Escrito por Friedrich Engels entre junio de 1872 y febrero de 1873. Publicado por primera vez en Der Volksstaat (Leipzig), 1872, núms. 51-53, 103 y 104, y 1873, núms. 2, 3, 12, 13, 15 y 16, y en tiradas aparte (Leipzig, 1872 y 1873); segunda edición revisada, con un prólogo de Engels, en Hottingen-Zúrich, 1887. Traducido de la edición de 1887 (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18, Berlín, 1962, pp. 209-287, y tomo 21, pp. 325-334) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las marcadas como de Engels. Texto original en alemán.

Prólogo de Engels a la segunda edición (1887)

Escrito por Friedrich Engels en Londres el 10 de enero de 1887. Publicado en Zur Wohnungsfrage (segunda edición revisada, Hottingen-Zúrich, 1887). Traducido de MEW, tomo 21.

El escrito que sigue es la reimpresión de tres artículos que publiqué en 1872 en el Volksstaat de Leipzig.1 Por entonces se derramaba precisamente sobre Alemania la lluvia de los miles de millones franceses:2 se pagaban deudas del Estado, se construían fortalezas y cuarteles, se renovaban las existencias de armas y de pertrechos militares; el capital disponible, no menos que la masa de dinero en circulación, aumentó de golpe enormemente, y todo ello justo en el momento en que Alemania aparecía en la escena mundial no solo como «imperio unido», sino también como gran país industrial. Los miles de millones dieron un impulso poderoso a la joven gran industria; fueron ellos, sobre todo, los que trajeron el breve periodo de prosperidad, rico en ilusiones, que siguió a la guerra y, justo después, en 1873-1874, el gran crac,3 con el que Alemania demostró que era un país industrial a la altura del mercado mundial.

La época en que un viejo país de cultura realiza semejante tránsito de la manufactura y la pequeña empresa a la gran industria, acelerado además por circunstancias tan favorables, es también, de manera predominante, la época de la «penuria de vivienda». Por una parte, masas de trabajadores del campo se ven atraídas de golpe a las grandes ciudades, que se convierten en centros industriales; por otra, el trazado de esas ciudades más antiguas ya no corresponde a las condiciones de la nueva gran industria ni del tráfico que le corresponde; se ensanchan calles y se abren otras nuevas, se hacen pasar ferrocarriles por el centro. En el mismo momento en que los obreros afluyen en tropel, las viviendas obreras se derriban en masa. De ahí la súbita penuria de vivienda que padecen los obreros y el pequeño comercio y el pequeño oficio que dependen de la clientela obrera. En las ciudades que nacieron desde el principio como centros industriales, esta penuria de vivienda es prácticamente desconocida. Así ocurre en Mánchester, Leeds, Bradford o Barmen-Elberfeld. En cambio, en Londres, París, Berlín y Viena adoptó en su momento una forma aguda y persiste en su mayor parte de forma crónica.

Fue, pues, precisamente esta aguda penuria de vivienda, este síntoma de la revolución industrial que se estaba produciendo en Alemania, la que llenó entonces la prensa de disertaciones sobre la «cuestión de la vivienda» y dio pie a toda clase de curanderismo social. Una serie de artículos de este tipo fue a parar también al Volksstaat. Su autor anónimo, que más tarde se dio a conocer como el señor doctor en medicina A. Mülberger, de Wurtemberg,4 creyó propicia la ocasión para hacer ver a los obreros alemanes, a propósito de esta cuestión, los efectos milagrosos de la panacea social universal de Proudhon.5 Cuando manifesté a la redacción mi extrañeza por la publicación de aquellos curiosos artículos, se me invitó a responder, y así lo hice (véase la primera parte: «Cómo resuelve Proudhon la cuestión de la vivienda»). A esta serie de artículos añadí poco después otra en la que, a partir de un escrito del doctor Emil Sax,6 se examinaba la concepción filantrópico-burguesa de la cuestión (segunda parte: «Cómo resuelve la burguesía la cuestión de la vivienda»). Tras una pausa bastante larga, el señor doctor Mülberger me honró con una respuesta a mis artículos que me obligó a replicar (tercera parte: «Apéndice sobre Proudhon y la cuestión de la vivienda»), y con ello concluyeron tanto la polémica como mi ocupación específica con esta cuestión. Esta es la historia del origen de estas tres series de artículos, que aparecieron también en tirada aparte en forma de folleto. Si ahora se hace necesaria una nueva edición, se lo debo sin duda, una vez más, a la benévola solicitud del Gobierno imperial alemán, que con una prohibición, como siempre, ha fomentado poderosamente la venta, y al que expreso por la presente mi más rendido agradecimiento.7

Para la nueva edición he revisado el texto, he introducido algunos añadidos y notas, y he corregido un pequeño error económico en la primera parte, ya que mi adversario, el doctor Mülberger, por desgracia no lo descubrió.

Al hacer esta revisión cobro plena conciencia de los gigantescos progresos que ha hecho el movimiento obrero internacional en los últimos catorce años. Entonces era todavía un hecho que «los obreros de lengua románica no han tenido desde hace veinte años más alimento espiritual que las obras de Proudhon» y, a lo sumo, la unilateralización aún mayor del proudhonismo por obra del padre del «anarquismo», Bakunin,8 que veía en Proudhon «el maestro de todos nosotros», notre maître à nous tous. Aunque los proudhonianos no eran en Francia más que una pequeña secta entre los obreros, eran los únicos que tenían un programa formulado con precisión y los que, bajo la Comuna, pudieron asumir la dirección en el terreno económico. En Bélgica el proudhonismo reinaba indiscutido entre los obreros valones, y en España e Italia, salvo excepciones muy aisladas, todo lo que en el movimiento obrero no era anarquista era decididamente proudhoniano. ¿Y hoy? En Francia, Proudhon está completamente liquidado entre los obreros y solo conserva partidarios entre los burgueses y pequeñoburgueses radicales que, como proudhonianos, se llaman también «socialistas», pero a los que los obreros socialistas combaten con la mayor energía. En Bélgica, los flamencos han desplazado a los valones de la dirección del movimiento, han destronado al proudhonismo y han dado al movimiento un gran impulso. Tanto en España como en Italia, la marea anarquista de los años setenta ha refluido y ha arrastrado consigo los restos del proudhonismo; si en Italia el nuevo partido está todavía en proceso de clarificación y formación, en España el pequeño núcleo que, como Nueva Federación Madrileña, se mantuvo fiel al Consejo General de la Internacional9 se ha convertido en un partido vigoroso que —como puede verse por la propia prensa republicana— destruye la influencia de los republicanos burgueses sobre los obreros con una eficacia mucho mayor de la que jamás lograron sus ruidosos predecesores anarquistas. El lugar de las olvidadas obras de Proudhon lo ocupan hoy entre los obreros de los países románicos El capital, el Manifiesto comunista y una serie de escritos de la escuela de Marx, y la reivindicación principal de Marx —la toma de posesión de todos los medios de producción, en nombre de la sociedad, por el proletariado elevado al dominio político exclusivo— es hoy la reivindicación de toda la clase obrera revolucionaria también en los países románicos.

Si, según esto, el proudhonismo ha sido definitivamente desplazado entre los obreros también en los países románicos; si ya solo sirve —conforme a su verdadero destino— a los radicales burgueses franceses, españoles, italianos y belgas como expresión de sus apetencias burguesas y pequeñoburguesas, ¿por qué volver hoy sobre él? ¿Por qué combatir de nuevo a un adversario difunto reimprimiendo estos artículos?

En primer lugar, porque estos artículos no se limitan a la mera polémica contra Proudhon y su representante alemán. A consecuencia de la división del trabajo que existía entre Marx y yo, me correspondió a mí defender nuestras opiniones en la prensa periódica, es decir, sobre todo en la lucha contra las opiniones adversas, para que Marx conservara tiempo para la elaboración de su gran obra principal. Me vi así en la situación de exponer nuestra concepción casi siempre en forma polémica, en oposición a otras concepciones. Así ocurre también aquí. Las partes primera y tercera no contienen solo una crítica de la concepción proudhoniana de la cuestión, sino también la exposición de nuestra propia concepción.

En segundo lugar, Proudhon desempeñó en la historia del movimiento obrero europeo un papel demasiado importante como para que pueda caer sin más en el olvido. Liquidado en la teoría, apartado en la práctica, conserva su interés histórico. Quien se ocupe con cierto detenimiento del socialismo moderno debe conocer también los «puntos de vista superados» del movimiento. Miseria de la filosofía, de Marx, apareció varios años antes de que Proudhon formulara sus propuestas prácticas de reforma social; Marx solo pudo descubrir y criticar allí en germen el banco de cambio de Proudhon.10 Su escrito queda, pues, completado en este aspecto por el presente, por desgracia de forma harto imperfecta. Marx lo habría despachado todo mucho mejor y de manera mucho más contundente.

Por último, el socialismo burgués y pequeñoburgués sigue muy bien representado en Alemania hasta el día de hoy. Por una parte, por los socialistas de cátedra11 y filántropos de toda laya, entre los que el deseo de convertir a los obreros en propietarios de su vivienda sigue desempeñando un gran papel, y frente a los cuales, por tanto, mi trabajo sigue siendo oportuno. Pero, por otra parte, en el propio Partido Socialdemócrata, hasta en su fracción del Reichstag, tiene su representación un cierto socialismo pequeñoburgués.12 Y ello de tal modo que se reconocen como legítimas las ideas fundamentales del socialismo moderno y la reivindicación de transformar todos los medios de producción en propiedad social, pero se declara que su realización solo será posible en un tiempo lejano, prácticamente imprevisible. Con ello, para el presente, uno queda reducido a meros remiendos sociales y, según las circunstancias, puede simpatizar incluso con las aspiraciones más reaccionarias a la llamada «elevación de la clase trabajadora». La existencia de semejante tendencia es del todo inevitable en Alemania, el país del filisteísmo por excelencia, y en una época en que el desarrollo industrial desarraiga violentamente y en masa ese filisteísmo de tan antiguas raíces. Para el movimiento, además, no entraña peligro alguno, dado el sentido maravillosamente sano de nuestros obreros, que se ha acreditado tan brillantemente precisamente en estos últimos ocho años de lucha contra la ley contra los socialistas,13 la policía y los jueces. Pero es necesario tener claro que esa tendencia existe. Y si, como es necesario y hasta deseable, esta tendencia adopta algún día una forma más firme y unos contornos más definidos, tendrá que remontarse a sus predecesores para formular su programa, y difícilmente podrá pasar por alto a Proudhon.

El núcleo de la solución tanto granburguesa como pequeñoburguesa de la «cuestión de la vivienda» es la propiedad del obrero sobre su vivienda. Pero este es un punto que el desarrollo industrial de Alemania en los últimos veinte años ha iluminado de una manera muy peculiar. En ningún otro país hay tantos asalariados que sean propietarios no solo de su vivienda, sino además de un huerto o de un campo; y a su lado, otros muchos que poseen casa y huerto o campo como arrendatarios, con una posesión de hecho bastante segura. La industria rural a domicilio, practicada junto con la horticultura o una pequeña explotación agrícola, constituye la amplia base de la joven gran industria alemana; en el oeste los obreros son sobre todo propietarios, en el este sobre todo arrendatarios de sus hogares. Esta combinación de la industria a domicilio con el cultivo del huerto y del campo, y por tanto con una vivienda asegurada, no la encontramos solo dondequiera que el tejido a mano lucha todavía contra el telar mecánico: en el Bajo Rin y en Westfalia, en los Montes Metálicos de Sajonia y en Silesia; la encontramos dondequiera que una industria a domicilio de cualquier clase se ha introducido como oficio rural, por ejemplo en el Bosque de Turingia y en el Rhön. Con ocasión de los debates sobre el monopolio del tabaco14 se puso de manifiesto hasta qué punto también la fabricación de cigarros se practica ya como trabajo rural a domicilio; y dondequiera que sobreviene alguna calamidad entre los pequeños campesinos, como hace unos años en el Eifel, la prensa burguesa clama de inmediato por la introducción de una industria a domicilio adecuada como único remedio. En efecto, tanto la creciente miseria de los campesinos parcelarios alemanes como la situación general de la industria alemana empujan a una extensión cada vez mayor de la industria rural a domicilio. Es este un fenómeno propio de Alemania. Algo parecido lo encontramos en Francia solo muy excepcionalmente, por ejemplo en las regiones de la sericicultura; en Inglaterra, donde no hay pequeños campesinos, la industria rural a domicilio descansa en el trabajo de las mujeres y los hijos de los jornaleros agrícolas; solo en Irlanda vemos la industria a domicilio de la confección practicada, como en Alemania, por verdaderas familias campesinas. De Rusia y de otros países no representados en el mercado mundial industrial no hablamos aquí, naturalmente.

Así pues, en amplias zonas de Alemania existe hoy una situación industrial que, a primera vista, se parece a la que reinaba de forma general antes de la introducción de la maquinaria. Pero solo a primera vista. La industria rural a domicilio de tiempos pasados, combinada con el cultivo del huerto y del campo, era, al menos en los países industrialmente avanzados, la base de una situación materialmente soportable y en algunos lugares holgada de la clase trabajadora, pero también de su nulidad intelectual y política. El producto manual y sus costes determinaban el precio de mercado y, con una productividad del trabajo ínfima comparada con la actual, los mercados crecían por regla general más deprisa que la oferta. Esto vale, hacia mediados del siglo pasado, para Inglaterra y en parte para Francia, y sobre todo para la industria textil. En la Alemania de entonces, que apenas se estaba levantando de la devastación de la guerra de los Treinta Años y en las circunstancias más desfavorables, las cosas eran, desde luego, muy distintas; la única industria a domicilio que trabajaba aquí para el mercado mundial, el tejido del lino, estaba tan agobiada por impuestos y cargas feudales que no elevaba al campesino tejedor por encima del nivel, muy bajo, del resto del campesinado. Pero, con todo, el trabajador industrial rural tenía entonces cierta seguridad de existencia.

Con la introducción de la maquinaria todo esto cambió. El precio pasó a estar determinado por el producto de la máquina, y el salario del trabajador a domicilio cayó con ese precio. Pero el obrero tenía que aceptarlo o buscar otro trabajo, y eso no podía hacerlo sin convertirse en proletario, es decir, sin abandonar su casita, su huertecillo y su campito, propios o arrendados. Y eso solo lo quería en los casos más raros. Así, el cultivo del huerto y del campo de los antiguos tejedores manuales rurales fue la causa en virtud de la cual la lucha del telar manual contra el telar mecánico se prolongó tanto en todas partes y en Alemania todavía no ha terminado. En esta lucha se vio por primera vez, sobre todo en Inglaterra, que la misma circunstancia que antes había fundado un bienestar relativo de los obreros —la posesión por el obrero de sus medios de producción— se había convertido ahora para ellos en un obstáculo y una desgracia. En la industria, el telar mecánico derrotó a su telar manual; en la agricultura, la gran explotación agraria desalojó a su pequeña explotación. Pero mientras en ambos terrenos de la producción el trabajo combinado de muchos y la aplicación de la maquinaria y de la ciencia se convertían en regla social, su casita, su huertecillo, su campito y su telar lo encadenaban al método anticuado de la producción individual y del trabajo manual. La posesión de casa y huerto valía ahora mucho menos que la movilidad del proletario libre como un pájaro. Ningún obrero de fábrica se habría cambiado por el tejedor manual rural, que se moría de hambre lenta pero seguramente.

Alemania apareció tarde en el mercado mundial; nuestra gran industria data de los años cuarenta, recibió su primer impulso con la revolución de 1848 y solo pudo desplegarse plenamente cuando las revoluciones de 1866 y 187015 le quitaron de en medio al menos los peores obstáculos políticos. Pero encontró el mercado mundial ocupado en gran parte. Los artículos de masas los suministraba Inglaterra; los artículos de lujo de buen gusto, Francia. A los primeros Alemania no podía batirlos en precio; a los segundos, en calidad. No quedó, pues, otro remedio que introducirse primero en el mercado mundial, siguiendo la vía de la producción alemana anterior, con artículos demasiado mezquinos para los ingleses y demasiado mediocres para los franceses. La querida práctica alemana del engaño, consistente en enviar primero buenas muestras y después mala mercancía, recibió desde luego muy pronto en el mercado mundial un castigo bastante duro y cayó en considerable desuso; por otra parte, la competencia de la sobreproducción empujó poco a poco incluso a los sólidos ingleses por la pendiente del empeoramiento de la calidad, y favoreció así a los alemanes, que en este terreno son inalcanzables. Y así hemos llegado por fin a poseer una gran industria y a desempeñar un papel en el mercado mundial. Pero nuestra gran industria trabaja casi exclusivamente para el mercado interior (con excepción de la industria del hierro, que produce muy por encima de la demanda interior), y nuestra exportación masiva se compone de una infinidad de pequeños artículos para los que la gran industria suministra a lo sumo los productos semielaborados necesarios, pero que a su vez los suministra en gran parte la industria rural a domicilio.

Y aquí se muestra en todo su esplendor la «bendición» de la propiedad de la casa y la tierra para el obrero moderno. En ninguna parte, apenas exceptuada la industria a domicilio irlandesa, se pagan salarios tan infamemente bajos como en la industria a domicilio alemana. Lo que la familia obtiene trabajando su propio huertecillo y su propio campito, la competencia permite al capitalista descontarlo del precio de la fuerza de trabajo; los obreros tienen que aceptar cualquier salario a destajo, porque de lo contrario no reciben nada y no pueden vivir solo del producto de su labranza, y porque, por otra parte, esa misma labranza y esa propiedad de la tierra los atan al lugar y les impiden buscar otra ocupación. Y en esto reside la razón que mantiene a Alemania en condiciones de competir en el mercado mundial en toda una serie de pequeños artículos. Se obtiene todo el beneficio del capital de una deducción del salario normal, y se puede regalar al comprador toda la plusvalía. Ese es el secreto de la asombrosa baratura de la mayoría de los artículos de exportación alemanes.

Es esta circunstancia, más que ninguna otra, la que mantiene también en otras ramas industriales los salarios y el nivel de vida de los obreros en Alemania por debajo del de los países de Europa occidental. El peso de plomo de esos precios del trabajo, mantenidos tradicionalmente muy por debajo del valor de la fuerza de trabajo, arrastra también los salarios de los obreros de las ciudades, e incluso de las grandes ciudades, por debajo del valor de la fuerza de trabajo, tanto más cuanto que también en las ciudades la industria a domicilio mal pagada ha ocupado el lugar del antiguo artesanado y rebaja también aquí el nivel general del salario.

Aquí lo vemos con claridad: lo que en una etapa histórica anterior fue la base de un bienestar relativo de los obreros —la combinación de agricultura e industria, la posesión de casa, huerto y campo, la seguridad de la vivienda— se convierte hoy, bajo el dominio de la gran industria, no solo en la peor cadena para el obrero, sino en la mayor desgracia para toda la clase obrera, en la base de una reducción sin precedentes del salario por debajo de su nivel normal, y no solo en ramas y regiones aisladas, sino en todo el territorio nacional. ¡No es extraño que la grande y la pequeña burguesía, que viven y se enriquecen de estas anormales deducciones del salario, se entusiasmen con la industria rural, con los obreros propietarios de su casa, y vean en la introducción de nuevas industrias a domicilio el único remedio para todas las calamidades del campo!

Esa es una cara de la cuestión; pero tiene también su reverso. La industria a domicilio se ha convertido en la amplia base del comercio de exportación alemán y, con ello, de toda la gran industria. Por eso está extendida por amplias zonas de Alemania y se expande cada día más. La ruina del pequeño campesino, inevitable desde el momento en que su trabajo industrial doméstico para el propio consumo quedó aniquilado por el producto barato de la confección y de la máquina, y su ganado, y con él su producción de estiércol, por la destrucción de la constitución de la marca, de la marca común y del régimen de cultivo obligatorio16 —esta ruina empuja violentamente a los pequeños campesinos, caídos en manos del usurero, hacia la moderna industria a domicilio. Como en Irlanda la renta del suelo del terrateniente, en Alemania los intereses del usurero hipotecario no pueden pagarse con el producto de la tierra, sino solo con el salario del campesino industrial. Con la expansión de la industria a domicilio, una comarca campesina tras otra se ve arrastrada al movimiento industrial de nuestro tiempo. Es esta revolución de los distritos rurales por obra de la industria a domicilio la que extiende la revolución industrial en Alemania sobre un territorio mucho mayor que en Inglaterra y en Francia; es el nivel relativamente bajo de nuestra industria el que hace tanto más necesaria su expansión en extensión. Esto explica por qué en Alemania, a diferencia de Inglaterra y Francia, el movimiento obrero revolucionario ha alcanzado una difusión tan enorme por la mayor parte del país, en lugar de estar ligado exclusivamente a los centros urbanos. Y esto explica a su vez el progreso tranquilo, seguro e incontenible del movimiento. En Alemania es evidente por sí mismo que un levantamiento victorioso en la capital y en las demás grandes ciudades solo será posible cuando también la mayoría de las pequeñas ciudades y una gran parte de los distritos rurales estén maduros para el cambio. Con un desarrollo medianamente normal, nunca podremos llegar a conseguir victorias obreras como las de París de 1848 y 1871, pero precisamente por eso tampoco sufriremos derrotas de la capital revolucionaria a manos de la provincia reaccionaria como las que París sufrió en ambos casos. En Francia el movimiento partió siempre de la capital; en Alemania, de los distritos de la gran industria, de la manufactura y de la industria a domicilio; la capital solo se conquistó más tarde. Por eso quizá también en el futuro el papel de la iniciativa quede reservado a los franceses; pero la decisión solo podrá ganarse luchando en Alemania.

Ahora bien, esta industria rural a domicilio y esta manufactura, que por su extensión se han convertido en la rama de producción decisiva de Alemania y que con ello revolucionan cada vez más al campesinado alemán, no son a su vez más que la fase previa de una transformación ulterior. Como ya demostró Marx (El capital, I, 3.ª ed., pp. 484-495), también para ellas suena, en cierta fase de desarrollo, la hora del hundimiento por obra de la maquinaria y de la fábrica. Y esta hora parece muy próxima. Pero la aniquilación de la industria rural a domicilio y de la manufactura por la maquinaria y la fábrica significa en Alemania la aniquilación de los medios de existencia de millones de productores rurales, la expropiación de casi la mitad del pequeño campesinado alemán, la transformación no solo de la industria a domicilio en industria fabril, sino también de la economía campesina en gran agricultura capitalista y de la pequeña propiedad de la tierra en grandes latifundios señoriales: una revolución industrial y agrícola en beneficio del capital y de la gran propiedad territorial y a costa de los campesinos. Si a Alemania le estuviera reservado pasar también por esta transformación bajo las viejas condiciones sociales, esa transformación sería sin duda el punto de inflexión. Si para entonces la clase obrera de ningún otro país ha tomado la iniciativa, Alemania se lanzará sin duda al ataque, y los hijos de campesinos del «glorioso ejército» echarán una mano valientemente.

Y ahora la utopía burguesa y pequeñoburguesa, que quiere dar a cada obrero una casita en propiedad y atarlo así a su capitalista de manera semifeudal, adopta una figura completamente distinta. Su realización aparece como la transformación de todos los pequeños propietarios rurales de casas en trabajadores industriales a domicilio; la destrucción del viejo aislamiento y, con él, de la nulidad política de los pequeños campesinos, arrastrados al «torbellino social»; la extensión de la revolución industrial al campo y, con ello, la transformación de la clase más estable y conservadora de la población en un semillero revolucionario; y, como remate de todo, la expropiación de los campesinos de la industria a domicilio por la maquinaria, que los empuja por la fuerza a la insurrección.

Podemos conceder gustosos a los filántropos socialistas burgueses el disfrute privado de su ideal, mientras en su función pública de capitalistas sigan realizándolo de esta manera invertida, en provecho y beneficio de la revolución social.

Londres, 10 de enero de 1887

Friedrich Engels

Primera parte: Cómo resuelve Proudhon la cuestión de la vivienda

En el número 10 y siguientes del Volksstaat aparece una serie de seis artículos sobre la cuestión de la vivienda que merecen atención por una sola razón: porque —dejando aparte algunas obras de literatura amena de los años cuarenta, olvidadas hace tiempo— son el primer intento de trasplantar a Alemania la escuela de Proudhon. Hay en ello un retroceso tan enorme respecto de toda la trayectoria del socialismo alemán, que precisamente a las ideas proudhonianas les asestó ya hace veinticinco años el golpe decisivo,17 que merece la pena salir de inmediato al paso de este intento.

La llamada penuria de vivienda, que hoy desempeña un papel tan grande en la prensa, no consiste en que la clase obrera viva en general en viviendas malas, abarrotadas e insalubres. Esa penuria de vivienda no es algo propio del presente; ni siquiera es uno de los sufrimientos propios del proletariado moderno frente a todas las clases oprimidas anteriores; al contrario, ha afectado de manera bastante uniforme a todas las clases oprimidas de todas las épocas. Para acabar con esa penuria de vivienda solo hay un medio: suprimir en general la explotación y la opresión de la clase trabajadora por la clase dominante. Lo que hoy se entiende por penuria de vivienda es el agravamiento particular que han sufrido las malas condiciones de vivienda de los obreros a causa de la súbita afluencia de población a las grandes ciudades: un aumento colosal de los alquileres, un hacinamiento todavía mayor de los habitantes en cada casa y, para algunos, la imposibilidad de encontrar alojamiento alguno. Y esta penuria de vivienda da tanto que hablar solo porque no se limita a la clase obrera, sino que ha afectado también a la pequeña burguesía.

La penuria de vivienda de los obreros y de una parte de los pequeñoburgueses de nuestras grandes ciudades modernas es uno de los innumerables males menores, secundarios, que derivan del actual modo de producción capitalista. No es en absoluto una consecuencia directa de la explotación del obrero, en cuanto obrero, por el capitalista. Esta explotación es el mal fundamental que la revolución social quiere abolir aboliendo el modo de producción capitalista. Pero la piedra angular del modo de producción capitalista es el hecho de que nuestro orden social actual pone al capitalista en condiciones de comprar la fuerza de trabajo del obrero por su valor, pero de sacarle mucho más que su valor, haciendo trabajar al obrero más tiempo del necesario para reproducir el precio pagado por la fuerza de trabajo. La plusvalía producida de este modo se reparte entre el conjunto de la clase de los capitalistas y terratenientes, junto con sus servidores pagados, desde el papa y el emperador hasta el sereno y más abajo. Cómo se hace este reparto no nos interesa aquí; lo cierto es que todos los que no trabajan solo pueden vivir de las migajas de esta plusvalía que les llegan de un modo u otro. (Véase Marx, El capital, donde esto se desarrolló por primera vez.)

El reparto de la plusvalía producida por la clase obrera, y que se le arrebata sin pagarla, entre las clases que no trabajan transcurre entre disputas sumamente edificantes y estafas recíprocas; en la medida en que este reparto se efectúa por la vía de la compraventa, una de sus palancas principales es el engaño del comprador por el vendedor, y este se ha convertido hoy en el comercio al por menor, sobre todo en las grandes ciudades, en una auténtica condición de existencia para el vendedor. Pero cuando el tendero o el panadero engañan al obrero en el precio o en la calidad de la mercancía, no se lo hacen en su condición específica de obrero. Al contrario, en cuanto cierto grado medio de engaño se convierte en regla social en un lugar cualquiera, tiene que encontrar a la larga su compensación en un aumento correspondiente del salario. El obrero se presenta ante el tendero como comprador, es decir, como poseedor de dinero o de crédito, y por tanto en modo alguno en su condición de obrero, es decir, de vendedor de fuerza de trabajo. El engaño puede afectarle a él, como en general a la clase más pobre, más duramente que a las clases sociales más ricas, pero no es un mal que le afecte exclusivamente a él, propio de su clase.

Exactamente lo mismo ocurre con la penuria de vivienda. La expansión de las grandes ciudades modernas confiere al suelo, en ciertas zonas, sobre todo en las situadas en el centro, un valor artificial, que a menudo aumenta colosalmente; los edificios construidos en ellas, en lugar de elevar ese valor, más bien lo deprimen, porque ya no corresponden a las nuevas condiciones; se derriban y se sustituyen por otros. Esto sucede ante todo con las viviendas obreras situadas en el centro, cuyo alquiler, aun con el mayor hacinamiento, nunca puede superar cierto máximo, o solo puede hacerlo con extrema lentitud. Se derriban y en su lugar se construyen tiendas, almacenes y edificios públicos. El bonapartismo, por medio de su Haussmann,18 explotó esta tendencia en París de la manera más colosal para la estafa y el enriquecimiento privado; pero el espíritu de Haussmann ha recorrido también Londres, Mánchester y Liverpool, y en Berlín y Viena parece sentirse igual de a gusto. El resultado es que los obreros son desplazados del centro de las ciudades a la periferia, que las viviendas obreras, y en general las viviendas más pequeñas, se vuelven escasas y caras y a menudo no se encuentran en absoluto, pues en estas condiciones la industria de la construcción, a la que las viviendas más caras ofrecen un campo de especulación mucho mejor, solo construirá viviendas obreras por excepción.

Esta penuria de alquileres afecta, pues, al obrero sin duda más duramente que a cualquier clase más acomodada; pero, lo mismo que el engaño del tendero, no constituye un mal que pese exclusivamente sobre la clase obrera y, en la medida en que afecta a la clase obrera, tiene que encontrar también, al alcanzar cierto grado y cierta duración, una determinada compensación económica.

Son preferentemente estos sufrimientos, comunes a la clase obrera y a otras clases, sobre todo a la pequeña burguesía, los que ocupan con predilección al socialismo pequeñoburgués, al que también pertenece Proudhon. Y así, no es en absoluto casual que nuestro proudhoniano alemán se apodere ante todo de la cuestión de la vivienda, que, como hemos visto, no es en modo alguno una cuestión exclusivamente obrera, y que la declare, por el contrario, una verdadera cuestión obrera, exclusiva de los obreros.

«Lo que el asalariado es respecto del capitalista, eso es el inquilino respecto del propietario de la casa.»

Esto es completamente falso.

En la cuestión de la vivienda tenemos frente a frente a dos partes: el inquilino y el arrendador o propietario de la casa. El primero quiere comprar al segundo el uso temporal de una vivienda; tiene dinero o crédito, aunque ese crédito tenga que comprárselo a su vez al propio propietario a un precio usurario, con un recargo en el alquiler. Es una simple venta de mercancía; no es un negocio entre proletario y burgués, entre obrero y capitalista; el inquilino —aunque sea obrero— se presenta como hombre con dinero: tiene que haber vendido ya la mercancía que le es propia, la fuerza de trabajo, para poder presentarse con su producto como comprador del usufructo de una vivienda, o tiene que poder dar garantías de la venta inminente de esa fuerza de trabajo. Los resultados peculiares que tiene la venta de la fuerza de trabajo al capitalista faltan aquí por completo. El capitalista hace que la fuerza de trabajo comprada reproduzca, en primer lugar, su propio valor, pero en segundo lugar una plusvalía, que, provisionalmente y a reserva de su reparto entre la clase capitalista, queda en sus manos. Aquí se produce, pues, un valor excedente; la suma total del valor existente aumenta. Muy distinto es el caso del negocio del alquiler. Por mucho que el arrendador estafe al inquilino, se trata siempre únicamente de una transferencia de valor ya existente, producido previamente, y la suma total de los valores que poseen el inquilino y el arrendador juntos sigue siendo la misma. El obrero, tanto si el capitalista le paga su trabajo por debajo, por encima o por su valor, es siempre estafado en una parte del producto de su trabajo; el inquilino, solo cuando tiene que pagar la vivienda por encima de su valor. Querer equiparar la relación entre inquilino y arrendador con la relación entre obrero y capitalista es, pues, una completa tergiversación. Al contrario, estamos ante un negocio mercantil completamente ordinario entre dos ciudadanos, y este negocio se desarrolla según las leyes económicas que regulan la venta de mercancías en general y, en particular, la venta de la mercancía propiedad territorial. En primer lugar entran en la cuenta los costes de construcción y de mantenimiento de la casa o de la parte de la casa de que se trate; en segundo lugar, el valor del suelo, condicionado por la situación más o menos favorable de la casa; y, finalmente, decide el estado momentáneo de la relación entre la oferta y la demanda. Esta simple relación económica se expresa en la cabeza de nuestro proudhoniano de la manera siguiente:

«La casa, una vez construida, sirve de título jurídico eterno sobre una determinada fracción del trabajo social, aunque el valor real de la casa se le haya pagado al propietario hace tiempo, y con creces, en forma de alquiler. Así ocurre que una casa construida, por ejemplo, hace cincuenta años, durante ese tiempo ha cubierto con el producto de su alquiler dos, tres, cinco, diez veces, etc., su precio de coste original.»

Aquí tenemos ya todo Proudhon. En primer lugar, se olvida que el alquiler de la casa no solo tiene que pagar el interés de los costes de construcción, sino también cubrir las reparaciones y el importe medio de las deudas incobrables, de los alquileres impagados y de los periodos ocasionales en que la vivienda está vacía, y, finalmente, amortizar en anualidades el capital invertido en una casa perecedera, que con el tiempo se vuelve inhabitable y carente de valor. En segundo lugar, se olvida que el alquiler de la vivienda tiene que pagar también el interés del aumento de valor del terreno sobre el que se alza la casa, es decir, que una parte de él consiste en renta del suelo.19 Es cierto que nuestro proudhoniano declara enseguida que este aumento de valor, puesto que se produce sin intervención del propietario del suelo, no le pertenece en justicia a él, sino a la sociedad; pero pasa por alto que con ello exige en realidad la abolición de la propiedad territorial, un punto en el que entrar más a fondo nos llevaría aquí demasiado lejos. Por último, pasa por alto que en todo este negocio no se trata en absoluto de comprar la casa al propietario, sino solo de su usufructo durante un tiempo determinado. Proudhon, que nunca se preocupó de las condiciones reales y efectivas en que se produce cualquier fenómeno económico, tampoco puede explicarse, naturalmente, cómo el precio de coste original de una casa puede, según las circunstancias, quedar pagado diez veces en cincuenta años en forma de alquiler. En lugar de investigar económicamente esta cuestión, nada difícil, y establecer si realmente está en contradicción con las leyes económicas, y de qué manera, sale del paso con un audaz salto de la economía a la jurisprudencia: «la casa, una vez construida, sirve de título jurídico eterno» a un pago anual determinado. Cómo se produce esto, cómo llega la casa a ser un título jurídico, sobre eso Proudhon guarda silencio. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que tendría que haber aclarado. Si lo hubiera investigado, habría descubierto que todos los títulos jurídicos del mundo, por eternos que sean, no confieren a una casa el poder de que se le pague diez veces su precio de coste en cincuenta años en forma de alquiler, sino que solo las condiciones económicas (que pueden estar reconocidas socialmente en forma de títulos jurídicos) pueden lograrlo. Y con ello estaría de nuevo donde había empezado.

Toda la doctrina proudhoniana descansa en este salto salvador de la realidad económica a la frase jurídica. Siempre que el buen Proudhon pierde el hilo de la conexión económica —y eso le ocurre en toda cuestión seria—, se refugia en el terreno del derecho y apela a la justicia eterna.

«Proudhon empieza por extraer su ideal de la justicia eterna de las relaciones jurídicas que corresponden a la producción de mercancías, con lo cual, dicho sea de paso, se aporta también la prueba, tan consoladora para todos los filisteos, de que la forma de la producción de mercancías es tan necesaria como la justicia. Luego, a la inversa, quiere remodelar la producción real de mercancías y el derecho real que le corresponde conforme a ese ideal. ¿Qué se pensaría de un químico que, en lugar de estudiar las leyes reales del metabolismo y resolver determinados problemas sobre esa base, quisiera remodelar el metabolismo según las “ideas eternas” de la “naturalidad y la afinidad”? ¿Se sabe acaso más sobre la usura cuando se dice que contradice la “justicia eterna”, la “equidad eterna”, la “reciprocidad eterna” y otras “verdades eternas”, que lo que sabían los Padres de la Iglesia cuando decían que contradecía la “gracia eterna”, la “fe eterna” y la “voluntad eterna de Dios”?» (Marx, El capital, p. 45.)20

A nuestro proudhoniano no le va mejor que a su señor y maestro:

«El contrato de alquiler es una de las mil transacciones que son tan necesarias en la vida de la sociedad moderna como la circulación de la sangre en el cuerpo de los animales. Naturalmente, interesaría a esta sociedad que todas estas transacciones estuvieran impregnadas de una idea jurídica, es decir, que se llevaran a cabo en todas partes conforme a las estrictas exigencias de la justicia. En una palabra, la vida económica de la sociedad debe elevarse, como dice Proudhon, a la altura de un derecho económico. En realidad, como es sabido, ocurre exactamente lo contrario.»

¿Quién creería que cinco años después de que Marx caracterizara el proudhonismo de manera tan breve y contundente, precisamente en este aspecto decisivo, aún fuera posible hacer imprimir en lengua alemana semejante embrollo? ¿Qué significa este galimatías? Nada más que los efectos prácticos de las leyes económicas que rigen la sociedad actual dan de bofetadas al sentimiento jurídico del autor, y que este abriga el piadoso deseo de que las cosas puedan arreglarse de modo que se ponga remedio a ello. ¡Sí, si los sapos tuvieran cola ya no serían sapos! ¿Y acaso el modo de producción capitalista no está «impregnado de una idea jurídica», a saber, la de su propio derecho a explotar a los obreros? Y si el autor nos dice que esa no es su idea jurídica, ¿hemos avanzado un paso?

Pero volvamos a la cuestión de la vivienda. Nuestro proudhoniano da ahora libre curso a su «idea jurídica» y nos obsequia con la siguiente declamación conmovedora:

«No vacilamos en afirmar que no hay escarnio más terrible de toda la cultura de nuestro celebrado siglo que el hecho de que en las grandes ciudades el 90 por ciento de la población, y más, no tenga un lugar que pueda llamar suyo. El verdadero centro de la existencia moral y familiar, la casa y el hogar, es arrastrado por el torbellino social... En este aspecto estamos muy por debajo de los salvajes. El troglodita tiene su cueva, el australiano su choza de barro, el indio su propio hogar; el proletario moderno está de hecho en el aire», etc.

En esta jeremiada tenemos el proudhonismo en toda su figura reaccionaria. Para crear la moderna clase revolucionaria del proletariado era absolutamente necesario cortar el cordón umbilical que todavía ataba al obrero del pasado a la tierra. El tejedor manual, que junto a su telar tenía su casita, su huertecillo y su campito, era, con toda su miseria y bajo toda la opresión política, un hombre tranquilo y contento, «con toda piedad y honestidad»,21 se quitaba el sombrero ante los ricos, los curas y los funcionarios del Estado, y era por dentro un esclavo de los pies a la cabeza. Es precisamente la gran industria moderna, que del obrero atado a la tierra ha hecho un proletario completamente desposeído, libre y suelto de todas las cadenas heredadas, un proletario libre como un pájaro;22 es precisamente esta revolución económica la que ha creado las únicas condiciones en que puede ser derribada la explotación de la clase trabajadora en su última forma, la producción capitalista. Y ahora llega este proudhoniano lacrimoso y se lamenta, como de un gran retroceso, de la expulsión de los obreros de su casa y su hogar, que fue precisamente la condición primerísima de su emancipación intelectual.

Hace veintisiete años describí en sus rasgos principales (La situación de la clase obrera en Inglaterra) precisamente este proceso de expulsión de los obreros de su casa y su hogar tal como se produjo en Inglaterra en el siglo XVIII. Las infamias de que se hicieron culpables en él los terratenientes y los fabricantes, los efectos material y moralmente perjudiciales que esa expulsión tuvo que tener al principio sobre los obreros afectados, también están expuestos allí como se merecen. Pero ¿podía ocurrírseme ver en este proceso histórico de desarrollo, absolutamente necesario en aquellas circunstancias, un retroceso «por debajo de los salvajes»? Imposible. El proletario inglés de 1872 está infinitamente por encima del tejedor rural con «casa y hogar» de 1772. ¿Y protagonizarán alguna vez el troglodita con su cueva, el australiano con su choza de barro y el indio con su propio hogar una insurrección de junio23 y una Comuna de París?

Que la situación de los obreros, desde que se impuso la producción capitalista a gran escala, ha empeorado materialmente en su conjunto, solo lo pone en duda el burgués. Pero ¿hemos de mirar por eso con añoranza hacia las ollas de carne de Egipto (también muy magras), hacia la pequeña industria rural, que solo educaba almas serviles, o hacia los «salvajes»? Al contrario. Solo el proletariado creado por la gran industria moderna, liberado de todas las cadenas heredadas, también de las que lo ataban a la tierra, y concentrado en las grandes ciudades, está en condiciones de llevar a cabo la gran transformación social que pondrá fin a toda explotación de clase y a toda dominación de clase. Los antiguos tejedores manuales rurales con casa y hogar nunca habrían sido capaces de ello; nunca habrían podido concebir semejante idea, y menos aún querer realizarla.

Para Proudhon, en cambio, toda la revolución industrial de los últimos cien años, la fuerza del vapor, la gran fabricación, que sustituye el trabajo manual por máquinas y multiplica por mil la fuerza productiva del trabajo, es un acontecimiento sumamente repugnante, algo que en realidad no habría debido ocurrir. El pequeñoburgués Proudhon reclama un mundo en el que cada uno fabrique un producto aparte, independiente, inmediatamente consumible e intercambiable en el mercado; con tal de que luego cada uno reciba en otro producto el valor íntegro de su trabajo, la «justicia eterna» queda satisfecha y se ha instaurado el mejor de los mundos. Pero este mejor de los mundos proudhoniano ha sido aplastado en ciernes por el pie del desarrollo industrial en marcha, que hace tiempo que aniquiló el trabajo individual en todas las grandes ramas de la industria y lo aniquila cada día más en las ramas pequeñas y minúsculas; que pone en su lugar el trabajo social, apoyado por máquinas y por fuerzas naturales puestas a su servicio, cuyo producto acabado, inmediatamente intercambiable o consumible, es la obra común de muchos individuos por cuyas manos ha tenido que pasar. Y precisamente gracias a esta revolución industrial, la fuerza productiva del trabajo humano ha alcanzado un grado tan alto que existe la posibilidad —por primera vez desde que existen hombres—, con una distribución racional del trabajo entre todos, no solo de producir lo suficiente para el consumo abundante de todos los miembros de la sociedad y para un amplio fondo de reserva, sino también de dejar a cada individuo el ocio suficiente para que lo que en la cultura heredada históricamente —ciencia, arte, formas de trato, etc.— merece realmente conservarse, no solo se conserve, sino que se transforme de monopolio de la clase dominante en patrimonio común de toda la sociedad y siga desarrollándose. Y aquí está el punto decisivo. En cuanto la fuerza productiva del trabajo humano se ha desarrollado hasta ese grado, desaparece todo pretexto para la existencia de una clase dominante. La razón última con que se defendía la diferencia de clases era siempre esta: tiene que haber una clase que no tenga que deslomarse en la producción de su sustento diario, para que le quede tiempo de ocuparse del trabajo intelectual de la sociedad. A esta cantinela, que hasta ahora tenía su gran justificación histórica, la revolución industrial de los últimos cien años le ha cortado la raíz de una vez para siempre. La existencia de una clase dominante se convierte cada día más en un obstáculo para el desarrollo de la fuerza productiva industrial, e igualmente para el de la ciencia, el arte y, sobre todo, las formas de trato cultivadas. Nunca ha habido patanes mayores que nuestros burgueses modernos.

Nada de esto le importa al amigo Proudhon. Él quiere la «justicia eterna» y nada más. Cada uno debe recibir a cambio de su producto el producto íntegro de su trabajo, el valor íntegro de su trabajo. Pero calcular eso en un producto de la industria moderna es un asunto complicado. La industria moderna oscurece precisamente la participación particular de cada individuo en el producto total, que en el antiguo trabajo manual individual se manifestaba por sí sola en el producto elaborado. Además, la industria moderna elimina cada vez más el intercambio individual sobre el que está construido todo el sistema de Proudhon, es decir, el intercambio directo entre dos productores, cada uno de los cuales cambia el producto del otro para consumirlo. Por eso recorre todo el proudhonismo un rasgo reaccionario, una aversión a la revolución industrial y el deseo, expresado unas veces más abiertamente y otras más veladamente, de echar del templo toda la industria moderna, las máquinas de vapor, las hiladoras mecánicas y demás engañifas, y volver al viejo y sólido trabajo manual. Que entonces perdamos novecientas noventa y nueve milésimas partes de la fuerza productiva, que toda la humanidad quede condenada a la peor esclavitud del trabajo, que el hambre se convierta en regla general, ¿qué importa todo eso, con tal de que consigamos organizar el intercambio de modo que cada uno reciba el «producto íntegro de su trabajo» y se realice la «justicia eterna»? Fiat justitia, pereat mundus!24

¡Ha de haber justicia,
aunque el mundo entero se hunda!

Y el mundo se hundiría con esta contrarrevolución proudhoniana, si es que fuera realizable.

Por lo demás, se entiende por sí mismo que también con la producción social, condicionada por la gran industria moderna, se le puede asegurar a cada uno el «producto íntegro de su trabajo», en la medida en que esta frase tiene sentido. Y solo tiene sentido si se amplía en el sentido de que no es cada obrero individual quien se convierte en propietario de ese «producto íntegro de su trabajo», sino la sociedad entera, compuesta únicamente de trabajadores, la que se convierte en propietaria del producto total de su trabajo, que en parte reparte entre sus miembros para el consumo, en parte emplea para reponer y aumentar sus medios de producción y en parte acumula como fondo de reserva de la producción y del consumo.

*

Después de lo que precede, podemos saber ya de antemano cómo resolverá nuestro proudhoniano la gran cuestión de la vivienda. Por un lado, tenemos la exigencia de que cada obrero tenga su propia vivienda, que le pertenezca, para que no sigamos estando por debajo de los salvajes. Por otro, tenemos la afirmación de que el pago, dos, tres, cinco o diez veces, del precio de coste original de una casa en forma de alquiler, tal como de hecho se produce, descansa en un título jurídico, y de que este título jurídico se halla en contradicción con la «justicia eterna». La solución es sencilla: abolimos el título jurídico y, en virtud de la justicia eterna, declaramos que el alquiler pagado es un pago a cuenta del precio de la propia vivienda. Cuando uno ha dispuesto sus premisas de manera que ya contienen la conclusión, no hace falta, naturalmente, más habilidad que la que posee cualquier charlatán para sacar del saco, ya hecho, el resultado preparado de antemano y presumir de la lógica inquebrantable de la que es fruto.

Y así ocurre aquí. Se proclama la necesidad de abolir la vivienda de alquiler, y precisamente en la forma de exigir que cada inquilino se convierta en propietario de su vivienda. ¿Cómo lo hacemos? Muy sencillo:

«La vivienda de alquiler queda redimida... Al anterior propietario de la casa se le paga el valor de su casa hasta el último céntimo. En lugar de que, como hasta ahora, el alquiler pagado represente el tributo que el inquilino paga al derecho eterno del capital, a partir del día en que se proclame la redención de la vivienda de alquiler la suma exactamente regulada que pague el inquilino será el pago anual a cuenta de la vivienda que ha pasado a ser de su propiedad... La sociedad... se transforma por esta vía en un conjunto de propietarios de viviendas libres e independientes.»

El proudhoniano ve un crimen contra la justicia eterna en que el propietario de la casa pueda sacar sin trabajar renta del suelo e interés del capital que ha invertido en la casa. Decreta que eso tiene que acabar; que el capital invertido en casas no debe producir ya interés ni, en la medida en que representa propiedad territorial comprada, tampoco renta del suelo. Ahora bien, hemos visto que con ello no se toca en absoluto el modo de producción capitalista, la base de la sociedad actual. El eje en torno al cual gira la explotación del obrero es la venta de la fuerza de trabajo al capitalista y el uso que el capitalista hace de esta transacción, obligando al obrero a producir mucho más de lo que importa el valor pagado de la fuerza de trabajo. Es esta transacción entre capitalista y obrero la que produce toda la plusvalía que después se reparte, en forma de renta del suelo, beneficio comercial, interés del capital, impuestos, etc., entre las diversas subespecies de capitalistas y sus servidores. ¡Y ahora llega nuestro proudhoniano y cree que, si se prohibiera a una sola subespecie de capitalistas, y precisamente a capitalistas que no compran directamente fuerza de trabajo alguna y que, por tanto, tampoco hacen producir plusvalía, obtener beneficio o, en su caso, interés, se habría dado un paso adelante! La masa de trabajo no pagado arrebatado a la clase obrera seguiría siendo exactamente la misma aunque mañana se quitara a los propietarios de casas la posibilidad de cobrar renta del suelo e interés, lo que no impide a nuestro proudhoniano declarar:

«La abolición de la vivienda de alquiler es, por tanto, una de las aspiraciones más fecundas y grandiosas nacidas del seno de la idea revolucionaria, y debe convertirse en una reivindicación de primer orden de la democracia social.»

Exactamente la charlatanería de feria del propio maestro Proudhon, en quien el cacareo está también siempre en razón inversa del tamaño de los huevos puestos.

¡Imaginaos ahora la bonita situación si cada obrero, cada pequeñoburgués y cada burgués se viera obligado a convertirse, mediante pagos anuales, primero en propietario parcial y luego en propietario total de su vivienda! En los distritos industriales de Inglaterra, donde hay gran industria pero pequeñas casas obreras y cada obrero casado habita una casita para él solo, la cosa podría tener todavía algún sentido. Pero la pequeña industria de París, así como la de la mayoría de las grandes ciudades del continente, se completa con grandes casas en las que viven juntas diez, veinte o treinta familias. El día del decreto liberador del mundo que proclama la redención de la vivienda de alquiler, Pedro trabaja en una fábrica de maquinaria de Berlín. Al cabo de un año es propietario, pongamos por caso, de la decimoquinta parte de su vivienda, que consiste en un cuarto en un quinto piso en algún lugar junto a la puerta de Hamburgo. Pierde su trabajo y poco después se encuentra en una vivienda parecida, con una brillante vista al patio, en un tercer piso del Pothof de Hannover, donde, tras cinco meses de estancia, acaba de adquirir 1/36 de la propiedad cuando una huelga lo arroja a Múnich y lo obliga a cargar, tras once meses de estancia, con exactamente 11/180 del derecho de propiedad sobre una vivienda bastante oscura en planta baja, detrás de la Ober-Angergasse. Nuevas mudanzas, como las que hoy les ocurren tan a menudo a los obreros, le cuelgan además 7/360 de una vivienda no menos recomendable en San Galo, 23/180 de otra en Leeds y 347/56.223 —calculados con exactitud, para que la «justicia eterna» no pueda quejarse— de una tercera en Seraing. ¿Qué saca ahora nuestro Pedro de todas estas participaciones en viviendas? ¿Quién le da por ellas su justo valor? ¿Dónde va a encontrar al propietario o los propietarios de las demás participaciones en sus diversas viviendas anteriores? ¿Y qué decir de las relaciones de propiedad de una gran casa cualquiera cuyos pisos contengan, digamos, veinte viviendas y que, cuando haya expirado el plazo de redención y se haya abolido la vivienda de alquiler, pertenezca tal vez a trescientos copropietarios dispersos por todos los rincones del mundo? Nuestro proudhoniano responderá que para entonces existirá el banco de cambio de Proudhon, que en todo momento pagará a cualquiera por cualquier producto del trabajo el producto íntegro de su trabajo, y por tanto también el valor íntegro de una participación en una vivienda. Pero, en primer lugar, el banco de cambio de Proudhon no nos importa aquí para nada, puesto que ni siquiera se menciona en los artículos sobre la cuestión de la vivienda; en segundo lugar, descansa en el curioso error de que, cuando alguien quiere vender una mercancía, encuentra siempre necesariamente un comprador que pague su valor íntegro; y, en tercer lugar, antes de que Proudhon lo inventara ya había quebrado en Inglaterra más de una vez con el nombre de Labour Exchange Bazaar.25

Toda la idea de que el obrero debe comprarse su vivienda descansa de nuevo en la concepción fundamental reaccionaria de Proudhon, ya señalada, de que las situaciones creadas por la gran industria moderna son excrecencias morbosas y de que hay que conducir a la sociedad por la fuerza —es decir, contra la corriente que sigue desde hace cien años— hacia una situación en la que el viejo y estable trabajo manual del individuo sea la regla, y que no es en general otra cosa que una restauración idealizada de la pequeña industria hundida y que sigue hundiéndose. Una vez devueltos los obreros a esas condiciones estables, una vez felizmente eliminado el «torbellino social», el obrero puede naturalmente volver a necesitar la propiedad de «casa y hogar», y la teoría de la redención expuesta arriba parece menos absurda. Solo que Proudhon olvida que, para conseguirlo, tendría que retrasar primero cien años el reloj de la historia universal, y que con ello volvería a hacer de los obreros de hoy almas de esclavo tan estrechas, rastreras y apocadas como lo eran sus tatarabuelos.

Pero, en la medida en que esta solución proudhoniana de la cuestión de la vivienda tiene un contenido racional y prácticamente aprovechable, en esa medida se está realizando ya hoy, y esta realización no procede del «seno de la idea revolucionaria», sino... de los propios grandes burgueses. Oigamos al respecto a un excelente periódico español, La Emancipación de Madrid,26 del 16 de marzo de 1872:

«Hay todavía otro medio de resolver la cuestión de la vivienda, propuesto por Proudhon, que a primera vista deslumbra, pero que, examinado de cerca, revela su total impotencia. Proudhon proponía convertir a los inquilinos en compradores a plazos, de modo que el alquiler pagado anualmente se imputara como cuota de amortización del valor de la vivienda y, al cabo de cierto tiempo, el inquilino se convirtiera en propietario de esa vivienda. Este medio, que Proudhon tenía por muy revolucionario, lo ponen hoy en práctica en todos los países sociedades de especuladores, que de este modo, elevando el alquiler, se hacen pagar dos o tres veces el valor de las casas. El señor Dollfus27 y otros grandes fabricantes del nordeste de Francia han puesto en práctica este sistema, no solo para sacar dinero, sino además con una segunda intención política.

»Los dirigentes más avisados de las clases dominantes han dirigido siempre sus esfuerzos a aumentar el número de pequeños propietarios para formarse un ejército contra el proletariado. Las revoluciones burguesas del siglo pasado dividieron la gran propiedad territorial de la nobleza y de la Iglesia en pequeña propiedad parcelaria, como quieren hacer hoy los republicanos españoles con la gran propiedad territorial que aún subsiste, y crearon así una clase de pequeños propietarios de tierra que desde entonces se ha convertido en el elemento más reaccionario de la sociedad y en el obstáculo permanente frente al movimiento revolucionario del proletariado urbano. Napoleón III se propuso crear en las ciudades una clase semejante reduciendo el importe de los títulos de la deuda pública, y el señor Dollfus y sus colegas, al vender a sus obreros pequeñas viviendas pagaderas en plazos anuales, trataban de ahogar todo espíritu revolucionario en los obreros y, al mismo tiempo, de encadenarlos mediante su propiedad a la fábrica en la que trabajaban; de modo que el plan de Proudhon no solo no aportaba alivio alguno a la clase obrera, sino que se volvía incluso directamente contra ella.»28

¿Cómo hay que resolver, entonces, la cuestión de la vivienda? En la sociedad actual, exactamente igual que se resuelve cualquier otra cuestión social: mediante la nivelación económica gradual de la oferta y la demanda, una solución que reproduce una y otra vez la propia cuestión y que, por tanto, no es una solución. Cómo resolvería esta cuestión una revolución social no depende solo de las circunstancias de cada momento, sino que está ligado también a cuestiones de mucho mayor alcance, entre las que la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo es una de las más esenciales. Puesto que no tenemos por qué construir sistemas utópicos para la organización de la sociedad futura, sería más que ocioso entrar en ello. Pero lo cierto es que ya hoy existen en las grandes ciudades edificios de viviendas suficientes para remediar de inmediato, con un uso racional de ellos, toda verdadera «penuria de vivienda». Esto, naturalmente, solo puede hacerse expropiando a los actuales propietarios o alojando en sus casas a obreros sin techo o excesivamente hacinados en sus viviendas actuales; y en cuanto el proletariado haya conquistado el poder político, semejante medida, dictada por el bien público, será tan fácil de ejecutar como otras expropiaciones y alojamientos forzosos que lleva a cabo el Estado actual.

*

Pero nuestro proudhoniano no está satisfecho con lo que ha hecho hasta ahora en la cuestión de la vivienda. Tiene que elevarla del ras del suelo a la esfera del socialismo superior, para que también allí se acredite como una «fracción» esencial «de la cuestión social».

«Supongamos ahora que la productividad del capital se coge realmente por los cuernos, como tiene que ocurrir tarde o temprano, por ejemplo mediante una ley transitoria que fije el interés de todos los capitales en el uno por ciento, con la tendencia, nótese bien, a acercar también este porcentaje cada vez más a cero, de modo que al final ya no se pague nada más que el trabajo necesario para la rotación del capital. Como todos los demás productos, también la casa y la vivienda quedan comprendidas, naturalmente, en el marco de esta ley... El propio propietario será el primero en ofrecerse a vender, pues de lo contrario su casa quedaría sin uso y el capital invertido en ella sería sencillamente inútil.»

Esta frase contiene uno de los principales artículos de fe del catecismo proudhoniano y ofrece un ejemplo palmario de la confusión que reina en él.

La «productividad del capital» es un absurdo que Proudhon toma sin examen de los economistas burgueses. Es cierto que también los economistas burgueses empiezan por la tesis de que el trabajo es la fuente de toda riqueza y la medida del valor de todas las mercancías; pero tienen que explicar además cómo es que el capitalista que adelanta capital a un negocio industrial o artesanal no solo recupera al final del negocio el capital adelantado, sino también un beneficio por añadidura. Por eso tienen que enredarse en toda clase de contradicciones y atribuir también al capital cierta productividad. Nada demuestra mejor lo prisionero que está todavía Proudhon del modo de pensar burgués que el hecho de haber hecho suyo este modo de hablar de la productividad del capital. Ya al principio hemos visto que la llamada «productividad del capital» no es otra cosa que la propiedad, inherente a él (en las condiciones sociales actuales, sin las cuales no sería capital), de poder apropiarse el trabajo no pagado de los asalariados.

Pero Proudhon se distingue de los economistas burgueses en que no aprueba esta «productividad del capital», sino que, al contrario, descubre en ella una violación de la «justicia eterna». Es ella la que impide que el obrero reciba el producto íntegro de su trabajo. Hay que abolirla, pues. ¿Y cómo? Rebajando el tipo de interés mediante leyes coercitivas y reduciéndolo finalmente a cero. Entonces, según nuestro proudhoniano, el capital deja de ser productivo.

El interés del capital-dinero prestado no es más que una parte del beneficio; el beneficio, sea del capital industrial o del comercial, no es más que una parte de la plusvalía que la clase capitalista arrebata a la clase obrera en forma de trabajo no pagado. Las leyes económicas que regulan el tipo de interés son tan independientes de las que regulan la tasa de plusvalía como puedan serlo, en general, leyes de una misma forma de sociedad. Pero en lo que se refiere al reparto de esta plusvalía entre los distintos capitalistas, está claro que para los industriales y comerciantes que tienen en su negocio mucho capital adelantado por otros capitalistas, la tasa de su beneficio tiene que subir en la misma medida en que —permaneciendo iguales todas las demás circunstancias— baje el tipo de interés. La reducción y la abolición final del tipo de interés no «cogería por los cuernos» realmente, por tanto, la llamada «productividad del capital», sino que solo regularía de otro modo el reparto entre los distintos capitalistas de la plusvalía no pagada arrebatada a la clase obrera, y aseguraría una ventaja no al obrero frente al capitalista industrial, sino al capitalista industrial frente al rentista.

Proudhon, desde su punto de vista jurídico, explica el tipo de interés, como todos los hechos económicos, no por las condiciones de la producción social, sino por las leyes del Estado en las que esas condiciones reciben una expresión general. Desde este punto de vista, al que le falta toda noción de la conexión entre las leyes del Estado y las condiciones de producción de la sociedad, esas leyes aparecen necesariamente como órdenes puramente arbitrarias, que en cualquier momento pueden sustituirse igual de bien por su contrario directo. Nada más fácil, pues, para Proudhon que dictar un decreto —en cuanto tenga poder para ello— por el que el tipo de interés quede rebajado al uno por ciento. Y si todas las demás circunstancias sociales siguen como estaban, ese decreto proudhoniano existirá solo sobre el papel. El tipo de interés seguirá rigiéndose, como antes, por las leyes económicas a las que hoy está sometido, a pesar de todos los decretos; las personas solventes tomarán dinero prestado, según las circunstancias, al 2, al 3, al 4 por ciento o más, igual que antes, y la única diferencia será que los rentistas se guardarán muy bien de adelantar dinero salvo a personas de las que no quepa esperar un pleito. Además, este gran plan de quitar al capital su «productividad» es antiquísimo, tan antiguo como las... leyes contra la usura, que no persiguen otra cosa que limitar el tipo de interés, y que hoy están abolidas en todas partes porque en la práctica siempre se infringieron o se eludieron, y el Estado tuvo que confesar su impotencia ante las leyes de la producción social. ¿Y la reintroducción de estas leyes medievales, inaplicables, ha de «coger por los cuernos la productividad del capital»? Ya se ve: cuanto más de cerca se examina el proudhonismo, más reaccionario resulta.

Y cuando de este modo el tipo de interés se haya reducido a cero y el interés del capital quede, por tanto, abolido, entonces «ya no se pagará nada más que el trabajo necesario para la rotación del capital». Esto quiere decir que la abolición del tipo de interés equivale a la abolición del beneficio e incluso de la plusvalía. Pero si fuera posible abolir realmente el interés por decreto, ¿cuál sería la consecuencia? Que la clase de los rentistas ya no tendría motivo para prestar su capital en forma de adelantos, sino que lo invertiría industrialmente por cuenta propia, ella misma o en sociedades anónimas. La masa de la plusvalía arrebatada por la clase capitalista a la clase obrera seguiría siendo la misma; solo cambiaría su reparto, y ni siquiera de manera importante.

En realidad, nuestro proudhoniano pasa por alto que ya ahora, en la compra de mercancías de la sociedad burguesa, por término medio no se paga precisamente nada más que «el trabajo necesario para la rotación del capital» (quiere decir: para la producción de la mercancía determinada). El trabajo es la medida del valor de todas las mercancías, y en la sociedad actual es —prescindiendo de las oscilaciones del mercado— de todo punto imposible que, en el promedio total, se pague por las mercancías más que el trabajo necesario para producirlas. No, no, querido proudhoniano, el problema está en otra parte muy distinta: ¡está en que «el trabajo necesario para la rotación del capital» (por usar su confusa manera de expresarse) precisamente no se paga íntegro! Cómo ocurre eso, puede leerlo usted en Marx (El capital, pp. 128-160).

Y no acaba ahí la cosa. Si se abole el interés del capital, con ello queda abolido también el alquiler, el Mietzins.29 Porque «como todos los demás productos, también la casa y la vivienda quedan comprendidas, naturalmente, en el marco de esta ley». Esto está muy en el espíritu de aquel viejo comandante que mandó llamar a un voluntario de un año:30 «Dígame, he oído que es usted doctor; pues pásese por mi casa de vez en cuando; cuando uno tiene mujer y siete hijos, siempre hay algo que remendar».

El voluntario: «Pero perdone, mi comandante, soy doctor en filosofía».

El comandante: «Eso a mí me da igual; matasanos es matasanos».

Lo mismo le pasa a nuestro proudhoniano: interés del alquiler o interés del capital, eso le da igual; interés es interés, matasanos es matasanos. Hemos visto arriba que el precio del alquiler, vulgo Mietzins, se compone: 1) de una parte de renta del suelo; 2) de una parte de interés sobre el capital de construcción, incluido el beneficio del constructor; 3) de una parte para gastos de reparación y de seguro; 4) de una parte que amortiza en pagos anuales el capital de construcción, beneficio incluido, en proporción al desgaste progresivo de la casa.

Y ahora tiene que haberle quedado claro hasta al más ciego:

«El propio propietario será el primero en ofrecerse a vender, pues de lo contrario su casa quedaría sin uso y el capital invertido en ella sería sencillamente inútil.»

Naturalmente. Si se abole el interés del capital prestado, ningún propietario podrá cobrar ya un céntimo de alquiler por su casa, solo porque al alquiler se le puede llamar también «interés» de alquiler, Mietzins, y porque el alquiler incluye una parte que es verdadero interés del capital. Matasanos sigue siendo matasanos. Si las leyes contra la usura, con respecto al interés ordinario del capital, solo podían dejarse sin efecto eludiéndolas, a la cuantía del alquiler de las casas no la tocaron nunca ni de lejos. Estaba reservado a Proudhon imaginarse que su nueva ley contra la usura regularía y abolería poco a poco, sin más, no solo el simple interés del capital, sino también el complicado alquiler de las viviendas. Por qué, entonces, hay que comprarle todavía al propietario a buen precio la casa «sencillamente inútil», y cómo es que en estas circunstancias el propietario no pone dinero encima para librarse de esa casa «sencillamente inútil» y no tener que gastar más en reparaciones, sobre eso se nos deja a oscuras.

Tras esta triunfal hazaña en el terreno del socialismo superior (el maestro Proudhon lo llamaba suprasocialismo), nuestro proudhoniano se cree autorizado a volar todavía un poco más alto.

«Ahora solo se trata de sacar algunas conclusiones más para que la plena luz caiga desde todos los lados sobre nuestro objeto, tan importante.»

¿Y cuáles son esas conclusiones? Cosas que se siguen de lo anterior tan poco como la falta de valor de las casas se sigue de la abolición del tipo de interés, y que, despojadas de las expresiones pomposas y solemnes de nuestro autor, no significan más que esto: para la mejor tramitación del negocio de la redención de las viviendas de alquiler es deseable: 1) una estadística precisa sobre el asunto; 2) una buena policía sanitaria, y 3) cooperativas de obreros de la construcción que puedan encargarse de construir casas nuevas; todas ellas cosas sin duda muy buenas y bonitas, pero que, pese a toda su envoltura de frases de charlatán de feria, no aportan en absoluto «plena luz» a la oscuridad del embrollo mental proudhoniano.

Quien ha realizado tan grandes cosas tiene también derecho a dirigir a los obreros alemanes una seria advertencia:

«Tales cuestiones y otras semejantes, nos parece, son bien dignas de la atención de la democracia social... Ojalá trate de aclararse, igual que aquí sobre la cuestión de la vivienda, también sobre las demás cuestiones igualmente importantes, como el crédito, la deuda pública, las deudas privadas, los impuestos», etc.

Nuestro proudhoniano nos promete, pues, aquí toda una serie de artículos sobre «cuestiones semejantes», y si las trata todas tan detenidamente como el presente «objeto tan importante», el Volksstaat tendrá manuscritos suficientes para un año. Podemos, sin embargo, adelantarnos: todo se reduce a lo ya dicho. Se abole el interés del capital, con lo cual desaparece el interés que hay que pagar por la deuda pública y las deudas privadas, el crédito se vuelve gratuito, etc. La misma palabra mágica se aplica a cualquier objeto, y en cada caso particular sale con lógica implacable el asombroso resultado de que, una vez abolido el interés del capital, ya no hay que pagar intereses por el dinero que se toma prestado.

Por lo demás, ¡bonitas cuestiones son esas con las que nos amenaza nuestro proudhoniano! ¡El crédito! ¿Qué crédito necesita el obrero, aparte del de semana en semana o del crédito de la casa de empeños? Que se le preste gratis o con intereses, incluso con los intereses usurarios de la casa de empeños, ¿qué diferencia le supone? Y si, en términos generales, sacara ventaja de ello, es decir, si los costes de producción de la fuerza de trabajo se abarataran, ¿no tendría que bajar el precio de la fuerza de trabajo? Pero para el burgués, y en especial para el pequeñoburgués, para ellos sí que el crédito es una cuestión importante, y para el pequeñoburgués en particular sería una cosa estupenda poder obtener crédito en cualquier momento y, además, sin pagar intereses. ¡La «deuda pública»! La clase obrera sabe que no la ha contraído ella, y cuando llegue al poder dejará su pago a quienes la contrajeron. ¡Las «deudas privadas»! Véase crédito. ¡Los «impuestos»! Cosas que interesan mucho a la burguesía, pero muy poco a los obreros: lo que el obrero paga en impuestos entra a la larga en los costes de producción de la fuerza de trabajo y, por tanto, tiene que compensarlo también el capitalista. Todos estos puntos, que se nos presentan aquí como cuestiones de suma importancia para la clase obrera, solo tienen en realidad un interés esencial para el burgués, y más aún para el pequeñoburgués, y nosotros afirmamos, a pesar de Proudhon, que la clase obrera no tiene ninguna vocación de defender los intereses de esas clases.

De la gran cuestión que concierne realmente a los obreros, la relación entre capitalista y asalariado, la cuestión de cómo es que el capitalista puede enriquecerse con el trabajo de sus obreros, de eso nuestro proudhoniano no dice una palabra. Es cierto que su señor y maestro se ocupó de ella, pero no aportó claridad alguna, y en sus últimos escritos no ha ido en lo esencial más allá de la Philosophie de la misère (Filosofía de la miseria), que Marx ya en 1847 redujo de manera tan contundente a su completa nada.

Ya es bastante malo que los obreros de lengua románica no hayan tenido desde hace veinticinco años casi ningún otro alimento espiritual socialista que los escritos de este «socialista del Segundo Imperio»;31 sería una doble desgracia que la teoría proudhoniana inundara ahora también Alemania. Pero no hay peligro de ello. El punto de vista teórico de los obreros alemanes lleva cincuenta años de ventaja al proudhoniano, y bastará con hacer un escarmiento en esta sola cuestión de la vivienda para ahorrarse más esfuerzos en este terreno.

Segunda parte: Cómo resuelve la burguesía la cuestión de la vivienda

I

En la parte dedicada a la solución proudhoniana de la cuestión de la vivienda se ha mostrado hasta qué punto la pequeña burguesía está directamente interesada en esta cuestión. Pero también la gran burguesía tiene en ella un interés muy importante, aunque indirecto. La ciencia natural moderna ha demostrado que los llamados «barrios malos», en los que se hacinan los obreros, son los focos de todas esas epidemias que de vez en cuando azotan nuestras ciudades. El cólera, el tifus y las fiebres tifoideas, la viruela y otras enfermedades devastadoras propagan sus gérmenes en el aire apestado y el agua envenenada de esos barrios obreros; allí casi nunca se extinguen, se convierten en epidemias en cuanto las circunstancias lo permiten y penetran entonces, más allá de sus focos, en los barrios más aireados y más sanos habitados por los señores capitalistas. La dominación capitalista no puede permitirse impunemente el placer de engendrar enfermedades epidémicas entre la clase obrera; las consecuencias recaen sobre ella misma, y el ángel exterminador hace estragos entre los capitalistas con la misma falta de miramientos que entre los obreros.

En cuanto esto quedó establecido científicamente, los burgueses filántropos se inflamaron en noble emulación por la salud de sus obreros. Se fundaron sociedades, se escribieron libros, se elaboraron propuestas, se debatieron y decretaron leyes para cegar las fuentes de las epidemias que volvían una y otra vez. Se investigaron las condiciones de vivienda de los obreros y se hicieron intentos de remediar los males más clamorosos. Sobre todo en Inglaterra, donde había más grandes ciudades y donde, por tanto, el asunto les quemaba más a los grandes burgueses, se desplegó una gran actividad; se nombraron comisiones gubernamentales para investigar las condiciones sanitarias de la clase trabajadora; sus informes, que destacan honrosamente sobre todas las fuentes continentales por su exactitud, su exhaustividad y su imparcialidad, proporcionaron la base para leyes nuevas, de alcance más o menos enérgico. Por imperfectas que sean estas leyes, superan infinitamente todo lo que se ha hecho hasta ahora en el continente en este sentido. Y, sin embargo, el orden social capitalista reproduce una y otra vez los males cuya cura se busca con tal necesidad que incluso en Inglaterra la cura apenas ha avanzado un solo paso.

Alemania necesitó, como de costumbre, un tiempo mucho más largo para que los focos de epidemias, crónicos también aquí, alcanzaran el grado agudo necesario para despertar a la soñolienta gran burguesía. Pero quien va despacio va seguro, y así surgió también entre nosotros, por fin, una literatura burguesa sobre la salud pública y la cuestión de la vivienda, un extracto aguado de sus predecesoras extranjeras, sobre todo inglesas, a la que se pretende dar con frases rimbombantes y solemnes una apariencia de concepción superior. A esta literatura pertenece el libro del doctor Emil Sax Die Wohnungszustände der arbeitenden Classen und ihre Reform (Las condiciones de vivienda de las clases trabajadoras y su reforma), Viena, 1869.

Si escojo este libro para exponer el tratamiento burgués de la cuestión de la vivienda es solo porque intenta resumir lo más posible la literatura burguesa sobre el tema. ¡Y bonita literatura es la que le sirve de «fuente» a nuestro autor! De los informes parlamentarios ingleses, las verdaderas fuentes principales, solo se citan por su nombre tres de los más antiguos; todo el libro demuestra que el autor no ha mirado jamás ni uno solo de ellos; en cambio, se nos presenta toda una serie de escritos burgueses llenos de lugares comunes, filisteamente bienintencionados e hipócritamente filantrópicos: Ducpétiaux, Roberts, Hole, Huber,32 las actas de los congresos ingleses de ciencia social (o más bien de cháchara social),33 la revista de la Asociación para el Bienestar de las Clases Trabajadoras de Prusia, el informe oficial austriaco sobre la Exposición Universal de París, los informes oficiales bonapartistas sobre la misma, el Illustrated London News, Über Land und Meer y, por último, «una autoridad reconocida», un hombre de «concepción aguda y práctica», de «elocuencia convincente», a saber... ¡Julius Faucher!34 En esta lista de fuentes solo faltan la Gartenlaube, el Kladderadatsch y el fusilero Kutschke.35

Para que no pueda haber malentendido alguno sobre el punto de vista del señor Sax, este declara en la página 22:

«Designamos con el nombre de economía social la ciencia de la economía nacional en su aplicación a las cuestiones sociales o, dicho con más exactitud, el conjunto de los medios y caminos que nos ofrece esta ciencia para elevar, sobre la base de sus leyes “de bronce” y dentro del marco del orden social hoy imperante, a las llamadas (!) clases desposeídas al nivel de las poseedoras.»

No entraremos en la confusa idea de que la «ciencia de la economía nacional», o economía política, se ocupe en general de otras cuestiones que no sean «sociales». Vamos directamente al punto principal. El doctor Sax exige que las «leyes de bronce» de la economía burguesa, el «marco del orden social hoy imperante», en otras palabras, el modo de producción capitalista, sigan existiendo sin cambios, y que, sin embargo, las «llamadas clases desposeídas» sean elevadas «al nivel de las poseedoras». Ahora bien, es un presupuesto ineludible del modo de producción capitalista que exista una clase desposeída, no llamada así, sino realmente desposeída, que no tenga nada que vender más que su fuerza de trabajo y que, por eso, esté obligada a vendérsela a los capitalistas industriales. La tarea de la nueva ciencia de la economía social inventada por el señor Sax consiste, pues, en encontrar los medios y caminos para que, dentro de un estado social basado en la oposición entre los capitalistas, poseedores de todas las materias primas, instrumentos de producción y medios de subsistencia, por un lado, y los asalariados desposeídos, que no pueden llamar suyo nada más que su fuerza de trabajo, por otro, dentro de ese estado social, todos los asalariados puedan convertirse en capitalistas sin dejar de ser asalariados. El señor Sax cree haber resuelto esta cuestión. Quizá tenga la bondad de mostrarnos cómo se puede convertir a todos los soldados del ejército francés, cada uno de los cuales lleva desde el viejo Napoleón su bastón de mariscal en la mochila, en mariscales de campo sin que dejen de ser soldados rasos. O cómo se las arregla uno para hacer de los cuarenta millones de súbditos del Imperio alemán otros tantos emperadores alemanes.

La esencia del socialismo burgués consiste en querer mantener la base de todos los males de la sociedad actual y, al mismo tiempo, querer abolir esos males. Los socialistas burgueses quieren, como dice ya el Manifiesto comunista, «remediar los males sociales para asegurar la existencia de la sociedad burguesa»; quieren «la burguesía sin el proletariado». Hemos visto que el señor Sax plantea la cuestión exactamente de la misma manera. Su solución la encuentra en la solución de la cuestión de la vivienda; opina que

«mejorando las viviendas de las clases trabajadoras se podría remediar con éxito la miseria física y espiritual descrita y, con ello —solo con una mejora general de las condiciones de vivienda—, elevar a la mayor parte de estas clases del pantano de su existencia, a menudo apenas digna del hombre, a las puras cimas del bienestar material y espiritual». (Página 14.)

Dicho sea de paso, a la burguesía le interesa encubrir la existencia de un proletariado creado por las relaciones de producción burguesas y que condiciona su continuidad. Por eso nos cuenta el señor Sax, en la página 21, que por clases trabajadoras hay que entender, además de los obreros propiamente dichos, todas las «clases sociales sin recursos», «la gente modesta en general, como artesanos, viudas, jubilados (!), funcionarios subalternos, etc.». El socialismo burgués tiende la mano al pequeñoburgués.

¿De dónde viene, pues, la penuria de vivienda? ¿Cómo surgió? El señor Sax, como buen burgués, no debe saber que es un producto necesario de la forma burguesa de sociedad; que no puede existir sin penuria de vivienda una sociedad en la que la gran masa trabajadora depende exclusivamente del salario, es decir, de la suma de medios de subsistencia necesaria para su existencia y su reproducción; en la que continuas mejoras de la maquinaria, etc., dejan sin trabajo a masas de obreros; en la que violentas oscilaciones industriales, que se repiten con regularidad, exigen, por un lado, la existencia de un numeroso ejército de reserva de obreros desocupados y, por otro, arrojan temporalmente a la calle, sin trabajo, a la gran masa de los obreros; en la que los obreros son hacinados en masa en las grandes ciudades, y más deprisa de lo que, en las condiciones existentes, surgen viviendas para ellos; en la que, por tanto, siempre tiene que haber inquilinos para las pocilgas más infames; en la que, finalmente, el propietario de la casa, en su condición de capitalista, no solo tiene el derecho, sino, en virtud de la competencia, en cierto modo también el deber, de sacar sin miramientos de su propiedad los alquileres más altos. En semejante sociedad, la penuria de vivienda no es un azar: es una institución necesaria, y solo puede eliminarse, junto con sus repercusiones sobre la salud, etc., si se transforma de raíz todo el orden social del que brota. Pero eso el socialismo burgués no debe saberlo. No le está permitido explicarse la penuria de vivienda a partir de las condiciones existentes. No le queda, pues, otro remedio que explicarla, con frases morales, por la maldad de los hombres, por el pecado original, por así decir.

«Y no puede desconocerse —y, por consiguiente, no puede negarse» (¡audaz conclusión!) «que la culpa... reside, por una parte, en los propios obreros, los que buscan vivienda, pero por otra, y en una parte mucho mayor, en aquellos que se encargan de satisfacer esa necesidad o que, aun disponiendo de los medios necesarios, no se encargan de ello, en las clases superiores, poseedoras. La culpa de estas últimas... consiste en que no se preocupan de procurar una oferta suficiente de buenas viviendas.»

Igual que Proudhon nos traslada de la economía a la jurisprudencia, nuestro socialista burgués nos traslada aquí de la economía a la moral. Y nada más natural. A quien declara intocable el modo de producción capitalista, las «leyes de bronce» de la sociedad burguesa actual, y quiere, sin embargo, abolir sus consecuencias, desagradables pero necesarias, no le queda más remedio que predicar moral a los capitalistas, sermones morales cuyo efecto conmovedor se disipa enseguida en humo por obra del interés privado y, si es necesario, de la competencia. Estos sermones se parecen exactamente a los de la gallina a la orilla del estanque en el que nadan alegremente los patitos que ha incubado. Los patitos se lanzan al agua aunque el agua no tenga vigas,36 y los capitalistas se lanzan sobre el beneficio aunque el beneficio no tenga corazón. «En cuestiones de dinero se acaba la cordialidad», decía ya el viejo Hansemann,37 que de eso sabía más que el señor Sax.

«Las buenas viviendas son tan caras que a la mayor parte de los obreros les resulta de todo punto imposible hacer uso de ellas. El gran capital... se mantiene temerosamente apartado de las viviendas para las clases trabajadoras... Así, estas clases, con su necesidad de vivienda, caen en su mayor parte en manos de la especulación.»

¡Abominable especulación! ¡El gran capital, naturalmente, no especula nunca! Pero no es la mala voluntad, es solo la ignorancia lo que impide al gran capital especular con casas obreras:

«Los propietarios de casas no saben en absoluto qué papel tan grande e importante desempeña una satisfacción normal de la necesidad de vivienda...; no saben lo que les hacen a las gentes cuando, como es la regla, les ofrecen viviendas tan irresponsablemente malas y nocivas, y finalmente no saben cuánto se perjudican a sí mismos con ello.» (Página 27.)

Pero la ignorancia de los capitalistas necesita la ignorancia de los obreros para producir con ella la penuria de vivienda. Después de haber admitido el señor Sax que las «capas más bajas» de los obreros, «para no quedarse del todo sin techo, se ven obligadas (!) a buscar un lugar para dormir dondequiera y comoquiera, y en este aspecto están completamente indefensas y desamparadas», nos cuenta:

«Pues es un hecho bien conocido cuántos de ellos» (de los obreros) «por ligereza, pero sobre todo por ignorancia, privan a su cuerpo de las condiciones de un desarrollo conforme a la naturaleza y de una existencia sana, casi podría decirse que con virtuosismo, al no tener la menor idea de una higiene racional y, en particular, de la enorme importancia que en ella corresponde a la vivienda.» (Página 27.)

Pero ahora se le ven al burgués las orejas de asno. Mientras que en los capitalistas la «culpa» se volatilizaba en ignorancia, en los obreros la ignorancia no es más que la ocasión de la culpa. Escuchen:

«Así ocurre» (es decir, por ignorancia) «que, con tal de ahorrar algo en el alquiler, se mudan a viviendas oscuras, húmedas, insuficientes, en una palabra, que se burlan de todas las exigencias de la higiene...; que a menudo varias familias alquilan juntas una sola vivienda, e incluso una sola habitación, todo para gastar lo menos posible en la vivienda, mientras que, por otro lado, derrochan sus ingresos de manera verdaderamente pecaminosa en la bebida y en toda clase de vanos placeres.»

El dinero que los obreros «derrochan en aguardiente y tabaco» (página 28), la «vida de taberna, con todas sus lamentables consecuencias, que como un peso de plomo arrastra una y otra vez a la clase obrera hacia el fango», le pesan en efecto al señor Sax como plomo en el estómago. Que en las condiciones dadas el alcoholismo entre los obreros es un producto necesario de su situación vital, tan necesario como el tifus, el crimen, los parásitos, el alguacil y otras enfermedades sociales, tan necesario que se puede calcular de antemano el número medio de los que caerán en él, eso, una vez más, no le está permitido saberlo al señor Sax. Por lo demás, ya decía mi viejo maestro de escuela: «La gente ordinaria va a la taberna, y la gente distinguida va al club»; y como yo he estado en ambos sitios, puedo dar fe de que es cierto.

Toda esa palabrería sobre la «ignorancia» de ambas partes desemboca en las viejas frases sobre la armonía de intereses entre el capital y el trabajo. Si los capitalistas conocieran su verdadero interés, proporcionarían a los obreros buenas viviendas y, en general, mejorarían su situación; y si los obreros comprendieran su verdadero interés, no harían huelgas, no harían socialdemocracia, no harían política, sino que seguirían obedientemente a sus superiores, los capitalistas. Por desgracia, ambas partes encuentran sus intereses en un lugar muy distinto de los sermones del señor Sax y de sus innumerables predecesores. El evangelio de la armonía entre el capital y el trabajo se viene predicando ya desde hace cerca de cincuenta años; la filantropía burguesa se ha gastado mucho dinero en demostrar esa armonía con instituciones modelo, y, como veremos más adelante, hoy estamos exactamente igual que hace cincuenta años.

Nuestro autor pasa ahora a la solución práctica de la cuestión. Lo poco revolucionaria que era la propuesta de Proudhon de convertir a los obreros en propietarios de sus viviendas se ve ya en que el socialismo burgués había intentado ponerla en práctica antes que él y sigue intentándolo. También el señor Sax declara que la cuestión de la vivienda solo puede resolverse por completo transfiriendo a los obreros la propiedad de la vivienda (pp. 58 y 59). Más aún, cae en éxtasis poético ante esta idea y prorrumpe en el siguiente arrebato de entusiasmo:

«Tiene algo de singular el anhelo de propiedad de la tierra que hay en el hombre, un impulso que ni siquiera la vida económica febrilmente palpitante del presente ha conseguido debilitar. Es el sentimiento inconsciente de la importancia de la conquista económica que representa la propiedad de la tierra. Con ella el hombre adquiere un apoyo seguro, echa raíces firmes, por así decir, en el suelo, y toda economía (!) tiene en ella su base más duradera. Pero el poder benéfico de la propiedad de la tierra va mucho más allá de estas ventajas materiales. Quien tiene la dicha de poder llamarla suya ha alcanzado el grado más alto imaginable de independencia económica; tiene un territorio en el que puede disponer y mandar soberanamente, es su propio señor, tiene cierto poder y un respaldo seguro para los tiempos de necesidad; crece su conciencia de sí mismo y con ella su fuerza moral. De ahí la profunda importancia de la propiedad en la cuestión que nos ocupa... El obrero, hoy expuesto sin defensa a los vaivenes de la coyuntura, en constante dependencia del patrono, quedaría así, hasta cierto punto, sustraído a esa situación precaria; se convertiría en capitalista y quedaría asegurado contra los peligros del paro o de la incapacidad para el trabajo por el crédito hipotecario que, en consecuencia, se le abriría. Se vería así elevado de la clase desposeída a la clase de los poseedores.» (Página 63.)

El señor Sax parece suponer que el hombre es esencialmente campesino; de lo contrario no atribuiría a los obreros de nuestras grandes ciudades un anhelo de propiedad de la tierra que nadie más ha descubierto en ellos. Para nuestros obreros de las grandes ciudades, la libertad de movimiento es la primera condición de vida, y la propiedad de la tierra solo puede ser para ellos una cadena. Dadles casas propias, atadlos de nuevo al terruño, y quebraréis su capacidad de resistencia frente a las rebajas de salario de los fabricantes. Puede que el obrero aislado consiga vender ocasionalmente su casita, pero en una huelga seria o en una crisis industrial general todas las casas pertenecientes a los obreros afectados tendrían que salir a la venta en el mercado, y por tanto no encontrarían comprador alguno o se malvenderían muy por debajo de su precio de coste. Y si todas encontraran comprador, toda la gran reforma de la vivienda del señor Sax quedaría reducida a nada y podría volver a empezar desde el principio. Pero los poetas viven en un mundo imaginario, y también el señor Sax, que se imagina que el propietario de la tierra ha «alcanzado el grado más alto de independencia económica», que tiene «un respaldo seguro», que «se convertiría en capitalista y quedaría asegurado contra los peligros del paro y de la incapacidad para el trabajo por el crédito hipotecario que, en consecuencia, se le abriría», etc. Que mire el señor Sax a los pequeños campesinos franceses y a los de nuestra Renania: sus casas y sus campos están cargados de hipotecas hasta arriba, su cosecha pertenece a sus acreedores antes de segarla, y en su «territorio» no disponen ni mandan soberanamente ellos, sino el usurero, el abogado y el alguacil. ¡Ese es, desde luego, el grado más alto imaginable de independencia económica... para el usurero! Y para que los obreros pongan cuanto antes su casita bajo la misma soberanía del usurero, el benévolo señor Sax les señala previsoramente el crédito hipotecario que se les abre y que pueden utilizar en caso de paro o de incapacidad para el trabajo, en lugar de ser una carga para la beneficencia.

En todo caso, el señor Sax ha resuelto ya la cuestión planteada al principio: el obrero «se convierte en capitalista» adquiriendo una casita propia.

El capital es mando sobre el trabajo no pagado de otros. La casita del obrero, por tanto, solo se convierte en capital en cuanto la alquila a un tercero y se apropia en forma de alquiler una parte del producto del trabajo de ese tercero. Por el hecho de que la habite él mismo, la casa queda precisamente impedida de convertirse en capital, igual que la levita deja de ser capital en el mismo momento en que se la compro al sastre y me la pongo. El obrero que posee una casita por valor de mil táleros ya no es, desde luego, un proletario, pero hay que ser el señor Sax para llamarlo capitalista.

Pero la condición de capitalista de nuestro obrero tiene todavía otra cara. Supongamos que en una región industrial determinada se ha convertido en regla que cada obrero posea su propia casita. En este caso, la clase obrera de esa región vive sin pagar vivienda; los gastos de vivienda dejan de entrar en el valor de su fuerza de trabajo. Ahora bien, toda reducción de los costes de producción de la fuerza de trabajo, es decir, todo abaratamiento duradero de los medios de vida del obrero, equivale, «sobre la base de las leyes de bronce de la ciencia de la economía nacional», a una reducción del valor de la fuerza de trabajo y tiene, por tanto, como consecuencia final una caída correspondiente del salario. El salario bajaría, pues, por término medio, en el importe medio del alquiler ahorrado; es decir, el obrero pagaría el alquiler de su propia casa, pero no como antes, en dinero al propietario, sino en trabajo no pagado al fabricante para el que trabaja. De este modo, los ahorros del obrero invertidos en la casita se convertirían, desde luego, en cierto modo en capital, pero en capital no para él, sino para el capitalista que lo emplea.

El señor Sax no consigue, pues, ni siquiera sobre el papel convertir a su obrero en capitalista.

Dicho sea de paso, lo dicho arriba vale para todas las llamadas reformas sociales que se reducen al ahorro o al abaratamiento de los medios de subsistencia del obrero. O se generalizan, y entonces les sigue una rebaja correspondiente del salario, o siguen siendo experimentos completamente aislados, y entonces su mera existencia como excepciones aisladas demuestra que su realización en gran escala es incompatible con el modo de producción capitalista existente. Supongamos que en una región se consigue, mediante la introducción general de cooperativas de consumo, abaratar en un 20 por ciento los medios de subsistencia de los obreros; a la larga, el salario tendría que bajar allí aproximadamente un 20 por ciento, es decir, en la misma proporción en que esos medios de subsistencia entran en el sustento de los obreros. Si el obrero, por ejemplo, gasta por término medio tres cuartas partes de su salario semanal en esos medios de subsistencia, el salario acabará bajando ¾ × 20 = 15 por ciento.38 En una palabra: en cuanto una reforma de ahorro de este tipo se ha generalizado, el obrero recibe menos salario en la misma proporción en que sus ahorros le permiten vivir más barato. Dad a cada obrero unos ingresos independientes, ahorrados, de 52 táleros, y su salario semanal acabará bajando un tálero. Así pues, cuanto más ahorra, menos salario recibe. No ahorra, por tanto, en su propio interés, sino en el del capitalista. ¿Qué más hace falta para «estimular en él del modo más poderoso la primera virtud económica, el espíritu de ahorro...»? (P. 64.)

Por lo demás, el señor Sax nos dice enseguida que los obreros deben hacerse propietarios de casas no tanto en su propio interés como en el de los capitalistas:

«Pero no es solo la clase obrera, también la sociedad en su conjunto tiene el mayor interés en ver al mayor número posible de sus miembros ligados (!) al suelo» (me gustaría ver alguna vez al señor Sax en esa postura) «... Todas las fuerzas secretas que inflaman el volcán llamado cuestión social, que arde bajo nuestros pies, la amargura proletaria, el odio..., las peligrosas confusiones de ideas..., tienen que disiparse como la niebla ante el sol de la mañana cuando... los propios obreros pasen por ese camino a la clase de los poseedores.» (P. 65.)

En otras palabras: el señor Sax espera que los obreros, mediante un cambio de su situación proletaria como el que tendría que traer consigo la adquisición de una casa, pierdan también su carácter proletario y vuelvan a ser sumisos y apocados como sus antepasados, también ellos propietarios de su casa. Que los proudhonianos tomen buena nota.

Con esto cree el señor Sax haber resuelto la cuestión social:

«La distribución más justa de los bienes, el enigma de la esfinge en cuya solución tantos se han esforzado en vano, ¿no la tenemos así ante nosotros como un hecho tangible?, ¿no ha quedado con ello sustraída a las regiones de los ideales para entrar en el terreno de la realidad? Y, una vez realizada, ¿no se ha alcanzado con ello uno de los fines más altos, que incluso los socialistas de la tendencia más extrema presentan como la cúspide de sus teorías?» (P. 66.)

Es una verdadera suerte que hayamos llegado hasta aquí. Este grito de júbilo constituye, en efecto, la «cúspide» del libro de Sax, y a partir de ahora vamos bajando de nuevo suavemente, desde «las regiones de los ideales» hasta la llana realidad, y cuando lleguemos abajo encontraremos que nada, absolutamente nada, ha cambiado en nuestra ausencia.

El primer paso cuesta abajo nos lo hace dar nuestro guía cuando nos enseña que hay dos sistemas de viviendas obreras: el sistema de cottages, en el que cada familia obrera tiene su propia casita y, si es posible, su huertecillo, como en Inglaterra, y el sistema de cuarteles, el de los grandes edificios que contienen muchas viviendas obreras, como en París, Viena, etc. Entre ambos estaría el sistema usual en el norte de Alemania. Ahora bien, el sistema de cottages sería, desde luego, el único acertado y el único en el que el obrero podría adquirir la propiedad de su casa; también el sistema de cuarteles tendría muy grandes inconvenientes para la salud, la moralidad y la paz doméstica; pero, por desgracia, por desgracia, el sistema de cottages sería irrealizable precisamente en los centros de la penuria de vivienda, en las grandes ciudades, a causa de la carestía del suelo, y aún habría que darse por contentos si allí, en lugar de grandes cuarteles, se construyeran casas de cuatro a seis viviendas o se remediaran los principales defectos del sistema de cuarteles con toda clase de artificios constructivos. (Pp. 71-92.)

¿Verdad que ya hemos bajado un buen trecho? La transformación de los obreros en capitalistas, la solución de la cuestión social, la casa en propiedad de cada obrero, todo eso se ha quedado arriba, en «las regiones de los ideales»; ya solo tenemos que ocuparnos de introducir el sistema de cottages en el campo y de hacer lo más soportables posible los cuarteles obreros de las ciudades.

La solución burguesa de la cuestión de la vivienda ha fracasado, pues, según se reconoce: ha fracasado ante la oposición entre la ciudad y el campo. Y aquí hemos llegado al punto central de la cuestión. La cuestión de la vivienda solo podrá resolverse cuando la sociedad se haya transformado lo suficiente como para emprender la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo, llevada al extremo por la sociedad capitalista actual. La sociedad capitalista, lejos de poder suprimir esta oposición, tiene, por el contrario, que agudizarla cada día más. En cambio, ya los primeros socialistas utópicos modernos, Owen y Fourier,39 lo reconocieron acertadamente. En sus edificios modelo ya no existe la oposición entre la ciudad y el campo. Ocurre, pues, lo contrario de lo que afirma el señor Sax: no es la solución de la cuestión de la vivienda la que resuelve al mismo tiempo la cuestión social, sino la solución de la cuestión social, es decir, la abolición del modo de producción capitalista, la que hace posible al mismo tiempo resolver la de la vivienda. Querer resolver la cuestión de la vivienda y querer conservar las grandes ciudades modernas es un absurdo. Pero las grandes ciudades modernas solo desaparecerán con la abolición del modo de producción capitalista, y cuando esta se haya puesto en marcha se tratará de cosas muy distintas de proporcionar a cada obrero una casita en propiedad.

De entrada, sin embargo, toda revolución social tendrá que tomar las cosas tal como las encuentre y remediar los males más clamorosos con los medios existentes. Y ya hemos visto que la penuria de vivienda puede remediarse de inmediato expropiando una parte de las viviendas de lujo pertenecientes a las clases poseedoras y alojando gente en la otra parte.

Si el señor Sax, en lo que sigue, vuelve a salir de las grandes ciudades y habla largo y tendido de colonias obreras que deben establecerse junto a las ciudades; si describe todas las bellezas de tales colonias, con su «conducción de agua, alumbrado de gas, calefacción por aire o agua caliente, lavaderos, secaderos, cuartos de baño y cosas semejantes» comunes, con «guardería infantil, escuela, oratorio (!), sala de lectura, biblioteca... taberna de vino y cerveza, salón de baile y de música, como es debido», con la fuerza del vapor conducida a todas las casas para que pueda «trasladar en cierta medida la producción de las fábricas de vuelta al taller doméstico», eso no cambia nada. La colonia, tal como él la describe, la tomó prestada el señor Huber directamente de los socialistas Owen y Fourier, y la aburguesó por completo simplemente despojándola de todo lo socialista. Pero precisamente por eso se vuelve del todo utópica. A ningún capitalista le interesa establecer tales colonias, y de hecho no existe ninguna en el mundo, salvo en Guise, en Francia;40 y esa la construyó un fourierista, no como especulación rentable, sino como experimento socialista.41 Con igual razón podría haber citado el señor Sax en favor de sus proyectos burgueses la colonia comunista de Harmony Hall, fundada por Owen en Hampshire a comienzos de los años cuarenta y desaparecida hace tiempo.42

Pero toda esta palabrería sobre la colonización no es más que un intento renqueante de volver a elevarse a «las regiones de los ideales», que se abandona enseguida. Volvemos a bajar a buen paso. La solución más sencilla es ahora esta:

«que los patronos, los fabricantes, ayuden a los obreros a conseguir viviendas adecuadas, bien construyéndolas ellos mismos, bien animando y apoyando a los obreros a construir por su cuenta, poniendo a su disposición terrenos, adelantando el capital de construcción, etc.» (P. 106.)

Con esto volvemos a estar fuera de las grandes ciudades, donde nada de esto puede plantearse, y de regreso en el campo. El señor Sax demuestra ahora que aquí redunda en interés de los propios fabricantes ayudar a sus obreros a conseguir viviendas soportables, por una parte como buena inversión de capital y, por otra, porque la

«elevación de los obreros que de ello resulta infaliblemente... tiene que acarrear un aumento de su fuerza de trabajo física y espiritual, lo que, naturalmente..., no redunda menos... en beneficio del patrono. Pero con ello se da también el punto de vista adecuado para la participación de este último en la cuestión de la vivienda: aparece como emanación de la asociación latente, de la solicitud de los patronos, oculta casi siempre bajo el ropaje de aspiraciones humanitarias, por el bienestar físico y económico, intelectual y moral de sus obreros, solicitud que se recompensa pecuniariamente por sí sola con sus resultados: la formación y conservación de una plantilla de obreros capaces, hábiles, bien dispuestos, contentos y leales». (P. 108.)

La frase de la «asociación latente», con la que Huber intentaba atribuir un «sentido superior» a la cháchara burguesa-filantrópica, no cambia nada. También sin ella los grandes fabricantes rurales, sobre todo en Inglaterra, han comprendido hace tiempo que la construcción de viviendas obreras no solo es una necesidad, una parte de la propia instalación fabril, sino que además resulta muy rentable. En Inglaterra han surgido de este modo pueblos enteros, algunos de los cuales se han convertido más tarde en ciudades. Pero los obreros, en lugar de estar agradecidos a los capitalistas filántropos, han tenido desde siempre objeciones muy importantes contra este «sistema de cottages». No solo tienen que pagar por las casas precios de monopolio, porque el fabricante no tiene competidores; en cada huelga se quedan inmediatamente sin techo, porque el fabricante los pone sin más en la calle, y con ello hace muy difícil toda resistencia. Los detalles pueden leerse en mi Situación de la clase obrera en Inglaterra, pp. 224 y 228. Pero el señor Sax opina que tales cosas «apenas merecen refutación» (p. 111). ¿Y no quiere él procurar al obrero la propiedad de su casita? Desde luego, pero como «los patronos tendrían que estar en condiciones de disponer siempre de la vivienda para tener sitio para el sustituto cuando despidan a un obrero», entonces..., pues sí, entonces habría que «prever para esos casos la revocabilidad de la propiedad mediante convenio». (P. 113.)43

Esta vez hemos bajado con una rapidez inesperada. Primero se decía: propiedad del obrero sobre su casita; luego nos enteramos de que eso es imposible en las ciudades y solo realizable en el campo; ahora se nos explica que esa propiedad, también en el campo, ha de ser una propiedad «revocable mediante convenio». Con esta nueva clase de propiedad para los obreros descubierta por el señor Sax, con esta transformación de los obreros en capitalistas «revocables mediante convenio», hemos llegado felizmente de nuevo a ras de suelo, y aquí tenemos que examinar lo que los capitalistas y demás filántropos han hecho realmente para resolver la cuestión de la vivienda.

II

Si hemos de creer a nuestro doctor Sax, los señores capitalistas ya han hecho mucho para remediar la penuria de vivienda y han aportado la prueba de que la cuestión de la vivienda puede resolverse sobre la base del modo de producción capitalista.

Ante todo, el señor Sax nos presenta... ¡la Francia bonapartista! Como es sabido, Luis Bonaparte nombró en tiempos de la Exposición Universal de París44 una comisión, en apariencia para informar sobre la situación de las clases trabajadoras de Francia y, en realidad, para describir esa situación, para mayor gloria del Imperio, como verdaderamente paradisíaca. Y en el informe de esta comisión, compuesta por los instrumentos más corruptos del bonapartismo, se apoya el señor Sax, sobre todo porque los resultados de su trabajo, «según declaración propia del comité encargado de él, son bastante completos para Francia». ¿Y cuáles son esos resultados? De 89 grandes industriales o sociedades anónimas que facilitaron información, 31 no han construido viviendas obreras; las viviendas construidas albergan, según la propia estimación de Sax, a lo sumo de 50.000 a 60.000 personas, ¡y las viviendas constan casi exclusivamente de dos habitaciones por familia!

Se entiende por sí mismo que todo capitalista al que las condiciones de su industria —fuerza hidráulica, situación de las minas de carbón, de los yacimientos de hierro y de otras minas, etc.— atan a una localidad rural determinada tiene que construir viviendas para sus obreros si no las hay. Ver en ello una prueba de la existencia de la «asociación latente», «un testimonio elocuente del aumento de la comprensión del asunto y de su gran alcance», un «comienzo muy prometedor» (p. 115), exige una costumbre muy desarrollada de engañarse a sí mismo. Por lo demás, también en esto los industriales de los distintos países se diferencian según su respectivo carácter nacional. Por ejemplo, el señor Sax nos cuenta en la página 117:

«En Inglaterra solo en los últimos tiempos se advierte una actividad creciente de los patronos en este sentido. Se trata, sobre todo, de las aldeas apartadas en el campo... La circunstancia de que los obreros, de lo contrario, tienen a menudo que recorrer un largo camino desde la localidad más próxima hasta la fábrica y, llegando ya agotados, rinden un trabajo insuficiente, es la que proporciona principalmente a los patronos el motivo para construir viviendas para su mano de obra. Pero también aumenta el número de aquellos que, con una comprensión más profunda de las circunstancias, relacionan con la reforma de la vivienda, en mayor o menor grado, todos los demás elementos de la asociación latente, y a estos deben su origen aquellas florecientes colonias... Los nombres de un Ashton en Hyde, un Ashworth en Turton, un Grant en Bury, un Greg en Bollington, un Marshall en Leeds, un Strutt en Belper, un Salt en Saltaire, un Ackroyd en Copley y otros son bien conocidos por ello en el Reino Unido.»

¡Santa simplicidad y aún más santa ignorancia! ¡Solo en «los últimos tiempos» han construido los fabricantes rurales ingleses viviendas obreras! No, querido señor Sax, los capitalistas ingleses son verdaderos grandes industriales, no solo por la bolsa, sino también por la cabeza. Mucho antes de que en Alemania se tuviera una industria verdaderamente grande, ellos habían comprendido que, en la fabricación rural, el desembolso para viviendas obreras es una parte necesaria, directa e indirectamente muy rentable, del capital total invertido. Mucho antes de que la lucha entre Bismarck y los burgueses alemanes regalara a los obreros alemanes la libertad de coalición,45 los fabricantes, propietarios de minas y de fundiciones ingleses habían comprobado en la práctica qué presión pueden ejercer sobre los obreros en huelga cuando son al mismo tiempo sus caseros. «Las florecientes colonias» de un Greg, un Ashton o un Ashworth pertenecen hasta tal punto a «los últimos tiempos» que ya hace cuarenta años la burguesía las pregonaba como modelo, como yo mismo describí ya hace veintiocho años (La situación de la clase obrera, pp. 228-230, nota). Más o menos igual de antiguas son las de Marshall y Akroyd (así se escribe el hombre), y todavía mucho más antigua, pues sus comienzos se remontan al siglo pasado, es la de Strutt. Y como en Inglaterra se calcula que la duración media de una vivienda obrera es de cuarenta años, el señor Sax puede contar con los dedos en qué estado ruinoso se encuentran ahora estas «florecientes colonias». Además, la mayoría de ellas ya no están en el campo: la colosal expansión de la industria las ha rodeado en su mayor parte de tal modo de fábricas y casas que se encuentran en medio de ciudades sucias y humeantes de 20.000 a 30.000 habitantes y más; lo cual no impide a la ciencia burguesa alemana, representada por el señor Sax, seguir repitiendo hoy fielmente los viejos himnos de alabanza ingleses de 1840, que ya no son aplicables en absoluto.

¡Y no digamos el viejo Akroyd! Este buen hombre era, desde luego, un filántropo de la más pura especie. Amaba tanto a sus obreros, y sobre todo a sus obreras, que sus competidores de Yorkshire, menos filántropos, solían decir de él que hacía funcionar su fábrica exclusivamente con sus propios hijos. Es cierto que el señor Sax afirma que en estas florecientes colonias «los nacimientos ilegítimos son cada vez más raros» (página 118). Pues sí, los nacimientos ilegítimos fuera del matrimonio; las muchachas guapas, en efecto, se casan muy jóvenes en los distritos fabriles ingleses.

En Inglaterra, la construcción de viviendas obreras justo al lado de cada gran fábrica rural, y al mismo tiempo que la fábrica, ha sido la regla desde hace sesenta años y más. Como ya se ha dicho, muchas de estas aldeas fabriles se han convertido en el núcleo en torno al cual ha crecido más tarde toda una ciudad fabril, con todos los males que una ciudad fabril trae consigo. Estas colonias no han resuelto, pues, la cuestión de la vivienda: la han creado en su localidad.

En cambio, en los países que en el terreno de la gran industria no han hecho más que ir cojeando detrás de Inglaterra y que en realidad solo desde 1848 han conocido lo que es una gran industria, en Francia y sobre todo en Alemania, las cosas son muy distintas. Aquí solo son fundiciones y fábricas colosales las que, tras largas vacilaciones, se deciden a construir algunas viviendas obreras, como la fábrica de Schneider en Le Creusot y la de Krupp en Essen.46 La gran mayoría de los industriales rurales deja que sus obreros troten leguas, con calor, nieve y lluvia, por la mañana hasta la fábrica y por la tarde de vuelta a casa. Este es el caso, sobre todo, de las regiones montañosas, en los Vosgos franceses y alsacianos, lo mismo que en el Wupper, el Sieg, el Agger, el Lenne y otros ríos renano-westfalianos. En los Montes Metálicos no será mejor. Es la misma mezquina tacañería en los alemanes que en los franceses.

El señor Sax sabe muy bien que tanto el comienzo muy prometedor como las florecientes colonias significan menos que nada. Trata, pues, ahora de demostrar a los capitalistas qué espléndidas rentas pueden sacar de la construcción de viviendas obreras. En otras palabras, trata de indicarles un nuevo camino para estafar a los obreros.

Primero les pone como ejemplo una serie de sociedades constructoras de Londres que, de carácter en parte filantrópico y en parte especulativo, han obtenido un rendimiento neto del 4 al 6 por ciento y más. Que el capital invertido en viviendas obreras rinde bien, no hace falta que nos lo demuestre el señor Sax. La razón por la que no se invierte en ellas más de lo que se invierte es que las viviendas más caras rinden todavía más al propietario. La exhortación del señor Sax a los capitalistas se reduce, pues, una vez más, a un mero sermón moral.

En cuanto a estas sociedades constructoras londinenses, cuyos brillantes éxitos pregona el señor Sax a bombo y platillo, según su propia enumeración —en la que figura cualquier especulación inmobiliaria— han proporcionado en total alojamiento para 2.132 familias y 706 hombres solos, ¡es decir, para menos de 15.000 personas! ¿Y semejantes niñerías se atreve uno a presentar en serio en Alemania como grandes éxitos, mientras solo en el East End de Londres vive un millón de obreros en las condiciones de vivienda más miserables? Todos estos afanes filantrópicos son, en efecto, de una nulidad tan lamentable que en los informes parlamentarios ingleses que se ocupan de la situación de los obreros ni siquiera se mencionan nunca.

De la ridícula ignorancia sobre Londres que se extiende por toda esta sección no queremos ni hablar aquí. Solo una cosa. El señor Sax opina que la casa de huéspedes para hombres solos del Soho cerró porque en ese barrio «no se podía contar con una clientela numerosa». El señor Sax, en efecto, se imagina todo el West End de Londres como una única ciudad de lujo y no sabe que justo detrás de las calles más elegantes están los barrios obreros más sucios, uno de los cuales es, por ejemplo, el Soho. La casa de huéspedes modelo del Soho de la que habla, y que yo conocía ya hace veintitrés años, tuvo al principio clientela de sobra, pero cerró porque nadie podía aguantar en ella. Y eso que era todavía una de las mejores.

Pero la ciudad obrera de Mulhouse, en Alsacia, ¿eso sí es un éxito?

La ciudad obrera de Mulhouse es el gran caballo de parada de los burgueses del continente, exactamente igual que las antaño florecientes colonias de Ashton, Ashworth, Greg y consortes lo son de los ingleses. Por desgracia, no es producto de la asociación «latente», sino de la asociación abierta entre el Segundo Imperio francés y los capitalistas alsacianos. Fue uno de los experimentos socialistas de Luis Bonaparte, para el que el Estado adelantó un tercio del capital. En catorce años (hasta 1867) ha construido ochocientas casitas según un sistema defectuoso, imposible en Inglaterra, donde se entiende mejor de esto, y las cede en propiedad a los obreros al cabo de trece a quince años, contra el pago mensual de un alquiler incrementado. Este modo de adquirir la propiedad, introducido hace mucho, como veremos, en las sociedades constructoras cooperativas inglesas, no necesitaban inventarlo los bonapartistas alsacianos. Los recargos del alquiler para la compra de las casas son bastante elevados en comparación con los ingleses; el obrero, por ejemplo, después de haber pagado poco a poco 4.500 francos en quince años, recibe una casa que hace quince años valía 3.300 francos. Si el obrero quiere mudarse o se retrasa aunque sea en un solo pago mensual (en cuyo caso se le puede echar), se le carga el 6⅔ por ciento del valor original de la casa como alquiler anual (por ejemplo, 17 francos mensuales para una casa de 3.000 francos de valor) y se le devuelve el resto, pero sin un céntimo de intereses. Se comprende que con ello la sociedad, aparte de la «ayuda del Estado», pueda engordar; e igualmente se comprende que las viviendas suministradas en estas condiciones, aunque solo sea porque están construidas fuera de la ciudad, en un medio semirrural, sean mejores que las viejas viviendas-cuartel de la ciudad misma.

De los cuatro miserables experimentos hechos en Alemania, cuya mezquindad reconoce el propio señor Sax en la página 157, no diremos una palabra.

¿Qué demuestran, pues, todos estos ejemplos? Sencillamente, que la construcción de viviendas obreras, aun cuando no se pisoteen todas las leyes de la higiene, es rentable capitalistamente. Pero eso nunca se ha discutido; todos lo sabíamos desde hace mucho. Toda inversión de capital que satisface una necesidad es rentable si se explota racionalmente. La cuestión es precisamente por qué, a pesar de ello, persiste la penuria de vivienda; por qué, a pesar de ello, los capitalistas no se preocupan de proporcionar viviendas sanas suficientes para los obreros. Y aquí el señor Sax no tiene de nuevo más que exhortaciones que dirigir al capital, y nos queda debiendo la respuesta. La verdadera respuesta a esta pregunta la hemos dado ya más arriba.

El capital, esto ha quedado ya definitivamente establecido, no quiere abolir la penuria de vivienda, aunque pudiera. Solo quedan otros dos recursos: la autoayuda de los obreros y la ayuda del Estado.

El señor Sax, entusiasta admirador de la autoayuda, sabe contar maravillas de ella también en el terreno de la cuestión de la vivienda. Por desgracia, tiene que admitir ya desde el principio que solo puede lograr algo allí donde existe el sistema de cottages o es al menos realizable, es decir, de nuevo solo en el campo; en las grandes ciudades, también en Inglaterra, solo en una medida muy limitada. Luego, suspira el señor Sax,

«la reforma por medio de ella» (la autoayuda) «solo puede realizarse dando un rodeo, y por tanto siempre de manera imperfecta, a saber, solo en la medida en que al principio de la propiedad propia le corresponde una fuerza que repercute en la calidad de la vivienda».

También esto sería discutible; en todo caso, «el principio de la propiedad propia» no ha tenido en absoluto una repercusión reformadora sobre la «calidad» del estilo de nuestro autor. A pesar de todo, la autoayuda ha hecho en Inglaterra tales maravillas

«que con ello queda ampliamente superado todo lo que allí se ha hecho en otras direcciones para resolver la cuestión de la vivienda. Se trata de las building societies inglesas», de las que el señor Sax trata con más detenimiento sobre todo porque «sobre su naturaleza y su actuación circulan en general ideas muy insuficientes o erróneas. Las building societies inglesas no son en modo alguno... sociedades constructoras o cooperativas de construcción; más bien... habría que designarlas en alemán, por ejemplo, como “asociaciones para la adquisición de casas”; son asociaciones que tienen por objeto reunir un fondo mediante aportaciones periódicas de sus miembros y, con él, precisamente en la medida de sus recursos, conceder a los miembros préstamos para la compra de una casa... La building society es así, para una parte de sus miembros, una asociación de ahorro y, para la otra, una caja de préstamos. Las building societies son, pues, instituciones de crédito hipotecario pensadas para las necesidades del obrero, que destinan principalmente... los ahorros de los obreros... a los compañeros de condición de los depositantes para la compra o construcción de una casa. Como era de suponer, estos préstamos se conceden con la garantía hipotecaria del inmueble en cuestión y de manera que su devolución se efectúe en pequeños plazos que reúnen intereses y amortización... Los intereses no se pagan a los depositantes, sino que se les abonan siempre en cuenta como interés compuesto... La devolución de los depósitos junto con los intereses acumulados... puede pedirse en cualquier momento con un mes de preaviso.» (Pp. 170-172.) «Existen en Inglaterra más de 2.000 asociaciones de este tipo...; el capital reunido en ellas asciende a unos 15.000.000 de libras esterlinas, y cerca de 100.000 familias obreras han llegado ya por este camino a la posesión de un hogar propio; una conquista social a la que seguramente no podrá compararse pronto ninguna otra.» (P. 174.)

Por desgracia, también aquí llega cojeando el «pero» pisándole los talones:

«Sin embargo, con ello no se ha alcanzado ni mucho menos una solución completa de la cuestión. Aunque solo sea porque la adquisición de una casa solo está al alcance de los obreros mejor situados... En particular, a menudo no se observan suficientemente las consideraciones sanitarias.» (P. 176.)

En el continente, «tales asociaciones... solo encuentran un terreno reducido para desarrollarse». Presuponen el sistema de cottages, que aquí solo existe en el campo; pero en el campo los obreros no están todavía suficientemente desarrollados para la autoayuda. Por otra parte, en las ciudades, donde podrían formarse cooperativas de construcción propiamente dichas, se les oponen «dificultades muy considerables y serias de diversa índole» (p. 179). Solo podrían construir cottages, y eso no es posible en las grandes ciudades. En una palabra, a «esta forma de autoayuda cooperativa» «en las condiciones actuales —y apenas en un futuro próximo— no le podrá corresponder el papel principal en la solución de la cuestión que nos ocupa». Estas cooperativas de construcción, en efecto, se encuentran todavía «en la fase de los primeros comienzos, no desarrollados». «Esto vale incluso para Inglaterra.» (P. 181.)

Así pues, los capitalistas no quieren y los obreros no pueden. Y con esto podríamos cerrar esta sección, si no fuera absolutamente necesario dar algunas aclaraciones sobre las building societies inglesas, que los burgueses del color de Schulze-Delitzsch47 ponen siempre como modelo a nuestros obreros.

Estas building societies no son sociedades obreras, ni su objetivo principal es procurar a los obreros casas propias. Veremos, por el contrario, que esto solo ocurre muy excepcionalmente. Las building societies son esencialmente de naturaleza especulativa, las pequeñas, que son las originales, no menos que sus grandes imitadoras. En una taberna, por lo general a instancias del tabernero, en cuyo local se celebran luego las reuniones semanales, cierto número de parroquianos y sus amigos —tenderos, dependientes, viajantes de comercio, pequeños maestros artesanos y demás pequeña burguesía, y aquí y allá también algún mecánico u otro obrero perteneciente a la aristocracia de su clase— se unen para formar una cooperativa de construcción; el motivo inmediato suele ser que el tabernero ha descubierto en la vecindad o en otra parte un terreno que puede conseguirse relativamente barato. La mayoría de los miembros no están atados por su ocupación a un lugar determinado; incluso muchos de los tenderos y artesanos solo tienen en la ciudad un local de negocio, no una vivienda; quien puede prefiere vivir fuera antes que en medio de la ciudad humeante. Se compra el solar y se construye en él el número posible de cottages. El crédito de los más acomodados hace posible la compra; las aportaciones semanales, junto con algunos pequeños préstamos, cubren los gastos semanales de la construcción. A los miembros que especulan con tener una casa propia se les adjudican por sorteo los cottages a medida que se terminan, y el correspondiente recargo del alquiler amortiza el precio de compra. Los cottages restantes se alquilan o se venden. Pero la sociedad constructora, si hace buenos negocios, acumula un patrimonio más o menos grande que pertenece a los miembros mientras pagan sus cuotas y que se reparte de vez en cuando o al disolverse la sociedad. Esta es la trayectoria de nueve de cada diez sociedades constructoras inglesas. Las restantes son sociedades más grandes, formadas a veces con pretextos políticos o filantrópicos, pero cuyo objetivo principal es siempre, a fin de cuentas, procurar a los ahorros de la pequeña burguesía una inversión hipotecaria más elevada, con buen interés y perspectivas de dividendo, mediante la especulación con la propiedad inmobiliaria.

Con qué clase de clientes especulan estas sociedades lo demuestra el prospecto de una de las mayores, si no la mayor, de todas ellas. La Birkbeck Building Society, 29 y 30, Southampton Buildings, Chancery Lane, Londres, cuyos ingresos desde su fundación ascienden a más de 10½ millones de libras esterlinas (70 millones de táleros), que tiene invertidas más de 416.000 libras en el banco y en títulos del Estado y que cuenta actualmente con 21.441 socios y depositantes, se anuncia al público de la manera siguiente:

«La mayoría de la gente conoce el llamado sistema de los tres años de los fabricantes de pianos, según el cual todo el que alquila un piano por tres años se convierte, transcurrido ese tiempo, en su propietario. Antes de la introducción de este sistema, a las personas de ingresos limitados les resultaba casi tan difícil procurarse un buen piano como una casa propia; año tras año se pagaba el alquiler del piano y se gastaba dos o tres veces más dinero de lo que valía el piano. Pero lo que es factible con un piano lo es también con una casa... Pero como una casa cuesta más que un piano..., hace falta un plazo más largo para pagar el precio de compra mediante el alquiler. En consecuencia, los directores han llegado a acuerdos con propietarios de casas de distintas partes de Londres y sus suburbios que les permiten ofrecer a los miembros de la Birkbeck Building Society y a otros una gran selección de casas en los barrios más diversos de la ciudad. El sistema que los directores se proponen seguir es alquilar las casas por 12½ años, transcurridos los cuales, si se ha pagado puntualmente el alquiler, la casa pasa a ser propiedad absoluta del inquilino, sin más pagos de ninguna clase... El inquilino puede también contratar un plazo más corto con un alquiler más alto, o un plazo más largo con un alquiler más bajo... Las personas de ingresos limitados, los dependientes de comercio y de tienda y otros pueden independizarse inmediatamente de cualquier casero haciéndose socios de la Birkbeck Building Society.»

Esto habla con suficiente claridad. De obreros, ni palabra; sí, en cambio, de personas de ingresos limitados, dependientes de tienda y de comercio, etc.; y encima se supone que los solicitantes, por regla general, ya tienen un piano. En efecto, aquí no se trata en absoluto de obreros, sino de pequeñoburgueses y de quienes quieren llegar a serlo y pueden; gente cuyos ingresos, aunque dentro de ciertos límites, suelen aumentar poco a poco, como los de los dependientes de comercio y oficios semejantes, mientras que los del obrero, que en el mejor de los casos siguen siendo los mismos en su importe, en realidad bajan en proporción al aumento de su familia y de sus crecientes necesidades. En efecto, solo pocos obreros pueden participar excepcionalmente en tales sociedades. Por una parte, sus ingresos son demasiado bajos y, por otra, de naturaleza demasiado insegura para que puedan contraer obligaciones a 12½ años vista. Las pocas excepciones a las que esto no se aplica son o bien los obreros mejor pagados o bien capataces de fábrica.48

Por lo demás, todo el mundo ve que los bonapartistas de la ciudad obrera de Mulhouse no son más que miserables imitadores de estas sociedades constructoras pequeñoburguesas inglesas. Solo que aquellos, a pesar de la ayuda estatal que se les concede, estafan a sus clientes mucho más que las sociedades constructoras. Sus condiciones son en conjunto menos liberales que las que rigen por término medio en Inglaterra, y mientras que en Inglaterra se abonan siempre intereses e intereses compuestos sobre cada pago a cuenta, que se devuelve además con un mes de preaviso, los fabricantes de Mulhouse se embolsan los intereses y los intereses compuestos y solo devuelven la suma pagada en sonantes monedas de cinco francos. Y nadie se extrañará más de esta diferencia que el señor Sax, que tiene todo esto en su libro sin saberlo.

Tampoco la autoayuda de los obreros sirve, pues, de nada. Queda la ayuda del Estado. ¿Qué puede ofrecernos el señor Sax a este respecto? Tres cosas:

«En primer lugar, el Estado tiene que procurar eliminar o mejorar convenientemente en su legislación y su administración todo lo que de algún modo tenga como consecuencia el fomento de la penuria de vivienda de las clases trabajadoras.» (P. 187.)

Es decir: revisión de la legislación sobre la construcción y libertad de los oficios de la construcción, para que se construya más barato. Pero en Inglaterra la legislación sobre la construcción está reducida al mínimo, los oficios de la construcción son libres como el pájaro en el aire, y sin embargo existe la penuria de vivienda. Además, en Inglaterra se construye ahora tan barato que las casas tiemblan cuando pasa un carro y cada día se derrumba alguna. Ayer mismo, 25 de octubre de 1872, se derrumbaron en Mánchester seis de golpe e hirieron gravemente a seis obreros. Tampoco esto sirve, pues.

«En segundo lugar, el poder del Estado tiene que impedir que el individuo, en su individualismo limitado, propague el mal o lo provoque de nuevo.»

Es decir: inspección sanitaria y de policía de la construcción de las viviendas obreras, atribución a las autoridades de la facultad de cerrar las viviendas peligrosas para la salud y ruinosas, como se ha hecho en Inglaterra desde 1857. Pero ¿cómo se ha hecho allí? La primera ley, de 1855 (Nuisances Removal Act), quedó, como admite el propio señor Sax, en «letra muerta», y lo mismo la segunda, de 1858 (Local Government Act) (p. 197). En cambio, el señor Sax cree que la tercera, la Artisans' Dwellings Act, que solo rige para ciudades de más de 10.000 habitantes, «es sin duda un testimonio favorable de la gran comprensión del Parlamento británico en asuntos sociales» (p. 199), cuando esta afirmación no es, a su vez, más que «un testimonio favorable» del completo desconocimiento de los «asuntos» ingleses por parte del señor Sax.49 Que Inglaterra, en general, va muy por delante del continente «en asuntos sociales» se entiende por sí mismo; es la patria de la gran industria moderna; en ella el modo de producción capitalista se ha desarrollado con la mayor libertad y amplitud, sus consecuencias se manifiestan aquí de la manera más cruda y provocan, por eso, también antes que en ninguna otra parte una reacción en la legislación. La mejor prueba de ello es la legislación fabril. Pero si el señor Sax cree que basta con que una ley del Parlamento adquiera fuerza de ley para que se aplique enseguida en la práctica, se equivoca enormemente. Y esto no vale para ninguna ley del Parlamento (exceptuando acaso la Workshops' Act) más que precisamente para la Local Government Act. La ejecución de la ley se encomendó a las autoridades municipales, que en casi toda Inglaterra son reconocidos centros de corrupción de toda clase, de favoritismo familiar y de jobbery.50 Los agentes de estas autoridades municipales, que deben sus puestos a toda clase de consideraciones familiares, o no son capaces o no están dispuestos a aplicar tales leyes sociales, mientras que precisamente en Inglaterra los funcionarios del Estado encargados de preparar y aplicar la legislación social se distinguen en su mayoría por un estricto cumplimiento del deber, aunque ahora en menor medida que hace veinte o treinta años. En los ayuntamientos, los propietarios de viviendas insalubres y ruinosas están fuertemente representados, directa o indirectamente, casi en todas partes. La elección de los concejales por pequeños distritos hace a los elegidos dependientes de los intereses e influencias locales más mezquinos; ningún concejal que quiera ser reelegido puede atreverse a votar por la aplicación de esta ley en su distrito. Se comprende, pues, con qué repugnancia fue acogida esta ley casi en todas partes por las autoridades locales, y que hasta ahora solo se haya aplicado a los casos más escandalosos, y aun entonces casi siempre solo a consecuencia de una epidemia ya declarada, como el año pasado en Mánchester y Salford con la epidemia de viruela. La apelación al ministro del Interior solo ha surtido efecto hasta ahora en casos de este tipo, pues el principio de todo gobierno liberal en Inglaterra es proponer leyes de reforma social solo cuando no hay más remedio y, si es posible, no aplicar en absoluto las ya existentes. La ley en cuestión, como muchas otras en Inglaterra, solo tiene importancia en cuanto, en manos de un gobierno dominado o presionado por los obreros que llegue por fin a aplicarla realmente, será un arma poderosa para abrir brecha en el actual estado social.

«En tercer lugar», según el señor Sax, el poder del Estado debe «aplicar en la medida más amplia todas las medidas positivas de que disponga para remediar la penuria de vivienda existente».

Es decir, debe construir cuarteles, «verdaderos edificios modelo», para sus «funcionarios y servidores subalternos» (¡pero esos no son obreros!) y «conceder préstamos... a corporaciones municipales, sociedades y también a particulares con el fin de mejorar las viviendas de las clases trabajadoras» (p. 203), como se hace en Inglaterra en virtud de la Public Works Loan Act y como hizo Luis Bonaparte en París y en Mulhouse. Pero la Public Works Loan Act existe también solo sobre el papel: el gobierno pone a disposición de los comisarios a lo sumo 50.000 libras esterlinas, es decir, los medios para construir como máximo 400 cottages; en cuarenta años, por tanto, 16.000 cottages, o viviendas para un máximo de 80.000 personas: ¡una gota en el mar! Aun suponiendo que al cabo de veinte años los recursos de la comisión se dupliquen gracias a las devoluciones, de modo que en los últimos veinte años se construyan viviendas para otras 40.000 personas, sigue siendo siempre una gota en el mar. Y como los cottages solo duran por término medio cuarenta años, al cabo de cuarenta años habrá que emplear cada año las 50.000 o 100.000 libras disponibles en reponer los cottages más viejos, ya ruinosos. ¡A esto llama el señor Sax, en la página 203, aplicar el principio de manera prácticamente correcta y «también en medida ilimitada»! Y con esta confesión de que el Estado, incluso en Inglaterra, no ha hecho «en medida ilimitada» prácticamente nada, termina el señor Sax su libro, no sin largar todavía un nuevo sermón moral a todos los interesados.51

Que el Estado actual no puede ni quiere remediar la plaga de la vivienda está más claro que el agua. El Estado no es más que el poder conjunto organizado de las clases poseedoras, de los terratenientes y capitalistas, frente a las clases explotadas, los campesinos y los obreros. Lo que no quieren los capitalistas individuales (y aquí solo cuentan ellos, ya que en este asunto también el propietario de la tierra interesado actúa en primer lugar en su condición de capitalista), tampoco lo quiere su Estado. Si, por tanto, los capitalistas individuales lamentan, es cierto, la penuria de vivienda, pero apenas se dejan mover a encubrir superficialmente sus consecuencias más espantosas, el capitalista colectivo, el Estado, tampoco hará mucho más. A lo sumo se encargará de que el grado de encubrimiento superficial que se ha hecho habitual se aplique uniformemente en todas partes. Y hemos visto que así es.

Pero, puede objetarse, en Alemania los burgueses no dominan todavía; en Alemania el Estado es todavía un poder que flota hasta cierto punto independiente por encima de la sociedad y que, precisamente por eso, representa los intereses generales de la sociedad y no los de una clase particular. Semejante Estado puede, desde luego, hacer muchas cosas que no puede hacer un Estado burgués; de él cabe esperar también en el terreno social cosas muy distintas.

Este es el lenguaje de los reaccionarios. En realidad, también en Alemania el Estado, tal como existe, es el producto necesario de la base social de la que ha surgido. En Prusia —y Prusia es ahora la que marca la pauta— existe, junto a una nobleza terrateniente todavía fuerte, una burguesía relativamente joven y sobre todo muy cobarde, que hasta ahora no ha conquistado ni el dominio político directo, como en Francia, ni el más o menos indirecto, como en Inglaterra. Pero junto a ambas clases existe un proletariado que crece rápidamente, intelectualmente muy desarrollado y que se organiza cada día más. Encontramos, pues, aquí, junto a la condición fundamental de la antigua monarquía absoluta —el equilibrio entre la nobleza terrateniente y la burguesía—, la condición fundamental del bonapartismo moderno: el equilibrio entre la burguesía y el proletariado. Pero tanto en la antigua monarquía absoluta como en la moderna monarquía bonapartista, el verdadero poder de gobierno está en manos de una casta particular de oficiales y funcionarios que en Prusia se recluta en parte en sí misma, en parte en la pequeña nobleza de mayorazgo, más raramente en la gran nobleza y en mínima parte en la burguesía. La autonomía de esta casta, que parece estar fuera y, por así decir, por encima de la sociedad, da al Estado la apariencia de autonomía frente a la sociedad.

La forma de Estado que se ha desarrollado necesariamente en Prusia (y, siguiendo su ejemplo, en la nueva Constitución del Imperio alemán) a partir de estas condiciones sociales contradictorias es el constitucionalismo aparente; una forma que es a la vez la forma actual de descomposición de la antigua monarquía absoluta y la forma de existencia de la monarquía bonapartista. En Prusia, el constitucionalismo aparente no hizo, de 1848 a 1866, más que encubrir y facilitar la lenta putrefacción de la monarquía absoluta. Pero desde 1866, y sobre todo desde 1870, la transformación de las condiciones sociales, y con ella la descomposición del viejo Estado, se produce a la vista de todos y a una escala que crece colosalmente. El rápido desarrollo de la industria, y sobre todo de la especulación bursátil, ha arrastrado a todas las clases dominantes al torbellino de la especulación. La corrupción a gran escala, importada de Francia en 1870, se desarrolla con una rapidez inaudita. Strousberg y Péreire52 se quitan el sombrero el uno ante el otro. Ministros, generales, príncipes y condes especulan en acciones a la par de los más avispados judíos de la Bolsa, y el Estado reconoce su igualdad ennobleciendo en masa a los judíos de la Bolsa con el título de barón. La nobleza rural, industrial desde hace mucho como fabricante de azúcar de remolacha y destiladora de aguardiente, ha dejado atrás hace tiempo los viejos tiempos sólidos y engrosa con sus nombres las listas de directores de todas las sociedades anónimas sólidas y no sólidas. La burocracia desprecia cada vez más el desfalco de caja como único medio de mejorar el sueldo; abandona el servicio del Estado y va a la caza de los puestos mucho más lucrativos en la administración de empresas industriales; los que permanecen en el cargo siguen el ejemplo de sus superiores, especulan en acciones o se hacen «dar participación» en los ferrocarriles, etc. Hay incluso motivos para suponer que también los tenientes meten la mano en más de una especulación. En una palabra, la descomposición de todos los elementos del viejo Estado, el paso de la monarquía absoluta a la bonapartista, está en pleno curso, y con la próxima gran crisis comercial e industrial no solo se hundirá la especulación actual, sino también el viejo Estado prusiano.53

¿Y este Estado, cuyos elementos no burgueses se aburguesan cada día más, ha de resolver «la cuestión social», o siquiera la cuestión de la vivienda? Al contrario. En todas las cuestiones económicas el Estado prusiano cae cada vez más en manos de la burguesía; y si la legislación desde 1866 no se ha adaptado en el terreno económico a los intereses de la burguesía todavía más de lo que lo ha hecho, ¿de quién es la culpa? Sobre todo de la propia burguesía, que, en primer lugar, es demasiado cobarde para defender enérgicamente sus reivindicaciones y, en segundo lugar, se resiste a toda concesión en cuanto esa concesión pone al mismo tiempo nuevas armas en manos del proletariado amenazante. Y si el poder del Estado, es decir, Bismarck, intenta organizarse un proletariado de su propia guardia para tener a raya con él la actividad política de la burguesía, ¿qué es eso sino un remedio casero bonapartista, necesario y bien conocido, que frente a los obreros no compromete a nada más que a algunas frases benévolas y, a lo sumo, a un mínimo de ayuda estatal a sociedades constructoras al estilo de Luis Bonaparte?

La mejor prueba de lo que los obreros pueden esperar del Estado prusiano está en el empleo de los miles de millones franceses, que han dado a la autonomía de la maquinaria estatal prusiana frente a la sociedad un nuevo y breve plazo de gracia. ¿Se ha empleado un solo tálero de esos miles de millones en dar techo a las familias obreras berlinesas arrojadas a la calle? Al contrario. Cuando llegó el otoño, el propio Estado mandó derribar las cuatro miserables barracas que les habían servido en verano de techo provisional.54 Los cinco mil millones siguen alegremente el camino de toda carne, en fortalezas, cañones y soldados; y a pesar de Wagner von Dummerwitz,55 a pesar de las conferencias stieberianas con Austria,56 de esos miles de millones no se destinará a los obreros alemanes ni siquiera lo que Luis Bonaparte destinó a los franceses de los millones que robó a Francia.

III

En realidad, la burguesía solo tiene un método para resolver la cuestión de la vivienda a su manera, es decir, de resolverla de modo que la solución vuelva a engendrar la cuestión una y otra vez. Este método se llama «Haussmann».

Entiendo aquí por «Haussmann» no solo la manera específicamente bonapartista del Haussmann de París de abrir calles largas, rectas y anchas a través de los apretados barrios obreros y flanquearlas por ambos lados con grandes edificios de lujo, con lo cual, además del objetivo estratégico de dificultar la lucha de barricadas, se buscaba formar un proletariado de la construcción específicamente bonapartista, dependiente del gobierno, y convertir la ciudad en una pura ciudad de lujo. Entiendo por «Haussmann» la práctica, ya generalizada, de abrir brechas en los barrios obreros, sobre todo en los situados en el centro de nuestras grandes ciudades, tanto si lo motivan consideraciones de salud pública y de embellecimiento como la demanda de grandes locales comerciales en el centro o las necesidades del tráfico, como la construcción de ferrocarriles, calles, etc. El resultado es en todas partes el mismo, por diferente que sea el motivo: los callejones y callejuelas más escandalosos desaparecen, entre grandes autoalabanzas de la burguesía por este éxito inmenso, pero... vuelven a surgir enseguida en otro lugar, y a menudo en la vecindad inmediata.

En La situación de la clase obrera en Inglaterra di una descripción de Mánchester tal como era en 1843 y 1844. Desde entonces, con los ferrocarriles que atraviesan el centro de la ciudad, con la apertura de nuevas calles y la construcción de grandes edificios públicos y privados, algunos de los peores distritos allí descritos han sido atravesados, puestos al descubierto y mejorados, y otros han desaparecido por completo; aunque muchos —prescindiendo de la inspección sanitaria, que desde entonces se ha vuelto más rigurosa— se encuentran en el mismo estado constructivo que entonces, o incluso peor. A cambio, gracias a la enorme expansión de la ciudad, cuya población ha aumentado desde entonces en más de la mitad, barrios que entonces eran todavía aireados y limpios están ahora tan edificados, tan sucios y tan abarrotados de gente como lo estaban entonces los barrios de peor fama. Aquí solo un ejemplo: en mi libro, en la página 80 y siguientes, describí un grupo de casas situado en el fondo del valle del río Medlock que, con el nombre de Pequeña Irlanda (Little Ireland), constituía desde hacía años la vergüenza de Mánchester. La Pequeña Irlanda desapareció hace tiempo; en su lugar se levanta ahora, sobre un alto basamento, una estación de ferrocarril; la burguesía señalaba con ostentación la feliz y definitiva eliminación de la Pequeña Irlanda como un gran triunfo. Pues bien, el verano pasado se produjo una enorme inundación, como en general los ríos encauzados de nuestras grandes ciudades provocan, por causas fáciles de explicar, inundaciones cada año mayores. Y entonces resulta que la Pequeña Irlanda no ha sido eliminada en absoluto, sino que simplemente se ha trasladado del lado sur de Oxford Road al lado norte, y sigue floreciendo. Escuchemos al Manchester Weekly Times del 20 de julio de 1872, el órgano de los burgueses radicales de Mánchester:

«La desgracia que cayó el sábado pasado sobre los habitantes de la hondonada del Medlock tendrá, es de esperar, una buena consecuencia: que se dirija la atención pública a la burla palpable de todas las leyes de la higiene que se viene tolerando allí desde hace tanto tiempo en las propias narices de los funcionarios municipales y del comité municipal de sanidad. Un artículo contundente de nuestra edición diaria de ayer ha revelado, todavía con demasiada suavidad, el estado vergonzoso de algunas de las viviendas en sótanos cerca de Charles Street y Brook Street alcanzadas por la inundación. Un examen minucioso de uno de los patios mencionados en aquel artículo nos permite confirmar todo lo que allí se decía y declarar que las viviendas en sótanos de este patio deberían haberse cerrado hace mucho; más exactamente, nunca se habría debido tolerarlas como viviendas humanas. Squire's Court lo forman siete u ocho casas en la esquina de Charles Street y Brook Street, por encima de las cuales el transeúnte, incluso en el punto más bajo de Brook Street, bajo el arco del ferrocarril, puede pasar día tras día sin sospechar que hay seres humanos que viven en cuevas en las profundidades bajo sus pies. El patio está oculto a la vista del público, solo accesible para aquellos a quienes la miseria obliga a buscar alojamiento en su aislamiento sepulcral. Incluso cuando las aguas del Medlock, casi siempre estancadas, encauzadas entre presas, no superan su nivel habitual, el suelo de estas viviendas solo puede estar unas pocas pulgadas por encima de su superficie; cualquier chaparrón fuerte es capaz de hacer subir agua repugnantemente podrida por los sumideros o las tuberías de desagüe y envenenar las viviendas con los gases pestilentes que toda agua de inundación deja como recuerdo... Squire's Court está todavía más bajo que los sótanos deshabitados de las casas de Brook Street..., veinte pies por debajo de la calle, y el agua apestada que el sábado subió por los sumideros llegó hasta los tejados. Lo sabíamos, y por eso esperábamos encontrar el patio deshabitado u ocupado solo por los funcionarios del comité de sanidad, lavando y desinfectando las paredes malolientes. En lugar de eso vimos a un hombre ocupado, en la vivienda-sótano de un barbero..., en cargar en una carretilla a paladas un montón de inmundicia en putrefacción que había en un rincón. El barbero, cuyo sótano ya estaba bastante barrido, nos mandó todavía más abajo, a una serie de viviendas de las que dijo que, si supiera escribir, escribiría a la prensa e insistiría en que se cerraran. Así llegamos por fin a Squire's Court, donde encontramos a una irlandesa guapa, de aspecto sano, muy atareada con la colada. Ella y su marido, vigilante nocturno particular, vivían desde hacía seis años en el patio y tenían una familia numerosa... En la casa que acababan de abandonar, la crecida había subido hasta casi el tejado, las ventanas estaban rotas y los muebles eran un montón de escombros. El inquilino, dijo él, solo había podido mantener la casa con un olor soportable blanqueándola con cal cada dos meses... En el patio interior, al que nuestro corresponsal solo entonces penetró, encontró tres casas adosadas por la pared trasera a las que acabamos de describir, dos de ellas habitadas. El hedor era allí tan abominable que el hombre más sano tenía que marearse al cabo de unos minutos... Este agujero repugnante estaba habitado por una familia de siete personas, que la noche del jueves (el día de la primera inundación) habían dormido todos en la casa. O, mejor dicho, como se corrigió la mujer, no habían dormido, porque ella y su marido se habían pasado la mayor parte de la noche vomitando por el hedor. El sábado tuvieron que sacar a sus hijos en brazos, vadeando el agua que les llegaba al pecho. También ella opinaba que el agujero era demasiado malo para un cerdo, pero por lo barato del alquiler —un chelín y medio (15 groschen) a la semana— lo había tomado, ya que su marido, por enfermedad, se había quedado a menudo sin ganar nada en los últimos tiempos. La impresión que producen este patio y sus habitantes, encerrados en él como en una tumba prematura, es la del desamparo más extremo. Por lo demás, tenemos que decir que, según nuestras observaciones, Squire's Court no es más que una imagen —quizá exagerada— de otros muchos lugares de aquella zona cuya existencia no puede justificar nuestro comité de sanidad. Y si se permite que estos lugares sigan habitados, el comité carga con una responsabilidad, y la vecindad con un peligro de epidemias contagiosas, cuyo peso no queremos examinar más.»

Este es un ejemplo palmario de cómo resuelve la burguesía la cuestión de la vivienda en la práctica. Los focos de epidemias, las cuevas y los agujeros más infames en los que el modo de producción capitalista encierra noche tras noche a nuestros obreros, no se eliminan: ¡solo se desplazan de lugar! La misma necesidad económica que los produjo en el primer lugar los produce también en el segundo. Y mientras exista el modo de producción capitalista, será una locura querer resolver por separado la cuestión de la vivienda o cualquier otra cuestión social que afecte a la suerte de los obreros. Pero la solución está en la abolición del modo de producción capitalista, en la apropiación de todos los medios de vida y de trabajo por la propia clase obrera.

Tercera parte: Apéndice sobre Proudhon y la cuestión de la vivienda

I

En el número 86 del Volksstaat, A. Mülberger se da a conocer como autor de los artículos que critiqué en el número 51 y siguientes de este periódico. En su respuesta me abruma con tal serie de reproches, y desplaza hasta tal punto todos los puntos de vista de los que se trata, que no tengo más remedio que replicar. Intentaré dar a mi réplica, que para mi pesar tiene que moverse en gran parte en el terreno de la polémica personal que Mülberger me ha impuesto, un interés general desarrollando de nuevo, y a ser posible con más claridad que antes, los puntos que principalmente importan, aun a riesgo de que Mülberger me haga saber otra vez que todo esto «en lo esencial no contiene nada nuevo, ni para él ni para los demás lectores del Volksstaat».

Mülberger se queja de la forma y del contenido de mi crítica. En cuanto a la forma, basta con responder que en aquel momento yo no sabía en absoluto de quién procedían los artículos en cuestión. No podía, pues, tratarse de ninguna «prevención» personal contra el autor; contra la solución de la cuestión de la vivienda desarrollada en los artículos sí estaba yo, desde luego, «prevenido», en la medida en que la conocía desde hacía mucho por Proudhon y mi opinión sobre ella estaba formada.

Sobre el «tono» de mi crítica no quiero discutir con el amigo Mülberger. Cuando uno ha estado tanto tiempo en el movimiento como yo, adquiere una piel bastante dura frente a los ataques y por eso la supone fácilmente también en los demás. Para resarcir a Mülberger, intentaré esta vez poner mi «tono» en la debida proporción con la sensibilidad de su epidermis.

Mülberger se queja con especial amargura de que lo haya llamado proudhoniano, y asegura que no lo es. Naturalmente, tengo que creerle, pero demostraré que los artículos en cuestión —y solo con ellos tenía yo que ver— no contienen más que puro proudhonismo.

Pero, según Mülberger, también critico a Proudhon «a la ligera» y cometo con él una grave injusticia:

«La doctrina del pequeñoburgués Proudhon se ha convertido entre nosotros, en Alemania, en un dogma establecido, que muchos proclaman incluso sin haber leído una sola línea suya.»

Cuando lamento que los obreros de lengua románica no tengan desde hace veinte años más alimento espiritual que las obras de Proudhon, Mülberger responde que entre los obreros románicos «los principios, tal como los formuló Proudhon, constituyen casi en todas partes el alma motriz del movimiento». Esto tengo que negarlo. En primer lugar, el «alma motriz» del movimiento obrero no está en ninguna parte en los «principios», sino en todas partes en el desarrollo de la gran industria y en sus efectos, la acumulación y la concentración del capital, por un lado, y del proletariado, por otro. En segundo lugar, no es cierto que los llamados «principios» de Proudhon desempeñen entre los pueblos románicos el papel decisivo que Mülberger les atribuye; que «los principios de la anarquía, de la organisation des forces économiques [organización de las fuerzas económicas], de la liquidation sociale [liquidación social], etc., se hayan convertido allí... en los verdaderos portadores del movimiento revolucionario». Por no hablar de España e Italia, donde las panaceas proudhonianas solo han ganado alguna influencia en la forma todavía más estropeada por Bakunin, es un hecho notorio para cualquiera que conozca el movimiento obrero internacional que en Francia los proudhonianos forman una secta poco numerosa, mientras que la masa de los obreros no quiere saber nada del plan de reforma social trazado por Proudhon con el título de Liquidation sociale y Organisation des forces économiques. Esto se ha visto, entre otras cosas, bajo la Comuna. Aunque los proudhonianos estaban fuertemente representados en ella, no se hizo el menor intento de liquidar la vieja sociedad o de organizar las fuerzas económicas según las propuestas de Proudhon. Al contrario. Es el mayor honor de la Comuna que en todas sus medidas económicas su «alma motriz» no fueran unos principios cualesquiera, sino... la simple necesidad práctica. Y por eso estas medidas —la abolición del trabajo nocturno de los panaderos, la prohibición de las multas en las fábricas, la confiscación de las fábricas y talleres paralizados y su entrega a asociaciones obreras— no estaban en absoluto en el espíritu de Proudhon, sino en el del socialismo científico alemán. La única medida social que impusieron los proudhonianos fue... no incautarse del Banco de Francia, y en parte por eso sucumbió la Comuna. Del mismo modo, los llamados blanquistas,57 en cuanto intentaron transformarse de meros revolucionarios políticos en una fracción obrera socialista con un programa determinado —como ocurrió en el manifiesto de los refugiados blanquistas en Londres Internationale et Révolution—, no proclamaron los «principios» del plan proudhoniano de salvación de la sociedad, sino, y casi literalmente, las ideas del socialismo científico alemán sobre la necesidad de la acción política del proletariado y de su dictadura como transición a la abolición de las clases y, con ellas, del Estado, tal como se habían formulado ya en el Manifiesto comunista e innumerables veces desde entonces. Y si Mülberger llega a deducir del desprecio de los alemanes por Proudhon una falta de comprensión del movimiento románico «hasta la Comuna de París», que nombre, como prueba de esa falta, el escrito románico que haya comprendido y expuesto la Comuna de manera siquiera aproximadamente tan acertada como el Manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la guerra civil en Francia, escrito por el alemán Marx.

El único país donde el movimiento obrero está directamente bajo la influencia de los «principios» proudhonianos es Bélgica, y precisamente por eso el movimiento belga va, como dice Hegel, «de nada, por nada, a nada».58

Si considero una desgracia que los obreros románicos, directa o indirectamente, hayan vivido intelectualmente desde hace veinte años solo de Proudhon, no la veo en el dominio, completamente mítico, de la receta reformadora proudhoniana —lo que Mülberger llama los «principios»—, sino en que su crítica económica de la sociedad existente quedó infectada por las fórmulas proudhonianas, completamente falsas, y su acción política echada a perder por la influencia proudhoniana. Si, según esto, los «obreros románicos proudhonizados» o los alemanes, que en todo caso comprenden el socialismo científico alemán infinitamente mejor que los románicos a su Proudhon, «están más en la revolución», podremos responderlo cuando sepamos qué significa eso de «estar en la revolución». Se ha oído hablar de gente que «está en el cristianismo, en la verdadera fe, en la gracia de Dios», etc. Pero ¿«estar» en la revolución, en el movimiento más violento? ¿Es acaso «la revolución» una religión dogmática en la que hay que creer?

Además, Mülberger me reprocha haber afirmado, en contra de las palabras expresas de su trabajo, que él declara la cuestión de la vivienda una cuestión exclusivamente obrera.

Esta vez Mülberger tiene realmente razón. Se me había pasado por alto el pasaje en cuestión. Imperdonablemente, porque es uno de los más característicos de toda la tendencia de su estudio. Mülberger dice, en efecto, con todas las letras:

«Puesto que con tanta frecuencia se nos hace el ridículo reproche de que hacemos política de clase, de que aspiramos a una dominación de clase y cosas parecidas, subrayamos ante todo y expresamente que la cuestión de la vivienda no afecta en modo alguno exclusivamente al proletariado, sino que, por el contrario, interesa de manera muy destacada a la verdadera clase media, a la pequeña industria, a la pequeña burguesía, a toda la burocracia...; la cuestión de la vivienda es precisamente el punto de las reformas sociales que parece más adecuado que ningún otro para revelar la absoluta identidad interna de los intereses del proletariado, por un lado, y de las verdaderas clases medias de la sociedad, por otro. Las clases medias sufren tanto, quizá incluso más, que el proletariado bajo la opresiva cadena de la vivienda de alquiler... Las verdaderas clases medias de la sociedad se encuentran hoy ante la cuestión de si... encontrarán la fuerza... para intervenir, en alianza con el partido obrero, lleno de vigor juvenil y de energía, en el proceso de transformación de la sociedad, cuyos beneficios redundarán precisamente en provecho de ellas antes que de nadie.»

El amigo Mülberger constata, pues, aquí lo siguiente:

  1. «Nosotros» no hacemos «política de clase» ni aspiramos a ninguna «dominación de clase». Sin embargo, el Partido Obrero Socialdemócrata alemán, precisamente porque es un partido obrero, hace necesariamente «política de clase», la política de la clase obrera. Como todo partido político se propone conquistar el poder en el Estado, el Partido Obrero Socialdemócrata alemán aspira necesariamente a su dominación, a la dominación de la clase obrera, es decir, a una «dominación de clase». Por lo demás, todo partido proletario real, desde los cartistas59 ingleses, ha presentado siempre la política de clase, la organización del proletariado como partido político independiente, como primera condición, y la dictadura del proletariado como objetivo inmediato de la lucha. Al declarar esto «ridículo», Mülberger se sitúa fuera del movimiento proletario y dentro del socialismo pequeñoburgués.

  2. La cuestión de la vivienda tiene la ventaja de no ser una cuestión exclusivamente obrera, sino de que «interesa de manera muy destacada» a la pequeña burguesía, ya que «las verdaderas clases medias» sufren por ella «tanto, quizá incluso más» que el proletariado. Si alguien declara que la pequeña burguesía sufre, aunque solo sea en un único aspecto, «quizá incluso más que el proletariado», no podrá quejarse, sin duda, de que se le cuente entre los socialistas pequeñoburgueses. ¿Tiene, pues, Mülberger motivo de descontento cuando digo:

«Son preferentemente estos sufrimientos, comunes a la clase obrera y a otras clases, sobre todo a la pequeña burguesía, los que ocupan con predilección al socialismo pequeñoburgués, al que también pertenece Proudhon. Y así, no es en absoluto casual que nuestro proudhoniano alemán se apodere ante todo de la cuestión de la vivienda, que, como hemos visto, no es en modo alguno una cuestión exclusivamente obrera.»?

  1. Entre los intereses de «las verdaderas clases medias de la sociedad» y los del proletariado existe una «absoluta identidad interna», y los «beneficios» del inminente proceso de transformación de la sociedad no serán para el proletariado, sino que «redundarán precisamente antes que de nadie» en provecho de estas verdaderas clases medias.

Los obreros harán, pues, la inminente revolución social «precisamente antes que nadie» en interés de los pequeñoburgueses. Y, además, existe una absoluta identidad interna de los intereses de los pequeñoburgueses con los del proletariado. Si los intereses de los pequeñoburgueses son internamente idénticos a los de los obreros, también lo son los de los obreros con los de los pequeñoburgueses. El punto de vista pequeñoburgués está, pues, tan justificado en el movimiento como el proletario. Y la afirmación de esta igualdad de derechos es precisamente lo que se llama socialismo pequeñoburgués.

Por eso es también completamente consecuente que Mülberger, en la página 25 de la tirada aparte, celebre la «pequeña industria» como el «verdadero contrafuerte de la sociedad», «porque reúne en sí, por su propia naturaleza, los tres factores: trabajo, ganancia, propiedad; porque en la unión de estos tres factores no opone límite alguno a la capacidad de desarrollo del individuo»; y que reproche sobre todo a la industria moderna haber destruido este semillero de hombres normales y haber hecho «de una clase llena de fuerza vital, que se regeneraba una y otra vez, un montón inconsciente de hombres que no sabe hacia dónde volver su mirada angustiada». El pequeñoburgués es, pues, el hombre modelo de Mülberger, y la pequeña industria, su modo de producción modelo. ¿Lo he calumniado, entonces, al colocarlo entre los socialistas pequeñoburgueses?

Como Mülberger rechaza toda responsabilidad por Proudhon, sería superfluo examinar aquí más a fondo cómo los planes de reforma de Proudhon se proponen convertir a todos los miembros de la sociedad en pequeñoburgueses y pequeños campesinos. Tampoco será necesario entrar en la pretendida identidad de los intereses de los pequeñoburgueses con los de los obreros. Lo necesario se encuentra ya en el Manifiesto comunista (edición de Leipzig, 1872, pp. 12 y 21).

El resultado de nuestro examen es, pues, que junto a la «leyenda del pequeñoburgués Proudhon» aparece la realidad del pequeñoburgués Mülberger.60

II

Llegamos ahora a un punto principal. Reproché a los artículos de Mülberger que, a la manera de Proudhon, falsean las relaciones económicas traduciéndolas a un lenguaje jurídico. Como ejemplo de ello destaqué la siguiente frase de Mülberger:

«La casa, una vez construida, sirve de título jurídico eterno sobre una determinada fracción del trabajo social, aunque el valor real de la casa se le haya pagado al propietario hace tiempo, y con creces, en forma de alquiler. Así ocurre que una casa construida, por ejemplo, hace cincuenta años, durante ese tiempo ha cubierto con el producto de su alquiler dos, tres, cinco, diez veces, etc., su precio de coste original.»

Mülberger se queja ahora:

«Esta sencilla y sobria constatación de un hecho lleva a Engels a hacerme ver que yo habría debido explicar cómo llega la casa a ser “título jurídico”, cosa que quedaba completamente fuera del ámbito de mi tarea... Una cosa es una descripción y otra una explicación. Cuando digo, siguiendo a Proudhon, que la vida económica de la sociedad debería estar impregnada de una idea jurídica, describo con ello la sociedad actual como una sociedad en la que falta, no toda idea jurídica, pero sí la idea jurídica de la revolución, hecho que el propio Engels admitirá.»

Quedémonos primero con la casa una vez construida. La casa, si se alquila, le rinde a su constructor, en forma de alquiler, renta del suelo, gastos de reparación e interés sobre el capital de construcción invertido, incluido el beneficio obtenido sobre él; y, según las circunstancias, el importe del alquiler pagado poco a poco puede sumar dos, tres, cinco o diez veces el precio de coste original. Esta es, amigo Mülberger, la «sencilla y sobria constatación» del «hecho», que es un hecho económico; y si queremos saber cómo «ocurre» que exista, tenemos que llevar la investigación al terreno económico. Examinemos, pues, el hecho un poco más de cerca, para que ningún niño pueda seguir malentendiéndolo. La venta de una mercancía consiste, como es sabido, en que su poseedor entrega su valor de uso y se embolsa su valor de cambio. Los valores de uso de las mercancías se distinguen, entre otras cosas, en que su consumo requiere periodos de tiempo distintos. Una hogaza de pan se consume en un día, un par de pantalones se gasta en un año, una casa, pongamos, en cien años. En las mercancías de larga duración surge, pues, la posibilidad de vender el valor de uso por partes, cada vez por un tiempo determinado, es decir, de alquilarlo. La venta por partes solo realiza, por tanto, el valor de cambio poco a poco; por esta renuncia al reembolso inmediato del capital adelantado y del beneficio obtenido sobre él, el vendedor es indemnizado con un recargo en el precio, un interés, cuya cuantía determinan las leyes de la economía política, y en modo alguno de manera arbitraria. Al cabo de los cien años la casa está gastada, consumida, se ha vuelto inhabitable. Si entonces restamos del importe total del alquiler pagado: 1) la renta del suelo, junto con el aumento que haya podido experimentar durante ese tiempo, y 2) los gastos corrientes de reparación desembolsados, encontraremos que el resto se compone por término medio: 1) del capital de construcción original de la casa; 2) del beneficio sobre él, y 3) de los intereses del capital y del beneficio que han ido venciendo poco a poco. Ahora bien, al final de este periodo el inquilino no tiene ninguna casa, es cierto, pero el propietario tampoco. Este solo tiene el terreno (si es que le pertenece) y los materiales de construcción que hay en él, pero que ya no son una casa. Y si entretanto la casa «ha cubierto cinco o diez veces su precio de coste original», veremos que esto se debe únicamente a un aumento de la renta del suelo; como no es un secreto para nadie en lugares como Londres, donde el propietario del suelo y el propietario de la casa son casi siempre dos personas distintas. Estos aumentos colosales del alquiler se dan en ciudades que crecen rápidamente, pero no en una aldea agrícola, donde la renta del suelo de los solares permanece casi inalterada. Es un hecho notorio que, prescindiendo de los aumentos de la renta del suelo, el alquiler no le rinde al propietario de la casa, por término medio, más del 7 por ciento anual del capital invertido (beneficio incluido), del que todavía hay que pagar los gastos de reparación, etc. En una palabra, el contrato de alquiler es un negocio mercantil completamente ordinario que, teóricamente, no tiene para el obrero más ni menos interés que cualquier otro negocio mercantil, con excepción de aquel en que se trata de la compra y venta de la fuerza de trabajo, mientras que en la práctica se le presenta como una de las mil formas de la estafa burguesa de las que hablo en la página 4 de la tirada aparte, pero que también, como allí demostré, están sometidas a una regulación económica.

Mülberger, en cambio, no ve en el contrato de alquiler más que pura «arbitrariedad» (p. 19 de la tirada aparte), y cuando le demuestro lo contrario se queja de que le digo «cosas que por desgracia ya sabía él mismo».

Pero con todas las investigaciones económicas sobre el alquiler no conseguimos convertir la abolición de la vivienda de alquiler en «una de las aspiraciones más fecundas y grandiosas nacidas del seno de la idea revolucionaria». Para conseguirlo tenemos que traducir el simple hecho de la sobria economía a la jurisprudencia, mucho más ideológica ya. «La casa sirve de título jurídico eterno» al alquiler; «así ocurre» que el valor de la casa puede pagarse en alquileres dos, tres, cinco o diez veces. Para saber cómo «ocurre así», el «título jurídico» no nos hace avanzar ni una pulgada; y por eso dije que Mülberger solo podría haber sabido cómo «ocurre así» investigando primero cómo llega la casa a ser título jurídico. Esto solo lo sabemos cuando, como hice yo, investigamos la naturaleza económica del alquiler, en lugar de irritarnos con la expresión jurídica bajo la que la clase dominante lo sanciona. Quien propone pasos económicos para abolir el alquiler está obligado, digo yo, a saber del alquiler algo más que el hecho de que «representa el tributo que el inquilino paga al derecho eterno del capital». A eso responde Mülberger: «Una cosa es una descripción y otra una explicación».

Hemos convertido, pues, la casa, aunque no es en absoluto eterna, en un título jurídico eterno sobre el alquiler. Encontramos, sea como sea que «ocurra así», que en virtud de este título jurídico la casa rinde varias veces su valor en forma de alquiler. Gracias a la traducción al lenguaje jurídico nos hemos alejado tan felizmente de la economía que ya solo vemos el fenómeno de que una casa puede llegar a pagarse poco a poco varias veces en alquiler bruto. Como pensamos y hablamos jurídicamente, aplicamos a este fenómeno la medida del derecho, de la justicia, y encontramos que es injusto, que no corresponde a la «idea jurídica de la revolución», sea eso lo que sea, y que, por tanto, el título jurídico no vale. Encontramos además que lo mismo vale para el capital que rinde interés y para la tierra de labor arrendada, y tenemos ya el pretexto para separar estas clases de propiedad de las demás y someterlas a un trato de excepción. Este consiste en la exigencia: 1) de quitar al propietario el derecho de rescindir el contrato, el derecho a reclamar la devolución de su propiedad; 2) de ceder gratuitamente al inquilino, prestatario o arrendatario el usufructo del objeto que se le ha transferido y que no le pertenece, y 3) de pagar al propietario en plazos más largos sin intereses. Y con esto hemos agotado los «principios» proudhonianos en este aspecto. Esta es la «liquidación social» de Proudhon.

Dicho sea de paso. Que todo este plan de reforma ha de beneficiar casi exclusivamente a los pequeñoburgueses y a los pequeños campesinos, de modo que los afiance en su posición de pequeñoburgueses y pequeños campesinos, salta a la vista. La figura del «pequeñoburgués Proudhon», legendaria según Mülberger, adquiere aquí de pronto una existencia histórica muy palpable.

Mülberger prosigue:

«Cuando digo, siguiendo a Proudhon, que la vida económica de la sociedad debería estar impregnada de una idea jurídica, describo con ello la sociedad actual como una sociedad en la que falta, no toda idea jurídica, pero sí la idea jurídica de la revolución, hecho que el propio Engels admitirá.»

Por desgracia, no estoy en condiciones de hacerle este favor a Mülberger. Mülberger exige que la sociedad haya de estar impregnada de una idea jurídica, y a eso lo llama una descripción. Si un tribunal me hace llegar por medio del alguacil un requerimiento para pagar una deuda, ¡según Mülberger no hace otra cosa que describirme como un hombre que no paga sus deudas! Una cosa es una descripción y otra una exigencia. Y precisamente aquí está la diferencia esencial entre el socialismo científico alemán y Proudhon. Nosotros describimos —y toda descripción real es, a pesar de Mülberger, al mismo tiempo la explicación de la cosa— las relaciones económicas tal como son y tal como se desarrollan, y demostramos, de manera estrictamente económica, que este desarrollo suyo es al mismo tiempo el desarrollo de los elementos de una revolución social: el desarrollo, por un lado, de una clase cuya situación vital la empuja necesariamente a la revolución social, el proletariado; por otro, de fuerzas productivas que, al desbordar el marco de la sociedad capitalista, tienen que hacerlo saltar necesariamente, y que al mismo tiempo ofrecen los medios para eliminar las diferencias de clase de una vez para siempre en interés del propio progreso social. Proudhon, en cambio, plantea a la sociedad actual la exigencia de transformarse, no según las leyes de su propio desarrollo económico, sino según los preceptos de la justicia (la «idea jurídica» no es suya, sino de Mülberger). Donde nosotros demostramos, Proudhon, y con él Mülberger, predica y se lamenta.

Qué cosa sea la «idea jurídica de la revolución», no puedo adivinarlo en absoluto. Es cierto que Proudhon hace de «la revolución» una especie de diosa, portadora y ejecutora de su «justicia»; con lo cual cae luego en el curioso error de confundir la revolución burguesa de 1789-1794 con la futura revolución proletaria. Esto lo hace en casi todas sus obras, sobre todo desde 1848; como ejemplo cito solo Idée générale de la Révolution, ed. de 1868, pp. 39 y 40. Pero como Mülberger rechaza toda responsabilidad por Proudhon, me está prohibido explicar la «idea jurídica de la revolución» a partir de Proudhon, y permanezco en las tinieblas de Egipto.

Mülberger dice además:

«Pero ni Proudhon ni yo apelamos a una “justicia eterna” para explicar con ella la situación injusta existente o, menos aún, como me imputa Engels, para esperar la mejora de esa situación de la apelación a esa justicia.»

Mülberger tiene que contar con que «a Proudhon, en general, apenas se le conoce en Alemania». En todos sus escritos, Proudhon mide todas las proposiciones sociales, jurídicas, políticas y religiosas con la medida de la «justicia», y las rechaza o las reconoce según concuerden o no con lo que él llama «justicia». En las Contradictions économiques61 esta justicia se llama todavía «justicia eterna», justice éternelle. Más tarde se calla la eternidad, pero esta sigue en pie en cuanto al fondo. Por ejemplo, en De la Justice dans la Révolution et dans l'Église, edición de 1858, el siguiente pasaje es el texto de todo el sermón en tres volúmenes (tomo I, p. 42):

«¿Cuál es el principio fundamental, el principio orgánico, regulador, soberano de las sociedades, el principio que, subordinándose todos los demás, gobierna, protege, reprime, castiga y, en caso necesario, incluso suprime todos los elementos rebeldes? ¿Es la religión, el ideal, el interés?... Este principio, a mi juicio, es la justicia. ¿Qué es la justicia? La esencia misma de la humanidad. ¿Qué ha sido desde el comienzo del mundo? Nada. ¿Qué debería ser? Todo.»

Una justicia que es la esencia misma de la humanidad, ¿qué otra cosa es sino la justicia eterna? Una justicia que es el principio fundamental orgánico, regulador, soberano de las sociedades, que, sin embargo, hasta ahora no ha sido nada, pero que debe serlo todo, ¿qué otra cosa es sino la medida con la que hay que medir todas las cosas humanas, el juez decisivo al que hay que apelar en cada caso de conflicto? ¿Y he afirmado yo otra cosa sino que Proudhon encubre su ignorancia y su desamparo económicos juzgando todas las relaciones económicas no según las leyes económicas, sino según concuerden o no con su idea de esta justicia eterna? ¿Y en qué se distingue Mülberger de Proudhon cuando exige que «todas las transacciones de la vida de la sociedad moderna... estén impregnadas de una idea jurídica, es decir, se lleven a cabo en todas partes conforme a las estrictas exigencias de la justicia»? ¿Es que no sé leer yo, o es que no sabe escribir Mülberger?

Mülberger dice además:

«Proudhon sabe tan bien como Marx y Engels que lo que propiamente mueve la sociedad humana son las relaciones económicas, no las jurídicas; sabe también que las ideas jurídicas de un pueblo en cada momento no son más que la expresión, la impronta, el producto de las relaciones económicas, y en particular de las relaciones de producción... El derecho es para Proudhon, en una palabra, un producto económico históricamente formado.»

Si Proudhon (dejaré pasar la confusa manera de expresarse de Mülberger y tomaré la buena voluntad por el hecho), si Proudhon sabe todo esto «tan bien como Marx y Engels», ¿cómo podemos seguir discutiendo? Pero el caso es que la ciencia de Proudhon es algo distinta. Las relaciones económicas de una sociedad dada se presentan ante todo como intereses. Ahora bien, Proudhon dice con todas las letras, en el pasaje de su obra principal que acabamos de citar, que el «principio fundamental regulador, orgánico, soberano de las sociedades, que se subordina todos los demás», no es el interés, sino la justicia. Y repite lo mismo en todos sus escritos, en todos los pasajes decisivos. Lo cual no impide a Mülberger proseguir:

«... que la idea del derecho económico, tal como Proudhon la desarrolló con la mayor profundidad en La Guerre et la Paix, coincide por completo con aquellas ideas fundamentales de Lassalle tan bellamente expuestas en su prólogo al Sistema de los derechos adquiridos.»

La Guerre et la Paix62 es quizá la más escolar de las muchas obras escolares de Proudhon, pero que se la presentara como prueba de su supuesta comprensión de la concepción materialista alemana de la historia, que explica todos los acontecimientos e ideas históricos, toda la política, la filosofía y la religión, a partir de las condiciones de vida materiales, económicas, del periodo histórico en cuestión, eso no podía esperarlo. El libro es tan poco materialista que ni siquiera consigue construir su teoría de la guerra sin llamar en su ayuda al Creador:

«Sin embargo, el Creador, que eligió para nosotros este modo de vida, tenía sus fines» (t. II, p. 100 de la edición de 1869).

En qué conocimiento de la historia se basa se ve por el hecho de que cree en la existencia histórica de la edad de oro:

«Al principio, cuando la humanidad estaba todavía escasamente sembrada sobre la faz de la tierra, la naturaleza proveía sin esfuerzo a sus necesidades. Era la edad de oro, la edad de la abundancia y de la paz» (ibid., p. 102).

Su punto de vista económico es el del más burdo maltusianismo:63

«Si se duplica la producción, pronto se duplicará también la población» (p. 106).

¿Y en qué consiste, entonces, el materialismo del libro? En que afirma que la causa de la guerra ha sido siempre, y sigue siendo, «el pauperismo» (por ejemplo, p. 143). El tío Bräsig64 era un materialista igual de logrado cuando en su discurso de 1848 pronunció con toda calma la gran frase: la causa de la gran pobreza es la gran pauvreté.

El Sistema de los derechos adquiridos de Lassalle65 está prisionero no solo de toda la ilusión del jurista, sino también de la del hegeliano de la vieja escuela. Lassalle declara expresamente en la página VII que también «en lo económico el concepto de derecho adquirido es el manantial que impulsa todo el desarrollo ulterior»; quiere demostrar «el derecho como un organismo racional que se desarrolla a partir de sí mismo» (y no, por tanto, a partir de condiciones económicas previas) (p. XI); se trata para él de derivar el derecho no de las relaciones económicas, sino del «concepto mismo de la voluntad, cuyo desarrollo y exposición no es otra cosa que la filosofía del derecho» (p. XII). ¿Qué pinta, pues, aquí este libro? La diferencia entre Proudhon y Lassalle es solo que Lassalle era un verdadero jurista y hegeliano, y Proudhon, en la jurisprudencia y en la filosofía, como en todas las demás cosas, un puro diletante.

Sé muy bien que Proudhon, que como es sabido se contradice continuamente, hace también aquí y allá alguna afirmación que parece explicar las ideas a partir de los hechos. Pero tales afirmaciones carecen de toda importancia frente a la dirección constante del pensamiento del hombre y, allí donde aparecen, son además extremadamente confusas e incoherentes en sí mismas.

En cierta etapa, muy primitiva, del desarrollo de la sociedad surge la necesidad de reunir bajo una regla común los actos de la producción, de la distribución y del intercambio de los productos, que se repiten cada día, y de procurar que el individuo se someta a las condiciones comunes de la producción y del intercambio. Esta regla, primero costumbre, se convierte pronto en ley. Con la ley surgen necesariamente órganos encargados de mantenerla: el poder público, el Estado. Con el desarrollo social ulterior, la ley se desarrolla hasta convertirse en una legislación más o menos extensa. Cuanto más complicada se vuelve esta legislación, más se aleja su modo de expresión de aquel en que se expresan las condiciones económicas ordinarias de vida de la sociedad. Aparece como un elemento independiente, que no saca de las relaciones económicas, sino de razones propias, internas, pongamos del «concepto de la voluntad», la justificación de su existencia y el fundamento de su desarrollo ulterior. Los hombres olvidan que su derecho procede de sus condiciones económicas de vida, igual que han olvidado su propia procedencia del reino animal. Con el desarrollo de la legislación hasta formar un todo complicado y extenso, se hace patente la necesidad de una nueva división social del trabajo; se forma un estamento de juristas profesionales, y con ellos nace la ciencia del derecho. Esta, en su desarrollo ulterior, compara entre sí los sistemas jurídicos de distintos pueblos y de distintas épocas, no como improntas de las respectivas relaciones económicas, sino como sistemas que encuentran su fundamento en sí mismos. La comparación presupone algo común: esto se encuentra cuando los juristas reúnen como derecho natural lo que es más o menos común a todos esos sistemas jurídicos. Pero la medida con que se mide lo que es derecho natural y lo que no lo es, es precisamente la expresión más abstracta del propio derecho: la justicia. A partir de ahora, pues, el desarrollo del derecho no es ya para los juristas, y para quienes les creen a pie juntillas, más que el afán de acercar una y otra vez las condiciones humanas, en la medida en que se expresan jurídicamente, al ideal de la justicia, de la justicia eterna. Y esta justicia no es nunca más que la expresión ideologizada, divinizada, de las relaciones económicas existentes, unas veces por su lado conservador y otras por su lado revolucionario. La justicia de los griegos y los romanos encontraba justa la esclavitud; la justicia de los burgueses de 1789 exigía la abolición del feudalismo porque era injusto. Para los junkers prusianos, hasta el mezquino reglamento de distritos66 es una violación de la justicia eterna. La idea de la justicia eterna cambia, pues, no solo con el tiempo y el lugar, sino incluso con las personas, y pertenece a las cosas por las que, como observa acertadamente Mülberger, «cada uno entiende algo distinto». Si en la vida corriente, dada la sencillez de las relaciones que allí se juzgan, expresiones como justo, injusto, justicia, sentimiento jurídico se aceptan sin malentendidos incluso con respecto a cuestiones sociales, en las investigaciones científicas sobre las relaciones económicas provocan, como hemos visto, la misma confusión desastrosa que se produciría, por ejemplo, en la química actual si se quisiera conservar el lenguaje de la teoría del flogisto. La confusión es todavía peor si se cree, como Proudhon, en ese flogisto social, la «justicia», o si se asegura, como Mülberger, que el flogisto es tan perfectamente correcto como el oxígeno.67

III

Mülberger se queja además de que yo califique su «enfática» declaración de

«que no hay escarnio más terrible de toda la cultura de nuestro celebrado siglo que el hecho de que en las grandes ciudades el 90 por ciento de la población, y más, no tenga un lugar que pueda llamar suyo»

de jeremiada reaccionaria. Desde luego. Si Mülberger se hubiera limitado, como pretende, a describir «los horrores del presente», yo no habría dicho sin duda ni una mala palabra contra «él y sus modestas palabras». Pero hace algo muy distinto. Describe estos «horrores» como efecto de que los obreros «no tienen un lugar que puedan llamar suyo». Tanto si se lamentan «los horrores del presente» porque se ha abolido la propiedad de la casa de los obreros como si se lamentan, como hacen los junkers, porque se han abolido el feudalismo y los gremios, en ambos casos no puede salir más que una jeremiada reaccionaria, una lamentación por la irrupción de lo inevitable, de lo históricamente necesario. Lo reaccionario está precisamente en que Mülberger quiere restaurar la propiedad individual de la casa de los obreros, algo con lo que la historia hizo tabla rasa hace mucho tiempo; en que no puede imaginarse la liberación de los obreros de otro modo que haciendo que cada uno vuelva a ser propietario de su casa.

Más adelante:

«Digo de la manera más expresa: la verdadera lucha va dirigida contra el modo de producción capitalista, y solo a partir de su transformación cabe esperar una mejora de las condiciones de vivienda. Engels no ve nada de todo esto... yo presupongo la solución completa de la cuestión social para poder pasar a la redención de la vivienda de alquiler.»

Por desgracia, tampoco hoy veo nada de todo esto. Me es imposible saber lo que alguien cuyo nombre ni siquiera conocía presupone en el silencioso recinto de su cerebro. Solo puedo atenerme a los artículos impresos de Mülberger. Y en ellos sigo encontrando hoy que Mülberger (pp. 15 y 16 de la tirada aparte), para poder pasar a la redención de la vivienda de alquiler, no presupone nada más que... la vivienda de alquiler. Solo en la página 17 coge «la productividad del capital por los cuernos», sobre lo cual... volveremos más adelante. E incluso en su respuesta lo confirma al decir:

«Se trataba más bien de mostrar cómo podía imponerse a partir de las condiciones existentes una transformación completa en la cuestión de la vivienda.»

A partir de las condiciones existentes y a partir de la transformación (quiere decir: abolición) del modo de producción capitalista son, sin duda, cosas completamente opuestas.

No es de extrañar que Mülberger se queje cuando encuentro en los afanes filantrópicos de los señores Dollfus y otros fabricantes por ayudar a los obreros a tener casas propias la única realización práctica posible de sus proyectos proudhonianos. Si comprendiera que el plan de Proudhon para salvar la sociedad es una fantasía que se mueve por completo en el terreno de la sociedad burguesa, naturalmente no creería en él. Su buena voluntad no la he puesto nunca en duda en ninguna parte. Pero ¿por qué alaba entonces al doctor Reschauer68 por proponer al Ayuntamiento de Viena que imite los proyectos de Dollfus?

Mülberger declara además:

«En lo que se refiere en particular a la oposición entre la ciudad y el campo, querer suprimirla pertenece al reino de las utopías. Esta oposición es natural o, dicho más exactamente, se ha formado históricamente... No se trata de suprimir esta oposición, sino de encontrar formas políticas y sociales en las que sea inofensiva e incluso fecunda. De este modo cabe esperar una conciliación pacífica, un equilibrio gradual de los intereses.»

Así pues, la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo es una utopía porque esta oposición es natural o, dicho más exactamente, se ha formado históricamente. Apliquemos esta lógica a otras oposiciones de la sociedad moderna y veamos adónde llegamos. Por ejemplo:

«En lo que se refiere en particular a la oposición entre» capitalistas y asalariados, «querer suprimirla pertenece al reino de las utopías. Esta oposición es natural o, dicho más exactamente, se ha formado históricamente. No se trata de suprimir esta oposición, sino de encontrar formas políticas y sociales en las que sea inofensiva e incluso fecunda. De este modo cabe esperar una conciliación pacífica, un equilibrio gradual de los intereses.»

Con lo cual hemos vuelto a Schulze-Delitzsch.

La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo no es ni más ni menos utópica que la supresión de la oposición entre capitalistas y asalariados. Se convierte cada día más en una exigencia práctica tanto de la producción industrial como de la agrícola. Nadie la ha exigido con más fuerza que Liebig69 en sus escritos sobre la química agrícola, en los que su primera exigencia es siempre que el hombre devuelva a la tierra lo que recibe de ella, y en los que demuestra que solo la existencia de las ciudades, sobre todo de las grandes ciudades, lo impide. Cuando se ve cómo aquí, solo en Londres, una cantidad de abono mayor que la que produce todo el reino de Sajonia se arroja día tras día, con un gasto enorme, al mar, y qué instalaciones colosales son necesarias para impedir que este abono envenene todo Londres, la utopía de la abolición de la oposición entre la ciudad y el campo adquiere una base notablemente práctica. Y hasta Berlín, relativamente insignificante, se ahoga desde hace por lo menos treinta años en el hedor de su propia inmundicia. Por otra parte, es una pura utopía querer, como Proudhon, revolucionar la actual sociedad burguesa y conservar al campesino como tal. Solo una distribución lo más uniforme posible de la población por todo el país, solo una estrecha conexión de la producción industrial con la agrícola, junto con la extensión de los medios de comunicación que con ello se hace necesaria —presuponiendo la abolición del modo de producción capitalista—, es capaz de arrancar a la población del campo del aislamiento y el embrutecimiento en que vegeta casi sin cambios desde hace milenios. No es una utopía afirmar que la liberación de los hombres de las cadenas forjadas por su pasado histórico solo será completa cuando se haya abolido la oposición entre la ciudad y el campo; la utopía surge solo cuando uno se atreve a prescribir «a partir de las condiciones existentes» la forma en que esta u otra oposición cualquiera de la sociedad existente ha de resolverse. Y eso es lo que hace Mülberger al apropiarse la fórmula de Proudhon para la solución de la cuestión de la vivienda.

Después Mülberger se queja de que lo haga en cierto modo corresponsable de «las monstruosas ideas de Proudhon sobre el capital y el interés», y dice:

«Yo presupongo como dado el cambio de las relaciones de producción, y la ley transitoria que regula el tipo de interés no tiene por objeto las relaciones de producción, sino las transacciones sociales, las relaciones de circulación... El cambio de las relaciones de producción o, como dice con más precisión la escuela alemana, la abolición del modo de producción capitalista, no resulta, desde luego, como me atribuye Engels, de una ley transitoria que suprima el interés, sino de la toma de posesión efectiva de todos los instrumentos de trabajo, de la toma de posesión de toda la industria por parte del pueblo trabajador. Si el pueblo trabajador rendirá en ello mayor culto (!) a la redención o a la expropiación inmediata, no nos corresponde decidirlo ni a Engels ni a mí.»

Me froto los ojos asombrado. Releo el estudio de Mülberger de principio a fin para encontrar el pasaje en el que declara que su redención de la vivienda de alquiler presupone como ya realizada «la toma de posesión efectiva de todos los instrumentos de trabajo, la toma de posesión de toda la industria por parte del pueblo trabajador». No encuentro el pasaje. No existe. De «toma de posesión efectiva», etc., no se habla en ninguna parte. En cambio, en la página 17 se dice:

«Supongamos ahora que la productividad del capital se coge realmente por los cuernos, como tiene que ocurrir tarde o temprano, por ejemplo mediante una ley transitoria que fije el interés de todos los capitales en el uno por ciento, con la tendencia, nótese bien, a acercar también este porcentaje cada vez más a cero... Como todos los demás productos, también la casa y la vivienda quedan comprendidas, naturalmente, en el marco de esta ley... Vemos, pues, por este lado, que la redención de la vivienda de alquiler resulta necesariamente como consecuencia de la abolición de la productividad del capital en general.»

Aquí se dice, pues, con todas las letras, en completa oposición con el lindo giro de Mülberger, que la productividad del capital, bajo cuya confusa frase entiende, según confiesa, el modo de producción capitalista, queda efectivamente «cogida por los cuernos» por la ley de abolición del interés, y que precisamente a consecuencia de esta ley la redención de la vivienda de alquiler resulta necesariamente como consecuencia de la abolición de la productividad del capital en general. De ningún modo, dice ahora Mülberger. Aquella ley transitoria no tiene por objeto «las relaciones de producción, sino las relaciones de circulación». Ante esta contradicción completa, que, según Goethe, es «igual de misteriosa para sabios que para necios»,70 no me queda más remedio que suponer que trato con dos Mülberger completamente distintos, uno de los cuales se queja con razón de que le he «atribuido» lo que el otro ha hecho imprimir.

Que el pueblo trabajador no nos preguntará ni a mí ni a Mülberger si en la toma de posesión efectiva «rendirá mayor culto a la redención o a la expropiación inmediata», es sin duda cierto. Lo más probable es que prefiera no «rendir culto» a nada. Pero de la toma de posesión efectiva de todos los instrumentos de trabajo por el pueblo trabajador no se trataba en absoluto, sino solo de la afirmación de Mülberger (p. 17) de que «todo el contenido de la solución de la cuestión de la vivienda está dado en la palabra redención». Si ahora declara que esa redención es sumamente dudosa, ¿para qué darnos a los dos y a los lectores todo este trabajo inútil?

Por lo demás, hay que hacer constar que la «toma de posesión efectiva» de todos los instrumentos de trabajo, la toma de posesión de toda la industria por parte del pueblo trabajador, es exactamente lo contrario de la «redención» proudhoniana. En esta, el obrero individual se convierte en propietario de la vivienda, de la granja, del instrumento de trabajo; en aquella, el «pueblo trabajador» sigue siendo propietario colectivo de las casas, las fábricas y los instrumentos de trabajo, y difícilmente cederá su usufructo, al menos durante un periodo de transición, a individuos o sociedades sin que se le resarzan los costes. Exactamente igual que la abolición de la propiedad territorial no es la abolición de la renta del suelo, sino su transferencia, aunque de forma modificada, a la sociedad. La toma de posesión efectiva de todos los instrumentos de trabajo por el pueblo trabajador no excluye, pues, en modo alguno el mantenimiento de la relación de alquiler.

En general, no se trata de la cuestión de si el proletariado, cuando llegue al poder, tomará simplemente por la fuerza los instrumentos de producción, las materias primas y los medios de subsistencia, si pagará por ellos una indemnización inmediata o si redimirá su propiedad mediante lentos pagos a plazos. Querer responder a semejante cuestión de antemano y para todos los casos sería fabricar utopías, y eso se lo dejo a otros.

IV

Hizo falta todo este papeleo para llegar por fin, a través de los múltiples subterfugios y rodeos de Mülberger, a la cosa misma, que Mülberger evita cuidadosamente tocar en su respuesta.

¿Qué había dicho Mülberger de positivo en su estudio?

En primer lugar, que «la diferencia entre el precio de coste original de una casa, de un solar, etc., y su valor actual» pertenece en justicia a la sociedad. Esta diferencia se llama en lenguaje económico renta del suelo. También Proudhon quiere atribuirla a la sociedad, como puede leerse en Idée générale de la Révolution, edición de 1868, p. 219.

En segundo lugar, que la solución de la cuestión de la vivienda consiste en que cada uno se convierta, de inquilino, en propietario de su vivienda.

En tercer lugar, que esta solución se realiza convirtiendo por ley los pagos de alquiler en pagos a cuenta del precio de compra de la vivienda. Estos puntos 2 y 3 están tomados ambos de Proudhon, como cualquiera puede ver en Idée générale de la Révolution, pp. 199 y siguientes, donde en la página 203 se encuentra incluso el correspondiente proyecto de ley ya redactado.

En cuarto lugar, que la productividad del capital se coge por los cuernos mediante una ley transitoria por la que el tipo de interés se rebaja provisionalmente al 1 por ciento, a reserva de ulteriores reducciones. También esto está tomado de Proudhon, como puede leerse con detalle en la Idée générale, pp. 182-186.

En cada uno de estos puntos he citado el pasaje de Proudhon en el que se encuentra el original de la copia de Mülberger, y pregunto ahora si tenía derecho o no a llamar proudhoniano al autor de un artículo completamente proudhoniano que no contiene más que ideas proudhonianas. ¡Y, sin embargo, de nada se queja Mülberger con más amargura que de que lo llame así, porque yo «tropecé con algunos giros propios de Proudhon»! Al contrario. Los «giros» son todos de Mülberger; el contenido es de Proudhon. ¡Y cuando completo después el estudio proudhoniano con el propio Proudhon, Mülberger se queja de que le atribuyo las «monstruosas ideas» de Proudhon!

¿Qué he objetado yo a este plan proudhoniano?

En primer lugar, que la transferencia de la renta del suelo al Estado equivale a la abolición de la propiedad individual de la tierra.

En segundo lugar, que la redención de la vivienda de alquiler y la transferencia de la propiedad de la vivienda al anterior inquilino no tocan en absoluto el modo de producción capitalista.

En tercer lugar, que esta propuesta, dado el desarrollo actual de la gran industria y de las ciudades, es tan absurda como reaccionaria, y que la reintroducción de la propiedad individual de cada uno sobre su vivienda sería un retroceso.

En cuarto lugar, que la reducción forzosa del interés del capital no ataca en absoluto el modo de producción capitalista y que, por el contrario, como demuestran las leyes contra la usura, es tan antigua como imposible.

En quinto lugar, que con la abolición del interés del capital no queda abolido en absoluto el alquiler de las casas.

Los puntos 2 y 4 los ha admitido ahora Mülberger. A los demás puntos no responde una palabra. Y, sin embargo, estos son precisamente los puntos de que se trata en el debate. Pero la respuesta de Mülberger no es una refutación; elude cuidadosamente todos los puntos económicos, que son, sin embargo, los decisivos; es un escrito de quejas personales, nada más. Así, se queja de que yo me adelante a su anunciada solución de otras cuestiones, por ejemplo la deuda pública, las deudas privadas y el crédito, y diga que la solución es en todas partes la de que, como en la cuestión de la vivienda, se abole el interés, los pagos de intereses se convierten en pagos a cuenta del capital y el crédito se hace gratuito. A pesar de ello, todavía hoy apostaría a que, cuando estos artículos de Mülberger vean la luz, su contenido esencial coincidirá con la Idée générale de Proudhon —el crédito, p. 182; la deuda pública, p. 186; las deudas privadas, p. 196— igual que el de la cuestión de la vivienda coincide con los pasajes citados del mismo libro.

Con este motivo, Mülberger me enseña que estas cuestiones, como los impuestos, la deuda pública, las deudas privadas y el crédito, a las que ahora se añade la autonomía municipal, son de la mayor importancia para el campesino y para la propaganda en el campo. En gran parte de acuerdo; pero, en primer lugar, hasta ahora no se había hablado para nada de los campesinos y, en segundo lugar, las «soluciones» proudhonianas de todas estas cuestiones son tan absurdas económicamente y tan esencialmente burguesas como su solución de la cuestión de la vivienda. Frente a la insinuación de Mülberger de que yo desconocería la necesidad de atraer a los campesinos al movimiento, no tengo yo necesidad de defenderme. Pero sí considero una necedad recomendar con ese fin a los campesinos la curandería milagrera de Proudhon. En Alemania existe todavía mucha gran propiedad territorial. Según la teoría proudhoniana, toda ella tendría que dividirse en pequeñas explotaciones campesinas, lo que, con el nivel actual de la ciencia agronómica y tras las experiencias hechas en Francia y en Alemania occidental con la propiedad parcelaria de la tierra, sería francamente reaccionario. La gran propiedad territorial que aún subsiste nos ofrecerá más bien un asidero bienvenido para hacer que la agricultura en gran escala, la única que puede emplear todos los medios auxiliares modernos, las máquinas, etc., la exploten obreros asociados, y para hacer ver así a los pequeños campesinos las ventajas de la gran explotación por medio de la asociación. Los socialistas daneses, que en este aspecto van por delante de todos los demás, lo han comprendido hace tiempo.

Tampoco tengo necesidad de defenderme de la acusación de que las infames condiciones de vivienda actuales de los obreros me parezcan «una pequeñez sin importancia». Fui, que yo sepa, el primero que describió en lengua alemana estas condiciones en su forma clásicamente desarrollada, tal como existen en Inglaterra; no, como cree Mülberger, porque «den de bofetadas a mi sentimiento jurídico» —quien quisiera convertir en libros todos los hechos que dan de bofetadas a su sentimiento jurídico tendría mucho trabajo—, sino, como puede leerse en el prólogo de mi libro, para dar una base real al socialismo alemán que entonces nacía y que andaba dando vueltas entre frases huecas, describiendo las condiciones sociales creadas por la gran industria moderna. Pero querer resolver la llamada cuestión de la vivienda, eso, desde luego, no se me ocurre, como tampoco me ocupo de los detalles de la solución de la todavía más importante cuestión de la comida. Me doy por satisfecho si puedo demostrar que la producción de nuestra sociedad moderna basta para dar de comer suficientemente a todos los miembros de la sociedad, y que hay casas suficientes para ofrecer de momento a las masas trabajadoras un alojamiento espacioso y sano. Especular sobre cómo regulará una sociedad futura la distribución de la comida y de las viviendas conduce directamente a la utopía. A lo sumo podemos establecer, a partir de la comprensión de las condiciones fundamentales de todos los modos de producción habidos hasta ahora, que con la caída de la producción capitalista se harán imposibles ciertas formas de apropiación de la sociedad anterior. Incluso las medidas de transición tendrán que ajustarse en todas partes a las condiciones existentes en cada momento, y serán esencialmente distintas en países de pequeña propiedad de la tierra que en países de gran propiedad territorial, etc. Adónde se llega cuando se buscan soluciones particulares para estas llamadas cuestiones prácticas, como la cuestión de la vivienda, etc., nadie nos lo demuestra mejor que el propio Mülberger, que primero expone a lo largo de 28 páginas cómo «todo el contenido de la solución de la cuestión de la vivienda está dado en la palabra redención», para luego, en cuanto se le aprieta, balbucear azorado que en realidad es muy dudoso que en la toma de posesión efectiva de las casas «el pueblo trabajador rinda mayor culto a la redención» o a cualquier otra forma de expropiación.

Mülberger exige que seamos prácticos, que «frente a las condiciones prácticas reales» no «saquemos a relucir solo fórmulas abstractas y muertas», que salgamos «del socialismo abstracto y nos acerquemos a las condiciones determinadas y concretas de la sociedad». Si Mülberger lo hubiera hecho, quizá habría prestado grandes servicios al movimiento. El primer paso para acercarse a las condiciones determinadas y concretas de la sociedad consiste, sin duda, en conocerlas, en investigarlas según su conexión económica existente. ¿Y qué encontramos en Mülberger? Dos frases enteras, a saber:

  1. «Lo que el asalariado es respecto del capitalista, eso es el inquilino respecto del propietario de la casa.»

He demostrado en la página 6 de la tirada aparte que esto es completamente falso, y Mülberger no tiene una palabra que responder.

  1. «Pero el toro que» (en la reforma social) «hay que coger por los cuernos es la productividad del capital, como la llama la escuela liberal de la economía nacional, que en verdad no existe, pero que en su existencia aparente sirve de tapadera a toda la desigualdad que pesa sobre la sociedad actual.»

El toro que hay que coger por los cuernos «en verdad no existe», y por tanto tampoco tiene «cuernos». No es él mismo, sino su existencia aparente, lo que es malo. Sin embargo, la «llamada productividad» (del capital) «es capaz de hacer surgir de la tierra por arte de magia casas y ciudades», cuya existencia es cualquier cosa menos «aparente» (p. 12). ¿Y un hombre que, aunque El capital de Marx le es «también a él bien conocido», chapurrea de esta manera desamparadamente confusa sobre la relación entre el capital y el trabajo, se propone mostrar a los obreros alemanes un camino nuevo y mejor, y se hace pasar por el «arquitecto» que «tiene claro, al menos a grandes rasgos, el entramado arquitectónico de la sociedad futura»?

Nadie se ha «acercado» más «a las condiciones determinadas y concretas de la sociedad» que Marx en El capital. Dedicó veinticinco años a investigarlas en todos sus aspectos, y los resultados de su crítica contienen en todas partes también los gérmenes de las llamadas soluciones, en la medida en que estas son posibles hoy. Pero eso no le basta al amigo Mülberger. Todo eso es socialismo abstracto, fórmulas abstractas y muertas. En lugar de estudiar las «condiciones determinadas y concretas de la sociedad», el amigo Mülberger se contenta con la lectura de algunos volúmenes de Proudhon, que no le ofrecen prácticamente nada sobre las condiciones determinadas y concretas de la sociedad, pero sí, en cambio, curas milagrosas muy determinadas y concretas para todos los males sociales; y presenta a los obreros alemanes este plan de salvación social ya hecho, este sistema proudhoniano, con el pretexto de que él quiere «decir adiós a los sistemas», mientras que yo «elijo el camino inverso». Para comprender esto tengo que suponer que yo soy ciego y Mülberger sordo, de modo que todo entendimiento entre nosotros es pura y simplemente imposible.

Basta. Si esta polémica no sirve para nada más, tiene en todo caso lo bueno de haber demostrado qué hay de la práctica de estos socialistas que se llaman a sí mismos «prácticos». Estas propuestas prácticas para eliminar todos los males sociales, estas panaceas sociales universales, han sido siempre y en todas partes el producto de fundadores de sectas que aparecieron en una época en que el movimiento proletario estaba todavía en su infancia. También Proudhon es uno de ellos. El desarrollo del proletariado arroja pronto a un lado estos pañales y engendra en la propia clase obrera la comprensión de que nada es menos práctico que estas «soluciones prácticas» discurridas de antemano y aplicables a todos los casos, y de que el socialismo práctico consiste más bien en un conocimiento correcto del modo de producción capitalista en sus diversos aspectos. Una clase obrera que sepa a qué atenerse en esto nunca estará en apuros, llegado el caso, para saber contra qué instituciones sociales y de qué manera ha de dirigir sus ataques principales.

  1. Der Volksstaat («El Estado popular»): órgano central del Partido Obrero Socialdemócrata alemán (los «eisenachianos»), publicado en Leipzig de 1869 a 1876 bajo la dirección de Wilhelm Liebknecht. ↩

  2. La indemnización de guerra de cinco mil millones de francos que Francia tuvo que pagar a Alemania por el Tratado de Fráncfort (1871), tras la guerra franco-prusiana. ↩

  3. El crac bursátil de Viena y Berlín de 1873, que puso fin a la fiebre especulativa de los Gründerjahre («años de los fundadores») y abrió una larga depresión. ↩

  4. Arthur Mülberger (1847-1907), médico de Wurtemberg, divulgador de las ideas de Proudhon en Alemania. Sus artículos sobre la cuestión de la vivienda aparecieron sin firma en el Volksstaat a comienzos de 1872. ↩

  5. Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), publicista francés, teórico del mutualismo y del crédito gratuito; Marx lo había criticado en Miseria de la filosofía (1847). ↩

  6. Emil Sax (1845-1927), economista austriaco. ↩

  7. Prohibición dictada al amparo de la ley contra los socialistas de 1878 (véase más abajo). ↩

  8. Mijaíl Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, principal figura del anarquismo y adversario de Marx en la Internacional, de la que fue expulsado en el congreso de La Haya (1872). ↩

  9. La Nueva Federación Madrileña se constituyó en 1872 con los miembros de la Federación Regional Española que, frente a la mayoría bakuninista, apoyaron al Consejo General de la Internacional; de su núcleo salió en 1879 el Partido Socialista Obrero Español. ↩

  10. Proudhon propuso un banco de cambio que suprimiría el dinero y el interés mediante el crédito gratuito; en 1849 intentó llevarlo a la práctica con su Banco del Pueblo, que fracasó a las pocas semanas. ↩

  11. «Socialistas de cátedra» (Kathedersozialisten): nombre dado a los economistas universitarios alemanes (Schmoller, Wagner, Brentano y otros), agrupados desde 1872 en la Asociación de Política Social, que propugnaban reformas sociales desde el Estado para conjurar la lucha de clases. ↩

  12. Alude al ala derecha de la fracción socialdemócrata del Reichstag, que en 1884-1885 se inclinó a votar las subvenciones a las líneas de vapor de ultramar propuestas por Bismarck. ↩

  13. La «ley contra las aspiraciones socialdemócratas, peligrosas para la comunidad», ley de excepción aprobada en 1878 a instancias de Bismarck y vigente hasta 1890, que prohibía las organizaciones, reuniones y publicaciones socialistas. ↩

  14. El proyecto de monopolio estatal del tabaco presentado por Bismarck en 1882 y rechazado por el Reichstag. ↩

  15. La guerra austro-prusiana de 1866 y la franco-prusiana de 1870-1871, con las que se realizó «desde arriba» la unificación de Alemania bajo Prusia. ↩

  16. La marca (Mark) era la antigua comunidad aldeana germánica con tierras de uso común; el Flurzwang obligaba a todos los campesinos de la aldea a seguir el mismo orden de cultivos en los campos abiertos. ↩

  17. (Nota de Engels.) En Marx, Misère de la Philosophie, etc., Bruselas y París, 1847. ↩

  18. Georges-Eugène Haussmann (1809-1891), prefecto del Sena de 1853 a 1870 bajo Napoleón III, dirigió la reforma urbanística de París: bulevares rectos y anchos abiertos a través de los barrios populares del centro, en medio de una enorme especulación inmobiliaria. ↩

  19. Renta del suelo (Grundrente): la parte de la plusvalía que percibe el propietario de la tierra por el mero monopolio sobre ella. ↩

  20. Marx, El capital, libro I, cap. 2, nota; Engels cita por la primera edición alemana (1867), como en las demás referencias a El capital. ↩

  21. Eco de la primera epístola a Timoteo (2, 2) en la traducción de Lutero: «para que llevemos una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y honestidad». ↩

  22. Vogelfrei: literalmente «libre como un pájaro»; en el antiguo derecho alemán, el proscrito, privado de toda protección. Marx usa la palabra en El capital con ese doble sentido para el proletario «libre» de toda propiedad. ↩

  23. La insurrección de los obreros de París en junio de 1848, aplastada por el general Cavaignac. ↩

  24. «Hágase justicia, aunque perezca el mundo»: lema atribuido al emperador Fernando I. Los dos versos que siguen son su paráfrasis alemana. ↩

  25. Los bazares o bolsas de intercambio del trabajo (Equitable Labour Exchange) fundados por Robert Owen y sus seguidores en Londres, Birmingham y otras ciudades en 1832, donde los productos se cambiaban por bonos de trabajo; quebraron al cabo de pocos años. ↩

  26. La Emancipación: semanario madrileño (1871-1873), órgano de la sección española de la Internacional y, desde 1872, de la Nueva Federación Madrileña; Paul Lafargue y José Mesa figuraban entre sus redactores. ↩

  27. Jean Dollfus (1800-1887), fabricante textil de Mulhouse (Alsacia), promotor desde 1853 de la «ciudad obrera» de esa ciudad, cuyas casas se vendían a los obreros a plazos. ↩

  28. (Nota de Engels a la edición de 1887.) Cómo se produce espontáneamente esta solución de la cuestión de la vivienda, que encadena a los obreros a un «hogar» propio, en las cercanías de las ciudades norteamericanas grandes o en auge, lo muestra el siguiente pasaje de una carta de Eleanor Marx-Aveling, Indianápolis, 28 de noviembre de 1886: «En Kansas City, o más bien junto a ella, vimos unos miserables cobertizos de madera, de unas tres habitaciones, todavía en plena naturaleza salvaje; el terreno costaba 600 dólares y era justo lo bastante grande para poner encima la casita; esta costaba otros 600 dólares, es decir, en total 4.800 marcos por una cosa pequeña y miserable, a una hora de camino de la ciudad, en un páramo fangoso». Así, los obreros tienen que contraer pesadas deudas hipotecarias solo para conseguir estas viviendas, y se convierten más que nunca en esclavos de sus patronos; están atados a sus casas, no pueden irse y tienen que aceptar todas las condiciones de trabajo que se les ofrezcan. ↩

  29. En alemán, el alquiler se llama Miete o también Mietzins, literalmente «interés de alquiler»; sobre ese doble sentido de Zins (interés) juega Engels en los párrafos siguientes. ↩

  30. El «voluntario de un año» (Einjährig-Freiwilliger) era, en el ejército prusiano, el joven con estudios secundarios que, pagándose el equipo y la manutención, cumplía solo un año de servicio en lugar de tres. ↩

  31. Proudhon había saludado en 1852 el golpe de Estado de Luis Bonaparte como una oportunidad para la revolución social (La Révolution sociale démontrée par le coup d'État du 2 décembre). ↩

  32. Édouard Ducpétiaux (1804-1868), reformador social belga; Henry Roberts (1803-1876), arquitecto inglés, autor de proyectos de viviendas obreras modelo; James Hole (1820-1895), autor de The Homes of the Working Classes (1866); Victor Aimé Huber (1800-1869), publicista conservador alemán, promotor de cooperativas de construcción y de la reforma de la vivienda obrera. ↩

  33. La Asociación Nacional para el Fomento de la Ciencia Social (National Association for the Promotion of Social Science), fundada en Inglaterra en 1857, celebraba congresos anuales. Engels juega con Sozialwissenschaft y Kohl («col», y en sentido figurado «disparate, palabrería»). ↩

  34. Julius Faucher (1820-1878), economista y periodista alemán, librecambista, autor de escritos sobre la cuestión de la vivienda en las grandes ciudades. ↩

  35. Die Gartenlaube, revista familiar ilustrada de Leipzig, de gran tirada y tono pequeñoburgués; Kladderadatsch, semanario satírico berlinés; el «fusilero Kutschke», figura popular de las canciones patrioteras de la guerra franco-prusiana. ↩

  36. Alusión al dicho alemán «el agua no tiene vigas», es decir, no sostiene a quien se mete en ella. ↩

  37. David Hansemann (1790-1864), banquero y político liberal de Renania, ministro de Hacienda de Prusia en 1848. La frase procede de un discurso suyo en la Dieta Unificada prusiana de 1847. ↩

  38. La MEW trae aquí «¼ × 20», errata evidente: tres cuartos del 20 por ciento son 15 (así también la versión inglesa). Corregimos aquí y en el original. ↩

  39. Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico inglés; Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés, que proyectó los «falansterios» como comunidades de producción y vida. ↩

  40. El Familisterio de Guise, construido a partir de 1859 por el fabricante de estufas Jean-Baptiste André Godin, discípulo de Fourier, para los obreros de su fábrica. ↩

  41. (Nota de Engels a la edición de 1887.) Y también esta se ha convertido al final en un mero hogar de la explotación obrera. Véase Le Socialiste de París, año 1886. ↩

  42. Harmony Hall, en Queenwood (Hampshire), comunidad owenista fundada en 1839 y disuelta en 1845. ↩

  43. (Nota de Engels.) También en esto los capitalistas ingleses no solo han cumplido hace tiempo todos los deseos más íntimos del señor Sax, sino que los han superado con creces. El lunes 14 de octubre de 1872, en Morpeth, el tribunal encargado de establecer las listas de electores al Parlamento tuvo que decidir sobre la solicitud de 2.000 mineros de que se inscribieran sus nombres en la lista. Resultó que la mayor parte de estas personas, según el reglamento de la mina en que trabajaban, no debían ser consideradas inquilinas de las casitas que habitaban, sino solo toleradas en ellas, y podían ser puestas en la calle en cualquier momento sin preaviso alguno. (El propietario de la mina y el propietario de las casas eran, naturalmente, una y la misma persona.) El juez decidió que estas personas no eran inquilinos, sino criados, y que como tales no tenían derecho a la inscripción. (Daily News, 15 de octubre de 1872.) ↩

  44. La Exposición Universal de París de 1867. ↩

  45. La libertad de coalición (derecho de asociación y de huelga) se reconoció en el Reglamento industrial de la Confederación de Alemania del Norte de 1869. ↩

  46. Las fundiciones y talleres de Le Creusot (Borgoña), de la familia Schneider, y la fábrica de acero y armamento de Friedrich Krupp en Essen. ↩

  47. Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), político liberal alemán, promotor de cooperativas de crédito y de consumo como medio de «autoayuda» de los artesanos y obreros. ↩

  48. (Nota de Engels a la edición de 1887.) He aquí todavía una pequeña contribución al modo de hacer negocios, en particular, de las sociedades constructoras de Londres. Como es sabido, el suelo de casi todo Londres pertenece a una docena de aristócratas, entre ellos, los más distinguidos, los duques de Westminster, de Bedford, de Portland, etc. Estos arrendaron originalmente los distintos solares por noventa y nueve años, y al expirar este plazo entran en posesión del terreno con todo lo que hay en él. Ahora alquilan las casas por plazos más cortos, por ejemplo treinta y nueve años, con un llamado repairing lease, en virtud del cual el inquilino tiene que poner la casa en buen estado y mantenerla así. En cuanto se ha cerrado el contrato, el señor del suelo envía a su arquitecto y al inspector de obras (surveyor) del distrito a inspeccionar la casa y determinar las reparaciones necesarias. Estas son a menudo muy amplias, hasta la renovación de toda la fachada, del tejado, etc. El inquilino deposita entonces el contrato de alquiler como garantía en una sociedad constructora, y esta le adelanta el dinero necesario —hasta 1.000 libras esterlinas y más, para un alquiler anual de 130 a 150 libras— para la obra que tiene que realizar a su costa. Estas sociedades constructoras se han convertido, pues, en un importante eslabón intermedio de un sistema que tiene por objeto reconstruir una y otra vez y mantener habitables, sin esfuerzo y a costa del público, las casas de Londres pertenecientes a los grandes aristócratas terratenientes. ¡Y eso ha de ser una solución de la cuestión de la vivienda para los obreros! ↩

  49. La Nuisances Removal Act (1855) facultaba a las autoridades locales para eliminar focos de insalubridad; la Local Government Act (1858) regulaba la sanidad pública municipal; la Artisans' and Labourers' Dwellings Act (1868, llamada ley Torrens) permitía ordenar la reparación o el derribo de viviendas insalubres; la Workshops' Regulation Act (1867) extendía a los talleres parte de la legislación fabril. ↩

  50. (Nota de Engels.) Jobbery significa el aprovechamiento de un cargo público en beneficio privado del funcionario o de su familia. Si, por ejemplo, el jefe de los telégrafos del Estado de un país se hace socio comanditario de una fábrica de papel, suministra a esta fábrica madera de sus bosques y luego le adjudica los suministros de papel para las oficinas de telégrafos, eso es un job bastante pequeño, desde luego, pero bastante bonito en la medida en que revela una comprensión perfecta de los principios de la jobbery; como, por lo demás, era natural y de esperar en Bismarck. ↩

  51. (Nota de Engels a la edición de 1887.) Recientemente, en las leyes del Parlamento inglés que conceden a las autoridades de obras de Londres el derecho de expropiación para abrir calles nuevas, se tiene en cierta medida en cuenta a los obreros así puestos en la calle. Se introduce la disposición de que los edificios que se construyan deberán ser adecuados para alojar a las clases de la población que vivían hasta entonces en ese lugar. Se construyen, pues, grandes cuarteles de alquiler de cinco o seis pisos para obreros en los solares de menor valor, y así se cumple la letra de la ley. Cómo resultará esta institución, completamente desacostumbrada para los obreros y del todo extraña en medio de las viejas condiciones londinenses, está por ver. En el mejor de los casos, apenas se alojará en ellos una cuarta parte de los obreros realmente expulsados por las nuevas obras. ↩

  52. Bethel Henry Strousberg (1823-1884), «rey de los ferrocarriles» alemán, cuyo imperio se hundió con el crac de 1873; los hermanos Émile e Isaac Péreire, banqueros franceses, fundadores del Crédit Mobilier, emblema de la especulación del Segundo Imperio. ↩

  53. (Nota de Engels a la edición de 1887.) Lo que todavía hoy, en 1886, mantiene unido al Estado prusiano y a su base, la alianza de la gran propiedad territorial y el capital industrial sellada en los aranceles proteccionistas, es únicamente el miedo al proletariado, que desde 1872 ha crecido enormemente en número y en conciencia de clase. ↩

  54. En el verano de 1872, familias obreras desahuciadas levantaron barracas a las afueras de Berlín; las autoridades las derribaron en otoño. ↩

  55. Hermann Wagener (1815-1889), consejero de Bismarck e ideólogo de un «socialismo conservador» que pretendía ganar a los obreros para la monarquía. ↩

  56. Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana. Alusión a las conferencias de representantes de los gobiernos alemán y austriaco celebradas en Berlín en noviembre de 1872 para concertar medidas contra la Internacional. ↩

  57. Seguidores de Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés partidario de la toma del poder por una minoría conspirativa. Tras la Comuna, sus partidarios exiliados en Londres publicaron en 1872 el folleto Internationale et Révolution. ↩

  58. Hegel, Ciencia de la lógica, libro II, a propósito del movimiento de la reflexión. ↩

  59. El cartismo, movimiento obrero inglés de 1838-1848 por la Carta del Pueblo (sufragio universal masculino y otras reformas políticas), primer partido obrero de masas. ↩

  60. Engels cita la frase de Mülberger con Sage («leyenda»), aunque arriba la reproduce con Lehre («doctrina»). ↩

  61. Système des contradictions économiques, ou Philosophie de la misère (1846), la obra de Proudhon a la que respondió Marx con Miseria de la filosofía. ↩

  62. Proudhon, La Guerre et la Paix. Recherches sur le principe et la constitution du droit des gens (1861). ↩

  63. Thomas Robert Malthus (1766-1834), economista inglés, según el cual la población tiende a crecer más deprisa que los medios de subsistencia. ↩

  64. Zacharias Bräsig, personaje cómico de la novela en bajo alemán Ut mine Stromtid (1862-1864), de Fritz Reuter. ↩

  65. Ferdinand Lassalle (1825-1864), fundador de la Asociación General de Obreros Alemanes (1863), autor de Das System der erworbenen Rechte (1861), obra de filosofía del derecho de inspiración hegeliana. ↩

  66. El reglamento prusiano de los distritos de 1872, que suprimía algunos privilegios policiales de los terratenientes nobles en el campo y fue combatido con encono por los conservadores. ↩

  67. (Nota de Engels.) Antes del descubrimiento del oxígeno, los químicos explicaban la combustión de los cuerpos en el aire atmosférico suponiendo una sustancia combustible particular, el flogisto, que se desprendía en la combustión. Como encontraban que los cuerpos simples quemados pesaban más después de la combustión que antes, declararon que el flogisto tenía un peso negativo, de modo que un cuerpo sin su flogisto pesaba más que con él. De este modo se atribuyeron poco a poco al flogisto las principales propiedades del oxígeno, pero todas al revés. El descubrimiento de que la combustión consiste en la combinación de los cuerpos que arden con otro, el oxígeno, y la obtención de este oxígeno pusieron fin a esta hipótesis, aunque solo tras una larga resistencia de los químicos más antiguos. ↩

  68. Heinrich Reschauer (1838-1888), periodista y político austriaco, concejal en Viena. ↩

  69. Justus von Liebig (1803-1873), químico alemán, fundador de la química agrícola, que denunció el agotamiento del suelo por la falta de retorno a la tierra de los nutrientes consumidos en las ciudades. ↩

  70. Goethe, Fausto, primera parte, «La cocina de la bruja»: «Pues una contradicción completa / es igual de misteriosa para sabios que para necios». ↩