Escrito en inglés por Friedrich Engels en Londres el 25 de febrero de 1886 y publicado en The Condition of the Working Class in England in 1844 (Nueva York, 1887), traducción de Florence Kelley-Wischnewetzky. Traducido del texto de esa edición (transcripción de Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 250-256), por la Escuela de marxismo, 2026. Engels aprovechó gran parte de este texto en su prólogo a la edición inglesa de 1892, recogido en nuestra edición del libro: La situación de la clase obrera en Inglaterra. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
El libro que se presenta aquí al público de habla inglesa en su propia lengua se escribió hace algo más de cuarenta años. El autor era entonces joven, tenía veinticuatro años, y su obra lleva el sello de su juventud, con sus rasgos buenos y sus defectos, de ninguno de los cuales se avergüenza. Que ahora se traduzca al inglés no se debe en modo alguno a iniciativa suya. Aun así, se le permitirá decir unas palabras para «exponer las razones» por las que no debería impedirse que esta traducción vea la luz.
El estado de cosas descrito en este libro pertenece hoy, en muchos aspectos, al pasado, en lo que a Inglaterra se refiere. Aunque nuestros tratados reconocidos no lo digan expresamente, sigue siendo una ley de la economía política moderna que cuanto mayor es la escala en que se lleva a cabo la producción capitalista, menos puede tolerar los pequeños recursos de la estafa y la ratería que caracterizan sus primeras fases. Las mezquinas triquiñuelas comerciales del judío polaco, representante en Europa del comercio en su grado más bajo, esas triquiñuelas que tan bien le sirven en su país y que allí se practican de manera general, las encuentra anticuadas y fuera de lugar cuando llega a Hamburgo o a Berlín; y a su vez el comisionista que viene de Berlín o de Hamburgo, judío o cristiano, tras frecuentar unos meses la Bolsa de Manchester, descubre que, si quiere comprar barato hilo o tela de algodón, también él hará mejor en abandonar esos ardides y subterfugios algo más refinados, pero todavía miserables, que en su país pasan por el colmo de la habilidad. El hecho es que esas triquiñuelas ya no rinden en un gran mercado, donde el tiempo es dinero y donde se desarrolla inevitablemente cierto nivel de moralidad comercial, puramente como medio de ahorrar tiempo y molestias. Y lo mismo ocurre con la relación entre el fabricante y sus «manos». La derogación de las leyes de cereales, el descubrimiento de los yacimientos de oro de California y de Australia, la destrucción casi completa del tejido doméstico a mano en la India, el acceso creciente al mercado chino, la rápida multiplicación de los ferrocarriles y de los barcos de vapor en todo el mundo y otras causas menores han dado a la industria manufacturera inglesa un desarrollo tan colosal que la situación de 1844 nos parece hoy relativamente primitiva e insignificante. Y en la misma proporción en que se produjo este crecimiento, la industria manufacturera se fue volviendo en apariencia más moral. La competencia de un fabricante contra otro a base de pequeños hurtos a costa de los obreros ya no rendía. Los negocios habían dejado atrás esos medios bajos de hacer dinero; no valía la pena que el fabricante millonario los practicara, y solo servían para mantener viva la competencia de los negociantes más pequeños, contentos de rascar un penique dondequiera que podían. Así se suprimió el truck system,1 se promulgó la ley de las diez horas2 y se introdujeron otras reformas secundarias, muy en contra del espíritu del librecambio y de la competencia desenfrenada, pero igual de a favor del capitalista gigante en su competencia con su hermano menos favorecido. Además, cuanto mayor es la empresa, y con ella el número de manos, mayores son las pérdidas y las molestias que causa cada conflicto entre patronos y obreros; y así se apoderó de los patronos, sobre todo de los grandes, un espíritu nuevo, que les enseñó a evitar las disputas innecesarias, a aceptar la existencia y el poder de las tradeuniones y, por último, a descubrir incluso en las huelgas, en los momentos oportunos, un poderoso medio para servir a sus propios fines. Los mayores fabricantes, antes cabecillas de la guerra contra la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía. Y por una razón muy sencilla. El hecho es que todas estas concesiones a la justicia y a la filantropía no eran otra cosa que medios para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos, para quienes las mezquinas extorsiones suplementarias de los años anteriores habían perdido toda importancia y se habían vuelto verdaderas molestias, y para aplastar con más rapidez y más seguridad a sus competidores más pequeños, que no podían llegar a fin de mes sin esos gajes. Así, el desarrollo de la producción sobre la base del sistema capitalista ha bastado por sí mismo —al menos en las industrias principales, pues en las ramas menos importantes está lejos de ser así— para acabar con todos esos agravios menores que empeoraban la suerte del obrero en sus primeras fases. Y así hace cada vez más evidente el gran hecho central de que la causa de la miserable situación de la clase obrera no ha de buscarse en esos agravios menores, sino en el sistema capitalista mismo. El asalariado vende al capitalista su fuerza de trabajo por una determinada suma diaria. Al cabo de unas horas de trabajo ha reproducido el valor de esa suma; pero la sustancia de su contrato es que tiene que trabajar otra serie de horas para completar su jornada; y el valor que produce durante esas horas adicionales de plustrabajo es plusvalía, que al capitalista no le cuesta nada pero va a parar a su bolsillo. Esa es la base del sistema que tiende cada vez más a dividir la sociedad civilizada en unos pocos Vanderbilt,3 propietarios de todos los medios de producción y de subsistencia, por un lado, y una inmensa cantidad de asalariados, propietarios de nada más que su fuerza de trabajo, por otro. Y que este resultado no lo causa este o aquel agravio secundario, sino el sistema mismo, es un hecho que el desarrollo del capitalismo en Inglaterra desde 1847 ha puesto vivamente de relieve.
Además, las repetidas visitas del cólera, el tifus, la viruela y otras epidemias han mostrado al burgués británico la urgente necesidad de sanear sus pueblos y ciudades, si quiere evitar que él y su familia caigan víctimas de esas enfermedades. En consecuencia, los abusos más clamorosos descritos en este libro han desaparecido o se han hecho menos visibles. Se ha introducido o mejorado el alcantarillado; se han abierto amplias avenidas a través de muchos de los peores slums que tuve que describir. La «Pequeña Irlanda» ha desaparecido, y los «Seven Dials» son los siguientes en la lista de lo que hay que barrer.4 Pero ¿qué importa eso? Barrios enteros que en 1844 podía describir como casi idílicos han caído ahora, con el crecimiento de las ciudades, en el mismo estado de ruina, de incomodidad y de miseria. Solo que ya no se toleran los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha hecho nuevos progresos en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Pero que en cuanto a sus viviendas no se ha producido ninguna mejora sustancial lo demuestra de sobra el informe de la Comisión Real «sobre la vivienda de los pobres», de 1885. Y lo mismo ocurre en otros aspectos. Ha habido reglamentos de policía a montones, como moras en zarzal; pero solo pueden cercar la miseria de los obreros, no pueden suprimirla.
Pero mientras Inglaterra ha superado así la fase juvenil de la explotación capitalista que yo describí, otros países acaban de llegar a ella. Francia, Alemania y sobre todo Norteamérica son los temibles competidores que en este momento —como yo preví en 1844— van rompiendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Sus manufacturas son jóvenes comparadas con las de Inglaterra, pero crecen a un ritmo mucho más rápido que estas; y, cosa bastante curiosa, han llegado en este momento aproximadamente a la misma fase de desarrollo que la manufactura inglesa en 1844. Respecto de Norteamérica, el paralelismo es verdaderamente sorprendente. Es cierto que las circunstancias externas en que se encuentra la clase obrera en Norteamérica son muy distintas, pero actúan las mismas leyes económicas, y los resultados, aunque no sean idénticos en todos los aspectos, tienen que ser del mismo orden. Por eso encontramos en Norteamérica las mismas luchas por una jornada más corta, por una limitación legal del tiempo de trabajo, en especial de las mujeres y los niños en las fábricas; encontramos el truck system en plena floración, y el sistema de los cottages,5 en los distritos rurales, utilizado por los bosses, los patrones, como medio de dominio sobre los obreros. En este mismo momento estoy recibiendo los periódicos norteamericanos con las noticias de la gran huelga de 12.000 mineros del carbón de Pensilvania en el distrito de Connellsville,6 y me parece estar leyendo mi propia descripción de la huelga de los mineros del norte de Inglaterra de 1844. La misma estafa a los obreros con medidas falsas; el mismo truck system; el mismo intento de quebrar la resistencia de los mineros con el último pero aplastante recurso de los capitalistas: el desahucio de los hombres de sus viviendas, las casas propiedad de las compañías.
Hubo dos circunstancias que durante mucho tiempo impidieron que las consecuencias inevitables del sistema capitalista se mostraran en Norteamérica a plena luz del día. Eran el fácil acceso a la propiedad de tierra barata y la afluencia de inmigrantes. Durante muchos años permitieron a la gran masa de la población nativa norteamericana «retirarse» en la primera edad adulta del trabajo asalariado y hacerse granjeros, comerciantes o patronos, mientras que el trabajo duro a cambio de un salario, la condición de proletario de por vida, recaía casi siempre en los inmigrantes. Pero Norteamérica ha dejado atrás esta fase temprana. Los ilimitados bosques vírgenes han desaparecido, y las praderas, todavía más ilimitadas, pasan cada vez más deprisa de manos de la nación y de los estados a las de propietarios privados. La gran válvula de seguridad contra la formación de una clase proletaria permanente ha dejado prácticamente de funcionar. Existe ya hoy en Norteamérica una clase de proletarios de por vida, e incluso hereditarios. Una nación de sesenta millones que se esfuerza por llegar a ser —y con todas las probabilidades de conseguirlo— la primera nación manufacturera del mundo, una nación así no puede importar permanentemente su propia clase asalariada, ni aunque los inmigrantes afluyan a razón de medio millón al año. La tendencia del sistema capitalista a dividir en último término la sociedad en dos clases, unos pocos millonarios por un lado y una gran masa de meros asalariados por otro, esa tendencia, aunque constantemente contrariada y contrarrestada por otros agentes sociales, en ninguna parte actúa con más fuerza que en Norteamérica; y el resultado ha sido la formación de una clase de asalariados norteamericanos nativos que, comparados con los inmigrantes, forman sin duda la aristocracia de la clase asalariada, pero que cada día son más conscientes de su solidaridad con estos y que sienten con tanta más agudeza su actual condena al trabajo asalariado de por vida cuanto que todavía recuerdan los tiempos pasados, en que era relativamente fácil ascender a un nivel social más alto. Por eso el movimiento obrero en Norteamérica ha arrancado con un vigor auténticamente norteamericano, y como al otro lado del Atlántico las cosas marchan por lo menos al doble de la velocidad europea, todavía podemos llegar a ver a Norteamérica ponerse a la cabeza también en este terreno.
No he intentado, en esta traducción, poner el libro al día ni señalar en detalle todos los cambios que se han producido desde 1844. Y por dos razones. En primer lugar, para hacerlo como es debido habría que duplicar más o menos el tamaño del libro, y la traducción me llegó demasiado de improviso para permitirme emprender semejante trabajo. Y en segundo lugar, el primer tomo de Das Kapital de Karl Marx, cuya traducción inglesa está a punto de aparecer, contiene una descripción muy amplia de la situación de la clase obrera británica tal como era hacia 1865, es decir, en el momento en que la prosperidad industrial británica alcanzó su punto culminante. Habría tenido, pues, que volver a recorrer el terreno ya cubierto por la célebre obra de Marx.
No hará falta señalar que el punto de vista teórico general de este libro —filosófico, económico, político— no coincide exactamente con mi punto de vista de hoy. El socialismo internacional moderno, que desde entonces se ha desarrollado plenamente como ciencia, sobre todo y casi exclusivamente gracias a los trabajos de Marx, todavía no existía en 1844. Mi libro representa una de las fases de su desarrollo embrionario; y así como el embrión humano, en sus primeras fases, reproduce todavía los arcos branquiales de nuestros antepasados los peces, así este libro muestra por todas partes las huellas de la descendencia del socialismo moderno de uno de sus antepasados, la filosofía alemana. Así, se insiste mucho en la máxima de que el comunismo no es una mera doctrina de partido de la clase obrera, sino una teoría que abarca la emancipación de la sociedad entera, incluida la clase capitalista, de sus estrechas condiciones actuales. Esto es bastante cierto en abstracto, pero completamente inútil, y algo peor, en la práctica. Mientras las clases ricas no solo no sientan necesidad de ninguna emancipación, sino que se opongan con todas sus fuerzas a la autoemancipación de la clase obrera, la revolución social tendrá que prepararla y llevarla a cabo la clase obrera sola. También los burgueses franceses de 1789 declaraban que la emancipación de la burguesía era la emancipación de todo el género humano; pero la nobleza y el clero no querían verlo; la proposición —aunque por entonces, respecto del feudalismo, fuera una verdad histórica abstracta— se convirtió pronto en un mero sentimentalismo y desapareció por completo de la vista en el fuego de la lucha revolucionaria. Y hoy los mismos que, desde la imparcialidad de su «punto de vista superior», predican a los obreros un socialismo que planea muy por encima de sus intereses y de sus luchas de clase y que tiende a reconciliar en una humanidad superior los intereses de las dos clases en lucha, esos son o neófitos que todavía tienen mucho que aprender, o los peores enemigos de los obreros: lobos con piel de oveja.
El texto da como período recurrente de las grandes crisis industriales el de cinco años. Este era el período que parecía indicar el curso de los acontecimientos de 1825 a 1842. Pero la historia industrial de 1842 a 1868 ha mostrado que el período real es de diez años; que las revoluciones intermedias eran secundarias y tendían cada vez más a desaparecer. Desde 1868 el estado de cosas ha vuelto a cambiar, de lo que se hablará más adelante.
He tenido cuidado de no suprimir del texto las muchas profecías, entre ellas la de una revolución social inminente en Inglaterra, que mi ardor juvenil me llevó a aventurar. Lo asombroso no es que bastantes de ellas resultaran falsas, sino que tantas hayan resultado ciertas, y que la situación crítica del comercio inglés que había de traer la competencia alemana y sobre todo la norteamericana, y que yo preví entonces —aunque en un plazo demasiado corto—, se haya producido ahora de verdad. En este sentido puedo, y estoy obligado a ello, poner el libro al día, y lo hago reproduciendo aquí un artículo que publiqué en el Commonweal de Londres del 1 de marzo de 1885 con el título «Inglaterra en 1845 y en 1885».7 Ofrece al mismo tiempo un breve esbozo de la historia de la clase obrera inglesa durante estos cuarenta años.
Londres, 25 de febrero de 1886
Frederick Engels
Pago del salario en vales o en especie que el obrero tenía que gastar en la tienda del patrono, a precios abusivos. Engels lo describe en el libro, junto con el sistema de los cottages. ↩
La ley de 1847 que limitó a diez horas la jornada de las mujeres y de los adolescentes en las fábricas textiles. ↩
Cornelius Vanderbilt (1794-1877), magnate norteamericano de la navegación y los ferrocarriles, y sus herederos, cuya fortuna pasaba por la mayor de los Estados Unidos. ↩
Little Ireland, barrio obrero irlandés de Manchester, junto al río Medlock; Seven Dials, barrio miserable del centro de Londres. Los dos aparecen en el capítulo «Las grandes ciudades». ↩
Viviendas propiedad del patrono que el obrero estaba obligado a alquilar; perder el empleo significaba perder la casa. ↩
Huelga de los mineros del coque de la región de Connellsville (Pensilvania), en enero y febrero de 1886. ↩
El artículo, que en la edición de 1887 sigue a este apéndice, no se reproduce aquí; Engels lo incorporó también, casi entero, a su prólogo a la edición inglesa de 1892. ↩