Escrito por Friedrich Engels a finales de septiembre de 1888, tras su viaje por los Estados Unidos y el Canadá (agosto-septiembre de 1888) con Eleanor Marx, Edward Aveling y Carl Schorlemmer; manuscrito inacabado, inédito en vida de Engels. El título no es suyo. Traducido del manuscrito según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962), pp. 466-468, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Por regla general nos imaginamos América como un mundo nuevo: nuevo no solo por la época de su descubrimiento, sino también en todas sus instituciones; muy por delante de nosotros, europeos chapados a la antigua y dormilones, por su desprecio de todo lo heredado y lo tradicional; un mundo construido de nuevo desde los cimientos sobre suelo virgen, por hombres modernos y solo según principios modernos, prácticos y racionales. Y los americanos ponen de su parte para confirmarnos en esa opinión. Nos miran con desprecio como a gente cavilosa, presa de toda clase de prejuicios heredados, poco práctica, que tiene miedo de todo lo nuevo, mientras que ellos, la nación que más se lanza hacia delante (the most go-ahead nation), examinan toda nueva propuesta de mejora simplemente por su utilidad práctica y, una vez reconocida como buena, la introducen enseguida y casi de la noche a la mañana. En América todo tendría que ser, pues, nuevo, todo racional, todo práctico, es decir, todo distinto que entre nosotros.

En el vapor City of Berlin me encontré por primera vez con un número considerable de americanos. Eran en su mayoría gente bastante agradable, caballeros y damas, más accesibles que los ingleses, a veces algo directos en el lenguaje, pero por lo demás más o menos como la gente mejor vestida de cualquier otra parte. Lo que acaso los distinguía era un porte peculiarmente pequeñoburgués; no el del pequeñoburgués alemán, apocado e inseguro, ni tampoco el del inglés; un porte que, precisamente por la gran seguridad con que se mostraba, como si fuera la cosa más natural del mundo, se revelaba como una cualidad heredada. Las damas más jóvenes, sobre todo, daban la impresión de una cierta ingenuidad como la que en Europa solo se encuentra en ciudades pequeñas; cuando iban de dos en dos, cogidas del brazo, o del brazo de un hombre, recorriendo la cubierta a paso decidido y casi impetuoso, tenían exactamente el mismo andar saltarín y se sujetaban las faldas, amenazadas por el viento, con el mismo gesto recatado que entre nosotros la inocencia campesina. Me recordaban sobre todo a las suecas —eran también altas y robustas como ellas—, y yo esperaba a cada momento que hicieran una reverencia, como hacen las suecas. De la torpeza física y mental que es la herencia general de la raza germánica, mis compañeros de viaje americanos habían recibido también su parte y no la habían superado en absoluto. En resumen, mi primera impresión de los americanos no fue en absoluto la de una superioridad nacional sobre los europeos, ni la de un tipo nacional completamente nuevo y joven, sino, al contrario, la de que eran gente que todavía se aferraba a costumbres pequeñoburguesas heredadas que en Europa se tienen por anticuadas, y que los europeos estamos en este aspecto frente a ellos como los parisienses frente a los provincianos.

Cuando en Nueva York entré en mi primer dormitorio, ¿qué me encontré? Muebles de la forma más anticuada que pueda imaginarse, cómodas con anillas o asas de latón como tiradores de los cajones, como las que estaban de moda a principios de este siglo y en Europa ya solo se ven en el campo; al lado, formas más recientes según modelo inglés o francés, pero también estas bastante viejas ya y casi siempre fuera de lugar; nada nuevo desde que pasó de moda la colosal mecedora que describía un arco de 240 grados. Y así en todas partes: las sillas, las mesas y los armarios parecen casi siempre piezas heredadas de generaciones pasadas. Los carros de las calles de Nueva York tienen un aspecto tan anticuado que a primera vista uno cree que ninguna granja europea tiene ya un modelo de carro de escalera semejante. Mirándolos de cerca se ve, desde luego, que estos carros están muy mejorados, dispuestos con mucho sentido práctico, provistos de excelentes ballestas y construidos con gran ligereza en madera muy fuerte; pero con todas estas mejoras el modelo anticuado ha quedado intacto. En Londres había todavía a comienzos de los años cuarenta coches de alquiler en los que se subía por detrás y la gente se sentaba a derecha e izquierda, frente a frente, como en el ómnibus; desde 1850 han desaparecido; en Boston, en cambio, que yo sepa la única ciudad americana donde los coches de alquiler se usan de verdad, estos cacharros siguen floreciendo hoy. Los hoteles americanos de hoy, con su lujosa instalación y sus cientos de habitaciones, muestran en todo su american plan1 que han salido de la granja apartada en una comarca poco poblada que todavía hoy, de vez en cuando, da al viajero techo y comida a cambio de una retribución —volveré sobre ello—, y presentan por eso peculiaridades que no solo nos parecen extrañas, sino francamente anticuadas. Y así sucesivamente.

Pero quien quiera darse el gusto de un viaje como los que había que hacer en Europa en tiempos de la guerra de los Treinta Años, que vaya a una comarca montañosa americana hasta el final del último ferrocarril y siga en la diligencia hacia el interior de la naturaleza salvaje. Los cuatro hicimos una excursión así por los Adirondacks2 y pocas veces nos hemos reído tanto como en el techo de aquella diligencia. Un viejo cacharro al lado del cual los famosos coches suplementarios de la posta prusiana de antaño3 son carrozas de lujo, de un modelo indescriptible, con asientos —y menudos asientos— para seis a nueve personas arriba, en el techo y en el pescante: ese era el vehículo. Y ahora el camino... perdón, no era un camino, ni siquiera puede llamarse senda; dos rodadas profundas en arcilla arenosa, cuesta arriba, cuesta abajo...

  1. En los hoteles americanos, régimen de pensión completa con precio único por día que incluía alojamiento y todas las comidas. ↩

  2. Macizo montañoso del norte del estado de Nueva York. ↩

  3. Beiwagen: coches que el correo prusiano añadía a la diligencia regular cuando había más viajeros que plazas. ↩