Escrito por Friedrich Engels entre el 6 y el 14 de marzo de 1877 y publicado en Vorwärts (Leipzig), n.º 32, 16 de marzo de 1877. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 91-95), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Por fin también en Italia el movimiento socialista se ha asentado sobre un terreno firme y promete un desarrollo rápido y victorioso. Pero para que los lectores comprendan por completo el giro que se ha producido, tenemos que remontarnos a la historia de los orígenes del socialismo italiano.

Los comienzos del movimiento en Italia se remontan a influencias bakuninistas. Mientras en las masas trabajadoras predominaba un odio de clase apasionado, pero sumamente confuso, contra sus explotadores, un enjambre de jóvenes abogados, médicos, literatos, dependientes de comercio, etc., bajo el mando personal de Bakunin, se apoderó de la dirección en todos los lugares donde asomaba un elemento obrero revolucionario. Todos ellos eran miembros, en diversos grados de iniciación, de la «Alianza» secreta bakuninista, que tenía por objeto someter a su dirección todo el movimiento obrero europeo y conseguir así con malas artes para la secta bakuninista el dominio en la futura revolución social. Los detalles de todo ello se encuentran expuestos por extenso en el escrito Un complot contra la Internacional (Brunswick, editorial Bracke).1

Mientras el movimiento entre los propios obreros estaba todavía naciendo, esto marchó de maravilla. Las disparatadas frases revolucionarias bakuninistas despertaban por todas partes el aplauso deseado; incluso los elementos procedentes de los anteriores movimientos político-revolucionarios fueron arrastrados por la corriente, y, junto con España, Italia se convirtió, según la propia expresión de Bakunin, en «el país más revolucionario de Europa». Revolucionario en el sentido de mucho ruido y pocas nueces. Frente a la lucha esencialmente política gracias a la cual el movimiento obrero inglés, después el francés y por último el alemán se habían hecho grandes y poderosos, aquí se condenaba toda actividad política, porque implicaba el reconocimiento del «Estado», y «el Estado» era la quintaesencia de todo mal. Por lo tanto: prohibición de formar un partido obrero; prohibición de luchar por cualquier medida de protección contra la explotación, por ejemplo la jornada normal de trabajo o la limitación del trabajo de las mujeres y de los niños; prohibición, sobre todo, de participar en cualquier elección. En cambio, el precepto de la agitación, la organización y la conspiración para la revolución futura, que, en cuanto cayera del cielo como la nieve, debía llevarse a cabo sin gobierno provisional alguno, con la destrucción completa de todas las instituciones estatales o que recordaran al Estado, por la mera iniciativa (dirigida en secreto por la Alianza) de las masas trabajadoras... «¡pero no me preguntéis cómo!».2

Mientras el movimiento estuvo, como decimos, en su infancia, todo esto funcionó de maravilla. La gran mayoría de las ciudades italianas sigue estando todavía bastante al margen del tráfico mundial, que solo conocen bajo la forma del turismo. Estas ciudades abastecen de productos artesanos a los campesinos de los alrededores y sirven de intermediarias para la venta de los productos agrícolas en círculos más amplios; además, en ellas vive la nobleza terrateniente, que consume allí sus rentas; por último, los muchos forasteros llevan allí su dinero. En estas ciudades los elementos proletarios son poco numerosos y están aún menos desarrollados, y además muy mezclados con gente sin ocupación regular o fija, como la que favorecen el turismo y la suavidad del clima. Aquí encontró en un primer momento terreno fértil la frase ultrarrevolucionaria, que por lo bajo también murmuraba, desde luego, de puñal y veneno. Pero Italia tiene también ciudades industriales, sobre todo en el norte, y en cuanto el movimiento hizo pie entre las masas auténticamente proletarias de estas ciudades, un alimento tan vaporoso ya no podía bastar, y tampoco podían estos obreros dejarse tutelar a la larga por aquellos jóvenes burgueses fracasados que se habían lanzado al socialismo porque, en palabras de Bakunin, se encontraban en una «carrera sin salida».

Así ocurrió. El descontento de los obreros de la Alta Italia con la prohibición de toda actividad política, es decir, de toda actividad real que fuera más allá de la cháchara vacía y del embuste conspirativo, crecía de día en día. Las victorias electorales alemanas de 18743 y su efecto posterior, que llevó a la unificación de los socialistas alemanes,4 tampoco pasaron inadvertidos en Italia. Los elementos procedentes del antiguo movimiento republicano, que solo a regañadientes se habían plegado a la gritería «anárquica», encontraron cada vez más ocasiones de subrayar la necesidad de la lucha política y dieron expresión a la oposición que despertaba en el periódico La Plebe. Este semanario, republicano en los primeros años de su existencia, se había unido pronto al movimiento socialista y se había mantenido todo lo posible apartado de todo sectarismo «anárquico». Cuando por fin, en la Alta Italia, las masas obreras desbordaron a sus importunos dirigentes y pusieron un movimiento real en lugar de uno fantástico, encontraron en La Plebe un órgano bien dispuesto, que de cuando en cuando dejaba oír insinuaciones heréticas sobre la necesidad de la lucha política.

Si Bakunin hubiera seguido con vida, habría combatido esta herejía a su manera habitual. Habría atribuido a la gente de La Plebe «autoritarismo», afán de dominio, ambición, etc., habría levantado contra ellos toda clase de mezquinas quejas personales y las habría hecho repetir una y otra vez por todos los órganos de la «Alianza» en Suiza, en Italia y en España. Solo en segundo término habría demostrado después que todos estos crímenes no eran otra cosa que consecuencias inevitables de aquel pecado original mortal, la herejía de reconocer la acción política; pues la acción política sería el reconocimiento del Estado, y el Estado, la encarnación del autoritarismo, de la dominación, y por consiguiente todo el que quisiera la acción política de la clase obrera tendría que querer, en buena lógica, la dominación política para sí mismo, y sería, por tanto, un enemigo de la clase obrera: ¡lapidadlo! En este método, aprendido del difunto Maximilien Robespierre, Bakunin poseía una gran destreza, solo que lo aplicaba de forma demasiado regular y demasiado monótona. Y aun así, este método era el único que prometía al menos un éxito momentáneo.

Pero Bakunin había muerto,5 y con ello el gobierno mundial secreto había pasado a manos del señor James Guillaume, de Neuchâtel, en Suiza.6 En lugar del hombre de mundo, curtido en todas las aguas, apareció un pedante estrecho de miras que aplicaba a la doctrina de la anarquía el fanatismo del calvinista suizo. La verdadera fe debía imponerse a toda costa, y el limitado maestro de escuela de Neuchâtel debía ser reconocido sin condiciones como el papa de esa verdadera fe. El Bulletin de la Fédération jurassienne,7 federación que, según confesión propia, cuenta apenas 200 miembros frente a los 5.000 de la Liga Obrera Suiza,8 fue nombrado boletín oficial de la secta y empezó a «reprender» sin más a los que vacilaban en la fe. Pero los obreros lombardos, que se habían constituido en «Federación de la Alta Italia», ya no estaban dispuestos a aguantar esas amonestaciones. Y cuando, el otoño pasado, el Bulletin jurasiano llegó a atreverse a querer ordenar a La Plebe que se deshiciera de un corresponsal en París que no era del gusto del señor Guillaume, se acabó la amistad. El Bulletin siguió anatematizando a La Plebe y a los de la Alta Italia. Pero estos sabían ya a qué atenerse; sabían que detrás de la prédica de la anarquía y de la autonomía se escondía la pretensión de unos pocos intrigantes de mandar dictatorialmente sobre todo el movimiento obrero.

«Cuatro líneas de comentario, pequeñas y muy tranquilas, le han hecho subir la mostaza a la nariz al Bulletin del Jura, y hace como si estuviéramos furiosos con él, cuando lo único que ha hecho es edificarnos. Verdaderamente, habría que ser muy infantil para morder el anzuelo de gente que, enferma de envidia, llama a todas las puertas para mendigar, por medio de la calumnia, un poco de malevolencia contra nosotros y los nuestros. La mano que desde hace mucho tiempo anda por ahí sembrando cizaña y discordia es demasiado conocida para que sus maniobras jesuíticas (loyolescas) puedan engañar todavía» (La Plebe, 21 de enero de 1877).

Y en el número del 26 de febrero esa misma gente es calificada de «algunas cabezas estrechas, anárquicas y, monstruosa contradicción, al mismo tiempo dictatoriales»: la mejor prueba de que estos señores han sido calados por completo en Milán y de que allí ya no harán más estragos.

Las elecciones alemanas del 10 de enero y el giro relacionado con ellas en el movimiento belga (el abandono de la anterior abstención política y su sustitución por la agitación por el sufragio universal y por una ley de fábricas)9 hicieron el resto. El 17 y el 18 de febrero la Federación de la Alta Italia celebró su congreso en Milán. Las resoluciones se abstienen de toda hostilidad innecesaria e inoportuna contra los grupos bakuninistas de la Internacional italiana. Declaran también la disposición a enviar delegados al congreso convocado en Bruselas, que debe intentar la eventual unificación de las distintas fracciones del movimiento obrero europeo.10 Pero, al mismo tiempo, formulan con la mayor firmeza tres puntos que son de la más decisiva importancia para el movimiento italiano:

  1. que para impulsar el movimiento hay que emplear todos los medios que se presenten, y por tanto también los políticos;

  2. que los obreros socialistas tienen que constituirse en un partido socialista, independiente de cualquier otro partido político o religioso, y

  3. que la Federación de la Alta Italia, conservando su propia autonomía y sobre la base de los Estatutos originales de la Internacional, se considera miembro de esa gran asociación, y ello independientemente de todas las demás asociaciones italianas, a las que, sin embargo, seguirá dando en adelante, como hasta ahora, pruebas de su solidaridad.

Por lo tanto: lucha política, organización como partido político y separación de los anarquistas. Con estas resoluciones, la Federación de la Alta Italia ha roto definitivamente con la secta bakuninista y se ha situado en el terreno común del gran movimiento obrero europeo. Y como abarca la parte más industrial de Italia, Lombardía, el Piamonte y el Véneto, no pueden faltarle los éxitos. Frente al empleo de los mismos medios racionales de agitación, acreditados por la experiencia de todos los demás países, el compadreo de los curanderos bakuninistas revelará bien pronto su impotencia, y el proletariado italiano, también en el sur del país, se sacudirá pronto el yugo de gentes que derivan su vocación de dirigir el movimiento obrero de su condición de burgueses venidos a menos.

  1. Ein Complot gegen die Internationale Arbeiter-Association (Brunswick, 1874), versión alemana del folleto de Marx, Engels y Lafargue publicado en francés en 1873. Véase La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores. Wilhelm Bracke (1842-1880) era el editor socialdemócrata de Brunswick. ↩

  2. Final de un poema de Heine en el Libro de los cantares: «Al principio casi desesperé, / y creí que no lo soportaría nunca; / y sin embargo lo he soportado... / pero no me preguntéis cómo». ↩

  3. En las elecciones al Reichstag del 10 de enero de 1874 los dos partidos obreros alemanes, los «eisenachianos» y los lassalleanos, obtuvieron juntos unos 350.000 votos y nueve escaños. ↩

  4. La fusión de los dos partidos en el Partido Socialista Obrero de Alemania, en el congreso de Gotha de mayo de 1875. Véase la Crítica del programa de Gotha. ↩

  5. Bakunin murió en Berna el 1 de julio de 1876. ↩

  6. James Guillaume (1844-1916), maestro y tipógrafo suizo, dirigente de la Federación del Jura, expulsado de la Internacional junto con Bakunin en el Congreso de La Haya de 1872. ↩

  7. El Bulletin de la Fédération jurassienne de l'Association internationale des travailleurs, que se publicó de 1872 a 1878 bajo la dirección de Guillaume. ↩

  8. El Schweizerischer Arbeiterbund, fundado en 1873, que agrupaba sobre todo a los obreros de lengua alemana. ↩

  9. En 1877 el movimiento obrero belga, impulsado sobre todo por los obreros flamencos de Gante, abandonó la abstención política y empezó a agitar por el sufragio universal y por una ley que protegiera a las mujeres y a los niños en las fábricas. Engels lo cuenta en Los obreros de Europa en 1877. ↩

  10. El Congreso Socialista Universal, que se reunió finalmente en Gante del 9 al 15 de septiembre de 1877. ↩