Escrita en inglés por Karl Marx entre el 13 y el 16 de abril de 1872 y publicada como hoja volante del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, fechada el 17 de abril de 1872. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana, hecha sobre la hoja volante, de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 66-71), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Las hazañas de la Asamblea rural de Versalles y de las Cortes españolas encaminadas a aniquilar la Internacional despertaron de lleno en el corazón de los representantes de los diez mil de arriba en la Cámara de los Comunes británica el noble espíritu de emulación.1 Así, el 12 de abril de 1872, el señor B. Cochrane, uno de los hombres más representativos en lo que toca al intelecto de las clases altas, llamó la atención de la Cámara sobre las palabras y los hechos de esa terrible sociedad.2 Como es hombre poco amigo de la lectura, se preparó para su tarea con un viaje de inspección que hizo el otoño pasado a algunos de los cuarteles generales continentales de la Internacional, y a su regreso se apresuró a asegurarse, con una carta al Times, algo así como una protección provisional de su prioridad sobre el asunto.3 Su discurso en el Parlamento revela lo que en cualquier otro hombre se consideraría una ignorancia consciente y premeditada del objeto del que habla. Salvo una excepción, desconoce las numerosas publicaciones oficiales de la Internacional; en su lugar cita un batiburrillo de extractos de publicaciones insignificantes de individuos particulares de Suiza, de las que la Internacional como corporación es tan poco responsable como el gabinete británico del discurso del señor Cochrane. Según ese discurso,

«la gran mayoría de los que ingresaron en la sociedad en Inglaterra —su número ascendía a 180.000— ignoraba por completo los principios que se pretendía realizar y que se les ocultaban cuidadosamente cuando declararon su ingreso».

Ahora bien, los principios que la Internacional quiere realizar están consignados en el preámbulo de los Estatutos generales, y el señor Cochrane vive en la feliz ignorancia del hecho de que nadie puede ingresar en la Asociación sin reconocer expresamente esos principios. Y luego se dice que

«la Asociación se fundó originalmente sobre los principios de las trade unions y no tenía entonces carácter político».

Ahora bien, no solo el preámbulo de los Estatutos generales originales tiene un marcado carácter político, sino que las tendencias políticas de la Asociación están expuestas con detalle en el Manifiesto inaugural, publicado en 1864 al mismo tiempo que esos estatutos.4 Otro descubrimiento asombroso es que Bakunin habría sido «encargado» de responder en nombre de la Internacional a los ataques de Mazzini, lo que es sencillamente una falsedad. Tras citar el folleto de Bakunin, el señor Cochrane prosigue:5

«Podemos sonreír ante semejante disparate ampuloso, pero, cuando estos escritos salían de Londres» (de donde no salían), «¿era de extrañar que los gobiernos extranjeros se inquietaran?».

¿Y es de extrañar que el señor Cochrane se convierta en su portavoz en Inglaterra? Otra acusación consiste en que la Internacional acaba de empezar a publicar un «periódico» en Londres, lo que es también una falsedad. Consuélese, sin embargo, el señor Cochrane: la Internacional posee un gran número de órganos propios en Europa y en América y en las lenguas de casi todos los países civilizados.

Pero el meollo de todo el discurso está contenido en lo siguiente:

«Él estaría en condiciones de demostrar que la Comuna y la Asociación Internacional son en realidad una sola cosa y que la Sociedad Internacional, que se encuentra en Londres» (?), «dio a la Comuna la orden de incendiar París y de asesinar al arzobispo de esa ciudad».

Y ahora las pruebas: Eugène Dupont, como presidente del Congreso de Bruselas, en septiembre de 1868, declaró con verdad que la Internacional aspiraba a una revolución social. ¿Y cuál es el eslabón secreto entre esta declaración de Eugène Dupont de 1868 y los actos de la Comuna de 1871? Que

«Eugène Dupont fue detenido apenas la semana pasada en París, adonde había ido desde aquí por un camino secreto. Pues bien, este señor Eugène Dupont era miembro de la Comuna y también miembro de la Sociedad Internacional».

Por desgracia para esta manera de argumentar tan sumamente concluyente, A. Dupont, el miembro de la Comuna detenido en París, no era miembro de la Internacional, y E. Dupont, el miembro de la Internacional, no era miembro de la Comuna.6 La segunda prueba es que Bakunin dijo,

«cuando el congreso de Ginebra se reunió en julio de 1869 bajo su presidencia: “La Internacional se declara atea”».

Ahora bien, en Ginebra nunca se celebró un congreso internacional en julio de 1869; Bakunin nunca presidió ningún congreso internacional ni fue nunca encargado de hacer declaraciones en su nombre. Tercera prueba: el Volksstimme, órgano de la Internacional en Viena, escribió:7

«Aunque la bandera roja es el símbolo del amor universal, guárdense nuestros enemigos de convertirla en un símbolo del terror universal».

Más aún: el mismo periódico declaró repetidas veces con todas sus letras que el Consejo General de Londres era efectivamente el Consejo General de la Internacional, es decir, su órgano central administrativo delegado. Cuarta prueba: en uno de los procesos franceses contra la Internacional, Tolain se burló de la afirmación del fiscal según la cual

«al presidente de la Internacional» (que no existe) «le bastaba levantar un dedo para someter al mundo entero».8

El cerebro confuso del señor Cochrane convierte la negación de Tolain en una afirmación. Quinta prueba: el manifiesto del Consejo General sobre la guerra civil en Francia, del que el señor Cochrane cita el pasaje que justifica las represalias contra los rehenes y el empleo del fuego como medidas de guerra necesarias en aquellas circunstancias.9 Como el señor Cochrane aprueba las matanzas cometidas por los versalleses, ¿habríamos de concluir que fue él quien las ordenó, aunque desde luego no es culpable de matar nada que no sea caza? Sexta prueba:

«Antes del incendio de París hubo una reunión entre los jefes de la Internacional y los de la Comuna».

Esto es tan cierto como la noticia que circuló hace poco en la prensa italiana según la cual el Consejo General de la Internacional habría enviado a su tan sincera y entrañablemente amado Alexander Baillie Cochrane en un viaje de inspección por el continente, del que este habría traído informes sumamente satisfactorios sobre la prosperidad de la organización, comprobando que contaba con 17 millones de miembros. Prueba final:

«En el decreto de la Comuna que ordenaba la destrucción de la columna de la plaza Vendôme se hace constar la aprobación de la Internacional».

Nada de eso se dice en el decreto, aunque la Comuna sabía sin duda que toda la Internacional del mundo entero daría su aprobación a esa medida.

Así es, pues, según el Times, la prueba irrefutable de las afirmaciones de Cochrane de que el arzobispo de París fue muerto y París incendiado por orden directa del Consejo General de la Internacional en Londres.10 Compárese su verborrea incoherente con el informe del señor Sacaze en Versalles sobre la ley contra la Internacional, y se comprenderá la distancia que todavía media entre un hidalgüelo rural francés y un Dogberry británico.11

Del fidus Achates del señor Cochrane, el señor Eastwick, deberíamos decir con Dante: «Mira y pasa»; pero ahí está su absurda afirmación de que la Internacional es responsable de Le Père Duchêne del señor Vermersch, al que el culto señor Cochrane llama Vermuth.12

Si es un verdadero placer tener un adversario como el señor Cochrane, es una dolorosa desgracia tener que someterse al patrocinio, si así puede llamarse, del señor Fawcett.13 Aunque es lo bastante audaz para defender a la Internacional contra medidas de fuerza que el gobierno británico no tomará, porque ni se atreve ni tiene mucho interés en ello, posee al mismo tiempo ese sentido del deber y ese alto valor moral que le obligan a pronunciar contra la Internacional su más severa condena profesoral. Por desgracia, las supuestas doctrinas de la Internacional que ataca no son más que invenciones de su pobre cerebro.

«El Estado —dice— debería hacer esto y aquello y reunir dinero para llevar a cabo todos los proyectos de la Internacional. El primer punto del programa era que el Estado comprara toda la tierra y todos los instrumentos de producción y los arrendara al pueblo a un precio justo y razonable».

En cuanto a la compra de la tierra por el Estado en determinadas condiciones y a su arrendamiento al pueblo a un precio justo y razonable, entiéndase el señor Fawcett con su maestro teórico, el señor John Stuart Mill, y con su jefe político, el señor John Bright.14 El segundo punto «propone que el Estado regule la jornada de trabajo». El estudio histórico de nuestro profesor brilla con luz propia cuando hace de la Internacional la autora de las leyes británicas sobre fábricas y talleres, y su competencia económica se muestra igual de favorablemente en su apreciación de esas leyes. Tercer punto:

«Que el Estado haga posible la enseñanza gratuita».

¿Qué son hechos tan conocidos como la existencia de la enseñanza gratuita en los Estados Unidos y en Suiza y sus benéficos resultados al lado de las sombrías profecías del profesor Fawcett? Cuarto punto:

«Que el Estado preste capital a las cooperativas».

Aquí hay un pequeño error: el señor Fawcett confunde los principios de la Internacional con las reivindicaciones de Lassalle, que murió antes de la fundación de la Internacional. Fue él quien invocó el precedente del empréstito del Estado que los grandes terratenientes británicos se habían concedido a sí mismos con tanta largueza, por medio del Parlamento y con el pretexto de mejoras agrícolas. Quinto punto:

«Para coronar la obra, se proponía que todos los ingresos del país se obtuvieran mediante un impuesto progresivo sobre la propiedad».

¡Es demasiado hacer de las reivindicaciones del señor Robert Gladstone y de sus reformadores financieros burgueses de Liverpool la «corona» de la Internacional!15

Este gran representante de la economía política, el señor Fawcett, cuyo título a la fama científica descansa exclusivamente en haber vulgarizado para escolares el compendio de economía política del señor John Stuart Mill, confiesa que «las predicciones hechas con confianza hace 25 años» (por los librecambistas) «han sido desmentidas por los hechos».

Al mismo tiempo cree en su capacidad de apaciguar el gigantesco movimiento proletario de nuestros días repitiendo una y otra vez, y en una forma cada vez más aguada, las mismas frases rancias con que se sostuvieron hace 25 años esas falsas predicciones. Es de esperar que su hipócrita defensa de la Internacional, que en realidad es una humilde disculpa por sus anteriores pretendidas simpatías hacia las clases trabajadoras, abra los ojos de los obreros ingleses que todavía se dejan impresionar por el sentimentalismo bajo el que el señor Fawcett ha procurado ocultar hasta ahora su nulidad científica.

Si el señor B. Cochrane representa el intelecto político y el señor Fawcett la ciencia económica de la Cámara de los Comunes británica, ¿cómo queda entonces ese «más agradable de todos los clubes de Londres» comparado con la Cámara de Representantes norteamericana, que el 13 de diciembre de 1871 aprobó una ley para crear una oficina de estadística del trabajo y declaró que la aprobaba a petición expresa de la Asociación Internacional de los Trabajadores, lo que la Cámara consideraba uno de los hechos más importantes de nuestro tiempo?

El Consejo General:

R. Applegarth, A. Arnaud, M. Barry, M. J. Boon, F. Bradnick, G. H. Buttery, F. Cournet, P. Delahaye, Eugène Dupont, W. Hales, Hurliman, Jules Johannard, C. Keen, Harriet Law, F. Lessner, Lochner, C. Longuet, Marguerite, C. Martin, Zévy Maurice, H. Mayo, G. Milner, Ch. Murray, Pfänder, J. Rozwadowski, V. Regis, J. Roach, Rühl, G. Ranvier, Sadler, Cowell Stepney, A. Taylor, W. Townshend, E. Vaillant, J. Weston, De Wolfers, F. J. Yarrow

Secretarios corresponsales:

Leo Frankel, para Austria y Hungría; A. Herman, Bélgica; T. Mottershead, Dinamarca; A. Serraillier, Francia; Karl Marx, Alemania y Rusia; C. Rochat, Holanda; J. P. MacDonnell, Irlanda; F. Engels, Italia y España; Walery Wróblewski, Polonia; Hermann Jung, Suiza; J. G. Eccarius, Estados Unidos; Le Moussu, para las secciones francesas de los Estados Unidos

J. Hales, secretario general

Londres, 17 de abril de 1872

  1. La Asamblea Nacional francesa reunida en Versalles, de mayoría monárquica y rural, aprobó el 14 de marzo de 1872 la ley Dufaure, que castigaba la pertenencia a la Internacional. En España, las Cortes debatieron en el otoño de 1871 la ilegalización de la Internacional, que el gobierno de Sagasta decretó en enero de 1872. «Los diez mil de arriba» (the upper ten thousand), expresión corriente para designar a la alta sociedad. ↩

  2. Alexander Baillie Cochrane (1816-1890), diputado conservador. ↩

  3. Sobre esa carta, publicada en The Times el 31 de octubre de 1871, véase la Declaración del Consejo General sobre la carta de Alexander Baillie Cochrane. ↩

  4. Véase el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, redactado por Marx. ↩

  5. Se trata del folleto de Bakunin Risposta d'un internazionale a Giuseppe Mazzini (1871), escrito en respuesta a los ataques de Mazzini contra la Comuna y la Internacional. ↩

  6. Eugène Dupont (1831-1881), obrero fabricante de instrumentos musicales, miembro del Consejo General y su secretario corresponsal para Francia; Anthime Dupont, miembro de la Comuna de París. ↩

  7. Volksstimme, periódico obrero de Viena. ↩

  8. Henri-Louis Tolain (1828-1897), cincelador, uno de los fundadores de la Internacional en Francia, procesado con otros miembros de la sección de París en 1868; en 1871 fue expulsado de la Internacional por haberse puesto del lado de Versalles contra la Comuna. ↩

  9. La guerra civil en Francia, manifiesto del Consejo General redactado por Marx (1871). ↩

  10. Georges Darboy, arzobispo de París, fusilado por la Comuna como rehén el 24 de mayo de 1871. ↩

  11. Sacaze, diputado de la Asamblea Nacional, ponente de la ley Dufaure contra la Internacional. Dogberry, el alguacil necio y presuntuoso de Mucho ruido y pocas nueces, de Shakespeare. ↩

  12. Fidus Achates, el fiel Acates, compañero de Eneas en la Eneida de Virgilio; Edward Backhouse Eastwick (1814-1883), diputado conservador. «Mira y pasa»: Dante, Infierno, canto III. Eugène Vermersch (1845-1878), periodista, editor de Le Père Duchêne durante la Comuna. ↩

  13. Henry Fawcett (1833-1884), economista, profesor de economía política en Cambridge y diputado liberal, autor de un Manual of Political Economy (1863). ↩

  14. John Stuart Mill (1806-1873), economista y filósofo; John Bright (1811-1889), fabricante, jefe del ala radical del Partido Liberal. ↩

  15. Se refiere probablemente a Robertson Gladstone (1805-1875), comerciante de Liverpool, hermano del primer ministro William Ewart Gladstone y presidente de la Asociación para la Reforma Financiera de esa ciudad, que propugnaba sustituir los impuestos indirectos por un impuesto directo sobre la propiedad. ↩