Pronunciado por Karl Marx el 8 de septiembre de 1872 en un mitin celebrado en Ámsterdam. Según la reseña publicada en francés en La Liberté (Bruselas), n.º 37, 15 de septiembre de 1872; apareció también en alemán en Der Volksstaat. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 159-161), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
En el siglo XVIII, los reyes y los potentados tenían la costumbre de reunirse en La Haya para tratar de los intereses de sus dinastías.
Precisamente en este lugar hemos querido celebrar nuestro congreso obrero, a pesar de los temores que se intentó despertar en nosotros. Hemos querido aparecer en medio de la población más reaccionaria para afirmar la existencia, la extensión y la esperanza en el futuro de nuestra gran Asociación.
Cuando se supo nuestra decisión, se habló de emisarios que habríamos enviado para preparar el terreno. Sí, no negamos que tenemos emisarios así en todas partes; pero en su mayoría no los conocemos. Nuestros emisarios en La Haya han sido esos obreros cuyo trabajo es tan penoso como el de nuestros emisarios en Ámsterdam, que también son obreros, obreros que trabajan dieciséis horas diarias. Esos son nuestros emisarios, no tenemos otros; y en todos los países a los que vamos los encontramos dispuestos a recibirnos de todo corazón, porque comprenden muy pronto que buscamos mejorar su suerte.
El Congreso de La Haya ha dado tres resultados importantes:
Ha proclamado la necesidad de que la clase obrera combata la vieja sociedad, que se derrumba, tanto en el terreno político como en el social; y nos felicitamos de ver incorporada desde ahora a nuestros Estatutos esta resolución de la Conferencia de Londres.1
En nuestro seno se había formado un grupo que preconizaba la abstención de los obreros en la actividad política.
Hemos considerado un deber declarar cuán peligrosos y funestos nos parecen tales principios para nuestra causa.
El obrero tendrá que tomar un día el poder político para levantar la nueva organización del trabajo; tendrá que derribar la vieja política que mantiene las viejas instituciones, si no quiere, como los antiguos cristianos que la descuidaron y la despreciaron, quedarse sin el reino de los cielos en la tierra.
Pero no hemos afirmado que los caminos para llegar a ese fin sean en todas partes los mismos.
Sabemos que hay que tener en cuenta las instituciones, las costumbres y las tradiciones de los diversos países, y no negamos que hay países, como América, Inglaterra y, si conociera mejor vuestras instituciones, quizá añadiría Holanda, donde los obreros pueden alcanzar su fin por vía pacífica. Si eso es verdad, debemos reconocer también que en la mayoría de los países del continente la palanca de nuestras revoluciones tendrá que ser la fuerza; a la fuerza habrá que apelar un día para instaurar el dominio del trabajo.2
El Congreso de La Haya ha concedido al Consejo General poderes nuevos y aún más amplios.3 En efecto, en un momento en que los reyes se reúnen en Berlín, en que de esa reunión de los poderosos representantes del feudalismo y del pasado han de salir contra nosotros medidas de represión nuevas y más resueltas,4 precisamente en el momento en que se organiza la persecución, el Congreso de La Haya ha creído oportuno y necesario ampliar los poderes del Consejo General y centralizar, para la lucha que ahora empieza, todas las acciones que en el aislamiento serían impotentes. ¿Y a quién, por lo demás, podrían inquietar los poderes del Consejo General sino a nuestros enemigos? ¿Tiene acaso una burocracia, una policía armada para hacerse obedecer? ¿No es su autoridad puramente moral, y no somete sus decisiones al juicio de las federaciones encargadas de ejecutarlas? En semejantes condiciones, sin ejército, sin policía, sin tribunales, el día en que los reyes se vieran obligados a mantener su poder solo con la influencia moral y la autoridad moral, no serían más que débiles obstáculos para la marcha de la revolución.
Por último, el Congreso de La Haya ha trasladado a Nueva York la sede del Consejo General. A muchos, incluso entre nuestros amigos, parece haberles sorprendido semejante decisión. ¿Olvidan acaso que América se está convirtiendo en el continente obrero por excelencia, que cada año medio millón de personas, de obreros, emigran a ese otro continente y que la Internacional tiene que echar raíces vigorosas en ese suelo donde domina el obrero? Por otra parte, la resolución del Congreso da al Consejo General el derecho de agregarse a los miembros cuya colaboración considere necesaria y útil para el bien de la causa común. Confiemos en su prudencia y esperemos que sepa escoger a hombres que estén a la altura de su tarea y sepan mantener con mano firme la bandera de nuestra Asociación en Europa.
Ciudadanos, pensemos en ese principio fundamental de la Internacional: la solidaridad. Solo si asentamos sobre bases seguras este principio vivificador entre todos los obreros de todos los países alcanzaremos el gran fin último que nos hemos propuesto. La revolución tiene que ser solidaria: eso nos enseña el gran ejemplo de la Comuna de París, que cayó porque en ningún centro, ni en Berlín, ni en Madrid, etc., se produjeron grandes movimientos revolucionarios a la altura de ese levantamiento poderosísimo del proletariado parisino.5
En cuanto a mí, continuaré mi obra y trabajaré sin descanso para fundar entre todos los obreros esta solidaridad tan fecunda para el futuro. No, no me retiro de la Internacional, y todo el resto de mi vida estará consagrado, como todos mis esfuerzos del pasado, al triunfo de las ideas sociales que un día —¡estad seguros!— conducirán al dominio universal del proletariado.
La resolución IX de la Conferencia de Londres (septiembre de 1871), convertida en el artículo 7a de los Estatutos generales: véanse las Resoluciones del Congreso General celebrado en La Haya del 2 al 7 de septiembre de 1872. ↩
En la versión del Volksstaat, en lugar de la última frase se lee: «Pero no en todos los países es así». ↩
Los nuevos artículos 2 y 6 del capítulo II de los Reglamentos administrativos. ↩
La entrevista de los emperadores de Alemania, Austria-Hungría y Rusia en Berlín, en septiembre de 1872. ↩
En la versión del Volksstaat, esta parte de la frase dice: «que cayó solo porque faltó precisamente esa solidaridad de los obreros de los demás países». ↩