Escrito por Friedrich Engels entre finales de diciembre de 1887 y marzo de 1888 como cuarto capítulo de un folleto que debía reunir los tres capítulos de la «Teoría de la violencia» del Anti-Dühring; el manuscrito quedó inacabado. Se publicó por primera vez, retocado por Eduard Bernstein, en Die Neue Zeit (1895-1896). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 405-465, según el manuscrito y, para las páginas que faltan de este, según Die Neue Zeit), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Al final van, como apéndice, el esbozo del prólogo y dos esquemas del cuarto capítulo. Las notas son nuestras, salvo las de Engels (notas al pie y notas al margen del manuscrito), que se indican. Texto original en alemán
Apliquemos ahora nuestra teoría a la historia alemana de hoy y a su práctica de la violencia, la de la sangre y el hierro.1 Veremos con claridad por qué la política de la sangre y el hierro tuvo que triunfar por un tiempo y por qué tiene que acabar hundiéndose.
En 1815 el Congreso de Viena había repartido y chalaneado Europa de una manera que puso de manifiesto ante el mundo entero la total incapacidad de los potentados y de los estadistas. La guerra general de los pueblos contra Napoleón había sido la reacción del sentimiento nacional, pisoteado por Napoleón en todos los pueblos. En agradecimiento, los príncipes y los diplomáticos del Congreso de Viena pisotearon ese sentimiento nacional con más desprecio todavía. La dinastía más pequeña valía más que el pueblo más grande. Alemania e Italia volvieron a quedar fragmentadas en pequeños Estados, Polonia fue repartida por cuarta vez, Hungría siguió sojuzgada. Y ni siquiera puede decirse que se cometiera una injusticia con los pueblos: ¿por qué lo consintieron y por qué habían saludado como a su libertador al zar de Rusia?
Pero aquello no podía durar. Desde el final de la Edad Media, la historia trabaja por constituir Europa a partir de grandes Estados nacionales. Solo esos Estados son la constitución política normal de la burguesía dominante europea, y son igualmente condición previa indispensable para establecer la colaboración internacional armoniosa de los pueblos, sin la cual no puede existir la dominación del proletariado. Para asegurar la paz internacional hay que eliminar primero todos los roces nacionales evitables: cada pueblo tiene que ser independiente y dueño en su propia casa. Con el desarrollo del comercio, de la agricultura, de la industria y, con ello, de la posición de poder social de la burguesía, se elevó por tanto en todas partes el sentimiento nacional, y las naciones fragmentadas y oprimidas exigieron unidad e independencia.
Por eso la revolución de 1848, en todas partes fuera de Francia, se proponía satisfacer tanto las reivindicaciones nacionales como las de libertad. Pero detrás de la burguesía, victoriosa en el primer asalto, se alzaba ya en todas partes la figura amenazadora del proletariado, que era quien en realidad había conquistado la victoria, y empujaba a la burguesía a los brazos de los adversarios a los que acababa de vencer: la reacción monárquica, burocrática, semifeudal y militar, ante la que sucumbió la revolución en 1849. En Hungría, donde no fue así, entraron los rusos y aplastaron la revolución. No contento con eso, el zar de Rusia se fue a Varsovia y allí juzgó como árbitro de Europa.2 Nombró heredero del trono de Dinamarca a Cristián de Glücksburg, su dócil criatura.3 Humilló a Prusia como nunca se la había humillado, prohibiéndole incluso los más débiles apetitos de explotar las aspiraciones alemanas a la unidad y obligándola a restablecer la Dieta federal y a someterse a Austria. A primera vista, pues, todo el resultado de la revolución parecía ser que en Austria y en Prusia se gobernaba con formas constitucionales, pero con el espíritu de siempre, y que el zar de Rusia dominaba Europa más que nunca.
Pero en realidad la revolución había sacudido con fuerza a la burguesía, también la de los países despedazados y en particular la de Alemania, sacándola de la vieja rutina heredada. Había obtenido una parte, aunque modesta, del poder político; y todo éxito político de la burguesía se aprovecha en un auge industrial. El «año loco», que por fortuna quedaba atrás, demostró palpablemente a la burguesía que tenía que acabar de una vez para siempre con el viejo letargo y la vieja modorra. A consecuencia de la lluvia de oro de California y Australia y de otras circunstancias se produjo una expansión de las relaciones del mercado mundial y un auge de los negocios como nunca se había visto; había que meter mano y asegurarse la parte de cada cual. Los comienzos de gran industria que habían surgido desde 1830, y sobre todo desde 1840, en Renania, en Sajonia, en Silesia, en Berlín y en algunas ciudades del sur, se desarrollaron y ampliaron entonces con rapidez; la industria doméstica de los distritos rurales se extendió cada vez más; se aceleró la construcción de ferrocarriles; y la emigración, que crecía enormemente con todo ello, creó una navegación transatlántica alemana de vapor que no necesitaba subvenciones. Más que nunca se establecieron comerciantes alemanes en todas las plazas comerciales de ultramar, hicieron de intermediarios en una parte cada vez mayor del comercio mundial y empezaron poco a poco a encargarse de la venta no solo de productos industriales ingleses, sino también alemanes.
Pero a esta industria que crecía pujante, y al comercio que se le asociaba, la fragmentación de Alemania en pequeños Estados, con sus múltiples y distintas legislaciones de comercio y de oficios, tenía que convertírseles pronto en una traba insoportable. ¡Cada pocas leguas, otro derecho cambiario, otras condiciones para ejercer un oficio; en todas partes, pero en todas partes, otras trampas, cepos burocráticos y fiscales, y a menudo todavía barreras gremiales contra las que ni siquiera servía una licencia! ¡Y además las numerosas y distintas leyes de domicilio y restricciones de residencia que impedían a los capitalistas lanzar suficiente fuerza de trabajo disponible a los puntos donde el mineral, el carbón, la fuerza hidráulica y otras ventajas naturales imponían instalar empresas industriales! La capacidad de explotar sin trabas la fuerza de trabajo masiva de la patria era la primera condición del desarrollo industrial; pero allí donde el fabricante patriota reunía obreros de todos los rincones, la policía y la administración de beneficencia se oponían al asentamiento de los recién llegados. Una ciudadanía alemana del Imperio y plena libertad de residencia y circulación para todos sus ciudadanos, una legislación unitaria de comercio y de oficios: eso ya no eran fantasías patrióticas de estudiantes exaltados, eran ahora condiciones vitales necesarias de la industria.
A ello se sumaba que en cada Estado y Estadillo había otra moneda, otras medidas y pesos, a menudo dos y tres distintos en el mismo Estado. Y de todas esas innumerables clases de moneda, medida o peso, ni una sola era reconocida en el mercado mundial. ¿Qué tiene de extraño, pues, que los comerciantes y fabricantes que operaban en el mercado mundial o tenían que competir con artículos importados tuvieran que emplear, además de todas esas monedas, medidas y pesos, también los extranjeros; que los hilados de algodón se devanaran por libras inglesas, que los tejidos de seda se fabricaran por metros, que las facturas para el extranjero se extendieran en libras esterlinas, dólares o francos? ¿Y cómo iban a constituirse grandes instituciones de crédito en esos reducidos ámbitos monetarios, con billetes de banco aquí en florines, allá en táleros prusianos, y junto a ellos táleros oro, táleros «nuevos dos tercios», marcos banco, marcos corrientes, el pie de veinte florines, el pie de veinticuatro florines, con interminables cálculos de cambio y oscilaciones de las cotizaciones?4
Y aun si se lograba por fin superar todo eso, ¡cuánta fuerza se había perdido en todos esos roces, cuánto dinero y cuánto tiempo! Y por fin también en Alemania se empezó a notar que hoy en día el tiempo es dinero.
La joven industria alemana tenía que acreditarse en el mercado mundial; solo exportando podía crecer. Para ello hacía falta que en el extranjero gozara de la protección del derecho internacional. El comerciante inglés, francés o norteamericano siempre podía permitirse en el extranjero algo más que en su casa. Su legación le defendía y, en caso de necesidad, también un par de buques de guerra. ¡Pero el alemán! En Levante, al menos el austriaco podía fiarse en cierta medida de su legación; en otras partes tampoco le servía de mucho. Pero cuando un comerciante prusiano se quejaba en el extranjero ante su ministro de algún agravio sufrido, la respuesta era casi siempre: «Bien merecido lo tenéis, ¿qué se os ha perdido aquí?, ¿por qué no os quedáis tranquilos en casa?». Y el súbdito de un pequeño Estado carecía ya por completo de derechos en todas partes. Dondequiera que se fuese, los comerciantes alemanes estaban bajo protección extranjera, francesa, inglesa, norteamericana, o se habían apresurado a naturalizarse en su nueva patria.5 Y aunque sus representantes diplomáticos hubieran querido interceder por ellos, ¿de qué habría servido? A los propios diplomáticos alemanes se los trataba en ultramar como a limpiabotas.
Se ve por aquí cómo el anhelo de una «patria» unitaria tenía un trasfondo muy material. Ya no era el impulso nebuloso de los estudiantes de las Burschenschaften de la fiesta de Wartburg,6 «donde el valor y la fuerza llameaban en las almas alemanas», y donde, con una melodía francesa, «el joven era arrastrado con ímpetu de tormenta a ir a la lucha y a la muerte por la patria», para restaurar la romántica magnificencia imperial de la Edad Media, y donde el joven del ímpetu de tormenta acababa en su vejez convertido en un vulgarísimo lacayo pietista y absolutista de los príncipes. Tampoco era ya el grito de unidad, bastante más cercano a la tierra, de los abogados y demás ideólogos burgueses de la fiesta de Hambach,7 que creían amar la libertad y la unidad por sí mismas y no se daban cuenta de que la suicización de Alemania en una república de cantoncitos, a la que venía a parar el ideal de los menos confusos de entre ellos, era tan imposible como el imperio de los Hohenstaufen de aquellos estudiantes. No: era la exigencia, nacida de la necesidad inmediata de los negocios, del comerciante y del industrial prácticos, de barrer todos los trastos de los pequeños Estados heredados de la historia, que estorbaban el libre despliegue del comercio y de la industria; de eliminar todos los roces superfluos que el hombre de negocios alemán tenía que vencer primero en casa si quería salir al mercado mundial, y de los que estaban dispensados todos sus competidores. La unidad alemana se había convertido en una necesidad económica. Y la gente que ahora la reclamaba sabía lo que quería. Se había criado en el comercio y para el comercio, sabía regatear y se dejaba regatear. Sabía que hay que pedir muy alto, pero también rebajar con generosidad. Cantaban la «patria del alemán», en la que entraban también Estiria, el Tirol y «Austria, rica en honores y victorias»,8 y:
«Del Mosa al Niemen,
del Adigio al Belt,
Alemania, Alemania por encima de todo,
por encima de todo en el mundo»9:
pero estaban dispuestos a conceder sobre esta patria, que siempre tenía que ser más grande, un descuento bastante considerable por pago al contado: del 25 al 30 %. Su plan de unidad estaba hecho y era practicable de inmediato.
Pero la unidad alemana no era una cuestión solo alemana. Desde la guerra de los Treinta Años no se había decidido ni un solo asunto común alemán sin la injerencia, muy sensible, del extranjero.10 Federico II había conquistado Silesia en 1740 con la ayuda de los franceses. Francia y Rusia habían dictado literalmente en 1803 la reorganización del Sacro Imperio Romano por la Resolución de la Diputación del Imperio.11 Después Napoleón había organizado Alemania a su conveniencia. Y por último, en el Congreso de Viena,12 se la había vuelto a fragmentar, principalmente por obra de Rusia y en segundo lugar de Inglaterra y Francia, en treinta y seis Estados con más de doscientos jirones de territorio separados, grandes y pequeños; y las dinastías alemanas, exactamente igual que en 1802-1803 en la Dieta imperial de Ratisbona, habían colaborado lealmente y habían empeorado todavía la fragmentación. Además, algunos pedazos de Alemania habían sido entregados a príncipes extranjeros. Así, Alemania no solo estaba impotente y desvalida, consumiéndose en discordias internas, condenada a la nulidad política, militar e incluso industrial. Sino que, lo que era mucho peor, Francia y Rusia habían adquirido por la costumbre repetida un derecho a la fragmentación de Alemania, exactamente igual que Francia y Austria se arrogaban el derecho de velar por que Italia siguiera despedazada. Fue este pretendido derecho el que el zar Nicolás hizo valer en 1850 cuando, prohibiendo con la mayor grosería cualquier cambio constitucional por cuenta propia, impuso el restablecimiento de la Dieta federal, esa expresión de la impotencia de Alemania.
La unidad de Alemania, por tanto, había que conquistarla luchando no solo contra los príncipes y demás enemigos interiores, sino también contra el extranjero. O bien… con la ayuda del extranjero. ¿Y cómo estaban entonces las cosas en el extranjero?
En Francia, Luis Bonaparte había aprovechado la lucha entre la burguesía y la clase obrera para auparse a la presidencia con la ayuda de los campesinos y al trono imperial con la ayuda del ejército. Pero un nuevo emperador Napoleón hecho por el ejército dentro de las fronteras de la Francia de 1815 era un engendro nacido muerto. El imperio napoleónico renacido significaba la expansión de Francia hasta el Rin, la realización del sueño hereditario del chovinismo francés. Pero de momento el Rin no estaba al alcance de Luis Bonaparte; cualquier intento en esa dirección habría provocado una coalición europea contra Francia. En cambio, se ofrecía una ocasión de elevar la posición de poder de Francia y de dar nuevos laureles al ejército con una guerra, librada de acuerdo con casi toda Europa, contra Rusia, que había aprovechado el periodo revolucionario de Europa occidental para ocupar con todo sigilo los principados del Danubio y preparar una nueva guerra de conquista contra Turquía. Inglaterra se alió con Francia, Austria era favorable a ambas, y solo la heroica Prusia besó la vara rusa que la había azotado la víspera y se mantuvo en una neutralidad rusófila. Pero ni Inglaterra ni Francia querían una derrota seria del adversario, y así la guerra terminó en una humillación muy suave de Rusia y en una alianza ruso-francesa contra Austria.13
La guerra de Crimea hizo de Francia la potencia rectora de Europa y del aventurero Luis Napoleón el hombre más grande del momento, lo que por cierto no quiere decir mucho. Pero la guerra de Crimea no había dado a Francia ningún aumento de territorio y por eso llevaba en su seno una nueva guerra en la que Luis Napoleón iba a cumplir su verdadera vocación de «acrecentador del Imperio».14 Esta nueva guerra se había tramado ya durante la primera, cuando se permitió a Cerdeña unirse a la alianza de las potencias occidentales como satélite de la Francia imperial y, en concreto, como su avanzada contra… Austria; y se siguió preparando al concluir la paz, con el entendimiento entre Luis Napoleón y Rusia, a la que nada le venía mejor que un escarmiento de Austria.
Luis Napoleón era ahora el ídolo de la burguesía europea. No solo por su «salvación de la sociedad» del 2 de diciembre de 1851, en la que, es verdad, había aniquilado la dominación política de la burguesía, pero solo para salvar su dominación social. No solo porque había mostrado cómo el sufragio universal, en circunstancias favorables, podía convertirse en un instrumento de opresión de las masas; no solo porque bajo su gobierno la industria y el comercio, y sobre todo la especulación y el fraude bursátil, habían tomado un auge nunca visto. Sino sobre todo porque la burguesía reconocía en él al primer «gran estadista» que era carne de su carne y hueso de sus huesos. Era un advenedizo, como todo burgués de verdad. Con «más conchas que un galápago», conspirador carbonario en Italia, oficial de artillería en Suiza, distinguido vagabundo endeudado y policía auxiliar en Inglaterra,15 pero siempre y en todas partes pretendiente, se había preparado para emperador de los franceses y árbitro de los destinos de Europa con un pasado aventurero y con el descrédito moral en todos los países, igual que el burgués modelo, el norteamericano, se prepara para millonario con una serie de quiebras honradas y fraudulentas. Como emperador, no solo puso la política al servicio del lucro capitalista y del fraude bursátil, sino que hizo la propia política enteramente según los principios de la bolsa de valores y especuló con el «principio de las nacionalidades». Para la política francesa anterior, la fragmentación de Alemania y de Italia había sido un derecho fundamental inalienable de Francia; Luis Napoleón se dispuso enseguida a chalanear ese derecho fundamental pieza a pieza a cambio de las llamadas compensaciones. Estaba dispuesto a ayudar a Italia y a Alemania a acabar con su fragmentación, a condición de que Alemania e Italia le pagaran cada paso hacia la unificación nacional con la cesión de territorio. Con ello no solo se satisfacía el chovinismo francés y se llevaba poco a poco el Imperio a las fronteras de 1801, sino que se presentaba de nuevo a Francia como la potencia ilustrada y libertadora de pueblos por excelencia, y a Luis Napoleón como el protector de las nacionalidades oprimidas. Y toda la burguesía ilustrada y entusiasta de las nacionalidades —porque estaba vivamente interesada en que se eliminaran del mercado mundial todos los obstáculos a los negocios— aplaudió unánime esta ilustración liberadora del mundo.
Se empezó por Italia.16 Allí dominaba Austria sin restricciones desde 1849, y Austria era entonces el chivo expiatorio general de Europa. La pobreza de los resultados de la guerra de Crimea no se achacaba a la indecisión de las potencias occidentales, que solo habían querido una guerra de apariencia, sino a la actitud indecisa de Austria, de la que nadie tenía más culpa que las propias potencias occidentales. Rusia, por su parte, se había sentido tan herida por el avance de los austriacos hasta el Prut —el pago por la ayuda rusa en Hungría en 1849— (aunque precisamente ese avance había salvado a Rusia), que veía con alegría cualquier ataque a Austria. Prusia ya no contaba, y en el congreso de paz de París ya se la había tratado en canaille.17 Y así se tramó, con la colaboración de Rusia, la guerra por la liberación de Italia «hasta el Adriático», se emprendió en la primavera de 1859 y terminó ya en verano en el Mincio. Austria no había sido expulsada de Italia, Italia no era «libre hasta el Adriático» ni estaba unificada, Cerdeña había recibido un aumento, pero Francia había adquirido Saboya y Niza y, con ellas, frente a Italia, las fronteras de 1801.
Pero con eso los italianos no se dieron por satisfechos. En Italia dominaba todavía la manufactura propiamente dicha; la gran industria estaba aún en pañales. La clase obrera no estaba ni de lejos expropiada y proletarizada en su totalidad; en las ciudades poseía todavía sus propios medios de producción, en el campo el trabajo industrial era un ingreso complementario de pequeños campesinos propietarios o arrendatarios. Por eso la energía de la burguesía no estaba todavía quebrada por el antagonismo con un proletariado moderno consciente de su clase. Y como en Italia la fragmentación solo subsistía gracias a la dominación extranjera austriaca, bajo cuya protección los príncipes habían llevado el desgobierno hasta el extremo, también la nobleza terrateniente y la masa popular de las ciudades estaban del lado de la burguesía como adalid de la independencia nacional. Pero en 1859 la dominación extranjera había sido sacudida, salvo en el Véneto; Francia y Rusia hacían imposible que siguiera inmiscuyéndose en Italia; ya nadie la temía. E Italia tenía en Garibaldi un héroe de carácter antiguo, capaz de hacer milagros y que los hizo. Con mil voluntarios echó abajo todo el reino de Nápoles, unificó Italia de hecho, rasgó el tejido artificial de la política bonapartista. Italia era libre y estaba unida en lo sustancial; pero no por las intrigas de Luis Napoleón, sino por la revolución.
Desde la guerra de Italia, la política exterior del Segundo Imperio francés ya no era un secreto para nadie. Los vencedores del gran Napoleón tenían que recibir su escarmiento, pero l'un après l'autre, uno tras otro. Rusia y Austria ya habían recibido su parte; la siguiente en turno era Prusia. Y Prusia era más despreciada que nunca; su política durante la guerra de Italia había sido cobarde y lamentable, exactamente igual que en tiempos de la paz de Basilea de 1795. Con la «política de manos libres»18 había llegado a quedarse completamente aislada en Europa, a que todos sus vecinos, grandes y pequeños, esperaran con gusto el espectáculo de ver a Prusia hecha picadillo, a que sus manos solo estuvieran libres para una cosa: ceder la orilla izquierda del Rin a Francia.
En efecto, en los primeros años después de 1859 estaba extendida en todas partes, y en ninguna tanto como en el propio Rin, la convicción de que la orilla izquierda del Rin estaba perdida sin remedio en favor de Francia. No es que se deseara, pero se la veía venir como una fatalidad inevitable y, hay que decir la verdad, tampoco se la temía demasiado. Entre los campesinos y los pequeños burgueses despertaban de nuevo los viejos recuerdos de la época francesa, que realmente había traído la libertad; de la burguesía, la aristocracia financiera, sobre todo en Colonia, estaba ya metida hasta el cuello en los enjuagues del Crédit Mobilier de París19 y de otras compañías bonapartistas de estafa, y clamaba en voz alta por la anexión.20
Pero la pérdida de la orilla izquierda del Rin significaba el debilitamiento no solo de Prusia, sino también de Alemania. Y Alemania estaba más dividida que nunca. Austria y Prusia, más distanciadas que nunca por la neutralidad de Prusia en la guerra de Italia; la pequeña ralea de príncipes, entre temerosa y codiciosa, mirando de reojo a Luis Napoleón como protector de una Confederación del Rin renovada: esa era la situación de la Alemania oficial. Y eso en un momento en que solo las fuerzas unidas de toda la nación eran capaces de conjurar el peligro del desmembramiento.
Pero ¿cómo unir las fuerzas de toda la nación? Había tres caminos abiertos, después de que hubieran fracasado los intentos de 1848, nebulosos casi sin excepción, pero que precisamente por eso habían disipado no pocas nieblas.
El primer camino era el de la unificación real mediante la eliminación de todos los Estados particulares, es decir, el camino abiertamente revolucionario. Este camino acababa de llevar a la meta en Italia; la dinastía de Saboya se había sumado a la revolución y con ello se había embolsado la corona de Italia. Pero nuestros Saboya alemanes, los Hohenzollern, e incluso sus Cavour más temerarios a lo Bismarck, eran absolutamente incapaces de una hazaña tan audaz. El pueblo habría tenido que hacerlo todo por sí mismo, y en una guerra por la orilla izquierda del Rin seguramente habría sido capaz de hacer lo necesario. La inevitable retirada de los prusianos al otro lado del Rin, la guerra de posiciones ante las fortalezas del Rin y la traición, entonces indudable, de los príncipes del sur de Alemania podían bastar para desencadenar un movimiento nacional ante el que toda la tramoya de las dinastías saltara en pedazos. Y entonces Luis Napoleón habría sido el primero en envainar la espada. El Segundo Imperio solo podía usar como adversarios a Estados reaccionarios, frente a los cuales aparecía como continuador de la Revolución francesa, como libertador de los pueblos. Contra un pueblo que estaba él mismo en revolución era impotente; más aún, la revolución alemana victoriosa podía dar el impulso para derribar todo el imperio francés. Ese era el caso más favorable; en el más desfavorable, si las dinastías se hacían dueñas del movimiento, se perdía temporalmente la orilla izquierda del Rin en favor de Francia, se ponía al descubierto ante el mundo entero la traición activa o pasiva de las dinastías y se creaba una situación forzosa en la que a Alemania no le quedaba otra salida que la revolución, la expulsión de todos los príncipes, la instauración de la república alemana unitaria.
Tal como estaban las cosas, este camino hacia la unificación de Alemania solo podía emprenderse si Luis Napoleón empezaba la guerra por la frontera del Rin. Pero esa guerra no se produjo, por razones que pronto mencionaremos. Y con ello la cuestión de la unificación nacional dejó también de ser una cuestión vital inaplazable, que había que resolver de hoy para mañana so pena de perecer. La nación podía esperar por el momento.
El segundo camino era la unificación bajo la hegemonía de Austria. En 1815 Austria había conservado de buen grado la situación de un territorio estatal compacto y redondeado que le habían impuesto las guerras napoleónicas. No volvió a reclamar sus antiguas posesiones separadas del sur de Alemania; se contentó con agregarse territorios antiguos y nuevos que podían ajustarse geográfica y estratégicamente al núcleo que le quedaba a la monarquía. La separación entre la Austria alemana y el resto de Alemania, iniciada por los aranceles protectores de José II, agravada por el régimen policiaco italiano de Francisco I y llevada al extremo por la disolución del Imperio alemán y la Confederación del Rin, siguió vigente de hecho también después de 1815. Metternich rodeó su Estado, por el lado alemán, de una verdadera muralla china. Los aranceles mantenían fuera los productos materiales de Alemania, la censura los intelectuales, y las más indescriptibles vejaciones con los pasaportes limitaban el trato personal al mínimo imprescindible. En el interior, una arbitrariedad absolutista sin igual incluso en Alemania prevenía cualquier movimiento político, aun el más leve. Así, Austria había permanecido absolutamente al margen de todo el movimiento liberal burgués de Alemania. Con 1848 cayó al menos en gran parte la barrera intelectual; pero los acontecimientos de aquel año y sus consecuencias eran poco apropiados para acercar Austria al resto de Alemania; al contrario, Austria insistía cada vez más en su posición independiente de gran potencia. Y así sucedió que, aunque los soldados austriacos de las fortalezas federales eran apreciados y los prusianos odiados y escarnecidos, y aunque Austria seguía siendo popular y respetada en todo el sur y el oeste, mayoritariamente católicos, nadie pensaba en serio en una unificación de Alemania bajo la hegemonía austriaca, salvo acaso un par de príncipes de los Estados pequeños y medianos de Alemania.
Tampoco podía ser de otro modo. La propia Austria no lo había querido de otra manera, aunque en silencio alimentara sueños imperiales románticos. Con el tiempo, la frontera aduanera austriaca había quedado como la única barrera material que subsistía dentro de Alemania, y por eso se la sentía con más fuerza. La política independiente de gran potencia no tenía sentido si no significaba sacrificar los intereses alemanes a los específicamente austriacos, es decir, italianos, húngaros, etc. Antes como después de la revolución, Austria siguió siendo el Estado más reaccionario de Alemania, el que más a regañadientes seguía la corriente moderna y, además, la única gran potencia específicamente católica que quedaba. Cuanto más se esforzaba el gobierno posterior a marzo21 por restaurar el viejo régimen de curas y jesuitas, más imposible le resultaba la hegemonía sobre un país protestante en sus dos terceras partes. Y, por último, una unificación de Alemania bajo Austria solo era posible haciendo saltar Prusia en pedazos. Ahora bien, por poco que eso significara en sí una desgracia para Alemania, hacer saltar Prusia en pedazos por obra de Austria habría sido tan funesto como lo sería hacer saltar Austria por obra de Prusia antes de la victoria inminente de la revolución en Rusia (después de la cual será superfluo, porque Austria, convertida entonces en superflua, tendrá que desmoronarse por sí sola).
En resumen, la unidad alemana bajo las alas de Austria era un sueño romántico, y como tal se reveló cuando los príncipes alemanes pequeños y medianos se reunieron en Fráncfort en 1863 para proclamar emperador de Alemania a Francisco José de Austria.22 El rey de Prusia sencillamente no fue, y la comedia imperial se fue lamentablemente a pique.
Quedaba el tercer camino: la unificación bajo la dirección prusiana. Y este, como fue el que realmente se tomó, nos hace bajar del terreno de la especulación al suelo más sólido, aunque bastante inmundo, de la política práctica, de la «Realpolitik».
Desde Federico II, Prusia veía en Alemania, como en Polonia, un mero territorio de conquista del que se toma lo que se puede, pero del que también se da por supuesto que hay que repartirlo con otros. El reparto de Alemania con el extranjero, ante todo con Francia: esa era la «vocación alemana» de Prusia desde 1740. «Je vais, je crois, jouer votre jeu; si les as me viennent, nous partagerons» («Creo que voy a jugar vuestro juego; si me vienen los ases, repartiremos»): esas fueron las palabras de despedida de Federico al embajador francés23 cuando partía hacia su primera guerra. Fiel a esta «vocación alemana», Prusia traicionó a Alemania en 1795 en la paz de Basilea, consintió de antemano (tratado del 5 de agosto de 1796) en la cesión de la orilla izquierda del Rin a Francia a cambio de la promesa de un aumento de territorio, y cobró efectivamente el precio de la traición al Imperio con la Resolución de la Diputación del Imperio dictada por Rusia y Francia. En 1805 volvió a traicionar a sus aliados Rusia y Austria en cuanto Napoleón le puso delante Hannover —el cebo que mordía todas las veces—, pero se enredó de tal modo en su propia astucia estúpida que acabó en guerra con Napoleón y recibió en Jena el escarmiento merecido. Con el recuerdo de esos golpes todavía en el cuerpo, Federico Guillermo III quiso, incluso después de las victorias de 1813 y 1814, renunciar a todas las avanzadas del oeste de Alemania, limitarse a la posesión del nordeste de Alemania y retirarse de Alemania en lo posible, de manera parecida a Austria, lo que habría convertido toda Alemania occidental en una nueva Confederación del Rin bajo protectorado ruso o francés. El plan no prosperó; contra la voluntad del rey se le impusieron Westfalia y la provincia del Rin, y con ellas una nueva «vocación alemana».
Con las anexiones —salvo la compra de algunos jirones diminutos de territorio— se acabó por el momento. En el interior volvió a florecer poco a poco el viejo régimen de junkers y burócratas; las promesas de constitución hechas al pueblo en los momentos de amarga necesidad se incumplieron con obstinación. Pero con todo, también en Prusia la burguesía iba subiendo cada vez más, porque sin industria ni comercio incluso el altanero Estado prusiano era ya un cero a la izquierda. Despacio, de mala gana, en dosis homeopáticas, hubo que hacer concesiones económicas a la burguesía. Y por un lado esas concesiones ofrecían la perspectiva de apoyar la «vocación alemana» de Prusia: Prusia, para eliminar las fronteras aduaneras ajenas entre sus dos mitades, invitó a los Estados alemanes vecinos a la unión aduanera. Así nació el Zollverein,24 que hasta 1830 fue un piadoso deseo (solo se había adherido Hesse-Darmstadt), pero que luego, con el ritmo algo más rápido del movimiento político y económico, anexionó pronto económicamente a Prusia la mayor parte de la Alemania interior. Los países costeros no prusianos se quedaron fuera hasta después de 1848.
El Zollverein fue un gran éxito de Prusia. Que significara una victoria sobre la influencia austriaca era lo de menos. Lo principal era que ponía a toda la burguesía de los Estados medianos y pequeños del lado de Prusia. Salvo Sajonia, no había ningún Estado alemán cuya industria se hubiera desarrollado ni remotamente en la medida de la prusiana; y eso no se debía solo a condiciones previas naturales e históricas, sino también al mayor territorio aduanero y al mayor mercado interior. Y cuanto más se extendía el Zollverein e incorporaba a los pequeños Estados a ese mercado interior, más se acostumbraban los incipientes burgueses de esos Estados a mirar a Prusia como su potencia rectora económica y, algún día, también política. Y como cantaban los burgueses, así silbaban los profesores. Lo que en Berlín construían filosóficamente los hegelianos, que Prusia estaba llamada a ponerse a la cabeza de Alemania, lo demostraban históricamente en Heidelberg los discípulos de Schlosser, sobre todo Häusser y Gervinus.25 Se daba por supuesto, naturalmente, que Prusia cambiaría todo su sistema político y cumpliría las exigencias de los ideólogos de la burguesía.26
Pero todo esto no sucedía por una especial predilección por el Estado prusiano, como cuando los burgueses italianos aceptaron a Piamonte como Estado rector después de que se pusiera abiertamente a la cabeza del movimiento nacional y constitucional. No: sucedía a regañadientes; los burgueses tomaban a Prusia como el mal menor, porque Austria los excluía de su mercado y porque Prusia, comparada con Austria, tenía todavía cierto carácter burgués, aunque solo fuera por su tacañería financiera. Prusia tenía dos buenas instituciones que la ponían por delante de otros grandes Estados: el servicio militar obligatorio general y la escolarización obligatoria general. Las había introducido en tiempos de necesidad desesperada y, en días mejores, se había contentado con despojarlas de su carácter, peligroso en ciertas circunstancias, mediante una aplicación descuidada y una chapuza deliberada. Pero seguían existiendo sobre el papel, y con ello Prusia conservaba la posibilidad de desplegar un día la energía potencial dormida en la masa del pueblo en un grado que, para una población igual, era inalcanzable en otras partes. La burguesía se avino a ambas instituciones; el servicio personal de los voluntarios de un año,27 es decir, de los hijos de los burgueses, podía eludirse hacia 1840 de forma fácil y bastante barata mediante el soborno, tanto más cuanto que en el propio ejército se daba entonces poco valor a los oficiales de la Landwehr reclutados en los medios comerciales e industriales. Y el número mayor de personas con cierta suma de conocimientos elementales, indudablemente existente en Prusia como residuo de la escolarización obligatoria, era de la máxima utilidad para la burguesía; con el progreso de la gran industria, acabó resultando incluso insuficiente.28 Las quejas por los altos costes de ambas instituciones, que se traducían en impuestos elevados,29 se oían sobre todo entre la pequeña burguesía; la burguesía ascendente calculaba que los costes futuros de gran potencia, fatales sin duda pero inevitables, quedarían sobradamente compensados por el aumento de los beneficios.
En resumen, los burgueses alemanes no se hacían ilusiones sobre la amabilidad prusiana. Si desde 1840 la hegemonía prusiana ganó prestigio entre ellos, fue solo porque y en la medida en que la burguesía prusiana, gracias a su desarrollo económico más rápido, se puso económica y políticamente a la cabeza de la burguesía alemana; porque y en la medida en que los Rotteck y Welcker del viejo sur constitucional quedaban eclipsados por los Camphausen, Hansemann y Milde del norte prusiano,30 los abogados y profesores por los comerciantes y fabricantes. Y, en efecto, en los liberales prusianos de los últimos años anteriores a 1848, sobre todo en los renanos, se notaba un aliento revolucionario muy distinto del de los liberales de cantoncito del sur. Entonces nacieron las dos mejores canciones populares políticas desde el siglo XVI, la del alcalde Tschech y la de la baronesa de Droste-Vischering,31 de cuya impiedad se horrorizan hoy, en su vejez, las mismas personas que en 1846 las cantaban con brío:
¿Tuvo nunca nadie tanta mala pata
como el alcalde Tschech,
que a ese hombre gordo
no le acierta a dos pasos?
Pero todo eso iba a cambiar pronto. Llegó la revolución de febrero, y las jornadas de marzo en Viena, y la revolución berlinesa del 18 de marzo. La burguesía había vencido sin luchar en serio; ni siquiera había querido la lucha seria cuando llegó. Porque ella, que poco antes había coqueteado con el socialismo y el comunismo de aquel tiempo (sobre todo en el Rin), se dio cuenta de pronto de que no había criado solo obreros sueltos, sino una clase obrera, un proletariado todavía medio sumido en el sueño, pero que iba despertando poco a poco y que era revolucionario en su naturaleza más íntima. Y este proletariado, que en todas partes había conquistado la victoria para la burguesía, planteaba ya, sobre todo en Francia, reivindicaciones incompatibles con la existencia de todo el orden burgués; en París se llegó, el 23 de junio de 1848, a la primera lucha terrible entre las dos clases; tras cuatro días de batalla, el proletariado sucumbió. A partir de entonces la masa de la burguesía de toda Europa se pasó al lado de la reacción y se alió con los burócratas absolutistas, los feudales y los curas a los que acababa de derribar con la ayuda de los obreros, contra los enemigos de la sociedad, esos mismos obreros.
En Prusia esto ocurrió de la siguiente manera: la burguesía dejó en la estacada a sus propios representantes electos y presenció con alegría disimulada o abierta cómo el gobierno los dispersaba en noviembre de 1848. El ministerio de junkers y burócratas que se instaló entonces en Prusia durante casi diez años tuvo que gobernar, es cierto, con formas constitucionales, pero se vengó con un sistema de vejaciones y molestias mezquinas, inauditas hasta entonces incluso en Prusia, bajo el cual nadie sufrió tanto como la burguesía. Pero esta había hecho examen de conciencia y penitencia, aceptaba con humildad los golpes y patadas que le llovían como castigo por sus antiguos apetitos revolucionarios, y fue aprendiendo poco a poco a pensar lo que más tarde dijo en voz alta: ¡al fin y al cabo somos perros!
Entonces llegó la regencia.32 Para demostrar su lealtad al rey, Manteuffel33 había hecho rodear de espías al heredero del trono, el actual emperador, exactamente igual que hoy Puttkamer a la redacción del Sozialdemokrat.34 Cuando el heredero se convirtió en regente, Manteuffel recibió, naturalmente, una patada inmediata que lo quitó de en medio, y empezó la Nueva Era. Fue solo un cambio de decorado. El príncipe regente se dignó permitir a los burgueses que volvieran a ser liberales. Los burgueses hicieron uso de este permiso con gusto, pero se imaginaron que ahora tenían la sartén por el mango y que el Estado prusiano tenía que bailar al son que ellos tocaran. Pero esa no era en absoluto la intención «en los círculos competentes», como dice el estilo de los reptiles.35 La reorganización del ejército iba a ser el precio con el que los burgueses liberales pagarían la Nueva Era. Con ella el gobierno solo exigía la aplicación del servicio militar obligatorio general en el grado habitual hacia 1816. Desde el punto de vista de la oposición liberal no se podía decir absolutamente nada en contra que no diera igualmente de bofetadas a sus propias frases sobre la posición de poder de Prusia y su vocación alemana. Pero la oposición liberal puso como condición de su aprobación el servicio máximo legal de dos años. En sí, esto era del todo racional; pero la cuestión era si se podía imponer, si la burguesía liberal del país estaba dispuesta a sostener esa condición hasta el final, con sus bienes y su sangre. El gobierno se mantuvo firme en tres años de servicio, la Cámara en dos; estalló el conflicto. Y con el conflicto sobre la cuestión militar, la política exterior volvió a ser decisiva, también para la interior.
Hemos visto cómo Prusia, con su actitud en la guerra de Crimea y en la de Italia, había perdido el último resto de respeto. Esta política lamentable tenía una disculpa parcial en el mal estado del ejército. Como ya antes de 1848 no se podían establecer nuevos impuestos ni contraer empréstitos sin la aprobación de los estamentos, y tampoco se quería convocar a los estamentos para ello, nunca había dinero suficiente para el ejército, y este se echó a perder del todo con una tacañería sin límites. El espíritu de desfile y de polainas que se había impuesto con Federico Guillermo III hizo el resto. Lo desvalido que se mostró este ejército de desfile en 1848 en los campos de batalla daneses puede leerse en el conde Waldersee. La movilización de 1850 fue un fiasco completo; faltaba de todo, y lo que había era en su mayoría inservible. Es verdad que a esto se había puesto remedio con la concesión de fondos por las Cámaras; el ejército había sido sacado de la vieja rutina, y el servicio de campaña había desplazado, al menos en gran parte, al de desfile. Pero los efectivos del ejército seguían siendo los mismos que hacia 1820, mientras que todas las demás grandes potencias, en especial Francia, de la que precisamente ahora venía la amenaza, habían aumentado considerablemente sus fuerzas militares. Y eso que en Prusia existía el servicio militar obligatorio general; todo prusiano era soldado sobre el papel, aunque la población había crecido de 10½ millones (1817) a 17¾ millones (1858) y los cuadros del ejército no alcanzaban para recibir e instruir a más de un tercio de los hombres aptos. Ahora el gobierno pedía un aumento del ejército que correspondía casi exactamente al crecimiento de la población producido desde 1817. Pero los mismos diputados liberales que exigían sin cesar al gobierno que se pusiera a la cabeza de Alemania, que defendiera la posición de poder de Alemania hacia fuera y restableciera su prestigio entre las naciones, esas mismas personas regateaban y chalaneaban y no querían conceder nada si no era sobre la base de los dos años de servicio. ¿Tenían acaso el poder de imponer también su voluntad, en la que se obstinaban tanto? ¿Estaba detrás de ellos el pueblo, o siquiera la burguesía, dispuesto a pasar a la acción?
Al contrario. La burguesía aplaudía sus combates oratorios contra Bismarck, pero en realidad organizaba un movimiento que, aunque fuera inconscientemente, se dirigía de hecho contra la política de la mayoría de la Cámara prusiana. Las intromisiones de Dinamarca en la constitución de Holstein y los intentos violentos de danización en Schleswig indignaban al burgués alemán. Que lo vejaran las grandes potencias, a eso estaba acostumbrado; pero recibir patadas de la pequeña Dinamarca encendía su cólera. Se formó la Asociación Nacional;36 su fuerza era precisamente la burguesía de los pequeños Estados. Y la Asociación Nacional, liberal hasta la médula como era, exigía ante todo la unificación nacional bajo la dirección de Prusia: de una Prusia liberal si era posible, de una Prusia como fuera en caso de necesidad. Que por fin se avanzara, que se acabara con la miserable posición de los alemanes como gente de segunda clase en el mercado mundial, que se diera un escarmiento a Dinamarca y se enseñaran los dientes a las grandes potencias en Schleswig-Holstein: eso era ante todo lo que pedía la Asociación Nacional. Y además la exigencia de la dirección prusiana se había librado ya de todas las confusiones y sensiblerías que todavía la acompañaban hasta 1850. Se sabía perfectamente que significaba la expulsión de Austria de Alemania y la supresión efectiva de la soberanía de los pequeños Estados, y que ninguna de las dos cosas podía obtenerse sin la guerra civil y sin la división de Alemania. Pero ya no se temía la guerra civil, y la división no hacía más que sacar el saldo del cierre aduanero austriaco. La industria y el comercio de Alemania habían alcanzado tal altura, la red de casas comerciales alemanas que abarcaba el mercado mundial se había extendido y hecho tan densa, que la fragmentación en pequeños Estados en casa y la falta de derechos y de protección en el extranjero ya no podían soportarse por más tiempo. ¡Y mientras la organización política más fuerte que la burguesía alemana había tenido nunca les daba este voto de desconfianza de hecho, los diputados de Berlín seguían regateando con la duración del servicio!
Esa era la situación cuando Bismarck se dispuso a intervenir activamente en la política exterior.
Bismarck es Luis Napoleón traducido del aventurero pretendiente francés a la corona al junker rural prusiano y al estudiante de corporación alemán. Exactamente igual que Luis Napoleón, Bismarck es un hombre de gran entendimiento práctico y de gran astucia, un hombre de negocios nato y taimado que en otras circunstancias habría disputado el puesto a los Vanderbilt y a los Jay Gould en la Bolsa de Nueva York, como por lo demás ha sabido poner a buen recaudo su propia fortunita privada. Pero con este entendimiento desarrollado en el terreno de la vida práctica va unida a menudo una estrechez correspondiente de horizontes, y en esto Bismarck supera a su predecesor francés. Porque este, al menos, se había elaborado él mismo sus «ideas napoleónicas»37 durante su época de vagabundo (y así eran ellas), mientras que Bismarck, como veremos, nunca produjo ni rastro de una idea política propia, sino que solo se arregló combinando las ideas ya hechas de otros. Pero esta estrechez de miras fue precisamente su suerte. Sin ella nunca habría logrado representarse toda la historia universal desde el punto de vista específicamente prusiano; y si esa visión del mundo prusiana hasta los tuétanos hubiera tenido un agujero por el que entrara la luz del día, habría perdido la fe en toda su misión y se habría acabado su gloria. Es verdad que, cuando hubo cumplido a su manera su misión particular, prescrita desde fuera, se le acabó también el repertorio; ya veremos a qué saltos se vio obligado por su absoluta falta de ideas racionales y su incapacidad para comprender la situación histórica que él mismo había creado.
Si Luis Napoleón, por su pasado, se había acostumbrado a tener pocos miramientos en la elección de sus medios, Bismarck aprendió de la historia de la política prusiana, sobre todo de la del llamado Gran Elector y de Federico II, a proceder con todavía menos escrúpulos, y además podía conservar la edificante conciencia de seguir fiel en ello a la tradición patria. Su sentido de los negocios le enseñó a reprimir sus apetitos de junker cuando hacía falta; cuando ya no pareció necesario, volvieron a aparecer con toda crudeza, lo que era, desde luego, señal de decadencia. Su método político era el del estudiante de corporación; la interpretación burlescamente literal del código de la cerveza, con la que en la taberna de la corporación uno se saca del lazo, la aplicaba en la Cámara sin ningún reparo a la constitución prusiana; todas las innovaciones que introdujo en la diplomacia están tomadas de las costumbres de los estudiantes de corporación. Pero si Luis Napoleón vacilaba a menudo en los momentos decisivos, como en el golpe de Estado de 1851, cuando Morny38 tuvo que forzarle literalmente para que llevara a término lo empezado, y como en vísperas de la guerra de 1870, cuando su inseguridad le echó a perder toda su posición, hay que reconocerle a Bismarck que eso nunca le pasó. Su fuerza de voluntad no le abandonó jamás; más bien se trocaba en brutalidad abierta. Y en esto reside sobre todo el secreto de sus éxitos. A todas las clases dominantes de Alemania, junkers como burgueses, se les ha perdido hasta tal punto el último resto de energía, en la Alemania «culta» se ha hecho hasta tal punto costumbre no tener voluntad, que el único hombre de entre ellos que todavía tiene realmente voluntad se ha convertido precisamente por eso en su hombre más grande y en el tirano de todos ellos, ante el cual, contra lo que saben y les dicta la conciencia, como ellos mismos dicen, «pasan por el aro» de buena gana. Es cierto que en la Alemania «inculta» todavía no se ha llegado a eso; el pueblo trabajador ha demostrado que tiene una voluntad con la que tampoco puede la fuerte voluntad de Bismarck.
Una carrera brillante se abría ante nuestro junker de la Vieja Marca,39 con tal de que tuviera valor e inteligencia para aprovecharla. ¿No se había convertido Luis Napoleón en el ídolo de la burguesía precisamente por haber disuelto su Parlamento, pero aumentado sus beneficios? ¿Y no tenía Bismarck las mismas dotes para los negocios que los burgueses tanto admiraban en el falso Napoleón? ¿No le atraía su Bleichröder como a Luis Napoleón su Fould?40 ¿No había en Alemania, en 1864, una contradicción entre los representantes burgueses de la Cámara, que querían rebajar el tiempo de servicio, y los burgueses de fuera, en la Asociación Nacional, que querían a cualquier precio hazañas nacionales, hazañas para las que hace falta ejército? ¿Una contradicción muy parecida a la de Francia en 1851 entre los burgueses de la Cámara, que querían tener a raya el poder del presidente, y los burgueses de fuera, que querían orden y un gobierno fuerte, orden a cualquier precio, contradicción que Luis Napoleón había resuelto disolviendo a los alborotadores del Parlamento y dando orden a la masa de los burgueses? ¿No estaban las cosas en Alemania todavía mucho más seguras para un golpe audaz? ¿No había entregado la burguesía el plan de reorganización listo y acabado, y no reclamaba ella misma a gritos al enérgico estadista prusiano que ejecutara su plan, excluyera a Austria de Alemania y unificara los pequeños Estados bajo la hegemonía de Prusia? Y si para ello había que tratar con algo de rudeza la constitución prusiana y apartar como merecían a los ideólogos de dentro y de fuera de la Cámara, ¿no se podía uno apoyar, como Luis Bonaparte, en el sufragio universal? ¿Qué podía haber más democrático que la introducción del sufragio universal? ¿No había demostrado Luis Napoleón que, bien manejado, no entrañaba ningún peligro? ¿Y no ofrecía precisamente este sufragio universal el medio de apelar a las grandes masas populares, de coquetear un poco con el movimiento social naciente, si la burguesía se mostraba reacia?
Bismarck se lanzó. Se trataba de repetir el golpe de Estado de Luis Napoleón, de hacer ver palpablemente a la burguesía alemana las relaciones de fuerza reales, de hacer saltar violentamente sus ilusiones liberales, pero de cumplir sus reivindicaciones nacionales, que coincidían con los deseos prusianos. Schleswig-Holstein ofreció primero el asidero para actuar. El terreno de la política exterior estaba preparado. Al zar de Rusia se lo había ganado con los servicios de esbirro que Bismarck había prestado en 1863 contra los polacos insurrectos;41 a Luis Napoleón también se le había trabajado, y podía disculpar su indiferencia, si no su callado favor a los planes de Bismarck, con su querido «principio de las nacionalidades»; en Inglaterra era primer ministro Palmerston, pero solo había puesto al pequeño lord John Russell en el Ministerio de Asuntos Exteriores para que hiciera allí el ridículo. Austria, en cambio, era la rival de Prusia por la hegemonía en Alemania, y precisamente en este asunto podía dejarse adelantar por Prusia todavía menos, porque en 1850 y 1851, como alguacil del emperador Nicolás en Schleswig-Holstein, se había comportado de hecho todavía con más vileza que la propia Prusia. La situación era, pues, sumamente favorable. Por mucho que Bismarck odiara a Austria, y por muy a gusto que Austria se hubiera desahogado a su vez con Prusia, a la muerte de Federico VII de Dinamarca no les quedó otro remedio que intervenir conjuntamente contra Dinamarca, con el permiso tácito de Rusia y de Francia. El éxito estaba asegurado de antemano mientras Europa permaneciera neutral; así fue: los ducados fueron conquistados y cedidos en la paz.
Con esta guerra, Prusia había tenido el objetivo secundario de probar ante el enemigo su ejército, formado desde 1850 según nuevos principios y reorganizado y reforzado en 1860. Se había acreditado por encima de toda expectativa, y en las situaciones de guerra más diversas. Que el fusil de aguja era muy superior al de avancarga, y que se sabía usarlo bien, lo demostró el combate de Lyngby, en Jutlandia,42 donde 80 prusianos apostados detrás de un seto vivo pusieron en fuga con su fuego rápido a tres veces más daneses. Al mismo tiempo se tuvo ocasión de observar que los austriacos solo habían sacado de la guerra de Italia y de la manera de combatir de los franceses la lección de que disparar no sirve de nada y de que el verdadero soldado debe arrollar enseguida al enemigo a la bayoneta; y se tomó buena nota, pues ante las bocas de los fusiles de retrocarga no se podía desear una táctica enemiga más bienvenida. Y para poner a los austriacos cuanto antes en condiciones de convencerse de ello en la práctica, en la paz se entregaron los ducados a la soberanía común de Austria y de Prusia, es decir, se creó una situación puramente provisional que tenía que producir conflicto tras conflicto y dejaba así por entero en manos de Bismarck cuándo quería aprovechar uno de esos conflictos para su gran golpe contra Austria. Con la costumbre de la política prusiana de «explotar sin miramientos hasta el extremo» una situación favorable, como dice el señor von Sybel,43 era evidente que, con el pretexto de liberar a los alemanes de la opresión danesa, se anexionaran también a Alemania unos 200.000 daneses del norte de Schleswig. Pero quien se quedó con las manos vacías fue el candidato al trono de Schleswig-Holstein de los pequeños Estados y de la burguesía alemana, el duque de Augustenburgo.
Así, en los ducados, Bismarck había hecho la voluntad de la burguesía alemana contra su voluntad. Había expulsado a los daneses, había desafiado al extranjero, y el extranjero no se había movido. Pero los ducados, apenas liberados, fueron tratados como país conquistado, sin preguntarles en absoluto su voluntad, y repartidos sin más, provisionalmente, entre Austria y Prusia. Prusia había vuelto a ser una gran potencia, ya no era la quinta rueda del carro europeo; la satisfacción de los deseos nacionales de la burguesía iba por el mejor camino, pero el camino elegido no era el liberal de la burguesía. Así que el conflicto militar prusiano continuó, e incluso se hizo cada vez más insoluble. Había que abrir el segundo acto de la gran función de Estado de Bismarck.
La guerra danesa había cumplido una parte de los deseos nacionales. Schleswig-Holstein estaba «liberado»; el Protocolo de Varsovia y el de Londres,44 en los que las grandes potencias habían sellado la humillación de Alemania ante Dinamarca, se les habían arrojado a los pies hechos pedazos, y ellas no habían rechistado. Austria y Prusia volvían a estar juntas, las tropas de ambas habían vencido codo con codo, y ningún potentado pensaba ya en tocar territorio alemán. Los apetitos renanos de Luis Napoleón, relegados hasta entonces a un segundo plano por otras ocupaciones —la revolución italiana, la insurrección polaca, las complicaciones danesas y, por último, la expedición a México—, ya no tenían ninguna perspectiva. Para un estadista prusiano conservador, pues, la situación mundial era hacia fuera la que podía desearse. Pero Bismarck no fue nunca conservador hasta 1871, y entonces menos que nunca, y la burguesía alemana no estaba en absoluto satisfecha.
La burguesía alemana seguía moviéndose en la consabida contradicción. Por un lado, exigía para sí el poder político exclusivo, es decir, para un ministerio elegido entre la mayoría liberal de la Cámara; y un ministerio así habría tenido que librar una lucha de diez años con el viejo sistema representado por la corona, hasta que se reconociera definitivamente su nueva posición de poder: es decir, diez años de debilitamiento interior. Pero, por otro lado, exigía una transformación revolucionaria de Alemania que solo podía llevarse a cabo por la violencia, es decir, solo mediante una dictadura efectiva. Y además la burguesía, desde 1848, había dado una y otra vez, en cada momento decisivo, la prueba de que no tenía ni rastro de la energía necesaria para imponer ni lo uno ni lo otro, y no digamos ambas cosas. En política solo hay dos poderes decisivos: la fuerza organizada del Estado, el ejército, y la fuerza no organizada, elemental, de las masas populares. Apelar a las masas era algo que la burguesía había desaprendido en 1848; las temía todavía más que al absolutismo. Y el ejército no estaba en absoluto a su disposición. Pero sí a disposición de Bismarck.
En el conflicto constitucional, que todavía duraba, Bismarck había combatido hasta el extremo las reivindicaciones parlamentarias de la burguesía. Pero ardía en deseos de cumplir sus reivindicaciones nacionales, que coincidían, en efecto, con los deseos más secretos de la política prusiana. Si ahora volvía a hacer la voluntad de la burguesía contra su voluntad, si convertía en realidad la unificación de Alemania tal como la había formulado la burguesía, el conflicto quedaba resuelto por sí solo, y Bismarck tenía que convertirse en el ídolo de los burgueses igual que su modelo Luis Napoleón.
La burguesía le proporcionó la meta; Luis Napoleón, el camino hacia la meta; solo la ejecución fue obra de Bismarck.
Para poner a Prusia a la cabeza de Alemania no solo había que echar a Austria por la fuerza de la Confederación Germánica, sino también someter a los pequeños Estados. Una guerra así, fresca y alegre, de alemanes contra alemanes,45 había sido desde siempre en la política prusiana el medio principal de ampliar el territorio; a eso no le temía ningún buen prusiano. Tampoco el segundo medio principal podía suscitar el menor reparo: la alianza con el extranjero contra alemanes. Al sentimental Alejandro de Rusia se lo tenía en el bolsillo. Luis Napoleón nunca había desconocido la vocación piamontesa de Prusia en Alemania y estaba muy dispuesto a hacer un negocito con Bismarck. Si podía obtener lo que necesitaba por vía pacífica, en forma de compensaciones, lo prefería. Además, no necesitaba toda la orilla izquierda del Rin de una vez; si se la daban a trozos, una franja por cada nuevo avance de Prusia, llamaba menos la atención y llevaba igualmente a la meta. A los ojos de los chovinistas franceses, una milla cuadrada en el Rin valía tanto como toda Saboya y Niza. Así que se negoció con Luis Napoleón y se obtuvo su permiso para el engrandecimiento de Prusia y para una Confederación de la Alemania del Norte. Que a cambio se le ofreció un trozo de territorio alemán en el Rin está fuera de duda;46 en las negociaciones con Govone47 Bismarck habló del Palatinado bávaro y del Hesse renano. Es verdad que después lo negó. Pero un diplomático, y en especial uno prusiano, tiene sus propias opiniones sobre los límites dentro de los cuales uno tiene derecho, o incluso obligación, de hacer una ligera violencia a la verdad. La verdad es mujer y, por tanto, según la idea del junker, en el fondo le gusta. Luis Napoleón no era tan tonto como para permitir el engrandecimiento de Prusia sin que Prusia le prometiera una compensación; antes habría prestado Bleichröder dinero sin intereses. Pero no conocía lo bastante a sus prusianos y al final le engañaron. En suma, una vez que se le tuvo tranquilo, se hizo alianza con Italia para el «golpe al corazón».48
El filisteo de diversos países se indignó profundamente por esta expresión. Sin ninguna razón. À la guerre comme à la guerre. La expresión solo demuestra que Bismarck reconoció la guerra civil alemana de 1866 como lo que era, a saber, una revolución, y que estaba dispuesto a imponer esa revolución con medios revolucionarios. Y lo hizo. Su proceder frente a la Dieta federal fue revolucionario. En vez de someterse a la decisión constitucional de las autoridades federales, les reprochó haber violado la Confederación —un puro pretexto—, hizo saltar la Confederación, proclamó una nueva constitución con un Reichstag elegido por el revolucionario sufragio universal y acabó echando a la Dieta federal de Fráncfort. En la Alta Silesia organizó una legión húngara al mando del general revolucionario Klapka49 y de otros oficiales revolucionarios, cuya tropa, desertores y prisioneros de guerra húngaros, debía hacer la guerra a su propio señor legítimo.50 Tras la conquista de Bohemia, Bismarck dirigió una proclama «a los habitantes del glorioso Reino de Bohemia» cuyo contenido daba también de bofetadas a las tradiciones de la legitimidad. En la paz arrebató para Prusia todas las posesiones de tres príncipes legítimos de la Confederación alemana y de una ciudad libre,51 sin que esa expulsión de príncipes, que no eran menos «por la gracia de Dios» que el rey de Prusia, pesara lo más mínimo en su conciencia cristiana y legitimista. En una palabra, fue una revolución completa, llevada a cabo con medios revolucionarios. Nosotros somos, naturalmente, los últimos que se lo reprocharían. Lo que le reprochamos es, al contrario, que no fuera lo bastante revolucionario, que solo fuera un revolucionario prusiano desde arriba, que empezara una revolución entera en una posición en la que solo podía llevar a cabo media, que, una vez en la senda de las anexiones, se contentara con cuatro miserables Estados pequeños.
Pero entonces llegó cojeando detrás el pequeño Napoleón y reclamó su recompensa. Durante la guerra habría podido tomar en el Rin lo que le hubiera parecido; no solo el país, también las fortalezas estaban desguarnecidas. Vaciló; esperaba una guerra larga que agotara a las dos partes, y llegaron esos golpes rápidos, Austria derribada en ocho días. Reclamó primero lo que Bismarck había señalado al general Govone como posible territorio de compensación: el Palatinado bávaro y el Hesse renano con Maguncia. Pero eso Bismarck ya no podía darlo, aunque hubiera querido. Los enormes éxitos de la guerra le habían impuesto nuevas obligaciones. En el momento en que Prusia se erigía en escudo y amparo de Alemania, no podía chalanear con el extranjero la llave del Rin medio, Maguncia. Bismarck se negó. Luis Napoleón se avino a regatear; ya solo pedía Luxemburgo, Landau, Saarlouis y la cuenca hullera de Saarbrücken. Pero tampoco esto podía ya cederlo Bismarck, tanto menos cuanto que aquí se reclamaba también territorio prusiano. ¿Por qué Luis Napoleón no lo había tomado él mismo a tiempo, cuando los prusianos estaban atascados en Bohemia? Basta: de las compensaciones para Francia no salió nada. Que eso significaba una guerra posterior con Francia, Bismarck lo sabía; pero eso le venía justo a pedir de boca.
En los tratados de paz, Prusia no aprovechó esta vez la situación favorable con tan pocos miramientos como solía hacerlo, por lo demás, cuando la fortuna le sonreía. Y por buenas razones. Sajonia y Hesse-Darmstadt fueron incorporadas a la nueva Confederación de la Alemania del Norte y ya por eso se las trató con consideración. A Baviera, Wurtemberg y Baden había que tratarlas con indulgencia, porque Bismarck tenía que concluir con ellos las alianzas secretas ofensivas y defensivas. Y Austria: ¿no le había prestado Bismarck un servicio al cortar de un tajo los enredos tradicionales que la ataban a Alemania y a Italia? ¿No le había procurado solo ahora la posición independiente de gran potencia tanto tiempo deseada? ¿No había sabido de hecho mejor que la propia Austria lo que le convenía a Austria cuando la derrotó en Bohemia? ¿No tenía que comprender Austria, bien tratada, que la situación geográfica, el entrelazamiento mutuo de ambos países, hacían de la Alemania unificada por Prusia su aliada necesaria y natural?
Así fue como Prusia, por primera vez desde que existía, pudo rodearse del brillo de la magnanimidad, porque tiraba la salchicha para coger el jamón.
No solo Austria había sido derrotada en los campos de batalla de Bohemia: también lo había sido la burguesía alemana. Bismarck le había demostrado que sabía mejor que ella misma lo que le convenía. No había que pensar en que la Cámara continuara el conflicto. Las pretensiones liberales de la burguesía quedaron enterradas por mucho tiempo, pero sus reivindicaciones nacionales se cumplían cada día más. Con una rapidez y una exactitud que asombraban a la propia burguesía, Bismarck ejecutó su programa nacional. Y después de haberle demostrado palpablemente in corpore vili, en su propio y mezquino cuerpo, su flojedad y su falta de energía, y con ellas su total incapacidad para llevar a cabo su propio programa, se hizo también el magnánimo con ella y pidió a la Cámara, ya desarmada de hecho, una indemnidad por haber gobernado contra la constitución durante el conflicto. Conmovido hasta las lágrimas, el ya inofensivo Partido del Progreso52 la concedió.
Sin embargo, a la burguesía se le recordó que también ella había sido vencida en Königgrätz.53 La constitución de la Confederación de la Alemania del Norte se cortó según el patrón de la constitución prusiana, interpretada auténticamente por el conflicto. La negativa a votar los impuestos quedaba prohibida. El canciller federal y sus ministros los nombraba el rey de Prusia, con independencia de cualquier mayoría parlamentaria. La independencia del ejército respecto del Parlamento, asegurada por el conflicto, se mantuvo también frente al Reichstag. En cambio, los miembros de este Reichstag tenían la edificante conciencia de haber sido elegidos por sufragio universal. Y este hecho se lo recordaba también, de manera desagradable, la vista de los dos socialistas54 que se sentaban entre ellos. Por primera vez aparecían diputados socialistas, representantes del proletariado, en un cuerpo parlamentario. Era un signo de mal agüero.
De momento todo eso no tenía importancia. Ahora se trataba de desarrollar y explotar en interés de la burguesía la nueva unidad imperial, al menos la del norte, y de atraer con ello a la nueva Confederación también a los burgueses del sur de Alemania. La constitución federal sustrajo a la legislación de los Estados particulares las relaciones económicamente más importantes y atribuyó su regulación a la Confederación: ciudadanía común y libertad de residencia y circulación en todo el territorio federal, derecho de domicilio, legislación sobre oficios, comercio, aduanas, navegación, monedas, pesos y medidas, ferrocarriles, vías navegables, correos y telégrafos, patentes, bancos, toda la política exterior, consulados, protección del comercio en el extranjero, policía sanitaria, derecho penal, procedimiento judicial, etc. La mayoría de estas materias se regularon entonces con rapidez por ley, y en conjunto de manera liberal. Y así se eliminaron por fin —¡por fin!— las peores excrecencias de la fragmentación en pequeños Estados, las que más estorbaban el camino, por un lado, al desarrollo capitalista y, por otro, a los apetitos de dominio prusianos. Pero eso no era una conquista histórica mundial, como pregonaba a bombo y platillo el burgués, que empezaba a volverse chovinista, sino una imitación muy, muy tardía e imperfecta de lo que la Revolución francesa había hecho ya setenta años antes y lo que todos los demás Estados civilizados habían introducido hacía mucho tiempo. En lugar de jactarse, habría debido avergonzarse de que la «cultísima» Alemania llegara a esto la última de todas.
Durante todo este periodo de la Confederación de la Alemania del Norte, Bismarck salió solícito al encuentro de la burguesía en el terreno económico y, también en el trato de las cuestiones de poder parlamentarias, solo mostró el puño de hierro en guante de terciopelo. Fue su mejor periodo; a ratos uno podía dudar de su estrechez de miras específicamente prusiana, de su incapacidad para comprender que en la historia universal hay todavía otros poderes, y más fuertes, que los ejércitos y las artimañas diplomáticas apoyadas en ellos.
Que la paz con Austria llevaba en su seno la guerra con Francia, Bismarck no solo lo sabía: también lo quería. Esa guerra debía ofrecer precisamente el medio de culminar el Imperio prusiano-alemán que le había prescrito la burguesía alemana.55 Los intentos de transformar poco a poco el Parlamento aduanero56 en un Reichstag e ir atrayendo así a los Estados del sur a la Confederación del Norte fracasaron ante el grito de los diputados del sur de Alemania: ¡Ninguna ampliación de competencias! El ánimo de los gobiernos, vencidos hacía poco en el campo de batalla, no era más favorable. Solo una nueva prueba palpable de que Prusia no solo era más poderosa que ellos, sino también lo bastante poderosa para protegerlos —es decir, solo una nueva guerra común alemana— podía traer rápidamente el momento de la capitulación. Y además la línea del Meno, que los separaba, acordada antes en secreto entre Bismarck y Luis Napoleón, aparentemente había sido impuesta por este a los prusianos después de las victorias; la unificación con el sur de Alemania era, pues, una violación del derecho a la fragmentación de Alemania reconocido esta vez formalmente a los franceses: era un casus belli.
Entretanto, Luis Napoleón tenía que buscar si no encontraba en algún punto de la frontera alemana un jirón de tierra que embolsarse como compensación por Sadowa. En la nueva formación de la Confederación de la Alemania del Norte se había excluido a Luxemburgo, que era ahora un Estado unido a Holanda por unión personal, pero por lo demás completamente independiente. Además estaba aproximadamente tan afrancesado como Alsacia y tenía, decididamente, mucha más inclinación por Francia que por la Prusia a la que odiaba sin rodeos.
Luxemburgo es un ejemplo contundente de lo que la miseria política de Alemania desde la Edad Media ha hecho de los países fronterizos germano-franceses, y tanto más contundente cuanto que Luxemburgo perteneció nominalmente a Alemania hasta 1866. Compuesto hasta 1830 de una mitad francesa y una mitad alemana, también la parte alemana había sufrido muy pronto la influencia de la cultura francesa, superior. Los emperadores alemanes de la casa de Luxemburgo eran franceses por su lengua y su formación. Desde su incorporación a los territorios borgoñones (1440), Luxemburgo, como el resto de los Países Bajos, quedó unido a Alemania con un vínculo solo nominal; tampoco cambió nada su admisión en la Confederación Germánica en 1815. Después de 1830, la parte francesa y además una buena franja de la parte alemana pasaron a Bélgica. Pero en lo que quedaba del Luxemburgo alemán todo siguió a la francesa: los tribunales, las autoridades, la Cámara, todos deliberaban en francés; todos los documentos públicos y privados, todos los libros de comercio se redactaban en francés; todas las escuelas medias enseñaban en francés; la lengua culta era y siguió siendo el francés, naturalmente un francés que gemía y jadeaba bajo el peso de la mutación consonántica del alto alemán. En resumen, en Luxemburgo se hablaban dos lenguas, un dialecto popular fráncico renano y el francés, pero el alto alemán seguía siendo una lengua extranjera. La guarnición prusiana de la capital empeoraba las cosas más que mejorarlas. Es bastante vergonzoso para Alemania, pero es verdad. Y este afrancesamiento voluntario de Luxemburgo es también lo que pone en su verdadera luz los procesos semejantes de Alsacia y de la Lorena alemana.
El rey de Holanda, duque soberano de Luxemburgo, podía hacer muy buen uso de dinero contante y se mostró dispuesto a vender el ducado a Luis Napoleón. Los luxemburgueses habrían aprobado sin duda su incorporación a Francia: prueba de ello, su actitud en la guerra de 1870. Prusia no podía objetar nada desde el punto de vista del derecho internacional, porque había sido ella misma la que había provocado la exclusión de Luxemburgo de Alemania. Sus tropas estaban en la capital como guarnición federal de una fortaleza de la Confederación Germánica; en cuanto Luxemburgo dejaba de ser fortaleza federal, ya no tenían allí ningún derecho. ¿Por qué no se volvían a casa, entonces? ¿Por qué no podía Bismarck consentir la anexión?
Sencillamente, porque ahora salían a la luz las contradicciones en que se había enredado. Antes de 1866, Alemania era todavía para Prusia puro territorio de anexión, que había que repartir con el extranjero. Después de 1866, Alemania se había convertido en protectorado prusiano que había que defender de las garras extranjeras. Es verdad que, por consideraciones prusianas, se habían excluido trozos enteros de Alemania de la recién fundada llamada Alemania. Pero el derecho de la nación alemana a su propio territorio en conjunto imponía ahora a la corona de Prusia el deber de impedir que esos trozos del antiguo territorio federal se incorporaran a Estados extranjeros, de mantenerles abierta para el futuro la unión con el nuevo Estado prusiano-alemán. Por eso Italia se había detenido en la frontera del Tirol; por eso ahora Luxemburgo no podía pasar a Luis Napoleón. Un gobierno verdaderamente revolucionario podía proclamarlo abiertamente. No así el revolucionario real prusiano, que por fin había conseguido convertir Alemania en un «concepto geográfico» al modo de Metternich.57 Se había puesto él mismo en falta ante el derecho internacional y solo podía salir del paso aplicando al derecho internacional su querida interpretación de taberna de corporación.
Si no se rieron de él en su cara, fue solo porque Luis Napoleón, en la primavera de 1867, no estaba ni mucho menos preparado para una gran guerra. Se llegó a un acuerdo en la conferencia de Londres.58 Los prusianos evacuaron Luxemburgo; la fortaleza fue desmantelada y el ducado declarado neutral. La guerra quedaba aplazada otra vez.
Luis Napoleón no podía darse por satisfecho con esto. El aumento de poder de Prusia le parecía muy bien, con tal de recibir las compensaciones correspondientes en el Rin. Estaba dispuesto a contentarse con poco; aun de eso había rebajado, pero no había recibido nada en absoluto, lo habían engañado por completo. Pero un imperio bonapartista en Francia solo era posible si iba adelantando poco a poco la frontera hacia el Rin y si Francia seguía siendo, en la realidad o al menos en la imaginación, el árbitro de Europa. El desplazamiento de la frontera había fracasado, la posición de árbitro ya estaba amenazada, la prensa bonapartista clamaba a gritos venganza por Sadowa: si Luis Napoleón quería sostenerse en el trono, tenía que seguir fiel a su papel y tomar por la fuerza lo que, pese a todos los servicios prestados, no había obtenido por las buenas.
Así que, por ambas partes, preparativos de guerra afanosos, diplomáticos como militares. Y se produjo el siguiente acontecimiento diplomático:
España buscaba candidato al trono. En marzo [de 1869], Benedetti,59 el embajador francés en Berlín, oye rumores de una candidatura al trono del príncipe Leopoldo de Hohenzollern; recibe de París el encargo de investigar el asunto. El subsecretario de Estado von Thile le asegura bajo palabra de honor que el gobierno prusiano no sabe nada de ello. En una visita a París, Benedetti conoce la opinión del emperador: «Esta candidatura es esencialmente antinacional, el país no la tolerará, hay que impedirla».
Dicho sea de paso, aquí demostró Luis Napoleón que estaba ya muy venido a menos. ¿Qué podía haber, en efecto, más hermoso como «venganza por Sadowa» que el reinado de un príncipe prusiano en España, los inconvenientes que inevitablemente se seguirían de ello, el enredo de Prusia en las relaciones entre los partidos internos españoles, quizá incluso una guerra, una derrota de la enana flota prusiana y, en todo caso, Prusia puesta ante Europa en una situación de lo más grotesca? Pero Luis Bonaparte ya no podía permitirse ese espectáculo. Su crédito estaba ya tan quebrantado que se creía atado al punto de vista tradicional según el cual un príncipe alemán en el trono de España pondría a Francia entre dos fuegos y, por tanto, no debía tolerarse: un punto de vista pueril desde 1830.
Así que Benedetti fue a ver a Bismarck para obtener más aclaraciones y hacerle comprender el punto de vista de Francia (11 de mayo de 1869). No supo por Bismarck nada especialmente concreto. Pero Bismarck sí supo por él lo que quería saber: que presentar la candidatura de Leopoldo significaba la guerra inmediata con Francia. Con eso quedaba en manos de Bismarck hacer estallar la guerra cuando le pareciera.
En efecto, la candidatura de Leopoldo reaparece en julio de 1870 y lleva inmediatamente a la guerra, por mucho que Luis Napoleón se resistiera. No solo veía que había caído en una trampa. Sabía también que estaba en juego su imperio, y tenía poca confianza en la veracidad de su pandilla bonapartista de azufre,60 que le aseguraba que todo estaba listo hasta el último botón de las polainas, y todavía menos confianza en su competencia militar y administrativa. Pero las consecuencias lógicas de su propio pasado lo empujaban a la perdición; su misma vacilación aceleró su hundimiento.
Bismarck, en cambio, no solo estaba militarmente preparado por completo para el combate, sino que esta vez tenía de verdad detrás al pueblo, que a través de todas las mentiras diplomáticas de una y otra parte solo veía un hecho: que se trataba de una guerra no solo por el Rin, sino por la existencia nacional. Las reservas y la Landwehr acudieron de nuevo a las banderas, por primera vez desde 1813, de buena gana y con ganas de pelea. Daba igual cómo había llegado a ocurrir todo aquello, daba igual qué trozo de la herencia nacional de dos mil años había prometido o no Bismarck por su cuenta a Luis Napoleón: se trataba de enseñar al extranjero de una vez por todas que no tenía que meterse en los asuntos internos alemanes y que Alemania no estaba llamada a apuntalar el trono vacilante de Luis Napoleón cediendo territorio alemán. Y ante este impulso nacional desaparecieron todas las diferencias de clase, se disolvieron en nada todos los apetitos de Confederación del Rin de las cortes del sur de Alemania y todos los intentos de restauración de los príncipes expulsados.
Ambas partes habían buscado alianzas. Luis Napoleón tenía asegurados Austria y Dinamarca, y bastante asegurada Italia. Bismarck tenía a Rusia. Pero Austria, como siempre, no estaba lista, no podía intervenir activamente antes del 2 de septiembre; y el 2 de septiembre Luis Napoleón era prisionero de guerra de los alemanes, y Rusia había avisado a Austria de que la atacaría en cuanto Austria atacara a Prusia. Y en Italia se vengó la política de doble juego de Luis Napoleón: había querido poner en marcha la unidad nacional, pero proteger al mismo tiempo al papa frente a esa misma unidad nacional; había mantenido ocupada Roma con tropas que ahora necesitaba en casa y que, sin embargo, no podía retirar sin obligar a Italia a respetar Roma y al papa como soberano, lo que a su vez impedía a Italia acudir en su ayuda. Por último, Dinamarca recibió de Rusia la orden de quedarse quieta.
Pero más decisivos que todas las negociaciones diplomáticas para localizar la guerra fueron los golpes rápidos de las armas alemanas, de Spicheren y Wörth a Sedán. El ejército de Luis Napoleón sucumbió en cada combate y acabó marchando a Alemania, en sus tres cuartas partes, como prisionero de guerra. Eso no fue culpa de los soldados, que se habían batido con bastante valentía, sino de los jefes y de la administración. Pero cuando, como Luis Napoleón, uno ha erigido su imperio con la ayuda de una banda de truhanes, cuando ha sostenido ese imperio dieciocho años solo entregando Francia a la explotación de esa misma banda, cuando ha ocupado todos los puestos decisivos del Estado con gente de esa misma banda y todos los cargos subalternos con sus cómplices, entonces no debe emprender una lucha a vida o muerte si no quiere que le dejen en la estacada. En menos de cinco semanas se derrumbó todo el edificio del Imperio, admirado durante años por el filisteo europeo; la revolución del 4 de septiembre no hizo más que retirar los escombros; y Bismarck, que había ido a la guerra para fundar un imperio pequeñoalemán, se encontró una buena mañana convertido en fundador de una república francesa.
Según la propia proclama de Bismarck, la guerra no se hacía contra el pueblo francés, sino contra Luis Napoleón. Con su caída, pues, desaparecía todo motivo de guerra. Eso se figuró también el gobierno del 4 de septiembre, por lo demás no tan ingenuo, y se quedó muy sorprendido cuando Bismarck sacó de pronto a relucir al junker prusiano.
Nadie en el mundo odia tanto a los franceses como los junkers prusianos. Porque no solo el junker, exento de impuestos hasta entonces, tuvo que sufrir mucho durante el escarmiento que le infligieron los franceses de 1806 a 1813 y que él mismo se había buscado con su soberbia; sino que, lo que es mucho peor, los impíos franceses, con su sacrílega revolución, trastornaron de tal manera las cabezas que la vieja magnificencia de los junkers quedó enterrada en su mayor parte incluso en la Vieja Prusia, que los pobres junkers tienen que librar año tras año una dura lucha por el resto que les queda de esa magnificencia, y que una gran parte de ellos ha descendido ya a una mezquina nobleza parásita. Por eso había que vengarse de Francia, y de ello se encargaron los oficiales junkers del ejército bajo la dirección de Bismarck. Se habían hecho listas de las contribuciones de guerra francesas en Prusia y se medían por ellas los tributos que había que cobrar en Francia a cada ciudad y departamento, aunque, naturalmente, teniendo en cuenta la riqueza mucho mayor de Francia. Se requisaban víveres, forraje, ropa, calzado, etc., con una falta de miramientos exhibida ostentosamente. Un alcalde de las Ardenas que declaró que no podía hacer la entrega recibió sin más veinticinco palos; el gobierno de París publicó las pruebas oficiales. A los francotiradores, que actuaban tan exactamente según las disposiciones de la ordenanza prusiana del Landsturm de 181361 como si la hubieran estudiado a propósito, se los fusilaba sin piedad dondequiera que se los atrapaba. También son verdad las historias de los relojes de péndulo enviados a casa; la propia Kölnische Zeitung informó de ello. Solo que, según los conceptos prusianos, esos relojes no se habían robado, sino que se habían encontrado como bienes sin dueño en las casas de campo abandonadas de los alrededores de París y se habían anexionado para los seres queridos de la patria. Y así los junkers, bajo la dirección de Bismarck, se ocuparon de que, pese a la conducta intachable tanto de la tropa como de una gran parte de los oficiales, se conservara el carácter específicamente prusiano de la guerra y se les metiera a palos a los franceses en la cabeza, pero de que por eso mismo estos hicieran responsable a todo el ejército de las mezquinas ruindades de los junkers.
Y, sin embargo, estaba reservado a esos junkers rendir al pueblo francés un honor que no tiene igual en toda la historia hasta hoy. Cuando fracasaron todos los intentos de socorrer París, cuando todos los ejércitos franceses fueron rechazados, cuando fracasó la última gran ofensiva de Bourbaki62 contra las líneas de comunicación de los alemanes, cuando toda la diplomacia de Europa abandonó a Francia a su suerte sin mover un dedo, París, hambriento, tuvo por fin que capitular. Y los corazones de los junkers latieron con más fuerza cuando por fin pudieron entrar triunfantes en aquel nido de impíos y tomarse cumplida venganza de los archirrebeldes de París: la venganza cumplida que en 1814 les había prohibido Alejandro de Rusia y en 1815 Wellington; ahora podían escarmentar a su antojo el hogar y la patria de la revolución.
París capituló, pagó 200 millones de contribución de guerra; los fuertes se entregaron a los prusianos; la guarnición depuso las armas ante los vencedores y entregó su artillería de campaña; los cañones del recinto amurallado fueron despojados de sus cureñas; todos los medios de resistencia que pertenecían al Estado se entregaron pieza a pieza; pero los verdaderos defensores de París, la Guardia Nacional, el pueblo de París en armas, quedaron intactos: a ellos nadie se atrevió a pedirles que entregaran las armas, ni sus fusiles ni sus cañones;63 y para que el mundo entero supiera que el ejército alemán victorioso se había detenido respetuosamente ante el pueblo armado de París, los vencedores no entraron en París, sino que se contentaron con que se les permitiera ocupar durante tres días los Campos Elíseos —¡un jardín público!—, protegidos, vigilados y cercados por todas partes por los centinelas de los parisinos. Ningún soldado alemán puso el pie en el Ayuntamiento de París, ninguno pisó los bulevares, y los pocos a los que se dejó entrar en el Louvre para admirar los tesoros artísticos tuvieron que pedir permiso: era una violación de la capitulación. Francia estaba abatida, París estaba hambriento, pero el pueblo de París se había asegurado con su glorioso pasado un respeto tal que ningún vencedor se atrevió a exigirle el desarme, ninguno tuvo el valor de ir a buscarlo a su casa y profanar con un desfile triunfal aquellas calles, escenario de tantas revoluciones. Era como si el recién estrenado emperador alemán se quitara el sombrero ante los revolucionarios vivos de París, como antaño su hermano ante los combatientes muertos de marzo de Berlín,64 y como si todo el ejército alemán estuviera detrás de él presentando armas.
Pero ese fue también el único sacrificio que Bismarck tuvo que imponerse. Con el pretexto de que no había en Francia ningún gobierno que pudiera concluir la paz con él —lo cual era exactamente tan verdadero y tan falso el 4 de septiembre como el 28 de enero—, había explotado sus éxitos hasta la última gota, a la auténtica manera prusiana, y no se había declarado dispuesto a la paz hasta después de haber derribado por completo a Francia. En el propio tratado de paz se volvió, a la buena manera de la vieja Prusia, a «explotar sin miramientos la situación favorable». No solo se arrancó la inaudita suma de cinco mil millones de indemnización de guerra, sino que también se arrancaron a Francia dos provincias, Alsacia y la Lorena alemana, con Metz y Estrasburgo, y se incorporaron a Alemania. Con esta anexión, Bismarck aparece por primera vez como político independiente, que ya no ejecuta a su manera un programa prescrito desde fuera, sino que traduce en hechos los productos de su propio cerebro; y con ello comete su primera pifia colosal.
Alsacia había sido conquistada por Francia, en lo principal, durante la guerra de los Treinta Años. Con ello Richelieu había abandonado el sólido principio de Enrique IV:
«Que la lengua española sea para el español, la alemana para el alemán; pero donde se habla francés, eso me corresponde a mí»;
se apoyó en el principio de la frontera natural del Rin, la frontera histórica de la antigua Galia. Eso era una locura; pero el Imperio alemán, que incluía los territorios de lengua francesa de Lorena y Bélgica e incluso del Franco Condado, no tenía derecho a reprochar a Francia la anexión de países de habla alemana. Y si Luis XIV se apoderó en 1681 de Estrasburgo en plena paz, con la ayuda de un partido de la ciudad favorable a Francia, mal le sienta a Prusia indignarse por ello, después de haber violentado en 1796 exactamente igual a la ciudad libre imperial de Núremberg, aunque, eso sí, sin que la llamara ningún partido prusiano, y aunque sin éxito.65
Lorena fue chalaneada por Austria a Francia en 1735 en la paz de Viena y pasó definitivamente a posesión francesa en 1766. Desde hacía siglos solo pertenecía nominalmente al Imperio alemán; sus duques eran franceses en todos los aspectos y casi siempre habían sido aliados de Francia.
En los Vosgos existía hasta la Revolución francesa una multitud de pequeños señoríos que frente a Alemania se comportaban como Estados inmediatos del Imperio, pero que habían reconocido la soberanía de Francia; sacaban provecho de esta situación híbrida, y si el Imperio alemán lo toleraba en lugar de pedir cuentas a los señores dinastas, no tenía derecho a quejarse cuando Francia, en virtud de su soberanía, tomó bajo su protección a los habitantes de esos territorios contra los dinastas expulsados.
En conjunto, este territorio alemán apenas estaba afrancesado antes de la Revolución. El alemán seguía siendo la lengua de la escuela y de la administración en el trato interno, al menos en Alsacia. El gobierno francés favorecía a las provincias alemanas, que después de largos años de devastación por la guerra ya no volvieron a ver enemigos en el país desde comienzos del siglo XVIII. El Imperio alemán, desgarrado por guerras interiores incesantes, no era en verdad como para tentar a los alsacianos a volver al regazo materno; al menos se tenía tranquilidad y paz, se sabía a qué atenerse, y así el filisteísmo que marcaba la pauta se resignó a los inescrutables designios de Dios. Al fin y al cabo su suerte no era única: también los de Holstein estaban bajo dominación extranjera, la danesa.
Entonces llegó la Revolución francesa. Lo que Alsacia y Lorena nunca se habían atrevido a esperar de Alemania se lo regaló Francia. Las cadenas feudales saltaron. El campesino siervo, sujeto a prestaciones personales, se convirtió en un hombre libre, en muchos casos en propietario libre de su casa y de su campo. La dominación patricia y los privilegios gremiales desaparecieron de las ciudades. La nobleza fue expulsada. Y en los territorios de los pequeños príncipes y señores, los campesinos siguieron el ejemplo de sus vecinos, echaron a los dinastas, a las cámaras de gobierno y a la nobleza, y se declararon ciudadanos franceses libres. En ninguna parte de Francia se sumó el pueblo a la Revolución con más entusiasmo que en la de habla alemana. Y cuando, encima, el Imperio alemán declaró la guerra a la Revolución, cuando los alemanes no solo seguían llevando obedientes sus propias cadenas, sino que además se dejaban utilizar para volver a imponer a los franceses la vieja servidumbre y a los campesinos alsacianos los señores feudales recién expulsados, entonces se acabó la germanidad de alsacianos y loreneses, entonces aprendieron a odiar y a despreciar a los alemanes, entonces se escribió y compuso en Estrasburgo La Marsellesa, y la cantaron los alsacianos los primeros; entonces los franceses alemanes, a pesar de su lengua y de su pasado, se fundieron en cientos de campos de batalla, luchando por la Revolución, en un solo pueblo con los franceses de nación.
¿No obró la gran Revolución el mismo milagro con los flamencos de Dunkerque, los celtas de Bretaña, los italianos de Córcega? Y si nos quejamos de que les ocurrió también a alemanes, ¿hemos olvidado toda nuestra historia, que lo hizo posible? ¿Hemos olvidado que toda la orilla izquierda del Rin, que solo había vivido la Revolución pasivamente, tenía sentimientos franceses cuando los alemanes volvieron a entrar allí en 1814, y siguió teniéndolos hasta 1848, cuando la revolución rehabilitó a los alemanes a los ojos de los renanos? ¿Que el entusiasmo de Heine por los franceses, e incluso su bonapartismo, no era más que el eco del sentir general del pueblo a la izquierda del Rin?
Cuando entraron los aliados en 1814, encontraron precisamente en Alsacia y en la Lorena alemana la enemistad más decidida y la resistencia más violenta en el propio pueblo, porque allí se sentía el peligro de tener que volver a ser alemanes. Y, sin embargo, allí todavía se hablaba entonces casi solo alemán. Pero cuando pasó el peligro de ser separados de Francia, cuando a los chovinistas románticos alemanes se les quitaron las ganas de anexiones, se comprendió la necesidad de fundirse cada vez más con Francia también en la lengua, y desde entonces se introdujo el mismo afrancesamiento de las escuelas que también los luxemburgueses habían establecido voluntariamente en su país. Y aun así el proceso de transformación fue muy lento; solo la generación actual de la burguesía está realmente afrancesada, mientras que los campesinos y los obreros hablan alemán. La situación es más o menos como en Luxemburgo: el alemán escrito ha sido desplazado por el francés (con excepción, en parte, del púlpito), pero el dialecto popular alemán solo ha perdido terreno en la frontera lingüística y se usa como lengua familiar mucho más de lo que ocurre en la mayoría de las regiones de Alemania.
Este es el país que Bismarck y los junkers prusianos, apoyados por el resurgimiento de un romanticismo chovinista, que parece inseparable de todas las cuestiones alemanas, se atrevieron a volver a hacer alemán. Querer hacer alemana a Estrasburgo, la patria de La Marsellesa, era un absurdo semejante al de hacer francesa a Niza, la patria de Garibaldi. Pero en Niza Luis Napoleón al menos guardó las formas e hizo votar la anexión, y la maniobra salió bien. Aparte de que los prusianos aborrecen por muy buenas razones semejantes medidas revolucionarias —nunca ha ocurrido que en ninguna parte la masa del pueblo haya pedido la anexión a Prusia—, se sabía demasiado bien que precisamente aquí la población estaba más unánimemente apegada a Francia que los propios franceses de nación. Y así se consumó el golpe de fuerza simplemente por la fuerza. Fue un trozo de venganza contra la Revolución francesa: se arrancó uno de los pedazos que precisamente la Revolución había soldado con Francia en un solo cuerpo.
Militarmente, es cierto, la anexión tenía un objetivo. Con Metz y Estrasburgo, Alemania obtiene un frente defensivo de una fuerza enorme. Mientras Bélgica y Suiza sean neutrales, un ataque masivo francés no puede arrancar más que por la estrecha franja entre Metz y los Vosgos; y además Coblenza, Metz, Estrasburgo y Maguncia forman el cuadrilátero de fortalezas más fuerte y más grande del mundo. Pero también este cuadrilátero, como el austriaco de Lombardía,66 está en su mitad en país enemigo y forma allí fortalezas para tener sujeta a la población. Más aún: para completarlo hubo que ir más allá del territorio de lengua alemana y anexionar también a un cuarto de millón de franceses de nación.
La gran ventaja estratégica es, pues, el único punto que puede disculpar la anexión. Pero ¿guarda esta ganancia alguna proporción con el daño que uno se hizo con ella?
Para la gran desventaja moral en que se puso el joven Imperio alemán al declarar abiertamente y sin disimulo la fuerza bruta como su principio fundamental, el junker prusiano no tiene ojos. Al contrario: necesita súbditos reacios a los que haya que tener a raya por la fuerza; son pruebas del aumento del poder prusiano; y en el fondo nunca ha tenido otros. Pero para lo que tenía la obligación de tener ojos era para las consecuencias políticas de la anexión. Y estaban a la vista. Antes incluso de que la anexión tuviera fuerza legal, Marx la proclamó en voz alta ante el mundo en una circular de la Internacional: «La anexión de Alsacia y Lorena hace de Rusia el árbitro de Europa».67 Y los socialdemócratas lo repitieron bastantes veces desde la tribuna del Reichstag, hasta que la verdad de esta afirmación fue reconocida por fin por el propio Bismarck en su discurso al Reichstag del 6 de febrero de 1888, con sus gimoteos ante el zar todopoderoso, señor de la guerra y de la paz.68
Estaba más claro que el agua. Arrancándole a Francia dos de sus provincias más fanáticamente patrióticas, se la empujaba a los brazos de cualquiera que le hiciera esperar su devolución, se la convertía en enemiga eterna. Es verdad que Bismarck, que en este aspecto representa digna y concienzudamente al filisteo alemán, exige a los franceses que renuncien a Alsacia-Lorena no solo en el derecho público, sino también moralmente, que encima se alegren de verdad de que esos dos trozos de la Francia revolucionaria «hayan sido devueltos a la vieja patria», de la que no quieren saber absolutamente nada. Pero, por desgracia, los franceses no lo hacen, como tampoco los alemanes renunciaron moralmente a la orilla izquierda del Rin durante las guerras napoleónicas, aunque tampoco esta añoraba entonces en absoluto volver con ellos. Mientras los alsacianos y los loreneses pidan volver a Francia, Francia buscará, y tendrá que buscar, recuperarlos, y buscará los medios para ello, es decir, entre otros, aliados. Y el aliado natural contra Alemania es Rusia.
Si las dos naciones mayores y más fuertes del continente occidental se neutralizan mutuamente por su hostilidad, si incluso hay entre ellas una eterna manzana de la discordia que las azuza a luchar una contra otra, quien saca la ventaja es… solo Rusia, que tiene entonces las manos tanto más libres; Rusia, a la que Alemania puede estorbar tanto menos en sus apetitos de conquista cuanto más pueda esperar de Francia un apoyo incondicional. ¿Y no ha puesto Bismarck a Francia en la situación de tener que mendigar la alianza rusa, de tener que dejar de buen grado Constantinopla a Rusia con tal de que Rusia le prometa sus provincias perdidas? Y si, a pesar de ello, la paz se ha mantenido diecisiete años, ¿a qué se debe sino a que el sistema de la Landwehr introducido en Francia y en Rusia necesita al menos dieciséis años, y según el último perfeccionamiento alemán hasta veinticinco, para proporcionar el número completo de quintas instruidas? Y después de que la anexión haya sido ya durante diecisiete años el hecho que domina toda la política de Europa, ¿no es en este momento la causa fundamental de toda la crisis que amenaza con la guerra al continente? ¡Quitad este solo hecho, y la paz estará asegurada!
El burgués alsaciano, con su francés pronunciado a la manera del alto alemán, ese petimetre mestizo que se las da de más francés que cualquier francés de pura cepa, que mira por encima del hombro a Goethe y se entusiasma con Racine, que, sin embargo, no se libra de la mala conciencia de su germanidad secreta y precisamente por eso tiene que fanfarronear despectivamente sobre todo lo alemán, de modo que ni siquiera sirve de mediador entre Alemania y Francia: ese burgués alsaciano es, desde luego, un tipo despreciable, ya sea fabricante de Mulhouse o periodista de París. Pero ¿quién lo ha hecho lo que es, quién sino la historia alemana de los últimos trescientos años? ¿Y no eran hasta hace muy poco casi todos los alemanes en el extranjero, sobre todo los comerciantes, auténticos alsacianos, que renegaban de su germanidad, se atormentaban con verdadera saña contra sí mismos para adoptar la nacionalidad extranjera de su nueva patria, y con ello se ponían en ridículo voluntariamente al menos tanto como los alsacianos, que al fin y al cabo se ven más o menos obligados a ello por las circunstancias? En Inglaterra, por ejemplo, todo el comercio alemán inmigrado de 1815 a 1840 se había vuelto inglés casi sin excepción, hablaba casi solo inglés incluso entre sí, y todavía hoy andan, por ejemplo en la Bolsa de Manchester, diversos viejos filisteos alemanes que darían la mitad de su fortuna por poder pasar por ingleses de pura cepa. Solo desde 1848 se ha producido también en esto un vuelco, y desde 1870, cuando hasta el teniente de la reserva viene a Inglaterra y Berlín envía aquí su contingente, el antiguo servilismo se ve desplazado por una altanería prusiana que no nos pone menos en ridículo en el extranjero.
¿Y acaso se les ha hecho más apetecible a los alsacianos la unión con Alemania desde 1871? Al contrario. Se los ha puesto bajo una dictadura, mientras al lado, en Francia, reinaba la república. Se ha introducido entre ellos el régimen pedante y entrometido del Landrat prusiano,69 frente al cual la injerencia —rigurosamente regulada por ley— del desacreditado régimen de los prefectos franceses es oro. Se acabó rápidamente con el último resto de libertad de prensa, de derecho de reunión y de asociación, se disolvieron los concejos municipales reacios y se pusieron burócratas alemanes de alcaldes. En cambio, se halagó a los «notables», es decir, a los nobles y burgueses completamente afrancesados, y se los protegió en su explotación de los campesinos y obreros, que, si bien no tenían sentimientos alemanes, sí hablaban alemán, y que eran el único elemento al que podía engancharse un intento de reconciliación. ¿Y qué se sacó de ello? Que en febrero de 1887, cuando toda Alemania se dejó intimidar y mandó al Reichstag la mayoría del cártel de Bismarck,70 Alsacia-Lorena eligió a franceses decididos sin excepción y rechazó a todo aquel que fuera sospechoso de la más leve simpatía alemana.
Si los alsacianos son como son, ¿tenemos derecho a enfurecernos por ello? De ningún modo. Su aversión a la anexión es un hecho histórico que no hay que denigrar, sino explicar. Y ahí tenemos que preguntarnos: ¿cuántos y cuán colosales pecados históricos tuvo que cometer Alemania para que fuera posible esta disposición de ánimo en Alsacia? ¿Y qué aspecto ha de tener nuestro nuevo Imperio alemán visto desde fuera, si después de diecisiete años de intentos de regermanización los alsacianos nos gritan unánimes: ¡dejadnos en paz con eso!? ¿Tenemos derecho a imaginarnos que dos campañas afortunadas y diecisiete años de dictadura de Bismarck bastan para borrar todos los efectos de una historia vergonzosa de trescientos años?
Bismarck había alcanzado la meta. Su nuevo imperio prusiano-alemán había sido proclamado públicamente en Versalles, en el salón de gala de Luis XIV. Francia yacía indefensa a sus pies; el París desafiante, al que él mismo no se había atrevido a tocar, había sido azuzado por Thiers a la insurrección de la Comuna y luego aplastado por los soldados del ejército ex imperial que volvían del cautiverio. El filisteo europeo en pleno contemplaba a Bismarck con asombro, como en los años cincuenta había contemplado a su modelo Luis Bonaparte. Con la ayuda rusa, Alemania se había convertido en la primera potencia de Europa, y todo el poder de Alemania estaba en manos del dictador Bismarck. Ahora se trataba de ver qué sabría hacer con ese poder. Si hasta entonces había llevado a cabo los planes de unidad de la burguesía, aunque no con los medios de la burguesía, sino con medios bonapartistas, ese tema estaba ahora prácticamente agotado; ahora había que hacer planes propios, mostrar qué ideas era capaz de producir su propia cabeza. Y eso tenía que hacerse patente en la construcción interior del nuevo Imperio.
La sociedad alemana se compone de grandes terratenientes, campesinos, burgueses, pequeños burgueses y obreros, que a su vez se agrupan en tres clases principales.
La gran propiedad territorial está en manos de unos pocos magnates (sobre todo en Silesia) y de un gran número de propietarios medianos, que se concentran sobre todo en las provincias de la vieja Prusia al este del Elba. Son estos junkers prusianos los que dominan más o menos a toda la clase. Ellos mismos son agricultores, en la medida en que hacen cultivar sus fincas en gran parte por administradores, y además son muy a menudo propietarios de destilerías de aguardiente y de fábricas de azúcar de remolacha. Su propiedad territorial está vinculada en la familia como mayorazgo allí donde ha sido posible. Los hijos menores entran en el ejército o en la administración civil del Estado, de modo que a esta pequeña nobleza terrateniente se cuelga una nobleza todavía más pequeña de oficiales y funcionarios, que además recibe refuerzos por la intensa fabricación de nobles entre los oficiales superiores y altos funcionarios de origen burgués. En el límite inferior de toda esta parentela noble se forma, naturalmente, una numerosa nobleza parásita, un lumpenproletariado noble que vive de contraer deudas, del juego dudoso, de la importunidad, de la mendicidad y del espionaje político. El conjunto de esta sociedad constituye la casta de los junkers prusianos y es uno de los pilares principales del viejo Estado prusiano. Pero el núcleo terrateniente de estos junkers se sostiene él mismo sobre pies muy débiles. La obligación de vivir conforme a su rango es cada día más costosa; mantener a los hijos menores hasta que pasan por los grados de teniente y de asesor, casar a las hijas, todo eso cuesta dinero; y como todo eso son deberes ante cuyo cumplimiento tienen que callar todas las demás consideraciones, no es de extrañar que los ingresos no basten, que se firmen letras de cambio o incluso se contraigan hipotecas. En resumen, todos los junkers están siempre al borde del abismo; cualquier accidente, sea una guerra, una mala cosecha o una crisis comercial, amenaza con precipitarlos en él; y así no es de extrañar que desde hace más de cien años solo se hayan salvado de la ruina gracias a ayudas del Estado de todo tipo y que en realidad solo sigan existiendo gracias a la ayuda del Estado. Esta clase, mantenida solo artificialmente, está condenada a desaparecer; ninguna ayuda del Estado puede mantenerla con vida a la larga. Pero con ella desaparece también el viejo Estado prusiano.
El campesino es políticamente un elemento poco activo. En la medida en que es propietario, se arruina cada vez más por las condiciones de producción desfavorables del campesino parcelario privado de la antigua marca común o del pastizal comunal, sin los cuales no puede tener ganado. En la medida en que es arrendatario, le va todavía peor. La pequeña explotación campesina presupone predominantemente la economía natural; con la economía monetaria se hunde. De ahí el endeudamiento creciente, la expropiación en masa por el acreedor hipotecario, el refugio en la industria doméstica para no ser expulsado del todo de la tierra. Políticamente, el campesinado es en su mayoría indiferente o reaccionario: en el Rin, ultramontano por su viejo odio a Prusia; en otras regiones, particularista o conservador protestante. En esta clase, el sentimiento religioso sirve todavía de expresión de intereses sociales o políticos.
De la burguesía ya hemos tratado. Desde 1848 estaba en un auge económico inaudito. Alemania había tomado una parte creciente en la colosal expansión de la industria que siguió a la crisis comercial de 1847, debida a la creación en este periodo de una navegación oceánica de vapor, a la enorme extensión de los ferrocarriles y a los tesoros de oro de California y Australia. Precisamente su afán de eliminar los obstáculos al tráfico que suponían los pequeños Estados y de ocupar en el mercado mundial una posición de igual a igual junto a sus competidores extranjeros había puesto en marcha la revolución de Bismarck. Ahora, cuando los miles de millones franceses inundaban Alemania, se abría para la burguesía un nuevo periodo de actividad lucrativa febril, en el que demostró por primera vez que era una gran nación industrial con un crac nacional alemán.71 Entonces era ya económicamente la clase más poderosa de la población; el Estado tenía que obedecer a sus intereses económicos; la revolución de 1848 había llevado al Estado a la forma constitucional externa en la que también podía dominar políticamente y desarrollar su dominación. Y, sin embargo, estaba todavía muy lejos de la dominación política real. En el conflicto no había vencido a Bismarck; la solución del conflicto mediante la revolución de Alemania desde arriba le había enseñado además que el poder ejecutivo, de momento, dependía de ella a lo sumo de manera muy indirecta, que no podía destituir ni imponer ministros ni disponer del ejército. Además, era cobarde y floja frente a un poder ejecutivo enérgico; pero también lo eran los junkers, y ella tenía más disculpa que ellos por su antagonismo económico directo con la clase obrera industrial revolucionaria. Pero lo seguro era que tenía que aniquilar poco a poco económicamente a los junkers, que de todas las clases poseedoras era la única que todavía tenía perspectivas de futuro.
La pequeña burguesía se componía, en primer lugar, de restos del artesanado medieval, que en la Alemania tanto tiempo atrasada estaban representados de forma más masiva que en el resto de Europa occidental; en segundo lugar, de burgueses venidos a menos; en tercer lugar, de elementos de la población desposeída que habían subido hasta el pequeño comercio. Con la expansión de la gran industria, la existencia de toda la pequeña burguesía perdió el último resto de estabilidad; los cambios de oficio y la quiebra periódica se convirtieron en la regla. Esta clase, antes tan estable, que había sido la tropa de élite del filisteísmo alemán, se hundió desde su anterior contento, mansedumbre, servilismo, beatería y honorabilidad en un desconcierto desolado y en el descontento con la suerte que Dios le había deparado. Los restos del artesanado clamaban por el restablecimiento de los privilegios gremiales; de los demás, una parte se volvió suavemente democrática y progresista, otra se acercó incluso a la socialdemocracia y en algunos lugares se sumó directamente al movimiento obrero.
Por último, los obreros. De los obreros agrícolas, al menos los del este seguían viviendo en una semiservidumbre y no eran dueños de sus actos. En cambio, entre los obreros de las ciudades la socialdemocracia había hecho progresos vertiginosos y crecía a medida que la gran industria proletarizaba a las masas del pueblo y llevaba así al extremo el antagonismo de clase entre capitalistas y obreros. Aunque de momento los obreros socialdemócratas estuvieran todavía divididos en dos partidos que se combatían,72 desde la aparición de El capital de Marx la oposición de principio entre ambos había desaparecido prácticamente. El lassalleanismo de estricta observancia, con su reivindicación exclusiva de «cooperativas de producción con ayuda del Estado», se fue adormeciendo poco a poco y se mostró cada vez menos apto para servir de núcleo a un partido obrero bonapartista y de socialismo de Estado. Lo que algunos dirigentes hicieron mal en este sentido lo reparó el sano juicio de las masas. La unificación de las dos tendencias socialdemócratas, frenada ya casi solo por cuestiones personales, era segura en un futuro próximo. Pero ya durante la escisión, y pese a ella, el movimiento era lo bastante poderoso para asustar a la burguesía industrial y paralizarla en su lucha contra el gobierno, que todavía era independiente de ella; como, en general, la burguesía alemana nunca se libró desde 1848 del espectro rojo.
Esta articulación de clases era la base de la articulación de los partidos en el Parlamento y en las dietas. La gran propiedad territorial y una parte del campesinado formaban la masa de los conservadores; la burguesía industrial proporcionaba el ala derecha del liberalismo burgués, los nacional-liberales, mientras que el ala izquierda —el partido democrático debilitado o llamado Partido del Progreso— la formaban los pequeños burgueses, apoyados por una parte de la burguesía y de los obreros. Los obreros, por último, tenían en la socialdemocracia su partido independiente, al que pertenecían también pequeños burgueses.
Un hombre en la posición de Bismarck y con el pasado de Bismarck, con un poco de comprensión de la situación, tenía que decirse que los junkers, tal como eran, no formaban una clase capaz de vivir; que de todas las clases poseedoras solo la burguesía podía reclamar un futuro, y que, por tanto (dejando aparte a la clase obrera, cuya misión histórica no vamos a pretender que comprendiera), su nuevo Imperio prometía una existencia tanto más segura cuanto más lo fuera preparando para el paso a un Estado burgués moderno. No le pidamos nada que en aquellas circunstancias le fuera imposible. Un paso inmediato al gobierno parlamentario, con el poder decisivo en el Reichstag (como en la Cámara de los Comunes inglesa), no era posible ni, de momento, siquiera aconsejable; la dictadura de Bismarck en formas parlamentarias tenía que parecerle a él mismo todavía necesaria por el momento; no le reprochamos en absoluto que la mantuviera de momento, solo preguntamos para qué había que utilizarla. Y no puede caber apenas duda de que preparar una situación que correspondiera a la constitución inglesa era el único camino que ofrecía la perspectiva de asegurar al nuevo Imperio una base firme y un desarrollo interior tranquilo. Abandonando a la ruina inminente la parte mayor de sus junkers, que de todos modos no tenía salvación, parecía todavía posible dejar que con el resto y con elementos nuevos se formara una clase de grandes terratenientes independientes que no fuera más que la cúspide ornamental de la burguesía; una clase a la que la burguesía, aun en el pleno disfrute de su poder, tendría que dejar la representación del Estado y, con ella, los puestos más pingües y una influencia muy grande. Haciendo llegar a la burguesía las concesiones políticas que a la larga no se le podían negar (así había que juzgar al menos desde el punto de vista de las clases poseedoras), haciéndole llegar estas concesiones poco a poco e incluso en dosis pequeñas y escasas, se habría encarrilado al nuevo Imperio al menos por la vía en la que podía alcanzar a los demás Estados de Europa occidental, que lo habían adelantado mucho políticamente, en la que se sacudiría por fin los últimos restos del feudalismo, así como de la tradición filistea que todavía dominaba fuertemente la burocracia, y, sobre todo, se le habría hecho capaz de sostenerse sobre sus propios pies el día en que sus fundadores, que no eran precisamente jóvenes, pasaran a mejor vida.
Y además no era nada difícil. Ni los junkers ni los burgueses tenían siquiera una energía media. Los junkers lo habían demostrado durante sesenta años, en los que el Estado había llevado a cabo constantemente lo que les convenía contra la oposición de estos Quijotes. La burguesía, hecha también dócil por una larga historia anterior, tenía todavía el conflicto metido en los huesos; desde entonces los éxitos de Bismarck habían quebrado todavía más su capacidad de resistencia, y el miedo al movimiento obrero, que crecía amenazador, hizo el resto. En estas circunstancias, al hombre que había realizado los deseos nacionales de la burguesía no podía resultarle difícil marcar el ritmo que le pareciera en la realización de sus deseos políticos, ya muy modestos en conjunto. Solo tenía que tener clara la meta.
Desde el punto de vista de las clases poseedoras, esto era lo único racional. Desde el punto de vista de la clase obrera, por supuesto, se ve que ya era demasiado tarde para establecer una dominación burguesa duradera. La gran industria, y con ella la burguesía y el proletariado, se formaron en Alemania en una época en la que el proletariado podía salir de manera independiente a la escena política casi al mismo tiempo que la burguesía, en la que, por tanto, la lucha entre ambas clases empieza ya antes de que la burguesía haya conquistado el poder político exclusivo o predominante. Pero aunque sea demasiado tarde para una dominación tranquila y bien asentada de la burguesía en Alemania, en 1870 seguía siendo la mejor política, en interés de las clases poseedoras en general, dirigirse hacia esa dominación burguesa. Porque solo así era posible eliminar los restos masivos de la época del feudalismo en putrefacción que seguían proliferando en la legislación y en la administración; solo así era posible ir aclimatando en Alemania todos los resultados de la gran Revolución francesa; en una palabra, cortarle a Alemania la vieja y larguísima coleta y encaminarla consciente y definitivamente por la vía del desarrollo moderno, adaptar sus condiciones políticas a sus condiciones industriales. Cuando llegara por fin la lucha inevitable entre la burguesía y el proletariado, se desarrollaría al menos en circunstancias normales, en las que cada cual pudiera ver de qué se trataba, y no en la confusión, la falta de claridad, el entrecruzamiento de intereses y el desconcierto que vimos en Alemania en 1848. Solo que con la diferencia de que esta vez el desconcierto estará exclusivamente del lado de los poseedores; la clase obrera sabe lo que quiere.
Tal como estaban las cosas en Alemania en 1871, un hombre como Bismarck estaba, en efecto, obligado a una política que maniobrara entre las distintas clases. Y hasta ahí no hay nada que reprocharle. Solo importa a qué meta se dirigía esa política. Si iba, al ritmo que fuera, pero consciente y resueltamente, hacia la dominación final de la burguesía, estaba en consonancia con el desarrollo histórico, en la medida en que podía estarlo desde el punto de vista de las clases poseedoras. Si iba hacia la conservación del viejo Estado prusiano, hacia la prusianización gradual de Alemania, era reaccionaria y estaba condenada al fracaso final. Si iba hacia la mera conservación de la dominación de Bismarck, era bonapartista y tenía que acabar como todo bonapartismo.
La tarea inmediata era la constitución del Imperio. Como material había, por un lado, la constitución de la Confederación de la Alemania del Norte y, por otro, los tratados con los Estados del sur de Alemania. Los factores con cuya ayuda Bismarck tenía que dar vida a la constitución del Imperio eran, por un lado, las dinastías representadas en el Consejo Federal73 y, por otro, el pueblo representado en el Reichstag. A las pretensiones de las dinastías, la constitución de la Alemania del Norte y los tratados les habían puesto un límite. El pueblo, en cambio, tenía derecho a que se ampliara considerablemente su parte en el poder político. Había conquistado en el campo de batalla la independencia frente a la injerencia extranjera y la unificación, en la medida en que podía hablarse de ella; y era también el primer llamado a decidir para qué había de utilizarse esa independencia y cómo había de llevarse a cabo y aprovecharse en detalle esa unificación. Y aun cuando el pueblo reconociera la base jurídica existente en la constitución de la Alemania del Norte y en los tratados, eso no impedía en absoluto que obtuviera en la nueva constitución una parte de poder mayor que en la anterior. El Reichstag era el único cuerpo que representaba en realidad la nueva «unidad». Cuanto más peso tuviera la voz del Reichstag, cuanto más libre fuera la constitución del Imperio frente a las constituciones de los Estados, tanto más sólidamente tenía que ensamblarse el nuevo Imperio, tanto más tenían que fundirse el bávaro, el sajón y el prusiano en el alemán.
Para cualquier persona que viera más allá de sus narices, esto tenía que ser evidente. Pero no era en absoluto la opinión de Bismarck. Al contrario: aprovechó precisamente la embriaguez patriótica que se había extendido después de la guerra para llevar a la mayoría del Reichstag a renunciar a cualquier ampliación, e incluso a cualquier fijación clara, de los derechos del pueblo, y a limitarse a reproducir sin más en la constitución del Imperio la base jurídica existente en la constitución de la Alemania del Norte y en los tratados. Todos los intentos de los pequeños partidos de dar expresión en ella a los derechos de libertad del pueblo fueron rechazados, incluso la propuesta del Centro católico de incluir los artículos de la constitución prusiana que garantizaban la libertad de prensa, de asociación y de reunión, así como la independencia de la Iglesia. La constitución prusiana, recortada dos y tres veces como estaba, seguía siendo, pues, más liberal que la constitución del Imperio. Los impuestos no se votaban cada año, sino de una vez para siempre «por ley», de modo que queda excluida la negativa del Reichstag a votarlos. Con ello se aplicaba a Alemania la doctrina prusiana, incomprensible para el mundo constitucional fuera de Alemania, según la cual la representación popular solo tiene derecho a negar los gastos sobre el papel, mientras el gobierno se mete en el bolsillo los ingresos en moneda contante y sonante. Pero mientras así se privaba al Reichstag de sus mejores medios de poder y se lo rebajaba a la humilde posición de la Cámara prusiana, quebrada por las revisiones de 1849 y 1850, por el régimen de Manteuffel, por el conflicto y por Sadowa, el Consejo Federal goza en lo esencial de todos los plenos poderes que la antigua Dieta federal tenía nominalmente, y goza de ellos en realidad, porque está libre de las trabas que paralizaban a la Dieta federal. El Consejo Federal no solo tiene un voto decisivo junto al Reichstag en la legislación; es también la instancia administrativa suprema, en la medida en que dicta las disposiciones de ejecución de las leyes del Imperio, y decide además «sobre las deficiencias que se pongan de manifiesto en la ejecución de las leyes del Imperio…», es decir, sobre deficiencias que en otros países civilizados solo puede remediar una nueva ley (art. 7, apartado 3, que se parece mucho a una trampa jurídica para conflictos).
Así pues, Bismarck no buscó su apoyo principal en el Reichstag, que representa la unidad nacional, sino en el Consejo Federal, que representa la fragmentación particularista. No tuvo el valor —él, que se daba aires de representante de la idea nacional— de ponerse de verdad a la cabeza de la nación o de sus representantes; la democracia tenía que servirle a él, pero no él a ella; más que en el pueblo, confiaba en los caminos torcidos y solapados entre bastidores, en su habilidad para amañar en el Consejo Federal, con medios diplomáticos, con el palo y la zanahoria, una mayoría, aunque fuera reacia. La mezquindad de miras y la bajeza de punto de vista que aquí se nos revelan corresponden por completo al carácter del hombre tal como lo hemos conocido hasta ahora. Aun así, podemos asombrarnos de que sus grandes éxitos no fueran capaces de elevarlo por encima de sí mismo al menos por un momento.
Pero el caso era que se trataba de dar a toda la constitución del Imperio un único eje firme, a saber, el canciller del Imperio. Había que dar al Consejo Federal una posición que hiciera imposible un ejecutivo responsable distinto del del canciller y excluyera con ello la admisibilidad de ministros del Imperio responsables. En efecto, todo intento de ordenar la administración del Imperio mediante la creación de un ministerio responsable chocó con una resistencia insuperable como injerencia en los derechos del Consejo Federal. La constitución, como pronto se descubrió, estaba «cortada a la medida» de Bismarck. Era un paso más en el camino hacia su poder personal absoluto, mediante el equilibrio de los partidos en el Reichstag y de los Estados particulares en el Consejo Federal: un paso más en el camino del bonapartismo.
Por lo demás, no puede decirse que, salvo algunas concesiones a Baviera y Wurtemberg, la nueva constitución del Imperio supusiera un retroceso directo. Pero eso es también lo mejor que puede decirse de ella. Las necesidades económicas de la burguesía estaban satisfechas en lo esencial; a sus pretensiones políticas, en la medida en que todavía las tenía, se les echó el mismo cerrojo que en tiempos del conflicto.
En la medida en que todavía tenía pretensiones políticas. Porque es innegable que esas pretensiones, en manos de los nacional-liberales, se habían reducido a una medida muy modesta y se reducían cada día más. Esos señores, lejos de pedir a Bismarck que les facilitara la colaboración con él, se esforzaban más bien por complacerle allí donde se podía, y a veces incluso donde no se podía o no se habría debido. Que Bismarck los despreciara, nadie se lo puede reprochar; pero ¿eran acaso sus junkers ni un pelo mejores y más hombres?
El siguiente terreno en el que quedaba por establecer la unidad del Imperio, el sistema monetario, se ordenó con las leyes de moneda y de bancos de 1873 a 1875. La introducción del patrón oro fue un progreso importante; pero se introdujo con vacilaciones y titubeos, y todavía hoy no se sostiene del todo sobre pies firmes. El sistema monetario adoptado —el tercio de tálero, con el nombre de marco, como unidad con división decimal— era el propuesto por Soetbeer74 a finales de los años treinta; la pieza unitaria efectiva era la moneda de oro de veinte marcos. Con una alteración de valor casi imperceptible se habría podido hacer absolutamente equivalente o bien a la libra soberana inglesa, o bien a la pieza de oro de veinticinco francos, o bien a la pieza de oro norteamericana de cinco dólares, y enlazar así con uno de los tres grandes sistemas monetarios del mercado mundial. Se prefirió crear un sistema monetario aparte y dificultar con ello innecesariamente el tráfico y los cálculos de cambio. Las leyes sobre los billetes del Tesoro del Imperio y sobre los bancos limitaron el fraude con papel moneda de los pequeños Estados y de sus bancos y, en consideración del crac sobrevenido entretanto, observaron cierta cautela, como le correspondía a una Alemania todavía inexperta en este terreno. También aquí se protegieron, en conjunto, los intereses económicos de la burguesía como correspondía.
Por último, se acordaron también leyes judiciales unitarias. Se venció la resistencia de los Estados medianos a extender la competencia del Imperio también al derecho civil material; pero el código civil todavía está en gestación, mientras que el derecho penal, el procedimiento penal y civil, el derecho mercantil, la ley de quiebras y la organización judicial están regulados de manera unitaria. La eliminación de las abigarradas normas jurídicas, formales y materiales, de los pequeños Estados era ya en sí una necesidad urgente del desarrollo burgués en marcha, y en esa eliminación consiste también el mérito principal de las nuevas leyes, mucho menos en su contenido.
El jurista inglés se apoya en una historia del derecho que ha salvado un buen trozo de la antigua libertad germánica más allá de la Edad Media, que no conoce el Estado policiaco, ahogado en germen en las dos revoluciones del siglo XVII, y que culmina en dos siglos de desarrollo continuo de la libertad burguesa. El jurista francés se apoya en la gran Revolución, que, tras aniquilar por completo el feudalismo y la arbitrariedad policiaca absolutista, tradujo las condiciones económicas de vida de la sociedad moderna recién instaurada al lenguaje de las normas jurídicas en su código clásico, proclamado por Napoleón. En cambio, ¿cuál es la base histórica de nuestros juristas alemanes? Nada más que el proceso de descomposición de los restos de la Edad Media, secular, pasivo, impulsado casi siempre por golpes desde fuera y todavía hoy no terminado; una sociedad económicamente atrasada en la que el junker feudal y el maestro gremial vagan como fantasmas buscando un cuerpo nuevo; un ordenamiento jurídico en el que la arbitrariedad policiaca —aunque la justicia de gabinete de los príncipes desapareciera en 1848— abre todavía cada día agujero tras agujero. De esta escuela, la peor de todas las malas, salieron los padres de los nuevos códigos del Imperio, y el trabajo es el que cabía esperar. Dejando aparte el lado puramente jurídico, la libertad política sale bastante malparada en estos códigos. Si los tribunales de escabinos75 dan a la burguesía y a la pequeña burguesía un medio de colaborar en tener sujeta a la clase obrera, el Estado se cubre en lo posible contra el peligro de una oposición burguesa renovada limitando los tribunales de jurado. Los artículos políticos del código penal son con harta frecuencia de una vaguedad y una elasticidad tales como si estuvieran cortados a la medida del actual Tribunal del Imperio, y este a la suya. Que los nuevos códigos son un progreso frente al Derecho territorial prusiano76 es evidente: algo tan espantoso como ese código no lo consigue hoy ni siquiera Stoecker,77 aunque se hiciera circuncidar. Pero las provincias que hasta entonces habían tenido el derecho francés sienten demasiado la diferencia entre la copia desvaída y el original clásico. Fue la deserción de los nacional-liberales de su programa lo que hizo posible este fortalecimiento del poder del Estado a costa de la libertad burguesa, este primer retroceso positivo.
Hay que mencionar también la ley de prensa del Imperio. El código penal ya había regulado en lo esencial el derecho material de que aquí se trata; el establecimiento de disposiciones formales iguales para todo el Imperio y la supresión de las fianzas y los timbres que todavía existían aquí y allá constituyeron, pues, el contenido principal de esta ley y, a la vez, el único progreso que trajo.
Para que Prusia se acreditara otra vez como Estado modelo, se introdujo allí la llamada autonomía administrativa. Se trataba de eliminar los restos más escandalosos del feudalismo y, sin embargo, dejarlo en el fondo todo lo posible como estaba. Para eso sirvió la ordenanza de distritos.78 El poder de policía señorial de los señores junkers se había convertido en un anacronismo. Se abolió de nombre, como privilegio feudal, y se restableció en la práctica creando distritos señoriales independientes, dentro de los cuales el propietario de la finca o es él mismo jefe del distrito señorial con las atribuciones de un alcalde rural, o al menos nombra a ese jefe, y transfiriendo además todo el poder de policía y la jurisdicción de policía de una circunscripción a un jefe de circunscripción, que en el campo, naturalmente, era casi sin excepción un gran terrateniente y que con ello tenía también bajo su férula a los municipios rurales. Se quitó el privilegio feudal al individuo, pero el poder que llevaba aparejado se dio a toda la clase. Mediante un proceso de escamoteo parecido, los grandes terratenientes ingleses se convirtieron en jueces de paz y señores de la administración rural, la policía y la baja justicia, y se aseguraron así, con un título nuevo y modernizado, el disfrute continuado de todos los puestos de poder esenciales, que en la vieja forma feudal ya no eran sostenibles. Pero esa es también la única semejanza entre la «autonomía administrativa» inglesa y la alemana. Me gustaría ver al ministro inglés que se atreviera a proponer en el Parlamento la confirmación de los funcionarios municipales elegidos y su sustitución por suplentes impuestos por el Estado en caso de elecciones rebeldes; la introducción de funcionarios del Estado con los poderes de los Landräte, los gobiernos de distrito y los presidentes superiores prusianos; la injerencia, reservada en la ordenanza de distritos, de la administración del Estado en los asuntos internos de los municipios, circunscripciones y distritos; y, encima, el corte de la vía judicial, inaudito en los países de lengua inglesa y de derecho inglés, que se encuentra casi en cada página de la ordenanza de distritos. Y mientras que tanto las dietas de distrito como las dietas provinciales siguen compuestas a la vieja manera feudal por representantes de los tres estamentos —grandes terratenientes, ciudades y municipios rurales—, en Inglaterra incluso un ministerio ultraconservador presenta un proyecto de ley que transfiere toda la administración de los condados a autoridades elegidas por un sufragio casi universal.79
El proyecto de ordenanza de distritos para las seis provincias orientales (1871) fue el primer indicio de que Bismarck no pensaba en disolver Prusia en Alemania, sino, al contrario, en reforzar todavía más el baluarte del viejo prusianismo, precisamente esas seis provincias orientales. Con nombre cambiado, los junkers conservaron todas las posiciones de poder esenciales; los ilotas de Alemania, los obreros agrícolas de aquellas comarcas —criados y jornaleros por igual—, siguieron en su servidumbre de hecho, admitidos solo a dos funciones públicas: hacerse soldados y servir a los junkers de ganado electoral en las elecciones al Reichstag. El servicio que Bismarck prestó con ello al partido socialista revolucionario es indescriptible y digno de toda gratitud.
Pero ¿qué decir de la estupidez de los señores junkers, que pataleaban con pies y manos, como correspondía a niños malcriados, contra esta ordenanza de distritos, elaborada únicamente en su interés, en interés de conservar más tiempo sus privilegios feudales, solo que con un nombre algo modernizado? La Cámara de los Señores prusiana, o más bien de los junkers, rechazó primero el proyecto, retrasado un año entero, y no lo aprobó hasta después de un nombramiento en masa de 24 nuevos «señores». Con ello los junkers prusianos se mostraron una vez más como reaccionarios mezquinos, obstinados e incorregibles, incapaces de formar el núcleo de un gran partido independiente con una vocación histórica en la vida de la nación, como hacen en realidad los grandes terratenientes ingleses. Con ello habían dejado constancia de su total falta de entendimiento; a Bismarck solo le quedaba poner de manifiesto ante el mundo entero su no menos total falta de carácter, y un poco de presión aplicada como era debido los convirtió en un partido de Bismarck sans phrase.80
Para eso iba a servir el Kulturkampf.81
La ejecución del plan imperial prusiano-alemán tenía que tener como contragolpe la unión en un partido de todos los elementos antiprusianos que se basaban en un desarrollo particular anterior. Estos elementos abigarrados encontraron una bandera común en el ultramontanismo. La rebelión del sentido común, incluso entre innumerables católicos ortodoxos, contra el nuevo dogma de la infalibilidad papal,82 por un lado, y la destrucción del Estado pontificio y el llamado cautiverio del papa en Roma, por otro, obligaron a una unión más estrecha de todas las fuerzas combativas del catolicismo. Así se formó ya durante la guerra —en el otoño de 1870— en la Dieta prusiana el partido específicamente católico del Centro; entró en el primer Reichstag alemán, en 1871, con solo 57 hombres, pero se reforzó en cada nueva elección hasta pasar de 100. Estaba compuesto de elementos muy heterogéneos. En Prusia, su fuerza principal estaba en los pequeños campesinos renanos, que seguían considerándose «prusianos a la fuerza»,83 y además en los grandes terratenientes y campesinos católicos de los obispados westfalianos de Münster y Paderborn y en los silesios católicos. El segundo gran contingente lo proporcionaban los católicos del sur de Alemania, sobre todo los bávaros. Pero el poder del Centro residía mucho menos en la religión católica que en el hecho de que representaba las antipatías de las masas populares contra el prusianismo específico, que pretendía ahora la dominación sobre Alemania. Estas antipatías eran especialmente vivas en las regiones católicas; junto a ellas corrían simpatías por Austria, ahora expulsada de Alemania. En consonancia con estas dos corrientes populares, el Centro era decididamente particularista y federalista.
Este carácter esencialmente antiprusiano del Centro lo reconocieron enseguida las demás pequeñas fracciones del Reichstag, que eran antiprusianas por razones locales, no, como los socialdemócratas, por razones nacionales y generales. No solo los polacos y los alsacianos católicos, sino incluso los güelfos84 protestantes, se unieron estrechamente al Centro como aliados. Y aunque las fracciones liberales burguesas nunca llegaron a ver claro el verdadero carácter de los llamados ultramontanos, revelaban sin embargo una intuición de la verdadera situación cuando calificaban al Centro de «sin patria» y de «enemigo del Imperio»…85
[Esbozo del prólogo]
El escrito que sigue es una tirada aparte de mi obra La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring y comprende tres capítulos que allí llevan el título «Teoría de la violencia». Ya han aparecido antes por separado en traducción rusa, como apéndice a la edición rusa de mi Desarrollo del socialismo de la utopía a la ciencia. En la presente edición solo se han hecho los cambios y añadidos más necesarios. Pero la tirada aparte requiere un añadido especial.
Si publico en lengua alemana un folleto sobre «el papel de la violencia en la historia», el lector alemán tiene derecho a exigirme que no oculte mi opinión sobre el papel tan importante que la violencia ha desempeñado en los últimos treinta años precisamente en su propia historia. Por eso he añadido además un cuarto apartado, que naturalmente solo contiene los puntos de vista principales. Quizá se me conceda más adelante tratar este tema con más detenimiento.
[Esquema del cuarto capítulo]
1848: postulado de los Estados nacionales. Italia, Alemania, Polonia, Hungría.
La política ilustrada de conquista de Bonaparte: nación a cambio de compensación. Italia.
Contra esto, reorganización del ejército. Conflicto. Bismarck. Política no original.
Situación en Alemania. Unidad: 2.86 por la revolución, 2. por Austria, 3. por Prusia (Zollverein).
Guerra de 1864 y 1866. Medios revolucionarios.
La mejor época de Bismarck, hasta 1870.
Guerra francesa.87 Imperio. Anexión de Alsacia-Lorena. Rusia, árbitro.
Bismarck acabado: se vuelve reaccionario, estúpido. Kulturkampf (matrimonio civil). Aranceles protectores y alianza de los agrarios con los burgueses. Estafa colonial. Ofensas a Bismarck: ley contra los socialistas. Represión de las coaliciones. Reforma social. Militarismo a causa de la anexión de Alsacia. El junker pasa a primer plano, por falta de otras ideas.
[Esquema de la parte final del cuarto capítulo]
I.
Tres clases: dos piojosas, una de ellas en decadencia y la otra en ascenso, y obreros que solo quieren fair play88 burgués. Así que lo correcto era solo maniobrar entre las dos últimas, ¡pero no! Política: reforzar el poder del Estado en general y, sobre todo, hacerlo independiente en lo pecuniario (estatalización de los ferrocarriles, monopolios), Estado policiaco y principios judiciales del Derecho territorial.89
«Liberal» y «nacional», la doble naturaleza de 1848, sigue vigente también en Alemania de 1870 a 1888.
Bismarck tenía que apoyarse en el Reichstag y en el pueblo, y para ello hacía falta plena libertad de prensa, de palabra, de asociación y de reunión, aunque solo fuera para orientarse.
II.
I. Construcción
a) Económica: ya la mala ley de la moneda es lo principal.
b) Política: restablecimiento del Estado policiaco y leyes judiciales antiburguesas (1876), mala copia de las francesas. Imprecisión al modo del Derecho territorial. El Tribunal del Imperio, el remate. 1879.
- Falta de ideas, demostrada por los juegos y por las ofensas a Bismarck.
a) Kulturkampf. El cura católico, ni gendarme ni policía. Júbilo de la burguesía; desesperanza; camino de Canosa.90 Único resultado racional: ¡el matrimonio civil!
Partido de Bismarck sans phrase.
Estafa y crac. Su participación. Piojería de los junkers conservadores, tan sin honor como los burgueses.
Viraje completo [de Bismarck] hacia el junker.
a) Aranceles protectores, etc. Coalición de burgueses y junkers, la parte del león para estos.
b) Intentos de monopolio del tabaco, rechazados en 1882.
c) Estafa colonial.
- Política social a lo Bonaparte.
a) Ley contra los socialistas y aplastamiento de las asociaciones y cajas obreras.
b) La mierda de la reforma social.
III.
- Política exterior. Peligro de guerra, efecto de las anexiones. Aumento del ejército. Septenados. Cuando se cumplió el tiempo, vuelta a las quintas de antes de 1870 para conservar unos años más la superioridad.
IV.
Resultado:
a) Una situación interior que se derrumba con la muerte de cuatro personas: ¡no hay imperio sin emperador! El proletariado, empujado a la revolución; una expansión de la socialdemocracia al derogarse la ley contra los socialistas como nunca se ha visto: el caos.
b) Una paz peor que la guerra, resultado de todo, en el mejor de los casos; o bien una guerra mundial.
Bismarck, en la comisión de presupuestos de la Cámara de Diputados prusiana, el 30 de septiembre de 1862: «No con discursos y votaciones de la mayoría se deciden las grandes cuestiones de la época […], sino con hierro y sangre». ↩
En octubre de 1850 el zar Nicolás I se reunió en Varsovia con representantes de Austria y de Prusia y apoyó a Austria en el conflicto sobre la Confederación Germánica, que terminó con la capitulación prusiana de Olmütz (noviembre de 1850). ↩
El Protocolo de Londres de 1852, firmado por las grandes potencias, designó heredero de la corona danesa a Cristián de Glücksburg, que reinó como Cristián IX desde 1863. ↩
Enumeración de las monedas y patrones monetarios que circulaban a la vez en Alemania antes de la reforma de 1871-1873: el marco banco era la moneda de cuenta del Banco de Hamburgo; el «pie» de veinte o de veinticuatro florines indicaba cuántas piezas se acuñaban con un marco de plata fina. ↩
(Nota al margen de Engels, a lápiz.) «Weerth». Georg Weerth (1822-1856), poeta y comerciante, amigo de Marx y Engels y redactor de la Neue Rheinische Zeitung, pasó sus últimos años como agente comercial en las Antillas y en Sudamérica. ↩
La fiesta de Wartburg (18 de octubre de 1817) reunió a las asociaciones de estudiantes (Burschenschaften) en un acto patriótico por la unidad alemana. Los versos citados a continuación proceden de canciones estudiantiles de la época. ↩
La fiesta de Hambach (27 de mayo de 1832), en el Palatinado, fue una gran manifestación liberal y democrática por la unidad y la libertad de Alemania. ↩
Alusión a la canción de Ernst Moritz Arndt Was ist des Deutschen Vaterland? («¿Cuál es la patria del alemán?», 1813), que pasa revista a los territorios de habla alemana. ↩
Versos de Das Lied der Deutschen (1841), de August Heinrich Hoffmann von Fallersleben. ↩
(Nota al margen de Engels, a lápiz.) «Paz de Westfalia y paz de Teschen». La paz de Westfalia (1648) cerró la guerra de los Treinta Años con Francia y Suecia como garantes de la constitución del Imperio; la de Teschen (1779), que puso fin a la guerra de sucesión de Baviera, añadió a Rusia como garante. ↩
El Reichsdeputationshauptschluss de 1803 secularizó los principados eclesiásticos y suprimió casi todas las ciudades libres del Imperio en beneficio de los príncipes mayores, como compensación por los territorios de la orilla izquierda del Rin cedidos a Francia. ↩
(Nota de Engels, a lápiz, entre líneas.) «Alemania-Polonia». ↩
(Nota de Engels.) La guerra de Crimea fue una única y colosal comedia de enredos en la que a cada nueva escena uno se pregunta: ¿a quién se va a engañar aquí? Pero la comedia costó tesoros incalculables y más de un millón de vidas humanas. Apenas empezada la lucha, Austria entró en los principados del Danubio; los rusos se retiraron ante ella. Con ello, mientras Austria siguiera neutral, se hacía imposible una guerra contra Turquía en la frontera terrestre rusa. Pero Austria estaba dispuesta a ser aliada en una guerra en esa frontera, a condición de que la guerra se librara en serio, por la restauración de Polonia y el retroceso duradero de la frontera occidental rusa. Entonces también Prusia habría tenido que sumarse, ella, a través de la cual Rusia recibía todavía todos sus suministros; Rusia habría quedado bloqueada por tierra y por mar y habría tenido que sucumbir rápidamente. Pero esa no era la intención de los aliados. Al contrario, estaban contentos de verse libres ahora de todo peligro de una guerra seria. Palmerston propuso trasladar el teatro de la guerra a Crimea, lo que Rusia deseaba, y Luis Napoleón aceptó de muy buena gana. Allí la guerra solo podía ser una guerra de apariencia, y así todos los principales interesados quedaron satisfechos. Pero el emperador Nicolás se empeñó en hacer allí una guerra seria, y olvidó que el terreno más favorable para una guerra de apariencia era el más desfavorable para una guerra seria. La fuerza de Rusia en la defensa, la enorme extensión de su territorio poco poblado, sin caminos y pobre en recursos, se vuelve contra la propia Rusia en toda guerra ofensiva rusa, y en ninguna parte tanto como en dirección a Crimea. Las estepas del sur de Rusia, que tendrían que haber sido la tumba del agresor, fueron la tumba de los ejércitos rusos que Nicolás, con brutal y estúpida falta de miramientos, envió uno tras otro, el último en pleno invierno, a Sebastopol. Y cuando la última columna, reunida a toda prisa, equipada a duras penas y miserablemente abastecida, perdió en la marcha cerca de dos tercios de sus efectivos (batallones enteros perecieron en la ventisca) y el resto fue incapaz de expulsar a los enemigos del suelo ruso, el hinchado cabeza hueca de Nicolás se desplomó lamentablemente y se envenenó. A partir de entonces la guerra volvió a ser una guerra de apariencia y pronto llevó a la paz. ↩
«Mehrer des Reichs», traducción tradicional del título de los emperadores romano-germánicos, semper augustus. ↩
Luis Napoleón Bonaparte participó en 1831 en la insurrección carbonaria de la Romaña, sirvió como oficial de artillería en Suiza y, en su exilio de Londres, se alistó como agente especial de policía (special constable) durante la manifestación cartista del 10 de abril de 1848. Lumpazivagabundus alude a la farsa de Johann Nestroy Der böse Geist Lumpazivagabundus (1833). ↩
(Nota al margen de Engels, a lápiz.) «Orsini». Felice Orsini (1819-1858), revolucionario italiano, atentó contra Napoleón III el 14 de enero de 1858; su ejecución precedió en pocos meses al acuerdo de Plombières entre Napoleón y Cavour. ↩
«Como a la chusma». Prusia solo fue admitida tarde, y en un papel secundario, a las sesiones del congreso de París de 1856. ↩
Fórmula del gobierno prusiano para su neutralidad durante la guerra de Crimea y la de Italia. ↩
La Société Générale du Crédit Mobilier, banco por acciones fundado en 1852 por los hermanos Péreire, emblema de la especulación del Segundo Imperio; quebró en 1867. ↩
(Nota de Engels.) Que este era entonces el estado de ánimo general en el Rin, Marx y yo lo comprobamos sobre el terreno bastantes veces. Industriales de la orilla izquierda me preguntaban, entre otras cosas, cómo le iría a su industria con el arancel francés. ↩
El periodo de reacción posterior a la revolución de marzo de 1848. ↩
Asamblea de príncipes de Fráncfort (agosto de 1863), convocada por Francisco José para reformar la Confederación Germánica bajo dirección austriaca. ↩
El marqués de Beauvau, en diciembre de 1740, al comenzar la primera guerra de Silesia. ↩
Unión aduanera alemana bajo dirección prusiana, constituida el 1 de enero de 1834 a partir de las uniones aduaneras de 1828. ↩
Friedrich Christoph Schlosser (1776-1861), historiador de Heidelberg; Ludwig Häusser (1818-1867) y Georg Gottfried Gervinus (1805-1871), historiadores liberales. ↩
(Nota de Engels.) La Rheinische Zeitung de 1842 discutía desde este punto de vista la cuestión de la hegemonía prusiana. Gervinus ya me dijo en el verano de 1843 en Ostende: Prusia tiene que ponerse a la cabeza de Alemania; pero para eso hacen falta tres cosas: Prusia tiene que dar una constitución, tiene que dar libertad de prensa y tiene que adoptar una política exterior que tenga color. ↩
Los jóvenes con cierta formación podían cumplir el servicio militar como voluntarios de un año (Einjährig-Freiwillige), pagándose ellos mismos el equipo y la manutención. ↩
(Nota de Engels.) Todavía en tiempos del Kulturkampf me lamentaban algunos fabricantes renanos que no podían ascender a capataces a obreros por lo demás excelentes por falta de conocimientos escolares suficientes. Esto ocurría sobre todo en las regiones católicas. ↩
(Nota al margen de Engels.) «Escuelas medias para la burguesía». ↩
Karl von Rotteck y Carl Theodor Welcker, juristas liberales de Baden; Ludolf Camphausen, David Hansemann y Karl August Milde, banqueros e industriales de Renania y Silesia que fueron ministros prusianos en 1848. ↩
Heinrich Ludwig Tschech, antiguo alcalde de Storkow, atentó contra Federico Guillermo IV en 1844 y fue ejecutado; la canción satírica sobre él se cantó por toda Alemania. La otra canción se burlaba de la peregrinación a la Santa Túnica de Tréveris de 1844 y de la curación milagrosa atribuida a la baronesa Droste-Vischering. ↩
En octubre de 1858, por la enfermedad mental de Federico Guillermo IV, su hermano Guillermo (desde 1861 rey, desde 1871 emperador Guillermo I) asumió la regencia y nombró un ministerio liberal moderado: la llamada «Nueva Era». ↩
Otto von Manteuffel (1805-1882), presidente del gobierno prusiano de 1850 a 1858. ↩
Robert von Puttkamer (1828-1900), ministro prusiano del Interior de 1881 a 1888, perseguía a la socialdemocracia bajo la ley de excepción; Der Sozialdemokrat, órgano del partido, se publicaba entonces en Zúrich y era objeto de vigilancia de la policía secreta prusiana. ↩
«Prensa reptil» llamaban en Alemania a los periódicos pagados por el gobierno con el fondo secreto de Bismarck, el «fondo de los reptiles». ↩
El Deutscher Nationalverein, fundado en 1859 por liberales burgueses partidarios de la unificación bajo Prusia. ↩
Des idées napoléoniennes (1839), libro de Luis Napoleón Bonaparte. ↩
Charles de Morny (1811-1865), medio hermano de Luis Napoleón, organizador del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
La Altmark, comarca de la Marca de Brandeburgo de la que procedía la familia de Bismarck. ↩
Gerson von Bleichröder (1822-1893), banquero de Bismarck; Achille Fould (1800-1867), banquero y ministro de Hacienda de Napoleón III. ↩
Por la convención de Alvensleben (febrero de 1863), Prusia se comprometió a ayudar a Rusia a aplastar la insurrección polaca. ↩
El combate de Lundby (3 de julio de 1864), cerca de Aalborg, que Engels llama Lyngby. ↩
Heinrich von Sybel (1817-1895), historiador prusiano, autor de Die Begründung des Deutschen Reiches durch Wilhelm I. (La fundación del Imperio alemán por Guillermo I). ↩
El Protocolo de Varsovia (1851) y el Protocolo de Londres (mayo de 1852), por los que las grandes potencias garantizaron la integridad de la monarquía danesa con los ducados de Schleswig y Holstein. ↩
«Frischer, fröhlicher Krieg» («guerra fresca y alegre»), expresión del historiador conservador Heinrich Leo, convertida en lema del belicismo prusiano. ↩
(Nota al margen de Engels, a lápiz.) «División: línea del Meno». Véase más abajo la mención de la línea del Meno, que separaba la Confederación de la Alemania del Norte de los Estados del sur. ↩
Giuseppe Govone (1825-1872), general italiano que negoció en Berlín en la primavera de 1866 la alianza prusiano-italiana contra Austria. ↩
Expresión de la nota que el embajador prusiano en Florencia, Guido von Usedom, dirigió en junio de 1866 al gobierno italiano, en la que proponía una guerra que golpeara a Austria «en el corazón». ↩
György Klapka (1820-1892), general de la revolución húngara de 1848-1849. ↩
(Nota al margen de Engels, a lápiz.) «¡Juramento!». ↩
El rey de Hannover, el elector de Hesse-Kassel y el duque de Nassau, y la ciudad libre de Fráncfort. ↩
La Deutsche Fortschrittspartei, partido liberal prusiano fundado en 1861, que dirigía la oposición durante el conflicto constitucional. La ley de indemnidad se votó en septiembre de 1866. ↩
La batalla de Königgrätz o Sadowa (3 de julio de 1866) decidió la guerra austro-prusiana. ↩
August Bebel y Wilhelm Liebknecht, elegidos en 1867 al Reichstag de la Confederación de la Alemania del Norte. ↩
(Nota de Engels.) Ya antes de la guerra con Austria, interpelado por un ministro de un Estado mediano sobre su demagógica política alemana, Bismarck le contestó que, a pesar de todas las frases, echaría a Austria de Alemania y haría saltar la Confederación. «¿Y los Estados medianos? ¿Cree usted que se quedarán mirando tranquilamente?». «Ustedes, los Estados medianos, no harán nada». «¿Y qué va a ser entonces de los alemanes?». «Entonces los llevaré a París y allí los uniré». (Contado en París antes de la guerra de Austria por el mencionado ministro de un Estado mediano, y publicado durante aquella guerra en el Manchester Guardian por su corresponsal en París, la señora Crawford.) ↩
El Parlamento aduanero (Zollparlament, 1868-1870) reunía a los diputados del Reichstag de la Alemania del Norte con diputados elegidos en los Estados del sur para los asuntos del Zollverein. ↩
Metternich había dicho de Italia que era una «expresión geográfica». ↩
La conferencia de Londres de mayo de 1867 resolvió la crisis de Luxemburgo. ↩
Vincent Benedetti (1817-1900), embajador de Francia en Prusia de 1864 a 1870. ↩
Schwefelbande, «banda del azufre»: expresión despectiva alemana para una pandilla de granujas. ↩
La ordenanza prusiana del Landsturm de abril de 1813 llamaba a toda la población a la guerra de guerrillas contra los franceses por todos los medios. ↩
Charles Denis Bourbaki (1816-1897) dirigió en enero de 1871 el ejército del Este contra las comunicaciones alemanas; derrotado, tuvo que internarse en Suiza. ↩
(Nota de Engels.) Fueron estos cañones, que pertenecían a la Guardia Nacional y no al Estado, y que precisamente por eso no se habían entregado a los prusianos, los que Thiers ordenó robar a los parisinos el 18 de marzo de 1871, provocando así la insurrección de la que nació la Comuna. ↩
El 19 de marzo de 1848 los insurrectos obligaron a Federico Guillermo IV a descubrirse ante los cadáveres de los combatientes caídos en las barricadas de Berlín. ↩
(Nota de Engels.) Se reprocha a Luis XIV haber lanzado en plena paz sus cámaras de reunión contra territorios alemanes que no le pertenecían. Ni la envidia más malintencionada puede decir algo así de los prusianos. Al contrario. Después de haber concluido en 1795 una paz por separado con Francia, violando directamente la constitución del Imperio, y de haber reunido a su alrededor, detrás de la línea de demarcación, a sus pequeños vecinos, tan desertores como ellos, en la primera Confederación de la Alemania del Norte, aprovecharon la situación apurada de los Estados del Imperio del sur de Alemania, que seguían ahora solos la guerra junto con Austria, para hacer intentos de anexión en Franconia. Establecieron en Ansbach y Bayreuth (que eran entonces prusianos) cámaras de reunión al modo de Luis, y plantearon pretensiones sobre una serie de territorios vecinos frente a las cuales los pretextos jurídicos de Luis eran de una claridad meridiana; y cuando luego los alemanes retrocedieron derrotados y los franceses entraron en Franconia, los salvadores prusianos ocuparon el territorio de Núremberg, arrabales incluidos, hasta la muralla, y arrancaron con engaños a los acongojados filisteos de Núremberg un tratado (2 de septiembre de 1796) por el que la ciudad se sometía a la dominación prusiana con la condición de que nunca… se admitiera a judíos dentro de sus muros. Pero enseguida volvió a avanzar el archiduque Carlos, derrotó a los franceses en Wurzburgo el 3 y 4 de septiembre de 1796, y con ello este intento de meter a palos en la cabeza de los de Núremberg la vocación alemana de Prusia se desvaneció en humo. ↩
El cuadrilátero formado por las fortalezas de Mantua, Peschiera, Verona y Legnago. ↩
Segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana (9 de septiembre de 1870), redactado por Marx. ↩
En ese discurso Bismarck defendió el proyecto de ley que ampliaba el ejército ante el peligro de una guerra en dos frentes, con Francia y Rusia. ↩
El Landrat era el jefe administrativo del distrito (Kreis) prusiano, nombrado por el gobierno. ↩
El cártel electoral de conservadores, conservadores libres y nacional-liberales, que obtuvo la mayoría en las elecciones del 21 de febrero de 1887 sobre la cuestión del septenado militar. ↩
El crac bursátil de 1873, que cerró los «años de los fundadores» (Gründerjahre) que siguieron al pago de la indemnización de guerra francesa. ↩
La Asociación General de Obreros Alemanes, fundada por Lassalle en 1863, y el Partido Obrero Socialdemócrata, fundado en Eisenach en 1869 por Bebel y Liebknecht; se unificaron en el congreso de Gotha de 1875. ↩
El Bundesrat, órgano de los gobiernos de los Estados federados. ↩
Adolf Soetbeer (1814-1892), economista alemán, especialista en cuestiones monetarias. ↩
Tribunales formados por un juez profesional y jueces legos (Schöffen) para los delitos menores. ↩
El Allgemeines Landrecht für die Preußischen Staaten de 1794. ↩
Adolf Stoecker (1835-1909), predicador de la corte de Berlín, fundador del Partido Social Cristiano y agitador antisemita. ↩
La Kreisordnung prusiana de 1872 para las provincias orientales. ↩
La Local Government Bill presentada en marzo de 1888 por el gobierno conservador de Salisbury, que creó los consejos de condado electivos. ↩
«Sin más», «sin frases». ↩
Nombre dado a la lucha del Estado prusiano y del Imperio contra la Iglesia católica y el Centro (1871-1878): leyes de mayo de 1873, matrimonio civil, expulsión de los jesuitas. ↩
Proclamado por el concilio Vaticano I en julio de 1870. ↩
Mußpreußen: así se llamaban los renanos y westfalianos anexionados a Prusia en 1815. ↩
Partidarios de la dinastía de Hannover destronada en 1866. ↩
Aquí se interrumpe el manuscrito. ↩
Así en la edición utilizada: «2.» por «1.». ↩
(Nota de Engels.) 1. Conducción de la guerra. Contribución, francotiradores, relojes de péndulo, palos en el culo. La dureza de la venganza de los junkers, desde arriba. 2. Caída del Imperio. 3. ¡Sombrero fuera ante París! 4. Miles de millones y Alsacia-Lorena. ↩
En inglés en el original: «juego limpio». ↩
El Derecho territorial general prusiano de 1794 (Allgemeines Landrecht). ↩
Alusión a la frase de Bismarck en el Reichstag (14 de mayo de 1872): «No iremos a Canosa», es decir, no nos humillaremos ante el papa, como el emperador Enrique IV ante Gregorio VII en 1077; con el abandono del Kulturkampf acabó haciéndolo. ↩