Escrito por Friedrich Engels en Londres. Los tres capítulos proceden de La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring (el «Anti-Dühring»), que Friedrich Engels publicó por entregas en el Vorwärts de Leipzig entre 1877 y 1878 y en libro en 1878; Engels los reelaboró en 1880, a petición de Paul Lafargue, para el público francés. Se publicaron primero en francés, en la Revue socialiste de París (marzo-mayo de 1880) y en folleto con el título Socialisme utopique et socialisme scientifique (París, 1880), en traducción de Lafargue revisada por Engels, con una nota preliminar que escribió Karl Marx en mayo de 1880 y que apareció con la firma de Lafargue; y en alemán, ampliados, en 1882 (Hottingen-Zúrich), con un prólogo de Engels. Traducido del texto alemán de la cuarta edición (Berlín, 1891), según MEW 19, por la Escuela de marxismo, 2026. La nota preliminar la escribió Marx en francés; al no disponer del texto francés, la traducimos de la versión alemana de la MEW. No se incluyen la introducción inglesa de 1892 ni el apéndice «La Marca». Las notas son nuestras, salvo las que se indican como de Engels. Texto original en alemán.
Nota preliminar a la edición francesa (1880)
Las páginas que forman el contenido de este folleto se publicaron primero, en tres artículos, en la Revue socialiste,1 como traducción del último trabajo de Friedrich Engels, La subversión de la ciencia.2
Friedrich Engels, uno de los representantes más destacados del socialismo moderno, se dio a conocer en 1844 con su Esbozo de una crítica de la economía política, publicado por primera vez en los Anales franco-alemanes que Marx y Ruge editaban en París. En el Esbozo se formulan ya algunos principios generales del socialismo científico. En Mánchester, donde Engels vivió después, escribió (en alemán) La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), obra importante a la que Marx hizo la debida justicia en El capital. Durante su primera estancia en Inglaterra, y también más tarde en Bruselas, colaboró en el Northern Star, órgano oficial del movimiento socialista,3 y en el New Moral World de Robert Owen.
Durante su estancia en Bruselas, él y Marx fundaron la Asociación Obrera Alemana, de orientación comunista, que mantenía relaciones con los clubes obreros flamencos y valones; y ambos dirigieron, junto con Bornstedt, la Deutsche-Brüsseler-Zeitung. Invitados por el comité alemán de la Liga de los Justos (en Londres), ingresaron en esa Liga, que había fundado Karl Schapper después de huir de Francia por haber participado en la conspiración de Blanqui de 1839.4 Una vez eliminadas las formas propias de las sociedades secretas, la Liga se transformó en la Liga de los Comunistas, de carácter internacional. Aun así, en las circunstancias de entonces, la Liga tenía que mantenerse en secreto ante los gobiernos. En 1847, el congreso internacional de la Liga, celebrado en Londres, encargó a Marx y a Engels la redacción del Manifiesto del Partido Comunista, que se publicó inmediatamente antes de la revolución de febrero y se tradujo a casi todas las lenguas europeas.5 Ese mismo año participaron en la fundación de la Asociación Democrática de Bruselas, una asociación pública e internacional en la que se reunían representantes de los radicales burgueses y de los obreros socialistas.
Después de la revolución de febrero, Engels fue uno de los redactores de la Neue Rheinische Zeitung, fundada por Marx en Colonia en 1848 y suprimida en mayo de 1849 por un golpe de Estado prusiano. Tras participar en la insurrección de Elberfeld, hizo la campaña de Baden contra los prusianos (junio y julio de 1849) como ayudante de Willich, que mandaba entonces como coronel un batallón de voluntarios.6
En Londres colaboró en 1850 en la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, que dirigía Marx y se imprimía en Hamburgo. En ella publicó Engels por primera vez La guerra campesina en Alemania, que diecinueve años después apareció en Leipzig como folleto y tuvo tres ediciones.
Cuando renació el movimiento socialista en Alemania, Engels escribió los artículos más importantes publicados en el Volksstaat y en el Vorwärts,7 la mayoría de los cuales se han reimpreso como folletos, como Sobre la cuestión social en Rusia, El aguardiente prusiano en el Reichstag alemán, Contribución al problema de la vivienda, Los bakuninistas en acción, etc.
En 1870, después de trasladarse de Mánchester a Londres, Engels entró en el Consejo General de la Internacional, que le encargó la correspondencia con España, Portugal e Italia.
Su última serie de artículos, que tituló irónicamente La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring (en respuesta a las teorías supuestamente nuevas del señor Eugen Dühring sobre la ciencia en general y el socialismo en particular),8 la envió al Vorwärts. La serie se reunió en un volumen y tuvo gran éxito entre los socialistas alemanes. En este folleto damos los extractos más acertados de la parte teórica de ese libro, que constituyen en cierto modo una introducción al socialismo científico.
Prólogo a la primera edición alemana (1882)
El escrito que sigue procede de tres capítulos de mi obra La subversión de la ciencia por el señor E. Dühring, Leipzig, 1878. Los reuní para mi amigo Paul Lafargue con vistas a su traducción al francés y añadí algunas explicaciones más. La traducción francesa, revisada por mí, apareció primero en la Revue socialiste y luego por separado con el título Socialisme utopique et socialisme scientifique, París, 1880. Acaba de aparecer en Ginebra una versión polaca hecha a partir de la traducción francesa, con el título Socyjalizm utopijny a naukowy, Imprimerie de l’Aurore, Ginebra, 1882.
El sorprendente éxito de la traducción de Lafargue en los países de lengua francesa, y sobre todo en la propia Francia, tenía que plantearme la pregunta de si no sería también útil una edición alemana aparte de estos tres capítulos. Entonces la redacción del Sozialdemokrat de Zúrich9 me comunicó que en el Partido Socialdemócrata alemán se pedía en general la publicación de nuevos folletos de propaganda, y me preguntó si no querría destinar a ello esos tres capítulos. Naturalmente, estuve de acuerdo y puse mi trabajo a su disposición.
Pero no se había escrito en absoluto para la propaganda popular directa. ¿Cómo iba a servir para eso un trabajo en principio puramente científico? ¿Qué cambios de forma y de contenido hacían falta?
En cuanto a la forma, solo las muchas palabras extranjeras podían suscitar reparos. Pero ya Lassalle,10 en sus discursos y escritos de propaganda, no escatimaba en absoluto las palabras extranjeras, y que yo sepa nadie se ha quejado de ello. Desde entonces nuestros obreros han leído periódicos mucho más y con mucha más regularidad, y se han familiarizado en la misma medida con las palabras extranjeras. Me he limitado a suprimir todas las palabras extranjeras innecesarias. En las inevitables he renunciado a añadir las llamadas traducciones explicativas. Las palabras extranjeras inevitables, en su mayoría términos científicos y técnicos generalmente aceptados, no serían inevitables precisamente si fueran traducibles. La traducción, por tanto, falsea el sentido; en lugar de explicar, confunde. Una explicación de viva voz ayuda mucho más.
En cambio, creo poder afirmar que el contenido dará pocas dificultades a los obreros alemanes. En realidad, solo es difícil la tercera parte, pero mucho menos para los obreros, cuyas condiciones generales de vida resume, que para los burgueses «cultos». Con las numerosas adiciones explicativas que he hecho aquí he pensado, en efecto, menos en los obreros que en los lectores «cultos»: gente como el señor diputado Von Eynern, el señor consejero privado Heinrich von Sybel y otros Treitschkes,11 dominados por el impulso irresistible de exhibir una y otra vez, negro sobre blanco, su espantosa ignorancia del socialismo y la colosal incomprensión que, como es lógico, se deriva de ella. Que don Quijote arremeta lanza en ristre contra los molinos de viento entra en su oficio y en su papel; pero a Sancho Panza no podemos permitirle de ningún modo algo semejante.
Esos lectores se extrañarán también de encontrarse, en un esbozo de la historia del desarrollo del socialismo, con la cosmogonía de Kant y Laplace,12 con la ciencia natural moderna y Darwin, con la filosofía clásica alemana y Hegel. Pero el socialismo científico es, en efecto, un producto esencialmente alemán, y solo podía nacer en la nación cuya filosofía clásica había mantenido viva la tradición de la dialéctica consciente: en Alemania.13 La concepción materialista de la historia y su aplicación particular a la moderna lucha de clases entre proletariado y burguesía solo eran posibles por medio de la dialéctica. Y si los maestros de escuela de la burguesía alemana han ahogado el recuerdo de los grandes filósofos alemanes y de la dialéctica que ellos sostuvieron en la ciénaga de un eclecticismo vacío, hasta el punto de que nos vemos obligados a invocar a la ciencia natural moderna como testigo de que la dialéctica se confirma en la realidad, los socialistas alemanes estamos orgullosos de descender no solo de Saint-Simon, Fourier y Owen, sino también de Kant, Fichte y Hegel.
Londres, 21 de septiembre de 1882
Friedrich Engels
I
El socialismo moderno es, por su contenido, ante todo el producto de la percepción, por un lado, de los antagonismos de clase que dominan en la sociedad actual entre poseedores y desposeídos, capitalistas y obreros asalariados, y, por otro, de la anarquía que domina en la producción. Pero por su forma teórica aparece al principio como una continuación más avanzada y, en apariencia, más consecuente de los principios establecidos por los grandes ilustrados franceses del siglo XVIII. Como toda teoría nueva, tuvo que enlazar primero con el material intelectual que encontró a mano, por mucho que sus raíces estuvieran en los hechos económicos materiales.
Los grandes hombres que en Francia iluminaron las cabezas para la revolución que se avecinaba se mostraron ellos mismos extremadamente revolucionarios. No reconocían ninguna autoridad exterior, fuera de la clase que fuese. Religión, concepción de la naturaleza, sociedad, orden estatal: todo fue sometido a la crítica más despiadada; todo tenía que justificar su existencia ante el tribunal de la razón o renunciar a existir. El entendimiento pensante se aplicó a todo como única medida. Era el tiempo en que, como dice Hegel, el mundo se puso cabeza abajo,14 primero en el sentido de que la cabeza humana y los principios hallados por su pensamiento pretendían valer como fundamento de toda acción y de toda asociación humanas; pero después también en el sentido más amplio de que la realidad que contradecía esos principios fue de hecho vuelta del revés de arriba abajo. Todas las formas anteriores de sociedad y de Estado, todas las ideas heredadas de antiguo fueron arrojadas al trastero por irracionales; hasta entonces el mundo se había dejado guiar únicamente por prejuicios; todo lo pasado no merecía más que compasión y desprecio. Solo ahora despuntaba la luz del día, el reino de la razón; en adelante, la superstición, la injusticia, el privilegio y la opresión debían ser desplazados por la verdad eterna, la justicia eterna, la igualdad fundada en la naturaleza y los derechos inalienables del hombre.
Hoy sabemos que ese reino de la razón no era más que el reino idealizado de la burguesía; que la justicia eterna encontró su realización en la justicia burguesa; que la igualdad desembocó en la igualdad burguesa ante la ley; que como uno de los derechos humanos más esenciales se proclamó… la propiedad burguesa; y que el Estado de la razón, el contrato social de Rousseau, nació y solo podía nacer como república democrática burguesa. Los grandes pensadores del siglo XVIII, como todos sus predecesores, no podían ir más allá de los límites que les había puesto su propia época.
Pero junto al antagonismo entre la nobleza feudal y la burguesía, que se presentaba como representante de todo el resto de la sociedad, existía el antagonismo general entre explotadores y explotados, entre ricos ociosos y pobres que trabajaban. Precisamente esta circunstancia fue la que permitió a los representantes de la burguesía presentarse como representantes no de una clase particular, sino de toda la humanidad doliente. Más aún. Desde su origen, la burguesía cargaba con su contrario: los capitalistas no pueden existir sin obreros asalariados, y en la misma proporción en que el burgués gremial de la Edad Media se convertía en el burgués moderno, el oficial de gremio y el jornalero no agremiado se convertían en proletarios. Y aunque, en términos generales, la burguesía podía pretender que en la lucha contra la nobleza representaba a la vez los intereses de las diversas clases trabajadoras de aquel tiempo, en cada gran movimiento burgués estallaban movimientos independientes de la clase que era la precursora, más o menos desarrollada, del proletariado moderno. Así, en la época de la Reforma y de la guerra de los campesinos alemanes, los anabaptistas y Thomas Münzer; en la gran revolución inglesa, los levellers; en la gran Revolución francesa, Babeuf.15 A estos alzamientos revolucionarios de una clase todavía inmadura correspondían manifestaciones teóricas; en los siglos XVI y XVII, descripciones utópicas de estados sociales ideales; en el XVIII, teorías ya directamente comunistas (Morelly y Mably).16
La exigencia de igualdad no se limitó ya a los derechos políticos, sino que debía extenderse también a la situación social de los individuos; no solo había que abolir los privilegios de clase, sino las diferencias de clase mismas. Un comunismo ascético, que condenaba todo goce de la vida y se inspiraba en Esparta, fue así la primera forma en que apareció la nueva doctrina. Luego vinieron los tres grandes utopistas: Saint-Simon, en quien la tendencia burguesa conservaba todavía cierto peso junto a la proletaria; Fourier, y Owen, que, en el país de la producción capitalista más desarrollada y bajo la impresión de los antagonismos que esta engendraba, desarrolló sistemáticamente sus propuestas para eliminar las diferencias de clase enlazando directamente con el materialismo francés.
Los tres tienen en común que no se presentan como representantes de los intereses del proletariado, que entretanto había producido la historia. Como los ilustrados, no quieren liberar primero a una clase determinada, sino de inmediato a toda la humanidad. Como ellos, quieren instaurar el reino de la razón y de la justicia eterna; pero su reino dista un abismo del de los ilustrados. También el mundo burgués, organizado según los principios de esos ilustrados, es irracional e injusto, y por eso va a parar al mismo cajón de lo reprobable que el feudalismo y todos los estados sociales anteriores. Si hasta ahora la verdadera razón y la verdadera justicia no han reinado en el mundo, es solo porque no se las había conocido debidamente. Faltaba precisamente el hombre genial que ahora ha aparecido y ha descubierto la verdad; que haya aparecido ahora, que la verdad se haya descubierto precisamente ahora, no es un acontecimiento inevitable que se siga necesariamente del encadenamiento del desarrollo histórico, sino pura suerte. Igual podría haber nacido quinientos años antes y habría ahorrado entonces a la humanidad quinientos años de errores, luchas y sufrimientos.
Vimos que los filósofos franceses del siglo XVIII, los que prepararon la revolución, apelaban a la razón como único juez de todo lo existente. Había que establecer un Estado racional, una sociedad racional; todo lo que contradijera a la razón eterna debía eliminarse sin misericordia. Vimos también que esa razón eterna no era en realidad otra cosa que el entendimiento idealizado del ciudadano medio de entonces, que en aquel mismo momento se estaba convirtiendo en burgués. Por eso, cuando la Revolución francesa realizó esa sociedad y ese Estado de la razón, las nuevas instituciones, por racionales que fueran en comparación con la situación anterior, no resultaron en modo alguno absolutamente racionales. El Estado de la razón se había venido abajo por completo. El contrato social de Rousseau había encontrado su realización en el Terror, del que la burguesía, que había perdido la fe en su propia capacidad política, se había refugiado primero en la corrupción del Directorio y finalmente bajo la protección del despotismo napoleónico. La paz eterna prometida se había convertido en una interminable guerra de conquista. A la sociedad de la razón no le había ido mejor. El antagonismo entre ricos y pobres, en lugar de disolverse en el bienestar general, se había agudizado al suprimirse los privilegios gremiales y de otro tipo que lo atenuaban y las instituciones benéficas de la Iglesia que lo suavizaban; la «libertad de la propiedad» respecto de las trabas feudales, ahora convertida en realidad, resultó ser para el pequeño burgués y el pequeño campesino la libertad de vender esa pequeña propiedad, aplastada por la competencia abrumadora del gran capital y de la gran propiedad territorial, precisamente a esos grandes señores, y se convirtió así, para el pequeño burgués y el pequeño campesino, en la libertad respecto de la propiedad; el auge de la industria sobre una base capitalista convirtió la pobreza y la miseria de las masas trabajadoras en condición de vida de la sociedad. El pago al contado se convirtió cada vez más, según la expresión de Carlyle, en el único vínculo de la sociedad.17 El número de delitos aumentaba año tras año. Si los vicios feudales, que antes se exhibían sin pudor a plena luz del día, no habían sido eliminados, sí habían quedado provisionalmente relegados a un segundo plano; en cambio, los vicios burgueses, cultivados hasta entonces solo en secreto, florecieron con tanta mayor exuberancia. El comercio se convirtió cada vez más en estafa. La «fraternidad» de la divisa revolucionaria se realizó en las triquiñuelas y la envidia de la lucha competitiva. La corrupción ocupó el lugar de la opresión violenta, y el dinero el lugar de la espada como primera palanca del poder social. El derecho de pernada pasó de los señores feudales a los fabricantes burgueses. La prostitución se extendió en una medida hasta entonces inaudita. El matrimonio mismo siguió siendo, como antes, la forma legalmente reconocida, la tapadera oficial de la prostitución, y se completaba además con un abundante adulterio. En una palabra, comparadas con las pomposas promesas de los ilustrados, las instituciones sociales y políticas establecidas por el «triunfo de la razón» resultaron ser caricaturas amargamente decepcionantes. Solo faltaban los hombres que dejaran constancia de esa decepción, y llegaron con el cambio de siglo. En 1802 aparecieron las Cartas de Ginebra de Saint-Simon; en 1808 apareció la primera obra de Fourier, aunque la base de su teoría databa ya de 1799; el 1 de enero de 1800 Robert Owen asumió la dirección de New Lanark.18
Pero en esa época el modo de producción capitalista, y con él el antagonismo entre burguesía y proletariado, estaba todavía muy poco desarrollado. La gran industria, que acababa de nacer en Inglaterra, era todavía desconocida en Francia. Pero solo la gran industria desarrolla, por un lado, los conflictos que hacen de una subversión del modo de producción, de la eliminación de su carácter capitalista, una necesidad imperiosa —conflictos no solo entre las clases que ella engendra, sino también entre las fuerzas productivas y las formas de intercambio que ella misma ha creado—; y desarrolla, por otro lado, en esas mismas fuerzas productivas gigantescas, los medios para resolver esos conflictos. Si, por tanto, hacia 1800 los conflictos que nacían del nuevo orden social apenas estaban en formación, eso vale todavía mucho más para los medios de resolverlos. Si las masas desposeídas de París habían podido conquistar por un momento el poder durante el Terror y llevar así a la victoria a la revolución burguesa, incluso contra la propia burguesía, con ello solo habían demostrado lo imposible que era su dominación a la larga en las condiciones de entonces. El proletariado, que apenas empezaba a desprenderse de esas masas desposeídas como núcleo de una nueva clase, todavía del todo incapaz de una acción política independiente, se presentaba como un estamento oprimido y doliente al que, en su incapacidad para valerse por sí mismo, a lo sumo podía ayudarse desde fuera, desde arriba.
Esta situación histórica dominó también a los fundadores del socialismo. Al estado inmaduro de la producción capitalista, a la situación inmadura de las clases, correspondían teorías inmaduras. La solución de los problemas sociales, que todavía permanecía oculta en las relaciones económicas poco desarrolladas, tenía que sacarse de la cabeza. La sociedad no ofrecía más que males; eliminarlos era tarea de la razón pensante. Se trataba de inventar un sistema nuevo y más perfecto de orden social e imponérselo a la sociedad desde fuera, mediante la propaganda y, a ser posible, mediante el ejemplo de experimentos modelo. Estos nuevos sistemas sociales estaban condenados de antemano a la utopía; cuanto más se elaboraban en sus detalles, más tenían que perderse en la pura fantasía.
Dejado esto sentado, no nos detendremos ni un instante más en este aspecto, que pertenece ya enteramente al pasado. Podemos dejar a los tenderos literarios que hurguen solemnemente en esas fantasías, que hoy solo mueven a risa, y que hagan valer la superioridad de su propio modo de pensar sobrio frente a semejante «disparate». Nosotros preferimos alegrarnos de los gérmenes geniales de ideas y de las ideas que asoman por todas partes bajo la envoltura fantástica y para los que esos filisteos están ciegos.
Saint-Simon era hijo de la gran Revolución francesa, a cuyo estallido aún no tenía treinta años.19 La revolución fue la victoria del tercer estado, es decir, de la gran masa de la nación activa en la producción y en el comercio, sobre los estamentos ociosos hasta entonces privilegiados, la nobleza y el clero. Pero la victoria del tercer estado pronto se reveló como la victoria exclusiva de una pequeña parte de ese estamento, como la conquista del poder político por la capa socialmente privilegiada de él, la burguesía poseedora. Y esa burguesía, además, se había desarrollado rápidamente durante la propia revolución mediante la especulación con las tierras confiscadas y luego vendidas de la nobleza y de la Iglesia, así como mediante el fraude a la nación por parte de los proveedores del ejército. Fue precisamente el dominio de estos estafadores el que, bajo el Directorio, llevó a Francia y a la revolución al borde de la ruina y dio con ello a Napoleón el pretexto para su golpe de Estado. Así, en la cabeza de Saint-Simon, el antagonismo entre el tercer estado y los estamentos privilegiados tomó la forma del antagonismo entre «trabajadores» y «ociosos». Los ociosos no eran solo los antiguos privilegiados, sino también todos los que vivían de rentas sin participar en la producción ni en el comercio. Y los «trabajadores» no eran solo los obreros asalariados, sino también los fabricantes, los comerciantes, los banqueros. Que los ociosos habían perdido la capacidad de dirección intelectual y de dominio político era un hecho, y la revolución lo había sellado definitivamente. Que los desposeídos no tenían esa capacidad, eso le parecía a Saint-Simon demostrado por las experiencias del Terror. ¿Quién debía dirigir y gobernar, entonces? Según Saint-Simon, la ciencia y la industria, unidas ambas por un nuevo lazo religioso destinado a restablecer la unidad de las concepciones religiosas rota desde la Reforma: un «nuevo cristianismo», necesariamente místico y rigurosamente jerárquico. Pero la ciencia eran los sabios académicos, y la industria eran, en primer lugar, los burgueses activos, fabricantes, comerciantes, banqueros. Estos burgueses debían convertirse, desde luego, en una especie de funcionarios públicos, de hombres de confianza de la sociedad, pero conservar frente a los obreros una posición de mando y también económicamente privilegiada. En particular, los banqueros estarían llamados a regular toda la producción social mediante la regulación del crédito. Esta concepción correspondía por completo a una época en que en Francia la gran industria, y con ella el antagonismo entre burguesía y proletariado, apenas estaba naciendo. Pero lo que Saint-Simon subraya especialmente es esto: que a él le importa siempre y en todas partes, ante todo, la suerte de «la clase más numerosa y más pobre» (la classe la plus nombreuse et la plus pauvre).
Ya en sus Cartas de Ginebra sienta Saint-Simon el principio de que
«todos los hombres deben trabajar».
En el mismo escrito sabe ya que el reinado del Terror fue el dominio de las masas desposeídas.
«Mirad —les grita— lo que ocurrió en Francia cuando vuestros camaradas gobernaron allí: provocaron el hambre».
Pero concebir la Revolución francesa como una lucha de clases, y no solo entre la nobleza y la burguesía, sino entre la nobleza, la burguesía y los desposeídos, era en 1802 un descubrimiento sumamente genial. En 1816 declara que la política es la ciencia de la producción y predice la absorción completa de la política por la economía. Si aquí el conocimiento de que la situación económica es la base de las instituciones políticas solo aparece en germen, en cambio la transformación del gobierno político sobre los hombres en una administración de cosas y en una dirección de procesos de producción, es decir, la «abolición del Estado» de la que últimamente tanto ruido se ha hecho, está ya claramente formulada.20 Con la misma superioridad sobre sus contemporáneos proclama en 1814, inmediatamente después de la entrada de los aliados en París, y todavía en 1815, durante la guerra de los Cien Días, la alianza de Francia con Inglaterra y, en segundo término, de ambos países con Alemania como única garantía del desarrollo próspero y de la paz de Europa.21 Predicar a los franceses de 1815 la alianza con los vencedores de Waterloo requería, en verdad, tanto valor como visión histórica.
Si en Saint-Simon descubrimos una genial amplitud de miras, gracias a la cual casi todas las ideas no estrictamente económicas de los socialistas posteriores se encuentran en él en germen, en Fourier encontramos una crítica del estado social existente de un ingenio genuinamente francés, pero no por ello menos penetrante.22 Fourier toma la palabra a la burguesía, a sus entusiastas profetas de antes de la revolución y a sus interesados aduladores de después. Pone al descubierto sin piedad la miseria material y moral del mundo burgués; y le opone tanto las relucientes promesas de los antiguos ilustrados sobre una sociedad en la que solo reinaría la razón, sobre una civilización que haría felices a todos, sobre la ilimitada perfectibilidad humana, como las frases embellecedoras de los ideólogos burgueses de su tiempo; demuestra cómo a la frase más altisonante corresponde siempre la realidad más miserable, y cubre de mordaz sarcasmo este fiasco irremediable de la frase. Fourier no es solo un crítico; su naturaleza siempre alegre hace de él un satírico, y uno de los más grandes satíricos de todos los tiempos. Describe con tanta maestría como gracia la especulación fraudulenta que floreció con el declive de la revolución, así como el espíritu mezquino de tendero que dominaba entonces el comercio francés. Todavía más magistral es su crítica de la forma burguesa de las relaciones entre los sexos y de la posición de la mujer en la sociedad burguesa. Es el primero en decir que en una sociedad dada el grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general. Pero donde Fourier aparece más grandioso es en su concepción de la historia de la sociedad. Divide todo su curso anterior en cuatro fases de desarrollo: salvajismo, patriarcado, barbarie y civilización, esta última coincidente con lo que hoy se llama sociedad burguesa, es decir, con el orden social implantado desde el siglo XVI, y demuestra
«que el orden civilizado eleva cada uno de los vicios que la barbarie practica de manera simple a una forma de existencia compuesta, ambigua, equívoca, hipócrita»;
que la civilización se mueve en un «círculo vicioso», en contradicciones que reproduce constantemente sin poder superarlas, de modo que alcanza siempre lo contrario de lo que quiere alcanzar o pretende querer conseguir. De modo que, por ejemplo,
«en la civilización la pobreza nace de la abundancia misma».
Fourier, como se ve, maneja la dialéctica con la misma maestría que su contemporáneo Hegel. Con la misma dialéctica subraya, frente a la palabrería sobre la perfectibilidad humana ilimitada, que cada fase histórica tiene su rama ascendente, pero también su rama descendente, y aplica también esta concepción al futuro de la humanidad entera. Así como Kant introdujo en la ciencia natural la futura desaparición de la Tierra, Fourier introduce en la consideración de la historia la futura desaparición de la humanidad.
Mientras en Francia el huracán de la revolución barría el país, en Inglaterra se producía una transformación más silenciosa, pero no por ello menos poderosa. El vapor y la nueva maquinaria-herramienta transformaron la manufactura en la gran industria moderna y revolucionaron con ello todo el fundamento de la sociedad burguesa. El desarrollo soñoliento del periodo manufacturero se convirtió en un verdadero periodo de Sturm und Drang de la producción.23 Con una rapidez siempre creciente se consumaba la división de la sociedad en grandes capitalistas y proletarios desposeídos, entre los cuales, en lugar de la antigua clase media estable, llevaba ahora una existencia vacilante una masa inestable de artesanos y pequeños comerciantes, la parte más fluctuante de la población. El nuevo modo de producción se encontraba todavía al comienzo de su rama ascendente; todavía era el modo de producción normal, regular, el único posible en esas circunstancias. Pero ya entonces producía males sociales clamorosos: hacinamiento de una población sin hogar en las peores viviendas de las grandes ciudades; disolución de todos los lazos heredados de la costumbre, de la subordinación patriarcal, de la familia; exceso de trabajo, sobre todo de las mujeres y los niños, en una medida espantosa; desmoralización masiva de la clase trabajadora, arrojada de golpe a condiciones completamente nuevas, del campo a la ciudad, de la agricultura a la industria, de unas condiciones de vida estables a otras inseguras que cambiaban cada día. Entonces apareció como reformador un fabricante de veintinueve años, un hombre de una sencillez de carácter infantil hasta lo sublime y, al mismo tiempo, un conductor de hombres nato como pocos. Robert Owen había hecho suya la doctrina de los ilustrados materialistas según la cual el carácter del hombre es el producto, por un lado, de su organización innata y, por otro, de las circunstancias que lo rodean durante su vida, y sobre todo durante el periodo de su desarrollo. En la revolución industrial la mayoría de los hombres de su posición solo veían confusión y caos, buenos para pescar en río revuelto y enriquecerse deprisa. Él vio en ella la ocasión de aplicar su principio favorito y poner así orden en el caos. Ya lo había intentado con éxito en Mánchester como director de una fábrica de más de quinientos obreros; de 1800 a 1829 dirigió con el mismo espíritu, como socio gerente, la gran hilatura de algodón de New Lanark, en Escocia, solo que con mayor libertad de acción y con un éxito que le valió fama europea. Una población que llegó poco a poco a las 2.500 personas, compuesta en origen por los elementos más heterogéneos y en su mayor parte muy desmoralizados, la transformó en una colonia modelo completa, en la que la embriaguez, la policía, los jueces penales, los pleitos, la asistencia a los pobres y la necesidad de beneficencia eran cosas desconocidas. Y ello sencillamente poniendo a la gente en circunstancias más dignas del ser humano y, sobre todo, haciendo educar cuidadosamente a la generación que crecía. Fue el inventor de las escuelas de párvulos y las implantó aquí por primera vez. Desde los dos años los niños iban a la escuela, donde se divertían tanto que costaba llevarlos de vuelta a casa. Mientras sus competidores hacían trabajar trece o catorce horas diarias, en New Lanark se trabajaba solo diez horas y media. Cuando una crisis del algodón obligó a parar cuatro meses, se siguió pagando el salario completo a los obreros parados. Y con todo ello la empresa había más que duplicado su valor y hasta el final dio a sus propietarios abundantes ganancias.
Con todo esto Owen no estaba satisfecho. La existencia que había creado para sus obreros no era a sus ojos, ni mucho menos, digna del ser humano;
«aquella gente eran mis esclavos»;
las circunstancias relativamente favorables en que los había puesto estaban todavía muy lejos de permitir un desarrollo racional y completo del carácter y del entendimiento, y no digamos una actividad vital libre.
«Y sin embargo, la parte trabajadora de esas 2.500 personas producía para la sociedad tanta riqueza real como apenas medio siglo antes habría podido producir una población de 600.000. Me pregunté: ¿qué se hace de la diferencia entre la riqueza consumida por 2.500 personas y la que habrían tenido que consumir las 600.000?»
La respuesta era clara. Se había empleado en dar a los propietarios de la empresa un 5 % de interés sobre el capital invertido y, además, más de 300.000 libras esterlinas (6.000.000 de marcos) de ganancia. Y lo que valía para New Lanark valía en medida todavía mayor para todas las fábricas de Inglaterra.
«Sin esta nueva riqueza creada por las máquinas no habrían podido llevarse a cabo las guerras para derribar a Napoleón y mantener los principios aristocráticos de la sociedad. Y, sin embargo, este nuevo poder era creación de la clase obrera».24
A ella le pertenecían, por tanto, también sus frutos. Las nuevas y poderosas fuerzas productivas, que hasta entonces solo habían servido para enriquecer a unos pocos y esclavizar a las masas, ofrecían para Owen la base de una reconstrucción de la sociedad y estaban destinadas a trabajar, como propiedad común de todos, únicamente para el bienestar común de todos.
De esta manera puramente comercial, como fruto, por así decirlo, del cálculo mercantil, nació el comunismo de Owen. Y conserva siempre ese mismo carácter orientado a lo práctico. Así, en 1823 Owen propuso remediar la miseria irlandesa mediante colonias comunistas y adjuntó cálculos completos de los costes de instalación, los gastos anuales y los ingresos previsibles. Así, en su plan definitivo para el futuro, la elaboración técnica de los detalles, incluidos planta, alzado y vista a vuelo de pájaro, está hecha con tal conocimiento de causa que, una vez admitido el método de Owen de reforma social, poco puede objetarse a la organización de los detalles, incluso desde el punto de vista del especialista.
El paso al comunismo fue el punto de inflexión de la vida de Owen. Mientras se había presentado como simple filántropo, no había cosechado más que riqueza, aplausos, honores y gloria. Era el hombre más popular de Europa. No solo los hombres de su posición, también los estadistas y los príncipes lo escuchaban con aprobación. Pero cuando salió a la luz con sus teorías comunistas, las cosas cambiaron. Tres grandes obstáculos le parecían cerrar ante todo el camino a la reforma social: la propiedad privada, la religión y la forma actual del matrimonio. Sabía lo que le esperaba si los atacaba: la proscripción general por parte de la sociedad oficial, la pérdida de toda su posición social. Pero no se dejó detener y los atacó sin contemplaciones, y ocurrió lo que había previsto. Desterrado de la sociedad oficial, silenciado por la prensa, empobrecido por fracasados experimentos comunistas en América en los que sacrificó toda su fortuna,25 se dirigió directamente a la clase obrera y siguió actuando en medio de ella treinta años más. Todos los movimientos sociales, todos los progresos reales que se lograron en Inglaterra en interés de los obreros van unidos al nombre de Owen. Así, en 1819, tras cinco años de esfuerzos, consiguió que se aprobara la primera ley que limitaba el trabajo de las mujeres y los niños en las fábricas.26 Así, presidió el primer congreso en el que las trade unions de toda Inglaterra se unieron en una única gran organización sindical.27 Así, como medidas de transición hacia la organización plenamente comunista de la sociedad, introdujo por un lado las sociedades cooperativas (de consumo y de producción), que desde entonces han demostrado al menos en la práctica que tanto el comerciante como el fabricante son personas perfectamente prescindibles; y, por otro, los bazares del trabajo, establecimientos para el intercambio de productos del trabajo por medio de un papel moneda de trabajo cuya unidad era la hora de trabajo;28 establecimientos que necesariamente tenían que fracasar, pero que anticiparon por completo el banco de cambio de Proudhon, muy posterior, aunque se diferenciaban de él precisamente en que no pretendían ser la panacea de todos los males sociales, sino solo un primer paso hacia una transformación mucho más radical de la sociedad.
La manera de ver de los utopistas ha dominado durante mucho tiempo las ideas socialistas del siglo XIX, y en parte las sigue dominando. Hasta hace muy poco le rendían homenaje todos los socialistas franceses e ingleses, y a ella pertenece también el antiguo comunismo alemán, incluido Weitling.29 Para todos ellos el socialismo es la expresión de la verdad, la razón y la justicia absolutas, y basta con descubrirlo para que conquiste el mundo por su propia fuerza; y como la verdad absoluta es independiente del tiempo, del espacio y del desarrollo histórico de la humanidad, es mera casualidad cuándo y dónde se descubra. Pero además la verdad, la razón y la justicia absolutas son distintas en cada fundador de escuela; y como en cada uno la clase particular de verdad, razón y justicia absolutas depende a su vez de su entendimiento subjetivo, de sus condiciones de vida, de la medida de sus conocimientos y de su formación intelectual, en este conflicto de verdades absolutas no cabe otra solución que la de que se vayan desgastando unas con otras. Y de ahí no podía salir más que una especie de socialismo ecléctico de término medio, como el que de hecho reina hasta hoy en la cabeza de la mayoría de los obreros socialistas de Francia e Inglaterra: una mezcla, que admite los matices más variados, de las manifestaciones críticas menos chocantes, de los principios económicos y de las ideas sobre la sociedad futura de los diversos fundadores de sectas; una mezcla que se logra tanto más fácilmente cuanto más se les han limado a sus componentes, en la corriente del debate, las aristas de la precisión, como a los cantos rodados en el arroyo. Para hacer del socialismo una ciencia, había que ponerlo primero sobre un terreno real.
II
Entretanto, junto a la filosofía francesa del siglo XVIII y después de ella, había surgido la nueva filosofía alemana, que culminó en Hegel.30 Su mayor mérito fue recuperar la dialéctica como la forma más alta del pensamiento. Los antiguos filósofos griegos eran todos dialécticos natos, espontáneos, y la cabeza más universal de entre ellos, Aristóteles, había estudiado ya las formas más esenciales del pensamiento dialéctico. La filosofía moderna, en cambio, aunque también tuvo en la dialéctica brillantes representantes (por ejemplo, Descartes y Spinoza), se había ido encallando cada vez más, sobre todo por influencia inglesa, en el llamado modo de pensar metafísico, que dominó también casi por completo a los franceses del siglo XVIII, al menos en sus trabajos propiamente filosóficos. Fuera de la filosofía en sentido estricto fueron igualmente capaces de producir obras maestras de la dialéctica; baste recordar El sobrino de Rameau, de Diderot, y el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, de Rousseau. Expondremos aquí brevemente lo esencial de ambos métodos de pensamiento.
Cuando sometemos a la consideración del pensamiento la naturaleza, o la historia humana, o nuestra propia actividad intelectual, se nos ofrece primero la imagen de una trama infinita de conexiones y de acciones recíprocas en la que nada permanece lo que era, donde y como era, sino que todo se mueve, cambia, nace y perece. Vemos, pues, primero la imagen de conjunto, en la que los detalles quedan todavía más o menos en segundo plano; nos fijamos más en el movimiento, en las transiciones, en las conexiones, que en lo que se mueve, pasa y está conectado. Esta concepción del mundo, originaria, ingenua, pero correcta en el fondo, es la de la antigua filosofía griega, y la formuló claramente por primera vez Heráclito: todo es y a la vez no es, pues todo fluye, todo está en constante cambio, en constante nacer y perecer.31 Pero esta concepción, por acertadamente que capte el carácter general de la imagen de conjunto de los fenómenos, no basta para explicar los detalles de que se compone esa imagen de conjunto; y mientras no los conozcamos, tampoco tendremos clara la imagen de conjunto. Para conocer esos detalles tenemos que sacarlos de su conexión natural o histórica y estudiarlos uno por uno, según su naturaleza, sus causas y efectos particulares, etc. Esta es, en primer lugar, la tarea de la ciencia natural y de la investigación histórica, ramas de la investigación que, por muy buenas razones, solo ocupaban un rango subordinado entre los griegos de la época clásica, porque estos tenían antes que nada que reunir el material. Solo después de que el material natural e histórico se ha acumulado hasta cierto punto puede emprenderse el examen crítico, la comparación o la división en clases, órdenes y especies. Por eso los comienzos de la investigación exacta de la naturaleza solo aparecen con los griegos del periodo alejandrino, y más tarde, en la Edad Media, los desarrollan los árabes; una ciencia natural verdadera no data, sin embargo, sino de la segunda mitad del siglo XV, y desde entonces ha avanzado a una velocidad siempre creciente. La descomposición de la naturaleza en sus distintas partes, la separación de los diversos procesos y objetos naturales en clases determinadas, el estudio del interior de los cuerpos orgánicos en sus múltiples formaciones anatómicas fueron la condición fundamental de los gigantescos progresos que nos han traído los últimos cuatrocientos años en el conocimiento de la naturaleza. Pero nos han dejado también la costumbre de concebir las cosas y los procesos naturales aislados, fuera de la gran conexión de conjunto; por tanto, no en su movimiento, sino en su reposo; no como esencialmente cambiantes, sino como fijos; no en su vida, sino en su muerte. Y cuando, como ocurrió con Bacon y Locke, este modo de ver pasó de la ciencia natural a la filosofía, creó la estrechez de miras específica de los últimos siglos: el modo de pensar metafísico.
Para el metafísico, las cosas y sus reflejos en el pensamiento, los conceptos, son objetos de estudio aislados, que hay que considerar uno tras otro y uno sin el otro, fijos, rígidos, dados de una vez para siempre. Piensa en puras antítesis sin mediación; su lenguaje es: sí, sí; no, no; y lo que pasa de ahí viene del mal.32 Para él, una cosa o existe o no existe: una cosa no puede ser a la vez ella misma y otra distinta. Lo positivo y lo negativo se excluyen absolutamente; causa y efecto se oponen también de manera rígida. Este modo de pensar nos parece a primera vista sumamente convincente porque es el del llamado sentido común. Pero el sentido común, por respetable compañero que sea en el ámbito casero de sus cuatro paredes, vive aventuras de lo más asombrosas en cuanto se atreve a salir al ancho mundo de la investigación; y el modo de ver metafísico, por legítimo y aun necesario que sea en terrenos más o menos extensos según la naturaleza del objeto, tropieza siempre, tarde o temprano, con un límite más allá del cual se vuelve unilateral, estrecho, abstracto, y se pierde en contradicciones insolubles, porque ante las cosas singulares olvida su conexión; ante su ser, su nacer y perecer; ante su reposo, su movimiento; porque los árboles no le dejan ver el bosque. En los casos de todos los días sabemos, por ejemplo, y podemos decir con seguridad si un animal existe o no; pero si lo examinamos con más detenimiento, encontramos que a veces es un asunto sumamente enrevesado, como bien saben los juristas, que se han atormentado en vano por descubrir un límite racional a partir del cual matar al niño en el seno materno es asesinato; y es igual de imposible fijar el momento de la muerte, pues la fisiología demuestra que la muerte no es un acontecimiento único e instantáneo, sino un proceso muy prolongado. Del mismo modo, todo ser orgánico es en cada instante el mismo y no el mismo; en cada instante asimila sustancias aportadas desde fuera y elimina otras, en cada instante mueren células de su cuerpo y se forman otras nuevas; al cabo de un tiempo más o menos largo, la materia de ese cuerpo se ha renovado por completo, ha sido sustituida por otros átomos de materia, de modo que todo ser organizado es siempre el mismo y, sin embargo, otro. También encontramos, si miramos con más detenimiento, que los dos polos de una antítesis, como lo positivo y lo negativo, son tan inseparables como opuestos, y que a pesar de toda su oposición se penetran mutuamente; y asimismo, que causa y efecto son representaciones que solo valen como tales aplicadas al caso singular, pero que, en cuanto consideramos ese caso singular en su conexión general con el conjunto del mundo, confluyen, se disuelven en la concepción de la acción recíproca universal, en la que causas y efectos cambian constantemente de lugar, y lo que ahora o aquí es efecto, allí o después se convierte en causa, y a la inversa.
Ninguno de estos procesos y métodos de pensamiento cabe en el marco del pensar metafísico. Para la dialéctica, en cambio, que concibe las cosas y sus reflejos conceptuales esencialmente en su conexión, en su encadenamiento, en su movimiento, en su nacer y perecer, procesos como los citados son otras tantas confirmaciones de su propio método. La naturaleza es la piedra de toque de la dialéctica, y hay que reconocer a la ciencia natural moderna que ha aportado para esa prueba un material extraordinariamente rico, que aumenta cada día, y ha demostrado con ello que en la naturaleza, en última instancia, las cosas ocurren dialéctica y no metafísicamente, que la naturaleza no se mueve en la eterna monotonía de un círculo siempre repetido, sino que tiene una historia real. Aquí hay que citar ante todo a Darwin, que asestó a la concepción metafísica de la naturaleza el golpe más fuerte al demostrar que toda la naturaleza orgánica actual, las plantas y los animales y, con ellos, también el hombre, es el producto de un proceso de desarrollo continuado durante millones de años. Pero como hasta ahora se pueden contar con los dedos los naturalistas que han aprendido a pensar dialécticamente, de este conflicto entre los resultados descubiertos y el modo de pensar heredado se explica la confusión sin límites que reina hoy en la ciencia natural teórica y que lleva a la desesperación a maestros y alumnos, a autores y lectores.
Una representación exacta del conjunto del mundo, de su desarrollo y del de la humanidad, así como del reflejo de ese desarrollo en las cabezas de los hombres, solo puede lograrse, por tanto, por la vía dialéctica, atendiendo constantemente a las acciones recíprocas generales del nacer y el perecer, de los cambios progresivos o regresivos. Y en este sentido se presentó desde el primer momento la nueva filosofía alemana. Kant empezó su carrera disolviendo el estable sistema solar de Newton y su duración eterna —una vez dado el famoso primer impulso— en un proceso histórico: en el nacimiento del Sol y de todos los planetas a partir de una masa nebulosa en rotación. Y sacó ya la conclusión de que con ese nacimiento estaba también necesariamente dada la futura desaparición del sistema solar. Medio siglo después, Laplace fundamentó matemáticamente su opinión, y otro medio siglo más tarde el espectroscopio demostró la existencia en el espacio de esas masas gaseosas incandescentes en diversos grados de condensación.33
Esta nueva filosofía alemana culminó en el sistema de Hegel, en el que por primera vez —y ese es su gran mérito— se presenta todo el mundo natural, histórico y espiritual como un proceso, es decir, como sujeto a constante movimiento, cambio, transformación y desarrollo, y se intenta demostrar la conexión interna de ese movimiento y desarrollo. Desde este punto de vista, la historia de la humanidad ya no aparecía como un caos salvaje de violencias sin sentido, todas igualmente condenables ante el tribunal de la razón filosófica, ahora madura, y que lo mejor es olvidar cuanto antes, sino como el proceso de desarrollo de la humanidad misma, cuya marcha gradual a través de todos los extravíos había que seguir, y cuya regularidad interna a través de todas las casualidades aparentes había que demostrar: esa pasaba a ser ahora la tarea del pensamiento.
Que el sistema de Hegel no resolviera la tarea que se había propuesto es aquí indiferente. Su mérito, que hizo época, fue habérsela planteado. Es, en efecto, una tarea que ningún individuo podrá resolver jamás. Aunque Hegel fue —junto con Saint-Simon— la cabeza más universal de su tiempo, estaba limitado, en primer lugar, por la extensión necesariamente limitada de sus propios conocimientos y, en segundo lugar, por los conocimientos y las concepciones de su época, igualmente limitados en extensión y en profundidad. Pero a esto se añadía una tercera cosa. Hegel era idealista, es decir, para él los pensamientos de su cabeza no eran los reflejos más o menos abstractos de las cosas y los procesos reales, sino que, a la inversa, las cosas y su desarrollo solo eran para él los reflejos realizados de la «Idea», que existía de algún modo ya antes del mundo. Con ello todo quedaba puesto cabeza abajo y la conexión real del mundo completamente invertida. Y por eso, por acertadas y geniales que fueran muchas de las conexiones particulares que Hegel captó, por las razones indicadas también en el detalle tenía que salir mucho chapucero, artificioso, construido; en una palabra, falso. El sistema de Hegel como tal fue un aborto colosal, pero también el último de su especie. Padecía, en efecto, de una contradicción interna incurable: por un lado, tenía como supuesto esencial la concepción histórica según la cual la historia humana es un proceso de desarrollo que, por su naturaleza, no puede encontrar su conclusión intelectual en el descubrimiento de una llamada verdad absoluta; pero, por otro, pretendía ser la suma y compendio precisamente de esa verdad absoluta. Un sistema de conocimiento de la naturaleza y de la historia que lo abarque todo y quede cerrado de una vez para siempre está en contradicción con las leyes fundamentales del pensamiento dialéctico; lo cual no excluye en modo alguno, sino que, al contrario, implica, que el conocimiento sistemático de todo el mundo exterior pueda dar pasos gigantescos de generación en generación.
La comprensión de que el idealismo alemán anterior estaba completamente invertido condujo necesariamente al materialismo, pero, bien entendido, no al materialismo puramente metafísico, exclusivamente mecánico, del siglo XVIII.34 Frente al rechazo simple, ingenuamente revolucionario, de toda la historia anterior, el materialismo moderno ve en la historia el proceso de desarrollo de la humanidad, cuyas leyes de movimiento tiene la tarea de descubrir. Frente a la concepción de la naturaleza, que dominaba tanto entre los franceses del siglo XVIII como todavía en Hegel, como un todo siempre igual a sí mismo que se movía en estrechos ciclos, con cuerpos celestes eternos, como había enseñado Newton, y con especies invariables de seres orgánicos, como había enseñado Linneo,35 el materialismo moderno resume los progresos recientes de la ciencia natural, según los cuales también la naturaleza tiene su historia en el tiempo: los cuerpos celestes, como las especies de los organismos que los habitan en condiciones favorables, nacen y perecen, y los ciclos, en la medida en que siguen siendo admisibles, adquieren dimensiones infinitamente más grandiosas. En ambos casos es esencialmente dialéctico y ya no necesita una filosofía que esté por encima de las demás ciencias. En cuanto se plantea a cada ciencia particular la exigencia de aclararse sobre su lugar en la conexión de conjunto de las cosas y del conocimiento de las cosas, sobra cualquier ciencia particular de la conexión de conjunto. Lo que entonces sigue subsistiendo de manera independiente de toda la filosofía anterior es la doctrina del pensamiento y de sus leyes: la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás queda absorbido en la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia.
Pero mientras que el cambio en la concepción de la naturaleza solo podía consumarse en la medida en que la investigación suministraba el correspondiente material positivo de conocimiento, mucho antes se habían impuesto ya hechos históricos que provocaron un giro decisivo en la concepción de la historia. En 1831 se produjo en Lyon el primer levantamiento obrero; de 1838 a 1842, el primer movimiento obrero nacional, el de los cartistas ingleses, alcanzó su punto culminante.36 La lucha de clases entre proletariado y burguesía pasó al primer plano de la historia de los países más avanzados de Europa, en la misma medida en que allí se desarrollaban, por un lado, la gran industria y, por otro, la dominación política recién conquistada por la burguesía. Las doctrinas de la economía burguesa sobre la identidad de intereses entre el capital y el trabajo, sobre la armonía general y el bienestar general del pueblo como consecuencia de la libre competencia, quedaban desmentidas por los hechos de manera cada vez más contundente. Todas estas cosas no podían ya descartarse, como tampoco el socialismo francés e inglés, que era su expresión teórica, aunque sumamente imperfecta. Pero la vieja concepción idealista de la historia, que todavía no había sido desplazada, no conocía luchas de masas basadas en intereses materiales; no conocía, en general, intereses materiales; la producción, como todas las relaciones económicas, solo aparecía en ella de pasada, como elemento subordinado de la «historia de la cultura».
Los nuevos hechos obligaron a someter toda la historia anterior a un nuevo examen, y entonces se vio que toda la historia anterior, con excepción de los estados primitivos, era la historia de luchas de clases; que esas clases sociales en lucha entre sí son en cada caso producto de las relaciones de producción y de intercambio, en una palabra, de las relaciones económicas de su época; que, por tanto, la estructura económica de la sociedad en cada caso constituye la base real a partir de la cual hay que explicar en última instancia toda la superestructura de las instituciones jurídicas y políticas, así como de las formas de representación religiosas, filosóficas y de otra índole de cada periodo histórico. Hegel había liberado de la metafísica la concepción de la historia, la había hecho dialéctica, pero su concepción de la historia era esencialmente idealista. Ahora el idealismo quedaba expulsado de su último refugio, de la concepción de la historia; se había dado una concepción materialista de la historia y se había encontrado el camino para explicar la conciencia de los hombres por su ser, en lugar de explicar, como hasta entonces, su ser por su conciencia.
En consecuencia, el socialismo ya no aparecía como el descubrimiento casual de tal o cual cabeza genial, sino como el producto necesario de la lucha entre dos clases nacidas históricamente, el proletariado y la burguesía. Su tarea ya no era fabricar un sistema de sociedad lo más perfecto posible, sino estudiar el proceso histórico y económico del que habían surgido necesariamente esas clases y su antagonismo, y descubrir en la situación económica así creada los medios para resolver el conflicto. Pero con esta concepción materialista era tan incompatible el socialismo anterior como la concepción de la naturaleza del materialismo francés lo era con la dialéctica y con la ciencia natural moderna. El socialismo anterior criticaba, sin duda, el modo de producción capitalista existente y sus consecuencias, pero no podía explicarlo y, por tanto, tampoco acabar con él; solo podía rechazarlo sin más como malo. Cuanto más violentamente clamaba contra la explotación de la clase obrera, inseparable de ese modo de producción, menos capaz era de indicar con claridad en qué consistía esa explotación y cómo nacía. Pero se trataba, por un lado, de exponer el modo de producción capitalista en su conexión histórica y en su necesidad para un periodo histórico determinado, y por tanto también la necesidad de su desaparición; y, por otro, de poner al descubierto también su carácter interno, que seguía oculto. Esto se logró con el descubrimiento de la plusvalía.37 Se demostró que la apropiación de trabajo no pagado es la forma fundamental del modo de producción capitalista y de la explotación del obrero que con él se lleva a cabo; que el capitalista, aun cuando compre la fuerza de trabajo de su obrero por todo el valor que esta tiene como mercancía en el mercado, le saca más valor del que ha pagado por ella; y que esa plusvalía constituye en última instancia la suma de valor con la que se acumula la masa de capital, siempre creciente, en manos de las clases poseedoras. Quedaba explicado el proceso tanto de la producción capitalista como de la producción de capital.
Estos dos grandes descubrimientos, la concepción materialista de la historia y la revelación del secreto de la producción capitalista mediante la plusvalía, se los debemos a Marx. Con ellos el socialismo se convirtió en una ciencia, que ahora se trata ante todo de seguir elaborando en todos sus detalles y conexiones.
III
La concepción materialista de la historia parte del principio de que la producción, y junto a la producción el intercambio de sus productos, es la base de todo orden social; de que en toda sociedad que aparece en la historia la distribución de los productos, y con ella la articulación social en clases o estamentos, se rige por lo que se produce y por cómo se produce, y por cómo se intercambia lo producido. Según esto, las causas últimas de todos los cambios sociales y de todas las revoluciones políticas no deben buscarse en la cabeza de los hombres, en su creciente comprensión de la verdad y la justicia eternas, sino en los cambios del modo de producción y de intercambio; no deben buscarse en la filosofía, sino en la economía de la época de que se trate. La comprensión naciente de que las instituciones sociales existentes son irracionales e injustas, de que la razón se ha vuelto sinrazón y el beneficio, tormento,38 no es más que un indicio de que en los métodos de producción y en las formas de intercambio se han producido calladamente cambios con los que ya no concuerda el orden social cortado a la medida de condiciones económicas anteriores. Con ello queda dicho al mismo tiempo que los medios para eliminar los males descubiertos tienen que estar presentes también, más o menos desarrollados, en las propias relaciones de producción modificadas. Esos medios no hay que inventarlos con la cabeza, sino descubrirlos por medio de la cabeza en los hechos materiales de la producción que tenemos delante.
¿Qué ocurre, según esto, con el socialismo moderno?
El orden social existente —esto se admite hoy de manera bastante general— lo ha creado la clase actualmente dominante, la burguesía. El modo de producción propio de la burguesía, designado desde Marx con el nombre de modo de producción capitalista, era incompatible con los privilegios locales y estamentales, así como con los lazos personales recíprocos del orden feudal; la burguesía destrozó el orden feudal y levantó sobre sus ruinas la constitución burguesa de la sociedad, el reino de la libre competencia, de la libertad de residencia y de movimiento, de la igualdad de derechos de los poseedores de mercancías y de todas las demás maravillas burguesas. El modo de producción capitalista podía desarrollarse ahora libremente. Las relaciones de producción elaboradas bajo la dirección de la burguesía se desarrollaron, desde que el vapor y la nueva maquinaria-herramienta transformaron la vieja manufactura en gran industria, con una rapidez y en una medida hasta entonces inauditas. Pero así como en su tiempo la manufactura, y el artesanado que se había desarrollado bajo su influencia, entraron en conflicto con las trabas feudales de los gremios, así la gran industria, en su desarrollo más pleno, entra en conflicto con los límites dentro de los cuales la mantiene encerrada el modo de producción capitalista. Las nuevas fuerzas productivas han desbordado ya la forma burguesa de su aprovechamiento; y este conflicto entre fuerzas productivas y modo de producción no es un conflicto nacido en la cabeza de los hombres, como el del pecado original humano con la justicia divina, sino que existe en los hechos, objetivamente, fuera de nosotros, independientemente de la voluntad o de los afanes incluso de los hombres que lo han provocado.39 El socialismo moderno no es más que el reflejo en el pensamiento de este conflicto real, su reflejo ideal en las cabezas, en primer lugar, de la clase que lo sufre directamente: la clase obrera.
¿En qué consiste, pues, este conflicto?
Antes de la producción capitalista, es decir, en la Edad Media, existía en general la pequeña explotación basada en la propiedad privada de los trabajadores sobre sus medios de producción: la agricultura de los pequeños campesinos, libres o siervos, y el artesanado de las ciudades. Los medios de trabajo —la tierra, los aperos de labranza, el taller, las herramientas del artesano— eran medios de trabajo del individuo, calculados solo para el uso individual, y por tanto necesariamente mezquinos, diminutos, limitados. Pero precisamente por eso pertenecían, por regla general, al propio productor. Concentrar, ampliar esos medios de producción dispersos y estrechos, convertirlos en las poderosas palancas de la producción actual, fue precisamente el papel histórico del modo de producción capitalista y de su portadora, la burguesía. Cómo lo llevó a cabo históricamente desde el siglo XV, en las tres etapas de la cooperación simple, la manufactura y la gran industria, lo ha descrito Marx detalladamente en la sección cuarta de El capital. Pero la burguesía, como allí se demuestra también, no podía transformar esos medios de producción limitados en poderosas fuerzas productivas sin convertirlos de medios de producción del individuo en medios de producción sociales, que solo puede emplear un conjunto de hombres. En lugar de la rueca, del telar de mano, del martillo del herrero, aparecieron la máquina de hilar, el telar mecánico, el martillo de vapor; en lugar del taller individual, la fábrica, que impone la cooperación de cientos y miles de personas. Y lo mismo que los medios de producción, la producción misma se transformó de una serie de actos individuales en una serie de actos sociales, y los productos, de productos de individuos en productos sociales. El hilo, el tejido, los artículos de metal que salían ahora de la fábrica eran el producto común de muchos obreros, por cuyas manos tenían que pasar sucesivamente antes de estar terminados. Ninguno de ellos podía decir: esto lo he hecho yo, esto es mi producto.
Pero allí donde la forma fundamental de la producción es la división del trabajo dentro de la sociedad, surgida espontáneamente, sin plan y poco a poco, esa división imprime a los productos la forma de mercancías, cuyo intercambio mutuo, compra y venta, permite a los productores individuales satisfacer sus múltiples necesidades. Y este era el caso en la Edad Media. El campesino, por ejemplo, vendía productos agrícolas al artesano y le compraba a cambio productos de su oficio. En esta sociedad de productores individuales, de productores de mercancías, se introdujo entonces el nuevo modo de producción. En medio de la división del trabajo espontánea, sin plan, que reinaba en toda la sociedad, implantó la división del trabajo planificada, tal como estaba organizada en la fábrica individual; junto a la producción individual apareció la producción social. Los productos de ambas se vendían en el mismo mercado y, por tanto, a precios al menos aproximadamente iguales. Pero la organización planificada era más poderosa que la división del trabajo espontánea; las fábricas que trabajaban socialmente producían sus artículos más baratos que los pequeños productores aislados. La producción individual sucumbió en un terreno tras otro; la producción social revolucionó todo el antiguo modo de producción. Pero este carácter revolucionario suyo se reconoció tan poco que, al contrario, se la introdujo como medio para elevar y fomentar la producción de mercancías. Nació enlazando directamente con determinadas palancas, ya existentes, de la producción y el intercambio de mercancías: el capital comercial, el artesanado, el trabajo asalariado. Como ella misma se presentó como una nueva forma de la producción de mercancías, las formas de apropiación de la producción de mercancías siguieron plenamente vigentes también para ella.
En la producción de mercancías, tal como se había desarrollado en la Edad Media, ni siquiera podía surgir la cuestión de a quién debía pertenecer el producto del trabajo. El productor individual lo había fabricado, por regla general, con materia prima suya, a menudo producida por él mismo, con sus propios medios de trabajo y con su propio trabajo manual o el de su familia. No necesitaba apropiárselo; le pertenecía por sí mismo. La propiedad del producto se basaba, pues, en el trabajo propio. Incluso cuando se empleaba ayuda ajena, esta era por regla general secundaria y a menudo recibía, además del salario, otra retribución: el aprendiz y el oficial del gremio trabajaban menos por la comida y el salario que por su propia formación para llegar a maestros. Llegó entonces la concentración de los medios de producción en grandes talleres y manufacturas, su transformación en medios de producción de hecho sociales. Pero los medios de producción y los productos sociales se trataron como si siguieran siendo, igual que antes, los medios de producción y los productos de individuos. Si hasta entonces el poseedor de los medios de trabajo se había apropiado el producto porque, por regla general, era su propio producto y el trabajo auxiliar ajeno era la excepción, ahora el poseedor de los medios de trabajo siguió apropiándose el producto aunque ya no era su producto, sino exclusivamente producto del trabajo ajeno. Así, los productos, ahora producidos socialmente, no se los apropiaban quienes habían puesto realmente en movimiento los medios de producción y habían producido realmente los productos, sino el capitalista. Los medios de producción y la producción se han vuelto esencialmente sociales. Pero se los somete a una forma de apropiación que tiene como supuesto la producción privada de individuos, en la que cada cual posee su propio producto y lo lleva al mercado. El modo de producción queda sometido a esta forma de apropiación, aunque suprime el supuesto de esta.40 En esta contradicción, que confiere al nuevo modo de producción su carácter capitalista, está ya en germen toda la colisión del presente. Cuanto más se imponía el nuevo modo de producción en todos los campos decisivos de la producción y en todos los países económicamente decisivos, desplazando así la producción individual hasta reducirla a restos insignificantes, tanto más crudamente tenía que salir a la luz la incompatibilidad entre la producción social y la apropiación capitalista.
Los primeros capitalistas encontraron ya, como hemos dicho, la forma del trabajo asalariado. Pero el trabajo asalariado como excepción, como ocupación accesoria, como ayuda, como situación de paso. El jornalero del campo que iba a trabajar a jornal de vez en cuando tenía sus pocas fanegas de tierra propia, de las que en caso de necesidad podía vivir. Las ordenanzas gremiales se ocupaban de que el oficial de hoy pasara a ser el maestro de mañana. Pero en cuanto los medios de producción se transformaron en medios sociales y se concentraron en manos de capitalistas, esto cambió. El medio de producción y el producto del pequeño productor individual perdieron cada vez más su valor; no le quedó otro remedio que ir a trabajar a sueldo para el capitalista. El trabajo asalariado, antes excepción y ayuda, se convirtió en regla y forma fundamental de toda la producción; antes ocupación accesoria, pasó a ser la actividad exclusiva del obrero. El asalariado temporal se convirtió en asalariado de por vida. La masa de los asalariados de por vida aumentó además de manera colosal con el hundimiento simultáneo del orden feudal, la disolución de los séquitos de los señores feudales, la expulsión de los campesinos de sus tierras, etc. Se había consumado la separación entre los medios de producción concentrados en manos de los capitalistas, por un lado, y los productores reducidos a no poseer más que su fuerza de trabajo, por otro. La contradicción entre producción social y apropiación capitalista sale a la luz como antagonismo entre proletariado y burguesía.
Vimos que el modo de producción capitalista se introdujo en una sociedad de productores de mercancías, de productores individuales, cuya conexión social se establecía por medio del intercambio de sus productos. Pero toda sociedad basada en la producción de mercancías tiene la particularidad de que en ella los productores han perdido el dominio sobre sus propias relaciones sociales. Cada cual produce por su cuenta con los medios de producción que el azar le ha dado y para su necesidad particular de intercambio. Nadie sabe cuánto de su artículo llega al mercado ni cuánto se necesita en total; nadie sabe si su producto individual encontrará una demanda real, si podrá cubrir sus costes o si siquiera podrá venderlo. Reina la anarquía de la producción social. Pero la producción de mercancías, como cualquier otra forma de producción, tiene sus leyes propias, inherentes e inseparables de ella; y esas leyes se imponen a pesar de la anarquía, en ella y a través de ella. Se manifiestan en la única forma de la conexión social que subsiste, en el intercambio, y se hacen valer frente a los productores individuales como leyes coercitivas de la competencia. Al principio, por tanto, son desconocidas para esos mismos productores, que solo poco a poco, tras una larga experiencia, tienen que descubrirlas. Se imponen, pues, sin los productores y contra los productores, como leyes naturales ciegas de su forma de producción. El producto domina a los productores.
En la sociedad medieval, sobre todo en los primeros siglos, la producción se orientaba esencialmente al propio uso. Satisfacía sobre todo las necesidades del productor y de su familia. Allí donde, como en el campo, existían relaciones de dependencia personal, contribuía también a satisfacer las necesidades del señor feudal. Aquí no había, pues, intercambio, y por eso los productos tampoco adquirían el carácter de mercancías. La familia campesina producía casi todo lo que necesitaba, los aperos y la ropa no menos que los alimentos. Solo cuando llegó a producir un excedente por encima de sus propias necesidades y de los tributos en especie debidos al señor feudal, solo entonces produjo también mercancías; ese excedente, lanzado al intercambio social, ofrecido en venta, se convirtió en mercancía. Los artesanos de las ciudades, ciertamente, tuvieron que producir para el intercambio desde el principio. Pero también ellos producían por sí mismos la mayor parte de lo que necesitaban; tenían huertos y pequeños campos; mandaban su ganado al bosque comunal, que además les proporcionaba madera y leña; las mujeres hilaban lino, lana, etc. La producción con vistas al intercambio, la producción de mercancías, apenas estaba naciendo. De ahí un intercambio limitado, un mercado limitado, un modo de producción estable, el aislamiento local hacia fuera y la asociación local hacia dentro: la Marca41 en el campo, el gremio en la ciudad.
Pero con la extensión de la producción de mercancías, y sobre todo con la aparición del modo de producción capitalista, las leyes de la producción de mercancías, hasta entonces dormidas, entraron en acción de forma más abierta y más poderosa. Las antiguas asociaciones se aflojaron, las viejas barreras de aislamiento se rompieron, los productores se convirtieron cada vez más en productores de mercancías independientes y aislados. La anarquía de la producción social salió a la luz y se llevó cada vez más al extremo. Pero el instrumento principal con el que el modo de producción capitalista agudizó esa anarquía de la producción social era precisamente lo contrario de la anarquía: la creciente organización de la producción, como producción social, en cada establecimiento productivo. Con esta palanca puso fin a la antigua estabilidad pacífica. Allí donde se introducía en una rama de la industria, no toleraba a su lado ningún método de trabajo más antiguo. Allí donde se apoderaba del artesanado, aniquilaba el viejo artesanado. El campo del trabajo se convirtió en un campo de batalla. Los grandes descubrimientos geográficos y las colonizaciones que los siguieron multiplicaron los mercados y aceleraron la transformación del artesanado en manufactura. No solo estalló la lucha entre los productores locales individuales; las luchas locales crecieron a su vez hasta convertirse en luchas nacionales, las guerras comerciales de los siglos XVII y XVIII. La gran industria, finalmente, y la creación del mercado mundial han hecho universal la lucha y le han dado al mismo tiempo una violencia inaudita. Entre capitalistas individuales, como entre industrias enteras y países enteros, el favor de las condiciones de producción, naturales o creadas, decide sobre la existencia. El que sucumbe es eliminado sin contemplaciones. Es la lucha darwiniana por la existencia individual, trasladada de la naturaleza a la sociedad con una furia multiplicada. El punto de vista natural del animal aparece como la cumbre del desarrollo humano. La contradicción entre producción social y apropiación capitalista se presenta ahora como antagonismo entre la organización de la producción en la fábrica individual y la anarquía de la producción en el conjunto de la sociedad.
En estas dos formas de manifestarse la contradicción que le es inmanente por su origen se mueve el modo de producción capitalista, describiendo sin salida aquel «círculo vicioso» que ya Fourier descubrió en él. Lo que Fourier, desde luego, no podía ver todavía en su tiempo es que ese círculo se va estrechando poco a poco, que el movimiento describe más bien una espiral y tiene que llegar a su fin, como el de los planetas, chocando con el centro. Es la fuerza impulsora de la anarquía social de la producción la que convierte cada vez más a la gran mayoría de los hombres en proletarios, y son a su vez las masas proletarias las que acabarán poniendo fin a la anarquía de la producción. Es la fuerza impulsora de la anarquía social de la producción la que convierte la infinita perfectibilidad de las máquinas de la gran industria en un mandato coercitivo para cada capitalista industrial: perfeccionar cada vez más su maquinaria, so pena de ruina.
Pero perfeccionamiento de la maquinaria quiere decir hacer superfluo trabajo humano. Si la introducción y el aumento de la maquinaria significan el desplazamiento de millones de trabajadores manuales por unos pocos obreros de máquinas, la mejora de la maquinaria significa el desplazamiento de cada vez más obreros de máquinas, y en última instancia la producción de un número de asalariados disponibles que excede la necesidad media de empleo del capital, de un completo ejército industrial de reserva, como ya lo llamé en 1845,42 disponible para los periodos en que la industria trabaja a toda presión, arrojado a la calle por el crac que necesariamente sigue, siempre una bola de plomo en los pies de la clase obrera en su lucha por la existencia contra el capital, un regulador para mantener el salario en el bajo nivel que conviene a la necesidad capitalista. Así ocurre que la maquinaria, por decirlo con Marx, se convierte en el arma más poderosa del capital contra la clase obrera; que el medio de trabajo arranca constantemente de las manos al obrero el medio de vida; que el propio producto del obrero se convierte en un instrumento para su sometimiento. Así ocurre que la economización de los medios de trabajo se convierte desde el principio, al mismo tiempo, en el más despiadado derroche de fuerza de trabajo y en el robo de las condiciones normales de la función del trabajo; que la maquinaria, el medio más poderoso para acortar la jornada de trabajo, se convierte en el medio más infalible para transformar todo el tiempo de vida del obrero y de su familia en tiempo de trabajo disponible para la valorización del capital; así ocurre que el exceso de trabajo de unos se convierte en condición del paro de otros, y que la gran industria, que recorre el globo entero a la caza de nuevos consumidores, limita en casa el consumo de las masas a un mínimo de hambre y socava con ello su propio mercado interior. «La ley que mantiene siempre la sobrepoblación relativa o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y la energía de la acumulación del capital encadena al obrero al capital con más fuerza que las cuñas de Hefesto encadenaban a Prometeo a la roca. Determina una acumulación de miseria correspondiente a la acumulación de capital. La acumulación de riqueza en un polo es, por tanto, al mismo tiempo acumulación de miseria, tormento de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, es decir, del lado de la clase que produce su propio producto como capital» (Marx, El capital, p. 671).43 Y esperar del modo de producción capitalista otra distribución de los productos sería pedir que los electrodos de una batería dejaran el agua sin descomponer mientras están conectados a la batería, y que no desprendieran oxígeno en el polo positivo e hidrógeno en el negativo.
Vimos cómo la perfectibilidad de la maquinaria moderna, llevada al máximo, se transforma, por medio de la anarquía de la producción en la sociedad, en un mandato coercitivo para el capitalista industrial individual: mejorar constantemente su maquinaria, aumentar constantemente su fuerza productiva. En un mandato coercitivo igual se convierte para él la mera posibilidad de hecho de ampliar su esfera de producción. La enorme fuerza de expansión de la gran industria, junto a la cual la de los gases es un verdadero juego de niños, se nos presenta ahora como una necesidad de expansión cualitativa y cuantitativa que se burla de toda contrapresión. La contrapresión la forman el consumo, la salida de los productos, los mercados para los productos de la gran industria. Pero la capacidad de expansión de los mercados, tanto extensiva como intensiva, está regida en primer lugar por leyes muy distintas, que actúan con mucha menos energía. La expansión de los mercados no puede seguir el ritmo de la expansión de la producción. La colisión se vuelve inevitable, y como no puede dar ninguna solución mientras no haga saltar el propio modo de producción capitalista, se vuelve periódica. La producción capitalista engendra un nuevo «círculo vicioso».
En efecto, desde 1825, cuando estalló la primera crisis general, todo el mundo industrial y comercial, la producción y el intercambio de todos los pueblos civilizados y de sus apéndices más o menos bárbaros, se sale de quicio aproximadamente una vez cada diez años. El tráfico se paraliza, los mercados están saturados, los productos se amontonan tan masivos como invendibles, el dinero contante desaparece, el crédito se esfuma, las fábricas se paran, las masas trabajadoras carecen de medios de vida porque han producido demasiados medios de vida. Quiebra sigue a quiebra, subasta forzosa a subasta forzosa. La paralización dura años; fuerzas productivas y productos se derrochan y se destruyen en masa, hasta que las masas de mercancías acumuladas, con mayor o menor depreciación, acaban por colocarse, hasta que la producción y el intercambio se reanudan poco a poco. Poco a poco el paso se acelera, se pone al trote, el trote industrial pasa a galope, y este se acelera a su vez hasta la carrera desenfrenada de un completo steeple-chase industrial, comercial, crediticio y especulativo, para acabar por fin, tras los saltos más temerarios, otra vez en la zanja del crac. Y así una y otra vez. Esto lo hemos vivido ya cinco veces completas desde 1825, y en este momento (1877) lo estamos viviendo por sexta vez.44 Y el carácter de estas crisis está tan marcado que Fourier las abarcó todas cuando calificó la primera de crise pléthorique, crisis por exceso de abundancia.
En las crisis, la contradicción entre producción social y apropiación capitalista estalla violentamente. La circulación de mercancías queda momentáneamente aniquilada: el medio de circulación, el dinero, se convierte en obstáculo para la circulación; todas las leyes de la producción y la circulación de mercancías quedan puestas cabeza abajo. La colisión económica ha alcanzado su punto culminante: el modo de producción se rebela contra el modo de intercambio.
El hecho de que la organización social de la producción dentro de la fábrica se haya desarrollado hasta el punto de volverse incompatible con la anarquía de la producción en la sociedad, que existe junto a ella y por encima de ella, este hecho se les hace palpable a los propios capitalistas por la concentración violenta de los capitales que se lleva a cabo durante las crisis mediante la ruina de muchos capitalistas grandes y de más pequeños todavía. Todo el mecanismo del modo de producción capitalista falla bajo la presión de las fuerzas productivas que él mismo ha engendrado. Ya no puede transformar en capital toda esa masa de medios de producción; quedan ociosos, y precisamente por eso tiene que quedar ocioso también el ejército industrial de reserva. Medios de producción, medios de vida, obreros disponibles, todos los elementos de la producción y de la riqueza general existen en abundancia. Pero «la abundancia se convierte en fuente de penuria y de escasez» (Fourier), porque es precisamente ella la que impide la transformación de los medios de producción y de vida en capital. Pues en la sociedad capitalista los medios de producción no pueden entrar en actividad si antes no se han transformado en capital, en medios para explotar fuerza de trabajo humana. Como un fantasma se interpone entre ellos y los obreros la necesidad de que los medios de producción y de vida adopten la condición de capital. Ella sola impide que se junten las palancas materiales y las personales de la producción; ella sola prohíbe a los medios de producción funcionar y a los obreros trabajar y vivir. Por un lado, pues, el modo de producción capitalista queda convicto de su propia incapacidad para seguir administrando esas fuerzas productivas. Por otro, esas mismas fuerzas productivas empujan con fuerza creciente a que se suprima la contradicción, a que se las libere de su condición de capital, al reconocimiento efectivo de su carácter de fuerzas productivas sociales.
Es esta presión de las fuerzas productivas, que crecen poderosamente, contra su condición de capital, esta creciente coacción a reconocer su naturaleza social, la que obliga a la propia clase capitalista a tratarlas cada vez más, en la medida en que esto es posible dentro de la relación de capital, como fuerzas productivas sociales. Tanto el periodo industrial de alta presión, con su inflación ilimitada del crédito, como el propio crac, con el hundimiento de grandes establecimientos capitalistas, empujan hacia aquella forma de socialización de grandes masas de medios de producción que encontramos en los distintos tipos de sociedades por acciones. Algunos de estos medios de producción y de comunicación son de entrada tan colosales que, como los ferrocarriles, excluyen cualquier otra forma de explotación capitalista. En cierta fase de desarrollo tampoco basta ya esta forma; los grandes productores nacionales de una misma rama de la industria se unen en un trust, una asociación para regular la producción; fijan la cantidad total que debe producirse, se la reparten entre ellos e imponen así el precio de venta fijado de antemano. Pero como estos trusts se desbaratan casi siempre a la primera mala racha de los negocios, empujan precisamente por ello a una socialización todavía más concentrada: toda la rama de la industria se convierte en una sola gran sociedad por acciones, y la competencia interior deja paso al monopolio interior de esa única sociedad; como ocurrió todavía en 1890 con la producción inglesa de álcalis, que hoy, tras la fusión de las 48 grandes fábricas, está en manos de una única sociedad dirigida de manera unificada con un capital de 120 millones de marcos.45
En los trusts, la libre competencia se convierte en monopolio, la producción sin plan de la sociedad capitalista capitula ante la producción planificada de la sociedad socialista que se avecina. Al principio, desde luego, todavía en provecho y beneficio de los capitalistas. Pero aquí la explotación se vuelve tan palpable que tiene que venirse abajo. Ningún pueblo soportaría una producción dirigida por trusts, una explotación tan descarada del conjunto por una pequeña banda de cortadores de cupones.
De un modo u otro, con o sin trusts, el representante oficial de la sociedad capitalista, el Estado, tiene que acabar asumiendo la dirección de la producción.46 Esta necesidad de transformación en propiedad del Estado aparece primero en los grandes medios de transporte y comunicación: correos, telégrafos, ferrocarriles.
Si las crisis pusieron al descubierto la incapacidad de la burguesía para seguir administrando las fuerzas productivas modernas, la transformación de los grandes establecimientos de producción y de comunicación en sociedades por acciones, trusts y propiedad del Estado muestra que la burguesía es prescindible para ese fin. Todas las funciones sociales del capitalista las desempeñan ahora empleados asalariados. El capitalista ya no tiene ninguna actividad social, salvo embolsarse rentas, cortar cupones y jugar en la Bolsa, donde los distintos capitalistas se quitan unos a otros su capital. Si el modo de producción capitalista desplazó primero a los obreros, ahora desplaza a los capitalistas y los relega, exactamente igual que a los obreros, a la población sobrante, aunque por de pronto no todavía al ejército industrial de reserva.
Pero ni la transformación en sociedades por acciones y trusts ni la transformación en propiedad del Estado suprimen la condición de capital de las fuerzas productivas. En el caso de las sociedades por acciones y de los trusts, esto salta a la vista. Y el Estado moderno, a su vez, no es más que la organización que se da la sociedad burguesa para mantener las condiciones exteriores generales del modo de producción capitalista contra las intrusiones tanto de los obreros como de los capitalistas individuales. El Estado moderno, sea cual sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal.47 Cuantas más fuerzas productivas asume en propiedad, tanto más se convierte en capitalista colectivo real, tanto más ciudadanos explota. Los obreros siguen siendo asalariados, proletarios. La relación de capital no se suprime, sino que, al contrario, se lleva al extremo. Pero en el extremo se invierte. La propiedad del Estado sobre las fuerzas productivas no es la solución del conflicto, pero encierra en sí el medio formal, el resorte de la solución.
Esa solución solo puede consistir en que se reconozca de hecho la naturaleza social de las fuerzas productivas modernas, y por tanto en que el modo de producción, de apropiación y de intercambio se ponga en armonía con el carácter social de los medios de producción. Y esto solo puede ocurrir si la sociedad toma posesión, abiertamente y sin rodeos, de las fuerzas productivas, que han desbordado toda dirección que no sea la suya. Con ello, el carácter social de los medios de producción y de los productos, que hoy se vuelve contra los propios productores, que rompe periódicamente el modo de producción y de intercambio y que solo se impone de manera violenta y destructiva como ley natural que actúa ciegamente, lo harán valer los productores con plena conciencia, y se transformará, de causa de perturbación y de hundimiento periódico, en la más poderosa palanca de la producción misma.
Las fuerzas que actúan en la sociedad actúan exactamente igual que las fuerzas de la naturaleza: ciegamente, violentamente, destructivamente, mientras no las conocemos ni contamos con ellas. Pero una vez que las hemos conocido, que hemos comprendido su actividad, su dirección, sus efectos, depende solo de nosotros someterlas cada vez más a nuestra voluntad y alcanzar por medio de ellas nuestros fines. Y esto vale muy especialmente para las poderosas fuerzas productivas de hoy. Mientras nos neguemos obstinadamente a comprender su naturaleza y su carácter —y a esta comprensión se resisten el modo de producción capitalista y sus defensores—, esas fuerzas actuarán a pesar de nosotros, contra nosotros, nos dominarán, como lo hemos expuesto detalladamente. Pero una vez comprendida su naturaleza, en manos de los productores asociados pueden transformarse de señores demoníacos en servidores dóciles. Es la diferencia entre la fuerza destructora de la electricidad en el rayo de la tormenta y la electricidad domada del telégrafo y del arco voltaico; la diferencia entre el incendio y el fuego que actúa al servicio del hombre. Al tratar así las fuerzas productivas actuales, según su naturaleza por fin conocida, la anarquía social de la producción deja paso a una regulación social y planificada de la producción según las necesidades de la colectividad y de cada individuo. Con ello, el modo de apropiación capitalista, en el que el producto esclaviza primero al productor y después también al que se lo apropia, es sustituido por el modo de apropiación de los productos fundado en la naturaleza misma de los medios de producción modernos: por un lado, apropiación directamente social como medio para mantener y ampliar la producción; por otro, apropiación directamente individual como medios de vida y de disfrute.
Al convertir cada vez más a la gran mayoría de la población en proletarios, el modo de producción capitalista crea la fuerza que, so pena de perecer, está obligada a llevar a cabo esta transformación. Al empujar cada vez más a la transformación de los grandes medios de producción socializados en propiedad del Estado, él mismo señala el camino para llevarla a cabo. El proletariado toma el poder del Estado y transforma los medios de producción, en primer lugar, en propiedad del Estado. Pero con ello se suprime a sí mismo como proletariado, suprime todas las diferencias y antagonismos de clase, y con ello también el Estado como Estado.48 La sociedad anterior, que se movía en antagonismos de clase, necesitaba el Estado, es decir, una organización de la clase explotadora de cada momento para mantener sus condiciones exteriores de producción, y por tanto, sobre todo, para mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de opresión dadas por el modo de producción existente (esclavitud, servidumbre o vasallaje, trabajo asalariado). El Estado era el representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo visible, pero solo lo era en la medida en que era el Estado de la clase que, en su tiempo, representaba ella misma a toda la sociedad: en la Antigüedad, el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la Edad Media, el de la nobleza feudal; en nuestro tiempo, el de la burguesía. Cuando por fin se convierte de hecho en representante de toda la sociedad, se hace a sí mismo superfluo. En cuanto ya no hay ninguna clase social que mantener sometida, en cuanto desaparecen, junto con la dominación de clase y la lucha por la existencia individual basada en la anarquía anterior de la producción, las colisiones y los excesos que de ahí nacen, ya no hay nada que reprimir que haga necesaria una fuerza especial de represión, un Estado. El primer acto en que el Estado aparece realmente como representante de toda la sociedad —la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad— es a la vez su último acto independiente como Estado. La intervención de un poder estatal en las relaciones sociales se vuelve superflua en un terreno tras otro y luego se adormece por sí misma.49 El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no es «abolido»: se extingue.50 Con esto hay que medir la frase del «Estado popular libre»,51 tanto en lo que tuvo de justificación agitativa temporal como en su insuficiencia científica definitiva; y con esto también la exigencia de los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido de la noche a la mañana.
La toma de posesión de todos los medios de producción por la sociedad ha flotado a menudo, desde la aparición histórica del modo de producción capitalista, ante los ojos de individuos y de sectas enteras como ideal de futuro, de manera más o menos confusa. Pero solo podía llegar a ser posible, solo podía llegar a ser una necesidad histórica, cuando se dieran las condiciones reales para llevarla a cabo. Como cualquier otro progreso social, se vuelve realizable no por haberse comprendido que la existencia de las clases contradice la justicia, la igualdad, etc., ni por la mera voluntad de abolir esas clases, sino por determinadas condiciones económicas nuevas. La división de la sociedad en una clase explotadora y otra explotada, en una clase dominante y otra oprimida, fue la consecuencia necesaria del escaso desarrollo anterior de la producción. Mientras el trabajo total de la sociedad solo da un rendimiento que apenas supera lo necesario para la existencia precaria de todos, mientras, por tanto, el trabajo ocupa todo o casi todo el tiempo de la gran mayoría de los miembros de la sociedad, esa sociedad se divide necesariamente en clases. Junto a la gran mayoría, sujeta exclusivamente al trabajo, se forma una clase liberada del trabajo directamente productivo que se ocupa de los asuntos comunes de la sociedad: dirección del trabajo, negocios del Estado, justicia, ciencias, artes, etc. Es, pues, la ley de la división del trabajo la que está en la base de la división en clases. Pero eso no impide que esta división en clases se haya impuesto por la violencia y el robo, la astucia y el engaño, ni que la clase dominante, una vez en la silla, nunca haya dejado de consolidar su dominio a costa de la clase trabajadora y de transformar la dirección social en una explotación creciente de las masas.
Pero si, según esto, la división en clases tiene cierta justificación histórica, solo la tiene para un periodo dado, para unas condiciones sociales dadas. Se basaba en la insuficiencia de la producción; será barrida por el pleno despliegue de las fuerzas productivas modernas. Y, en efecto, la abolición de las clases sociales presupone un grado de desarrollo histórico en el que la existencia no ya de tal o cual clase dominante determinada, sino de una clase dominante en general, y por tanto de la diferencia de clases misma, se haya convertido en un anacronismo, haya quedado anticuada. Presupone, por tanto, un grado tan alto de desarrollo de la producción que la apropiación de los medios de producción y de los productos, y con ella del dominio político, del monopolio de la cultura y de la dirección intelectual, por parte de una clase social particular, se haya vuelto no solo superflua, sino también, económica, política e intelectualmente, un obstáculo para el desarrollo. Este punto se ha alcanzado ya. Si la bancarrota política e intelectual de la burguesía apenas es ya un secreto ni para ella misma, su bancarrota económica se repite regularmente cada diez años. En cada crisis, la sociedad se asfixia bajo el peso de sus propias fuerzas productivas y de sus propios productos, que no puede utilizar, y se encuentra impotente ante la contradicción absurda de que los productores no tienen nada que consumir porque faltan consumidores. La fuerza de expansión de los medios de producción rompe las ataduras que le ha puesto el modo de producción capitalista. Su liberación de esas ataduras es la única condición previa para un desarrollo ininterrumpido y cada vez más rápido de las fuerzas productivas, y con ello para un aumento prácticamente ilimitado de la producción misma. Y no solo eso. La apropiación social de los medios de producción no solo elimina el freno artificial que hoy pesa sobre la producción, sino también el derroche y la destrucción positivos de fuerzas productivas y de productos, que hoy son el acompañante inevitable de la producción y alcanzan su punto culminante en las crisis. Además, libera para la colectividad una masa de medios de producción y de productos al eliminar el derroche estúpido en lujo de las clases hoy dominantes y de sus representantes políticos. La posibilidad de asegurar a todos los miembros de la sociedad, por medio de la producción social, una existencia no solo plenamente suficiente en lo material y cada día más rica, sino que les garantice también la formación y el ejercicio completos y libres de sus facultades físicas e intelectuales, esa posibilidad existe ahora por primera vez, pero existe.52
Con la toma de posesión de los medios de producción por la sociedad se elimina la producción de mercancías y, con ella, el dominio del producto sobre los productores. La anarquía dentro de la producción social es sustituida por la organización planificada y consciente. La lucha por la existencia individual cesa. Solo así se separa el hombre, en cierto sentido, definitivamente del reino animal, y pasa de condiciones de existencia animales a condiciones realmente humanas. El círculo de las condiciones de vida que rodean a los hombres, y que hasta ahora los dominaba, pasa ahora bajo el dominio y el control de los hombres, que por primera vez se convierten en dueños conscientes y reales de la naturaleza porque se convierten en dueños de su propia socialización, y en la medida en que lo hacen. Las leyes de su propia actividad social, que hasta ahora se les enfrentaban como leyes naturales ajenas que los dominaban, serán entonces aplicadas por los hombres con pleno conocimiento de causa y, por tanto, dominadas. La propia socialización de los hombres, que hasta ahora se les enfrentaba como algo impuesto por la naturaleza y la historia, se convierte ahora en su libre acción. Las potencias objetivas y ajenas que hasta ahora dominaban la historia pasan bajo el control de los propios hombres. Solo a partir de entonces harán los hombres su historia ellos mismos con plena conciencia; solo a partir de entonces las causas sociales que pongan en movimiento tendrán de manera predominante, y en medida siempre creciente, también los efectos que ellos quieran. Es el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad.53
Resumamos para terminar el curso de nuestro desarrollo:
I. Sociedad medieval: pequeña producción individual. Medios de producción cortados a la medida del uso individual, y por tanto primitivos y torpes, mezquinos, de efecto diminuto. Producción para el consumo inmediato, ya sea del propio productor, ya de su señor feudal. Solo allí donde hay un excedente de la producción sobre ese consumo se ofrece en venta ese excedente y pasa al intercambio: producción de mercancías, por tanto, solo en sus comienzos; pero ya ahora contiene en sí, en germen, la anarquía en la producción social.
II. Revolución capitalista: transformación de la industria, primero por medio de la cooperación simple y de la manufactura. Concentración de los medios de producción, hasta entonces dispersos, en grandes talleres, y con ello su transformación de medios de producción del individuo en medios sociales; una transformación que, en conjunto, no afecta a la forma del intercambio. Las antiguas formas de apropiación siguen vigentes. Aparece el capitalista: en su condición de propietario de los medios de producción, se apropia también los productos y los convierte en mercancías. La producción se ha convertido en un acto social; el intercambio, y con él la apropiación, siguen siendo actos individuales, actos del individuo: el producto social es apropiado por el capitalista individual. Contradicción fundamental, de la que nacen todas las contradicciones en que se mueve la sociedad actual y que la gran industria saca abiertamente a la luz.
A. Separación del productor respecto de los medios de producción. Condena del obrero al trabajo asalariado de por vida. Antagonismo entre proletariado y burguesía.
B. Manifestación cada vez más clara y eficacia creciente de las leyes que rigen la producción de mercancías. Lucha competitiva desenfrenada. Contradicción entre la organización social en la fábrica individual y la anarquía social en la producción en su conjunto.
C. Por un lado, perfeccionamiento de la maquinaria, convertido por la competencia en mandato coercitivo para cada fabricante y que equivale a un despido cada vez mayor de obreros: ejército industrial de reserva. Por otro, expansión ilimitada de la producción, igualmente ley coercitiva de la competencia para cada fabricante. Por ambos lados, desarrollo inaudito de las fuerzas productivas, exceso de la oferta sobre la demanda, sobreproducción, saturación de los mercados, crisis cada diez años, círculo vicioso: abundancia aquí, de medios de producción y de productos; abundancia allí, de obreros sin empleo y sin medios de existencia; pero estas dos palancas de la producción y del bienestar social no pueden juntarse, porque la forma capitalista de la producción prohíbe a las fuerzas productivas actuar y a los productos circular si antes no se han transformado en capital, cosa que impide precisamente su propia abundancia. La contradicción se ha elevado hasta el absurdo: el modo de producción se rebela contra la forma de intercambio. La burguesía queda convicta de su incapacidad para seguir dirigiendo sus propias fuerzas productivas sociales.
D. Reconocimiento parcial del carácter social de las fuerzas productivas, impuesto a los propios capitalistas. Apropiación de los grandes organismos de producción y de comunicación, primero por sociedades por acciones, después por trusts y luego por el Estado. La burguesía se revela como una clase superflua; todas sus funciones sociales las desempeñan ahora empleados asalariados.
III. Revolución proletaria, solución de las contradicciones: el proletariado toma el poder público y, en virtud de ese poder, transforma los medios sociales de producción, que se escapan de las manos de la burguesía, en propiedad pública. Con este acto libera a los medios de producción de su anterior condición de capital y da a su carácter social plena libertad para imponerse. A partir de ahora es posible una producción social según un plan previamente determinado. El desarrollo de la producción convierte en un anacronismo la existencia ulterior de distintas clases sociales. A medida que desaparece la anarquía de la producción social, se adormece también la autoridad política del Estado. Los hombres, dueños por fin de su propia forma de socialización, se convierten con ello al mismo tiempo en dueños de la naturaleza, en dueños de sí mismos: en libres.
Llevar a cabo este acto de liberación del mundo es la misión histórica del proletariado moderno. Investigar sus condiciones históricas, y con ellas su naturaleza misma, y dar así a la clase llamada a actuar, hoy oprimida, conciencia de las condiciones y de la naturaleza de su propia acción, es la tarea del socialismo científico, expresión teórica del movimiento proletario.
La Revue socialiste, revista mensual fundada en París en 1880 por Benoît Malon. Los tres artículos aparecieron en sus números de marzo, abril y mayo de 1880. ↩
En el texto francés impreso, que apareció con la firma de Lafargue, seguía aquí esta frase: «Han sido revisadas por el autor, que ha hecho en la tercera parte diversas adiciones para hacer comprensible al lector francés el desarrollo dialéctico de las fuerzas económicas de la producción capitalista». ↩
The Northern Star (1837-1852), periódico del movimiento cartista inglés. The New Moral World (1834-1845), semanario de los owenistas. ↩
Karl Schapper (1812-1870), uno de los dirigentes de la Liga de los Justos y luego de la Liga de los Comunistas. Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés, dirigió en mayo de 1839 una insurrección de la sociedad secreta de las Estaciones en París, que fracasó. ↩
En el texto impreso seguía: «El Manifiesto comunista es uno de los documentos más valiosos del socialismo moderno. Sigue siendo hoy una de las exposiciones más vigorosas y claras del desarrollo de la sociedad burguesa y de la formación del proletariado, que ha de poner fin a la sociedad capitalista; aquí, como en Miseria de la filosofía, de Marx, publicada un año antes, se encuentra formulada claramente por primera vez la teoría de la lucha de clases». ↩
August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano, mandó un cuerpo de voluntarios en la campaña por la Constitución del Imperio en Baden y el Palatinato en 1849. Se le unió Engels tras la insurrección de Elberfeld (mayo de 1849). ↩
Der Volksstaat (Leipzig, 1869-1876), órgano del Partido Obrero Socialdemócrata (los «eisenachianos»); Vorwärts (Leipzig, 1876-1878), órgano central del partido unificado en Gotha, hasta su prohibición por la ley antisocialista. ↩
Eugen Dühring (1833-1921), filósofo y economista, profesor no titular en la Universidad de Berlín, cuyas doctrinas ganaron influencia en la socialdemocracia alemana a mediados de la década de 1870. Contra él escribió Engels el «Anti-Dühring». ↩
Der Sozialdemokrat, órgano central de la socialdemocracia alemana durante la ley antisocialista (1878-1890); se imprimía en Zúrich (después en Londres) y se introducía clandestinamente en Alemania. ↩
Ferdinand Lassalle (1825-1864), fundador en 1863 de la Asociación General de Obreros Alemanes. ↩
Von Eynern, industrial de Barmen y diputado nacional-liberal en la Cámara de Diputados prusiana. Heinrich von Sybel (1817-1895) y Heinrich von Treitschke (1834-1896), historiadores prusianos y adversarios declarados del socialismo. ↩
La hipótesis de que el sistema solar nació de una nebulosa en rotación, formulada por Kant en su Historia general de la naturaleza y teoría del cielo (1755) y, de manera independiente, por Laplace en su Exposición del sistema del mundo (1796). Véase el capítulo II. ↩
(Nota de Engels, añadida en la tercera edición alemana, de 1883.) «En Alemania» es un lapsus. Debe decir «entre alemanes». Porque, si la dialéctica alemana fue indispensable para la génesis del socialismo científico, igual de indispensables fueron las condiciones económicas y políticas desarrolladas de Inglaterra y Francia. El grado de desarrollo económico y político de Alemania, que a comienzos de la década de 1840 estaba todavía mucho más atrasado que hoy, a lo sumo podía producir caricaturas socialistas (véase el Manifiesto comunista, III, 1, c: «El socialismo alemán o “verdadero”»). Solo sometiendo a la crítica dialéctica alemana las condiciones económicas y políticas producidas en Inglaterra y Francia podía obtenerse un resultado real. Desde este punto de vista, el socialismo científico no es, pues, un producto exclusivamente alemán, sino en igual medida un producto internacional. ↩
(Nota de Engels.) He aquí el pasaje sobre la Revolución francesa: «El pensamiento, el concepto del derecho, se impuso de una vez, y el viejo andamiaje de la injusticia no pudo oponerle resistencia. En el pensamiento del derecho se ha levantado, pues, ahora una constitución, y sobre esta base debía fundarse en adelante todo. Desde que el sol está en el firmamento y los planetas giran a su alrededor, no se había visto que el hombre se pusiera sobre su cabeza, es decir, sobre el pensamiento, y construyera la realidad conforme a él. Anaxágoras fue el primero en decir que el nous, la razón, gobierna el mundo; pero solo ahora ha llegado el hombre a reconocer que el pensamiento debe gobernar la realidad espiritual. Fue, pues, una magnífica salida del sol. Todos los seres pensantes celebraron esta época. Una emoción sublime reinó en aquel tiempo, un entusiasmo del espíritu estremeció el mundo, como si solo entonces se hubiera llegado a la reconciliación de lo divino con el mundo» (Hegel, Filosofía de la historia, 1840, p. 535). ¿No sería ya hora de poner en marcha la ley contra los socialistas contra semejantes doctrinas subversivas, peligrosas para la comunidad, del difunto profesor Hegel? ↩
Los anabaptistas (Wiedertäufer) formaban el ala radical de la Reforma; Thomas Münzer (h. 1489-1525) dirigió a los campesinos y a la plebe de Turingia en la guerra campesina de 1525 y fue ejecutado. Los levellers («niveladores») eran el ala demócrata radical de la revolución inglesa de la década de 1640. François-Noël «Gracchus» Babeuf (1760-1797) dirigió la Conjura de los Iguales de 1796. ↩
Morelly, autor del Código de la naturaleza (1755), y Gabriel Bonnot de Mably (1709-1785), críticos de la propiedad privada en la Francia de la Ilustración. ↩
Thomas Carlyle (1795-1881), escritor e historiador escocés. La expresión es cash payment… the sole nexus, en Chartism (1840) y Past and Present (1843). ↩
Henri de Saint-Simon, Lettres d’un habitant de Genève à ses contemporains (escritas en 1802, publicadas en 1803). Charles Fourier, Théorie des quatre mouvements et des destinées générales (1808). New Lanark, junto al Clyde, en Escocia, era una gran hilatura de algodón; Owen la había comprado con sus socios a su suegro, David Dale. ↩
Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825). ↩
Alusión a los anarquistas bakuninistas, que reclamaban la «abolición del Estado» (Abschaffung des Staates) de un día para otro; véase al final del capítulo III, donde Engels opone a esa abolición la «extinción» del Estado. ↩
En el folleto De la réorganisation de la société européenne (1814), escrito con Augustin Thierry, y en escritos de 1815. ↩
Charles Fourier (1772-1837). ↩
Sturm und Drang, «tempestad e ímpetu»: nombre del movimiento literario alemán de la década de 1770; aquí, periodo de agitación desbordante. ↩
(Nota de Engels.) De The Revolution in Mind and Practice [La revolución en el espíritu y en la práctica], memorial dirigido a todos los «republicanos rojos, comunistas y socialistas de Europa» y enviado al gobierno provisional francés de 1848, pero también «a la reina Victoria y a sus consejeros responsables». ↩
Sobre todo la colonia de New Harmony, en Indiana (1825-1828). ↩
La ley fabril de 1819 (Cotton Mills and Factories Act), que prohibía el trabajo de los menores de nueve años en las hilaturas de algodón; quedó muy por debajo de lo que Owen había propuesto. ↩
En 1834 se fundó, por iniciativa de Owen, la Grand National Consolidated Trades Union, que se disolvió ese mismo año. ↩
Owen fundó en Londres en 1832 la National Equitable Labour Exchange, en la que los productos se cambiaban por bonos que representaban horas de trabajo; cerró en 1834. ↩
Wilhelm Weitling (1808-1871), sastre, teórico del comunismo artesano alemán de la década de 1840. ↩
Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), culminación de la filosofía clásica alemana iniciada por Kant y continuada por Fichte y Schelling. ↩
Heráclito de Éfeso (h. 540-h. 480 a. C.). La fórmula «todo fluye» (panta rhei) se la atribuye la tradición antigua, a partir de Platón. ↩
Mateo 5, 37: «Sea vuestro hablar: sí, sí; no, no; porque lo que pasa de esto, del mal procede». ↩
Kant, Historia general de la naturaleza y teoría del cielo (1755); Laplace, Exposición del sistema del mundo (1796). Hacia 1864, William Huggins mostró con el espectroscopio que algunas nebulosas son masas de gas incandescente. ↩
Los materialistas franceses del siglo XVIII: La Mettrie, Helvétius, Holbach, Diderot. Concebían la naturaleza y al hombre según el modelo de la mecánica de su tiempo. ↩
Carl von Linné (Linneo, 1707-1778), naturalista sueco, autor de la clasificación sistemática de plantas y animales; sostuvo la fijeza de las especies. ↩
La insurrección de los tejedores de seda de Lyon en noviembre de 1831. El cartismo, movimiento por la Carta del Pueblo (sufragio universal masculino y otras reformas democráticas), tuvo sus momentos culminantes en las peticiones de 1839 y 1842. ↩
Mehrwert: plusvalía, el valor que el obrero produce por encima del valor de su fuerza de trabajo y que se apropia el capitalista sin equivalente. ↩
Eco de Goethe, Fausto, primera parte, escena del estudio, donde Mefistófeles dice de las leyes heredadas: «La razón se vuelve sinrazón; el beneficio, tormento» (Vernunft wird Unsinn, Wohltat Plage). ↩
«Wollen oder Laufen», «querer o correr»: eco de Romanos 9, 16 en la traducción de Lutero («No depende del que quiere ni del que corre…»). ↩
(Nota de Engels.) No es necesario explicar aquí que, aunque la forma de apropiación siga siendo la misma, el carácter de la apropiación queda revolucionado por el proceso descrito no menos que la producción. Que yo me apropie mi propio producto o el producto de otros son, naturalmente, dos clases de apropiación muy diferentes. Dicho sea de paso: el trabajo asalariado, en el que está ya en germen todo el modo de producción capitalista, es muy antiguo; aislado y disperso, existió durante siglos junto a la esclavitud. Pero el germen solo pudo desarrollarse hasta convertirse en el modo de producción capitalista cuando se dieron las condiciones históricas previas. ↩
(Nota de Engels.) Véase el apéndice al final. — (Nota nuestra.) El apéndice «La Marca» (Die Mark), escrito por Engels para la edición alemana de 1882 y no incluido aquí, resume la historia de la Marca, la comunidad rural germánica de la tierra, con propiedad común de bosques y pastos y reparto periódico de las tierras de labor, y su disolución por obra de la nobleza y del clero. ↩
(Nota de Engels.) La situación de la clase obrera en Inglaterra, p. 109. ↩
El capital, libro I, capítulo «La ley general de la acumulación capitalista». Las frases anteriores, desde «la maquinaria [...] se convierte en el arma más poderosa», resumen sin comillas pasajes del capítulo «Maquinaria y gran industria» del mismo libro. ↩
El año en que Engels escribía el «Anti-Dühring». Las crisis a que se refiere son las de 1825, 1836, 1847, 1857, 1866 y la que empezó en 1873. ↩
La United Alkali Company, fundada en 1890 con la fusión de las fábricas británicas de sosa por el procedimiento Leblanc. ↩
(Nota de Engels.) Digo «tiene que». Porque solo en el caso de que los medios de producción o de comunicación hayan desbordado realmente la dirección por sociedades por acciones, de que la estatalización se haya vuelto, por tanto, económicamente ineludible, solo en ese caso significa, aunque la lleve a cabo el Estado actual, un progreso económico, la consecución de una nueva etapa previa a la toma de posesión de todas las fuerzas productivas por la propia sociedad. Pero desde que Bismarck se ha lanzado a estatalizar ha aparecido últimamente un cierto socialismo falso, que aquí y allá ha degenerado incluso en un servilismo, y que declara socialista sin más cualquier estatalización, incluida la de Bismarck. Desde luego, si la estatalización del tabaco fuera socialista, Napoleón y Metternich figurarían entre los fundadores del socialismo. Si el Estado belga, por razones políticas y financieras de lo más corrientes, construyó él mismo sus principales ferrocarriles; si Bismarck, sin ninguna necesidad económica, estatalizó las principales líneas ferroviarias de Prusia, sencillamente para poder organizarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para educar a los funcionarios de ferrocarriles como ganado electoral del gobierno y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos independiente de las decisiones del parlamento, esos no fueron en modo alguno pasos socialistas, ni directa ni indirectamente, ni consciente ni inconscientemente. Si no, serían también instituciones socialistas la Seehandlung real, la Manufactura real de porcelana e incluso el sastre de compañía en el ejército, o incluso la estatalización de… los burdeles, propuesta muy en serio por un listo bajo Federico Guillermo III, en los años treinta. — (Nota nuestra.) Bismarck hizo estatalizar a partir de 1879 los principales ferrocarriles privados prusianos e intentó en 1878 y 1882 establecer un monopolio del tabaco. En Francia el monopolio del tabaco lo implantó Napoleón en 1810; en Austria existía desde el siglo XVIII. La Seehandlung (Sociedad de Comercio Marítimo) era una sociedad comercial y bancaria del Estado prusiano, fundada en 1772. ↩
Der ideelle Gesamtkapitalist: el capitalista colectivo (o global) ideal, es decir, el que representa en idea los intereses comunes del conjunto de los capitalistas; a continuación Engels lo contrapone al «capitalista colectivo real» (wirklicher Gesamtkapitalist). ↩
En alemán, hebt sich selbst als Proletariat auf: el verbo aufheben significa a la vez suprimir, superar y conservar en un nivel superior. Aquí lo traducimos por «suprimir». ↩
Schläft ein: literalmente, «se duerme», «se adormece»; la misma imagen vuelve en el resumen final. ↩
Der Staat wird nicht «abgeschafft», er stirbt ab. Abschaffen es abolir por un acto de voluntad; absterben es morir poco a poco, como se seca un miembro o una rama que ya no sirve. La traducción consagrada es «se extingue»; lo que importa es la oposición entre un acto que suprime el Estado de golpe y un proceso en el que este se va volviendo superfluo y deja de funcionar. ↩
El «Estado popular libre» (freier Volksstaat) era una consigna de la socialdemocracia alemana desde el programa de Eisenach (1869); la criticaron Engels en su carta a Bebel de marzo de 1875 y Marx en sus glosas al programa de Gotha (1875). ↩
(Nota de Engels.) Unas cuantas cifras pueden dar una idea aproximada de la enorme fuerza de expansión de los medios de producción modernos, incluso bajo la presión capitalista. Según el cálculo de Giffen, la riqueza total de Gran Bretaña e Irlanda era, en números redondos: en 1814, 2.200 millones de libras esterlinas = 44.000 millones de marcos; en 1865, 6.100 millones de libras esterlinas = 122.000 millones de marcos; en 1875, 8.500 millones de libras esterlinas = 170.000 millones de marcos. En cuanto a la destrucción de medios de producción y de productos en las crisis, en el II Congreso de Industriales Alemanes (Berlín, 21 de febrero de 1878) se calculó la pérdida total solo de la industria siderúrgica alemana en el último crac en 455 millones de marcos. — (Nota nuestra.) Robert Giffen (1837-1910), economista y estadístico inglés. ↩
Es ist der Sprung der Menschheit aus dem Reich der Notwendigkeit in das Reich der Freiheit. «Reino» traduce Reich: el ámbito en que los hombres están sometidos a fuerzas que no dominan, frente al ámbito en que dirigen conscientemente su vida social. ↩