Escrito en italiano por Friedrich Engels en Londres el 21 de marzo de 1879 y publicado, en extractos, en La Plebe, n.º 12, 30 de marzo de 1879. El original italiano no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 148-149), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 21 de marzo
... Las últimas victorias electorales socialistas en Alemania demuestran que no se puede estrangular al movimiento socialista amordazándolo. Al contrario, la ley contra los socialistas1 tendrá para nosotros un resultado excelente. Completará la educación revolucionaria de los obreros alemanes...
Gozaban de aquel grado de libertad de prensa, de asociación y de reunión que habían conquistado con grandes esfuerzos y grandes sacrificios; era una lucha constante, pero al final la victoria quedaba siempre del lado de los obreros. Podían organizarse, y cada vez que había elecciones generales era para ellos un nuevo triunfo.
Pero esta agitación legal llevó a algunos a creer que no hacía falta nada más para conquistar la victoria final del proletariado. Eso podía llegar a ser peligroso en un país tan pobre en tradiciones revolucionarias como Alemania. Por suerte, la acción brutal de Bismarck y la cobardía de la burguesía alemana que lo apoya han cambiado las cosas. Los obreros alemanes han aprendido lo que valen las libertades constitucionales en cuanto el proletariado se permite tomárselas en serio y servirse de ellas para combatir la dominación capitalista. Si quedaban todavía ilusiones a este respecto, el amigo Bismarck las ha disipado sin miramientos. Digo el amigo Bismarck porque nadie antes que él ha prestado al movimiento socialista en Alemania servicios como los suyos. Después de haber preparado la revolución con el militarismo más refinado e insoportable, con impuestos siempre crecientes, con la alianza del Estado con la usura bursátil más desvergonzada, con la vuelta a las tradiciones del peor feudalismo y del régimen policial de la vieja Prusia, con persecuciones tan numerosas como mezquinas y con la humillación y el envilecimiento públicos de una burguesía que, por lo demás, no merecía mejor trato; después de haber preparado así la revolución, coronó su obra obligando al proletariado alemán a tomar el camino revolucionario.
Que el amigo Bismarck esté tranquilo. La revolución que tan bien ha preparado ya la harán los obreros alemanes. Cuando Rusia dé la señal, estarán preparados.
Desde hace algunos años vengo llamando la atención de los socialistas europeos sobre el estado de Rusia, donde se prepara un movimiento decisivo. La lucha entre el gobierno y las sociedades secretas ha tomado allí un carácter tan violento que no puede durar mucho. Parece que el movimiento puede estallar de un día para otro. Los agentes del gobierno cometen allí crueldades increíbles. Contra semejantes fieras hay que defenderse como se pueda, con pólvora y plomo. En Rusia, el asesinato político es el único medio que tienen los hombres inteligentes, honrados y de carácter para defenderse de los agentes de un despotismo inaudito.2
La poderosa conspiración en el ejército e incluso en la corte imperial, la conciencia nacional humillada por las derrotas diplomáticas que siguieron a la guerra,3 el tesoro público vacío, el crédito quebrantado, los banqueros que se niegan a conceder empréstitos si no los garantiza una asamblea nacional, y, por último, la miseria. Ese es el balance de Rusia.
F. Engels
La «Ley contra las aspiraciones socialdemócratas, peligrosas para la comunidad», aprobada por el Reichstag el 19 de octubre de 1878 y vigente hasta 1890: prohibía las asociaciones, reuniones y publicaciones socialistas. ↩
Alusión a los atentados de los revolucionarios populistas rusos, como el de Vera Zasúlich contra el gobernador de San Petersburgo Trépov (enero de 1878) y el de Kravchinski contra el jefe de la policía política Mezentsov (agosto de 1878). ↩
El Congreso de Berlín (junio-julio de 1878) obligó a Rusia a renunciar a buena parte de lo que había obtenido de Turquía en el tratado de San Stefano. ↩