del Imperio porque es un menguador del Imperio,327 lo alzaría jubilosa sobre el pavés!
A principios de julio de 1859, poco después de mi vuelta de Manchester, Blind vino a verme con motivo de un incidente que aquí no importa. Le acompañaban Fidelio Hollinger y Liebknecht. En ese encuentro expresé mi convicción de que él era el autor de la hoja volante «Para advertencia». Él aseguró lo contrario. Le repetí punto por punto sus comunicaciones del 9 de mayo, que constituían en efecto todo el contenido de la hoja. Todo eso lo admitió, pero, a pesar de todo, él no era el autor de la hoja volante.
Aproximadamente un mes después, en agosto de 1859, Liebknecht me enseñó un escrito de la redacción de la Allgemeine Zeitung en el que se le pedían con urgencia pruebas de los cargos contenidos en la hoja volante «Para advertencia». A petición suya, decidí acompañarle a St. John's Wood, al domicilio de Blind, que, aunque no fuera el autor de la hoja volante, sabía en todo caso ya a principios de mayo lo que la hoja no reveló al mundo hasta principios de junio y, además, podía «probar» lo que sabía. Blind estaba ausente. Se encontraba en unos baños de mar. Liebknecht le informó, pues, por escrito del objeto de nuestra visita. Ninguna respuesta. Liebknecht escribió una segunda carta. Por fin llegó el siguiente documento de hombre de Estado:
«¡Querido señor Liebknecht!
Sus dos cartas, con la dirección equivocada, me llegaron casi al mismo tiempo. Como comprenderá, no deseo en absoluto mezclarme en los asuntos de un periódico que me es completamente ajeno. En el caso presente, tanto menos cuanto que, como ya dije antes, no tuve parte alguna en el asunto mencionado. En cuanto a las observaciones hechas en conversación privada que usted aduce, han sido evidentemente entendidas de manera completamente falsa, y hay sobre ellas un error del que hablaré de palabra en alguna ocasión. Lamentando que hiciera usted en vano el camino hasta mi casa con Marx,
quedo con todo respeto suyo, K. Blind
St. Leonard's, 8 de septiembre»
Esta nota diplomáticamente fría, según la cual Blind «no tuvo parte alguna» en la denuncia contra Vogt, me recordó un artículo que había aparecido anónimo el 27 de mayo de 1859 en la Free Press de Londres y que, traducido, dice así:
«El gran duque Constantino como futuro rey de Hungría
Un corresponsal que nos adjunta su tarjeta de visita nos escribe: ¡Señor mío!
Estuve presente en el último mitin328 en el Music Hall y oí la observación hecha sobre el gran duque Constantino. Estoy en condiciones de comunicarle otro hecho. Ya el verano pasado, el príncipe Jérôme-Napoléon detalló a algunos de sus confidentes en Ginebra un plan de ataque contra Austria y una remodelación del mapa de Europa en perspectiva. Conozco el nombre de un senador suizo al que le expuso el asunto. El príncipe Jérôme declaró entonces que, según el plan trazado, el gran duque Constantino había de ser rey de Hungría.
Conozco además intentos que se hicieron a comienzos del presente año para ganar para el plan ruso-napoleónico tanto a algunos demócratas alemanes exiliados como a liberales influyentes en Alemania. Se les ofrecieron como soborno grandes ventajas pecuniarias. (Large pecuniary advantages were held out to them as a bribe.) Me alegra decir que estas ofertas fueron rechazadas con indignación». (Véase el apéndice 9.)
Este artículo, en el que Vogt no estaba nombrado, pero sí señalado de manera inconfundible para la emigración alemana de Londres, contiene en efecto el núcleo de la hoja volante «Para advertencia», aparecida más tarde. El autor del «futuro rey de Hungría», al que el celo del deber patriótico empujó a la denuncia anónima de Vogt, tenía, naturalmente, que aprovechar con avidez la ocasión de oro que le ponía en el regazo el proceso de Augsburgo, la ocasión de desenmascarar judicialmente la traición ante los ojos de toda Europa. ¿Y quién era el autor del «futuro rey de Hungría»? El ciudadano Karl Blind. Eso me lo habían revelado ya en el mes de mayo la forma y el contenido del artículo, y eso fue confirmado oficialmente ahora por el director de la Free Press, el señor Collet,329 en cuanto le expliqué la importancia de la cuestión pendiente y le comuniqué la nota diplomática de Blind.
El 17 de septiembre de 1859, el cajista señor A. Vögele me dio una declaración escrita (reproducida en el «Libro mayor», documentos, núms. 30 y 31) en la que atestigua, no que Blind sea el autor de la hoja volante «Para advertencia», pero sí que él mismo (A. Vögele) y su patrono, Fidelio Hollinger, compusieron la hoja en la imprenta de Hollinger, que el manuscrito estaba escrito de mano de Blind y que Hollinger le había señalado de pasada a Blind como autor de la hoja volante.
Apoyándose en la declaración de Vögele y en el «Futuro rey de Hungría», Liebknecht escribió entonces otra vez a Blind pidiéndole «pruebas» de los hechos denunciados por este hombre de Estado en la Free Press, y le comunicó al mismo tiempo que ahora había una prueba de su participación en la publicación de la hoja volante «Para advertencia». En lugar de contestar a Liebknecht, Blind me envió al señor Collet. El señor Collet debía pedirme en nombre de Blind que no hiciera ningún uso público de lo que yo sabía sobre la autoría del citado artículo de la Free Press. Le respondí que no podía comprometerme a nada. Mi discreción iría al mismo paso que la valentía de Blind.
Entretanto se acercaba la fecha de la apertura del proceso en Augsburgo. Blind callaba. Vogt, en sus diversas declaraciones públicas, había intentado endosarme la hoja volante y la prueba de lo que afirmaba la hoja, como su autor secreto. Para rechazar esta maniobra, para justificar a Liebknecht y para defender a la Allgemeine Zeitung, que en mi opinión había hecho una buena obra con la denuncia de Vogt, hice saber a la redacción de la Allgemeine Zeitung, por medio de Liebknecht, que estaba dispuesto a enviarle un documento relativo al origen de la hoja volante «Para advertencia» si me lo pedía por escrito. Así se produjo la «animada correspondencia que precisamente ahora mantiene Marx con el señor Kolb»,330 como cuenta Vogt en la p. 194 del «Libro mayor».331 Esta mi «animada correspondencia con el señor Kolb» consistía, en efecto, en dos cartas del señor Orges332 dirigidas a mí, ambas de la misma fecha, en las que me pedía el documento prometido, que le envié luego con unas líneas mías.333
Las dos cartas del señor Orges, que en realidad no eran más que la edición doble de la misma carta, llegaron a Londres el 18 de octubre de 1859, mientras que la vista en Augsburgo debía celebrarse ya el 24 de octubre. Escribí, pues, en el acto al señor Vögele para citarle al día siguiente en el local del tribunal de policía de Marlborough, donde debía dar a su declaración sobre la hoja volante «Para advertencia» la forma judicial de un afidávit.334 Mi carta no le llegó a tiempo. El 19 de octubre,335 por tanto, contra mi intención inicial, tuve que enviar a la Allgemeine Zeitung, en vez de un afidávit, la declaración escrita del 17 de septiembre antes mencionada.336
La vista de Augsburgo se perdió, como es sabido, en una verdadera comedia de equivocaciones. El corpus delicti era la hoja volante «Para advertencia», reproducida por la Allgemeine Zeitung y enviada a ella por W. Liebknecht. Pero el editor y el autor de la hoja jugaban a la gallina ciega; Liebknecht no podía hacer comparecer a sus testigos, que estaban en Londres, ante un tribunal de Augsburgo; los redactores de la Allgemeine Zeitung, en su apuro jurídico, peroraban una jerigonza políticamente insulsa; el doctor Hermann337 contaba las historias de cazador de la «naturaleza redondeada» sobre la Banda del Azufre, la fiesta de Lausana, etc., y el tribunal, por último, desestimó la demanda de Vogt porque el demandante se había equivocado de jurisdicción. La confusión llegó a su punto culminante cuando el proceso de Augsburgo hubo terminado y la crónica llegó a Londres con la Allgemeine Zeitung. Blind, que hasta entonces había guardado inviolable su silencio de hombre de Estado, salta de pronto a la arena pública, espantado por el testimonio del cajista Vögele que yo había presentado. Vögele no había declarado que Blind fuera el autor de la hoja volante, sino solo que Fidelio Hollinger se lo había señalado como tal. En cambio, Vögele declaraba categóricamente que el manuscrito de la hoja volante estaba escrito con la letra de Blind, que él conocía, y que se había compuesto e impreso en la imprenta de Hollinger. Blind podía ser el autor de la hoja volante aunque no estuviera escrita con la letra de Blind ni compuesta en la imprenta de Hollinger. A la inversa, la hoja podía estar escrita por Blind e impresa por Hollinger aunque Blind no fuera su autor.
En el número 313 de la Allgemeine Zeitung, con fecha en Londres el 3 de noviembre (véase el «Libro mayor», documentos, pp. 37-38), el ciudadano y hombre de Estado Blind declara que él no es el autor de la hoja volante y, como prueba, «publica» «el siguiente documento»:
«a) Declaro por la presente que la afirmación del cajista Vögele contenida en el número 300 de la Allgemeine Zeitung, según la cual la hoja volante allí mencionada, “Para advertencia”, se habría impreso en mi imprenta o el señor Karl Blind sería su autor, es una invención malintencionada.
3, Litchfield Street, Soho, Londres, 2 de noviembre de 1859
Fidelio Hollinger»
«b) El abajo firmante, que vive y trabaja desde hace 11 meses en el n.º 3 de Litchfield Street, da por su parte testimonio de la exactitud de las declaraciones del señor Hollinger.
Londres, 2 de noviembre de 1859
J. F. Wiehe, cajista»
Vögele no había afirmado en ninguna parte que Blind fuera el autor de la hoja volante. Fidelio Hollinger, pues, primero inventa la afirmación de Vögele para declararla después «invención malintencionada». Por otra parte, si la hoja volante no se había impreso en la imprenta de Hollinger, ¿cómo sabía el susodicho Fidelio Hollinger que Karl Blind no era su autor?
¿Y cómo puede la circunstancia de que «vive y trabaja» en casa de Hollinger «desde hace 11 meses» (contando hacia atrás desde el 2 de noviembre de 1859) capacitar al cajista Wiehe para atestiguar la «exactitud de esta declaración de Fidelio Hollinger»?
Mi respuesta a esta declaración de Blind (n.º 325 de la Allgemeine Zeitung, véase el «Libro mayor», documentos, pp. 39-40) terminaba con estas palabras: «El traslado del proceso de Augsburgo a Londres resolvería todo el mystère338 Blind-Vogt».
Blind, con toda la indignación moral de un alma bella herida, vuelve al ataque en el «Suplemento a la Allgemeine Zeitung del 11 de diciembre de 1859»:
«Al remitirme reiteradamente» (téngase esto presente) «a los documentos firmados por el propietario de la imprenta, señor Hollinger, y por el cajista Wiehe, declaro por última vez que la imputación, que ahora ya solo se presenta como insinuación, de que yo sea el autor de la tan mencionada hoja volante es una simple falsedad. En las demás afirmaciones sobre mí hay las más groseras deformaciones».
En una posdata a esta declaración, la redacción de la Allgemeine Zeitung observa que «la discusión ya no interesa al gran público» y pide por eso «a los señores a quienes concierne que renuncien a eventuales nuevas réplicas», lo que la «naturaleza redondeada», al final del «Libro mayor», comenta así:
«En otras palabras: la redacción de la Allgemeine Zeitung pide a los señores Marx, Biscamp339 y Liebknecht, presentados como simples mentirosos, que no sigan poniéndose en ridículo ni poniendo en ridículo a la Allgemeine Zeitung».
Así terminó, provisionalmente, la campaña de Augsburgo.
Recayendo en el tono de su Lausiade, Vogt hace que el «cajista Vögele» preste ante mí y ante Liebknecht «un falso testimonio». (P. 195 del «Libro mayor».) El origen de la hoja volante, en cambio, lo explica diciendo que Blind
«quizá urdió y fue chismorreando concepciones de sospecha. Con eso forjó luego la Banda del Azufre el panfleto y otros artículos, que le echaron en cara al acorralado Blind». (P. 218, ob. cit.)
Si el Vogt del Imperio no reabrió en Londres, como se le había invitado a hacer, su campaña indecisa, fue en parte porque Londres es «un rincón» (p. 229 del «Libro mayor») y en parte porque las partes interesadas «se acusan mutuamente de falsedad». (Loc. cit.)
La «inmediatez crítica» del hombre solo considera oportuna la intervención de los tribunales cuando las partes no discuten sobre la verdad. Me salto ahora tres meses para retomar el hilo de mi relato a principios de febrero de 1860. El «Libro mayor» de Vogt todavía no había llegado a Londres, pero sí la antología de la National-Zeitung de Berlín,340 en la que, entre otras cosas, se dice:
«El partido de Marx podía muy fácilmente cargar la autoría de la hoja volante a Blind, precisamente porque, y después de que, este se había expresado en un sentido parecido en conversación con Marx y en el artículo de la Free Press; utilizando estas afirmaciones y giros de Blind podía forjarse la hoja volante de modo que pareciera fabricación suya».
Blind, que, igual que Falstaff tiene la discreción por la mejor parte del valor, tiene el silencio por todo el arte de la diplomacia, Blind volvió a callar. Para soltarle la lengua, publiqué una circular en inglés con mi firma, fechada en Londres el 4 de febrero de 1860. (Véase el apéndice 11.)
Esta circular, dirigida al director de la Free Press, dice, entre otras cosas:
«Antes de dar otros pasos, tengo que desenmascarar a los sujetos que evidentemente han hecho el juego a Vogt. Declaro, pues, públicamente que la declaración de Blind, Wiehe y Hollinger según la cual la hoja volante anónima no se imprimió en el local de Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho, es una mentira infame».341 Después de exponer mis pruebas, termino con estas palabras:
«En consecuencia, declaro de nuevo que el arriba mencionado Karl Blind es un mentiroso infame (deliberate liar). Si estoy equivocado, puede refutarme fácilmente apelando a un tribunal inglés».
El 6 de febrero de 1860, un diario de Londres (el Daily Telegraph; volveré sobre ello más adelante) reprodujo con el título «The Journalistic Auxiliaries of Austria» (Los auxiliares periodísticos de Austria) la antología de la National-Zeitung. Yo, por mi parte, inicié un proceso por difamación contra la National-Zeitung, comuniqué al Telegraph una demanda parecida y empecé a reunir el material judicial necesario.
El 11 de febrero de 1860, el cajista Vögele prestó un afidávit ante el tribunal de policía de Bow Street. Repite el contenido esencial de su declaración del 17 de septiembre de 1859, a saber, que el manuscrito de la hoja volante estaba escrito con la letra de Blind y se había compuesto en la imprenta de Hollinger, en parte por él mismo (Vögele) y en parte por F. Hollinger. (Véase el apéndice 12.)
Mucho más importante era el afidávit del cajista Wiehe, a cuyo testimonio se había remitido Blind reiteradamente, y con una satisfacción de sí mismo cada vez mayor, en la Allgemeine Zeitung.
Además del original (véase el apéndice 13), sigue aquí, por tanto, una traducción literal:
«Uno de los primeros días del pasado noviembre (no recuerdo ya exactamente la fecha), por la noche, entre las 9 y las 10, me sacó de la cama el señor F. Hollinger, en cuya casa vivía yo entonces y para quien trabajaba como cajista. Me presentó un escrito según el cual yo había estado empleado por él ininterrumpidamente durante los 11 meses anteriores y durante todo ese tiempo no se había compuesto ni impreso en la imprenta del señor Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho, cierta hoja volante alemana, “Para advertencia”. En mi estado de confusión, y sin conocer la importancia de la transacción, satisfice su deseo y copié y firmé el documento. El señor Hollinger me prometió dinero, pero no he recibido nada. Durante esta transacción, el señor Karl Blind esperaba, según me informó luego mi mujer, en el cuarto del señor Hollinger. Unos días después, la señora Hollinger me llamó cuando estaba comiendo y me llevó al cuarto de su marido, donde encontré solo al señor Blind. Me presentó el mismo documento que me había presentado antes el señor Hollinger y me rogó encarecidamente (entreated me) que escribiera y firmara una segunda copia, porque necesitaba dos, una para él y otra para publicarla en la prensa. Añadió que se mostraría agradecido conmigo. Copié y firmé de nuevo el escrito.
Declaro por la presente la verdad de la declaración anterior y además:
- que durante los 11 meses mencionados en el documento estuve seis semanas sin trabajar para el señor Hollinger, sino para un tal Ermani;
- no trabajaba en el taller del señor Hollinger precisamente en la época en que se publicó la hoja volante “Para advertencia”;
- oí entonces del señor Vögele, que trabajaba por aquel tiempo para el señor Hollinger, que él, Vögele, junto con el propio señor Hollinger, compuso la hoja volante en cuestión y que el manuscrito estaba escrito con la letra de Blind;
- la composición de la hoja volante seguía montada cuando volví a entrar en el taller de Hollinger. Yo mismo la compaginé de nuevo para la reimpresión de la hoja “Para advertencia” en el periódico alemán Das Volk, impreso por el señor Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho. La hoja apareció en el número 7 de Das Volk, fechado el 18 de junio de 1859;
- vi cómo el señor Hollinger daba al señor Wilhelm Liebknecht, domiciliado en el 14 de Church Street, Soho, la prueba de imprenta del panfleto “Para advertencia”, en la cual el señor Karl Blind había corregido de su propia mano 4 o 5 erratas. El señor Hollinger dudó en dar la prueba al señor Liebknecht, y en cuanto el señor Liebknecht se hubo marchado, Hollinger nos expresó a mí y a mi compañero Vögele su pesar por habérsela dejado de la mano.
Johann Friedrich Wiehe
Declarado y firmado por el susodicho
Friedrich Wiehe en el tribunal de policía de Bow Street
en este día 8 de febrero de 1860 ante mí,
J. Henry, juez de dicho tribunal». (Police Court)
(Bow Street)
Los dos afidávits de los cajistas Vögele y Wiehe probaban que el manuscrito de la hoja volante estaba escrito con la letra de Blind, se había compuesto en la imprenta de Hollinger y el propio Blind se había encargado de corregir una prueba.
Y el homme d'état escribía a Julius Fröbel, con fecha en Londres el 4 de julio de 1859:
«Contra Vogt ha aparecido aquí, no sé por obra de quién, una violenta acusación de venalidad. Contiene varios supuestos hechos de los que antes no habíamos oído nada».
Y el mismo homme d'état escribía a Liebknecht el 8 de septiembre de 1859 que
«no tuvo parte alguna en el asunto mencionado».
No contento con estas proezas, el ciudadano y hombre de Estado Blind había forjado además una declaración falsa, para la que obtuvo con engaño la firma del cajista Wiehe poniéndole delante promesas de dinero por parte de Fidelio Hollinger y de gratitud futura por la suya propia.
Esta fabricación suya, con la firma obtenida con engaño y en compañía del falso testimonio de Fidelio Hollinger, no solo la envió a la Allgemeine Zeitung, sino que además se «remite» «reiteradamente» a esos «documentos» en una segunda declaración y, con referencia a esos «documentos» y con la más moral de las indignaciones, me echa a la cara una «simple falsedad». Hice circular copias de los dos afidávits de Vögele y Wiehe en diversos círculos, tras lo cual hubo en casa de Blind una reunión entre Blind, Fidelio Hollinger y el amigo de la casa de Blind, el señor doctor en medicina Karl Schaible,342 un hombre bueno y callado que en las operaciones de Estado de Blind hace en cierto modo de elefante manso. En el número del 15 de febrero de 1860 del Daily Telegraph apareció entonces un párrafo, reproducido luego en periódicos alemanes, que traducido dice:
«El panfleto de Vogt
¡Al director del Daily Telegraph!
Señor mío: A consecuencia de afirmaciones erróneas que se han puesto en circulación, me siento obligado a declarar formalmente, tanto respecto del señor Blind como del señor Marx, que ninguno de los dos es el autor de la hoja volante dirigida algún tiempo atrás contra el profesor Vogt, de Ginebra. Esa hoja procede de mí, y sobre mí recae la responsabilidad. Lamento, tanto por consideración al señor Marx como al señor Blind, que circunstancias ajenas a mi voluntad me hayan impedido hacer antes esta declaración.
Londres, 14 de febrero de 1860
Karl Schaible, M. D.»
El señor Schaible me envió esta declaración. Le devolví la cortesía sin demora enviándole los afidávits de los cajistas Vögele y Wiehe y le escribí al mismo tiempo que su declaración (la de Schaible) no cambiaba nada, ni en los falsos testimonios que Blind había enviado a la Allgemeine Zeitung ni en la conspiracy343 de Blind con Hollinger para obtener con engaño la firma de Wiehe para el falso escrito forjado.
Blind comprendió que esta vez no estaba en el terreno seguro de la Allgemeine Zeitung, sino bajo la peligrosa jurisdicción de Inglaterra. Si quería desvirtuar los afidávits y las «graves injurias» de mi circular basadas en ellos, él y Hollinger tenían que prestar contraafidávits; pero con la felonía no se juega.344
Eisele Blind no es el autor de la hoja volante, porque Beisele Schaibele se declara públicamente su autor.345 Blind solo escribió el manuscrito de la hoja volante, solo lo hizo imprimir en casa de Hollinger, solo corrigió de su propia mano la prueba y solo forjó con Hollinger falsos testimonios para refutar estos hechos y los despachó a la Allgemeine Zeitung. Pero inocencia incomprendida, porque no es el autor ni el promotor de la hoja volante. Solo funcionaba como escribiente de Beisele Schaibele. Por eso mismo no sabía tampoco el 4 de julio de 1859 «por obra de quién» se había lanzado al mundo la hoja volante, y el 8 de septiembre de 1859 «no tenía parte alguna en el asunto mencionado». Para su tranquilidad, pues: Beisele Schaible es el autor de la hoja volante en sentido literario, pero Eisele Blind es el autor en el sentido técnico de la ley inglesa y el editor responsable en el sentido de toda legislación civilizada. Habeat sibi!346
Una palabra más de despedida al señor Beisele Schaible.
El pasquín publicado por Vogt contra mí en el Handels-Courier de Biel, con fecha en Berna el 23 de mayo de 1859, llevaba el título «Para advertencia». La hoja volante redactada a principios de junio de 1859 por Schaible, y escrita y publicada por su secretario Blind, en la que se denuncia a Vogt, con detalles muy precisos, como agente «sobornador» y «sobornado» de Luis Bonaparte, lleva también el título «Para advertencia». Además, va firmada: X. Aunque la X representa en álgebra la magnitud desconocida, resulta ser también la última letra de mi nombre. ¿Pretendían acaso el título y la firma de la hoja volante hacer aparecer la «Advertencia» de Schaible como mi réplica a la «Advertencia» de Vogt? Schaible había prometido una revelación número II en cuanto Vogt se atreviera a negar la revelación número I. Vogt no solo la negó, sino que, a raíz de la «Advertencia» de Schaible, presentó una demanda por difamación. Y el número II del señor Schaible falta hasta el día de hoy. Schaible había impreso en la cabecera de su hoja volante las palabras: «Para su amable difusión». Y cuando Liebknecht fue tan «amable» de darle «difusión» por medio de la Allgemeine Zeitung, «circunstancias ajenas a su voluntad» ataron la lengua al señor Schaible de junio de 1859 a febrero de 1860, y solo se la soltaron los afidávits del tribunal de policía de Bow Street.
Sea como fuere, Schaible, el denunciante original de Vogt, ha asumido ahora públicamente la responsabilidad de lo que afirmaba la hoja volante. En vez de con la victoria del defensor Vogt, la campaña de Augsburgo termina, pues, con la aparición final del atacante Schaible en el campo de batalla.
VIII. Dâ-Dâ Vogt y sus Estudios
«Sine studio»347
Aproximadamente un mes antes de que estallara la guerra de Italia aparecieron los llamados Estudios sobre la situación actual de Europa de Vogt, Ginebra, 1859. Cui bono?348
Vogt sabía que
«Inglaterra permanecerá neutral en la guerra inminente». (Estudios, p. 4.)
Sabía que Rusia
«de acuerdo con Francia, pondrá en juego todos los medios que quedan más acá de la hostilidad abierta para perjudicar a Austria». (Estudios, p. 13.)
Sabía que Prusia..., pero dejemos que él mismo diga lo que sabe de Prusia.
«Hasta el más corto de vista tiene que haber comprendido ya que existe un entendimiento entre el gobierno de Prusia y el gobierno imperial de Francia; que Prusia no empuñará la espada en defensa de las provincias no alemanas de Austria; que dará su aprobación a todas las medidas que se refieran a la defensa del territorio federal, pero que, por lo demás, impedirá toda participación de la Confederación o de miembros aislados de la Confederación en favor de Austria, para recibir luego, en las futuras negociaciones de paz, su recompensa por estos esfuerzos en las llanuras del norte de Alemania». (Ob. cit., p. 19.)
Así pues, en resumen: en la inminente cruzada de Bonaparte contra Austria, Inglaterra permanecerá neutral, Rusia actuará hostilmente contra Austria, Prusia mantendrá quietos a los miembros de la Confederación que pudieran tener ganas de pelea, y Europa localizará la guerra. Como antes la guerra de Rusia, Luis Bonaparte llevará ahora la guerra de Italia con la alta venia de la autoridad, en cierto modo como general secreto de una coalición europea. ¿Para qué, entonces, el panfleto de Vogt? Puesto que Vogt sabe que Inglaterra, Rusia y Prusia actúan contra Austria, ¿qué le obliga a escribir en favor de Bonaparte? Pero resulta que, además de la vieja francofobia, con «el padre Arndt, vuelto niño, y la sombra de Jahn el Mugriento a la cabeza» (p. 121, ob. cit.),349 una especie de movimiento nacional había sacudido «al pueblo alemán» y encontrado eco en toda clase de «cámaras y periódicos», «mientras que los gobiernos solo entran vacilando y a regañadientes en la corriente dominante». (P. 114, ob. cit.) Resulta que la «creencia en un peligro amenazador» hizo resonar en el «pueblo» alemán un «clamor por medidas comunes» (ob. cit.). El Moniteur francés (véase, entre otros, el número del 15 de marzo de 1859) contemplaba este movimiento alemán con «pesar y asombro».350
«Una especie de cruzada contra Francia», exclama, «se predica en las cámaras y en la prensa de algunos Estados de la Confederación Germánica. Se la acusa de alimentar planes ambiciosos que ha desmentido, de preparar conquistas que no necesita», etc.
Frente a estas «calumnias», el Moniteur demuestra que la conducta «del emperador» en la cuestión italiana «debe inspirar, al contrario, la mayor seguridad al espíritu alemán», que la unidad y la nacionalidad alemanas son, por así decir, las aficiones predilectas de la Francia decembrista,351 etc. El Moniteur reconoce, sin embargo (véase el 10 de abril de 1859), que ciertos temores alemanes podrían parecer «provocados» por ciertos panfletos de París, panfletos en los que Luis Bonaparte se ruega encarecidamente a sí mismo que dé a su pueblo la «ocasión largamente anhelada» de «extenderse majestuosamente de los Alpes al Rin». «Pero», dice el Moniteur,
«Alemania olvida que Francia vive bajo la égida de una legislación que no permite al gobierno ningún control preventivo».
Estas declaraciones del Moniteur y otras semejantes produjeron, según se informó al conde de Malmesbury352 (véase el Libro Azul On the affairs of Italy. January to May 1859 [Sobre los asuntos de Italia. Enero a mayo de 1859]), exactamente el efecto contrario del que buscaban. Lo que el Moniteur no logró, quizá lo lograra Karl Vogt. Sus Estudios no son más que una compilación puesta en alemán de artículos del Moniteur, panfletos de Dentu353 y mapas decembristas del porvenir.
La politiquería de café de Vogt sobre Inglaterra solo tiene un interés: ilustrar el método de sus Estudios. Siguiendo a sus fuentes originales francesas, convierte al almirante inglés sir Charles Napier en «lord» Napier (Estudios, p. 4).354 Los zuavos literarios agregados al decembrismo saben, por el teatro de la Porte Saint-Martin,355 que todo inglés distinguido es por lo menos lord.
«Con Austria», cuenta Vogt, «Inglaterra nunca ha podido entenderse durante mucho tiempo. Cuando una comunidad momentánea de intereses las unía por algún tiempo, la necesidad política volvía a separarlas inmediatamente. Con Prusia, en cambio, Inglaterra volvía siempre a estrechar relaciones», etc. (P. 2, ob. cit.)
¡Efectivamente! La lucha común de Inglaterra y Austria contra Luis XIV dura, con breves interrupciones, de 1689 a 1713, es decir, casi un cuarto de siglo. En la guerra de Sucesión austriaca, Inglaterra combate durante unos seis años junto con Austria contra Prusia y Francia. Solo en la guerra de los Siete Años se alía Inglaterra con Prusia contra Austria y Francia, pero ya en 1762356 lord Bute deja en la estacada a Federico el Grande para hacer, alternativamente al ministro ruso Golitsyn y al ministro austriaco Kaunitz, propuestas para el «reparto de Prusia». En 1790 Inglaterra firma con Prusia un tratado contra Rusia y Austria, que, sin embargo, se deshace el mismo año. Durante la guerra antijacobina, Prusia, pese a los subsidios de Pitt, se retira de la coalición europea con el Tratado de Basilea. Austria, en cambio, azuzada por Inglaterra, sigue combatiendo con breves interrupciones de 1793 a 1809. Apenas se ha quitado de en medio a Napoleón, todavía durante el Congreso de Viena, Inglaterra firma inmediatamente con Austria y Francia un tratado secreto (del 3 de enero de 1815)357 contra Rusia y Prusia. En 1821, Metternich y Castlereagh conciertan en Hannover un nuevo acuerdo contra Rusia. Así, mientras los propios británicos, historiadores y oradores parlamentarios, hablan de Austria preferentemente como el ancient ally (antiguo aliado) de Inglaterra, Vogt descubre en sus panfletos originales franceses editados por Dentu que Austria e Inglaterra, descontada la «comunidad momentánea», siempre se separaron, mientras que Inglaterra y Prusia siempre se unieron; por eso, sin duda, lord Lyndhurst, durante la guerra de Rusia, gritó a la Cámara de los Lores, refiriéndose a Prusia: «Quem tu, Romane, caveto!»358 La Inglaterra protestante siente antipatía por la Austria católica; la Inglaterra liberal, antipatía por la Austria conservadora; la Inglaterra librecambista, antipatía por la Austria proteccionista; la Inglaterra solvente, antipatía por la Austria en bancarrota. Pero el elemento patético fue siempre ajeno a la historia inglesa. Lord Palmerston, durante sus treinta años de gobierno de Inglaterra, encubre, ciertamente, de vez en cuando su vasallaje respecto de Rusia con su antipatía por Austria. Por «antipatía» hacia Austria rechazó, por ejemplo, la mediación de Inglaterra en Italia que Austria ofreció en 1848 y que Piamonte y Francia aprobaron, según la cual Austria se retiraba hasta la línea del Adigio y Verona, Lombardía se incorporaba, si así le parecía, al Piamonte, Parma y Módena pasaban a Lombardía y Venecia formaba, bajo un archiduque austriaco, un Estado italiano independiente y se daba a sí misma su constitución. (Véase Blue Book on the affairs of Italy, parte II, julio de 1849, núms. 377 y 478.) Estas condiciones eran en todo caso más favorables que las de la paz de Villafranca.359 Después de que Radetzky derrotara a los italianos en todos los frentes, Palmerston propuso las condiciones que él mismo había rechazado. En cambio, cuando los intereses de Rusia exigieron el proceder opuesto, durante la guerra de independencia húngara, rechazó, pese a su «antipatía» por Austria, la ayuda a la que le invitaban los húngaros, apoyándose en el tratado de 1711,360 y se negó incluso a cualquier protesta contra la intervención rusa, porque
«la independencia política y las libertades de Europa están ligadas a la conservación y la integridad de Austria como gran potencia europea». (Sesión de la Cámara de los Comunes, 21 de julio de 1849.)
Vogt sigue contando:
«Los intereses del Reino Unido... se les oponen» (a los intereses de Austria) «en todas partes». (P. 2, ob. cit.)
Este «en todas partes» se convierte enseguida en el Mediterráneo.
«Inglaterra quiere mantener a toda costa su influencia en el Mediterráneo y en sus países ribereños. Nápoles y Sicilia, Malta y las islas Jónicas, Siria y Egipto son puntos de apoyo de su política dirigida hacia las Indias Orientales; en todas partes, en estos puntos, Austria le ha puesto los obstáculos más vivos». (Ob. cit.)
¡Qué no les creerá Vogt a los panfletos originales decembristas que Dentu edita en París! Los ingleses se habían figurado hasta ahora que habían luchado, alternativamente con rusos y franceses, por Malta y las islas Jónicas, pero nunca con Austria; que Francia, y no Austria, había enviado en su día una expedición a Egipto y se estaba instalando en este momento en el istmo de Suez; que Francia, y no Austria, había hecho conquistas en la costa norte de África y, unida a España, había intentado arrebatar Gibraltar a los británicos; que Inglaterra había concluido contra Francia el tratado de julio de 1840 sobre Egipto y Siria, pero con Austria;361 que en la «política dirigida hacia las Indias Orientales» Inglaterra tropieza en todas partes con los «obstáculos más vivos» por parte de Rusia, no de Austria; que en la única disputa seria entre Inglaterra y Nápoles, la cuestión del azufre de 1840, había sido una compañía francesa, no austriaca, cuyo monopolio del comercio del azufre siciliano sirvió de pretexto al roce;362 y, por último, que al otro lado del canal se hablaba a veces de convertir el Mediterráneo en un «lago francés», pero nunca de convertirlo en un «lago austriaco». Sin embargo, hay que tener en cuenta aquí una circunstancia importante.
En el curso de 1858, en efecto, apareció en Londres un mapa de Europa titulado L'Europe en 1860 (Europa en 1860). Este mapa, publicado por la embajada francesa y que contiene más de una indicación profética para 1858 (Lombardía-Venecia, por ejemplo, anexionada al Piamonte, y Marruecos a España), rehace la geografía política de toda Europa con la única excepción de Francia, que en apariencia permanece dentro de sus antiguas fronteras. Los territorios que se le destinan se regalan, con ironía disimulada, a poseedores imposibles. Así, Egipto le toca a Austria, y la glosa impresa al margen del mapa dice: «Francisco José I, emperador de Austria y de Egipto».
Vogt tenía delante el mapa L'Europe en 1860 como brújula decembrista. De ahí su conflicto de Inglaterra con Austria a cuenta de Egipto y Siria. Vogt profetiza que este conflicto «terminaría con la destrucción de una de las potencias contendientes», si, como recuerda a tiempo, «si Austria poseyera una potencia naval». (P. 2, ob. cit.) Pero la cumbre de la erudición histórica que les es propia la alcanzan los Estudios en el pasaje siguiente:
«Cuando Napoleón I intentó una vez hacer saltar el Banco inglés, este salió del apuro, durante un día, contando las sumas en lugar de pesarlas, como se acostumbraba hasta entonces; la caja del Estado austriaco se encuentra 365 días al año en la misma situación, y aun en otra mucho peor». (Ob. cit., p. 43.)
Los pagos en metálico del Banco de Inglaterra («el Banco inglés» es también un fantasma de Vogt) estuvieron suspendidos, como es sabido, desde febrero de 1797 hasta 1821, veinticuatro años durante los cuales los billetes ingleses no fueron canjeables en absoluto por metal, ni pesado ni contado. Cuando empezó la suspensión, aún no existía ningún Napoleón I en Francia (aunque sí dirigía entonces un general Bonaparte su primera campaña de Italia), y cuando se reanudaron los pagos en metálico en Threadneedle Street,363 Napoleón I había dejado de existir en Europa. Semejantes «estudios» superan, con todo, incluso la conquista del Tirol por el «emperador» de Austria que cuenta La Guéronnière.
La señora de Krüdener,364 la madre de la Santa Alianza, distinguía entre el principio bueno, el «ángel blanco del Norte» (Alejandro I), y el principio malo, el «ángel negro del Sur» (Napoleón I). Vogt, padre adoptivo de la nueva santa alianza, convierte a ambos, al zar y al césar, a Alejandro II y a Napoleón III, en «ángeles blancos». Ambos son los libertadores predestinados de Europa.
El Piamonte, dice Vogt, «ha llegado incluso a ganarse el respeto de Rusia». (P. 71, ob. cit.)
¿Qué más se puede decir de un Estado sino que ha llegado incluso a ganarse el respeto de Rusia? Sobre todo después de que el Piamonte haya cedido a Rusia el puerto de guerra de Villafranca,365 y como advierte el mismo Vogt, a propósito de la compra de la bahía del Jade por Prusia:366
«Un puerto de guerra en territorio ajeno, sin enlace orgánico con el país al que pertenece, es un despropósito tan ridículo que su existencia solo puede cobrar sentido si se lo considera, en cierto modo, como objetivo de aspiraciones futuras, como el banderín plantado hacia el que se apuntan las líneas de mira». (Estudios, p. 15.)
Como es sabido, ya Catalina II había intentado conseguir puertos de guerra para Rusia en el Mediterráneo.
Sus delicados miramientos con el «ángel blanco» del Norte llevan a Vogt a violar, con burda exageración, «la modestia de la naturaleza»,367 en la medida en que aún la guardan sus propias fuentes originales de Dentu. En La vraie question. France-Italie-Autriche [La verdadera cuestión. Francia-Italia-Austria], París, 1859 (en casa de Dentu), leyó en la p. 20:
«¿Con qué derecho, por lo demás, invocaría el gobierno austriaco la inviolabilidad de los tratados de 1815, él, que los ha violado con la confiscación de Cracovia, cuya independencia garantizaban los tratados?»368
Este original francés lo pone él en alemán del modo siguiente:
«Es extraño oír semejante lenguaje en boca del único gobierno que hasta ahora ha violado descaradamente los tratados, al extender en plena paz, sin motivo alguno, su mano sacrílega sobre la República de Cracovia, garantizada por los tratados, y anexionarla sin más al Estado imperial». (P. 58, ob. cit.)
Nicolás, naturalmente, destruyó la constitución y la autonomía del Reino de Polonia, garantizadas por los tratados de 1815, por «respeto» a los tratados de 1815. Y Rusia no respetó menos la integridad de Cracovia cuando ocupó la ciudad libre en 1831 con tropas moscovitas. En 1836 Cracovia fue ocupada de nuevo por rusos, austriacos y prusianos, fue tratada en todo como país conquistado y todavía en 1840 apeló en vano, invocando los tratados de 1815, a Inglaterra y Francia. Por último, el 22 de febrero de 1846, rusos, austriacos y prusianos volvieron a ocupar Cracovia para incorporarla a Austria. La violación del tratado fue obra de las tres potencias del Norte, y la confiscación austriaca de 1846 no fue más que la última palabra de la entrada rusa de 1831. Por delicadeza con el «ángel blanco del Norte», Vogt olvida la confiscación de Polonia y falsea la historia de la confiscación de Cracovia.369
La circunstancia de que Rusia sea «enteramente hostil a Austria y favorable a Francia» no le deja a Vogt ninguna duda sobre las tendencias liberadoras de los pueblos de Luis Bonaparte, exactamente igual que la circunstancia de que «su política» (la de Luis Bonaparte) «vaya hoy unida de la manera más estrecha a la de Rusia» (p. 30) no le permite ninguna duda sobre las tendencias liberadoras de los pueblos de Alejandro II.
La santa Rusia debe considerarse, pues, en el Este, exactamente igual que la Francia decembrista en el Oeste, como «amiga de las aspiraciones liberales» y del «desarrollo popular y nacional». Esta consigna se había repartido entre todos los agentes del 2 de diciembre. «Rusia», leyó Vogt en el escrito editado por Dentu La foi des traités, les puissances signataires et l'empereur Napoléon III [La fe de los tratados, las potencias signatarias y el emperador Napoleón III], París, 1859:
«Rusia pertenece a la familia de los eslavos, una raza escogida... Ha causado asombro el caballeroso acuerdo que ha surgido de repente entre Francia y Rusia. Nada más natural: concordancia de principios, unanimidad en el fin, sumisión a la ley de la santa alianza de los gobiernos y de los pueblos, no para tender trampas y obligar, sino para guiar y ayudar a los movimientos divinos de las naciones. De esta cordialidad perfectísima» (entre Luis Felipe e Inglaterra reinaba solo la entente cordiale, pero entre Luis Bonaparte y Rusia reina la cordialité la plus parfaite)370 «han salido los más felices efectos: ferrocarriles, liberación de los siervos, estaciones comerciales en el Mediterráneo, etc.».371
Vogt recoge al vuelo la «liberación de los siervos» y da a entender que
«el impulso dado ahora... podría hacer de Rusia más bien un compañero de las aspiraciones liberales que un enemigo de ellas». (Ob. cit., p. 10.)
Él, como su original de Dentu, atribuye a Luis Bonaparte el impulso de la llamada emancipación rusa de los siervos y, para ello, convierte la guerra anglo-turco-franco-rusa que dio el impulso en una «guerra francesa». (P. 9, ob. cit.)
Como es sabido, el clamor por la emancipación de los siervos resonó por primera vez, alto y persistente, bajo Alejandro I. El zar Nicolás se ocupó toda su vida de la emancipación de los siervos, creó para ello en 1838 un Ministerio de los Dominios propio, hizo dar a este ministerio en 1843 pasos preparatorios y promulgó incluso en 1847 leyes favorables a los campesinos sobre la enajenación de tierras nobles, que solo el miedo a la revolución le llevó a retirar en 1848. Si la cuestión de la emancipación de los siervos ha cobrado, pues, dimensiones más imponentes bajo el «zar bondadoso», como llama Vogt campechanamente a Alejandro II, eso parece deberse a un desarrollo de las condiciones económicas que ni siquiera un zar puede reprimir. Por lo demás, la emancipación de los siervos en el sentido del gobierno ruso centuplicaría la fuerza agresiva de Rusia. Su fin es simplemente consumar la autocracia derribando las barreras que el gran autócrata encontraba hasta ahora en los muchos pequeños autócratas de la nobleza rusa, apoyados en la servidumbre, así como en las comunidades campesinas que se administran a sí mismas, cuya base material, la propiedad común, debe ser destruida por la llamada emancipación.
Da la casualidad de que los siervos rusos entienden la emancipación en un sentido distinto del gobierno, y la nobleza rusa la entiende a su vez en otro. El «zar bondadoso» descubrió, pues, que una verdadera emancipación de los siervos es incompatible con su autocracia, igual que el bondadoso papa Pío IX descubrió en su día que la emancipación italiana es incompatible con las condiciones de existencia del papado. El «zar bondadoso» ve, por eso, en la guerra de conquista y en la ejecución de la política exterior tradicional de Rusia, que, como observa el historiador ruso Karamzín, es «invariable», el único medio de aplazar la revolución en el interior. El príncipe Dolgorúkov, en su obra La vérité sur la Russie [La verdad sobre Rusia], 1860, ha destruido críticamente los cuentos mentirosos sobre el milenio que habría despuntado bajo Alejandro II, que plumas rusas a sueldo propagaron afanosamente por toda Europa desde 1856, que los decembristas proclamaron a voz en grito en 1859 y que Vogt repitió como un loro en sus Estudios.372
Ya antes de estallar la guerra de Italia, según Vogt, la alianza entre el «zar blanco» y el «hombre de diciembre», fundada expresamente para liberar las nacionalidades, había dado buena prueba de sí en los principados del Danubio, donde la unidad y la independencia de la nacionalidad rumana habían quedado selladas con la elección del coronel Cuza como príncipe de Moldavia y Valaquia.373
«Austria protesta con pies y manos, Francia y Rusia aplauden». (P. 65, ob. cit.)
En un memorándum (reproducido en el Preußisches Wochenblatt, 1855) redactado por el gabinete ruso en 1837 para el zar de entonces se lee:
«A Rusia no le gusta incorporar de inmediato Estados con elementos heterogéneos... En todo caso parece más conveniente dejar que los países cuya adquisición está decidida existan durante algún tiempo bajo jefes particulares, pero enteramente dependientes, como hemos hecho en Moldavia y Valaquia, etc.».
Antes de incorporar Crimea, Rusia proclamó su independencia.
En una proclama rusa del 11 de diciembre de 1814 se dice, entre otras cosas:
«El emperador Alejandro, vuestro protector, apela a vosotros, polacos. Armaos vosotros mismos para la defensa de vuestra patria y la conservación de vuestra independencia política».
¡Y no digamos los principados del Danubio! Desde la entrada de Pedro el Grande en los principados del Danubio, Rusia ha trabajado por su «independencia». En el congreso de Niemirów (1737), la emperatriz Ana exigió al sultán la independencia de los principados del Danubio bajo protectorado ruso. Catalina II, en el congreso de Focşani (1772), insistió en la independencia de los principados bajo protectorado europeo. Alejandro I prosiguió estos esfuerzos y los selló convirtiendo Besarabia en provincia rusa (paz de Bucarest, 1812). Nicolás llegó a obsequiar a los rumanos, por medio de Kiseliov, con el Règlement organique374 aún vigente, que organizaba la servidumbre más infame entre los vítores de toda Europa a este código de la libertad. Alejandro II no ha hecho más que llevar un paso más allá la política de siglo y medio de sus antepasados con la cuasi unión de los principados del Danubio bajo Cuza. Vogt descubre que, a consecuencia de esta unificación bajo un vasallo ruso, «los principados serían un dique contra el avance de Rusia hacia el sur». (P. 64, ob. cit.)
Como Rusia aplaude la elección de Cuza (p. 65, ob. cit.), queda claro como el sol que el zar bondadoso se cierra a sí mismo con todas sus fuerzas «el camino hacia el sur», aunque «Constantinopla siga siendo un objetivo eterno de la política rusa». (Ob. cit., p. 9.)
El giro de pregonar a Rusia como protectora del liberalismo y de las aspiraciones nacionales no es nuevo. Toda una legión de ilustrados franceses y alemanes celebró a Catalina II como abanderada del progreso. El «noble» Alejandro I (le Grec du Bas-Empire, el griego del Bajo Imperio, como lo llama sin nobleza Napoleón) hizo en su tiempo de héroe del liberalismo en toda Europa. ¿No obsequió a Finlandia con las bendiciones de la civilización rusa? ¿No dio a Francia, en su magnanimidad, además de una constitución, un primer ministro ruso, el duque de Richelieu?375 ¿No era el jefe secreto de la Hetería,376 mientras al mismo tiempo, en el congreso de Verona, empujaba a Luis XVIII, por medio de Chateaubriand, comprado, a la campaña contra los rebeldes españoles?377 ¿No azuzó a Fernando VII, a través de su confesor, a la expedición contra las colonias hispanoamericanas sublevadas, mientras al mismo tiempo prometía al presidente de los Estados Unidos de América su apoyo contra toda intervención de las potencias europeas en el continente americano? ¿No había enviado a Ypsilanti a Valaquia como «jefe de la sagrada legión helénica» y, por medio del mismo Ypsilanti, traicionado a la legión y hecho asesinar a Vladimirescu, el jefe de los rebeldes valacos?378 También Nicolás fue saludado antes de 1830 en todas las lenguas, en verso y en prosa, como héroe libertador de las nacionalidades. Cuando en 1828-1829 emprendió la guerra contra Mahmud II para liberar a los griegos (después, a saber, de que Mahmud se negara a dejar entrar un ejército ruso para aplastar la rebelión griega), Palmerston declaró al Parlamento inglés que los enemigos de la Rusia liberadora eran necesariamente los «amigos» de los mayores monstruos del mundo: don Miguel,379 Austria y el sultán. ¿No dio Nicolás, con paternal solicitud, a los griegos como presidente a un general ruso, el conde Capodistria?380 Solo que los griegos no eran franceses, y asesinaron al noble Capodistria. Aunque Nicolás, desde que estalló la revolución de julio de 1830, representó su papel sobre todo como protector de la legitimidad, no dejó ni un momento de obrar por la «liberación de las nacionalidades». Bastan unos pocos ejemplos. La revolución constitucional de Grecia de septiembre de 1843 la dirigió Katakazi, el ministro ruso en Atenas, que antes había sido el supervisor responsable del almirante Heyden durante la catástrofe de Navarino.381 El centro de la rebelión búlgara de 1842 fue el consulado ruso en Bucarest. Allí recibió el general ruso Duhamel, en la primavera de 1842, a una diputación búlgara a la que expuso el plan de una insurrección general. Serbia debía servir de reserva de la insurrección, y el hospodarato de Valaquia debía pasar al general ruso Kiseliov. Durante la insurrección serbia (1843), Rusia, por medio de su embajada en Constantinopla, empujó a Turquía a medidas violentas contra los serbios, para apelar luego, con este pretexto, a la simpatía y al fanatismo de Europa contra los turcos. Tampoco Italia quedaba ni mucho menos excluida de los planes de liberación del zar Nicolás: La Jeune Italie, durante algún tiempo órgano parisino del partido de Mazzini, cuenta en un número de noviembre de 1843:
«Los recientes disturbios en la Romaña y los movimientos en Grecia estaban más o menos relacionados... El movimiento italiano fracasó porque el partido verdaderamente democrático se negó a sumarse a él. Los republicanos no quisieron apoyar un movimiento puesto en marcha por Rusia. Todo estaba preparado para una insurrección general en Italia. El movimiento debía empezar en Nápoles, donde se esperaba que una parte del ejército se pusiera a la cabeza o hiciera inmediatamente causa común con los patriotas. Estallada esta revolución, Lombardía, el Piamonte y la Romaña debían alzarse, y se fundaría un reino italiano bajo el duque de Leuchtenberg, hijo de Eugène de Beauharnais y yerno del zar.382 La Joven Italia frustró el plan».
El Times del 20 de noviembre de 1843 observa sobre esta comunicación de La Jeune Italie:
«Si este gran fin, la fundación de un reino italiano con un príncipe ruso a la cabeza, podía alcanzarse, tanto mejor; pero con cualquier estallido en Italia se podía lograr otra ventaja, más inmediata, aunque no tan importante: alarmar a Austria y apartar su atención de los temibles (fearful) planes de Rusia en el Danubio».
Después de dirigirse sin éxito en 1843 a la Joven Italia, Nicolás envió en marzo de 1844 a Roma al señor Buténev. Buténev comunicó al papa, en nombre del zar, que la Polonia rusa sería cedida a Austria a cambio de Lombardía, que formaría un reino de la Alta Italia bajo Leuchtenberg. El Tablet de abril de 1844, entonces órgano inglés de la curia romana, observa sobre esta propuesta:
«El cebo para la corte romana en este hermoso plan consistía en que Polonia pasaba a manos católicas, mientras que Lombardía seguía como antes bajo una dinastía católica. Pero los veteranos de la diplomacia de Roma comprendieron que, cuando Austria apenas puede conservar sus propias posesiones y, según toda probabilidad humana, tendrá que soltar tarde o temprano sus provincias eslavas, una transferencia de Polonia a Austria, aun suponiendo que esta parte de la propuesta fuera en serio, no sería más que un préstamo que habría que devolver más tarde; mientras que la Italia del Norte, con el duque de Leuchtenberg, caería de hecho bajo la protección rusa y, antes de mucho, infaliblemente bajo el cetro ruso. En consecuencia, el plan, tan calurosamente recomendado, se dejó de lado por el momento».
Hasta aquí el Tablet de 1844.
La única circunstancia que justificaba la existencia estatal de Austria desde mediados del siglo XVIII, su resistencia a los avances de Rusia en el Este de Europa (una resistencia impotente, inconsecuente, cobarde, pero tenaz), lleva a Vogt a descubrir que «Austria es el foco de toda discordia en el Este». (Ob. cit., p. 56.) Con «cierta ingenuidad infantil», que tan bien sienta a su oronda persona, explica la unión de Rusia con Francia contra Austria, dejando aparte las tendencias liberadoras del «zar bondadoso», por la ingratitud de Austria ante los servicios recibidos de Nicolás durante la revolución húngara.
«En la misma guerra de Crimea, Austria llegó hasta el último límite de la neutralidad armada y hostil. Se comprende que esta conducta, que además llevaba el sello de la falsedad y la perfidia, tenía que exasperar enormemente al gobierno ruso contra Austria y, con ello, empujarlo hacia Francia». (Ob. cit., pp. 10-11.)
Según Vogt, Rusia practica una política sentimental. El agradecimiento que Austria rindió al zar a costa de Alemania durante el congreso de Varsovia de 1850 y con la expedición a Schleswig-Holstein383 no satisface todavía al agradecido Vogt.
El diplomático ruso Pozzo di Borgo,384 en su célebre despacho fechado en París en octubre de 1825, dice, después de enumerar las intrigas de Austria contra los planes rusos de intervención en el Este:
«Nuestra política nos ordena, por tanto, mostrarnos a este Estado» (Austria) «bajo una forma terrible y convencerlo con nuestros preparativos de que, si se atreve a un movimiento contra nosotros, estallará sobre su cabeza la tormenta más furiosa que haya conocido nunca».
Después de amenazar con la guerra desde fuera y la revolución desde dentro, de señalar como posible solución pacífica que Austria se apodere de las provincias de Turquía «que le convienen» y de pintar a Prusia simplemente como un aliado subordinado de Rusia, Pozzo prosigue:
«Si la corte de Viena hubiera cedido a nuestros buenos fines e intenciones, el plan del gabinete imperial estaría cumplido hace tiempo; un plan que no solo abarca la toma de posesión de los principados del Danubio y de Constantinopla, sino incluso la expulsión de los turcos de Europa».
Como es sabido, en 1830 se concluyó un tratado secreto entre Nicolás y Carlos X. En él se estipulaba: Francia permite a Rusia apoderarse de Constantinopla y recibe a cambio las provincias del Rin y Bélgica; Prusia es indemnizada con Hannover y Sajonia; Austria recibe una parte de las provincias turcas del Danubio. El mismo plan fue presentado de nuevo bajo Luis Felipe, a instancias de Rusia, por Molé al gabinete de San Petersburgo. Poco después Brunnow se fue con el documento a Londres, donde se comunicó al gobierno inglés como prueba de la traición de Francia y se utilizó para formar la coalición antifrancesa de 1840.385
Veamos ahora cómo debía explotar Rusia, de acuerdo con Francia, la guerra de Italia, en la idea de Vogt, inspirado por sus fuentes originales de París. La composición «nacional» de Rusia y, en particular, la «nacionalidad polaca» podrían parecer una dificultad para un hombre cuya «estrella polar es el principio de la nacionalidad», pero:
«El principio de la nacionalidad lo tenemos en alta estima; el principio de la libre autodeterminación, en más alta aún». (P. 121, ob. cit.)
Cuando Rusia se anexionó por los tratados de 1815 la parte con mucho mayor de la Polonia propiamente dicha, obtuvo una posición tan adelantada hacia el Oeste y se metió como una cuña no solo entre Austria y Prusia, sino entre Prusia Oriental y Silesia, que ya entonces oficiales prusianos (Gneisenau, por ejemplo) llamaron la atención sobre lo insoportable de semejante frontera frente a un vecino tan poderoso. Pero solo cuando el aplastamiento de Polonia en 1831 sometió este territorio a merced de los rusos se reveló el verdadero sentido de la cuña. A las fortificaciones construidas a gran escala en Varsovia, Modlin e Ivangorod, la sujeción de Polonia les servía solo de pretexto. Su fin real era el dominio estratégico completo de la cuenca del Vístula, la creación de una base para el ataque hacia el norte, el sur y el oeste. Hasta Haxthausen,386 que se entusiasma con el zar ortodoxo y con todo lo ruso, ve aquí un peligro y una amenaza muy decididos para Alemania. La posición fortificada de los rusos en el Vístula amenaza a Alemania más que todas las fortalezas francesas juntas, sobre todo desde el momento en que cesara la resistencia nacional de Polonia y Rusia dispusiera de la fuerza guerrera de Polonia como de su propia fuerza agresiva. Vogt tranquiliza, por eso, a Alemania asegurándole que Polonia es rusa por libre autodeterminación.
«Sin duda», dice, «sin duda, gracias a los denodados esfuerzos del partido popular ruso, el abismo que se abría entre Polonia y Rusia se ha reducido considerablemente, y quizá solo haga falta un pequeño impulso para colmarlo del todo». (Ob. cit., p. 12.)
Este pequeño impulso debía darlo la guerra de Italia. (Alejandro II se convenció, sin embargo, durante esta guerra, de que Polonia no estaba todavía a la altura de Vogt.) La Polonia absorbida en Rusia por «libre autodeterminación» atraería, como cuerpo central, por la ley de la gravedad, a los miembros desgajados del antiguo reino polaco que languidecen bajo dominio extranjero. Para que este proceso de atracción se produzca con tanta mayor facilidad, Vogt aconseja a Prusia aprovechar el momento para librarse del «apéndice eslavo» (p. 17, ob. cit.), a saber, Posen (p. 97, ob. cit.) y probablemente también Prusia Occidental, pues solo Prusia Oriental se reconoce como «tierra verdaderamente alemana». Los miembros desgajados de Prusia volverían naturalmente en el acto al cuerpo central absorbido en Rusia, y la «tierra verdaderamente alemana» de Prusia Oriental se convertiría en un enclave ruso. Por otra parte, en lo que toca a Galitzia, que también en el mapa L'Europe en 1860 aparece incorporada a Rusia, su separación de Austria entraba directamente en el fin de la guerra, que era liberar a Alemania de las posesiones no germánicas de Austria. Vogt recuerda que
«antes de 1848 se encontraba en Galitzia más a menudo el retrato del zar ruso que el del emperador austriaco» (p. 12, ob. cit.), y «dada la extraordinaria habilidad que posee Rusia para urdir semejantes intrigas, habría aquí un motivo importante de temor por parte de Austria». (Ob. cit.)
Pero se comprende de suyo que, para librarse del «enemigo interior», Alemania tiene que permitir tranquilamente a los rusos «llevar tropas a la frontera» (p. 13) para apoyar estas intrigas. Mientras Prusia misma se desprende de sus provincias polacas, Rusia debía aprovechar la guerra de Italia para separar Galitzia de Austria, del mismo modo que Alejandro I ya en 1809 se hizo pagar con un trozo de Galitzia su apoyo puramente teatral a Napoleón I. Es sabido que Rusia, en parte a Napoleón I, en parte al Congreso de Viena, reclamó con éxito una parte de los pedazos de Polonia que habían correspondido en un principio a Austria y a Prusia. En 1859, según Vogt, había llegado el momento de unir toda Polonia a Rusia. En lugar de la emancipación de la nacionalidad polaca respecto de rusos, austriacos y prusianos, Vogt exige que todo el antiguo reino polaco se funda y se hunda en Rusia. Finis Poloniae!387 Esta idea «rusa» de la «restauración de Polonia», que recorrió toda Europa nada más morir el zar Nicolás, la encontramos ya denunciada en marzo de 1855 en el folleto The new hope of Poland (La nueva esperanza de Polonia) de David Urquhart.
Pero Vogt todavía no ha hecho bastante por Rusia.
«La extraordinaria deferencia», dice este amable contertulio, «casi la fraternidad, con que los rusos trataron a los revolucionarios húngaros contrastaba demasiado con el proceder de los austriacos como para no surtir todo su efecto. Al aplastar al partido» (nota bene: según Vogt, Rusia no aplastó a Hungría, sino al partido), «pero tratándolo con miramiento y cortesía, Rusia sentó las bases de un modo de ver que podría expresarse diciendo que de dos males hay que elegir el menor y que, en el caso dado, Rusia no es el mayor». (Pp. 12-13, ob. cit.)
¡Con qué «extraordinaria deferencia, miramiento, cortesía» y casi «fraternidad» acompaña el Falstaff de Plon-Plon388 a los rusos a Hungría y se hace «canal» de la ilusión en la que naufragó la revolución húngara de 1849! Fue el partido de Görgey389 el que difundió entonces la creencia en un príncipe ruso como futuro rey de Hungría y quebró con esta creencia la fuerza de resistencia de la revolución húngara.390
Sin apoyo particular en raza alguna, los Habsburgo basaban naturalmente antes de 1848 su dominación sobre Hungría en la nacionalidad dominante: los magiares. En general, dicho sea de paso, Metternich fue el mayor conservador de las nacionalidades. Abusaba de ellas, enfrentándolas, pero las necesitaba para abusar de ellas. Por eso las conservaba. Compárese Posen con Galitzia. Después de la revolución de 1848-1849, la dinastía de los Habsburgo, que había derrotado a alemanes y magiares por medio de los eslavos, intentó, imitando a José II, imponer por la fuerza el dominio del elemento alemán en Hungría. Por miedo a Rusia, los Habsburgo no se atrevieron a echarse en brazos de sus salvadores, los eslavos. Su reacción centralista en Hungría iba dirigida más aún contra sus salvadores, los eslavos, que contra sus vencidos, los magiares. En la lucha con sus propios salvadores, la reacción austriaca empujó así a los eslavos, como ha mostrado Szemere en su folleto Hungary, 1848-1860, Londres, 1860, de vuelta bajo la bandera del magiarismo. La dominación austriaca sobre Hungría y la dominación de los magiares en Hungría coincidían, pues, antes y después de 1848. Muy distinto es el caso de Rusia, tanto si domina Hungría directa como indirectamente. Sumando los elementos afines por la estirpe y los afines por la religión, Rusia dispone en el acto de la mayoría no magiar de la población. La raza magiar sucumbe en el acto ante los eslavos, afines por la estirpe, y los valacos, afines por la religión. La dominación rusa en Hungría equivale, pues, a la ruina de la nacionalidad húngara, es decir, de la Hungría históricamente ligada a la dominación de los magiares.391
Vogt, que hace que los polacos se fundan en Rusia por «libre autodeterminación», hace que los húngaros se hundan en el eslavismo por la dominación rusa.392
Pero Vogt todavía no ha hecho bastante por Rusia.
Entre las «provincias no alemanas» de Austria por las que la Confederación Germánica no debía «empuñar la espada» contra Francia y Rusia, que «está enteramente del lado de Francia», no figuraban solo Galitzia, Hungría e Italia, sino sobre todo Bohemia y Moravia.
«Rusia», dice Vogt, «ofrece el punto fijo en torno al cual las nacionalidades eslavas tienden cada vez más a agruparse». (Ob. cit., pp. 9-10.)
Bohemia y Moravia pertenecen a las «nacionalidades eslavas». Así como Moscovia se desplegó en Rusia, Rusia tiene que desplegarse en Paneslavonia. «Con los checos... a nuestro lado sucumbiremos ante cualquier enemigo». (P. 134, ob. cit.) Nosotros, es decir, Alemania, debemos procurar deshacernos de los checos, es decir, de Bohemia y Moravia. «Ninguna garantía para las posesiones no alemanas de los soberanos». (P. 133, ob. cit.) «¡Ninguna provincia no alemana más en la Confederación!» (Ob. cit.), ¡sino solo provincias alemanas en Francia! Así que no solo hay que «dejar hacer al actual Imperio francés, mientras no viole el territorio federal alemán» (p. 9, prólogo), sino que también hay que «dejar hacer» a Rusia mientras solo viole «provincias no alemanas de la Confederación». Rusia ayudará a Alemania a desarrollar su «unidad» y su «nacionalidad» adelantando tropas hacia los «apéndices eslavos» de Austria expuestos a sus «intrigas». Mientras Luis Bonaparte mantiene ocupada a Austria en Italia y Prusia obliga a envainar la espada federal alemana, el «zar bondadoso» «sabrá apoyar secretamente con dinero, armas y municiones» revoluciones en Bohemia y Moravia. (P. 13, ob. cit.)
¡Y «con los checos a nuestro lado tenemos que sucumbir ante cualquier enemigo»!
¡Qué magnánimo, pues, el «zar bondadoso», que nos libra de Bohemia y Moravia y de sus checos, los cuales, como «nacionalidades eslavas», «tienen que agruparse en torno a Rusia» por naturaleza! Veamos cómo protege nuestro Vogt del Imperio la frontera oriental de Alemania con su incorporación de Bohemia y Moravia a Rusia. ¡Bohemia rusa! Pero Bohemia está en medio de Alemania, separada por Silesia de la Polonia rusa, y por la Moravia rusificada por Vogt de la Galitzia y la Hungría rusificadas por Vogt. Rusia obtiene así un trozo de territorio federal alemán de 50 millas alemanas de largo y de 25 a 35 millas de ancho.393 Adelanta su frontera occidental 65 millas alemanas enteras hacia el Oeste. Y como de Eger a Lauterburg, en Alsacia, en línea recta, solo hay 45 millas alemanas, la Alemania del Norte quedaría completamente separada de la Alemania del Sur por la cuña francesa por un lado y, mucho más aún, por la rusa por el otro, y la partición de Alemania estaría consumada. El camino directo de Viena a Berlín pasaría por Rusia, y hasta el camino directo de Múnich a Berlín. Dresde, Núremberg, Ratisbona y Linz serían nuestras ciudades fronterizas frente a Rusia; nuestra posición frente a los eslavos sería en el Sur, por lo menos, la misma que antes de Carlomagno (mientras que en el Oeste Vogt no nos permite remontarnos hasta Luis XV), y podríamos tachar mil años de nuestra historia.
Para lo que ha servido Polonia, todavía mejor puede servir Bohemia. Convertida Praga en campo atrincherado, con fortalezas auxiliares en la desembocadura del Moldava y del Eger en el Elba, el ejército ruso en Bohemia puede esperar tranquilamente al ejército alemán, que llegará dividido de antemano desde Baviera, desde Austria y desde Brandeburgo, dejar que los cuerpos más fuertes se estrellen contra las fortalezas y batir en detalle a los más débiles.
Mírese el mapa lingüístico de Europa Central; tomemos, por ejemplo, una autoridad eslava, el Slovanský zeměvid de Šafařík.394 Aquí la frontera de la lengua eslava va desde la costa de Pomerania, junto a Stolp, por Zastrow, al sur de Chodziesen, en el Netze, y luego hacia el oeste hasta Meseritz. Pero desde aquí se tuerce de repente hacia el sudeste. Aquí la maciza cuña alemana de Silesia penetra profundamente entre Polonia y Bohemia. En Moravia y Bohemia la lengua eslava vuelve a avanzar mucho hacia el oeste, roída, es cierto, por todos lados por el elemento alemán que avanza y salpicada de ciudades e islotes lingüísticos alemanes, igual que en el norte todo el bajo Vístula y la mejor parte de Prusia Oriental y Occidental son alemanes y se adelantan incómodamente contra Polonia. Entre el punto más occidental de la lengua polaca y el más septentrional de la checa se encuentra el islote lingüístico lusaciano-wendo, en medio del dominio de la lengua alemana, pero de tal modo que casi corta Silesia.
Para el paneslavista ruso Vogt, que dispone de Bohemia, no puede haber duda sobre dónde está la frontera natural del imperio eslavo. Va de Meseritz directamente a Lieberose y Lübben, de allí al sur del paso del Elba a través de las montañas fronterizas de Bohemia, y sigue luego la frontera occidental y meridional de Bohemia y Moravia. Lo que queda más al este es eslavo; los cuatro enclaves alemanes y demás intrusos en territorio eslavo no pueden seguir estorbando el desarrollo del gran todo eslavo; además, no tienen ningún derecho a estar donde están. Una vez establecido este «estado paneslavista», resulta por sí solo que en el sur es necesaria una rectificación de fronteras parecida. También aquí se ha metido sin que nadie la llamara una cuña alemana entre los eslavos del Norte y los del Sur, y ha ocupado el valle del Danubio y los Alpes de Estiria. Vogt no puede tolerar esta cuña y, consecuentemente, anexiona a Rusia Austria, Salzburgo, Estiria y las partes alemanas de Carintia. Que en esta construcción del imperio eslavo-ruso según los principios más acreditados del «principio de las nacionalidades» también los cuatro magiares y rumanos, junto con diversos turcos, caigan en manos de Rusia (¡el «zar bondadoso» trabaja también, con el sojuzgamiento de Circasia y el exterminio de los tártaros de Crimea, en el «principio de las nacionalidades»!), como castigo por meterse entre los eslavos del Norte y los del Sur, lo ha expuesto ya Vogt, para fastidio de Austria.
Los alemanes no perdemos además en esta operación más que Prusia Oriental y Occidental, Silesia, partes de Brandeburgo y Sajonia, toda Bohemia, Moravia y el resto de Austria salvo el Tirol (una parte del cual corresponde al «principio de las nacionalidades» italiano)... ¡y nuestra existencia nacional por añadidura!
Pero quedémonos solo en lo más inmediato: ¡Galitzia, Bohemia y Moravia, rusas!
En tales circunstancias, la Austria alemana, la Alemania del Sudoeste y la Alemania del Norte nunca podrían actuar juntas, salvo (y a eso se llegaría necesariamente) bajo dirección rusa.
Vogt nos hace cantar a los alemanes lo que cantaban sus parisinos en 1815:
«¡Viva Alejandro,
viva el rey de reyes,
que, sin pretender nada,
nos da leyes!»395
El «principio de las nacionalidades» vogtiano, que en 1859 quería realizar mediante la alianza entre el «ángel blanco del Norte» y «el ángel blanco del Sur», debía, pues, según su propia concepción, acreditarse ante todo con la absorción de la nacionalidad polaca, el hundimiento de la nacionalidad magiar y la extinción de la nacionalidad alemana en... lo ruso.
Esta vez no he mencionado sus panfletos originales de Dentu, porque me reservaba una única cita contundente, como prueba de que en todo lo que aquí medio insinúa, medio deja escapar, se obedece una consigna dada por las Tullerías. En el número de Pensiero ed Azione del 2 al 16 de mayo de 1859,396 en el que Mazzini predice acontecimientos que ocurrieron más tarde, observa, entre otras cosas, que en la alianza concertada entre Alejandro II y Luis Bonaparte la primera condición era: «abbandono assoluto della Polonia» (abandono absoluto de Polonia por parte de Francia, lo que Vogt traduce por «colmar del todo el abismo que se abre entre Polonia y Rusia»).
«Che la guerra si prolunghi e assuma... proporzioni europee, l'insurrezione delle provincie oggi turche preparata di lunga mano e quelle dell'Ungheria, daranno campo all'Allianza di rivelarsi... Principi russi governerebbo le provincie che surgerebbo sulle rovine dell'Impero Turco e dell'Austria... Constantino di Russia è già proposto ai malcontenti ungheresi». (Véase Pensiero ed Azione del 2 al 16 de mayo de 1859.) («Pero, si la guerra se prolonga y toma proporciones europeas, la insurrección de las provincias hoy turcas, preparada desde hace tiempo, y la de Hungría darán a la alianza ocasión de revelarse... Príncipes rusos gobernarán los Estados que se alcen sobre las ruinas de Turquía y de Austria... Constantino de Rusia ha sido propuesto ya a los descontentos húngaros».)
El rusismo de Vogt es, sin embargo, solo secundario. En eso no hace más que seguir una consigna repartida por las Tullerías, procura solo preparar a Alemania para maniobras convenidas entre Luis Bonaparte y Alejandro II para ciertas eventualidades de la guerra contra Austria, y no hace en realidad más que repetir servilmente, como un eco, la fraseología paneslavista de sus panfletos originales de París. Su verdadero oficio es cantar el «Ludwigslied»:397
«Conozco a un rey que se llama el señor Luis,
que sirve gustoso a Dios (es decir, a las nacionalidades)».
Antes hemos oído cómo ensalza Vogt a Cerdeña con la noticia de que «ha llegado incluso a ganarse el respeto de Rusia».
Ahora, el paralelo.
«De Austria», dice, «no se habla en las declaraciones» (de Prusia)... «En caso de una guerra inminente entre Norteamérica y la Cochinchina, el lenguaje no sería distinto. Pero la misión alemana de Prusia, las obligaciones alemanas, la vieja Prusia, eso se subraya con predilección. Francia» (según la explicación de Francia que da en la p. 27: «Francia se resume ahora únicamente en la persona de su soberano») «reparte, en consecuencia, elogios por medio del Moniteur y del resto de la prensa. Austria se enfurece». (Estudios, p. 18.)
«Que Prusia entiende correctamente su “misión alemana“ se deduce de los elogios que le reparte Luis Bonaparte en el Moniteur y en el resto de la prensa de diciembre». ¡Qué fría impertinencia! Recuérdese cómo Vogt, por ternura hacia el «ángel blanco del Norte», hacía que Austria sola violara los tratados de 1815 y que confiscara ella sola Cracovia. El mismo servicio amoroso presta ahora al «ángel blanco del Sur».
«Este Estado de la Iglesia, contra cuya república» (¡república del Estado de la Iglesia!) «Cavaignac, el representante del partido republicano doctrinario y la contrafigura militar de Gagern» (¡otro paralelo!) «cometió el ignominioso asesinato de un pueblo» (¡cometer el asesinato de un pueblo contra la república de un Estado!) «que, sin embargo, no le ayudó a llegar a la silla presidencial». (Ob. cit., p. 69.)
¡Así que fue Cavaignac, y no Luis Bonaparte, quien cometió «el ignominioso asesinato de un pueblo» contra la República Romana! Cavaignac envió, en efecto, en noviembre de 1848 una flota de guerra a Civitavecchia para la protección personal del papa. Pero hasta el año siguiente, hasta que Cavaignac llevaba meses apartado de la silla presidencial, hasta el 9 de febrero de 1849, no se abolió el poder temporal del papa ni se proclamó la república en Roma, de modo que Cavaignac no pudo asesinar una república que en la época de su gobierno ni siquiera existía. Luis Bonaparte envió el 22 de abril de 1849 al general Oudinot con 14 000 hombres a Civitavecchia, después de haber arrancado con engaños a la Asamblea Nacional los fondos necesarios para la expedición contra Roma mediante la declaración, solemnemente repetida, de que solo pretendía oponerse a una invasión de los Estados romanos que tramaba Austria. La catástrofe de París del 13 de junio de 1849 surgió, como es sabido, de la resolución de Ledru-Rollin y de la Montaña de vengar el «ignominioso asesinato de un pueblo contra la República Romana», que era al mismo tiempo «una ignominiosa violación de la Constitución francesa» y una «ignominiosa violación de la resolución de la Asamblea Nacional», en el autor de todas estas ignominias, Luis Bonaparte, poniéndolo en estado de acusación.398 Se ve con qué «ignominia» el vil sicofante del golpe de Estado, con qué descaro Karl Vogt falsea la historia para situar por encima de toda duda la misión del señor «Hlùdowîg» de liberar las nacionalidades en general y a Italia en particular.
Vogt recuerda de la Neue Rheinische Zeitung que la clase de los campesinos parcelarios de Francia, junto con la clase del lumpenproletariado, constituye la única base social del Bajo Imperio.399 Ahora lo arregla del modo siguiente:
«El actual Imperio no tiene partido entre la gente culta, ni partido en la burguesía francesa; solo le pertenecen dos masas, el ejército y el proletariado del campo, que no sabe leer ni escribir. Pero esto suma las nueve décimas partes de la población y comprende el instrumento, poderosamente organizado, con el que se puede aplastar la resistencia, y el rebaño de los ilotas de la hipoteca, que no poseen nada más que un voto en la urna». (P. 25.)
La población no urbana de Francia, incluido el ejército, apenas llega a dos tercios de la población total. Vogt convierte menos de dos tercios en nueve décimos. Toda la población francesa de fuera de las ciudades, de la cual aproximadamente una quinta parte se compone de propietarios rurales acomodados y otra quinta parte de gente sin tierra ni bienes, la convierte toda entera en campesinos parcelarios, «ilotas de la hipoteca». Por último, suprime toda lectura y escritura en Francia fuera de las ciudades. Como antes la historia, falsea aquí la estadística para ensanchar el pedestal de su héroe. Sobre este pedestal se coloca ahora al héroe mismo.
«Francia se resume, pues, de hecho, ahora única y exclusivamente en la persona de su soberano, del que Masson» (otra autoridad) «decía que “posee grandes cualidades como estadista y soberano, una voluntad inquebrantable, un tacto seguro, una resolución enérgica, un corazón fuerte, un espíritu elevado y audaz y una falta absoluta de escrúpulos”». (P. 27, ob. cit.)
«¡Qué dichosamente le sienta
todo cuanto hace!
¡Qué a pedir de boca está su cuerpo!
¡Qué bien se avienen
sus finas piernas imperiales!»(Tristán)400
Vogt le arrebata el incensario a su Masson para agitarlo él mismo. Al catálogo de virtudes de Masson añade: «frío cálculo», «combinación poderosa», «astucia de serpiente», «paciencia tenaz» (p. 28) y luego balbucea, como Tácito de antecámara: «El origen de este poder es un horror», lo cual en todo caso es un disparate. Ante todo tiene que convertir melodramáticamente la figura grotesca de su héroe en gran hombre, y así Napoléon le Petit401 se convierte en este «hombre del destino». (P. 36, ob. cit.)
«Si las circunstancias actuales llevaran», exclama Vogt, «a cambiar el gobierno de este» (del hombre del destino) (¡qué expresión tan modesta, cambiar!), «no le faltará, ciertamente, nuestra calurosa felicitación, aunque por ahora no queramos vislumbrar ninguna perspectiva de ello». (P. 29, ob. cit.)
Hasta qué punto iba en serio la felicitación que este hermano caluroso402 guardaba in petto se ve por lo siguiente:
«Pero las circunstancias interiores se vuelven de día en día más insostenibles con la paz continuada, porque el ejército francés está mucho más estrechamente ligado a los partidos de la gente culta que, por ejemplo, en los Estados alemanes, en Prusia y en Austria; porque estos partidos encuentran eco sobre todo entre los oficiales, y así, un buen día, podría escapársele al emperador el único apoyo activo del poder que tiene en las manos». (Ob. cit., pp. 26-27.)
Así pues, las «circunstancias interiores» se volvían «cada día más insostenibles» con la «paz continuada». Por eso Vogt tenía que procurar facilitar a Luis Bonaparte la ruptura de la paz. El ejército, el «único apoyo activo» de su «poder», amenazaba con «escapársele». Por eso Vogt demostraba que la tarea de Europa era volver a atar el «ejército» francés a Luis Bonaparte con una guerra «localizada» en Italia. El papel de Badinguet, como llaman los parisinos sin ningún respeto al «sobrino de su tío», parecía, en efecto, abocado a finales de 1858 a un final espantoso. La crisis comercial general de 1857-1858 había paralizado la industria francesa.403 Las maniobras del gobierno para impedir el estallido agudo de la crisis hicieron crónico el mal, de modo que el estancamiento del comercio francés se arrastró hasta el estallido de la guerra de Italia. Por otro lado, los precios del trigo cayeron tanto de 1857 a 1859 que en varios congrès agricoles [congresos agrícolas] resonó en voz alta la queja de que la agricultura francesa se hacía imposible con los precios bajos y las altas cargas que pesaban sobre ella. El ridículo intento de Luis Bonaparte de subir artificialmente los precios del trigo con un ucase que había de imponer a los panaderos de toda Francia la construcción de graneros no hizo más que delatar el desconcierto impotente de su gobierno.
La política exterior del golpe de Estado no mostraba más que una serie de intentos fallidos de hacer de Napoleón: arremetidas, todas ellas, coronadas por la retirada oficial. Así su intriga contra los Estados Unidos de América, las maniobras para restablecer la trata de esclavos, las amenazas melodramáticas contra Inglaterra. Las insolencias que Luis Bonaparte se permitió entonces con Suiza, Cerdeña, Portugal y Bélgica (aunque en Bélgica ni siquiera logró impedir la fortificación de Amberes) no hacían sino poner más crudamente de relieve su fiasco frente a las grandes potencias. En el Parlamento inglés, «Napoleón el Pequeño» se había convertido en mote corriente, y el Times, en sus últimos artículos de 1858, se burlaba del «hombre de hierro» llamándolo «hombre de gutapercha». Entretanto, las granadas de Orsini habían iluminado como un relámpago la situación interior de Francia.404 Se vio que el régimen de Luis Bonaparte seguía siendo tan inconsistente como en los primeros días del golpe de Estado. Las lois de sûreté publique [leyes de seguridad pública] delataban su completo aislamiento. Tuvo que abdicar ante sus propios generales. Francia, cosa inaudita, fue dividida a la española en cinco capitanías generales. Con la creación de la regencia, Pélissier quedó reconocido de hecho como autoridad suprema de Francia.405 Además, el terror renovado no infundía espanto. En lugar de temible, el sobrino holandés de la batalla de Austerlitz406 solo parecía grotesco. Montalembert podía hacer de Hampden en París,407 Berryer y Dufaure podían dejar ver en sus alegatos las esperanzas de la burguesía, y Proudhon podía proclamar en Bruselas el luisfelipismo con un acte additionnel,408 mientras el propio Luis Bonaparte revelaba a toda Europa el poder creciente de la Marianne.409 La insurrección de Chalon,410 durante la cual los oficiales, ante la noticia de la proclamación de la república en París, en lugar de cargar contra los insurrectos, preguntaron primero con cautela en la prefectura si de verdad se había proclamado la república en París, probó de modo contundente que hasta el ejército consideraba el imperio restaurado como una pantomima cuya escena final se acercaba. ¡Duelos escandalosos de los oficiales arrogantes en París, al mismo tiempo que golpes de bolsa escandalosos en los que estaban comprometidas las cabezas más altas de la Banda del 10 de Diciembre! ¡La caída del ministerio Palmerston en Inglaterra por su alianza con Luis Bonaparte!411 ¡Y, por último, un tesoro público que solo podía volver a llenarse con pretextos extraordinarios! Tal era la situación del Bajo Imperio a finales de 1858. O caía el imperio de baratillo,412 o había de acabar la farsa ridícula de un imperio napoleónico dentro de las fronteras de los tratados de 1815. Para eso hacía falta, sin embargo, una guerra localizada. La mera perspectiva de una guerra con Europa habría bastado entonces para provocar la explosión en Francia. Cualquier niño comprendía lo que dijo Horsman413 en el Parlamento inglés:
«Sabemos que Francia apoyará al emperador mientras nuestras vacilaciones permitan a su política exterior tener éxito, pero tenemos razones para creer que lo abandonará en cuanto le hagamos una oposición decidida».
Todo dependía de localizar la guerra, es decir, de hacerla con la alta venia de la autoridad europea. La propia Francia tenía que irse preparando para la guerra con una serie de negociaciones de paz hipócritas y su repetido fracaso. Luis Bonaparte se había atascado incluso en esto. Lord Cowley, el embajador inglés en París,414 había viajado a Viena con propuestas que Luis Bonaparte había redactado y el gabinete de Londres (Derby) aprobado. Allí (véase el Libro Azul citado más arriba), bajo la presión de Inglaterra, las propuestas fueron aceptadas inesperadamente. Cowley acababa de volver a Londres con la noticia de la «solución pacífica» cuando llegó de repente la nueva de que L. Bonaparte había abandonado sus propias propuestas y se había adherido a un congreso propuesto por Rusia para meter en cintura a Austria. Solo gracias a la intervención de Rusia se hizo posible la guerra. Si Rusia no hubiera necesitado más a Luis Bonaparte para ejecutar sus planes (ya fuera para imponerlos con Francia, ya para convertir a Austria y a Prusia, a golpes franceses, en sus instrumentos dóciles), Luis Bonaparte habría caído entonces. Pero, pese al apoyo secreto de Rusia, pese a las promesas de Palmerston, que en Compiègne había dado su aprobación a la conspiración de Plombières,415 todo dependía, sin embargo, de la actitud de Alemania, pues, por un lado, el gabinete tory seguía en el poder en Inglaterra y, por otro, la rebelión muda que Francia sostenía entonces contra el régimen bonapartista habría estallado ante la perspectiva de una guerra europea.
Que Vogt no cantaba su «Ludwigslied» ni por vivo interés por Italia ni por miedo al despotismo de Austria, timorato, conservador, tan torpe como brutal, lo deja escapar él mismo. Creía, al contrario, que si Austria, que, nótese bien, se vio obligada a abrir la guerra, vencía de momento en Italia,
«la revolución en Francia se desencadenaría en todo caso, el Imperio sería derribado y se abriría paso otro porvenir». (Ob. cit., p. 131.) Creía que «los ejércitos austriacos no resistirían al final ante la fuerza popular desencadenada de Francia» (ob. cit.), que «las armas austriacas victoriosas crearían por sí mismas, en la revolución de Francia, de Italia y de Hungría, el adversario que había de aplastarlas».
Pero a él no le importaba liberar a Italia de Austria, sino esclavizar a Francia bajo Luis Bonaparte.
¿Se pide ahora una prueba más de que Vogt no era más que una de las innumerables bocinas a través de las cuales el grotesco ventrílocuo de las Tullerías se hacía oír en lenguas extrañas? Se recordará que, en la época en que L. Bonaparte descubrió por primera vez su misión de liberar las nacionalidades en general y a Italia en particular, Francia ofrecía un espectáculo inaudito en su historia. Toda Europa se asombraba de la tenaz obstinación con que rechazaba las idées napoléoniennes [ideas napoleónicas]. El entusiasmo con que incluso los chiens savants [perros amaestrados] del Cuerpo Legislativo aclamaban las garantías de paz de Morny; las notas desabridas en las que el Moniteur sermoneaba a la nación, ya por hundirse en los intereses materiales, ya por su falta de tensión patriótica y sus dudas sobre el talento militar y la sabiduría política de Badinguet; los messages [mensajes] oficiales tranquilizadores a todas las cámaras de comercio de Francia; la garantía imperial de que étudier une question n'est pas la créer [estudiar una cuestión no es crearla]: todo eso sigue en la memoria de todos. La prensa inglesa, pasmada ante el extraordinario espectáculo, rebosaba entonces de bienintencionadas majaderías sobre la transformación pacífica que se había operado en la naturaleza de los franceses; la Bolsa trataba «guerra» o «no guerra» como un «duelo» entre Luis Bonaparte, que quería la guerra, y la nación, que no la quería, y se cruzaban apuestas sobre quién vencería, la nación o el «sobrino de su tío». Para describir la situación de entonces solo citaré algunos pasajes del Economist de Londres, que, como órgano de la City, como heraldo de la guerra de Italia y como propiedad de Wilson (el canciller del Tesoro de la India, recién fallecido, e instrumento de Palmerston),416 tenía gran importancia:
«Alarmado por la colosal agitación que se ha provocado, el gobierno francés ensaya ahora el sistema de apaciguamiento». (Economist, 15 de enero de 1859.)
En su número del 22 de enero de 1859, en un artículo titulado «Límites prácticos del poder imperial en Francia», dice el Economist:
«Se lleven o no a cabo los planes del emperador para una guerra en Italia, un hecho por lo menos es seguro: que sus planes han encontrado una resistencia muy fuerte y probablemente inesperada en la actitud glacial con que los ha acogido el sentir popular en Francia, en la ausencia total de cualquier simpatía por el plan del emperador... Propone la guerra, y el pueblo francés no muestra más que alarma y descontento, los títulos del Estado se deprecian, el miedo al recaudador apaga toda chispa de entusiasmo marcial y político, la parte comercial de la nación está presa del pánico, los distritos rurales callan descontentos, temiendo nuevas quintas y nuevos impuestos; los círculos políticos que más han apoyado el régimen imperial como un pis aller [mal menor] contra la anarquía se declaran contra la guerra exactamente por las mismas razones; es seguro que Luis Napoleón ha descubierto en todas las clases una extensión y una profundidad de la oposición a una guerra, aunque sea por Italia, que no sospechaba».417
Frente a este sentir popular francés se soltó aquella parte de los panfletos originales de Dentu que, «en nombre del pueblo», intimaba al «emperador» a ayudar por fin a «Francia a su majestuosa extensión de los Alpes al Rin» y a no oponerse por más tiempo al «ardor bélico» y al «afán de liberar nacionalidades de la nación». Vogt toca la misma trompeta que las prostitutas de diciembre. En el mismo momento en que Europa se asombraba del tenaz pacifismo de Francia, Vogt descubría que «hoy el pueblo voluble» (el francés) «aparece lleno de apetitos guerreros» (ob. cit., pp. 29-30), y que el señor Hlùdowîg no hacía más que seguir la «corriente dominante de la época», orientada precisamente hacia la «independencia de las nacionalidades». (P. 31, ob. cit.) Naturalmente, no creía ni una sílaba de lo que escribía. En su «Programa», que llamaba a los demócratas a colaborar en su propaganda bonapartista, cuenta con toda exactitud que la guerra de Italia es impopular en Francia.
«Para el comienzo no creo en ningún peligro para el Rin; pero puede presentarse más adelante; una guerra allí o contra Inglaterra haría casi popular a Luis Napoleón; la guerra en Italia no tiene ese lado popular». (P. 34, «Libro mayor», Documentos.)418
Si una parte de los panfletos originales de Dentu procuraba, pues, sacar a la nación francesa de su «letargo pacífico» con los fantasmas tradicionales de conquista y poner en boca de la nación los deseos privados de Luis Bonaparte, la otra parte, con el Moniteur a la cabeza, tenía la tarea de convencer, sobre todo a Alemania, del horror del emperador a adquirir territorios y de su misión ideal de mesías liberador de las nacionalidades. Las pruebas, por un lado, del desinterés de su política y, por otro, de su tendencia a liberar las nacionalidades son fáciles de aprender de memoria, porque se repiten sin cesar y solo giran en torno a dos ejes. Prueba del desinterés de la política decembrista: la guerra de Crimea. Prueba de la tendencia a liberar las nacionalidades: el coronel Cuza y la nacionalidad rumana. El Moniteur dio aquí directamente el tono. Véase el Moniteur del 15 de marzo de 1859 sobre la guerra de Crimea. El Moniteur del 10 de abril de 1859 dice sobre la nacionalidad rumana:
«En Alemania, como en Italia, quiere» (Francia) «que las nacionalidades reconocidas por los tratados se conserven e incluso se fortalezcan. En los principados del Danubio, él» (el emperador) «se ha esforzado por hacer triunfar los deseos legítimos de estas provincias, para dar satisfacción también en esta parte de Europa al orden basado en los intereses nacionales».
Véase también el panfleto Napoléon III et la question roumaine [Napoleón III y la cuestión rumana], aparecido a principios de 1859 en casa de Dentu. Con respecto a la guerra de Crimea:
«Por último, ¿qué compensación ha pedido Francia por la sangre que ha derramado y los millones que ha gastado en Oriente en un interés exclusivamente europeo?» (P. 13, La vraie question, París, Dentu, 1859.)
El mismo tema, tocado en París en infinitas variaciones, lo puso Vogt en alemán con tanto acierto que E. About, la urraca parlanchina del bonapartismo, parece haber retraducido al francés la traducción alemana de Vogt. Véase La Prusse en 1860. También aquí nos persiguen otra vez la guerra de Crimea y la nacionalidad rumana bajo el coronel Cuza.
«Pero esto, al menos, lo sabemos», repite Vogt como un eco del Moniteur y de los panfletos originales de Dentu, «que Francia no conquistó ni un palmo de tierra» (en Crimea) «y que el tío, tras la campaña victoriosa, no se habría contentado con el magro resultado de la superioridad establecida en el arte de la guerra». (Estudios, p. 33.) «Aquí se muestra, desde luego, una diferencia esencial con la antigua política napoleónica».419 (Ob. cit.)
¡Como si Vogt tuviera que demostrarnos que Napoléon le Petit no es el Napoleón de verdad! Con el mismo derecho habría podido Vogt profetizar en 1851 que el sobrino, que no tenía nada que oponer a la primera campaña de Italia y a la expedición a Egipto más que la aventura de Estrasburgo, la expedición a Boulogne y la revista de las salchichas de Satory,420 nunca imitaría el dieciocho brumario, y menos aún se pondría jamás la corona imperial. Ahí sí había «una diferencia esencial con la antigua política napoleónica». Hacer la guerra contra una coalición europea y hacerla con permiso de una coalición europea era otra diferencia.
La «gloriosa campaña de Crimea», en la que Inglaterra, Francia, Turquía y Cerdeña unidas «conquistaron», al cabo de dos años, la mitad de una fortaleza rusa, perdieron en compensación una fortaleza turca entera (Kars) a manos de Rusia y, al firmar la paz en el Congreso de París, tuvieron que «pedir» modestamente al enemigo «el permiso» para embarcar sus tropas de vuelta a casa sin ser molestadas, fue en realidad cualquier cosa menos «napoleónica». Gloriosa, en todo caso, solo en la novela de Bazancourt.421 Pero la guerra de Crimea demostró muchas cosas. Luis Bonaparte traicionó al supuesto aliado (Turquía) para ganarse la alianza del supuesto enemigo. El primer éxito de la paz de París fue el sacrificio de la «nacionalidad circasiana» y el exterminio ruso de los tártaros de Crimea, y no menos la destrucción de las esperanzas nacionales que Polonia y Suecia habían puesto en una cruzada de Europa Occidental contra Rusia. Otra moraleja de la guerra de Crimea era que Luis Bonaparte no podía hacer una segunda guerra de Crimea, perder un ejército viejo y contraer una deuda pública nueva a cambio de la conciencia de que Francia era lo bastante rica para payer sa propre gloire [pagarse su propia gloria], de que el nombre de Luis Napoleón figuraba en un tratado europeo, de que «la prensa conservadora y dinástica de Europa», como Vogt le apunta tan generosamente en su haber (p. 32, ob. cit.), reconocía unánimemente «las virtudes de gobernante, la sabiduría y la moderación del emperador», y de que toda Europa le rindió entonces todos los honores de un Napoleón de verdad, con la condición expresa de que Luis Bonaparte, siguiendo el ejemplo de Luis Felipe, se moviera modosamente dentro de «los límites de la razón práctica», es decir, de los tratados de 1815, y no olvidara ni un instante la delicada línea divisoria que separa al gracioso del héroe al que representa. Las combinaciones políticas, los gobernantes y las condiciones sociales que podían permitir al jefe de la Banda de Diciembre hacer de Napoleón, primero en Francia y luego fuera del terreno francés, pertenecen en realidad a su época, no a los anales de la gran Revolución francesa.
«El hecho está ahí, al menos: que la actual política francesa en Oriente ha hecho justicia a la aspiración de una nacionalidad» (la rumana) «a la unificación». (Estudios, pp. 34-35.)
Cuza, como ya se ha dicho, guarda el puesto, bien para un gobernador ruso, bien para un vasallo ruso. En el mapa L'Europe en 1860 figura como vasallo un gran duque de Mecklemburgo. Rusia permitió naturalmente a Luis Bonaparte todos los honores de esta emancipación rumana, mientras se embolsaba ella misma todas sus ventajas. En el camino de sus ulteriores intenciones benévolas se interponía Austria. La guerra de Italia tenía, pues, que transformar a Austria de obstáculo en instrumento.
El ventrílocuo de las Tullerías tocaba ya durante 1858 la «nacionalidad rumana» en sus innumerables bocinas. Por eso una autoridad de Vogt, el señor Kossuth422, pudo responder ya el 20 de noviembre de 1858 en una conferencia en Glasgow:
«Valaquia y Moldavia reciben una constitución incubada en la guarida de la diplomacia secreta... En realidad no es ni más ni menos que una carta otorgada a Rusia, que le deja libre disposición sobre los principados del Danubio». (It is in reality no more nor less than a charter granted to Russia for the purpose of disposing of the Principalities.)
El «principio de las nacionalidades» sirvió, pues, a Luis Bonaparte en los principados del Danubio para enmascarar su entrega a Rusia, exactamente igual que el gobierno austriaco se sirvió en 1848-1849 del «principio de las nacionalidades» para estrangular la revolución magiar y alemana por medio de serbios, eslavonios, croatas, valacos, etc.
El pueblo rumano (y de eso se encargan a la vez el cónsul ruso en Bucarest y el interés de la canalla de boyardos moldovalacos, cuya mayoría ni siquiera es rumana, sino un mosaico abigarrado de aventureros venidos de fuera, una especie de Banda de Diciembre oriental), el pueblo rumano languidece como antes bajo la más espantosa prestación personal, tal como solo los rusos podían organizarla con un règlement organique y solo un demi-monde oriental mantenerla.
Vogt, para adornar con elocuencia propia la sabiduría sacada de las fuentes originales de Dentu, dice:
«Austria ya tenía bastante con un Piamonte en el Sur; no necesita un segundo en el Este». (Ob. cit., p. 64.)
El Piamonte se anexiona tierras italianas. ¿Así que los principados del Danubio, el país menos belicoso de Turquía, se anexionarán tierras rumanas? ¿Conquistarán, pues, Besarabia a Rusia, y Transilvania, el Banato de Temesvár y Bucovina a Austria? Vogt no solo olvida al «zar bondadoso». Olvida que Hungría en 1848-1849 no parecía en absoluto dispuesta a dejar que se separaran de ella estas tierras más o menos rumanas, que respondió a su «grito de dolor» con la espada desenvainada, y que fue más bien Austria la que desató contra Hungría semejante «propaganda del principio de las nacionalidades».
Pero la erudición histórica de sus Estudios vuelve a brillar en todo su esplendor cuando Vogt, con medio recuerdo de algún panfleto del día hojeado a la ligera y con gran tranquilidad de espíritu,
«hace derivar el lamentable estado de los principados... del veneno corrosivo de los griegos y fanariotas». (Ob. cit., p. 63.)
No sospechaba que los fanariotas (llamados así por un barrio de Constantinopla) son exactamente los mismos griegos que desde principios del siglo XVIII han campado a sus anchas bajo protección rusa en los principados del Danubio. Son en parte los descendientes de esos limondji (vendedores de limonada) de Constantinopla los que ahora, otra vez por encargo ruso, hacen el papel de la «nacionalidad rumana».
Mientras el ángel blanco del Norte avanza, pues, desde el Este y aniquila las nacionalidades en honor de la raza eslava, y el ángel blanco del Sur avanza desde el lado opuesto como abanderado del principio de las nacionalidades, y
«hay que esperar hasta que la liberación de las nacionalidades la haya consumado este hombre del destino» (Estudios, p. 36);
mientras transcurren estas operaciones combinadas, «en la más estrecha alianza», de los dos ángeles y «los dos mayores enemigos exteriores de la unidad de Alemania» (Estudios, 2.ª edición, epílogo, p. 154), ¿qué papel asigna a Alemania el Vogt del Imperio, que, sin embargo, no es ningún «acrecentador del Imperio»?
«Hasta el más corto de vista», dice Vogt, «tiene que haber comprendido ya que existe un entendimiento entre el gobierno de Prusia y el gobierno imperial de Francia; que Prusia no empuñará la espada en defensa de las provincias no alemanas de Austria» (Bohemia y Moravia incluidas, naturalmente); «que dará su aprobación a todas las medidas que se refieran a la defensa del territorio federal» (con exclusión de sus provincias «no alemanas»), «pero que, por lo demás, impedirá toda participación de la Confederación o de miembros aislados de la Confederación en favor de Austria, para recibir luego, en las futuras negociaciones de paz, su recompensa por estos esfuerzos en las llanuras del norte de Alemania». (Estudios, 1.ª edición, pp. 18-19.)
Al pregonar a los cuatro vientos, ya antes del estallido efectivo de la guerra contra Austria, el secreto que le habían confiado las Tullerías (que Prusia actuaba en «entendimiento secreto» con el «enemigo exterior de Alemania», que le pagaría con una «recompensa en las llanuras del norte de Alemania»), Vogt hacía naturalmente a Prusia el mejor de los anticipos para alcanzar sus supuestos fines. Despertaba la desconfianza de los demás gobiernos alemanes, tanto contra los esfuerzos neutralizadores de Prusia al comienzo como contra sus armamentos y su pretensión al mando supremo en el curso de la guerra.
«Cualquiera que fuese el camino», dice Vogt, «que Alemania tuviera que seguir en la crisis actual, no cabe duda de que, considerada en conjunto, tenía que seguir con energía un camino determinado, mientras que ahora la desdichada Dieta federal, etc.». (Ob. cit., p. 96.)
La difusión de la idea de que el camino de Prusia iba del brazo con «el enemigo exterior» y conducía a zamparse las llanuras del Norte debía de servir, sin duda, para crear la unidad que faltaba en la Dieta federal. A Sajonia se le recuerda en particular que Prusia ya le infligió una vez «la pérdida de algunas de sus provincias más hermosas». (Ob. cit., p. 93.) Se denuncia la «compra de la bahía del Jade» (ob. cit., p. 15).
«Holstein había de ser el precio de la colaboración de Prusia» (en la guerra de Turquía) «cuando el famoso robo de despachos dio otro giro a las negociaciones». (Ob. cit., p. 15.) «Mecklemburgo, Hannover, Oldemburgo, Holstein y todo lo que cuelga alrededor..., estos Estados hermanos alemanes son el cebo al que Prusia», y por cierto «en cualquier ocasión», «se lanza ávidamente» (ob. cit., pp. 14-15)
y en el que, como revela Vogt, Luis Bonaparte la ha dejado bien enganchada en esta ocasión. Por un lado, Prusia, en «entendimiento» secreto con Luis Bonaparte y «a costa de sus hermanos alemanes», llegará y tiene que llegar «a las costas del mar del Norte y del Báltico». (Ob. cit., p. 14.) Por otro lado,
«Prusia solo tendrá una frontera natural cuando la divisoria de aguas del Erzgebirge y del Fichtelgebirge se prolongue a través del Meno Blanco y por la línea del Meno hasta Maguncia». (Ob. cit., p. 93.)
¡Fronteras naturales en medio de Alemania! ¡Y encima formadas por una divisoria de aguas que pasa a través de un río! Son descubrimientos de este género en el campo de la geografía física, entre los que se cuenta también el canal que emerge (véase el «Libro mayor»), los que ponen a la «naturaleza redondeada»423 a la altura de A. von Humboldt. Mientras predica así a la Confederación Germánica confianza en la dirección de Prusia, Vogt, no contento con la «vieja rivalidad de Prusia contra Austria en el terreno alemán, etc.», inventaba al mismo tiempo una rivalidad entre ambas que «tantas veces se ha manifestado en terreno extraeuropeo». (Ob. cit., p. 20.) Este terreno extraeuropeo debe de estar en la luna.
En realidad, Vogt no hace más que poner en palabras el mapa L'Europe en 1860, publicado en 1858 por el gobierno francés. En este mapa, Hannover, Mecklemburgo, Brunswick, Holstein y el Hesse Electoral, junto con los diversos Waldeck, Anhalt, Lippe, etc., aparecen anexionados a Prusia, mientras que l'Empereur des Français conserve ses (!) limites actuelles, el emperador de los franceses conserva sus (!) fronteras actuales. «Prusia hasta el Meno» es al mismo tiempo una consigna de la diplomacia rusa. (Véase, por ejemplo, el ya mencionado memorándum de 1837.) A una Alemania del Norte prusiana se enfrentaría una Alemania del Sur austriaca, separadas por fronteras naturales, tradición, confesión, dialecto y diferencias de estirpe; la partición en dos424 de Alemania quedaría consumada por la simplificación de sus antagonismos, y la guerra de los Treinta Años declarada en permanencia.
Según la primera edición de los Estudios, Prusia debía recibir, pues, semejante «recompensa» por los «esfuerzos» con que obligaba durante la guerra a envainar la espada federal alemana. En los Estudios de Vogt, como en el mapa francés L'Europe en 1860, no es Luis Bonaparte, sino Prusia, quien busca y encuentra engrandecimiento territorial y fronteras naturales con la guerra francesa contra Austria.
Pero solo en el epílogo a la segunda edición de sus Estudios, que apareció durante la guerra austro-francesa, revela Vogt la verdadera tarea de Prusia. Debe empezar una «guerra civil» (véase la segunda edición, p. 152) para fundar un «poder central unitario» (ob. cit., p. 153), para incorporar Alemania a la monarquía prusiana. Mientras Rusia avanza desde el Este y Luis Bonaparte paraliza a Austria en Italia, Prusia debe abrir en Alemania una «guerra civil» dinástica. Vogt garantiza al príncipe regente425 que la
guerra «encendida ahora» en Italia «ocupará por lo menos todo el año 1859», «mientras que la unificación de Alemania, llevada a cabo con resolución rápida, no costaría tantas semanas como meses la campaña de Italia». (Ob. cit., p. 155.)
¡La guerra civil en Alemania solo costaría semanas! Además de las tropas austriacas, que con guerra en Italia o sin ella habrían marchado inmediatamente contra Prusia, esta encontraría, como cuenta el propio Vogt, la resistencia de «Baviera..., sometida por completo a la influencia austriaca» (Estudios, 1.ª ed., p. 90), de Sajonia, que sería la primera amenazada y no tendría más razones para violentar su «simpatía por Austria» (ob. cit., p. 93), de «Wurtemberg, Hesse-Darmstadt y Hannover» (ob. cit., p. 94), en una palabra, de «nueve décimas partes» (ob. cit., p. 16) de los «gobiernos alemanes». Y estos gobiernos, como sigue demostrando Vogt, no habrían estado ni mucho menos desamparados en semejante «guerra civil» dinástica, emprendida además por Prusia en un momento en que Alemania estaba amenazada por sus «dos mayores enemigos exteriores».
«La corte» (de Baden), dice Vogt, «va con Prusia, pero el pueblo, de eso no puede caber duda, no se suma ciertamente a estas simpatías de la familia reinante. El Breisgau está incluso, igual que la Alta Suabia, por los lazos de la simpatía y de la confesión, por los viejos recuerdos de la Austria Anterior, a la que perteneció en otro tiempo, más firmemente ligado todavía al emperador y al Estado imperial de lo que cabría suponer tras tan larga separación». (Ob. cit., pp. 93-94.) «Con excepción de Mecklemburgo» y «quizá» del Hesse Electoral, «reina en la Alemania del Norte desconfianza hacia la teoría de la absorción y una condescendencia renuente hacia Prusia. El sentimiento instintivo de aversión, e incluso de odio, que la Alemania del Sur abriga contra Prusia..., tampoco este sentimiento han podido extirparlo ni disiparlo a fuerza de declamaciones todos los gritos estentóreos del partido imperial. Existe vivo en el pueblo, y ningún gobierno, aunque fuera el badense, puede resistirle mucho tiempo. Así pues, Prusia no tiene verdadera simpatía en ninguna parte, ni en el pueblo alemán ni en los gobiernos de la Confederación Germánica». (Ob. cit., p. 21.)
Así habla Vogt. Y precisamente por eso, según el mismo Vogt, una «guerra civil» dinástica, emprendida por Prusia en «entendimiento secreto» con los «dos mayores enemigos exteriores de Alemania», solo habría costado «semanas». Pero aún no basta.
«La vieja Prusia va con el gobierno; Renania-Westfalia, con la Austria católica. Si el movimiento popular de allí no consigue empujar al gobierno hacia Austria, la consecuencia inmediata será que volverá a abrirse el abismo entre las dos partes de la monarquía». (Ob. cit., p. 20.)
Si, pues, según Vogt, la mera negativa de Prusia a tomar partido por Austria ya volvía a abrir el abismo entre Renania-Westfalia y la vieja Prusia, una «guerra civil» emprendida por Prusia para excluir a Austria de Alemania tenía que separar por completo, naturalmente según el mismo Vogt, a Renania-Westfalia de Prusia. Pero «¿qué les importa Alemania a estos papistas?» (ob. cit., p. 119), o, como quiere decir en realidad, ¿qué le importan estos papistas a Alemania? Renania-Westfalia son tierras ultramontanas, «católico-romanas», pero no «verdaderamente alemanas». Así que hay que separarlas del territorio federal ni más ni menos que a Bohemia y Moravia. Y este proceso de separación debía acelerarlo la «guerra civil» dinástica que Vogt recomendaba a Prusia. En efecto, en el mapa L'Europe en 1860, publicado por el gobierno francés en 1858, que sirvió a Vogt de brújula para sus Estudios, aquel gobierno había anexionado, igual que Egipto a Austria, las provincias del Rin a Bélgica como tierras de «nacionalidad católica»: fórmula irónica de la anexión de Bélgica y de la provincia del Rin a Francia. Que Vogt vaya más allá que el mapa del gobierno francés y entregue además la Westfalia católica se explica por las «relaciones científicas» del fugitivo regente del Imperio con Plon-Plon, hijo del ex rey de Westfalia.426
Así pues, en resumen: por un lado, Luis Bonaparte permitirá a Rusia extender los brazos desde Posen hasta dentro de Bohemia y, por Hungría, hasta más allá de Turquía; por otro, él mismo fundará por la fuerza de las armas, en la frontera de Francia, una Italia unida e independiente, y todo pour le roi de Prusse;427 todo para que Prusia tenga ocasión de meter a Alemania bajo su sombrero con una guerra civil y de «asegurar para siempre las provincias del Rin» frente a Francia. (Ob. cit., p. 121.)
«Pero, se dice, hay peligro para el territorio federal, el enemigo hereditario amenaza, su verdadero objetivo es el Rin. Protéjase, pues, este y protéjase el territorio federal» (ob. cit., p. 105),
y, por cierto, protéjase el territorio federal cediendo Bohemia y Moravia a Rusia, y protéjase el Rin empezando una «guerra civil» alemana destinada, entre otras cosas, a separar Renania-Westfalia de Prusia.
«Pero, se dice, Luis Napoleón... ¡quiere satisfacer de un modo u otro la sed napoleónica de tierras! No lo creemos: ¡tenemos delante el ejemplo de la campaña de Crimea!» (Ob. cit., p. 129.)
Además de su incredulidad sobre la sed napoleónica de tierras y su fe en la campaña de Crimea, Vogt guarda in petto otro argumento. Austriacos y franceses se morderán en Italia, como los gatos de Kilkenny,428 hasta que de los dos solo queden las colas.
«Será una guerra terriblemente sangrienta, tenaz, quizá indecisa». (Ob. cit., pp. 127-128.) «Solo con un esfuerzo de sus fuerzas extremas obtendrá Francia, con el Piamonte, la victoria, y pasarán decenios antes de que pueda reponerse de este esfuerzo agotador». (Ob. cit., p. 129.)
Esta perspectiva de la duración de la guerra de Italia derrota a sus adversarios. Y el método con que Vogt prolonga la resistencia de Austria a las armas francesas en Italia y paraliza la fuerza agresiva de Francia es, en verdad, bastante original. Por un lado, los franceses reciben carta blanca en Italia; por otro, se permite al «zar bondadoso», mediante sus maniobras en Galitzia, Hungría, Moravia y Bohemia, mediante intrigas revolucionarias en el interior y demostraciones militares en las fronteras,
«retener una parte considerable de las fuerzas austriacas en aquellas partes de la monarquía que están expuestas a un ataque ruso o son accesibles a las intrigas rusas». (Ob. cit., p. 11.)
Y, por último, con una «guerra civil» dinástica que Prusia abre al mismo tiempo en Alemania, Austria se ve obligada a retirar de Italia sus fuerzas principales para conservar sus posesiones alemanas. En tales circunstancias, Francisco José y Luis Bonaparte, naturalmente, no firmarán ninguna paz de Campoformio,429 sino que «se desangrarán ambos en Italia».
Austria no hará concesiones al «zar bondadoso» en el Este ni aceptará la compensación en Serbia y Bosnia que se le ofrece desde hace mucho, ni garantizará a Francia las provincias del Rin para caer, aliada con Rusia y Francia, sobre Prusia. ¡Ni pensarlo! Se empeñará en «desangrarse en Italia». En todo caso, el «hombre del destino» de Vogt rechazaría con indignación moral semejante compensación en el Rin. Vogt sabe que
«la política exterior del Imperio actual solo tiene un principio: el de la propia conservación». (Ob. cit., p. 31.)
Sabe que Luis Bonaparte
«persigue una sola idea: la de mantenerse en este poder» (sobre Francia). (Ob. cit., p. 29.)
Sabe que la «guerra de Italia no le hace popular en Francia», mientras que la adquisición de las provincias del Rin le haría «popular» a él y a su dinastía. Dice:
«Las provincias del Rin son, en efecto, un antojo predilecto del chovinismo francés, y quizá, si se va al fondo, solo se encontraría una pequeña minoría de la nación que no llevara este deseo en el corazón». (Ob. cit., p. 121.)
Por otra parte, los «franceses perspicaces», y por eso, sin duda, también el «hombre del destino con la astucia de serpiente» de Vogt, saben
«que solo hay esperanza de realizarlo» (a saber, la adquisición por Francia de la frontera natural del Rin) «mientras Alemania tenga 34 gobiernos distintos. Dejad que exista una verdadera Alemania, con intereses unitarios y organización firme, y la frontera del Rin quedará asegurada para siempre». (Ob. cit., p. 121.)
Precisamente por eso, Luis Bonaparte, que en Villafranca ofreció al emperador de Austria Lombardía a cambio de la garantía de las provincias del Rin (véase la declaración de Kinglake en la Cámara de los Comunes, 12 de julio de 1860),430 habría rechazado indignado la oferta austriaca de las provincias del Rin a cambio de ayuda francesa contra Prusia.
Tampoco las fuentes originales de Vogt, los panfletos de Dentu, se limitaban a deshacerse en entusiasmo por la unificación de Alemania bajo Prusia:431 rechazaban sobre todo, con virtuoso énfasis, toda alusión a los antojos sobre las provincias del Rin.
«¡El Rin!... ¿Qué es el Rin? Una frontera. Las fronteras serán pronto anacronismos». (P. 36, La foi des traités, etc., París, 1859.)432
En el reino milenario que Badinguet ha de fundar sobre la base del principio de las nacionalidades, ¿quién hablará de la frontera del Rin, y de fronteras en general?
«¿Estipula Francia indemnizaciones por los sacrificios que está dispuesta a hacer con un fin de equidad, de justa influencia y en interés del equilibrio europeo? ¿Pide la orilla izquierda del Rin? ¿Formula siquiera pretensiones sobre Saboya y el condado de Niza?» (La vraie question, etc., París, 1859, p. 13.)433
¡La renuncia de Francia a Saboya y Niza, como prueba de la renuncia de Francia al Rin! Esto no lo puso Vogt en alemán.
Antes de empezar la guerra, era de importancia decisiva para Luis Bonaparte, si no podía atraer a Prusia con el cebo de un entendimiento, hacer creer al menos a la Confederación Germánica que la había atraído. Esta creencia es la que Vogt procura difundir en la primera edición de sus Estudios. Durante la guerra se hizo aún más importante para Luis Bonaparte inducir a Prusia a pasos que hubieran proporcionado a Austria la prueba, o la apariencia de prueba, de semejante entendimiento. Por eso, en la segunda edición de los Estudios, aparecida durante la guerra, Vogt invita a Prusia, en un epílogo propio, a conquistar Alemania y a iniciar una «guerra civil» dinástica de la que demuestra, en el texto del libro, que sería «sangrienta, tenaz, quizá indecisa» y costaría por lo menos Renania-Westfalia, y de la que asegura solemnemente, en el epílogo del mismo libro, que «solo costaría semanas». Pero la voz de Vogt no es, en verdad, una voz de sirena. Luis Bonaparte, apoyado en su golpe de bribón por el bottle-holder434 Palmerston, tuvo, por eso, que presentar a Francisco José en Villafranca propuestas prusianas forjadas por él mismo; Austria tuvo que tomar las modestas pretensiones de Prusia a la dirección militar de Alemania como pretexto para una paz,435 que Luis Bonaparte tuvo que excusar ante Francia diciendo que la guerra de Italia había amenazado con convertirse en una guerra general que «crearía la unidad alemana y llevaría a cabo así una obra cuyo fracaso había sido el fin constante de la política francesa desde Francisco I».436
Después de que Francia adquiriera con la guerra de Italia Saboya y Niza y, con ellas, una posición que en caso de guerra en el Rin vale más que un ejército, la «unidad alemana bajo la hegemonía prusiana» y la «cesión de la orilla izquierda del Rin a Francia» se volvieron magnitudes convertibles en el cálculo de probabilidades del 2 de diciembre. El mapa L'Europe en 1860, publicado en 1858, fue interpretado por el mapa L'Europe pacifiée (¿la Europa pacificada?), publicado en 1860, en el que Egipto ya no corresponde a Austria y las provincias del Rin, junto con Bélgica, aparecen anexionadas a Francia como compensación por las «llanuras del Norte» asignadas a Prusia.437
Por último, en Saint-Étienne, Persigny438 declaró oficialmente que, ya en «interés del equilibrio europeo», toda nueva centralización de Alemania condicionaba el avance de Francia hasta el Rin.439 Pero ni antes ni después de la guerra de Italia habló el grotesco ventrílocuo de las Tullerías con más desvergüenza que por la bocina del fugitivo regente del Imperio.
Vogt, «el nuevo suizo, el ciudadano del cantón de Berna y el consejero de los Estados por Ginebra» (ob. cit., prólogo),440 abre la parte suiza de sus Estudios con un prólogo (ob. cit., pp. 37-39) en el que se invita a Suiza a un estallido de alegría por la sustitución de Luis Felipe por Luis Bonaparte. Es cierto que Luis Bonaparte exigía al Consejo Federal «medidas contra la prensa», pero «los Napoleónidas parecen tener a este respecto una piel extraordinariamente sensible». (Ob. cit., p. 36.) Mera enfermedad de la piel, tan arraigada en la familia que se hereda no solo por la sangre de la familia, sino también, teste Luis Bonaparte,441 por el mero apellido. Es cierto:
«La persecución de personas inocentes en Ginebra, que el Consejo Federal llevó a cabo por orden imperial contra pobres diablos que no habían cometido más delito que ser italianos; la creación de los consulados; las vejaciones a la prensa; las absurdas medidas de policía de toda clase y, en último lugar, las negociaciones sobre la cesión del valle de Dappes442 han contribuido esencialmente a borrar en Suiza el recuerdo de los servicios que el emperador prestó realmente en el asunto de Neuchâtel,443 y en particular al partido que ahora se vuelve con más violencia contra él». (Ob. cit., pp. 37-38.)
¡Magnánimo emperador, partido ingrato! Lo que el emperador quería en el asunto de Neuchâtel no era en modo alguno un precedente para violar los tratados de 1815, la humillación de Prusia y el protectorado sobre Suiza. Se trataba para él de «prestar servicios reales» a Suiza en su calidad de «nuevo suizo, ciudadano del cantón de Turgovia y capitán de artillería de Oberstrass».444 La ingratitud de la que Vogt acusó en marzo de 1859 al partido antibonapartista de Suiza se la reprochó a Suiza entera, en junio de 1860, otro servidor del emperador, el señor de Thouvenel.445 Se lee en el Times del 30 de junio de 1860:
«Hace unos días tuvo lugar en el Ministerio de Asuntos Exteriores de París una entrevista entre el doctor Kern y el señor de Thouvenel, en presencia de lord Cowley. Thouvenel declaró al honorable representante de Suiza que las dudas y protestas del gobierno federal eran ofensivas, en la medida en que parecían implicar desconfianza hacia el gobierno de Su Majestad Imperial. Semejante conducta era una grosera ingratitud, en vista de los servicios (services) que el emperador Napoleón había prestado (rendered) a la Confederación en muchas ocasiones, pero sobre todo en el asunto de Neuchâtel. Sea como fuere, ya que Suiza había sido tan ciega como para desconfiar de su bienhechor, ella misma tendría que cargar con las consecuencias».
¡Y eso que Vogt había intentado ya en marzo de 1859 operar de cataratas al ciego partido antibonapartista de Suiza! Por un lado, remite a «los servicios reales» que «el emperador prestó». Por otro, «las vejaciones imperiales desaparecen por completo» frente a las vejaciones regias bajo Luis Felipe. (Ob. cit., p. 39.) Por ejemplo: en 1858 el Consejo Federal expulsa, «por orden imperial, a pobres diablos que no habían cometido más delito que ser italianos» (p. 37); en 1838, pese a las amenazas de Luis Felipe, se niega a expulsar a Luis Bonaparte, que no había cometido más delito que conspirar desde Suiza contra la corona de Luis Felipe. En 1846, pese al «estrépito guerrero» de Luis Felipe, Suiza se atreve con la guerra del Sonderbund, porque ante el rey de la paz la consigna era: no hay miedo que valga; en 1858 apenas hace remilgos de doncella ante los manoseos de Luis Bonaparte en el valle de Dappes.
«Luis Felipe», dice el propio Vogt, «había arrastrado una mísera existencia europea, zarandeado por todos lados, incluso por los príncipes legítimos menores, porque no se había atrevido a seguir hacia fuera una política fuerte». (Ob. cit., p. 31.) Pero: «Frente a Suiza, la política imperial es sin duda la de un vecino poderoso que sabe que al final puede imponer todo lo que quiere». (Ob. cit., p. 37.)
Así pues, concluye Vogt con lógica a lo Grandguillot,446 «desde el punto de vista puramente suizo, uno solo puede alegrarse en el más alto grado» (p. 39) del cambio que, en lugar del «Luis Felipe zarandeado por todos lados», dio a Suiza un «vecino poderoso» «que sabe que frente a ella puede todo lo que quiere».
A este prólogo, que prepara el estado de ánimo necesario, sigue una traducción alemana de la nota del Consejo Federal del 14 de marzo de 1859 y, cosa extraña, Vogt elogia esta nota, en la que el Consejo Federal invoca los tratados de 1815, cuando el mismo Vogt declara «hipocresía» invocarlos. «¡Dejaos de hipocresías!» (Ob. cit., p. 112.)447
Vogt examina luego «por qué lado vendrá el primer ataque contra la neutralidad de Suiza» (ob. cit., p. 84), y aporta la prueba superflua de que el ejército francés, que esta vez no tenía que conquistar el Piamonte, no marcharía ni por el Simplón ni por el Gran San Bernardo. Al mismo tiempo descubre el camino inexistente «por el Mont Cenis, por Fenestrelle, a través del valle del Stura». (Ob. cit., p. 84.) Quiere decir, en realidad, el valle del Dora. Así que por el lado de Francia no amenaza a Suiza ningún peligro.
«No con la misma tranquilidad puede esperarse que Austria respete la neutralidad suiza, y diversos indicios hacen pensar incluso que, llegado el caso, tiene de hecho la intención de violarla». (Ob. cit., p. 85.) «Significativa a este respecto podría ser la concentración de un cuerpo de tropas en Bregenz y Feldkirch». (Ob. cit., p. 86.)
Aquí se hace visible el hilo rojo que recorre los Estudios y lleva derecho de Ginebra a París.
El Libro Azul publicado por el gabinete Derby sobre The affairs of Italy. January to May 1859 cuenta, en efecto, que «la concentración de un cuerpo de tropas austriaco junto a Bregenz y Feldkirch» era un rumor difundido deliberadamente en Suiza por agentes bonapartistas, al que faltaba todo fundamento real. (Núm. 174 del Libro Azul citado, carta del capitán Harris a lord Malmesbury, fechada en Berna el 24 de marzo de 1859.)448 Humboldt-Vogt descubre en esta ocasión también que en Bregenz y Feldkirch uno se encuentra
«en las inmediaciones del valle del Rin, en el que desembocan tres grandes pasos alpinos con carreteras, a saber, la Via Mala, el Splügen y el San Bernardino, el último hacia el Tesino, los dos primeros hacia el lago de Como». (Ob. cit., p. 86.)
En realidad, la Via Mala lleva, primero, al Splügen; segundo, al San Bernardino, y, tercero, a ninguna otra parte.
Después de toda esta palabrería de Polonio,449 que debía desviar la sospecha de Suiza de la frontera occidental a la oriental, la «naturaleza redondeada» llega por fin rodando a su verdadera tarea.
«Suiza», dice Vogt, «está completamente en su derecho cuando rechaza decididamente la obligación de no permitir el paso de tropas por este ferrocarril» (de Culoz a Aix y Chambéry) «y se limita, llegado el caso, a ocupar el territorio neutral solo en la medida necesaria para la defensa de su propio territorio» (ob. cit., p. 89),450
y asegura al Consejo Federal que toda Suiza estará como un solo hombre detrás de esta «política insinuada en su nota del 14 de marzo».
Vogt publica sus Estudios a finales de marzo. Hasta el 24 de abril no utilizó Luis Bonaparte el ferrocarril en cuestión para transportar tropas, y la guerra la declaró aún más tarde. Vogt, iniciado en los detalles del plan de guerra bonapartista, sabía, pues, perfectamente «por qué lado vendría el primer ataque contra la neutralidad de Suiza». Tenía el encargo expreso de engatusarla para que tolerara una primera violación de la neutralidad, cuya consecuencia lógica era la anexión del territorio neutralizado de Saboya al imperio de diciembre. Dando palmaditas en la espalda al Consejo Federal, atribuye a la nota del 14 de marzo un sentido que, desde el punto de vista bonapartista, debía tener. El Consejo Federal dice en su nota que Suiza cumplirá su «misión» de neutralidad, conforme a los tratados, «de manera igual y leal con todos». Cita además un artículo de los tratados según el cual «ninguna tropa de ninguna otra potencia podrá permanecer ni pasar» allí (por el territorio neutralizado de Saboya). No dice ni una palabra de que vaya a permitir a los franceses el uso del ferrocarril que atraviesa el territorio neutralizado. Reserva a la Confederación, condicionalmente, como «medida para la seguridad y la defensa de su territorio», «la ocupación militar» del territorio neutralizado. Que Vogt tergiversa aquí la nota del Consejo Federal deliberadamente y por encargo superior lo prueba no solo su texto, sino también la declaración de lord Malmesbury, entonces ministro inglés de Asuntos Exteriores, en la sesión de la Cámara de los Lores del 23 de abril de 1860.
«Cuando», dice Malmesbury, «las tropas francesas estaban a punto» (más de un mes después de la nota del Consejo Federal del 14 de marzo) «de marchar por Saboya hacia Cerdeña, el gobierno suizo, fiel a la neutralidad de la que depende su independencia, objetó al principio que esas tropas no tenían derecho a pasar por el territorio neutralizado».451
¿Y con qué objeción apartaron Luis Bonaparte y el partido suizo aliado con él los reparos del Consejo Federal? Vogt, que a finales de marzo de 1859 sabía que transportes de tropas francesas violarían el territorio neutralizado a finales de abril de 1859, anticipa naturalmente ya a finales de marzo la frase con que Luis Bonaparte disfrazará a finales de abril su golpe de fuerza. Plantea la duda de si «el extremo de la línea de Culoz a Aix y Chambéry» cae «dentro del territorio neutral» (ob. cit., p. 89), y demuestra que «la delimitación del territorio neutral no tenía en absoluto el fin de suprimir la comunicación entre Francia y Chambéry», de modo que la línea de ferrocarril en cuestión evita moralmente el territorio neutral.452
Oigamos, en cambio, a lord Malmesbury:
«Más tarde, ante la duda de si la línea del ferrocarril no evitaba la parte neutralizada de Saboya, el gobierno suizo retiró su objeción y permitió el paso de las tropas francesas. Creo que hizo mal al obrar así. (I think that they were wrong in doing so.) Considerábamos la conservación de la neutralidad de este territorio un asunto de tal importancia europea... que el 28 de abril de 1859 enviamos a la corte francesa una protesta contra el paso de estas tropas hacia Cerdeña».
Por esta protesta, Palmerston acusó a Malmesbury de simpatías «austriacas», por haber «ofendido inútilmente al gobierno francés» (had uselessly offended the French government), exactamente igual que Vogt acusa en el «Libro mayor» (p. 183) al Volk453 de que
«se esforzó cuanto pudo», naturalmente para complacer a Austria, «por crear dificultades a Suiza... Léanse los artículos que publicó el Volk sobre la cuestión de la neutralidad y el paso de los franceses por Saboya para tocar con las manos estas tendencias, plenamente compartidas por la Allgemeine Zeitung».454
Ahora se «tocará con las manos» que toda la sección de los Estudios de Vogt referente a Suiza no tenía otro fin que preparar la primera violación del territorio neutral suizo por su «hombre del destino». Era el primer paso hacia la anexión de Saboya y, por tanto, de la Suiza francesa. La suerte de Suiza dependía de la energía con que se opusiera a este primer paso, conservara su derecho haciendo uso de él en el momento decisivo y lo elevara a cuestión europea en un momento en que el apoyo del gobierno inglés era seguro y Luis Bonaparte, que empezaba su guerra localizada, no podía atreverse a arrojarle el guante. Una vez comprometido oficialmente, el gobierno inglés ya no habría podido retroceder.455 De ahí el enorme esfuerzo del «nuevo suizo, ciudadano del cantón de Berna y consejero de los Estados por Ginebra» por levantar nubes de polvo y presentar la autorización del paso de las tropas francesas por el territorio neutralizado como un derecho que Suiza debía hacer valer, como una valiente demostración contra Austria. ¡No en vano había salvado a Suiza de Catilina-Cherval!
Mientras Vogt repite como un eco, reforzándola, la protesta de sus panfletos originales de Dentu contra los antojos sobre la frontera del Rin, evita toda alusión, aun la más leve, a la renuncia a Saboya y Niza contenida en esos mismos panfletos. En sus Estudios faltan hasta los simples nombres de Saboya y Niza. Ahora bien, ya en febrero de 1859 diputados saboyanos protestaron en Turín contra la guerra de Italia, porque la anexión de Saboya al imperio de diciembre era el precio de la alianza francesa. La protesta nunca llegó a oídos de Vogt. Tampoco las estipulaciones convenidas en agosto de 1858456 en Plombières entre Luis Bonaparte y Cavour, bien conocidas del resto de la emigración (publicadas en uno de los primeros números del Volk). Mazzini, en el número de Pensiero ed Azione ya mencionado antes (del 2 al 16 de mayo de 1859), había predicho literalmente:
«Pero si Austria fuera derrotada al comienzo de la guerra y repitiera las propuestas que hizo por algún tiempo al gobierno inglés en 1848, a saber, el abandono de Lombardía a condición de conservar Venecia, se aceptaría la paz. Solo se ejecutarían las condiciones del engrandecimiento de la monarquía sarda y de la cesión de Saboya y Niza a Francia».457
Mazzini publicó su predicción a mediados de mayo de 1859, Vogt la segunda edición de sus Estudios a mediados de junio de 1859, pero ni una palabra de Saboya y Niza. Ya antes que Mazzini y antes que los diputados saboyanos, ya en octubre de 1858, mes y medio después de la conspiración de Plombières, el presidente de la Confederación suiza informó al ministerio inglés en un despacho expreso de que
«tenía motivos para creer que entre Luis Bonaparte y Cavour se había concluido un acuerdo condicional sobre la cesión de Saboya».458
A principios de junio de 1859, el presidente de la Confederación comunicó de nuevo al encargado de negocios inglés en Berna sus temores sobre la inminente anexión de Saboya y Niza.459 A Vogt, salvador de Suiza de profesión, nunca le llegó la más leve noticia ni de la protesta de los diputados saboyanos, ni de las revelaciones de Mazzini, ni de los temores del gobierno federal suizo, que duraron de octubre de 1858 a junio de 1859. Más aún: como veremos más adelante, todavía en marzo de 1860, cuando el secreto de Plombières corría por todas las calles de Europa, ese secreto se las arregló para no cruzarse jamás con el señor Vogt. Sin duda en relación con su silencio sobre la anexión que amenazaba, los Estudios llevan el lema: «El silencio es la virtud del esclavo». Contienen, sin embargo, una alusión:
«Pero supongamos», dice Vogt, «supongamos incluso que ocurriera lo improbable y que el premio de la victoria se pagara en tierra italiana, ya hacia el sur, ya hacia el norte... Ciertamente, desde el punto de vista alemán más estrecho..., se podría desear de todo corazón que el lobo latino460 se quedara con un hueso italiano entre los dientes». (Ob. cit., pp. 129-130.)
La tierra italiana hacia el norte quería decir, naturalmente, Niza y Saboya. Después de que el nuevo suizo, ciudadano del cantón de Berna y consejero de los Estados por Ginebra, hubiera invitado a Suiza, «desde el punto de vista puramente suizo» (ob. cit., p. 39), a «alegrarse en el más alto grado» de la vecindad de Luis Bonaparte, al fugitivo regente del Imperio se le ocurre de pronto que «ciertamente, desde el punto de vista alemán más estrecho, podría desear de todo corazón» que el lobo latino se quedara con «el hueso» de Niza y Saboya, y por tanto de la Suiza francesa, «entre los dientes».461
Hace algún tiempo apareció en París un panfleto titulado Napoléon III; no Napoléon III et l'Italie, ni Napoléon III et la question roumaine, ni Napoléon III et la Prusse, sino Napoléon III a secas, Napoleón III sin más. Es un panegírico en hipérboles escrito por Napoleón III sobre Napoleón III. Este panfleto lo ha traducido a su lengua materna un árabe llamado Dâ-Dâ. En el epílogo, el ebrio Dâ-Dâ ya no puede contener su entusiasmo y se derrama en versos poéticos encendidos. En el prólogo, en cambio, Dâ-Dâ está aún lo bastante sobrio para confesar que su escrito se publica por orden de las autoridades locales de Argel y está destinado a repartirse entre las tribus árabes indígenas de más allá de las fronteras de Argelia, para que «la idea de la unidad y de la nacionalidad bajo un jefe común se adueñe de su fantasía». Este jefe común, que ha de fundar «la unidad de la nacionalidad árabe», no es, como revela Dâ-Dâ, otro que «el sol de la beneficencia, la gloria del firmamento: el emperador Napoleón III». Vogt, aunque escribe sin rima y sin sentido, no es otro que el Dâ-Dâ alemán.
Que Dâ-Dâ Vogt llame Estudios a su paráfrasis alemana de los artículos del Moniteur, panfletos de Dentu y mapas de la Europa revisada irradiados por el sol de la beneficencia y la gloria del firmamento es el mejor chiste que se le ha escapado en el curso de su alegre vida, mejor incluso que la regencia del Imperio, el gran tragavinos del Imperio y los pasaportes del Imperio para el extranjero inventados por él mismo.462 Que el «culto» burgués alemán tomara por estudios bona fide unos «estudios» en los que Austria disputa con Inglaterra por Egipto, Austria y Prusia riñen en terrenos extraeuropeos, Napoleón I obliga al Banco de Inglaterra a pesar su oro en lugar de contarlo, griegos y fanariotas son razas distintas, un camino lleva del Mont Cenis por Fenestrelle a través del valle del Stura, etc., demuestra la alta presión con que una reacción de diez años ha pesado sobre su cráneo liberal.
Cosa extraña, el mismo holgazán liberal alemán que había aplaudido la versión alemana, groseramente exagerada, que hizo Vogt de los panfletos originales decembristas saltó enfurecido de su butaca de dormir en cuanto Edmond About, en su La Prusse en 1860 (originalmente Napoléon III et la Prusse), retradujo al francés, con sabia moderación, la compilación de Dâ-Dâ. Esta urraca parlanchina del bonapartismo no carece, dicho sea de paso, de picardía. Como prueba de las simpatías bonapartistas por Alemania, About aduce, por ejemplo, que el imperio de diciembre mete en el mismo saco a Dâ-Dâ Vogt con Humboldt igual que al Lazarillo Hackländer con Goethe.463 En todo caso, esta combinación Vogt-Hackländer revela por parte de About un estudio más profundo que todo lo que podría encontrarse en los «estudios» del Dâ-Dâ alemán.
IX. Agencia
«Así hubieron de luchar todos.
En tiempos llenos de angustia
tuvo que partir de allí
… el Vogt de Berna».
(Klage)464465
En un programa que Dâ-Dâ Vogt, con enorme jovialidad, fecha el primero de abril, a saber, el 1 de abril de 1859, invitaba a demócratas de diversos matices a colaborar en un periódico que había de aparecer en Ginebra y propagar la visión decembrista-rusa de sus Estudios. El programa, como es natural, está redactado con cautela, pero la pata de cabra asoma de vez en cuando bajo la manta de papel secante.466 Pero no nos detengamos en ello.
Al final del programa, Vogt ruega a sus destinatarios que le indiquen «correligionarios» que «estarían dispuestos a actuar en el mismo sentido en los periódicos y revistas que les estén abiertos». En la Fiesta Central de Lausana declara que ha redactado un programa con una invitación a
«aquellos que quisieran seguirlo, para actuar a cambio de unos honorarios adecuados en los órganos de prensa que tengan a su disposición». (Pág. 17, Centralfest, etc.)467
Por último, en una carta al doctor Loening, se dice:
«¿Puedes ponerme en contacto con gente que pueda trabajar desde Fráncfort periódicos y revistas en este sentido? Estoy dispuesto a pagarles decentemente los trabajos de los que se me envíe un ejemplar». («Libro mayor», Documentos, p. 36.)
Los «correligionarios» del programa se convierten en la Fiesta Central de Lausana en «aquellos que», y «aquellos que» se transforman, ante el doctor Loening, en «gente», gente sans phrase.468 A Vogt, tesorero general y revisor general de la prensa alemana, se le han «puesto fondos a disposición» (ob. cit., p. 36), no solo para pagar artículos «en periódicos y revistas», sino también «folletos» (ob. cit.). Se comprende que una agencia a esta escala exija «fondos» muy considerables.
«… envió a todos los señores
que había en los reinos alemanes;
a todos les lamentó su apuro
y les ofreció también su oro rojo».
(Kaiserchronik)469
Pero ¿con qué fin habían de ser «trabajados» periódicos, revistas y folletos por aquellos que, «enviados» a Vogt y pagados por él «decentemente»? «Se trata de Italia», nada más; pues para conjurar el peligro en el Rin, al señor Vogt le «parece» «ventajoso hacer que Luis Bonaparte se desangre en Italia». (Loc. cit., p. 34, Programa.) No, «no se trata de Italia». (Carta al doctor Loening, ob. cit., p. 36.) «Se trata de Hungría». (Carta al señor H. en N., ob. cit.) No, no se trata de Hungría. «Se trata de… cosas que no puedo comunicar». (Loc. cit., Documentos, p. 36.)
Tan contradictoria como la cosa de que se trata es la fuente de la que manan los decentes «fondos». Es «un rincón apartado de la Suiza francesa». («Libro mayor», p. 210.) No, «son mujeres húngaras del Oeste». (Carta a Karl Blind, suplemento al n.º 44 de la Allgemeine Zeitung del 13 de febrero de 1860.) Al contrario, son masculini470 «en el ámbito de la policía alemana y, en particular, de la austriaca». (Pág. 17, Centralfest.) No menos camaleónica que el fin y la fuente es la cantidad de sus fondos. Son «unos cuantos francos». («Libro mayor», p. 210.) Son «pequeños fondos». (Pág. 17, Centralfest.) Son fondos suficientes para pagar decentemente a toda la gente que pueda actuar a lo Vogt en la prensa y en los folletos alemanes. Por último, y por si fuera poco, también el modo de formarse los fondos es ambiguo. Vogt los ha «reunido a duras penas, rascando de aquí y de allá». («Libro mayor», p. 210.) No, se los «han puesto a disposición». (Loc. cit., Documentos, p. 36.)
«Si no me equivoco», dice la «naturaleza redondeada», «sobornar significa mover a alguien, con dinero u otras ventajas, a actos y manifestaciones contrarios a su convicción». (Loc. cit., p. 217.)
Así pues, aquel cuya convicción consiste en dejarse comprar no puede ser sobornado, y aquel cuya convicción lo contradice tampoco puede ser sobornado. Si la sección ministerial parisina para la prensa extranjera ofrece, por ejemplo, a periódicos suizos la Correspondencia litografiada de París, que cuesta 250 francos y aparece a diario, a mitad de precio, a la cuarta parte, e incluso gratis, y advierte a las «redacciones bien dispuestas» que pueden contar además con un suplemento mensual en metálico, en proporción creciente, de 50, 100 y 150 francos «según la réussite»,471 eso no es, ni mucho menos, soborno. A las redacciones cuya convicción contradicen la Correspondencia diaria y el plus mensual no se las obliga a suscribir la una ni a aceptar el otro. ¿Y está «sobornado» Granier de Cassagnac, o La Guéronnière, o About, o Grandguillot, o Bullier, o Jourdan, del Siècle, o Martin y Boniface, del Constitutionnel, o Rochaid Dâ-Dâ Albert?472 ¿Le ha ocurrido alguna vez en la vida a un acto o a una manifestación de pago entrar en conflicto con la convicción de estos señores? ¿O sobornó Vogt, por ejemplo, al agente de cierto periódico suizo que antes le era hostil cuando le puso a disposición gratis varios centenares de ejemplares de sus Estudios? Extraña invitación en todo caso esta invitación de Vogt a los publicistas a actuar en los órganos que tengan a su disposición en el sentido de su propia convicción, y a recibir por esa actividad sus honorarios a través del órgano del señor Karl Vogt en Ginebra. Que Vogt confunda los honorarios que un periódico determinado paga a sus propios colaboradores con los subsidios secretos que un tercer sujeto ofrece, desde una caja anónima, a los corresponsales de periódicos que le son completamente ajenos, e incluso a la prensa de todo un país, este quid pro quo demuestra hasta qué punto el Dâ-Dâ alemán se ha «trabajado» la moral del 2 de Diciembre.
Junto a la fuente estaba sentado el muchacho.473 Pero ¿junto a qué fuente?
En lugar del semanario La nueva Suiza que Vogt se proponía, apareció más tarde en Ginebra la Neue Schweizer Zeitung, fundada por un viejo amigo de Dâ-Dâ, el señor A. Brass. Una fría mañana de noviembre, el señor Brass declaró, para asombro de toda Ginebra, que
«en una carta a Vogt había rechazado el pesebre francés que Vogt había querido ponerle delante».
Se declaró al mismo tiempo dispuesto a responder de su denuncia ante los tribunales. (Neue Schweizer Zeitung del 12 de noviembre de 1859.) Y el gallo, o más bien el capón, que hasta entonces había cantado tan alegre, enmudeció en cuanto lo desplumaron en su propio estercolero. El «nuevo suizo, ciudadano del cantón de Berna y consejero de los Estados por Ginebra» acababa de ser acusado públicamente, en plena Ginebra, por uno de sus amigos «notorios», de intento de soborno con dinero francés. Y el consejero de los Estados por Ginebra enmudeció.
No se crea que Vogt podía ignorar con altivez la Neue Schweizer Zeitung. La denuncia contra él apareció, como queda dicho, en el número del 12 de noviembre de 1859. Poco después, el mismo periódico publicó un retrato picante de Plon-Plon, y la Revue de Genève, órgano del dictador ginebrino James Fazy, protestó en el acto en un editorial de cuatro columnas (Revue de Genève del 6 de diciembre de 1859). Protestaba au nom du radicalisme genevois, en nombre del radicalismo ginebrino. Tanto peso concedía el propio James Fazy a la Neue Schweizer Zeitung. El editorial de cuatro columnas de la Revue de Genève deja ver inconfundiblemente la mano colaboradora de Vogt. A Brass mismo, en cierto modo, se le disculpa. No sería él el autor del atentado contra Plon-Plon, sino que solo lo habrían engañado. Muy a la manera de Vogt, el corpus delicti se carga al mismo L. Häfner del que Vogt sospecha también en el «Libro mayor» (p. 188) que escribe «repugnantes historias de escándalo personal sobre el emperador y el príncipe Napoleón», y tampoco falta la alusión, inevitable en Vogt, al «famoso exteniente badense Clossmann» como corresponsal en Berna de la Allgemeine Zeitung (véase «Libro mayor», p. 198). Detengámonos un momento en la protesta que el amo y el criado, James Fazy y Karl Vogt, publicaron «en nombre del radicalismo ginebrino» y para rehabilitar el honor de Plon-Plon el 6 de diciembre de 1859 en la Revue de Genève.
Se acusa a Brass de intentar «afianzar su opinión alemana sobre Francia ofendiendo a un príncipe de la casa Bonaparte». Plon-Plon, como se sabría en Ginebra desde hace tiempo, es un liberal de la más pura agua, que durante su exilio rehusó generosamente «desempeñar un papel en la corte de Stuttgart o incluso de Petersburgo». Nada sería más ridículo que atribuirle, como hace el injurioso artículo de la Neue Schweizer Zeitung, la idea de formar una pequeña soberanía aquí o allá, por ejemplo un reino de Etruria.
«El príncipe Napoleón, fuerte en el sentimiento personal de su genio y de sus talentos, se estima demasiado para esos miserables tronitos».
En Francia, más bien, «el centro de la alta civilización y del impulso general», prefiere hacer de marqués de Posa474 junto a su augusto primo, «como príncipe ciudadano» (prince-citoyen). «Su primo lo estima y lo quiere, se diga lo que se diga». El príncipe no es solo el marqués de Posa de Bonaparte. Es «el amigo desinteresado» de Italia, de Suiza, en una palabra, de las nacionalidades.
«El príncipe Napoleón, como el emperador, es un gran economista… Sin duda, si alguna vez triunfan en Francia los buenos principios de la economía política, el príncipe Napoleón habrá contribuido mucho a ello».
Fue y es «partidario de la libertad de prensa más ilimitada», adversario de todas las medidas preventivas de policía, portador de las «ideas de libertad en el sentido más amplio de la palabra, tanto en su teoría como en su aplicación». Si encuentra los oídos del emperador cerrados a su voz de Egeria475 por malas compañías, se retira con dignidad, pero «sin enfurruñarse». No es más que «su mérito lo que lo ha expuesto a las calumnias de Europa». Los
«enemigos de Francia lo temen porque se apoya en el concurso revolucionario de los pueblos de Europa para devolverles su nacionalidad y su libertad».
Así pues, genio incomprendido, marqués de Posa, Egeria, economista, amparo de las nacionalidades oprimidas, demócrata de la más pura agua y —¿quién lo creería?— Plon-Plon es habile comme général et brave comme tout officier français («hábil como general y valiente como todo oficial francés»).
«En la campaña de Oriente, durante y después de la batalla del Almá, lo demostró». Y en la campaña de Italia «organizó bien su cuerpo de ejército de 50.000 hombres» (el conocido corps de touristes, casi iba a decir corps de ballet),476 «y recorrió en poco tiempo una dura marcha por un país montañoso sin que a su tropa le faltara nada».
Los soldados franceses de Crimea, como es sabido, bautizaron el miedo a los cañones con el nombre de la maladie Plon-Plonienne, la enfermedad plonploniana, y probablemente Plon-Plon se retiró de la península solo por la creciente escasez de víveres.
«Nosotros», concluye triunfante la Revue de Genève, «nosotros lo hemos» —a saber, a Plon-Plon— «mostrado tal como es».
¡Hurra por el general Plon-Plon!
No es de extrañar, pues, que Vogt diga que recibió su caja de guerra de «manos democráticas». Plon-Plon, el Prince Rouge, el Príncipe Rojo, es el ideal de Vogt como el de Fazy, por así decir el príncipe encantado de la democracia europea.477 Vogt no podía recibir su dinero de manos democráticas más puras que de las manos de Plon-Plon. Aun cuando una parte del dinero que el augusto primo de Plon-Plon remitió directamente al señor Kossuth hubiera ido a parar a manos de Vogt pasando por manos húngaras, su «origen» seguía siendo «un espanto», ¡pero de manos de Plon-Plon! Hasta el dinero que Vogt recibió en tiempos del asunto de Neuchâtel de la condesa C., amiga de Klapka, podía venir de manos más delicadas, pero imposible de manos más puras y democráticas. «Plon-Plon es voluptuoso como Heliogábalo, cobarde como Iván III y falso como un verdadero Bonaparte»,478 dice un conocido escritor francés. Lo peor que ha hecho Plon-Plon fue convertir a su primo en homme sérieux, en hombre serio. Victor Hugo todavía podía decir de Luis Bonaparte: n'est pas monstre qui veut, no es monstruo quien quiere;479 pero desde que Luis Bonaparte inventó a Plon-Plon, en el hombre de las Tullerías se concentró el lado comercial y en el hombre del Palais Royal el lado grotesco de la cabeza de Jano imperialista. El falso Bonaparte, que es el sobrino de su tío sin ser el hijo de su padre,480 parecía auténtico frente a este Bonaparte auténtico; de modo que los franceses siguen diciendo: l'autre est plus sûr, el otro es más seguro. Plon-Plon es a la vez el don Quijote y el Hudibras481 del Bas Empire. A Hamlet le parecía inquietante que las cenizas de Alejandro estuvieran quizá destinadas a tapar el agujero de un barril de cerveza.482 ¿Qué diría Hamlet si viera la cabeza disuelta de Napoleón sobre los hombros de Plon-Plon?483
Aunque Vogt sacara el grueso de su caja de guerra «del pesebre francés», es posible que, de paso, para enmascarar el pesebre, organizara colectas ostensibles de «unos cuantos francos» entre amigos más o menos demócratas. Así se resuelven sencillamente sus contradicciones sobre la fuente, la cantidad y el modo de formarse sus fondos.
La agencia de Vogt no se limitaba a los Estudios, el Programa y la oficina de enganche. En la Fiesta Central de Lausana anunció a los obreros alemanes de Suiza la misión de L. Bonaparte de liberar a las nacionalidades, naturalmente desde un punto de vista más radical que en los Estudios, destinados al filisteo liberal alemán. Mientras que allí, por una honda penetración de la relación entre «materia y fuerza», había llegado a la convicción de que no cabía pensar «en la conmoción y disolución de los gobiernos existentes en Alemania» (p. VII, Estudios, prólogo), y gritaba sobre todo al «burgués alemán» (ob. cit., p. 128) que «se tomara a pecho» que la «liberación» bonapartista de Italia lo protegía «de la revolución» en Alemania, a los obreros alemanes les enseña, al contrario, que «Austria es el único punto de apoyo para la continuidad de su existencia (la de los príncipes alemanes)». (Centralfest, etc., p. 11.)
«Acabo de deciros», dice, «que frente al extranjero no existe Alemania, que primero hay que crearla, y que, según mi convicción, solo puede crearse en la forma de una federación de repúblicas semejante a la Confederación Suiza». (Loc. cit., p. 10.)
Esto lo decía el 26 de junio (de 1859), cuando todavía el 6 de junio, en el epílogo a la segunda edición de los Estudios, suplicaba al príncipe regente de Prusia484 que sometiera Alemania a la casa de Hohenzollern por la fuerza de las armas y mediante una guerra civil dinástica. La centralización monárquica por la fuerza de las armas es, naturalmente, el camino más corto hacia una república federal «semejante a la Confederación Suiza». Desarrolla además la teoría del «enemigo exterior» —Francia— al que Alemania tendría que unirse contra el «enemigo interior» —Austria—.
«Si yo», exclamó, «tengo que elegir entre el diablo (Habsburgo) y su abuela (L. Bonaparte), elijo a esta última; pues es una vieja y se morirá».
Este llamamiento directo a Alemania para que, con el pretexto del odio a Austria, se echara en brazos de la Francia decembrista le pareció, sin embargo, demasiado comprometedor para el público lector, y por eso lo transformó en el discurso impreso del modo siguiente:
«Y si se trata de tomar partido en la disputa entre el diablo y su abuela, nos parece lo mejor que ambos se maten y se devoren entre sí, con lo que se nos ahorra el trabajo». (Centralfest, etc., p. 13.)
Por último, mientras que en los Estudios encumbra a L. Bonaparte como emperador de los campesinos y de los soldados, esta vez, ante un público obrero, declara que
«en particular los obreros de París, en su gran mayoría, en el momento actual, a favor de Luis Bonaparte»
estarían ganados.
«Luis Bonaparte hace», en opinión de los obreros franceses, «todo lo que debería haber hecho la república, al dar trabajo a los proletarios, arruinar a los burgueses, etc.». (Centralfest, etc., p. 9.)
Así pues, Luis Bonaparte, dictador de los obreros, ¡y recomendado como dictador de los obreros a los obreros alemanes de Suiza por el mismo Vogt que en el «Libro mayor» echa espumarajos de indignación burguesa ante la mera palabra «dictadura obrera»!
El programa de París, que prescribía a los agentes decembristas en Suiza su plan de organización respecto de la anexión de Saboya, constaba de tres puntos: 1.º, ignorar por completo, mientras fuera posible, el rumor del peligro inminente y, en caso de necesidad, despacharlo como invención austriaca; 2.º, en una fase más avanzada, difundir la idea de que Luis Bonaparte quería incorporar a Suiza el territorio neutralizado; y, por último, 3.º, una vez consumada la anexión, hacer valer esta como pretexto para la alianza de Suiza con Francia, es decir, para su sumisión voluntaria al protectorado bonapartista. Vamos a ver ahora con qué fidelidad el amo y el criado, James Fazy y Karl Vogt, el dictador de Ginebra y el consejero de los Estados por Ginebra creado por él, se atuvieron a este programa.
Ya se sabe que Vogt, en los Estudios, evitaba la más remota alusión a la idea por la que su hombre del destino iba a la guerra. El mismo silencio en la Fiesta Central de Lausana, en el Consejo Nacional, en las fiestas de Schiller y de Robert Blum, en el Commis voyageur de Biel y, por último, en el «Libro mayor». Y, sin embargo, la «idea» era incluso anterior a la conjura de Plombières. Ya en diciembre de 1851, unos días después del golpe de Estado, se leía en el Patriote savoisien:
«Ya se reparten los puestos de funcionarios de Saboya en las antesalas del Elíseo. Sus periódicos hasta se burlan de ello de manera muy graciosa».485
El 6 de diciembre de 1851, el señor Fazy veía ya a Ginebra en poder del imperio de Diciembre.486
El 1 de julio de 1859, Stämpfli, entonces presidente de la Confederación, tuvo una entrevista con el capitán Harris, encargado de negocios inglés en Berna. Le repitió su temor de que, en caso de que el dominio sardo se extendiera en Italia, estuviera decidida la anexión de Saboya a Francia, y subrayó que la anexión, sobre todo la de la Saboya del Norte, dejaría completamente al descubierto un flanco de Suiza y traería pronto consigo la pérdida de Ginebra. (Véase el primer Libro Azul, On the proposed annexation of Savoy and Nice, n.º I.)487 Harris informó a Malmesbury, quien a su vez encargó a lord Cowley en París que pidiera a Walewski explicaciones sobre las intenciones del emperador. Walewski no negó en modo alguno que
«la cuestión de la anexión se había tratado más de una vez entre Francia y Cerdeña, y que el emperador abrigaba la idea de que, si Cerdeña se ampliaba hasta formar un reino italiano, no sería irrazonable esperar que hiciera, por su parte, concesiones territoriales a Francia». (N.º IV, ob. cit.)
La respuesta de Walewski está fechada el 4 de julio de 1859, es decir, es anterior a la paz de Villafranca. En agosto de 1859 apareció en París el panfleto de Petétin, en el que se preparaba a Europa para la anexión de Saboya.488 En ese mismo agosto, después de la sesión de verano de la Asamblea Federal suiza, el señor Vogt se arrastró hasta París para recibir allí instrucciones de Plon-Plon. Para despistar, hizo que sus compinches, Ranickel y consortes, difundieran en Ginebra el rumor de que se había ido a un balneario del lago de los Cuatro Cantones.
«En París pasó muchos días,
de sabiduría se ocupó bien poco,
sus gastos fueron desmedidos; …
si es asno y es necio,
lo mismo es también en París».489
En septiembre de 1859, el Consejo Federal suizo vio acercarse el peligro de la anexión (ob. cit., n.º VI); el 12 de noviembre decidió dirigir a las grandes potencias un memorándum en ese sentido, y el 18 de noviembre el presidente Stämpfli y el canciller Schiess remitieron una nota oficial al encargado de negocios inglés en Berna (ob. cit., n.º IX). James Fazy, de vuelta en octubre de su fracasado viaje a Toscana, donde había trabajado en vano por el reino etrusco de Plon-Plon, salió entonces al paso de los rumores de anexión con su habitual estilo de cólera afectada y alboroto pendenciero: ni en Francia ni en Cerdeña soñaba nadie con la incorporación. A medida que se acercaba el peligro, crecía la confianza de la Revue de Genève, cuyo culto a los Napoleónidas desvariaba como un coribante en noviembre y diciembre de 1859 (véase, por ejemplo, el artículo sobre Plon-Plon citado más arriba).
Con el año 1860 entramos en la segunda fase del negocio de la anexión. Ignorar y negar ya no convenía al interés decembrista. Se trataba ahora, más bien, de amansar a Suiza para la anexión y de meterla con engaños en una posición falsa. Había que ejecutar el segundo punto del programa de las Tullerías, es decir, hacer sonar lo más alto posible la consigna del regalo que se pensaba hacer a Suiza del territorio neutral. A los decembristas suizos, naturalmente, los secundaban en este negocio maniobras simultáneas en París. Así, Baroche, ministro del Interior, declaró a principios de enero de 1860 al enviado suizo, doctor Kern, que,
«si se producía un cambio en la posesión de Saboya, se cedería al mismo tiempo a Suiza, conforme a los tratados de 1815, una buena línea de defensa». (Véase el citado Libro Azul, n.º XIII.)
Todavía el 2 de febrero de 1860, el mismo día en que Thouvenel anunció al embajador inglés, lord Cowley, la anexión de Saboya y Niza «como posibilidad», le declaró al mismo tiempo que
«el gobierno francés consideraba evidente que, en tales circunstancias, los distritos del Chablais y del Faucigny se incorporarían para siempre a Suiza». (Loc. cit., n.º XXVII.)
La difusión de esta ilusión no solo había de amansar a Suiza ante la anexión de Saboya al imperio de Diciembre, sino también quitar el filo a su futura protesta contra la anexión y comprometerla ante Europa como cómplice, aunque cómplice engañado, de Diciembre. Frey-Hérosé, presidente de la Confederación desde 1860, no cayó en el lazo; antes bien, manifestó al capitán Harris sus reservas sobre las supuestas ventajas de la incorporación del territorio neutralizado a Suiza. Harris, por su parte, advirtió al gobierno federal contra la intriga bonapartista, para que
«Suiza no apareciera también como una potencia que abrigaba apetitos de anexión y aspiraba a extender su territorio». (Loc. cit., n.º XV.)
En cambio, sir James Hudson, el embajador inglés en Turín, tras una larga entrevista con Cavour, escribe a lord John Russell:
«Tengo buenas razones para creer que Suiza aspira igualmente con avidez a anexionarse una parte del territorio saboyano. Por consiguiente, no hay que hacerse ilusiones: si se censura a Francia por sus apetitos de anexión, Suiza no es menos culpable… Como esta cuestión se complica de tal modo por este doble ataque, la actitud de Cerdeña es más bien disculpable». (Loc. cit., n.º XXXIV.)
Por último, en cuanto Luis Bonaparte arrojó la máscara, también Thouvenel reveló con todo descaro el secreto de la consigna de la anexión del territorio neutral por Suiza. En un despacho al encargado de negocios francés en Berna se burla abiertamente de la protesta de Suiza contra la anexión de Saboya a Francia, ¿y con qué? Con el «plan de reparto de Saboya» impuesto a Suiza desde París. (Véase el despacho de Thouvenel del 17 de marzo de 1860.)
¿Y cómo habían colaborado entretanto los agentes suizos de Diciembre en este tejido de engaños? James Fazy es el primero que, en enero de 1860, presenta al encargado de negocios inglés en Berna la anexión del Chablais y el Faucigny a Suiza no como promesa de Luis Bonaparte, sino como deseo propio de Suiza y de los habitantes de los distritos neutralizados (ob. cit., n.º XXIII). Vogt, que hasta entonces nunca había sospechado la posibilidad de la anexión de Saboya a Francia, se ve de pronto lleno de espíritu profético, y el Times, que desde su fundación nunca había nombrado a Vogt, anuncia de pronto en una correspondencia fechada el 30 de enero:
«El profesor suizo Vogt afirma saber que Francia quiere procurar a Suiza el Faucigny, el Chablais y el Genevois, los territorios neutrales de Saboya, si el Consejo Federal de la República concede a Francia el libre uso del Simplón». (Times, 3 de febrero de 1860.)
¡Y aún más! A finales de enero de 1860, James Fazy asegura al encargado de negocios inglés en Berna que Cavour, con quien apenas dos meses antes había mantenido en Ginebra una larga conversación, echa sapos y culebras contra toda cesión a Francia. (Véase el citado Libro Azul, n.º XXXIII.) Mientras Fazy sale así fiador de Cavour ante Inglaterra, Cavour se disculpa ante Inglaterra con los apetitos de anexión del mismo Fazy (ob. cit., n.º XXXIII). Y Tourte, por último, el enviado suizo en Turín, corre todavía el 9 de febrero de 1860 expresamente a ver al embajador inglés Hudson para asegurarle que
«no existía ningún acuerdo entre Cerdeña y Francia sobre la cesión de Saboya a Francia, y que Cerdeña no estaba ni remotamente dispuesta a cambiar o ceder Saboya a Francia». (Loc. cit.)
El momento de la decisión se acercaba. La Patrie de París del 25 de enero de 1860 preparaba la anexión de Saboya en un artículo titulado Les vœux de la Savoie («Los deseos de Saboya»). En otro artículo del 27 de enero, Le comté de Nice («El condado de Niza»), proyectaba por adelantado sobre la anexión de Niza su sombra decembrista y estilística. El 2 de febrero de 1860, Thouvenel anunció al embajador inglés Cowley la anexión de Saboya y Niza como «posibilidad» ya acordada antes de la guerra entre Francia y Cerdeña. Sin embargo, una nota oficial sobre la decisión real de Francia de incorporarse Saboya y Niza no se comunicó a lord Cowley hasta el 5 de febrero (véase el discurso de lord Cowley en la Cámara de los Lores del 23 de abril de 1860) y al doctor Kern hasta el 6 de febrero, a ambos, al enviado inglés y al suizo, con la declaración expresa de que el territorio neutralizado se incorporaría a Suiza. Antes de estas comunicaciones oficiales, desde las Tullerías se informó a James Fazy de que Cerdeña, por un tratado secreto, había cedido ya Saboya y Niza a Francia, y de que el tratado no contenía ninguna cláusula a favor de Suiza. Antes de las declaraciones oficiales de Thouvenel a lord Cowley y al doctor Kern, Fazy debía hacer tragar a sus súbditos ginebrinos la píldora imperial y dorársela. Por eso, el 3 de febrero, hizo que su instrumento ciegamente adicto, John Perrier, organizara un mitin popular en el local del Club populaire de Ginebra, al que acudió como por casualidad con el pretexto de que
«acababa de oír (je viens d'entendre) que se estaba tratando de los tratados que Francia y Cerdeña pudieran haber concluido sobre la cesión de Saboya. Por desgracia, un tratado así había sido firmado el 27 de enero por el gobierno sardo; pero de este hecho positivo no debemos concluir todavía que nuestra seguridad esté realmente amenazada… Es cierto que el tratado no contiene ninguna reserva escrita a favor de nuestros derechos sobre el territorio sardo neutralizado; pero no sabemos si en el pensamiento de las partes contratantes no existe una reserva en ese sentido… Puede estar comprendida como cosa sobreentendida (sous-entendu comme allant de soi)… Lo único que no debemos es mostrar prematuramente un espíritu de desconfianza… Debemos apelar a la simpatía» (del imperio del golpe de Estado) «… y abstenernos de toda palabra hostil».
(Véase el discurso «confiado» de Fazy, a su manera una obra maestra de la demagogia, en la Revue de Genève del 3 de febrero de 1860.) Al encargado de negocios inglés en Berna, la ciencia profética de Fazy le pareció lo bastante llamativa como para informar de ella a lord John Russell en un despacho especial.
El tratado oficial sobre la cesión de Saboya y Niza a Francia debía concluirse el 24 de marzo de 1860. No había, pues, tiempo que perder. El patriotismo suizo de los decembristas ginebrinos tenía que hacerse constar oficialmente antes de que se proclamara oficialmente la anexión de Saboya. Por eso, el signor Vogt viajó a principios de marzo a París, en compañía del general Klapka, que acaso obraba de bonne foi, de buena fe, para hacer valer su influencia sobre la Egeria del Palais Royal, el genio incomprendido Plon-Plon, y echar en la balanza, a la vista de toda Suiza, su peso personal a favor de la anexión del territorio neutralizado a Suiza. Desde la mesa de Lúculo de Plon-Plon —en gastronomía, Plon-Plon rivaliza, como es sabido, con Lúculo y con Cambacérès, de suerte que hasta Brillat-Savarin, si resucitara, admiraría en este terreno el genio, la economía política, las ideas liberales, el talento de general y la valentía personal de Plon-Plon—, desde la mesa de Lúculo de Plon-Plon, a la que hacía valerosamente los honores como «agradable compañero de mesa», el Falstaff-Vogt exhortó entonces a los suizos a la valentía. (Véase su carta de París en el Commis voyageur de Biel del 8 de marzo de 1860, suplemento.) Suiza debía demostrar que
«sus milicias no están solo para desfilar y jugar a los soldados». La «cesión del territorio neutralizado a Suiza» era una ilusión. «El abandono del Chablais y del Faucigny a Francia sería un primer paso al que seguirían otros». «Con los dos zancos de la nacionalidad y de las fronteras naturales se llega del lago de Ginebra al Aar y, por último, al lago de Constanza y al Rin, si las piernas son lo bastante fuertes».
Pero —y aquí está la gracia—, pero el Falstaff-Vogt sigue sin creer lo que el propio ministro francés Thouvenel había revelado oficialmente un mes antes, lo que toda Europa sabía ya: que la cesión de Saboya y Niza se había estipulado ya en agosto de 1858 en Plombières como precio de la intervención francesa contra Austria. Su «hombre del destino», al contrario, acaba de ser empujado, solo por los curas y contra su voluntad, a los brazos del chovinismo y forzado a la confiscación del territorio neutralizado.
«Evidentemente», balbucea el apologista apurado, «evidentemente se ha buscado en los círculos dirigentes un contrapeso al movimiento clerical siempre creciente, y se cree encontrarlo ahora en el llamado chovinismo, en ese sentimiento nacional, el más obtuso de todos, que no conoce más que la adquisición de un pedacito (!) de tierra».
Después de haber bregado tan valientemente en el Commis voyageur de Biel, embriagado por los vapores del figón plonplonista, Vogt fantaseó, poco después de su regreso de París y por el mismo portavoz, sobre el afecto absoluto de los nizardos por los franceses, y se metió así en un conflicto desagradable con Vegezzi-Ruscalla, uno de los dirigentes centrales de la Sociedad Nacional italiana y autor del folleto La Nazionalità di Nizza. Y cuando el mismo héroe que había hecho de Winkelried490 desde la mesa de Plon-Plon tomó la palabra en el Consejo Nacional en Berna, el toque de trompeta guerrero se trocó en un silbido diplomático de flauta, que recomendaba continuar tranquilamente las negociaciones con el emperador, amigo de Suiza desde siempre, y advertía con especial insistencia contra una alianza con el Este. Frey-Hérosé, el presidente de la Confederación, dejó caer algunas alusiones extrañas a Vogt, quien en cambio tuvo la satisfacción de ver su discurso elogiado por el Nouvelliste Vaudois. El Nouvelliste Vaudois es el órgano de los señores Blanchenay, Delarageaz y demás magnates del Estado de Vaud, en una palabra, del Ferrocarril del Oeste suizo, igual que la Neue Zürcher Zeitung es el órgano del bonapartismo zuriqués y del Ferrocarril del Nordeste. Para caracterizar a los patronos del Nouvelliste Vaudois baste observar que, con ocasión de la conocida disputa del ferrocarril de Oron,491 la prensa contraria acusó repetidamente y sin castigo a cinco consejeros de gobierno de Vaud de haber recibido cada uno de regalo, del Crédit Mobilier de París —el principal accionista del Ferrocarril del Oeste suizo—, 10.000 francos en acciones (20 títulos).
Pocos días después de que Vogt partiera, en compañía de Klapka, hacia la Egeria del Palais Royal, partió James Fazy, acompañado de John Perrier, hacia la Esfinge de las Tullerías. A Luis Bonaparte, como es sabido, le gusta el papel de Esfinge y tiene a sueldo a sus propios Edipos, como los reyes de Francia de antaño tenían a sueldo a sus propios bufones. Fazy se interpuso en las Tullerías entre Suiza y la Esfinge. John Perrier, como queda dicho, era su compañero de viaje. Este John es la sombra de su James, hace todo lo que este quiere y nada de lo que no quiere, vive por él y para él, por él ha llegado a ser miembro del Gran Consejo de Ginebra, le prepara todas las fiestas y todos los brindis; es su Leporello y su Fialin.492 Ambos volvieron a Ginebra sin haber conseguido nada en lo tocante a la situación de Suiza, y con un éxito sorprendente en lo tocante a la amenazada posición del propio Fazy. Fazy tronó en público que se le habían caído por fin las escamas de los ojos y que en adelante odiaría a Luis Bonaparte tanto como hasta entonces lo había amado. ¡Extraño amor, este amor de nueve años del republicano Fazy por el asesino de dos repúblicas!493 Fazy representó el papel de patriota desengañado con tal virtuosismo que toda Ginebra nadó en entusiasmo por Fazy, y la pérdida de las ilusiones de Fazy se sintió casi más hondamente que la pérdida de las provincias neutralizadas. Hasta Théodore de Saussure, su adversario de muchos años, jefe del partido aristocrático de oposición, confesó que era imposible seguir dudando del patriotismo suizo de James Fazy.
Recibidas las tan merecidas ovaciones populares, el tirano de Ginebra corrió al Consejo Nacional en Berna. Poco después de su partida, su fiel, su compañero de viaje a París, en una palabra, su propio John Perrier, emprendió una expedición argonáutica de un género muy particular. Una banda de borrachos ginebrinos (así los llamó al menos el Times de Londres), escogidos en la sociedad de los Fruitiers,494 guardia de corps democrática de Fazy, navegó sin armas bajo la dirección de Perrier hasta Thonon, para hacer en ese punto del territorio neutralizado una manifestación antifrancesa. En qué consistió o había de consistir esa manifestación, si los argonautas iban a conquistar un vellocino de oro o a llevar al mercado su propio pellejo, nadie puede decirlo hasta el día de hoy, porque ningún Orfeo acompañó la expedición argonáutica de Perrier ni ningún Apolonio la cantó.495 Se trataba, al parecer, de una especie de toma de posesión simbólica del territorio neutralizado por la Suiza representada por John Perrier y su banda. La Suiza real tuvo en todo caso tanto trabajo con la diplomacia de las disculpas, las declaraciones de lealtad y las muestras de indignación por la toma de posesión simbólica de Thonon por John Perrier, que Luis Bonaparte pareció en verdad magnánimo al contentarse con la ocupación real de Thonon y del resto del territorio neutralizado.
John Perrier, en cuyos bolsillos se encontraron unos miles de francos, fue detenido en Ginebra. El vicecanciller de Estado y redactor de la Revue de Genève, el señor Ducommun, un joven sin fortuna privada y dependiente, en ambos cargos, del presidente del Consejo de Estado y propietario de la Revue, James Fazy, fue también detenido por la declaración de Perrier. Confesó haber dado a Perrier el dinero, que había salido de una caja constituida para formar un cuerpo franco, una caja cuya existencia los radicales ginebrinos habían ignorado hasta entonces. La instrucción judicial terminó con la puesta en libertad, primero de Ducommun y luego de Perrier.
El 24 de marzo, Víctor Manuel cedió oficialmente a Bonaparte Niza y Saboya, junto con el territorio neutralizado. El 29-30 de marzo, John Perrier, que había vuelto de París a Ginebra con Fazy, emprendió su expedición argonáutica, una manifestación burlesca que, justo en el momento decisivo, frustró cualquier manifestación seria. James Fazy aseguró en Berna que «no sabía absolutamente nada del incidente».496 Laity se jactaba en el territorio exneutral de que, si los suizos hubieran echado mano allí de verdad, su emperador habría hecho entrar en el acto tres divisiones en Ginebra. Vogt, por último, era completamente ajeno al secreto de la expedición argonáutica, pues pocos días antes de que se produjera denunció a la policía de Ginebra, a título preventivo, una colisión que se iba a provocar desde Ginebra en la frontera saboyana, aunque señalando una pista falsa. Tengo a la vista sobre esto la carta de un refugiado residente en Ginebra, antes amigo de Vogt, a un refugiado residente en Londres. En ella se dice, entre otras cosas:
«Vogt propalaba que yo no hacía más que ir y venir entre la Suiza occidental y Saboya para tramar una revolución en perjuicio de Suiza y en favor de potencias enemigas de Suiza. Esto fue solo unos días antes del atentado de Perrier, que Vogt seguramente conocía, pero yo tan poco como usted. Evidentemente, trataba de desviar la pista hacia mí y perderme. Por suerte, me denunció también al director de policía Duy, que me hizo llamar y quedó no poco sorprendido cuando, a la primera pregunta, lo interrumpí riendo: “¡Ajá! ¡La conocida intriga de Vogt!”. Se hizo entonces informar más en detalle de mi relación con Vogt. Al mismo tiempo, apoyó mi declaración un secretario del gobierno, miembro de la Helvetia,497 que al día siguiente viajó a Berna a la asamblea central y allí hizo al hermano de Vogt observaciones desfavorables sobre la conducta de Karl, a lo que Gustav respondió lacónicamente que hacía ya mucho que había notado por sus cartas cómo andaba su política».
Si primero el silencio, la negación y la predicación de la confianza en Luis Bonaparte habían de apartar el peligro de los ojos de Suiza, si después el griterío sobre la proyectada incorporación del Faucigny, el Chablais y el Genevois a Suiza había de popularizar la anexión de Saboya a Francia y, por último, la farsa de Thonon había de quebrar toda resistencia seria, entonces, conforme al programa de París, había que hacer valer en última instancia la anexión ya realmente consumada y el peligro ya innegable como motivos para que Suiza depusiera voluntariamente las armas, es decir, para su alianza con el imperio de Diciembre.
La tarea era tan delicada que solo el propio James Fazy podía iniciar su solución. Su criado Vogt podía advertir contra una alianza con el Este, pero solo el propio Fazy podía abogar por una alianza con el Oeste. Insinuó primero su necesidad en la Revue de Genève. El 18 de abril de 1860 circuló en Ginebra un extracto de una carta de Londres en el que se decía, entre otras cosas:
«Recomiende a nuestros influyentes conciudadanos que estén en guardia contra los consejos que J. Fazy pudiera dar a Suiza de abandonar su neutralidad. Es muy probable que ese consejo provenga del propio gobierno francés, del que James Fazy ha sido hasta el día de hoy un agente servicial… Ahora adopta la actitud de un buen suizo que se opone a los propósitos de Francia, pero una persona siempre bien informada me asegura que eso es una trampa. En cuanto Suiza haya declarado que ya no quiere ni puede seguir siendo neutral, el gobierno francés tomará nota de ello y la obligará a una alianza como en tiempos del Primer Imperio».
Fazy hizo responder entonces en la Revue de Genève:
«El día en que Saboya esté unida a Francia, la neutralidad de Suiza cesará por sí misma, y semejante consejo de Fazy sería, por tanto, superfluo».
Tres meses más tarde, el 10 de julio, James Fazy pronunció en el Consejo Nacional suizo un discurso que,
«entre maldiciones y gritos, con el puño cerrado contra los financieros bonapartistas y los barones federales —los denunció como le gouvernement souterrain, el gobierno subterráneo—, marchaba hacia el campo bonapartista».
Por eso el partido zuriqués y valdense, oficialmente francés, aunque en apariencia era el más duramente atacado, lo dejó despotricar tranquilamente.
«Europa, sobre todo Alemania, había abandonado a Suiza. Con ello la neutralidad se ha vuelto imposible; Suiza tiene que buscar alianzas, pero ¿dónde?».
El viejo demagogo murmura entonces algo
«de la vecina y tan emparentada Francia, que algún día reconocerá y reparará su injusticia y quizá aún pueda volver a ser república, etc. Pero los financieros y los barones federales, que ya han caducado, no deben inaugurar la nueva política; la Helvetia, el pueblo, tiene que hacerlo: esperad, que las próximas elecciones os enseñarán modales. Las tropas federales son sumamente bienvenidas en Ginebra. Pero si su presencia ha de expresar la menor duda sobre el actual gobierno de Ginebra, entonces fuera con ellas. Ginebra se ayuda y se protege a sí misma».
Así pues, el 10 de julio, James Fazy desarrolló en el Consejo Nacional lo que había insinuado en la Revue de Genève del 18 de abril: «la nueva política», la alianza de Suiza con Francia, es decir, la anexión de Suiza a Diciembre. Suizos bien informados tuvieron por prematuro este levantar la máscara antibonapartista que Fazy llevaba desde su regreso de las Tullerías. Sin embargo, Fazy posee precisamente un virtuosismo casi palmerstoniano en el arte de la indiscreción calculada.
Los representantes más sospechosos del gouvernement souterrain propusieron, como es sabido, en el Consejo Nacional un voto de censura contra Stämpfli, porque, como presidente de la Confederación, había comprendido la situación y había tomado por un momento la decisión acertada de asegurar el territorio neutralizado con tropas federales contra la violación francesa. El voto de censura fue rechazado por una enorme mayoría, pero faltó el voto de Vogt.
«Muy característico de Karl Vogt», me escribían entonces desde Suiza, «es su ausencia en el debate del Consejo de los Estados suizo sobre el voto de censura contra el presidente de la Confederación Stämpfli. Como representante del cantón de Ginebra, amenazado por Bonaparte, Vogt tenía por fuerza que votar a favor de Stämpfli, su enérgico defensor. Además, es amigo personal suyo y le debe gratitud. El padre de Vogt y dos de sus hermanos se ganan el pan como empleados del cantón de Berna; a un tercer hermano Stämpfli acaba de proporcionarle el lucrativo puesto de estadístico jefe federal. Por consiguiente, no era muy posible enfrentarse, en una votación nominal, al amigo, al benefactor y al hombre del pueblo. Por otro lado, el plonplonista podía todavía menos aprobar en público una política que combate a vida o muerte las agresiones del bonapartismo. De ahí la escapada y el esconder la cabeza, aunque el ancho trasero quede a la vista y se lleve los golpes: la estratagema habitual y el destino terrenal del Falstaff moderno».
La consigna del «austriacismo», repartida por las Tullerías y repetida tan en voz alta por James Fazy en la Revue de Genève y por su criado Vogt en el Commis voyageur de Biel, en los Estudios, en el «Libro mayor», etc., acabó por volverse contra la propia Suiza. Hacia mediados de abril apareció en todas las murallas de Milán un cartel: «Disputa entre Napoleón y Suiza». En él se decía:
«Saboya le pareció a Suiza un bocado apetitoso, y se apresuró, azuzada por Austria, a cruzarse en el camino de los planes de Napoleón III en un asunto que solo atañe a Italia y a Francia… Inglaterra y las grandes potencias del norte, excepto Austria, no se oponen en lo más mínimo a la incorporación de Saboya; solo Suiza, azuzada por Austria, que trata de sembrar la inquietud y la revuelta en todos los Estados aliados de Cerdeña, ha interpuesto ella sola su veto… Suiza es un Estado anómalo que no puede resistir mucho tiempo el empuje del gran principio de las nacionalidades. Alemanes, franceses e italianos no son capaces de someterse a las mismas leyes. Si Suiza lo sabe, piense que en el cantón del Tesino se habla la lengua de Foscolo y de Giusti, y no olvide que una gran parte de ella pertenece a la grande y generosa nación que se llama francesa».
Suiza, por lo visto, es en general una invención austriaca.
Mientras el propio Vogt se afanaba así por salvar a Suiza de las garras de Austria, encomendaba la salvación de Alemania a uno de sus compinches más íntimos, el suabo charlatán y prolijo Karl Mayer de Esslingen, diputado del Parlamento rabadilla, fanfarrón y en la actualidad propietario de una fábrica de bisutería. En la bendición de la bandera de la Asociación Obrera Alemana de Neuchâtel, celebrada en la Corona de Saint-Blaise, el orador de la fiesta, el diputado de la rabadilla y bisutero Karl Mayer de Esslingen, exhortó a Alemania a
«dejar pasar a los franceses el Rin, porque de lo contrario nunca podrían mejorar las cosas en Alemania».
Dos diputados de la Asociación Obrera de Ginebra, al volver de la bendición de la bandera después de Año Nuevo (1860), informaron de este incidente. Confirmado su informe por los diputados de otras varias asociaciones de la Suiza occidental, el Vorort498 de Ginebra dirigió una circular de advertencia general contra las intrigas bonapartistas entre los obreros alemanes de Suiza.
«Después de un recordatorio» —cito de un memorial que tengo a la vista— «del Primer Imperio, cuando también algunos alemanes trataban ya de favorecer la dominación napoleónica del mundo, con la buena intención de que el coloso no sobreviviría a la caída de su portador y de que entonces, entre las provincias desmembradas del Imperio franco, habría al menos una Alemania unida que podría conquistar luego con tanta mayor facilidad la libertad, se calificaba de curanderismo político sacar toda la sangre a un cuerpo vivo para confiar en el milagro disparatado de que le volviera a crecer una sangre más sana; se reprochaba, además, que se negara de plano a un gran pueblo la fuerza para valerse por sí mismo y el derecho a la autodeterminación; por último, se observaba que el esperado Mesías de Alemania acababa de mostrar en Italia lo que él entendía por liberación de las nacionalidades, etc., etc. La circular se dirigía, según decía, solo a aquellos alemanes que para un buen fin escogían el medio equivocado, y se negaba, en cambio, a tratar con publicistas comprados y ambiciosos ci-devants».499
Al mismo tiempo, el Aargauer Nachrichten, órgano de la Helvetia, fustigaba
«la lógica según la cual hay que dejar entrar al erizo en la madriguera del topo para poder agarrarlo mejor y volver a echarlo, lógica preciosa según la cual habría que dejar hacer también a los Efialtes para que pudieran surgir Leónidas.500 Cierto profesor sería el duque Ulrico de Wurtemberg puesto cabeza abajo, que intentó volver del exilio por medio del Bundschuh cuando la bota de montar ya no quiso saber nada de él;501 pero ese mismo profesor se habría malquistado con el zapato y por eso se arrimaba a la bota, etc.».
La importancia de esta denuncia contra el señor profesor Vogt consistía en que apareció en un órgano de la Helvetia. Como en compensación, tanto mejor acogida encontró él en L'Espérance, un periódico fundado en Ginebra en 1859, en gran formato y con grandes gastos, por la caja del Estado francés. La tarea de L'Espérance era predicar la anexión de Saboya y de Renania en particular y la mesiánica vocación de Luis Bonaparte de liberar a las nacionalidades en general. En toda Ginebra se sabe que Vogt era un habitué de la redacción de L'Espérance y uno de sus colaboradores más activos. A mí mismo me han llegado detalles que ponen el hecho fuera de duda. Lo que Vogt insinúa en sus Estudios, lo que hizo proclamar abiertamente en Neuchâtel por su compinche, el suabo charlatán y prolijo, diputado de la rabadilla y bisutero Karl Mayer de Esslingen, se encuentra más desarrollado en L'Espérance. Así, por ejemplo, se dice en su número del 25 de marzo de 1860:
«Si la única esperanza de los patriotas alemanes se funda en una guerra con Francia, ¿qué razón pueden tener para querer debilitar al gobierno de ese país e impedirle formar sus fronteras naturales? ¿O es que el pueblo de Alemania está lejos de compartir ese odio a Francia? Sea como fuere, hay patriotas alemanes muy sinceros, y en particular entre los demócratas alemanes más avanzados» (a saber, el Vogt del Imperio, lo Ranickel, Karl Mayer de Esslingen y tutti quanti), «que no ven gran desgracia en la pérdida de la orilla izquierda del Rin, que, al contrario, están convencidos de que solo después de esa pérdida comenzará la vida política de Alemania, de una Alemania regenerada, apoyada en la alianza y fundiéndose con la civilización del Occidente europeo».502
Tan bien informada por Vogt sobre las opiniones de la democracia alemana más avanzada, L'Espérance declara en un editorial del 30 de mayo que
«un plebiscito en la orilla izquierda del Rin mostraría pronto que allí todos tienen sentimientos franceses».
El Postheiri, un periódico satírico suizo, echó entonces chistes malos sobre L'Espérance, el «rocín enfermo» que, tras los ligeros laureles del Baco Plon-Plon, tenía que cargar además en la grupa con «el pesado bandullo» de su Sileno.503
Con qué precisión se ejecutan las maniobras de prensa decembristas puede verse en el presente caso. El 30 de mayo, L'Espérance hacía caer en Ginebra la orilla izquierda del Rin en manos de Diciembre por plebiscito; el 31 de mayo, Louis Jourdan abría en el Siècle de París las trincheras de la anexión del Rin, y a principios de junio el Propagateur du Nord et du Pas-de-Calais emplazaba su artillería gruesa contra Bélgica. Poco antes del portavoz ginebrino, Edmond About había declarado en la Opinion nationale que el engrandecimiento de Cerdeña había obligado al emperador «a tomar Saboya…, es decir, cerramos nuestra puerta», y, prosigue, si las aspiraciones a la unión en Alemania llevaran a un engrandecimiento semejante de Prusia, «entonces tendríamos que velar por nuestra seguridad, tomar la orilla izquierda del Rin, es decir, cerraríamos nuestra puerta».504 A este ligero cerrador de puertas siguió pisándole los talones la pesada bestia cornuda, el corresponsal AA de L'Indépendance Belge, una especie de Joseph Prudhomme505 y pitonisa especial de la «Providencia» instalada en las Tullerías. L'Espérance, entretanto, llevó su peculiar entusiasmo por la unidad alemana y su indignada denuncia de los antidecembristas alemanes vendidos a Austria a una altura tan vertiginosa que James Fazy, que tiene que guardar ciertas consideraciones diplomáticas y además estaba a punto de convertir su Revue de Genève en la Nation suisse, se dignó declarar con magnánima condescendencia, por medio de la Revue, que se podía hacer frente al bonapartismo sin ser austriaco.
Karl Vogt, Dâ-Dâ alemán, titular de una oficina de enganche decembrista para la prensa alemana, subagente de Fazy, «agradable compañero de mesa» en el Palais Royal, Falstaff de Plon-Plon, «amigo» de Ranickel, apuntador del Commis voyageur de Biel, colaborador de L'Espérance, protegido de Edmond About, cantor de la Lausiade, tenía, sin embargo, que descender todavía un peldaño más. En París, a la vista del mundo, en la Revue contemporaine, había de aparecer del brazo de monsieur Edouard Simon. Veamos un momento qué es la Revue contemporaine y quién es monsieur Edouard Simon.
La Revue contemporaine era originariamente la revista oficial decembrista, en franca oposición a la Revue des deux Mondes, en la que escribían las plumas elegantes, la gente del Journal des Débats, orleanistas, fusionistas,506 y sobre todo también profesores del Collège de France y membres de l'Institut. Como no se podía destinar directamente por orden a este último personal oficial a la Revue contemporaine, se intentó retirarlo por orden de la Revue des deux Mondes para enrolarlo por un rodeo en la «Revue» decembrista. El golpe, sin embargo, no tuvo verdadero éxito. A los propietarios de la Revue contemporaine hasta les pareció poco aconsejable hacer negocios con el comité de redacción que les había impuesto el señor La Guéronnière. Como el ventrílocuo de las Tullerías necesita bocas de diferentes registros, la Revue contemporaine se convirtió en la revista oficiosa, y en cambio la Revue européenne, con el comité de redacción impuesto por La Guéronnière, fue instituida como revista oficial.
Pasemos ahora a monsieur Edouard Simon, por naturaleza un judío de la Prusia renana llamado Eduard Simon, que, sin embargo, hace las muecas más cómicas para pasar por francés de oficio, solo que su estilo delata a cada instante al judío de la Prusia renana traducido al francés. Poco después de la fiesta de Schiller (noviembre de 1859) encontré en casa de un conocido de Londres a un comerciante muy respetable, residente desde hacía años en París, que contó con detalle la fiesta de Schiller de París, las sociedades schillerianas, etc. Lo interrumpí preguntándole cómo se las arreglaban en París las sociedades y reuniones alemanas con la policía decembrista. Respondió con una sonrisa socarrona:
«Naturalmente, no hay reunión sin mouchard ni asociación sin mouchard. Para evitarnos complicaciones, seguimos, pues, de una vez para siempre la sencilla táctica —probatum est—507 de atraer a un mouchard conocido y elegirlo enseguida para el comité. Y para todos esos casos tenemos siempre, como hecho a la medida, a nuestro Edouard Simon. Usted sabe que La Guéronnière, antes lacayo de Lamartine y fabricante de tartines508 de Émile de Girardin, es ahora la favorita del emperador, su estilista secreto y a la vez censor supremo de la prensa francesa. Pues bien, Edouard Simon es el perro faldero de La Guéronnière, y», añadió con un extraño fruncimiento de la nariz, «y es un chucho que huele muy mal. Edouard Simon, cosa que usted seguramente no le reprochará, no quería trabajar pour le roi de Prusse, sino que encontró que, adhiriéndose al sistema decembrista, se prestaba a sí mismo y a la civilización un servicio incalculable. Es un tipo de espíritu mezquino y carácter grasiento, pero nada débil en cierta esfera de la intriga subalterna. La Guéronnière ha destinado a su Edouard Simon a la Patrie como uno de sus editorialistas. Eso demostró el tacto del estilista secreto. El propietario de la Patrie, el banquero Delamarre, es en efecto un advenedizo altanero, áspero y de malas pulgas que no tolera en su oficina a nadie más que a criaturas de una flexibilidad decididamente servil. Allí estaba, pues, nuestro Edouard Simon, que pese a su matarratas sabe ser flexible como un gato de Angora, en su sitio justo. La Patrie, como usted sabe, fue en tiempos de la República uno de los órganos más desvergonzados de la rue de Poitiers.509 Desde Diciembre disputa con el Pays y el Constitutionnel el honor de ser el órgano semioficial de las Tullerías y, desde que se dio la señal, hace mucho negocio con la fiebre de anexión. Ya conoce usted a los mendigos que fingen ataques de epilepsia en la calle para sacar unas perras al transeúnte. La Patrie tuvo, en efecto, el honor de poder anunciar la primera la inminente anexión de Saboya y Niza. Apenas se había producido la anexión cuando amplió su formato, pues, como declaró ingenuamente el señor Delamarre: “Habiendo sido anexionados a Francia Saboya y el condado de Niza, la consecuencia natural es el engrandecimiento de la Patria”.510 ¿Quién no recuerda a este propósito la ocurrencia de aquel cínico parisiense que, a la pregunta “¿Qué es la patria?”, respondió sin más: “Un periódico de la tarde”? ¡Y si se anexionaran las provincias del Rin, qué engrandecimiento de la Patrie, de su formato y del salaire de Edouard Simon! En el terreno de la economía política, la Patrie ve la salvación de Francia en la supresión del tourniquet de la Bourse,511 con lo que los negocios en la Bolsa y, con ellos, en todo el país volverían a subir con trampas a la altura deseada. También Edouard Simon se entusiasma por la supresión del tourniquet de la Bourse. Pero nuestro Edouard Simon no es solo editorialista de la Patrie y perro faldero de La Guéronnière. Es el amigo más adicto y el soplón de la nueva Jerusalén, alias la prefectura de policía, y en particular del señor Palestrina. En resumidas cuentas, señores», concluyó el narrador, «un comité con el señor Edouard Simon en su seno goza ya solo por eso del más perfecto olor policial».
Y el señor… soltó una risa tan extrañamente estridente como si el odeur de mauvais lieu, el olor a casa de mala nota, y monsieur Edouard Simon tuvieran aún una relación secretísima e inefable.
El señor Kinglake ha llamado la atención de la Cámara de los Comunes sobre la agradable confusión de política exterior, policía y prensa que caracteriza a los agentes de Diciembre (sesión de la House of Commons del 12 de julio de 1860). Monsieur Edouard Simon —al notorio Eduard de Vogt no hay que confundirlo, naturalmente, con la dulce Kunigunde de Vogt, alias Ludwig Simon de Tréveris512—, monsieur Edouard Simon, perro faldero de La Guéronnière, caniche de Delamarre, perro espía de Palestrina y chucho de todo el mundo, pertenece evidentemente, si no a la crema, sí en todo caso al queso de Limburgo del 10 de Diciembre,513 al segundo círculo, donde
«anidan
hipocresía, lisonjas y quien hechiza,
falsedad, latrocinio y simonía,
rufianes, barateros y basura semejante».514
Karl Vogt había encargado a su Edouard Simon muchas semanas antes de la aparición del «Libro mayor» que lo reseñara en la prensa francesa. Edouard Simon votó por el double emploi.515 Primero tradujo en privado el «Libro mayor» al señor La Guéronnière, y con ese motivo su patrono lo destinó a la Revue contemporaine. En vano la redacción de la Revue contemporaine hizo la sumisa petición de que el tal Edouard Simon apareciera al menos anónimamente en sus columnas. La Guéronnière fue inexorable. Edouard Simon debutó en la Revue contemporaine del 15 de febrero de 1860 con la reseña de su amigo Vogt, bajo el título Un tableau de mœurs politiques de l'Allemagne. Le procès de M. Vogt avec la Gazette d'Augsbourg (Cuadro de costumbres políticas de Alemania. El proceso del señor Vogt con la Gaceta de Augsburgo), firmado: Edouard Simon.
El «latino» Edouard Simon no cree que, «para ser buen francés, tenga que lanzar invectivas contra la noble raza germánica» (Revue contemporaine, ob. cit., p. 531); pero, como «buen francés» y «latino de nacimiento», tiene que exhibir al menos una ignorancia natural de las cosas alemanas. Así, entre otras cosas, dice de su Karl Vogt: «Fue uno de los tres regentes del Imperio efímero».516 Monsieur Edouard Simon, naturalmente, no sospecha que el Imperio in partibus517 gemía bajo una pentarquía, y se figura más bien, «como francés», que a los Reyes Magos de Colonia, aunque solo fuera por simetría, tenían que corresponder tres regentes parlamentarios del Imperio en Stuttgart. Las bromas del «amigo» Vogt en el «Libro mayor» van «a menudo demasiado lejos para el gusto francés».518 El francés Edouard lo remediará y «se esforzará por escoger».519 El «amigo» Vogt ama de natural «los colores chillones» y «no es precisamente un gastrónomo en materia de lenguaje».520 ¡Pues claro! El «amigo» Vogt no es más que un alemán anexionado, como Dâ-Dâ es un árabe anexionado, mientras que Edouard Simon es «buen francés» de casa y «latino» de raza. ¿Llegaron alguna vez el señor Orges y el señor Dietzel521 tan lejos en su calumnia de la «raza latina»?
Monsieur Edouard Simon divierte a sus superiores exhibiendo ante el público de París a uno de los santos «tres» reyes alemanes de la rabadilla, y por cierto con el acuerdo y por encargo de este santo rey alemán de la triple rabadilla, como prisionero voluntario detrás del carro triunfal del Quasimodo imperialista. Se ve, dice Edouard Simon, tras una cita del «Libro mayor» de Vogt,
«se ve que al señor Vogt le importaba poco de dónde viniera la ayuda a favor de la unidad alemana, con tal de que viniera; el Imperio francés hasta le parecía singularmente apropiado para acelerar el desenlace que desea. Quizá el señor Vogt malvendía en esto a precio de saldo (?!) sus antiguos antecedentes, y a sus antiguos colegas que se sentaban con él en la extrema izquierda del Parlamento de Fráncfort debió de parecerles extraño ver a este furioso adversario de todo poder unitario, a este ardiente fanático de la anarquía, manifestar tan vivas simpatías por el soberano que ha vencido a la anarquía en Francia».522
Edouard traslada al «regente fugitivo del Imperio» de la izquierda «indecisa» a la extrema izquierda del Parlamento de Fráncfort. Del hombre que votó por «el emperador alemán hereditario» hace «un furioso adversario de todo poder unitario», y del miembro de la Asociación Central de Marzo, que predicaba a toda costa el «orden» entre los abigarrados partidos de taberna de Fráncfort, «un ardiente fanático de la anarquía». Todo para poner debidamente de relieve la presa que el 10 de Diciembre ha hecho con el «regente fugitivo del Imperio». Tanto más preciosas se vuelven «las tan vivas simpatías» que el señor Vogt abriga por «el hombre que ha vencido a la anarquía en Francia», tanto más valioso se vuelve su actual reconocimiento de «que el Imperio francés es singularmente apropiado para establecer la unidad alemana», y tanto más comprensible se vuelve la indirecta, tan sutil como un horcón, del «amigo» Simon: que el «amigo» Vogt «quizá ha malvendido sus antecedentes a precio de saldo» (de bon marché), y que, por tanto, el hombre de Diciembre en ningún caso los ha comprado «demasiado caros».523 Y para no dejar en las altas esferas la menor duda de que el «amigo» Vogt es ahora tan de fiar como el «amigo» Simon, monsieur Edouard Simon cuenta sonriendo, frotándose las manos y guiñando el ojo izquierdo, que Vogt, en su afán de orden, «incluso, si ha entendido bien al señor Vogt, ha denunciado a las autoridades de Ginebra intrigas revolucionarias»,524 exactamente igual que monsieur Edouard Simon hace «denuncias» a los señores Palestrina y La Guéronnière.
Es de todos sabido que About y Jourdan y Granier de Cassagnac y Boniface y el doctor Hoffmann, que los monjes de L'Espérance, los caballeros de Nationalités, los fuelles de la Opinion nationale, los penny-a-liners525 de L'Indépendance, del Morning Chronicle, del Nouvelliste Vaudois, etc., los La Guéronnière y los Simon, estilistas, civilizacionistas, decembristas, plonplonistas, dentuistas y dentistas,526 todos sin excepción sacan su inspiración de una y la misma augusta… caja. Ahora encontramos a Dâ-Dâ Vogt no como guerrillero aislado que lucha por su cuenta, sino subvencionado, adoctrinado, embrigadado, encanallado, conexo con Edouard Simon, anexionado a Plon-Plon: preso con ellos, ahorcado con ellos.527 Queda la pregunta: ¿cobra Karl Vogt por su agencia?
«Si no me equivoco, sobornar significa mover a alguien, con dinero u otras ventajas, a actos y manifestaciones contrarios a su convicción». (Pág. 217, «Libro mayor».)
Y el plonplonismo es la convicción de Vogt. Así pues, aunque cobre en metálico, en ningún caso está sobornado. Pero el cuño de la moneda no puede ser más variado que la forma de pago.
¿Quién sabe si Plon-Plon no le habrá prometido a su Falstaff la comandancia de la Torre de los Ratones junto al Binger Loch?528 ¿O el nombramiento de miembro correspondiente del Institut, después de que About, en su La Prusse en 1860, haga ya disputarse a los naturalistas franceses el honor de corresponder a la vez con el vivo Vogt y con el difunto Dieffenbach?529 ¿O si tiene en perspectiva su restauración como regente del Imperio?
Sé, desde luego, que las malas lenguas explican las cosas de modo más prosaico. Así, «con el vuelco de las cosas desde 1859», se habría producido un vuelco en la situación del «agradable compañero de mesa» (poco antes todavía una de las cabezas de una sociedad anónima radicalmente devorada y envuelta en una instrucción penal), cosa que amigos medrosos trataban de explicar diciendo que una sociedad anónima minera italiana había hecho a Vogt, en reconocimiento de sus méritos «mineralógicos», una importante donación en acciones, que él habría convertido en dinero durante su primera estancia en París. Desde Suiza y desde Francia, conocedores del asunto que no se conocen entre sí me han escrito casi al mismo tiempo que el «agradable compañero de mesa» ejerce, con ciertos ingresos anejos, la inspección superior de la finca de La Bergerie, cerca de Nyon (en Vaud), la residencia de viuda que Plon-Plon ha comprado para la Ifigenia de Turín.530 Más aún, conozco una carta en la que un «nuevo suizo», todavía en trato íntimo con Vogt mucho después del «vuelco de 1859», especifica a principios de 1860 a un señor «P. B. B., 78, Fenchurch Street, London», una suma muy considerable que su examigo habría recibido de la caja central de París, no como soborno, sino como pago por adelantado. Esto y cosas peores han llegado hasta Londres, pero yo, por mi parte, no doy por ello ni una brizna de paja. Al contrario, creo a Vogt bajo palabra cuando dice:
«Que a nadie le importa de dónde saco yo» (Vogt) «mis medios. Seguiré tratando en adelante de procurarme los medios necesarios para alcanzar mis fines políticos, y los seguiré tomando con la conciencia de mi buena causa de donde pueda obtenerlos» (p. 226, «Libro mayor»), por tanto, también de la caja central de París.
¡Fines políticos!
«Bromeas, Calvo, cuando una grasienta barriga
te cuelga, colgante, pie y medio».531
¡Buena causa! Es sin duda la expresión idealista alemana de lo que el inglés, groseramente materialista, llama the good things of this world, las cosas buenas de este mundo.
Piense lo que piense M. D. Schaible, ¿por qué no habría que creer a Vogt bajo palabra, si en el mismo «Libro mayor», al final de sus historias de cazadores sobre la Banda del Azufre, etc., declara con idéntica solemnidad:
«Con esto termina esta sección de un fragmento de la historia contemporánea. No son vanas ensoñaciones lo que expongo; ¡son hechos puros!». (Pág. 182, «Libro mayor».)
¿Por qué no habría de ser su agencia tan pura como los hechos que se cuentan en el «Libro mayor»?
Yo, por mi parte, creo a pie juntillas que, a diferencia de todos los demás miembros escritores, agitadores, politiqueros, conspiradores, propagandistas, fanfarrones, plonplonizantes, complotadores y comprometedores de sí mismos de la Banda de Diciembre, el único Vogt, él solo y exclusivamente, concibe a su emperador como l'homme qu'on aime pour lui-même, el hombre al que se ama por sí mismo.
«Swerz niht geloubt, der sündet», «Quien no lo cree, peca», como dice Wolfram von Eschenbach,532 o «Quien no lo crea, se equivoca», como dice la canción moderna.
X. Patronos y compinches
Principibus placuisse viris non ultima laus est.533
Como fiadores de su good behaviour, de su buena conducta, el ex Vogt del Imperio presenta a
«Kossuth» y «los otros dos hombres, Fazy, el regenerador de Ginebra, y Klapka, el defensor de Komárom», a quienes «llama con orgullo sus amigos». («Libro mayor», p. 213.)
Yo los llamo sus patronos. Después de la batalla de Komárom (2 de julio de 1849), Görgey usurpó el mando supremo del ejército húngaro contra la orden del gobierno húngaro, que lo había destituido.
«Si a la cabeza del gobierno hubiera estado un hombre enérgico», dice el coronel Lapinski, todavía partidario de Kossuth en su escrito, «ya entonces se habría puesto fin a todas las intrigas de Görgey. Kossuth no tenía más que ir al campamento y decir veinte palabras al ejército, y toda la popularidad de Görgey no lo habría salvado de la caída… Pero Kossuth no fue, no tenía la fuerza de enfrentarse abiertamente a Görgey, y mientras intrigaba en secreto contra el general, trataba de justificar sus faltas ante el mundo». (Págs. 125-126, Th. Lapinski, Feldzug der ungarischen Hauptarmee, etc.)534
La traición que Görgey se proponía le fue denunciada formalmente a Kossuth, según su propia confesión, algún tiempo después por el general Guyon.535 (Véase David Urquhart, Visit to the Hungarian Exiles at Kutayah.)
«Es cierto que Kossuth dijo en un hermoso discurso en Szeged que, si conociera a un traidor, lo mataría con su propia mano, y probablemente pensaba en Görgey. Pero no solo no cumplió esta amenaza un tanto teatral, sino que ni siquiera nombró ante todos sus ministros al hombre de quien sospechaba; y mientras con algunos urdía miserables planes contra Görgey, hablaba siempre de él con el mayor respeto, y hasta le escribía a él mismo las cartas más tiernas. Que lo comprenda quien pueda; yo no comprendo cómo se puede, viendo solo en la caída de un hombre peligroso la salvación de la patria, intentar derribarlo con mano temblorosa mientras al mismo tiempo se lo sostiene, se le procuran partidarios y admiradores con muestras de confianza y se le pone así todo el poder en las manos. Mientras Kossuth trabajaba de esta manera lamentable unas veces a favor y otras en contra de Görgey…, Görgey, más consecuente y firme que él, ejecutaba su negro plan». (Th. Lapinski, ob. cit., pp. 163-164.)
El 11 de agosto de 1849, Kossuth, por orden de Görgey, publicó, supuestamente desde la fortaleza de Arad, un manifiesto público de abdicación en el que investía a Görgey «del más alto poder de gobierno civil y militar» y declaraba:
«Después de los desgraciados combates con que Dios ha castigado en los últimos días a la nación, ya no queda ninguna esperanza de que podamos seguir sosteniendo con perspectivas de éxito la lucha de autodefensa contra las dos grandes potencias unidas».
Después de declarar así, al principio del manifiesto, la causa de Hungría irremediablemente perdida, y por cierto a consecuencia del castigo de Dios, Kossuth, en el resto del manifiesto, hace a Görgey «responsable ante Dios de que» empleará el poder que Kossuth le había confiado «para la salvación» de Hungría. Confiaba en Görgey lo bastante para entregarle Hungría, demasiado poco para entregarle su propia persona. Su desconfianza personal hacia Görgey era tan grande que hizo coincidir hábilmente la llegada de su persona a suelo turco con la del acta de su abdicación a manos de Görgey. Por eso su manifiesto termina también con estas palabras:
«Si mi muerte puede ser de alguna utilidad para la patria, sacrificaré con alegría mi vida».
Lo que había sacrificado en el altar de la patria en manos de Görgey era el gobierno, cuyo título, sin embargo, volvió a usurpar en el acto bajo la protección turca. En Kütahya, Su Excelencia el gobernador in partibus recibió el primer Libro Azul sobre la catástrofe húngara, que Palmerston había presentado al Parlamento. El estudio de estos documentos diplomáticos, escribió a D. Urquhart, lo convenció de que «Rusia tenía en cada gabinete un espía, y aún más, un agente», y de que Palmerston había traicionado a su dear Hungary, a su querida Hungría, en interés de Rusia.536 Y la primera palabra pública que se le escapó tras desembarcar en suelo inglés, en Southampton, fue: «Palmerston, the dear friend of my bosom!» (¡Palmerston, mi querido amigo del alma!).
Levantado su internamiento en Turquía, Kossuth zarpó para Inglaterra. Por el camino, ante Marsella, donde sin embargo no se le permitió desembarcar, publicó un manifiesto en el sentido y con la fraseología de la socialdemocracia francesa. En suelo inglés renegó en el acto de
«esa nueva doctrina, la socialdemocracia, que con razón o sin ella se tenía por incompatible con el orden social y la seguridad de la propiedad. Hungría no tiene nada que ver con esas doctrinas ni quiere tenerlo, por la sencillísima razón de que en Hungría no existe ninguna ocasión, ni el más remoto motivo para ellas». (Compárese con esto la carta de Marsella.)
Durante los primeros catorce días de su estancia en Inglaterra cambió de credo tantas veces como de audiencia: todo para todos. El conde Kázmér Batthyány motivó así su ruptura con Kossuth, hecha pública entonces:
«No solo las bévues537 que Kossuth ha cometido desde que lleva catorce días en libertad me han decidido a dar este paso, sino todo lo que he acumulado de experiencia, todo lo que he visto, tolerado, permitido, soportado y, como usted recordará, enmascarado y ocultado, primero en Hungría y luego en el exilio; en una palabra, la convicción a la que he llegado sobre este hombre… Permítame observar que lo que el señor Kossuth ha dicho o pueda decir en Southampton, en Wisbech o en Londres, en una palabra, en Inglaterra, no deshace lo que dijo en Marsella. En el país del “joven gigante” (América) tocará otra vez otra música, pues, como es falto de escrúpulos (unscrupulous) en otras cosas y se dobla como una caña bajo cada golpe de viento más fuerte, desmiente sans gêne538 sus propias palabras y no tiene reparo en escudarse tras los grandes nombres de los difuntos a los que ha arruinado, como, por ejemplo, mi pobre primo Lajos Batthyány…539 No vacilo un instante en declarar que, antes de que Kossuth haya dejado Inglaterra, tendréis todos los motivos para lamentar los honores que con tanta prodigalidad derramáis sobre un carácter tan absolutamente indigno (a most undeserving heart)». (Correspondence of Kossuth, letter of Count Batthyány to Mr. Urquhart, París, 29 de octubre de 1851.)
La función de Kossuth como artista invitado en los Estados Unidos, donde en el Norte se pronunció contra la esclavitud y en el Sur a favor, no dejó tras de sí más que una decepción monstruo y trescientos cadáveres de discursos. Pasando de prisa por este extraño episodio, me limito a observar que a los alemanes de los Estados Unidos, y en particular también a la emigración alemana, les recomendó ardientemente una alianza entre Alemania, Hungría e Italia con exclusión de Francia (no solo del gobierno del golpe de Estado, sino de Francia, incluso de la emigración francesa y de los partidos que esta representaba en Francia). Nada más volver, intentó desde Londres, por medio de un sujeto equívoco, el conde Szirmay, y del coronel Kiss en París, entablar relaciones con Luis Bonaparte. (Véase mi carta en la New York Tribune del 28 de septiembre de 1852 y mi declaración en el mismo periódico del 16 de noviembre de 1852.)540
Durante la insurrección mazziniana de Milán, en 1853, apareció en las murallas de esta ciudad una proclama a las tropas húngaras allí estacionadas que las llamaba a unirse a los insurrectos italianos. Iba firmada: Lajos Kossuth. Apenas llegó a Londres la noticia de la derrota de los insurrectos, Kossuth declaró a toda prisa, por medio del Times y de otros periódicos ingleses, que la proclama era una falsificación, y desmintió así abiertamente a su amigo Mazzini. No obstante, la proclama era auténtica. Mazzini la recibió de Kossuth, poseía el manuscrito de puño y letra de Kossuth y obraba de acuerdo con Kossuth. Convencido de que la caída de la dominación violenta austriaca en Italia exigía la acción conjunta de Italia y Hungría, Mazzini trató entonces, en primer lugar, de sustituir a Kossuth por un jefe húngaro más de fiar; pero, después de que este intento fracasara por las divisiones de la emigración húngara, perdonó a su inseguro aliado y le ahorró generosamente un desenmascaramiento que no podía sino aniquilarlo en Inglaterra.
En ese mismo año de 1853 se produjo, como es sabido, el comienzo de la guerra ruso-turca. El 17 de diciembre de 1850, Kossuth había escrito desde Kütahya a David Urquhart:
«Sin soberanía turca, Turquía deja de existir. Y, tal como están las cosas, Turquía es indispensable para la libertad del mundo».
En una carta al gran visir Reşid Bajá, del 15 de febrero de 1851, su entusiasmo por los turcos va en aumento. En una fraseología desbordante ofrecía sus servicios al gobierno turco. Durante su gira por los Estados Unidos, el 22 de enero de 1852, escribió a D. Urquhart:
«¿Estaría usted dispuesto —y nadie sabe mejor que usted hasta qué punto los intereses de Turquía y de Hungría son idénticos— a abogar por mi causa en Constantinopla? Durante mi estancia en Turquía, la Puerta no sabía quién era yo; el recibimiento que he tenido en Inglaterra y en América, y la posición que me han procurado golpes de fortuna, y hasta puedo decir la Providencia, pueden mostrar a la Puerta que soy un amigo verdadero, y quizá no sin influencia, de Turquía y de su porvenir».
El 5 de noviembre de 1853 ofreció por escrito al señor Crawshay (urquhartista) ir a Constantinopla como aliado de Turquía, pero «no con las manos vacías» (not with empty hands), y por eso pide al señor Crawshay que le reúna fondos
«mediante gestiones privadas y confidenciales ante aquellas personas liberales que pudieran prestar fácilmente la ayuda que él pedía».
En esta carta dice: «Odio y desprecio el arte de hacer revoluciones» (I hate and despise the artifice of making revolutions). Mientras así, ante los urquhartistas, se desbordaba en odio a la revolución y amor a los turcos, publicaba con Mazzini manifiestos en los que se proclamaba la expulsión de los turcos de Europa y la transformación de Turquía en una «Suiza oriental», y firmaba igualmente los llamamientos del llamado Comité Central de la Democracia Europea541 a la revolución en general.
Como Kossuth había despilfarrado ya a finales de 1853, sin provecho alguno, el dinero recaudado a fuerza de declamaciones en América en 1852 en nombre de Hungría y, por otro lado, su ruego encontró sordo el oído del señor Crawshay, el gobernador renunció a la proyectada expedición caballeresca a Constantinopla, pero envió con las mejores recomendaciones a su agente, el coronel János Bangya.542
El 20 de enero de 1858 se reunió en Aderbi, en Circasia, un consejo de guerra que condenó a muerte por unanimidad a «Mehmed Bey, antes János Bangya de Illosfalva, convicto, por su propia confesión y por pruebas testificales, de alta traición y de correspondencia secreta con el enemigo» (el general ruso Philipson), lo cual, sin embargo, no le ha impedido seguir viviendo tranquilamente en Constantinopla hasta el día de hoy. En la confesión que entregó por escrito al consejo de guerra, Bangya dice, entre otras cosas:
«Mi actividad política me la dictó por entero el jefe de mi país, Lajos Kossuth… Provisto de cartas de presentación de mi jefe político, llegué a Constantinopla el 22 de diciembre de 1853».543
Luego, según cuenta más adelante, se hizo musulmán y entró al servicio turco con el grado de coronel.
«Mis instrucciones» (que procedían de Kossuth) «me aconsejaban encarecidamente unirme de uno u otro modo a las tropas destinadas a operar en la costa circasiana».
Allí debía tratar de impedir toda participación de los circasianos en la guerra contra Rusia. Cumplió su misión con éxito y, hacia el final de la guerra, envió desde Constantinopla «a Kossuth un informe detallado sobre la situación de Circasia». Antes de su segunda expedición a Circasia, emprendida junto con los polacos, recibió de Kossuth la orden de actuar en común con determinados húngaros expresamente designados, entre otros el general Stein (Ferhad Bajá).
«El capitán Franchini», dice, «secretario militar del embajador ruso, estuvo presente en varias de nuestras deliberaciones. El objetivo era ganar Circasia para los intereses rusos de un modo pacífico, lento pero seguro. Antes de que la expedición dejara Constantinopla» (a mediados de febrero de 1857), «recibí cartas e instrucciones de Kossuth, que aprobaba mi plan de operaciones».
En Circasia se descubrió la traición de Bangya al interceptarse una carta al general ruso Philipson.
«Conforme a mis instrucciones», dice Bangya, «tenía que entablar relaciones con el general ruso. Durante bastante tiempo no pude decidirme a dar ese paso, pero al fin recibí órdenes tan expresas que no podía seguir vacilando».
Las actas del consejo de guerra de Aderbi y, sobre todo, la confesión de Bangya causaron gran sensación en Constantinopla, en Londres y en Nueva York. Se instó a Kossuth repetida y apremiantemente, también desde el lado húngaro, a hacer una declaración pública, pero en vano. Hasta el día de hoy ha guardado el más temeroso silencio sobre la misión de Bangya en Circasia.
En el otoño de 1858, Kossuth fue de buhonero por Inglaterra y Escocia con conferencias a precios módicos contra el concordato austriaco544 y contra Luis Bonaparte. El fanatismo apasionado con que previno entonces a los ingleses contra las intenciones traicioneras de Luis Bonaparte, al que pintaba como aliado secreto de Rusia, puede verse, por ejemplo, en el Glasgow Sentinel (20 de noviembre de 1858). Cuando Luis Bonaparte dejó traslucir a comienzos de 1859 sus planes italianos, Kossuth lo denunció en el Pensiero ed Azione de Mazzini y advirtió a «todos los verdaderos republicanos», italianos, húngaros e incluso alemanes, que no se dejaran utilizar por el Quasimodo imperialista para sacarle las castañas del fuego. En febrero de 1859, Kossuth se cercioró de que el coronel Kiss, el conde Teleki y el general Klapka, que pertenecían desde hacía tiempo a la camarilla roja del Palais Royal, tramaban con Plon-Plon planes de conspiración para la sublevación de Hungría. Kossuth amenazó entonces con una polémica pública en la prensa inglesa si no se le admitía también en la «liga secreta». Plon-Plon estaba más que dispuesto a abrirle las puertas del cónclave. Con pasaporte inglés, bajo el nombre de Mr. Brown, Kossuth viajó a principios de mayo a París, corrió al Palais Royal y expuso por extenso a Plon-Plon sus planes para sublevar Hungría. La tarde del 3 de mayo, el Prince Rouge llevó en su propio coche al exgobernador a las Tullerías para presentarlo allí al salvador de la sociedad. Durante este encuentro con Luis Bonaparte le falló la lengua, de ordinario tan elocuente, de modo que Plon-Plon tuvo que hacer de portavoz y, por así decir, traerle a su primo el programa de Kossuth como un perro cobrador. Kossuth reconoció más tarde, con elogio, la fidelidad casi literal de la interpretación de Plon-Plon. Después de haber escuchado atentamente la exposición de su primo, Luis Bonaparte declaró que a la aceptación de las propuestas de Kossuth solo se oponía un obstáculo: los principios republicanos y las relaciones republicanas de Kossuth. El exgobernador abjuró entonces solemnísimamente de la fe republicana, asegurando que ni era republicano ahora ni lo había sido nunca, que solo la necesidad política y un extraño encadenamiento de circunstancias lo habían forzado a aliarse con el partido republicano de la emigración europea. Como prueba de su antirrepublicanismo ofreció a Plon-Plon, en nombre de su país, la corona húngara. Esa corona no estaba vacante todavía. Tampoco tenía Kossuth ningún poder notarial para subastarla; pero quien haya observado con alguna atención su comportamiento en el extranjero sabrá también que desde hacía tiempo estaba acostumbrado a hablar de su dear Hungary, su querida Hungría, como un hidalgo rural de su finca.545
Su renuncia al republicanismo la tengo por sincera. Una lista civil de 300.000 florines, reclamada en Pest para mantener el esplendor del ejecutivo; el patronato de los hospitales, transferido de una archiduquesa austriaca a su propia hermana; el intento de bautizar con el nombre de Kossuth algunos regimientos; su afán de formar una camarilla; la tenacidad con que se aferró en país extranjero al título de gobernador, al que había renunciado en el momento del peligro; toda su conducta posterior, mucho más la de un pretendiente que la de un refugiado: todo ello apunta a tendencias ajenas al republicanismo.
Tras la escena del lavado de la sospecha de republicanismo, se pusieron contractualmente a disposición del señor Kossuth tres millones de francos. En esta estipulación no había en sí nada sospechoso, pues para la organización militar de los refugiados húngaros hacían falta fondos, ¿y por qué el gobernador no iba a recibir subsidios de su nuevo aliado con el mismo derecho con que todas las potencias despóticas de Europa recibieron subsidios de Inglaterra durante todo el curso de la guerra antijacobina? Como anticipo para gastos personales, Kossuth recibió en el acto 50.000 francos y se reservó además ciertas ventajas pecuniarias, una especie de prima de seguro, para el caso de que la guerra se interrumpiera prematuramente. La visión financiera y la sensibilidad melodramática no se excluyen en absoluto. Ya durante la revolución húngara, como debe de saber su exministro de Finanzas Duschek, Kossuth tomó la precaución de hacerse pagar el sueldo en plata o en billetes del Banco austriaco, en lugar de billetes de Kossuth.546
Antes de que Kossuth dejara las Tullerías, se acordó que neutralizaría las supuestas «tendencias austriacas» del ministerio Derby abriendo en Inglaterra una campaña por la neutralidad. Se sabe cómo el apoyo voluntario de los whigs y de la escuela de Manchester le permitió cumplir con el mayor éxito esta parte provisional del contrato. Una gira de conferencias, una lecturing tour, desde la Mansion House de Londres hasta el Free Trade Hall de Manchester, formó la antítesis de la gira anglo-escocesa del otoño de 1858, cuando vendía como buhonero, a chelín por cabeza, su odio a Bonaparte y a Cherburgo, «la amenaza permanente contra Inglaterra» (the standing menace to England).
La mayor parte de la emigración húngara en Europa se había apartado de Kossuth desde finales de 1852. La perspectiva de una invasión de la costa del Adriático con ayuda francesa volvió a llamar a la mayoría bajo su bandera. Sus negociaciones con la parte militar de los partidarios recién ganados no carecían de un regusto decembrista. Para poder asignarles una mayor cantidad de dinero francés, los ascendía a grados militares más altos, por ejemplo a tenientes al grado de comandante. Primero recibía cada uno sus gastos de viaje hasta Turín, luego un rico uniforme (el precio de un uniforme de comandante ascendía a 150 libras esterlinas) y, por último, seis meses de sueldo adelantado con la promesa de una pensión de un año después de la paz. Por lo demás, los sueldos no eran exagerados: 10.000 francos para el general en jefe (Klapka), 6.000 francos para los generales, 5.000 para los brigadieres, 4.000 para los tenientes coroneles, 3.000 para los comandantes, etc. La fuerza militar húngara reunida en Turín consistía casi exclusivamente en oficiales sin soldados rasos, y sobre este punto he oído más de una queja amarga entre la emigración húngara «de abajo».
El general Mór Perczel, como ya se ha dicho, se retiró con una declaración pública en cuanto vio claro el juego diplomático. Klapka insistió, a pesar de la contraorden de Luis Bonaparte, en un desembarco en Fiume, pero Kossuth mantuvo el cuerpo de refugiados húngaros dentro de los límites escénicos prescritos por el director del teatro.
Apenas llegó a Turín el rumor de la paz de Villafranca, Kossuth, por miedo a ser entregado a Austria, escapó a toda prisa a Ginebra, a escondidas, a espaldas de la fuerza militar que tenía a su disposición. Ningún nombre, ni el de Francisco José ni el de Luis Bonaparte, sonaba entonces peor en el campamento húngaro de Turín que el de Lajos Kossuth, solo que lo cómico de su última escapada acalló en cierto modo la crítica. A su vuelta, Kossuth publicó en Londres una carta a su elefante amaestrado, un tal Mac Adam de Glasgow, en la que se declaraba desengañado, pero no estafado, y terminaba con el giro conmovido de que no tenía dónde reclinar la cabeza, por lo que todas las cartas destinadas a él debían dirigirse al domicilio de su amigo F. Pulszky, que había ofrecido refugio al fugitivo. La grosería más que anglosajona con que la prensa londinense invitó a Kossuth a que tuviera la bondad de alquilarse una casa propia en Londres con los subsidios bonapartistas lo convenció de que, por el momento, su papel en Inglaterra había terminado.
Además de su talento de orador, Kossuth posee el gran talento de callar en cuanto el auditorio muestra un desfavor decidido o él, de hecho, no sabe qué decir en su favor. Como el sol, entiende de eclipses. Que al menos una vez en su vida supo ser consecuente lo demostró su reciente carta a Garibaldi, en la que le desaconseja un ataque contra Roma para no ofender al emperador de los franceses, «el único apoyo de las nacionalidades oprimidas».
Así como en la primera mitad del siglo XVIII a Alberoni se le llamaba el cardenal colosal,547 a Kossuth se le puede llamar un Langenschwarz colosal.548 Es esencialmente el improvisador que recibe sus impresiones del público de cada ocasión, no el autor que imprime al mundo sus ideas originales. Como Blondin en su cuerda,549 Kossuth baila sobre su lengua. Separado de la atmósfera de su pueblo, tenía que degenerar en puro virtuosismo y en los vicios del virtuosismo. La inconsistencia del pensamiento que caracteriza al improvisador se refleja necesariamente en la ambigüedad de la acción. Si Kossuth fue un día el arpa eólica por la que bramaba un huracán popular, ahora ya no es más que la oreja de Dionisio,550 que vuelve a murmurar los susurros de los misteriosos aposentos del Palais Royal y de las Tullerías.
Sería del todo injusto poner al segundo patrono de Vogt, el general Klapka, al mismo nivel que Kossuth. Klapka fue uno de los mejores generales de la revolución húngara. Él, como la mayoría de los oficiales que se reunieron en Turín en 1859, ve a Luis Bonaparte más o menos como Ferenc Rákóczi veía a Luis XIV.551 Para ellos, Luis Bonaparte representa el poderío militar de Francia, que puede servir a Hungría pero que, ya por razones geográficas, nunca puede ponerla en peligro.552 Pero ¿por qué invoca Vogt a Klapka? Klapka nunca ha negado que pertenece a la camarilla roja de Plon-Plon. ¿Para que el «amigo» Klapka salga fiador del «amigo» Vogt? Klapka no tiene un talento especial para escoger a sus amigos. Uno de sus amigos predilectos en Komárom era el coronel Assermann. Escuchemos sobre este coronel Assermann al coronel Lapinski, que sirvió a las órdenes de Klapka hasta la capitulación de Komárom y más tarde se distinguió en Circasia por su lucha contra los rusos.
«El mayor espanto», dice Lapinski, «lo había provocado la traición de Világos entre los numerosos oficiales de Estado Mayor ociosos que se encontraban en Komárom… Los señores perfumados de cuellos dorados, muchos de los cuales no sabían sostener un fusil ni mandar a tres hombres, corrían llenos de miedo de un lado a otro y buscaban medios para salir a toda costa con la piel intacta. Ellos, que con sus afanes habían conseguido, con toda clase de pretextos, separarse del ejército principal y retirarse a la cómoda seguridad de la fortaleza inexpugnable sin otra ocupación que firmar cada mes el recibo de la paga debidamente cobrada, se asustaron ante la idea de una defensa a vida o muerte… Fueron estos miserables los que mintieron al general con espantajos de disturbios internos, de motines, etc., para moverlo cuanto antes a entregar la fortaleza con tal de poner a salvo a sus personas y sus bienes. Esto último les importaba especialmente a muchos, pues todo su afán durante toda la revolución había sido enriquecerse, cosa que a algunos les salió bien. A algunos individuos les resultaba muy fácil enriquecerse, porque a menudo pasaba medio año antes de que se rindieran cuentas del dinero recibido. Como esto favorecía la deslealtad y el fraude, más de uno debió de meter la mano en la caja más hondo de lo que podía justificar… Se había concluido el armisticio: ¿cómo se aprovechó? De los víveres que había en la fortaleza, suficientes para un año, se sacaron a los pueblos raciones innecesariamente grandes, y en cambio no se trajo ninguna provisión de los alrededores; incluso el heno y la avena que los campesinos tenían en los pueblos más próximos, y que estos pedían que se les comprase, se dejaron allí, y unas semanas más tarde los caballos cosacos se comían los bienes de los campesinos mientras nosotros nos quejábamos de escasez en la fortaleza. El ganado de matanza que había en ella se vendió en gran parte fuera de la ciudad, con el pretexto de que no había forraje suficiente para él. El coronel Assermann no sabía probablemente que la carne se puede salar. Una gran parte del grano se vendió igualmente, con el pretexto de que se enmohecía; esto se hacía en público, y aún más en secreto. Con un hombre como Assermann a su lado y varios individuos parecidos a su alrededor, Klapka tenía, desde luego, que abandonar enseguida cualquier buena idea que se le ocurriera; de eso se encargaban aquellos señores…». (Lapinski, ob. cit., pp. 202-206.)
Las memorias de Görgey y de Klapka hablan igual de alto de la falta de carácter y de visión política de Klapka. Todos los errores que cometió durante la defensa de Komárom procedían de esa falta.
«Si Klapka, con sus conocimientos y su patriotismo, hubiera tenido también una voluntad propia y firme y hubiera obrado según su propia opinión, y no según la que le inculcaban cabezas débiles y cobardes, la defensa de Komárom habría brillado un día como un meteoro en la historia». (Loc. cit., p. 209.)
El 3 de agosto, Klapka había obtenido una brillante victoria sobre el cuerpo austriaco de bloqueo ante Komárom, lo había dispersado por completo y lo había dejado por mucho tiempo fuera de combate. Tomó a continuación Győr y podía incluso haber tomado Viena sin esfuerzo, pero se quedó ocho días en Győr sin saber qué hacer e inactivo, y volvió luego a Komárom, donde encontró la noticia de la rendición de Görgey y una carta de este. El enemigo pidió un armisticio para poder concentrar ante Komárom el disperso cuerpo de bloqueo de los austriacos y a los rusos que avanzaban desde Rimaszombat, y cercar la fortaleza con toda tranquilidad. En lugar de atacar y batir una tras otra las distintas unidades enemigas, que apenas empezaban a reunirse, Klapka volvió a vacilar sin saber qué hacer, aunque negó el armisticio a los parlamentarios austriacos y rusos. Entonces, cuenta Lapinski,
«llegó a Komárom el 22 de agosto un ayudante del zar Nicolás… Pero, dijo el Mefistófeles ruso en tono meloso: Nos concederá usted un armisticio de quince días, señor general; Su Majestad, mi graciosísimo emperador, se lo ruega. Aquello actuó como un veneno rápido. Lo que no habían logrado los esfuerzos de los parlamentarios austriacos ni las persuasiones de los rusos lo consiguió el astuto ruso con unas pocas palabras. Klapka no pudo resistir el fino cumplido y firmó el armisticio por catorce días. De aquí data la caída de Komárom».
Klapka hizo que su coronel Assermann, como ya se ha dicho, aprovechara el armisticio mismo para acabar en dos semanas con las provisiones de la fortaleza, que bastaban para un año entero. Expirado el armisticio, Grabbe553 bloqueó Komárom por el lado del Váh, mientras los austriacos, que fueron aumentando poco a poco sus fuerzas hasta 40.000 hombres, acampaban en la orilla derecha del Danubio. La guarnición de Komárom se desmoralizó acampando ociosa tras los reductos y las murallas. Klapka ni siquiera hizo una salida contra el cuerpo ruso de bloqueo, que aún no había tomado parte en ninguna batalla y solo contaba 19.000 hombres. Ni un momento se molestó al enemigo en sus trabajos preparatorios del sitio. Desde que aceptó el armisticio, Klapka lo preparó todo, en efecto, no para la defensa, sino para la capitulación. La única energía que desplegó fue de naturaleza policial, a saber, dirigida contra los valientes oficiales que se oponían a la capitulación.
«Al final», dice Lapinski, «se volvió peligroso hablar de los austriacos si uno no quería que lo arrestaran».
Por fin, el 27 de septiembre, se firmó la capitulación.
«En comparación», dice Lapinski, «con la fuerza, con la situación desesperada del país, que había puesto sus últimas esperanzas en Komárom, en comparación con el estado de las relaciones europeas y con la impotencia de Austria, que por Komárom habría hecho los mayores sacrificios, las condiciones de la capitulación fueron tan miserables como era posible».
«Solo servían para que se pudiera escapar deprisa de Komárom al otro lado de la frontera», pero no estipulaban la menor garantía ni para Hungría ni siquiera para los generales de la revolución que estaban en manos de los austriacos. Y además, con la prisa atropellada, se redactaron de manera tan oscura y ambigua que más tarde le facilitaron a Haynau554 violarlas.
Basta sobre Klapka. Si Vogt no tiene «carácter», Klapka es el último hombre que puede cederle algo de esa mercancía.
El tercer patrono es «James Fazy, el regenerador de Ginebra», como lo llama su bufón Vogt. Las cartas siguientes de Johann Philipp Becker, dirigidas al destinatario de su carta reproducida más arriba, contienen un retrato de Fazy demasiado certero para estropearlo con añadidos. Por eso, solo una observación previa. El rasgo más repugnante de los llamados Estudios de Vogt es la hipocresía del horror luterano, y hasta calvinista, ante el «partido ultramontano». Así, por ejemplo, pone a Alemania ante la absurda alternativa de dejar las manos libres a Luis Bonaparte o caer bajo el dominio del concordato austriaco, y «en verdad preferiríamos pasar por un segundo período de humillación nacional» (p. 52, Estudios). Con los más puritanos sonidos nasales clama contra el
«partido ultramontano, ese enemigo hereditario que roe el tuétano interior de la humanidad entera, ese monstruo». (Loc. cit., p. 120.)
Naturalmente, nunca ha oído lo que hasta Dupin el Mayor555 reveló en el Senado decembrista, a saber, que
«bajo el régimen de Luis Bonaparte, las congregaciones, asociaciones y fundaciones de todo tipo sometidas directamente a la orden de los jesuitas han ganado más extensión que bajo el ancien régime, y que la legislación y la administración decembristas han derribado sistemáticamente todas las barreras estatales que, incluso antes de 1789, constreñían a los órganos de la propaganda ultramontana».
Lo que Vogt sabe en todo caso es que el dominio de su Bonaparte local, el señor James Fazy, descansa en una coalición de muchos años entre el llamado partido radical y el partido ultramontano. Cuando el Congreso de Viena incorporó Ginebra, la vieja sede del calvinismo, a la Confederación, añadió a su territorio, con ciertos distritos saboyanos, una población rural católica y la flor y nata del clero ultramontano. Es la alianza con «ese enemigo hereditario de la humanidad, ese monstruo», la que ha hecho a Fazy dictador de Ginebra y a Vogt consejero de los Estados de Fazy. Basta de preliminares.
«París, 2 de julio de 1860
¡Amigo R…! Por fin tengo que atender su deseo y escribirle mi opinión sobre el señor James Fazy…
Así como las ciencias políticas no sirven de nada sin el arte de aplicarlas a la vida, el arte de gobernar es estéril si no descansa en la ciencia y en el pensamiento filosófico. Con la ciencia sola, un llamado hombre de Estado no hace salir a un perro de junto a la estufa y pronto deja al descubierto su incapacidad. En cambio, un hombre de un arte de gobernar unilateral puede ocultar más fácilmente su falta de saber y de productividad intelectual, pasar por hombre de Estado práctico y tener a su favor el gran mercado de la mediocridad. Si bajo el gobierno de un hombre así un pueblo avanza en la historia de la cultura y se crean garantías para un desarrollo ulterior sin trabas, eso queda fuera del alcance del juicio de una multitud que admira a ciegas. ¡Con tal de que parezca que se va bien y hacia delante, y que todo se haga en nombre de la libertad y de la civilización!
Con nuestro señor James Fazy le presento ahora un ejemplar magnífico de la especie de los artistas de Estado. Este hombre hábil no practica solo el arte de gobernar, sino, y en abundancia, las artes de gobierno; hace juegos de manos y ejecuta tours de force siempre que lo exige el “bien público”, pero se guarda, con su habitual prudencia, de cualquier salto mortale. Astuto para urdir los papeles entre bastidores, hábil como director de escena y como apuntador, es el non plus ultra de un comediante latino. Habría que apreciar mucho su “fortaleza de ánimo”, que no retrocede ante ningún medio para sus fines, si no brotara de la porquería de esos fines. Una vez que se conoce la falta de principios y de carácter de este hombre, se admira menos la sagacidad con que encuentra los medios y la habilidad con que los aplica. Todo lo bueno que ocurre o germina en la vida del pueblo gobernado por él lo escamotea descaradamente el artista de Estado en su propio regazo y luego lo presenta en su nombre a la gran masa, de modo que esta cree y jura que todo eso lo ha hecho “papá Fazy” o solo ha ocurrido gracias a él. Con la misma habilidad sabe quitarse de encima la autoría de lo malo y lo impopular y cargárselo a otros. En su colegio de gobierno no tolera ningún carácter independiente; sus colegas tienen que dejarse desautorizar por él a su antojo y apadrinar sus fracasos. Gozando à discrétion de su brutalidad despótica, tienen que estar siempre dispuestos a servir de chivos expiatorios y de cabezas de turco para la salvación del pueblo y la gloria de su presidente. Así como una testa coronada, ante cada medida de Estado, por mucho que convenga al interés del pueblo, se pregunta antes de que Su Majestad “se digne” si no perjudicará a la dinastía, así se pregunta papá Fazy en todo lo que hace y deja de hacer: “¿No hará tambalearse mi silla presidencial?”. Por eso nuestro héroe ajusta siempre su política a las circunstancias y vive al día: hoy monta una comedia de fantasmas en el Consejo de Gobierno, mañana un número de malabarista en el Gran Consejo y pasado mañana un efecto de traca en una asamblea popular, y la gran masa, hábilmente mimada por él, que por su parte también gusta de tener un Dios Padre visible y audible al que adorar y venerar, se vuelve crédula y cree que los huevos gritan en la sartén caliente cuando cae un chaparrón sobre los tejados. Con esto no quiero decir en modo alguno que el pueblo ginebrino esté poco desarrollado y carezca de inteligencia; al contrario, estoy convencido de que difícilmente se encontrará en ningún sitio una vida pública más activa, un afán intelectual más vigoroso por el desarrollo de unas condiciones civiles libres que aquí, a orillas del lago Lemán. Más adelante explicaré cómo, a pesar de todo, el señor Fazy consiguió tantas veces asegurarse la mayoría de los votos.
Lo que en Ginebra ha llevado a cabo desde hace quince años una generación activa, él lo pone, o se lo hace poner por sus lacayos y adoradores, en la cuenta de su gobierno. El derribo de las fortificaciones y la grandiosa ampliación y embellecimiento de la capital del cantón, por ejemplo, han de pasar por obra suya. Y, sin embargo, cualquier administración, también la del señor Fazy, habría sido apartada sin piedad si se hubiera opuesto de algún modo al poderoso empuje de la población para derribar las inútiles fortificaciones y ampliar la ciudad, que se volvía cada vez más insalubre por la masa humana apiñada en ella. Así, esta cuestión era para Fazy a la vez una cuestión de existencia, y él —al mérito, su corona— la tomó en sus manos con energía y ayudó a llevar muchas cosas a buen término, para satisfacción general. Pero de lo que crea una poderosa necesidad de la época mediante la colaboración vigorosa de una generación, el individuo no puede erigirse en autor y creador sin presunción engreída. Solo la sociedad entera crea, y aun eso solo relativamente, un todo, al que cada miembro aporta, según su fuerza y su posición, un fragmento mayor o menor. La fe ciega en la autoridad es una superstición como cualquier otra y perjudicial para todo desarrollo sano.
Ya sé que a nuestro señor Fazy le pasa como a todos los demás hijos de los hombres, que solo hace lo que no puede dejar de hacer y solo deja lo que no puede hacer; que, en su afán de imprimir de manera absoluta su individualidad, persigue, como todo en el mundo animal, sus necesidades. No se le puede exigir que sea de otro modo, como tampoco se le puede pedir a un gato que se meta por gusto en el agua ni a un caballo que trepe a los árboles. Si no, no sería James Fazy, y si no fuera Fazy, quizá querría ser Luis Bonaparte o algo por el estilo. Si es grandeza, en posesión de la autoridad, llevar a un pueblo con andadores, deslumbrarlo con artes de prestidigitador sin imprimir a la cultura intelectual y moral las marcas de un progreso intenso, y dejar marcadas a fuego las huellas de una existencia solo por la corrupción de la sociedad, entonces también Fazy sería sin duda grande y no sin razón podrían envidiarlo tiranos más poderosos.
Nuestro hombre sabe navegar entre contradicciones tan bien como el que más, y con ellas, como con una fórmula mágica, está modelada la brújula con la que gobierna su navecilla del Estado. Unas veces el radicalismo le suministra la tripulación y el ultramontanismo la carga, y otras veces al revés, según le convenga al timonel para sus manejos y su casa. Así, la máquina del Estado está siempre en movimiento, va siempre de acá para allá, como el volante de un reloj de bolsillo. ¡Feliz resultado! Los radicales juran que la cosa va hacia delante, los ultramontanos creen que va hacia atrás. Ambas cosas son ciertas; unos y otros son felices en su fe, y Fazy sigue al timón como Dios Padre.
Y ahora, querido amigo, conténtese por el momento con estas líneas.
Mientras tanto, lo saluda cordialmente
Su Joh. Philipp Becker»
«París, 20 de julio de 1860
¡Querido R…!
¿Así que usted cree que quizá he cargado demasiado los colores del retrato de Fazy? ¡En absoluto, querido amigo! Por lo demás, el hombre no puede pensar y juzgar sobre cosas y personas como quiere, sino como lógicamente tiene que hacerlo según su percepción y su experiencia interior. Quien en estas cosas dice otra cosa de la que piensa y hace otra cosa de la que dice es infiel a sí mismo y un canalla.
Fazy, que recibió su primera educación en un instituto de los Hermanos Moravos en Neuwied556 y habla bien el alemán, parece juzgar todavía hoy, a sus sesenta y cinco años, a Alemania y a su pueblo según las impresiones de aquel establecimiento modelo. Todo lo alemán, aunque venga de la Suiza alemana, no es de su gusto y solo en raras excepciones encuentra su gracia. Como ginebrino de nacimiento y por su larga estancia en los Estados libres de Norteamérica, llegó a conocer íntimamente las instituciones republicanas, los medios de agitación y, sobre todo, conforme a su natural, las tretas de la intriga. Es más demagogo que demócrata, y su máxima principal de Estado y su rótulo, laissez aller et laissez faire,557 no estarían tan mal si pudiera abstenerse de meter mano en todo lo que en la sociedad quiere formarse sin la gracia del Estado, para anotarse en ello algún mérito a cuenta de su gloria o, si no puede ser así, para frustrar la empresa, como ocurrió con la Banque de Crédit et d'Échange, proyectada por el señor Mayer y otros, y con la creación de una lonja de oficios. En la revolución ginebrina de 1846, el señor James se atuvo al dicho de que lejos de los tiros se hacen los veteranos, y pensó más en los medios de huir que en los medios de vencer. Estaba justo a punto de abandonar Ginebra a escondidas cuando Albert Galeer, el alma de todo el movimiento, decidió con un último esfuerzo la lucha largo tiempo indecisa y le anunció la victoria completa. Galeer, al que todo le importaba de la causa y nada de su propia gloria, y que entonces al menos creía firmemente en el sincero amor de Fazy al pueblo, vio sin ningún disgusto que el héroe, salvado a tiempo de una fuga precipitada, se presentara como vencedor en una asamblea popular organizada inmediatamente después de la victoria. Galeer podía pensar entonces tanto menos en ocupar enseguida, acabada la revolución, un puesto en el círculo del gobierno cuanto que no era ciudadano de Ginebra, sino del cantón de Berna, y por eso, según las leyes federales entonces vigentes, no podía elegir ni ser elegido. Es cierto que pronto se le concedió la ciudadanía y fue elegido para el Gran Consejo, y obtuvo también el puesto de traductor de los documentos del Estado. Como centro de la juventud activa de Ginebra, se convirtió en un firme apoyo del régimen radical. Gracias a él, Fazy fue cada vez más el hombre aclamado por la gran masa. Con la fraseología del radicalismo francés, que había hecho suya como colaborador del National en París en tiempos de Luis Felipe, James Fazy agitaba y enmascaraba a su antojo, en la prensa y en la tribuna, sus verdaderos pensamientos y afanes. A pesar de sus artes de demagogo, sin embargo, al cabo de apenas un año se le acusó seriamente en diversos círculos de relaciones secretas con los jefes del ultramontanismo, y poco después también de apego a lo francés. En la Suiza alemana, donde se miran las cosas con más frialdad y se juzgan con más calma, parece que se calaron pronto sus intrigas. Hacia finales de 1847, inmediatamente después de terminar la guerra del Sonderbund, el señor James Fazy llegó a las oficinas del Departamento de Guerra para hacer una visita al señor general Ochsenbein; yo era el único presente, porque Ochsenbein estaba visitando a los heridos en los hospitales con los demás oficiales. Cuando, a su vuelta, comuniqué a Ochsenbein que entretanto le había visitado el señor Fazy, dejó caer con un gesto de desprecio estas palabras: “¡Oh, el falso hipócrita!”. Quizá el antiguo presidente de la Confederación suiza y del gobierno de Berna, el señor general Ochsenbein, que desde hace varios años se come en Suiza una pensión imperial francesa, abrigue ahora sentimientos más suaves hacia su viejo colega, seguramente de igual rango. Siempre llama la atención de todos que el señor Fazy nunca haya sido elegido por la Asamblea Federal suiza para el Consejo Federal, por mucho que se esforzaran él y sus amigos, y por mucho que en esa asamblea domine la tendencia, hasta la estrechez de miras, a asegurar por turno a los cantones más importantes su representación en el gobierno central. Contra el poder federal, en el que no había poder que ejercer para él y que, sin embargo, limitaba la soberanía cantonal que tan cómoda le resultaba, se mostró siempre reacio y le puso la zancadilla donde pudo.
Cuando, a principios del año 1849, la policía federal tuvo por sabio perseguirme por la organización de una legión siciliana, me fui a Ginebra, donde Fazy me dijo que podía organizar a mi antojo y que no tenía que preocuparme por el Consejo Federal. Ya sé que el señor Fazy sacrifica a cualquiera en cuanto aprieta la necesidad, incluso cuando la ley está de su parte, como yo mismo lo viví en un caso posterior, demasiado largo para una carta, y del que pueden hablar los señores comisarios federales doctor Kern y Trog.
En el asunto de los refugiados, reacio a las medidas del Consejo Federal bajo el escudo de la humanidad, persiguió con arbitrariedad despiadada a los refugiados que le resultaban personalmente antipáticos. Sobre todo se vieron expuestos a persecuciones desconsideradas los hombres destacados que tenían relación estrecha con Galeer, en quien barruntaba un futuro rival. Mazzini tenía que guardarse más de él que de la policía federal. El larguirucho Heinzen558 le resultaba un horror y tuvo que abandonar enseguida el cantón: “Pisa tan fuerte como si el suelo fuera suyo”, fue, ingenuamente, la única razón de Fazy. Struve fue detenido, sin que lo hubiera pedido el Consejo Federal, durante un paseo con su mujer, y llevado al otro lado de la frontera, al cantón de Vaud, como espía ruso. Galeer corrió a tiempo a ver a Fazy para sacarlo de su error. Hubo una discusión a gritos, pues Fazy cree parecer tanto más veraz cuanto más fuerte grita y más indignado se muestra. Struve tuvo que seguir siendo espía ruso. Si no recuerdo mal, esta escena tuvo lugar en el Hôtel des Bergues, en casa del refugiado ruso señor Herzen, a cuya mesa el presidente del gobierno de Ginebra se sentaba con gusto. En todo caso, este señor no tuvo parte alguna en la turbia sospecha contra Struve. Seguro que Fazy es mayor amigo de lo ruso que Struve, pues una vez le oí decir en un discurso en una fiesta: “Las obras de Jean-Jacques Rousseau se leen más en Rusia y se comprenden mejor que en Alemania”. Claro que con eso quería sobre todo dar un golpe a los amigos alemanes de Galeer y a los alemanes en general.
Galeer, que hasta entonces había ido a las duras y a las maduras con Fazy en las cuestiones políticas, y con quien hablé inmediatamente después de su choque con Fazy a causa de Struve, me dijo con el corazón afligido: “Se acabó con Fazy; ya no puedo tratar con él con honra; este hombre es un verdadero monstruo político, una pura bestia en sus apetitos; sería ayudar a arruinar por dentro la causa del pueblo seguir unido a él más tiempo. Solo si se le opone un partido de oposición decididamente liberal se ve obligado a mantener en alto la bandera del radicalismo para salvar su posición. Mientras solo tenga en contra a la vieja aristocracia, como hace tiempo que coquetea con los ultramontanos, el asunto se pudrirá cada vez más y podrá hacer y deshacer a su antojo. Por lo demás, no es suizo de sentimientos y mira más a París que a Berna. Hace tiempo que tenía motivos de sobra para apartarme de él, pero la costumbre de haberlo tenido durante largo tiempo por un hombre capaz no me lo permitía. Solo repetidas luchas interiores y el choque exterior de hoy me han decidido por fin a ajustar cuentas con él”.
En torno a Galeer se agruparon todos los hombres de carácter más independiente y en particular la gente de la joven escuela de economía política, y pronto se llamó partido democrático a los elementos decididamente radicales y socialistas así “unidos”. El radicalismo no consistió en adelante, salvo pocas excepciones, más que en servilismo consciente e inconsciente hacia Fazy, que ahora había encontrado su verdadera palanca de mayoría en las partes católicas de Saboya unidas a Ginebra desde 1815. Los curas ultramontanos, omnipotentes allí, entraron en alianza con el “radicalismo”, el Fazit, el saldo final, de Fazy.559 Galeer fue objeto de las sospechas más infames, perseguido y destituido de su puesto. El joven partido democrático, situado ahora entre el partido aristocrático y el partido unido de los viejos radicales y los ultramontanos, no podía presentar todavía una lista propia en las elecciones próximas. Y aunque el señor James Fazy se negó a incluir en su propia lista algunos nombres de demócratas, Galeer y sus amigos, desdeñando todas las ofertas del partido aristocrático, se decidieron, sin embargo, a votar esta vez todavía por la lista de Fazy y a esperar su victoria del porvenir. Si Fazy hubiera querido sinceramente el progreso y un desarrollo civil a fondo, no habría necesitado colgarse de la asquerosa cola de los ultramontanos, que siempre miran atrás. Para llevar adelante con más éxito las odiosas persecuciones y sospechas contra Galeer, los satélites de Su Excelencia el presidente “radical” fundaron un libelo especial, para que el prudente amo y señor no tuviera necesidad de ensuciar con sus invectivas su Moniteur, la Revue de Genève, invectivas con las que se adornaba tanto más ricamente la hoja de sus cabezas de turco, a los que podía desautorizar a su antojo. Galeer, de salud débil, sucumbió a esta campaña de acoso pérfida y murió en el curso de ese mismo año (1851), a los treinta y cinco años. ¡Cuántas veces oí decir todavía en Ginebra: “Nuestro bueno y noble Galeer ha caído víctima de la venganza implacable de nuestro tirano jesuítico”! En las siguientes elecciones al gobierno, los amigos de Galeer aceptaron la alianza que se les ofrecía con la aristocracia, tanto más fácilmente cuanto que esta se contentaba con la caída de Fazy y una parte muy modesta en la administración. El firme Galeer probablemente habría rechazado también entonces esa alianza; pero, decían los hombres de su partido, ¿por qué nos ha dado el señor Fazy el hermoso ejemplo de su alianza con los ultramontanos? ¿Por qué habríamos de avergonzarnos de la cola decente de la aristocracia si Fazy no se avergüenza de la indecente de los ultramontanos? ¿Por qué no habríamos de poder avanzar al menos tan bien con la aristocracia culta como el señor Fazy pretende hacerlo con el ultramontanismo ignorante?
En las elecciones, pues (creo que fue en noviembre de 1853), en las que todavía muchos radicales, incluso colegas de gobierno de Fazy, se pasaron a los demócratas, el héroe de 1846 fue derribado de la silla presidencial por gran mayoría. Entonces el apuro del expresidente, cargado de deudas, fue extraordinariamente grande. Tengo que adelantar a este respecto algunos rasgos característicos de su vida.
El señor James Fazy, que ya antes de llegar al gobierno del Estado se había gastado una buena herencia en placeres y amores, endeudado hasta el cuello y perseguido sin miramientos por sus acreedores, una vez llegado a la silla presidencial, procuró llevar a cabo lo antes posible la abolición de la prisión por deudas, naturalmente “en interés de la libertad personal”. Así, en el año 1856 me decía un ginebrino agobiado por las deudas: “Menos mal que tuvimos de presidente del gobierno a un endeudado que, si no abolió las deudas, abolió al menos la torre de los deudores”.
A comienzos de los años cincuenta, sin embargo, el señor Fazy se vio en fuertes apuros materiales, de modo que el “pueblo agradecido” tuvo que acudir en su ayuda y regalarle un gran solar en el espacio ganado al allanar las fortificaciones. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, él también había ayudado a liberar ese suelo de las fortificaciones; ¿por qué no iba a dejarse “anexionar” un trozo, cuando cosas así las hacen sin reparo potentados aún mayores? El señor Fazy pudo ahora vender muchos solares grandes y construirse incluso una casa grande y hermosa. Por desgracia, pronto cayó otra vez en nuevas deudas y no pudo pagar a sus obreros de la construcción. A principios del año 1855 tuvo que oír cómo un maestro carpintero al que debía unos miles de francos le gritaba por la calle: “¡Págame, canalla, para que pueda comprar pan a mis hijos!”. En estas circunstancias, pues, el hombre acosado se convirtió en expresidente y, para colmo, cayó en un apuro aún más torturante. La Caisse d'Escompte, un establecimiento de crédito radical, tuvo que suspender pagos. Los amigos de Fazy en este establecimiento, también ellos penosamente cargados de deudas, le habían concedido a él y a sí mismos créditos contra lo que mandaban los estatutos y por encima de los medios disponibles. El director del banco, todavía hoy en la cárcel, se había agraciado a sí mismo —los malos ejemplos corrompen las buenas costumbres— con créditos aún más desmedidos. Así estaba la Caisse d'Escompte en vísperas de un acontecimiento grave, la quiebra. Los ahorros de cien familias obreras ahorradoras estaban en peligro. Había que encontrar ahora consejo y acción salvadora a toda costa; si no, el fazysmo se habría dispersado en el déficit como la paja al viento. Para la Caisse d'Escompte directamente, como es natural, en tales circunstancias no había dinero que encontrar. Pero en Ginebra estaba justo entonces penando en su período de gestación otro establecimiento de crédito, la Banque Générale Suisse. Había que procurar a este banco fondos considerables para que, en contrapartida, salvara a la Caisse d'Escompte de la bajamar del dinero y al señor Fazy de la marea de las deudas. Fazy tenía que hacer de salvador para ser el salvado. Para el caso de que saliera bien se le aseguró una digna comisión de tantos y cuantos por ciento, y a la Caisse d'Escompte el capital de auxilio salvador. Con este fin, pues, el señor Fazy fue pro domo560 y por la Banque Générale Suisse a París, donde, tras una estancia de varias semanas y —según decía la fama— con la graciosa ayuda del “Altísimo”, consiguió reunir en el Crédit Mobilier la artillería de salvamento en muchos millones de francos. Justo entonces tenían lugar los preparativos de nuevas elecciones al gobierno (noviembre de 1855), y por eso el Sauveur561 escribió ya antes de su llegada a Ginebra que pronto traería él mismo el enorme cargamento de millones. Aquello fue un emplasto curativo para los corazones heridos de los accionistas de la Caisse d'Escompte y una antorcha mágica para los electores ultramontano-radicales. Una caricatura lo mostró luego, bien retratado, en figura de un cisne gigantesco cargado de sacos de oro, entrando por el lago en el puerto de Ginebra. Un bromista me dijo entonces que, con la cerveza, le habían contado que Fazy había traído 50 millones; con el vino, que 100; y con el extrait d'absinthe, que 200. La reputación de la fuerza milagrosa de papá Fazy quedó completamente restablecida entre sus hijos. Los demócratas, en la ilusión de tener segura la victoria en las elecciones, no hicieron esfuerzos especiales. La sociedad de hombres jóvenes y fuertes formada desde hacía algún tiempo —les fruitiers— se comportó entonces de lleno como guardia de corps de Fazy, aterrorizó del modo más brutal durante la votación, y su ídolo volvió a subir a la silla presidencial.
Pero esta vez pronto quedó claro y patente que los ultramontanos no habían aportado en vano su masivo contingente, sino que también habían de tener su premio. El obispo de Friburgo, señor Marilley, el eterno agitador y alborotador, expulsado de Suiza a raíz de la guerra del Sonderbund, volvió un buen día de Francia a Ginebra con la alta autorización oficial del señor Fazy y empezó a decir “santas” misas. Por toda la ciudad corrió un grito de indignación, que resonó enseguida en toda Suiza. Aquello les pareció demasiado hasta a los radicales más ciegos, a los fruitiers más adictos. Se celebró en el acto una asamblea popular y se obsequió al señor presidente del gobierno con un voto de desconfianza. Su colega, el señor consejero de gobierno Tourte, aunque no era más que un discípulo y alumno de Fazy, sintió peligrosos deseos de emancipación y arremetió sin miramientos contra su amo y señor. Pero el señor Fazy ya se había marchado antes de la llegada del señor obispo, como siempre en tales casos en que había preparado a sus colegas un guiso que debían tragarse ellos solos. El señor de Marilley tuvo, naturalmente, que abandonar en el acto la ciudad y el cantón. Pero papá Fazy escribió desde Berna, echando por el momento una buena reprimenda a sus hijos revoltosos, que lo habían malinterpretado, que el gobierno no había hecho bien su trabajo, que él solo había obrado “en interés de la libertad religiosa” y solo había permitido al obispo una simple visita. Calmada la primera tormenta, papá Fazy, gravemente ofendido, volvió. Le resultó entonces tanto más fácil restablecer, con algunas sentencias de oráculo que valen para todo y siempre parecen ciertas, su autoridad herida y la fe en su puro amor a la libertad y a la patria cuanto que sus señores colegas tuvieron la cortesía de cargar con la culpa principal. Pero Fazy había conseguido así el hermoso fin de mostrar a sus amigos los ultramontanos que siempre está dispuesto a hacerlo todo por ellos… todo lo que le es posible. El señor James Fazy es desde hace algunos años un señor muy rico. No solo se dice que la Banque Générale Suisse le tiene asegurada de por vida cierta participación porcentual, sino que como presidente del gobierno tampoco ha entendido mal sus propios intereses en las empresas ferroviarias de su cantón, etc. En su hermosa y gran casa (el Hôtel Fazy, en el Quai du Mont-Blanc), en el Cercle des Étrangers, se mueve el mundo elegante. Y desde que el Piamonte encontró las “casas de juego” de los balnearios de Saboya incompatibles con su moral de Estado, el compasivo presidente de la República de Ginebra ha acogido, conmovido, en sus espaciosos salones a uno de esos infiernos como refugiado. ¡Viva la libertad! Laissez aller et laissez faire! Allez chez moi et faites votre jeu!562
¿Qué más quieres, amor mío?563
Su Johann Philipp Becker»
De los patronos de Vogt desciendo a sus compinches.
Peace and goodwill to this fair meeting,
I come not with hostility, but greeting.564
A la cabeza del cortejo, del que solo voy a nombrar algunas figuras más llamativas, nos sale al encuentro la National-Zeitung de Berlín, bajo el bastón de mando del señor F. Zabel.565 Una comparación de la reseña del «Libro mayor» hecha por Mr. Edouard Simon en la Revue contemporaine, apuntada por el propio Vogt, con los artículos correspondientes de la National-Zeitung, la Breslauer Zeitung, etc., casi hace creer que la «naturaleza redondeada» lanzó dos programas, uno para trabajar la campaña italiana y otro para trabajar la campaña de Augsburgo. ¿Qué diablos movió al señor F. Zabel, el pisaflojo, por lo demás tan aburridamente cauteloso, y formador de grasa de la National-Zeitung, a pasarse tan extremadamente de la raya y a poner en editoriales las coplas callejeras de Vogt?
La primera atención detenida a la National-Zeitung se encuentra en el n.º 205 de la Neue Rheinische Zeitung, del 26 de enero de 1849, en un editorial que empieza con las palabras: «Poste indicador hacia Schilda».566 Pero los brazos del poste indicador son demasiado largos para reproducirlos aquí. En un editorial del n.º 224 de la Neue Rheinische Zeitung, del 17 de febrero de 1849, se lee:
«La National-Zeitung de Berlín es la expresión grávida de la vaciedad. Unas nuevas muestras. Se trata de la nota circular prusiana… ¡Ciertamente y sin embargo! ¡Poder y querer y parecer! ¡Encontrar y querer que el gobierno prusiano quiera! Cada giro lleva, como un presidiario del penal, una bola de un quintal en las piernas, y por eso pesa mucho. Cada “si”, cada “ciertamente”, cada “pero”, un Dr. utriusque juris567 en carne y hueso. Y si quitáis con el mismo cuidado todo este relleno cristiano-germánico, todos estos trapos de algodón en los que la National-Zeitung envuelve previsoramente su sabiduría, ¿qué queda?… La politiquería de café, en blanco y negro, como premier Berlin, en grande tenue…568 La National-Zeitung está escrita evidentemente para lectores que piensan, como la Historia universal de Rotteck… Los franceses tienen una fórmula excelente para este tipo de pensamiento, cuyo movimiento es puramente verbal: Je n'aime pas les épinards et j'en suis bien aise; car si je les aimais, j'en mangerais beaucoup, et je ne peux pas le souffrir. “No me gustan las espinacas y me alegro mucho; porque si me gustaran, comería muchas, y no las soporto”… La National-Zeitung quiere la felicidad de Prusia, y por eso… otro ministerio. Pero lo que quiere en todo caso es… un ministerio. Es también lo único sobre lo que los patronos de la National-Zeitung tienen las cosas claras y gozan de una decidida conciencia de sí».
En el n.º 296 de la Neue Rheinische Zeitung se lee bajo
«Berlín, 9 de mayo de 1849… Es interesante observar la actitud de la prensa berlinesa ante la revolución sajona. La National-Zeitung solo conoce un sentimiento: el miedo a que la prohíban».
Pero el miedo es un elixir de vida, como ha demostrado la National-Zeitung durante el decenio de Manteuffel569. La National-Zeitung ha confirmado la palabra de Pope:
Still her old empire to restore she tries,
For born a goddess Dullness never dies.570
Solo que el reino de la Dullness, la Estupidez, de Pope se distingue del reino de la National-Zeitung en que allí «reina ahora Dunce el Segundo, como antes Dunce el Primero», mientras que aquí sigue reinando el viejo Dunce, Dunce the first.571
A la National-Zeitung le pisa los talones la Breslauer Zeitung, que ahora se entusiasma por el ministerio Hohenzollern como antes por el ministerio Manteuffel. A principios de 1860 recibí la carta siguiente:
«Breslau, 27 de febrero de 1860
¡Querido Marx!
En la Volks-Zeitung he leído tu dirección y tu declaración contra la National-Zeitung. Un artículo parecido al de la National-Zeitung lo ha publicado también la Breslauer Zeitung, de la pluma de su colaborador diario, el doctor Stein. Es el mismo doctor Stein que en la Asamblea Nacional de Berlín se sentaba con d'Ester en la extrema izquierda y presentó la conocida moción contra los oficiales del ejército prusiano.572 Esta gran piedra de pequeño cuerpo está suspendida de su cargo de profesor. Desde que existe el nuevo ministerio se ha impuesto la tarea de hacer agitación a su favor, no solo el año pasado en las elecciones, sino todavía ahora, para unir a la democracia silesia con los constitucionales. A pesar de ello, el ministerio actual le ha denegado su solicitud de licencia para dar clases particulares, y no una vez, sino varias. El ministerio saliente había tolerado tácitamente que las diera; el actual, en cambio, se lo ha prohibido por contrario a la ley. Ha viajado ahora a Berlín para obtener la licencia, pero sin éxito, como podrás leer con más detalle en el mismo número de la Volks-Zeitung que trae tu declaración. El doctor Stein ha hecho también salir ahora a la Banda del Azufre en el desfile de carnaval de la Sociedad de Recreo de Breslau. A pesar de ello, el doctor Stein, Schlehan, Semrau y sus compinches tienen que soportar de los constitucionales una humillación tras otra, pero esa clase de gente no se deja desconcertar en su patriotismo. ¿Qué dices de esta preciosa compañía?».
¿Qué voy a decir de mi colega Stein?, pues, en efecto, Stein fue colega mío. Durante medio año entero (1855) mandé correspondencias a la Neue Oder-Zeitung, y es el único periódico alemán en el que he escrito durante mi estancia en el extranjero. Evidentemente, Stein es el hombre del corazón de piedra,573 que ni siquiera la denegación de la licencia para dar clases particulares pudo ablandar. La Neue Rheinische Zeitung había golpeado mucho esta piedra para tallarla en busto. Así, por ejemplo, en el n.º 225:
«Colonia, 16 de febrero de 1849… En lo que respecta en particular al señor Stein, recordamos el tiempo en que se presentaba como constitucional fanático contra los republicanos y denunciaba en toda regla en la Schlesische Zeitung a los representantes de la clase obrera, o los hacía denunciar por un maestro de escuela de su misma cuerda, hoy miembro de la “Asociación por el Orden Legal”. Tan miserable como la Asamblea pactista574 fue la llamada fracción democrática de esa Asamblea. Era de prever que estos señores reconocerían ahora la Constitución otorgada para ser reelegidos. Retrata todavía más el punto de vista de estos señores que en los clubes democráticos nieguen a posteriori lo que antes de la elección afirmaban en las asambleas de compromisarios. Esa pequeña astucia liberal, ladina y taimada, nunca fue la diplomacia de los caracteres revolucionarios».575
Que la Rheinische Zeitung no esculpió en vano la piedra lo demostró él en cuanto Manteuffel volvió a quitar por decreto la cámara impuesta por decreto, pues entonces el doctor Julius Stein exclamó en la «Asociación Democrática Central» de Breslau:
«Nosotros» (la extrema izquierda de Berlín) «hemos dado desde el principio por perdida la cuestión alemana… Ahora hay que convencerse de que no es posible ninguna unidad alemana mientras haya príncipes alemanes». (N.º 290, Neue Rheinische Zeitung.)
Es, en verdad, desgarrador, capaz de ablandar a las piedras, que la misma piedra, aunque ya no sea piedra de escándalo, siga siendo rechazada una y otra vez por Schwerin576 como… piedra de construcción.
No sé si mis lectores conocen de vista el Punch, quiero decir el Kladderadatsch londinense.577 En la portada está sentado Punch y frente a él está su perro Toby, que pone cara de vinagre y lleva una pluma detrás de la oreja, dos señales de que es un penny-a-liner nato. Si se puede comparar lo pequeño con lo grande, cabría comparar a Vogt con Punch, sobre todo desde que este perdió la gracia, desgracia que le ocurrió en 1846 con la abolición de las leyes de cereales.578 Pero a su compañero, el perro Toby, solo se le puede comparar consigo mismo o con Eduard Meyen. En efecto, Eduard Meyen, si alguna vez llegara a morir, no necesitará ninguna transmigración pitagórica de las almas. Toby ya se encargó de ello en vida. No quiero afirmar precisamente que Eduard Meyen posara como modelo para el dibujante de la viñeta de la portada, pero en todo caso nunca en mi vida he visto un parecido mayor entre un hombre y un perro. Aunque no es de extrañar. E. Meyen es por naturaleza penny-a-liner, y el penny-a-liner es por naturaleza Toby. A E. Meyen le ha gustado siempre dedicar su beatitud de pluma, oficiosa e importuna, a establecimientos de empresa de escritura de organización de partido ya montados. Un programa impuesto ahorra el esfuerzo de pensar por cuenta propia, el sentimiento de pertenencia a una masa más o menos organizada aturde el sentimiento de la propia insuficiencia, y la conciencia de que existe una caja de guerra vence por momentos incluso el mal humor profesional de Toby. Así encontramos en su día a Eduard Meyen colgado como un rabo del desdichado Comité Central Democrático, la nuez vacía que brotó en 1848 de la asamblea de los demócratas alemanes en Fráncfort del Meno. En el exilio de Londres estaba adscrito como el más diligente tornero de las hojas volanderas litografiadas en las que se dilapidó en parte el dinero del empréstito de Kinkel para la fabricación de revoluciones, lo que naturalmente no impidió al mismo Eduard Meyen pasarse con armas y bagajes al campo del príncipe regente, aullar por la amnistía y mendigar, en efecto, el permiso de dar la lata sobre política exterior desde Wandsbek en el Freischütz de Hamburgo. Vogt, que reclutaba a «aquellos que», a gente dispuesta a «seguir su programa» y a traerle artículos como perros cobradores, y que además hacía bailar ante sus ojos una caja de guerra bien mechada, le vino por eso de perlas a nuestro Eduard Meyen, que justo andaba suelto sin amo, porque con los malos tiempos que corrían nadie quería pagar el impuesto sobre los perros; ¡y con qué furia se puso a ladrar Toby ante el rumor de que yo quería estafar a la empresa de escritura de partido de Vogt su crédito y a sus carlinos plumíferos sus derechos de escritura! Quelle horreur!579 Vogt hizo llegar a su Eduard Meyen instrucciones tan detalladas sobre el obligado trabajo del «Libro mayor» como a su Edouard Simon, y, en efecto, Eduard Meyen ha mechado cinco números del Freischütz (n.os 17-21, 1860) con lonchas del «Libro mayor». ¡Pero qué diferencia! Mientras Edouard Simon corrige el original, Eduard Meyen lo estropea. La disposición más elemental para captar objetivamente una materia dada se muestra, sin duda, en la capacidad de copiar algo impreso; pero nuestro Eduard Meyen es rotundamente incapaz de copiar bien una sola línea. Al ánimo de Toby le falta incluso la fuerza necesaria para copiar. Escúchese:
Freischütz, n.º 17:
«El periódico (la Allgemeine Zeitung)… está ahora convicto de haberse servido… también… de la ayuda de un partido revolucionario al que Vogt marca a fuego como la Banda del Azufre de los republicanos alemanes».
¿Cuándo y dónde fantasea Vogt sobre la Banda del Azufre de los republicanos alemanes?
Freischütz, n.º 18:
«Es Liebknecht quien formula la acusación contra Vogt en la Allgemeine Zeitung, al repetir allí las acusaciones forjadas por Biscamp en el Volk de Londres; pero solo cobraron todo su peso cuando Marx envió a la Allgemeine Zeitung una hoja volante aparecida en Londres cuya autoría atribuía a Blind».
Vogt podía mentir mucho, pero ya su abogado Hermann le prohibió la mentira de que el artículo de Biscamp, no reproducido en la Allgemeine Zeitung, hubiera sido «repetido» en ella por Liebknecht. Tampoco se le ocurre a Vogt decir que yo envié a la Allgemeine Zeitung la hoja volante Zur Warnung.580 Dice, al contrario, expresamente: «Es el señor Liebknecht… quien envió la hoja volante calumniosa a la Allgemeine Zeitung» (p. 167, «Libro mayor»).
Freischütz, n.º 19:
«Blind ha negado positivamente la autoría de la hoja volante, y el impresor ha atestiguado que no fue Blind quien se la entregó para imprimirla. Pero lo que sí está establecido es que el libelo pasó en el acto, con la misma composición tipográfica, al Volk, que Marx promovió su publicación en la Allgemeine Zeitung, etc.».
Vogt, en el «Libro mayor», reproduce por un lado la declaración de Fidelio Hollinger en la que Fidelio atestigua que la hoja volante no se compuso en su imprenta, y por otro mi contradeclaración de que la composición original del libelo todavía estaba en casa de Hollinger cuando se reimprimió en el Volk; ¡y qué confusión saca de ahí el desdichado Toby al copiar!
Freischütz, n.º 19:
«En lo que respecta a las personas» (eso es lo que Engels y yo habríamos dicho según la carta de Techow), «eran puros hombres de entendimiento que no conocían ninguna nacionalidad».
Ninguna sentimentalidad, buen Toby: «ninguna sentimentalidad» es lo que escribe Techow en Vogt.
Freischütz, n.º 20:
«Marx… permitió que los duelistas fueran a Ostende para batirse allí. Techow sirvió de padrino a Willich, etc. Después de este incidente, Techow rompió con Marx y con su liga».
Eduard Meyen no se contenta con leer Ostende en lugar de Amberes.581 Probablemente había oído en Londres cómo el francés del West End se quejaba de que los ingleses escribieran Londres y pronunciaran Constantinopla. A Techow, que en tiempos de su epistolografía me había visto una sola vez en su vida y además escribe expresamente que al principio se había propuesto adherirse a mí y a mi liga, Eduard Meyen lo hace romper conmigo y con mi liga, a la que nunca perteneció.
Freischütz, n.º 21:
«Este incidente» (la Fiesta Central Obrera de Lausana) «explica el violento ataque que se lanzó contra Vogt en el Volk de Londres».
El propio Vogt indica en el «Libro mayor» la fecha del «violento ataque» aparecido contra él en el Volk: el 14 de mayo de 1859. (La hoja volante apareció en el Volk el 18 de junio de 1859.) En cambio, la Fiesta Central de Lausana tuvo lugar el 26 y el 27 de junio de 1859, es decir, mucho después del «violento ataque» que, según Meyen, provocó.
Pero basta de estas lecturas espigadas por Toby. No es de extrañar que Toby, que leyó en el escrito de Vogt todo lo que no está en él, sacara también de él, entre otras cosas, que
«el escrito de Vogt se contará entre los escritos polémicos más audaces, ingeniosos y útiles de nuestra literatura». (Freischütz, n.º 17.)
¡Y figúrese uno ahora a este desdichado Toby, incapaz como es de copiar bien siquiera dos líneas de un libro impreso, figúrese uno a Toby condenado a leer a diario desde Wandsbek en el libro de la historia universal, a copiar cada hora los acontecimientos del día, apenas esbozados todavía en las iniciales más borrosas, y a fotografiar a tamaño natural en el Freischütz las dissolving views del presente!582 ¡Desdichado mensajero de Wandsbek!583 ¡Dichoso lector hamburgués del Freischütz!
El Times de Londres publicó hace unos días un extraño suelto que corrió por la prensa inglesa con el título: A man shot by a dog («Un hombre muerto de un tiro por un perro»). Parece, pues, que Toby entiende de tiros, y por eso no es de extrañar que Eduard Meyen cante en el Freischütz: «Soy un tirador a sueldo del regente».584
La Kölnische Zeitung se limitó a algunos sueltos malintencionados y a unas insinuacioncitas en favor de Vogt. Ocho días después de la aparición del «Libro mayor», difundió en sus columnas el cuento de que ya estaba agotado, probablemente para no tener que meterle mano ella misma.585 Por lo demás, ¡qué humor el del curso del mundo!
¡Quién me hubiera dicho en 1848-1849, en tiempos de la Neue Rheinische Zeitung, cuando rompíamos a diario una lanza con nuestra vecina de Colonia por Polonia, Hungría y los italianos, que la misma Kölnische Zeitung resurgiría en 1859 como caballera del principio de las nacionalidades, y que el tan sencillo señor Jusepp Dumont saldría de su crisálida convertido en un signor Giuseppe Del Monte!586 Pero entonces, desde luego, ningún Luis Bonaparte había conferido todavía a las nacionalidades la consagración superior moral y liberal, y la Kölnische Zeitung nunca olvidará a Luis Bonaparte que haya salvado a la sociedad. La furia roja con que atacaba en aquella época a Austria la muestra
Neue Rheinische Zeitung, n.º 144.
«Colonia, 15 de noviembre (1848). En un momento en que toda Alemania se alza con un grito de indignación porque el sanguinario servidor del bandido austriaco, porque un Windischgrätz se ha atrevido a hacer fusilar como a un perro al diputado Robert Blum, en un momento así es oportuno volver sobre dos periódicos alemanes, uno de los cuales intentó con rara perfidia mancillar los últimos días de vida del difunto, y el otro lo persigue hasta la tumba con su insulso cretinismo. Hablamos de la Kölnische Zeitung y de la Rheinische Volks-Halle (vulgo Narrhalla)587… En el n.º 292, la Kölnische Zeitung informaba: “El 22 del corriente (octubre), los entusiastas jefes del partido democrático… se han marchado de Viena; asimismo… Robert Blum”. La Kölnische daba esta noticia sin más añadido, pero puso la denuncia contra Blum en letra de cuerpo grande para grabarla con tanta mayor facilidad en la memoria de sus lectores. La Kölnische Zeitung se perfeccionó en sus números posteriores. No tuvo reparo en recoger en sus columnas incluso artículos de la hoja más negra y amarilla588 de la camarilla, comunicaciones del órgano de la archiduquesa Sofía, el más infame de todos los periódicos austriacos…» (sigue luego como cita, entre otras cosas): «“Robert Blum no ha cosechado laureles en Viena… Habló, en efecto, en el Aula del enemigo interior de la pusilanimidad, de la falta de valor y de constancia; pero si además de este enemigo interior hubiera también otros —esperaba que no los hubiera—, o si todavía existiera gente en la ciudad que prefiriera la victoria de los militares a la victoria de la libertad, la lucha a muerte contra las tropas de fuera de la ciudad tendría que volverse con arma afilada también contra ellos… En el discurso del señor Blum está la locura de un septembrista…589 Si el señor Blum pronunció estas palabras, entonces, lo decimos sin rodeos, se ha deshonrado”. Hasta aquí la Kölnische Zeitung».
Por medio de una conducción artificial y secreta de tuberías, todos los retretes de Londres vierten su porquería física en el Támesis. Del mismo modo, la capital del mundo escupe a diario, por un sistema de plumas de ganso, toda su porquería social en una gran cloaca central de papel: el Daily Telegraph. Liebig590 censura con razón ese derroche insensato que roba al agua del Támesis su pureza y a la tierra de Inglaterra su abono. Pero Levy,591 el propietario de la cloaca central de papel, entiende no solo de química, sino incluso de alquimia. Después de convertir la porquería social de Londres en artículos de periódico, convierte los artículos de periódico en cobre y, por último, el cobre en oro. Sobre la puerta que lleva a la cloaca central de papel están escritas, di colore oscuro,592 las palabras: hic… quisquam faxit oletum!,593 o, como Byron lo ha traducido con belleza poética: Wanderer, stop and… piss! («¡Caminante, detente y… mea!»).
Levy, como Habacuc, est capable de tout.594 Es capaz de publicar editoriales de tres columnas sobre un solo caso de violación. A comienzos de este año obsequió a su numeroso público de gastrónomos con un ragú de asafétida guisado con mucho primor a base de detalles tan grasientos y repugnantes de cierta vista judicial que habían llevado al juez a desalojar la sala de mujeres y niños. Por desgracia, Levy echó como pimienta en el ragú el nombre de una persona inocente. El proceso por calumnia que se le puso a continuación terminó con su condena y con la marca pública de su periódico desde el estrado de los jueces ingleses. Los procesos por calumnia, como todos los procesos, son en Inglaterra, como es sabido, desvergonzadamente caros, una especie de privilegio del coffre-fort, la caja de caudales. Pero un grupo de abogados desocupados de la City descubrió muy pronto que Levy era una caza abundante; se juntaron y ofrecen sus servicios gratis, a especulación, a cualquiera que quiera demandar a Levy por calumnia. Por eso el propio Levy se ha lamentado a gritos en su propio periódico de que se ha puesto de moda una nueva rúbrica de extorsión: la demanda por calumnia contra Levy. Desde entonces se ha vuelto arriesgado demandar a Levy. Uno se expone a malentendidos de doble sentido, pues, así como en los muros de Londres se lee: Commit no Nuisance, en las puertas de los tribunales ingleses se lee: Commit Levy.595
Los políticos llaman al Daily Telegraph «el periódico de la chusma de Palmerston», pero la gabarra de basura de Levy solo carga la política como lastre. La Saturday Review, en cambio, caracterizó acertadamente su periódico de a penique como cheap and nasty («barato y asqueroso»).
«Es un síntoma fatal», dice entre otras cosas, «que dé decididamente la preferencia a la porquería sobre la limpieza; en cualquier circunstancia excluirá el informe más importante para encontrar sitio a un artículo grasiento».
Pero Levy tiene también su propia mojigatería. Así, por ejemplo, critica la inmoralidad de los teatros y, como un segundo Catón el Censor, persigue la ropa de las bailarinas, que empieza demasiado tarde y termina demasiado pronto. Con tales accesos de virtud, Levy salió de Málaga para meterse en Malagón. ¡Oh, consecuencia!, exclama un periódico teatral londinense, The Players; oh, consecuencia, ¿dónde está tu rubor? ¡Cómo se habrá reído el bribón (the rogue) por lo bajo!… ¡El Telegraph predicador de la decencia en la indumentaria femenina de escena! Santo Júpiter, ¿qué ocurrirá ahora? Terremotos y cometas de fuego son lo de menos que cabe esperar ahora. ¡Decencia! I thank thee, Jew, for teaching me that word («Gracias, judío, por enseñarme esa palabra»).596 Y, como Hamlet a Ofelia, el Player aconseja a Levy que se meta en un convento, y precisamente en un convento de monjas: Get thee to a nunnery, Levy! ¡Levy en un convento de monjas! Quizá nunnery no sea más que una errata por Nonaria, de modo que habría que entender: «Vete con la Nonaria, Levy», y en ese caso todo el mundo estará
multum gaudere paratus,
Si Cynico (al cínico Levy) barbam petulans Nonaria vellat.597
El Weekly Mail afirmaba que Levy no le da al público gato por liebre, pero sí una Y por una I,598 y, en efecto, entre los 22.000 levitas que Moisés contó en la marcha por el desierto no hay un solo Levi que se escriba con Y. Así como Edouard Simon quiere a toda costa contarse entre la raza latina, Levy quiere a toda costa contarse entre la anglosajona. Por eso, al menos una vez al mes ataca la política poco inglesa del señor Disraeli, pues Disraeli, «el enigma asiático» (the Asiatic mystery), no procedería, como el Telegraph, de la raza anglosajona. Pero ¿de qué le sirve a Levy atacar al señor D'Israeli y hacer una Y de una I, si la madre naturaleza le ha escrito su árbol genealógico en la más disparatada letra gótica en mitad de la cara? La nariz del misterioso forastero de Slawkenbergius (véase Tristram Shandy), que se había traído la finest nose, la nariz más fina, del promontory of noses, el promontorio de las narices,599 no fue al fin y al cabo más que la comidilla de una semana en Estrasburgo, mientras que la nariz de Levy es la comidilla de todo un año en la City de Londres. Un epigramista griego describe la nariz de cierto Cástor, que le servía para todo, como pala, trompeta, hoz, ancla, etc. Concluye la descripción con estas palabras:
«Así tiene Cástor un utensilio de lo más útil:
lleva una nariz apta para cualquier trabajo»,600
pero Cástor no adivinó, sin embargo, para qué usa Levy su nariz. El poeta inglés se acerca más en los versos:
And 'tis a miracle we may suppose,
No nastiness offends his skilful nose.601
El gran arte de la nariz de Levy consiste, en efecto, en acariciar el olor a podrido, en olfatearlo a cien millas y atraerlo. Así, la nariz de Levy sirve al Daily Telegraph de trompa de elefante, de antena, de faro y de telégrafo. Puede decirse, pues, sin exagerar que Levy escribe su periódico con la nariz.
Este precioso Daily Telegraph fue, naturalmente, el único periódico inglés en el que podía aparecer, y en el que no podía faltar, la Lausiade de Vogt. En el periódico de Levy del 6 de febrero de 1860 apareció un artículo de dos columnas y media titulado The Journalistic Auxiliaries of Austria (Los auxiliares periodísticos de Austria), que no era en realidad más que una traducción de los dos editoriales de la National-Zeitung de Berlín a un inglés maloliente. Para despistar, el artículo llevaba el encabezamiento: From an occasional correspondent, Frankfort on the Main, February 2 (De un corresponsal ocasional, Fráncfort del Meno, 2 de febrero). Yo sabía, naturalmente, que el único corresponsal del Telegraph vive en Berlín, donde la nariz de Levy lo había descubierto con su virtuosismo habitual. Escribí, pues, a vuelta de correo a un amigo de Berlín por si podía darme el nombre del corresponsal del periódico de Levy. Mi amigo, un hombre cuya erudición ha reconocido incluso A. von Humboldt, fue sin embargo lo bastante obstinado para sostener que no existía ningún Daily Telegraph en Londres y, por tanto, ningún corresponsal suyo en Berlín. En estas circunstancias me dirigí a otro conocido en la ciudad del Spree. Respuesta: el corresponsal berlinés del Daily Telegraph existe y se llama… Abel. En esto vi una mala mistificación. Abel era evidentemente una mera abreviatura de Zabel. La circunstancia de que Zabel no escriba inglés no podía despistarme en modo alguno. Si Abel, como Zabel, redacta la National-Zeitung sin escribir alemán, ¿por qué Zabel, como Abel, no iba a hacer de corresponsal del Telegraph sin escribir inglés? Así pues, ¿Zabel, Abel, Abel Zabel? ¿Cómo salir de esta Babel? Comparé una vez más el órgano berlinés de la sabiduría con el órgano de Levy y descubrí con ese motivo en el n.º 41 de la National-Zeitung el pasaje siguiente:
«Liebknecht añade asombrosamente: “Queríamos que el Magistrat (?) legalizara nuestras firmas”».
Este pasaje del Magistrat y del signo de interrogación asombrado de Zabel tras el Magistrat recuerda a aquel suabo que, «en cuanto bajó del barco en Asia, preguntó: “¿No hay por aquí un buen compañero de Bebbingen?”». En el órgano de Levy no solo falta todo el pasaje, sino incluso el signo de interrogación, de lo que se sigue clarísimamente que el corresponsal de Levy no comparte la opinión de F. Zabel según la cual los jueces de policía de Londres, o magistrates, son el Magistrat, el ayuntamiento, de Berlín. Así pues, Zabel no era Abel y Abel no era Zabel. Entretanto, otros conocidos de Berlín se habían enterado de mis afanes. Uno escribía: «Entre los 22.000 levitas del libro cuarto de Moisés hay también un Abel, solo que se deletrea Abigail». El otro escribía: «Esta vez, pues, Abel ha matado a Caín, y no Caín a Abel». Así fui cayendo en «laberintos» cada vez mayores, hasta que por fin el redactor de un periódico londinense me aseguró con seca seriedad inglesa que Abel no era ninguna broma, sino un literato judío berlinés cuyo nombre completo era doctor Karl Abel, el cual angelito había servido largo tiempo, bajo Stahl y Gerlach, como celoso peón de zapa de la Kreuzzeitung,602 pero con el cambio de ministerio había cambiado, si no de piel, sí al menos de color. El celo del renegado más importuno explicaría ahora, desde luego, que el corresponsal berlinés de Levy crea que la libertad de prensa inglesa se ha inventado expresamente para que él pregone en público su epilepsia de admiración por el ministerio Hohenzollern. Hipotéticamente, pues, cabe admitir que, además de un Levy en Londres, hay también un Abel en Berlín: par nobile fratrum.603
Abel abastece a su Levy a la vez desde todos los lugares posibles, desde Berlín, Viena, Fráncfort del Meno, Estocolmo, Petersburgo, Hong Kong, etc., lo cual es una proeza mucho mayor que el Voyage autour de ma chambre de De Maistre.604 Pero bajo cualquier signo local que Abel escriba a su Levy, escribe siempre bajo el trópico de Cáncer, el del cangrejo. A diferencia de la procesión de Echternach, en la que se dan dos pasos adelante por uno atrás,605 los artículos de Abel dan un paso adelante y dos atrás.
No crab more active in the dirty dance,
Downward to climb, and backward to advance.
(Pope)606
Abel tiene una habilidad indiscutible para poner al alcance de su Levy los secretos de Estado del continente. La Kölnische Zeitung, por ejemplo, publica un editorial cualquiera, digamos sobre las finanzas rusas, tomado acaso de la Baltische Monatsschrift. Abel deja pasar un mes y entonces, de pronto, escribe el artículo de la Kölnische Zeitung desde Petersburgo a Londres, sin dejar de insinuar, desde luego, que, si no el zar en persona, y quizá ni siquiera el ministro de Finanzas ruso, al menos uno de los directores del Banco del Estado le ha confiado el secreto estadístico entre deux cigares, entre dos puros, y así exclama triunfante: I am in a position to state, etc. (Estoy en condiciones de comunicar…). O la oficial Preussische Zeitung saca una antena ministerial e insinúa, por ejemplo, las ideas no vinculantes del señor von Schleinitz607 sobre la cuestión de Hesse Electoral. Esta vez Abel no espera un instante, sino que escribe a su Levy, y precisamente desde Berlín, abiertamente, ese mismo día, sobre la cuestión de Hesse Electoral. Ocho días después informa: La Preussische Zeitung, el órgano ministerial, publica el siguiente artículo sobre la cuestión de Hesse Electoral, y I owe to myself (me debo a mí mismo) señalar que yo ya hace ocho días, etc. O traduce un artículo de la Allgemeine Zeitung y lo fecha, por ejemplo, en Estocolmo. Sigue entonces, inevitablemente, la frase I must warn your readers, debo prevenir a sus lectores, no contra el artículo copiado, sino contra algún otro artículo no copiado de la Allgemeine Zeitung. Pero en cuanto Abel llega a hablar de la Kreuzzeitung, se santigua para no ser reconocido.
En cuanto al estilo de Abel, solo puede indicarse simbólicamente como calco de los estilos de Stern Gescheidt, Isidor Berlinerblau y Jacob Wiesenriesler.608
Con permiso de Abel, una digresión. El Stern Gescheidt original es otro compinche de Vogt, un tal L. Bamberger,609 en 1848 redactor de una hojita de rincón en Maguncia, actualmente loup-garou, hombre lobo, emparentado por boda en París, «a sueldo completo», y demócrata decembrista «en el sentido más sencillo de la palabra». Para entender este sentido «sencillo» hay que conocer la jerga gitana de la sinagoga de la Bolsa de París. La democracia «sencilla» de Stern Gescheidt es lo mismo que Isaac Péreire llama la démocratisation du crédit, la democratización del crédito,610 que consiste en convertir en casa de juego no círculos sueltos de una nación, sino la nación entera, para poder estafarla en masse. Mientras que el lobo oligárquico de la Bolsa bajo Luis Felipe era tan estrecho de miras que solo daba caza a la riqueza nacional acumulada en manos de la alta burguesía, bajo la égida de Luis Bonaparte todo es fish, todo es pescado, para el lobo democrático de la Bolsa, que exclama con el emperador romano: non olet,611 y añade con Stern Gescheidt Bamberger: «La masa lo tiene que hacé». Esta es la democracia de Stern Gescheidt en su más alta «sencillez». Stern Gescheidt Bamberger se ha dado a conocer últimamente bajo el nombre de «¡Juchhé, a Italia!».612 En cambio, durante la campaña por la Constitución del Imperio613 respondía al grito de «¡Ay, ay, de Kirchheimbolanden!». Stern Gescheidt Bamberger, el que se escapó de Kirchheimbolanden y el que llevó de la nariz al cuerpo franco del Palatinado renano, sobre cuyas hazañas se me ha confiado un manuscrito delicioso, era demasiado listo para no olfatear que la tierra sucia de Diciembre, hinchada y empapada de sangre, era muy aurífera para buscadores de tesoros listos. Se fue, pues, a París, donde, como dice tan bonitamente su amigo Isidor Berlinerblau, alias H. B. Oppenheim, «uno se siente más libre de lo que sabe». Stern Gescheidt, al que en 1858 «la circulación empezó a estancársele» (véanse los balances de la Banque de France sobre la circulación en 1858-1859), se puso contento como unas pascuas cuando, de pronto, la tierra sucia de Diciembre se tornasoló con los colores claros de ideas altisonantes. El tan listo como relumbrantemente demócrata Stern Gescheidt comprendió que un diluvio en París arrastraría, con la tierra de Diciembre, también el Pro de su libro mayor, de su Hauptbuch, y dejaría solo el Contra. Stern Gescheidt Bamberger, como es sabido, ha añadido a las nueve musas helénicas una décima musa hebrea, «la musa del tiempo», como él llama al boletín de cotizaciones.
Volvamos a Abel. El estilo de Abel está impregnado del odor specificus,614 imprescindible para el Daily Telegraph, la cloaca de papel de la capital del mundo. Cuando Levy está muy conmovido por el perfume de la correspondencia de Abel, por la erudición de Abel y por la aplicación industriosa con que Abel escribe a la vez desde veinte latitudes distintas, en esos momentos de suprema emoción Levy llama a Abel, con cariño y confianza, su… industrious bug.615
Ya la justicia poética exige que la «naturaleza redondeada», al final de la comedia, no se quede atascada con Abel en el estiércol de Londres; pero ¿quién lo sacará del estiércol? ¿Quién será el redentor? El redentor será el pinzón del estiércol,616 a saber, el barón von Vincke, hidalgo de la tierra roja,617 caballero de la Alegre Figura, chevalier sans peur et sans reproche.618
La Neue Rheinische Zeitung, como ya se ha dicho, había revelado ya en 1848 la identidad de los contrarios Vogt y Vincke, y el propio Vogt la barruntaba ya en 1859, cuando escribía en sus Estudios:
«El señor von Vincke como apóstol de una nueva libertad política… roza de verdad el terreno de lo ridículo» (ob. cit., p. 21),
es decir, el terreno de Vogt. Pero Vincke pronunció abiertamente el 1 de marzo de 1860 la palabra de la reconciliación, cuando «ilustró», como dice Joh. Philipp Becker, la «modesta Cámara prusiana» «con la Banda del Azufre». Apenas un año antes había recomendado a la misma Cámara el folleto El Po y el Rin,619 cuyo origen sulfuroso, a falta de la nariz de Levy, naturalmente no había olfateado. Y cuando Vincke, como Vogt, se puso a hacer de italiano, Vincke, como Vogt, insultó a los polacos y Vincke, como Vogt, proclamó la división de Alemania, los hermanos enemigos cayeron para siempre uno en brazos del otro.
Se sabe que los polos del mismo nombre se repelen irresistiblemente. Y así, Vogt y Vincke se repelieron durante mucho tiempo. Los dos padecen de flujo salivar de palabras, y por eso cada uno de ellos creía que el otro no lo dejaba tomar la palabra.
Vogt, como atestigua Ranickel, es un gran zoólogo, y también lo es Vincke, como demuestra su cría de cerdos en Ickern.
En el drama español, a cada héroe le corresponden dos graciosos. Hasta a san Cipriano, el Fausto español, Calderón le da un Moscón y un Clarín.620 Así, en el Parlamento de Fráncfort, el general de la reacción Von Radowitz621 tenía dos ayudantes cómicos: su arlequín Lichnowski y su payaso Vincke. Pero Vogt, el contrapayaso liberal, tenía que hacerlo todo solo, lo que por fuerza lo indisponía contra Vincke, ya que Jacobus Venedey solo sabía hacer la parte sentimental del papel de Pantalón. A Vincke le gustaba alzar de vez en cuando el gorro de cascabeles. Así, en la sesión del Parlamento del 21 de junio de 1848, declaró:
«A veces creía encontrarse más bien en un teatro que en una asamblea así».
Y en una reunión festiva de los tories del Parlamento de Fráncfort actuó como artista invitado en el papel de príncipe de los Tontos, sentado sobre un tonel y cantando:
«Soy el príncipe de los Tontos,
elegido para empinar el codo».622
También esto ofendió a su contrincante. Además, Vogt y Vincke no conseguían asustarse el uno al otro, por lo que consideraron lo más prudente lanzarse el uno contra el otro. El Falstaff Vogt sabía lo que tenía en el caballero sin miedo y sin tacha, y viceversa. El Bayardo westfaliano había estudiado en su día Derecho en universidades alemanas, menos el Corpus juris romano, pues, decía, los antepasados de la tierra roja no habían derrotado en vano a Varo.623 Con tanto más celo se aplicó al derecho teutónico, a saber, al código estudiantil,624 cuyo terreno midió en todas sus dimensiones y luego hizo famoso con el nombre de terreno jurídico.625 A consecuencia de este escrutinio casuístico y profundo del código estudiantil, más tarde, en cada ocasión de duelo, tropezaba también con algún pelo escotista626 que, en el momento decisivo, se interponía entre el caballero y el derramamiento de sangre con un filo tan sutil como la espada desnuda en el lecho nupcial entre la princesa y el locum tenens.627 Esta sutileza de cortar pelos siempre se interponía, con la regularidad de unas fiebres periódicas, desde la aventura con el asesor del Tribunal Supremo Benda en tiempos de la Dieta Unificada de 1847 hasta la no menos famosa aventura con el ministro de la Guerra prusiano en la Cámara de Diputados en 1860. Se ve, pues, qué calumnioso fue reprochar hace poco al hidalgo que hubiera perdido su terreno jurídico. No es culpa suya que su terreno jurídico conste solo de trampillas. Antes bien, como el código estudiantil solo sirve para el debate jurídico superior, el ingenioso hidalgo lo sustituye en la vulgar práctica parlamentaria por el… código de leñador.628
En la charca de ranas de Fráncfort, Vincke llamó una vez con mucha mala uva a su contrincante Vogt «ministro del futuro». En cuanto se enteró en Ickern de que Vogt, acordándose del refrancillo
«Toma un carguillo,
y todo el año te llamarán señor»,
no solo había llegado a regente del Imperio, sino incluso a ministro de Asuntos Exteriores in partibus, le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo y gruñó rezongando por el desconocimiento de sus derechos de ascenso por antigüedad. Pues ya en la Dieta Unificada de 1847 Vincke se había opuesto, como frondista, al ministerio y, como representante de la nobleza, a la oposición burguesa. Al estallar la revolución de Marzo se tenía, pues, por el elegido entre todos para salvar la Corona. Pero sus rivales llegaron a ministros del presente, y él mismo obtuvo su nombramiento como «ministro del futuro», puesto que ha desempeñado hasta el día de hoy con éxito ininterrumpido.
Por venganza, se sacudió de los pies el polvo de Berlín y se fue a Fráncfort, a la Paulskirche, a la extrema derecha, para actuar allí como payaso, jefe de la claque y matón del general Radowitz.
El pinzón era un buen austriaco fanático mientras eso encontraba el aplauso de las autoridades. Clamaba como un poseso contra las nacionalidades.
«En la izquierda uno se entusiasmaba sucesivamente por todas las nacionalidades posibles, italianos, polacos, y ahora incluso por los magiares». (Sesión del 23 de octubre de 1848.)
Los tres caballeros Vincke, Lichnowski y Arnim ejecutaron el trío musical
«Muge el buey, la vaca se p…,
y el asno toca el bajo»
con tal virtuosismo contra los oradores que hablaban por Polonia (sesión del 5 de junio de 1848) que hasta a la campanilla del presidente se le acabó el aliento; y cuando Radowitz reivindicó para el Imperio alemán el Mincio como frontera natural militar (sesión del 12 de agosto de 1848), Vincke, para regocijo de todas las tribunas y admiración secreta de Vogt, se puso cabeza abajo y aplaudió telegrafiando con las piernas. Jefe de la claque de las resoluciones con las que la charca de ranas de Fráncfort estampó el sello de la voluntad del pueblo alemán en el sometimiento dinástico de Polonia, Hungría e Italia, el hidalgo de la tierra roja chilló todavía con mucho más gusto cuando se trató de sacrificar las aspiraciones de la nación alemana con el vergonzoso armisticio de Malmö. Para asegurar la mayoría a la ratificación del armisticio, espectadores diplomáticos y de otra clase se habían deslizado desde las tribunas a los escaños de la derecha. Se descubrió el engaño, y Raveaux629 exigió una nueva votación. Se opuso con celo el pinzón: no importaba quién votara, sino qué se votaba. (Sesión del 16 de septiembre de 1848.) Durante la insurrección de septiembre en Fráncfort, provocada por la resolución sobre el armisticio de Malmö, el Bayardo westfaliano desapareció sin dejar rastro, para vengarse, después de proclamado el estado de sitio, del susto que nadie podía resarcirle con volteretas de furor reaccionario.
No contento con aporrear con la lengua a polacos, italianos y húngaros, propuso al archiduque Juan de Austria como presidente del poder central provisional (sesión del 21 de junio de 1848), pero con la obedientísima condición de que el ejecutivo de los Habsburgo del Parlamento alemán no tuviera que ejecutar ni promulgar sus resoluciones plebeyas, ni en general hacerles el menor caso. Montó en cólera como un zorro cuando sus propios camaradas de la mayoría, aunque solo fuera por variar, votaron que el regente del Imperio630 se dignara al menos asegurarse graciosamente un acuerdo previo con el Parlamento en las resoluciones sobre la guerra y la paz y en los tratados con potencias extranjeras. (Sesión del 27 de junio de 1848.) Y el gran acaloramiento oratorio con que el pinzón trató de arrancar a gritos al Parlamento alemán un voto de confianza para el ministro del Imperio Schmerling y consortes, como premio por su complicidad y la del regente del Imperio en la sangrienta e infame traición de Viena (sesión del 23 de octubre de 1848), refutó victoriosamente la calumnia de Fischart:
«¡Oh, qué bocas tan frías
son las bocas de Westfalia!».
Así era Vincke, en buena vecindad, habsburgués, hasta que de pronto, sobre el Sáhara parlamentario, brilló el espejismo de la Pequeña Alemania631 y el hidalgo creyó ver en él una cartera ministerial de tamaño natural con un pinzón bajo el brazo. Como las paredes de la Paulskirche tenían orejas desacostumbradamente largas, podía hacerse la ilusión de que el ruido que hacían en Fráncfort sus arrebatos de lealtad dinástica a los Hohenzollern habría causado en Berlín una impresión agradable. ¿No había declarado en plena Paulskirche, el 21 de junio de 1848:
«Mis electores me han enviado aquí a representar no solo los derechos del pueblo, sino también los de los príncipes. Todavía me deleito con la palabra del Gran Elector, que llamó una vez a los de la Marca sus súbditos más fieles y obedientes. Y nosotros, en la Marca, estamos orgullosos de ello»?632
Y el Bayardo de la Marca pasó de las palabras a las vías de hecho en aquella famosa batalla de la tribuna a la que debe sus espuelas de caballero. (Sesiones del 7 y el 8 de agosto de 1848.) Cuando Brentano,633 con ocasión de la amnistía reclamada para Friedrich Hecker, dejó caer desde la tribuna una alusión equívoca a un príncipe de los Hohenzollern, al pinzón le dio un ataque de verdadera rabia perruna de lealtad. Precipitándose desde su sitio sobre el señor Brentano, intentó arrancarlo de la tribuna con las palabras: «¡Abajo, canalla!». Brentano mantuvo su sitio. Más tarde, el hidalgo volvió a lanzarse contra él y le arrojó, naturalmente con la reserva de una madura reflexión posterior sobre las posibles objeciones de terreno jurídico, el guante de desafío caballeresco, que Brentano recogió con estas palabras:
«Fuera de la iglesia puede usted decirme lo que le dé la gana; aquí, déjeme usted ir inmediatamente o le doy una bofetada».
El hidalgo echó mano entonces a su carcaj de discursos y lanzó todavía varios canallas contra la izquierda, hasta que Reichardt le gritó: «Von Vincke, es usted un tipo de m…». (Sesión del 7 de agosto de 1848.) El debate sobre el conflicto entre el ministerio Brandenburg y la Asamblea pactista de Berlín, el pinzón trató de despacharlo proponiendo pasar sin más al orden del día.
«Desde la entrada victoriosa de Wrangel en Berlín», dijo, «había vuelto la calma, los valores habían subido… la Asamblea de Berlín no tenía derecho a dirigir proclamas al pueblo, etc.».634
Apenas se había dispersado a los pactistas cuando el caballero sin miedo y sin tacha se echó sobre ellos con tanta mayor saña.
«Para una república», aulló en la sesión del 12 de diciembre de 1848, «nos falta la formación política previa; nos lo han demostrado los representantes de la antigua Asamblea de Berlín, al tomar resoluciones que procedían de una baja ambición personal».
La tormenta que estalló a continuación la calmó declarando que
«estaba dispuesto a hacer valer caballerosamente su opinión frente a cualquier persona»; pero, añadió el prudente caballero, «no se refería a ningún miembro de esta asamblea, sino a los miembros de la Asamblea dispersa de Berlín».
Así resonó, desafiante, el reto del Bayardo de la Marca a todo el ejército de los pactistas dispersos. Uno de esos dispersos oyó el reto, se recompuso y consiguió, en efecto, el acontecimiento inaudito de citar en persona al hidalgo de la tierra roja en el campo de batalla de Eisenach. El derramamiento de sangre parecía ya inevitable cuando Bayardo, en el momento decisivo, olió una rata escotista. Su adversario se llamaba Georg Jung,635 y las leyes del honor mandaban al caballero sin miedo y sin tacha combatir al dragón, pero en ningún caso a un tocayo del caballero del dragón.636 No hubo manera de quitarle al pinzón esta idea fija de la cabeza. Antes, juraba y perjuraba, antes abrirse él mismo la barriga como un daimio japonés que tocarle un pelo a un hombre que se llamaba Georg y que además era demasiado joven637 para la edad de batirse. Con tanto menos reparo se ensañaba el campeón de los duelos, en la Paulskirche, contra Temme638 y otras personas contrarias al gobierno que estaban encerradas a cal y canto en el presidio de Münster. (Sesión del 9 de enero de 1849.) Si no desdeñaba así ni el más pequeño detalle para causar buena impresión en las alturas, su celo de lealtad se superó a sí mismo en sus esfuerzos gigantescos por establecer una Alemania pequeña y una gran corona prusiana. Warwick, el hacedor de reyes,639 era un niño al lado de Vincke, el hacedor de emperadores.
El Bayardo de la Marca creía haber amontonado ya bastantes brasas sobre la cabeza de la ingratitud de marzo de 1848. Cuando cayó el ministerio de la acción,640 Vincke desapareció una temporada de la Paulskirche y se mantuvo disponible. Ídem cuando cayó el ministerio Von Pfuel. Pero, como la montaña no venía a Mahoma, Mahoma decidió ir a la montaña. Elegido en un rotten borough641 cualquiera, el caballero de la tierra roja apareció de pronto en Berlín como diputado de la Cámara otorgada, lleno del gran presentimiento de la recompensa que aguardaba a sus hazañas de Fráncfort. Además, el caballero se sentía infinitamente a gusto en el estado de sitio, que no le negaría ninguna libertad antiparlamentaria. Los silbidos y el abucheo con que lo recibió el pueblo de Berlín, mientras esperaba ante el palacio, entre los diputados otorgados, la recepción en la Sala Blanca, los absorbió con ambas orejas con tanta mayor avidez cuanto que Manteuffel había insinuado delicadamente que, aunque solo fuera para encontrar vacante una cartera ministerial para cierto mérito, en las altas esferas se inclinaban a aceptar la corona pequeñoalemana de manos de los hacedores de emperadores de Fráncfort. En esta dulce ilusión, el pinzón trató entretanto de hacerse útil como dirty boy, chico de los recados sucios, del gabinete. Siguiendo las instrucciones de la Kreuzzeitung, redactó el proyecto de mensaje a la Corona, despotricó contra la amnistía, aceptó la propia Constitución otorgada solo con la reserva expresa de que una «fuerte autoridad del Estado» la volviera a revisar a fondo y la expurgara, insultó a los diputados de la izquierda, enfermos del estado de sitio, etc., y aguardó su triunfo.
Se acercaba la catástrofe: la diputación imperial de Fráncfort había llegado a Berlín, y Vincke había presentado el 2 de abril (de 1849) una lealísima enmienda al proyecto imperial, por la que Manteuffel había votado con toda inocencia. Nada más terminar la sesión, Vincke se precipitó dando un loco brinco de cabra a una tienda de compraventa vecina para adquirir con sus propias manos una cartera, una cartera de cartón negro con forro de terciopelo rojo y ribetes dorados. Encantado de la vida y con una sonrisa triunfal de fauno, el caballero de la Alegre Figura estaba sentado a la mañana siguiente en su escaño del centro de la Cámara, pero —«¡Nunca, nunca, nunca!»,642 resonó; los labios de Manteuffel temblaron saciados de burla, y el hidalgo sin miedo, con la boca descolorida, agitándose de excitación interior como una anguila eléctrica, gruñó furioso a sus amigos: «¡Sujetadme, que si no hago una desgracia!». Para sujetarlo, la Kreuzzeitung, cuyas instrucciones Vincke había seguido temerosamente desde hacía meses y de cuyo proyecto de mensaje de la Cámara había sido padrino, publicó al día siguiente un artículo titulado «La patria está en peligro», en el que se decía, entre otras cosas:
«El ministerio se queda, y el rey responde al señor von Vincke y consortes que no se metan en cosas que no les importan».
Y el caballero sans peur et sans reproche, chasqueado, se marchó de Berlín a Ickern con una nariz más larga que la que nunca llevó Levy, una nariz como la que no se le puede pegar absolutamente a nadie más que a un… ministro del futuro.643
Después de largos y angustiosos años enmohecido en la zoología práctica de Ickern, el Cincinato644 de la tierra roja despertó una buena mañana en Berlín como jefe oficial de la oposición de la Cámara de Diputados prusiana. Como tan mal le había ido en Fráncfort con hablar a la derecha, ahora pronunciaba en Berlín discursos zurdos.645 No había forma de averiguar con exactitud si representaba la oposición de la confianza o la confianza de la oposición. Pero en todo caso volvió a sobreactuar su papel. Pronto se había vuelto tan imprescindible al gabinete en el banco de la oposición que se le prohibió volver a dejarlo nunca. Y así siguió siendo el hidalgo de la tierra roja… ministro del futuro.
En estas circunstancias, el pinzón se cansó del asunto y concluyó su famoso tratado de Ickern. Vogt se lo ha dado por escrito: en cuanto Plon-Plon haya conquistado en tierra firme alemana la primera ínsula Barataria parlamentaria, la haya poblado de Sch-Oppenheimers646 y haya instituido regente de ella a su Falstaff, Vogt nombrará al Bayardo westfaliano su primer ministro, le dará además en feudo la jurisdicción suprema en todos los conflictos de duelo, lo elevará también a efectivo arquitecto general de caminos superior,647 lo encumbrará por añadidura a la dignidad de príncipe con el título de príncipe de los Tontos y, por último, hará grabar en la hojalata648 que en todo caso circulará como dinero en la Vogtía insular una pareja de gemelos siameses, Vogt a la derecha como regente de Plon-Plon, Vincke a la izquierda como ministro de Vogt, y alrededor de la voluminosa figura doble, entre pámpanos, la inscripción:
«Boca a boca contigo
desafío a mi siglo a la palestra».649
XI. Un proceso
A finales de enero de 1860 llegaron a Londres dos números de la National-Zeitung de Berlín con dos editoriales: el primero, titulado «Karl Vogt y la Allgemeine Zeitung» (n.º 37 de la National-Zeitung); el segundo, «Cómo se hacen las hojas volantes radicales» (n.º 41 de la National-Zeitung). Bajo esos títulos distintos, F. Zabel ofrecía una edición in usum delphini650 del «Libro mayor» de Vogt. Este mismo llegó a Londres mucho más tarde. Decidí en el acto entablar en Berlín una querella por calumnia contra el tal F. Zabel.
Las montañas de insultos que durante diez años se habían amontonado contra mí en la prensa alemana y germanoamericana solo las había tenido en cuenta por escrito en casos excepcionalísimos, cuando parecía estar en juego un interés de partido, como con ocasión del proceso de los comunistas de Colonia. A mi juicio, la prensa tiene el derecho de ofender a escritores, políticos, cómicos y demás personajes públicos. Si un ataque me parecía digno de atención, me regía en esos casos por la divisa: a corsaire, corsaire et demi.651
Aquí la cosa era distinta. Zabel me acusaba de una serie de actos delictivos e infamantes, y ante un público que, por un lado, se inclinaba por prejuicios de partido a creer la mayor de las monstruosidades y, por otro, tras mis once años de ausencia de Alemania, no tenía el menor punto de apoyo para juzgar mi persona. Dejando aparte toda consideración política, se lo debía ya a mi familia, a mi mujer y a mis hijos: someter a examen judicial las acusaciones infamantes de Zabel.
La forma de mi querella excluía de antemano cualquier comedia judicial de las equivocaciones como el proceso de Vogt contra la Allgemeine Zeitung. Aun en el caso de que yo hubiera podido abrigar el fabuloso propósito de recurrir contra Vogt ante el mismo tribunal de Fazy que ya había sobreseído en interés de Vogt una instrucción penal, puntos de importancia decisiva solo podían resolverse en Prusia, no en Ginebra; mientras que, a la inversa, la única afirmación de Zabel para la que este podía buscar pruebas en Vogt descansaba en supuestos documentos que Zabel podía presentar en Berlín con la misma facilidad que su amigo Vogt en Ginebra. Mi «querella» contra Zabel contenía los puntos siguientes: 1. Zabel dice en el n.º 37 de la National-Zeitung del 22 de enero de 1860, en el artículo titulado «Karl Vogt y la Allgemeine Zeitung»:
«Vogt cuenta en la página 136 y siguientes: bajo el nombre de la Banda del Azufre o también de los Bürstenheimer652 era conocido entre los refugiados de 1849 un grupo de individuos que, dispersos al principio por Suiza, Francia e Inglaterra, se fueron reuniendo poco a poco en Londres y allí veneraban como su jefe visible al señor Marx. El principio político de esos sujetos era la “dictadura del proletariado”, y con ese espejismo engañaron al principio no solo a algunos de los mejores entre los refugiados, sino también a los obreros de los cuerpos francos de Willich. Entre los refugiados continuaron la obra de la “Rheinische Zeitung”, que en 1849 desaconsejaba toda participación en el movimiento, del mismo modo que atacaba constantemente a todos los miembros del Parlamento, porque el movimiento, a fin de cuentas, no tenía otro contenido que la Constitución del Imperio. La Banda del Azufre ejercía una disciplina terrible sobre sus adeptos. Quien de entre ellos intentaba de un modo u otro abrirse un camino burgués en la vida era ya, por el mero hecho de procurar independizarse, un traidor a la revolución, cuyo nuevo estallido había que esperar en cualquier momento y que por eso debía tener movilizados a sus soldados para mandarlos al campo de batalla. Discordias, riñas y duelos se provocaban entre esa clase de vagos, cuidadosamente mantenida, con rumores sembrados, cartas, etc. Unos acusaban a otros de espías y reaccionarios; reinaba la desconfianza de todos contra todos. Una de las principales ocupaciones de la Banda del Azufre era comprometer a gentes de la patria de tal modo que tuvieran que pagar dinero para que la banda guardara el secreto sin comprometerlas. No una, sino cientos de cartas se escribieron a Alemania diciendo que se denunciaría la participación en tal o cual acto de la revolución si para una fecha determinada no llegaba cierta suma a una dirección indicada. Según el principio de que “quien no está incondicionalmente con nosotros está contra nosotros”, todo el que se oponía a esos manejos quedaba “arruinado”, no solo entre los refugiados, sino por medio de la prensa. Los “proletarios” llenaban las columnas de la prensa reaccionaria de Alemania con sus delaciones contra los demócratas que no les rendían pleitesía; se convirtieron en aliados de la policía secreta en Francia y en Alemania. Para seguir caracterizándolos, Vogt reproduce, entre otras cosas, una larga carta del antiguo teniente Techow, del 26 de agosto de 1850, en la que se describen los principios, los manejos, las enemistades y las sociedades secretas enfrentadas de los “proletarios”, y en la que se ve a Marx, con napoleónica soberbia por su superioridad intelectual, blandiendo la vara sobre la Banda del Azufre».
Para entender lo que sigue, advirtamos ya aquí que Zabel, que en el pasaje transcrito hacía, al parecer, «contar» a Vogt, enumera luego en nombre propio, para seguir ilustrando lo que era la Banda del Azufre, uno tras otro, el proceso Cherval en París, el proceso de los comunistas en Colonia, el escrito que publiqué sobre él, la jornada revolucionaria de Murten de Liebknecht653 y su relación con la Allgemeine Zeitung, establecida por mediación mía, a Ohly, «otro canal de la Banda del Azufre», y por último la carta de Biscamp a la Allgemeine Zeitung del 20 de octubre de 1859, para terminar con estas palabras:
«Ocho días después de Biscamp, también Marx escribió a la Allgemeine Zeitung y ofreció un “documento judicial” como prueba contra Vogt, del que quizá hablemos en otra ocasión. Estos son los corresponsales de la Allgemeine Zeitung».
De todo este editorial n.º I solo hice objeto de la querella el pasaje reproducido en el punto 1, y únicamente las frases siguientes que figuran en él:
«Una de las principales ocupaciones de la» (comandada por Marx) «Banda del Azufre era comprometer a gentes de la patria de tal modo que tuvieran que pagar dinero para que la banda guardara el secreto sin comprometerlas. No una, sino cientos de cartas se escribieron a Alemania diciendo que se denunciaría la participación en tal o cual acto de la revolución si para una fecha determinada no llegaba cierta suma a una dirección indicada».
Aquí exigía yo naturalmente a Zabel la prueba de la verdad. En las primeras instrucciones a mi abogado, el señor consejero de justicia Weber,654 de Berlín, escribí que no pedía a Zabel «cientos de cartas amenazadoras», ni siquiera una, sino una sola línea en la que cualquiera de mis notorios correligionarios se hubiera hecho culpable de la infamia que se le imputaba. A Zabel le bastaba dirigirse a Vogt, que a vuelta de correo le enviaría las «cartas amenazadoras» por docenas. Y si por casualidad Vogt no pudiera mostrar una sola línea de los cientos de cartas amenazadoras, en todo caso podría nombrar a varios cientos de «gentes de la patria» a las que se hubiera saqueado de la manera indicada. Como esas gentes se encontraban en «Alemania», estaban en todo caso más al alcance de un tribunal de Berlín que de un tribunal de Ginebra. Mi querella contra el editorial n.º I de Zabel se limitaba, pues, a un solo punto: comprometer políticamente a personas en Alemania para sacarles dinero. Para refutar a la vez las demás afirmaciones de su editorial n.º I aduje una serie de hechos. Aquí no exigía la prueba de la verdad, sino que aportaba la prueba de la falsedad. Sobre la Banda del Azufre o también Bürstenheimer la carta de Johann Philipp Becker655 daba suficiente luz. En cuanto al carácter de la Liga de los Comunistas y a la forma de mi participación en ella, podía citarse a Berlín como testigo, entre otros, a H. Bürgers,656 de Colonia, uno de los condenados en el proceso de los comunistas de Colonia, y tomarle declaración jurada durante la vista. Friedrich Engels, por su parte, había encontrado entre sus papeles una carta mía fechada en noviembre de 1852 y autentificada por los matasellos de Londres y Manchester, en la que le comunicaba la disolución de la Liga, acordada a propuesta mía, así como los motivos que se adujeron en el acuerdo de disolución: que desde la detención de los acusados de Colonia se había roto toda comunicación con el continente y que una sociedad de propaganda de ese tipo ya no respondía en absoluto a los tiempos. Por lo que se refería a la desvergonzada afirmación de Zabel sobre mi relación «con la policía secreta en Alemania y en Francia», supuestamente quedaba probada en parte por el proceso de los comunistas de Colonia y en parte por el proceso Cherval de París. Sobre este último volveré más adelante. En cuanto al primero, envié a mi defensor mis Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, aparecidas en 1853,657 y le advertí que podía citarse a Berlín al señor abogado Schneider II,658 de Colonia, y tomarle declaración jurada sobre mi parte en el descubrimiento de las infamias policiales. A la afirmación de Zabel de que yo y mis correligionarios habíamos «llenado las columnas de la prensa reaccionaria de Alemania con delaciones contra los demócratas» que «no nos rendían pleitesía», opuse el hecho de que nunca, ni directa ni indirectamente, había mandado correspondencias desde el extranjero a periódicos alemanes, con la única excepción de la Neue Oder-Zeitung. Mis colaboraciones impresas en ese periódico y, si era necesario, la declaración testifical de uno de sus redactores, el doctor Elsner,659 probarían que nunca me había tomado la molestia de mencionar siquiera el nombre de un «demócrata». En cuanto a la correspondencia de Liebknecht con la Allgemeine Zeitung, había empezado en la primavera de 1855, tres años después de la disolución de la «Liga», y además sin mi conocimiento; y por lo demás, como prueban las colecciones de la Allgemeine Zeitung, contenía informes sobre la política inglesa conformes con su punto de vista de partido, pero ni una palabra sobre «demócratas». Si durante mi ausencia de Londres Liebknecht envió a la Allgemeine Zeitung una hoja volante aparecida en Londres contra el «demócrata» Vogt, estaba en su perfecto derecho, pues sabía que la hoja tenía por editor a un «demócrata» al que el propio «demócrata» Vogt había invitado a colaborar en su propaganda «democrática» y al que, por tanto, había reconocido como «demócrata» de su misma condición.660 La patraña de Zabel que me nombraba a mí mismo «corresponsal de la Allgemeine Zeitung» quedaba refutada de modo contundente por una carta que el señor Orges (apéndice 10) me escribió pocos días antes de abrirse el proceso de Augsburgo y en la que, entre otras cosas, trata de corregir mis presuntos prejuicios «liberales» contra la Allgemeine Zeitung. Por último, la mentira de Zabel de que «ocho días después de Biscamp también Marx escribió a la Allgemeine Zeitung» caía por su propio peso, ya que la carta de Biscamp está fechada el 20 de octubre de 1859 y las pocas líneas con que envié al señor Orges el «documento» que me pedía estaban el 24 de octubre de 1859 en manos del tribunal de distrito de Augsburgo, de modo que no podían haberse escrito en Londres el 29 de octubre de 1859.
Ante el tribunal parecía oportuno añadir a las pruebas aducidas unos pocos documentos que devuelven sobre el calumniador la luz grotescamente infame que el «demócrata» Zabel intenta arrojar sobre mi posición dentro de la emigración y sobre mis «manejos» en el extranjero.
Viví primero en París, desde finales de 1843 hasta principios de 1845, cuando Guizot me expulsó. Para caracterizar mi posición en el partido revolucionario francés durante mi estancia en París, envié a mi defensor una carta de Flocon661 que, en nombre del Gobierno provisional de 1848, revoca la orden de expulsión de Guizot y me invita a volver de Bélgica a Francia (apéndice 14). En Bruselas viví desde principios de 1845 hasta finales de febrero de 1848, cuando Rogier662 me expulsó de Bélgica. El ayuntamiento de Bruselas destituyó después al comisario de policía que, con ocasión de aquella expulsión, nos había detenido a mi mujer y a mí. En Bruselas existía una sociedad democrática internacional cuyo presidente de honor era el anciano general Mellinet, el salvador de Amberes frente a los holandeses.663 El presidente era el abogado Jottrand, antiguo miembro del Gobierno provisional belga; vicepresidente por los polacos, Lelewel, antiguo miembro del Gobierno provisional polaco; vicepresidente por los franceses, Imbert, después de la revolución de febrero de 1848 gobernador de las Tullerías; y como vicepresidente por los alemanes actuaba yo, elegido por un mitin público compuesto por los miembros de la Asociación Obrera Alemana y por toda la emigración alemana de Bruselas.664 Una carta de Jottrand a mí de la época de la fundación de la Neue Rheinische Zeitung (Jottrand pertenece a la llamada escuela americana de los republicanos, es decir, a una tendencia ajena a la mía) y unas líneas, por lo demás indiferentes, de mi amigo Lelewel muestran suficientemente mi posición en el partido democrático de Bruselas. Las adjunté, pues, a las piezas de la defensa (apéndice 14).
Después de haber sido echado de Prusia en la primavera de 1849 y de Francia a finales del verano de 1849, me trasladé a Londres, donde, desde la disolución de la Liga (1852) y desde que la mayoría de mis amigos dejaron Londres, vivo apartado de todas las sociedades públicas y secretas, e incluso de toda sociedad, aunque, con permiso del «demócrata» Zabel, doy de vez en cuando a un círculo escogido de obreros lecciones gratuitas de economía política. La Asociación Cultural Obrera Alemana de Londres, de la que me separé el 15 de septiembre de 1850, celebró el 6 de febrero de 1860 la fiesta del vigésimo aniversario de su fundación, a la que me invitó, y en ella tomó por unanimidad el acuerdo de «marcar como calumnia» la afirmación de Vogt de que yo había «explotado» a los obreros alemanes en general y a los de Londres en particular. El entonces presidente de la Asociación, el señor Müller, hizo autentificar ese acuerdo el 1 de marzo de 1860 ante el tribunal de policía de Bow Street. Junto con este documento envié a mi abogado una carta del abogado inglés y dirigente del partido cartista Ernest Jones (apéndice 14), en la que expresa su indignación por los infamous articles (los artículos infames) de la National-Zeitung (Ernest Jones, nacido y criado en Berlín, entiende más alemán que Zabel)665 y recuerda, entre otras cosas, mis años de colaboración gratuita en los órganos londinenses del partido cartista. Puedo mencionar aquí que, cuando a finales de 1853 se reunió en Manchester un parlamento obrero inglés, Louis Blanc y yo fuimos los únicos miembros de la emigración de Londres que recibieron invitación como miembros de honor.666
Por último, como el honorable Vogt667 me hace «vivir del sudor de los obreros», de los que nunca he recibido ni pedido un céntimo, y el «demócrata» Zabel me hace «comprometer» políticamente a «gentes de la patria» «de tal modo que tuvieran que pagar dinero para que la banda guardara el secreto sin comprometerlas», pedí al señor Charles A. Dana,668 managing editor de la New York Tribune, el primer periódico angloamericano, que cuenta con 200.000 suscriptores y tiene por tanto casi tanta difusión como el Commis voyageur de Biel669 y el «órgano de la democracia» de Zabel, una declaración por escrito sobre mi colaboración retribuida, de diez años ya, en la Tribune, la Cyclopædia Americana, etc. Su carta, honrosa para mí (véase el apéndice 14), fue el último documento que creí necesario hacer llegar a mi abogado para defenderme de las bombas fétidas n.º I de Vogt y Zabel.
- En el editorial n.º II de Zabel, «Cómo se hacen las hojas volantes radicales» (n.º 41 de la National-Zeitung, del 25 de enero de 1860), se dice:
«De dónde vino el dinero para esta hoja repartida con tanta generosidad» (es decir, Das Volk) «lo saben los dioses; que Marx y Biscamp no tienen dinero de sobra, eso lo saben los hombres».
Considerado aisladamente, este pasaje podría pasar por una exclamación inocente de asombro, como si yo dijera, por ejemplo: «Cómo se las arregló cierto fabricante de grasa,670 al que conocí en mis tiempos de estudiante en Berlín como un dunce671 abandonado en lo intelectual y en lo material —era dueño de un asilo de párvulos y sus logros literarios antes de la revolución de 1848 se limitaban a unas cuantas colaboraciones furtivas en un periodiquito literario de rincón—, cómo se las arregló el citado dunce adiposo para llegar a redactor jefe de la National-Zeitung, accionista suyo y “demócrata con dinero de sobra”, eso lo sabrán los dioses. Los hombres que hayan estudiado cierta novela de Balzac y el periodo de Manteuffel pueden barruntarlo».
La frase de Zabel adquiría un sentido de muy distinta malignidad por el hecho de venir después de sus afirmaciones sobre mis relaciones con la policía secreta de Francia y de Alemania y sobre mis cartas policiaco-conspirativas de amenaza para sacar dinero, y de enlazar directamente con la «fabricación masiva de papel moneda falso» que mencionaremos en el punto 3. Era evidente que se quería insinuar que yo había procurado subvenciones a Das Volk por medios deshonrosos.
Para refutar a Zabel ante el tribunal sirvió un afidávit de Manchester del 3 de marzo de 1860, según el cual todo el dinero que yo había hecho llegar a Das Volk, salvo una parte alícuota que pagué yo mismo, no venía, como cree Vogt, de «más allá del Canal», sino de Manchester, y precisamente de los bolsillos de mis amigos (véase «La campaña de Augsburgo»).672
- «Para caracterizar» la «táctica» del «partido de los “proletarios” a las órdenes de Marx», F. Zabel cuenta en el editorial n.º II, entre otras cosas:
«De esta manera se urdió en 1852 una conspiración de la peor especie, con fabricación masiva de papel moneda falso, véanse los detalles en Vogt, contra las asociaciones obreras suizas, etc.».
Así reelabora Zabel lo que dice Vogt sobre la aventura de Cherval y me convierte en autor moral y partícipe criminal de la «fabricación masiva de papel moneda falso». Mis pruebas para refutar esta afirmación del «demócrata» Zabel abarcaban todo el periodo que va desde la entrada de Cherval en la «Liga de los Comunistas» hasta su huida de Ginebra en 1854. Un afidávit prestado por Karl Schapper el 1 de marzo de 1860 ante el tribunal de policía de Bow Street probaba que la entrada de Cherval en la Liga, en Londres, fue anterior a la mía; que desde París, donde vivió desde el verano de 1850 hasta la primavera de 1852, no se puso en relación conmigo, sino con la liga rival, enemiga mía, de Schapper y Willich; que tras su fuga simulada de la prisión de Sainte-Pélagie y su regreso a Londres (primavera de 1852) ingresó en la Asociación Cultural Obrera Alemana, pública, de la que yo no formo parte desde septiembre de 1850, hasta que allí fue por fin desenmascarado, declarado infame y expulsado. Además, podía tomarse declaración jurada al abogado Schneider II, de Colonia, sobre el hecho de que las revelaciones hechas durante el proceso de los comunistas de Colonia acerca de Cherval, de su relación con la policía prusiana en Londres, etc., procedían de mí. Mis Revelaciones, publicadas en 1853, demostraban que lo había denunciado públicamente después de terminado el proceso. Por último, la carta de Johann Philipp Becker informaba sobre el periodo ginebrino de Cherval.
- Después de que el «demócrata» F. Zabel, en el editorial n.º II, ha desbarrado con lógica auténticamente de dunce sobre la hoja volante «Zur Warnung» dirigida contra Vogt, y ha hecho cuanto ha podido por desacreditar el testimonio de Vögele673 sobre el origen de esa hoja, que yo envié a la Allgemeine Zeitung, concluye así:
«Él» (Blind) «no es evidentemente miembro del partido Marx en sentido estricto. Nos parece que para este no fue demasiado difícil convertirlo en chivo expiatorio, y si la acusación contra Vogt había de tener peso, necesariamente tenía que remitirse a una persona determinada que respondiera de ella. El partido Marx podía ahora endosar con mucha facilidad a Blind la autoría de la hoja, precisamente porque, y después de que, este se había expresado en un sentido parecido en conversación con Marx y en el artículo de la Free Press; aprovechando esas declaraciones y giros de Blind se pudo forjar la hoja de modo que pareciera hechura suya ... Cada cual puede ahora tener por autor, a su gusto, a Marx o a Blind», etc.
Zabel me acusa aquí de haber forjado un documento, la hoja volante «Zur Warnung», en nombre de Blind, y de haber presentado después a Blind, mediante un testimonio falso enviado por mí a la Allgemeine Zeitung, como autor de la hoja forjada por mí. La refutación judicial de estas afirmaciones del «demócrata» Zabel era tan contundente como sencilla. Consistía en la carta de Blind a Liebknecht citada antes, en el artículo de Blind en la Free Press, en los dos afidávits de Wiehe y de Vögele (apéndices 12 y 13) y en la declaración impresa de M. D. Schaible.
Vogt, que como es sabido se burla del gobierno bávaro en sus Estudios, presentó una demanda contra la Allgemeine Zeitung a finales de agosto de 1859. Ya en septiembre siguiente la Allgemeine Zeitung tuvo que pedir un aplazamiento de la vista pública, y pese al aplazamiento concedido la vista se celebró efectivamente el 24 de octubre de 1859. Si tal cosa ocurría en Baviera, el Estado de las tinieblas, ¿qué no cabía esperar de Prusia, el Estado de las luces, aparte de que, como dice el proverbio, «aún hay jueces en Berlín»?674
Mi abogado, el señor consejero de justicia Weber, formuló mi querella en estos términos:
«El redactor de la National-Zeitung, doctor Zabel, me ha calumniado públicamente y de forma reiterada en los editoriales contenidos en los números 37 y 41 de este año de dicho periódico, y me ha acusado en particular: 1) de adquirir y haber adquirido dinero de forma deshonrosa y delictiva; 2) de haber forjado la hoja anónima “Zur Warnung” y de haber intentado, contra mi mejor saber, no solo hacer pasar ante la Allgemeine Zeitung a un tal Blind por su autor, sino también probarlo mediante un documento de cuyo contenido inexacto hubiera debido estar convencido».
El señor consejero de justicia Weber eligió primero la vía de instrucción, es decir, denunció las calumnias de Zabel al fiscal para que este procediera de oficio contra Zabel. El 18 de abril de 1860 se dictó la siguiente «resolución»:
«Se devuelve en original al señor doctor Karl Marx, a la atención del señor consejero de justicia Weber, con la notificación de que no existe ningún interés público que me dé motivo para intervenir (artículo XVI de la ley de introducción del Código Penal del 14 de abril de 1851). Berlín, 18 de abril.
El fiscal del Real Tribunal Municipal
firmado: Lippe»
Mi defensor recurrió al fiscal general y obtuvo el 26 de abril de 1860 una segunda «resolución» de este tenor:
«Al real consejero de justicia señor Weber, como mandatario del señor doctor Karl Marx, de Londres, en esta ciudad. Se le devuelven los documentos presentados con el recurso del 20 de abril corriente en el asunto de la denuncia contra el doctor Zabel, de esta ciudad, con la observación de que, ciertamente, la única consideración por la que el fiscal puede guiarse en el ejercicio de la facultad discrecional que le concede el artículo XVI de la ley de introducción del Código Penal es la cuestión de si la persecución la exige algún interés público reconocible. Esta cuestión debo responderla negativamente en el presente caso, de acuerdo con el real fiscal, y rechazo por tanto su recurso. Berlín, 26 de abril de 1860.
El fiscal general del Real Tribunal Cameral675
firmado: Schwarck»
Estas dos negativas del fiscal Lippe y del fiscal general Schwarck me parecieron plenamente justificadas. En todos los Estados del mundo, y por tanto también en el Estado prusiano, se entiende por interés público el interés del gobierno. «Algún interés público reconocible» en perseguir al «demócrata» Zabel por calumnias contra mi persona no lo había ni podía haberlo por parte del gobierno prusiano. El interés estaba más bien en lo contrario. Además, el fiscal no tiene la facultad judicial de juzgar; debe seguir a ciegas, incluso contra su convicción o su opinión, las instrucciones de su superior y, en última instancia, del ministro de Justicia. En cuanto al fondo, pues, estoy completamente de acuerdo con las resoluciones de los señores Lippe y Schwarck; abrigo, sin embargo, un escrúpulo jurídico sobre la invocación por Lippe del artículo XVI de la ley de introducción del Código Penal del 14 de abril de 1851. Ninguna disposición del código prusiano obliga a la fiscalía a exponer los motivos por los que no hace uso de su facultad de intervenir. Tampoco el artículo XVI citado por Lippe dice una sílaba al respecto. ¿Para qué citarlo, entonces?
Mi abogado tomó entonces la vía civil, y yo respiré. Si el gobierno prusiano no tenía ningún interés público en perseguir a F. Zabel, yo tenía un interés privado tanto más vivo en defenderme. Y ahora actuaba en mi propio nombre. Cómo saliera la sentencia me era indiferente, con tal de conseguir hacer comparecer a F. Zabel ante el estrado de un tribunal público. ¡Imagínese ahora mi asombro! Se trataba, según supe, no todavía de la admisión judicial de mi querella, sino de la admisión judicial de la cuestión de si me asistía el derecho de querellarme contra F. Zabel.
Según la organización judicial prusiana, supe con espanto, todo demandante, antes de que el juez admita la demanda, es decir, la haga preparar para una verdadera sentencia, tiene que exponer el caso a ese mismo juez de tal modo que este vea si existe siquiera un derecho de acción. En este examen previo de los autos, el juez puede exigir nuevos medios de prueba, o suprimir parte de los antiguos, o hallar que no existe en absoluto derecho de acción. Si tiene a bien conceder al demandante el derecho de acción, el juez admite la demanda, comienza el procedimiento contradictorio y el asunto se decide por sentencia. Si el juez niega el derecho de acción, rechaza sin más al demandante per decretum, por resolución. Este procedimiento es propio no solo del proceso por injurias, sino del proceso civil en general. Una querella por injurias, como cualquier otra demanda civil, puede ser rechazada, por tanto, en todas las instancias mediante semejante resolución administrativa y, en consecuencia, no llegar a ventilarse nunca.
Se admitirá que una legislación que no reconoce el derecho de acción de la persona privada en sus propios asuntos privados desconoce todavía las leyes más elementales de la sociedad burguesa. De derecho evidente de la persona privada independiente, el derecho de acción se convierte en un privilegio concedido por el Estado a través de sus funcionarios judiciales. En cada litigio, el Estado se interpone entre la persona privada y la puerta del tribunal, que es propiedad privada suya y que abre o cierra a su antojo. Primero el juez resuelve como funcionario, para juzgar después como juez. El mismo juez que, sin oír al acusado, sin procedimiento contradictorio, prejuzga si existe derecho de acción; que se pone, pongamos por caso, del lado del demandante, y por tanto decide en cierto grado a favor de la legitimidad de la demanda y, en cierto grado, contra el acusado; ese mismo juez ha de juzgar después, en la vista propiamente dicha, imparcialmente entre demandante y acusado, es decir, sentenciar sobre su propio prejuicio. B. abofetea a A. A. no puede querellarse contra el que le ha abofeteado antes de haber obtenido muy cortésmente del funcionario judicial una licencia para ello. A. retiene a B. una finca. B. necesita una concesión previa para hacer valer judicialmente sus pretensiones de propiedad. Puede obtenerla o no. B. calumnia a A. en la prensa pública, y en secreto un funcionario judicial quizá «resuelve» que A. no puede perseguir a B. Se comprende qué monstruosidades puede engendrar semejante procedimiento ya en el proceso civil propiamente dicho. ¡Y no digamos en las calumnias entre partidos políticos por medio de la prensa! En todos los países, e incluso en Prusia, los jueces son, como es sabido, hombres como los demás. ¿No declaró incluso uno de los vicepresidentes del Real Tribunal Supremo de Prusia, el señor doctor Götze, en la Cámara de los Señores prusiana, que la jurisprudencia prusiana se había visto en apuros por las confusiones de los años 1848, 1849 y 1850 y había necesitado algún tiempo para orientarse? ¿Quién garantiza al doctor Götze que no se equivocó en sus cuentas durante el tiempo de la orientación? Que en Prusia el derecho de acción, contra un calumniador por ejemplo, dependa de la «resolución» previa de un funcionario al que, encima, el gobierno puede castigar (véanse la ordenanza provisional del 10 de julio de 1849 y la ley disciplinaria del 7 de mayo de 1851) por la llamada «infracción de los deberes del cargo» con amonestaciones, multas, traslados forzosos a otro puesto e incluso la separación ignominiosa del servicio judicial: ¿cómo me las arreglaré para hacer eso, no ya comprensible, sino creíble, a los ingleses?
Me propongo, en efecto, publicar un folleto en inglés sobre mi casus contra F. Zabel. ¡Y qué no habría dado Edmond About, cuando escribió La Prusse en 1860,676 por la noticia de que en toda la extensión de la monarquía prusiana no existe en ninguna parte el derecho de acción, salvo en la provincia del Rin, «bendecida» con el Código de Napoleón!677 Los hombres tienen que sufrir a manos de los tribunales en todas partes, pero solo en pocos países se les prohíbe demandar.
En estas circunstancias se comprende que mi proceso contra Zabel ante los tribunales prusianos tuviera que convertirse por el camino en mi proceso a propósito de Zabel con los tribunales prusianos. Dejemos la belleza teórica de la legislación y echemos una mirada a los encantos prácticos de su aplicación.
El 8 de junio de 1860 el real Tribunal Municipal de Berlín dictó la siguiente «resolución»:
«Resolución sobre la demanda del 5 de junio de 1860 en causa por injurias
Marx contra Zabel. M. 38 de 1860.
- Se rechaza la demanda por falta de hecho punible, porque los dos editoriales incriminados de la National-Zeitung de esta ciudad tienen por objeto únicamente la actitud política de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo y la historia de la hoja anónima “Zur Warnung”, y las manifestaciones y afirmaciones contenidas en ellos, en la medida en que las hace el propio autor y no consisten en meras citas de otras personas, no rebasan los límites de una crítica lícita y, por tanto, según lo dispuesto en el § 154 del Código Penal, puesto que tampoco la intención de ofender se desprende de la forma empleada en esas manifestaciones ni de las circunstancias en que se hicieron, no pueden considerarse punibles.
Berlín, 8 de junio de 1860
Real Tribunal Municipal, sección de lo criminal.
Comisión I para causas por injurias. (L. S.)»678
¡Así que el Tribunal Municipal me prohíbe querellarme contra F. Zabel y dispensa a Zabel de la molestia de responder de sus calumnias públicas! ¿Y por qué? «Por falta de hecho punible». La fiscalía se negó a intervenir por mí contra Zabel porque no existía ningún interés público reconocible. El Tribunal Municipal me prohíbe intervenir en persona contra Zabel porque no habría hecho punible. ¿Y por qué no hay hecho punible?
Primero: «Porque los dos editoriales de la National-Zeitung se refieren únicamente a la actitud política de la Allgemeine Zeitung».
Porque Zabel, de momento, me convierte con sus mentiras en «corresponsal de la Allgemeine Zeitung», Zabel tiene derecho a hacer de mí el chivo expiatorio de su pendencia de competidor con la Allgemeine Zeitung, ¡y yo no tengo siquiera derecho a querellarme por esta «resolución» del poderoso Zabel! Banda del Azufre, Bürstenheimer, complot franco-allemand,679 jornada revolucionaria de Murten, proceso de los comunistas de Colonia, falsificación de papel moneda en Ginebra, «obra de la Rheinische Zeitung», etc., etc.: todo eso se refiere «únicamente a la actitud política de la Allgemeine Zeitung».
Segundo: F. Zabel «no tenía intención de ofender». ¡Líbrenos Dios! El buen hombre solo tenía la intención de matarme política y moralmente a fuerza de mentiras.
Si el «demócrata» F. Zabel afirma en la National-Zeitung que yo he falsificado dinero en masa, que he forjado documentos en nombre de terceras personas, que he comprometido políticamente a gentes de la patria para sacarles dinero bajo amenaza de denuncia, etc., Zabel, jurídicamente hablando, solo puede perseguir con esas afirmaciones una cosa u otra: calumniarme o denunciarme. En el primer caso, Zabel es punible ante los tribunales; en el segundo, tiene que aportar ante los tribunales la prueba de la verdad. ¿Qué me importan las demás intenciones privadas del «demócrata» F. Zabel?
Zabel calumnia, pero sin «la intención de ofender». Me corta la honra como aquel turco le cortó la cabeza al griego, sin intención de hacerle daño.
La «intención» específica de Zabel de «ofender», si es que con infamias como las que me atribuye el «demócrata» F. Zabel ha de hablarse de «ofender» y de «intención de ofender», la malísima intención del buen Zabel exhala por todos los poros de sus editoriales n.º I y n.º II.
El «Libro mayor» de Vogt, apéndices incluidos, no tiene menos de 278 páginas. Y F. Zabel, acostumbrado a «estirar el hilo de su verbosidad más fino que la hebra de su argumento»,680 el prolijo F. Zabel, el dunce Zabel, consigue condensar esas 278 páginas en unas cinco columnitas de periódico sin que se pierda una sola calumnia de Vogt contra mí y contra mi partido. De los pasajes más sucios F. Zabel ofrece una antología; de los menos drásticos, un índice. F. Zabel, acostumbrado a sacar 278 páginas de dos molecules de pensamiento, condensa 278 páginas en dos editoriales sin que en el proceso se le caiga un solo átomo de vileza. Ira facit poetam.681 ¡Qué intensa tenía que ser la maldad capaz de convertir por arte de magia la cabeza hidrocéfala de Zabel en una prensa hidráulica de semejante fuerza de compresión!
Por otra parte, la maldad le nubla la vista hasta tal punto que me atribuye un poder milagroso, un verdadero poder milagroso, solo para poder insinuar una vileza más.
Después de haber empezado en el primer editorial con la descripción de la Banda del Azufre a mis órdenes y de haber convertido felizmente a mis correligionarios y a mí en «aliados de la policía secreta en Francia y en Alemania»; después de haber contado, entre otras cosas, que «esa gente» odiaba a Vogt porque frente a ellos salvaba constantemente a Suiza, prosigue:
«Cuando el año pasado Vogt presentó su demanda contra la Allgemeine Zeitung, se ofreció por carta a este periódico otro compinche londinense, Biscamp ... De la manera más desvergonzada ofrece el autor en la carta su ... pluma como segundo corresponsal junto al señor Liebknecht. Ocho días después de Biscamp también Marx escribió a la Allgemeine Zeitung y ofreció un “documento judicial” como prueba contra Vogt, del que» (¿del documento, de la prueba o de Vogt?) «quizá hablemos en otra ocasión».
Esta última promesa la hace Zabel el 22 de enero y la cumple ya el 25 de enero, en el n.º 41 de la National-Zeitung, donde se dice:
«Así que Blind no quiere ser el autor de la hoja; como tal se le señala ... por primera vez en la carta de Biscamp a la Allgemeine Zeitung del 24 de octubre... Para seguir abogando por la autoría de Blind, el 29 de octubre Marx escribe a la Allgemeine Zeitung».
Así pues, no una vez, sino dos, primero el 22 de enero y luego otra vez el 25 de enero, tras tres días de reflexión, F. Zabel me cree capaz del poder milagroso de escribir en Londres el 29 de octubre de 1859 una carta que obraba en poder del tribunal de distrito de Augsburgo el 24 de octubre de 1859; y las dos veces me atribuye ese poder milagroso para establecer una conexión entre el «documento» que yo envié a la Allgemeine Zeitung y la escandalosa carta de Biscamp a la Allgemeine Zeitung, para hacer aparecer mi carta como el pedisequus682 de la carta de Biscamp. ¿Y no fue la maldad, una maldad empecinada, lo que volvió a este F. Zabel tan estúpido como para creer en milagros, muy por encima de la medida normal de un dunce?
Pero, «sigue alegando» el Tribunal Municipal, el editorial n.º II de Zabel tiene por «objeto» «únicamente la historia de la hoja anónima “Zur Warnung”». ¿Por objeto? Quiere decir: por pretexto.
Eisele-Beisele, ocultos esta vez bajo el nombre de los «Amigos de la patria», habían enviado al parecer en noviembre de 1859 una «carta abierta» a la Asociación Nacional,683 que se publicó en la reaccionaria Neue Hannoversche Zeitung. La «carta abierta» rebasaba la medida de la «democracia» de Zabel, que compensa su valor de león frente a la dinastía de los Habsburgo con su servilismo ante la dinastía de los Hohenzollern. La Neue Preußische Zeitung tomó pie en la «carta abierta» para el descubrimiento, en todo caso nada original, de que la democracia, una vez que empieza, no termina necesariamente en... F. Zabel y su «órgano de la democracia». Zabel montó en cólera y escribió el editorial n.º II: «Cómo se hacen las hojas volantes radicales».
«Al invitar», dice el ponderoso Zabel, «al invitar a la Kreuzzeitung a repasar con nosotros la historia de la hoja (“Zur Warnung”) con ayuda de los documentos y aclaraciones publicados por Vogt, esperamos que acabe reconociendo que teníamos razón al decir hace ocho semanas que la carta abierta a la Asociación Nacional era cosa suya, no nuestra, que se había fabricado para sus columnas, no para las nuestras».
El «demócrata» Zabel, iniciado radicaliter684 por Vogt en los misterios del radicalismo, quiere, pues, explicarle por su parte a la Kreuzzeitung el misterio de «cómo se hacen las hojas volantes radicales» o, como lo expresa el Tribunal Municipal, «tener por objeto únicamente la historia de la hoja “Zur Warnung”». ¿Y cómo se las arregla F. Zabel?
Empieza por la «táctica» del «partido de los “proletarios” a las órdenes de Marx». Primero cuenta cómo los «proletarios a las órdenes de Marx», a espaldas de una asociación obrera, pero en su nombre, mantienen desde Londres correspondencia con asociaciones obreras del extranjero «a las que se trata de comprometer», ponen en marcha «intrigas», la organización de la sociedad secreta, etc., y por último hacen redactar «escritos» que a las asociaciones «a las que se trata de comprometer... les acarrean inevitablemente reclamaciones de la policía». Así que, para enseñar a la Kreuzzeitung «cómo se hacen las hojas volantes radicales», Zabel enseña primero cómo «el partido de los “proletarios” a las órdenes de Marx» hace «correspondencias» y «escritos» policiacos que no son «hojas volantes». Para contar «cómo se hacen las hojas volantes radicales», cuenta luego cómo los «proletarios a las órdenes de Marx» hacían en Ginebra en 1852 «papel moneda falso en masa», lo cual tampoco son «hojas volantes radicales». Para contar «cómo se hacen las hojas volantes radicales», relata cómo los «proletarios a las órdenes de Marx» hicieron en la fiesta central de Lausana de 1859 «maniobras» hostiles a Suiza y comprometedoras para las asociaciones, lo cual tampoco son «hojas volantes radicales»; cómo «Biscamp y Marx», con fuentes de dinero solo conocidas «por los dioses», hacían Das Volk, que tampoco era una «hoja volante radical», sino un semanario; y después de todo eso intercede con una palabra benévola por la pureza inmaculada de la oficina de enganche de Vogt, que tampoco era una «hoja volante radical». Así llena dos de las tres columnas y cuarto del artículo «Cómo se hacen las hojas volantes radicales». A esas dos terceras partes del artículo la historia de la hoja anónima solo les sirve, pues, de pretexto para recuperar las infamias de Vogt que el «amigo» y compinche F. Zabel no había colocado todavía bajo la rúbrica «Actitud política de la Allgemeine Zeitung». Por fin, a última hora, Dunce I llega al arte de «hacer hojas volantes radicales», es decir, a «la historia» de la hoja «Zur Warnung».
«Blind no quiere ser el autor de la hoja; como tal se le señala con descaro y por primera vez en la carta de Biscamp a la Allgemeine Zeitung del 24 de octubre ... Para seguir abogando por la autoría de Blind, el 29 de octubre Marx escribe a la Allgemeine Zeitung: “Me he procurado el documento adjunto porque Blind se negó a responder de manifestaciones que había hecho ante mí y ante otros”».
Zabel pone en duda este documento sobre todo porque Liebknecht ... añade «extrañamente»: «Queríamos hacer legalizar nuestras firmas por el magistrado (?)» (este signo de interrogación está en el texto de Zabel), y Zabel está resuelto de una vez para siempre a no reconocer más magistratura que la de Berlín.685 Zabel comunica además el contenido de la declaración de Vögele, a raíz de la cual Blind envió a la Allgemeine Zeitung los testimonios de Hollinger y de Wiehe para probar que la hoja no se había compuesto en la imprenta de Hollinger y que, por tanto, tampoco la había redactado Blind, y prosigue:
«Marx, siempre con la réplica a punto, contesta en la Allgemeine Zeitung el 15 de noviembre».
Zabel enumera los distintos puntos de mi respuesta. Marx dice esto... Marx dice aquello... «además se remite Marx». Así que, como «además» no digo nada más, ¿Zabel habrá comunicado naturalmente a sus lectores todos los puntos de mi respuesta? ¡Qué poco conocéis a vuestro Zabel! Oculta, birla, escamotea el punto decisivo de mi respuesta. En mi declaración del 15 de noviembre enumero varios puntos, y numerados. Así: «1. ... 2. ... por último 3. ...» «...Da la casualidad de que la reproducción» (de la hoja) «en Das Volk se tiró con la composición de la hoja, que seguía montada en la imprenta de Hollinger. Así pues, sin declaración de testigos, mediante la simple comparación entre la hoja y su reproducción en Das Volk, podría aportarse la prueba judicial de que la primera salió de la imprenta de F. Hollinger». Esto decide el asunto, se dijo Zabel. Esto no deben saberlo mis lectores. Así escamotea la contundencia de mi respuesta para cargarme en la conciencia una sospechosa prontitud de réplica. Así cuenta Zabel «la historia de la hoja», falseando deliberadamente dos veces: una, la cronología; otra, el contenido de mi declaración del 15 de noviembre. Su doble falsificación le allana el camino hacia la conclusión de que yo «forjé» la hoja, y de tal modo que «pareciera hechura» de Blind, y que por tanto envié también a la Allgemeine Zeitung, con el testimonio de Vögele, un testimonio falso, y a sabiendas. La acusación de forjar documentos con la intención de endosárselos a una tercera persona «no rebasa», según el criterio del Tribunal Municipal de Berlín, «los límites de una crítica lícita», y menos aún implica «la intención de ofender».
Al final de su receta «Cómo se hacen las hojas volantes radicales», a Zabel se le ocurre de pronto que una desvergonzada invención de Vogt no ha encontrado todavía comprador, y a toda prisa la echa detrás de su editorial n.º II en forma de nota:
«En 1850 otro despacho circular» (según cree recordar Vogt) «fue redactado por el Wolff del Parlamento, alias Wolff de las Casamatas, enviado a los “proletarios” de Alemania y puesto al mismo tiempo en manos de la policía de Hannover».
Con esta linda anécdota policiaca sobre uno de los antiguos redactores de la Neue Rheinische Zeitung se despide sonriente de su público lector el fabricante de grasa y demócrata Zabel. Las palabras «alias Wolff de las Casamatas» no son de Vogt, sino de F. Zabel. Sus lectores silesios tenían que saber con toda exactitud que se trataba de su paisano W. Wolff, antiguo corredactor de la Neue Rheinische Zeitung. ¡Con qué esmero se afana el buen Zabel en establecer hasta el detalle la conexión de la Neue Rheinische Zeitung con la policía de Francia y de Alemania! Sus silesios podían creer tal vez que se trataba del propio B. Wolff de Zabel, el superior natural de Zabel (natural superior),686 que, como es sabido, en «sociedad secreta» con los conocidos fabricantes de despachos mentirosos Reuter, de Londres, y Havas, de París, arregla telegráficamente la historia universal. Pero Sigmund Engländer,687 el notorio agente secreto de la policía, es el alma de la agencia de Reuter, y por tanto la unidad animadora de la santísima trinidad B. Wolff-Reuter-Havas.
Pese a todo ello y pese a la intención del demócrata Zabel de no ofender, el Tribunal Municipal de Berlín declara que, ciertamente, en los dos editoriales de Zabel hay también «manifestaciones y afirmaciones» que «rebasan los límites de una crítica lícita» y que son, por tanto, «punibles» y, en todo caso, también querellables. ¡Pues venga ese Zabel! ¡Entregadme a Zabel para que patalee ante el tribunal! ¡Alto ahí!, grita el Tribunal Municipal. Las «manifestaciones y afirmaciones» hechas en los dos editoriales, dice el Tribunal Municipal, «en la medida en que las hace el propio autor» (Zabel) «y no consisten en meras citas de otras personas», no rebasan «los límites de una crítica lícita», no son «punibles», y por tanto Zabel no solo no es punible, sino que ni siquiera puede ser demandado, y «los autos se archivan a cuenta del demandante». Así pues, la parte calumniosa de las manifestaciones y afirmaciones de Zabel es «mera cita». Voyons!688
Se recordará, por el comienzo de este capítulo, que mi querella por calumnia se basa en cuatro pasajes de los dos editoriales de Zabel. En el pasaje sobre las fuentes de dinero de Das Volk (punto 2 de los motivos de querella citados antes) el propio Zabel no pretende citar, y de hecho no cita, pues:
Zabel (National-Zeitung, n.º 41):
«De dónde vino el dinero para la hoja repartida con tanta generosidad (Das Volk) lo saben los dioses; que Marx y Biscamp no tienen dinero de sobra, lo saben los hombres».
Vogt («Libro mayor», p. 212):
«El corresponsal permanente de la Allgemeine Zeitung es colaborador de esta hoja (Das Volk), que se fundó con fondos desconocidos, pues ni Biscamp ni Marx poseen para ello» (¿es decir, para fundar una hoja con fondos desconocidos?) «los medios necesarios».
En el segundo pasaje incriminado (punto 4, más arriba), en el que se me imputa haber forjado un documento en nombre de Blind, Zabel declara incluso expresamente que habla en su nombre, como Zabel, y no en nombre de Vogt.
«Nos» —como soberano del reino de la Dullness Zabel usa naturalmente el plural mayestático—, «nos parece que para este» (el partido Marx) «no fue demasiado difícil convertirlo» (a Blind) «en chivo expiatorio ... aprovechando esas declaraciones y giros de Blind se pudo forjar la hoja de modo que pareciera hechura suya» (de Blind) (National-Zeitung, n.º 41).
El tercer pasaje incriminado por mí (punto 3, más arriba) tengo que «citarlo» otra vez entero:
«De esta manera se urdió en 1852 una conspiración de la peor especie, con fabricación masiva de papel moneda falso (véanse los detalles en Vogt), contra las asociaciones obreras suizas, una conspiración que habría causado los mayores disgustos a las autoridades suizas si no se hubiera descubierto a tiempo».
¿Es esto «mera cita», como afirma el Tribunal Municipal, o es siquiera cita? En parte es plagio de Vogt, pero no es cita de ninguna manera.
En primer lugar, el propio Zabel declara no citar, sino hablar en nombre propio, al decir a su lector entre paréntesis: «Véanse los detalles en Vogt». ¡Y obsérvese ahora el pasaje! En Ginebra se sabía que Cherval no llegó a Ginebra hasta la primavera de 1853 y que su «conspiración» y su fuga tuvieron lugar en la primavera de 1854. Por eso Vogt, en Ginebra, no se atreve a decir que la «“conspiración” se urdió “en 1852”». Esa mentira se la deja al buen Zabel, en Berlín. Además, Vogt dice:
«Ya se habían grabado varias planchas de piedra y de cobre por el propio Nugent» (Cherval) «con ese fin» (la fabricación de billetes falsos, etc.) («Libro mayor», p. 175).
Así que ya se habían grabado varias planchas de piedra y de cobre para la falsificación, pero todavía no se habían fabricado los billetes de banco ni los bonos del Tesoro. En Zabel, en cambio, «la fabricación de papel moneda falso» ha tenido ya lugar, y además «en masa». Vogt dice que el «fin» estatutario de la conspiración de Cherval era:
«Combatir el despotismo con sus propios medios, a saber, mediante la fabricación masiva de billetes de banco y bonos del Tesoro falsos» (ob. cit.).
Zabel suprime lo de combatir el despotismo y se atiene a la «fabricación masiva de papel moneda falso». En Zabel, pues, un vulgar delito común, que ante los miembros de la «sociedad secreta» ni siquiera se disfraza con el falso pretexto de fines políticos. Y de esta manera «cita» Zabel el «Libro mayor» en general. Vogt tenía que hacer un «libro» con sus historias de cazador. Por eso detalla, hila, emborrona, mancha, colorea, embadurna, manipula, desarrolla, enreda, motiva, fabula, fa del cul trombetta,689 y así el alma de Falstaff transparenta por todas partes a través de los supuestos hechos, que él mismo, sin darse cuenta, vuelve a disolver con su propio relato en su nada originaria. Zabel, en cambio, que tenía que comprimir el libro en dos editoriales y no quería que se perdiera ninguna vileza, lo suprime todo menos el caput mortuum690 de cada supuesto «hecho», ensarta esos huesos secos de calumnia uno tras otro y luego reza ese rosario con celo farisaico.
Tómese, por ejemplo, el caso presente. Vogt enlaza su ficción con el hecho, revelado por mí antes que por nadie, de que Cherval es un agente secreto de la policía y agente provocador a sueldo de varias embajadas. Y dice, entre otras cosas:
«Ya se habían grabado varias planchas de piedra y de cobre por el propio Nugent» (Cherval) «con ese fin» (la falsificación); «ya estaban designados los crédulos miembros de la sociedad secreta que habían de ir a Francia, Suiza y Alemania con paquetes de esos» (todavía no fabricados) «billetes falsos; pero también se habían hecho ya las denuncias a la policía, y se había metido vergonzosamente en ellas, de momento, a las asociaciones obreras, etc.» («Libro mayor», p. 175).
Así que Vogt hace que Cherval denuncie ya sus propias operaciones a la policía cuando solo ha grabado planchas de cobre y piedras para la falsificación proyectada, antes de que se haya alcanzado el fin de su conspiración, de que exista un corpus delicti y de que nadie más que él mismo esté comprometido. Pero al Cherval de Vogt le acucia la inquietud de meter «vergonzosamente a las asociaciones obreras» en su «conspiración». Las embajadas extranjeras que emplean a Cherval son exactamente igual de tontas que Cherval y llaman con la misma precipitación, en
«consultas confidenciales, la atención de la policía federal sobre las intrigas políticas que se tramaban en las asociaciones obreras, etc.».
Al mismo tiempo, esos zoquetes de diplomáticos, que no tienen paciencia para dejar madurar la conspiración tramada por encargo suyo a través de Cherval y que con impaciencia infantil ponen inútilmente en evidencia a su propio agente, apostan gendarmes en «las fronteras» para, «si el asunto hubiera llegado tan lejos» como ellos no lo dejaban llegar, a los emisarios de Cherval «con los billetes falsos» cuya fabricación ellos mismos frustran,
«recibirlos y aprovechar todo el asunto para una persecución general, en la que masas de inocentes habrían tenido que pagar los manejos de unos cuantos infames».
Si Vogt dice además: «El plan de toda esta conspiración estaba trazado de una manera atroz», todo el mundo le concederá que estaba trazado de una manera atrozmente estúpida; y si concluye jactancioso:
«No niego que contribuí en lo esencial a frustrar esta diablura»,
todo el mundo entenderá la gracia y estallará en carcajadas a costa del diablo bromista. ¡Pero compárese ahora la versión de anales monacales de Zabel!
«De esta manera se urdió en 1852 una conspiración de la peor especie, con fabricación masiva de papel moneda falso (véanse los detalles en Vogt), contra las asociaciones suizas, una conspiración que habría causado los mayores disgustos a las autoridades suizas si no se hubiera descubierto a tiempo».
Aquí todo un haz de hechos igual de secos e igual de infames está enrollado en una sola frase breve. «Conspiración de la peor especie», con fecha de 1852. «Fabricación masiva de papel moneda falso»: un vulgar delito común, por tanto. Compromiso deliberado de las «asociaciones obreras suizas»: traición al propio partido, por tanto. «Los mayores disgustos», eventualmente causados a «las autoridades suizas»: agente provocador al servicio de los déspotas del continente contra la república suiza, por tanto. Por último, «descubrimiento a tiempo de la conspiración». Aquí la crítica pierde todos los puntos de apoyo que le ofrece el relato de Vogt; han quedado limpiamente escamoteados. Hay que creer o no creer. Y de esta manera reelabora Zabel todo el «Libro mayor» en lo que se refiere a mí y a mis correligionarios. Heine dice con razón que no hay hombre tan peligroso como un asno rabioso.
Por último, el cuarto pasaje incriminado por mí (punto 1, más arriba), con el que el editorial n.º I abre sus revelaciones sobre la «Banda del Azufre», lo introduce Zabel, ciertamente, con las palabras:
«Vogt cuenta en la página 136 y siguientes». Zabel deja en el aire si resume o cita. Se guarda de usar comillas. De hecho, no cita. Eso estaba descartado de antemano, pues Zabel comprime las páginas 136, 137, 138, 139, 140 y 141 del «Libro mayor» en 51 líneas de unas 48 letras cada una, no señala omisiones, sino que aprieta las frases unas contra otras como arenques holandeses y, por último, en las 51 líneas encuentra todavía sitio para cosecha propia. Cuando topa con una frase especialmente sucia, la mete casi intacta en su fardo. Por lo demás, revuelve los extractos, no en el orden en que se siguen en el «Libro mayor» según la paginación, sino como le conviene para su negocio. A la cabeza de una frase de Vogt le pone la cola de otra frase de Vogt. Otras veces compone una frase con las palabras clave de una docena de frases de Vogt. Donde en Vogt algún escombro estilístico impide que la luz caiga de lleno sobre la calumnia, Zabel quita el escombro de en medio. Vogt, por ejemplo, dice:
«comprometer a gentes de la patria de tal modo que no pudieran resistir los intentos de explotación y tuvieran que pagar dinero».
Zabel, en cambio:
«comprometer de tal modo que tuvieran que pagar dinero».
En otros puntos Zabel cambia lo que le parece ambiguo en la falta de estilo de Vogt. Así, Vogt:
«que tuvieran que pagar dinero para que la banda guardara el secreto de su compromiso».
En cambio, Zabel:
«para que la banda guardara el secreto sin comprometerlas».
Por último, Zabel interpola frases enteras de su propia fabricación, como:
«La Banda del Azufre ejercía una disciplina terrible sobre sus adeptos» y «ellos» —es decir, «los sujetos que continuaron entre los refugiados la obra de la Rheinische Zeitung»— «se convirtieron en aliados de la policía secreta en Francia y en Alemania».
De los cuatro pasajes incriminados por mí, tres pertenecen, pues, según el propio Zabel, a Zabel, mientras que la cuarta supuesta «cita», aunque mezclada con citas, no es una cita, y menos aún «una mera cita», como afirma el Tribunal Municipal, y menos que nada una cita «de otras personas», en plural, como afirma el mismo Tribunal Municipal. A la inversa, en todas las «manifestaciones y afirmaciones» de Zabel sobre mí no hay ni una sola línea que contenga «crítica y juicio» («lícitos» o «ilícitos»).
Pero supongamos que el supuesto de hecho del Tribunal Municipal fuera tan verdadero como es falso; supongamos que Zabel se hubiera limitado a citar sus calumnias sobre mí: ¿estaría por esa circunstancia el Tribunal Municipal realmente facultado por la ley para prohibirme la querella contra F. Zabel? En una «resolución» que citaremos enseguida, el Real Tribunal Cameral de Prusia declara, al contrario, que
«al hecho punible del § 156 del Código Penal no cambiaría nada que los hechos expuestos en los citados artículos se presenten como afirmaciones propias del autor o como citas de afirmaciones de terceras personas».
Así pues, cita o no cita, el «demócrata» Zabel sigue siendo responsable de sus «afirmaciones». El Tribunal Municipal ya había declarado que Zabel había vertido sobre mí afirmaciones de suyo «punibles», solo que eran citas y, por tanto, a prueba de balas. ¡Fuera ese pretexto, que es jurídicamente falso!, grita el Tribunal Cameral. Así que por fin voy a echarle el guante a Zabel, la puerta del tribunal va a abrirse, Italiam, Italiam!691
Mi abogado recurrió del Tribunal Municipal al Tribunal Cameral y recibió el 11 de julio de 1860 la siguiente «resolución»:
«En los editoriales publicados en los números 37 y 41 de la National-Zeitung del 22 y 25 de enero del corriente año con los títulos “Karl Vogt y la Allgemeine Zeitung“ y “Cómo se hacen las hojas volantes radicales” no puede hallarse calumnia contra el demandante, doctor Karl Marx, de Londres. Aunque al hecho punible del § 156 del Código Penal no cambiaría nada que los hechos expuestos en los citados artículos se presenten como afirmaciones propias del autor o como afirmaciones de terceras personas, no puede impedirse a la prensa someter a examen y crítica los manejos de los partidos y sus disputas periodísticas, en la medida en que de la forma de la polémica no se desprenda la intención de ofender, lo que en el presente caso no cabe admitir.
En los artículos mencionados se ilustran preferentemente el conflicto surgido entre las opiniones del doctor Karl Vogt, por una parte, y de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo, por otra, sobre el partido que había que tomar por los intereses de los italianos o por los intereses de Austria con motivo de la reciente guerra, y en relación con ello la participación de la llamada emigración alemana de Londres a favor de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo contra Vogt, así como, de paso, las banderías y maquinaciones de esos refugiados entre sí y unos contra otros.
Si en el curso de estas consideraciones se ha examinado la relación del demandante con esos partidos y su participación parcial en sus aspiraciones, y en particular sus esfuerzos por auxiliar con medios de prueba a la Allgemeine Zeitung de Augsburgo en su polémica contra Vogt, las referencias correspondientes de ambos artículos encuentran en los hechos aducidos por el propio demandante en su demanda menos la refutación que él pretende con ellos que la confirmación. Si, por el contrario, afirma además que ha sido identificado de un modo atentatorio contra su honor con los manejos de partido que en esos artículos se fustigan, ciertamente, con dureza, y se califican de excéntricos o bien de faltos de carácter y deshonrosos, esta afirmación no puede reconocerse como fundada. Pues si el primer artículo refiere según el relato de Vogt “que los refugiados de 1849 se fueron reuniendo poco a poco en Londres y allí veneraron al susodicho Marx como su jefe visible”, y habla de una carta de Techow “en la que se ve a Marx, con napoleónica soberbia por su superioridad intelectual, blandiendo la vara sobre la Banda del Azufre”, eso no es en lo esencial más que una caracterización de la que Vogt llama “Banda del Azufre”, pero no una invectiva contra Marx, al que más bien se describe como el que la refrena y es superior a ella; y menos que nada se pone su persona en relación con aquella gente a la que se acusa de extorsión y delación. Tampoco en el segundo artículo se dice en ninguna parte que el demandante, contra su mejor saber, haya atribuido la autoría de la hoja “Advertencia” al susodicho Blind y haya hecho llegar a sabiendas a la Allgemeine Zeitung de Augsburgo testimonios inexactos de terceras personas a ese respecto. Que el testimonio del cajista Vögele estaba en litigio lo admite el demandante en la propia demanda al citar las aseveraciones contrarias del impresor Hollinger y del cajista Wiehe. Además, según su propia declaración, un tal Schaible se dio a conocer más tarde como autor de la hoja, y precisamente solo después de haber aparecido los dos artículos de la National-Zeitung.
El recurso interpuesto el 21 del mes pasado contra la resolución desestimatoria del Real Tribunal Municipal del 8 del mismo mes ha tenido que considerarse, por tanto, infundado y queda desestimado por la presente. Las costas de 25 silbergroschen692 por la desestimación del recurso infundado deberán abonarse de inmediato en la caja de aranceles del Tribunal Municipal de esta ciudad, bajo apercibimiento de ejecución.
Berlín, 11 de julio de 1860
Sala de lo criminal del Real Tribunal Cameral
Sección II
Guthschmidt Schultze
Al doctor en filosofía Karl Marx.
A la atención del señor consejero de justicia Weber, en esta ciudad»
Cuando mi abogado me envió esta «resolución», en la primera lectura pasé por alto el encabezamiento y el final y, ignorante como soy del derecho prusiano, creí tener delante la copia de un escrito de defensa presentado al Tribunal Cameral por el «demócrata» F. Zabel. Lo que Zabel aduce, me dije, sobre «las opiniones» (véase el apéndice 15) «del doctor Karl Vogt y de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo», sobre «los intereses de los italianos y los intereses de los austriacos», se habrá extraviado por casualidad en su alegato desde algún editorial destinado a la National-Zeitung.
En todo caso, el «demócrata» F. Zabel no menciona esas opiniones ni esos intereses con una sola sílaba en las cuatro columnas que me conciernen de sus dos editoriales, que apenas suman seis columnas. Zabel dice en su alegato que yo «auxilié con medios de prueba a la Allgemeine Zeitung de Augsburgo en su polémica contra Vogt». Al proceso de Vogt contra la Allgemeine Zeitung lo llama polémica de la Allgemeine Zeitung contra Vogt. Si proceso y polémica fueran cosas idénticas, ¿para qué necesitaba yo el permiso del fiscal, del Tribunal Municipal, del Tribunal Cameral, etc., para mi «polémica» contra Zabel? Y luego la aseveración de Zabel de que las «referencias correspondientes» de sus dos editoriales a mi relación con la Allgemeine Zeitung encontraban en los «hechos aducidos» por mí mismo «menos la refutación que yo pretendía con ellos que la confirmación». ¡Menos... que! En el jus693 se dice o lo uno o lo otro. ¿Y cuáles eran las «referencias correspondientes» de Zabel?
Las «referencias correspondientes» a mi relación con la Allgemeine Zeitung en el editorial n.º I de Zabel eran:
- Que Liebknecht se había hecho corresponsal de la Allgemeine Zeitung a raíz de un certificado que yo le había extendido públicamente. En mi demanda tildé a Zabel de mentiroso, pero consideré del todo superfluo aducir otros «hechos» sobre esa necedad. 2. Zabel me hace enviar desde Londres el 29 de octubre a la Allgemeine Zeitung un «documento judicial» que el 24 de octubre obraba en poder del tribunal de distrito de Augsburgo, ¡y encontraba confirmación de esta «referencia» en los «hechos» aducidos por mí! En los hechos aducidos en mi demanda Zabel vio, ciertamente, que, aparte de todo motivo político, mi envío del documento sobre el origen de la «Advertencia» se había hecho necesario después de que Vogt, ya antes de abrirse el proceso, hubiera intentado públicamente cargarme la autoría de la hoja. 3. La «referencia» de Zabel según la cual yo era uno de los corresponsales de la Allgemeine Zeitung la refuté con documentos auténticos. El editorial n.º II de Zabel, «Cómo se hacen las hojas volantes radicales», solo contenía sobre mi relación con la Allgemeine Zeitung, como se ha mostrado antes, las «referencias correspondientes» de que yo mismo había forjado la «Advertencia», se la había endosado a Blind e intentado probar que era hechura suya mediante el testimonio falso de Vögele. ¿Encontraron estas «referencias correspondientes» en los hechos aducidos «“en mi demanda” menos la refutación que yo pretendía con ellos que la confirmación»? El propio Zabel confiesa lo contrario.
¿Podía saber Zabel que Schaible era el autor de la hoja «Zur Warnung»? ¿Tenía que creer Zabel que era exacto el testimonio del cajista Vögele, «en litigio» según mi propia declaración? Pero ¿dónde demonios le he exigido yo a Zabel ese saber o esa fe? Mi demanda se refiere «más bien» a la «referencia correspondiente» de Zabel según la cual yo habría «forjado la hoja de modo que pareciera hechura suya» (de Blind) y luego habría intentado probar mediante el testimonio de Vögele que era obra de Blind.
Por último, di con una posición defensiva de Zabel que al menos parecía interesante.
«Si», dice, «si él» (el demandante Marx) «afirma además que ha sido identificado de un modo atentatorio contra su honor con los manejos de partido» (de la Banda del Azufre) «que en esos artículos» (los editoriales de Zabel) «se fustigan, ciertamente, con dureza, y se califican de excéntricos o bien de faltos de carácter y deshonrosos, esta afirmación no puede reconocerse como fundada ... menos que nada se pone su persona en relación con aquella gente a la que se acusa de extorsión y delación».
Zabel no pertenece evidentemente a aquellos romanos de los que se dice: «habríamos perdido también la memoria con la voz».694 Ha perdido la memoria, pero no la lengua. Zabel hace pasar no solo el azufre, sino también la Banda del Azufre, del estado cristalino al líquido y del líquido al gaseoso, para echarme humo a los ojos con el vapor rojo. La Banda del Azufre, afirma, es un «partido» con cuyos «manejos» nunca me ha «identificado», y con cuyas «extorsiones y delaciones» nunca ha vinculado siquiera a la gente que está en «relación» conmigo. Será necesario convertir el vapor de azufre en flor de azufre.
En el editorial n.º I (National-Zeitung, n.º 37, 1860) Zabel abre sus «referencias correspondientes» a la Banda del Azufre llamando a «Marx» su «jefe visible». El segundo miembro de la Banda del Azufre que, «para seguir caracterizándola», no nombra, pero sí designa, es Friedrich Engels. Remite, en efecto, a la carta en la que Techow cuenta su encuentro con Fr. Engels, K. Schramm y conmigo. A los dos últimos los presenta Zabel como ilustraciones de la «Banda del Azufre». Inmediatamente después menciona a Cherval como emisario de Londres. Luego le llega el turno a Liebknecht.
«Este Liebknecht, in nomine omen,695 uno de los partidarios más serviles de Marx ... Liebknecht entró al servicio de Marx nada más llegar y se ganó la plena satisfacción de su amo».
Pisándole los talones a Liebknecht marcha «Ohly», «otro canal de la Banda del Azufre». Por último, «otro compinche londinense, Biscamp». Todas estas indicaciones se suceden sin respiro en el editorial n.º I, pero al final del editorial n.º II todavía se menciona a posteriori a otro miembro de la Banda del Azufre, W. Wolff, el «Wolff del Parlamento, alias Wolff de las Casamatas», encargado del importante negocio de «expedir despachos circulares». La Banda del Azufre se compone, pues, según las «referencias correspondientes» de Zabel, de: Marx, jefe de la Banda del Azufre; F. Engels, ilustración de la Banda del Azufre; Cherval, emisario londinense de la Banda del Azufre; Liebknecht, «uno de los partidarios más serviles de Marx»; Ohly, «otro canal de la Banda del Azufre»; Biscamp, «otro» «compinche» londinense; y por último Wolff, escribiente de despachos de la Banda del Azufre.
A la Banda del Azufre así reunida al tuntún Zabel la hace figurar ya en las primeras 51 líneas, alternativamente, bajo distintos nombres: «Banda del Azufre o también Bürstenheimer», «sujetos que entre los refugiados continuaron la obra de la “Rheinische Zeitung”», los «proletarios» o, como se dice en el editorial n.º II, «el partido de los “proletarios” a las órdenes de Marx».
Hasta aquí, el personal y los nombres de la Banda del Azufre. Su organización la describe Zabel en sus «referencias correspondientes» de forma breve y contundente. «Marx» es el «jefe». La «Banda del Azufre» misma forma el círculo de sus partidarios «en sentido estricto» o, como dice Zabel en el segundo editorial, «el partido Marx en sentido estricto». Zabel da incluso una piedra de toque para reconocer al «partido Marx en sentido estricto»: el miembro del partido Marx en sentido estricto tiene que haber visto a Biscamp al menos una vez en su vida.
«Él», dice Zabel en el editorial n.º II, «él (Blind) declara no haber visto a Biscamp en su vida; evidentemente no es miembro del partido Marx en sentido estricto».
El «partido Marx en sentido estricto», o la Banda del Azufre propiamente dicha, es pues la nobleza de la banda, que hay que distinguir de la tercera categoría, el pueblo de los «adeptos» o «esa clase de vagos cuidadosamente mantenida». Primero, pues, el jefe Marx; luego, la «Banda del Azufre» propiamente dicha o «partido Marx en sentido estricto»; por último, el pueblo de los «adeptos» o «clase de vagos». La Banda del Azufre, dividida en estas tres categorías, goza de una disciplina verdaderamente espartana. «La Banda del Azufre», dice Zabel, «ejercía una disciplina terrible sobre sus adeptos», mientras que, por otro lado, «Marx ... blande la vara sobre la Banda del Azufre». Ni que decir tiene que en una «banda» tan bien organizada los «manejos» característicos de la banda, sus «principales ocupaciones», los actos que la banda realiza qua banda, se ejecutan por orden de su jefe, y Zabel los presenta expresamente como actos de ese jefe que blande la vara. ¿Y cuál era la ocupación, por así decirlo, oficial de la banda?
«Una de las principales ocupaciones de la Banda del Azufre era comprometer a gentes de la patria de tal modo que tuvieran que pagar dinero para que la banda guardara el secreto sin comprometerlas. No una, sino cientos de cartas se escribieron a Alemania diciendo que se denunciaría la participación en tal o cual acto de la revolución si para una fecha determinada no llegaba cierta suma a una dirección indicada ... Todo el que se oponía a esos manejos quedaba arruinado, no solo entre los refugiados, sino también por medio de la prensa. Los “proletarios” llenaban las columnas de la prensa reaccionaria de Alemania con sus delaciones contra los demócratas que no les rendían pleitesía; se convirtieron en aliados de la policía secreta en Francia y en Alemania, etc.» (National-Zeitung, n.º 37).
Después de abrir estas «referencias correspondientes» a la Banda del Azufre con la observación de que yo era su «jefe visible», y después de enumerar a continuación las «principales ocupaciones» de la Banda del Azufre, a saber, extorsiones, delaciones, etc., Zabel cierra su descripción general de la Banda del Azufre con estas palabras:
«... se convirtieron en aliados de la policía secreta en Francia y en Alemania. Para seguir caracterizándolos, Vogt reproduce una carta del antiguo teniente Techow del 26 de agosto de 1850 ..., en la que se ve a Marx, con napoleónica soberbia por su superioridad intelectual, blandiendo la vara sobre la Banda del Azufre».
Después de haber hecho que, al comienzo de su descripción de la Banda del Azufre, se me «venerara» como su «jefe visible», a Zabel le entra miedo de que el lector pueda creer que detrás del jefe visible había todavía un jefe invisible, o que yo me contentaba con que se me «venerara» como un dalái lama. Por eso, al final de su descripción, me transforma (con sus palabras, no con las de Vogt) de jefe meramente «visible» en jefe que blande la vara, de dalái lama en Napoleón de la «Banda del Azufre». Y eso precisamente es lo que cita en su alegato como prueba de que no me ha «identificado» con los «manejos de partido» de la Banda del Azufre que en sus artículos «se fustigan con dureza y se califican de excéntricos o bien de faltos de carácter y deshonrosos». ¡Pero no! ¡No exactamente así! Me ha «identificado», pero no «de un modo atentatorio contra mi honor». «Más bien» me ha hecho el honor de nombrarme Napoleón de los extorsionadores, de los autores de cartas amenazadoras, de los mouchards, de los agents provocateurs, de los falsificadores de moneda, etc. Zabel toma prestados, evidentemente, sus conceptos del honor del diccionario de la Banda de Diciembre. De ahí el adjetivo «napoleónico». ¡Pero si yo me querello contra él precisamente por ese honor que me ha hecho! Con los «hechos» aducidos en mi demanda he probado, y de modo tan contundente que Zabel no quiere seguirme de ningún modo ante un tribunal público, he probado que todas sus «referencias correspondientes» a la Banda del Azufre son invenciones y mentiras de Vogt que Zabel solo «refiere» para poder «honrarme» como Napoleón de esa Banda del Azufre. ¿Pero no me describe como «el que la refrena y es superior a ella»? ¿No me hace mantener la disciplina en la banda? Él mismo cuenta en qué consistían la contención, la superioridad, la disciplina.
«La Banda del Azufre ejercía una disciplina terrible sobre sus adeptos. Quien de entre ellos intentaba de un modo u otro asegurarse un camino burgués en la vida era ya, por el mero hecho de procurar independizarse, un traidor a la revolución ... Discordias, riñas y duelos se provocaban entre esa clase de vagos, cuidadosamente mantenida, con rumores sembrados, cartas, etc.».
Pero Zabel no se contenta con esta descripción general de los «manejos de partido» de la Banda del Azufre con los que me «identifica» honrosamente.
Liebknecht, «miembro notorio del partido Marx», «uno de los partidarios más serviles de Marx, que se ganó la plena satisfacción de su amo», compromete deliberadamente a los obreros de Suiza con la «jornada revolucionaria de Murten», donde, rebosante de alegría, los «lleva a los brazos» de los «gendarmes» que los esperan. A este «tal Liebknecht se le atribuyó en el proceso de Colonia la redacción del libro de actas falso». (Zabel olvida decir, naturalmente, que esa mentira de Stieber696 quedó probada públicamente como mentira de Stieber durante la propia vista.) Wolff, el antiguo corredactor de la Neue Rheinische Zeitung, envía desde Londres «un despacho circular a los proletarios» que «al mismo tiempo pone en manos de la policía de Hannover».
Mientras Zabel presenta así como agentes de la policía secreta a personas «notoriamente» vinculadas conmigo, por otro lado me vincula a mí con un agente «notorio» de la policía secreta, agente provocador y falsificador de moneda, a saber, Cherval. Nada más terminar su descripción general de la Banda del Azufre, hace ir de Londres a París a «varias personas», entre ellas a Cherval, «en la doble condición de seductores revolucionarios de los obreros y de aliados de la policía secreta», para tramar allí el «llamado proceso de los comunistas», etc. En el editorial n.º II sigue contando:
«De esta manera se urdió en 1852 una conspiración de la peor especie, con fabricación masiva de papel moneda falso (véanse los detalles en Vogt), etc.».
Si el lector de la National-Zeitung obedece ahora la imperiosa invitación de Zabel y ve los detalles en Vogt, ¿qué encuentra? Que yo envié a Cherval a Ginebra, y que bajo mi dirección directa puso en marcha «la infame conspiración del papel moneda falso», etc. El lector remitido por Zabel a Vogt encuentra además:
«Por lo demás, la relación personal de Marx con este asunto es del todo irrelevante, pues, como ya se ha observado, que Marx haga algo él mismo o lo haga hacer por un miembro de su banda es del todo indiferente; domina incondicionalmente a su gente».
Pero Zabel todavía no se había quedado satisfecho. Le urgía susurrar al oído del lector una última palabra al final de sus dos editoriales. Dice:
«Él» (Blind) «declara al mismo tiempo no haber visto a Biscamp en su vida; evidentemente no es miembro del partido Marx en sentido estricto. Nos parece que para este» (el partido Marx en sentido estricto) «no fue demasiado difícil convertirlo» (a Blind) «en chivo expiatorio... El partido Marx podía ahora endosar con mucha facilidad a Blind la autoría de la hoja, precisamente porque ... este se había expresado en un sentido parecido en conversación con Marx y en el artículo de la Free Press; aprovechando esas declaraciones y giros de Blind se pudo forjar la hoja de modo que pareciera hechura suya» (de Blind).
¿Así que «el partido Marx» o «el partido Marx en sentido estricto», alias la Banda del Azufre, «forjó» la hoja de modo que pareciera hechura de Blind? Después de desarrollar esta hipótesis, Zabel resume secamente su sentido con estas palabras: «Cada cual puede ahora tener por autor, a su gusto, a Marx o a Blind».
Así que no el partido Marx o Blind, ni tampoco Blind o el partido Marx en sentido estricto, vulgo Banda del Azufre, sino Blind o Marx, Marx sans phrase.697 El partido Marx, el partido Marx en sentido estricto, la Banda del Azufre, etc., no eran, pues, más que nombres panteístas de Marx, de la persona de Marx. Zabel no solo «identifica» a Marx con el «partido» de la Banda del Azufre: personifica la Banda del Azufre en Marx. ¡Y ese mismo Zabel se atreve a afirmar ante los tribunales que en sus editoriales no ha «identificado de un modo atentatorio contra su honor» al «demandante» Marx con los «manejos» de la Banda del Azufre! ¡Se golpea el pecho y asegura que «menos que nada» ha «puesto» mi «persona en relación con aquella gente» a la que él «acusa de extorsión y delación»! ¡Qué papel, pensé, va a hacer Zabel en la vista pública! ¡Qué papel! Con esta consoladora exclamación tomé otra vez el escrito que me había enviado mi abogado, lo releí, creí descubrir al final algo así como los nombres de Müller y Schultze, pero pronto caí en mi error. Lo que tenía en la mano no era un alegato de Zabel, sino... una «resolución» del Tribunal Cameral, firmada por Guthschmidt y Schultze, una resolución que me corta el derecho de acción contra Zabel y que además, como castigo por mi «recurso», me ordena abonar de inmediato, bajo apercibimiento de ejecución, 25 silbergroschen en la caja de aranceles del Tribunal Municipal de Berlín. Me quedé, en efecto, attonitus.698 Pero mi asombro se calmó al releer con detenimiento la «resolución».
Ejemplo I
Zabel imprime en el editorial de la National-Zeitung n.º 37, 1860:
«Vogt cuenta en la página 136 y siguientes: bajo el nombre de la Banda del Azufre o también de los Bürstenheimer era conocido entre los refugiados de 1849 un grupo de individuos que, dispersos al principio por Suiza, Francia e Inglaterra, se fueron reuniendo poco a poco en Londres y allí veneraban como su jefe visible al señor Marx».
Los señores Guthschmidt y Schultze leen en el editorial de la National-Zeitung n.º 37, 1860:
«Pues si el primer artículo refiere según el relato de Vogt: “que los refugiados de 1849 se fueron reuniendo poco a poco en Londres y allí veneraron al susodicho Marx como su jefe visible”».
Zabel dice: un grupo de individuos conocido entre los refugiados de 1849 bajo el nombre de la Banda del Azufre o también de los Bürstenheimer, etc., se habría ido reuniendo poco a poco en Londres y allí me habría venerado como su jefe visible. Los señores Guthschmidt y Schultze, en cambio, hacen decir a Zabel: los refugiados de 1849 se fueron reuniendo poco a poco en Londres (lo que ni siquiera es exacto, pues buena parte de los refugiados se reunió en París, Nueva York, Jersey, etc.) y me veneraron como su jefe visible, honor que ni se me hizo ni me atribuyeron Zabel y Vogt. Los señores Guthschmidt y Schultze no resumen, no: citan entre comillas la frase, que Zabel no ha impreso en ninguna parte, como una frase referida «según el relato de Vogt» en el primer editorial de Zabel. Los señores Guthschmidt y Schultze tenían, pues, evidentemente delante una edición secreta del n.º 37 de la National-Zeitung, desconocida tanto para mí como para el público. Eso explica todos los malentendidos. La edición secreta del n.º 37 de la National-Zeitung no solo se distingue de la edición vulgar del mismo número por la lectura de algunas frases. Todo el contexto del primer editorial en la edición vulgar no tiene absolutamente nada en común con su contexto en la edición secreta, salvo un par de palabras.
Ejemplo II
Zabel imprime en el n.º 37 de la National-Zeitung, después de nombrarme jefe de la Banda del Azufre:
«Esos sujetos» (la Banda del Azufre) « ... continuaron entre los refugiados la obra de la “Rheinische Zeitung” ... Una de las principales ocupaciones de la Banda del Azufre era comprometer a gentes de la patria de tal modo que tuvieran que pagar dinero ... Los “proletarios” llenaban las columnas de la prensa reaccionaria de Alemania con sus delaciones ... se convirtieron en aliados de la policía secreta en Francia y en Alemania. Para seguir caracterizándolos» (a esa «Banda del Azufre» o a esos «proletarios») «Vogt reproduce una carta del ... Techow ... en la que se describen los principios, los manejos, etc., de los “proletarios”, y en la que se ve a Marx, con napoleónica soberbia por su superioridad intelectual, blandiendo la vara sobre la Banda del Azufre».
Los señores Guthschmidt y Schultze leen en el n.º 37 de la National-Zeitung, después de que Zabel me haya nombrado jefe de los refugiados de 1849:
«y si él» (el primer artículo de la National-Zeitung) «habla además de una carta de Techow “en la que se ve a Marx, con napoleónica soberbia por su superioridad intelectual, blandiendo la vara sobre la Banda del Azufre”».
Una vez que los jueces tienen por ley la facultad de conceder o negar a las personas privadas el derecho de acción, los señores Guthschmidt y Schultze no solo estaban autorizados, sino incluso obligados a negarme el derecho de acción contra Zabel. Pues el contexto del editorial del n.º 37 de la edición secreta de la National-Zeitung, que ellos comunican in nuce,699 excluye de plano todo corpus delicti. En efecto, ¿qué imprime Zabel en esa edición secreta? En primer lugar, me hace el inmerecido honor de que toda la emigración de 1849 reunida en Londres me «venere» como «jefe visible». ¿Y por eso iba yo a «querellarme» contra él? Y en segundo lugar me hace el honor, no menos inmerecido, de dejarme «blandir la vara» sobre cierta Banda del Azufre que por lo demás no se pone en ninguna relación conmigo, más o menos como en 1848-1849 blandí yo la vara sobre Zabel y sus consortes. ¿Y por eso iba yo a «querellarme» contra Zabel?
Se ve a qué embrollos lleva que la legislación permita a funcionarios judiciales «resolver», y «resolver» en secreto, si una persona tiene o no derecho a demandar a otra, por ejemplo por calumnia en la National-Zeitung. El demandante demanda basándose en una edición vulgar del n.º 37 de la National-Zeitung que el público tiene delante en quizá 10.000 ejemplares, y el juez resuelve basándose en una edición secreta del mismo número hecha solo para él. Tan poco garantizada está en este procedimiento la mera identidad del corpus delicti.
La legislación prusiana, al someter el derecho de acción de la persona privada en cada caso concreto a una concesión judicial, parte de la idea de que el Estado, como potestad paterna, ha de tutelar y reglamentar la vida civil de los hijos del Estado. Pero incluso desde el punto de vista de la legislación prusiana la «resolución» del Tribunal Cameral resulta extraña. La legislación prusiana quiere evidentemente atajar las demandas frívolas y, por eso, si entiendo bien su espíritu y supongo con razón que no se propone denegar sistemáticamente la justicia, concede al juez el derecho de rechazar la demanda, pero solo cuando prima facie700 no hay objeto de demanda y la demanda es, por tanto, prima facie frívola. ¿Puede valer esto en el presente caso? El Tribunal Municipal admite que los editoriales de Zabel contienen de hecho manifestaciones sobre mí «atentatorias contra el honor» y por tanto «punibles». Solo sustrae a F. Zabel a mi venganza legal porque F. Zabel «se ha limitado a citar» sus calumnias. El Tribunal Cameral declara: citadas o no citadas, las manifestaciones atentatorias contra el honor son legalmente igual de punibles; pero por su parte niega ahora que los editoriales de Zabel contengan siquiera manifestaciones atentatorias contra el honor, citadas o no citadas, sobre mi persona. El Tribunal Municipal y el Tribunal Cameral tienen, pues, sobre el hecho mismo opiniones no ya distintas, sino directamente contradictorias. Uno encuentra manifestaciones atentatorias contra mi honor donde el otro no las encuentra. La oposición de las opiniones judiciales sobre el hecho mismo prueba de modo contundente que aquí hay prima facie un objeto de demanda. Si Papiniano y Ulpiano dicen: esta manifestación impresa es atentatoria contra el honor, y Mucio Escévola y Manilio Bruto aseguran por el contrario: esta manifestación impresa no es atentatoria contra el honor,701 ¿qué pensará el pueblo de los quirites? ¿Por qué no habría de creer el pueblo, con Ulpiano y Papiniano, que Zabel ha publicado en los n.º 37 y 41 de la National-Zeitung manifestaciones atentatorias contra mi honor? Si yo le aseguro al pueblo de los quirites que Mucio Escévola y Manilio Bruto me han extendido un certificado secreto según el cual las manifestaciones y afirmaciones «atentatorias contra el honor» de Zabel no se refieren en modo alguno a mi persona, el pueblo de los quirites se encogerá de hombros con un à d'autres.702
Como el Tribunal Cameral ha de decidir en última instancia sobre el hecho, es decir, como aquí tenía que decidir en última instancia si en los dos editoriales de Zabel había de hecho una ofensa a mi honor y si mediaba la intención de ofenderme; y como el Tribunal Cameral niega ese hecho, un recurso al Tribunal Supremo solo dejaba abierta la cuestión de si la determinación de los hechos por el Tribunal Cameral no descansaba en un error de derecho. El propio Tribunal Cameral había determinado de hecho en su «resolución» que Zabel atribuye «manejos faltos de carácter y deshonrosos», «delaciones y extorsiones» a la Banda del Azufre, la misma Banda del Azufre que el mismo Zabel, en el mismo editorial, caracteriza expresamente como «el partido Marx» o «el partido Marx en sentido estricto», con «Marx» como su «jefe» visible y blandidor de la vara. ¿Estaba el Tribunal Cameral legalmente facultado para no ver en ello una ofensa contra mi persona? Mi abogado, el señor consejero de justicia Weber, observa a este respecto en su escrito de recurso ante el Tribunal Supremo, entre otras cosas:
«Cierto que en ninguna parte se dice directamente» (por Zabel) «que Marx haya extorsionado dinero, practicado la delación y falsificado moneda. Pero ¿hace falta una declaración más clara que decir que Marx era el jefe de un partido que perseguía los fines delictivos e inmorales indicados? Nadie que tenga un juicio imparcial y sano puede negar que el jefe de una asociación cuyo fin y actividad preferente están dedicados a la comisión de delitos no solo aprueba sus manejos, sino que él mismo los ordena, los dirige y disfruta de sus frutos; y por eso ese jefe es sin duda doblemente responsable, no solo como partícipe, sino también como autor intelectual, aunque no pudiera probársele un solo acto con el que hubiera participado directamente en la comisión de un delito determinado. La opinión expresada en la resolución recurrida» (del Tribunal Cameral) «llevaría a dejar el buen nombre de una persona, sin protección alguna, a merced de quien quiera arruinarla. En lugar de afirmar falsamente que A. ha cometido un asesinato, al calumniador le bastaría decir que en tal o cual sitio existe una banda que se dedica al negocio del asesinato y que A. es el jefe de esa banda. La opinión del Tribunal Cameral garantiza a ese calumniador una impunidad completa. Según la opinión correcta, en cambio, la pena de la calumnia alcanzará por igual al calumniador, tanto si tacha falsamente a un tercero de bandido como de capitán de bandidos».
Desde el punto de vista del sano sentido común, hay de hecho una calumnia. ¿La hay en el sentido de la ley prusiana? El Tribunal Cameral dice que no; mi abogado dice que sí. Si el Tribunal Cameral ha decidido, contra el Tribunal Municipal, que la forma de la cita no pone al calumniador a cubierto, ¿por qué no habría de decidir el Tribunal Supremo, contra el Tribunal Cameral, que la forma de tenia703 no hace al calumniador inatacable? Por esa cuestión de derecho, por ese error de derecho que el Tribunal Cameral habría cometido en la determinación de los hechos, mi abogado recurrió al Tribunal Supremo, es decir, en cierto modo al Areópago. El Tribunal Supremo «resolvió»:
«I. Su recurso del 23 de agosto del corriente contra la resolución de la Sala de lo criminal del Real Tribunal Cameral en la causa por injurias del doctor K. Marx contra el redactor de la National-Zeitung, doctor Zabel, del 11 de julio del corriente, queda desestimado por infundado por la presente, vistos los autos correspondientes. II. Pues el Real Tribunal Cameral no ha encontrado en los dos editoriales de la National-Zeitung de que se trata una ofensa objetiva al honor del demandante ni ha admitido que mediara en ellos la intención de ofender a este último, y por eso se ha denegado con razón la admisión de la querella por injurias interpuesta. Ahora bien, si existe objetivamente una ofensa al honor y si ha mediado la intención de ofender son esencialmente determinaciones de hecho que solo pueden impugnarse mediante recurso ante el Real Tribunal Supremo cuando en este punto la apreciación del juez de apelación descanse en un error de derecho. III. Tal error, sin embargo, no se desprende en el presente caso. IV. Las costas de esta resolución, por importe de 25 silbergroschen, deberá usted abonarlas en el plazo de ocho días en la caja de aranceles del Real Tribunal Municipal de esta ciudad.
Berlín, 5 de octubre de 1860.
Real Tribunal Supremo. c. Schlickmann
Al consejero de justicia Weber, en esta ciudad»
Para mayor comodidad he numerado las distintas partes de la «resolución» del Tribunal Supremo.
En el punto I el señor von Schlickmann cuenta que el recurso contra el Tribunal Cameral ha quedado «desestimado». En el punto II el señor von Schlickmann instruye sobre la relación de competencias entre el Tribunal Cameral y el Tribunal Supremo: una digresión didáctica que evidentemente no viene al caso. En el punto IV se ordena al señor Weber abonar en ocho días la suma de 25 silbergroschen en la caja de aranceles del Tribunal Municipal de Berlín, consecuencia de la «resolución», pero sin duda no su fundamento.
¿Dónde queda, pues, la fundamentación de la resolución «desestimatoria»? ¿Dónde la respuesta al detalladísimo escrito de recurso de mi abogado?
Pues aquí: punto III. «Tal (error de derecho), sin embargo, no se desprende en el presente caso».
Si de esta frase del punto III se suprime la palabrita no, la motivación dice: «Tal (error de derecho), sin embargo, se desprende en el presente caso». Con eso la resolución del Tribunal Cameral quedaría echada por tierra. Solo la sostiene, pues, la palabrita «no» plantada al final, con la que el señor von Schlickmann, en nombre del Tribunal Supremo, «desestima» el escrito de recurso del señor consejero de justicia Weber.
Αὐτὸς ἔφα.704 ¡No! El señor von Schlickmann no refuta los reparos jurídicos expuestos por mi abogado, no los discute, ni siquiera los menciona. El señor von Schlickmann tenía, naturalmente, motivos suficientes para su «resolución», pero se los calla. ¡No! La fuerza probatoria de esta palabrita reside exclusivamente en la autoridad, en la posición jerárquica de la persona que la pronuncia. En sí y por sí, «no» no prueba nada. ¡No! Αὐτὸς ἔφα.
Así me prohibió también el Tribunal Supremo querellarme contra el «demócrata» F. Zabel.
Así terminó mi proceso con los tribunales prusianos.
XII. Apéndices
1. La expulsión de Schily de Suiza
Por falta de espacio, lamentablemente, solo puedo dar extractos de una carta de Schily sobre su expulsión de Suiza, en la que se ilustra con un ejemplo el trato que recibían los refugiados no parlamentarios. La carta empieza contando que dos refugiados alemanes, B. e I., amigos de Schily, habían dejado Ginebra, fueron detenidos en su recorrido por Suiza y, puestos de nuevo en libertad por Druey, volvieron a Ginebra.
«Por encargo suyo», prosigue Schily, «fui a ver a Fazy para saber si se les buscaba; me tranquilizó diciéndome que por parte del cantón no perturbaría su incógnito, pero que no había llegado ningún requerimiento federal, y que por lo demás yo haría bien en dirigirme, invocándolo a él y lo que me había comunicado, al jefe del departamento de justicia y policía, monsieur Girard,705 lo que hice, con un resultado más o menos igual, dejando mi dirección para el caso de que hubiera requerimientos federales. Al cabo de unas semanas viene a verme un funcionario de policía y me pide la dirección de B. y de I. Me niego a dársela, corro a ver al citado Girard y, ante su amenaza de hacerme expulsar si no le doy la dirección, le expongo que, según lo que habíamos convenido antes, se me podía requerir como intermédiaire, pero no como dénonciateur.706 A lo que él: “Parece usted querer interponerse como embajador entre estos refugiados y yo, para tratar de potencia a potencia”. Yo: “No tengo la ambición de que se me acredite como embajador ante usted”. En efecto, se me despidió entonces sin ningún ceremonial de embajada. En el camino de vuelta supe que los dos, B. e I., acababan de ser encontrados, detenidos y conducidos fuera, y que con ello podía dar por liquidada la amenaza de antes. Pero no había contado con el 1 de abril, pues en esa fecha aciaga de 1852 un funcionario de policía me pidió en la calle que lo acompañara al Hôtel de Ville, donde querían preguntarme algo. Allí el señor consejero de Estado Tourte, comisario ginebrino para la expulsión de refugiados ad latus707 del comisario federal ídem Trog, entonces presente allí, me declaró que estaba expulsado y que, por tanto, tenía que encaminarme de inmediato a Berna, todo ello con su mayor pesar, pues por parte del cantón no había nada contra mí, pero el comisario federal insistía en mi expulsión. Cuando pedí que se me llevara ante este, respondió: “No, no queremos que el comisario federal haga aquí de policía”. Con lo cual contradecía lo dicho más arriba y se salía por completo de su papel de consejero de Estado ginebrino, que consistía en resistirse con pudibundez liberal a las pretensiones federales de expulsión y ceder solo a la fuerza, aunque también, desde luego, en ceder con gusto o con resignación a una gentle pressure.708 Otro rasgo de ese papel consistía en decir del expulsado que era un espía, que había habido que quitarlo de en medio en interés de la “buena causa”... Así, Tourte contó después a los refugiados que había tenido que quitarme de en medio porque yo estaba conchabado con el comisario federal y había contrarrestado con él sus medidas (las de Tourte) de protección de los refugiados; es decir, con el mismo comisario que, con gran pesar suyo, me había hecho expulsar. Quelles tartines!709 ¡Qué mentiras y qué contradicciones! ¡Todo por un poco de aura popularis!710 Claro que el viento es precisamente el medio con que ese señor mantiene su globo en las alturas. Consejero en el Gran Consejo y en el Consejo de Estado de Ginebra, consejero en el Consejo de los Estados o en el Consejo Nacional de Suiza, consejero de la confusión de nacimiento, solo le falta estar en el Consejo Federal para asegurar a Suiza días tranquilos, pues escrito está: «Por la providencia de Dios y la confusión de los hombres se ha salvado Suiza»».711
Una reclamación contra la calumnia de Tourte que Schily envió a su llegada a Londres al Indépendant de Ginebra, que estaba bajo la influencia de Raisin, del que hablaremos más adelante, y que poco antes había fustigado duramente las coces calumniosas con que «los faiseurs712 liberales echaban a los refugiados de Suiza», no fue publicada.
«Del Hôtel de Ville de Ginebra», prosigue Schily, «fui a parar a la cárcel, y al día siguiente, en la diligencia y con escolta policial, a Berna, donde el señor Druey me tuvo catorce días bajo estrecha custodia en la llamada Torre Vieja...».
Druey, en su correspondencia con Schily preso, de la que hablaremos después, echaba toda la culpa al cantón de Ginebra, mientras que Tourte, por su parte, había asegurado que toda la culpa era de la autoridad federal y que por parte del cantón de Ginebra no había ninguna queja contra él. Una aseveración coincidente le había hecho poco antes el juez de instrucción ginebrino Raisin. Sobre este último señor escribe Schily, entre otras cosas:
«Con ocasión del tiro federal celebrado en Ginebra en el verano de 1851, Raisin se había hecho cargo de la redacción del Journal du tir fédéral, escrito en francés y en alemán, y me había contratado como colaborador con la promesa de unos honorarios de 300 francos; entre otras cosas, yo tenía que tomar nota flagranti delicto713 de los discursos alemanes de bienvenida y despedida del presidente del comité, Tourte, lo que me resultó muy fácil, sea dicho en elogio de Tourte, porque cada vez dirigía a las distintas delegaciones de tiradores más o menos las mismas palabras entusiastas con ligeras variantes, según tuviera que cumplimentar al oso de Berna, al toro de Uri o a otros confederados, de modo que, sobre todo al llegar al estribillo “Pero si llegara el día del peligro, entonces nosotros, etc.”, podía dejar tranquilamente la pluma y responder a Raisin, cuando me preguntaba por qué: “Es el estribillo del peligro, me lo sé de memoria”. En lugar de mis honorarios de 300 francos, ganados con el sudor de mi frente, solo recibí de Raisin, y a duras penas, 100, aunque con la expectativa de seguir colaborando, en concreto en una revista política que quería fundar en Ginebra para hacer frente, independientemente de todos los partidos existentes, por todos los lados, y en especial contra el gobierno “liberal” de entonces, el de Fazy y Tourte, aunque él mismo formaba parte de él. Era el hombre ideal para semejante empresa, capaz, como solía jactarse, “de arrancarle la piel a quien fuera”... En consecuencia, me encargó que, en un viaje por Suiza que emprendí tras las fatigas del tiro federal, anudara relaciones para aquella empresa, como hice, y a mi regreso le entregué un informe escrito sobre ello. Pero entretanto había soplado un viento muy distinto que, a toda vela, lo había llevado de su expedición corsaria al puerto tranquilo del gobierno existente. Me quedé, pues, sin mis gastos ni mis honorarios, con cuya reclamación lo importuné en vano y lo sigo importunando en vano hasta hoy, aunque se ha hecho un hombre rico... Poco antes de mi detención todavía me había asegurado que no se hablaba de mi expulsión, como le había asegurado el propio Tourte, su amigo, y que no necesitaba dar ningún paso preventivo frente a la amenaza de Girard, etc. ... A una carta que le escribí de profundis714 desde mi vieja torre-cárcel, pidiéndole un pequeño pago a cuenta del dinero que me debía y una aclaración sobre lo ocurrido (mi detención, etc.), guardó un silencio obstinado, aunque aseguró al portador que quería atender mis reclamaciones...».
«... Que los parlamentarios refugiados habían maquinado mi expulsión me lo escribió unos meses después K., un hombre de confianza y sin prejuicios, y lo confirmaron mordicus715 unas líneas añadidas por Ranickel. Además, me confirmaron muchas veces la misma opinión personas enteradas a las que más tarde tuve ocasión de preguntar de palabra cómo había ocurrido... Y sin embargo yo no era propiamente un comeparlamentarios como la hiena Reinach, que a diario arrastraba al difunto regente del Imperio Vogt desde la cripta imperial hasta la mesa del almuerzo en Berna, donde el propio Vogt se sentaba también, reencarnado por así decir como “Prometeo encadenado”, y entre poire et fromage,716 para espanto general, se lo tragaba cada vez cruelmente, tanto a la momia como a la encarnación. Ciertamente, yo no era un admirador de las hazañas del Parlamento, ¡al contrario! Pero ¿habrían querido esos señores castigarme por ello con la proscripción del Imperio, contando a Suiza como parte del Imperio porque en ella yacen enterrados la Constitución del Imperio y el último receso de la Dieta imperial? Más bien creo que la sospecha de su persecución contra mí se debe al motín parlamentario, mencionado en mi carta anterior, contra el comité de refugiados de Ginebra que habíamos formado yo, Becker y algunos ciudadanos ginebrinos... Por qué querían usurpar esos señores el reparto del dinero para los refugiados es cosa en la que ni ellos mismos estaban de acuerdo. Unos, entre ellos Dentzel, del cuartito badense,717 querían, a diferencia de nuestra práctica, que socorría sobre todo a obreros sin pan, enjugar preferentemente las lágrimas de los mártires profesionales, de los héroes de la revolución, de los hijos de la patria que habían conocido días mejores... Is fecit cui prodest,718 se dice en el oficio, y como mis ejercicios les resultaban sin duda incómodos a esos señores, se extendió la sospecha de que habían usado su influencia en los círculos decisivos para quitarme de en medio. Se sabía que tenían aurem principis,719 que en todo caso estaban lo bastante cerca de esa oreja para soplarle algo sobre mi carácter inquieto, y en particular que el princeps Tourte los había reunido varias veces a su alrededor...».
Después de contar cómo lo despacharon desde la Torre Vieja de Berna a Basilea y por la frontera francesa, Schily observa:
«En lo que respecta a los gastos de expulsión de los refugiados, abrigo la esperanza de que esos costes no se sufragaran en modo alguno con el erario federal, sino con el de la Santa Alianza. Un día, en efecto, bastante tiempo después de nuestro paso a Suiza, la princesa Olga720 estaba sentada a la mesa en un hotel de Berna con el encargado de negocios ruso de allí. Entre poire et fromage (sans comparaison721 con el terrible Reinach), Su Alteza dijo a su compañero de mesa: “Y bien, señor barón, ¿le quedan todavía muchos refugiados aquí?”. “No pocos, princesa”, dice aquel, “aunque ya hemos devuelto a muchos. El señor Druey hace lo que puede en este sentido, y si nos llegan fondos nuevos, todavía devolveremos más”. Esto lo oyó y me lo contó el camarero de servicio, antiguo voluntario de la campaña por la Constitución del Imperio bajo mi alto mando».
En la expedición de Schily desaparecieron misteriosa e irremisiblemente sus efectos de viaje.
«Sigue siendo un enigma hasta hoy cómo pudieron desaparecer de repente en El Havre del caos de bultos de un convoy de emigrantes alemanes (al que nos incorporaron en Basilea a través del agente de emigración Klenk, al que la autoridad federal nos había entregado por contrata para el transporte hasta El Havre, y además con todo el equipaje de refugiados y emigrantes completamente mezclado) si no fue con ayuda de una lista de los refugiados y de sus bultos. Quizá sepa algo más el cónsul federal en El Havre, el comerciante Wanner, al que se nos había destinado para la continuación del envío. Nos prometió una indemnización completa. Druey me confirmó más tarde esa promesa con una carta que envié al abogado Vogt, de Berna,722 para tramitar mi reclamación ante el Consejo Federal, pero que hasta hoy no he podido recuperar, como tampoco he podido obtener de él respuesta a ninguna de las cartas que le he dirigido. En cambio, en el verano de 1856 el Consejo Federal rechazó mi reclamación y me mandó callar, sin motivación alguna de su respuesta...
Pero todo eso, y en general todas las expulsiones, por muchos gendarmes, esposas, etc., que llevaran consigo, son pequeñeces al lado de las devoluciones a la patria de los llamados menos comprometidos de Baden, practicadas de un modo peculiarmente campechano, de común acuerdo entre buenos vecinos, con hojas de ruta hechas expresamente para ello y la instrucción de presentarse a las autoridades locales al llegar a la patria, donde, en lugar de poder dedicarse a su oficio como creían, tenían que pasar por toda clase de penitencias inesperadas. Los sufrimientos silenciosos de los así entregados (pues entrega es la palabra justa) esperan todavía a su historiador y vengador.
Es un elogio para un hombre, “que se puedan decir sus defectos sin que deje de ser grande”, dice de Suiza el Tácito suizo.723 Materia para semejante elogio no falta, y dárselo no le estropea el talle... qui aime bien châtie bien.724 Y en efecto, por mi parte tengo un afecto indestructible por Suiza en su conjunto. El país y el pueblo me gustan. El suizo, con el fusil entre los enseres de la casa, siempre dispuesto y diestro en su manejo para salvaguardar tradiciones históricas de buen nombre y conquistas modernas de buena hechura casera, me parece una figura del todo respetable. Tiene derecho a la simpatía ajena porque él mismo la siente por los esfuerzos ajenos por alcanzar una situación mejor. “Antes querría que a Nuestro Señor se le hubiera reventado el mejor par de ángeles”, dijo un campesino suizo en su disgusto por el fracaso del levantamiento del sur de Alemania. Quizá no habría arriesgado por ello una yunta propia, más bien su propio pellejo con acompañamiento de fusil. Así, el suizo, en el fondo de su corazón, no es neutral, aunque lo sea en razón de su patrimonio heredado y para salvaguardarlo. Por lo demás, esa vieja costra de la neutralidad que envuelve su mejor núcleo pronto reventará, sin duda, con tanto pisoteo extranjero encima (y en eso consiste en realidad la esencia de la neutralidad), y entonces habrá estruendo, y eso limpia el aire».
Hasta aquí la carta de Schily. En la Tour des Prisons de Berna no consiguió una entrevista personal con Druey, pero sí una correspondencia con este señor. A una carta en la que Schily le preguntaba por los motivos de su detención y le pedía permiso para consultar con el abogado Wyss, de Berna, Druey responde con fecha 9 de abril de 1852:
«... La autoridad ginebrina ordenó su expulsión del cantón, lo hizo detener y conducir a Berna a disposición de mi departamento, porque usted se ha mostrado como uno de los refugiados más inquietos y ha intentado ocultar a I. y a B., a quienes se había comprometido a presentar a la autoridad. Por este motivo, y porque su estancia ulterior en Suiza perjudicaría a las relaciones internacionales de la Confederación, el Consejo Federal ha ordenado su expulsión del territorio suizo, etc. ... Como su detención no tiene por objeto un proceso criminal o correccional, sino una medida de alta policía ..., no es necesario que consulte usted al abogado. Por lo demás, antes de ... autorizar la entrevista que me pide con el señor abogado Wyss, deseo saber el objeto de esa entrevista».725
Las cartas que Schily, tras repetidas reclamaciones, pudo escribir a sus amigos de Ginebra tenían que someterse todas antes al examen del señor Druey. En una de esas cartas Schily usó la expresión «Vae victis».726 Druey le escribe al respecto con fecha 19 de abril de 1852:
«En la nota que dirigió usted al señor J. figuran las palabras vae victis ... ¿Quiere eso decir que las autoridades federales lo tratan a usted como a un vencido? Si así fuera, sería una acusación mentirosa, contra la que tendría que protestar».727
Schily respondió al poderoso Druey con fecha 21 de abril de 1852, entre otras cosas:
«No creo, señor consejero federal, que esta manera de caracterizar las medidas tomadas contra mí pueda valerme el reproche de una acusación mentirosa; al menos, semejante reproche no sería de naturaleza tal que me hiciera desistir de la idea de que se me trata con dureza; al contrario, dirigida a un prisionero por quien lo tiene en prisión, semejante respuesta me parecería una dureza más».728
A finales de marzo de 1852, poco antes de la detención de Schily y de que se quitara de en medio a otros refugiados no parlamentarios, el reaccionario Journal de Genève había chismorreado toda clase de cosas pintorescas sobre complots comunistas entre los refugiados alemanes de Ginebra: que el señor Trog estaba ocupado en desmantelar un nido de comunistas alemanes con una nidada de 84 dragones comunistas, etc. Al lado de este periódico reaccionario de Ginebra, un escritorzuelo de la banda parlamentaria en Berna —hay que suponer que era Karl Vogt, pues en el «Libro mayor» reclama repetidas veces para sí la salvación de Suiza frente a los refugiados comunistas— se ocupaba en el Frankfurter Journal, bajo la firma de corresponsal «-ss-», de difundir noticias parecidas; por ejemplo, que el comité de Ginebra para el socorro de los refugiados alemanes, compuesto por comunistas, había sido derribado por reparto irregular del dinero y sustituido por hombres de bien (parlamentarios) que pronto pondrían fin al desbarajuste; y además, que el dictador de Ginebra parecía someterse por fin a las disposiciones de los comisarios federales, ya que recientemente se había llevado presos de Ginebra a Berna a dos refugiados alemanes de la fracción comunista, etc. La Schweizerische National-Zeitung, que se publica en Basilea, publicó en su n.º 72, del 25 de marzo de 1852, una respuesta desde Ginebra en la que se dice, entre otras cosas:
«Toda persona imparcial sabe que, así como Suiza solo se ocupa de consolidar y desarrollar constitucionalmente sus conquistas políticas, los débiles restos de la emigración alemana de aquí solo se dedican a ganarse el pan de cada día y a ocupaciones del todo inofensivas, y que las patrañas sobre el comunismo solo las urden la fantasía de visionarios pequeñoburgueses y unos delatores movidos por intereses políticos o personales».
Después de señalar como uno de esos delatores al corresponsal parlamentario del Frankfurter Journal en Berna, el artículo concluye:
«Los refugiados de aquí opinan que entre ellos hay varios de los llamados “hombres de bien”, según el modelo de los antiguos “Biedermänner y Bassermänner del Imperio”,729 que, impulsados por la nostalgia de las ollas de carne de la patria, intentan abrirse el camino de la gracia ante sus padres de la patria con tales expectoraciones reaccionarias; se les desea un pronto viaje, para que no sigan comprometiendo a la emigración y al gobierno que les da asilo».
Los parlamentarios refugiados sabían que Schily era el autor de este artículo. Este apareció en la National-Zeitung de Basilea el 25 de marzo, y el 1 de abril tuvo lugar la detención, completamente inmotivada, de Schily. ¿Tanta ira cabe en los espíritus celestes?730
2. La jornada revolucionaria de Murten
Tras el escándalo de Murten,731 los refugiados alemanes de Ginebra, con exclusión de los parlamentarios refugiados, publicaron una protesta «Al alto departamento de justicia y policía de la Confederación». De ella solo doy un pasaje:
«... Los monarcas no se contentaron con las conquistas diplomáticas obtenidas hasta entonces. Hicieron sonar las armas alrededor de Suiza, amenazaron con una ocupación militar para limpiarla de refugiados; al menos el Consejo Federal expresó en un documento oficial su inquietud por ese peligro. Y he aquí que se produjeron nuevas expulsiones, motivadas esta vez por la conocida reunión de Murten y por la afirmación de que, a raíz del procedimiento abierto después, se había descubierto el rastro de tendencias político-propagandísticas. En cuanto a los hechos, esta afirmación ha de negarse rotundamente ... En cuanto al derecho, en cambio, habría que dejar sentado que dondequiera que rige un orden legal solo pueden aplicarse penas legales a los casos punibles previstos por la ley, lo que vale también para la expulsión del país, si no ha de presentarse abiertamente como arbitrariedad policial. ¿O se quiere acaso invocar también aquí la diplomacia contra nosotros y decir que se ha tenido que actuar así por consideración a las potencias extranjeras, para mantener las relaciones internacionales? Pues bien, si es así, que la cruz federal se cubra el rostro ante la media luna turca, que, cuando el esbirro de refugiados llama a la Puerta, enseña los cuernos y no se arrastra ante la cruz;732 que se nos den entonces nuestros pasaportes para Turquía y, una vez cerrada la puerta tras nosotros, que se entreguen las llaves de la fortaleza suiza de la libertad como feudum oblatum733 a la Santa Alianza, para llevarlas en adelante como insignias de chambelán, en feudo de esta, con la divisa: Finis Helvetiae!».734
3. Cherval
Por la carta de Joh. Ph. Becker supe que el «afiliado de Marx» o los «afiliados» de Cherval que menciona el Vogt del Imperio no podía ser otro que el señor Stecher, que vive ahora en Londres. Hasta entonces yo no tenía el honor de conocerlo personalmente, aunque había oído muchos elogios de su gran y polifacético talento artístico. A raíz de la carta de Becker nos encontramos. Lo que sigue es una carta de mi «afiliado» a mí.
«Londres, 17, Sussex Street, W. C., 14 de octubre de 1860
¡Querido señor Marx! Con mucho gusto le doy algunas explicaciones sobre el artículo Nugent (Cherval-Crämer) del folleto de Vogt, del que usted tuvo la amabilidad de enviarme un extracto. En marzo de 1853 llegué a Ginebra de un viaje por Italia. Nugent llegó a Ginebra más o menos al mismo tiempo, y lo conocí en un taller litográfico. Yo acababa de empezar a litografiar, y como Nugent tiene amplios conocimientos en la materia y es de natural sumamente complaciente y activo, incluso diligente, acepté su oferta de trabajar con él en un mismo taller. Lo que Vogt dice de los manejos de Nugent en Ginebra es más o menos lo que yo oí entonces, si se descuenta la exageración habitual del folletinista o del autor de folletos. El resultado fue mínimo. Yo solo conocía a uno de la sociedad, un joven de buen corazón y trabajador, pero por lo demás irreflexivo y atolondrado; y como este era una de las figuras principales, es fácil deducir que N. lo era todo en la sociedad y los demás no eran más que oyentes curiosos. Estoy convencido de que no se grabó ninguna plancha de piedra ni de cobre, aunque sí oí a N. hablar de cosas parecidas. Mis conocidos eran sobre todo ginebrinos e italianos. Sabía que más tarde Vogt y otros refugiados alemanes a los que yo no conocía me tenían por espía, pero no me importaba —la verdad acaba siempre saliendo a la luz—; ni siquiera se lo tomaba a mal, tan fácil era despertar sospechas, puesto que no faltaban espías y no siempre era fácil descubrirlos. Estoy casi seguro de que Nugent no mantuvo correspondencia con nadie de Ginebra después de ser expulsado de allí. Más tarde recibí de él dos cartas en las que me invitaba a ir a París para encargarme de la ejecución de una obra sobre arquitectura medieval, cosa que hice. En París encontré a Nugent completamente al margen de la política y de la correspondencia. Por lo anterior se explica, desde luego, que yo pudiera ser el aludido como “los afiliados de Marx“, pues no vi ni oí hablar de nadie más a quien Nugent hubiera atraído a París. El señor Vogt no podía saber, naturalmente, que yo nunca, ni directa ni indirectamente, entré en contacto con usted, y que probablemente nunca lo habría hecho si no hubiera fijado mi residencia en Londres, donde por casualidad tuve el placer de conocerles a usted y a su respetable familia.
Con un cordial saludo a usted y a sus apreciadas damas
H. Cal. Stecher»
4. El proceso de los comunistas de Colonia
Lo que comunico en esta sección735 sobre la embajada prusiana en Londres y su correspondencia con autoridades prusianas del continente durante la vista del proceso de Colonia se basa en las confesiones de Hirsch,736 hoy preso en Hamburgo, que A. Willich publicó en la New-Yorker Criminal-Zeitung en abril de 1853 con el título «Las víctimas de la moucharderie. Escrito justificativo de Wilhelm Hirsch»; Hirsch fue el instrumento principal del teniente de policía Greif y de su agente Fleury, y por encargo suyo y bajo su dirección forjó también el libro de actas falso que Stieber presentó durante el proceso de los comunistas. Doy aquí algunos extractos de las memorias de Hirsch.
«Las asociaciones alemanas eran vigiladas en común (durante la Exposición Industrial)737 por un triunvirato policial: el consejero de policía Stieber por Prusia, un señor Kubesch por Austria y el director de policía Huntel, de Bremen».
Hirsch describe así la primera escena que, a raíz de su ofrecimiento como mouchard, tuvo con el secretario de la embajada prusiana en Londres, Alberts:
«Las citas que la embajada prusiana en Londres da a sus agentes secretos tienen lugar en un local adecuado para ello. La taberna “The Cock”, en Fleet Street, Temple Bar, llama tan poco la atención que, si un gallo dorado, a modo de enseña, no indicara su entrada, quien no la buscara difícilmente la descubriría. Una entrada estrecha me condujo al interior de esta taberna de la vieja Inglaterra, y a mi pregunta por mister Charles se me presentó bajo esa firma un personaje bien entrado en carnes, con una sonrisa tan amable como si fuéramos ya viejos conocidos. El encargado de la embajada, pues era él, parecía de muy buen humor, y su humor se reforzó de tal modo con brandy y agua que durante un buen rato pareció olvidar el objeto de nuestro encuentro. Mister Charles, o, como enseguida se me presentó con su verdadero nombre, el escribiente de la embajada Alberts, me hizo saber ante todo que en realidad no tenía nada que ver con asuntos de policía, pero que, aun así, quería hacer de mediador ... Una segunda cita tuvo lugar en su domicilio de entonces, Brewer Street 39, Golden Square; allí conocí por primera vez al teniente de policía Greif: una figura de auténtico corte policial, de estatura mediana, pelo oscuro y una barba del mismo color recortada par ordre, de modo que el bigote se une a las patillas, y el mentón libre. Sus ojos, que denotan cualquier cosa menos inteligencia, parecen haberse acostumbrado, por el trato frecuente con ladrones y bribones, a una mirada saltona y penetrante ... El señor Greif se envolvió, como al principio el señor Alberts, en el mismo manto de seudónimo y se hacía llamar mister Charles. El nuevo mister Charles estaba al menos de un humor más serio; creyó que lo primero era examinarme ... Nuestro primer encuentro terminó con el encargo de que le diera un informe exacto sobre toda la actividad de la emigración revolucionaria ... La vez siguiente, el señor Greif me presentó a “su mano derecha”, como él decía, “a saber, uno de sus agentes”, añadió. El así llamado era un joven alto, elegantemente vestido, que se me presentó otra vez como un mister Charles; toda la policía política parece haber adoptado ese nombre como seudónimo; ya tenía que vérmelas con tres Charles. El recién llegado parecía, con todo, el más digno de mención con mucho. “También él”, según decía, “había sido revolucionario, pero todo se puede hacer; bastaba con que yo fuera de su parte”».
Greif dejó Londres por algún tiempo y se despidió de Hirsch
«con la observación expresa de que el nuevo mister Charles actuaba siempre por encargo suyo, de que yo no debía tener reparo en confiarme a él, aunque algunas cosas me parecieran extrañas; no debía escandalizarme por ello; para explicármelo mejor, añadió: “El ministerio necesita a veces tales o cuales objetos; los documentos son lo principal; si no se pueden conseguir, ¡hay que saber arreglárselas!“».
Hirsch sigue contando que el último Charles era Fleury,
«empleado antes en la expedición de la Dresdner Zeitung que dirigía L. Wittig. En Baden, con recomendaciones traídas de Sajonia, el gobierno provisional lo envió al Palatinado para ocuparse de la organización de la milicia, etc. Cuando los prusianos entraron en Karlsruhe, fue hecho prisionero, etc. Reapareció de repente en Londres a finales de 1850 o principios de 1851; aquí lleva desde el principio el nombre de De Fleury y como tal se encuentra entre los refugiados en una situación, al menos en apariencia, mala; se instala con ellos en el cuartel de refugiados creado por el comité de refugiados y disfruta del socorro. A comienzos del verano de 1851 su situación mejora de repente, se instala en una vivienda decente y a finales de año se casa con la hija de un ingeniero inglés. Más tarde lo vemos como agente de policía en París ... Su verdadero nombre es Krause, y es hijo del zapatero Krause que hará unos 15 o 18 años fue ejecutado en Dresde, junto con Backhof y Beseler, por el asesinato de la condesa Schönberg y de su doncella ... Muchas veces me dijo Fleury-Krause que trabajaba para los gobiernos desde los catorce años».
Es este Fleury-Krause a quien Stieber reconoció en la vista pública de Colonia como agente secreto de la policía prusiana a las órdenes directas de Greif. En mis Revelaciones sobre el proceso de los comunistas digo de Fleury: «Fleury no es, desde luego, la Flor de María de las prostitutas de la policía, pero flor es, y dará flores, aunque solo sean flores de lis».738 Esto se ha cumplido en cierto modo. Unos meses después del proceso de los comunistas, Fleury fue condenado en Inglaterra por falsificación a algunos años de hulks.739
«Como mano derecha del teniente de policía Greif», dice Hirsch, «Fleury trataba directamente con la embajada prusiana en ausencia de aquel».
Con Fleury estaba en relación Max Reuter, que perpetró el robo de cartas en casa de Oswald Dietz, entonces archivero de la liga de Schapper y Willich.740
«Stieber», dice Hirsch, «estaba informado por el agente del embajador prusiano Hatzfeldt en París, aquel notorio Cherval, de las cartas que este mismo había escrito a Londres, y se limitó a hacer averiguar por Reuter el paradero de estas, tras lo cual Fleury, por encargo de Stieber, perpetró aquel robo con ayuda de Reuter. Estas son las cartas robadas que el señor Stieber no se ha avergonzado de presentar abiertamente “como tales” ante el jurado de Colonia ... En el otoño de 1851 Fleury había estado en París junto con Greif y Stieber, después de que este último hubiera entrado ya allí en relación, por mediación del conde Hatzfeldt, con aquel Cherval, o más exactamente Joseph Crämer, con cuya ayuda esperaba montar un complot. Con este fin, los señores Stieber, Greif, Fleury, además de otros dos agentes de policía, Beckmann741 y Sommer, deliberaron en París junto con el famoso espía francés Lucien de la Hodde (bajo el nombre de Duprez) y dieron a Cherval sus instrucciones, a las que tenía que ajustar sus cartas. Muchas veces se ha divertido Fleury conmigo con aquel ataque provocado entre Stieber y Cherval; y aquel Schmidt que se presentó en la asociación fundada por Cherval por orden policial como secretario de una liga revolucionaria de Estrasburgo y Colonia, aquel Schmidt no es otro que el señor De Fleury ... Fleury era sin duda el único agente de la policía secreta prusiana en Londres, y todas las ofertas y propuestas que se hacían a la embajada pasaban por sus manos ... en muchos casos los señores Greif y Stieber se fiaban de su juicio».
Fleury le revela a Hirsch:
«El señor Greif le ha dicho a usted cómo hay que actuar ... La policía central de Fráncfort es ella misma de la opinión de que se trata ante todo de asegurar la existencia de la policía política; por qué medios lo hagamos es indiferente; se ha dado un paso con el complot de septiembre de París».742
Greif vuelve a Londres, expresa su satisfacción por los trabajos de Hirsch, pero pide más, en particular informes sobre «las sesiones secretas de la Liga del partido Marx».
«A tout prix»,743 concluyó el teniente de policía, «tenemos que redactar informes sobre las sesiones de la Liga; hágalo usted como quiera, solo que nunca debe pasar de lo verosímil; yo mismo estoy demasiado ocupado. El señor De Fleury trabajará con usted en mi nombre».
La ocupación de Greif en aquel momento consistía, según dice Hirsch, en una correspondencia con Maupas,744 por medio de De la Hodde-Duprez, sobre la fuga simulada de Cherval y Gipperich de la prisión de Sainte-Pélagie que había que organizar. Ante la seguridad que le dio Hirsch de que
«Marx no había fundado en Londres ninguna nueva asociación central de la Liga ... Greif convino con Fleury en que, dadas las circunstancias, de momento redactaríamos nosotros mismos informes sobre sesiones de la Liga; él, Greif, se encargaría de su autenticidad y respondería de ella, y lo que él presentara sería aceptado de todos modos».
Fleury y Hirsch se ponen, pues, manos a la obra. «El contenido» de sus informes sobre las sesiones secretas de la Liga que celebraba Marx «se llenaba», dice Hirsch,
«con que de vez en cuando se habían celebrado discusiones, se había admitido a miembros de la Liga, en algún rincón de Alemania se había fundado una nueva comunidad, había tenido lugar alguna nueva organización, los amigos de Marx presos en Colonia tenían o no tenían perspectivas de ser liberados, habían llegado cartas de fulano o de mengano, etc. En cuanto a esto último, Fleury solía tener en cuenta a personas de Alemania que ya eran sospechosas por haber sido objeto de investigaciones políticas o que de un modo u otro habían desplegado una actividad política; con mucha frecuencia, sin embargo, tenía que echar una mano la fantasía, y entonces aparecía alguna vez un miembro de la Liga cuyo nombre quizá ni existía en el mundo. El señor Greif opinaba, con todo, que los informes estaban bien y que había que producir algunos à tout prix. En parte, Fleury se encargaba él solo de redactarlos, pero las más de las veces yo tenía que ayudarle, porque le era imposible redactar correctamente la menor menudencia. Así nacieron los informes, y el señor Greif asumió sin reparo la garantía de su veracidad».
Hirsch cuenta a continuación cómo Fleury y él visitan a A. Ruge en Brighton y a Eduard Meyen (de tobyana memoria) y les roban cartas y correspondencias litografiadas. Y no basta con eso. Greif y Fleury alquilan una prensa litográfica en la imprenta de Stanbury, Fetter Lane, y con Hirsch se ponen a hacer ellos mismos «hojas volantes radicales». Aquí hay algo que aprender para el «demócrata» F. Zabel. Que escuche:
«La primera hoja, redactada por mí» (Hirsch), «se titulaba, según indicación de Fleury, “Al proletariado del campo”, y se consiguió sacar de ella algunas buenas pruebas. El señor Greif envió esas pruebas como procedentes del partido de Marx y, para dar todavía más verosimilitud a su origen, intercaló en los informes de las llamadas sesiones de la Liga, fabricados del modo descrito, unas palabras sobre el envío de semejante octavilla. Una vez más se hizo una fabricación parecida con el título “A los hijos del pueblo”, y no sé bajo qué firma la entregó esta vez el señor Greif; más tarde cesó esta habilidad, sobre todo porque se perdía demasiado dinero con ella».
Cherval llega entonces a Londres, tras su fuga simulada de París, y queda adscrito provisionalmente a Greif con un salario de 1 libra y 10 chelines semanales,
«por el que estaba obligado a dar informes sobre las relaciones entre la emigración alemana y la francesa».
Desenmascarado públicamente en la Asociación Obrera y expulsado como mouchard,
«Cherval, por razones muy comprensibles, presentaba a la emigración alemana y a sus órganos como lo menos dignos de atención posible, porque por ese lado le era totalmente imposible aportar nada. En cambio, le preparó a Greif un informe sobre el partido revolucionario no alemán que superaba a Münchhausen».
Hirsch vuelve ahora al proceso de Colonia.
«Muchas veces se había interpelado al señor Greif sobre el contenido de los informes de la Liga fabricados por Fleury por encargo suyo, en lo que afectaban al proceso de Colonia ... También llegaban encargos concretos sobre este asunto; una vez se dijo que Marx mantenía correspondencia con Lassalle bajo una dirección “Trinkhaus”, y el señor fiscal deseaba que se hicieran pesquisas al respecto ... Más ingenua parece una petición del señor fiscal en la que deseaba recibir aclaraciones exactas sobre los socorros en dinero que Lassalle, desde Düsseldorf, hacía llegar al preso Röser en Colonia ... pues el dinero, en realidad, debía de venir de Londres».
Ya se ha mencionado en el capítulo III, 4, cómo Fleury debía encontrar en Londres, por encargo de Hinckeldey, a una persona que hiciera ante el jurado de Colonia el papel del testigo desaparecido Haupt, etc. Tras exponer detalladamente este incidente, Hirsch prosigue:
«El señor Stieber había pedido entretanto con urgencia a Greif que, si era posible, le suministrara actas originales de las sesiones de la Liga que él había enviado. Fleury opinaba que, con tal de tener gente a su disposición de un modo u otro, él conseguiría un acta original. Pero sobre todo, decía, habría que tener la letra de algunos amigos de Marx. Me aproveché de esta última observación y rechacé por mi parte la pretensión; solo una vez más volvió Fleury a hablar del asunto, y después ya no dijo nada. De repente, por esa época, el señor Stieber se presentó en Colonia con un libro de actas de la asociación central de la Liga que sesionaba en Londres... Mayor aún fue mi asombro cuando en las actas comunicadas en extracto por los periódicos reconocí casi al pie de la letra los informes falsificados por Fleury por encargo de Greif. El señor Greif o el propio señor Stieber habían conseguido, pues, de algún modo una copia, pues las actas de ese supuesto original llevaban firmas, y las entregadas por Fleury nunca las habían llevado. Del propio Fleury, sobre esta aparición prodigiosa, solo supe “que Stieber sabía hacerlo todo y que la historia iba a causar furor”».
En cuanto Fleury supo que «Marx» había hecho legalizar ante un police court de Londres la letra auténtica de los supuestos firmantes de las actas (Liebknecht, Rings, Ulmer, etc.), redactó la carta siguiente:
«A la alta Real Presidencia de Policía de Berlín. Londres, fecha ut supra. Con el propósito de presentar como falsificadas las firmas de los firmantes de las actas de la Liga, Marx y sus amigos se proponen aquí legalizar muestras de letra que luego se presentarán al tribunal de jurados como las firmas verdaderamente auténticas. Todo el que conoce las leyes inglesas sabe también que en este punto se pueden torcer y retorcer, y que quien garantiza la autenticidad no presta en el fondo, en realidad, ninguna fianza. Quien hace esta comunicación no teme firmar con su nombre en un asunto en el que se trata de la verdad. Becker, 4, Litchfield Street». «Fleury conocía la dirección de Becker, un refugiado alemán que vivía en la misma casa que Willich, de modo que más tarde la sospecha de la autoría podía recaer fácilmente sobre este, como adversario de Marx ... Fleury se alegraba ya de antemano del escándalo que aquello iba a provocar. La carta, naturalmente, se leería tan tarde, opinaba, que las posibles dudas sobre su autenticidad solo podrían despejarse cuando el proceso hubiera terminado ya ... La carta, firmada por Becker, iba dirigida a la Presidencia de Policía de Berlín, pero no fue a Berlín, sino “al funcionario de policía Goldheim, Frankfurter Hof, en Colonia”, y un sobre de esa carta fue a la Presidencia de Policía de Berlín con la observación, en una nota adjunta: “El señor Stieber, en Colonia, dará información exacta sobre el objeto” ... El señor Stieber no hizo uso de la carta; no podía hacer uso de ella porque se vio obligado a abandonar todo el libro de actas».
Respecto a esto último, dice Hirsch:
«El señor Stieber declara» (ante el tribunal) «que lo tenía en sus manos desde catorce días antes y que se lo pensó antes de hacer uso de él; declara además que le llegó por medio de un correo en la persona de Greif ... Greif le habría traído, pues, su propio trabajo; pero ¿cómo casa esto con un escrito del señor Goldheim? El señor Goldheim escribe a la embajada: “Solo se ha traído tan tarde el libro de actas para eludir el efecto de posibles interpelaciones sobre su autenticidad” ...».
El viernes 29 de octubre llegó a Londres el señor Goldheim.
«El señor Stieber, en efecto, tenía ante los ojos la imposibilidad de sostener la autenticidad del libro de actas, y por eso envió a un delegado para tratar del asunto con Fleury sobre el terreno; la cuestión era si no se podría aportar de algún modo una prueba. Sus conversaciones no dieron fruto, y volvió a marcharse sin resultado, dejando a Fleury en un estado de desesperación; Stieber, en efecto, estaba resuelto, llegado el caso, a ponerlo en evidencia para no comprometer a los jefes de policía. Que este era el motivo de la inquietud de Fleury solo me lo enseñó la declaración del señor Stieber que siguió poco después. Consternado, el señor Fleury recurrió entonces a un último medio; me trajo una muestra de letra según la cual yo debía copiar una declaración, firmarla con el nombre de Liebknecht y jurarla luego ante el lord mayor de Londres haciéndome pasar por Liebknecht ... Fleury me dijo que la letra era de quien había escrito el libro de actas, y que el señor Goldheim la había traído» (de Colonia). ¿Pero cómo, si el señor Stieber había recibido el libro de actas por medio del correo Greif desde Londres, cómo podía el señor Goldheim traer de Colonia, en el momento en que Greif ya estaba de vuelta en Londres, una muestra de la letra del supuesto redactor de las actas? ... Lo que Fleury me dio eran solo unas pocas palabras y la firma ...». Hirsch «copió la letra lo más parecida posible y declaró en ella que el abajo firmante, es decir, Liebknecht, declaraba falsa la legalización de su firma hecha por Marx y consortes y declaraba esta firma suya la única auténtica. Cuando hube terminado mi trabajo y tenía en las manos la muestra de letra» (es decir, la que Fleury le había entregado para copiarla), «que por fortuna todavía conservo, le manifesté a Fleury, para su no pequeño asombro, mis reparos y le rechacé de plano su petición. Al principio desconsolado, me declaró luego que él mismo prestaría el juramento ... Para mayor seguridad, opinaba, haría refrendar la muestra de letra por el cónsul prusiano, y con este fin se dirigió primero a su oficina. Lo esperé en una taberna; cuando volvió había conseguido el refrendo, tras lo cual se dirigió al lord mayor con la intención de prestar juramento. Pero la cosa no salió por ese camino; el lord mayor exigió otras garantías que Fleury no pudo dar, y el juramento no se prestó ... Ya entrada la noche vi una vez más, y con ello por última vez, al señor De Fleury. Precisamente ese día se había llevado la desagradable sorpresa de leer en la Kölnische Zeitung la declaración del señor Stieber que le concernía. “Pero yo sé que Stieber no podía hacer otra cosa; de lo contrario se habría comprometido a sí mismo”, filosofaba consolándose el señor De Fleury con mucho acierto ... “En Berlín se daría un golpe cuando los de Colonia hubieran sido condenados”, me dijo el señor De Fleury uno de los últimos días en que lo vi».
Los últimos encuentros de Fleury con Hirsch tuvieron lugar a finales de octubre de 1852; las confesiones de Hirsch están fechadas a finales de noviembre de 1852; y a finales de marzo de 1853 se produjo el «golpe en Berlín» (la conspiración de Ladendorf).745
5. Calumnias
Terminado el proceso de los comunistas de Colonia, se propagaron con viveza calumnias al estilo de Vogt sobre mi «explotación» de los obreros, sobre todo en la prensa germanoamericana. Algunos amigos míos que viven en América —los señores J. Weydemeyer, el doctor A. Jacobi (médico en Nueva York, uno de los acusados del proceso de los comunistas de Colonia) y A. Cluss (empleado en el arsenal de la Marina de los Estados Unidos en Washington)—746 publicaron con fecha de Nueva York, 7 de noviembre de 1853, una refutación detallada de esa necedad, observando que yo tenía razón en callar sobre mis asuntos privados en la medida en que se tratara del favor del filisteo. «Pero frente a la crapule,747 al filisteo y al vago degenerado, a nuestro juicio, eso perjudica a la causa, y nosotros rompemos el silencio».
6. La guerra de las ranas y los ratones
En mi panfleto citado antes, El caballero, etc., se lee en la página 5: «... El 20 de julio de 1851 se fundó la “Asociación de Agitación”, y el 27 de julio de 1851 el “Club de la Emigración” alemán. Desde ese día ... data ... la lucha, librada a ambos lados del océano, entre “Emigración” y “Agitación”; comenzó la gran guerra de las ranas y los ratones.748
¿Quién me dará palabras y quién la voz
para contar lo más grande con grandeza y dignidad?
Pues combate más soberbio, con furia más feroz,
no se vio desde el principio del mundo ciertamente;
las demás batallas, por terribles que sean,
son violetas y rosas, y mi canto
me falla allí donde bravura y gloria
brillan por igual en la historia de esta lucha.
(Según Boiardo, Orlando innamorato, canto 27)».749
No es en absoluto mi propósito entrar aquí con detalle en «la historia de esta lucha», ni siquiera en los «preliminares de un tratado de unión» acordados el 13 de agosto de 1852 entre Gottfried Kinkel, en nombre del Club de la Emigración, y A. Goegg, en nombre de la «Liga Revolucionaria de los Dos Mundos» (publicados verbotenus750 y bajo esa firma en toda la prensa germanoamericana). Solo observo que todos los refugiados parlamentarios, con pocas excepciones (nombres como el de K. Vogt los evitaba entonces cualquier partido ya por decoro), participaron en la mascarada de un lado o del otro.
Gottfried Kinkel, la flor de la pasión del filisteísmo alemán, expuso al final de su gira de mendicante revolucionario por los Estados Unidos, en el «Memorial sobre el empréstito nacional alemán para el fomento de la revolución, fechado en Elmira, estado de Nueva York, el 22 de febrero de 1852», opiniones que al menos tienen el mérito de la máxima sencillez. Gottfried opina que con la fabricación de revoluciones pasa lo mismo que con la fabricación de ferrocarriles. Si hay dinero, en un caso aparece el ferrocarril y en el otro la revolución. Mientras la nación lleva en el pecho sentimientos de necesidad de revolución, los fabricantes de revoluciones tienen que llevar dinero contante en el bolsillo, y por eso todo depende de una «tropa pequeña, bien equipada, ampliamente provista de dinero». Se ve a qué laberintos de ideas empuja el viento mercantil de Inglaterra incluso a las cabezas melodramáticas. Como aquí todo se hace por acciones, hasta la public opinion,751 ¿por qué no una sociedad anónima «para el fomento de la revolución»?
En un encuentro público con Kossuth, que por entonces también andaba precisamente mendigando para la revolución por los Estados Unidos, Gottfried declaró de un modo muy estético:
«Aun de su mano pura, gobernador, la libertad regalada sería para mí un duro bocado de pan que mojaría con las lágrimas de mi vergüenza».
Gottfried, que miraba con tanto rigor el diente al caballo regalado, aseguró por eso al gobernador que, si este le tendía con la derecha la «revolución de Oriente», él, Gottfried, a su vez, le entregaría con la derecha al gobernador, como equivalente, «la revolución de Occidente». Siete años después, en el Hermann,752 fundado por él mismo, el mismo Gottfried asegura que es un hombre de rara consecuencia y que, así como ante el consejo de guerra de Rastatt proclamó al príncipe regente emperador de Alemania, siempre se ha mantenido fiel a esa divisa.753
El conde Oskar Reichenbach,754 uno de los tres regentes originarios y tesorero del empréstito revolucionario, publicó con fecha de Londres, 8 de octubre de 1852 una rendición de cuentas acompañada de una declaración en la que se desentiende de la empresa, aunque al mismo tiempo declara: «En todo caso, no puedo ni voy a entregar el dinero a los ciudadanos Kinkel, etc.». En cambio, invitaba a los accionistas a rescatar los vales provisionales de préstamo a cambio del dinero que había en caja. A dejar la administración de la caja, etc., dice,
«me determinan razones políticas y jurídicas ... No se han cumplido los supuestos en que se basaba la idea del empréstito. La suma de 20.000 dólares, que había que reunir antes de seguir adelante con el empréstito, no se ha alcanzado por ello ... La propuesta de fundar una revista y agitar en el terreno de las ideas no encuentra eco. Solo el charlatanismo político o la monomanía revolucionaria pueden declarar ahora realizable el empréstito y posible en este momento un empleo del dinero activamente revolucionario e igual de justo para todas las fracciones del partido, es decir, impersonal».
La fe revolucionaria de Gottfried, sin embargo, no era tan fácil de quebrantar, y con este fin se procuró un «acuerdo» que le permitió continuar el negocio bajo otra firma.
La rendición de cuentas de Reichenbach contiene datos interesantes.
«De las contribuciones», decía, «que más tarde los comités pagaran quizá a otros que no fueran yo no se puede hacer responsables a los garantes, cosa que ruego a los comités que tengan en cuenta al recoger los vales y al rendir cuentas».
Los ingresos sumaban, según su compte rendu,755 1.587 libras, 6 chelines y 4 peniques, a los que Londres había contribuido con 2 libras y 5 chelines y «Alemania» con 9 libras. Los gastos ascendían a 584 libras, 18 chelines y 5 peniques, y se componen así: gastos de viaje de Kinkel y de Hillgärtner: 220 libras; otros viajeros: 54 libras; prensa litográfica: 11 libras; confección de los vales provisionales: 14 libras; correspondencia litografiada, portes, etc.: 106 libras, 1 chelín y 6 peniques; por orden de Kinkel, etc.: 100 libras.
El empréstito revolucionario acabó en 1.000 libras que Gottfried Kinkel tiene a punto en el Westminster Bank como señal para el primer gobierno provisional alemán. ¿Y pese a todo, todavía no hay gobierno provisional? Quizá Alemania crea que tiene bastante con 36 gobiernos definitivos.756
Algunos fondos americanos del empréstito que no se incorporaron a la caja central de Londres encontraron aquí y allá al menos un empleo patriótico; por ejemplo, las 100 libras que Gottfried Kinkel entregó al señor Karl Blind en la primavera de 1858 para convertirlas en «hojas volantes radicales», etc.
7. La polémica sobre Palmerston
«Council Hall, Sheffield, 6 de mayo de 1856
Señor doctor:
El Comité de Asuntos Exteriores de Sheffield me encarga transmitirle la expresión de su cálido agradecimiento por el gran servicio público que ha prestado usted con su admirable exposé de los documentos de Kars publicados en el People's Paper.757 Tengo el honor, etc.
Wm. Cyples, secretario
Al doctor Karl Marx».758
8. Declaración del señor A. Scherzer
El señor A. Scherzer, que desde los años treinta ha tomado una parte honrosa en el movimiento obrero, me escribe con fecha de Londres, 22 de abril de 1860:
«¡Estimado ciudadano! No puedo dejar de protestar contra un pasaje que, entre el atroz tejido de mentiras y las infames calumnias del folleto de Vogt, me afecta personalmente. En el documento n.º 7 que se reproduce, Schweizer Handels-Courier, n.º 150, del 2 de junio, suplemento, se dice: “Sabemos que en este momento se están haciendo de nuevo esfuerzos desde Londres. Desde allí se dirigen a asociaciones y personas cartas firmadas A. Sch..., etc.”. Estas “cartas” parecen ser el motivo que lleva al señor K. Vogt a escribir en otro lugar de su libro: “A comienzos de este año (1859), sin embargo, pareció abrirse un nuevo terreno para la agitación política. Al instante se aprovechó la ocasión para recuperar, si era posible, alguna influencia. La táctica no ha cambiado en este punto desde hace años. Un comité del que, como dice la vieja canción, 'nadie sabe nada', envía cartas por medio de un presidente o un secretario, también por lo demás completamente desconocidos, etc., etc. Una vez sondeado así el terreno, caen en el país unos cuantos 'hermanos viajeros' que se ocupan al instante de organizar una sociedad secreta. La propia asociación a la que se trata de comprometer no se entera de esas intrigas, que quedan como un conventículo de unos pocos individuos; la mayoría de las veces, incluso, la correspondencia que se lleva en nombre de la asociación le es totalmente desconocida, pero en las cartas se dice siempre “nuestra asociación”, etc., y las reclamaciones de la policía, que luego llegan inevitablemente y se basan en escritos redactados, van siempre contra toda la asociación, etc.”.
¿Por qué no ha reproducido el señor K. Vogt toda la carta a la que alude en el documento n.º 7? ¿Por qué no “sondeó” la fuente de la que procedía? Le habría sido fácil averiguar que la Asociación Cultural Obrera Alemana de Londres, que es pública, nombró en sesión pública un comité de correspondencia para el que tuve el honor de ser elegido. Si el señor Vogt habla de secretarios desconocidos y cosas parecidas, me alegra mucho que no me conozca, pero me complace poder decir que me conocen miles de obreros alemanes que han bebido todos en la ciencia de los hombres a los que él ahora cubre de baba. Los tiempos han cambiado. El periodo de las sociedades secretas ha pasado. Es absurdo hablar de sociedad secreta o de conventículo cuando un asunto se discute abiertamente en una asociación obrera a cuyas sesiones asisten siempre forasteros como visitantes. Las cartas que firmé estaban redactadas de manera que a nadie se le pudiera tocar un pelo por ellas. A los obreros alemanes de Londres solo nos importaba conocer el estado de ánimo de las asociaciones obreras del continente y fundar un periódico que representara los intereses de la clase trabajadora y combatiera a las plumas a sueldo extranjero. A ningún obrero alemán se le ocurría, naturalmente, actuar en interés de un Bonaparte, de lo que solo es capaz un Vogt o sus semejantes. Aborrecemos el despotismo de Austria sin duda más seriamente que el señor Vogt, pero no buscamos su derrota en la victoria de un déspota extranjero. Cada pueblo tiene que liberarse por sí mismo. ¿No es llamativo que el señor Vogt reclame para sí precisamente el medio que nos imputa como delito por haberlo vuelto contra sus manejos? Si el señor Vogt afirma que no le paga Bonaparte, sino que solo recibió de manos democráticas dinero para fundar un periódico, y con ello quiere lavarse, ¿cómo puede, con toda su erudición, ser tan cerrado como para acusar y hacer sospechosos a obreros que se preocupan por el bien de su patria y hacen propaganda para fundar un periódico?
Con la mayor consideración, A. Scherzer».
9. El artículo de Blind en la Free Press del 27 de mayo de 1859759
«El gran duque Constantino, rey de Hungría
Un corresponsal, que adjunta su tarjeta, nos escribe lo siguiente:
Señor: Habiendo estado presente en el último mitin del Music Hall, oí lo que se dijo sobre el gran duque Constantino.760 Puedo darle otro dato:
Ya el verano pasado, el príncipe Jérôme-Napoléon expuso en detalle a algunos de sus confidentes en Ginebra un plan de ataque contra Austria y la futura reordenación del mapa de Europa. Conozco el nombre de un senador suizo al que planteó el asunto. El príncipe Jérôme declaró entonces que, según el plan trazado, el gran duque Constantino había de ser rey de Hungría.
Sé además de intentos hechos a comienzos del presente año para ganar para el plan ruso-napoleónico a algunos de los demócratas alemanes exiliados, así como a algunos liberales influyentes de Alemania. Se les ofrecieron como soborno grandes ventajas pecuniarias. Me alegra decir que esas ofertas fueron rechazadas con indignación».
10. Las cartas del señor Orges
«¡Muy honorable señor! Recibo hoy del señor Liebknecht la noticia de que usted tiene la bondad de querer poner amablemente a nuestra disposición un documento judicial sobre la hoja volante contra Vogt, en lo que se refiere a su origen. Le ruego encarecidamente que me lo envíe, y lo más rápidamente posible, para que podamos presentarlo. Le ruego que envíe el documento contra recibo y nos cargue todos los gastos que haya. Por lo demás, muy honorable señor, el partido liberal desconoce a veces a la Allgemeine Zeitung; nosotros (la redacción) hemos pasado todos la prueba del fuego y del agua de la fidelidad a nuestras convicciones políticas. No mire usted la pieza suelta, el artículo concreto, sino la actividad de conjunto, y llegará sin duda a la convicción de que ningún periódico alemán aspira como nosotros, sin prisa pero sin pausa, a la unidad y la libertad, al poder y la cultura, al progreso espiritual y material, a la elevación del sentimiento nacional y de la moralidad en el pueblo alemán, y de que ninguno consigue más que nosotros. Tiene usted que medir nuestro quehacer por nuestra obra. Rogándole una vez más con la mayor urgencia que atienda amablemente mi petición, firmo con la mayor consideración
su muy seguro servidor, Hermann Orges.
Augsburgo, 16 de octubre».
La segunda carta, de la misma fecha, era solo un extracto de la primera, «enviada también por mayor precaución», como escribe el señor Orges, y pide asimismo «el envío más urgente del documento sobre el origen de la conocida hoja volante contra Vogt, que, según escribe el señor Liebknecht, ha tenido usted la bondad de poner a nuestra disposición».
11. Circular contra K. Blind
De mi circular en inglés contra Blind, fechada el 4 de febrero de 1860, doy aquí solo el final:
«Ahora bien, antes de dar ningún otro paso, quiero desenmascarar a los sujetos que evidentemente han hecho el juego a Vogt. Por eso declaro públicamente que la afirmación de Blind, Wiehe y Hollinger según la cual el panfleto anónimo no se imprimió en la imprenta de Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho, es una mentira deliberada. En primer lugar, el señor Vögele, uno de los cajistas empleados antes por Hollinger, declarará bajo juramento que dicho panfleto se imprimió en la imprenta de Hollinger, estaba escrito con la letra del señor Blind y en parte lo compuso el propio Hollinger. En segundo lugar, puede probarse judicialmente que el panfleto y el artículo de Das Volk se tiraron con la misma composición. En tercer lugar, se mostrará que Wiehe no estuvo empleado por Hollinger durante once meses seguidos y, en particular, no estaba empleado por él en el momento de la publicación del panfleto. Por último, pueden citarse testigos en cuya presencia el propio Wiehe confesó que Hollinger lo había persuadido de firmar la declaración deliberadamente falsa publicada en la Gaceta de Augsburgo. En consecuencia, vuelvo a declarar que el citado Charles Blind es un mentiroso deliberado. Karl Marx».761
Del Times de Londres, 3 de febrero:
«Viena, 30 de enero. El profesor suizo Vogt pretende saber que Francia procurará a Suiza el Faucigny, el Chablais y el Genevois, las provincias neutrales de Saboya, si el Gran Consejo de la República le deja el libre uso del Simplón».762
12. El afidávit de Vögele
«Declaro por la presente que la hoja volante alemana “Zur Warnung” (Advertencia), que después se reimprimió en el n.º 7 (del 18 de junio de 1859) de Das Volk (un periódico alemán que se publicaba entonces en Londres) y que volvió a reimprimirse en la Allgemeine Zeitung de Augsburgo (la Gaceta de Augsburgo); que esa hoja la compusieron en parte el señor Fidelio Hollinger, de 3, Litchfield Street, Soho, Londres, y en parte yo mismo, que estaba entonces empleado por el señor Fidelio Hollinger, y que la hoja se publicó en la imprenta del señor F. Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho, Londres; que el manuscrito de dicha hoja estaba escrito de puño y letra del señor Charles Blind; que vi al señor F. Hollinger entregar al señor William Liebknecht, de 14, Church Street, Soho, Londres, la prueba de imprenta de la hoja “Zur Warnung”; que el señor F. Hollinger vaciló al principio en entregar la prueba al señor W. Liebknecht y que, cuando el señor W. Liebknecht se hubo retirado, él, el señor F. Hollinger, nos expresó a mí y a mi compañero de trabajo J. F. Wiehe su pesar por haberse desprendido de la prueba.
Declarado en el tribunal de policía de Bow Street, en el condado de Middlesex, el día once de febrero de 1860, ante mí, Th. Henry, uno de los magistrados de policía de la metrópoli.
L. S.
A. Vögele».763
13. El afidávit de Wiehe
«Uno de los primeros días de noviembre pasado —no recuerdo la fecha exacta—, por la noche, entre las nueve y las diez, me sacó de la cama el señor F. Hollinger, en cuya casa vivía yo entonces y que me empleaba como cajista. Me presentó un papel en el que se decía que durante los once meses anteriores yo había estado empleado por él sin interrupción y de que durante todo ese tiempo cierta hoja volante alemana, “Zur Warnung” (Advertencia), no se había compuesto ni impreso en la imprenta del señor Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho. En mi estado de perplejidad, y sin darme cuenta de la importancia del asunto, accedí a su deseo, copié el documento y lo firmé. El señor Hollinger me prometió dinero, pero nunca recibí nada. Durante esa operación, el señor Charles Blind, según me informó entonces mi mujer, esperaba en la habitación del señor Hollinger. Unos días después, la señora Hollinger me llamó mientras comía, me hizo bajar y me llevó a la habitación de su marido, donde encontré solo al señor Charles Blind. Me presentó el mismo papel que me había presentado antes el señor Hollinger y me suplicó que escribiera y firmara una segunda copia, pues quería dos, una para él y otra para publicarla en la prensa. Añadió que se mostraría agradecido conmigo. Volví a copiar y a firmar el papel.
Declaro por la presente la verdad de lo anterior, así como que:
- Durante los once meses mencionados en el documento estuve seis semanas empleado no por el señor Hollinger, sino por un tal señor Ermani. 2) No trabajaba en la imprenta del señor Hollinger precisamente en el momento en que se publicó la hoja “Zur Warnung” (Advertencia). 3) Oí decir entonces al señor Vögele, que trabajaba a la sazón para el señor Hollinger, que él, Vögele, había compuesto la hoja en cuestión junto con el propio señor Hollinger y que el manuscrito era de puño y letra del señor Blind. 4) La composición del panfleto seguía montada cuando volví al servicio del señor Hollinger. Yo mismo la dividí en columnas para la reimpresión de la hoja (o panfleto) “Zur Warnung” (Advertencia) en el periódico alemán Das Volk, publicado en Londres por el señor Fidelio Hollinger, 3, Litchfield Street, Soho. La hoja apareció en el n.º 7, del 18 de junio de 1859, de Das Volk (El Pueblo). 5) Vi al señor Hollinger entregar al señor William Liebknecht, de 14, Church Street, Soho, Londres, la prueba de imprenta del panfleto “Zur Warnung”, en la que el señor Charles Blind había corregido de su propia mano cuatro o cinco erratas. El señor Hollinger vaciló al principio en entregar la prueba al señor Liebknecht y, cuando el señor Liebknecht se hubo retirado, él, F. Hollinger, nos expresó a mí y a mi compañero de trabajo Vögele su pesar por haberse desprendido de la prueba.
Declarado y firmado por el citado Johann Friedrich Wiehe en el tribunal de policía de Bow Street, el día 8 de febrero de 1860, ante mí, Th. Henry, magistrado de dicho tribunal.
L. S.
Johann Friedrich Wiehe».764
14. De los papeles del proceso
«Gobierno Provisional
República Francesa. Libertad, Igualdad, Fraternidad.
En nombre del pueblo francés
París, 1 de marzo de 1848
Valiente y leal Marx:
El suelo de la república francesa es un campo de asilo para todos los amigos de la libertad. La tiranía lo desterró a usted; la Francia libre le vuelve a abrir sus puertas, a usted y a todos los que combaten por la causa santa, la causa fraterna de todos los pueblos. Todo agente del gobierno francés debe interpretar su misión en este sentido. Salud y fraternidad.
Ferdinand Flocon, miembro del Gobierno Provisional».765
«Bruselas, 19 de mayo de 1848
Mi querido señor Marx:
Me entero con gran placer por nuestro amigo Weerth766 de que va a publicar usted en Colonia una Nueva Gaceta Renana, cuyo prospecto me ha entregado. Es muy necesario que esta hoja nos tenga al corriente en Bélgica de los asuntos de la democracia alemana, pues aquí es imposible saber nada cierto de ellos por la Gaceta de Colonia, la Gaceta Universal de Augsburgo y las demás gacetas aristocráticas de Alemania que recibimos en Bruselas, ni tampoco por nuestra Indépendance Belge, cuyas correspondencias particulares están todas concebidas desde el punto de vista de los intereses de nuestra aristocracia burguesa. El señor Weerth me dice que va a reunirse con usted en Colonia para contribuir a la empresa de la Nueva Gaceta Renana, y me promete en nombre de usted el envío de esta hoja a cambio del Débat social767 que yo le enviaré por mi parte. Tampoco deseo otra cosa que mantener con usted una correspondencia sobre los asuntos comunes a nuestros dos países. Es indispensable que belgas y alemanes no permanezcan demasiado ajenos unos a otros, en interés común de ambos países, pues en Francia se preparan acontecimientos que no tardarán en poner en juego cuestiones que afectarán a los dos países juntos. Vuelvo de París, donde he pasado una decena de días que he empleado lo mejor que he podido en hacerme cargo de la situación de esa gran capital. Me encontré, al final de mi estancia, justo en medio de los sucesos del 15 de mayo. Incluso asistí a la sesión en que se produjo la irrupción del pueblo en la Asamblea Nacional ...768 Todo lo que he comprendido, al ver la actitud del pueblo parisiense y oír hablar a los principales personajes que están en este momento al frente de los asuntos de la república francesa, es que se espera una fuerte reacción del espíritu burgués contra los acontecimientos del pasado febrero; los sucesos del 15 de mayo precipitarán sin duda esa reacción. Ahora bien, esta traerá indudablemente dentro de poco un nuevo levantamiento del pueblo ... Francia tendrá que recurrir pronto a la guerra. Para ese caso tendremos que pensar, aquí y entre ustedes, qué habremos de hacer juntos. Si la guerra se dirige primero hacia Italia, tendremos un respiro ... Pero si se dirige en el acto hacia este país, no sé todavía muy bien qué tendremos que hacer, y entonces necesitaremos el consejo de los alemanes ... Entretanto anunciaré en el Débat social del domingo la próxima publicación de su nueva hoja ... Cuento con ir a Londres hacia finales del próximo mes de junio. Si tiene usted ocasión de escribir a algunos amigos de Londres, tenga a bien pedirles que me acojan allí. Suyo afectísimo,
L. Jottrand, abogado».
«Bruselas, 10 de febrero de 1860
Mi querido Marx:
No teniendo noticias de usted desde hace mucho tiempo, recibí su última con la más viva satisfacción. Se queja usted de lo lentas que van las cosas y de la poca prisa que me he dado en responderle a la pregunta que me había hecho. Qué quiere: la edad hace lenta la pluma; espero, sin embargo, que encuentre usted mis opiniones y mis sentimientos siempre iguales. Veo que su última está trazada al dictado por la mano de su secretaria íntima, de su adorable media naranja: pues bien, la señora Marx no deja de acordarse del viejo ermitaño de Bruselas. Dígnese ella recibir con bondad mis respetuosos saludos.
Consérveme usted, querido colega, en su amistad. Salud y fraternidad.
Lelewel».
«5, Cambridge Place, Kensington, Londres,
11 de febrero de 1860
Mi querido Marx: He leído una serie de artículos infames contra usted en la National-Zeitung y estoy completamente asombrado de la falsedad y la malignidad de su autor. Siento realmente como un deber que todo el que le conozca, por innecesario que deba ser semejante testimonio, rinda tributo a la valía, el honor y el desinterés de su carácter. Me incumbe doblemente hacerlo cuando recuerdo cuántos artículos aportó usted a mi pequeña revista, las Notes to the People, y después al People's Paper, durante años, de forma completamente gratuita; artículos de tan alto valor para la causa del pueblo y de tan gran provecho para el periódico. Permítame esperar que castigará usted con severidad a su cobarde y vil calumniador.
Créame, mi querido Marx, sinceramente suyo,
Ernest Jones
Al doctor Karl Marx».
«Tribune Office, Nueva York, 8 de marzo de 1860
Mi querido señor:
En respuesta a su petición, tengo mucho gusto en exponer los hechos de su relación con diversas publicaciones de los Estados Unidos de los que tengo conocimiento personal. Hace casi nueve años le contraté para escribir para la New York Tribune, y el contrato ha continuado desde entonces. Usted ha escrito para nosotros constantemente, sin una sola semana de interrupción que yo recuerde; y no solo es usted uno de los colaboradores más apreciados, sino uno de los mejor pagados de este periódico. El único reproche que he tenido que hacerle es que a veces ha mostrado un tono de sentimiento demasiado alemán para un periódico americano. Así ha sido tanto respecto a Rusia como a Francia. En las cuestiones relativas a ambos, al zarismo y al bonapartismo, he pensado a veces que manifestaba usted demasiado interés y una inquietud demasiado grande por la unidad y la independencia de Alemania. Esto fue quizá más llamativo a propósito de la reciente guerra de Italia que en ninguna otra ocasión. En eso estaba completamente de acuerdo con usted: simpatía por el pueblo italiano. Yo tenía tan poca confianza como usted en la sinceridad del emperador de los franceses, y creía tan poco como usted que de él pudiera esperarse la libertad italiana; pero no pensaba que Alemania tuviera motivos de alarma como los que usted, con otros alemanes patriotas, creía que tenía.
Debo añadir que en todos sus escritos que han pasado por mis manos ha manifestado usted siempre el más cordial interés por el bienestar y el progreso de las clases trabajadoras, y que ha escrito mucho con ese fin directo.
También he sido en varias ocasiones, en los últimos cinco o seis años, el intermediario a través del cual se han suministrado colaboraciones suyas a Putnam's Monthly, una revista literaria de gran categoría, y también a la New American Cyclopædia, de la que soy asimismo uno de los directores y para la que ha suministrado usted algunos artículos muy importantes.
Si se necesita alguna otra explicación, tendré mucho gusto en darla. Entretanto quedo de usted muy fielmente,
Charles A. Dana, redactor jefe de la N. Y. Tribune
Al doctor Charles Marx».769
15. Los folletos de Dentu
He mostrado que los folletos de Dentu son la fuente de la que el Dâ-Dâ alemán770 saca su sabiduría sobre la historia universal en general y sobre «la saludable política de Napoleón» en particular. «La saludable política de Napoleón» es una frase de un editorial reciente del «demócrata» F. Zabel. Lo que los propios franceses piensan y saben de esos folletos puede verse por el siguiente extracto del semanario parisiense Courrier du Dimanche, n.º 42, 14 de octubre de 1860.
«Por lo que se refiere al momento actual, tome usted diez folletos al azar y reconocerá que por lo menos nueve han sido pensados, elaborados, escritos... ¿por quién? ¡Por novelistas de profesión, por autores de canciones, por vodevilistas, por sacristanes!
¿Hablan los periódicos de misteriosas entrevistas entre las potencias del Norte, de la Santa Alianza que resucita? Al punto, he ahí a un agradable fabricante de coplas bastante literarias, e incluso (antaño) pasablemente liberales, que corre a casa del inevitable señor Dentu y le lleva, con este título rimbombante, La coalición, una larga y sosa paráfrasis de los artículos del señor Grandguillot. ¿Parece desagradar a veces la alianza inglesa al señor Limayrac?771 Al punto, un señor Châtelet, caballero de la orden de Gregorio Magno y que debe de ser sacristán en alguna parte, a juzgar por su estilo, publica o vuelve a publicar un largo y ridículo alegato: Crímenes y delitos de Inglaterra contra Francia. Ya el autor del Compère Guillery (Edmond About) había tenido a bien edificarnos sobre los arcanos políticos de la monarquía prusiana y había dado, desde lo alto de sus fracasos teatrales, consejos de prudencia a las cámaras de Berlín. Se anuncia que el señor Clairville va a dilucidar próximamente la cuestión del istmo de Panamá, tan embrollada por el señor Belly; y sin duda pocos días después de la conferencia real del 21 de octubre se verá aparecer en todos los escaparates de nuestras librerías un espléndido folleto rosa con este título: Memoria sobre la entrevista de Varsovia, por el cuerpo de baile de la Ópera.772
Esta invasión, en apariencia inexplicable, de las cuestiones políticas por los dii minores773 de la literatura obedece a muchas causas. Aquí solo citaremos una, pero que es la más inmediata y la más indiscutible.
En el marasmo casi universal del espíritu y del corazón, estos señores, que ejercen el triste oficio de animadores públicos, ya no saben con qué medio sacudir y despertar a sus lectores. Las viejas alegrías de sus estribillos y de sus anécdotas les vuelven sin cesar. Ellos mismos se sienten tan sombríos, tan tristes, tan aburridos como aquellos a quienes se proponen desarrugar el ceño. Por eso, al cabo de sus recursos, se han puesto, a la desesperada, a escribir, unos, memorias de cortesanas y, otros, folletos diplomáticos.
Luego, una buena mañana, un aventurero de la pluma, que nunca ha sacrificado a la política una hora seria de estudio, que ni siquiera tiene en el corazón la apariencia de una convicción, sea cual sea, se levanta y se dice: “¡Necesito dar un gran golpe! ¡Veamos! ¿Qué haré para atraer sobre mí la atención general, que me huye por instinto? ¿Escribiré un opúsculo sobre la cuestión Léotard o sobre la cuestión de Oriente? ¿Revelaré al mundo sorprendido el secreto de tocadores en los que nunca entré, o el de la política rusa, que me es más ajeno todavía? ¿Debo enternecerme en prosa volteriana sobre las mujeres salpicadas o en prosa evangélica sobre las desdichadas poblaciones maronitas acosadas, despojadas, asesinadas por el fanatismo mahometano? ¿Lanzaré una apología de la señorita Rigolboche o un alegato en favor del poder temporal?774 Decididamente, opto por la política. Divertiré todavía mejor a mi público con los reyes y los emperadores que con las lorettes“. Dicho esto, nuestro meritorio de la literatura bohemia compulsa el Moniteur, frecuenta unos días las columnatas de la Bolsa, visita a algunos funcionarios y sabe por fin de qué lado sopla el viento de la curiosidad en la ciudad, o el del favor en la corte; elige entonces un título que ese viento pueda hinchar de forma suficiente y descansa satisfecho sobre sus laureles. Su obra, en efecto, está hecha a partir de ese momento; pues hoy, en materia de folletos, solo cuentan dos cosas: el título y las relaciones que se suponen entre el escritor y “altos personajes”.
¿Es necesario decir, después de esto, lo que valen los folletos que nos inundan? Reúna usted un día todo el valor que tenga, procure leerlos hasta el final y se espantará de la ignorancia inaudita, de la ligereza intolerable, e incluso de la mengua del sentido moral que revelan en sus autores. Y no hablo aquí de los peores... Y cada año nos encorva más, cada año ve aparecer un nuevo signo de decadencia intelectual, cada año añade una vergüenza literaria nueva a aquellas de las que ya tenemos que sonrojarnos. De tal suerte que los más optimistas llegan a veces a dudar del mañana y se preguntan con angustia: ¿saldremos de esto?».775
Más arriba he citado la frase «la saludable política de Napoleón» de la National-Zeitung. Curiosamente, el corresponsal en París del Manchester Guardian, reconocido en toda Inglaterra por su información casi siempre exacta, escribe la siguiente curiosidad:
«París, 8 de noviembre. ... Luis Napoleón gasta en vano su oro en sostener periódicos como la National-Zeitung». (Manchester Guardian del 12 de noviembre de 1860).776
Creo, sin embargo, que el corresponsal del Manchester Guardian, por lo demás bien informado, se equivoca esta vez. F. Zabel, al parecer, se ha pasado al campo bonapartista para demostrar que no lo ha comprado Austria. Al menos así me lo han contado desde Berlín, y eso encaja en la... Dunciada.
16. Adición
a) K. Vogt y «La Cimentaire»
Mientras se imprimían estos últimos pliegos me cayó por casualidad en las manos el número de octubre (1860) de las Stimmen der Zeit. A. Kolatschek, antiguo editor del órgano de los parlamentarios refugiados, la Deutsche Monatsschrift, y por tanto, en cierto modo, superior literario del «regente del Imperio refugiado», cuenta en la página 37 lo siguiente de su amigo Karl Vogt:
«La sociedad anónima ginebrina “La Cimentaire”, de cuya dirección formaba parte nada menos que el señor Karl Vogt en persona, se fundó en 1857, y en 1858 los accionistas ya no tenían ni un cuarto, y el fiscal metió enseguida en el calabozo a uno de los directores, acusado de estafa. El señor Vogt estaba precisamente en Berna en el momento de la detención; volvió a toda prisa, el detenido fue puesto en libertad, el proceso se sobreseyó “para no provocar un escándalo”, pero los accionistas lo perdieron todo. Con semejante ejemplo no puede afirmarse precisamente que en Ginebra la protección de la propiedad sea muy grande, y el error del señor Karl Vogt a este respecto es tanto más extraño cuanto que él, como se ha dicho, era codirector de la citada sociedad, y que incluso en Francia, en procesos semejantes, se busca a los culpables aun entre los directores, se les mete en presidio y con su patrimonio se cubren las pretensiones civiles de los accionistas».
Compárese con esto lo que dice J. Ph. Becker en su carta (capítulo X) sobre el asunto del banco que empujó al señor James Fazy a los brazos de Diciembre. Detalles de este tipo contribuyen mucho a resolver el enigma de cómo «Napoléon le Petit» se convirtió en el hombre más grande de su tiempo. El propio «Napoléon le Petit», como es sabido, tuvo que elegir entre el golpe de Estado y... Clichy.777
b) Kossuth
El siguiente extracto de un memorándum sobre una conversación con Kossuth prueba de modo contundente lo bien que sabe Kossuth que Rusia es el principal peligro para Hungría. El memorándum procede de uno de los miembros radicales más famosos de la actual Cámara de los Comunes.
«Memorándum de una conversación con el señor Kossuth la noche del 30 de mayo de 1854, en ...
... Un retorno a la estricta legalidad en Hungría (dijo él, es decir, Kossuth) podría renovar la unión de Hungría y Austria e impediría que Rusia encontrara partidarios en Hungría. Él (Kossuth) no opondría resistencia alguna a un retorno a la legalidad. Aconsejaría a sus compatriotas aceptar de buena fe semejante restauración, si podía obtenerse, y se comprometería a no ser en modo alguno un obstáculo para tal arreglo. Él mismo no volvería a Hungría. No se pondría al frente, pues no creía en semejante proceder de Austria, en un retorno de Austria a la legalidad, salvo bajo la presión de una necesidad extrema. Me autorizó a decir que esos eran sus sentimientos y que, si se le interpelaba, los reconocería, aunque no podía comprometerse con ninguna propuesta, pues no esperaba que Austria abandonara su plan tradicional de centralización hasta que se viera obligada a ello ... En 1848 habría consentido en que se enviaran tropas húngaras a resistir los ataques de los piamonteses (el señor Kossuth fue mucho más lejos en 1848, pues hizo aprobar el envío de tropas húngaras contra los “rebeldes” italianos con un vehemente discurso en la Dieta de Pest), pero no las emplearía para someter a la Italia austriaca, del mismo modo que no consentiría tropas extranjeras en Hungría».778
La fuerza mitificadora de la fantasía popular se ha acreditado en todos los tiempos en la invención de «grandes hombres». El ejemplo más contundente de este tipo es sin duda Simón Bolívar. En cuanto a Kossuth, se le celebra por ejemplo como el hombre que abolió el feudalismo en Hungría. Sin embargo, es completamente inocente de las tres grandes medidas: imposición general, abolición de las cargas feudales de los campesinos y supresión sin indemnización del diezmo eclesiástico. La moción en favor de la imposición general (la nobleza estaba antes exenta) la presentó Szemere; la moción para la abolición de la robota,779 etc., Bonis, diputado por Szabolcs; y el propio clero renunció voluntariamente al diezmo por boca del diputado y canónigo Jekelfalussy.
c) La Prusse en 1860, de Edmond About
Al final del capítulo VIII expreso la opinión de que el folleto de E. About La Prusse en 1860 o, como se titulaba originalmente, Napoléon III et la Prusse, es un extracto, retraducido al francés, de la compilación alemana de los folletos de Dentu hecha por Dâ-Dâ Vogt. El único reparo que se oponía a esta opinión era el completo desconocimiento de la lengua alemana por parte del fracasado autor de comedias E. About. Pero ¿por qué el compère Guillery no habría de haber encontrado en París una commère allemande?780 Quién era esa commère seguía siendo objeto de la crítica conjetural. La Prusse en 1860 se publicó, como es sabido, como vademécum del viaje de Luis Bonaparte a Baden-Baden;781 debía recomendar su pretensión ante el príncipe regente y hacer comprender a Prusia que, como dicen las palabras finales del folleto, Prusia tenía en el 2 de diciembre un «aliado muy útil, que quizá está llamado a prestarle» (a Prusia) «grandes servicios, con tal de que ella se preste un poco».782 Que el «con tal de que ella se preste un poco» (pourvu qu'elle s'y prête un peu) quería decir en alemán: «a condición de que Prusia venda la provincia del Rin a Francia», lo había revelado ya E. About en francés (véase más arriba el capítulo IX, «Agencia») en la primavera de 1860 a través de la Opinion nationale. En estas circunstancias agravantes, no podía yo designar por su nombre, sobre una mera conjetura, a ninguna persona como el apuntador alemán del fracasado autor de comedias y panfletista de Dentu E. About. Ahora, sin embargo, estoy autorizado a declarar que la commère alemana del compère Guillery no es otra que la dulce Cunegunda de Vogt: el señor Ludwig Simon, de Tréveris.783 ¡Bien poco lo sospechaba el refugiado alemán de Londres que escribió la conocida respuesta al folleto de About!
Karl Vogt (1817-1895), naturalista materialista, profesor en Giessen y luego en Ginebra; diputado de la izquierda en el Parlamento de Fráncfort en 1848-1849 y uno de los cinco regentes del Imperio elegidos por el Parlamento rabadilla de Stuttgart en junio de 1849. En 1859 la Allgemeine Zeitung de Augsburgo reprodujo un panfleto anónimo, atribuido a Karl Blind, que lo acusaba de estar a sueldo de Luis Bonaparte; Vogt la demandó por difamación, el tribunal de Augsburgo rechazó la demanda y Vogt publicó Mein Prozeß gegen die Allgemeine Zeitung (Ginebra, diciembre de 1859), donde atacaba a Marx y a sus amigos. La National-Zeitung de Berlín resumió sus acusaciones en dos editoriales de finales de enero de 1860. ↩
En latín en el original: sunt certi denique fines (Horacio, Sátiras, I, 1, 106: est modus in rebus, sunt certi denique fines). ↩
«Parte vergonzosa». ↩
En inglés en el original: But never mind! ↩
La guerra de Francia y el Piamonte contra Austria (abril-julio de 1859). Marx y Engels, de un lado, y Lassalle, del otro, discreparon sobre la actitud que Alemania debía adoptar; Vogt hizo propaganda a favor de la neutralidad alemana, es decir, de las manos libres para Luis Bonaparte. ↩
Abgerundete Natur: así describió a Vogt su abogado, Hermann, en la vista de octubre de 1859 ante el tribunal de distrito de Augsburgo, en el pleito de Vogt contra la Allgemeine Zeitung. Marx juega con la expresión, que alude a la vez a la «redondez» de carácter y a la gordura de Vogt. ↩
«Vogt» significa en alemán «baile», «corregidor»; un Erbvogt es un baile hereditario. Nichilburgo, del latín nihil, «nada»: el «castillo de la nada». ↩
En el original, naupengeheuerliche Geschichtsklitterung. Geschichtsklitterung, «embrollo de la historia», es la palabra del título de la adaptación libre del Gargantúa de Rabelais por Johann Fischart (1575) en sus ediciones de 1582 y 1590, Affentheurlich Naupengeheurliche Geschichtklitterung, de donde Marx toma también el adjetivo, que Marx usa aquí en el sentido de «falsificación chapucera de la historia». El adjetivo naupengeheuerlich cruza Naupen, «caprichos, mañas», con ungeheuerlich, «monstruoso». ↩
Schwefelbande, «banda del azufre», era también en alemán un mote corriente para un grupo de pillos o de alborotadores. ↩
Hauptbuch, «libro mayor» de la contabilidad: así llama Marx, irónicamente, el libro de Vogt Mein Prozeß gegen die Allgemeine Zeitung. ↩
«Viajante de comercio». Biel (en francés, Bienne), ciudad del cantón de Berna. ↩
En Enrique IV, primera parte (acto II, escena 4), Falstaff, que ha huido de un asalto, cuenta que lo atacaron primero dos y luego cuatro, siete, nueve y once hombres vestidos de bocací, y después tres bribones vestidos de verde de Kendal, aunque era tan de noche que no se veía la mano. ↩
Tras la derrota de la insurrección por la Constitución del Imperio en Baden y el Palatinado (mayo-julio de 1849), los restos del ejército revolucionario pasaron a Suiza. ↩
En el original, Jegend jottvoll, pronunciación berlinesa de Gegend gottvoll, «paisaje divino». La Marca de Brandeburgo, la región de Berlín. ↩
«En dulce júbilo», comienzo de un villancico medieval en latín y alemán. ↩
Wilhelm Liebknecht (1826-1900), miembro de la Liga de los Comunistas, emigrado en Londres de 1850 a 1862. ↩
James Fazy (1794-1878), jefe de los radicales ginebrinos y presidente del gobierno del cantón durante muchos años, protector de Vogt y partidario de Luis Bonaparte. ↩
(Nota de Marx.) «Ese título se había dado, si no me engaña la memoria, a todos los partidos liberales en alguna de las cámaras alemanas de juguete o en el Parlamento de Fráncfort. Nosotros quisimos perpetuarlo». (Borkheim.) ↩
En el alemán familiar, Bande, «banda», se dice también con cariño de un grupo de jóvenes alegres y traviesos. ↩
Batalla del 24-25 de julio de 1850, en la que el ejército danés derrotó al de Schleswig-Holstein. ↩
«Muy bien, señor, gracias». ↩
Gustav Struve (1805-1870), demócrata badense; el 21 de septiembre de 1848 proclamó la república en Lörrach, y su intento fue aplastado a los pocos días. ↩
August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano, jefe de un cuerpo franco en la campaña de 1849 y cabeza, con Schapper, de la fracción que se separó de la Liga de los Comunistas en 1850; véase «El caballero de la noble conciencia». ↩
El Comité de Refugiados Socialdemócratas, fundado en Londres en septiembre de 1849 por la Asociación Cultural Obrera Alemana; Marx y Engels lo abandonaron tras la escisión de la Liga de los Comunistas en septiembre de 1850. ↩
Gorgellantua, por Gargantúa y Gurgel, «garganta», en la versión de Fischart. ↩
Carbón, azufre y salitre son los tres componentes de la pólvora negra. ↩
Johann Gottfried Rademacher (1772-1850), médico alemán, autor de una «doctrina médica empírica» que clasificaba las enfermedades por los remedios que las curan. ↩
Johann Fischart (hacia 1546-hacia 1590), satírico alemán, autor de la Geschichtklitterung. ↩
La Sociedad del 10 de Diciembre, organización bonapartista fundada en 1849 y llamada así por la fecha de la elección de Luis Bonaparte a la presidencia de la República (10 de diciembre de 1848). En este libro Marx la llama «banda» para emparejarla con la «Banda del Azufre». ↩
Expresión que Marx repite a propósito de Vogt a lo largo del libro. ↩
«Chulos». ↩
«Sin más», «sin adornos». ↩
En El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, el tejedor Bottom (Zettel en la traducción alemana) quiere hacer también el papel del león. ↩
«¡Viva el emperador!». ↩
Bandidos sin escrúpulos de la banda de Karl Moor en Los bandidos, de Schiller. ↩
Juego de palabras con el francés obligeant, «servicial», y obligation, «obligación», también en el sentido de título de deuda. ↩
«Es el primer vuelo del águila»; vol significa a la vez «vuelo» y «robo». Charles de Morny (1811-1865), hermanastro de Luis Bonaparte; la «condesa L.» es la condesa Le Hon. ↩
En italiano en el original: Tu fai conto sopra i beni. Bisogna prima far il conto sopra gli anni. ↩
Faustin Soulouque (hacia 1782-1867), presidente de Haití y desde 1849 emperador con el nombre de Faustino I; creó una corte con una nobleza de opereta. ↩
Louis Véron (1798-1867), periodista y hombre de negocios bonapartista, propietario de Le Constitutionnel; Marx lo compara con Crevel, el burgués libertino de La prima Bette, de Balzac. Adolphe Granier de Cassagnac (1806-1880), periodista bonapartista. ↩
«Hombres mantenidos». Según una nota de Marx en El 18 Brumario, la frase es de la señora de Girardin. ↩
Enrique IV, primera parte, acto III, escena 3; el príncipe Enrique a Falstaff. En 1860, en inglés. ↩
Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés, para quien la civilización se caracteriza por la «mentira compuesta». ↩
Michel Ney (1769-1815), mariscal de Napoleón, el «más valiente de los valientes». ↩
Semanario alemán de Londres (mayo-agosto de 1859), en el que colaboraron Marx y Engels. ↩
En Ricardo III, acto V, escena 4, el rey dice: «Creo que hay seis Richmonds en el campo». ↩
Bürste, «cepillo»; de Bürstenmacher (cepillero) y Sauernheimer resulta Bürstenheimer. ↩
Victor Schily (1810-1875), abogado de Tréveris, combatiente en 1849, emigrado y miembro de la Liga de los Comunistas; amigo de Marx. ↩
«Certificado de pobreza». ↩
El centenario del nacimiento de Schiller (10 de noviembre de 1859) y el aniversario del fusilamiento en Viena (9 de noviembre de 1848) de Robert Blum (1807-1848), jefe de la izquierda del Parlamento de Fráncfort, celebrados por la asociación obrera alemana de Ginebra. ↩
Gottfried Kinkel (1815-1882), poeta y profesor de Bonn, demócrata de 1848, una de las figuras de la emigración pequeñoburguesa en Londres; véase «Los grandes hombres del exilio». ↩
Ranickel, emigrado alemán en Ginebra y amigo de Vogt. Marx usa aquí y más adelante el artículo neutro, das Ranickel, como para un animal; el nombre recuerda además a Karnickel, «conejo». ↩
Friedrich Hecker (1811-1881), jefe de la insurrección republicana de Baden de abril de 1848, derrotada en pocos días. ↩
Eco del out-herods Herod, «supera a Herodes en lo herodiano», de Hamlet, acto III, escena 2. ↩
Los antiguos diputados del Parlamento de Fráncfort refugiados en Suiza. ↩
Landvogt, «gobernador» imperial, como el Gessler al que mata Guillermo Tell en el drama de Schiller; Marx juega con el nombre de Vogt. ↩
Macbeth, acto I, escena 5; en inglés en el original: the milk of human kindness. ↩
En alemán, des Vogts significa a la vez «del gobernador» y «de Vogt». ↩
Apodo del príncipe Napoleón (Jérôme Napoléon Bonaparte, 1822-1891), primo de Napoleón III. ↩
«Cuerpo de turistas»: el V cuerpo de ejército, que el príncipe Napoleón mandó en la guerra de Italia de 1859 y que no entró en combate. ↩
Girolamo Calà Ulloa (1810-1891), oficial napolitano que mandó en 1859 las tropas toscanas incorporadas al cuerpo del príncipe Napoleón. By courtesy, «por cortesía», sin título efectivo. ↩
Parolles, el fanfarrón cobarde de A buen fin no hay mal principio, de Shakespeare, que se jacta de ir a recuperar un tambor perdido. Alusión a los planes de Luis Bonaparte sobre la orilla izquierda del Rin. ↩
«Chica para todo». ↩
Falstaff, a quien llaman Jack; aquí, Vogt. ↩
La zoología popular distinguía un «erizo-perro» y un «erizo-cerdo»; Schweinigel, «erizo-cerdo», significa también en alemán «cochino». ↩
Alexander von Humboldt (1769-1859), el gran naturalista; Marx se burla de las pretensiones científicas de Vogt. ↩
Ernst Dronke (1822-1891), escritor, redactor de la Neue Rheinische Zeitung y miembro de la Liga de los Comunistas. ↩
Según la edición de las obras de Marx y Engels, Nikolái Ivánovich Sazónov (1815-1862), publicista ruso emigrado en París. ↩
Contribución a la crítica de la economía política, primer cuaderno, Berlín, 1859. ↩
Según la misma edición, Iván Kondrátievich Babst (1823-1881), economista ruso, profesor en Moscú. ↩
Bertalan Szemere (1812-1869), ministro del Interior y luego jefe del gobierno húngaro en 1849, emigrado en París. ↩
Alusión a la frase francesa revenons à nos moutons, «volvamos a nuestros carneros», es decir, al asunto. ↩
«Por propia iniciativa». ↩
«Exámenes» y «ejercicios prácticos». ↩
Henri Druey (1799-1855), radical vaudés, miembro del Consejo Federal suizo y responsable de la política de expulsión de refugiados. ↩
Parodia del refrán, de origen bíblico (Salmo 37, 3), Bleibe im Lande und nähre dich redlich, «quédate en tu tierra y gánate la vida honradamente»; rötlich, «rojizo», sustituye a redlich, «honradamente». ↩
«De ahí la cólera» (Juvenal, Sátiras, I, 168). ↩
El Bundschuh, zapato campesino atado con correas, fue el emblema de las conjuras campesinas de finales del siglo XV y comienzos del XVI; juego con Bund, «liga», alusión a la Liga de los Comunistas. ↩
«Jarra». ↩
Hafiz (hacia 1325-1390), poeta persa que cantó el vino. ↩
«Como viático y epitafio». ↩
«Tribunal de los pares», «alto tribunal de justicia». ↩
Wurst wider Wurst, literalmente «salchicha contra salchicha», es el equivalente alemán de «donde las dan, las toman». ↩
«En desquite». ↩
«Legado a latere», enviado personal del papa. ↩
«El primero entre iguales». ↩
Louis Agassiz (1807-1873), naturalista suizo, maestro de Vogt en Neuchâtel. ↩
«Y más». ↩
Starmätzig, palabra rara del original; parece jugar con Star, «catarata» del ojo, tras «corto de vista». ↩
Juego con la terminación de Chauvinismus y Mus, «papilla». ↩
Nicolas Chauvin, el soldado de patriotismo fanático de las comedias francesas que dio nombre al chovinismo. ↩
Virgilio, Geórgicas, II, 458-459: «¡Oh, demasiado dichosos los labradores, si conocieran sus bienes!». ↩
La part du diable, «la parte del diablo», título de una ópera cómica de Auber y Scribe (1843). ↩
Enrique IV, primera parte, acto II, escena 4: el príncipe Enrique dice de las mentiras de Falstaff que son «como el padre que las engendra, gordas como una montaña». ↩
El Cercle social, sociedad demócrata de París fundada en 1790 por Claude Fauchet y Nicolas de Bonneville; no tenía nada que ver con los jacobinos. ↩
Bruder Lustig, «el hermano Alegre», el soldado pícaro del cuento de los hermanos Grimm. ↩
Enrique IV, primera parte, acto II, escena 4: Falstaff se niega a dar razones a la fuerza, «aunque las razones fueran tan abundantes como las moras». ↩
Asociación obrera suiza fundada en 1838. ↩
Verso de Guillermo Tell, de Schiller, donde «el Vogt» es el gobernador Gessler. ↩
Juego de palabras intraducible: verlegen, «apurado, falto de algo, avergonzado», y verlogen, «embustero». Vogt había escrito: Um Belege dieser Behauptung bin ich nicht verlegen. ↩
Apodo de Luis Bonaparte, por el nombre del albañil con cuya ropa se dice que huyó en 1846 de la fortaleza de Ham. ↩
Sociedad secreta republicana francesa de los años cincuenta. ↩
Pierre-Marie Pietri (1809-1864), prefecto de policía de París de 1852 a 1858. ↩
Las Revelaciones se publicaron en Basilea en enero de 1853 (la edición fue confiscada casi entera en la frontera de Baden) y luego en la Neu-England-Zeitung de Boston y en folleto en Boston (1853). ↩
Armand Laity (1812-1889), oficial bonapartista, compañero de Luis Bonaparte en el intento de Estrasburgo de 1836. ↩
Herzens-Heinz, literalmente «Enriquito del corazón»: alusión al príncipe Enrique, el compañero de juergas de Falstaff (Heinz en la traducción alemana de Shakespeare). Heliogábalo, emperador romano (218-222) proverbial por su desenfreno. ↩
Karl Schapper (1812-1870), cajista, dirigente de la Liga de los Justos y de la Liga de los Comunistas; se reconcilió con Marx en 1856. ↩
«Empresario». El empréstito revolucionario lanzado en 1851-1852 por Kinkel y Willich en Estados Unidos para financiar la próxima revolución alemana. ↩
Dante, Infierno, XXIII, 144; en italiano en el original: Egli è bugiardo e padre di menzogna. ↩
En Murten (en francés, Morat) los suizos derrotaron el 22 de junio de 1476 a Carlos el Temerario, duque de Borgoña. Karl der Kühne, «Carlos el Temerario», es literalmente «Carlos el Audaz». ↩
Lorenz Brentano (1813-1891), demócrata moderado, jefe del gobierno provisional de Baden en 1849. ↩
La iglesia de San Pablo de Fráncfort, sede de la Asamblea Nacional en 1848-1849. ↩
Der Weinschwelg («El borrachín de vino»), poema satírico en alto alemán medio del siglo XIII. En el original, Marx cita los versos en alto alemán medio; la traducción aquí es libre. ↩
Wilhelm Stieber (1818-1882), consejero de policía prusiano, principal artífice de las pruebas falsas del proceso de Colonia. ↩
«Carneros»: en la jerga carcelaria francesa, espías que se mezclan con los presos. ↩
«El grueso». ↩
El Gran Copto, nombre que se daba el aventurero Cagliostro y título de una comedia de Goethe (1791). ↩
«Soplonería»; mouchard, «soplón, chivato de la policía». ↩
Jean-Baptiste Boichot (1820-1895), sargento y diputado de la Montaña en 1849, refugiado en Suiza. ↩
Abraham-Louis Tourte (1818-1863), radical ginebrino, consejero de Estado y más tarde representante diplomático suizo en Turín. ↩
En francés en el original: Le commissaire maire fédéral Monsieur Kern exige votre expulsion (así en 1860 y en la MEW). Johann Konrad Kern (1808-1888), político suizo, que intervino en Ginebra como comisario de la Confederación; más tarde, ministro de Suiza en París. ↩
En francés en el original: Alors mettez-moi en présence de Monsieur Kern. ↩
En francés en el original: Non, nous ne voulons pas que M. le commissaire fédéral fasse la police à Genève. ↩
Por el tratado de Turín (24 de marzo de 1860), el Piamonte cedió Saboya y Niza a Francia en pago de su ayuda en la guerra de 1859. ↩
«Incomunicación». ↩
Wilhelm Wolff (1809-1864), amigo de Marx y Engels, redactor de la Neue Rheinische Zeitung y diputado de la extrema izquierda en el Parlamento de Fráncfort; Wolf significa «lobo». ↩
Odilon Barrot (1791-1873), jefe de la oposición dinástica bajo Luis Felipe y primer ministro de Luis Bonaparte en 1848-1849. ↩
Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general que aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 en París y fue jefe del poder ejecutivo hasta su derrota frente a Luis Bonaparte en la elección presidencial del 10 de diciembre de 1848. ↩
«Piadoso engaño». ↩
Enrique IV, primera parte, acto I, escena 2: Poins habla de Falstaff. En 1860 el lema va en inglés, seguido de la versión alemana de Marx. ↩
Pierre Carlier (1799-1858), prefecto de policía de París en 1849-1851. Greif, teniente de policía prusiano destinado en Londres. Charles Fleury, comerciante londinense y agente de la policía prusiana. Véanse las Revelaciones. ↩
(Nota de Marx.) Solo después de impresas las Revelaciones supe que habían colaborado De la Hodde (con el nombre de Duprez), así como los agentes de la policía prusiana Beckmann (entonces corresponsal de la Kölnische Zeitung) y Sommer. ↩
Charles de Rémusat (1797-1875), ministro del Interior en 1840 y filósofo ecléctico. ↩
En francés en el original: Cherval nommé Frank, dont le véritable nom est Crämer. ↩
«Complot franco-alemán». ↩
Bettelvogt, «alguacil de mendigos», encargado de vigilar y expulsar a los pordioseros; juego con el nombre de Vogt. Wermuth, director de policía de Hannover, testigo de cargo en el proceso de Colonia; Goldheim, teniente de policía prusiano. Greif significa «grifo» y Heimchen, «grillo». ↩
En el original, Gurgelgroßlinger, nombre burlesco al modo de Fischart, de Gurgel, «garganta», y groß, «grande». ↩
Enrique IV, primera parte, acto II, escena 4: Falstaff ilustra con la espada su combate imaginario contra los hombres de bocací. ↩
Mein Wesentliches, «lo mío esencial»; Marx juega más abajo con el sentido corporal de la expresión. ↩
«Pobre». ↩
Probable alusión a Justus Friedrich Wilhelm Zachariä (1726-1777), autor de epopeyas heroico-cómicas. ↩
Johann Philipp Becker (1809-1886), demócrata alemán, participante en la fiesta de Hambach (1832); emigrado en Suiza, mandó en 1849 tropas del ejército revolucionario de Baden y el Palatinado; más tarde, uno de los organizadores de la Internacional en Suiza. ↩
Gran manifestación liberal y nacional celebrada en el castillo de Hambach, en el Palatinado, en mayo de 1832. ↩
Según la edición de las obras de Marx y Engels, Georg Friedrich Rheinländer. ↩
Georg von Vincke (1811-1875), jefe de los liberales en la Cámara de Diputados prusiana. ↩
«En santa simplicidad», en lugar de in sancta simplicitate. ↩
«Quieras o no». ↩
«Oficina de información». ↩
«Maestro de ceremonias de las diversiones». ↩
Karl Ludwig von Hinckeldey (1805-1856), presidente de la policía de Berlín desde 1848. ↩
Eco de un verso de Don Carlos, de Schiller: «El muchacho Carlos empieza a volverse terrible para mí». ↩
(Nota de Marx.) «Las bombas de humo o de hedor se emplean sobre todo en la guerra de minas. Se mezcla con la composición ordinaria de las bombas de iluminación, que sin embargo ha de contener algo más de azufre, tantas plumas, cuerno, pelo y otras inmundicias como admita la composición, se mete en sacos y se dispara la bomba con composición de combustión». (J. C. Plümicke, Handbuch für die Königlich Preußischen Artillerie-Offiziere, primera parte, Berlín, 1820.) ↩
(Nota de Marx.) Publiqué una réplica en el panfleto El caballero de la noble conciencia, Nueva York, 1854. ↩
Karl Wilhelm Eichhoff (1833-1895), periodista berlinés; en 1859 publicó artículos sobre el papel de Stieber en el proceso de Colonia y fue procesado y condenado por ello en 1860. ↩
El cortesano charlatán de Hamlet. ↩
Proceso de 1854 en Berlín contra el grupo del demócrata August Ladendorf, acusado de conspiración. ↩
Totenbund, sociedad secreta de Bremen perseguida por la policía en los años cincuenta. ↩
Tendenzprozeß: proceso por la «tendencia», es decir, por las opiniones y los fines atribuidos a los acusados, y no por actos tipificados como delito. ↩
Según la edición de las obras de Marx y Engels, Hermann Wilhelm Haupt, miembro de la Liga de los Comunistas en Hamburgo, que delató a sus compañeros y huyó al Brasil. ↩
Parodia de la frase del ministro prusiano conde von der Schulenburg-Kehnert tras la derrota de Jena (1806), «La tranquilidad es el primer deber del ciudadano», y del in hoc signo vinces («con este signo vencerás») de Constantino. ↩
Es decir, el bufón, con su traje de colores. ↩
Cicerón, Primera Catilinaria, 8. En 1860, en latín. ↩
La fiesta central de las asociaciones culturales obreras alemanas de Suiza occidental (Lausana, 1859). ↩
«Mofeta». ↩
Alusión al libro de Vogt Untersuchungen über Thierstaaten («Investigaciones sobre los Estados animales», 1851). ↩
«Seriedad». ↩
En la batalla de Zorndorf (25 de agosto de 1758) Federico II de Prusia derrotó a los rusos; en su primera batalla, la de Mollwitz (1741), había abandonado el campo creyéndola perdida. ↩
(Nota de Marx.) Kobes I. cuenta en el panfleto Pro domo und Pro patria gegen Karl Vogt, editado por Jacob Venedey, Hannover, 1860: «Que fue testigo de cómo el regente del Imperio Karl Vogt no estaba presente cuando nosotros, los demás, y lo mismo los otros cuatro regentes del Imperio, obligamos al gobierno de Wurtemberg a ayudar al Parlamento con el sable y la bayoneta a un final honroso. Es una historia divertida. Cuando los otros cuatro regentes del Imperio hubieron subido al coche para ir, según lo convenido, ante la sala de sesiones y hacer frente allí, con el Parlamento rabadilla, con el pecho» (cabeza, como es sabido, no tenía el Parlamento rabadilla) «a quien fuera, Karl Vogt, cerrando la portezuela del coche, le gritó al cochero: “¡Arrea, que el coche ya va lleno; yo voy luego!”. Karl Vogt fue luego, cuando el posible peligro había pasado». (L. c., pp. 23-24.) ↩
Kobes I., en la nota de Marx: título de un poema satírico de Heine contra Jacob Venedey (1805-1871), diputado liberal de Fráncfort; Marx lo usa como apodo de Venedey. ↩
De Till Eulenspiegel, el pícaro burlón de los libros populares alemanes. ↩
Eco de Fausto de Goethe, primera parte (escena «Jardín de Marta»): «Du ahnungsvoller Engel du!». ↩
Faiseur, «intrigante, enredador». ↩
Studien zur gegenwärtigen Lage Europas («Estudios sobre la situación actual de Europa»), Ginebra y Berna, 1859, folleto de propaganda bonapartista de Vogt. ↩
La burra de Balaam (Números, 22). ↩
Los «gothaer», liberales de derecha que, reunidos en Gotha en junio de 1849, se adhirieron a la política unificadora prusiana. ↩
«Prolapso del ano». ↩
Wilhelm Wolff había estado preso en la fortaleza de Silberberg en los años treinta. ↩
Adolphe Chenu y Lucien de la Hodde, agentes de policía infiltrados en las sociedades secretas francesas, publicaron en 1850 libros de «revelaciones» sobre los conspiradores. ↩
«Entendimiento cordial». ↩
La Neue Preußische Zeitung, llamada Kreuzzeitung por la cruz de su cabecera, órgano de la camarilla de la corte y de los junkers. ↩
Ferdinand von Westphalen (1799-1876), hermanastro de Jenny Marx, ministro del Interior de Prusia de 1850 a 1858. ↩
Archibald Campbell, noveno conde de Argyll, decapitado en Edimburgo en 1685 por haberse alzado contra Jacobo II. La abuela paterna de Jenny Marx, Jeanie Wishart, descendía de los Argyll. ↩
En octubre de 1848 Blum fue enviado a Viena con otros diputados, combatió en la insurrección y fue fusilado el 9 de noviembre. Die Schillerfeier in Genf: «La fiesta de Schiller en Ginebra». ↩
Canción de Mignon en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe. ↩
Heinz, el príncipe Enrique de Enrique IV, compañero de Falstaff; aquí, Fazy. ↩
En alemán, Barrikaden! Fladen!; Fladen, «torta», es también «boñiga». ↩
Dante, Infierno, XXI, 139. En 1860, en italiano. ↩
(Nota de Marx.) «Y él tomó, en lugar de trompeta, su trasero». (Kannegießer.) ↩
(Nota de Marx.) «Del asqueroso saco / que hace m... de lo que se traga». Los versos son de Dante, Infierno, XXVIII, 26-27. ↩
Gustav Adolph Techow (1813-1890), antiguo teniente prusiano, jefe del estado mayor del ejército del Palatinado en 1849; emigró a Australia en 1852. ↩
Según la MEW, E. es Karl Emmermann y B. es Friedrich Beust, antiguos combatientes de 1849 emigrados en Suiza. ↩
Términos del derecho romano: la culpa (negligencia) podía ser levis, «leve», magna, «grave», o maxima, «gravísima»; el dolus, «dolo», es la intención de dañar. ↩
«Árcades los dos» (Virgilio, Bucólicas, VII, 4): dos de la misma calaña. ↩
La Liga de los Justos, fundada en París en 1836-1837 a partir de la Liga de los Proscritos; en 1847 tomó el nombre de Liga de los Comunistas. ↩
Wilhelm Weitling (1808-1871), sastre, teórico de un comunismo igualitario y religioso, dirigente de la Liga de los Justos. ↩
Johann Caspar Bluntschli, Die Kommunisten in der Schweiz nach den bei Weitling vorgefundenen Papieren (Zúrich, 1843), informe a las autoridades de Zúrich a partir de los papeles incautados a Weitling. ↩
Joseph Moll (1813-1849), relojero de Colonia, dirigente de la Liga de los Justos y luego de la Liga de los Comunistas; murió en el combate del Murg, en junio de 1849. ↩
El segundo congreso de la Liga, celebrado en Londres entre noviembre y diciembre de 1847. ↩
Véase la Declaración de baja en la Asociación Cultural Obrera Alemana de Londres (1850). ↩
Sonderbund, «liga aparte», era el nombre de la liga separatista de los cantones católicos suizos derrotada en la guerra civil de 1847. ↩
El extracto del acta se reproduce en el capítulo «La fracción Willich-Schapper» de las Revelaciones. ↩
En el otoño de 1850 Prusia y Austria se enfrentaron por la intervención en el electorado de Hesse (Kurhessen) y por la restauración de la antigua Confederación Germánica; Prusia cedió en Olmütz, en noviembre de 1850. ↩
En francés en el original: «Aux démocrates de toutes les nations». ↩
Véase la Revista mayo-octubre de 1850. ↩
Tras el fracaso del levantamiento de Baden de abril de 1848, el cuerpo de Willich se refugió en Francia y quedó internado en Besanzón, con un subsidio del Gobierno francés. Johann Philipp Becker, cepillero de oficio, presidía en Suiza la asociación de refugiados alemanes «Hilf dir!». ↩
Josip Jelačić y Alfred zu Windischgrätz, los generales austriacos que aplastaron la insurrección de Viena en octubre de 1848. ↩
Konrad Schramm (1822-1858), comerciante, miembro de la Liga de los Comunistas y gerente de la Revue de la Neue Rheinische Zeitung. ↩
Emmanuel Barthélemy (1820-1855), obrero francés, blanquista, emigrado en Londres; fue ahorcado en 1855 por un doble homicidio. ↩
Escrito en noviembre de 1853 y publicado en Nueva York en enero de 1854. ↩
Miskowsky, oficial polaco emigrado en Londres, murió más tarde en un incendio. ↩
George Julian Harney (1817-1897), dirigente del ala izquierda del cartismo y director del Northern Star y de The Red Republican, que publicó en 1850 la primera traducción inglesa del Manifiesto. ↩
Henry Percy, llamado Hotspur, «espuela ardiente», el impetuoso rival del príncipe Enrique en Enrique IV (primera parte) de Shakespeare. ↩
En francés en el original: «Ne parlons pas morale». ↩
Alexander Schimmelpfennig (1824-1865), antiguo teniente prusiano, combatiente en el Palatinado y en Baden en 1849, amigo de Kinkel y de Willich; emigró a Estados Unidos, donde fue general en la guerra de Secesión. ↩
Wilhelm Steffen, antiguo oficial prusiano, testigo de la defensa en el proceso de los comunistas de Colonia; emigró a Inglaterra en 1853. ↩
En latín en el original: «a toda prisa». ↩
Zuschauer, «espectador», era la firma de la revista de prensa de la Kreuzzeitung. ↩
Hörfel, emigrado alemán en París, agente de la policía francesa. ↩
Carl Schurz (1829-1906), estudiante de Bonn, combatiente en 1849; liberó a Kinkel de la fortaleza de Spandau en 1850; emigró a Estados Unidos, donde fue general, senador y ministro del Interior. ↩
Marx se burla de la doble negación de Schimmelpfennig con una frase de alemán chapurreado. ↩
Arnold Ruge (1802-1880), publicista de la izquierda hegeliana y diputado en Fráncfort, jefe en Londres de la Asociación de Agitación, rival de la de Kinkel. Ernst Haug, antiguo oficial austriaco, combatiente en 1848-1849 y emigrado en Londres. ↩
Rudolph Dulon (1807-1870), pastor de una comunidad religiosa libre de Bremen, demócrata; emigró a Estados Unidos en 1853. ↩
Froschmäuslerkrieg, «guerra de las ranas y los ratones», la Batracomiomaquia, parodia de la épica homérica. ↩
Lothar Bucher (1817-1892), diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana en 1848, emigrado en Londres y corresponsal de la National-Zeitung; más tarde colaborador de Bismarck. ↩
Véase el Manifiesto del Partido Comunista, apartado III, 3, cuya traducción seguimos. Las «colonias interiores» (home-colonies) eran las colonias comunistas de Owen; la «edición en miniatura» traduce el alemán Duodezausgabe, «edición en dozavo». ↩
Étienne Cabet (1788-1856), comunista utópico francés, autor del Voyage en Icarie (1840); en 1848 fundó una colonia «icariana» en Estados Unidos. ↩
Del artículo «1848 a 1849. I. La derrota de junio de 1848», publicado en el primer número de la Revue (enero de 1850) y más tarde primer capítulo de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. La primera edición da aquí la p. 13. ↩
La primera edición dice aquí «1846»; el libro de Engels se publicó en Leipzig en 1845. ↩
«Dos procesos políticos, vistos ante los tribunales de Colonia en febrero de 1849». Véase El proceso contra el Comité Renano de los Demócratas. ↩
Des Pudels Kern, «el meollo del perro de aguas», en el Fausto de Goethe (primera parte, «Gabinete de estudio»). ↩
En francés en el original: Tant de bruit pour une omelette! ↩
Véase la Revista enero-febrero de 1850. ↩
En francés en el original, comité du salut public: el Comité de Salvación Pública de la Convención jacobina (1793-1794). ↩
En francés en el original. Edouard Simon, periodista de origen alemán establecido en París, bonapartista, resumió el folleto de Vogt en la Revue contemporaine en 1860. ↩
Reichs-Vogt: en el Sacro Imperio, el Reichsvogt era el administrador o gobernador de un territorio imperial. Marx juega con el apellido de Vogt y su breve cargo de regente del Imperio en 1849. ↩
Kannegießerei: charla política de taberna, por Der politische Kannegießer («El estañero político»), comedia de Holberg sobre un artesano que pretende arreglar el mundo. ↩
Joseph Weydemeyer (1818-1866), antiguo oficial de artillería prusiano, miembro de la Liga de los Comunistas; emigró en 1851 a Estados Unidos, donde publicó El 18 Brumario de Luis Bonaparte y fue coronel en la guerra de Secesión. ↩
Véase Gottfried Kinkel (1850). Kinkel, prisionero tras la campaña de 1849, se había defendido ante el consejo de guerra de Rastatt con un discurso que la Revue denunció como una retractación. ↩
En francés en el original: petits grands hommes. ↩
El trovador Peire Vidal, de quien se contaba que, enamorado de una dama llamada Loba, se vistió con una piel de lobo y fue acosado por los perros. ↩
Franz Sigel (1824-1902), antiguo oficial badense, comandante en jefe de las tropas revolucionarias de Baden en 1849; emigró a Estados Unidos y fue general en la guerra de Secesión. ↩
Heinrich Bernhard Oppenheim (1819-1880), publicista demócrata. Eduard Meyen (1812-1870), publicista de la izquierda hegeliana. ↩
Juego con la fórmula der große Unbekannte, «el gran desconocido». ↩
Karl Tausenau (1808-1873), demócrata austriaco, dirigente del Comité Central Democrático de Viena en 1848; emigrado en Londres. ↩
Amand Goegg (1820-1897), ministro de Hacienda del gobierno provisional de Baden en 1849; fundó en América en 1852 la Liga Revolucionaria de los Dos Mundos. ↩
Franz Zitz (1803-1877), abogado de Maguncia, y Gustav Adolph Rösler, profesor de Oels, en Silesia: dos antiguos diputados de la Asamblea de Fráncfort emigrados a Estados Unidos. ↩
La primera edición dice «Hamburger Anzeiger»; la MEW lo corrige en Hamburger Nachrichten. ↩
Lausiade, de Laus, «piojo». Os Lusíadas (1572), la epopeya de Luís de Camões sobre los descubrimientos portugueses. The Lousiad (1785-1795), poema satírico de John Wolcot, que firmaba Peter Pindar, sobre un piojo hallado en el plato del rey Jorge III. ↩
(Nota de Marx.) «Vi a uno con la cabeza tan sucia de m..., / que no se veía si era cura o seglar. / Me gritó: “¿Por qué estás tan ansioso / de mirarme a mí más que a los otros sucios?”». (Kannegießer.) Los versos son de Dante, Infierno, XVIII, 116-119; Marx da en nota la traducción alemana de Karl Ludwig Kannegießer. ↩
Der heimgebürstete Vogt, «el Vogt bien cepillado»: alusión a los Bürstenheimer (de Bürste, «cepillo»), nombre de otro grupo de emigrados que Vogt achaca a Marx; véanse los capítulos anteriores. ↩
En francés en el original: «bestia negra». ↩
Cherval, nombre falso de Joseph Crämer, agente provocador al servicio de la policía en el llamado complot franco-alemán de 1851-1852. La fiesta de Lausana es la de las asociaciones obreras alemanas de Suiza en 1859, donde Vogt dijo haber frustrado una conspiración; de ambos asuntos trata Marx en los capítulos anteriores. ↩
La ínsula que gobierna Sancho Panza en el Quijote. Vogt fue uno de los cinco miembros de la regencia del Imperio que eligió en Stuttgart, en junio de 1849, el resto del Parlamento de Fráncfort, el llamado Parlamento rabadilla, disuelto a los pocos días. ↩
Adolph Kolatschek (1821-1889), publicista austriaco, diputado en Fráncfort; editó la Deutsche Monatsschrift für Politik, Wissenschaft, Kunst und Leben (1850-1851) y luego Stimmen der Zeit. ↩
Heinrich von Gagern (1799-1880), presidente de la Asamblea Nacional de Fráncfort y en 1848-1849 jefe del gobierno del Imperio, liberal de tendencia monárquica. ↩
Karl Hagen (1810-1868), historiador, profesor en Heidelberg, diputado de la izquierda en Fráncfort. ↩
La primera edición dice «6 de febrero». ↩
Karl d'Ester (1813-1859), médico de Colonia, miembro de la Liga de los Comunistas, diputado en la Asamblea Nacional prusiana y miembro del gobierno provisional del Palatinado en 1849. ↩
En latín en el original: «por carta». ↩
Theodor Ludwig Greiner (1814-1883), abogado, miembro del gobierno provisional del Palatinado en 1849. ↩
En el apartado III, «El Palatinado», de La campaña alemana por la Constitución del Imperio. ↩
Der Erfindungsreiche, epíteto homérico de Ulises, «el de los muchos ardides». ↩
En inglés en el original: stern mariner. ↩
Schiller, Guillermo Tell, acto I, escena 1: el pescador se niega a pasar el lago en plena tormenta al fugitivo Baumgarten, perseguido por los jinetes del Vogt, el gobernador imperial. ↩
En alto alemán medio en el original: «Su pena era múltiple». ↩
Felix von Lichnowski (1814-1848), oficial prusiano y diputado de la derecha en Fráncfort, muerto durante la insurrección de septiembre de 1848. ↩
En inglés en el original: «that important fellow the children's wonder, Signor Punchinello». ↩
El armisticio firmado por Prusia con Dinamarca en Malmö el 26 de agosto de 1848, que abandonaba Schleswig-Holstein. Su ratificación por la Asamblea de Fráncfort, el 16 de septiembre, provocó la insurrección del 18 de septiembre en Fráncfort, aplastada por tropas prusianas y austriacas. ↩
Heinrich Albert Zachariä (1806-1875), jurista, profesor en Gotinga, diputado del centro derecha. ↩
Gustav Adolph Zimmermann, funcionario de Spandau, diputado de la izquierda en Fráncfort. ↩
Johann Gottfried Eisenmann (1795-1867), médico y publicista bávaro, diputado del centro izquierda en Fráncfort. ↩
La Asociación Central de Marzo, fundada en noviembre de 1848 por la izquierda de la Asamblea de Fráncfort, agrupaba a las asociaciones democráticas que defendían las conquistas de la revolución de Marzo. ↩
Alusión a las posiciones de Vogt y de Vincke durante la guerra de Italia de 1859, de las que Marx trata más adelante. ↩
Véase La Asociación de Marzo, cuya traducción seguimos. La primera edición da la fecha «1 de marzo de 1849». ↩
Kommerzverein: Marx convierte por burla la Asociación de Marzo (Märzverein) en «asociación del comercio», por la carta de los anuncios. La réplica es La Asociación de Marzo de Fráncfort y la Neue Rheinische Zeitung. ↩
En marzo de 1849 una parte de la izquierda de Fráncfort pactó con los partidarios del emperador hereditario a cambio del sufragio universal, y el 28 de marzo la Asamblea eligió emperador al rey de Prusia. «Comerse el ajo»: tragarse algo indigesto. ↩
Gustav Adolph Schlöffel (1828-1849), estudiante, demócrata, combatiente en Hungría y luego corresponsal de la Neue Rheinische Zeitung en Fráncfort; murió en junio de 1849 en el combate de Waghäusel. ↩
Friedrich Daniel Bassermann (1811-1855), editor de Mannheim, diputado liberal en Fráncfort. ↩
La primera edición dice «26 de abril». ↩
La insurrección de mayo de 1849 en Elberfeld, en defensa de la Constitución del Imperio, en la que Engels tomó parte. ↩
Hugo Wesendonck (1817-1900), abogado de Düsseldorf, diputado de la izquierda en Fráncfort. ↩
Alusión a Kraft und Stoff (1855), «Fuerza y materia», el libro del materialista Ludwig Büchner, de la misma escuela que Vogt. ↩
Ludwig Uhland (1787-1862), poeta romántico suabo, diputado de la izquierda moderada en Fráncfort. ↩
Theodor Reh (1801-1868), abogado de Darmstadt, último presidente de la Asamblea de Fráncfort; abandonó la Asamblea antes de su traslado a Stuttgart. Juego con su apellido: Reh es «corzo», y Hase, «liebre», también «cobarde». ↩
Franz Joseph von Buß (1803-1878), profesor de Friburgo, diputado católico conservador. ↩
Vogt había atacado la «fe del carbonero» (Köhlerglaube) de los naturalistas creyentes en su escrito Köhlerglaube und Wissenschaft (1855). ↩
Vogt dice daß es so geworden wird, una construcción incorrecta en alemán. ↩
En francés en el original: quel tableau! ↩
Walther von der Vogelweide (h. 1170-h. 1230), el gran poeta lírico alemán medieval. Los versos, en alto alemán medio en el original, dicen: «La generosidad del príncipe de Austria, / igual que la dulce lluvia, alegra / a las gentes y también al país». ↩
(Nota de Marx.) Kobes I cuenta en el ya mencionado panfleto de Jacobus Venedey: «Cuando Karl Vogt, en la sesión en que Gagern abrazó a Gabriel Riesser después de su discurso sobre el emperador,... abrazó al diputado Zimmermann... con patetismo burlón y grandes gritos en la Paulskirche, le grité: “Déjate de golfadas”. Entonces Vogt creyó que tenía que ofenderme con un insulto provocador, y cuando le pedí cuentas personalmente por ello, tuvo, tras largas idas y venidas de un amigo, el valor de no responder de la ofensa». (Pp. 21-22, ob. cit.) ↩
Carlos el Temerario (1433-1477), duque de Borgoña: Marx juega con el nombre de pila de Vogt, Karl. ↩
Heuler, «aulladores», «llorones»: así llamaban los demócratas radicales a los constitucionalistas. ↩
(Nota de Marx.) Vogt justificó más tarde su hazaña de Núremberg con estas palabras: «Que le habían faltado garantías para su seguridad personal». ↩
Land-Vogt: el gobernador imperial (en el Guillermo Tell de Schiller, Gessler). Wilhelm Wolff vivió en Zúrich hasta 1851, cuando fue expulsado de Suiza y pasó a Inglaterra. ↩
Vogt había nacido en Giessen, pero tenía la ciudadanía del cantón de Berna; el ciudadano de Turgovia es Luis Bonaparte, que la había adquirido en su juventud. La «guerra italiana» terminó con la paz de Villafranca, en julio de 1859. ↩
La Rheinische Zeitung für Politik, Handel und Gewerbe, de Colonia (1842-1843), que Marx dirigió desde octubre de 1842 hasta marzo de 1843, poco antes de su prohibición. La Allgemeine Zeitung se publicaba en Augsburgo. ↩
August Joseph Altenhöfer (1804-1876), redactor de la Allgemeine Zeitung. Ohly, publicista hesiano, paisano de Vogt, emigrado en Suiza y luego en Londres. ↩
En francés en el original: «En voici d'abord un qui de son point de départ communiste, avait cherché à s'élever aux plus hautes conceptions de la politique». «A en croire M. Vogt, cet adepte fut l'oracle de la Gazette d'Augsbourg jusqu'en 1852, époque où il mourut dans une maison de fous». ↩
«He perdido el trabajo y el aceite» (Plauto, Poenulus): he trabajado en vano. ↩
Louis-Étienne-Arthur Dubreuil-Hélion, vizconde de La Guéronnière (1816-1875), publicista al servicio de Luis Bonaparte, que firmaba los folletos inspirados por el emperador. ↩
Fettaugen, «ojos de grasa», las gotas de grasa que flotan en el caldo: alusión burlona a la corpulencia de Vogt. ↩
Heinrich Heine envió a la Allgemeine Zeitung sus crónicas de París de 1840-1843, recogidas luego en Lutezia. Jakob Philipp Fallmerayer (1790-1861), historiador y orientalista, publicó en ella sus «Cartas de Oriente». ↩
El Po y el Rin (1859) y Saboya, Niza y el Rin (1860), dos folletos de Engels publicados anónimamente en Berlín. ↩
En francés en el original: «bajo imperio», el Imperio bizantino decadente, como apodo del Segundo Imperio francés. ↩
Ferdinand Freiligrath (1810-1876), poeta, redactor de la Neue Rheinische Zeitung y miembro de la Liga de los Comunistas; en Londres era empleado de banca. ↩
Expresión de Vogt sobre sí mismo, de la que Marx se burla en todo el libro. ↩
David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista británico, conservador y turcófilo, enemigo de Palmerston, al que acusaba de servir a Rusia; fundó comités de asuntos exteriores y la Free Press. ↩
En francés en el original: «hombre de Estado». ↩
Karl Blind (1826-1907), publicista, combatiente en Baden en 1848-1849, emigrado en Londres, demócrata pequeñoburgués. ↩
Julius Fröbel (1805-1893), publicista, diputado de la izquierda en Fráncfort; emigrado en Estados Unidos, había vuelto a Europa en 1857. ↩
(Nota de Marx.) Vogt deriva, naturalmente, los ataques de la camarilla de Marx contra lord Palmerston de mi oposición a su engreída persona y a sus «amigos» («Libro mayor», p. 212). Parece oportuno, por tanto, recordar aquí brevemente mi relación con D. Urquhart y su partido. Los escritos de Urquhart sobre Rusia y contra Palmerston me habían estimulado, pero no convencido. Para llegar a una opinión firme sometí a un análisis laborioso los Parliamentary Debates de Hansard y los Blue Books diplomáticos de 1807 a 1850. El primer fruto de estos estudios fue una serie de editoriales en el New York Tribune (finales de 1853) en los que demostraba la conexión de Palmerston con el gabinete de San Petersburgo a partir de sus transacciones con Polonia, Turquía, Circasia, etc. Poco después hice reimprimir estos trabajos en el órgano cartista The People's Paper, dirigido por Ernest Jones, y añadí nuevos apartados sobre la actividad de Palmerston. Entretanto, también el Glasgow Sentinel había reproducido uno de estos artículos («Palmerston and Poland»), que llamó la atención del señor D. Urquhart. A raíz de una entrevista que tuve con él, hizo que el señor Tucker, de Londres, publicara una parte de aquellos artículos en forma de folleto. Estos folletos sobre Palmerston se difundieron más tarde en diversas ediciones de 15.000 a 20.000 ejemplares. A raíz de mi análisis del Blue Book sobre la caída de Kars, que apareció en el periódico cartista de Londres (abril de 1856), el Foreign Affairs Committee de Sheffield me envió una carta de reconocimiento. (Véase el apéndice 7.) Al revisar los manuscritos diplomáticos que hay en el Museo Británico descubrí una serie de documentos ingleses que van desde finales del siglo XVIII hasta la época de Pedro el Grande, que revelan la constante colaboración secreta entre los gabinetes de Londres y de San Petersburgo, pero hacen aparecer la época de Pedro el Grande como cuna de esta conexión. De un trabajo extenso sobre este asunto solo he hecho imprimir hasta ahora la introducción, con el título Revelations of the Diplomatic History of the 18th Century («Revelaciones sobre la historia diplomática del siglo XVIII»). Apareció primero en la Free Press de Sheffield y luego en la de Londres, ambos órganos urquhartistas. Esta última ha recibido desde su fundación colaboraciones ocasionales mías. Mi ocupación con Palmerston y con la diplomacia anglo-rusa en general se produjo, pues, como se ve, sin la menor sospecha de que detrás de lord Palmerston está el señor Karl Vogt. Véanse Lord Palmerston (1853) y La caída de Kars (1856). ↩
Julius Faucher (1820-1878), publicista librecambista, emigrado en Londres, colaborador del Morning Star. ↩
Andreas Scherzer (1807-1879), sastre, miembro de la Liga de los Comunistas y de la fracción Willich-Schapper. ↩
Edgar Bauer (1820-1886), publicista de la izquierda hegeliana, hermano de Bruno Bauer; emigrado en Londres. ↩
Elard Biscamp, periodista demócrata, redactor de Das Volk en 1859. ↩
En inglés en el original: «librecambista». ↩
Die Hornisse, «el avispón», periódico demócrata de Kassel (1848-1850). Heinrich Heise (1820-1860), publicista demócrata. ↩
La primera edición dice «25 de mayo». ↩
Edmond About (1828-1885), escritor y publicista francés, propagandista de la política italiana de Luis Bonaparte. ↩
(Nota de Marx.) Una palabra sobre el commis voyageur de Biel, el Moniteur de rincón del «regente fugitivo del Imperio». Editor y director del Handels-Courier de Biel es un tal Ernst Schüler, refugiado político de 1838, maestro de postas, comerciante de vinos, quebrado y ahora otra vez con dinero en caja, porque su periódico, subvencionado durante la guerra de Crimea por el negocio de reclutamiento británico-franco-suizo, cuenta ya con 1.200 suscriptores. (Commis voyageur, en francés en el original: «viajante de comercio».) ↩
La primera edición dice aquí «número 6 de Das Volk (del 11 de junio de 1859)»; la MEW corrige según el afidávit de Wiehe que se reproduce más abajo. ↩
Adolf Müllner (1774-1829), autor de «dramas del destino» muy representados en su tiempo. El bandido Jaromir es el protagonista de Die Ahnfrau (1817), de Grillparzer, drama del mismo género; Marx atribuye la frase a Müllner. ↩
Pseudo-Longino, Sobre lo sublime, III, 4, a propósito de la hinchazón del estilo. ↩
Reinach, emigrado alemán en Ginebra. Karl Mayer (1819-1889), de Esslingen, diputado de la izquierda en Fráncfort y en el Parlamento rabadilla de Stuttgart. ↩
(Nota de Marx.) Véase también la p. 4 del panfleto citado, donde dice: «Este “tener en cuenta” por consideraciones de partido, la falta de firmeza moral que hay en confesarse en el círculo íntimo que Vogt ha jugado un juego infame con la patria, y luego permitir a ese Vogt acusar abiertamente de calumnia a quienes no han dicho más que lo que todos ellos saben y piensan y de lo que conocen y tienen en la mano las pruebas, me da asco», etc. ↩
Los partidarios de unificar Alemania bajo la dirección de Prusia y sin Austria. ↩
Juego con el título de los emperadores del Sacro Imperio, Mehrer des Reichs, «acrecentador del Imperio». ↩
(Nota de Marx.) Era el mitin celebrado por D. Urquhart el 9 de mayo, mencionado más arriba. ↩
Collet Dobson Collet (1812-1898), periodista radical, director de la Free Press urquhartista. ↩
Gustav Kolb (1798-1865), director de la Allgemeine Zeitung. ↩
(Nota de Marx.) Es verdad que el señor Kolb menciona en el número 319 de la Allgemeine Zeitung «una carta muy extensa del señor Marx, que él no imprime». Pero esta «carta extensa» está impresa en el Reform de Hamburgo, n.º 139, suplemento del 19 de noviembre de 1859. La «carta extensa» era una declaración mía destinada al público, que envié también a la Volks-Zeitung de Berlín. ↩
Hermann Orges (1821-1874), redactor de la Allgemeine Zeitung. ↩
(Nota de Marx.) Mi carta de acompañamiento y la declaración de Vögele se encuentran en el «Libro mayor», documentos, pp. 30-31; las cartas del señor Orges a mí, en el apéndice 10. ↩
(Nota de Marx.) Se llama affidavit una declaración judicial que sustituye al juramento y que, si es falsa, acarrea todas las consecuencias legales del perjurio. ↩
(Nota de Marx.) Como tengo una letra ilegible, ante el tribunal de Augsburgo se hizo pasar mi carta, fechada el 19 de octubre, por fechada el 29 de octubre. El abogado de Vogt, el doctor Hermann, el propio Vogt, la digna National-Zeitung de Berlín et hoc genus omne de la «inmediatez crítica» no dudaron ni un instante de que una carta escrita en Londres el 29 de octubre podía estar ya en Augsburgo el 24 de octubre. (Et hoc genus omne, en latín en el original: «y toda esa ralea».) ↩
(Nota de Marx.) Que este quid pro quo se debió puramente al azar, es decir, a que mi carta llegó tarde a Vögele, se verá por el afidávit que este prestó después, el 11 de febrero de 1860. ↩
Hermann, abogado de Augsburgo, defensor de Vogt en el proceso. ↩
En francés en el original: «misterio». ↩
(Nota de Marx.) Biscamp había enviado, con fecha en Londres el 20 de octubre, una carta sobre el asunto Vogt a la redacción de la Allgemeine Zeitung, en la que al final se ofrecía como corresponsal. No conocí esa carta hasta que la leí en la propia Allgemeine Zeitung. Vogt se inventa una teoría moral según la cual el apoyo a un periódico desaparecido me hace responsable de las cartas privadas que escriba luego su redactor. Cuánto más responsable sería Vogt de Stimmen der Zeit, de Kolatschek, puesto que fue colaborador pagado de la Monatsschrift de Kolatschek. Mientras Biscamp editó Das Volk, dio pruebas del mayor sacrificio, dejando un puesto de muchos años para hacerse cargo de la redacción, redactándolo gratis en condiciones muy duras y renunciando, por último, a corresponsalías en periódicos alemanes, como, por ejemplo, la Kölnische Zeitung, para poder actuar conforme a su convicción. Todo lo demás no me importaba ni me importa. ↩
La National-Zeitung, órgano liberal de Berlín, publicó en enero de 1860 dos editoriales con extractos del libro de Vogt contra Marx; Marx se querelló contra ella sin éxito y trata el asunto más adelante. ↩
(Nota de Marx.) En inglés digo: deliberate lie. La Kölnische Zeitung tradujo: infame Lüge, «mentira infame». Acepto la traducción, aunque durchtriebene Lüge, «mentira taimada», se acerca más al original. ↩
Karl Heinrich Schaible (1824-1899), médico, combatiente en Baden en 1849, emigrado en Londres. ↩
En inglés en el original: «conspiración», también en sentido jurídico. ↩
Felonie, del inglés felony: delito grave, como lo era en Inglaterra el falso testimonio bajo juramento. ↩
Eisele y Beisele, el preceptor y su pupilo, el barón Beisele, figuras cómicas de los Fliegende Blätter de Múnich, que viajaban por Alemania haciendo el ridículo. ↩
En latín en el original: «¡Que se lo quede!». ↩
«Sin parcialidad», pero también, literalmente, «sin estudio»: juego con los Studien («estudios») de Vogt y con la fórmula de Tácito sine ira et studio, «sin ira y sin parcialidad» (Anales, I, 1). ↩
«¿A quién beneficia?» ↩
Ernst Moritz Arndt (1769-1860) y Friedrich Ludwig Jahn (1778-1852), agitadores del nacionalismo alemán antifrancés de las guerras contra Napoleón; Jahn, fundador de la gimnasia patriótica, era famoso por su aspecto desaliñado. «Jahn el Mugriento» traduce Dreckpeter, «Pedro el Guarro», expresión de Vogt. ↩
Le Moniteur universel, diario oficial del gobierno francés. ↩
«Decembrista»: partidario del golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851; así llama Marx a los bonapartistas. ↩
James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno conservador de Derby (1858-1859). Los Libros Azules (Blue Books) eran las colecciones de documentos diplomáticos que el gobierno británico presentaba al Parlamento. ↩
Édouard Dentu, editor de París que publicó en 1859 y 1860 una serie de folletos anónimos de inspiración oficiosa en favor de la política de Napoleón III. ↩
Sir Charles Napier (1786-1860), almirante británico, jefe de la flota del Báltico en 1854, durante la guerra de Crimea. ↩
Teatro parisino de melodramas y piezas populares. ↩
En la primera edición, «1760». ↩
En la primera edición, «del 9 de febrero de 1815». ↩
«¡Guárdate de él, romano!» (Horacio, Sátiras, I, 4, 85). John Singleton Copley, lord Lyndhurst (1772-1863), político conservador británico. ↩
Preliminares de paz firmados en Villafranca el 11 de julio de 1859 por Napoleón III y Francisco José: Austria cedía Lombardía (a Francia, que la entregaba al Piamonte) y conservaba Venecia. ↩
Probablemente la paz de Szatmár (1711), que puso fin a la insurrección húngara de Ferenc Rákóczi II. ↩
Convenio de Londres del 15 de julio de 1840 entre Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia en apoyo del sultán contra Mehmet Alí de Egipto, protegido por Francia. ↩
En 1838 el rey de Nápoles concedió a una compañía francesa el monopolio del azufre siciliano; Inglaterra protestó y en 1840 apresó barcos napolitanos hasta que, con mediación francesa, se anuló la concesión. ↩
Calle de la City de Londres donde está el Banco de Inglaterra. ↩
Barbara Juliane von Krüdener (1764-1824), escritora y mística báltica, de gran influencia sobre el zar Alejandro I en la época de la Santa Alianza. ↩
Villafranca (Villefranche-sur-Mer), cerca de Niza, entonces del reino de Cerdeña, que en 1858 permitió a Rusia instalar allí un depósito para su marina. ↩
En 1853 Prusia compró a Oldemburgo terrenos en la bahía del Jade, en el mar del Norte, para construir un puerto de guerra (el futuro Wilhelmshaven). ↩
Shakespeare, Hamlet, acto III, escena 2: «no sobrepasar la modestia de la naturaleza». ↩
(Nota de Marx.) «De quel droit, d'ailleurs, le gouvernement autrichien viendrait-il invoquer l'inviolabilité de ceux (traités) de 1815, lui qui les a violés en confisquant Cracovie, dont ces traités garantissaient l'indépendance?» ↩
(Nota de Marx.) Palmerston, que burló a Europa con su ridícula protesta, había colaborado incansablemente desde 1831 en la intriga contra Cracovia. (Véase mi panfleto Palmerston and Poland, Londres, 1853.) ↩
«La cordialidad más perfecta». Entente cordiale («entendimiento cordial») fue el nombre que se dio al acercamiento anglofrancés de los años cuarenta, bajo Luis Felipe. ↩
(Nota de Marx.) «La Russie est de la famille des Slaves, race d'élite... On s'est étonné de l'accord chevaleresque survenu soudainement entre la France et la Russie. Rien de plus naturel: accord des principes, unanimité du but... soumission à la loi de l'alliance sainte des gouvernements et des peuples, non pour leurrer et contraindre, mais pour guider et aider la marche divine des nations. De la cordialité la plus parfaite sont sortis les plus heureux effets: chemins de fer, affranchissement des serfs, stations commerciales dans la Méditerranée etc.», p. 33, La foi des traités, etc., París, 1859. ↩
Piotr Vladímirovich Dolgorúkov (1816-1868), aristócrata y publicista ruso que emigró en 1859. ↩
Alexandru Ioan Cuza, elegido príncipe de Moldavia y de Valaquia en enero y febrero de 1859, lo que unía de hecho los dos principados. ↩
El Reglamento Orgánico, estatuto de los principados del Danubio elaborado en 1831-1832 bajo la ocupación rusa dirigida por el general Pável Kiseliov. ↩
Armand-Emmanuel du Plessis, duque de Richelieu (1766-1822), emigrado que fue gobernador de Odesa al servicio del zar y luego presidente del Consejo de Luis XVIII (1815-1818 y 1820-1821). ↩
La Filikí Etería («Sociedad de los Amigos»), sociedad secreta griega fundada en Odesa en 1814, que preparó la insurrección de 1821. ↩
El congreso de la Santa Alianza celebrado en Verona en 1822 decidió la intervención francesa en España, que en 1823 restableció a Fernando VII como rey absoluto. Chateaubriand fue allí plenipotenciario de Francia y luego ministro de Asuntos Exteriores. ↩
Alexandros Ypsilantis (1792-1828), general griego al servicio de Rusia y jefe de la Hetería, entró en los principados del Danubio en marzo de 1821; el zar lo desautorizó. Tudor Vladimirescu, jefe del levantamiento valaco de 1821, fue ejecutado por hombres de Ypsilantis. ↩
Miguel de Braganza (1802-1866), que usurpó el trono de Portugal como rey absoluto de 1828 a 1834. ↩
Ioannis Kapodistrias (Capodistria) (1776-1831), diplomático griego que fue ministro de Asuntos Exteriores de Rusia; presidente de Grecia desde 1827, asesinado en 1831. ↩
Batalla naval de Navarino (20 de octubre de 1827), en la que las escuadras inglesa, francesa y rusa destruyeron la flota turco-egipcia; el almirante Lodewijk van Heiden mandaba la escuadra rusa. ↩
Maximiliano de Beauharnais, duque de Leuchtenberg (1817-1852), casado en 1839 con la gran duquesa María, hija de Nicolás I. ↩
En la conferencia de Varsovia (octubre de 1850), Nicolás I arbitró entre Austria y Prusia, que poco después, en Olmütz, se sometió a Austria. Tropas austriacas entraron en 1851 en Holstein para restablecer en los ducados la autoridad del rey de Dinamarca, como querían Rusia e Inglaterra. ↩
Charles-André Pozzo di Borgo (1764-1842), diplomático corso al servicio de Rusia, embajador en París de 1814 a 1834. ↩
Louis-Mathieu Molé (1781-1855), jefe del gobierno francés de 1836 a 1839; Philipp von Brunnow (1797-1875), embajador ruso en Londres desde 1840. La coalición de 1840 es la del Convenio de Londres sobre Egipto, que dejó aislada a Francia. ↩
August von Haxthausen (1792-1866), escritor prusiano, autor de unos estudios muy difundidos sobre las instituciones agrarias de Rusia. ↩
«¡El fin de Polonia!», palabras atribuidas a Kościuszko cuando cayó prisionero en Maciejowice (1794). ↩
Vogt, corpulento y amigo de banquetes, es el Falstaff de Plon-Plon, como el de Shakespeare lo era del príncipe Hal. ↩
Artúr Görgey (1818-1916), general en jefe del ejército húngaro, que capituló ante los rusos en Világos el 13 de agosto de 1849. ↩
(Nota de Marx.) «Fue la desgracia de los húngaros», dice el coronel polaco Lapinski, que combatió en el ejército revolucionario húngaro hasta la capitulación de Komárom y después en Circasia contra los rusos, «fue la desgracia de los húngaros no conocer a los rusos». (Theophil Lapinski, Feldzug der Ungarischen Hauptarmee im Jahre 1849 [La campaña del ejército principal húngaro en 1849], Hamburgo, 1850, p. 216.) «El gabinete de Viena estaba por completo en manos de los rusos... por consejo suyo se asesinó a los jefes... mientras los rusos se ganaban simpatías de todas las maneras, Austria recibía de ellos la orden de hacerse aún más odiosa de lo que nunca había sido». (Ob. cit., pp. 188-189.) ↩
(Nota de Marx.) El general Mór Perczel, conocido con honra por la guerra revolucionaria húngara, se separó, cuando aún duraba la campaña de Italia, de los oficiales húngaros reunidos en Turín en torno a Kossuth y expuso en una declaración pública las razones de su retirada: por un lado, Kossuth, que solo servía de espantapájaros bonapartista; por otro, la perspectiva del porvenir ruso de Hungría. En una carta de respuesta (fechada en Saint Helier el 19 de abril de 1860) a otra en la que yo le pedía más aclaraciones sobre su declaración, dice, entre otras cosas: «Nunca me prestaré a servir de instrumento para salvar a Hungría de las garras del águila bicéfala solo para entregarla a la ternura mortal del oso del Norte». ↩
(Nota de Marx.) El señor Kossuth nunca se engañó sobre la exactitud de la opinión expuesta en el texto. Sabía que Austria puede maltratar a Hungría, pero no destruirla. «El emperador José II», escribe al gran visir Reşid Pachá con fecha de Kütahya, 15 de febrero de 1851, «el único hombre de genio que ha producido la familia de los Habsburgo, agotó todos los recursos extraordinarios de su raro espíritu, así como las ideas, todavía populares entonces, sobre el poder de su casa, en el intento de germanizar Hungría y de hacerla pasar al Estado unitario; pero Hungría salió de la lucha con una fuerza vital renovada... En la última revolución, Austria solo se levantó del polvo para caer a los pies del zar, del zar, su amo, que nunca da su ayuda, sino que siempre la vende. Y cara ha tenido que pagar Austria esa ayuda». (Correspondence of Kossuth, p. 33.) En cambio, en la misma carta dice que solo Hungría y Turquía unidas podrían quebrar las intrigas paneslavistas de Rusia. Escribe a David Urquhart desde Kütahya, el 17 de enero de 1851: «We must crush Russia, my dear Sir! and, headed by you, we will! I have not only the resolution of will, but also that of hope! and this no vain word, my dear Sir, no sanguine fascination; it is the word of a man, who is wont duly to calculate every chance: of a man though very weak in faculties, not to be shaken in perseverance and resolution, etc.» (Ob. cit., p. 39.) («Tenemos que aplastar a Rusia, mi querido amigo, y, guiados por usted, la aplastaremos. No tengo solo la resolución de la voluntad, sino también la de la esperanza, y esto no es una frase vacía, mi querido amigo, ni una quimera de optimista; es la palabra de un hombre acostumbrado a calcular cuidadosamente toda posibilidad; de un hombre que, aunque de facultades muy débiles, es inquebrantable en la perseverancia y la resolución, etc.») ↩
La milla alemana equivalía a unos 7,4 km. ↩
Pavel Josef Šafařík (1795-1861), filólogo e historiador eslovaco de lengua checa; su Slovanský zeměvid («Mapa eslavo») es de 1842. ↩
En el original, en francés: «Vive Alexandre, / Vive le roi des rois, / Sans rien prétendre, / Il nous donne des lois». ↩
Pensiero ed Azione («Pensamiento y acción»), periódico de Mazzini publicado en Londres y en Lugano de 1858 a 1860. ↩
Poema en antiguo alto alemán (881) en honor del rey franco Luis III, vencedor de los normandos; Marx lo aplica a Luis Bonaparte. En el original, los versos van en esa lengua: «Einan kùning wèiz ih, hèizit hêr Hlùdowig / ther gêrno Gôde (i.e. den Nationalitäten) dionôt». ↩
El 13 de junio de 1849 la Montaña, el partido demócrata-socialista de Ledru-Rollin, convocó en París una manifestación contra la expedición de Roma, que fue dispersada por la tropa; Ledru-Rollin huyó a Londres. ↩
Marx publicó en 1850 Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 en la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue. ↩
Versos del Tristán de Gottfried de Estrasburgo (hacia 1210); en el original, en alto alemán medio: «wie saelecliche stât im an / allez daz, daz êr begât! / wie gâr sîn lip ze wunsche stât! / wie gênt îm so gelîche inein / die fînen keiserlîchen bein». ↩
Napoleón el Pequeño (1852), panfleto de Victor Hugo contra Luis Bonaparte. ↩
Warmer Bruder, literalmente «hermano caluroso», juega con la «calurosa felicitación» de Vogt; en el alemán coloquial la expresión designaba también al homosexual. ↩
(Nota de Marx.) Es en realidad la prosperidad industrial lo que sostuvo tanto tiempo el régimen de Luis Bonaparte. El comercio de exportación francés se había más que duplicado como consecuencia de los descubrimientos de Australia y California y de sus efectos en el mercado mundial, y había tomado un auge hasta entonces inaudito. La revolución de Febrero fracasó, en general, en última instancia, por California y Australia. ↩
Felice Orsini atentó contra Napoleón III con bombas de mano el 14 de enero de 1858 en París. Siguieron la ley de seguridad general de febrero de 1858, que permitía deportar sin juicio a los sospechosos, y la división de Francia en cinco grandes mandos militares. ↩
Tras el atentado de Orsini se organizó la regencia para el caso de muerte del emperador; el mariscal Aimable Pélissier, duque de Malakoff (1794-1864), formaba parte del consejo privado que debía asistirla. ↩
Juego con el apodo de «sobrino de su tío»: se rumoreaba que el verdadero padre de Luis Bonaparte, hijo oficial de Luis, rey de Holanda, era el almirante holandés Verhuell. ↩
El conde Charles de Montalembert (1810-1870), jefe católico liberal, fue procesado en 1858 por un artículo que elogiaba el Parlamento inglés; lo defendieron los abogados Pierre-Antoine Berryer, legitimista, y Jules Dufaure, orleanista. John Hampden (1594-1643), que se negó a pagar el impuesto del ship money a Carlos I, era el modelo de la resistencia legal a la arbitrariedad. ↩
Proudhon, condenado en 1858 por De la justice dans la Révolution et dans l'Église, se refugió en Bruselas. El Acte additionnel de 1815 era la constitución liberal con que Napoleón I se presentó durante los Cien Días. ↩
Nombre de sociedades secretas republicanas bajo el Segundo Imperio. ↩
Intento de levantamiento republicano en Chalon-sur-Saône el 6 de marzo de 1858. ↩
En febrero de 1858 cayó el gobierno de Palmerston al presentar, a petición de Francia, una ley contra la conspiración para el asesinato, después del atentado de Orsini, preparado en Inglaterra. ↩
Brummagem: forma popular de «Birmingham», sinónimo en inglés de imitación barata y falsa. ↩
Edward Horsman (1807-1876), diputado liberal británico. ↩
Henry Richard Wellesley, conde Cowley (1804-1884), embajador británico en París de 1852 a 1867. ↩
En la entrevista secreta de Plombières (julio de 1858), Napoleón III y Cavour acordaron la guerra contra Austria y la cesión de Saboya y Niza a Francia. Palmerston, entonces en la oposición, visitó al emperador en Compiègne en noviembre de 1858. ↩
James Wilson (1805-1860), fundador de The Economist, secretario del Tesoro con Palmerston y desde 1859 miembro de finanzas del Consejo de la India; murió en Calcuta en agosto de 1860. ↩
(Nota de Marx.) Lord Chelsea, que sustituía en París a lord Cowley durante su ausencia, escribe: «The official disavowal» (en el Moniteur del 5 de marzo de 1859) «of all warlike intentions on the part of the Emperor, this Imperial message of peace, has been received by all classes of Paris with feelings of what may be called exultation». (Núm. 88 del Libro Azul On the affairs of Italy. January to May 1859.) («El desmentido oficial de toda intención guerrera por parte del emperador, este mensaje imperial de paz, ha sido recibido por todas las clases de París con un entusiasmo desbordante».) ↩
(Nota de Marx.) Nota bene. En sus Estudios repite con el Moniteur y los panfletos originales de Dentu «que es un capricho singular del destino lo que obliga a este hombre» (Luis Bonaparte) «a ponerse en primera línea como libertador de las nacionalidades» (p. 35), que hay que «prometer su colaboración a esta política mientras se mantenga dentro de los límites de la liberación de las nacionalidades», y que hay que esperar «hasta que esta liberación la haya consumado este hombre del destino». (P. 36.) En su Programa a los señores demócratas, en cambio, dice: «Podemos y debemos prevenir contra semejante auxiliar». (P. 34, «Libro mayor», Documentos.) ↩
(Nota de Marx.) Por lo demás, Napoléon le Petit ha copiado también del Napoleón de verdad la frase de la liberación de las nacionalidades. En mayo de 1809, por ejemplo, Napoleón lanzó desde Schönbrunn una proclama a los húngaros en la que se dice, entre otras cosas: «¡Húngaros! Ha llegado el momento de recobrar vuestra independencia... No os pido nada. Solo deseo veros como una nación libre e independiente. Vuestra unión con Austria ha sido vuestra maldición, etc.». El 16 de mayo de 1797, Bonaparte firmó con la República de Venecia un tratado cuyo primer artículo dice: «En adelante reinarán la paz y la buena inteligencia entre Francia y la República de Venecia». Sus fines al concluir esta paz los revela al Directorio francés tres días después en un despacho secreto que empieza con estas palabras: «Recibiréis con la presente el tratado que he concluido con la República de Venecia y en virtud del cual el general Baraguey d'Hilliers ha ocupado la ciudad con 5000 o 6000 hombres. Al concluir esta paz tenía a la vista diversos fines». Como último fin enumera: «Amortiguar todo lo que pueda decirse en Europa, ya que ahora parecerá que nuestra ocupación de Venecia no es más que una operación pasajera que los propios venecianos han solicitado con empeño». Otros dos días después, el 26 de mayo, Bonaparte escribió a la municipalidad de Venecia: «El tratado concluido en Milán puede ser firmado entretanto por la municipalidad, y los artículos secretos por tres de sus miembros. Haré siempre todo lo que esté en mi poder para daros pruebas de mi deseo de consolidar vuestras libertades y de ver por fin a la desdichada Italia ocupar el lugar al que está llamada en el teatro del mundo, libre e independiente de todos los extranjeros». Unos días más tarde escribe al general Baraguey d'Hilliers: «Al recibo de la presente os presentaréis al gobierno provisional de Venecia y le haréis ver que, de acuerdo con los principios que unen ahora a las repúblicas de Francia y de Venecia, y con la protección inmediata que la República francesa concede a la veneciana, es indispensable que el poder naval de la república se ponga en pie respetable. Con este pretexto os apoderaréis de todo, procurando al mismo tiempo vivir en buena inteligencia con los venecianos, y enrolaréis para nuestro servicio, hablando siempre en nombre de Venecia, a todos los marineros de la república. En una palabra, tenéis que arreglároslas para transportar a Tolón todos los pertrechos navales y los barcos del puerto de Venecia. En virtud de un artículo secreto del tratado, los venecianos están obligados a entregar a la República francesa pertrechos navales por valor de 3 millones para la marina de Tolón, pero es mi intención tomar posesión, para la República francesa, de todos los barcos venecianos y de todos sus pertrechos navales en provecho de Tolón». (Véase Correspondance secrète et confidentielle de Napoléon, 7 vols., París, 1817.) Estas órdenes se ejecutaron al pie de la letra; y en cuanto Venecia quedó saqueada de todos sus medios navales y de guerra, Napoleón entregó sin la menor vacilación a su nuevo aliado, la liberada República de Venecia, que había jurado solemnemente defender contra todo peligro, al yugo despótico de Austria. ↩
Los dos intentos de golpe de Luis Bonaparte, en Estrasburgo (1836) y en Boulogne (1840), fracasaron. En la revista de Satory (octubre de 1850) hizo repartir salchichas, vino y champán a los soldados para que lo aclamaran. ↩
César de Bazancourt (1810-1865), autor de una historia oficiosa de la expedición de Crimea (1856). ↩
Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849 y gobernador de Hungría en 1849; después, emigrado en Inglaterra. ↩
Burla de la corpulencia de Vogt. ↩
Ent-Zweiung: Marx separa las sílabas de Entzweiung, «discordia, escisión», para hacer oír zwei, «dos». ↩
Guillermo de Prusia, el futuro Guillermo I, regente desde 1858 por la enfermedad de su hermano Federico Guillermo IV. ↩
Jerónimo Bonaparte, padre de Plon-Plon, fue rey de Westfalia de 1807 a 1813. Vogt atribuía su trato con el príncipe Napoleón a intereses científicos comunes. ↩
«Para el rey de Prusia»: expresión francesa que significa «para nada, de balde». ↩
Según una historia proverbial irlandesa, dos gatos de Kilkenny se pelearon hasta devorarse mutuamente y no dejar más que las colas. ↩
Paz de 1797 entre la Francia del Directorio y Austria, que entregó a esta Venecia a cambio de Bélgica y Lombardía. ↩
Alexander William Kinglake (1809-1891), historiador y diputado liberal británico. ↩
(Nota de Marx.) «Prusia es la esperanza de Alemania... el espíritu alemán tiene su centro en Berlín... el espíritu alemán busca la unidad de su cuerpo, la verdad de la Confederación. Por este impulso se eleva Prusia... ¿De dónde viene que, cuando Italia reclama la integridad, la unidad nacional, lo que Alemania desea, esta favorezca a Austria, negación viviente de toda nacionalidad?... Es que Prusia no es todavía la cabeza; es que la cabeza es Austria, que, pesando con estas fuerzas heterogéneas sobre la Alemania política, la arrastra a contradicciones con la Alemania verdadera». (P. 34, La foi des traités, etc.) ↩
(Nota de Marx.) «Le Rhin!... Qu'est-ce que le Rhin? Une frontière. Les frontières seront bientôt des anachronismes». (Ob. cit., p. 36.) ↩
(Nota de Marx.) «La France stipule-t-elle des dédommagements pour les sacrifices qu'elle est prête à faire dans un but d'équité, de juste influence, et dans l'intérêt de l'équilibre européen? Demande-t-elle la rive gauche du Rhin? Élève-t-elle même des prétentions sur la Savoie et sur le Comté de Nice?» (P. 13, La vraie question, etc.) ↩
«Segundo» de un boxeador, el que le sostiene la botella entre asaltos. Palmerston se había presentado a sí mismo como el judicious bottle-holder de los pueblos que luchaban por su libertad. ↩
(Nota de Marx.) La Prager Zeitung publicó unos días después de la paz de Villafranca la siguiente declaración oficial: «Esta protesta» (la protesta de Prusia, que pretendía asumir el mando supremo del ejército federal bajo control federal) «aporta la prueba clara de que Prusia aspira a la hegemonía en Alemania y, por tanto, a la exclusión de Austria de Alemania. Como la desleal Lombardía vale infinitamente menos que el mantenimiento de nuestra posición en Alemania, la entregamos para llegar a la paz, que la actitud de Prusia había convertido para nosotros en una necesidad imperiosa». ↩
(Nota de Marx.) El Galignani's Messenger de París, que solo excepcionalmente y solo por encargo oficial especial publica artículos de fondo, dice en su número del 22 de julio de 1859: «Para dar otra provincia al rey del Piamonte no solo habría sido necesario sostener una guerra contra dos tercios de Europa, sino que se habría realizado la unidad alemana y se habría consumado así una obra que, desde la época de Francisco I, la política francesa ha tenido por objeto impedir». ↩
(Nota de Marx.) El periódico particular de Plon-Plon, la Opinion nationale, dice en un artículo del 5 de julio de 1860: «El día de la reivindicación por la fuerza ha pasado. El emperador está dotado para ello de un tacto demasiado fino, de un sentimiento demasiado justo de la tendencia de la opinión pública... Pero ¿está Prusia obligada por juramento a no pensar nunca en la unidad alemana? ¿Puede garantizar que nunca echará una mirada codiciosa a Hannover, Sajonia, Brunswick, Hesse, Oldemburgo y Mecklemburgo? Hoy los príncipes se abrazan, y sin duda sinceramente. Pero ¿quién sabe lo que el pueblo les exigirá dentro de pocos años? Y si Alemania, bajo la presión de la opinión pública, se centraliza, ¿sería justo, sería razonable que no se permitiera a Francia extender su territorio a costa de sus vecinos?... Si los alemanes juzgaran conveniente cambiar su vieja constitución política y poner en lugar de la impotente Confederación un gobierno fuerte y centralizado, no podríamos responder de que Francia no juzgara conveniente pedir a Alemania indemnizaciones y garantías». ↩
Victor Fialin, duque de Persigny (1808-1872), viejo cómplice de Luis Bonaparte, ministro del Interior en 1852-1854 y de nuevo desde 1860. ↩
(Nota de Marx.) El Pecksniff [el hipócrita de Martin Chuzzlewit, de Dickens] imperial se supera a sí mismo en el panfleto de Dentu La politique anglaise, París, 1860. Según él, hay que robar unos cuantos millones de alemanes y belgas para mejorar la constitución moral de Francia, cuyo elemento meridional necesitaría mezclarse más con la solidez del Norte. Después de explicar que Francia, por razones políticas y militares, necesita las fronteras que la naturaleza misma le ha dado, sigue diciendo: «Una segunda razón hace necesaria esa anexión» (de las provincias del Rin y de Bélgica). «Francia ama y pide una libertad razonable (une sage liberté), y el elemento meridional constituye un gran elemento de sus cuerpos públicos. Este elemento tiene cualidades maravillosas... pero le faltan perseverancia y firmeza. Necesita la paciente constancia, la resolución fría e inflexible de nuestros hermanos del Norte. Las fronteras que la Providencia nos ha destinado nos son, por tanto, no menos necesarias para nuestra libertad que para nuestra independencia». ↩
Vogt había recibido la ciudadanía de Berna y era diputado de Ginebra en el Consejo de los Estados suizo. ↩
«Testigo, Luis Bonaparte». Alusión a las dudas sobre la paternidad de Luis Bonaparte (véase la nota sobre el «sobrino holandés»). ↩
Valle del Jura disputado entre Francia y Suiza desde 1815; Francia presionó en 1858 por su cesión, que se acordó en 1862 con un reparto. ↩
En septiembre de 1856, los monárquicos de Neuchâtel, cantón suizo cuyo príncipe seguía siendo nominalmente el rey de Prusia, intentaron un golpe que fracasó. El conflicto entre Prusia y Suiza se resolvió en 1857, con la mediación de Napoleón III, por la renuncia de Prusia a sus derechos. ↩
Luis Bonaparte, que pasó su juventud en el castillo de Arenenberg, en Turgovia, era ciudadano honorario de ese cantón y había sido capitán de artillería en la milicia suiza. ↩
Édouard Thouvenel (1818-1866), ministro francés de Asuntos Exteriores de 1860 a 1862. Kern era entonces el representante de Suiza en París. ↩
Alcide-Pierre Grandguillot, periodista bonapartista, director del Constitutionnel y del Pays. ↩
(Nota de Marx.) En realidad, no fueron los «tratados» los que protegieron la neutralidad de Suiza, sino los intereses de las diversas potencias fronterizas, que se paralizaban mutuamente. «Los suizos sienten», escribe el capitán Harris, encargado de negocios inglés en Berna, a lord John Russell, después de una entrevista con el presidente de la Confederación, Frey-Hérosé, «que... los acontecimientos recientes han alterado esencialmente el peso relativo de las potencias fronterizas, pues Prusia se ha vuelto indiferente desde el asunto de Neuchâtel, Austria está paralizada y Francia es incomparablemente más poderosa que antes». ↩
Edward Alfred John Harris, encargado de negocios británico en Berna. ↩
Polonio, el cortesano verboso y sentencioso de Hamlet. ↩
Los tratados de 1815 neutralizaron el norte de Saboya (Chablais y Faucigny), entonces del reino de Cerdeña, que Suiza podía ocupar en caso de guerra. El ferrocarril de Culoz a Chambéry unía Francia con Saboya. ↩
(Nota de Marx.) «When the French troops were about to march through Savoy into Sardinia the Swiss Government, true to the neutrality upon which depends its independence, at first objected that these troops had no right to pass through the neutralised territory». ↩
(Nota de Marx.) Que el ferrocarril cae dentro del territorio neutralizado se reconoce expresamente en una nota que el presidente de la Confederación, Stämpfli, y el canciller Schiess dirigieron el 18 de noviembre de 1859 al capitán Harris. Se dice en ella: «También podría tratarse de otro punto que atañe a la neutralidad de Saboya... nos referimos al ferrocarril construido últimamente de Culoz a Chambéry, respecto al cual cabe preguntarse si debía seguir formando parte del territorio neutralizado». ↩
Das Volk, semanario de los emigrados alemanes en Londres (mayo-agosto de 1859), en el que colaboraron Marx y Engels. ↩
(Nota de Marx.) Vogt reprocha en particular al Volk haber intentado «llevar a la Confederación a un conflicto con las potencias vecinas mayores». Cuando la anexión de Saboya se produjo de verdad, la Eidgenössische Zeitung, un periódico bonapartista, acusó al oficial Bund de que «su opinión sobre Saboya y Francia era un débil resto de la política que quería enredar a Suiza en las luchas europeas ya desde 1848». (Véase Bund, Berna, 12 de marzo de 1860, n.º 71.) Se ve que las frases de las plumas bonapartistas vienen cortadas a medida. ↩
(Nota de Marx.) «Si esas provincias (Chablais y Faucigny) hubieran sido ocupadas por las tropas federales..., no cabe mucha duda de que habrían permanecido en ellas hasta el momento presente». (P. 20, L. Oliphant, Universal Suffrage and Napoleon III, Londres, 1860.) ↩
La entrevista de Plombières fue en realidad el 20 y 21 de julio de 1858. ↩
(Nota de Marx.) «Ma dove l'Austria, disfatta in sulle prime, affacciasse proposte eguali, a quelle ch'essa affacciò per breve tempo nel 1848 al Governo inglese, abbandono della Lombardia a patto di serbare il Veneto, la pace... sarebbe accettata: le sole condizioni dell'ingrandimento della Monarchia Sarda e della cessione della Savoia e di Nizza alla Francia, riceverebbero esecuzione». ↩
(Nota de Marx.) En su discurso, ya mencionado, dice lord Malmesbury: «There is a despatch now in the Foreign Office, dated as long back as October 1858... from the President of the Swiss Republic, stating that he had reason to believe that some conditional agreement had been come to between the Emperor of the French and Count Cavour with respect to Savoy». ↩
(Nota de Marx.) Véase el n.º 1 del primer Libro Azul On the proposed annexation of Savoy, etc. [Sobre la anexión propuesta de Saboya, etc.]. ↩
Welsch: término alemán, a menudo despectivo, para los pueblos latinos vecinos, franceses e italianos. ↩
(Nota de Marx.) El deseo de Vogt de hacer tragar al «lobo latino», «desde el punto de vista alemán más estrecho», «huesos» italianos para que el lobo sufra indigestión se cumplirá sin duda en medida siempre creciente. En la oficiosa Revue contemporaine del 15 de octubre de 1860 (dicho sea de paso, patrona particular de Vogt) se encuentra una correspondencia de Turín del 8 de octubre en la que se dice, entre otras cosas: «Génova y Cerdeña serían el precio legítimo de una nueva guerra (francesa) por la unidad de Italia. Añado que la posesión de Génova sería el instrumento necesario de nuestra influencia sobre la península y el único medio eficaz de impedir que la potencia naval que habríamos contribuido a formar se escape un día de nuestra alianza para contraer otra nueva. Solo con nuestra rodilla sobre su cuello podemos asegurarnos la fidelidad de Italia. Austria, buen juez en la materia, lo sabe muy bien. Nosotros apretaremos con menos torpeza, pero mejor que Austria: esa es la única diferencia». ↩
En junio de 1849, el resto del Parlamento de Fráncfort, trasladado a Stuttgart, nombró una regencia del Imperio de cinco miembros, entre ellos Vogt; disuelto por el gobierno de Wurtemberg, sus restos huyeron a Suiza. Las expresiones son burlas de Marx sobre las andanzas de Vogt en aquellos días. ↩
Friedrich Wilhelm Hackländer (1816-1877), novelista de éxito, secretario y acompañante de viaje del príncipe heredero de Wurtemberg. ↩
(Nota de Marx.) Hartmann, en el Iwein, hace decir en cambio al Vogt, aludiendo probablemente a sus desavenencias con los osos de Berna: [Mutzen, apodo de los berneses por el oso de su escudo]
«Bien puedo llamarme de Berna,
aunque nada tengo que hacer allí».A este Hartmann, sin embargo, no hay que confundirlo con el amigo de Vogt, el molusco lírico-parlamentario del mismo nombre. ↩
Versos de la Klage («El lamento»), poema alemán medieval que continúa el Cantar de los nibelungos. El «Vogt de Berna» es Dietrich von Bern, el Teodorico de Verona de la leyenda (Bern es el nombre alemán medieval de Verona). Marx juega con el apellido de Karl Vogt, ciudadano de Berna; Vogt significa también «bailío», «alcaide» o «procurador». ↩
En alemán, Pferdefuß, el pie de caballo del diablo, que delata a quien lo lleva. ↩
El folleto Centralfest der deutschen Arbeiterbildungsvereine der Westschweiz in Lausanne, 26. und 27. Juni 1859 (Ginebra, 1859), con el discurso de Vogt en la fiesta central de las asociaciones culturales obreras alemanas de la Suiza francesa. ↩
En francés en el original: «sin más», «sin frases». ↩
La Kaiserchronik, crónica alemana en verso del siglo XII. ↩
En latín en el original: «masculinos», frente a las «mujeres húngaras». ↩
En francés en el original: «el éxito». ↩
Periodistas al servicio del Segundo Imperio: Adolphe Granier de Cassagnac, Louis-Étienne-Arthur de La Guéronnière, Edmond About, Alcide-Pierre Grandguillot; Le Siècle y Le Constitutionnel eran diarios de París. Del árabe Dâ-Dâ, traductor de un panfleto bonapartista, trata el capítulo VIII. ↩
Primer verso de «Der Jüngling am Bache» («El joven junto al arroyo»), de Schiller. ↩
Personaje del Don Carlos de Schiller, el consejero idealista que defiende ante el rey la libertad de pensamiento. ↩
La ninfa que, según la leyenda, aconsejaba al rey romano Numa Pompilio; por extensión, consejera secreta. ↩
En francés en el original: «cuerpo de turistas», «cuerpo de baile». En la guerra de 1859, el cuerpo de ejército del príncipe Napoleón, desembarcado en Toscana, no llegó a entrar en combate. ↩
Der verwünschte Prinz: el príncipe encantado de los cuentos, pero verwünscht quiere decir también «maldito». ↩
En francés en el original: Plon-Plon est voluptueux comme Héliogabale, lâche comme Ivan III et faux comme un vrai Bonaparte. ↩
Victor Hugo, Napoléon le Petit (1852). ↩
Alusión a las dudas sobre la paternidad de Luis Bonaparte, hijo oficial de Luis Bonaparte, rey de Holanda, y de Hortensia de Beauharnais. ↩
El héroe del poema burlesco Hudibras (1663-1678), de Samuel Butler, caballero presbiteriano pedante y fanfarrón. ↩
Shakespeare, Hamlet, acto V, escena 1. ↩
(Nota de Marx.) Según cuenta, Vogt debía emprender ya en 1852 un viaje de exploración (¿una expedición báquica?) con Plon-Plon, a quien un «proudhoniano» lo había recomendado con entusiasmo por sus mais do que promettia a forqa humana, «más de lo que prometía la fuerza humana» («asombrosas investigaciones de historia natural»). («Libro mayor», Documentos, p. 24.) ↩
Guillermo, príncipe de Prusia, regente desde 1858 por la enfermedad de su hermano Federico Guillermo IV, rey desde 1861 y emperador alemán desde 1871. ↩
(Nota de Marx.) On se partage déjà les places… de la Savoie dans les antichambres de l'Elysée. Ses journaux plaisantent même assez agréablement là-dessus. ↩
(Nota de Marx.) «Quizá el ciudadano de Turgovia [Luis Bonaparte, ciudadano honorario de Turgovia] al que tan bien defendimos contra las amenazas de Luis Felipe nos haga la gracia de constituirse en mediador y quitarnos Ginebra». (Peut-être le citoyen Thurgovien que nous avons si bien défendu contre les menaces de Louis-Philippe, nous fera-t-il la grâce de vouloir bien se constituer comme médiateur, et reprendre de nous Genève.) (Revue de Genève del 6 de diciembre de 1851.) ↩
El Blue Book «Sobre la propuesta de anexión de Saboya y Niza», publicado en 1860. ↩
Anselme Petétin, De l'annexion de la Savoie (París, 1859). ↩
Versos en alto alemán medio en el original. ↩
Arnold Winkelried, héroe legendario suizo que, según la tradición, se lanzó contra las lanzas austriacas en la batalla de Sempach (1386) para abrir paso a los confederados. ↩
La disputa en torno a la línea de Oron, entre Lausana y Friburgo, en la que chocaron los intereses de varias compañías ferroviarias. ↩
Leporello, el criado de don Juan en la ópera de Mozart. Fialin era el verdadero apellido de Persigny. ↩
La República francesa de 1848 y la República romana de 1849, aplastada por las tropas francesas. ↩
En francés en el original. Asociación ginebrina adicta a Fazy. ↩
Orfeo acompañó a los argonautas en la leyenda; Apolonio de Rodas cantó la expedición en sus Argonáuticas. ↩
(Nota de Marx.) La conciencia de que Ginebra se ha convertido en enclave francés desde la anexión de la Saboya del Norte, y no menos la fortificación francesa del puerto de Thonon, han exacerbado en alto grado, como es sabido, el sentimiento antidecembrista de la vieja república en los últimos tiempos. Pero los estallidos auténticos de este sentimiento popular van acompañados de otros falsos, representados por encargo de París y en parte por el propio personal de la policía francesa. Así, por ejemplo, leemos en la Saturday Review del 22 de septiembre de 1860: «Una partida de supuestos suizos se entregó en Thonon a groseros insultos contra el Imperio, cuando un gendarme chapucero, en un exceso de celo oficial, puso la mano sobre los supuestos suizos e insistió en ver sus pasaportes. Los suizos resultaron ser franceses cuyos papeles estaban perfectamente en règle, en regla… El hecho más grave en relación con estas colisiones artificiales es que en una de las primeras y peores estuvo llamativamente implicado un estrecho partidario de Fazy» (el amigo Perrier). (The gravest fact relating to these artificial collisions is, that in one of the earliest and the worst of them a close adherent of Mr. Fazy was prominently implicated.) ↩
La «Helvetia», asociación suiza de orientación radical. ↩
La asociación que dirigía en cada momento la federación de las asociaciones obreras alemanas de Suiza. ↩
En francés en el original: «antiguos», «de antes», como se llamaba a los nobles del Antiguo Régimen. ↩
Efialtes guio a los persas por el sendero que les permitió rodear a Leónidas y sus espartanos en las Termópilas (480 a. C.). ↩
El duque Ulrico de Wurtemberg, expulsado en 1519 por la Liga de Suabia, buscó apoyo entre los campesinos sublevados para recuperar su ducado. El Bundschuh, el zapato atado de los campesinos, fue la enseña de sus conjuras y levantamientos; la bota de montar es la de los caballeros. ↩
(Nota de Marx.) Si la seule espérance des patriotes allemands est fondée sur une guerre avec la France, quelle raison peuvent-ils avoir de chercher à affaiblir le gouvernement de ce pays et l'empêcher de former ses frontières naturelles? Serait-il que le peuple en Allemagne est loin de partager cette haine de la France? Quoi qu'il en soit, il y a des patriotes allemands très sincères, et notamment parmi les démocrates les plus avancés, qui ne voient pas grand malheur dans la perte de la rive gauche du Rhin, qui sont, au contraire, convaincus que c'est après cette perte seulement que commencera la vie politique d'une Allemagne régénérée, appuyée sur l'alliance et se confondant avec la civilisation de l'Occident européen. (L'Espérance, 25 de marzo de 1860.) ↩
Sileno, compañero de Baco, gordo y borracho. Vogt era famoso por su corpulencia. ↩
Las palabras de About, en francés en el original. ↩
Personaje de Henry Monnier, prototipo del burgués sentencioso y solemne. ↩
Partidarios de la fusión de las dos ramas de la dinastía borbónica, la legitimista y la orleanista. ↩
En latín en el original: «está probado». ↩
En francés en el original: «rebanadas», en el sentido de artículos largos y vacuos. ↩
El comité del partido del orden, formado por monárquicos de las dos ramas, que se reunía en la calle de Poitiers de París. ↩
En francés en el original: La Savoie et le Comté de Nice ayant été annexés à la France, la conséquence naturelle est l'agrandissement de la Patrie. La Patrie era a la vez la «patria» y el periódico. ↩
En francés en el original: el «torniquete de la Bolsa», el pago por la entrada en la Bolsa de París. ↩
(Nota de Marx.) Por mediación de la dulce Kunigunde se hizo llegar algo de Vogt contra mí a una hojita de rincón de mi ciudad natal, Tréveris, donde, entre otras cosas, se habla de mi «mezcla carnal» con la Allgemeine. ¡Qué asociación de ideas para la casta Kunigunde! Very shocking, indeed!, ¡de lo más escandaloso, desde luego! ↩
El 10 de diciembre de 1848, fecha de la elección de Luis Bonaparte como presidente de la República; la Banda del 10 de Diciembre era su camarilla. ↩
Dante, Infierno, canto XI, 57-60. En italiano en el original. El juego está en simonía y Simon. ↩
En francés en el original: «doble empleo». ↩
(Nota de Marx.) Il fut un des trois régents de l'empire éphemère. (Loc. cit., p. 518.) ↩
En latín en el original: in partibus infidelium, «en tierra de infieles», como los obispos sin diócesis real. ↩
(Nota de Marx.) Il dépasserait le but au goût des Français. (Loc. cit., p. 519.) ↩
(Nota de Marx.) Nous nous efforcerons de choisir. (Loc. cit.) ↩
(Nota de Marx.) M. Vogt aime beaucoup les couleurs tranchantes, et il n'est pas précisément un gourmet en matière de language. (Loc. cit., p. 530.) ↩
Gustav Diezel (Marx escribe Dietzel), publicista alemán. ↩
(Nota de Marx.) On le voit, M. Vogt se souciait peu d'ou vint le secours en faveur de l'unité allemande, pourvu qu'il vint; l'empire français lui semblait même singulièrement propre à hâter le dénouement qu'il désire. Peut-être en cela M. Vogt faisait-il bon marché de ses antécédents, et il dut paraître étrange, à ces anciens collègues qui siégeaient avec lui a l'extrême gauche dans le Parlement de Francfort, de voir ce fougueux antagoniste de tout pouvoir unique, ce fervent zélateur de l'anarchie manifester de si vives sympathies envers le souzerain qui l'a vaincue en France. (Loc. cit., p. 518.) ↩
Wohlfeilen Kaufes, «a buen precio»; Simon escribe faire bon marché de, «hacer poco caso de», que literalmente es «dar barato»; Marx lo traduce al pie de la letra. ↩
(Nota de Marx.) Si nous l'avons bien compris, il a même appelé l'attention des autorités de Genève sur ces menées. (Loc. cit., p. 529.) ↩
En inglés en el original: gacetilleros a tanto la línea. ↩
Juego de palabras con Dentu, el editor parisiense de los folletos bonapartistas. ↩
El refrán alemán mitgefangen, mitgehangen: quien es apresado con los culpables, es ahorcado con ellos. ↩
El Mäuseturm, la torre del Rin junto al estrecho de Bingen, donde según la leyenda los ratones devoraron al obispo Hatto de Maguncia. ↩
Ernst Dieffenbach (1811-1855), naturalista alemán. ↩
La princesa Clotilde de Saboya, hija de Víctor Manuel II, casada con Plon-Plon en enero de 1859 como parte del pacto de Plombières, sacrificada como Ifigenia por su padre. ↩
Persio, Sátiras, I, 56-57. En latín en el original. ↩
En alto alemán medio en el original. Wolfram von Eschenbach, Parzival. ↩
Horacio, Epístolas, I, 17, 35: «Haber agradado a los príncipes no es el menor de los méritos». En latín en el original. ↩
Theophil Lapinski, Feldzug der ungarischen Hauptarmee im Jahre 1849 (Hamburgo, 1850). Lapinski, oficial polaco, combatió en la revolución húngara y luego con los circasianos contra Rusia. ↩
Richard Guyon (1813-1856), general inglés al servicio de la revolución húngara, después Kurshid Pachá en el ejército turco. ↩
(Nota de Marx.) Cómo la fingida enemistad de Palmerston hacia Rusia «podía» engañar a un hombre de entendimiento corriente, Kossuth no lo comprendía entonces. «¿Cómo podía un hombre con algo de inteligencia creer un solo instante que el ministro que permitió la intervención de Rusia en Hungría daría la orden de atacarla?» (How could a man of any intellect for a single moment believe that the Minister who allowed Russia's intervention in Hungary, would give the word of attack against her?) (Carta fechada en Kütahya, 17 de diciembre de 1850. Correspondence of Kossuth.) ↩
En francés en el original: «torpezas», «meteduras de pata». ↩
En francés en el original: «sin reparo», «sin empacho». ↩
Lajos Batthyány, primer presidente del gobierno húngaro en 1848, fusilado por los austriacos en octubre de 1849. ↩
Véanse «Maquinaciones de Mazzini y Kossuth - Alianza con Luis Napoleón - Palmerston», escrito el 28 de septiembre y publicado el 19 de octubre de 1852, y «Kossuth, Mazzini y Luis Napoleón», escrito el 16 de noviembre y publicado el 1 de diciembre de 1852. Marx da en el texto las fechas de redacción. ↩
Comité fundado en Londres en 1850 por Mazzini, Ledru-Rollin, Darasz y Ruge, al que se sumó Kossuth. ↩
(Nota de Marx.) Yo mismo había conocido a Bangya en Londres en 1850, junto con su amigo de entonces, el actual general Türr. Las sospechas que me inspiraban sus enredos con toda clase de partidos, orleanistas, bonapartistas, etc., y su trato con policías de todas las «nacionalidades», las desarmó sencillamente mostrándome una patente extendida de puño y letra de Kossuth, por la que, después de haber sido ya jefe provisional de policía en Komárom bajo Klapka, se le nombraba jefe de policía in partibus. Jefe secreto de policía al servicio de la revolución, tenía naturalmente que mantener «abiertos» los accesos a la policía al servicio de los gobiernos. En el curso del verano de 1852 descubrí que había sustraído un manuscrito que yo le había confiado para que lo hiciera llegar a un librero de Berlín, y que lo había puesto en manos de un gobierno alemán. [el manuscrito de Los grandes hombres del exilio] Después de escribir sobre este incidente y otras peculiaridades del hombre que me llamaban la atención desde hacía tiempo a un húngaro de París, y de que el misterio Bangya quedara completamente aclarado por la intervención de una tercera persona muy bien informada, envié a principios de 1853 a la Criminal-Zeitung de Nueva York una denuncia pública firmada con mi nombre. Bangya, en un escrito de justificación que todavía conservo, hacía valer que yo era el que menos motivos tenía para tenerlo por espía, porque siempre había evitado (y esto era cierto) hablar conmigo de los asuntos de mi propio partido. Aunque Kossuth y sus partidarios no dejaron caer entonces a Bangya, mi revelación en la Criminal-Zeitung le dificultó en Londres nuevas operaciones, y aprovechó con tanto mayor gusto la ocasión que le ofrecía el embrollo oriental para sacar partido de sus talentos en otro teatro. Poco después de la conclusión de la paz de París (1856) vi en los periódicos ingleses que un tal Mehmed Bey, coronel al servicio turco, conocido antes como cristiano con el nombre de János Bangya, había zarpado de Constantinopla hacia Circasia con un grupo de refugiados polacos, y que allí figuraba como jefe del Estado Mayor de Sefer Bajá y, por así decir, como el «Simón Bolívar» de los circasianos. En la Free Press de Londres, que va a Constantinopla en numerosos ejemplares, llamé la atención sobre el pasado del libertador. El 20 de enero de 1858, como se dice en el texto, Bangya fue condenado a muerte en Aderbi por intento de traición a Circasia por un consejo de guerra de la legión polaca, a las órdenes del coronel Th. Lapinski. Como Bangya era coronel turco, Sefer Bajá consideró la ejecución de la sentencia incompatible con las consideraciones debidas a la Sublime Puerta y por eso embarcó al condenado para Trebisonda, desde donde pronto volvió libre a Constantinopla. Entretanto, la emigración húngara de Constantinopla había tomado partido apasionadamente por Bangya contra los polacos. Asegurado por la protección de la embajada rusa frente al Diván (que todavía tiene que mantenerlo como «coronel» con todo su harén) y por el prejuicio de sus compatriotas contra los polacos, Bangya publicó con gran sangre fría una autoapología en el Journal de Constantinople. Pero la pronta llegada de una diputación circasiana puso fin al juego. La emigración húngara dejó caer oficialmente a su protegido, aunque de très mauvaise grâce, de muy mala gana. Todos los papeles del consejo de guerra de Aderbi, entre ellos la confesión de Bangya, y también los escritos cruzados después en Constantinopla, los envió la emigración polaca de allí a Londres, donde apareció un extracto en la Free Press (mayo de 1858). Estos documentos los publiqué yo con más detalle en la New-York Tribune del 16 de junio de 1858. ↩
Seguimos en las citas de la confesión de Bangya nuestra traducción de «Un curioso episodio histórico», la correspondencia de Marx en la New-York Daily Tribune del 16 de junio de 1858. ↩
El concordato de 1855 entre Austria y la Santa Sede. ↩
(Nota de Marx.) Que tales cosas salgan a la luz parece menos extraño si se considera que aquí estaban en juego al menos dos partes locuaces. Por lo demás, los hechos se publicaron en periódicos ingleses durante la estancia de Kossuth en Londres (a finales del verano de 1859). ↩
Los billetes emitidos en 1848-1849 por el gobierno revolucionario húngaro, que llevaban la firma de Kossuth. ↩
Giulio Alberoni (1664-1752), cardenal italiano, primer ministro de Felipe V de España. ↩
Maximilian Langenschwarz, improvisador alemán de poemas que daba funciones públicas en los años treinta y cuarenta del siglo XIX. ↩
Charles Blondin, equilibrista francés que cruzó en 1859 las cataratas del Niágara sobre una cuerda. ↩
La gruta de Siracusa en forma de oreja desde la que, según la leyenda, el tirano Dionisio escuchaba lo que hablaban sus prisioneros. ↩
Ferenc Rákóczi II (1676-1735), jefe de la insurrección húngara de 1703-1711 contra los Habsburgo, aliado de Luis XIV. ↩
(Nota de Marx.) Aunque comprendo un punto de vista así por parte de Klapka, me extrañó encontrar algo parecido en el escrito de Szemere citado más arriba, y así se lo he comunicado abiertamente. Todavía comprendo menos su última declaración sobre la concesión austriaca. [el Diploma de Octubre de 1860, que restablecía en parte las instituciones históricas de Hungría] Sé que Szemere no se deja guiar en los asuntos públicos por motivos privados y que tenía razones muy importantes para su declaración; que los húngaros pueden ir a buscar en Pest todo lo que Viena les dé; que toda insurrección de Hungría desde fuera, y en particular con ayuda francesa, trae necesariamente consigo una intervención rusa en Hungría, a favor o en contra de Austria; que, por último, la autonomía concedida a Transilvania, Eslavonia y Croacia, así como a la Voivodina, aseguraría en este momento al gabinete de Viena esas «nacionalidades» contra los magiares exactamente igual que en 1848-1849. Todo esto es cierto, pero se podía decir sin dar la impresión de reconocer la Constitución húngara en la edición mutilada de Viena, in usum Delphini. [para uso del Delfín] ↩
Pável Grabbe, general ruso que mandaba las tropas que bloquearon Komárom. ↩
Julius von Haynau, comandante en jefe austriaco en Hungría en 1849, famoso por la crueldad de su represión. ↩
André Dupin, llamado Dupin el Mayor (1783-1865), jurista y político francés, presidente de la Asamblea Legislativa en 1849-1851 y luego senador del Segundo Imperio. ↩
La comunidad de los Hermanos Moravos (Herrnhuter), de Neuwied, en el Rin, tenía allí un conocido internado. ↩
En francés en el original: «dejar ir y dejar hacer», la divisa del liberalismo económico. ↩
Karl Heinzen (1809-1880), publicista radical alemán, emigrado, de gran estatura. ↩
Juego con Fazit, «resultado», «saldo de una cuenta», y el apellido Fazy. ↩
En latín en el original: «por su casa», en interés propio. ↩
En francés en el original: «salvador». ↩
En francés en el original: «¡Dejad ir y dejad hacer! ¡Id a mi casa y haced vuestro juego!». ↩
Verso de Heine, Libro de los cantares, «El regreso a casa». ↩
(Nota de Marx.) «Bienvenida y paz a esta linda pandilla; / vengo con saludo y no con burla». ↩
Friedrich Zabel (1802-1875), redactor jefe de la National-Zeitung de Berlín, que había publicado en enero de 1860 los artículos sacados del libro de Vogt contra Marx; Marx le puso pleito por calumnias. ↩
Schilda, la ciudad de los tontos de los cuentos populares alemanes. El editorial es «La National-Zeitung de Berlín a los electores primarios». ↩
En latín en el original: «doctor en ambos derechos», el civil y el canónico. ↩
En francés en el original: «artículo de fondo de Berlín», «de gran gala». ↩
Otto von Manteuffel (1805-1882), presidente del gobierno prusiano de 1850 a 1858, en plena reacción. ↩
(Nota de Marx.) «Quiere restaurar de nuevo su antiguo reino; / diosa de nacimiento, la Dullness no puede morir nunca».
Es imposible traducir Dullness al alemán. Es más que aburrimiento, es el ennui elevado a principio, la falta de vida adormecedora, la sorda estolidez embotada. Como peculiaridad de estilo, Dullness es lo que la Neue Rheinische Zeitung llama «la expresión grávida de la vaciedad». ↩
Alexander Pope, The Dunciad. Dullness es la diosa Estupidez; Dunce, el zoquete. ↩
Julius Stein, diputado de la Asamblea Nacional prusiana de 1848. Su moción de agosto de 1848 pedía al ministro de la Guerra que los oficiales reaccionarios dejaran el ejército. ↩
Juego con el apellido Stein, «piedra». ↩
La Asamblea Nacional prusiana de 1848, que debía «pactar» (vereinbaren) con la Corona la Constitución. ↩
Maximilian von Schwerin-Putzar, ministro del Interior de Prusia en el ministerio de la «nueva era» (1859-1862). Juego con el apellido Stein, «piedra», y con el pasaje bíblico de la piedra que desecharon los constructores. ↩
Semanario satírico berlinés fundado en 1848. ↩
Las leyes que gravaban la importación de grano en Inglaterra, derogadas en 1846 tras la campaña de los librecambistas, que el Punch había apoyado. ↩
En francés en el original: «¡Qué horror!». ↩
La hoja anónima «Zur Warnung» («Advertencia»), que acusaba a Vogt de estar a sueldo de Bonaparte; la reprodujeron Das Volk de Londres y la Allgemeine Zeitung en junio de 1859, y dio origen al proceso de Vogt contra este periódico. ↩
El duelo entre Willich y Konrad Schramm, en septiembre de 1850, del que Marx trata en capítulos anteriores. ↩
En inglés en el original: las imágenes de linterna mágica que se funden unas en otras. ↩
Der Wandsbecker Bote, el periódico de Matthias Claudius (1771-1775). ↩
Juego con el título del periódico, Der Freischütz («El cazador furtivo», como la ópera de Weber), y con el príncipe regente de Prusia. ↩
Juego de palabras con vergriffen, «agotado», y sich vergreifen, «meter mano», «atentar contra algo». ↩
Joseph DuMont, editor de la Kölnische Zeitung. ↩
La Rheinische Volks-Halle, periódico católico de Colonia; Narrhalla, la sala de los locos, es el nombre de la sociedad del carnaval de Colonia. ↩
El negro y el amarillo eran los colores de la casa de Austria. ↩
Por las matanzas de presos de septiembre de 1792 en París. ↩
Justus von Liebig (1803-1873), químico alemán, que reclamaba el aprovechamiento de las aguas residuales como abono agrícola. ↩
Joseph Moses Levy (1812-1888), propietario del Daily Telegraph desde 1855. ↩
En italiano en el original: «de color oscuro». Dante, Infierno, canto III, 10, sobre la inscripción de la puerta del infierno. ↩
Persio, Sátiras, I, 112-113: «Aquí, dices, que nadie haga sus necesidades». En latín en el original. ↩
En francés en el original: «es capaz de todo», dicho proverbial sobre el profeta Habacuc. ↩
Commit no nuisance, «prohibido ensuciar», se leía en las paredes de Londres; to commit significa a la vez «cometer» y «mandar a prisión». ↩
Shakespeare, El mercader de Venecia, acto IV, escena 1. El consejo a Ofelia, en Hamlet, acto III, escena 1. ↩
Persio, Sátiras, I, 132-133: «muy dispuesto a alegrarse si una descarada Nonaria le tira de la barba al cínico». La nonaria era la prostituta que empezaba su oficio a la hora nona. En latín en el original. ↩
En alemán, jemandem ein X für ein U vormachen, «hacer pasar una X por una U»: engañar a alguien. El juego está en la Y de Levy. ↩
Laurence Sterne, Tristram Shandy, libro IV, el cuento de Slawkenbergius. ↩
(Nota de Marx.) «Y así posee Cástor un utensilio para mil oficios: / lleva por delante la nariz, dócil a cualquier trabajo». ↩
(Nota de Marx.) «Un milagro es, lo digo sin broma: / ningún hedor ofende a su nariz entrometida». ↩
Friedrich Julius Stahl y Ludwig von Gerlach, jefes del partido conservador prusiano, cuyo órgano era la Kreuzzeitung. ↩
En latín en el original: «noble pareja de hermanos». Horacio, Sátiras, II, 3, 243. ↩
Viaje alrededor de mi cuarto (1794), de Xavier de Maistre. ↩
La procesión danzante de Echternach, en Luxemburgo, en la que se avanza y se retrocede a saltos. ↩
(Nota de Marx.) «Ningún cangrejo más vivo en la danza sucia: / la cabeza hacia atrás y la cola hacia delante». ↩
Alexander von Schleinitz, ministro de Asuntos Exteriores de Prusia (1858-1861). La cuestión de Hesse Electoral era el conflicto constitucional de este Estado, que ocupaba entonces a la Dieta federal. ↩
Figuras cómicas de la prensa satírica alemana de la época. ↩
Ludwig Bamberger (1823-1899), demócrata en 1848-1849, combatiente en el levantamiento del Palatinado, luego banquero en París; más tarde dirigente nacional-liberal. ↩
Isaac Péreire fundó con su hermano Émile el Crédit Mobilier (1852). ↩
En latín en el original: «no huele», lo que, según Suetonio, dijo el emperador Vespasiano del dinero del impuesto sobre las letrinas. ↩
Título de un folleto de Bamberger de 1859 a favor de la guerra de Bonaparte en Italia. ↩
Los levantamientos de mayo-julio de 1849 en Baden y el Palatinado en defensa de la Constitución del Imperio votada en Fráncfort. ↩
En latín en el original: «olor específico». ↩
(Nota de Marx.) «Chinche industriosa». (Pope.) ↩
Mistfink, «pinzón del estiércol», es en alemán el guarro, el que se ensucia; el juego está en el apellido Vincke, que suena como Fink, «pinzón». ↩
La «tierra roja» (rote Erde) es el nombre tradicional de Westfalia, asociado a sus antiguos tribunales de la Santa Vehme. ↩
En francés en el original: «caballero sin miedo y sin tacha», el sobrenombre de Bayardo, el caballero francés del siglo XVI. La «Alegre Figura» invierte la Triste Figura de don Quijote. ↩
El folleto de Engels de 1859; véase El Po y el Rin. ↩
Calderón, El mágico prodigioso. ↩
Joseph Maria von Radowitz (1797-1853), general prusiano y jefe de la extrema derecha en la Asamblea de Fráncfort. ↩
Juego con Thoren, «tontos», y Thorn, la ciudad del Vístula. ↩
Varo, el general romano derrotado por los germanos de Arminio en el bosque de Teutoburgo, en Westfalia (9 d. C.). ↩
Studentenkomment, el código de honor y de bebida de las corporaciones estudiantiles alemanas. ↩
Rechtsboden, «terreno jurídico», la consigna de los liberales prusianos que en 1848 querían atenerse a la legalidad existente, y la muletilla de Vincke. ↩
Por Duns Escoto, el teólogo escolástico de las distinciones sutiles. ↩
En latín en el original: «el que ocupa el lugar», el representante que se casaba por poderes en nombre de un príncipe. ↩
Holzkomment, el código de los modales groseros de las corporaciones estudiantiles; Holz es «madera», «palo». ↩
Franz Raveaux, diputado de la izquierda en Fráncfort. ↩
El archiduque Juan, regente del Imperio (Reichsverweser) desde junio de 1848. Anton von Schmerling, ministro del Imperio. ↩
La solución «pequeñoalemana» de la unidad alemana, bajo Prusia y sin Austria. ↩
Federico Guillermo, el Gran Elector de Brandeburgo (1640-1688). La Marca es el condado de Mark, en Westfalia, de donde era Vincke. ↩
La alusión era al príncipe Guillermo de Prusia, que había huido a Inglaterra en marzo de 1848. ↩
El ministerio Brandenburg, formado en noviembre de 1848, trasladó la Asamblea Nacional prusiana fuera de Berlín, donde había entrado el general Wrangel con sus tropas, y la disolvió en diciembre, otorgando una Constitución. ↩
Georg Jung (1814-1886), joven hegeliano, uno de los editores de la primera Rheinische Zeitung, diputado de la izquierda en la Asamblea prusiana. ↩
San Jorge, el que mató al dragón. ↩
Juego con el apellido Jung, «joven». ↩
Jodocus Temme (1798-1881), juez y diputado demócrata, procesado tras la disolución de la Asamblea prusiana. ↩
Richard Neville, conde de Warwick (1428-1471), que hizo y deshizo reyes en la guerra de las Dos Rosas. ↩
El ministerio prusiano Auerswald-Hansemann (junio-septiembre de 1848), seguido del ministerio Pfuel (septiembre-noviembre de 1848). ↩
En inglés en el original: «burgo podrido», circunscripción casi despoblada cuyo escaño estaba a disposición de un patrón. ↩
El rey Federico Guillermo IV rechazó la corona imperial que le ofreció la diputación de Fráncfort el 3 de abril de 1849. ↩
En alemán, jemandem eine Nase drehen, «pegarle a alguien una nariz», es dársela con queso, burlarle. ↩
El romano que, según la leyenda, dejó el arado para salvar a la república y volvió a él después. ↩
Juego de palabras con Rechtsreden, «hablar a la derecha» y también «hablar de derecho», y linkische Reden, «discursos torpes» y «de izquierda». ↩
Juego con Oppenheim y Schoppen, el vaso de vino. ↩
(Nota de Marx.) Véase el folletito Auch eine Charakteristik des liberalen Abgeordneten von Vincke und erbauliche Geschichte des Sprochhövel-Elberfelder Wegbaues («Otra caracterización del diputado liberal Von Vincke e historia edificante de la construcción del camino de Sprockhövel a Elberfeld»), Hagen, 1849. ↩
Blech, «hojalata», y también «paparruchas». ↩
Parodia de Schiller, Don Carlos, acto I, escena 9: «Brazo con brazo contigo, / desafío a mi siglo a la palestra». ↩
«Para uso del delfín»: expurgada, arreglada para el público, como las ediciones de clásicos preparadas para el hijo de Luis XIV. ↩
«A corsario, corsario y medio». En francés en el original. ↩
Los dos motes con que Vogt designa a los partidarios de Marx; Marx los trata en los capítulos I y II de esta obra. ↩
Liebknecht fue corresponsal de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo. Sobre la «jornada revolucionaria de Murten» (Morat), véase el apéndice 2. ↩
Weber, consejero de justicia y abogado en Berlín, que llevó la querella de Marx. ↩
La carta reproducida en el capítulo III, apartado 3. ↩
Heinrich Bürgers (1820-1878), miembro de la Liga de los Comunistas, condenado en el proceso de Colonia de 1852 a seis años de fortaleza. ↩
Véase Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. ↩
Karl Schneider II, abogado de Colonia, defensor en el proceso de los comunistas de 1852. ↩
Moritz Elsner (1809-1894), publicista demócrata silesio, uno de los redactores de la Neue Oder-Zeitung de Breslau, de la que Marx fue corresponsal en 1855. ↩
La hoja volante anónima «Zur Warnung» («Advertencia»), impresa en Londres en 1859, de la que se trata en este capítulo y en los apéndices 11 a 13; el «demócrata» al que se alude es Karl Blind. ↩
Ferdinand Flocon (1800-1866), redactor de La Réforme, miembro del Gobierno provisional francés de 1848. ↩
Charles Rogier (1800-1885), liberal belga, ministro del Interior en 1848. ↩
François-Aimé Mellinet, general de origen francés que había combatido en la revolución belga de 1830. ↩
La Asociación Democrática de Bruselas, fundada en 1847; Joachim Lelewel (1786-1861), historiador polaco; Jacques Imbert, socialista francés refugiado en Bélgica. La Asociación Obrera Alemana de Bruselas la habían fundado Marx y Engels en 1847. ↩
Ernest Charles Jones (1819-1869), poeta y dirigente cartista; nació en Berlín y se educó en Alemania. ↩
El Parlamento del Trabajo (Labour Parliament), reunido en Manchester en marzo de 1854 a iniciativa de los cartistas; Marx le envió una carta de saludo. ↩
Ehrenvogt: juego de palabras con Ehrenmann, «hombre de honor», que Marx aplica a Vogt a lo largo de la obra. ↩
Charles Anderson Dana (1819-1897), periodista norteamericano, redactor jefe de la New-York Daily Tribune, de la que Marx fue corresponsal de 1851 a 1862. ↩
«El viajante de comercio»: mote burlón con que Marx designa al Schweizer Handels-Courier de Biel (Suiza), periódico al servicio de Vogt (véanse los capítulos anteriores). ↩
Fettbildner: literalmente, «formador de grasa»; burla de la corpulencia de Zabel. ↩
En inglés en el original: «zopenco». ↩
El capítulo VII de esta obra. ↩
A. Vögele, cajista de la imprenta de Fidelio Hollinger en Londres, donde se compuso la hoja «Zur Warnung». ↩
Frase proverbial alemana atribuida al molinero de Sanssouci, que se negó a vender su molino a Federico II confiando en los tribunales. ↩
El Kammergericht, tribunal superior de apelación de Berlín, que aquí traducimos «Tribunal Cameral». El Stadtgericht es el Tribunal Municipal de primera instancia y el Obertribunal, el Tribunal Supremo de Prusia. ↩
Su folleto La Prusse en 1860 se trata en el apéndice 16 c. ↩
En la provincia del Rin seguía en vigor el derecho francés introducido durante la ocupación napoleónica. ↩
Loco sigilli: «en lugar del sello». ↩
«Complot franco-alemán». En francés en el original. ↩
Shakespeare, Trabajos de amor perdidos, acto V, escena 1. En inglés en el original: to draw out the thread of his verbosity finer than the staple of his argument. ↩
«La ira hace al poeta»: variación sobre Juvenal, Sátiras, I, 79 (facit indignatio versum, «la indignación hace el verso»). ↩
En latín: el criado que sigue a pie a su amo. ↩
El Deutscher Nationalverein (Asociación Nacional Alemana), fundado en 1859 por liberales y demócratas partidarios de la unificación de Alemania bajo la hegemonía de Prusia. ↩
En latín: «de raíz», a fondo. ↩
Magistrat, en alemán, es el ayuntamiento de una ciudad. ↩
Bernhard Wolff (1811-1879), dueño de la agencia telegráfica que lleva su nombre y uno de los propietarios de la National-Zeitung. ↩
Sigmund Engländer (1828-1902), periodista austriaco, refugiado en París y Londres y confidente de la policía. ↩
«¡Veamos!». En francés en el original. ↩
«Hacía del culo trompeta»: Dante, Infierno, XXI, 139. En italiano en el original. ↩
En latín, «cabeza muerta»: en la química antigua, el residuo inservible de una destilación. ↩
«¡Italia, Italia!», el grito de los compañeros de Eneas al divisar la costa (Virgilio, Eneida, III, 523). ↩
El Silbergroschen era la treintava parte del tálero prusiano. ↩
En latín: en derecho. ↩
Tácito, Agrícola, 2, sobre los romanos bajo la tiranía de Domiciano. En latín en el original: memoriam quoque cum voce perdidissimus (el texto de Tácito dice perdidissemus). ↩
«En el nombre, el presagio»: juego con el apellido Liebknecht, que en alemán evoca «criado querido». ↩
Wilhelm Stieber (1818-1882), consejero de la policía prusiana, organizador del proceso de los comunistas de Colonia y testigo principal de la acusación; presentó en él un libro de actas falsificado de la Liga de los Comunistas. ↩
«Sin más». En francés en el original. ↩
En latín: atónito. ↩
En latín: «en una cáscara de nuez», en compendio. ↩
En latín: «a primera vista». ↩
Papiniano y Ulpiano, grandes juristas romanos de la época imperial; Publio Mucio Escévola, Manio Manilio y Marco Junio Bruto, juristas del siglo II antes de nuestra era, considerados fundadores del derecho civil romano. ↩
«¡A otro perro con ese hueso!». En francés en el original. ↩
Bandwurmsform: juego de palabras entre Bande, «banda», y Bandwurm, «tenia». ↩
«Él lo ha dicho»: fórmula con que los pitagóricos zanjaban toda discusión invocando la autoridad del maestro. En griego en el original. ↩
Las frases en francés de este pasaje, en francés en el original. ↩
«Intermediario», «delator». ↩
En latín: «al lado de», adjunto. ↩
«Una presión suave». En inglés en el original. ↩
«¡Qué sermones!». En francés en el original. ↩
En latín: «el favor popular». ↩
Dicho proverbial suizo. En latín en el original: Providentia Dei et confusione hominum Helvetia salva fuit. ↩
En francés: «faranduleros», intrigantes. ↩
En latín: «en flagrante». ↩
En latín: «desde lo hondo», comienzo del salmo 130. ↩
En latín: «a mordiscos», con tenacidad. ↩
«Entre la pera y el queso», a los postres. En francés en el original. ↩
En el original, Kämmerlein, diminutivo burlón de Kammer, «cámara» (parlamentaria). ↩
«Lo ha hecho aquel a quien aprovecha». En latín en el original. ↩
En latín: «el oído del príncipe». ↩
Olga Nikoláievna (1822-1892), hija del zar Nicolás I y esposa del príncipe heredero de Wurtemberg. ↩
«Sin comparación». En francés en el original, como el diálogo que sigue. ↩
Gustav Vogt, hermano de Karl Vogt, abogado en Berna. ↩
Johannes von Müller (1752-1809), autor de una historia de la Confederación suiza. ↩
«Quien bien te quiere te hará llorar». En francés en el original. ↩
En francés en el original. ↩
«¡Ay de los vencidos!». En latín en el original. ↩
En francés en el original. ↩
En francés en el original. ↩
Juego con bieder, «honrado», y el nombre de Bassermann; «Bassermann» se volvió sinónimo de filisteo bienpensante. ↩
Virgilio, Eneida, I, 11. En latín en el original: Tantaene animis celestibus irae? ↩
Reunión de refugiados y obreros alemanes en Murten (Morat), en el cantón de Friburgo, que dio pie a detenciones y nuevas expulsiones. ↩
Alusión a la negativa de la Puerta otomana, en 1849, a entregar a Austria y Rusia a los refugiados húngaros y polacos. ↩
En latín: feudo ofrecido, bien que su dueño entrega a un señor para recibirlo de él en feudo. ↩
«¡Fin de Suiza!». En latín en el original. ↩
Es decir, en el capítulo III, 4, de esta obra, al que se refiere este apéndice. ↩
Wilhelm Hirsch, dependiente de comercio de Hamburgo, confidente de la policía prusiana en Londres; Marx lo desenmascaró en las Revelaciones. ↩
La Exposición Universal de Londres de 1851. ↩
Véase el capítulo IV de las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. Flor de María es la joven prostituta de alma pura de Los misterios de París, de Eugène Sue; en el habla popular francesa se llamaba fleurs-de-lys a la marca a fuego de los condenados a trabajos forzados. ↩
Pontones: barcos desarbolados que servían de cárcel. ↩
El robo en casa de Dietz, de cuyos papeles se sirvió la acusación en Colonia, se cuenta en el capítulo II de las Revelaciones. ↩
(Nota de Marx a la reedición de 1875.) El mismo individuo que figuró en el proceso Arnim. Ya entonces, y todavía muchos años después, era corresponsal en París de la Kölnische Zeitung. (Añadido de Engels a la edición de 1885.) ↩
El llamado complot franco-alemán, montado en París en septiembre de 1851 con la participación de Cherval. ↩
«A toda costa». En francés en el original. ↩
Charlemagne-Émile de Maupas (1818-1888), prefecto de policía de París y uno de los organizadores del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
(Nota de Marx a la reedición de 1875.) Interesará ahora al lector ver qué certificado extiende el propio Stieber a sus dos compinches Fleury-Krause y Hirsch. Del primero se dice en el Libro negro, II, p. 69:
«N.º 345. Krause, Carl Friedrich August, de Dresde. Es hijo de Friedrich August Krause, ejecutado en 1834 por participar en el asesinato de la condesa Schönberg en Dresde, antiguo administrador agrícola, luego» (¿después de su ejecución?) «corredor de granos, y de su viuda, todavía viva, Johanna Rosine, de soltera Göllnitz, y nació el 9 de enero de 1824 en las Weinbergshäuser, cerca de Coswig, no lejos de Dresde. Desde el 1 de octubre de 1832 asistió a la escuela de pobres de Dresde, en 1836 fue admitido en el orfanato de Antonstadt-Dresde y en 1840 recibió la confirmación. Luego entró de aprendiz con el comerciante Gruhle, de Dresde, pero ya al año siguiente fue procesado y detenido por el Tribunal Municipal de Dresde por repetidas sustracciones, y se le computó como pena el arresto sufrido. Tras su puesta en libertad estuvo sin ocupación en casa de su madre; en marzo de 1842 volvió a ser detenido y procesado por un robo con fractura y cumplió la pena de cuatro años de presidio que se le impuso. El 23 de octubre de 1846 volvió del establecimiento penitenciario a Dresde y se relacionó entonces con los ladrones más notorios. Después se ocupó de él la asociación de ayuda a los penados excarcelados, que lo colocó como cigarrero, oficio en el que trabajó sin interrupción y con un comportamiento pasable hasta marzo de 1848. Pero entonces volvió a entregarse a su inclinación a no trabajar y frecuentó las asociaciones políticas» (como espía del gobierno, según él mismo confesó a Hirsch en Londres; véase más arriba). «A principios de 1849 se hizo repartidor de la Dresdner Zeitung, dirigida por el literato republicano E. L. Wittig, de Dresde, que ahora está en América; en mayo de 1849 participó en la insurrección de Dresde como comandante de la barricada de la Sophienstraße y, una vez sofocada esta, huyó a Baden, donde actuó en particular con plenos poderes del gobierno provisional badense del 10 y del 23 de junio de 1849 para llevar a cabo la leva de la milicia y para requisar víveres para los insurrectos; fue hecho prisionero por las tropas prusianas y el 8 de octubre de 1849 se fugó de Rastatt». (Exactamente como más tarde Cherval «se fugó» de París. Pero ahora viene la auténtica florecilla policiaca, bien perfumada; no se olvide que esto se imprimió dos años después del proceso de Colonia). «Según una noticia publicada en el n.º 39 del Berliner Publizist del 15 de mayo de 1853, tomada de la obra del dependiente de comercio Wilhelm Hirsch, de Hamburgo, Las víctimas del espionaje, impresa en Nueva York» (¡ángel lleno de presentimientos, Stieber!), «Krause apareció en Londres a finales de 1850 o principios de 1851 como refugiado político con el nombre de Charles de Fleury, y al principio vivió en condiciones míseras, pero desde 1851 su situación ha mejorado, pues tras su admisión en la Liga de los Comunistas» (que Stieber añade por su cuenta, mintiendo) «ha servido como agente a diversos gobiernos, aunque se ha hecho culpable de múltiples estafas».
Así da las gracias Stieber a su amigo Fleury, que por lo demás, como se ha dicho más arriba, fue condenado en Londres pocos meses después del proceso de Colonia, por falsificación, a varios años de presidio.
Del honorable Hirsch se dice en el mismo lugar, p. 58:
«N.º 265. Hirsch, Wilhelm, dependiente de comercio de Hamburgo. Al parecer no se fue a Londres como refugiado» (¿a qué viene esta mentira del todo inútil? ¡Si Goldheim había querido detenerlo en Hamburgo!), «sino voluntariamente, pero allí trató mucho con los refugiados; en particular, se había adherido al partido comunista. Desempeñó un doble papel. Por un lado, participaba en las aspiraciones del partido subversivo; por otro, se ofrecía a los gobiernos del continente como espía tanto contra delincuentes políticos como contra falsificadores de moneda. En este último aspecto, sin embargo, ha cometido los peores engaños y estafas, en particular falsificaciones, de modo que nunca se pondrá bastante en guardia contra él. Incluso, en compañía de sujetos semejantes, fabricó él mismo papel moneda falso, solo para descubrir supuestas falsificaciones a las autoridades policiales a cambio de una buena paga. Poco a poco fue reconocido por ambas partes» (¿por los falsificadores policiales y por los no policiales?) «y ahora se ha retirado de Londres a Hamburgo, donde vive en circunstancias precarias».
Hasta aquí Stieber sobre sus peones de Londres, de cuya «veracidad y fiabilidad» no se cansa de dar fe bajo juramento. Particularmente interesante es la absoluta imposibilidad en que se encuentra este prusiano modélico de decir la simple verdad. Entre los hechos —verdaderos y falsos— tomados de los autos no puede dejar de meter, a lo Stieber, mentiras del todo inútiles. Y en que, sobre las declaraciones de semejantes mentirosos profesionales —hoy son más numerosos que nunca—, se condene a prisión a cientos de personas, en eso consiste lo que hoy se llama salvar el Estado. ↩
Abraham Jacobi (1830-1919) y Adolf Cluss (1825-1905), miembros de la Liga de los Comunistas emigrados, como Weydemeyer, a Estados Unidos. ↩
En francés: «la chusma». ↩
Véase El caballero de la noble conciencia, de donde tomamos la traducción del pasaje y de los versos. La «guerra de las ranas y los ratones» alude a la Batracomiomaquia, parodia de la épica homérica, que en Alemania imitó el Froschmeuseler de Georg Rollenhagen (1595). ↩
Matteo Maria Boiardo (1441-1494), Orlando innamorato. Los versos se traducen de la versión alemana que cita Marx. ↩
En latín: «palabra por palabra». ↩
«La opinión pública». En inglés en el original. ↩
Semanario alemán de Londres, fundado por Kinkel en 1859. ↩
El príncipe Guillermo de Prusia, regente desde 1858 y futuro Guillermo I. Kinkel fue juzgado por un consejo de guerra prusiano en Rastatt en 1849. ↩
Oskar von Reichenbach (1815-1893), demócrata silesio, diputado del Parlamento de Fráncfort; con Kinkel y Willich formó en 1852 la «regencia» del empréstito revolucionario. ↩
«Rendición de cuentas». En francés en el original. ↩
Los Estados de la Confederación Germánica. ↩
Los documentos sobre la caída de la fortaleza turca de Kars ante los rusos en 1855, que el gobierno británico presentó al Parlamento; Marx los analizó en el People's Paper, el semanario cartista de Ernest Jones, en abril de 1856. ↩
En inglés en el original. ↩
El texto del artículo y el de los documentos de los apéndices 11 a 13 y 16 b, en inglés en el original; el semanario The Free Press, de David Urquhart, se publicaba en Londres. ↩
El gran duque Constantino Nikoláievich (1827-1892), hermano del zar Alejandro II. ↩
En inglés en el original, como la noticia del Times que sigue. ↩
El Faucigny, el Chablais y el Genevois eran las provincias del norte de Saboya que los tratados de 1815 habían declarado neutrales; el Simplón, el paso alpino entre el Valais y el Piamonte. ↩
En inglés en el original. ↩
En inglés en el original. ↩
En francés en el original, como las dos cartas que siguen. ↩
Georg Weerth (1822-1856), poeta, miembro de la Liga de los Comunistas y redactor del folletín de la Neue Rheinische Zeitung. ↩
Semanario demócrata de Bruselas. ↩
El 15 de mayo de 1848 una manifestación popular en favor de Polonia invadió la Asamblea Nacional francesa; la jornada sirvió de pretexto para detener a Blanqui, Barbès, Raspail y otros dirigentes revolucionarios. ↩
Las cartas de Jones y de Dana, en inglés en el original. ↩
El propio Vogt, al que Marx da ese mote en el capítulo VIII. ↩
Grandguillot y Limayrac, periodistas bonapartistas de París. ↩
Clairville, autor de vodeviles; Félix Belly, publicista que promovía un canal en Nicaragua; la «entrevista de Varsovia» entre los soberanos de Rusia, Austria y Prusia se celebró en octubre de 1860. ↩
En latín: «dioses menores». ↩
Jules Léotard, el trapecista; las matanzas de maronitas en el Líbano y en Damasco en 1860; Rigolboche, bailarina de moda; el poder temporal del papa, puesto en cuestión por la unificación italiana. ↩
En francés en el original. ↩
En inglés en el original: «Louis-Napoleon spends his gold in vain in supporting such newspapers as the National-Zeitung»; Marx añade entre paréntesis su traducción alemana, que aquí omitimos. ↩
La cárcel por deudas de París. Alusión a las deudas de Luis Bonaparte antes del golpe de Estado de 1851; Napoléon le Petit es el título del panfleto de Victor Hugo (1852). ↩
En inglés en el original, salvo el paréntesis de Marx. ↩
La prestación personal de trabajo de los campesinos siervos. ↩
About había estrenado sin éxito la comedia Guillery (1856); el compère Guillery es personaje de una canción popular francesa; compère y commère son, en francés, «compadre» y «comadre», y también «compinche». ↩
La entrevista de Napoleón III con el príncipe regente de Prusia en Baden-Baden, en junio de 1860. ↩
En francés en el original: allié très utile, qui est peut-être appelé à lui rendre de grands services, pourvu qu'elle s'y prête un peu. ↩
Ludwig Simon (1819-1872), abogado de Tréveris, diputado de la izquierda en Fráncfort, refugiado en Suiza y después en París. ↩