Entrevista concedida por Friedrich Engels en Londres el 1 de abril de 1892 y publicada en francés en L’Éclair (París), 6 de abril de 1892. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 533-537), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Los epígrafes son del periódico. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
El señor Engels, enemigo de toda clase de entrevistas, ha tenido la bondad de hacer una excepción por nosotros y comunicarnos sus impresiones.
—¿Qué piensa usted —le preguntamos— de los recientes atentados cometidos en París por los anarquistas?1
—No puedo ver en ellos más que la obra de agents provocateurs, a los que se paga para que intenten desacreditar a los partidos en los que desempeñan un papel. El gobierno tiene el mayor interés en estas explosiones, que sirven a la vez a los intereses de la burguesía en general y a las intrigas de ciertos grupos políticos en particular. Lo que de verdad se quiere es esto: asustar a la población, organizar el terror y provocar así una reacción.
—El mismo método se empleó hace poco en Alemania durante los «disturbios de Berlín».2 También en este caso haremos bien en buscar la mano de la policía. Es cierto que el primer día de esas manifestaciones presuntamente socialistas algunos de los nuestros pudieron verse arrastrados al movimiento, pero nuestros amigos engañados reconocieron enseguida el verdadero carácter de la manifestación y se retiraron de inmediato.
—La prueba es que fueron saqueadas varias tiendas que pertenecían a socialistas conocidos. El proceso contra los alborotadores detenidos mostró que los instigadores eran antisemitas que trataban de aprovechar el hambre de unos pobres diablos para hacerles gritar «¡Abajo los judíos!».
—En Italia, lo mismo: idéntico sistema en el proceso contra Cipriani y los demás anarquistas.3 También allí se descubrieron ante el jurado las maquinaciones de los agents provocateurs.
—Pero eso no siempre sale bien. En París se han encontrado uno o dos miserables que le han hecho el juego a la policía, pero nadie, salvo la propia policía, podrá sostener que pertenecen al partido socialista.
La diplomacia rusa
—¿No teme usted que todas estas sacudidas internas lleven a los gobiernos a buscar la salida en una guerra europea? Por ejemplo, su emperador Guillermo...
—No. Deseo que el emperador Guillermo viva muchos años, para mayor bien de los socialistas alemanes —dijo el señor Engels riendo—. Por lo demás, no creo en una guerra inminente.
—¿No le ha inspirado ninguna inquietud en este sentido la alianza de Rusia con Francia?
—Ninguna. El año pasado había quizá en Rusia apetitos de agresión. Las manifestaciones de Kronstadt,4 la complacencia muy visible de la Rusia imperial con la Francia republicana podían parecer sospechosas. Las concentraciones de tropas en la frontera también parecían causar cierta alarma. Pero hoy es muy distinto.
—Rusia tendría, en efecto, que querer hacer una guerra que no podría hacer. Pero en este momento tiene que combatir a un enemigo peor que todos los demás: el hambre.5
—Este azote no es el resultado de una penuria pasajera, nacida del mal tiempo o de otra causa: es el fruto de la nueva organización de la sociedad rusa.
—Desde la guerra de Crimea, en la que regimientos enteros perecieron en la nieve, la situación ha cambiado mucho. Esa guerra marca el comienzo de una gran crisis en la historia rusa. Cuando la derrota fue completa y la impotencia de Rusia quedó a la vista de toda Europa, y cuando el zar Nicolás comprobó desesperado el estado lamentable en que se encontraba su imperio, no vaciló en envenenarse.6 Así, Alejandro II, al subir al trono, se vio obligado a intentar algo para remediar la terrible situación en que se hallaba su país.
Las causas del hambre en Rusia
—Y entonces el zar emprendió la emancipación de los siervos,7 una emancipación que sirvió de pretexto para un nuevo reparto de las tierras entre los nobles y los campesinos. A los nobles se les dieron las mejores tierras, y además las aguas y los bosques. A los campesinos solo se les dejaron tierras de peor calidad; además, ese reparto se hizo de manera insatisfactoria y a cambio de una suma de rescate pagadera en anualidades a lo largo de cuarenta y nueve años. ¿Qué ha resultado de ello?
—Los campesinos no podían pagar los tributos al Estado y se vieron obligados a pedir dinero prestado: tenían demasiado para morir y demasiado poco para vivir. Una banda de kulaks (prestamistas) se lanzó sobre esos labradores, y poco a poco estos se endeudaron tanto que perdieron toda esperanza de poder librarse alguna vez. Cuando los usureros ya no querían adelantarles más, los campesinos se veían obligados a vender sus cosechas para procurarse dinero, y no solo vendían el grano necesario para su alimento, sino también el indispensable para la siembra, de modo que las cosechas futuras quedaban en entredicho.
—En estas circunstancias, la primera mala cosecha tenía que acarrear una verdadera hambruna. Esa hambruna llegó y asestó a su vez el golpe de gracia a la producción agrícola de Rusia. En efecto, el campesino que ya no podía alimentar a su ganado se vio obligado a matarlo o a venderlo. Pero sin animales de labor no se puede ni trabajar ni abonar la tierra. Así, la producción agrícola ha quedado paralizada para años.
—La emancipación de los campesinos no fue más que una cara de la revolución económica que se ha producido en Rusia; la otra es la creación artificial de una burguesía industrial destinada a servir de clase intermedia. Para llegar a ello más deprisa se levantó todo un sistema prohibitivo que favoreció y desarrolló de una manera extraordinaria la industria rusa; pero como esa industria no podía exportar, necesitaba un mercado interior. Ahora bien, el campesino ruso no compra casi nada, porque está acostumbrado a hacérselo todo él mismo: casa, herramientas, ropa, etc.; incluso hasta hace poco fabricaba muchos artículos de madera, de hierro y de cuero y los vendía en las ferias. Pero cuando se les quitó la madera a los campesinos al dar los bosques a los terratenientes, la industria rural quedó en peligro. La industria fabril acabó de arruinarla, y entonces los campesinos tuvieron que recurrir a la industria fabril. Pero en el momento en que esta industria se disponía a emprender su marcha triunfal, el hambre le asestó un golpe mortal: los campesinos ya no pueden comprarle nada, y la ruina de unos lleva a la ruina de la otra.
La situación económica y militar
—Entonces, en su opinión, ¿la situación económica de Rusia le impedirá pensar en una guerra?
—Sí. No exagero si digo que el cuadro que Vauban y Boisguillebert8 trazaron del campesino francés del siglo XVII puede aplicarse al campesino ruso, que hoy se ve obligado a comer hierba. El paso del régimen feudal al régimen burgués no se hizo en Francia sin sacudidas; en Rusia acaba de provocar una crisis que, de su estado agudo actual, amenaza con hacerse crónica. Por todas estas razones, los rusos piensan de momento más en comer que en pelearse.
—El último empréstito ruso...
—De él iba a hablar. Ha sido un fracaso colosal. La burguesía francesa, a la que tanto le gusta hablar de revancha, no ha llevado el patriotismo hasta el punto de abrir la bolsa. El gobierno zarista pidió veinte millones de libras esterlinas; solo ha obtenido doce...
—Se ha dicho que los Rothschild contribuyeron al fracaso de este empréstito para vengar a sus correligionarios perseguidos por el gobierno ruso.
—He atacado bastante a los Rothschild como para poder defenderlos de la afirmación de que sean tan tontos. Los Rothschild se han ocupado exclusivamente de sus intereses de banqueros, intereses que consistían en hacerse con los mayores negocios posibles y en explotar al mayor número posible de incautos; eso es todo.
—En resumen, ¿no cree usted en el poderío de Rusia?
—Rusia, fuerte a la defensiva, no es fuerte en el ataque, ni por mar ni por tierra. Le he mostrado que su situación económica no le permite meterse en empresas peligrosas y costosas. Si examinamos su organización militar, vemos que tampoco por ese lado es temible.
—En caso de guerra no podría enviar al frente más soldados de los que tiene actualmente sobre las armas. Sus reservas solo existen sobre el papel, y aunque pueda tener miles y miles de soldados, le faltan los oficiales de reserva para encuadrarlos. ¿De dónde iba a sacarlos? ¿De qué medios sociales?
—En Alemania, por cada cien oficiales de reserva tenemos cincuenta más de los que necesitamos. ¿No estaría también Francia relativamente en inferioridad en este aspecto? —dijo nuestro interlocutor.
Francia fuerte
—... De ningún modo —respondimos—. En Francia no tenemos demasiados oficiales, pero los cuadros de las tropas están completos.
—Eso no me disgusta en absoluto —nos dijo el señor Engels—. No quisiera ver al ejército alemán tan fuerte que pudiera conquistar toda Europa. Para alcanzar nuestro objetivo, el movimiento de emancipación de la clase obrera europea puede necesitar una Francia poderosa y dueña de sí misma tanto como una Alemania que goce de las mismas ventajas. Su gran compatriota Saint-Simon fue el primero en proclamar la necesidad de una alianza de Francia, Inglaterra y Alemania como primera condición de la paz en Europa.9 Esa sería la verdadera «Triple Alianza».10
—Permítanos decirle, para terminar, que ha pintado usted un cuadro algo sombrío de la situación en Rusia.
—De ningún modo. Escuche: ¿quiere oír una anécdota? Sabrá que se decidió enviar, como ayuda a los campesinos rusos hambrientos, grano del Cáucaso, donde sobraba. Se dieron las órdenes oportunas; el grano se reunió en gran cantidad y se mandaron vagones para transportarlo. Pero ocurrió que los vagones enviados vacíos se juntaron en tal número que se produjo un atasco: el grano estaba junto a los vagones, y estos no podían salir. Cuando el zar se enteró, montó en cólera y envió a un general al lugar; el militar hizo mucho ruido, proclamó que todo iba bien, pero solo consiguió despachar unos cuantos trenes: la mayor parte del grano se pudrió donde estaba. ¿Qué habría pasado en caso de movilización? Rusia no tiene todavía tantos ferrocarriles, y sus oficiales ni siquiera saben servirse de ellos.
La cuestión de Alsacia-Lorena
—Una pregunta más: ¿y Alsacia-Lorena, causa de todas las discordias? ¿No cree usted en una solución pacífica que satisfaga a la vez a Francia y a Alemania?
—Espero que el partido socialista alemán esté en el poder dentro de unos diez años. Su primera preocupación será poner a los alsacianos y loreneses en condiciones de decidir ellos mismos su futuro político. En consecuencia, la cuestión quedará resuelta sin que se mueva un solo soldado francés. A la inversa, una guerra entre Alemania y Francia sería el único medio de impedir la llegada de los socialistas al poder. Y si Francia y Rusia, aliadas, atacaran a Alemania, esta defendería hasta el extremo su existencia nacional, en la que los socialistas alemanes están todavía más interesados que los burgueses. Los socialistas combatirían hasta el último hombre y no vacilarían en recurrir a los medios revolucionarios que empleó Francia en 1793.11
En marzo de 1892, el anarquista Ravachol y sus cómplices hicieron estallar bombas en París, en el bulevar Saint-Germain y en la calle de Clichy, contra las viviendas de magistrados que habían intervenido en procesos contra anarquistas. ↩
Los disturbios de parados en Berlín de finales de febrero de 1892, con saqueos de tiendas, que la prensa burguesa atribuyó a los socialistas. ↩
Amilcare Cipriani (1844-1918), revolucionario italiano, antiguo combatiente de la Comuna, detenido tras los choques del Primero de Mayo de 1891 en Roma y juzgado con otros anarquistas. ↩
La visita de la escuadra francesa a Kronstadt en julio de 1891, recibida con grandes manifestaciones de amistad franco-rusa, que preparó la alianza entre ambos países. ↩
La gran hambruna de 1891-1892, que afectó a las provincias del Volga y de la región de las tierras negras. ↩
Nicolás I murió en marzo de 1855, en plena guerra de Crimea; corrió el rumor, nunca probado, de que se había envenenado. ↩
El manifiesto de Alejandro II del 19 de febrero (3 de marzo) de 1861 sobre la abolición de la servidumbre. ↩
Sébastien Le Prestre de Vauban (1633-1707), mariscal e ingeniero militar, y Pierre Le Pesant de Boisguillebert (1646-1714), economista, describieron la miseria del campesinado francés bajo Luis XIV, el primero en su Projet d’une dîme royale (1707) y el segundo en Le détail de la France (1695). ↩
Claude-Henri de Saint-Simon (1760-1825), en De la réorganisation de la société européenne (1814), escrito con Augustin Thierry, propuso una unión de Francia e Inglaterra a la que debía sumarse Alemania. ↩
Alusión a la Triple Alianza de Alemania, Austria-Hungría e Italia (1882). ↩
La leva en masa y la guerra revolucionaria de la Convención jacobina contra la coalición de las monarquías europeas. ↩