Escrito por Friedrich Engels entre el 9 y el 11 de noviembre de 1892 y publicado en el Vorwärts (Berlín), n.º 269, 16 de noviembre de 1892. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 334-336), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
El mundo antiguo estaba bajo el dominio del fatum, la heimarmene, el destino inevitable y misterioso. Así llamaban griegos y romanos a aquella omnipotencia inasible que reducía a nada toda voluntad y todo afán humanos y hacía que toda acción humana llevase a resultados muy distintos de los que se pretendían, aquel poder irresistible al que desde entonces se ha llamado providencia, predestinación, etc. Este poder misterioso ha ido tomando poco a poco una forma más tangible, y eso se lo debemos al dominio de la burguesía y del capital, el primer dominio de clase que trató de ver claro en las causas y condiciones de su propia existencia y que con ello abrió también la puerta al conocimiento de la inevitabilidad de su propio hundimiento inminente. El destino, la providencia —ahora lo sabemos— son las condiciones económicas en que se produce y se intercambia, y estas se resumen hoy en el mercado mundial.
Y en esto reside la importancia de la elección presidencial norteamericana: en que es un acontecimiento de primer orden del mercado mundial.
Hace cuatro años hice imprimir en Boston, en inglés, y en Stuttgart, en alemán, un ensayo sobre el proteccionismo y el librecambio.1 Demostraba en él que el monopolio industrial de Inglaterra era incompatible con el desarrollo económico de los demás países civilizados; que el proteccionismo implantado en América desde la guerra civil atestiguaba la voluntad de los americanos de sacudirse el yugo de ese monopolio; que, gracias a los inmensos recursos naturales y a las dotes intelectuales y morales de la raza americana, ese objetivo estaba ya alcanzado, y que la protección arancelaria se había convertido en América, no menos que en Alemania, en una traba para la industria. Y luego decía: si América implanta el librecambio, en diez años batirá a Inglaterra en el mercado mundial.
Pues bien. La elección presidencial del 8 de noviembre de 1892 ha abierto el camino al librecambio.2 El proteccionismo en su forma McKinley3 se ha convertido en una traba insoportable; el encarecimiento absurdo de todas las materias primas y víveres importados, que repercutía también en el precio de muchos productos del país, ha cerrado en gran parte el mercado mundial a la industria americana, mientras el mercado interior sufría ya de saturación de productos industriales americanos. Y, en efecto, en los últimos años el proteccionismo solo servía para arruinar a los productores pequeños bajo la presión de los grandes productores, unidos en cárteles y trusts, y para entregar a estos últimos, es decir, al monopolio organizado, el mercado y con él la nación consumidora para que la explotasen. A esta crisis industrial interna permanente, causada por el proteccionismo, América solo puede escapar abriéndose al mercado mundial, y para ello tiene que emanciparse del proteccionismo, al menos en su forma absurda actual. Que está decidida a hacerlo lo muestra el vuelco total de la opinión pública que ha salido a la luz en la elección. Una vez establecida en el mercado mundial, América se verá empujada sin remedio —como Inglaterra y por Inglaterra— a avanzar por el camino del librecambio.
Y entonces asistiremos a una lucha industrial como no ha habido ninguna hasta ahora. En todos los mercados los productos ingleses, sobre todo los textiles y los de hierro, tendrán que luchar con los americanos y acabarán sucumbiendo. Ya ahora los tejidos americanos de algodón y de lino desalojan a los ingleses del terreno. ¿Queréis saber quién ha obrado el milagro de convertir en un breve año a los obreros algodoneros de Lancashire de enemigos furiosos en partidarios entusiastas de la jornada legal de ocho horas? Consultad la Neue Zeit, n.º 2, de octubre de este año, p. 56, donde podréis ver cómo los tejidos americanos de algodón y de lino desalojan paso a paso a los ingleses del mercado interior, cómo la importación inglesa no ha vuelto a alcanzar desde 1881 a la americana y en 1891 apenas era ya un tercio, aproximadamente, de esta. Y China es, junto con la India, con mucho el principal mercado de esos tejidos.
He aquí una nueva prueba de cómo, con el cambio de siglo, todas las relaciones se desplazan. Trasladad el centro de gravedad de la industria textil y siderúrgica de Inglaterra a América, e Inglaterra o se convierte en una segunda Holanda, un país cuya burguesía vive de la grandeza pasada y cuyo proletariado se va consumiendo, o bien se reorganiza de modo socialista. Lo primero no es posible: eso no lo consiente el proletariado inglés, que es demasiado numeroso y está demasiado desarrollado para ello. Queda, pues, solo lo segundo. La caída del proteccionismo en América significa la victoria final del socialismo en Inglaterra.
¿Y Alemania? Ella, que ya en 1878 se había conquistado una posición en el mercado mundial que ahora, gracias a su necia política proteccionista, va perdiendo paso a paso, ¿se empeñará en seguir cerrándose obstinadamente a sí misma el camino del mercado mundial gravando las materias primas y los víveres, también frente a la competencia americana, que irá a la carga con muy otra fuerza que la que ha mostrado hasta ahora la inglesa? ¿Tendrá la burguesía alemana la inteligencia y el valor de seguir el ejemplo dado por América, o esperará, floja como hasta ahora, a que la industria americana, convertida en prepotente, haga saltar por la fuerza el cártel proteccionista entre junkers y grandes fabricantes? ¿Y comprenderán por fin el gobierno y la burguesía cuán espléndidamente torpe es el momento elegido para aplastar las fuerzas económicas de Alemania con nuevas e insoportables cargas militares,4 precisamente ahora que se trata de entrar en competencia industrial con la nación más vigorosa y juvenil del mundo, que en pocos años ha pagado como jugando su colosal deuda de guerra y cuyo gobierno no sabe qué hacer con lo que recauda en impuestos?
La burguesía alemana tiene —quizá por última vez— la ocasión de llevar a cabo por fin una gran acción. Cien contra uno a que es demasiado estrecha de miras y demasiado cobarde para aprovecharla en otra cosa que en demostrar que ha perdido definitivamente la partida.
Protection and Free Trade, prólogo de Engels a la edición inglesa del discurso de Marx sobre el librecambio (Boston, 1888), publicado también en alemán en Die Neue Zeit (Stuttgart), 1888, con el título «Schutzzoll und Freihandel». Véase también el Discurso sobre la cuestión del librecambio de Marx. ↩
En la elección presidencial del 8 de noviembre de 1892 el demócrata Grover Cleveland, partidario de rebajar los aranceles, derrotó al presidente republicano Benjamin Harrison. ↩
El arancel McKinley de 1890, propuesto por el diputado republicano William McKinley, que elevó los derechos de aduana a un nivel sin precedentes. ↩
El proyecto de ley militar presentado en noviembre de 1892 por el gobierno de Caprivi, que aumentaba considerablemente los efectivos del ejército alemán. ↩