Carta de Friedrich Engels, de dieciocho años, a Friedrich Graeber, escrita en Bremen el 29 de octubre de 1839 (la edición da entre corchetes lugar y fecha; el día figura en la propia carta). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 542-547, por la Escuela de marxismo, 2026. Se ha perdido el final. Las notas son nuestras. Texto original.
Mi querido Fritz:1 no pienso como el pastor Stier.2 29 de octubre. Después de una feria pasada a lo grande y de otra con una correspondencia pesada y terrible, que se fue a Berlín aprovechando un viaje, y después de una carta a W. Blank que tuvo que esperar mucho, por fin estoy en condiciones de pelearme contigo con toda amistad. Tu digresión sobre la inspiración la habrás escrito bastante a la ligera, porque no hay que tomarla tan al pie de la letra cuando escribes: los apóstoles predicaron el Evangelio en su pureza, y eso cesó a su muerte. Entonces tienes que contar entre los apóstoles al autor de los Hechos de los Apóstoles y de la Epístola a los Hebreos, y demostrar que los Evangelios los escribieron de verdad Mateo, Marcos, Lucas y Juan, cuando de los tres primeros está probado lo contrario. Además dices: no creo que en la Biblia debamos encontrar otra inspiración que cuando los apóstoles y los profetas se presentaban y predicaban al pueblo. Bien, pero ¿no hace falta a su vez una inspiración para poner por escrito correctamente esas prédicas? Y si en esa frase me concedes que en la Biblia hay pasajes no inspirados, ¿dónde quieres poner el límite? Toma la Biblia en la mano y lee: no querrás que falte ni una línea, salvo allí donde hay contradicciones reales; pero esas contradicciones arrastran un montón de consecuencias; por ejemplo, la contradicción de que la estancia de los hijos de Israel en Egipto duró solo cuatro generaciones, mientras que Pablo, en la Epístola a los Gálatas (nisi erro), da 430 años,3 cosa que hasta mi pastor, que me quiere mantener a oscuras, reconoce como contradicción.4 No me dirás que las palabras de Pablo no valen como inspiradas porque menciona el asunto de pasada y no escribe historia: ¿qué me importa una revelación en la que salen cosas tan superfluas e inútiles? Y si se reconoce la contradicción, los dos pueden estar igual de equivocados, y la historia del Antiguo Testamento queda a una luz equívoca, igual que, en general, la cronología bíblica (todos lo reconocen, menos el pastor Tiele, de Oberneuland, cerca de Bremen)5 está perdida sin remedio para la inspiración. Eso empuja la historia del Antiguo Testamento todavía más hacia lo mítico, y no tardará mucho en reconocerse en general también desde los púlpitos. En cuanto a lo de Josué parando el sol,6 la razón más contundente que podéis usar es que Josué, cuando dijo aquello, aún no estaba inspirado, y que más tarde, cuando escribió el libro inspirado, se limitó a contar. Teoría de la redención. «El hombre ha caído tan bajo que por sí mismo no es capaz de hacer nada bueno.» Querido Fritz, deja ya ese disparate hiperortodoxo, que ni siquiera es bíblico. Si Börne,7 que en París vivía él mismo con estrecheces, daba todos los honorarios de sus escritos a alemanes pobres, sin recibir por ello ni las gracias, eso era algo bueno, ¿no? Y Börne no era, desde luego, un «renacido». Ni siquiera necesitáis esa tesis, con tal de que tengáis el pecado original. Cristo tampoco la conoce, como tantas cosas de la doctrina de los apóstoles. La doctrina del pecado es lo que menos he pensado todavía; pero lo que sí tengo claro es que el pecado es necesario a la humanidad. La ortodoxia ve con razón una relación entre el pecado y las imperfecciones terrenales, la enfermedad, etc., pero se equivoca al presentar el pecado como causa de esas imperfecciones, cosa que solo ocurre en casos aislados. Las dos cosas, el pecado y las imperfecciones, se condicionan mutuamente: la una no puede existir sin la otra. Y como las fuerzas del hombre no son divinas, la posibilidad de pecar es necesaria; que el pecado tuviera que producirse de verdad venía dado por el estado tosco de los primeros hombres, y que desde entonces no haya cesado es, de nuevo, cosa enteramente psicológica. Tampoco puede cesar en la tierra, porque está condicionado por todas las circunstancias terrenales, y Dios, si no, habría tenido que crear a los hombres de otro modo. Pero, ya que los ha creado así, no puede exigirles una ausencia absoluta de pecado, sino solo una lucha contra el pecado; que esa lucha vaya a terminar de golpe con la muerte y a dar paso a un dolce far niente8 solo podía concluirlo la descuidada psicología de los siglos pasados. Más aún: admitidas estas premisas, la perfección moral solo podrá alcanzarse con la perfección de todas las demás fuerzas espirituales, con una absorción en el alma del mundo, y con eso estoy en la doctrina hegeliana que Leo atacó con tanta violencia.9 Esta última proposición metafísica es, por lo demás, una de esas conclusiones de las que yo mismo no sé todavía qué pensar. Además, según estas premisas, la historia de Adán solo puede ser un mito, porque Adán, o tenía que ser igual a Dios, si fue creado tan sin pecado, o tenía que pecar, si fue creado con fuerzas por lo demás humanas. Esta es mi teoría del pecado, que adolece todavía, eso sí, de una tosquedad y unas lagunas enormes; ¿y para qué necesito aquí una redención? «Si Dios quería encontrar una salida entre la justicia que castiga y el amor que redime, no le quedaba más medio que la sustitución.»10 ¡Mirad qué gente sois! A nosotros nos reprocháis que echemos nuestra sonda crítica a las profundidades de la sabiduría divina, y aquí ponéis límites incluso a la sabiduría divina. Mayor desmentido no se lo podía haber dado a sí mismo el señor profesor Philippi.11 Y además, aun admitiendo la necesidad de ese medio único, ¿deja la sustitución de ser una injusticia? Si Dios es de verdad tan severo con los hombres, tiene que ser severo también aquí y no puede hacer la vista gorda. Elabórate este sistema con rigor y precisión, y no se te escaparán sus puntos flacos. Luego viene una contradicción de lo más pomposa con la «sustitución como medio único», cuando dices: «Un hombre no puede ser mediador, aunque un acto de la omnipotencia divina lo hubiera librado de todo pecado». ¿Así que hay otro camino? Vaya, si la ortodoxia no tiene en Berlín mejores representantes que el profesor Philippi, lo tiene bien crudo. A lo largo de toda la deducción corre tácitamente el principio de la legitimidad de la sustitución. Es un asesino que habéis contratado para vuestros fines y que luego os acuchilla a vosotros. Tampoco tenéis muchas ganas de demostrar que ese principio no choca con la justicia divina y, confesadlo con franqueza, vosotros mismos sentís que tendríais que hacer esa demostración en contra de lo más íntimo de vuestra conciencia; por eso pasáis de puntillas sobre el principio y dais tácitamente el hecho por legítimo, adornado con unas cuantas palabras bonitas sobre el amor misericordioso, etc. «La Trinidad es condición de la redención.» Esta es otra consecuencia a medias de vuestro sistema. Desde luego, dos hipóstasis12 habría que admitirlas, pero la tercera seguramente solo porque es lo tradicional.
«Pero para sufrir y morir Dios tenía que hacerse hombre, pues, aparte de que es metafísicamente impensable poner en Dios como tal una capacidad de sufrir, existía también la necesidad ética condicionada por la justicia.» Pero si admitís que es impensable que Dios pueda sufrir, entonces en Cristo tampoco sufrió el Dios, sino solo el hombre, y «un hombre no podría ser mediador». Eres todavía lo bastante razonable para no agarrarte aquí, como tantos, a la punta extrema de la consecuencia, «luego Dios tiene que haber sufrido», y aferrarte a ella. Y qué pasa con la «necesidad ética condicionada por la justicia», eso también está por ver. Si hay que reconocer de una vez el principio de la sustitución, tampoco hace falta que el que sufre sea precisamente un hombre; basta con que sea Dios. Pero Dios no puede sufrir, ergo… estamos donde estábamos. Eso es lo que pasa con vuestra deducción: a cada paso que doy tengo que haceros nuevas concesiones. Nada se desarrolla plena y enteramente de lo anterior. Así, aquí tengo que concederte otra vez que el mediador tenía que ser también hombre, lo cual no está demostrado en absoluto; porque, si no lo concediera, no podría entrar en lo que sigue. «Pero la encarnación de Dios no podía producirse por la vía de la reproducción natural, pues, aunque Dios se hubiera unido a una persona engendrada por una pareja y liberada del pecado por su omnipotencia, solo se habría unido a esa persona y no a la naturaleza humana… y en el seno de la Virgen M[aría] tomó solo la naturaleza humana; en su divinidad residía la fuerza que forma la persona.» Mira, eso es pura sofistería, que os han arrancado los ataques contra la necesidad de la concepción sobrenatural. Para presentar el asunto a otra luz, el señor profesor mete en medio un tercer elemento: la personalidad. Eso no tiene nada que ver. Al contrario, la unión con la naturaleza humana es tanto más íntima cuanto más humana es la personalidad y más divino el espíritu que la anima. Hay un segundo malentendido escondido aquí al fondo: confundís el cuerpo y la persona; eso se ve todavía más claro en estas palabras: «por otro lado, Dios no podía crearse dentro de la humanidad tan de golpe como al primer Adán; entonces no habría estado en relación con la sustancia de nuestra naturaleza caída». ¿Así que de lo que se trata es de la sustancia, de lo palpable, de lo corporal? Pero lo mejor es que la más hermosa de las razones para la concepción sobrenatural, el dogma de la impersonalidad de la naturaleza humana en Cristo, no es más que una consecuencia gnóstica de la concepción sobrenatural. (Gnóstica, naturalmente, no en relación con la secta, sino con la γνῶσις13 en general.) Si en Cristo no podía sufrir el Dios, el hombre sin persona mucho menos aún podía sufrir, y eso es lo que sale de tanta profundidad. «Así, Cristo aparece sin ningún rasgo humano particular.» Eso es una afirmación hecha a la buena de Dios; los cuatro evangelistas tienen una imagen determinada del carácter de Jesús, que coincide en la mayoría de sus rasgos en todos ellos. Así, podemos afirmar que el carácter del apóstol Juan fue el más cercano al de Cristo; pero si Cristo no tenía ningún rasgo humano, eso implica que Juan habría sido el más excelente, y eso sería arriesgado afirmarlo.
Hasta aquí la réplica a tu deducción. No me ha salido muy bien: no tenía apuntes de clase, sino solo libros de facturas y cuentas. Te ruego, pues, que disculpes alguna que otra oscuridad aquí y allá.14 Tu hermano todavía no ha dado señales de vida con una carta. Du reste,15 si reconocéis la sinceridad de mi duda, ¿cómo queréis explicar semejante fenómeno? Vuestra psicología ortodoxa tiene por fuerza que clasificarme entre los peores empedernidos, sobre todo porque ahora estoy perdido del todo. Y es que he jurado bandera con David Friedrich Strauss16 y soy un «mítico» de primera clase; te digo que Strauss es un tipo magnífico y un genio, y tiene una agudeza como nadie. Ese os ha quitado el suelo bajo vuestras opiniones: el fundamento histórico está perdido sin remedio, y el dogmático se hundirá tras él. A Strauss no hay manera de refutarlo, por eso los pietistas están tan furiosos con él; Hengstenberg17 se mata a trabajar en la Kirchenzeitung para sacar consecuencias falsas de sus palabras y colgarles ataques malintencionados contra su carácter. Eso es lo que odio de Hengstenberg y compañía. ¿Qué les importa a ellos la personalidad de Strauss? Pero ahí se afanan en rebajar su carácter, para que a la gente le dé reparo unirse a él. La mejor prueba de que no pueden refutarlo.
Pero ya he teologizado bastante y voy a dirigir la mirada a otra parte. Lo grandiosos que son los descubrimientos que la Confederación Germánica ha hecho sobre la demagogia y todas las llamadas conspiraciones se ve en que caben impresos en 85 páginas.18 No he visto aún el libro, pero he leído extractos en los periódicos que me muestran qué mentiras tan preciosas le sirve al pueblo alemán nuestra maldita autoridad. Con la desfachatez más insolente afirma la Confederación Germánica que los delincuentes políticos fueron condenados por sus «jueces legítimos», cuando todo el mundo sabe que en todas partes, sobre todo donde existe la justicia pública, se nombraron comisiones; y lo que pasó allí, a escondidas y en secreto, no lo sabe nadie, porque los acusados tenían que jurar que no dirían nada de los interrogatorios. ¡Ese es el derecho que existe en Alemania, y no tenemos de qué quejarnos, de nada en absoluto! Hace unas seis semanas salió un libro excelente: Preußen und Preußentum, de J. Venedey, Mannheim, 1839,19 en el que se someten a un examen riguroso la legislación prusiana, la administración del Estado, el reparto de los impuestos, etc., y los resultados saltan a la vista: favorecer a la aristocracia del dinero frente a los pobres, aspirar a un absolutismo perpetuo, y los medios para ello: aplastar la inteligencia política, embrutecer a la mayoría del pueblo, servirse de la religión; un exterior deslumbrante, una fanfarronería sin límites y la apariencia de que se favorece a la inteligencia. La Confederación Germánica se ha ocupado enseguida de prohibir el libro y de confiscar los ejemplares en existencia; esto último no es más que una medida aparente, porque a los libreros como mucho se les pregunta si tienen ejemplares, y entonces, naturalmente, todo tipo honrado dice: no. Si puedes conseguirte el libro ahí, léelo sin falta, porque no son baladronadas, sino pruebas sacadas del Derecho territorial prusiano.20 Lo que más me gustaría es que pudieras conseguir el Menzel der Franzosenfresser de Börne.21 Esta obra es sin duda lo mejor que tenemos en prosa alemana, tanto en estilo como en fuerza y riqueza de pensamiento; es magnífica; quien no la conoce no se cree que nuestra lengua tenga tanta fuerza. [Falta el final.]
Friedrich (Fritz) Graeber (nacido en 1818, según la edición), hijo de un pastor de Barmen, compañero de instituto y uno de los amigos de juventud más cercanos de Engels; estudió teología en Bonn y en Berlín y fue luego pastor en Issum. Por la carta, estaba en Berlín. ↩
Ewald Rudolf Stier (1800-1862), teólogo y pastor de tendencia pietista. ↩
Gálatas 3, 17. La profecía de que los israelitas volverían en la cuarta generación está en Génesis 15, 16. Nisi erro: «si no me equivoco». ↩
Seguramente Georg Gottfried Treviranus, pastor de la iglesia de San Martín de Bremen, en cuya casa vivía Engels. ↩
Johann Nikolaus Tiele (1804-1856), pastor de Oberneuland desde 1835, del ala ortodoxa de la Iglesia de Bremen. ↩
Josué 10, 12-13. ↩
Ludwig Börne (1786-1837), el gran publicista liberal, que vivió exiliado en París desde 1830. ↩
«Dulce no hacer nada» (en italiano en el original). ↩
Heinrich Leo (1799-1878), historiador de Halle, conservador y pietista, que en Die Hegelingen (1838) denunció a los jóvenes hegelianos como enemigos del cristianismo. ↩
Engels cita aquí y en adelante, entre comillas, las tesis que le había expuesto Graeber, que al parecer seguía las lecciones de Philippi. La «sustitución» (Stellvertretung) es la doctrina de que Cristo padece en lugar de los hombres el castigo de sus pecados. ↩
Friedrich Adolf Philippi (1809-1882), teólogo luterano ortodoxo, que enseñaba entonces en Berlín. ↩
En la teología trinitaria, las «personas» divinas. ↩
Gnōsis: «conocimiento» (en griego en el original). ↩
La edición dice «daige», tal vez errata por «da einige». ↩
«Por lo demás» (en francés en el original). ↩
David Friedrich Strauss (1808-1874), autor de Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet («La vida de Jesús, examinada críticamente», 1835-1836), que explicaba los relatos evangélicos como mitos; de ahí los «míticos» de su escuela. ↩
Ernst Wilhelm Hengstenberg (1802-1869), profesor de teología en Berlín, cabeza de la ortodoxia protestante prusiana y fundador de la Evangelische Kirchen-Zeitung (1827). ↩
Darlegung der Hauptresultate aus den wegen der revolutionären Complotte der neueren Zeit in Deutschland geführten Untersuchungen («Exposición de los resultados principales de las investigaciones sobre los complots revolucionarios de los últimos tiempos en Alemania», Fráncfort del Meno, 1839), el informe de la Dieta de la Confederación Germánica sobre la persecución de los «demagogos». ↩
Jakob Venedey (1805-1871), publicista liberal, exiliado en Francia. ↩
El Allgemeines Landrecht für die Preußischen Staaten (1794), el código general de Prusia. ↩
Menzel der Franzosenfresser («Menzel, el devorador de franceses», París, 1837), el último escrito de Börne, contra el crítico Wolfgang Menzel (1798-1873). ↩