Escrito por Friedrich Engels el 7 de septiembre de 1890 y publicado en Der Sozialdemokrat (Londres), n.º 37, 13 de septiembre de 1890. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 68-70), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Hay un borrador inacabado de esta carta. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
A la redacción del Sozialdemokrat
El abajo firmante ruega encarecidamente que se publique la siguiente carta, enviada ayer a la redacción actual de la Sächsische Arbeiter-Zeitung1 de Dresde.
En su despedida (n.º 105, 31 de agosto de 1890), la redacción saliente de la Sächsische Arbeiter-Zeitung dice que el socialismo pequeñoburgués-parlamentario está en mayoría en Alemania, pero que las mayorías se convierten a menudo muy deprisa en minorías:
«… y así la redacción saliente de la Sächs. Arb.-Ztg. espera, con Friedrich Engels, que, igual que en su día fue superado el ingenuo socialismo de Estado de Lassalle, también la tendencia parlamentaria ávida de éxitos que hay en la socialdemocracia actual será pronto superada por el sano sentido de los obreros alemanes».
Con lo que antecede, la redacción saliente me ha dado una buena sorpresa. Pero quizá también se la haya dado a sí misma… De una mayoría del socialismo pequeñoburgués-parlamentario dentro del partido alemán no tengo hasta la fecha la menor noticia. Así que puede «esperar» lo que le plazca y todo el tiempo que le apetezca, pero yo no espero «con» ella.
Si hubiera podido tener alguna duda sobre el carácter de la última revuelta de literatos y estudiantes en nuestro partido alemán, tendría que desvanecerse ante la piramidal desvergüenza de este intento de hacerme solidario de las cabriolas de esos señores.
Toda mi relación con la redacción saliente consistía en que desde hacía algunas semanas me enviaba su periódico sin que yo se lo pidiera, aunque yo no creí necesario decirle lo que encontraba en él. Ahora no tengo más remedio que decírselo, y en público.
En el terreno teórico encontré en él —y esto vale, en general, también para el resto de la prensa de la «oposición»— un «marxismo» convulsamente deformado, caracterizado, en primer lugar, por una grave incomprensión de la concepción que se pretendía defender; en segundo lugar, por un burdo desconocimiento de los hechos históricos decisivos en cada caso; y en tercer lugar, por esa conciencia de la propia e inconmensurable superioridad que tan ventajosamente distingue a los literatos alemanes. Marx previó también esta clase de discípulos cuando dijo del «marxismo» que hacía estragos a finales de los años setenta entre ciertos franceses: «tout ce que je sais, c'est que moi, je ne suis pas marxiste», «lo único que sé es que yo no soy “marxista”».
En el terreno práctico encontré en él un desprecio absoluto de todas las condiciones reales de la lucha del partido, un «saltar obstáculos» en la fantasía con desprecio de la muerte que hace todo el honor al intacto ardor juvenil de los autores, pero que, traducido de la imaginación a la realidad, sería capaz de enterrar incluso al partido más fuerte, al que cuenta por millones, bajo las merecidas carcajadas del mundo enemigo entero. Y que tampoco una pequeña secta puede permitirse impunemente semejante política de colegiales, eso ya lo han experimentado de manera singular estos señores desde entonces.
Todas las quejas que llevan meses acumulando contra el grupo parlamentario o contra la dirección del partido se reducen, en el mejor de los casos, a simples naderías. Pero si a estos señores les place colar mosquitos, eso no es en absoluto razón para que los obreros alemanes, en agradecimiento, se traguen camellos.2
En fin, han recogido lo que habían sembrado. Aparte de todas las cuestiones de fondo, toda la campaña se emprendió con tal puerilidad, con tan ingenuas ilusiones sobre la propia importancia y sobre el estado de las cosas y de las opiniones dentro del partido, que el desenlace estaba decidido de antemano. Que estos señores tomen buena nota de la lección. Algunos de ellos han escrito cosas que permitían toda clase de esperanzas. La mayoría podrían hacer algo si estuvieran menos convencidos de la perfección de la fase de desarrollo que han alcanzado por el momento. Que comprendan que su «formación académica» —que, por lo demás, necesita una revisión crítica a fondo de sí misma— no les extiende ningún despacho de oficial con derecho al correspondiente destino en el partido; que en nuestro partido todo el mundo tiene que servir desde soldado raso; que los puestos de confianza en el partido no se conquistan con el mero talento literario y los conocimientos teóricos, aunque ambos estén fuera de duda, sino que para ello hace falta también familiaridad con las condiciones de la lucha del partido y hábito de sus formas, una probada fiabilidad personal y firmeza de carácter y, por último, la disposición a ocupar de buen grado su lugar en las filas de los combatientes; en suma, que ellos, los «académicos», tienen en conjunto mucho más que aprender de los obreros que estos de ellos.
Londres, 7 de septiembre de 1890
Friedrich Engels
Diario socialdemócrata de Dresde, en manos en 1890 de los «Jóvenes», la oposición de literatos y estudiantes (Paul Ernst, Bruno Wille, Hans Müller y otros) contra el grupo parlamentario y la dirección del partido; algunos de sus cabecillas fueron expulsados del partido en el congreso de Erfurt de 1891. ↩
Alusión a Mateo 23, 24: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!». ↩