Fragmento de una carta escrita por Friedrich Engels a un corresponsal de Viena el 19 de abril de 1890 y publicada con el título «Sobre el antisemitismo (De una carta a Viena)» en la Arbeiter-Zeitung (Viena), n.º 19, 9 de mayo de 1890. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 49-51), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

… Pero debo pedirle que considere si con el antisemitismo no va usted a causar más daño que bien. El antisemitismo es la marca de una cultura atrasada y por eso solo se encuentra en Prusia y en Austria, o en Rusia. Si alguien quisiera hacer antisemitismo aquí, en Inglaterra, o en América, sencillamente se reirían de él, y el señor Drumont,1 con sus escritos —infinitamente superiores en ingenio a los de los antisemitas alemanes—, no provoca en París más que un pequeño revuelo de un día sin efecto alguno. Además, ahora que se presenta como candidato al concejo municipal, ¡tiene que decir él mismo que está tan en contra del capital cristiano como del judío! Y al señor Drumont se le leería aunque defendiera la opinión contraria.

En Prusia es la pequeña nobleza, el junkerismo, que ingresa 10.000 marcos y gasta 20.000 y por eso cae en manos de los usureros, quien se dedica al antisemitismo, y en Prusia y en Austria es el pequeño burgués, el artesano de gremio y el pequeño tendero, condenados a la ruina por la competencia del gran capital, quienes forman el coro y gritan con él. Pero si el capital aniquila a estas clases de la sociedad, que son reaccionarias de pies a cabeza, hace lo que le corresponde y hace una buena obra, tanto da que sea semita o ario, circuncidado o bautizado; ayuda a los atrasados prusianos y austriacos a avanzar, para que lleguen por fin al punto de vista moderno, en el que todas las viejas diferencias sociales se disuelven en la única gran oposición entre capitalistas y asalariados. Solo allí donde esto no ocurre todavía, donde todavía no existe una clase capitalista fuerte, y por tanto tampoco una clase asalariada fuerte, donde el capital es todavía demasiado débil para apoderarse de toda la producción nacional y por eso tiene en la bolsa de valores el escenario principal de su actividad, donde, en consecuencia, la producción se halla todavía en manos de campesinos, terratenientes, artesanos y clases semejantes heredadas de la Edad Media, solo allí es el capital preferentemente judío, y solo allí hay antisemitismo.

En toda Norteamérica, donde hay millonarios cuya riqueza apenas puede expresarse en nuestros miserables marcos, florines o francos, entre esos millonarios no hay ni un solo judío, y los Rothschild son verdaderos mendigos al lado de esos americanos. E incluso aquí, en Inglaterra, Rothschild es un hombre de medios modestos comparado, por ejemplo, con el duque de Westminster. Incluso entre nosotros, en el Rin, que con ayuda de los franceses echamos del país a la nobleza hace noventa y cinco años y nos creamos una industria moderna, ¿dónde están los judíos?

El antisemitismo no es, pues, otra cosa que una reacción de capas sociales medievales y en decadencia contra la sociedad moderna, que se compone esencialmente de capitalistas y asalariados, y por eso solo sirve a fines reaccionarios bajo un manto aparentemente socialista; es una variedad del socialismo feudal,2 y con eso no podemos tener nada que ver. Si es posible en un país, eso prueba que allí todavía no existe bastante capital. El capital y el trabajo asalariado son hoy inseparables. Cuanto más fuerte el capital, más fuerte también la clase asalariada, y más cerca, por tanto, el fin de la dominación de los capitalistas. Para nosotros, los alemanes, entre los que cuento también a los vieneses, deseo, pues, un desarrollo bien rápido de la economía capitalista, y de ningún modo que se empantane en el estancamiento.

A esto se añade que el antisemitismo falsea por completo el estado de cosas. Ni siquiera conoce a los judíos contra los que vocifera. Si los conociera, sabría que aquí, en Inglaterra, y en América, gracias a los antisemitas de la Europa del Este, y en Turquía, gracias a la Inquisición española, hay miles y miles de proletarios judíos; y, por cierto, estos obreros judíos son los más brutalmente explotados y los más miserables de todos. Aquí en Inglaterra hemos tenido en los últimos doce meses tres huelgas de obreros judíos, ¿y vamos a hacer antisemitismo como lucha contra el capital?

Además, les debemos demasiado a los judíos. Por no hablar de Heine y de Börne, Marx era de sangre judía de pura cepa; Lassalle era judío. Muchos de nuestros mejores hombres son judíos. Mi amigo Victor Adler,3 que ahora paga en la cárcel de Viena su entrega a la causa del proletariado; Eduard Bernstein, el redactor del Sozialdemokrat de Londres; Paul Singer, uno de nuestros mejores diputados del Reichstag: gente de cuya amistad me siento orgulloso, ¡y todos judíos! Si hasta a mí mismo me ha hecho judío la Gartenlaube,4 y, desde luego, si tuviera que elegir, ¡antes judío que «señor von»!

Londres, 19 de abril de 1890

Friedrich Engels

  1. Édouard Drumont, periodista francés, autor de La France juive (1886) y fundador en 1889 de la Liga Antisemita de Francia. ↩

  2. Sobre el socialismo feudal, véase el Manifiesto del Partido Comunista, capítulo III, 1, a. ↩

  3. Victor Adler, dirigente del Partido Socialdemócrata de Austria y fundador de la Arbeiter-Zeitung; en 1890 cumplía en Viena una condena de cárcel por delitos de prensa. ↩

  4. Die Gartenlaube, semanario familiar ilustrado de Leipzig, de gran difusión entre la pequeña burguesía alemana. ↩