Escrito por Friedrich Engels el 15 de marzo de 1886 para la conmemoración parisina del 18 de marzo y publicado en francés en Le Socialiste (París), n.º 31, 27 de marzo de 1886. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 257-258), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Esta noche los obreros del mundo entero celebran con vosotros el aniversario de la etapa más gloriosa y más trágica del desarrollo del proletariado. En 1871 la clase obrera tomó por primera vez en su historia el poder político en una gran capital. ¡Pero, por desgracia, todo pasó como un sueño! Acosada por un lado por los mercenarios del ex Imperio francés y por el otro por los prusianos, la Comuna fue ahogada enseguida en un baño de sangre sin igual, que nunca será olvidado. La reacción victoriosa ya no conoció límites; el socialismo parecía ahogado en sangre y el proletariado condenado a la esclavitud eterna.
Han pasado quince años desde aquella derrota. Durante este tiempo, en todos los países, el poder al servicio de los señores de la tierra y del capital no ha retrocedido ante nada para acabar hasta con el último impulso de rebeldía de los obreros. ¿Y qué ha conseguido?
Mirad a vuestro alrededor. El socialismo obrero revolucionario, más vivo que nunca, es hoy una potencia ante la que tiemblan en todas partes los que mandan, los radicales franceses lo mismo que Bismarck, los reyes de la Bolsa de América lo mismo que el zar de todas las Rusias.
Pero eso no es todo.
Hemos llegado al punto en que todos nuestros adversarios, hagan lo que hagan, trabajan para nosotros contra su voluntad.
Creyeron haber matado a la Internacional; pero hoy la unión internacional de los proletarios, la fraternidad de los obreros revolucionarios de los distintos países, es mil veces más fuerte y más amplia que antes de la Comuna. La Internacional ya no necesita una organización en sentido estricto; vive y se fortalece gracias a la cooperación espontánea y apasionada de los obreros de Europa y de América.
En Alemania, Bismarck ha agotado todos los medios, hasta los más infames, para aplastar el movimiento obrero. Resultado: antes de la Comuna tenía enfrente a cuatro diputados socialdemócratas; sus persecuciones han logrado que ahora salgan elegidos veinticinco.1 Y los proletarios alemanes se ríen del gran canciller, que no podría hacer mejor propaganda revolucionaria aunque le pagaran por ello.
En Francia os han impuesto el escrutinio de lista,2 la elección burguesa por excelencia, inventada expresamente para asegurar que solo salgan elegidos abogados, periodistas y demás aventureros políticos, portavoces del capital. ¿Y qué le ha valido a la burguesía este sistema electoral?3 Ha creado en el seno del Parlamento francés un partido obrero socialista revolucionario, cuya mera aparición en escena ha bastado para sembrar la confusión en las filas de todos los partidos burgueses.
Ahí estamos, pues. Todo lo que sucede redunda en nuestro favor. Las medidas más rebuscadas para frenar el avance del proletariado no hacen más que acelerar su marcha triunfal. El enemigo mismo lucha, y está condenado a luchar, para nosotros. Y lo ha hecho tan copiosamente y tan bien que hoy, 18 de marzo de 1886, de los pechos de miles de obreros, desde los proletarios de las minas de California y del Aveyron4 hasta los forzados de las minas de Siberia, sale este grito:
«¡Viva la Comuna! ¡Viva la unión internacional de los obreros!».
En las elecciones al Reichstag de 1884 los socialdemócratas obtuvieron 24 escaños. ↩
La ley del 16 de junio de 1885 sustituyó en Francia el escrutinio uninominal por distritos por el escrutinio de lista por departamentos, con el que se celebraron las elecciones de octubre de 1885. ↩
La copia de la MEW de la que partimos dice aquí «der Reichert der Bourgeoisie», sin sentido; seguramente una errata de transcripción. Traducimos por el sentido. ↩
En la cuenca minera de Decazeville (Aveyron), los mineros en huelga defenestraron el 26 de enero de 1886 al subdirector de la compañía, Watrin; la huelga duró hasta junio y tuvo gran eco en la Cámara, donde la defendieron los diputados obreros. ↩