Escrita por Friedrich Engels en Londres el 13 de febrero de 1887 para una fiesta internacional organizada en París y publicada en Der Sozialdemokrat (Zúrich), n.º 11, 11 de marzo de 1887. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 344-345), que da el texto alemán del Sozialdemokrat, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

¡Ciudadanos!

Nos encontramos ante un peligro extraordinario. Se nos amenaza con una guerra en la que aquellos que la aborrecen y que no tienen más que intereses comunes, los proletarios franceses y alemanes, se verán obligados a degollarse mutuamente.1

¿Cuál es la verdadera causa de este estado de cosas?

El militarismo, la introducción del sistema militar prusiano en todas las grandes potencias del continente.

Este sistema pretende armar a la nación entera para la defensa de su suelo y de sus derechos. Es una mentira.

El sistema prusiano desplazó al sistema del reclutamiento limitado y del derecho de redención reservado a los ricos,2 porque ponía a disposición de los que mandan todos los recursos del país, personas y cosas. Pero no ha conseguido crear un ejército del pueblo. El ejército prusiano divide a los ciudadanos sujetos al servicio en dos categorías. La primera se incorpora a la línea, mientras que la segunda pasa enseguida a la reserva o a la Landwehr.3 Esta última categoría no recibe ninguna instrucción militar, o casi ninguna; a la primera, en cambio, se la mantiene dos o tres años bajo las banderas, tiempo suficiente para hacer de ella un ejército obediente, adiestrado hasta la anulación de la voluntad, un ejército siempre dispuesto tanto a las conquistas en el extranjero como a la represión violenta de todos los movimientos populares en el interior. Porque no lo olvidemos: todos los gobiernos que han adoptado este sistema temen mucho más al pueblo trabajador de su casa que a los gobiernos rivales del otro lado de la frontera.

Gracias a su elasticidad, este sistema es capaz de una extensión inmensa. Mientras exista un solo joven apto para las armas que no esté encuadrado en el ejército, no se habrán agotado los recursos disponibles. De ahí esa carrera desenfrenada por el ejército más grande y más fuerte. Cada aumento de las fuerzas militares de un país obliga a los demás Estados a hacer otro tanto, si no más. Y todo eso cuesta un dineral insensato. Los pueblos se arruinan bajo la carga de los gastos militares; la paz llega a ser casi más costosa que la guerra, de modo que al final la guerra, en lugar de aparecer como un azote terrible, aparece como una crisis saludable que pone fin a una situación imposible.

Esta es la razón por la que a los intrigantes de los distintos países, que gustan de pescar en río revuelto, les ha sido posible provocar la guerra.

¿Y el remedio?

La abolición del sistema prusiano y su sustitución por un verdadero ejército popular, que sea una simple escuela en la que cada ciudadano, en cuanto sea capaz de llevar las armas, se encuadre durante el tiempo absolutamente necesario para aprender el oficio de soldado; la incorporación de los hombres así formados en cuadros de reserva locales fuertemente organizados, de modo que cada ciudad, cada distrito tenga su batallón, compuesto por hombres que se conocen y que, si es preciso, pueden reunirse en veinticuatro horas completamente equipados y dispuestos para la marcha.

Eso significa que cada hombre apto para las armas tiene su fusil y su equipo en casa, como ocurre en Suiza.

El pueblo que implante primero este sistema duplicará su fuerza militar real y al mismo tiempo reducirá a la mitad su presupuesto de guerra. Por el mero hecho de armar a todos sus ciudadanos demostrará su amor a la paz.

Porque este ejército, que es uno con la nación, es tan poco apto para la conquista exterior como invencible en la defensa de su propio suelo. Y además, ¿qué gobierno se atrevería a tocar la libertad política si cada ciudadano tiene en casa un fusil y cincuenta cartuchos con bala?

Londres, 13 de febrero de 1887

Fr. Engels

  1. A comienzos de 1887 la tensión franco-alemana llegó a su punto más alto desde 1871: Bismarck pidió al Reichstag un nuevo septenado militar, disolvió la cámara en enero cuando se lo negó y agitó en la campaña electoral el peligro de una guerra de revancha alentada por el ministro de la Guerra francés, el general Boulanger. ↩

  2. En Francia, hasta la ley militar de 1872, el servicio se sorteaba entre los mozos de cada quinta y quien podía pagarlo compraba un sustituto. ↩

  3. La Landwehr era en Prusia la segunda línea del ejército, formada por los hombres que habían pasado ya por el servicio activo y la reserva. ↩