Serie de cinco artículos escrita por Friedrich Engels entre mayo de 1874 y abril de 1875 y publicada en Der Volksstaat (Leipzig) entre el 17 de junio de 1874 y el 21 de abril de 1875; los artículos I, II y V se reimprimieron en Internationales aus dem «Volksstaat» (1871-75) (Berlín, 1894), y el V apareció también como folleto con el título Soziales aus Rußland (Leipzig, 1875). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 519-567), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026; no hemos encontrado una edición libre de los textos de época para cotejarlos. Las notas son nuestras, salvo las de Engels, que se indican. Texto original en alemán

I. Una proclama polaca

Der Volksstaat, n.º 69, 17 de junio de 1874.

Cuando el emperador de Rusia llegó a Londres,1 toda la policía estaba ya en movimiento. Se decía que los polacos querían matarlo de un tiro, que el nuevo Berezowski2 ya estaba encontrado y mejor armado que aquella vez en París. Se rodearon las casas de polacos conocidos con policías de paisano; se hizo venir incluso de París al comisario de policía que allí, bajo el Imperio, había vigilado especialmente a los polacos. Las medidas policiales a lo largo del recorrido del zar desde su residencia hasta la City estaban dispuestas formalmente según principios estratégicos... ¡y todo ese esfuerzo en vano! No apareció ningún Berezowski, no sonó ningún pistoletazo, y el zar, que temblaba no menos que su hija,3 salió del trance con el susto. Pero el esfuerzo no fue del todo en vano, pues el emperador hizo pagar de propina cinco libras esterlinas a cada superintendente de policía empleado a su servicio y dos a cada inspector (33 y 14 táleros respectivamente).

Los polacos, entretanto, pensaban en cosas muy distintas del asesinato del noble Alejandro. La sociedad «El Pueblo Polaco» publicó un «Mensaje de los refugiados polacos al pueblo inglés», firmado: general W. Wróblewski, presidente; J. Krynski, secretario.4 Este mensaje se difundió masivamente en Londres durante la estancia del zar. Con excepción del Reynolds's Newspaper, la prensa londinense se negó unánimemente a publicarlo: ¡no se debía ofender al «huésped de Inglaterra»!

El mensaje empieza haciendo ver a los ingleses que el zar no les hace un honor, sino una ofensa, al visitarlos en el mismo momento en que prepara en Asia central todo lo necesario para derribar la dominación inglesa en la India; y que si Inglaterra, en lugar de prestar oído a los halagos del zar, de ese supuesto padre de los pueblos que oprime, fuera menos indiferente ante las aspiraciones de independencia de los polacos, tanto Inglaterra como el resto de Europa occidental podrían suspender tranquilamente sus colosales armamentos. Y esto es del todo cierto. El trasfondo de todo el militarismo europeo es el militarismo ruso. Situado como reserva en la guerra de 1859 del lado de Francia, y en 1866 y 1870 del lado de Prusia, el ejército ruso ha hecho posible a la que en cada caso era la primera potencia militar aplastar a su adversario aislado. Prusia, como primera potencia militar europea, es directamente una criatura de Rusia, aunque desde entonces, para disgusto de su santo patrón, le haya crecido demasiado.

El mensaje prosigue:

«En virtud de su situación geográfica y de su disposición a defender en todo momento la causa de la humanidad, Polonia fue siempre, y lo será siempre, la primera adalid del derecho, de la civilización y del desarrollo social en todo el nordeste de Europa. Polonia lo ha demostrado de manera irrefutable con sus siglos de resistencia contra las invasiones de los bárbaros del Este, por un lado, y por otro contra la Inquisición, que oprimía entonces a casi todo el Occidente. ¿Cómo fue posible que los pueblos de Europa occidental, precisamente en la época más decisiva de la Edad Moderna, pudieran entregarse sin estorbo al desarrollo de sus fuerzas vitales sociales? Porque, y solo porque, en las marcas orientales de Europa montaba guardia el soldado polaco, siempre vigilante, siempre con el arma lista, siempre dispuesto a jugarse la salud, la hacienda y la vida. A la protección de las armas polacas debe Europa que su vida artística y científica, que despertaba de nuevo en el siglo XVI, pudiera seguir desarrollándose, y que el comercio, la industria y la riqueza pudieran alcanzar su actual y asombrosa altura. ¿Qué habría sido, por ejemplo, de la herencia de civilización adquirida por Occidente en doscientos años de trabajo si Polonia, aun amenazada ella misma por la espalda por las hordas mongolas, no hubiera llevado auxilio al centro de Europa contra los turcos y no hubiera quebrado el poder de los otomanos con la brillante victoria al pie de las murallas de Viena?»5

El mensaje expone luego cómo todavía hoy es esencialmente la resistencia de Polonia lo que impide a Rusia volver sus fuerzas contra Occidente, y lo que ha conseguido incluso desarmar a los aliados más peligrosos de Rusia, sus agentes paneslavistas. El historiador ruso más famoso, Pogodin,6 dice en un escrito impreso por orden y a costa del Gobierno ruso que Polonia, hasta ahora la espina clavada en la carne de Rusia, debe convertirse en su mano derecha, restableciéndola como un reino pequeño y débil bajo un príncipe ruso; que así es como mejor se atrapará a los eslavos turcos y austriacos:

«Lo anunciaremos en un manifiesto, Inglaterra y Francia se morderán los labios, y para Austria será el golpe de gracia... Todos los polacos, aun los más irreconciliables, se arrojarán en nuestros brazos; los polacos austriacos y prusianos volverán a unirse a sus hermanos. Todas las tribus eslavas oprimidas hoy por Austria, checos, croatas, húngaros (!), hasta los eslavos turcos, anhelarán el momento en que puedan respirar tan libremente como entonces los polacos. Seremos una estirpe de cien millones bajo un solo cetro, y entonces, pueblos de Europa, ¡venid a medir vuestras fuerzas con nosotros!»

Por desgracia, a este hermoso plan solo le faltaba lo principal: el consentimiento de Polonia. Pero

«a todas estas seducciones —el mundo lo sabe— Polonia respondió: Quiero y debo vivir, si he de vivir, no como instrumento de los planes de conquista del mundo de un zar extranjero, sino como pueblo libre entre los pueblos libres de Europa».

El mensaje expone después cómo Polonia ha confirmado esa resolución inquebrantable. En el momento crítico de su existencia, al estallar la Revolución francesa, Polonia estaba ya mutilada por el primer reparto y distribuida entre cuatro Estados. Aun así tuvo el valor de plantar a orillas del Vístula, con la Constitución del 3 de mayo de 1791, la bandera de la Revolución francesa, hecho con el que se puso muy por encima de todos sus vecinos. El viejo desbarajuste polaco7 quedaba así destruido; unas cuantas décadas de desarrollo tranquilo, sin estorbos del exterior, y Polonia habría llegado a ser el país más avanzado y más poderoso al este del Rin. Pero a las potencias del reparto no podía convenirles que Polonia volviera a levantarse, y menos aún que se levantara aclimatando la revolución en el nordeste de Europa. Su suerte estaba echada: los rusos consiguieron en Polonia lo que prusianos, austriacos y tropas del Imperio intentaron en vano en Francia.

«Kościuszko8 luchó a la vez por la independencia de Polonia y por el principio de la igualdad. Y es sabido en todo el mundo que, desde el momento en que sucumbió su independencia nacional, y a pesar de esa caída, Polonia, por su amor a la patria y por su solidaridad con todos los pueblos que combatían por la causa de la humanidad, fue la primera adalid del derecho violado, dondequiera que lo fuese, combatiendo en todo campo de batalla en que se luchaba contra la tiranía. Sin dejarse quebrar por sus propias desgracias, sin dejarse desviar por la ceguera y la mala voluntad de los Gobiernos europeos, Polonia no ha descuidado ni un instante los deberes que le imponían ella misma, la historia y la consideración del porvenir.»

Pero al mismo tiempo ha desarrollado también los principios según los cuales debe organizarse ese porvenir, la nueva república polaca; están consignados en los manifiestos de 1836, 1845 y 1863.9

«El primero de estos manifiestos proclama, junto al inquebrantable derecho nacional de Polonia, la igualdad de derechos de los campesinos. El de 1845, proclamado en suelo polaco, en la ciudad de Cracovia, entonces todavía libre, y ratificado por delegados de todas las partes de Polonia, no solo enuncia esa igualdad de derechos, sino también el principio de que los campesinos deben ser propietarios de la tierra que cultivan desde hace siglos. En la parte robada por los moscovitas, los propietarios de tierras, apoyándose en los manifiestos citados como fundamentos del derecho nacional polaco, decidieron, mucho antes de la llamada proclama imperial de emancipación, arreglar voluntariamente y por acuerdo con los campesinos este asunto interior que pesaba sobre su conciencia (1859-1863). La cuestión agraria polaca estaba resuelta en principio por la Constitución del 3 de mayo de 1791; si a pesar de ello el campesino polaco siguió oprimido, fue exclusivamente por culpa del despotismo y del maquiavelismo del zar, que apoyaba su dominación en la enemistad entre propietarios y campesinos. Y esa decisión se tomó mucho antes de la proclama imperial del 18 de febrero de 1861;10 y esa proclama, aplaudida por toda Europa y que supuestamente establecía la igualdad de derechos de los campesinos, no fue sino el disfraz de uno de los intentos, que se repiten una y otra vez, del zar de apropiarse de los bienes ajenos. La población rural polaca sigue oprimida como antes, pero... ¡el zar se ha convertido en propietario de la tierra! Y en castigo por la sangrienta protesta que Polonia alzó en 1863 contra la pérfida barbarie de sus opresores, ha tenido que soportar una serie de brutales malos tratos ante los que se estremecería incluso la tiranía de siglos pasados.»

«Y, sin embargo, ni el cruel yugo del zar, aunque pesa sobre ella desde hace ya un siglo entero, ni la indiferencia de Europa han sido capaces de matar a Polonia. Hemos vivido y viviremos, en virtud de nuestra propia voluntad, de nuestra propia fuerza y de nuestro propio desarrollo social y político, que nos pone muy por encima de nuestros opresores; pues la existencia de estos tiene por primer y último fundamento la fuerza bruta, la cárcel y el patíbulo, y sus palancas esenciales de acción hacia fuera son las maquinaciones subterráneas, los asaltos traicioneros y, por último, la conquista violenta.»

Dejemos ahora el mensaje, suficientemente caracterizado por los extractos anteriores, para añadirle algunas observaciones sobre la importancia de la cuestión polaca para los obreros alemanes.

Por mucho que Rusia se hubiera desarrollado desde Pedro el Grande, por mucho que hubiera crecido su influencia en Europa (a lo que no contribuyó poco Federico II de Prusia, aun sabiendo muy bien a qué atenerse), siguió siendo esencialmente una potencia tan extraeuropea como, por ejemplo, Turquía, hasta el momento en que se apoderó de Polonia. En 1772 tuvo lugar el primer reparto de Polonia; ya en 1779 Rusia exigía en la Paz de Teschen el derecho, reconocido por escrito, a inmiscuirse en los asuntos alemanes.11 Eso habría debido servir de lección a los príncipes alemanes; a pesar de ello, Federico Guillermo II, él, el único Hohenzollern que alguna vez opuso una resistencia seria a la política rusa, y Francisco II consintieron en la destrucción completa de Polonia. Después de las guerras napoleónicas, Rusia se quedó además con la parte del león de las antiguas provincias polacas de Prusia y Austria y se presentó ya sin disimulo como árbitro de Europa, papel que siguió desempeñando sin interrupción hasta 1853. Prusia estaba francamente orgullosa de poder arrastrarse ante Rusia; Austria la seguía a regañadientes, pero cediendo siempre en el momento decisivo por miedo a la revolución, contra la cual el zar seguía siendo siempre el último respaldo. Así se convirtió Rusia en el baluarte de la reacción europea, sin privarse por ello del placer de preparar nuevas conquistas en Austria y en Turquía mediante instigaciones paneslavistas. Durante los años revolucionarios, el aplastamiento de los húngaros por Rusia fue un hecho tan decisivo para Europa oriental y central como lo había sido para Occidente la batalla de junio en París; y cuando poco después el emperador Nicolás se sentó en Varsovia a juzgar al rey de Prusia y al emperador de Austria,12 con la dominación de Rusia quedó sellada también la dominación de la reacción sobre Europa. La guerra de Crimea libró a Occidente y a Austria de la insolencia del zar; Prusia y los pequeños Estados alemanes se arrastraron ante él con tanta más docilidad; pero ya en 1859 castigó a los austriacos por su desobediencia procurando que sus vasallos alemanes no tomaran partido por ellos, y en 1866 Prusia completó el castigo de Austria. Ya vimos antes que el ejército ruso constituye el pretexto y el respaldo de todo el militarismo europeo. Solo porque Nicolás, confiado en su millón de soldados —que, por cierto, existía en gran parte solo sobre el papel—, desafió en 1853 a Occidente, obtuvo Luis Napoleón con la guerra de Crimea el pretexto para convertir el ejército francés, entonces bastante debilitado, en el más fuerte de Europa. Solo porque en 1870 el ejército ruso impidió a Austria tomar partido por Francia pudo Prusia vencer a Francia y completar la monarquía militar prusiano-alemana. En todas estas grandes acciones de Estado13 vemos al fondo el ejército ruso. Y aunque —a menos que el desarrollo interior de Rusia entre pronto en ebullición revolucionaria— la victoria de Alemania sobre Francia vaya a engendrar con la misma seguridad una guerra entre Rusia y Alemania con que la victoria de Prusia sobre Austria en Sadowa trajo consigo la guerra franco-alemana,14 aun así, contra un movimiento en el interior, el ejército ruso estará siempre al servicio de los prusianos. Todavía hoy la Rusia oficial es el baluarte y escudo de toda la reacción europea, y su ejército, la reserva de todos los demás ejércitos que se encargan de tener sometida a la clase obrera en Europa.

Ahora bien, son precisamente los obreros alemanes los que están expuestos en primer lugar al embate de ese gran ejército de reserva de la opresión, tanto en el llamado Imperio alemán como en Austria. Mientras detrás de la burguesía y del Gobierno austriacos y alemanes estén los rusos, a todo el movimiento obrero alemán se le habrá quitado el filo. Somos, pues, nosotros los primeros interesados en quitarnos de encima la reacción rusa y el ejército ruso.

Y en esta tarea solo tenemos un aliado seguro, pero seguro en cualquier circunstancia: el pueblo polaco.

Polonia, por su desarrollo histórico y su situación actual, está todavía mucho más que Francia ante esta alternativa: o ser revolucionaria o sucumbir. Y con ello cae toda la necia palabrería sobre el carácter esencialmente aristocrático del movimiento polaco. Hay en la emigración polaca gente de sobra con apetitos aristocráticos; pero en cuanto la propia Polonia entra en el movimiento, este se vuelve revolucionario de pies a cabeza, como vimos en 1846 y en 1863. Esos movimientos no eran solo nacionales: iban dirigidos al mismo tiempo, directamente, a la liberación de los campesinos y a la transferencia a estos de la propiedad de la tierra. En 1871 la gran masa de la emigración polaca en Francia se puso al servicio de la Comuna; ¿era eso obra de aristócratas? ¿No demostraba que esos polacos estaban por completo a la altura del movimiento moderno? Desde que Bismarck ha introducido el Kulturkampf en Posnania15 y, con el pretexto de jugarle con ello una mala pasada al papa, persigue los libros escolares polacos, suprime la lengua polaca y hace todo lo posible por empujar a los polacos a los brazos de Rusia, ¿qué sucede? La aristocracia polaca se acerca cada vez más a Rusia para volver a reunir al menos a Polonia bajo su dominación; las masas revolucionarias responden ofreciendo su alianza al partido obrero alemán y combatiendo en las filas de la Internacional.

Que a Polonia no se la puede matar, lo demostró en 1863 y lo demuestra todavía cada día. Su derecho a una existencia independiente en la familia de los pueblos europeos es irrecusable. Pero su restablecimiento es una necesidad sobre todo para dos pueblos: para los alemanes y para los propios rusos.

Un pueblo que oprime a otros no puede emanciparse a sí mismo. La fuerza que necesita para oprimir a los demás se vuelve siempre, al final, contra él mismo. Mientras haya soldados rusos en Polonia, el pueblo ruso no podrá liberarse ni política ni socialmente. Pero en el estado actual del desarrollo ruso no cabe duda de que el día en que Rusia pierda Polonia, el movimiento en la propia Rusia será lo bastante poderoso para derribar el orden de cosas existente. Independencia de Polonia y revolución en Rusia se condicionan mutuamente. E independencia de Polonia y revolución en Rusia —que, dada la ilimitada desorganización social, política y financiera y la corrupción que impregna toda la Rusia oficial, está mucho más cerca de lo que indica la superficie— significan para los obreros alemanes: reducir a la burguesía, a los Gobiernos, en una palabra, a la reacción en Alemania, a sus propias fuerzas, fuerzas con las que, con el tiempo, ya acabaremos nosotros.

II. Programa de los refugiados blanquistas de la Comuna

Der Volksstaat, n.º 73, 26 de junio de 1874.

Después de cada revolución o contrarrevolución fracasada se desarrolla entre los refugiados que han escapado al extranjero una actividad febril. Los distintos matices de partido se agrupan, se acusan mutuamente de haber metido el carro en el lodo, se culpan unos a otros de traición y de todos los demás pecados mortales imaginables. Al mismo tiempo se mantienen en viva relación con la patria, se organiza, se conspira, se imprimen octavillas y periódicos, se jura que dentro de veinticuatro horas vuelve a empezar, que la victoria es segura, y en previsión de ello se reparten ya los cargos del Gobierno. Naturalmente, a una decepción sigue otra, y como no se las atribuye a las circunstancias históricas inevitables, que no se quieren comprender, sino a errores fortuitos de individuos, se amontonan las acusaciones mutuas y todo termina en una gresca general. Esa es la historia de todas las emigraciones, desde los emigrados realistas de 1792 hasta el día de hoy; y el que entre los refugiados tiene juicio y entendimiento se retira de las estériles riñas en cuanto puede hacerlo con decoro, y se dedica a algo mejor.

La emigración francesa posterior a la Comuna tampoco ha escapado a este destino inevitable. Obligada durante algún tiempo, por la campaña europea de calumnias que atacaba a todos por igual y, en Londres especialmente, por el centro común que encontró en el Consejo General de la Internacional, a reprimir sus discordias internas al menos ante el mundo, en los dos últimos años ya no fue capaz de ocultar el proceso de descomposición, que avanzaba cada vez más deprisa. La disputa abierta estalló por todas partes. En Suiza una parte se unió a los bakuninistas, influida esencialmente por Malon,16 que era él mismo uno de los fundadores de la Alianza secreta. Luego, en Londres, los llamados blanquistas se retiraron de la Internacional y formaron un grupo propio con el título de «La Comuna Revolucionaria». Junto a él surgieron más tarde otros muchos grupos, que siguen en continua transformación y refundición y que tampoco en manifiestos han producido nada de provecho, mientras que los blanquistas acaban de dar a conocer a todo el mundo su programa en una proclama a los «communeux».17

Estos blanquistas no se llaman así por ser un grupo fundado por Blanqui —solo unos pocos de los 33 firmantes de este programa habrán hablado alguna vez con Blanqui—, sino porque quieren actuar en su espíritu y según su tradición. Blanqui18 es esencialmente un revolucionario político, socialista solo por el sentimiento, por simpatía con los sufrimientos del pueblo, pero no tiene ni una teoría socialista ni propuestas prácticas determinadas de remedio social. En su actividad política fue esencialmente un «hombre de acción», convencido de que una pequeña minoría bien organizada que intente en el momento oportuno un golpe de mano revolucionario puede arrastrar consigo, con unos primeros éxitos, a la masa del pueblo y hacer así una revolución victoriosa. Bajo Luis Felipe, naturalmente, solo podía organizar ese núcleo como sociedad secreta, y entonces ocurrió lo que suele ocurrir con las conspiraciones: la gente, harta de que se la entretuviera eternamente con vanas promesas de que la cosa empezaría pronto, acabó perdiendo por completo la paciencia y se rebeló, y así no quedó más elección que dejar que la conspiración se deshiciera o lanzarse al golpe sin ningún motivo exterior. Se lanzaron (12 de mayo de 1839) y fueron aplastados en un instante. Por lo demás, esta conspiración blanquista fue la única en la que la policía no logró nunca poner el pie; el golpe le cayó como un rayo en cielo sereno. De que Blanqui conciba toda revolución como el golpe de mano de una pequeña minoría revolucionaria se sigue por sí sola la necesidad de la dictadura después del éxito: la dictadura, bien entendido, no de toda la clase revolucionaria, el proletariado, sino del pequeño número de los que han dado el golpe y que ya de antemano están a su vez organizados bajo la dictadura de uno o de unos pocos.

Como se ve, Blanqui es un revolucionario de la generación anterior. Estas ideas sobre la marcha de los acontecimientos revolucionarios hace tiempo que están anticuadas, al menos para el partido obrero alemán, y tampoco en Francia podrán encontrar ya eco más que entre los obreros menos maduros o más impacientes. También veremos que en el presente programa se las somete a ciertas limitaciones. Pero también entre nuestros blanquistas de Londres rige como principio que las revoluciones no se hacen solas, sino que se hacen; que las hace una minoría relativamente pequeña y según un plan trazado de antemano; y, por último, que en todo momento la cosa «empieza pronto». Con tales principios, naturalmente, se queda uno entregado sin remedio a todas las ilusiones de la emigración y tiene que precipitarse de una locura en otra. Se quiere sobre todo hacer de Blanqui, el «hombre de acción». Pero con la buena voluntad poco se consigue aquí; el instinto revolucionario, la rápida decisión de Blanqui no los tiene cualquiera, y por mucho que Hamlet hable de energía, sigue siendo siempre Hamlet. Y cuando encima nuestros treinta y tres hombres de acción no encuentran absolutamente nada que hacer en el terreno de lo que ellos llaman acción, nuestros treinta y tres Brutos caen en una contradicción consigo mismos más cómica que trágica, una contradicción cuyo carácter trágico no aumenta en absoluto por el aire sombrío de que se rodean, como si fueran todos «Moros con el puñal bajo la capa»,19 cosa que, dicho sea de paso, ni se les pasa por la cabeza. ¿Qué pueden hacer? Preparan el próximo «empezar» confeccionando listas de proscripción para el futuro, a fin de que las filas de las personas que tomaron parte en la Comuna quede depurada (épuré), por lo cual los demás refugiados los llaman también los puros (les purs). Si ellos mismos se dan ese título, no lo sé; además, a varios de ellos les sentaría bastante mal. Sus sesiones son cerradas y sus acuerdos deben mantenerse en secreto, lo cual no impide en absoluto que a la mañana siguiente todo el barrio francés resuene con ellos. Y como siempre les pasa a esos hombres de acción tan serios cuando no hay nada que hacer, se han enzarzado en una disputa, primero personal y luego literaria, con un adversario digno de ellos, uno de los individuos de peor fama de la pequeña prensa parisiense, un tal Vermersch,20 que bajo la Comuna publicó el Père Duchêne, lamentable caricatura del periódico de Hébert de 1793. Este noble varón responde a su indignación moral declarándolos a todos, en un panfleto, «bribones o cómplices de bribones» y cubriéndolos de una rara abundancia de improperios de letrina:

Cada palabra
es un orinal, y no vacío.

¡Y con semejante adversario nuestros treinta y tres Brutos creen necesario andar a la greña delante del público!

Si hay algo seguro es, sin duda, que el proletariado de París, después de la guerra agotadora, del hambre de París y sobre todo de la terrible sangría de las jornadas de mayo de 1871, necesita un largo tiempo de reposo para volver a reunir fuerzas, y que todo intento prematuro de levantamiento solo puede tener por consecuencia una nueva derrota, quizá aún más terrible. Nuestros blanquistas son de otra opinión. La descomposición de la mayoría monárquica de Versalles les anuncia

«la caída de Versalles, el desquite de la Comuna. Pues llegamos a uno de esos grandes momentos históricos, a una de esas grandes crisis en que el pueblo, cuando parece hundirse en su miseria y estar condenado a muerte, reemprende con nuevas fuerzas su marcha revolucionaria».

Así que vuelve a empezar, y además enseguida. Esa esperanza en un inmediato «desquite de la Comuna» no es una mera ilusión de refugiados: es un artículo de fe necesario para gentes que se empeñan a la fuerza en hacer de «hombres de acción» en un momento en que, en su sentido, en el sentido de lanzarse al golpe revolucionario, no hay absolutamente nada que hacer. Da igual. Como la cosa empieza, les parece «llegado el momento de que todo lo que en la emigración tiene todavía vida se declare». Y así los 33 nos declaran que son: 1.º ateos; 2.º comunistas; 3.º revolucionarios.

Nuestros blanquistas tienen en común con los bakuninistas que quieren representar la tendencia más avanzada de todas, la más extrema. Por eso, dicho sea de paso, aunque opuestos a aquellos en los fines, coinciden a menudo con ellos en los medios. Se trata, pues, de ser más radical que todos los demás en lo tocante al ateísmo. Ser ateo, por fortuna, ya no tiene hoy ningún mérito. El ateísmo es casi cosa obvia en los partidos obreros europeos, aunque en ciertos países pueda ser a menudo de la misma especie que el de aquel bakuninista español que declaró que creer en Dios era contrario a todo socialismo, pero que con la Virgen María la cosa era muy distinta, que en ella un socialista como es debido tenía naturalmente que creer. De los obreros socialdemócratas alemanes puede decirse incluso que el ateísmo ya ha quedado atrás para ellos; esa palabra puramente negativa ya no se les aplica, puesto que ya no están en una oposición teórica, sino solo práctica, a la fe en Dios: con Dios simplemente han terminado, viven y piensan en el mundo real y son, por tanto, materialistas. Así ocurrirá probablemente también en Francia. Pero si no fuera así, nada sería más sencillo que procurar que la magnífica literatura materialista francesa del siglo pasado se difundiera masivamente entre los obreros, esa literatura en la que el espíritu francés ha dado hasta ahora lo más alto de sí, en la forma y en el contenido, y que —teniendo en cuenta el estado de la ciencia de entonces— todavía hoy está a una altura infinita por su contenido, y que por su forma nunca ha vuelto a ser igualada. Pero eso no puede convenirles a nuestros blanquistas. Para demostrar que son los más radicales de todos, se suprime a Dios por decreto, como en 1793:

«Que la Comuna libere para siempre a la humanidad de ese fantasma de la miseria pasada» (Dios), «de esa causa» (¡el Dios inexistente, una causa!) «de su miseria presente. En la Comuna no hay sitio para el cura; toda manifestación religiosa, toda organización religiosa debe ser prohibida.»

¡Y esta exigencia de convertir a la gente en atea par ordre du mufti21 la firman dos miembros de la Comuna, que en verdad tuvieron ocasión de sobra para aprender, primero, que sobre el papel se puede ordenar muchísimo sin que por ello tenga que cumplirse y, segundo, que las persecuciones son el mejor medio de fomentar las convicciones que se aborrecen! Una cosa es segura: el único servicio que todavía se le puede prestar hoy a Dios es declarar el ateísmo artículo de fe obligatorio y superar las leyes bismarckianas del Kulturkampf eclesiástico con una prohibición de la religión en general.

El segundo punto del programa es el comunismo. Aquí nos sentimos ya mucho más en casa, pues el barco en el que navegamos aquí se llama: «Manifiesto del Partido Comunista», publicado en febrero de 1848. Ya en el otoño de 1872 los cinco blanquistas que salieron de la Internacional22 se habían declarado partidarios de un programa socialista que en todos sus puntos esenciales era el del actual comunismo alemán, y habían justificado su salida únicamente por la negativa de la Internacional a jugar a la revolución a la manera de esos cinco. Ahora el consejo de los treinta y tres adopta ese programa con toda su concepción materialista de la historia, aunque su traslado al francés blanquista deje bastante que desear allí donde no se ha conservado el «Manifiesto» casi al pie de la letra, como ha ocurrido, por ejemplo, en la frase siguiente:

«Como última expresión de todas las formas de servidumbre, la burguesía ha despojado a la explotación del trabajo de los velos místicos que antes la encubrían: Gobiernos, religiones, familia, leyes, instituciones del pasado y del presente se mostraron por fin, en esta sociedad reducida a la simple oposición entre capitalistas y asalariados, como los instrumentos de opresión con cuya ayuda la burguesía mantiene su dominación y tiene sometido al proletariado.»

Compárese con el «Manifiesto Comunista», sección I:

«La burguesía, en una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha puesto la explotación abierta, desvergonzada, directa y descarnada. Ha despojado de su aureola a todas las actividades hasta entonces venerables y miradas con piadoso respeto. Ha convertido al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia en sus asalariados. Ha arrancado a la relación familiar su velo de conmovedor sentimentalismo y la ha reducido a una pura relación de dinero», etc.23

Pero en cuanto descendemos de la teoría a la práctica, se muestra la singularidad de los treinta y tres:

«Somos comunistas porque queremos llegar a nuestra meta sin detenernos en estaciones intermedias, en compromisos que no hacen más que aplazar la victoria y prolongar la esclavitud.»

Los comunistas alemanes son comunistas porque, a través de todas las estaciones intermedias y de todos los compromisos, que no crean ellos, sino el desarrollo histórico, ven con claridad la meta final: la abolición de las clases, el establecimiento de una sociedad en la que ya no exista la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción. Los treinta y tres son comunistas porque se figuran que, con tal de tener la buena voluntad de saltarse las estaciones intermedias y los compromisos, el asunto está resuelto, y que si, como es cosa segura, la cosa «empieza» un día de estos y ellos llegan al timón, pasado mañana «quedará implantado el comunismo». Si eso no es posible enseguida, entonces tampoco son comunistas. ¡Qué ingenuidad infantil, alegar la impaciencia como argumento teóricamente convincente!

Por último, nuestros treinta y tres son «revolucionarios». En esta materia, en lo que toca a las palabras hinchadas, ya se sabe que los bakuninistas han hecho todo lo humanamente posible; pero, a pesar de ello, nuestros blanquistas tienen el deber de superarlos aún. ¿Y cómo? Es sabido que todo el proletariado socialista, desde Lisboa y Nueva York hasta Pest y Belgrado, asumió de inmediato en bloque la responsabilidad de los actos de la Comuna de París. Eso no les basta a nuestros blanquistas:

«Por lo que a nosotros toca, reivindicamos nuestra parte de responsabilidad en aquellas ejecuciones que» (bajo la Comuna) «alcanzaron a los enemigos del pueblo» (sigue la enumeración de los fusilados), «reivindicamos nuestra parte de responsabilidad en aquellos incendios que destruyeron los instrumentos de la opresión monárquica o burguesa o protegieron a los combatientes».

En toda revolución se cometen inevitablemente un montón de tonterías, exactamente igual que en cualquier otro tiempo, y cuando por fin se ha recobrado la calma suficiente para ser capaz de crítica, se llega necesariamente a la conclusión: hemos hecho mucho que habría sido mejor no hacer y hemos dejado de hacer mucho que habría sido mejor hacer, y por eso la cosa salió mal. Pero ¡qué falta de crítica supone entonces canonizar sin más a la Comuna, declararla infalible, afirmar que a cada casa que ardió, a cada rehén que fue fusilado, se le hizo justicia exacta, hasta el último punto sobre la i! ¿No es eso afirmar que durante la semana de mayo el pueblo fusiló exactamente a las personas que era necesario fusilar, y no más, que quemó exactamente los edificios que había que quemar, y no más? ¿No es lo mismo que decir de la primera Revolución francesa: a cada uno de los decapitados se le hizo justicia, primero a los que Robespierre hizo decapitar y luego al propio Robespierre? A tales niñerías se llega cuando gentes en el fondo bastante bonachonas dan rienda suelta al afán de parecer espeluznantes.

Basta. Con todas sus locuras de emigrados y con todos sus intentos, que acaban en lo cómico, de hacer que el muchacho Carlos (¿o Eduardo?) resulte temible,24 en este programa no puede dejar de reconocerse un progreso esencial. Es el primer manifiesto en el que obreros franceses se declaran partidarios del actual comunismo alemán. Y, además, obreros de aquella tendencia que tiene a los franceses por el pueblo elegido de la revolución y a París por la Jerusalén revolucionaria. Haberlos llevado hasta ahí es mérito indiscutible de Vaillant,25 que también lo firmó y que, como se sabe, conoce a fondo la lengua alemana y la literatura socialista alemana. Y los obreros socialistas alemanes, que en 1870 demostraron estar completamente libres de todo chovinismo nacional, bien podrán considerar buena señal que obreros franceses adopten principios teóricos justos aunque vengan de Alemania.

III

Der Volksstaat, n.º 117, 6 de octubre de 1874.

En Londres aparece en lengua rusa, en volúmenes sin periodicidad fija, una revista con el título Vperiod! (¡Adelante!).26 La dirige un sabio ruso personalmente muy respetable, al que la estricta etiqueta que impera en la literatura rusa de la emigración nos prohíbe nombrar. Pues incluso aquellos rusos que se hacen pasar por auténticos antropófagos revolucionarios, que declaran traición a la revolución respetar cualquier cosa, respetan en su polémica la apariencia del anonimato con una escrupulosidad que solo tiene igual en la prensa de la burguesía inglesa; la respetan incluso allí donde, como en este caso, resulta cómica, porque toda la emigración rusa y el Gobierno ruso saben perfectamente cómo se llama el hombre. No se nos puede ocurrir divulgar sin motivo alguno un secreto tan bien guardado; pero como la criatura tiene que tener un nombre, el director de Adelante nos perdonará, esperamos, si en este artículo, en aras de la brevedad, lo designamos con el popular nombre ruso de Pedro.

El amigo Pedro es, por su filosofía, un ecléctico que escoge de todos los sistemas y teorías lo mejor: ¡examinadlo todo y quedaos con lo bueno! Sabe que todo tiene su lado bueno y su lado malo, y que de lo que se trata es de apropiarse el lado bueno de todo sin cargar también con el malo. Ahora bien, como cada cosa, cada persona, cada teoría tiene esos dos lados, uno bueno y otro malo, en este respecto cada cosa, cada persona, cada teoría es más o menos tan buena y tan mala como las demás, y sería, por tanto, desde este punto de vista, una necedad acalorarse a favor o en contra de una u otra. Desde este punto de vista, las luchas y disputas de los revolucionarios y socialistas entre sí tienen que parecer puras insulseces, que no sirven más que para regocijo de sus adversarios. Y nada más comprensible que un hombre que tiene esta opinión intente meter bajo un mismo sombrero a todos los que se combaten mutuamente y les inste seriamente a no seguir dando a la reacción ese escandaloso espectáculo y a atacar exclusivamente al enemigo común. Tanto más natural cuando se acaba de llegar de Rusia, donde, como es sabido, el movimiento obrero está tan gigantescamente desarrollado.

Adelante está, pues, lleno de exhortaciones a la concordia de todos los socialistas o, al menos, a evitar toda discordia pública. Cuando los intentos de los bakuninistas de someter la Internacional a su dominio con falsos pretextos, con engaños y mentiras, provocaron la conocida escisión en la Asociación, fue otra vez Adelante el que exhortó a la unidad. Esa unidad, naturalmente, solo podía conservarse complaciendo de inmediato a los bakuninistas y entregando la Internacional, atada de pies y manos, a su conspiración secreta. No se tuvo la falta de escrúpulos necesaria para hacerlo; se recogió el guante; el Congreso de La Haya decidió, expulsó a los bakuninistas y acordó publicar los documentos que justificaban esa expulsión.

Grandes fueron los lamentos en la redacción de Adelante porque no se hubiera sacrificado todo el movimiento obrero a la querida «unidad». Pero aún mayor fue el espanto cuando los comprometedores documentos bakuninistas aparecieron de verdad en el informe de la comisión (véase Ein Komplott gegen die Internationale, edición alemana, Braunschweig, Bracke).27 Oigamos al propio Adelante:

«Este impreso... lleva el carácter de una polémica biliosa contra personas que están en las primeras filas de los federalistas... su contenido se ha llenado de hechos privados que solo pueden reunirse de oídas y cuya credibilidad, por consiguiente, no podía ser indiscutible para los autores.»

Y para demostrar a los que ejecutaron el acuerdo del Congreso de La Haya qué crimen colosal habían cometido, Adelante remite a un folletín de la Neue Freie Presse28 de un tal Karl Thaler que,

«salido del campo burgués, merece especial atención porque demuestra con la mayor claridad qué importancia pueden tener para los enemigos comunes de la clase obrera, para la burguesía y los Gobiernos, los panfletos de acusaciones mutuas de quienes luchan por el dominio en las filas de los obreros».

Observemos, ante todo, que aquí se cita a los bakuninistas simplemente como «federalistas», por oposición a los supuestos centralistas, como si el autor creyera en esa oposición inexistente, inventada por los bakuninistas. Que en realidad no es así, ya se verá. Observemos, en segundo lugar, que de un folletín escrito por encargo de un periódico burgués tan vendido como la Neue Freie Presse de Viena saca la conclusión de que los revolucionarios de verdad no deben sacar a la luz a los revolucionarios solo de nombre, porque esas acusaciones mutuas divierten a los burgueses y a los Gobiernos. Creo que la Neue Fr. Presse y toda esa chusma de la prensa podrían escribir diez mil folletines sin que eso tuviera la más mínima influencia en la actitud del partido obrero alemán. Toda lucha incluye momentos en que no se le puede negar al adversario cierta satisfacción, a menos que uno quiera causarse a sí mismo un daño positivo. Entre nosotros, por fortuna, hemos llegado a tal punto que se le concede al adversario ese placer privado cuando a cambio se compran éxitos reales.

Pero la acusación principal es que el informe está lleno de hechos privados cuya credibilidad no podía ser indiscutible para los autores, porque solo pudieron reunirse de oídas. De dónde sabe el amigo Pedro que una sociedad como la Internacional, que posee sus órganos regulares en todo el mundo civilizado, solo puede reunir tales hechos de oídas, no se dice. En todo caso, su afirmación es sumamente ligera. Los hechos en cuestión están acreditados por documentos auténticos, y los interesados se han guardado muy bien de negarlos.

Pero el amigo Pedro opina que los hechos privados, como las cartas privadas, son sagrados y no deben publicarse en debates políticos. Si se quiere dar validez incondicional a esto, se prohíbe con ello toda historiografía. La relación de Luis XV con la Du Barry o con la Pompadour era un asunto privado, pero sin ella toda la prehistoria de la Revolución francesa resulta incomprensible. O, para acercarnos más al presente: si se casa a una inocente Isabel cualquiera con un hombre que, según afirman los entendidos (el asesor Ulrichs,29 por ejemplo), no puede soportar a las mujeres y por eso se enamora exclusivamente de hombres; si, desatendida, ella toma a los hombres donde los encuentra, eso es puro asunto privado. Pero si dicha inocente Isabel es reina de España y uno de los jóvenes que mantiene es un joven oficial llamado Serrano;30 si ese Serrano, en recompensa por sus hazañas realizadas a solas, asciende a mariscal de campo y presidente del Consejo de Ministros, luego es desplazado y derribado por otro, después expulsa del país a su infiel amorcito con ayuda de otros compañeros de fortuna y, tras toda clase de aventuras, llega a ser él mismo dictador de España y un hombre tan grande que Bismarck hace lo imposible para que las grandes potencias lo reconozcan, entonces la historia privada entre Isabel y Serrano se convierte en un trozo de la historia de España, y quien quisiera escribir sobre la historia moderna de España y callara a sabiendas ese trocito a sus lectores, estaría sencillamente falsificando la historia. Y cuando se describe la historia de una banda como la Alianza, en la que junto a los engañados se encuentra semejante cantidad de embaucadores, aventureros, bribones, espías de la policía, estafadores y cobardes, ¿se debe falsificar esa historia ocultando a sabiendas, como «hechos privados», las bellaquerías de cada uno de esos señores? Que el amigo Pedro se espante cuanto quiera, pero puede estar seguro de que con esos «hechos privados» todavía no hemos terminado ni mucho menos. El material se acumula cada vez más.

Pero cuando Adelante presenta el informe como un mamotreto compuesto esencialmente de hechos privados, comete un acto difícil de calificar. El hombre que pudo escribir algo así, o no había leído siquiera el escrito en cuestión, o era demasiado corto o demasiado prevenido para entenderlo, o bien escribió algo que tenía que saber que no era cierto. Nadie puede leer Un complot contra la Internacional sin convencerse de que los hechos privados intercalados en él son lo menos esencial de todo, ilustraciones para caracterizar mejor a los personajes que van apareciendo, y que podrían suprimirse todos sin que sufriera por ello el fin principal del escrito. La organización de una sociedad secreta con el único fin de someter el movimiento obrero europeo a la dictadura oculta de unos cuantos aventureros, las infamias cometidas con ese fin, sobre todo por Necháyev31 en Rusia: en torno a eso gira el libro, y afirmar que gira solo en torno a asuntos privados es, por decirlo suavemente, una irresponsabilidad.

Ciertamente, a más de un ruso le habrá resultado muy desagradable ver de pronto puesto al descubierto sin miramientos ante Europa occidental el lado sucio —y es, ciertamente, muy sucio— del movimiento ruso. Pero ¿quién tiene la culpa? ¿Quién sino esos mismos rusos que representan ese lado sucio y que, no contentos con engañar a sus propios compatriotas, se atrevieron a intentar poner todo el movimiento obrero europeo al servicio de sus fines personales? Si Bakunin y consortes hubieran limitado sus hazañas a Rusia, difícilmente alguien en Europa occidental habría considerado que valía la pena tomarlos especialmente en el punto de mira. Ya se habrían encargado de ello los propios rusos. Pero en cuanto esos señores, que no entienden ni los rudimentos de las condiciones y de la marcha del desarrollo del movimiento obrero de Europa occidental, quieren hacer de dictadores entre nosotros, se acaba la broma: sencillamente se les calienta el pellejo.

Por lo demás, el movimiento ruso puede soportar tranquilamente tales revelaciones. Un país que ha producido dos escritores de la talla de Dobroliúbov y Chernyshevski,32 dos Lessing socialistas, no se hunde porque de pronto engendre una patraña como Bakunin y unos cuantos estudiantillos inmaduros que se inflan como ranas con grandes palabras y acaban devorándose entre sí. Y también entre los rusos más jóvenes conocemos a hombres de extraordinario talento teórico y práctico y de gran energía, hombres que aventajan a los franceses y a los ingleses, gracias a su conocimiento de idiomas, en el trato íntimo con el movimiento de los distintos países, y a los alemanes en la soltura de hombres de mundo. Los rusos que entienden el movimiento obrero y toman parte en él solo pueden considerar un servicio que se les ha prestado el que se les haya liberado de la corresponsabilidad por las canalladas bakuninistas. Todo lo cual, sin embargo, no impide a Adelante terminar su informe con estas palabras:

«No sabemos qué piensan los autores de este folleto de los resultados conseguidos con él. La mayoría de nuestros lectores compartirá probablemente el sentimiento opresivo con que lo hemos leído y con que, en cumplimiento de nuestro deber de cronistas, registramos en nuestras páginas estos tristes fenómenos.»

Con este sentimiento opresivo del amigo Pedro termina la primera parte de nuestro relato. La segunda empieza con la siguiente frase del mismo volumen de Adelante:

«Alegramos todavía a nuestros lectores con otra noticia del mismo género. Con nosotros, en nuestras filas, se encuentra también el conocido escritor Piotr Nikítich Tkachov;33 tras cuatro años de prisión, ha logrado escapar del lugar en que estaba confinado y condenado a la inactividad, y reforzar nuestras filas.»

Quién es el conocido escritor Tkachov lo sabemos por un folleto ruso, Las tareas de la propaganda revolucionaria en Rusia, que él mismo publicó en abril de 1874 y que lo muestra como un colegial verde de rara inmadurez, como el Karlchen Miessnick,34 por así decirlo, de la juventud revolucionaria rusa. Nos cuenta que muchos le invitaron a colaborar en Adelante; que sabía que el director era un reaccionario; que, a pesar de ello, consideró su deber tomar bajo sus alas a Adelante, que, notémoslo bien, no lo había pedido en absoluto. Apenas llegado, descubre con asombro que el director, el amigo Pedro, se arroga la decisión definitiva sobre la aceptación o el rechazo de los artículos. Un procedimiento tan antidemocrático lo indigna, naturalmente; redacta un extenso escrito en el que, para sí y para todos los demás colaboradores (que, notémoslo bien, no lo pedían en absoluto), «en nombre de la justicia, sobre la base de consideraciones puramente teóricas... reclama igualdad de derechos y obligaciones» (con el director principal) «en todo lo que afecta al aspecto literario y económico de la empresa».

Der Volksstaat, n.º 118, 8 de octubre de 1874.

Aquí se muestra enseguida la inmadurez que en el movimiento de la emigración rusa no predomina, ciertamente, pero sí se tolera en mayor o menor medida. Un sabio ruso que goza en su país de una reputación considerable huye y se procura los medios para fundar en el extranjero una revista política. Apenas lo ha conseguido, llega sin que nadie lo llame un jovenzuelo cualquiera, más o menos entusiasta, y ofrece su colaboración con la condición, más que infantil, de tener voto tan decisivo como el fundador de la revista en todas las cuestiones literarias y de dinero. En Alemania sencillamente se habrían reído de él. Pero los rusos no son tan groseros. El amigo Pedro se toma todo el trabajo de convencerle de su error, también «en nombre de la justicia y sobre la base de consideraciones puramente teóricas», en vano, naturalmente. El ofendido Tkachov se retira como Aquiles a su tienda y desde ella dispara su folleto contra el amigo Pedro, al que califica de «filósofo filisteo».

Con un montón abrumador de frases bakuninistas eternamente repetidas sobre la esencia de la verdadera revolución, acusa al amigo Pedro del crimen de querer preparar al pueblo para la revolución, de querer llevarlo a «la clara comprensión y conciencia de sus necesidades». Pero el que quiere eso no es un revolucionario, sino un hombre del progreso pacífico, es decir, un reaccionario, un amigo de las «revoluciones incruentas al gusto alemán». El verdadero revolucionario «sabe que el pueblo está siempre dispuesto para la revolución»; quien no lo cree, no cree en el pueblo, y la fe en el pueblo «constituye nuestra fuerza». A quien no le convenza esto, el autor le cita una sentencia de Necháyev, ese «representante típico de nuestra juventud moderna». El amigo Pedro dice que debemos esperar hasta que el pueblo esté dispuesto para la revolución, «pero no podemos ni queremos esperar»; el verdadero revolucionario se distingue del filósofo filisteo en que «se atribuye el derecho de llamar al pueblo a la revolución en cualquier momento». Y así sucesivamente.

Entre nosotros, en el Occidente europeo, se acabaría con todas estas niñerías simplemente respondiendo: si vuestro pueblo está dispuesto para la revolución en todo momento, si os atribuís el derecho de llamarlo a la revolución en cualquier momento y si de ningún modo podéis esperar, ¿por qué nos aburrís todavía con vuestra cháchara?, ¿por qué, con mil demonios, no os lanzáis de una vez?

Pero entre nuestros rusos la cosa no es tan sencilla. El amigo Pedro encuentra que las consideraciones infantiles, aburridas, contradictorias, que giran eternamente en círculo, del señor Tkachov podrían ejercer sobre la juventud rusa la seductora atracción de un Venusberg, y, como fiel Eckart de esa juventud,35 publica contra ellas un escrito de advertencia de sesenta páginas de letra apretada.36 Expone en él sus propias opiniones sobre la esencia de la revolución, investiga con toda seriedad si el pueblo está dispuesto o no para la revolución, si los revolucionarios tienen o no derecho, y en qué condiciones, a llamarlo a la revolución, y otras sutilezas por el estilo que, con esa generalidad, tienen más o menos tanto valor como las investigaciones de los escolásticos sobre la Virgen María. «La revolución» se convierte con ello en una especie de Virgen María, la teoría en una fe, la actividad en el movimiento en un culto, y todo el debate no se desarrolla sobre la tierra llana, sino en un cielo nublado de frases generales.

Pero con ello el amigo Pedro cae en una trágica contradicción consigo mismo. Él, el predicador de la unidad, el adversario de toda polémica, de todos los «panfletos de acusaciones mutuas» dentro del partido revolucionario, no puede, naturalmente, cumplir su deber de Eckart sin entrar también él en polémica, no puede responder a las acusaciones de su adversario sin acusarlo a su vez. Con qué «sentimiento opresivo» se consuma este «triste fenómeno», nos lo dirá el propio amigo Pedro.

Su escrito empieza así:

«De dos males hay que elegir el menor.

Sé muy bien que toda esa literatura de emigrados, de folletos de acusaciones mutuas, de polémica sobre quién es verdadero amigo del pueblo y quién no, quién es sincero y quién no, y, sobre todo, quién es un verdadero representante de la juventud rusa, del auténtico partido revolucionario; que toda esa literatura sobre la basura personal de la emigración rusa es tan repugnante para los lectores como insignificante para la lucha revolucionaria, y que solo puede alegrar a nuestros enemigos; lo sé y, sin embargo, encuentro que me es necesario escribir estas líneas, necesario aumentar con mi propia mano en uno el montón de esos lamentables escritos, para aburrimiento de los lectores y regocijo de los enemigos; necesario, porque de dos males hay que elegir el menor.»

Excelente. Pero ¿cómo es que el amigo Pedro, que en Adelante despliega y nos exige tanta tolerancia verdaderamente cristiana con los embaucadores que hemos desenmascarado —embaucadores a los que, como se verá, conoce tan bien como nosotros—, no tuvo para los autores del informe ni siquiera la pizca de tolerancia necesaria para preguntarse si también ellos no tenían que elegir, de dos males, el menor? ¿Cómo es que el fuego tiene que quemarle sus propias uñas antes de que comprenda que puede haber males aún mayores que un poco de polémica áspera contra gentes que, bajo el disfraz de una supuesta actividad revolucionaria, aspiraban a falsear y a destruir todo el movimiento obrero europeo?

Pero seamos indulgentes con el amigo Pedro; el destino lo ha tratado con bastante dureza. Apenas ha tenido que hacer, con plena conciencia de su culpa, lo que nos reprocha a nosotros, cuando la Némesis lo empuja más allá y lo obliga a suministrar al señor Karl Thaler nuevo material para posibles folletines en la Neue Fr. Presse.

«¿O es que —pregunta al siempre presto a lanzarse Tkachov— vuestra agitación ha cumplido ya su tarea? ¿Está acaso lista vuestra organización? ¿Lista? ¿De verdad lista? ¿Y no tenemos ahí aquel famoso comité secreto de revolucionarios "típicos", el comité que consta de dos hombres y envía decretos de acá para allá? Se le ha mentido tanto a nuestra juventud, se la ha engañado tantas veces, se ha abusado de su confianza tan vergonzosamente, que no creerá de golpe que la organización revolucionaria esté lista.»

Que esos «dos hombres» se llaman Bakunin y Necháyev, no hace falta, naturalmente, añadirlo para el lector ruso. Y más adelante:

«Pero hay gentes que pretenden ser amigos del pueblo, partidarios de la revolución social, y que al mismo tiempo introducen en su actividad esa mendacidad y esa falta de sinceridad que antes he calificado de eructo de la vieja sociedad... Esas gentes se aprovecharon de la exasperación de los partidarios del nuevo orden social contra la injusticia de la vieja sociedad y establecieron el principio: en la lucha, todo medio es útil. Entre esos medios útiles contaban el engaño a sus colaboradores, el engaño al pueblo al que pretendían servir. Estaban dispuestos a mentir a todos y a cada uno con tal de organizar un partido suficientemente fuerte, ¡como si pudiera crearse un partido socialrevolucionario fuerte sin una sincera solidaridad entre sus miembros! Estaban dispuestos a atizar en el pueblo las viejas pasiones del bandidaje y del goce sin trabajo... Estaban dispuestos a explotar a sus amigos y camaradas para convertirlos en instrumentos de sus planes; estaban dispuestos a defender de palabra la más completa independencia y autonomía de las personas y de las secciones, mientras organizaban al mismo tiempo la más rígida dictadura secreta y adiestraban a sus adeptos en la obediencia más borreguil e irreflexiva, ¡como si la revolución social pudiera hacerla una asociación de explotadores y explotados, un grupo de gentes cuyos actos dan a cada paso una bofetada a todo lo que predican sus palabras!»

Es increíble, pero es verdad: estas líneas, que se parecen a un extracto de Un complot contra la Internacional como un huevo a otro, las escribió el mismo hombre que pocos meses antes había presentado ese escrito como un crimen contra la causa común, precisamente por sus ataques contra las mismas personas, que coinciden exactamente con las líneas anteriores. Bueno, podemos darnos por satisfechos.

Y si ahora volvemos la vista al señor Tkachov, con sus grandes pretensiones y sus logros absolutamente nulos, y al pequeño percance que le ha ocurrido en esta ocasión a nuestro amigo Pedro, nos tocaría a nosotros decir:

«No sabemos qué piensan los autores de los resultados conseguidos. La mayoría de nuestros lectores compartirá probablemente el sentimiento "regocijante" con que lo hemos leído y con que, en cumplimiento de nuestro deber de cronistas, registramos en nuestras páginas estos fenómenos "singulares".»

Pero bromas aparte. Una multitud de fenómenos extraños en el movimiento ruso habido hasta ahora se explica por el hecho de que durante mucho tiempo todo escrito ruso fue para Occidente un libro con siete sellos, y de que por eso a Bakunin y consortes les resultó fácil ocultar a Occidente sus manejos, conocidos desde hacía tiempo entre los rusos. Difundieron con celo la afirmación de que incluso los lados sucios del movimiento ruso debían ocultarse a Occidente, en interés del propio movimiento; de que quien comunicara al resto de Europa cosas rusas, en la medida en que fueran de naturaleza desagradable, era un traidor. Eso se ha acabado. El conocimiento de la lengua rusa —una lengua cuyo estudio compensa con creces tanto por sí misma, como una de las lenguas vivas más vigorosas y ricas, como por la literatura que abre— ya no es una rareza tan grande, al menos entre los socialdemócratas alemanes. Los rusos tendrán que resignarse al inevitable destino internacional de que su movimiento se desarrolle en adelante a la vista y bajo el control del resto de Europa. Nadie ha tenido que pagar tan caro como ellos mismos el aislamiento anterior. Sin ese aislamiento nunca habrían podido ser estafados durante años tan vergonzosamente como lo fueron por Bakunin y consortes. Quienes más provecho sacarán de la crítica de Occidente, de la acción recíproca internacional de los distintos movimientos de Europa occidental sobre el ruso y viceversa, de la fusión, que por fin se está produciendo, del movimiento ruso con el de toda Europa, serán los propios rusos.

IV

Der Volksstaat, n.º 36, 28 de marzo de 1875.

A los lectores del Volksstaat les ha ocurrido una desgracia. Algunos de ellos quizá recuerden todavía que en mi último artículo sobre la «Literatura de emigrados» (números 117 y 118) me ocupé de algunos pasajes de la revista rusa Adelante y de un folleto de su director. Al hacerlo se mencionó, muy de pasada, a un señor Piotr Tkachov, que había lanzado un escritillo contra dicho director y del que solo me ocupé en la medida estrictamente indispensable. Lo califiqué, por la forma y el contenido de su obra inmortal, «de colegial verde de rara inmadurez, como el Karlchen Miessnick, por así decirlo, de la juventud revolucionaria rusa», y compadecí al director de Adelante por creer necesario pelearse con semejante adversario. ¡Qué pronto iba a enterarme de que el muchacho Carlos empieza a volvérseme temible también a mí y me enreda también a mí en una polémica con él! Publica un escrito: Carta abierta al señor Friedrich Engels, por Piotr Tkachov, Zúrich, Tipografía de la Tagwacht, 1874. Que en él se me atribuyan toda clase de cosillas que el señor Tkachov tiene que saber que nunca he afirmado, me sería indiferente; pero que dé a los obreros alemanes una exposición completamente falsa de la situación en Rusia para justificar así la actividad de los bakuninistas respecto de Rusia, eso hace necesaria una réplica.

El señor Tkachov se presenta en toda su Carta abierta como representante de la juventud revolucionaria rusa. Yo habría, afirma, «dado consejos... a los revolucionarios rusos, ... los habría exhortado a entrar en alianza conmigo (!)»; al mismo tiempo los habría pintado a ellos, «los representantes del partido revolucionario ruso en el extranjero», sus aspiraciones y su literatura «con los colores más desfavorables ante el mundo obrero alemán»; dice: «Usted expresa ante nosotros, los rusos, su más profundo desprecio porque nosotros seríamos tan "tontos" y tan "inmaduros"», etc. «... "colegiales verdes" (como usted se digna llamarnos)», y por último viene el inevitable triunfo: «Al burlarse de nosotros, ha prestado usted un buen servicio a nuestro enemigo común, el Estado ruso». Contra él, contra el propio señor Tkachov, me he «ejercitado en toda clase de insultos».

Ahora bien, nadie sabe mejor que Piotr Nikítich Tkachov que en todo esto no hay una palabra de verdad. En primer lugar, en el artículo en cuestión no hice responsable de las declaraciones del señor Tkachov a nadie más que al señor Tkachov. Nunca se me ha ocurrido considerarlo representante de los revolucionarios rusos. Si él mismo se nombra tal y traspasa de sus hombros a los de ellos el colegial verde y otras lindezas, tengo que protestar resueltamente. Entre la juventud revolucionaria rusa hay, naturalmente, como en todas partes, gentes de calibre moral e intelectual muy diverso. Pero ciertamente, por término medio, aun teniendo plenamente en cuenta la diferencia de época y el ambiente esencialmente distinto, está todavía muy por encima de lo que nunca estuvo nuestra juventud estudiantil alemana, incluso en su mejor época, a comienzos de los años treinta. Nadie más que él mismo da al señor Tkachov derecho a hablar en nombre del conjunto de esos jóvenes. Es más: aunque esta vez se revela como un auténtico bakuninista, dudo, hasta nueva orden, que tenga derecho a erigirse en representante de aquel puñado de bakuninistas rusos a los que describí como «unos cuantos estudiantillos inmaduros que se inflan como ranas con grandes palabras y acaban devorándose entre sí». Pero aun si así fuera, no sería más que una nueva edición de la vieja historia de los tres sastres de Tooley Street, en Londres, que publicaron una proclama: «Nosotros, el pueblo de Inglaterra, declaramos», etc.37 Hay que dejar sentado, pues, ante todo, que los «revolucionarios rusos», ahora como antes, quedan fuera de cuestión y que donde Tkachov dice «nosotros» hay que poner siempre «yo».

¡Yo le habría dado «consejos»! No tengo noticia de ello ni por asomo. Golpes, Piotr Nikítich, puede que hayan caído algunos en la ocasión, pero ¿consejos?38 Le ruego que tenga la bondad de demostrarlo.

Yo lo habría exhortado a él o a sus semejantes a entrar en alianza conmigo, y precisamente al final de mi último artículo. Le pago al señor Tkachov diez marcos de moneda imperial bismarckiana si lo demuestra.

Yo habría afirmado que es «tonto», y pone la palabra entre comillas. Aunque no quiero negar que ha puesto la luz de su talento —en la medida en que se pueda hablar de tal cosa— en ambas obras bajo un celemín considerable, cualquiera puede convencerse de que en mi artículo la palabra «tonto» no aparece ni una sola vez. Pero donde no hay otro remedio, los señores bakuninistas se ayudan con citas falsas.

Además, yo me habría «burlado» de él y lo habría presentado «bajo una luz ridícula». Que tome en serio su folleto es algo a lo que el señor Tkachov nunca podrá obligarme, desde luego. Los alemanes tenemos fuerte fama de aburridos, y seguramente nos la hemos ganado honradamente bastantes veces. Pero eso no nos impone la obligación de ser en cualquier circunstancia tan aburridos y solemnes como los bakuninistas. El movimiento obrero alemán, con la lucha de tiradores contra la policía, los fiscales y los carceleros, ha adquirido un carácter peculiarmente humorístico; ¿por qué he de negarlo? El señor Tkachov tiene plena licencia para burlarse de mí y hacerme aparecer bajo una luz ridícula tanto como sea capaz, siempre que no me atribuya falsedades.

Der Volksstaat, n.º 37, 2 de abril de 1875.

Y ahora la incomparable acusación: ¡al hacer aparecer al señor Tkachov bajo la luz que corresponde a él y a sus obras, habría «prestado un buen servicio a nuestro enemigo común, el Estado ruso»! Del mismo modo se dice en otro lugar: ¡al describirlo como lo he descrito, violo «los principios fundamentales del programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores»! Aquí tenemos al bakuninista auténtico. Estos señores, como verdaderos revolucionarios, se permiten todo con nosotros, sobre todo a oscuras; pero si no se los trata con la máxima reverencia, si se sacan a la luz sus manejos, si se los critica a ellos y su repiqueteo de frases, entonces se sirve al emperador de Rusia y se violan los principios fundamentales de la Internacional. La cosa es exactamente al revés. Quien ha prestado un servicio al Gobierno ruso no es otro que el señor Tkachov. Si la policía rusa tuviera algo de ingenio, difundiría masivamente en Rusia el folleto de este señor. Por un lado, difícilmente podría encontrar mejor medio de desacreditar ante toda la gente sensata a los revolucionarios rusos, de los que el autor se presenta como representante. Por otro, quizá algunos jóvenes honrados pero sin experiencia se dejarían arrastrar por él a imprudencias y caerían así ellos mismos en la red.

Pero, dice el señor Tkachov, me he «ejercitado en toda clase de insultos» contra él. Ahora bien, cierta manera de insultar, la llamada invectiva, es una de las formas retóricas más eficaces, que todos los grandes oradores emplean cuando es preciso y en la que el escritor político inglés más vigoroso, William Cobbett,39 poseía una maestría que todavía hoy se admira y sirve de modelo inalcanzado. También el señor Tkachov «insulta» de lo lindo en su folleto. Si yo hubiera insultado, eso en sí no sería en absoluto una falta por mi parte. Pero como con el señor Tkachov no me puse retórico en absoluto, como ni siquiera lo tomé en serio, tampoco puedo haberlo insultado. Veamos lo que dije de él.

Lo llamé «colegial verde de rara inmadurez». La inmadurez puede referirse al carácter, al entendimiento y a los conocimientos. En cuanto a la inmadurez del carácter, yo había vuelto a contar, según el propio relato del señor Tkachov, lo siguiente: «Un sabio ruso que goza en su país de una reputación considerable huye y se procura los medios para fundar en el extranjero una revista política. Apenas lo ha conseguido, llega sin que nadie lo llame un jovenzuelo cualquiera, más o menos entusiasta, y ofrece su colaboración con la condición, más que infantil, de tener voto tan decisivo como el fundador de la revista en todas las cuestiones literarias y de dinero. En Alemania sencillamente se habrían reído de él». Después de esto no creo necesario aportar otra prueba de la inmadurez del carácter. La inmadurez del entendimiento queda suficientemente demostrada por las demás citas del folleto del señor Tkachov que siguen más abajo. En cuanto a los conocimientos, la disputa entre Adelante y el señor Tkachov gira en gran parte en torno a lo siguiente: el director de Adelante pide que la juventud revolucionaria rusa aprenda algo, que se enriquezca con conocimientos serios y profundos, que adquiera capacidad de pensamiento crítico con métodos regulares, que trabaje con el sudor de su frente en su propio desarrollo y en su formación. Tkachov rechaza con horror tales consejos:

«No puedo menos de expresar una y otra vez el sentimiento de profunda indignación que siempre han despertado en mí... ¡Instruíos! ¡Formaos! ¡Oh Dios, y eso puede decirlo un hombre vivo a hombres vivos! ¡Esperar! ¡Estudiar y formarse! Pero ¿tenemos acaso derecho a esperar?» (con la revolución, se entiende). «¿Tenemos derecho a malgastar el tiempo en formarnos?» (p. 14). «Los conocimientos son sin duda una condición previa necesaria del progreso pacífico, pero en absoluto necesaria para la revolución» (p. 17).

Así pues, si el señor Tkachov muestra una profunda indignación ante la mera invitación a estudiar, si declara superfluos para un revolucionario todos los conocimientos, si además en todo su escrito no revela la más mínima huella de conocimientos, él mismo se expide el certificado de inmadurez, y yo no he hecho más que dejarlo sentado. Pero quien se expide a sí mismo este certificado puede estar, según nuestras ideas, a lo sumo en el grado de formación de un colegial. Al asignarle ese grado, el más alto posible, en lugar de insultarlo quizá le hice todavía demasiado honor.

Dije, además, que las consideraciones del señor Tkachov eran infantiles (pruebas de ello, las citas de este artículo), aburridas (eso el propio autor no lo negará), contradictorias (como le ha demostrado el director de Adelante) y que giraban eternamente en círculo (lo cual es igualmente exacto). Luego hablo de sus grandes pretensiones (que le he vuelto a contar a él mismo) y de sus logros absolutamente nulos (que el presente artículo demuestra más que suficientemente). ¿Dónde están, pues, los insultos? Que lo haya comparado con Karlchen Miessnick, el colegial más querido de Alemania y uno de los escritores alemanes más populares, eso seguro que no es insultarlo. Pero ¡alto! ¿No dije de él que se había retirado como Aquiles a su tienda y que desde ella había disparado su folleto contra Adelante? Ahí estará el busilis. De un hombre a quien la mera palabra estudiar ya saca de quicio, que puede tomar audazmente por lema aquello de Heine:

Y toda su ignorancia
la ha adquirido él mismo,

bien puede suponerse que el nombre de Aquiles le sale aquí al paso por primera vez. Y como yo relaciono a Aquiles con «tienda» y con «disparar», el señor Tkachov quizá se figure que ese Aquiles es un suboficial ruso o un bachibozuk turco40 y que, por tanto, es contrario a las reglas de honor llamarle a uno, como insulto, Aquiles. Pero puedo asegurar al señor Tkachov que el Aquiles de que hablo fue el mayor héroe de la leyenda griega, y que aquella retirada a su tienda suministró el asunto para el poema heroico más grandioso de todos los tiempos, la Ilíada, cosa que le confirmará incluso el señor Bakunin. Si esta suposición mía fuera cierta, me vería desde luego en el caso de tener que declarar que el señor Tkachov no es un colegial.

Además, dice el señor Tkachov:

«Pese a todo, me permití expresar la convicción de que la revolución social es fácil de desencadenar. "Si es tan fácil desencadenarla —observa usted—, ¿por qué no la hace, en lugar de hablar de ella?" Le parece a usted una conducta ridícula, infantil... Yo y quienes piensan como yo estamos convencidos de que la realización de la revolución social en Rusia no ofrece dificultades, de que en cualquier momento es posible mover al pueblo ruso a una protesta (!) revolucionaria general. Esta convicción nos obliga, ciertamente, a cierta actividad práctica, pero no dice lo más mínimo en contra de la utilidad y la necesidad de la propaganda literaria. No basta con que nosotros estemos convencidos de ello: queremos que también otros compartan con nosotros esta convicción. Cuantos más correligionarios tengamos, más fuertes nos sentiremos, más fácil nos será resolver prácticamente la tarea.»

Esto ya pasa de la raya. Suena tan bonito, tan sensato, tan correcto, tan convincente. Suena exactamente como si el señor Tkachov hubiera escrito su folleto solo para demostrar la utilidad de la propaganda literaria, y yo, impaciente pipiolo, le hubiera respondido: ¡al diablo la propaganda literaria, ahora hay que lanzarse! Y ¿qué hay de ello en realidad?

El señor Tkachov empieza su folleto dando un voto de desconfianza a la propaganda periodística (que es, sin duda, la propaganda literaria más eficaz), al decir que no se deben «emplear en ella demasiadas fuerzas revolucionarias», pues «empleada de manera inadecuada, causa incomparablemente más daño que el provecho que produce empleada de manera adecuada». Tanto se entusiasma nuestro Tkachov por la propaganda literaria en general. Y en particular, cuando se quiere hacer tal propaganda, ganar correligionarios, no basta con declamar: hay que entrar en razones, tratar, pues, la cuestión teóricamente, es decir, en última instancia, científicamente. Sobre este punto el señor Tkachov dice al director de Adelante:

«Su lucha filosófica, esa propaganda puramente teatral, científica, a la que se ha entregado su revista... no solo es inútil desde el punto de vista de los intereses del partido revolucionario: es incluso perjudicial.»

Como se ve, cuanto más examinamos las opiniones del señor Tkachov sobre la propaganda literaria, más nos atascamos, menos sabemos qué quiere. ¿Qué quiere, pues, en realidad? Sigamos escuchando:

«¿No comprende usted acaso que el revolucionario se atribuye y debe atribuirse en todo momento el derecho de llamar al pueblo a la insurrección; que se distingue del filósofo filisteo en que, sin esperar a que el curso de los acontecimientos históricos indique el momento, elige él mismo ese momento; que sabe que el pueblo está siempre dispuesto para la revolución (p. 10)... Quien no cree en la posibilidad de la revolución en el presente, no cree en el pueblo, no cree en la disposición del pueblo para la revolución (p. 11)... Por eso no podemos esperar, por eso afirmamos que en Rusia la revolución es urgentemente necesaria, y necesaria precisamente en el momento presente; no admitimos titubeos ni vacilaciones. ¡Ahora o muy tarde, quizá nunca (p. 16)!... Todo pueblo entregado a la arbitrariedad, extenuado por los explotadores... todo pueblo así (y en esa situación se encuentran todos los pueblos) es, en virtud de las condiciones propias de su situación social, revolucionario; siempre puede, siempre quiere hacer la revolución; está siempre dispuesto para la revolución (p. 17)... Pero no podemos ni queremos esperar (p. 34)... Ahora no es tiempo de largos preparativos ni de eternos aprestos: ¡que cada uno recoja sus bártulos y se ponga en camino a toda prisa! La cuestión de qué es lo que hay que hacer no debe ocuparnos ya. Está resuelta hace tiempo. Lo que hay que hacer es la revolución. ¿Cómo? Como cada uno pueda y sepa» (p. 39).

Esto me pareció bastante claro. Le rogué, pues, a Karlchen Miessnick: si de ningún modo puede ser de otra manera, si el pueblo está dispuesto para la revolución y tú también, si de ninguna manera quieres ni puedes esperar más y no tienes derecho a esperar, si te atribuyes el derecho de elegir el momento de lanzarte y si, por último, la consigna es: ¡ahora o nunca!, pues bien, queridísimo Karlchen, haz lo que no puedes dejar de hacer, haz la revolución hoy mismo y haz añicos el Estado ruso, ¡no sea que al final causes una desgracia aún mayor!

¿Y qué hace Karlchen Miessnick? ¿Se lanza? ¿Destruye el Estado ruso? ¿Libera al pueblo ruso, «este pueblo desgraciado, chorreando sangre, con la corona de espinas, clavado en la cruz de la esclavitud», por cuyos sufrimientos no puede esperar más?

Ni se le ocurre. Karlchen Miessnick, con lágrimas de inocencia ofendida en el rostro, se presenta ante los obreros alemanes y dice: mirad lo que me atribuye ese réprobo de Engels: que yo habría hablado de lanzarse inmediatamente; pero no se trata en absoluto de eso, sino de hacer propaganda literaria, y ese Engels, que no hace él mismo más que propaganda literaria, tiene la desvergüenza de aparentar que «no comprende la utilidad de la propaganda literaria».

¡Esperar! ¡Hacer propaganda literaria! Pero ¿tenemos acaso derecho a esperar, tenemos derecho a malgastar el tiempo en propaganda literaria? ¡Si cada minuto, cada hora que se retrasa la revolución le cuesta al pueblo mil víctimas (p. 14)! Ahora no es tiempo de propaganda literaria; la revolución hay que hacerla ahora o quizá nunca; no admitimos titubeos ni vacilaciones. ¡Y ahora resulta que tenemos que hacer propaganda literaria! ¡Oh Dios, y eso puede decirlo un hombre vivo a hombres vivos, y ese hombre se llama Piotr Tkachov!

¿Me equivocaba al calificar de «infantiles» aquellas fanfarronadas de lanzarse al golpe, ahora tan vilmente negadas? Son tan infantiles que se diría que el autor había hecho en este terreno todo lo posible. Y, sin embargo, se ha superado todavía a sí mismo. El director de Adelante reproduce un pasaje de una proclama a los campesinos rusos redactada por el señor Tkachov. El señor Tkachov describe en ella el estado de cosas después de la revolución social consumada como sigue:

«Y entonces el campesino empezaría una vida alegre entre cantos y música... no de kopeks de cobre, no, de ducados de oro estaría llena su bolsa. Tendría ganado de toda clase y aves en el corral, todas las que quisiera. En la mesa tendría carnes de toda clase, y además pasteles de fiesta, y además vinos dulces, y no se levantaría el mantel de la mañana a la noche. Y comería y bebería cuanto le cupiera en la panza, pero trabajaría solo cuanto le viniera en gana. Y no habría nadie que se atreviera a obligarle: ¡ve, come!, ¡ve, échate en la estufa!»41

¡Y el hombre que fue capaz de perpetrar esta proclama todavía se queja de que me limite a llamarle colegial verde de rara inmadurez!

Además, dice el señor Tkachov:

«¿Por qué nos reprocha usted las conspiraciones? Si renunciáramos a la actividad conspirativa, secreta, subterránea, tendríamos que renunciar a toda actividad revolucionaria en general. Pero usted nos castiga también porque tampoco aquí, en el Occidente europeo... queremos abandonar nuestros hábitos conspirativos y estorbamos así el gran movimiento obrero internacional...»

En primer lugar, es falso que a los revolucionarios rusos no les quede otro medio que la pura conspiración. ¡Si el señor Tkachov acaba de subrayar la importancia de la propaganda literaria, desde el extranjero hacia el interior de Rusia! También dentro del país el camino de la propaganda oral, incluso entre el pueblo, sobre todo en las ciudades, no puede cerrarse nunca del todo, diga lo que diga sobre ello el señor Tkachov porque le conviene. La mejor prueba es que en las recientes detenciones en masa en Rusia la mayoría no eran gentes instruidas o estudiantes, sino obreros.42

En segundo lugar, me comprometo a volar a la luna, aun antes de que Tkachov libere Rusia, en cuanto este me demuestre que en algún lugar y en algún momento de mi carrera política he declarado que las conspiraciones son reprobables en general y en cualquier circunstancia. Me comprometo a traerle de la luna un recuerdo en cuanto me demuestre que en mi artículo se habla de otros complots que el que se urdió contra la Internacional, el de la Alianza. ¡Ojalá los señores bakuninistas rusos conspiraran de verdad y en serio contra el Gobierno ruso! ¡Ojalá, en lugar de conspiraciones de pega basadas en la mentira y el engaño a los propios conjurados, como la de Necháyev, ese «representante típico de nuestra juventud actual», según Tkachov, en lugar de complots contra el movimiento obrero europeo como la Alianza, felizmente desenmascarada y con ello aniquilada, ellos, los «hombres de acción» (déyateli), como se llaman con jactancia, llevaran a cabo por fin alguna vez una acción que demostrara que poseen realmente una organización y que se ocupan de algo más que de intentar formar una docena! En lugar de eso, gritan a los cuatro vientos:

¡Conspiramos, conspiramos!, igual que los conspiradores de la ópera que vociferan a cuatro voces en el coro: ¡Silencio, silencio! ¡Que no se oiga ni un ruido! Y toda esa patraña de conspiraciones muy ramificadas solo sirve de disfraz tras el que no se esconde nada más que la inacción revolucionaria frente a los Gobiernos y las camarillas ambiciosas dentro del partido revolucionario.

Y precisamente que en Un complot contra la Internacional hayamos desenmascarado sin miramientos toda esa estafa es lo que tanto indigna a estos señores. Eso fue «falta de tacto». Al desenmascarar al señor Bakunin habríamos intentado «manchar a uno de los más grandes y abnegados representantes de la época revolucionaria en que vivimos», y además con «basura». La basura que salió a relucir en esa ocasión era, hasta el último gramo, fabricación propia del señor Bakunin, y ni mucho menos la peor. El escrito en cuestión lo presentó todavía demasiado limpio. Nos hemos limitado a citar el § 18 del «Catecismo revolucionario»,43 el párrafo que prescribe cómo hay que comportarse con la aristocracia y la burguesía rusas, cómo hay que «apoderarse de sus sucios secretos para convertirlos así en esclavos nuestros, de modo que sus riquezas, etc., se conviertan en un tesoro inagotable y en un precioso apoyo para toda clase de empresas». Todavía no hemos contado cómo se ha traducido este párrafo a la práctica. Pero de eso habría mucho y largo que contar, y a su debido tiempo se contará.

Resulta, pues, que todos los reproches que me ha hecho el señor Tkachov, con ese aire virtuoso de inocencia ofendida que tan bien sienta a todos los bakuninistas, se basan todos en afirmaciones que él no solo sabía que eran falsas, sino que él mismo había inventado de cabo a rabo. Con lo cual nos despedimos de la parte personal de su Carta abierta.

V. Sobre la cuestión social en Rusia

Der Volksstaat, n.º 43, 16 de abril de 1875.44

En cuanto al fondo del asunto, el señor Tkachov cuenta a los obreros alemanes que respecto de Rusia yo no poseo siquiera «escasos conocimientos», sino más bien nada más que «ignorancia», y por eso se siente impulsado a exponerles el verdadero estado de cosas y, en particular, las razones por las que precisamente ahora en Rusia se podría hacer una revolución social como quien juega, mucho más fácilmente que en Europa occidental.

«Entre nosotros no hay proletariado urbano, eso es cierto; pero, en cambio, tampoco tenemos burguesía... nuestros obreros solo tendrán que luchar contra el poder político; el poder del capital está entre nosotros todavía en germen. Y usted, señor mío, sabrá sin duda que la lucha contra el primero es mucho más fácil que contra el segundo.»

La transformación a la que aspira el socialismo moderno es, dicho brevemente, la victoria del proletariado sobre la burguesía y la nueva organización de la sociedad mediante la supresión de todas las diferencias de clase. Para ello hace falta no solo un proletariado que lleve a cabo esa transformación, sino también una burguesía en cuyas manos las fuerzas productivas sociales se hayan desarrollado hasta el punto de permitir la supresión definitiva de las diferencias de clase. También entre los salvajes y semisalvajes faltan a menudo las diferencias de clase, y todo pueblo ha pasado por un estado semejante. Restablecerlo es algo que no se nos puede ocurrir, aunque solo sea porque de él, con el desarrollo de las fuerzas productivas sociales, surgen necesariamente las diferencias de clase. Solo a partir de cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas sociales, muy elevado incluso para las condiciones de nuestra época, se hace posible elevar la producción hasta tal punto que la abolición de las diferencias de clase sea un progreso real, que pueda ser duradera sin provocar un estancamiento o incluso un retroceso en el modo de producción social. Pero ese grado de desarrollo solo lo han alcanzado las fuerzas productivas en manos de la burguesía. La burguesía es, por tanto, también en este aspecto, una condición previa tan necesaria de la revolución socialista como el propio proletariado. Un hombre, pues, que es capaz de decir que esta revolución es más fácil de llevar a cabo en un país porque este no tiene proletariado, pero tampoco burguesía, demuestra con ello únicamente que todavía tiene que aprender el abecé del socialismo.

Los obreros rusos —y estos obreros son, como dice el propio señor Tkachov, «trabajadores del campo y, como tales, no proletarios, sino propietarios»— lo tienen, pues, más fácil, porque no tienen que luchar contra el poder del capital, sino «solo contra el poder político», contra el Estado ruso. Y este Estado

«solo de lejos parece un poder... No tiene raíces en la vida económica del pueblo; no encarna en sí los intereses de ningún estamento... Entre ustedes el Estado no es un poder aparente. Se apoya con ambos pies en el capital; encarna en sí (!!) determinados intereses económicos... Entre nosotros la cosa es exactamente al revés: nuestra forma social debe su existencia al Estado, al Estado que, por así decirlo, está suspendido en el aire, que no tiene nada en común con el orden social existente, que tiene sus raíces en el pasado, pero no en el presente».

No nos detengamos en la confusa idea de que los intereses económicos necesitan al Estado, que ellos mismos crean, para recibir un cuerpo, ni en la audaz afirmación de que la forma social rusa (a la que pertenece, sin embargo, la propiedad comunal de los campesinos) debe su existencia al Estado, ni en la contradicción de que ese mismo Estado «no tenga nada en común» con el orden social existente, que debe de ser, sin embargo, su criatura más propia. Examinemos más bien enseguida ese «Estado suspendido en el aire», que no representa los intereses ni de un solo estamento.

En la Rusia europea los campesinos poseen 105 millones de desiatinas45 de tierra, y los nobles (como llamo aquí para abreviar a los grandes propietarios de tierras) 100 millones, de las cuales aproximadamente la mitad corresponde a 15.000 nobles, que poseen, por consiguiente, por término medio 3.300 desiatinas cada uno.46 La tierra de los campesinos es, pues, solo un poco mayor que la de los nobles. Los nobles, como se ve, no tienen el menor interés en la existencia del Estado ruso, que los protege en la posesión de la mitad del país. Sigamos. Los campesinos pagan por su mitad 195 millones de rublos anuales de contribución territorial; los nobles, ¡13 millones! Las tierras de los nobles son por término medio dos veces más fértiles que las de los campesinos, porque en el arreglo para el rescate de las prestaciones personales47 el Estado quitó a los campesinos no solo la mayor parte de la tierra, sino también la mejor, y se la adjudicó a la nobleza, y además los campesinos tuvieron que pagar a la nobleza por esa tierra, la peor, el precio de la mejor.48 ¡Y la nobleza rusa no tiene ningún interés en la existencia del Estado ruso!

Los campesinos —en su masa— han caído con el rescate en una situación sumamente miserable, completamente insostenible. No solo se les quitó la parte mayor y mejor de su tierra, de modo que en todas las regiones fértiles del Imperio la tierra de los campesinos es —para las condiciones de la agricultura rusa— demasiado pequeña para que puedan vivir de ella. No solo se les cargó por ella un precio exagerado, que les adelantó el Estado y por el que ahora tienen que pagar intereses al Estado e ir amortizándolo poco a poco. No solo se les ha echado encima casi toda la carga de la contribución territorial, mientras la nobleza sale casi del todo libre, de modo que la contribución territorial por sí sola devora todo el valor de la renta del suelo de la tierra campesina y más, y todos los demás pagos que el campesino tiene que hacer, y de los que hablaremos enseguida, son deducciones directas de la parte de su ingreso que representa el salario. No. A la contribución territorial, a los intereses y a la cuota de amortización del adelanto del Estado se añaden además, desde la administración local recién introducida, los impuestos provinciales y de distrito.49 La consecuencia más esencial de esta «reforma» fue una nueva carga fiscal para los campesinos. El Estado conservó en conjunto sus ingresos, pero traspasó una gran parte de los gastos a las provincias y distritos, que establecieron para ello nuevos impuestos; y en Rusia es regla que los estamentos superiores estén casi exentos de impuestos y que el campesino lo pague casi todo.

Una situación así está como hecha para el usurero, y, dado el talento casi sin igual de los rusos para el comercio de baja estofa, para aprovechar las coyunturas favorables y para el engaño inseparable de ello —ya decía Pedro I que un ruso se las arregla con tres judíos—, el usurero no falta en ningún sitio. Cuando se acerca el momento en que vencen los impuestos, llega el usurero, el kulak —a menudo un campesino rico del mismo municipio—, y ofrece su dinero contante. El campesino necesita el dinero a toda costa y tiene que aceptar sin rechistar las condiciones del usurero. Con ello no hace sino meterse aún más en el aprieto y necesita cada vez más dinero contante. En la época de la cosecha llega el tratante de grano; la necesidad de dinero obliga al campesino a vender una parte del grano que él y su familia necesitan para vivir. El tratante de grano difunde falsos rumores que hacen bajar los precios, paga un precio bajo, y a menudo lo paga en parte en toda clase de mercancías tasadas muy caras, pues también el truck system50 está muy desarrollado en Rusia. La gran exportación de grano de Rusia se basa, como se ve, muy directamente en el hambre de la población campesina. Otra forma de explotación de los campesinos es esta: un especulador arrienda al Gobierno tierras del dominio por un largo número de años y las cultiva él mismo mientras dan buen rendimiento sin abono; después las divide en parcelas y arrienda la tierra esquilmada, a una renta elevada, a los campesinos vecinos a quienes no les basta su lote de tierra. Si antes teníamos el truck system inglés, aquí tenemos exactamente los middlemen irlandeses.51 En suma, no hay país en que, pese a todo el primitivismo selvático de la sociedad burguesa, el parasitismo capitalista esté tan desarrollado, cubra y envuelva con sus redes todo el país, toda la masa del pueblo, como precisamente en Rusia. ¿Y todos estos chupadores de la sangre de los campesinos no tendrían ningún interés en la existencia del Estado ruso, cuyas leyes y tribunales protegen sus limpias y provechosas prácticas?

La gran burguesía de Petersburgo, Moscú y Odesa, que en los últimos diez años se ha desarrollado con una rapidez inaudita, sobre todo gracias a los ferrocarriles, y que en los últimos años de especulación ha «quebrado» alegremente con los demás; los exportadores de grano, cáñamo, lino y sebo, cuyo negocio entero se levanta sobre la miseria de los campesinos; toda la gran industria rusa, que solo existe gracias al arancel protector que le concede el Estado: ¿todos estos elementos importantes y en rápido crecimiento de la población no tendrían ningún interés en la existencia del Estado ruso? Por no hablar del innumerable ejército de funcionarios que inunda y saquea Rusia y que forma aquí un verdadero estamento. Y si ahora el señor Tkachov nos asegura que el Estado ruso «no tiene raíces en la vida económica del pueblo, no encarna en sí los intereses de ningún estamento», que está «suspendido en el aire», nos parece que no es el Estado ruso el que está suspendido en el aire, sino más bien el señor Tkachov.

Der Volksstaat, n.º 44, 18 de abril de 1875.

Que la situación de los campesinos rusos desde la emancipación de la servidumbre se ha vuelto insoportable e insostenible a la larga, que ya por esta razón se avecina una revolución en Rusia, está claro. La cuestión es solo: ¿cuál puede ser, cuál será el resultado de esa revolución? El señor Tkachov dice que será una revolución social. Eso es pura tautología. Toda revolución real es social, en cuanto lleva al poder a una nueva clase y le permite transformar la sociedad a su imagen. Pero lo que quiere decir es que será socialista, que introducirá en Rusia la forma de sociedad a la que aspira el socialismo de Europa occidental antes de que nosotros lleguemos a ella en Occidente, y eso en unas condiciones sociales en que el proletariado y la burguesía no se dan todavía más que esporádicamente y en un grado inferior de desarrollo. Y esto sería posible porque los rusos son, por así decirlo, el pueblo elegido del socialismo y poseen el artel y la propiedad comunal de la tierra.

El artel, que el señor Tkachov solo menciona de pasada, pero que nosotros tratamos también aquí porque desde los tiempos de Herzen52 desempeña entre algunos rusos un papel misterioso, es una forma de asociación muy extendida en Rusia, la forma más simple de cooperación libre, como la que se da en la caza entre los pueblos cazadores. La palabra y la cosa no son de origen eslavo, sino tártaro. Ambas se encuentran entre los kirguises, los yakutos, etc., por un lado, y entre los lapones, los samoyedos y otros pueblos fineses, por otro.53 Por eso el artel se desarrolla en Rusia originariamente en el norte y el este, en contacto con fineses y tártaros, y no en el sudoeste. El clima riguroso hace necesaria una actividad industrial de diversas clases, en la que la falta de desarrollo urbano y de capital se suple en lo posible con esa forma de cooperación. Uno de los rasgos más característicos del artel, la responsabilidad solidaria de los miembros entre sí frente a terceros, descansa originariamente en el vínculo de consanguinidad, como la Gewere entre los antiguos germanos, la venganza de sangre, etc. Por lo demás, en Rusia la palabra artel se emplea para toda clase no solo de actividades comunes, sino también de instituciones comunes. También la Bolsa es un artel. En los artels obreros se elige siempre un jefe (stárosta, el más anciano), que se encarga de las funciones de tesorero, contable, etc., y, en la medida necesaria, de gerente, y que recibe una paga especial. Tales artels se forman:

  1. para empresas pasajeras, a cuyo término se disuelven;

  2. para los miembros de un mismo oficio, por ejemplo, los mozos de carga, etc.;

  3. para empresas propiamente industriales y continuas.

Se constituyen mediante un contrato firmado por todos los miembros. Si estos miembros no pueden reunir el capital necesario, cosa que ocurre con mucha frecuencia, por ejemplo en las queserías y en las pesquerías (para redes, barcas, etc.), el artel cae en manos del usurero, que adelanta lo que falta a interés elevado y desde ese momento se embolsa la mayor parte del producto del trabajo. Pero todavía más infamemente explotados son los artels que se contratan en bloque con un empresario como personal asalariado. Dirigen ellos mismos su actividad industrial y ahorran así al capitalista los gastos de vigilancia. Este alquila a los miembros chozas para vivir y les adelanta víveres, con lo que vuelve a desarrollarse el más infame truck system. Así ocurre con los leñadores y los fabricantes de alquitrán en la gobernación de Arcángel, en muchos oficios de Siberia, etc. (véase Flerovski, Polozhenie rabochego klassa v Rossii, La situación de la clase obrera en Rusia, Petersburgo, 1869).54 Aquí, pues, el artel sirve para facilitar esencialmente al capitalista la explotación de los asalariados. Por otra parte, también hay artels que a su vez emplean asalariados que no son miembros de la asociación.

Como se ve, el artel es una sociedad cooperativa surgida espontáneamente y, por tanto, todavía muy poco desarrollada, y como tal no es en modo alguno exclusivamente rusa, ni mucho menos eslava. Tales sociedades se forman en todas partes donde existe la necesidad de ellas. Así en Suiza en las lecherías, en Inglaterra entre los pescadores, donde son incluso muy variadas. Los peones silesios de movimiento de tierras (alemanes, no polacos) que en los años cuarenta construyeron tantos ferrocarriles alemanes estaban organizados en verdaderos artels. El predominio de esta forma en Rusia demuestra ciertamente la existencia de un fuerte impulso asociativo en el pueblo ruso, pero no demuestra ni mucho menos su capacidad para saltar sin más, con ayuda de ese impulso, del artel al orden social socialista. Para eso hace falta ante todo que el propio artel se vuelva capaz de desarrollo, que se despoje de su forma espontánea, en la que, como hemos visto, sirve menos a los obreros que al capital, y que se eleve por lo menos al nivel de las sociedades cooperativas de Europa occidental. Pero si por una vez podemos dar crédito al señor Tkachov (cosa que, después de todo lo anterior, es sin duda más que arriesgada), no es así en absoluto. Al contrario, nos asegura con un orgullo sumamente característico de su punto de vista:

«En cuanto a las asociaciones cooperativas y de crédito según el modelo alemán (!), trasplantadas artificialmente a Rusia desde hace poco tiempo, la mayoría de nuestros obreros las ha acogido con total indiferencia y casi en todas partes han fracasado.»

La sociedad cooperativa moderna ha demostrado al menos que puede explotar con provecho por cuenta propia la gran industria (hilatura y tejeduría en Lancashire). El artel no solo es hasta ahora incapaz de ello, sino que sucumbe incluso necesariamente ante la gran industria si no sigue desarrollándose.

Der Volksstaat, n.º 45, 21 de abril de 1875.

La propiedad comunal de los campesinos rusos la descubrió hacia 1845 el consejero de gobierno prusiano Haxthausen,55 que la pregonó por el mundo como algo absolutamente maravilloso, aunque en su Westfalia natal Haxthausen podía encontrar todavía restos de sobra de ella y, como funcionario del Gobierno, estaba incluso obligado a conocerlos con exactitud. Solo por Haxthausen se enteró Herzen, él mismo terrateniente ruso, de que sus campesinos poseían la tierra en común, y aprovechó la ocasión para presentar a los campesinos rusos como los verdaderos portadores del socialismo, como comunistas natos, frente a los obreros del envejecido y podrido Occidente europeo, que tendrían que procurarse artificialmente el socialismo a fuerza de penas. De Herzen pasó este conocimiento a Bakunin, y de Bakunin al señor Tkachov. Oigamos a este:

«Nuestro pueblo... en su gran mayoría... está impregnado de los principios de la posesión común; es, si se puede decir así, instintiva, tradicionalmente comunista. La idea de la propiedad colectiva está tan profundamente arraigada en toda la concepción del mundo» (enseguida veremos hasta dónde llega el mundo del campesino ruso) «del pueblo ruso, que ahora, cuando el Gobierno empieza a comprender que esa idea no es compatible con los principios de una sociedad "bien ordenada" y quiere, en nombre de esos principios, grabar la idea de la propiedad individual en la conciencia y en la vida del pueblo, solo puede conseguirlo con ayuda de las bayonetas y del knut. De ello se desprende que nuestro pueblo, a pesar de su ignorancia, está mucho más cerca del socialismo que los pueblos de Europa occidental, aunque estos sean más instruidos.»

En realidad, la propiedad comunal de la tierra es una institución que encontramos en un grado inferior de desarrollo en todos los pueblos indogermánicos, desde la India hasta Irlanda, e incluso entre los malayos que se desarrollaron bajo influencia india, por ejemplo en Java. Todavía en 1608 la propiedad comunal del suelo, legalmente vigente en el norte de Irlanda recién conquistado, sirvió a los ingleses de pretexto para declarar la tierra sin dueño y confiscarla como tal en beneficio de la Corona.56 En la India subsiste hasta hoy toda una serie de formas de propiedad comunal. En Alemania era general; las tierras comunales que todavía se encuentran aquí y allá son un resto de ella, y a menudo, sobre todo en la montaña, se hallan todavía huellas claras, repartos periódicos de la tierra comunal, etc. Las pruebas y los detalles más precisos sobre la antigua propiedad comunal germánica pueden leerse en los diversos escritos de Maurer,57 que son clásicos en este punto. En Europa occidental, incluidas Polonia y la Pequeña Rusia,58 esta propiedad comunal se convirtió, en cierto grado del desarrollo social, en una traba, en un freno para la producción agrícola, y fue eliminándose cada vez más. En la Gran Rusia, en cambio (es decir, en la Rusia propiamente dicha), se ha conservado hasta hoy, y con ello proporciona en primer lugar la prueba de que la producción agrícola y las condiciones sociales rurales que le corresponden se encuentran aquí todavía en un grado muy poco desarrollado, como así es en efecto. El campesino ruso vive y se mueve solo en su comunidad; el resto del mundo solo existe para él en la medida en que se inmiscuye en esa comunidad suya. Hasta tal punto es así que en ruso la misma palabra, mir, significa por un lado «el mundo» y por otro «comunidad campesina». Ves' mir, «el mundo entero», significa para el campesino la asamblea de los miembros de la comunidad. Así pues, cuando el señor Tkachov habla de la «concepción del mundo» de los campesinos rusos, evidentemente ha traducido mal el mir ruso. Ese aislamiento completo de las distintas comunidades entre sí, que crea en todo el país intereses iguales, sí, pero justamente lo contrario de intereses comunes, es la base natural del despotismo oriental; y desde la India hasta Rusia, esta forma social, allí donde predominó, lo ha producido siempre, ha encontrado siempre en él su complemento. No solo el Estado ruso en general, sino incluso su forma específica, el despotismo zarista, en lugar de estar suspendido en el aire, es producto necesario y lógico de las condiciones sociales rusas, ¡con las que, según el señor Tkachov, «no tiene nada en común»! El desarrollo ulterior de Rusia en dirección burguesa destruiría poco a poco la propiedad comunal también aquí, sin que el Gobierno ruso tuviera que intervenir con «bayonetas y knut». Y tanto más cuanto que en Rusia la tierra comunal no la cultivan los campesinos en común para repartir después el producto, como ocurre todavía en algunas regiones de la India; al contrario, la tierra se reparte de vez en cuando entre los distintos cabezas de familia, y cada uno cultiva su parte por su cuenta. Por eso es posible una diferencia muy grande de bienestar entre los miembros de la comunidad, y existe también en la realidad. Casi en todas partes hay entre ellos algunos campesinos ricos —aquí y allá, millonarios— que hacen de usureros y chupan la sangre de la masa de los campesinos. Nadie lo sabe mejor que el señor Tkachov. Mientras hace creer a los obreros alemanes que a los campesinos rusos, esos comunistas instintivos, tradicionales, solo se les puede quitar «la idea de la propiedad colectiva» con el knut y la bayoneta, cuenta en su folleto ruso, p. 15:

«En medio de los campesinos se está formando una clase de usureros (kulakov), de acaparadores y de arrendatarios de tierras campesinas y nobiliarias: una aristocracia campesina.»

Son las mismas clases de chupadores de sangre que describimos más arriba con detalle. Lo que asestó el golpe más duro a la propiedad comunal fue, de nuevo, el rescate de las prestaciones personales. Al noble se le adjudicó la parte mayor y mejor del suelo; a los campesinos les quedó apenas lo suficiente, a menudo no lo suficiente para vivir. Además, los bosques se adjudicaron a los nobles; la leña, la madera de obra y de construcción que antes el campesino podía recoger allí libremente, ahora tiene que comprarla. Así, el campesino ya no tiene más que su casa y la tierra desnuda, sin los medios para cultivarla y, por término medio, sin tierra suficiente para mantenerse a sí mismo y a su familia de una cosecha a otra. En tales condiciones y bajo la presión de los impuestos y la usura, la propiedad comunal de la tierra ya no es un beneficio, se convierte en una traba. Los campesinos huyen a menudo de ella, con o sin familia, para ganarse la vida como trabajadores ambulantes, y dejan su tierra en casa.59

Como se ve, la propiedad comunal en Rusia ha pasado hace mucho su época de esplendor y, según todas las apariencias, camina hacia su disolución. Sin embargo, existe innegablemente la posibilidad de transformar esta forma social en otra superior, si se conserva hasta que las circunstancias estén maduras para ello y si se muestra capaz de desarrollarse de tal modo que los campesinos ya no cultiven la tierra por separado, sino en común;60 de transformarla en esa forma superior sin que los campesinos rusos tengan que pasar por la etapa intermedia de la propiedad parcelaria burguesa. Pero esto solo puede ocurrir si en Europa occidental, antes de la desintegración completa de la propiedad comunal, se lleva a cabo victoriosamente una revolución proletaria que proporcione al campesino ruso las condiciones previas para esa transformación, en particular también las materiales, que necesita para llevar a cabo siquiera la transformación de todo su sistema agrícola que esto trae consigo necesariamente. Es, pues, pura patraña que el señor Tkachov diga que los campesinos rusos, aunque «propietarios», están «más cerca del socialismo» que los obreros sin propiedad de Europa occidental. Todo lo contrario. Si algo puede todavía salvar la propiedad comunal rusa y darle la oportunidad de transformarse en una forma nueva, verdaderamente viable, es una revolución proletaria en Europa occidental.

Con la misma facilidad que con la revolución económica despacha el señor Tkachov la política. El pueblo ruso, cuenta, «protesta incesantemente» contra la esclavitud, ya sea en forma de «sectas religiosas... negativa a pagar impuestos... bandas de salteadores» (los obreros alemanes se felicitarán de que, según esto, Schinderhannes61 sea el padre de la socialdemocracia alemana) «... incendios... levantamientos..., y por eso se puede llamar al pueblo ruso un revolucionario instintivo». Y así Tkachov está convencido de que «solo es necesario despertar a la vez en varias localidades el sentimiento acumulado de exasperación y de descontento que... hierve siempre en el pecho de nuestro pueblo». Entonces «la unión de las fuerzas revolucionarias se producirá ya por sí sola, y la lucha... tendrá que volverse favorable a la causa del pueblo. La necesidad práctica, el instinto de conservación» logran entonces por sí solos «una alianza firme e indestructible entre las comunidades que protestan».

Imposible imaginarse una revolución más fácil y agradable. Se da el golpe a la vez en tres o cuatro sitios, y el «revolucionario instintivo», la «necesidad práctica», el «instinto de conservación» hacen todo lo demás «ya por sí solos». Por qué, con esta facilidad de juego de niños, no se ha hecho hace tiempo la revolución, no se ha liberado al pueblo ni se ha convertido a Rusia en el país socialista modelo, es cosa que no se comprende en absoluto.

En realidad, las cosas son muy distintas. El pueblo ruso, ese revolucionario instintivo, ha hecho, es verdad, innumerables levantamientos campesinos aislados contra la nobleza y contra funcionarios concretos, pero nunca contra el zar, salvo cuando un falso zar se ponía a su cabeza y reclamaba el trono. El último gran levantamiento campesino, bajo Catalina II, solo fue posible porque Yemelián Pugachov62 se hizo pasar por el esposo de esta, Pedro III, que no habría sido asesinado por su mujer, sino destronado y encerrado, y que ahora se habría escapado. El zar, por el contrario, es el dios terrenal del campesino ruso: Bog vysok, tsar daliok, Dios está alto y el zar está lejos, es su grito de socorro. Que la masa de la población campesina, sobre todo desde el rescate de las prestaciones personales, ha sido puesta en una situación que la obliga cada vez más a luchar también contra el Gobierno y el zar, no cabe duda; pero el cuento del «revolucionario instintivo» que intente colocarlo el señor Tkachov en otra parte.

Y además, aunque la masa de los campesinos rusos fuera todo lo instintivamente revolucionaria que se quiera, aun si nos imaginamos que se pueden hacer revoluciones por encargo, como se hace una pieza de percal estampado o una tetera, aun entonces pregunto: ¿le está permitido a un hombre de más de doce años representarse la marcha de una revolución de una manera tan sobradamente infantil como se hace aquí? Y piénsese además que esto se escribió después de que la primera revolución fabricada según este modelo bakuninista —la de 1873 en España— fracasara tan brillantemente. También allí se dio el golpe a la vez en varios sitios. También allí se contaba con que la necesidad práctica, el instinto de conservación, crearían ya por sí solos una alianza firme e indestructible entre las comunidades que protestaban. ¿Y qué pasó? Cada municipio, cada ciudad se defendió solo a sí mismo, no hubo ni rastro de apoyo mutuo, y con solo 3.000 hombres Pavía63 sometió en catorce días una ciudad tras otra y puso fin a toda la magnificencia anárquica (véase mi escrito Los bakuninistas en acción, donde se describe esto en detalle).

No cabe duda: Rusia está en vísperas de una revolución. Las finanzas están desorganizadas hasta el extremo. El tornillo de los impuestos ya no da más vueltas, los intereses de las viejas deudas del Estado se pagan con nuevos empréstitos, y cada nuevo empréstito tropieza con mayores dificultades: ¡si ya solo se puede conseguir el dinero con el pretexto de construir ferrocarriles! La administración, corrompida de arriba abajo desde siempre; los funcionarios viven más del robo, el soborno y la extorsión que del sueldo. Toda la producción agrícola —con mucho la más esencial para Rusia—, completamente desorganizada por el rescate de 1861; la gran propiedad, sin mano de obra suficiente; los campesinos, sin tierra suficiente, aplastados por los impuestos, desangrados por los usureros; la producción agrícola, disminuyendo de año en año. El conjunto, mantenido unido a duras penas y exteriormente por un despotismo oriental de cuya arbitrariedad los occidentales no podemos hacernos ni idea; un despotismo que no solo entra cada día en contradicción más flagrante con las ideas de las clases ilustradas y, en particular, con las de la burguesía de la capital, que crece rápidamente, sino que, bajo su actual titular, ha perdido la confianza en sí mismo, hace hoy concesiones al liberalismo para retirarlas mañana asustado, y con ello se desacredita a sí mismo cada vez más. Al mismo tiempo, entre las capas más ilustradas de la nación, concentradas en la capital, la creciente conciencia de que esta situación es insostenible, de que se avecina una conmoción, y la ilusión de poder encauzar esa conmoción por un lecho constitucional tranquilo. Aquí se reúnen todas las condiciones de una revolución; de una revolución que, iniciada por las clases superiores de la capital, quizá incluso por el propio Gobierno, tendrá que ser llevada más lejos por los campesinos y empujada rápidamente más allá de la primera fase constitucional; de una revolución que tendrá la mayor importancia para toda Europa, aunque solo sea porque destruirá de un golpe la última reserva, intacta hasta ahora, de la reacción de toda Europa. Esta revolución se acerca con seguridad. Solo dos acontecimientos podrían aplazarla más tiempo: una guerra afortunada contra Turquía o contra Austria, para la cual hacen falta dinero y alianzas seguras, o bien... un intento prematuro de insurrección que vuelva a arrojar a las clases poseedoras en brazos del Gobierno.

F. Engels

  1. Alejandro II (1818-1881), zar de 1855 a 1881, visitó Inglaterra en mayo de 1874, poco después de la boda de su hija María con el duque de Edimburgo, hijo de la reina Victoria. ↩

  2. Antoni Berezowski, emigrado polaco que el 6 de junio de 1867, durante la Exposición Universal de París, disparó contra Alejandro II sin alcanzarlo. ↩

  3. La gran duquesa María Aleksándrovna (1853-1920), casada en enero de 1874 con Alfredo, duque de Edimburgo. ↩

  4. Walery Wróblewski (1836-1908), revolucionario polaco, jefe militar en la insurrección de 1863 y general de la Comuna de París; en Londres fue miembro del Consejo General de la Internacional y secretario corresponsal para Polonia. ↩

  5. La victoria del rey de Polonia Juan III Sobieski sobre los turcos que sitiaban Viena (12 de septiembre de 1683). ↩

  6. Mijaíl Petróvich Pogodin (1800-1875), historiador y publicista ruso, de tendencia eslavófila y paneslavista. ↩

  7. Polnische Wirtschaft, «economía polaca», era en alemán expresión proverbial para el desorden y el desgobierno. ↩

  8. Tadeusz Kościuszko (1746-1817), que había combatido en la guerra de independencia de los Estados Unidos, dirigió la insurrección polaca de 1794 contra Rusia y Prusia. ↩

  9. Manifiestos de la Sociedad Democrática Polaca (Poitiers, 1836), del Gobierno Nacional de la insurrección de Cracovia (en realidad, de febrero de 1846) y del Comité Central Nacional al comienzo de la insurrección de enero de 1863. ↩

  10. El manifiesto imperial por el que Alejandro II abolió la servidumbre en Rusia, fechado el 19 de febrero de 1861 según el calendario juliano. ↩

  11. La Paz de Teschen (1779), que puso fin a la guerra de sucesión de Baviera, fue garantizada por Rusia y Francia, lo que dio a Rusia un título para intervenir en los asuntos del Imperio alemán. ↩

  12. En octubre de 1850, en la entrevista de Varsovia, Nicolás I arbitró el conflicto entre Prusia y Austria sobre la reorganización de la Confederación Germánica, en favor de Austria. ↩

  13. Haupt- und Staatsaktionen: nombre que se daba en el teatro alemán del siglo XVII y comienzos del XVIII a las obras de aparato sobre asuntos de Estado; Marx y Engels lo usan irónicamente para los grandes acontecimientos políticos. ↩

  14. (Nota de Engels.) Esto ya se dijo en el «Segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-alemana» (fechado el 9 de septiembre de 1870). ↩

  15. El Kulturkampf, la lucha de Bismarck contra la Iglesia católica (1872-1878), se dirigió en la provincia de Posen (Posnania) también contra la lengua y la escuela polacas. ↩

  16. Benoît Malon (1841-1893), obrero tintorero, miembro de la Comuna; en el exilio suizo se acercó a los bakuninistas. ↩

  17. Aux Communeux, proclama del grupo blanquista «La Commune Révolutionnaire», publicada en Londres en junio de 1874 con 33 firmas. Communeux, nombre dado a los partidarios de la Comuna. ↩

  18. Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés, organizador de sociedades secretas e insurrecciones; pasó más de treinta años de su vida en prisión. La sublevación de la Sociedad de las Estaciones, que dirigió con Barbès, tuvo lugar el 12 de mayo de 1839. ↩

  19. «Möros, den Dolch im Gewande»: verso de la balada de Schiller Die Bürgschaft (La fianza). ↩

  20. Eugène Vermersch (1845-1878), periodista; durante la Comuna publicó Le Père Duchêne, que imitaba el periódico de Jacques-René Hébert (1757-1794) en la Revolución francesa. ↩

  21. «Por orden del muftí», es decir, por mandato de la autoridad. ↩

  22. Tras el Congreso de La Haya (septiembre de 1872), varios blanquistas, entre ellos Vaillant y Ranvier, abandonaron la Internacional y explicaron su salida en el folleto Internationale et Révolution (Londres, 1872). ↩

  23. Citado según nuestra traducción del Manifiesto del Partido Comunista, ligeramente adaptada al texto que da Engels. ↩

  24. Alusión al verso del Don Carlos de Schiller «Der Knabe Don Karl fängt an, mir fürchterlich zu werden» («El muchacho Don Carlos empieza a volvérseme temible»); «Eduardo» alude a Édouard Vaillant. ↩

  25. Édouard Vaillant (1840-1915), médico e ingeniero, miembro de la Comuna y del Consejo General de la Internacional; había estudiado en Alemania. ↩

  26. Vperiod!, revista de los populistas rusos, publicada en Zúrich y luego en Londres de 1873 a 1877, y periódico del mismo nombre (1875-1876). La dirigía Piotr Lavróvich Lavrov (1823-1900), filósofo y sociólogo populista, que había huido de su destierro en Rusia en 1870; de ahí el «Pedro» de Engels. ↩

  27. El informe sobre la Alianza preparado por encargo del Congreso de La Haya, publicado en francés en 1873 y en alemán en 1874; véase La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores. ↩

  28. Diario liberal de Viena. ↩

  29. Karl Heinrich Ulrichs (1825-1895), jurista hannoveriano, antiguo asesor judicial, autor de escritos en defensa de la homosexualidad. ↩

  30. Francisco Serrano, duque de la Torre (1810-1885), general, favorito de la reina Isabel II, casada con su primo Francisco de Asís de Borbón. Fue uno de los jefes de la revolución de 1868, que expulsó a Isabel, regente de 1869 a 1871 y, tras el golpe de Pavía de enero de 1874, jefe del poder ejecutivo de la república; Bismarck promovió su reconocimiento por las potencias europeas. ↩

  31. Serguéi Guennádievich Necháyev (1847-1882), conspirador ruso, estrechamente vinculado a Bakunin en 1869-1870; para eliminar a un miembro de su organización que dudaba de él hizo asesinar al estudiante Ivánov (1869). ↩

  32. Nikolái Aleksándrovich Dobroliúbov (1836-1861) y Nikolái Gavrílovich Chernyshevski (1828-1889), críticos y publicistas revolucionarios demócratas rusos. ↩

  33. Piotr Nikítich Tkachov (1844-1886), publicista revolucionario ruso, cercano al blanquismo; huyó al extranjero en 1873. ↩

  34. Personaje de la revista satírica berlinesa Kladderadatsch: un colegial sabihondo y engreído. ↩

  35. Según la leyenda de Tannhäuser, el fiel Eckart monta guardia ante el Venusberg, la montaña de Venus, y advierte a los que se acercan de sus peligros. ↩

  36. El folleto de Lavrov A la juventud socialrevolucionaria rusa (Londres, 1874). ↩

  37. (Nota de Engels.) ¿Qué apostamos a que el señor Tkachov dirá que con la anécdota anterior he cometido una traición al proletariado, al hacer «aparecer bajo una luz ridícula» a los sastres en cuanto tales? ↩

  38. Juego de palabras intraducible: Ratschläge (consejos) y Schläge (golpes). ↩

  39. William Cobbett (1763-1835), publicista y político radical inglés, célebre por la violencia de su polémica. ↩

  40. Soldado irregular del ejército otomano, de fama de brutal. ↩

  41. Echarse sobre la gran estufa de obra, en la que se dormía en las casas campesinas rusas, era imagen proverbial de la holganza. ↩

  42. Alude a las detenciones en masa de 1874 contra los propagandistas populistas que habían «ido al pueblo». ↩

  43. El Catecismo revolucionario (1869), atribuido entonces a Bakunin y hoy por lo común a Necháyev, analizado en Un complot contra la Internacional. ↩

  44. Esta última entrega se publicó también aparte, en 1875, como folleto con el título Soziales aus Rußland; véase la nota preliminar de Engels a ese folleto. ↩

  45. Medida agraria rusa equivalente a 1,09 hectáreas. ↩

  46. Así en la MEW, que corrige la cifra de 33.000 que traen, por errata, el Volksstaat y la reimpresión de 1894; la cuenta (50 millones entre 15.000) da, en efecto, unas 3.300. ↩

  47. En la reforma de 1861, que abolió la servidumbre, los campesinos tuvieron que rescatar la tierra que recibían en lote, con pagos que el Estado adelantaba a los señores y que los campesinos le devolvían en anualidades. ↩

  48. (Nota de Engels.) Solo hubo una excepción en Polonia, donde el Gobierno quería arruinar a la nobleza, que le era hostil, y ganarse en cambio a los campesinos. ↩

  49. Los zemstvos, órganos de administración local de provincia y distrito creados en 1864. ↩

  50. Pago del salario o del precio en mercancías en lugar de dinero. ↩

  51. Intermediarios que arrendaban grandes extensiones a los terratenientes irlandeses y las subarrendaban en pequeñas parcelas a los campesinos. ↩

  52. Aleksandr Ivánovich Herzen (1812-1870), escritor y publicista demócrata ruso, que veía en la comuna campesina rusa el germen de una sociedad socialista. ↩

  53. (Nota de Engels.) Sobre el artel, entre otras cosas, puede compararse: Sbórnik materiálov ob artéliaj v Rossii (Colección de materiales sobre los artels en Rusia), San Petersburgo, 1873, primera entrega. ↩

  54. N. Flerovski, seudónimo de Vasili Vasílievich Bervi (1829-1918), economista y sociólogo ruso. Marx leyó y apreció este libro. ↩

  55. August von Haxthausen (1792-1866), funcionario y economista prusiano, autor de Studien über die inneren Zustände, das Volksleben und insbesondere die ländlichen Einrichtungen Rußlands (1847-1852), fruto de su viaje por Rusia en 1843-1844. ↩

  56. Tras la huida de los condes de Tyrone y Tyrconnell (1607), la Corona inglesa confiscó sus tierras del Ulster y organizó su colonización con inmigrantes ingleses y escoceses. ↩

  57. Georg Ludwig von Maurer (1790-1872), historiador del derecho, autor de varias obras sobre la marca y la constitución agraria y municipal de la antigua Alemania. ↩

  58. Nombre que se daba entonces a Ucrania. ↩

  59. (Nota de Engels.) Sobre la situación de los campesinos véase, entre otros, el informe oficial de la comisión del Gobierno sobre la producción agrícola (1873) y, además, Skaldin, V zajolustie i v stolitse (En el rincón más apartado de las provincias y en la capital), Petersburgo, 1870; este último escrito es de un liberal conservador. ↩

  60. (Nota de Engels.) En Polonia, sobre todo en la gobernación de Grodno, donde la nobleza quedó arruinada en gran parte por la insurrección de 1863, los campesinos compran o arriendan ahora a menudo fincas nobiliarias y las cultivan sin dividirlas y por cuenta común. Y estos campesinos no tienen propiedad comunal desde hace siglos y no son granrusos, sino polacos, lituanos y bielorrusos. ↩

  61. Johannes Bückler, llamado Schinderhannes (hacia 1779-1803), célebre salteador de la región del Rin, ejecutado en Maguncia. ↩

  62. Yemelián Ivánovich Pugachov (hacia 1742-1775), jefe del gran levantamiento de cosacos y campesinos de 1773-1775; se hacía pasar por Pedro III, el esposo de Catalina II, depuesto y asesinado en 1762. ↩

  63. Manuel Pavía (1827-1895), general español, que en el verano de 1873 sometió las ciudades andaluzas sublevadas en el movimiento cantonal; Engels lo expuso en Los bakuninistas en acción. ↩