Escrito por Friedrich Engels entre el 5 y el 21 de mayo de 1890 y publicado en la Arbeiter-Zeitung (Viena), n.º 21, 23 de mayo de 1890. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 60-65), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La fiesta de mayo del proletariado hizo época no solo por su universalidad, que la convirtió en el primer acto internacional de la clase obrera combatiente. Sirvió también para comprobar progresos sumamente alentadores en cada uno de los países. Enemigos y amigos están de acuerdo en que en todo el continente fue Austria, y en Austria Viena, quien celebró la fiesta del proletariado del modo más brillante y más digno, y en que los obreros austriacos, con los vieneses a la cabeza, se han conquistado así una posición completamente distinta en el movimiento. Hace pocos años el movimiento austriaco había caído casi a cero; los obreros de los territorios de la Corona alemanes y eslavos estaban divididos en partidos enemigos y consumían sus fuerzas en luchas intestinas; a quien hubiese afirmado hace solo tres años que el 1 de mayo de 1890 Viena y Austria entera darían a todos los demás el ejemplo de cómo se celebra una fiesta de clase proletaria, se le habrían reído en la cara. Haremos bien en no olvidar este hecho cuando juzguemos las discordias de las luchas internas en las que los obreros de otros países consumen todavía hoy sus fuerzas, como, por ejemplo, en Francia. ¿Quién se atreve a afirmar que París no podrá hacer lo que ha hecho Viena?

Pero Viena quedó eclipsada el 4 de mayo por Londres. Y para mí lo más importante y lo más grandioso de toda la fiesta de mayo es que el 4 de mayo de 1890 el proletariado inglés, despertando de un sueño invernal de cuarenta años, ha vuelto a entrar en el movimiento de su clase. Para comprenderlo es indispensable conocer los antecedentes del 4 de mayo.

A comienzos del año pasado, el barrio obrero más grande y más miserable del mundo, el East End de Londres, empezó poco a poco a ponerse en movimiento. El 1 de abril de 1889 se fundó el sindicato de los obreros del gas y de los peones en general (Gas Workers' and General Labourers' Union),1 que cuenta hoy cerca de 100.000 afiliados. Con la colaboración esencial de este sindicato, que también tomó parte en ella (muchos son obreros del gas en invierno y obreros del puerto en verano), se puso en marcha la gran huelga de los muelles,2 que sacudió de su marasmo hasta el último poso de los obreros del Este de Londres. Entonces se formaron entre estos obreros, en su mayoría no cualificados, sindicato tras sindicato, mientras los que ya existían allí, que hasta entonces apenas se sostenían, florecieron rápidamente. Pero la diferencia entre estas nuevas trade-unions y las antiguas era muy grande. Las antiguas, que agrupan a los obreros «cualificados», son exclusivas; excluyen a todos los obreros que no han aprendido el oficio según las reglas del gremio, y se crean así ellas mismas una competencia ajena al gremio; son ricas, pero cuanto más ricas, más degeneran en simples cajas de enfermedad y de entierro; son conservadoras y mantienen a raya sobre todo al socialismo, todo lo que pueden y mientras pueden. Las nuevas, las de los «no cualificados», admiten en cambio a cualquier compañero del ramo; son esencialmente, y las de los obreros del gas incluso exclusivamente, asociaciones y cajas de huelga; y aunque todavía no sean socialistas hasta el último hombre, se empeñan en no tener por dirigentes más que a socialistas, y a nadie más. Ahora bien, la propaganda socialista llevaba ya años trabajando en el East End, y allí eran sobre todo la señora E. Marx-Aveling y su marido, Edward Aveling, quienes desde hacía cuatro años habían descubierto en los «clubes radicales», compuestos casi exclusivamente por obreros, el mejor campo para la propaganda, y lo habían trabajado con constancia y, como se ha visto ahora, con el mejor resultado. Durante la huelga de los muelles, la señora Aveling fue una de las tres mujeres que se encargaron del reparto de los socorros y que, en agradecimiento, fueron calumniadas por el señor Hyndman, el desertor de Trafalgar Square,3 como si se hubieran hecho pagar por ello de la caja de huelga tres libras esterlinas a la semana. La huelga de Silvertown,4 también en el East End, la dirigió el invierno pasado casi ella sola, y representa en el comité de los obreros del gas una sección de mujeres que fundó allí.

Los obreros del gas habían conquistado el otoño pasado aquí en Londres la jornada de ocho horas, pero la habían vuelto a perder en la parte sur de la ciudad en una huelga desafortunada, y habían recibido pruebas de sobra de que esa conquista tampoco está asegurada para siempre ni mucho menos en la parte norte de Londres. ¿Qué tiene de extraño, pues, que aceptaran de buena gana la propuesta de la señora Aveling de organizar en Londres la fiesta de mayo acordada por el congreso de París5 en favor de la jornada legal de ocho horas? En unión con algunos grupos socialistas, los clubes radicales y las demás trade-unions del East End, crearon un comité central que debía organizar con ese fin una gran manifestación en Hyde Park. Como resultó que todo intento de celebrarla el jueves 1 de mayo estaba condenado a fracasar este año, se decidió trasladarla al domingo 4.

Para que participaran a ser posible todos los obreros de Londres, el comité central, con ingenua candidez, invitó también al London Trades Council. Es este un organismo compuesto por delegados de las trade-unions de Londres, en su mayoría de los sindicatos más antiguos de obreros «cualificados», en el que, como era de esperar, el elemento antisocialista sigue teniendo por ahora la mayoría. El Trades Council vio que el movimiento por la jornada de ocho horas amenazaba con desbordarle. Las viejas trade-unions están también a favor de la jornada de ocho horas, pero no de una jornada fijada por ley. Por jornada de ocho horas entienden que se pague el salario normal de la jornada —tanto por hora— por ocho horas, pero que esté permitido trabajar cualquier número de horas extraordinarias diarias, a condición de que cada hora extra se pague más cara, digamos como hora y media o dos horas normales. Se trataba, pues, de encauzar la manifestación por las aguas de esa jornada que debía conquistarse por acuerdo «libre», pero que en modo alguno debía hacerse obligatoria por una ley del Parlamento. Con este fin, el Trades Council se unió a la Social Democratic Federation del ya mencionado señor Hyndman, una sociedad que se presenta como la iglesia del socialismo inglés fuera de la cual no hay salvación, que con toda consecuencia había sellado una alianza a vida o muerte con los posibilistas franceses y había enviado delegados a su congreso, y que por eso consideraba de antemano la fiesta de mayo acordada por el congreso marxista como un pecado contra el Espíritu Santo. También a ella el movimiento le desbordaba; pero unirse al comité central significaba ponerse bajo la dirección de los «marxistas»; en cambio, si el Trades Council tomaba el asunto en sus manos y la fiesta se celebraba el 4 y no el 1 de mayo, aquello ya no era en absoluto la malvada fiesta de mayo «marxista», y se podía participar. Así pues, aunque la Federación Socialdemócrata lleva en su programa la jornada legal de ocho horas, estrechó con alegría la mano que le tendía el Trades Council.

Los nuevos aliados, extraños compañeros de cama como eran, jugaron entonces al comité central una mala pasada que en la práctica política de la burguesía inglesa pasaría no solo por lícita, sino por muy hábil, pero que los obreros europeos y americanos calificarán probablemente de extremadamente ruin. Para los mítines en Hyde Park, en efecto, los organizadores tienen que comunicar previamente su intención al Ministerio de Obras Públicas (Board of Works) y ponerse de acuerdo con él sobre los detalles, sobre todo pedir permiso para meter en el césped los carros que han de servir de tribunas. La norma es entonces que, una vez anunciado un mitin, no puede celebrarse otro en el parque el mismo día. El comité central no había hecho todavía esa comunicación; pero apenas se enteraron de ello los organismos coaligados contra él, anunciaron inmediatamente un mitin en el parque para el 4 de mayo y se hicieron conceder siete tribunas, y además a espaldas del comité central.

Con eso el Trades Council y la Federación creyeron tener el parque arrendado para el 4 de mayo y la victoria en el bolsillo. El primero convocó entonces una reunión de delegados de las trade-unions, a la que se invitó también a dos delegados del comité central; este les envió tres, entre ellos la señora Aveling. El Trades Council se presentó ante ellos como dueño de la situación. Comunicó que solo los sindicatos, y no por tanto las asociaciones socialistas ni los clubes políticos, podían participar en la manifestación y llevar banderas; cómo iba a manifestarse la Federación Socialdemócrata quedó en el misterio. Tenía ya redactada la resolución que se iba a presentar al mitin, y en ella se había suprimido la reivindicación de la jornada de ocho horas por ley; una propuesta de volver a incluirla no fue admitida ni a debate ni a votación. Y finalmente se negó a admitir a la señora Aveling como delegada porque no era trabajadora manual (lo cual no es cierto), y eso que su propio presidente, el señor Shipton,6 hace bien sus quince años que no da golpe en su oficio.

Los obreros del comité central estaban indignados por la jugada que se les había hecho. La manifestación parecía definitivamente puesta en manos de dos organismos que no representaban más que a pequeñas minorías de los obreros de Londres. No parecía quedar otro remedio que el asalto a las tribunas del Trades Council con que amenazaban los obreros del gas. Entonces Edward Aveling se fue al ministerio y obtuvo para el comité central, pese a la norma en contrario, el derecho a montar también siete tribunas en el parque. El intento de escamotear la manifestación en interés de la minoría había fracasado; el Trades Council recogió velas y se alegró de poder negociar con el comité central de igual a igual la organización de la manifestación.

Hay que conocer estos antecedentes para apreciar el carácter y la importancia de la manifestación. Impulsada por los obreros del East End recién incorporados al movimiento, encontró un eco tan general que dos elementos que no estaban menos enfrentados entre sí que ambos juntos a la idea fundamental de la manifestación se vieron obligados a aliarse para apoderarse de la dirección y explotar el mitin en su propio sentido. De un lado el conservador Trades Council, que predica la igualdad de derechos del capital y el trabajo; del otro la Federación Socialdemócrata, que se las da de radical y que en todas las ocasiones sin peligro anda a vueltas con la revolución social; y los dos aliados para una jugada ruin, a fin de sacar partido de una manifestación que ambos detestaban profundamente. Estos hechos partieron en dos el mitin del 4 de mayo: de un lado los obreros conservadores, cuyo horizonte no va más allá del sistema del trabajo asalariado, y junto a ellos una secta socialista estrecha de miras pero ávida de mando; del otro, la gran masa de los obreros recién incorporados al movimiento, que no quieren oír hablar más del manchesterismo7 de las viejas trade-unions y quieren conquistar ellos mismos su plena emancipación, y además con aliados elegidos por ellos mismos, no con los que les prescriba una pequeña camarilla socialista. De un lado el estancamiento, representado por trade-unions que todavía no se han liberado del todo del espíritu gremial y por una secta mezquina que se apoya en los aliados más miserables; del otro, el movimiento vivo y libre del proletariado inglés que despierta de nuevo. Y lo que se vio con los propios ojos mostró incluso al más ciego dónde estaba en este mitin doble la vida nueva y dónde el estancamiento. En torno a las siete tribunas del comité central, multitudes densas, inabarcables, que llegaban con música y banderas, más de cien mil en la marcha, reforzadas por casi otros tantos que habían venido por su cuenta; por todas partes unanimidad y entusiasmo, y sin embargo orden y organización. En las tribunas de los reaccionarios coaligados, en cambio, todo parecía mortecino; su marcha, mucho más débil que la otra, mal organizada, desordenada y en gran parte con retraso, de modo que allí en algunos sitios no se empezó hasta que el comité central ya había terminado. Mientras los dirigentes liberales de algunos clubes radicales y los funcionarios de algunas trade-unions se unían al Trades Council, los miembros de esas mismas asociaciones, e incluso cuatro sucursales enteras de la Federación Socialdemócrata, marcharon con el comité central. A pesar de todo, el Trades Council obtuvo todavía un éxito de estima, pero el éxito rotundo fue del comité central.

Pero lo que los numerosos políticos burgueses que asistían como espectadores se llevaron a casa como efecto de conjunto es la certeza de que el proletariado inglés, que durante cuarenta años enteros ha hecho de cola y de ganado electoral del gran partido liberal, ha despertado por fin a una vida y a una acción nuevas e independientes. Y de esto no puede caber duda: el 4 de mayo de 1890 la clase obrera inglesa entró en el gran ejército internacional. Y es un hecho que hace época. El proletariado inglés se apoya en el desarrollo industrial más avanzado y posee además la mayor libertad de movimiento en política. Su largo sueño invernal —consecuencia, por una parte, del fracaso del movimiento cartista de 1836-1850 y, por otra, del colosal auge industrial de 1848-1880— se ha roto por fin. Los nietos de los viejos cartistas entran en la línea de batalla. Desde hace ocho años se venía notando agitación en la gran masa, ora aquí, ora allá. Han surgido grupos socialistas, pero ninguno ha pasado de la condición de secta; agitadores y supuestos jefes de partido, entre ellos también simples especuladores y arribistas, se quedaron en oficiales sin soldados. Era casi siempre la famosa columna Robert Blum de la campaña de Baden de 1849:8 un coronel, once oficiales, un corneta y un soldado. Y las riñas de estas diversas columnas Robert Blum entre sí sobre la dirección del futuro ejército proletario no eran nada edificantes. Eso se acabará pronto, igual que se acabó en Alemania y en Austria. El poderoso movimiento de las masas pondrá fin a todas estas sectas y grupúsculos, absorbiendo a los soldados y asignando a los oficiales el puesto que les corresponde. A quien no le guste, que se vaya. No se hará sin roces, pero se hará, y en menos tiempo del que muchos esperan el ejército proletario inglés estará tan unido, tan bien organizado y tan decidido como cualquier otro, y será saludado con júbilo por todos sus camaradas del continente y de América.

  1. Sindicato fundado en el East End de Londres por Will Thorne, obrero del gas; consiguió ese mismo año la jornada de ocho horas en varias fábricas de gas de Londres. ↩

  2. La huelga de los obreros del puerto de Londres de agosto y septiembre de 1889, que terminó con la victoria de los huelguistas y fue el punto de partida del «nuevo sindicalismo» de los obreros no cualificados. ↩

  3. Henry Mayers Hyndman (1842-1921), fundador y dirigente de la Social Democratic Federation. ↩

  4. Huelga de los obreros de la fábrica de caucho y cables de Silver en Silvertown (East End de Londres), de septiembre a diciembre de 1889. ↩

  5. El congreso obrero socialista internacional celebrado en París en julio de 1889 (el congreso «marxista», fundacional de la Segunda Internacional), que acordó la manifestación internacional del 1 de mayo de 1890 por la jornada legal de ocho horas. Al mismo tiempo se reunió en París el congreso de los posibilistas franceses (los reformistas de Paul Brousse) y sus aliados. ↩

  6. George Shipton, dirigente sindical, figura destacada del London Trades Council. ↩

  7. La doctrina librecambista y de no intervención del Estado de la escuela de Manchester (Cobden, Bright). ↩

  8. Columna de voluntarios que llevaba el nombre del demócrata Robert Blum, fusilado en Viena en noviembre de 1848; participó en la campaña de Baden y el Palatinado de 1849, en la que también combatió Engels. ↩