Escrito por Friedrich Engels el 1 de julio de 1892 y publicado en el Vorwärts (Berlín), n.º 153, 3 de julio de 1892. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 313-315), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

No solo la ciencia de todos los países, también la socialdemocracia alemana está de luto ante la tumba que hoy se ha cerrado en el cementerio municipal del sur de Manchester. El gran químico que allí descansa era comunista antes de que Lassalle apareciese en Alemania; lejos de ocultar en modo alguno sus convicciones, fue hasta su muerte miembro activo, y cotizante regular, del partido socialista de Alemania.

Carl Schorlemmer nació el 30 de septiembre de 1834 en Darmstadt, estudió en el instituto de su ciudad natal y luego química en Giessen y Heidelberg. Terminados sus estudios, se fue en 1858 a Inglaterra, donde por entonces se abría más de una carrera a los químicos de talento de la escuela de Liebig.1 Mientras la mayoría de sus jóvenes colegas se lanzaban a la industria, él permaneció fiel a la ciencia; fue primero ayudante del químico particular Angus Smith y luego de Roscoe,2 a quien poco antes habían nombrado profesor de química en el recién fundado Owens College.3 En 1861 el Owens College contrató como ayudante oficial de laboratorio a quien hasta entonces había sido ayudante particular de Roscoe.

A esos años sesenta pertenecen sus descubrimientos químicos, que hicieron época. La química orgánica había llegado por fin al punto en que, de un montón de datos aislados y más o menos imperfectos sobre la composición de los cuerpos orgánicos, podía transformarse en una verdadera ciencia. Schorlemmer escogió como objeto de investigación los más simples de esos cuerpos, convencido de que ahí había que poner los cimientos de la nueva ciencia: cuerpos que en origen constan solo de carbono e hidrógeno, pero que, al sustituirse una parte de su hidrógeno por otras sustancias, simples o compuestas, pasan a ser los cuerpos más diversos y variados; eran las parafinas, las más conocidas de las cuales se encuentran en el petróleo y de las que se derivan alcoholes, ácidos grasos, éteres, etc. Lo que hoy sabemos de las parafinas se lo debemos principalmente a Schorlemmer. Investigó los cuerpos existentes pertenecientes a la serie de las parafinas, los separó unos de otros y obtuvo muchos de ellos en estado puro por primera vez; otros, que según la teoría tenían que existir pero de hecho aún no se conocían, los descubrió y los obtuvo igualmente. Así llegó a ser uno de los cofundadores de la química orgánica científica de hoy.

Pero, además de su especialidad, se ocupó mucho de la llamada química teórica, es decir, de las leyes fundamentales de su ciencia y de la conexión en que está con las ciencias vecinas, esto es, con la física y la fisiología. Y para eso estaba particularmente capacitado. Fue seguramente el único naturalista importante de su tiempo que no desdeñó aprender de Hegel, entonces muy despreciado, pero al que él tenía en gran estima. Y con razón. Quien quiera hacer algo en el terreno de la ciencia natural teórica, de síntesis, no debe considerar los fenómenos de la naturaleza como magnitudes inmutables, como hacen los más, sino como magnitudes variables, fluidas. Y eso, todavía hoy, donde más fácilmente se aprende es en Hegel.

Cuando conocí a Schorlemmer, a comienzos de los años sesenta —en poco tiempo Marx y yo trabamos con él una amistad íntima—, venía a verme a menudo con la cara magullada y llena de cortes. Con las parafinas no se podía jugar; aquellos cuerpos, en su mayoría aún desconocidos, le estallaban en las manos a cada momento, y así se ganó más de una herida honrosa. Solo a sus gafas debía no haber perdido los ojos.

Por entonces era ya un comunista cabal, que de nosotros solo tenía que aprender la fundamentación económica de una convicción adquirida hacía mucho tiempo. Cuando luego, a través de nosotros, conoció los progresos del movimiento obrero en los distintos países, los siguió siempre con gran interés; pero sobre todo el movimiento de Alemania, desde que este superó la primera etapa del puro lassalleanismo. También cuando a finales de 1870 me trasladé a Londres, la mayor parte de nuestra animada correspondencia giró en torno a la ciencia natural y a los asuntos del partido.

Hasta entonces Schorlemmer, pese a su fama mundial, reconocida ya por todos, había seguido siendo en Manchester un hombre en la posición más modesta posible. A partir de entonces la cosa cambió. Propuesto en 1871 como miembro de la Royal Society, la academia de ciencias inglesa, fue elegido de inmediato, lo que no ocurre a menudo; en 1874, por fin, el Owens College creó expresamente para él una nueva cátedra de química orgánica, y poco después la Universidad de Glasgow lo nombró doctor honoris causa. Pero los honores externos no cambiaron absolutamente nada. Era el hombre más modesto del mundo, precisamente porque su modestia descansaba en el conocimiento justo de su propio valor. Y precisamente por eso aceptaba esos reconocimientos como cosa natural, y por tanto con indiferencia.

Pasaba sus vacaciones regularmente en Londres, en casa de Marx y en la mía, salvo el tiempo que pasaba en Alemania. Todavía hace cuatro años me acompañó en una «escapada» a América. Pero ya entonces tenía la salud quebrantada; en 1890 aún pudimos ir a Noruega y al cabo Norte, pero en 1891 su salud se derrumbó ya al comienzo de un viaje que intentamos hacer juntos, y desde entonces no ha vuelto a Londres. Desde febrero de este año casi recluido en casa, y desde mayo postrado en cama, murió el 27 de junio de un tumor en el pulmón.

También este hombre de ciencia tuvo que probar en carne propia los efectos de la ley contra los socialistas.4 Hace seis o siete años fue de Suiza a Darmstadt. Por aquel tiempo había caído en manos de la policía, en algún lugar, una caja de ejemplares del Sozialdemokrat5 procedente de Zúrich. ¿Quién podía haberse encargado del contrabando sino el profesor socialdemócrata? Un químico es, según los conceptos policiales, en todo caso un contrabandista con adiestramiento científico. En suma: se registró la casa de su madre y la de su hermano; pero el profesor estaba en Höchst. Telegrama inmediato; registro también allí, en el que, sin embargo, se encontró algo completamente inesperado: un pasaporte inglés. Schorlemmer, en efecto, se había naturalizado en Inglaterra tras la promulgación de la ley contra los socialistas. Ante ese pasaporte inglés la policía se detuvo; ante unas complicaciones diplomáticas con Inglaterra sí que sentía reparo. Y así el final de la historia fue un gran escándalo en Darmstadt, que en las elecciones siguientes nos valió por lo menos 500 votos.

En nombre de la dirección del partido he depositado sobre la tumba del fiel amigo y camarada de partido una corona con cintas rojas y la inscripción: «From the Executive of the Social-Democratic Party of Germany» [De la dirección del Partido Socialdemócrata de Alemania].

Londres, 1 de julio de 1892

Friedrich Engels

  1. Justus von Liebig (1803-1873), químico alemán, profesor en Giessen; su laboratorio formó a buena parte de los químicos de su tiempo. ↩

  2. Robert Angus Smith (1817-1884), químico escocés establecido en Manchester; Henry Enfield Roscoe (1833-1915), químico inglés, profesor del Owens College desde 1857 y autor con Schorlemmer de un gran Tratado de química. ↩

  3. El Owens College de Manchester, fundado en 1851, núcleo de la posterior Universidad de Manchester. ↩

  4. La ley de excepción contra los socialistas, vigente en Alemania de 1878 a 1890. ↩

  5. Der Sozialdemokrat, órgano central de la socialdemocracia alemana durante la ley de excepción, impreso en Zúrich (1879-1888) y luego en Londres, e introducido en Alemania de contrabando. ↩