Carta de Friedrich Engels, de dieciocho años, a Friedrich Graeber, que estudiaba teología en Berlín, escrita en Bremen entre el 12 y el 27 de julio de 1839 (el lugar y el año los fija la edición). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 526-532, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.
Fritzo Graebero,1 12 de julio. Ya podríais dignaros alguna vez a escribirme. Pronto hará cinco semanas que recibí vuestra última carta. En mi carta anterior te lancé un montón de pedruscos escépticos; habría enfocado la cosa de otra manera si entonces hubiera conocido ya la doctrina de Schleiermacher.2 Eso sí que es todavía un cristianismo razonable; eso le entra a cualquiera, aunque no lo abrace, y uno puede reconocer su valor sin tener que adherirse a la causa. Lo que he encontrado en esa doctrina en cuanto a principios filosóficos ya lo he hecho mío; con su teoría de la redención todavía no me aclaro, y me guardaré de adoptarla enseguida como convicción, para no tener que cambiar de montura otra vez al poco tiempo. Pero la estudiaré en cuanto tenga tiempo y ocasión. Si hubiera conocido antes esa doctrina, nunca me habría hecho racionalista; pero ¿dónde se oye algo así en nuestro valle de beatos?3 Le tengo una rabia furiosa a todo ese tinglado; quiero luchar contra el pietismo y la fe en la letra mientras pueda. ¿De qué sirve esa porquería? Lo que la ciencia, en cuyo desarrollo está ahora toda la historia de la Iglesia, rechaza, tampoco debe seguir existiendo en la vida. Puede que el pietismo haya sido en otro tiempo un elemento históricamente legítimo en el desarrollo de la teología; ya ha tenido lo suyo, ha vivido, y ahora no debe negarse a ceder el sitio a la teología especulativa.4 Solo a partir de ella puede desarrollarse hoy algo seguro. No entiendo cómo se puede seguir intentando mantener la fe literal en la Biblia o defender la intervención directa de Dios, cuando no hay modo de demostrarla en ninguna parte.
26 de julio. Por fin aparecéis. Vamos al asunto. En tu carta es de lo más curioso cómo te aferras a la ortodoxia y al mismo tiempo le concedes cosas sueltas a una tendencia racionalizante, con lo que me pones armas en la mano. La genealogía de José. A mi primera objeción me respondes: quién sabe si no hemos leído muchas veces en las genealogías bíblicas «hijo» por «yerno» y «sobrino». ¿No destruyes así toda la credibilidad de las genealogías bíblicas? Cómo va a probar aquí algo la Ley, no lo entiendo en absoluto. A mi segunda objeción dices que Lucas escribió para Teófilo.5 Querido Fritz, ¿qué inspiración es esa, que tiene tales miramientos con los conocimientos de aquel a quien el libro va a parar por casualidad en primer lugar? Si no se tiene también en cuenta a todos los lectores futuros, no puedo reconocer ahí ninguna inspiración; en general, me parece que todavía no tienes claro el concepto de inspiración. En tercer lugar, que una genealogía de José muestre el cumplimiento de la profecía, no soy capaz de capiscarlo; al contrario, a los evangelistas tenía que importarles por encima de todo no presentar a Jesús como hijo de José, destruir esa idea y no honrar en absoluto a José exponiendo así su genealogía. «Decir: Jesús era hijo de María, María era hija de Elí, habría ido del todo contra la costumbre.»6 Querido Fritz, ¿puede tener aquí la costumbre la menor influencia? Mira bien si con eso no vuelves a hacerle una ofensa a tu concepto de inspiración. De verdad que no puedo ver tu explicación sino como tan infinitamente forzada que, en tu lugar, preferiría decidirme a tener una de las dos por apócrifa. «Al cristianismo tienen que oponérsele dudas insolubles, y sin embargo, por la gracia de Dios, se puede llegar a la certeza.» De esa influencia de la gracia divina sobre el individuo, en la forma en que tú la entiendes, dudo. Bien conozco el sentimiento dichoso que tiene todo el que entra en una relación íntima y cordial con Dios, sea racionalista o místico; pero aclárate sobre eso, piénsalo sin atarte a frases bíblicas, y verás que es la conciencia de que la humanidad es de origen divino, de que tú, como parte de esa humanidad, no puedes perderte, y de que, después de luchas sin número, en este mundo como en el otro, despojado de lo mortal y de lo pecaminoso, tienes que volver al seno de la divinidad; esa es mi convicción, y estoy tranquilo con ella; en ese sentido puedo decirte también que el Espíritu de Dios me da testimonio de que soy hijo de Dios,7 y, como te he dicho, no puedo creer que tú pudieras decirlo de otra manera. Claro que tú estás mucho más tranquilo con eso, mientras que yo todavía tengo que pelearme con toda clase de opiniones y no puedo dejar mi convicción tan sin formar; pero por eso puedo reconocer la diferencia, sí, en cantidad, pero no en calidad. Que soy un pecador, que tengo una inclinación profundamente arraigada al pecado, lo reconozco, y me mantengo del todo lejos de toda justificación por las obras.8 Pero que esa pecaminosidad esté en la voluntad del hombre, no lo reconozco. Admito, desde luego, que en la idea de la humanidad no está la posibilidad del pecado, pero que en su realización tiene que estar necesariamente; así que soy, sin duda, tan penitente como cualquiera pueda exigir; pero, querido Fritz, que por los méritos de un tercero hayan de quitarse mis pecados, eso no puede creerlo ningún hombre que piense. Si lo pienso independientemente de toda autoridad, encuentro, con la teología más reciente, que la pecaminosidad del hombre está en la realización necesariamente imperfecta de la idea; que por eso la aspiración de cada cual tiene que ser realizar en sí la idea de la humanidad, es decir, hacerse igual a Dios en perfección espiritual. Eso es algo del todo subjetivo; ¿cómo va a lograr eso subjetivo la teoría ortodoxa de la redención, que pone a un tercero, algo objetivo? Me reconozco digno de castigo, y si Dios quiere castigarme, que lo haga; pero un alejamiento eterno de Dios aunque sea de la más mínima parte de espíritu, eso me es completamente imposible pensarlo y creerlo. Que es una gracia de Dios que nos acoja, eso es verdad, por supuesto; todo lo que Dios hace es gracia, pero todo lo que hace es al mismo tiempo también necesidad. La unión de estas contradicciones constituye precisamente una parte importante de la esencia de Dios. Lo que dices luego, que Dios no puede negarse a sí mismo,9 etc., me parece como si quisieras esquivar mi pregunta. ¿Puedes creer que un hombre que aspira a unirse con Dios vaya a ser rechazado por Dios para siempre? ¿Puedes? No puedes, por eso andas con rodeos. ¿No es una idea muy baja que Dios, por un mal pasado, todavía tenga que imponer un castigo, aparte del que ya está en la mala acción misma? Con el castigo eterno tienes que poner también el pecado eterno; y con el pecado eterno, la posibilidad eterna de creer y, por tanto, de ser redimido. La doctrina de la condenación eterna es terriblemente inconsecuente. Además: para ti la fe histórica es una parte principalísima de la fe, y la fe no es pensable sin ella; pero no me negarás que hay hombres a los que les es del todo imposible tener esa fe histórica. ¿Y a esos iba a exigirles Dios que hicieran lo imposible? Querido Fritz, piensa que eso sería un disparate, y que la razón de Dios es sin duda más alta que la nuestra, pero no distinta; porque entonces ya no sería razón. Los dogmas bíblicos también han de entenderse con la razón, ¿no? ¿Que no poder dudar es libertad de espíritu, dices? Es la mayor servidumbre del espíritu; libre solo es el que ha vencido toda duda sobre su convicción. Y ni siquiera te pido que me derrotes tú; desafío a toda la teología ortodoxa a que me derrote. Si toda la ciencia cristiana, con sus mil ochocientos años, no ha podido oponer argumentos al racionalismo y solo ha rechazado unos pocos de sus ataques, más aún, si rehúye la lucha en el terreno puramente científico y prefiere arrastrar por el polvo la persona de sus adversarios, ¿qué se puede decir de eso? Más aún: ¿es la doctrina cristiana ortodoxa capaz de un tratamiento puramente científico? Yo digo que no; ¿qué más se puede hacer que un poco de ordenar, explicar y discutir? Te aconsejo que leas la Darstellung und Kritik des modernen Pietismus del Dr. C. Märklin, Stuttgart, 1839;10 si la refutas (es decir, no lo positivo, sino lo negativo que contiene), serás el primer teólogo del mundo. «El cristiano sencillo puede muy bien quedarse ahí; sabe que es hijo de Dios, y no le hace falta poder dar razón de todas las contradicciones aparentes.» De las «contradicciones aparentes» no pueden dar razón ni el cristiano sencillo ni Hengstenberg,11 porque son contradicciones reales; pero, de verdad, quien se queda ahí y se aferra a su fe no tiene ningún fundamento para su fe. El sentimiento puede confirmar, sí, pero fundamentar, de verdad que no; eso sería como querer oler con las orejas. Lo que me hace tan odioso a Hengstenberg es la manera verdaderamente infame en que dirige la Kirchenzeitung. Casi todos los colaboradores son anónimos, y por tanto el director tiene que responder por ellos; pero si alguien que se ha visto ofendido en ella le pide cuentas, el señor Hengstenberg no sabe nada, no da el nombre del autor, pero tampoco quiere dar explicaciones. Así les ha pasado ya a más de un pobre diablo al que ha atacado en la K[irchen]-Z[eitung] Dios sabe qué oscura lumbrera, y que, cuando le pedía cuentas a Hengstenberg, recibía por respuesta que él no había escrito el artículo. Con todo eso, la Kirchenzeitung sigue teniendo gran fama entre los predicadores pietistas, porque no leen la réplica, y así se mantiene. Los últimos números no los he leído; si no, podría citarte exempla. Cuando estalló el asunto de Zúrich con Strauss,12 no te puedes imaginar con qué saña la K[irchen]-Z[eitung] calumnió y puso por los suelos el carácter de Strauss, cuando él, en esto coinciden todas las noticias, se portó con toda nobleza en todo el asunto. ¿De dónde viene, por ejemplo, el gran celo de la K[irchen]-Z[eitung] por meter a Strauss en el mismo saco que a la Joven Alemania? Y para muchos la Joven Alemania pasa por algo malísimo, por desgracia. En lo de la poesía de la fe me has entendido al revés. Yo no he creído por la poesía; he creído porque comprendí que ya no podía seguir viviendo así, al día, porque me arrepentía de mis pecados, porque necesitaba la comunión con Dios. Entregué en el acto y con gusto lo que más quería, tuve en nada mis mayores alegrías, mis compañías más queridas, hice el ridículo ante el mundo por todas partes; tuve una alegría inmensa al encontrar en Plümacher13 a alguien con quien poder hablar de eso, y aguanté con gusto su fanatismo de la predestinación; tú mismo sabes que iba en serio, sagradamente en serio. Entonces era feliz, lo sé, y ahora lo soy igual; entonces tenía confianza y alegría para rezar; también las tengo ahora, las tengo todavía más, porque lucho y necesito fortalecerme. Pero de aquella beatitud extática de la que tantas veces oí hablar en nuestros púlpitos nunca he notado nada; mi religión era y es una paz callada y dichosa, y si la tengo también después de mi muerte, me doy por contento. Que Dios me la vaya a quitar, no tengo ningún motivo para creerlo. La convicción religiosa es cosa del corazón y solo tiene que ver con el dogma en la medida en que el sentimiento lo contradice o no. Así que puede que el Espíritu de Dios te dé testimonio, por tu sentimiento, de que eres hijo de Dios; eso es muy posible; pero que lo seas por la muerte de Cristo, eso seguro que no; si no, el sentimiento sería capaz de pensar, y tus orejas de ver. Rezo todos los días, casi todo el día, por la verdad; lo he hecho desde que empecé a dudar, y sin embargo no vuelvo a vuestra fe; y sin embargo está escrito: pedid, y se os dará. Busco la verdad dondequiera que tenga la esperanza de encontrar una sombra de ella; y sin embargo no puedo reconocer vuestra verdad como la eterna. Y sin embargo está escrito: buscad, y hallaréis. ¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos?14
Se me saltan las lágrimas al escribir esto, estoy conmovido de pies a cabeza, pero lo siento: no me perderé, llegaré a Dios, al que anhela todo mi corazón. Y eso es también un testimonio del Espíritu Santo; en eso vivo y en eso muero, aunque en la Biblia ponga diez mil veces lo contrario. Y no te engañes, Fritz: por muy seguro que te hagas, antes de que te des cuenta te llega también una duda así, y entonces la decisión de tu corazón depende muchas veces de la más mínima casualidad. Pero que la fe dogmática no influye en la paz interior, lo sé por experiencia.
27 de julio.
Si hicieras lo que pone en la Biblia, ni siquiera podrías tratar conmigo. En la segunda carta de Juan (si no me equivoco) pone que al incrédulo no hay que saludarlo, ni siquiera decirle χαῖρε.15 Pasajes de esos hay muchísimos, y siempre me han indignado. Pero vosotros no hacéis, ni de lejos, todo lo que pone en la Biblia. Por lo demás, cuando al cristianismo evangélico ortodoxo lo llaman la religión del amor, me parece la ironía más monstruosa. Según vuestro cristianismo, nueve décimas partes de los hombres serán eternamente desgraciadas y una décima parte feliz, Fritz, ¿y eso ha de ser el amor infinito de Dios? Piensa qué pequeño parecería Dios si ese fuera su amor. Lo que está claro es que, si hay una religión revelada, su Dios puede ser más grande, pero no distinto del que muestra la razón. Si no, toda filosofía no solo es vana, sino incluso pecaminosa; y sin filosofía no hay cultura, sin cultura no hay humanidad, sin humanidad, a su vez, no hay religión. Pero ni siquiera el fanático Leo16 se atreve a denigrar así la filosofía. Y esa es otra de las inconsecuencias de los ortodoxos. Con hombres como Schleiermacher y Neander17 sí que quiero entenderme, porque son consecuentes y tienen corazón; las dos cosas las busco en vano en la Evangelische Kirchenzeitung y en los demás periódicos de los pietistas. Sobre todo a Schleiermacher le tengo un respeto inmenso. Si eres consecuente, tienes que condenarlo, claro, porque no predica el cristianismo en tu sentido, sino más bien en el sentido de la Joven Alemania, de Theodor Mundt18 y de Karl Gutzkow.19 Pero ha sido un gran hombre, y entre los que viven hoy no conozco más que a uno que tenga el mismo espíritu, la misma fuerza y el mismo valor: David Friedrich Strauss.20
Me ha alegrado ver con qué brío te has puesto a refutarme, pero una cosa me ha indignado, te lo voy a decir sin rodeos. Es el desprecio con que hablas de la aspiración a la unión con Dios, de la vida religiosa de los racionalistas. Claro, tú estás tumbado a gusto en tu fe como en una cama caliente y no conoces la lucha que tenemos que pasar cuando a nosotros, hombres, nos toca decidir si Dios es Dios o no; no conoces el peso de esa carga que uno siente con la primera duda, la carga de la fe antigua, cuando uno tiene que decidirse, en pro o en contra, seguir cargando con ella o sacudírsela; pero te lo repito: no estás tan a salvo de la duda como te figuras, y no te ciegues contra los que dudan; algún día puedes ser tú uno de ellos, y entonces también pedirás equidad. La religión es cosa del corazón, y quien tiene corazón puede ser piadoso; pero aquel cuya piedad echa raíces en el entendimiento, o aun en la razón, no tiene ninguna. Del corazón brota el árbol de la religión y da sombra al hombre entero y saca su alimento del aire de la razón; pero sus frutos, que llevan dentro la más noble sangre del corazón, son los dogmas; lo que pasa de ahí, viene del mal.21 Esa es la doctrina de Schleiermacher, y me quedo con ella.
Adieu, querido Fritz, piénsatelo bien, si de verdad quieres mandarme al infierno, y escríbeme pronto mi sentencia.
Tu Friedrich Engels.
«A Fritz Graeber», en un latín de broma (dativo latinizado de los nombres). Friedrich (Fritz) Graeber, nacido en 1818, compañero de Engels en el instituto de Elberfeld, estudiaba teología desde el otoño de 1838; fue luego pastor en Issum, en el Bajo Rin, y murió en 1895. ↩
Friedrich Schleiermacher (1768-1834), el gran teólogo protestante de Berlín, que fundaba la religión en el sentimiento de dependencia de Dios y no en la letra de la Escritura ni en la razón especulativa. ↩
En el original, Muckertal: Mucker es el beato hipócrita; Engels se refiere al Wuppertal, el valle de Elberfeld y Barmen, feudo del pietismo, que había retratado unos meses antes en las Cartas desde el Wuppertal. ↩
La teología de inspiración hegeliana, que pretendía reconciliar el contenido de la fe con el concepto filosófico. ↩
El Evangelio de Lucas está dedicado a un tal Teófilo (Lucas 1, 3). ↩
Engels cita la carta de Graeber, que sostenía que la genealogía de Lucas era la de María y que José figura en ella como hijo de Elí (Lucas 3, 23) por ser su yerno. ↩
Romanos 8, 16: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios». ↩
En el original, Werkgerechtigkeit: la pretensión de justificarse ante Dios por las propias obras, que la doctrina luterana rechaza. ↩
Segunda carta a Timoteo 2, 13: «él permanece fiel; no puede negarse a sí mismo». ↩
Exposición y crítica del pietismo moderno. Christian Märklin (1807-1849), teólogo suabo de la escuela de Hegel y amigo de Strauss. ↩
Ernst Wilhelm Hengstenberg (1802-1869), cabeza de la ortodoxia luterana en Berlín y director de la Evangelische Kirchenzeitung (Gaceta Eclesiástica Evangélica). ↩
A comienzos de 1839 el gobierno liberal de Zúrich nombró a Strauss profesor de teología en la universidad; la agitación del clero y de los campesinos conservadores obligó a jubilarlo antes de que tomara posesión de la cátedra. ↩
Friedrich Plümacher, nacido en 1819, compañero de Engels en el instituto de Elberfeld; estudió luego teología en Berlín y fue pastor en Neviges. ↩
Mateo 7, 7-11. ↩
«¡Salud!», el saludo griego. Segunda carta de Juan, 10: «Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa ni le digáis: ¡Bienvenido!». ↩
Heinrich Leo (1799-1878), historiador de Halle, conservador y pietista, que en 1838 había atacado a los jóvenes hegelianos en el folleto Die Hegelingen. ↩
August Neander (1789-1850), historiador de la Iglesia en Berlín, de orientación pietista, pero no ortodoxa. ↩
Theodor Mundt (1808-1861), escritor de la Joven Alemania. ↩
Karl Gutzkow (1811-1878), la figura principal de la Joven Alemania; dirigía en Hamburgo el Telegraph für Deutschland, en el que escribía Engels. ↩
David Friedrich Strauss (1808-1874), autor de Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet (La vida de Jesús, examinada críticamente, 1835-1836). ↩
Eco de Mateo 5, 37: «lo que pasa de esto, del mal procede». ↩