Escrito por Friedrich Engels entre el 12 y el 18 de septiembre de 1890 y publicado en Der Sozialdemokrat (Londres), n.º 39, 27 de septiembre de 1890, último número del periódico. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 76-79), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Permítaseme también a mí despedirme del lector.

Der Sozialdemokrat1 tiene que desaparecer de escena. No solo porque así se ha declarado tantas veces ante los demás partidos. Mucho más todavía porque, en las nuevas condiciones, el propio Sozialdemokrat se convertiría necesariamente en otro periódico, con otra misión, otros colaboradores, otro círculo de lectores. Y un periódico que ha desempeñado un papel histórico tan determinado, un periódico cuya peculiaridad ha sido que en sus columnas, y solo en ellas, se reflejan los doce años más decisivos de la vida del partido obrero alemán, un periódico así no puede ni debe cambiar. Que siga siendo lo que fue, o que deje de ser. En eso estamos todos de acuerdo.

Igualmente de acuerdo estamos todos en que este periódico no puede desaparecer sin dejar un vacío. Ningún órgano que se publique en Alemania, oficial o no, puede sustituirlo. Para el partido esto no es más que un inconveniente relativo: entra en otras condiciones de lucha y necesita por tanto otras armas y otra estrategia y otra táctica. Pero es una pérdida absoluta para los colaboradores, y en particular para mí.

Dos veces en mi vida he tenido el honor y la alegría de colaborar en un periódico en el que disfrutaba plenamente de las dos condiciones más favorables con que se puede actuar en la prensa: primera, libertad de prensa incondicional, y segunda, la certeza de ser escuchado precisamente por el público por el que uno quiere ser escuchado.

La primera vez, en 1848-1849, en la Neue Rheinische Zeitung. Eran tiempos de revolución, y entonces trabajar en la prensa diaria es de por sí un placer. Se ve ante los ojos el efecto de cada palabra, se ve cómo los artículos dan literalmente en el blanco, como si fueran granadas, y cómo estalla la carga explosiva.

La segunda vez, en el Sozialdemokrat. Y aquello fue también un pedazo de época revolucionaria, desde que el partido se reencontró a sí mismo en el congreso de Wyden2 y a partir de entonces reanudó la lucha «con todos los medios», legales o no. Der Sozialdemokrat era la encarnación de esa ilegalidad. Para él no había Constitución del Imperio que obligara, ni Código Penal del Imperio, ni Derecho General prusiano (Landrecht). Contra la ley, desafiando y burlando toda la legislación del Imperio y de los Estados, atravesaba cada semana las fronteras del Sacro Imperio alemán; esbirros, espías, agentes provocadores, aduaneros, vigilancia de fronteras duplicada y triplicada eran impotentes; casi con la seguridad de una letra de cambio, se presentaba a los suscriptores el día de su vencimiento; ningún Stephan3 podía impedir que el Correo del Imperio alemán tuviera que expedirlo y repartirlo. Y eso con más de diez mil suscriptores en Alemania; y mientras que los escritos prohibidos de antes de 1848 solo en contadísimas ocasiones los pagaban sus compradores burgueses, los obreros pagaron su Sozialdemokrat durante doce años con la mayor regularidad. ¡Cuántas veces se me ha alegrado el corazón, a mí, viejo revolucionario, al ver funcionar semana tras semana, año tras año, con la misma seguridad, esa interacción tan perfectamente engrasada y silenciosa entre redacción, expedición y suscriptores, ese trabajo revolucionario organizado de manera businesslike, como un negocio!

Y el periódico valía los esfuerzos y los peligros que costaba su difusión. Fue sin discusión el mejor periódico que el partido ha tenido nunca. Y no solo porque fuera el único de todos que gozaba de plena libertad de prensa. Los principios del partido se exponían y se sostenían con rara claridad y precisión, y la táctica de la redacción fue casi sin excepción la acertada. A eso se añadía otra cosa. Mientras nuestra prensa burguesa se aplica al aburrimiento más mortal, en el Sozialdemokrat se reflejaba también con creces el humor alegre con que nuestros obreros acostumbran a librar la lucha contra las vejaciones de la policía.

Además, Der Sozialdemokrat era cualquier cosa menos un simple portavoz del grupo parlamentario. Cuando en 1885 la mayoría del grupo se inclinaba por la subvención a los vapores,4 el periódico defendió con decisión la opinión contraria y mantuvo su derecho a hacerlo incluso cuando esa mayoría se lo prohibió con una orden del día que hoy probablemente le parecerá incomprensible a ella misma. La lucha duró exactamente cuatro semanas, durante las cuales la redacción recibió un apoyo enérgico de los compañeros del partido de Alemania y del extranjero. El 2 de abril apareció la prohibición; el 30, Der Sozialdemokrat publicó una declaración acordada entre el grupo parlamentario y la redacción, de la que resultaba que el grupo retiraba su orden.

Más tarde le estuvo reservado al Sozialdemokrat poner a prueba el tan celebrado derecho de asilo suizo.5 Se vio entonces, como en todos los casos parecidos desde 1830, que ese derecho de asilo falla siempre precisamente allí donde de verdad tiene que entrar en vigor. Y eso no es nada nuevo. Desde su democratización, llevada a cabo a partir de 1830, las grandes potencias vecinas solo permiten a la pequeña república sus experimentos democráticos en el interior a condición de que el asilo de los refugiados se ejerza bajo el control de la gran potencia interesada en cada caso. Suiza es demasiado débil para no ceder. No se le puede tomar a mal. Marx solía decir, refiriéndose sobre todo a Holanda, Suiza y Dinamarca, que hoy en día la peor situación es la de un país pequeño que ha tenido una gran historia. Pero que se dejen ya de una vez de fanfarronear en la «fryen Schwyz»6 sobre el inmaculado derecho de asilo.

Der Sozialdemokrat era la bandera del partido alemán; tras doce años de lucha, el partido ha vencido. La ley antisocialista ha caído, Bismarck ha sido derribado. El poderoso Imperio alemán puso en movimiento contra nosotros todos sus medios de poder; el partido se burló de ellos, hasta que por fin el Imperio alemán tuvo que arriar su bandera ante la nuestra. El gobierno del Imperio quiere por ahora volver a probar con nosotros el derecho común, y así nosotros queremos por ahora volver a probar con los medios legales, que hemos reconquistado mediante el uso enérgico de los ilegales. Que al hacerlo se vuelvan a incluir o no en el programa los medios «legales»7 es bastante indiferente. Hay que intentar arreglárselas por el momento con los medios legales de lucha. Eso no lo hacemos solo nosotros, lo hacen todos los partidos obreros de todos los países donde los obreros tienen cierta medida de libertad legal de movimiento, y por la sencilla razón de que es lo que más les rinde. Pero eso presupone que el partido contrario proceda también legalmente. Si se intenta, ya sea con nuevas leyes de excepción, con sentencias contrarias a derecho y con la jurisprudencia del Tribunal del Imperio, con la arbitrariedad policial o con otras extralimitaciones ilegales del ejecutivo, volver a poner de hecho a nuestro partido fuera del derecho común, se empuja otra vez a la socialdemocracia alemana a la vía ilegal como la única que le queda abierta. Incluso en la nación más amante de la ley, la inglesa, la primera condición de la legalidad por parte del pueblo es que los demás factores de poder se mantengan también dentro de los límites de la ley; si no es así, según la concepción jurídica inglesa, la rebelión es el primer deber del ciudadano.

Si llega ese caso, ¿qué pasará entonces? ¿Levantará el partido barricadas, apelará a la fuerza de las armas? Ese favor no se lo hará sin duda a sus adversarios. Se lo impide el conocimiento de su propia posición de fuerza, que le da cada elección general al Reichstag. El veinte por ciento de los votos emitidos es una cifra muy respetable, pero eso también quiere decir que los adversarios unidos tienen todavía el ochenta por ciento. Y cuando nuestro partido ve además que ha duplicado el número de sus votos en los tres últimos años y que hasta las próximas elecciones puede contar con un crecimiento aún mayor, tendría que estar loco para intentar hoy, con veinte contra ochenta y además contra el ejército, un golpe de mano cuyo desenlace seguro sería la pérdida de todas las posiciones de poder conquistadas en veinticinco años.

El partido tiene un medio mucho mejor y bien probado. El día en que se nos dispute el derecho común, Der Sozialdemokrat vuelve a aparecer. La vieja maquinaria, mantenida en reserva para ese caso, vuelve a entrar en funcionamiento, mejorada, ampliada, recién engrasada. Y una cosa es segura: una segunda vez el Imperio alemán no aguanta esto doce años.

Friedrich Engels

  1. Órgano central de la socialdemocracia alemana durante la ley antisocialista (1878-1890); se publicó en Zúrich de 1879 a 1888 y en Londres de 1888 a septiembre de 1890, y se introducía clandestinamente en Alemania. Lo dirigió desde 1881 Eduard Bernstein. ↩

  2. Primer congreso del partido bajo la ley antisocialista, celebrado en agosto de 1880 en el castillo de Wyden (Suiza); suprimió del programa la palabra «legal» de la fórmula que comprometía al partido a luchar «con todos los medios legales». ↩

  3. Heinrich von Stephan, director general de Correos del Imperio alemán. ↩

  4. Véase la nota del Borrador de respuesta a la redacción de la Sächsische Arbeiter-Zeitung: en 1884-1885 Bismarck pidió al Reichstag subvenciones para líneas de vapores correo a Asia oriental y Australia. ↩

  5. En abril de 1888 el Consejo Federal suizo, presionado por el gobierno alemán, expulsó a cuatro redactores del Sozialdemokrat (entre ellos Bernstein), que trasladaron el periódico a Londres. ↩

  6. «Libre Suiza», en dialecto suizo alemán. ↩

  7. Alusión al debate sobre si el congreso de Halle (octubre de 1890) debía restablecer en el programa la palabra «legal» suprimida en Wyden. ↩