Escrito por Friedrich Engels el 1 de octubre de 1890 y publicado en el Berliner Volksblatt, n.º 232, 5 de octubre de 1890. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 80-85), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Un amigo me envía la Volksstimme de Magdeburgo del 16 de septiembre. Encuentro en ella, en un artículo firmado por Paul Ernst,1 el siguiente pasaje:

«Y si Engels califica ahora nuestra oposición de “revuelta de estudiantes”, le ruego que muestre dónde hemos defendido nosotros opiniones distintas de las suyas y de las del propio Marx; y si yo he presentado nuestra socialdemocracia parlamentaria como de carácter en parte muy pequeñoburgués, Engels no tiene más que mirar lo que escribió en 1887 en el prólogo a su Cuestión de la vivienda».

Mi trato con los escritores alemanes me ha enriquecido desde hace años con experiencias realmente asombrosas. Pero parece que va a ser todavía más agradable. Tengo que decirle al señor Paul Ernst dónde «nosotros» hemos defendido opiniones distintas, etc. Pues bien, por lo que se refiere al «nosotros», a la «oposición» que hace poco entró en escena con tantos humos y salió de ella tan apocada, y a la que califiqué de revuelta de literatos y estudiantes, podemos ser breves: prácticamente en cada artículo que ha botado al agua.

Pero en lo que se refiere al propio señor Ernst, ya no necesito decírselo. Se lo dije, en efecto, hace ya cuatro meses, y ahora, mal que me pese, tengo que molestar al público con esta correspondencia mía tan «Ernst»-a.2

El 31 de mayo de este año el señor Ernst me escribió desde Görbersdorf que el señor Hermann Bahr3 le reprochaba en la Freie Bühne que aplicaba incorrectamente el método marxista de concepción de la historia al movimiento de las mujeres en los países nórdicos, y que le hiciera el favor de

«comunicarme en unas pocas líneas si mi opinión corresponde o no a la de Marx, y permitirme además utilizar la carta contra Bahr».

A eso respondí el 5 de junio que no podía mezclarme en su disputa con el señor Bahr. Que el «movimiento de las mujeres nórdico» me era totalmente desconocido. Y luego seguía:

«En cuanto a su intento de tratar el asunto de manera materialista, he de decir ante todo que el método materialista se convierte en su contrario cuando no se trata como hilo conductor del estudio histórico, sino como un patrón acabado según el cual se recortan a medida los hechos históricos. Y si el señor Bahr cree haberle sorprendido en ese camino equivocado, me parece que tiene una pequeña sombra de razón.

Usted agrupa toda Noruega y todo lo que allí ocurre bajo una sola categoría, la del filisteísmo, y luego atribuye sin reparos a ese filisteísmo noruego su idea del filisteísmo alemán. Pero aquí se interponen dos hechos.

Primero: cuando en toda Europa la victoria sobre Napoleón se presentaba como victoria de la reacción sobre la revolución, y solo en su patria francesa la revolución inspiraba todavía el miedo suficiente para arrancar a la legitimidad que regresaba una constitución liberal burguesa, Noruega encontró la ocasión de darse una constitución mucho más democrática que ninguna de las de Europa en aquel tiempo.4

Y segundo, Noruega ha vivido en los últimos veinte años un auge literario como no puede mostrar en el mismo periodo ningún otro país, salvo Rusia. Filisteos o no, esa gente produce mucho más que los demás e imprime su sello también a otras literaturas, y no en último lugar a la alemana.

Estos hechos hacen necesario, a mi juicio, examinar un poco las peculiaridades del “filisteísmo” noruego.

Y entonces encontrará usted probablemente que sale a la luz una diferencia muy esencial. En Alemania el filisteísmo es fruto de una revolución fracasada, de un desarrollo interrumpido y reprimido, y ha recibido su carácter peculiar, anormalmente desarrollado, de cobardía, estrechez de miras, impotencia e incapacidad para toda iniciativa de la guerra de los Treinta Años y del periodo que la siguió, precisamente cuando casi todos los demás grandes pueblos se elevaban rápidamente. Este carácter se le quedó incluso cuando el movimiento histórico volvió a apoderarse de Alemania; fue lo bastante fuerte para imprimirse también, más o menos, en todas las demás clases de la sociedad alemana como tipo alemán general, hasta que por fin nuestra clase obrera rompió esos estrechos límites. Los obreros alemanes son más “apátridas” que nadie precisamente en que se han sacudido por completo la estrechez filistea alemana.

El filisteísmo alemán no es, pues, una fase histórica normal, sino una caricatura llevada al extremo, un trozo de degeneración, igual que el judío polaco es la caricatura del judío. El pequeñoburgués inglés, francés, etc., no está ni mucho menos al mismo nivel que el alemán.

En Noruega, en cambio, la pequeña propiedad campesina y la pequeña burguesía, con una ligera mezcla de burguesía media —como existía, por ejemplo, en Inglaterra y en Francia en el siglo XVII—, son desde hace varios siglos el estado normal de la sociedad. Aquí no puede hablarse de un retroceso violento a situaciones anticuadas por el fracaso de un gran movimiento y por una guerra de los Treinta Años. El país se ha quedado atrás por el aislamiento y por las condiciones naturales, pero su estado corresponde por completo a sus condiciones de producción y es por tanto normal. Solo muy recientemente llega al país, de manera esporádica, un poquito de gran industria, pero no hay sitio para la palanca más poderosa de la concentración del capital, la Bolsa. Y además actúa de manera conservadora precisamente la enorme expansión del comercio marítimo. Pues mientras en todas partes el vapor desplaza a los veleros, Noruega amplía enormemente su navegación a vela y tiene, si no la mayor, sin duda la segunda flota de veleros del mundo, en su mayor parte en manos de pequeños y medianos armadores, como en Inglaterra, digamos, hacia 1720. Pero con ello ha entrado movimiento en la vieja existencia estancada, y ese movimiento se expresa también en el auge literario.

El campesino noruego no fue nunca siervo, y eso da a todo el desarrollo, de manera parecida a Castilla, un trasfondo completamente distinto. El pequeñoburgués noruego es hijo del campesino libre, y en estas circunstancias es un hombre frente al degenerado filisteo alemán. Y sean cuales sean los defectos, por ejemplo, de los dramas de Ibsen, nos reflejan un mundo pequeñoburgués y de burguesía media, sí, pero diferente a más no poder del alemán, un mundo en el que la gente todavía tiene carácter e iniciativa y actúa de manera independiente, aunque a menudo extraña según los criterios de fuera. Una cosa así prefiero conocerla a fondo antes de juzgarla.»

Aquí le dije, pues, al señor Ernst, en forma cortés, sí, pero no por ello menos clara y precisa, «dónde»: a saber, en el artículo de la Freie Bühne que él mismo me había enviado. Si le explico que usa la concepción de Marx como un simple patrón según el cual recorta a medida los hechos históricos, eso es precisamente un ejemplo de la «grave incomprensión» de esa misma concepción que reproché a estos señores. Y si luego le demuestro con su propio ejemplo, Noruega, que su patrón del filisteísmo según el modelo alemán, aplicado a Noruega, da de bofetadas a los hechos históricos, le pruebo con ello por adelantado y en su propia persona el «burdo desconocimiento de los hechos históricos decisivos en cada caso» que también reproché a esos señores.

Y ahora considérese la remilgada decencia con que el señor Ernst se hace el inocente pueblerino al que, en una calle de Berlín, el primer conde golfo que pasa trata como si fuera «una de esas». Cuatro meses después de la carta citada, se presenta ante mí como la virtud ofendida: tengo que decirle «¿dónde?». El señor Ernst parece tener solo dos fases de ánimo literario. Primero arremete con una audacia y un aplomo como si de verdad hubiera algo más que viento detrás; y cuando luego la gente se defiende, él no ha dicho nada y se queja del vil desprecio de sus puros sentimientos. Virtud ofendida en su carta a mí, en la que se lamenta de que el señor Bahr le ha «tratado con una desvergüenza absolutamente increíble». Inocencia herida en su respuesta a mí, en la que pregunta con toda ingenuidad «¿dónde?», cuando tiene que saberlo desde hace cuatro meses. Alma bella incomprendida en la Volksstimme de Magdeburgo, donde pregunta también «¿dónde?» al viejo Bremer, que le ha dado con merecimiento en los nudillos.

Y siempre pregunta el suspiro: ¿dónde?
Siempre, ¿dónde?

¿Quiere saber todavía el señor Ernst «dónde»? Pues, por ejemplo, en el artículo de la Volks-Tribüne sobre los «Peligros del marxismo», en el que hace suya sin más la extravagante afirmación del metafísico Dühring de que en Marx la historia se hace de manera completamente automática, sin intervención de los hombres (¡que son, sin embargo, quienes la hacen!), y de que las relaciones económicas (¡que son también obra de los hombres!) mueven a esos hombres como puras piezas de ajedrez. A un hombre capaz de confundir con la propia teoría de Marx la deformación que de ella hace un adversario como Dühring, que le ayude otro; yo renuncio.

Y ahora que se me dispense de responder a cada nuevo «¿dónde?». El señor Ernst es de tal fecundidad, los artículos le salen con tal soltura, que se tropieza uno con ellos por todas partes. Y cuando uno cree que por fin ha terminado, todavía se presenta como autor de este o aquel anónimo. Ahí gente como uno no puede seguirle el paso, y se siente tentado a desear que al señor Ernst le receten algo. Y sigue diciendo:

«Si yo he presentado nuestra socialdemocracia parlamentaria como de carácter en parte muy pequeñoburgués, Engels no tiene más que», etc.

¿En parte muy pequeñoburgués? En el artículo de la Sächs[ische] Arb[eiter]-Z[ei]t[un]g que me obligó a replicar se dice que el socialismo pequeñoburgués-parlamentario está ahora en mayoría en Alemania. Y de eso, dije, no tengo noticia. Ahora el señor Ernst solo quiere sostener que el grupo parlamentario es «en parte» muy pequeñoburgués. Otra vez el alma bella incomprendida a la que el mundo malvado atribuye toda clase de infamias. ¿Quién ha negado nunca que en el grupo parlamentario, y no solo en él sino en todo el partido, está también representada la tendencia pequeñoburguesa? Todo partido tiene un ala derecha y un ala izquierda, y que el ala derecha de la socialdemocracia sea de índole pequeñoburguesa está en la naturaleza de las cosas. Si no es más que eso, ¿a qué viene todo este ruido? Con esa vieja historia contamos desde hace años, pero de ahí a una mayoría pequeñoburguesa en el grupo parlamentario, y no digamos en el partido, hay todavía un buen trecho. Si ese peligro llegara a amenazar, no se esperará a los gritos de alarma de estos extraños fieles Eckart.5 Por ahora, la lucha proletaria, fresca y alegre, contra la ley antisocialista y el rápido desarrollo económico le han quitado a este elemento pequeñoburgués cada vez más terreno, aire y luz, mientras el elemento proletario se desarrolla con una preponderancia cada vez mayor.

Pero hay una cosa que todavía puedo revelarle para terminar al señor Paul Ernst: mucho más peligrosa para el partido que un grupo parlamentario pequeñoburgués, al que de todos modos se puede arrumbar en el trastero en las próximas elecciones, es una camarilla de literatos y estudiantes impertinentes, sobre todo si son incapaces de ver con sus propios ojos las cosas más sencillas y de sopesar sin prejuicios, al juzgar una situación económica o política, ni el peso relativo de los hechos dados ni la fuerza de las energías que entran en juego, y que por eso quieren imponer al partido una táctica completamente disparatada, como la que han sacado a la luz sobre todo los señores Bruno Wille y Teistler, y en menor medida también el señor Ernst.6 Y esa camarilla se vuelve todavía más peligrosa si se constituye en sociedad de seguros mutuos y pone en movimiento todos los medios de la publicidad organizada para colar a sus miembros en los sillones de redacción de los periódicos del partido y dominar al partido por medio de la prensa del partido. Hace doce años la ley antisocialista nos salvó de este peligro, que ya entonces se nos venía encima. Ahora, cuando esa ley cae, vuelve a estar aquí. Y esto le aclarará probablemente también al señor Paul Ernst por qué me defiendo con uñas y dientes de que se me identifique con los elementos de semejante camarilla.

Londres, 1 de octubre de 1890

Friedrich Engels

  1. Paul Ernst (1866-1933), escritor, entonces uno de los portavoces de los «Jóvenes», la oposición de literatos y estudiantes en la socialdemocracia alemana; más tarde se apartó del movimiento obrero. ↩

  2. Juego de palabras con el apellido Ernst («serio») y el adjetivo ernstlich, «serio, en serio». ↩

  3. Hermann Bahr (1863-1934), escritor y crítico austriaco. La Freie Bühne für modernes Leben era una revista literaria berlinesa del naturalismo. ↩

  4. La Constitución noruega de Eidsvoll, de 17 de mayo de 1814. ↩

  5. El fiel Eckart, personaje de la leyenda alemana que advierte a los hombres del peligro. ↩

  6. Bruno Wille (1860-1928), escritor, uno de los cabecillas de los «Jóvenes» en Berlín. ↩