Escrito por Friedrich Engels entre octubre de 1872 y marzo de 1873 para el Almanacco Repubblicano per l'anno 1874 (Lodi), donde se publicó en italiano en diciembre de 1873 con el título «Dell'autorità». El original italiano no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 305-308), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Algunos socialistas han abierto últimamente una verdadera cruzada contra lo que llaman el principio de autoridad. Les basta con decir que tal o cual acto es autoritario para condenarlo. Se abusa de tal modo de este procedimiento sumario que es necesario examinar la cuestión un poco más de cerca. Autoridad, en el sentido de la palabra del que aquí se trata, quiere decir: imposición de una voluntad ajena a la nuestra; la autoridad supone, por otra parte, subordinación. Ahora bien, como estas dos palabras suenan mal y la relación que expresan es desagradable para la parte subordinada, se trata de saber si no hay un medio de arreglárselas de otro modo; si no podemos, en las condiciones sociales actuales, dar vida a otro estado social en el que esa autoridad ya no tenga sentido y deba, por consiguiente, desaparecer. Si examinamos las condiciones económicas, industriales y agrícolas, que forman la base de la actual sociedad burguesa, encontramos que tienden a sustituir cada vez más la actividad aislada por la actividad combinada de los individuos. En el lugar de los pequeños talleres de productores aislados se ha instalado la industria moderna, con grandes fábricas y talleres en los que cientos de obreros vigilan máquinas complicadas movidas por el vapor; los coches y carros de las grandes carreteras han sido sustituidos por los trenes del ferrocarril, como las pequeñas barcas de remo y las falúas de vela por los barcos de vapor. Las máquinas y el vapor van sometiendo a su dominio incluso a la agricultura, poniendo lenta pero seguramente, en el lugar de los pequeños propietarios, a grandes capitalistas que cultivan con ayuda de obreros asalariados grandes extensiones de tierra. En todas partes, la actividad combinada, la complicación de procesos que dependen unos de otros, ocupa el lugar de la actividad independiente de los individuos. Pero quien dice actividad combinada dice organización; ¿es posible, pues, la organización sin autoridad?
Supongamos que una revolución social haya destronado a los capitalistas, cuya autoridad dirige hoy la producción y la circulación de las riquezas. Supongamos además, para situarnos por completo en el punto de vista de los antiautoritarios, que la tierra y los instrumentos de trabajo se hayan convertido en propiedad colectiva de los obreros que se sirven de ellos. ¿Habrá desaparecido entonces la autoridad, o solo habrá cambiado de forma? Veámoslo.
Tomemos como ejemplo una hilatura de algodón. El algodón tiene que pasar al menos por seis operaciones sucesivas antes de tomar la forma de hilo, operaciones que en su mayor parte se realizan en salas distintas. Además, para mantener las máquinas en marcha se necesita un ingeniero que vigile la máquina de vapor, mecánicos para las reparaciones corrientes y muchos peones que tienen que llevar los productos de una sala a otra, etc. Todos estos obreros, hombres, mujeres y niños, están obligados a empezar y terminar su trabajo a una hora fijada por la autoridad del vapor, que se burla de la autonomía individual. Es necesario, pues, ante todo, que los obreros se pongan de acuerdo sobre las horas de trabajo; y una vez fijadas esas horas, todos sin excepción quedan sometidos a ellas. Además, en cada sala y en cada momento surgen cuestiones de detalle sobre el modo de producción, la distribución del material, etc., cuestiones que hay que resolver en el acto si no se quiere que toda la producción se detenga en ese mismo momento; ya se resuelvan por decisión de un delegado puesto a la cabeza de cada rama de trabajo o, si es posible, por acuerdo de la mayoría, la voluntad de cada uno tendrá que subordinarse siempre; es decir, que las cuestiones se habrán resuelto de manera autoritaria. El autómata mecánico de una gran fábrica es mucho más tiránico de lo que lo han sido nunca los pequeños capitalistas que emplean obreros. Al menos en lo que se refiere a las horas de trabajo, sobre las puertas de esas fábricas se puede escribir: ¡Dejad toda autonomía los que entráis!1 Si el hombre, con ayuda de la ciencia y del genio inventor, ha sometido a las fuerzas de la naturaleza, estas se vengan de él sometiéndolo, en la medida en que las pone a su servicio, a un verdadero despotismo, independiente de toda organización social. Querer abolir la autoridad en la gran industria es querer abolir la industria misma, destruir la hilatura de vapor para volver a la rueca.
Tomemos como otro ejemplo un ferrocarril. También aquí es absolutamente necesaria la cooperación de una multitud de individuos, una cooperación que tiene que producirse a horas muy precisas para que no ocurra ninguna desgracia. También aquí la primera condición de la explotación es una voluntad dominante que zanje toda cuestión subordinada, ya esté representada esa voluntad por un solo delegado o por un comité encargado de ejecutar los acuerdos de una mayoría de interesados. En uno y otro caso nos encontramos ante una autoridad bien marcada. Más aún: ¿qué sería del primer tren que saliera si se aboliera la autoridad de los empleados del ferrocarril sobre los señores viajeros?
Pero la necesidad de una autoridad, y de una autoridad imperiosa, se pone de manifiesto de la manera más palpable en un barco en alta mar. Allí, en el momento del peligro, la vida de todos depende de que todos obedezcan en el acto y absolutamente a la voluntad de uno solo.
Cada vez que he presentado argumentos de este tipo a los antiautoritarios más furibundos, no han sabido responderme más que: «¡Ah! Eso es verdad, pero aquí no se trata de una autoridad que concedemos a los delegados, sino de un encargo». Estos señores creen haber cambiado la cosa cuando le cambian el nombre. Así se burlan del mundo estos profundos pensadores.
Hemos visto, pues, que, por un lado, cierta autoridad, delegada no importa cómo, y, por otro, cierta subordinación son cosas que se nos imponen independientemente de toda organización social, junto con las condiciones materiales en que producimos y hacemos circular los productos.
Por otro lado, hemos visto que las condiciones materiales de la producción y la circulación se amplían inevitablemente con la gran industria y la gran agricultura y tienden a extender cada vez más el campo de esa autoridad. Es absurdo, por consiguiente, hablar del principio de autoridad como de un principio absolutamente malo y del principio de autonomía como de un principio absolutamente bueno. Autoridad y autonomía son cosas relativas, cuyos ámbitos de aplicación varían en las distintas fases del desarrollo social. Si los autonomistas se limitaran a decir que la organización social del futuro restringirá la autoridad única y exclusivamente a los límites en que las condiciones de la producción la hacen inevitable, podríamos entendernos; pero están ciegos para todos los hechos que hacen necesaria la cosa, y arremeten contra la palabra.
¿Por qué los antiautoritarios no se limitan a clamar contra la autoridad política, contra el Estado? Todos los socialistas están de acuerdo en que el Estado político, y con él la autoridad política, desaparecerán a consecuencia de la próxima revolución social, y eso significa que las funciones públicas perderán su carácter político y se transformarán en simples funciones administrativas que velan por los verdaderos intereses sociales. Pero los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea abolido de un plumazo, antes incluso de que se hayan destruido las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, sin duda, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, es decir, por los medios más autoritarios que pueda haber; y el partido vencedor, si no quiere haber luchado en vano, tiene que dar duración a esa dominación por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿Habría durado la Comuna de París un solo día si no se hubiera servido frente a los burgueses de esa autoridad del pueblo en armas? ¿No se le puede reprochar, por el contrario, no haberse servido de ella con la suficiente amplitud?
Así pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en ese caso no hacen más que sembrar confusión; o lo saben, y en ese caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso sirven a la reacción.
Federico Engels
Parodia del verso que, en la Divina comedia de Dante (Infierno, III, 9), figura sobre la puerta del infierno: «Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate» («Dejad toda esperanza los que entráis»). ↩