Escrita en francés por Friedrich Engels entre el 4 y el 6 de agosto de 1872, en nombre del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores; manuscrito. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana, hecha sobre el manuscrito, de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 116-121), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
¡Ciudadanos!
El Consejo General se ve obligado a denunciaros públicamente la existencia de intrigas dentro de la Internacional que, aunque se vienen urdiendo desde hace varios años, la mayoría de vosotros ni siquiera ha sospechado nunca.
En nuestra circular confidencial del 5 de marzo de 1872 sobre «Las pretendidas escisiones en la Internacional» nos vimos obligados a llamar vuestra atención sobre los manejos de los sectarios de la llamada Alianza de la Democracia Socialista, manejos emprendidos con el fin de sembrar la discordia en nuestras filas y de poner en secreto la dirección suprema de nuestra Asociación en manos de una pequeña camarilla dirigida por Mijaíl Bakunin.1
Recordaréis que la Alianza de la Democracia Socialista, desde su misma fundación, había publicado unos estatutos que, de haberlos aprobado nosotros, le habrían procurado una doble existencia, a la vez dentro y fuera de la Internacional. Habría tenido sus propias secciones, federaciones y congresos junto a las secciones, federaciones y congresos de la Internacional, y al mismo tiempo pretendía tomar parte en esta. Su objetivo era sustituir nuestros Estatutos Generales por el programa particular de M. Bakunin e imponer a nuestra Asociación su dictadura personal.
El Consejo General rechazó estas pretensiones con su circular del 22 de diciembre de 1868.2 Solo admitió a la Alianza de la Democracia Socialista en la Internacional con la condición expresa de que dejara de ser un organismo internacional, de que disolviera su organización y de que sus secciones entraran simplemente como secciones locales. La Alianza aceptó formalmente estas condiciones. Pero de todas sus supuestas secciones solo la sección central de Ginebra ingresó en nuestra Asociación. Las demás siguieron siendo un misterio para el Consejo General, de modo que este tuvo que sacar la impresión de que no existían.
Y ahora, tres años después, hemos entrado en posesión de documentos que prueban de modo irrefutable que esa misma Alianza de la Democracia Socialista, pese a su promesa formal, ha seguido existiendo y sigue existiendo como organismo internacional dentro de la Internacional, y además en forma de sociedad secreta; que sigue dirigida por M. Bakunin; que sigue persiguiendo los mismos fines, y que todos los ataques dirigidos desde hace un año en apariencia contra la Conferencia de Londres y el Consejo General, pero en realidad contra toda nuestra organización, han tenido su origen en esa Alianza. Los mismos hombres que acusan al Consejo General de autoritarismo, sin haber sido capaces jamás de señalar un solo acto autoritario por su parte; que hablan a cada paso de la autonomía de las secciones y de la libre federación de los grupos; que acusan al Consejo General de querer imponer a la Internacional su doctrina oficial y ortodoxa y de convertir nuestra Asociación en una organización constituida jerárquicamente, esos mismos hombres se constituyen en la práctica en sociedad secreta con una organización jerárquica y bajo un régimen no solo autoritario, sino absolutamente dictatorial; pisotean todo rastro de autonomía de las secciones y federaciones; aspiran a imponer a la Internacional, por medio de esta organización secreta, las doctrinas personales y ortodoxas de M. Bakunin. Mientras exigen que la Internacional se organice de abajo arriba, ellos mismos, como miembros de la Alianza, se someten sumisamente a la orden que se les da de arriba abajo.
No necesitamos decir que la mera existencia de semejante sociedad secreta dentro de la Internacional es una violación flagrante de nuestros Estatutos Generales. Nuestros Estatutos solo conocen una clase de miembros de la Internacional, con los mismos derechos y deberes para todos; la Alianza los separa en dos clases, los iniciados y los profanos, destinados estos últimos a ser dirigidos por los primeros mediante una organización cuya existencia ni siquiera conocen. La Internacional exige de sus adherentes que reconozcan la verdad, la justicia y la moral como base de su conducta; la Alianza impone a sus adeptos como primer deber la mentira, la hipocresía y el engaño, ordenándoles que engañen a los internacionales profanos sobre la existencia de la organización secreta y sobre los motivos y el fin de sus propias palabras y actos. El programa de la Internacional está consignado en nuestros Estatutos y todos lo conocen; el de la Alianza nunca ha sido confesado y sigue siendo desconocido hasta el día de hoy.
El núcleo de la Alianza es la Federación del Jura;3 de ella proceden las consignas que las demás secciones y los periódicos al servicio de la organización secreta recogen y repiten en el acto. En Italia dirige cierto número de sociedades. Estas sociedades se llaman secciones internacionales, pero nunca han pedido su admisión, ni pagado cotización alguna, ni cumplido ninguna de las demás condiciones que prescriben nuestros Reglamentos Administrativos. En Bélgica la Alianza tiene algunos agentes bastante influyentes. En el sur de Francia tiene corresponsales, entre ellos algunos que combinan sus funciones de corresponsales de la Alianza con el cargo de secretario de la comisaría de policía. Pero el país en que la Alianza está más fuertemente organizada y tiene más ramificaciones es España. Como se había deslizado allí inadvertida en las filas de la Internacional desde el principio, ha sabido casi siempre dirigir los sucesivos consejos federales y congresos. A los partidarios más entregados de la Internacional en España se les llevó a creer que esta organización secreta existía en todas partes dentro de nuestra Asociación y que era casi un deber pertenecer a ella. Esta ilusión la destruyeron tanto la Conferencia de Londres, donde el delegado español, miembro él mismo de la Alianza, pudo convencerse de lo contrario,4 como las mentiras y los violentos ataques contra la Conferencia y el Consejo General que Bakunin ordenó a sus fieles inmediatamente después. Tras una larga lucha dentro de la Alianza, aquellos de sus miembros españoles a quienes la Internacional importaba más que la Alianza se retiraron de esta. En el acto fueron atacados con los insultos y las calumnias más feroces por quienes seguían fieles a la sociedad secreta. Dos veces fueron expulsados de la federación local de Madrid, lo que era una violación flagrante de los Reglamentos Administrativos vigentes. Cuando quisieron constituirse en Nueva Federación Madrileña, el Consejo Federal español les negó la autorización y les devolvió las cotizaciones que le habían enviado.5 Hay que decir aquí que de los ocho miembros de este Consejo Federal cinco (Vicente Rosell, Peregrín Montoro, Severino Albarracín, Francisco Tomás y Franco Martínez) son, según sabemos, miembros de la Alianza; es incluso probable que haya otros además de ellos. De este modo, y sin sospecharlo, las secciones y federaciones locales de España, tan orgullosas de su autonomía, son conducidas como un rebaño de ovejas por órdenes secretas enviadas desde Suiza, que el Consejo Federal tiene que ejecutar ciegamente so pena de ser proscrito por la Alianza.
Para asegurar la elección de miembros de la Alianza como delegados al Congreso de La Haya, el Consejo Federal español ha enviado a las secciones y federaciones locales una circular confidencial, fechada el 7 de julio, en la que les pide una cotización extraordinaria para costear los gastos de los delegados y les ordena de manera autoritaria que elijan a esos delegados por una lista de toda España, encargándose él, el Consejo Federal, del escrutinio. Este modo de elección debía asegurar el éxito de los candidatos de la Alianza. Además, el Consejo Federal anunciaba que extendería un mandato imperativo colectivo al que tendrían que atenerse esos delegados. En cuanto nos enteramos de este plan de enviar al Congreso a los delegados de la Alianza con el dinero de los internacionales, y recibimos además las pruebas de la participación del Consejo Federal español en los manejos de la sociedad secreta, le requerimos, el 24 de julio,
que nos enviara una lista de todos los miembros de la Alianza en España, con indicación de los cargos que ocupan en la Internacional;
que abriera una investigación tanto sobre el carácter y la actividad de la Alianza en España como sobre su organización y sus ramificaciones fuera de este país;
que nos enviara un ejemplar de la circular confidencial del 7 de julio;
que nos explicara cómo concilia sus deberes para con la Internacional con el hecho de contar entre sus miembros al menos a tres miembros notorios de la Alianza;
que nos diera a vuelta de correo una respuesta categórica.
Esta respuesta tenía que haber estado en nuestras manos el 1 de agosto a más tardar. Pero solo el 5 de agosto recibimos una carta fechada en Valencia el 1 de agosto (matasellos ilegible), en la que se aplazaba la respuesta con el pretexto de que los miembros del Consejo no entendían nuestra carta, escrita en francés, y de que necesitaban algún tiempo para traducirla. ¡El mismo Consejo, en su carta del 15 de junio, nos había pedido que le enviáramos nuestras publicaciones, etc., en francés en la medida de lo posible, porque ellos (los miembros del Consejo) estaban algo familiarizados con esa lengua! El pretexto es, pues, falso; lo único que se busca es que perdamos un tiempo precioso.
Nos vemos obligados, por tanto, a acusar ante todos los miembros de la Asociación, y en especial ante los internacionales españoles, al Consejo Federal español de traidor a la Asociación Internacional de los Trabajadores. En lugar de cumplir fielmente el mandato que le confiaron los internacionales españoles, se ha convertido en órgano de una sociedad no solo ajena, sino hostil a la Internacional. En lugar de obedecer a los Estatutos Generales y a los Reglamentos Administrativos, así como a las resoluciones de los congresos generales y de los españoles, obedece a órdenes secretas que emanan de M. Bakunin. La mera existencia de un consejo federal compuesto en su mayoría por miembros de una sociedad secreta ajena a la Internacional es una violación flagrante de nuestros Estatutos Generales.
Estos son, ciudadanos, los hechos que tenemos que poneros delante antes de que se celebren las elecciones al Congreso. Por primera vez en la historia de las luchas de la clase obrera nos encontramos con una conspiración secreta urdida en el seno mismo de esta clase y destinada a minar no el régimen de explotación existente, sino precisamente la Asociación que lo combate con la mayor energía. Es una conspiración dirigida contra el propio movimiento proletario. Por eso vemos que, dondequiera que nos la encontramos, predica la doctrina enervante de la abstención absoluta en materia política; y mientras a los profanos entre los simples internacionales se les persigue y se les encarcela en casi toda Europa, los valientes miembros de la Alianza gozan de una inmunidad del todo extraordinaria.
Ciudadanos, tenéis que elegir. Lo que está en juego ahora no es la autonomía de las secciones, ni la libre federación de los grupos, ni la organización de abajo arriba, ni ningún otro lema pretencioso y sonoro de esta clase; la cuestión es hoy: ¿queréis que vuestros órganos centrales estén formados por hombres que no reconocen más mandato que el vuestro, o queréis que estén formados por hombres elegidos con astucia, hombres que solo aceptan vuestro mandato con el firme propósito de llevaros como a un rebaño de ovejas según las instrucciones secretas que proceden de un personaje misterioso en Suiza?
Descubrir la existencia de esta sociedad secreta de embaucadores es quebrar su poder. Los propios hombres de la Alianza no son tan necios como para suponer que la gran masa de los internacionales vaya a someterse a sabiendas a una organización como la suya en cuanto tenga conocimiento de su existencia. No hay nada en común entre los embaucadores y aquellos a quienes quieren embaucar, entre la Alianza y la Internacional.
Ya es hora, además, de poner fin de una vez para siempre a las luchas internas que la presencia de este organismo parasitario provoca cada día de nuevo en nuestra Asociación. Estas disputas solo sirven para malgastar fuerzas que deberían emplearse en combatir el actual régimen burgués. Al paralizar la acción de la Internacional contra los enemigos de la clase obrera, la Alianza sirve de maravilla a la burguesía y a los gobiernos.
Por eso el Consejo General pedirá en el Congreso de La Haya que se expulse de la Internacional a todos los miembros de la Alianza y que se den al Consejo los poderes necesarios para impedir que resurjan conspiraciones semejantes.
La circular Les prétendues scissions dans l'Internationale («Las pretendidas escisiones en la Internacional»), redactada por Marx y Engels y aprobada por el Consejo General el 5 de marzo de 1872. Mijaíl Alexándrovich Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, teórico del anarquismo, fundador en 1868 de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. ↩
Véase La Asociación Internacional de los Trabajadores y la Alianza de la Democracia Socialista. ↩
La Federación del Jura, constituida en noviembre de 1871 en el congreso de Sonvillier por las secciones bakuninistas de la Suiza francófona; véase El congreso de Sonvillier y la Internacional. ↩
Anselmo Lorenzo (1841-1914), tipógrafo, uno de los fundadores de la Internacional en España, delegado de la Federación Regional Española en la Conferencia de Londres de septiembre de 1871. ↩
Los redactores de La Emancipación (José Mesa, Pablo Iglesias, Francisco Mora y otros), expulsados de la federación local de Madrid en junio de 1872, fundaron en julio la Nueva Federación Madrileña, que el Consejo General reconoció en agosto. ↩